Introducción
UNA VIDA INTERRUMPIDA
En las primeras horas del 25 de agosto de 79 d. C., la lluvia de
lapilli que caía sobre Pompeya empezó a escampar. Parecía un buen
momento para abandonar la ciudad e intentar salvarse. Un grupo
atropellado de más de veinte fugitivos, que habían buscado refugio
detrás de las murallas, mientras arreciaba aquel terrible chaparrón,
se aventuró a salir por una de las puertas situadas al este de la ciudad
con la esperanza de librarse de aquel bombardeo volcánico.
Otros pocos habían emprendido la marcha unas horas antes.
Una pareja había salido huyendo sin llevar consigo más que una
pequeña llave (presumiblemente esperaban regresar algún día y abrir
con ella lo que quiera que cerrase: una casa, un piso, un arca o una
caja fuerte) y una lámpara de bronce (fig. 1). No debió de servir de
mucho en medio de la oscuridad de la noche y de la nube de
escorias. Pero era un objeto caro y elegante, en forma de cabeza de
negro africano, muestra de las múltiples manifestaciones de
creatividad, a cual más desconcertante (para nosotros), con las que a
menudo nos encontraremos en Pompeya. La pareja no logró su
propósito. Vencida por la lluvia de lapilli, fue encontrada en 1907 en
el lugar en el que cayó, junto a una de las grandiosas tumbas que
flanqueaban aquel camino, como tantos otros, a las afueras de la
ciudad. Sucumbieron de hecho al pie del ostentoso monumento
erigido en honor de una mujer fallecida tal vez unos cincuenta años
antes, Esquilia Pola, esposa de Numerio Herennio Celso. Con
apenas veintidós años (como podemos leer en la lápida), debía de
tener menos de la mitad de la edad de su acaudalado marido,
perteneciente a una de las familias más notables de Pompeya, que
había prestado servicio como oficial en el ejército romano y había
sido elegido en dos ocasiones para el cargo más elevado del
gobierno municipal.
La capa de lapilli alcanzaba ya más de un metro de espesor
cuando el otro grupo decidió arriesgarse a huir en la misma
dirección. La marcha era lenta y dificultosa. La mayor parte de los
fugitivos eran hombres jóvenes; muchos de ellos no llevaban nada
encima, o bien porque no tuvieran nada que llevar o bien porque no
habían podido echar mano a ninguna de sus cosas de valor. Un
hombre había tomado la precaución de armarse con un puñal,
metido en una elegante vaina (llevaba consigo otra, vacía, quizá tras
perder el arma que guardaba en su interior o tras prestársela a
alguien). Las pocas mujeres que integraban el grupo llevaban más
cosas consigo. Una llevaba una estatuilla de plata de la diosa
Fortuna, la «Buena Fortuna», sentada en un trono, y un puñado de
anillos de oro y de plata, uno de ellos con un diminuto falo de plata
atado con una cadena, como si fuera un talismán (otro objeto que
encontraremos a menudo a lo largo del presente libro). Otras
llevaban sus pequeñas provisiones de baratijas preciosas: un
pastillero de plata, el diminuto pedestal de una estatuilla (perdida), y
un par de llaves, todo guardado en una bolsa de tela; un joyero de
madera, con un collar, pendientes y una cuchara de plata, y más
llaves. Habían cogido también todo el dinero que habían podido
encontrar. Algunos sólo un poco de calderilla; otros, todo lo que
atesoraban en su casa, o las ganancias de su tienda. Pero no era
mucho. En total, entre todos los integrantes del grupo no llegaban a
los quinientos sestercios, cantidad que, en términos pompeyanos, era
el equivalente a lo que costaba una mula.
Parte del grupo llegó un poco más lejos que la primera pareja.
Quince de ellos más o menos lograron avanzar hasta el siguiente
gran monumento, situado unos veinte metros más adelante, la tumba
de Marco Obelio Firmo, cuando fueron arrastrados por lo que ahora
llamamos la «onda piroclástica» proveniente del Vesubio, una
mezcla letal de gases, escorias volcánicas y piedra fundida a altísima
temperatura, que se desplaza a una enorme velocidad y a la que
nadie puede sobrevivir. Se han encontrado sus cuerpos y algunos
estaban mezclados con ramas de árboles, a las que, al parecer, se
habían agarrado. Quizá los más ágiles se subieran a los árboles que rodeaban las tumbas en un intento desesperado de salvarse; lo más
probable es que la onda que mató a los fugitivos arrastrara también
los árboles y que éstos los aplastaran.
La tumba de Obelio Firmo corrió mejor suerte. Se trataba de
otro gran personaje de Pompeya, muerto hacía algunas décadas, en
cualquier caso el tiempo suficiente para que su monumento
funerario se utilizara para escribir mensajes en sus paredes. Todavía
podemos leer anuncios de varios espectáculos de gladiadores, y
numerosos grafitos de individuos ociosos aficionados a pintarrajear
las paredes de las tumbas: «¡Hola, Isa! De parte de Hábito». «¡Hola,
Ocaso! De parte de Escepsiniano», etc. (Al parecer, los amigos de
Hábito respondieron dibujando un falo enorme y unos testículos, con
el mensaje: «¡Hola, Hábito! De parte de tus amigos de cualquier
sitio».) Más arriba, el texto del epitafio oficial de Obelio Firmo
declaraba que su funeral había sido sufragado por el consejo
municipal, y que había costado cinco mil sestercios, más otros mil
sestercios aportados por otros funcionarios locales para pagar el
incienso y «un escudo» (probablemente con un retrato del difunto,
recordatorio típicamente romano). En otras palabras, los gastos
ocasionados por el funeral fueron diez veces superiores a la cantidad que logró reunir todo el grupo de fugitivos en su afán de salvarse de la catástrofe. Pompeya era una ciudad de pobres y ricos.
Pompeya era una ciudad de pobres y ricos
FIGURA 1. Las lamparitas en forma de cabeza humana (o de
pies humanos) estaban de moda en el siglo I d. C. En ésta el aceite
se vertía por el agujero de la frente y la llama ardía por la boca. Si
se incluyen los pétalos que forman el asa, mide apenas 12
centímetros de largo.
FIGURA 2. Los moldes de yeso de los cuerpos de las víctimas
constituyen un recordatorio constante de su humanidad, de que eran
como nosotros. Esta escayola memorable de un hombre moribundo,
con la cabeza entre las manos, ha sido colocada para su
salvaguardia en un almacén de las excavaciones. Ahora parece
lamentar su encierro.
FIGURA 3. ¿Se trata de la propiedad preciosa de alguien?
Esta figurita rechoncha de ámbar rojo del Báltico fue encontrada
con uno de los fugitivos que no lograron escapar. De apenas 8
centímetros de alto, quizá quisiera representar algún personaje de
repertorio del mimo romano, espectáculo muy popular en Pompeya
(p. 360).
Podemos reconstruir muchas otras historias de intento de fuga.
En los estratos de piedra pómez se han descubierto casi
cuatrocientos cadáveres, y cerca de setecientos entre los restos
solidificados del flujo piroclástico, muchos de ellos recuperados
vívidamente en el momento de su muerte gracias a una curiosa
técnica inventada en el siglo XIX, consistente en rellenar los huecos
dejados por la carne y las ropas en descomposición con yeso, que
nos permite contemplar las túnicas remangadas, los rostros mudos, y
las expresiones lúgubres de las víctimas (fig. 2). Un grupo de cuatro
cadáveres, encontrados en una calle cerca del Foro, probablemente
corresponda a toda una familia que intentaba huir. El padre iba
delante, un hombre corpulento, de cejas grandes y espesas (como
pone de manifiesto el molde de yeso). Se había echado el manto
sobre la cabeza para protegerse de la lluvia de ceniza y escorias, y
llevaba encima algunas joyas de oro (un simple anillo y varios
pendientes), un par de llaves y, en este caso, una cantidad
considerable de dinero en metálico, casi cuatrocientos sestercios.
