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ARMAGEDÓN Hastings 9.1 Se desata la tormenta

viernes, 14 de agosto de 2026

 9
La ofensiva de Stalin
1. SE DESATA LA TORMENTA
Había un dicho en el Ejército Rojo que aseguraba: « Donde está Zhúkov, está la
victoria» . Aquel militar de cuarenta y ocho años, hijo de un zapatero, era natural
de un pueblo situado a unos kilómetros al sur de Moscú, y había luchado en la
Primera Guerra Mundial en las filas de la caballería zarista. Había comenzado a
adquirir renombre durante el conflicto mongol que enfrentó, en 1939, a Japón y
la Unión Soviética, enfrentamiento que sigue siendo casi desconocido para el
mundo occidental. Desempeñó una función destacada en los consejos del alto
mando soviético desde junio de 1941, cuando la Unión Soviética entró en la
contienda. Quienes lo critican aseguran que la suerte y los errores cometidos por
Alemania hicieron tanto como sus dotes de mando para hacerlo acreedor de los
laureles que obtuvo en las batallas de Leningrado y Moscú. Sin embargo, tal
teoría peca de poco generosa. En enero de 1943, recibió la estrella de mariscal, y
la crueldad de que dio muestras al ejecutar de un modo indiscriminado a todo
aquél que fuese sospechoso de cobardía o deserción hizo que entrase por el ojo
derecho a Stalin. Durante la defensa de Leningrado, decretó que se ajusticiara a
quien abandonase su puesto sin que mediaran órdenes escritas. Asimismo,
desplegó tras las posiciones de vanguardia carros de combate cuy o cometido no
era el de matar alemanes, sino el de abatir sin piedad a cualquier soldado
soviético que tratase de huir. Su privilegiada inteligencia y su dominio sobre todo
lo relacionado con la profesión militar, que llevaban aparejada una sobriedad
muy poco común entre los oficiales de may or graduación de su ejército,
gozaban de un reconocimiento generalizado. Llevaba acaudillando grandes
contingentes más tiempo que cualquier otro de los adalides aliados. Así, por
ejemplo, cuando, en 1941, se hallaba dirigiendo la defensa de Leningrado,
Eisenhower era aún jefe del estado may or del 3.er ejército en Luisiana y
acababa de verse ascendido a general de brigada. La actuación de los soviéticos
no siempre fue óptima: de hecho, la magnitud de sus errores fue tan
desmesurada como todo lo que tenía que ver con el frente oriental. Sin embargo,
durante los dos últimos años de la guerra, sus generales supieron guiar grandes
ejércitos con mucha más seguridad que los de Estados Unidos o el Reino Unido.
El perfeccionismo de Gueorgui Zhúkov, la meticulosidad de que daba
muestras en el momento de trabajar con su estado may or y el hecho de que no
dudara en destituir a todo oficial que, a su entender, no lograse dar la talla hacían
de él un verdadero tirano. Con todo, no dejaba de estar suby ugado a uno aún
may or. Y así, en 1941 no pudo menos de echarse a llorar tras recibir una dura
reprimenda de Stalin. A quien lee las memorias de los que capitanearon los
ejércitos soviéticos durante la guerra no le resultará difícil dejarse engañar y dar
por supuesto que habitaban un mundo racional, reconocible a norteamericanos y
europeos occidentales. Sin embargo, nada hay más lejos de la realidad: desde el
primero hasta el último de los días que duró la contienda, vivieron y combatieron
en un universo mucho más espantoso que el de los comandantes de Hitler. Bajo el
y ugo estalinista, el fracaso equivalía a la muerte, y ni siquiera el más insigne de
sus mariscales estaba libre de la posibilidad de que lo degradasen, torturasen y
ejecutasen. Un día de 1941, el jefe de las fuerzas aéreas soviéticas se quejó ante
el dictador después de haber bebido más de la cuenta: « Nos estás haciendo
pilotar ataúdes» . Stalin respondió sin inmutarse: « No deberías haber dicho eso» .
