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viernes, 22 de diciembre de 2017

NARCISO IBÁÑEZ MENTA
Alicia Bruzzo
Querido Narciso
Encolumnados 7




El kiwi del postre. Lo despide Alicia Bruzzo


Era mayo del 70. Iba al Conservatorio (Escuela Nacional de Arte Dramático). Me ganaba la vida animando fiestas infantiles con Pipo Fischer, después castellanizado Pescador. Noctámbula, mi madre me decía Drácula. Me levantaba a las 2 de la tarde y no podía dormir antes de las 6. Ese día bajé, ya vestida, desde mi habitación, contigua a la terraza.
Capa negra, medias negras, vestido negro, zapatos negros y gran arnés en alpaca, producto de la inspiración de un artesano. Eran las 11 de la mañana.
Mamá pensó que estaba enferma.
"Voy a canal 9 para hablar con Narciso Ibáñez Menta."
Mamá confirmó que estaba enferma. Yo no podía analizar el por qué de esa convicción. Lo único que sabía es que tenía que encontrarme con él. Yo no miraba televisión y ni siquiera conocía la existencia de revistas dedicadas al espectáculo. Narciso, que venía una vez cada tanto a Buenos Aires, no había salido al aire
todavía con su ciclo. Mis planes futuros eran terminar el Conservatorio y pedir una beca para estudiar en Polonia con Grotowski. No pensaba hacer escala en Buenos Aires. Mi profesión la iba a desarrollar en Europa. Estaba convencida y sin embargo ese dia... le pedí trabajo a Narciso. Pasé por la cabina de seguridad, que como siempre era rigurosa, como si fuera la reina de España (lo digo por la capa), nadieme pidió documentos. Una vez adentro del canal pregunté dónde se encontraba Narciso, me indicaron las salas de ensayo. Allí estaba, en una larga mesa, leyendo el libreto con otros actores y rodeado por otras muchas personas de pie que, después lo supe, querían trabajar con él. Atravesé la sala y Narciso me miró intensamente. Cuando terminó la lectura se acercó a mí y preguntó:
"¿Usted quería hablar conmigo?".
"Sí, señor, me llamo Alicia Bruzzo, estudio en el Conservatorio y con Agustín Alezzo, nunca trabajé en teatro, ni en cine, ni en televisión, quisiera trabajar en su programa."
Estaba como hipnotizada, él apoyó su mano en mi brazo y me dijo:
"Vas a hacer el rol de Rosita".
Y allí se produjo entre los dos una luz amarilla, dorada, que nos envolvió. No sé cuánto duró esto. Parece un teleteatro de Migré pero realmente ocurrió así. Narciso se separa de mí y va a hablar con un señor bajito de bigotes. Ambos me miran. Después supe que era Horacio S. Meyrialle, autor de los libros. Siguió hablando con otra gente y yo sentí que se olvidaba de mí y que todo había sido una cosa dicha porque sí, tal como me habían anunciado que pasaba en la televisión.
La gente no era seria. Entonces, desde mi lugar, a unos metros de Narciso y casi gritando "Señor, ¿¿¡¡¡¡usted se olvidó de mí!!!??".
"No, déjale tu teléfono a mi asistente."
"¿¿¡¡¡Pero usted se va a acordar de quién soy!!!!??" (siempre con ese tono suave que me caracteriza).
"Por supuesto."

Me fui al Conservatorio muy desilusionada. No comprendía cómo había fallado ese impulso, esa premonición. En esa época, cuando tenía esas "visiones" siempre se cumplían y esta vez había fallado. Después de las clases, fuimos con mis compañeros a vagabundear por Corrientes, a comer fideos compartidos en Pipo, queso de rallar y mucho pan, nos peleamos con los gallegos del Politeama que no querían dejar entrar "jipis" y terminamos tomando unos cafés en La Paz. Yo estaba triste. Al llegar a casa, de madrugada, como siempre (que no lea esto Manuela), mamá esperaba despierta. Narciso esperaba mi llamado a la hora que fuera. Me
comuniqué, debía ensayar al día siguiente a las dos de la tarde. ¡¡Allí sí que recobré el alma!! Puntualmente me presenté, pensando que Rosita diría dos palabras. Me hizo sentar al lado de él y no leí. A la segunda lectura, me pide lo haga yo y Rosita era... ¡¡¡la protagonista!!! Parece que una actriz llamada Elizabeth Makar debía interpretar el rol pero faltó al ensayo al que yo me presenté como llamada por algo muy poderoso. Y ese algo muy poderoso era, sin duda, Narciso Ibáñez Menta.
Poderoso como actor, qué duda cabe, pero también y, fundamentalmente para mí, como hombre espiritual con una energía psíquica extraordinaria.
Los fenómenos siguieron durante toda la grabación.
"Abran el libro en la página..."
"14."
"Cállate que no me gustan las brujas."
"Y tú te vas hacia..."
"El sofá."
"El sofá."
Y así montones de pensamientos que Narciso emitía y yo recibía con una inmediatez y claridad como si tuviéramos una radio conectada a una frecuencia similar. Y no paré de trabajar, siempre como protagonista.
Jamás me voy a olvidar de ese hombre tan sabio, tan talentoso y, sobre todo, tan especial. No sé si hago bien en escribir esto. Aunque lo dije varias veces, lo escribían otros. Hoy me hago cargo de lo sucedido y si alguien se ríe o no lo cree, me tiene sin cuidado. Ya estoy añosa como para considerar a los incrédulos.
No sé, querido Nielsen, si interesa mi relato pero me parece que muestra una faceta de Narciso de la que se habló muchas veces pero creo que nadie se atrevió a confirmar.
Chau, querido maestro.


Sé que hay reencuentro.

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