Tras él iban dos hijas suyas de corta edad, y cerraba la marcha su
mujer. Ésta se había remangado el vestido para facilitar la marcha, y
llevaba más objetos domésticos valiosos en una pequeña bolsa: la
plata de la familia (unas cucharas, un par de vasos, un medallón con
la efigie de la diosa Fortuna, y un espejo), y una figurilla
achaparrada que representa a un niño, envuelto en un manto, por
debajo del cual asoman sus piececitos (fig. 3). Se trata de una obra
de factura bastante tosca, pero es de ámbar, material que debió de
haber viajado muchos kilómetros desde su fuente de
aprovisionamiento más próxima en el mar Báltico; de ahí su carácter
de objeto costoso.
Otros hallazgos nos hablan de diferentes tipos de vida.
Tenemos a un médico que intentaba escapar agarrando fuertemente
la caja de su instrumental y que fue alcanzado por la onda mortífera
cuando atravesaba la palaestra (la gran explanada destinada al
ejercicio físico), próxima al anfiteatro, mientras se dirigía a una de
las puertas situadas al sur de la ciudad; al esclavo encontrado en el
jardín de una gran mansión del centro, cuyos movimientos sin duda
alguna se vieron obstaculizados por los grilletes de acero que
atenazaban sus tobillos; o al sacerdote de Isis (o tal vez algún
servidor del templo de la diosa), que había recogido parte de los
objetos valiosos del templo para huir con ellos, aunque no pudo
recorrer más de cincuenta metros antes de encontrar la muerte. Y por
supuesto tenemos luego a la señora ricamente enjoyada que apareció
en una habitación del cuartel de los gladiadores. A menudo ha sido
presentada como una prueba elocuente de la atracción de las damas
de la alta sociedad por los cuerpos atezados de estos luchadores. Da
la impresión de que tenemos aquí a una de ellas, que se encontraba
en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, exponiendo
su adulterio a la vista de la historia. En realidad, la explicación es
mucho más inocente. Es casi totalmente seguro que la mujer no
había acudido a una cita amorosa, sino que había buscado refugio en
el cuartel de los gladiadores al ver que la situación se ponía fea
cuando intentaba escapar de la ciudad. Desde luego, si estuviéramos
efectivamente ante una cita de la mujer con su hombre objeto, habría
sido un encuentro al que habrían asistido otras diecisiete personas y
un par de perros (cuyos restos se han encontrado en la misma
habitación).
FIGURA 4. Los personajes ilustres que visitaban Pompeya
hicieron que las excavaciones se volvieran a escenificar para ellos.
Aquí vemos al emperador de Austria en 1796 examinando un
esqueleto encontrado en una casa, llamada en memoria suya «Casa
del Emperador José II». La señora que forma parte de la comitiva
reacciona con un interés más evidente.
Los muertos de Pompeya han sido siempre una de las imágenes más contundentes -y a la vez más atractivas- de la ciudad destruida. En el curso de las primeras excavaciones de los XVIII y XIX, los esqueletos fueron convenientemente «encontrados» en presencia de personajes de sangre real y de otros dignatarios que habían acudido a visitar las ruinas (fig. 4). Los viajeros de los tiempos del Romanticismo se estremecían ante la idea del cruel desastre que se había abatido sobre las pobres almas cuyos restos mortales tenían ante sus ojos, por no hablar de las reflexiones más generales acerca de la peligrosa fragilidad de la existencia humana que pudiera inspirarles semejante experiencia. Hester Lynch Piozzi la escritora inglesa que debe su sonoro apellido al matrimonio
contraído con un maestro de música italiano- captó (y en cierto
modo parodió) ese tipo de reacción tras la visita que realizó al
yacimiento en 1786: «¡Qué espantosos son los pensamientos que
suscita semejante visión! ¡Qué horrible la certeza de que una escena
como aquella podría repetirse mañana y de que quienes hoy somos
espectadores podríamos convertirnos en espectáculo de los viajeros
de siglos futuros, que, confundiendo nuestros huesos con los de los
napolitanos, podrían llevárselos consigo a su país natal!».
En efecto, uno de los objetos más célebres encontrados durante
las primeras excavaciones es la huella de un pecho de mujer que
apareció en una gran mansión (la llamada Villa de Diomedes), fuera
de las murallas de la ciudad, en la década de 1770. Casi un siglo
antes de que se perfeccionara la técnica de los moldes de yeso
rellenando las cavidades del cuerpo, los restos sólidos permitieron a
los excavadores contemplar la silueta completa de los muertos, sus
vestidos e incluso su pelo, todo ello estampado en la lava. El único
ejemplo de ese material que lograron extraer y conservar fue ese
único pecho, exhibido en el museo vecino, que no tardó en
convertirse en una atracción turística. Con el tiempo, se convertiría
también en fuente de inspiración del famoso relato de Théophile
Gautier «Arria Marcella», de 1852. Se cuenta en él la historia de un
joven francés que, enamorado del busto que ha visto en el museo,
regresa a la ciudad antigua (en una inquietante combinación de viaje
en el tiempo, deseo y fantasía) con el fin de encontrar o reinventar a
su amada, la mujer de sus sueños, una de las últimas ocupantes de la
Villa de Diomedes. Por desgracia, y a pesar de su popularidad, el
busto en cuestión ha desaparecido y la gran búsqueda emprendida
hacia 1950 no logró encontrar el menor rastro de su paradero. Según
cierta teoría, la multitud de pruebas invasivas llevadas a cabo por
científicos curiosos del siglo XIX provocó su desintegración; como
si dijéramos, ceniza a las cenizas.
La fuerza de los muertos de Pompeya ha pervivido también
hasta nuestros días. El poema de Primo Levi «La niña de Pompeya»
utiliza el molde de yeso de una chiquilla, que apareció agarrada al
cadáver de su madre («Te abrazaste convulsamente al regazo de tu
madre, como si quisieras penetrar de nuevo en ella, cuando el cielo
se puso negro a mediodía»), para meditar sobre el destino de Anna
Frank y de una escolar anónima de Hiroshima, víctimas de
catástrofes provocadas por la mano del hombre, no ya de desastres
naturales («Nos bastan y nos sobran las aflicciones que nos manda el
cielo. Antes de apretar el botón, pensadlo y reflexionad»). Dos de
esos moldes desempeñan incluso un papel de estrellas invitadas en
una película de Roberto Rosselini de 1953, Te querré siempre (v. o.
Viaggio in Italia, de ahí la confusión), aclamada como «la primera
obra del cine moderno», aunque fue un fracaso comercial.
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Abrazadas, enamoradas incluso en la muerte, estas víctimas del
Vesubio suponen para los dos turistas modernos que protagonizan la
pelicula (interpretados por Ingrid Bergman, casada a la sazón con
Rossellini, y George Sanders) un recordatorio inequívoco y turbador
a un tiempo de cuán distante y vacía ha llegado a ser su relación.
Pero no son sólo víctimas humanas las que han sobrevivido de esa
forma. Uno de los moldes más famosos y más evocadores es el de
un perro guardián que se encontró atado aún a su poste en la casa de
un rico batanero. Murió intentando frenéticamente liberarse de sus
ataduras.
--- seguir leyendo
Voyeurismo, patetismo y lubricidad macabra, todos estos
elementos contribuyen a aumentar el atractivo de estos moldes.
Incluso los arqueólogos más rancios pueden recrearse en morbosas
descripciones de la agonía de esas víctimas, o en el alto precio en
vidas humanas que se cobró el flujo piroclástico («sus cerebros
debieron de cocerse»). En los visitantes de las propias ruinas, donde
aún se exhiben algunos de esos moldes, cerca de los lugares donde
fueron encontrados, producen una especie de «efecto de momia
egipcia»: los niños aplastan sus naricillas contra las vitrinas de
cristal entre exclamaciones de horror, mientras que los adultos echan
mano a sus cámaras fotográficas, sin poder disimular la fascinación
igualmente tétrica que les producen esos restos mortuorios.
Pero no todo es macabro. Y es que el impacto que producen
esas víctimas (tanto si están esculpidas íntegramente en moldes de
yeso como si no) proviene también de la sensación de contacto
inmediato con el mundo antiguo que transmiten, de los relatos
humanos que nos permiten reconstruir, y de las opciones, decisiones
y esperanzas de unos personajes reales con los cuales podemos
compenetramos a través de los siglos. No necesitamos ser
arqueólogos para imaginar lo que supondría abandonar nuestras
casas sin nada más que lo que pudiéramos llevar encima. Podemos
compadecemos del médico que decidió llevarse consigo sus
instrumentos de trabajo, y casi compartir la pena que sentiría por lo
que dejaba atrás. Podemos comprender el vano optimismo de los
que se metieron en el bolsillo la llave de su casa antes de emprender
la marcha. Incluso la tosca figurilla de ámbar adquiere un
significado especial cuando nos damos cuenta de que era el objeto
valioso favorito de alguien, y que lo cogió cuando abandonaba
precipitadamente su casa por última vez.