El general, Pável Ry chagov, fue ejecutado junto con buena parte del alto mando
de la aviación roja. Los subordinados militares del dirigente soviético vivían en un
estado permanente de terror, y pese a que no resulte fácil comparar maldades
relativas y a monstruos rivales, es un hecho que los militares de alta graduación
sometidos a Adolf Hitler gozaron de muchas más probabilidades de sobrevivir
que ellos hasta la derrota de Alemania.
Hombres como Zhúkov apenas podían ser otra cosa que déspotas
despiadados. Con todo, el mariscal sabía infundir entusiasmo entre sus soldados,
por una sencilla razón: al igual que otros egregios comandantes de la historia, era
un vencedor. « Zhúkov era muy popular; mucho más que Stalin» , asevera el
cabo Anatoli Osmínov. La presencia adusta y resoluta del mariscal dominaba
cada rincón de su cuartel general. « Era cruel y despiadado —afirmaba uno de
los oficiales de su estado may or de artillería—, torpe, terco y callado. Era difícil,
si no imposible, hacer que cambiara de opinión sobre cualquier particular» . Los
enseres de su despacho ponían de manifiesto una estudiada austeridad: una mesa
metálica, mapas, un gran termo en el que podía leerse: « Agua potavle» , con
falta de ortografía incluida, y una taza de estaño sujeta a éste con una cadena. En
su sala de operaciones, en medio de una batalla, reprendió con severidad
extrema a un oficial al que vio trabajando enfundado en un abrigo negro de
pieles. El teniente de artillería Vasili Filimonenko se echó a temblar cuando lo vio
aparecer por su puesto avanzado de observación y pasarse noventa minutos
estudiando el frente alemán con su periscopio. « Tenía que verlo por mí mismo» ,
dijo el mariscal, antes de someter al joven oficial a un riguroso interrogatorio
sobre sus condiciones de vida y el modo como planeaba apoy ar a la infantería.
No mostró cordialidad alguna: sólo una profesionalidad sumamente inflexible.
« Todos le teníamos miedo —asegura el teniente Yevséi Igolnik—. Sabíamos que
era muy capaz de emprenderla a bastonazos con los oficiales de su propio estado
may or» . Una vez, envió a un jefe de división a un batallón disciplinario por no
dar suficientes muestras de energía en el campo de batalla. Desde luego, Zhúkov
fue el caudillo militar más eficaz de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, durante el gran avance efectuado por la Unión Soviética hacia
poniente desde el Vístula y hacia Prusia Oriental, no se pretendía que ningún
mariscal alcanzase la gloria. Hacía y a dos años que Stalin había comenzado a
delegar en sus subordinados militares, hasta extremos notables, la dirección de las
batallas, y había visto recompensada su actitud con numerosas victorias. No
obstante, el resentimiento que le provocaban la celebridad y popularidad de
Zhúkov había crecido hasta el punto de corroerle el alma… o lo que tuviese en su
lugar. El dirigente soviético profesó siempre a sus camaradas más competentes
una mezcla de admiración y envidia que lo llevó, más tarde o más temprano, a
asesinar a la may or parte de ellos. En consecuencia, si bien serían sus mariscales
quienes combatieran en los colosales enfrentamientos que estaban a punto de
sucederse, y Zhúkov iba a representar en ellos un papel muy destacado, Stalin
estaba resuelto a hacer que su pueblo y la historia identificasen la ofensiva
efectuada en enero por el Ejército Rojo como un logro de su propia persona.
Los soldados de sus fuerzas armadas mostraban para con quien llevaba las
riendas de su nación una actitud tan compleja como variada. Muchos, de hecho,
han asegurado sentir por él menos respeto que por Zhúkov.
