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martes, 19 de diciembre de 2017

NARCISO IBÁÑEZ MENTA
Jacobo A. De Diego
Siluetas
Encolumnados 3




Dicen los creyentes que Dios creó el mundo en seis días. Y al séptimo descansó. JACOBO A. DE DIEGO, en su "Silueta" publicada en Mundo Radial el 29 de diciembre de 1949, nos habla de Narciso desde su octavo día.


Acaba de estrenarse la película "Almafuerte", y, por lo tanto, escribimos bajo la impresión que nos ha producido la maravillosa labor conducida por Narciso Ibáñez Menta al encarnar al poeta de "Evangélicas", "Cristianas" y "Milongas clásicas". En el mismo film aparece un niño de cuatro años --Panchito Lombard-- que impuso su voluntad al no querer pronunciar una frase insertada en el libro, porque, dijo el niño, se le había enseñado a respetar a la autoridad. El niño impuso su manera de ser y de sentir. Algo parecido le pasó a Narciso Ibáñez Menta. Tenía éste ocho días --había nacido el 25 de agosto de 1913, en Sama de Langreo-- cuando llevado en brazos apareció por primera vez sobre un escenario. La acotación exigía que el niño llorara, pero éste hizo caso omiso de los pellizcos e impuso su autoridad. 
El no haría lo que deseaban los demás, sino lo que él quería. Fue el primer rasgo de su personalidad, encaminada desde los primeros vagidos a darse el gusto haciendo las cosas a su manera. La segunda vez que se lo ve sobre un escenario --fue en Granada-- lo hace teniendo tres años y por cuenta propia. Había visto a los mayores hacer sus números en un fin de fiesta, y él irrumpió en el proscenio parodiando a los que habían actuado. Escuchó así los primeros aplausos. No sólo cuando uno realiza lo que quieren los demás, se había dicho, se triunfa. Sus padres --Narciso Ibáñez y Consuelo Menta-- lo llevaban de pueblo en pueblo. Así llegaron un día de 1919 a Buenos Aires, contratados por el empresario Lozada. Ellos debutaron en el San Martín, pero el hijo fue contratado para el Comedia, donde debutó, a los siete años, con "Los granujas". La aparición del pequeño intérprete provoca una corriente entre los autores nacionales. Se dedicaron a escribir
para él. Vale decir, que se hacía lo que él determinaba con su sola presencia sobre el escenario. Fueron sucediéndose obras como "El rapaciño", "El tesoro de gorrión", "El príncipe cañamón", "El pibe del corralón", "Los niños de Tetuán". Narciso Ibáñez Menta ya tenía repertorio propio, cosa que logran los intérpretes cuando poseen la edad que en los momentos que escribimos él cuenta. El niño --como lo llama todavía hoy el padre-- dejó a Buenos Aires. volvió a España.Recorrió pueblos y capitales, y en su largo camino llegó a Nueva York en gira triunfal. Actuó en distintos teatros, y antes de dejar la gran ciudad realizó su función benéfica en el "Carnegie Hall". En Estados Unidos conoció a Lon Chaney, quien lo inició en el complicado y difícil arte del maquillaje. Así empieza, se puede decir, la tercera etapa de la vida del intérprete. Narciso Ibáñez Menta regresa a Buenos Aires con una caja de pinturas desconocida para nosotros, y que él mostraba enfático por ser un regalo de Lon Chaney. Consecuencia de ello fueron sus nuevas actuaciones en Buenos Aires, sobre la base de obras cuyos protagonistas eran personajes truculentos. Buenos Aires lo vio en "El jorobado de Notre Dame", "El hombre y la bestia" y "El fantasma de la Opera", que a consecuencia de una infección que se le produjo en la cara se halló en difícil trance. Matizado este repertorio estrenó, en el Apolo, "El vendedor de ilusiones", obra que le permitió desarrollar una fructífera temporada veraniega que se impuso al mismísimo calor. En el año 1934 contrae matrimonio y forma parte de distintos elencos, al par que incursiona en la cinematografía. Después de obtener un éxito en El Nacional con "Sangre negra", e intervenir en películas deshumanizadas --correspondería decir inhumanas-- tiene la suerte de animar en la pantalla la figura del gran filántropo y maestro Morris, en la película "Cuando en el cielo pasen lista". Narciso Ibáñez Menta, al cumplir 36 años de edad, que son también los que lleva actuandofrente al público desde aquel día que no quiso llorar, realiza su más acabada labor de intérprete en "Almafuerte", trabajo que sin exageración alguna lo coloca a la cabeza de los actores que más alto han rayado en personajes de composición. Su Pedro Bonifacio Palacios puede compararse, sin desmedro alguno, y aun superar, los trabajos de Paul Muni en Zola, Juárez o Pasteur.

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