La ciencia moderna puede aportar más elementos a esas
biografías concretas. Podemos tener más suerte que las generaciones
anteriores a la hora de arrancar información personal a los propios
esqueletos que se nos han conservado: desde cálculos relativamente
sencillos, como la estatura y la altura de la población (los antiguos
pompeyanos eran, si acaso, ligeramente más altos que los
napolitanos modernos), o elocuentes huellas de enfermedades
infantiles y huesos rotos, hasta los indicios de relaciones familiares y
orígenes étnicos que empiezan a ofrecernos los análisis de ADN y
otras pruebas biológicas. Probablemente forcemos un tanto los
testimonios disponibles si afirmamos, como han hecho algunos
arqueólogos, que el desarrollo particular del esqueleto de un
adolescente basta para demostrar que había pasado buena parte de su
corta vida haciendo de pescador, y que la erosión de los dientes de la
parte derecha de su mandíbula se debía a que mordía la cuerda con
la que sujetaba sus capturas. Pero en otros casos el suelo que
pisamos es más firme.
En dos estancias traseras de una rica mansión, por ejemplo, se
descubrieron los restos de doce personas, probablemente el
propietario con su familia y esclavos. Seis niños y seis adultos, entre
ellos una joven de casi veinte años, que estaba embarazada de nueve
meses cuando murió. (Los huesos del feto se encuentran todavía
dentro de su vientre.) Tal vez fuera su avanzado estado de gestación
lo que indujo a todo el grupo a refugiarse en el interior de la casa,
con la esperanza de salir con bien, en vez de arriesgarse a emprender
una huida precipitada. Los esqueletos no se han conservado con
excesivo cuidado desde que se produjo su descubrimiento en 1975.
(Como ha señalado recientemente un científico, el hecho de que «los
premolares de la mandíbula inferior [de una calavera] hayan sido
pegados con cola erróneamente en los alvéolos de los incisivos
centrales de la mandíbula superior» no demuestra la actuación
chapucera de un dentista de la Antigüedad, sino una labor chapucera
de restauración moderna.) No obstante, si juntamos las diversas
pistas que se han conservado -la edad relativa de las víctimas, las
ricas joyas de la joven embarazada, y el hecho de que tanto ella
como un niño de nueve años padecieran una misma anomalía espinal
genética de menor importancia-, podemos empezar a reconstruir la
imagen de la familia que vivía en la casa. Un matrimonio ya mayor,
él sesentón y ella de unos cincuenta años, con claros signos de
artritis, probablemente sean los propietarios de la casa, además de
los padres o los abuelos de la muchacha embarazada. Por la cantidad
de joyas que llevaba ésta podemos afirmar con bastante seguridad
que no se trataba de una esclava, y el problema espinal que tenía en
común con otros individuos indica que estaba emparentada con la
familia por nacimiento, no por matrimonio (el niño de nueve años
habría sido su hermano menor). De ser así, la joven y su marido
(probablemente un individuo de veintitantos años, cuya cabeza,
según indica el esqueleto, tenía una pronunciada inclinación hacia la
derecha que lo desfiguraba y sin duda alguna debía de resultarle
dolorosa) o bien vivían con la familia de ella o bien habían vuelto a
la casa de los padres de la chica para que ella diera a luz, o bien se
hallaban en ella simplemente de visita en aquel día funesto. Los
demás adultos, un hombre de sesenta y tantos años y una mujer de
treinta y tantos, quizá fueran también esclavos o parientes.
Una ojeada más atenta a sus dientes, independientemente de
que hayan sido pegados con cola o no, nos ayuda a aclarar otros
detalles. La mayoría de los integrantes del grupo tiene una serie de
reveladores cercos en el esmalte producidos por repetidos ataques de
enfermedades infecciosas durante la niñez, circunstancia que viene a
recordarnos una vez más lo peligrosa que era la infancia en el
mundo romano, cuando la mitad de los niños moría antes de cumplir
los diez años. (Lo bueno era que si se sobrevivía a los diez años, uno
podía vivir otros cuarenta o más.) La presencia evidente del
deterioro de la dentadura, aunque inferior al nivel alcanzado
actualmente en Occidente, nos habla de una dieta abundante en
azúcar y fécula. Entre los adultos, sólo el marido de la chica
embarazada no muestra signos de deterioro. Pero, a juzgar una vez
más por el estado de sus dientes, queda de manifiesto que padecía
una intoxicación por fluoruro, por lo que probablemente se había
criado fuera de Pompeya, en alguna zona en la que se dieran niveles
excepcionalmente altos de esta sustancia. Lo más sorprendente es
que todos los esqueletos, incluso los de los niños, tenían grandes
concentraciones de cálculos, en algunos casos de un par de
milímetros. La razón es evidente. Puede que existieran palillos,
puede incluso que se fabricaran ciertos brebajes para la limpieza y el
blanqueo de los dientes. (En un libro de recetas farmacéuticas, el
médico particular del emperador Claudio anota la mezcla que, según
se dice, daba a la emperatriz Mesalina su hermosa sonrisa: cuerno
quemado, resina y sal gema.) Pero era un mundo en el no existían
los cepillos de dientes. Pompeya debía de ser una ciudad con muy
mal aliento.
UNA CIUDAD CONVULSIONADA
Mujeres a punto de dar a luz, perros todavía encadenados a su
poste, y una inequívoca vaharada de halitosis… Son imágenes
memorables de la vida cotidiana de una ciudad romana interrumpida
re- pentinamente en medio de su discurrir. Y hay muchas más. Las
hogazas de pan halladas en el horno, abandonadas mientras se
cocían. La cuadrilla de pintores que pusieron pies en polvorosa
cuando estaban redecorando una habitación, dejando tras de sí sus
botes de pintura y un cubo de estuco fresco en lo alto de un
andamio; al venirse éste abajo en el curso de la erupción, el
contenido del cubo se derramó, salpicó la pared debidamente
preparada y dejó una espesa costra todavía visible en la actualidad
(véanse pp. 175-181). Basta rascar en la superficie para descubrir
que la historia de Pompeya es más complicada e intrigante de lo que
parece. En muchos sentidos, Pompeya no es el equivalente antiguo
del Marie Céleste, el barco del siglo XIX misteriosamente
abandonado, con los huevos duros del desayuno (según se dice)
todavía sobre la mesa. No es una ciudad romana sencillamente
congelada en medio de su discurrir habitual.
Para empezar, los habitantes de Pompeya habían visto los
signos de advertencia aparecidos horas (si no días) antes de la
catástrofe. El único testimonio ocular de la erupción que poseemos
es un par de cartas escritas un cuarto de siglo después del desastre al
historiador Tácito por su amigo Plinio, que se encontraba en el golfo
de Nápoles cuando se produjo la erupción. Compuestas
indudablemente con ayuda de la memoria y la imaginación, las
epístolas de Plinio demuestran que todavía era posible escapar
después que apareciera en el cráter del Vesubio la nube «en forma
de pino». El tío de Plinio, la víctima más famosa de la erupción,
murió porque era asmático y decidió, en un alarde de valentía (o de
estupidez, según se mire) que tenía que observar más de cerca lo que
estaba pasando en interés de la ciencia. Y si, como piensan
actualmente muchos arqueólogos, hubo una serie de temblores y
pequeños terremotos durante los días o meses que precedieron al
desastre final, semejantes indicios habrían incitado también a la
gente a abandonar la zona. Pues no sólo era Pompeya la que estaba
amenazada y acabó tragada por la lava, sino una amplia franja de
tierra situada al sur del Vesubio, incluidas las ciudades de Herculano
y Estabia.