« Stalin ganó la guerra —reconoce Nikolái Ponomariov, cabo de la 374.a
división de fusileros—, pero fue responsable de demasiadas muertes» . Por su
parte, Fiódor Romanovski, comandante al servicio de la NKVD, se confiesa,
como apenas podía ser de otro modo, admirador apasionado de su dirigente:
« Salvó al Estado soviético. Poseía una mente privilegiada, y supo rodearse de
gente competente. Los gobernantes del Reino Unido y Estados Unidos no tuvieron
que hacer la guerra al mismo tiempo que luchaban, como nosotros, contra una
quinta columna. Stalin destruy ó a los traidores que había entre los nuestros. En
aquel tiempo, éramos comunistas de verdad» . Así y todo, por cada fanático del
Partido como Romanovski había montones de personas cuy as familias habían
sufrido lo indecible a manos de Stalin. Nikolái Senkévich, médico del Ejército
Rojo, se preguntaba a menudo: « ¿Es que no hay nadie dispuesto a librarnos de
ese caníbal?» . Su padre, un iletrado campesino bielorruso, había muerto en los
recintos del gulag después de que se le declarara culpable de hacer acopio de
semillas de lino, y su hermano había pasado diez años en un campo de trabajo
por « crímenes políticos» . Aun así, a Senkévich no se le habría pasado jamás por
las mientes expresar en voz alta su disconformidad. La cabo Anna Nikiunas
asegura: « Luchábamos por nuestro país, y no por Stalin» . Por su parte, el padre
del comandante Yuri Riajovski decía a su hijo: « Deberías obedecer a Stalin no
por lo que es, sino por ser el dirigente de nuestra nación» . El propio Riajovski
reconoce: « Stalin era como un dios para nosotros» .
Para gran frustración del Partido, empero, muchos soldados soviéticos
seguían sintiéndose muy cercanos al cristianismo. Ante la amenaza de una
muerte inminente, hombres y mujeres preferían abrazar a una divinidad que
prometía una vida más allá de la muerte a adherirse a un dirigente nacional
dispuesto a enviarlos allí. « A menudo pedía a Dios que me librase de todo
aquello» , recuerda Nikolái Ponomariov, que llevó consigo un crucifijo mientras
sirvió en el frente. El cabo Anatoli Osmínov hizo otro tanto con el icono que le
había dado su madre. Sabía que lo expulsarían del Partido Comunista si aquello
llegaba a oídos de cualquier agente político, « pero eran muchos los soldados que
se santiguaban y rezaban por sus vidas en privado. Casi todos teníamos, en
nuestro interior, algo de religiosos». La tropa del teniente Aleksandr Serguéiev
gustaba de recordar el proverbio ruso que decía: « Todos juntos, y Dios con
todos» . A Yulia Pozdniakova, que a la sazón tenía diecisiete años, no le habían
enseñado jamás una oración, aunque eso no le impidió inventar más de una
durante los bombardeos.
Hitler se había opuesto siempre a la construcción de fortificaciones
permanentes, pues, en su opinión, desalentaban el espíritu ofensivo que exigía a
sus ejércitos. Sin embargo, durante las semanas que precedieron al asalto de los
soviéticos al Vístula, cuando y a había poco que hacer al respecto, un millón y
medio aproximado de civiles alemanes hubieron de esforzarse para hundir palas
y picos en el suelo helado del Reich y cavar, desde el Rin hasta Kónigsberg,
zanjas anticarro y trincheras a modo de defensa frente a la invasión aliada. Sólo
en Prusia Oriental, se pusieron manos a la obra sesenta y cinco mil personas de
los dos sexos y todas las edades y condiciones a fin de crear defensas que, a la
postre, no sirvieron para gran cosa. El Führer se negó en redondo a poner en
práctica la propuesta de Guderian consistente en trasladar a las principales
fuerzas alemanas destacadas en Polonia desde la zona de defensa avanzada (la
Hauptkampflinie) a posiciones más atrasadas (la Grofkampflinie), fuera del
alcance del bombardeo inicial soviético. El caudillo alemán montó en cólera ante
semejante idea, « arguyendo que no estaba dispuesto a sacrificar veinte
kilómetros sin oponer resistencia». En consecuencia, la Grofkampflinie se
estableció, conforme a sus deseos, a sólo tres kilómetros del frente, más allá de la
tray ectoria inmediata de la artillería soviética, contraviniendo por completo la
doctrina militar alemana y eliminando toda posibilidad de efectuar con éxito un
contraataque antes incluso del comienzo de la batalla.

