El mundo es de hecho un lugar mucho más gris
El tono ceniciento representa el orden y la profilaxis, y eso lo demuestra cualquier hospital, matadero, quirófano, campo de concentración o apartamento moderno


Digo en sentido literal, no como un estado de ánimo, que también, sino cromáticamente hablando. Los ordenadores, los coches, los sofás, la ropa neutra y ese color degradado e insoportable de todas las películas que quieren parecer más prestigiosas, como si la excelencia fuera un triste filtro de grisura. Adiós al contraste, a la intensidad, al bendito color. La vida moderna se ha vuelto gris. Pero no un gris cualquiera. Ahora los coches son gris antracita, gris grafito o gris carbón. Y los sofás pueden ser gris claro, gris medio o gris perla. Los suelos en cambio son gris cemento, gris plata o gris piedra. Tenemos más formas de nombrar el gris que los inuits de nombrar la nieve.
Nos estamos volviendo cada día más grises sin reflexionar sobre el significado de este color y de nuestra transformación. Cuando, si lo piensas, resulta que si las personas fuéramos de color gris, probablemente seríamos zombis. Ellos tienen ese tono ceniciento de moda, el color de quienes no están ni vivos ni muertos, de los que caminan con la muerte a cuestas todo el tiempo. Huelga decir que las series de zombis arrasan en nuestros días grises (The Walking Dead, The Last Of Us, Kingdom…) porque nada conmueve tanto a un humano moderno como la amenaza gris zombi. El gris es el color de la muerte, se lo digo. O de la muerte en vida. Y tal vez lo hemos aceptado porque nos sentimos así, medio muertos, deshumanizados, infectados y perdidos.
¿Y qué estética pide de nosotros el color de la muerte? Pues la estética del orden y la eficiencia, por supuesto. Donde hay muerte hay orden y profilaxis, eso nos lo demuestra cualquier hospital, matadero, quirófano, campo de concentración o apartamento moderno. Es grave, lo sé, pero la eficiencia se nos ha colado hasta la cocina de nuestros hogares, por no hablar de los nuevos barrios (los PAU) donde el gris ya no es solo un color sino una falta de diversidad visual que promete humanos igualmente uniformes. Sé que saben de lo que hablo. Me refiero a todas esas cocinas que parecen laboratorios, esos baños que recuerdan a clínicas, la estética de lofts que imitan fábricas, el hormigón visto y todos esos azulejos de metro que igualan unas casas a otras, empezando por la mía.
Hemos construido nuestros hogares con materiales y formas que nacieron para espacios donde la prioridad era la higiene, el control y la productividad. Y ahora vivimos gobernados por la estética del orden que provoca la muerte, cuando se supone que vivimos cada vez más años. ¿Quién se está muriendo en nuestras casas? Tal vez toda esta grisura se deba a la muerte de las ideas. La conservación del color y los objetos (el minimalismos se ha llevado hasta las fotos de las repisas) exige memoria y supervivencia. La eficacia es más importante que el recuerdo.
Entonces ¿dónde está la atención? La magia, la memoria y el juego están del otro lado de la pantalla. El móvil es un festival de colores, sonidos y estímulos; la casa, el coche, la ropa y la oficina parecen diseñados para desaparecer. Como si hubiéramos trasladado toda la intensidad (y la identidad) a la pantalla y dejado el mundo real en una escala de grises. Dicen que la solución pasa por apagar el móvil, pero no sé, tal vez sea hora de lanzar un grito insumiso y colocar un sofá amarillo en el centro del salón.
Rezar y perrear es lo mismo, ¡por el amor de Dios!
En un mundo construido de amenazas, tanto el Papa como Bad Bunny consiguen la comunión que nos falta