En efecto, fueron muchos los que huyeron, como confirma la
cantidad de cadáveres encontrados en la ciudad. En el curso de las
excavaciones han sido desenterrados unos mil cien. Debemos tener
en cuenta los que todavía puedan quedar en la parte de la ciudad que
aún no ha sido excavada (casi una cuarta parte de la antigua
Pompeya permanece sin explorar), y los restos humanos pasados por
alto en excavaciones anteriores (los huesos de niño pueden
confundirse fácilmente con los de animales y ser descartados). Aun
así, parece improbable que en el desastre perdieran la vida más de
dos mil pompeyanos. Independientemente de cuál fuera la población
total de la ciudad -y los cálculos oscilan entre los seis mil
cuatrocientos y los treinta mil (dependiendo de lo hacinadas que
creamos que vivían aquellas gentes, o de las comparaciones
modernas que escojamos)-, se trata de una proporción pequeña o
muy pequeña.
Los individuos que escaparon en medio de la lluvia de cenizas
quizá se llevaran consigo sólo lo primero que pudieran agarrar y
fueran capaces de transportar. Los que dispusieran de más tiempo se
llevarían un mayor número de pertenencias. Debemos suponer que
la población de la ciudad emprendería un éxodo masivo con asnos,
carretas y carretillas, cuando la mayoría abandonara sus hogares
cargando con todos los efectos domésticos que buenamente
pudieran. Algunos tomaron la decisión equivocada, escondiendo sus
posesiones más preciadas, con la intención de regresar cuando
pasara el peligro. Eso es lo que explica algunos de los magníficos
tesoros -por ejemplo, las admirables colecciones de objetos de plata
(véase p. 308)- encontrados en las casas de Pompeya y de sus
alrededores. Pero en su mayor parte, lo que quedó para que luego lo
descubrieran los arqueólogos es una ciudad después de que sus
habitantes hicieran apresuradamente el equipaje y se marcharan.
Esta circunstancia tal vez nos ayude a explicar por qué las casas de
Pompeya dan la impresión de estar escasamente amuebladas y de
contar con pocos trastos. No es que la estética predominante en el
siglo I d. C. fuera una especie de minimalismo moderno. La mayor
parte de los trastos de la casa probablemente había sido cargada en
carros y salvada por sus propietarios.
Esa rápida estampida quizá explique también algunas cosas
raras que se han encontrado en las casas de la ciudad. Si, por
ejemplo, un montón de herramientas de jardinería sale a la luz en lo
que parece un lujoso comedor, es posible -por sorprendente que
parezca- que fuera allí donde se guardaran habitualmente. Pero
también puede ser que, en la precipitación de la huida, cuando se
reunieran todas las pertenencias de la casa y hubiera que escoger lo
que debía llevarse y lo que no, fuera en ese lugar donde acabaran la
pala, la azada y la carretilla. Aunque parte de la población siguiera
realizando sus tareas diarias como si fuera a haber un mañana,
aquélla no era una ciudad normal, que llevaba a cabo sus tareas
habituales. Era una ciudad en fuga.
Durante las semanas y meses que siguieron a la erupción
muchos supervivientes volvieron a buscar lo que se habían dejado, o
para recuperar (o saquear) en la ciudad enterrada los materiales
susceptibles de ser reutilizados, como el bronce, el plomo o el
mármol. Quizá no fuera tan imprudente como pueda parecernos
ahora guardar los objetos de valor con la esperanza de recuperarlos
más tarde. Pues en muchos lugares de Pompeya hay claros signos de
que se consiguió volver a entrar en la ciudad a través de los
escombros volcánicos. Independientemente de que fueran sus
legítimos propietarios, ladrones o buscadores de tesoros, esos
individuos excavaron túneles para entrar en las casas opulentas, y a
veces dejaron un pequeño rastro de agujeros en las paredes según
iban pasando de una estancia con los accesos bloqueados a otra.
Podemos ver un claro atisbo de sus actividades en dos palabras
garabateadas junto a la entrada principal de una gran mansión, que
se encontró casi vacía cuando la descubrieron los excavadores del
XIX. Dicen así:
«Casa perforada», cosa que difícilmente habría escrito su
propietario; antes bien, parece un mensaje de un saqueador a sus
compañeros, un aviso de que ya se habían «cepillado» aquella casa.
No sabemos casi nada acerca de quiénes abrieron esos túneles
(pero el hecho de que el mensaje, aunque escrito en latín, esté en
caracteres griegos es un indicio bastante claro de que eran bilingües,
miembros de la comunidad grecorromana del sur de Italia, que
analizaremos en el capítulo 1). Tampoco sabemos exactamente
cuándo llevaron a cabo su incursión de saqueo: en las ruinas de
Pompeya se han encontrado monedas romanas posteriores a la
erupción, que datan desde finales del siglo I d. C. hasta comienzos
del IV. Pero independientemente de cuándo decidieran excavar la
ciudad enterrada los romanos de época posterior y de qué motivos
tuvieran para hacerlo, la labor no podía ser más peligrosa, y la
llevarían a cabo movidos por la esperanza de recuperar cantidades
importantes de los bienes familiares o de obtener un buen botín del
pillaje. Los túneles tenían que ser peligrosos, oscuros y estrechos, y
en determinados puntos -si las dimensiones de los agujeros que
aparecen en algunas paredes constituyen un criterio seguro- sólo
susceptibles de ser utilizados por niños. Incluso en los lugares en los
que era posible caminar con más desahogo, en las zonas exentas de
escombros volcánicos, las paredes y los techos habrían amenazado
con un derrumbamiento inminente.
Lo curioso es que casi con toda seguridad algunos de los
esqueletos encontrados no son los restos de las víctimas de la
erupción, sino de aquellos que se arriesgaron a volver a la ciudad en
los meses, años o siglos posteriores. Así, por ejemplo, en una
elegantes estancia junto al patio ajardinado de la Casa del Menandro
-denominación moderna, basada en la efigie del célebre dramaturgo
griego, Menandro, encontrada en ella (fig. 44)-, se han descubierto
los restos de un pequeño grupo de tres hombres, dos adultos y un
niño, provistos de pico y azada. ¿Eran, como creen algunos
arqueólogos, un grupo de residentes, quizá esclavos, que pretendían
salir de la casa a golpe de pico y pala cuando ésta fue sepultada, y
perdieron la vida en el intento? ¿O, como piensan otros, era una
partida de saqueadores que pretendían entrar en la mansión, y que
murieron cuando se les vino encima el frágil túnel que habían
excavado?
A complicar aún más esta imagen de ciudad convulsionada se
suma otro desastre natural acontecido anteriormente. Diecisiete años
antes de la erupción del Vesubio, en 62 d. C., la ciudad había sufrido
grandes daños a consecuencia de un terremoto. Según el historiador
Tácito, Pompeya
«fue en gran parte destruida por un terremoto». Y casi con toda
seguridad el suceso aparece representado en una pareja de planchas
esculpidas encontradas en la mansión de un banquero pompeyano,
Lucio Cecilio Jocundo. Muestran dos zonas de la ciudad sacudidas
por el terremoto: el Foro y la zona próxima a la puerta septentrional
de la ciudad, que da al Vesubio. En una, el Templo de Júpiter, Juno
y Minerva se inclina peligrosamente hacia la izquierda; las estatuas
ecuestres situadas a uno y otro lado del templo parecen casi cobrar
vida, con los jinetes levantados de sus monturas (fig. 5). En la otra,
la Puerta del Vesubio da un ominoso bandazo hacia la derecha, y se
separa del gran depósito del agua situado a su izquierda. Esta
catástrofe suscita alguna de las cuestiones más espinosas de la
historia de Pompeya. ¿Qué repercusión tuvo sobre la vida de la
ciudad? ¿Cuánto tardó ésta en recuperarse? De hecho, ¿llegó a
recuperarse alguna vez? ¿O acaso los pompeyanos del año 79 d. C.
seguían viviendo en medio de la destrucción, con el Foro, los
templos y las termas, por no hablar de muchas casas particulares,
todavía sin restaurar?
FIGURA 5. Grabado de una pareja de planchas esculpidas, de
casi un metro de largo, que representan el terremoto de 62 d. C. Ala
izquierda, el Templo de Júpiter, Juno y Minerva, en el Foro, se
tambalea visiblemente. A la derecha, se lleva a cabo un sacrificio.
El toro es conducido al altar, mientras que alrededor la escena
aparece salpicada de los diversos instrumentos del ritual, un
cuchillo, vasijas, y platos para las ofrendas.