El Führer adoptó, asimismo, una medida aún menos acertada: enviar a
Hungría dos de las catorce divisiones y media de Panzer y Panzergrenadier que
había disponibles, con objeto de que plantasen cara a los soviéticos a lo largo de
un frente de mil doscientos kilómetros que se extendía, desde el Báltico, por toda
Polonia. La iniciativa se debió a la obsesiva inquietud que le provocaban los
y acimientos petrolíferos del lago Balatón. « Si pasa algo allí, se acabó —hizo
saber a Guderian—. Aquél es el punto más peligroso. Podemos improvisar en
cualquier otro sitio, pero no allí: no podemos arriesgarnos a perder las fuentes de
combustible. Por desgracia, no puedo instalar generadores en los carros de
combate [para impulsarlos con energía eléctrica].» A los soviéticos les encantó
esta nueva locura. « Una disposición de lo más estúpida» , observó Stalin al saber
del desvío de tropas alemanas a Hungría. El 1 de enero de 1945, la única reserva
blindada de consideración con que contaba Alemania en el frente oriental se
empleó para poner en marcha la Operación Konrad, destinada a liberar a las
fuerzas hitlerianas sitiadas en Budapest. Los soldados que integraban el
contraataque llegaron a divisar la capital húngara antes de que los detuviesen,
cosa que sucedió el 13 de enero. La obsesión de Hitler con aquel país lo llevó a
desplegar dentro de sus fronteras siete de las dieciocho divisiones acorazadas que
poseía en el Éste. De las restantes, cuatro se dirigieron a Prusia Oriental y dos a
Curlandia, de manera que sólo quedaron cinco para hacer frente a Zhúkov y
Kóniev. Así, en enero, en el frente oriental, Alemania sólo podía emplear 4800
vehículos blindados contra los 14 000 del Ejército Rojo, y 1500 aviones de
combate frente a 15 000.
En los albores de aquel mes, los altavoces de los cuerpos soviéticos de la
propaganda llevaron a las líneas alemanas, noche tras noche, estentóreas piezas
musicales que tenían el cometido de ahogar el ruido provocado por los motores
de los miles de carros de combate y cañones que se dirigían a las posiciones de
partida de la ribera oriental del río o se disponían a salir de la cabeza de puente
que habían establecido y a en Sandomierz, en la margen de poniente. Algunos de
los soldados que ocupaban puestos de escucha más allá de las líneas soviéticas
debían pasar el día tumbados boca abajo sobre la nieve, observando a los
alemanes, hasta que caía la tarde. Entonces, protegidos por la oscuridad, podían
levantarse y hacer que sus miembros entumecidos recuperasen el movimiento.
El sargento Nikolái Timoshenko, uno de los jefes de patrulla competentes en
extremo con que contaba el Ejército Rojo, pasó la noche de Fin de Año ruso —es
decir, la del 7 de enero— gateando durante horas sobre la superficie de un río
helado con el fin de alcanzar la orilla en la que se encontraban las posiciones
alemanas. Como siempre que se avecinaba un ataque, las fuerzas soviéticas
necesitaban prisioneros, y él y su patrulla no dudaron en asaltar una casa en la
que el enemigo había instalado una ametralladora y, tras matar a tres de sus
ocupantes, hacer presos a otros tantos para después regresar por donde habían
llegado antes del alba. A principios de enero, se llevaron a cabo miles de acciones
como ésa a lo largo de todo el frente, desde Prusia Oriental hasta Yugoslavia.