Una amiga me lo advirtió antes de ir. “Las que vais a ver a Bad Bunny me parecéis las mismas que las que van a rezar al Papa, no me interesa nada ni lo uno ni lo otro”. A mí no me pareció que fuera lo mismo rezar que cantar cosas como “Si tu novio no te mama el culo, pa eso que no mame”, pero mi amiga tenía razón en algo fundamental. En la práctica, no hay tanta diferencia entre perrear y rezar en 2026. Y no es que lo diga ella (o yo), es que el papa León XIV se reunió con Bad Bunny en su apretada agenda madrileña en un guiño de complicidad cristiana y, por si quedaban dudas, Benito bendijo al Pontífice durante el concierto. Hacia la mitad apareció el sapo Concho, mascota animada de la gira, en las pantallas gigantes y dijo: “Acho, un fuerte aplauso para el Papa que ha llevado esperanza y unión a tantas personas en el mundo”.
A primera vista podría parecer que las canciones decoloniales, posfeministas, a veces misóginas y a menudo sexualizadas tienen poco que ver con la recatada y moralizante letanía católica. O eso pensaba yo antes del concierto, pero Benito nos advirtió nada más empezar: “Lo que va a pasar aquí no puedes verlo en TikTok, hay que vivirlo”. ¿Es por la música en directo? En parte sí, pero no solo. Lo que se construye es un universo alternativo al mundo desconfiado de todos los días. Una experiencia inmersiva dedicada a defender una sola idea: “Mientras uno está vivo, uno tiene que amar lo más que pueda”, lema de la gira, de los fans y que aplaudiría Jesús de Nazaret. La esperanza, ahora y siempre, va de amarse. El problema es que amar se está convirtiendo en una misión imposible en un mundo construido de amenazas. Tal vez por eso tanta gente haga cola para ver al Papa y para perrear con el Papi.
El reto es grande y Benito lo plantea abiertamente al público: “Que por una noche, aunque solo sea por esta noche, seamos una sola familia” y “que estemos juntos”. Somos más de 50.000 desconocidos, pero el show consigue la comunión gracias a un derroche de talento musical y una finura tecnológica increíbles. Me refiero a la realización audiovisual más sofisticada que haya visto en un concierto desde que Martin Scorsese filmó a Mick Jagger en Shine a Light allá por 2008. Claro que aquello era un concierto grabado y editado y aquí se realiza en directo y no basta con enfocar a Benito o a la Casita (más protagonista en redes que en el concierto), sino que el espectador ha de sentirse bailando en un videoclip del que es protagonista. Y así, igual que en la misa, formas parte del misterio, solo que aquí la eucaristía se convierte en perreo.
Cuando compré las entradas, nunca pensé que Bad Bunny me haría entender el furor de la juventud por el Papa ni que descifraría alguna de mis contradicciones, como por qué decidí pasar por alto algunos temas y actitudes misóginas de este artista para formar parte del milagro de estar y bailar juntos. Bad Bunny y el Papa venden ese pellizco de confianza, de fe, de alegría y de revolución que nos falta. Pero nos recuerdan también lo peligrosa que es una masa desesperanzada. Lo peligroso no es el rezo o el perreo, sino confiar la convivencia a una cuestión de fe o de emociones en vez de a la política. De ahí a aceptar al papa como terapeuta del Congreso hay dos perreos.
La respuesta correcta de Benito Antonio
Cuando el cantante puertorriqueño se equivocó con La Casita, la respuesta no consistía en defenderlo sin crítica, sino en aplaudirle cuando escuchó y rectificó

La gente a la que le gusta Bad Bunny, que aprecia su música, que se ha pasado más horas en Ticketmaster para conseguir su entrada de las que disfrutará en el concierto, la que soltó una lágrima cuando Benito Antonio Martínez Ocasio convirtió la Super Bowl en una fiesta del orgullo latino, todas las mujeres feministas que disfrutamos del reguetón, las que cantamos orgullosas “yo perreo sola”, toda esa gente ha salido a defender la Casita de Bad Bunny con toda la gracia de su retórica. No porque la Casita estuviera o les pareciera bien, porque de hecho ha sido un error lamentable, sino porque pensaban que Benito Antonio es un buen tipo. Y que si Bad Bunny es bueno entonces la Casita tiene que serlo también.
Esta forma de pensar tan española sostiene la mayoría de las opiniones que en este país se escriben sobre la Casita y sobre cualquier cosa. En España gastamos muchísima energía en defender la bondad de ciertos sujetos o ideologías cuando se equivocan, como si la realidad pudiera dividirse con la línea simple y binaria que separa a los buenos de los malos. Si Bad Bunny es de los buenos, habrá que esforzarse en defender el despropósito de una casita clasista y pija, convertida en estandarte de la delgadez que enferma a tantísimas mujeres cada día. Y así es como personas nada clasistas, nada machistas y activistas del baile de todos los cuerpos se han lanzado a escribir para defender lo indefendible. Se ha defendido la Casita como escaparate de lo que mejor vende (relacionando los cuerpos con su comercio), se ha dicho que la polémica se debe a que es el espacio político de los jóvenes y que por eso los boomers se meten con ella (como si el problema fuera de los mayores y no del espectáculo), también que quienes la critican son hombres machistas que no critican otros machismos (el clásico “y tú más” de los peores políticos) y, por último, se ha insistido en que la Casita está mal, pero no es culpa de Benito sino del capitalismo, que se lo carga todo, hasta las buenas intenciones. Como si el hecho de vivir en un sistema capitalista borrara la responsabilidad individual de los sujetos de izquierdas.
Todo esto lo ha escrito y dicho gente a la que admiro intelectualmente y me ha dado miedo. No por la Casita sino por la desidia moral en la que caemos todos cuando intentamos defender a “los nuestros” en vez de lo que está bien. Benito Antonio, igual que todas nosotras, no es completamente bueno ni completamente malo. Puede ser alguien que busca el bien, que lo persigue, que lo defiende y que no lo alcanza, como la mayoría. No hace falta defenderlo cuando se equivoca por mucho que nos guste, al contrario. El mundo es imperfecto, nosotros somos imperfectos y no pasa nada por recordarlo, porque esa es nuestra oportunidad de ser mejores. Por eso ha sido tan emocionante la respuesta de Benito a las críticas. Ha escuchado, ha atendido y ha cambiado. Tres cómodos pasos a imitar por organizaciones, políticos y hombres del mundo. Ahora dicen quienes lo critican (haga lo que haga) que la Casita ha cambiado por interés. Yo digo que cambiar para hacer lo correcto es el mejor interés posible. Eso y que aún quedan varias noches para disfrutar de uno de los mejores espectáculos del año (se siguen liberando puñados de entradas, no rendirse). “Vamo a perrear, la vida es corta”.








































































































































