Hay teorías para todos los gustos. Una sostiene que, tras el
terremoto, la ciudad de Pompeya fue víctima de una revolución
social. Buena parte de la aristocracia tradicional decidió abandonar
la ciudad para siempre, trasladándose sin duda a otras propiedades
familiares. Su marcha no sólo dejó el camino expedito al ascenso de
los libertos y de otros nuevos ricos, sino que además inició la
«decadencia» de algunas de las casas más elegantes de Pompeya,
transformadas precipitadamente en batanes, panaderías, tabernas y
otros establecimientos comerciales e industriales. De hecho, el
montón de herramientas de jardinería encontradas en el comedor
podría ser precisamente un indicio de ese cambio de uso: una
residencia otrora de alto copete envilecida de manera espectacular
por sus nuevos ocupantes, que la habrían convertido en sede de un
modesto negocio de jardinería.
Es posible que así sea. Y quizá tengamos aquí otro motivo para
considerar que el estado de la ciudad no tenía nada de «normal»
cuando sufrió la catástrofe del año 79. Pero no podemos tener la
seguridad de que todos esos cambios fueran una consecuencia
directa del terremoto. En cualquier caso, parte de las reconversiones
industriales probablemente tuviera lugar antes del desastre. Algunas,
si no una gran cantidad de ellas, responden casi con toda seguridad
al modelo regular de cambios de uso y traspaso de la riqueza y el
prestigio que caracteriza la historia de cualquier ciudad, antigua o
moderna. Por no hablar de los síntomas de prejuicios de «clase
dirigente» perceptibles en muchos arqueólogos modernos, que
identifican con demasiada ligereza la movilidad social y el ascenso
de los nuevos ricos con los conceptos de revolución o decadencia.
Otra teoría importante afirma que en el año 79 Pompeya aún
no había concluido el largo proceso de restauración. Por lo que
podemos deducir de los testimonios arqueológicos, la noticia de
Tácito que asegura que «Pompeya fue en gran parte destruida» es
una exageración. Pero el estado de muchos edificios públicos (por
ejemplo, en 79 sólo estaban plenamente en funcionamiento unas
termas) y el hecho de que, como veremos, estuvieran trabajando
cuadrillas de decoradores en tantas casas cuando se produjo la
erupción, parecen dar a entender que los daños ocasionados por el
seísmo no sólo habían sido considerables, sino que todavía no se
habían subsanado. Para una ciudad romana, el hecho de pasar
diecisiete años con la mayoría de sus establecimientos termales
fuera de servicio, con varios templos importantes inutilizables, y con
numerosas casas particulares deterioradas, indica o bien una grave
escasez de dinero, o bien un grado alarmante de mal funcionamiento
de las instituciones, o ambas cosas a la vez. ¿Puede saberse qué
diantre estuvo haciendo el ayuntamiento durante casi dos décadas?
¿Esperar sentado a que la ciudad se viniera abajo?
Pero también en este sentido no todo es lo que parece a
primera vista. ¿Podemos estar seguros de que todas las obras de
restauración que estaban en marcha cuando se produjo la erupción
eran consecuencia del terremoto? Dejando a un lado el hecho
evidente de que en cualquier ciudad hay siempre en marcha
numerosísimas obras de construcción (la industria de restauración y
el sector de la construcción han sido siempre fundamentales para la
vida urbana, tanto en la Antigüedad como en nuestros días), está
además la cuestión de si «hubo un terremoto o hubo más de uno»,
dilema que ha dividido de manera atroz a los arqueólogos dedicados
al estudio de Pompeya. Algunos defienden firmemente la tesis de
que hubo un solo seísmo de consecuencias devastadoras en el año 62
y de que, en efecto, la ciudad se vio sumida en una situación tan
calamitosa que años después muchas obras de restauración todavía
no se habían concluido. Hoy son mayoría los que hacen hincapié en
la serie de temblores que debieron de producirse en los días, y quizá
meses, que precedieron a la erupción. Es lo que cabría esperar antes
de una explosión volcánica de primera magnitud, como afirman los
vulcanólogos, y en cualquier caso, eso es exactamente lo que
describe Plinio: «Durante muchos días antes», dice en su carta,
«hubo temblores de tierra». Si había tantos trabajos de restauración
en marcha, sigue diciendo esta tesis, es mucho más probable que su
finalidad fuera reparar los daños que acababan de producirse, y que
no se tratara de un intento tardío e inoportuno de arreglar de una vez
los desperfectos sufridos diecisiete años antes.
En cuanto al estado de la ciudad en general, y especialmente
los de los edificios públicos, una vez más la cuestión de los saqueos
posteriores viene a complicar las cosas. Está bastante claro que en
79 algunos edificios públicos estaban en ruinas. Un enorme templo
con vistas al mar, dedicado, según la hipótesis más habitual, a la
diosa Venus, seguía en obras, aunque parece que la envergadura de
las labores de restauración fuera superior a la de la construcción
existente. Otros establecimientos estaban ya de nuevo en pleno
funcionamiento. Por ejemplo, la actividad del Templo de Isis era la
habitual; el santuario había sido reconstruido y redecorado con
algunas de las pinturas más célebres hoy día de toda la ciudad (fig.
6).
Sin embargo, la situación del Foro en el momento de la
erupción es mucho más enigmática. Unos dicen que era una ruina
medio abandonada, y que apenas había sido restaurado. En tal caso,
sería como mínimo un indicio de que las prioridades de los
pompeyanos habían cambiado, por decirlo educadamente, y que ya
no se interesaban por la vida de su municipio. En el peor de los
casos, nos hablarían del colapso total de las instituciones cívicas,
situación que, como veremos, no encaja en absoluto con otros
testimonios procedentes de la ciudad. Más recientemente se ha
levantado un dedo acusador contra las actividades de grupos de
recuperación de materiales y de bandas de saqueadores después de la
erupción. Según esta tesis, el Foro había sido restaurado e incluso
mejorado en buena parte. Pero, sabedores de la existencia de los
valiosos revestimientos de mármol que habían sido instalados
recientemente, algunos habitantes de la ciudad practicaron túneles
subterráneos para recuperarlos poco después de que la población
quedara sepultada, arrancándolos a golpe de pico de las paredes, que
quedarían para la posteridad como si nunca hu- bieran sido
terminadas o simplemente hubieran sido demolidas. Los encargados
de recuperar los materiales aprovechables habrían ido en busca
también, naturalmente, de las múltiples y valiosas estatuas de bronce
que adornaban la plaza.
FIGURA 6. El Templo de Isis era uno de los principales
centros de atracción de los primeros turistas e inspiró a escritores y
músicos, desde el joven Mozart a Edward Bulwer- Lytton, autor de
Los últimos días de Pompeya. Este grabado muestra el edificio
principal del templo en el centro y, a la izquierda, el pequeño
recinto vallado con una cisterna que contenía el agua utilizada en
los ritos de Isis.
Estos debates y desacuerdos entre los especialistas continúan
acalorando los ánimos en los congresos de arqueología. Son objeto
de disputas eruditas y de estudios académicos. Pero
independientemente de cómo se resuelvan al final (si es que llegan a
resolverse), hay una cosa absolutamente clara: «nuestra» Pompeya
no es una ciudad romana que se ocupaba de sus asuntos cotidianos,
y que luego quedó sencillamente «congelada en el tiempo», como
afirman tantas guías y folletos turísticos. Es un lugar mucho más
intrigante y sugestivo. Interrumpida y convulsionada, evacuada y
saqueada, Pompeya tiene las marcas (y las cicatrices) de diversas
historias de todo tipo,que formarán el relato de este libro y que se
ocultan tras lo que podríamos llamar la «paradoja de Pompeya», esto
es el hecho de que conozcamos muchísimo y a la vez muy poco
acerca de cómo era en ella la vida en la Antigüedad.