Keitel y Jodl, adulones cortesanos militares de Hitler, alimentaron, hasta la
víspera misma del ataque de Stalin, el convencimiento que tenía su Führer de que
la amenaza soviética no era más que una fanfarronada. Y lo cierto es que apenas
había motivos para sustentar tales ilusiones, toda vez que existía un aluvión de
informes elaborados a partir de las declaraciones de prisioneros y desertores (por
extraño que resulte, a esas alturas de la contienda seguían pasando al bando de la
Wehrmacht soldados del Ejército Rojo) que confirmaba la ambiciosa escala de
los preparativos que estaba llevando a cabo el enemigo. « Un desertor del 118.o
ejército de guardias destacado en Baránov asegura que el asalto soviético se
producirá de aquí a tres días, y tiene la intención de llegar a la frontera alemana
tras una sola embestida en la que piensa hacerse con Cracovia» , observaba un
informe de la Wehrmacht remitido a Berlín el 9 de enero. También un prisionero
procedente de la 13.a división de guardias declaró que faltaban tres días para el
ataque, y que su unidad tenía por objetivo principal el río Nida. Otro, de la 370.a
de guardias, hizo saber que a él y sus camaradas les habían hecho la alentadora
promesa de que su entrada en el campo de batalla estaría precedida por un
batallón disciplinario que realizaría labores de « reconocimiento en combate» . El
OKW recibió también noticias de un ingente número de operaciones concebidas
para despejar campos de minas, tender puentes y reforzar diversos sectores.
La gran cantidad de material bélico extranjero que había recibido el Ejército
Rojo dio origen a muchas dificultades entre quienes debían usar cosas como,
sobre todo, los aparatos de radio estadounidenses. Yulia Pozdniakova, del cuerpo
de transmisiones, hubo de romperse la cabeza con el manual de instrucciones en
inglés que acompañaba el equipo que le habían asignado, así como con los rótulos
de sus mandos y diales. Para complicar aún más las cosas, la destinaron a una
unidad polaca compuesta por hombres que, en su may oría, desconocían casi por
completo el idioma ruso. Ella descendía de una familia rusa de rancio abolengo,
y de hecho, sus abuelos habían huido de los bolcheviques, sin que nadie hubiese
vuelto jamás a tener noticias de ellos. Su padre había muerto en 1930, y ella vivió
con su madre y su padrastro hasta que, en 1940, arrestaron a ambos por
« crímenes políticos» ; de manera que ella y sus dos hermanas quedaron solas en
Moscú.
Cuando estalló la guerra, se alistó en el Ejército Rojo asegurando que tenía
dos años más de los quince que en realidad contaba. Y en sus filas descubrió el
compañerismo que le había sido negado durante toda su niñez. « Nunca dejé de
sentirme huérfana, aunque nadie puede estar solo cuando come, un día tras otro,
sopa de la misma olla que otros muchos compañeros» . Los soldados la llamaban
« la del jardín de infancia» . Tenía buen oído para la música, así como un sentido
del tono y la medida que le resultó de gran ay uda para aprender a efectuar
transmisiones en código morse. No obstante, la vida en el frente no dejaba de ser
fuente de incomodidades, miedos y desconcierto para una muchacha que no
llegaba a los dieciocho. « No teníamos una existencia de verdad —recuerda—:
Sólo sobrevivíamos, haciendo lo que teníamos que hacer» . El cabo Ponomariov
señala: « En enero de 1945, sabíamos que el final de la guerra estaba a la vuelta
de la esquina, y eso nos parecía maravilloso» . Él había servido en el ejército
desde 1940; había salido de Moscú en dirección oeste, y había formado parte de
los tres frentes del Báltico en distintos períodos de la contienda. Después de haber
sido herido en dos ocasiones, a esas alturas ansiaba poner fin a su labor y volver a
Omsk para satisfacer su deseo de hacerse médico.