Bien es verdad que la ciudad nos ofrece una perspectiva más
clara de individuos de carne y hueso y de cuál era su vida real que
casi cualquier otro lugar del mundo romano. Nos encontramos con
amores desgraciados («Suceso, el tejedor, está enamorado de una
camarera llamada Iris y a ella le importa un bledo», dice el grafito
garabateado en una pared) y con meones desvergonzados («Me he
meado en la cama, lo he puesto todo perdido, no miento, / pero,
querido mesonero, no me dieron orinal», dice en tono jactancioso
una coplilla escrita en la pared del cuarto de una posada). Podemos
seguir las huellas de los niños de Pompeya, desde el pequeñuelo que
debió de divertirse una barbaridad pasando un par de monedas sobre
el yeso fresco de la sala principal o atrio de una casa elegante,
dejando más de setenta impresiones en el zócalo, casi a la altura del
suelo (y de paso legando a la posteridad un magnífico testimonio
cronológico de las labores de decoración de la casa), hasta los chicos
aburridos que pintarrajearon una serie de monigotes en la entrada de
unas ter- mas, a la escasa altura a la que podían llegar, para
entretenerse acaso mientras esperaban a que sus madres salieran del
baño de vapor. Por no hablar de los arreos de un caballo, con sus
cascabeles, el rudo instrumental médico (fig. 7), la curiosa batería de
cocina, en la que no faltan el recipiente para cocer huevos ni los
flaneros, si es que de eso se trata (fig. 78), o los molestos parásitos
intestinales cuyas huellas pueden verse todavía en el borde de una
letrina al cabo de dos mil años, elementos que nos ayudan a captar
de nuevo lo que se veía, se oía y se olía en la vida de Pompeya.
FIGURA 7. Hay algo misteriosamente familiar entre nuestros
espéculos ginecológicos y esta versión antigua procedente de
Pompeya. Aunque se ha perdido parte del instrumento, es evidente
que los «brazos» se abrían haciendo girar el mango en forma de
«T».
No obstante, aunque detalles como éstos resulten
maravillosamente evocadores, la imagen principal y muchas
cuestiones más básicas relacionadas con la ciudad siguen estando
muy turbias. El número total de sus habitantes no es el único enigma
al que nos enfrentamos. Otro es la relación que mantenía la ciudad
con el mar. Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que el mar
llegaba en la Antigüedad mucho más de cerca de Pompeya de lo que
lo hace hoy (actualmente se encuentra a unos dos kilómetros). Pero,
a pesar de los conocimientos de los geólogos modernos, todavía no
estamos seguros de a qué distancia estaba. Particularmente
enigmático resulta el hecho de que justo al lado de la puerta
occidental de la ciudad, que es actualmente el principal acceso a las
ruinas, haya un trecho de muralla con lo que parece evidentemente
una serie de amarraderos para embarcaciones, como si el mar llegara
en ese punto hasta la propia ciudad (fig. 8). El único problema es
que un poco más al oeste, es decir, en dirección al mar, se han
encontrado algunas edificaciones romanas, que desde luego
difícilmente pudieron haber sido construidas bajo el agua. La mejor
forma de explicar este hecho consiste una vez más en recurrir a la
constante actividad sísmica. En Pompeya -como en la vecina
localidad de Herculano, donde puede documentarse con mucha
claridad este tipo de movimientos-, la línea de costa y el nivel del
mar debieron de cambiar de manera espectacular durante los últimos
siglos de historia de la localidad.
FIGURA 8. Estas argollas descubiertas en la zona de la
muralla situada cerca de la Puerta Marina tienen a todas luces el
aspecto de amarraderos para embarcaciones. Casi con toda
seguridad la línea de costa cambió durante los últimos siglos de
vida de la ciudad, y dejó estas argollas al aire y en seco.
Más sorprendente aún resulta el hecho de que también se
discutan las fechas fundamentales, no sólo la cronología del gran
terremoto (que lo mismo pudo tener lugar en 62 que en 63 d. C.),
sino también la fecha de la propia erupción. A lo largo del libro voy
a utilizar la fecha tradicional del 24 y 25 de agosto de 79, que es la
que actualmente leemos en el relato de Plinio. Pero hay buenas
razones para pensar que la catástrofe tuvo lugar más tarde, durante el
otoño o el invierno de ese mismo año. Para empezar, si nos
remitimos a los diversos manuscritos medievales de las Cartas de
Plinio el Joven, vemos que dan todo tipo de fechas distintas de la
erupción (las fechas y los números romanos siempre fueron
susceptibles de ser mal copiados por los escribas de la Edad Media).
Resulta también que puede observarse una cantidad
sospechosamente grande de frutos otoñales entre las ruinas y que
muchas víctimas llevaban, al parecer, ropas pesadas de lana, atuendo
muy poco adecuado para una calurosa jornada de verano en Italia
(aunque lo que la gente decidiera ponerse para intentar huir en
medio de los escombros de una erupción volcánica no debería
considerarse un buen indicador de la temperatura de la estación). Un
testimonio más contundente es el que nos proporciona una moneda
romana, hallada en Pompeya en un contexto en el que no cabría
decir que quizá se le cayera a algún saqueador. Los especialistas
opinan que la fecha más temprana de acuñación de esta moneda
sería septiembre de 79.
El hecho es que sabemos mucho más y mucho menos de lo que
creemos acerca de Pompeya.
seguir pasando página 30 del libro
LAS DOS VIDAS DE POMPEYA
Un viejo chiste de arqueólogos dice que Pompeya murió dos
veces: en primer lugar, sufrió la muerte repentina causada por la
erupción; y en segundo lugar está la muerte lenta que ha sufrido la
ciudad desde que la redescubrieron a mediados del siglo XVIII.
Cualquier visita a las ruinas demostrará exactamente lo que significa
esa segunda muerte. A pesar de los heroicos esfuerzos de la
superintendencia arqueológica de Pompeya, la ciudad se desintegra,
las malas hierbas crecen en muchos lugares situados fuera del
recinto de las visitas turísticas, y algunas pinturas dejadas in situ,
cuyos colores en otro tiempo eran brillantísimos, han ido
palideciendo hasta quedar reducidas a casi nada. Se trata de un
proceso gradual de deterioro, agravado por los terremotos y el
turismo de masa, al que, por si eso fuera poco, han contribuido los
toscos métodos empleados por los primeros excavadores (aunque,
para ser honestos, muchas de las hermosas pinturas murales que
arrancaron y depositaron en el museo han corrido mejor suerte que
las que se dejaron en su contexto original), las campañas de
bombardeo de los Aliados en 1943 (fig. 9), que destruyeron varias
zonas de la ciudad (los turistas desconocen en su mayoría que buena
parte del Teatro Grande, por ejemplo, y del Foro, así como algunas
de las casas más célebres, fueron reconstruidas por completo
después de la guerra, y que el restaurante de las ruinas fue levantado
en una zona que quedó gravemente destrozada por las bombas), y las
acciones de los ladrones y los vándalos, para quienes el recinto
arqueológico, grande y difícil de vigilar, constituye un objetivo de lo
más codiciado (en 2003 un par de frescos recientemente excavados
fueron arrancados de la pared, y los encontraron tres días más tarde
en el patio de un constructor de la zona).
FIGURA 9. El bombardeo de los Aliados en 1943 causó daños
terribles en Pompeya, y destruyó muchos edificios importantes. Esta
fotografía muestra el estado en que quedó la Casa de Trebio
Valente tras las incursiones aéreas. Muchos de los edificios
bombardeados fueron tan primorosamente reconstruidos después de
la guerra que a nadie se le ocurriría pensar que sufrieron una
segunda destrucción intencionada.
Pero del mismo modo la ciudad ha tenido también dos vidas:
una, en el mundo antiguo; y la otra, la recreación moderna de la
Pompeya antigua que hoy día visitamos. Este lugar turístico sigue
intentando preservar el mito de ciudad antigua «congelada en el
tiempo», por la que podemos pasear como si todo hubiera ocurrido
ayer. A decir verdad, resulta sorprendente que, aunque la Pompeya
romana se encuentra varios metros por debajo del nivel del suelo
actual, las entradas al recinto están colocadas de tal modo que
prácticamente no nos da la sensación de bajar a las ruinas; el mundo
de los antiguos se confunde con el nuestro de manera casi
imperceptible. Pero si nos fijamos un poco mejor, vemos que
Pompeya existe en esa extraña tierra de nadie que queda entre las
ruinas y la reconstrucción, entre la Antigüedad y el presente. Para
empezar, buena parte de ella ha sido reconstruida a fondo, y no sólo
a raíz de los daños ocasionados por los bombardeos durante la
guerra. Resulta chocante contemplar las fotografías de los edificios
tal como fueron excavados (fig. 10), y comprobar después en qué
estado lamentable se encontraba la mayoría de ellos. Bien es verdad
que algunos se dejaron tal cual. Pero otros han sido arreglados, y sus
paredes han sido recompuestas y reconstruidas para sostener nuevos
tejados -ante todo con el fin de proteger su estructura y su
decoración-, aunque a menudo los turistas las tomen por milagrosas
supervivientes de la época romana.
FIGURA 10. Imagen de una excavación de la década de 1930.
Las casas de Pompeya no surgieron del suelo en su estado
primitivo. En realidad, la fuerza de la erupción fue tal que dan la
impresión de haber sufrido un bombardeo. Aquí vemos que la pared
de estuco pintado del piso superior se ha derrumbado sobre las
habitaciones del piso bajo.
Es más, se ha dado a la ciudad una nueva geografía.
Actualmente nos movemos por Pompeya utilizando los nombres
modernos de las calles: entre otros, la Via dell'Abbondanza (la
principal arteria en sentido este-oeste que conduce directamente al
Foro, y cuyo nombre procede de la figura de la diosa Abundancia
esculpida en una de las fuentes de la calle), la Via Stabiana (que
cruza la Via dell'Abbondanza y que se dirige hacia el sur, hacia la
ciudad de Estabia), y el Vicolo Storto (o Callejón Retorcido, así
llamado por razones evidentes). Prácticamente no tenemos ni la
menor idea de cómo se llamaban estas calles en el mundo romano.
Una inscripción que se nos ha conservado parece indicar que la que
hoy día denominamos Via Stabiana era entonces la Via Pompeiana,
y además hace alusión a otras dos calles (la Via Jovia, esto es la
Calle de Júpiter; y la Via Dequviaris, relacionada tal vez con los
miembros del consejo municipal o decuriones), que no han podido
ser localizadas. Pero bien pudiera ser que muchas carecieran de
nombres específicos como los que usamos hoy día. Desde luego no
había rótulos de calles, ni se usaba sistema alguno de nomenclatura
de las vías públicas ni de numeración de las ca- sas que permitiera
dar una dirección. En su lugar, la gente utilizaba puntos de
referencia locales: por ejemplo, un posadero se hacía mandar las
tinajas de vino (como aún podemos leer en el borde superior de una
de ellas) «A Euxino [nombre que podríamos traducir más o menos
por "El Buen Huésped"], el tabernero, en Pompeya, cerca del
Anfiteatro».
Del mismo modo hemos dado nombre a las puertas de la
ciudad, denominándolas por la localidad o por la dirección hacia las
que están orientadas: Puerta de Nola, Puerta de Herculano, Puerta
del Vesubio, Puerta Marina, etcétera. En este caso, tenemos una idea
un poco más clara de cuáles pudieron ser los nombres antiguos. La
que hoy día llamamos Puerta de Herculano, por ejemplo, era para
los habitantes de la Pompeya romana la Porta Saliniensis o Porta
Salis, esto es la «Puerta de la Sal» (debido a las salinas situadas en
sus inmediaciones). Nuestra Puerta Marina quizá se llamara Puerta
del Foro, o al menos eso sugieren algunos testimonios antiguos en
estado fragmentarios, combinados con ciertas deducciones modernas
bastante plausibles; al fin y al cabo, no estaba sólo orientada hacia el
mar, sino que además era la puerta más cercana al Foro.
A falta de direcciones antiguas, los planos modernos de la
ciudad utilizan un sistema de localización de los
edificios que data de finales del siglo XIX. El mismo
arqueólogo que perfeccionó la técnica de hacer moldes de los
cadáveres, Giuseppe Fiorelli (en otro tiempo político revolucionario,
y el director más influyente de las excavaciones de Pompeya que ha
existido) dividió Pompeya en nueve sectores distintos o regiones;
luego numeró todas las manzanas de casas existentes dentro de cada
sector, y procedió a dar un número individual a todas las puertas que
daban a la calle. En otras palabras, de ese modo, según este lenguaje
abreviado utilizado por los arqueólogos, «VI.15.1» querría decir la
primera puerta de la decimoquinta manzana de la sexta región,
situada al noroeste de la ciudad.
Para la mayoría del público, sin embargo, VI.15.1 es más
conocida como la Casa de los Vetios. Pues, además de la mera
numeración moderna, por lo menos la mayor parte de las grandes
casas, así como las posadas y tabernas, han recibido títulos más
evocadores. Algunos de ellos se remontan a las circunstancias en las
que se produjeron sus primitivas excavaciones: la Casa del
Centenario, por ejemplo, fue descubierta exactamente mil
ochocientos años después de la destrucción de la ciudad, en 1879; la
Casa de las Bodas de Plata, excavada en 1893, recibió este nombre
en honor del vigésimo quinto aniversario de la boda del rey
Humberto de Italia, celebrado ese mismo año (irónicamente, la casa
es hoy día más conocida que aquellas bodas reales). Otros nombres
reflejan hallazgos particularmente memorables: una de ellas es la
Casa del Menandro; otra es la Casa del Fauno, allí llamada por el
famoso sátiro o «fauno» danzante de bronce encontrado en ella (fig.
12; su nombre anterior, la Casa de Goethe, se remonta al hijo del
famoso Johann Wolfgang von Goethe, que fue testigo de parte de su
excavación en 1830, poco antes de su muerte; pero esta triste
historia sería bastante menos memorable que la briosa escultura
hallada entre las ruinas). Muchas, sin embargo, como la Casa de los
Vetios llevan el nombre de sus ocupantes romanos, parte de un
proyecto mucho mayor de repoblación de la ciudad antigua y de
identificación de los restos materiales con las personas reales que
otrora fueron sus propietarias, las utilizaron o vivieron en ellas.
Se trata de una tarea apasionante, aunque a veces problemática.
Hay casos en los que podemos estar seguros de haber llevado a cabo
la identificación correcta. La casa del banquero Lucio Cecilio
Jocundo, por ejemplo, ha sido identificada casi con toda seguridad
por sus archivos bancarios, almacenados en el ático. Aulo Umbricio
Escauro, el fabricante de garum (el preparado típicamente romano a
base de organismos marinos fermentados, eufemísticamente
traducido por «salsa de pescado») más conocido de la ciudad, dejó
su marca y su nombre en su elegante propiedad con una serie de
mosaicos que representan vasijas del producto con slogans como,
por ejemplo, «Salsa de pescado, calidad superior, de la fábrica de
Escauro» (fig. 57). La Casa de los Vetios, con sus exquisitos frescos,
ha sido alegremente atribuida a una pareja de (probablemente)
libertos, Aulo Vetio Conviva y Aulo Vetio Restituto. Semejante
identificación se basa en dos impresiones de sello y en un anillo de
sello con esos nombres que aparecieron en el portal de entrada, en
un par de carteles electorales, o al menos lo que podríamos
considerar su equivalente antiguo, pintados en la fachada de la casa
(«Restituto apoya a… Sabino para el cargo de edil»), yen la idea de
que otra impresión de sello hallada en otro rincón de la mansión, que
en este caso nombra a Publio Crustio Fausto, pertenecía a un
inquilino que vivía en el piso superior.
En muchos casos las pruebas son bastante más inconsistentes,
y se basan quizá en un simple anillo de sello (que, al fin y al cabo,
podría haber perdido tan fácilmente cualquier visitante como el
propietario de la casa), un nombre pintado en una tinaja de vino, o
un par de grafitos firmados por la misma persona, como si los
autores de grafitos decidieran siempre escribir sus mensajes en las
paredes de su casa. Particularmente desesperada es la deducción a la
que se ha llegado para el nombre del propietario del principal burdel
de la ciudad, y el punto de mayor atracción de muchos visitantes
modernos, como sin duda debió de serlo también en la Antigüedad:
se trata de Africano. El argumento utilizado para ello se basa en gran
medida en un triste mensaje garabateado en la pared de uno de los
cubículos de las chicas, seguramente por un cliente.
«Africano ha muerto» (o literalmente «se muere»), dice.