Pese a que el Ejército Rojo estaba, hasta extremos incomparables, mejor
pertrechado en 1944 que en años anteriores, la escasez seguía siendo un
problema relevante. Al quedarse sin lubricante para sus armas, los soldados del
teniente Valentín Krulik decidieron sustituirlo con aceite de girasol. Sin embargo,
hubieron de reconocer que no había sido una idea muy afortunada al comprobar
que se habían atascado todas sus metralletas. Las privilegiadas divisiones de
guardias estaban, por lo general, bien abastecidas; pero las unidades menores
seguían dependiendo en gran medida de restos para aprovisionarse de armas,
vehículos y, sobre todo, alimento. A principios de 1945, se advirtió a los soldados
que se les iba a exigir hacer cosecha en territorio alemán cuando llegase el
verano, a fin de reducir la necesidad de transportar harina desde la Unión
Soviética. En la medida de lo posible, el Ejército Rojo vivía de lo que le ofrecía la
tierra, a semejanza de los ejércitos europeos de antaño.
Sus enemigos, sin embargo, se encontraban en una situación mucho peor. Un
informe del OKW redactado con fecha del 11 de enero reconocía que la moral
había descendido en muchas unidades. En todos los frentes faltaban ropas,
ametralladoras, neumáticos, camiones… El grupo de ejércitos E reconoció que
se había visto obligado a destruir buena parte de su artillería por carecer de los
medios necesarios para transportar los cañones. « El avance de los soldados —
anunció asimismo— se ve entorpecido por la gran cantidad de botas rotas» . El
15.o ejército hizo saber que le faltaban incluso caballos y equipos individuales de
rancho. La escasez de hombres, y en especial de suboficiales adiestrados, era
común en todas las unidades. El grupo de ejércitos Centro comunicó que muchos
de los reemplazos no habían recibido la instrucción adecuada en el uso de armas
ni gozaban de una buena forma física. Klaus Salzer, paracaidista de dieciocho
años, describía en una carta destinada a su familia la opípara cena de Navidad
que les había ofrecido un granjero a él y a sus camaradas —y que resultaría ser
la última de su breve existencia—. « Cuando llevas tanto tiempo sin comer
demasiado y te ponen delante un festín así —decía a sus padres tras recordar la
carne de cerdo y gallina, y las patatas asadas—, resulta difícil no hincharse.
Tanto es así que muchos de nosotros caímos enfermos al día siguiente» .
Tras una violenta discusión en torno al despliegue de las reservas, Hitler
sorprendió a Guderian al calmarse de súbito y declarar en tono conciliador que
comprendía la inquietud de su jefe del estado may or acerca de la necesidad de
fortalecer el frente en Polonia. El general le hizo saber sin ambages: « El frente
oriental es un castillo de naipes: basta con romperlo por un punto para que se
venga abajo en su totalidad» . El 12 de enero, el servicio naval de información
británico envió a Londres, desde Estocolmo, un despacho en el que se detallaban
los últimos datos que había obtenido de sus agentes en lo tocante al estado de
ánimo de los que quedaban en el interior de Alemania. Según el informe, la
moral de la población civil había mejorado en cierta medida, y se daban
muestras de optimismo con respecto a la llegada de los nuevos cazas de reacción.
Nadie esperaba que hubiese un nuevo avance de los aliados occidentales antes de
principios de verano, aunque se imaginaba que los soviéticos lanzarían, de un
momento a otro, una ofensiva desde el sur y desde el centro de Polonia. « Los
alemanes que, hasta ahora, han albergado alguna esperanza de avenirse con los
soviéticos han dejado de contar con tal posibilidad» . Se trataba de una prudente
admisión de la realidad, y a que éstos no tenían intención de negociar con ninguna
de las facciones que existían en Alemania: los vastos ejércitos a los que estaba
espoleando Stalin no tenían más objetivos que la venganza, la destrucción de
Hitler y la obtención de botín. El dirigente de la Unión Soviética hizo ver a sus
aliados occidentales que había adelantado el momento de su acometida con
objeto de aliviar las dificultades que estaban sufriendo en las Ardenas, aunque lo
cierto era que el calendario de la ofensiva se había fijado y a en noviembre.