«Firmado: el joven Rústico, compañero suyo de escuela, afligido por
Africano». En realidad, Africano quizá fuera un habitante de la
localidad, o eso podríamos deducir del hecho de que en una pared
vecina alguien de ese nombre promete su apoyo para las elecciones
locales a la candidatura de Sabino (el mismo individuo que se había
ganado el voto de Restituto). Pero no hay motivo en absoluto para
imaginar que la expresión de tristeza poscoital del joven Rústico, si
--- seguir pasando página 36
eso es lo que es, hiciera alusión al propietario del Lupanar.
El resultado final de este y otros intentos igualmente optimistas
en exceso de rastrear las huellas
de los antiguos pompeyanos y situarlos en sus casas, tabernas y
lupanares, es evidente: en la imaginación de los modernos,
muchísimos pompeyanos han acabado siendo situados en el lugar
equivocado. O, por decirlo de un modo más genérico, existe un
abismo enorme entre «nuestra» ciudad antigua y la ciudad destruida
en 79 d. C. A lo largo del presente libro utilizaré constantemente los
puntos de referencia, las ayudas provenientes de los hallazgos y la
terminología propia de «nuestra» Pompeya. Resultaría irritante y
confuso dar a la Puerta de Herculano su antiguo nombre de «Porta
Salis». La numeración inventada por Fiorelli nos permite localizar
rápidamente cualquier punto en el plano, y la utilizaré en las
secciones sobre referencias. Y, por incorrectos que puedan ser en
algunos casos, los nombres famosos -Casa de los Vetios, Casa del
Fauno, etc.- constituyen la manera más fácil de traer a la mente un
determinado edificio o un determinado lugar. No obstante, estudiaré
el citado abismo más a fondo, recordando cómo la ciudad antigua ha
sido convertida en «nuestra» Pompeya, y reflexionando sobre los
procesos que nos llevan a dar sentido a los restos que se han
descubierto.
Al hacer hincapié en esos procesos, no hago más que ponerme
al día y, en cierto modo, volver a una experiencia más decimonónica
de Pompeya. Naturalmente, los turistas que visitaron la ciudad en el
siglo XIX, como sus homólogos del siglo XXI, disfrutaron con la
ilusión de volver atrás en el tiempo. Pero se sintieron intrigados
también por la forma en que se les revelaba el pasado: no sólo por el
«qué» conocemos de la Pompeya romana, sino también por el
«cómo» lo conocemos. Podemos verlo en las convenciones de sus
guías favoritas de la ciudad, sobre todo el Handbookfor Travellers in
Southern Italy de Murray, publicado por primera vez en 1853 para
satisfacer las nece- sidades del incipiente turismo de masa que
acudía al lugar (no ya destinado a los privilegiados que realizaban
los Grand Tours). La linea férrea había sido inaugurada en 1839 y se
convirtió en el método de transporte favorito de los visitantes, que
paraban en una taberna situada cerca de la estación, donde podían
almorzar después del consabido paseo por las ruinas. La fortuna del
lugar fue un tanto inestable (en 1853 tenía, al parecer, «un posadero
muy cortés y atento», pero en 1865 se aconsejaba a los lectores no
tomar nada sin «llegar de antemano a un acuerdo con respecto al
precio con el huésped»). En cualquier caso, fue el germen de la gran
industria de venta de golosinas, fruta y especialmente agua
embotellada que actualmente domina los alrededores del yacimiento.
El Handbook de Murray planteaba una y otra vez a aquellos
turistas victorianos el problema de la interpretación, compartiendo
con ellos las diversas teorías contrapuestas en torno al destino de
algunos de los principales edificios públicos descubiertos hasta
entonces. ¿El edificio del Foro que llamamos macellum (mercado)
era realmente un mercado? ¿O era un templo? ¿O era una mezcla de
santuario y de café? (Como veremos, muchas de esas cuestiones
sobre la función de las distintas construcciones aún siguen sin
resolver, pero las guías modernas suelen escamotear -ellas dirían
más bien ahorrar- a sus lectores todo tipo de problemas y
controversias.) Tienen incluso buen cuidado de señalar, junto con la
descripción de cada edificio antiguo, la fecha y las circunstancias de
su descubrimiento. Es como si supusieran que aquellos primeros
turistas tenían dos cronologías al mismo tiempo en su cabeza: por un
lado, la cronología de la propia ciudad antigua y su desarrollo; y por
otro, la historia de la reaparición gradual de Pompeya en el mundo
moderno.
Cabría imaginar incluso que las famosas maniobras gracias a
las cuales eran convenientemente «descubiertos» cadáveres u otros
hallazgos notables siempre que algún dignatario visitaba el lugar,
eran un aspecto más de ese mismo interés. Actualmente solemos
reírnos de la torpeza de esas payasadas y de la credulidad del
público. ¿Es posible que el ilustre visitante fuera tan ingenuo como
para imaginar que unos descubrimientos tan portentosos tuvieran
lugar casualmente en el momento mismo de su llegada? Pero, como
de costumbre, los trucos del comercio del turismo ponen de
manifiesto las esperanzas y las aspiraciones de los visitantes al
tiempo que descubren la astucia de la población local. En este caso
los visitantes deseaban contemplar no sólo los hallazgos, sino los
procesos de excavación que sacaban a la luz el pasado.
Éstos son algunos de los temas que pretendo sacar a la
palestra.
UNA CIUDAD DE SORPRESAS
Pompeya está llena de sorpresas. Hace que hasta los
especialistas más severos y bien informados se replanteen sus ideas
acerca de la vida en la Italia romana. Una gran vasija de barro con
un letrero pintado anunciando su contenido y especificando que se
trata de «Garum kosher» nos recuerda que a individuos como
Umbricio Escauro podía ocurrírseles la idea de introducir sus
productos incluso en el nicho comercial formado por la comunidad
judía local (garantizando que no había moluscos entre los
ingredientes actualmente irreconocibles de aquel preparado
fermentado). Una maravillosa estatuilla de marfil de la diosa india
Lakshmi, hallada en 1938 en una casa que actualmente lleva su
nombre, la «Casa de la Estatuilla India», nos induce a pensar una
vez más en los contactos de Roma con el Lejano Oriente (fig. 11).
¿Llegó a través de algún mercader pompeyano, como recuerdo de
sus viajes? ¿O quizá a través de la comunidad de mercaderes
nabateos (originarios de la actual Jordania) que vivían en la vecina
Púzol (Puteoli)? Casi igualmente inesperado fue el reciente hallazgo
de un esqueleto de mono cuyos huesos diseminados en los
almacenes del yacimiento pasaron desapercibidos a los primeros
excavadores. Quizá se tratara de una mascota un tanto exótica, o
más probablemente fuera un animal amaestrado de algún teatro o
circo callejero, destinado a entretener al público.
Es una ciudad de lo inesperado, que nos resulta muy familiar y
muy extraña a un tiempo. Una ciudad de provincias de Italia, cuyos
horizontes no iban más allá del Vesubio, pero que pertenecía
también a un imperio que se extendía desde España hasta Siria, con
toda la diversidad cultural y religiosa que suelen comportar los
imperios. Las famosas palabras «Sodoma» y «Gomorra» escritas
con grandes caracteres en las paredes del comedor de una casa
relativamente mo- desta de la Via dell'Abbondanza (suponiendo que
no sean la macabra observación de un saqueador de época posterior)
nos proporcionan algo más que un comentario -o chiste- testimonial
acerca de la moralidad de la vida social de Pompeya. Nos recuerdan
que era un lugar en el que las palabras del libro del Génesis («E hizo
Yavé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavé, desde
el cielo») y las obras de Virgilio debían de sonar en los oídos de al
menos algunos de sus habitantes.
Esta comunidad provinciana con una ciudadanía -dejando
fuera de la ecuación a mujeres, niños y esclavos- de unos cuantos
millares de hombres, no mayor que una aldea o que el alumnado de
una universidad pequeña, ha tenido, sin embargo, un impacto sobre
el relato al uso de la historia de Roma más poderoso de lo que
solemos imaginar. Y eso es lo que veremos en el capítulo 1.
FIGURA 11. Esta estatuilla de marfil de la diosa india
Lakshmi nos ofrece un atisbo de los amplios lazos multiculturales
que tenía Pompeya. Diosa de la fertilidad y la belleza, Lakshmi
aparece representada casi desnuda, portando sólo sus costosas
joyas.