Churchill, de todos modos, expresó su agradecimiento en un cablegrama remitido
a Stalin que rezaba: « Que la fortuna sonría a su noble empresa… los alemanes
tendrán que dividir sus refuerzos entre nuestros dos frentes en llamas». 

El ataque soviético se inició con un asalto emprendido por el l.er frente
ucraniano de Kóniev desde la cabeza de puente establecida en la margen
occidental del Vístula, a unos doscientos kilómetros al sur de Moscú. El frío era
aún más extremado que el que hubieron de soportar en las Ardenas los
occidentales, y la niebla y las intermitentes ventiscas de nieve dificultaban la
visibilidad. En los puntos vitales, se emplazaron trescientas piezas de artillería en
un solo kilómetro de frente. El bombardeo comenzó a las 4.35 del 12 de enero, y
tuvo por objetivo las posiciones del 4.o ejército acorazado. Terruños helados
saltaron por los aires en miles de lugares diferentes; las casas quedaron reducidas
a escombros, y los búnkeres se desplomaron sobre las cabezas de sus ocupantes.
Los supervivientes quedaron repartidos por el suelo, aturdidos y traumatizados
por la atronadora cacofonía desencadenada por los soviéticos. El asalto empezó a
las 5.00 horas, cuando los « batallones de vanguardia» (es decir, las unidades
disciplinarias) comenzaron a tantear el frente alemán, evitando los puntos de
resistencia, hasta rebasar ochocientos metros la línea de puestos avanzados. La
suy a fue, sin embargo, una mera operación de reconocimiento previa a la
violenta descarga efectuada por la artillería a las 10.00, que azotó las defensas
alemanas desplegadas a una distancia menor de diez kilómetros. Esta segunda
fase se prolongó al menos durante dos horas, e hizo perder a los alemanes, según
sus propios cálculos, un 60 por 100 de su artillería y un 25 por 100 de sus
soldados, amén de destruir el cuartel general del 4.o ejército de Panzer.
La principal embestida de la infantería soviética tuvo lugar avanzada la
mañana, y a las 17.00, los soldados de a pie habían progresado y a poco menos de
veinte kilómetros sobre aquel terreno nevado. Los alemanes no tardaron en pagar
un precio muy elevado por la terquedad con que había insistido Hitler en que se
desplegase al grueso de su reserva blindada en el sector de vanguardia, a tiro de
los cañones enemigos. Una unidad de carros Tiger quedó destruida mientras
repostaba, y el comandante de la 17.a división acorazada recibió heridas y cay ó
preso de los soviéticos. Durante el segundo día, las fuerzas avanzadas del Ejército
Rojo penetraron veinticinco o treinta kilómetros tras abrir una brecha de unos
sesenta kilómetros. El LXVIII cuerpo de Panzer desapareció por entero, y la
infantería alemana se replegó con tanta habilidad como le fue posible, apoy ada
por lo que quedaba operativo de las divisiones blindadas 16.a y 17.a. El LXII
cuerpo, por su parte, se vio sorprendido por la retaguardia, y se retiró a pie
después de haber perdido todo su armamento pesado.
« La lentitud con que nos replegamos de aquel gran saliente (que, a fin de
cuentas, estaba condenado a perderse) nos salió muy cara» , escribió Von
Manteuffel, lamentando que se hubiesen trasladado tan tarde al frente del Vístula
las unidades que tenía desplegadas en las Ardenas. « Nuestras unidades —seguía
diciendo— estaban más fatigadas aún de lo que habíamos esperado, y y a no eran
capaces de resistir, tanto física como mentalmente, a un enemigo poderoso,
pertrechado y bien alimentado. Los reemplazos de enero resultaron insuficientes
tanto en cantidad como en calidad, y a que estaban compuestos, en su may oría,
por ancianos y hombres de salud muy precaria, que apenas habían recibido
instrucción» .
El 14 de enero, cuarenta y ocho horas después de la acometida de Kóniev, el
l.er frente bielorruso de Zhúkov efectuó el principal ataque de la ofensiva, a partir
de las dos modestas cabezas de puente que había establecido al oeste del Vístula.
Durante aquel primer día, sus soldados lograron avanzar veinte kilómetros tras
embestir las posiciones del 9.o ejército alemán. Caída la tarde del día siguiente,
habían llegado al Pilica, cuy as márgenes ansiaban ocupar antes de que el
enemigo tuviese tiempo de asentar tras ellas una línea de combate. La infantería
pudo cruzar la superficie helada del río, pero ésta resultó ser demasiado delgada
para soportar el peso de los vehículos. Afortunadamente, los ingenieros dieron
con un vado, y dinamitaron el hielo a fin de hacerlo practicable. Seis carros de
combate y dos cañones de asalto hubieron de ser abandonados después de que se
inundasen sus motores, aunque dos docenas de vehículos blindados llegaron
salvos a la orilla occidental. Al anochecer del 15 de enero, las cabezas de puente
situadas del lado de poniente del Vístula quedaron conectadas por un frente de
casi quinientos kilómetros. Los tanques y la tropa de a pie que conformaban la
vanguardia de Zhúkov habían avanzado noventa y seis kilómetros desde sus líneas
de partida. El grupo de ejércitos A de Hitler quedó destrozado.
Los alemanes emprendieron repetidos contraataques con carros, cañones de
asalto e infantería, aunque todos fracasaron. Resulta imposible no contrastar el
modo como rechazaron los soviéticos los ataques de desarticulación alemanes
con las operaciones de contención efectuadas por estadounidenses y británicos en
circunstancias similares. Los alemanes consideraban que estos últimos
albergaban una aprensión absurda con respecto a sus flancos. En el frente
occidental, era frecuente que los contraataques circunscritos diesen al traste con
las ofensivas aliadas. En el oriental, por otra parte, la agresividad de los soviéticos
quedaba, a menudo, castigada con el cerco de sus fuerzas de vanguardia; si bien
el Ejército Rojo acabó por acostumbrarse a tal contrariedad y mostrar sólo una
preocupación relativa al respecto. Sus soldados hacían gala de haber sobrevivido
a dos, tres o cuatro de estas emboscadas. Tarde o temprano, las tropas cercadas
acababan por desbaratar las líneas enemigas y restablecían contacto con las
posiciones principales soviéticas, o recibían la ay uda de tropas de relevo que se
abrían camino hasta la cabeza de ataque. Durante los primeros días de la
ofensiva del Vístula, las condiciones atmosféricas adversas dificultaron el apoy o
aéreo. Sin embargo, el conjunto de la operación puso de relieve el dominio
soviético de los ataques bien planeados, el arrojo con que sacaba provecho su
ejército de cualquier victoria y su resolución para frustrar un contraataque.
Aleksandr Serguéiev, uno de los oficiales de artillería a las órdenes de Zhúkov,
reparó en que el estado de ánimo del Ejército Rojo era, en aquel tiempo, muy
diferente del que había conocido durante los años de lucha en los campos de
batalla patrios y en la larga tregua invernal en Polonia. « En las trincheras de
entonces, nos conocíamos bien todos, pues habíamos estado juntos mucho
tiempo; y ahora la gente se iba y venía con demasiada rapidez. En cierta ocasión,
nos asignaron un nuevo jefe de batería al que ni siquiera llegué a conocer, porque
lo mataron enseguida. Su sustituto cay ó también, pocas horas después de haber
llegado, abatido por un francotirador. En una sola mañana, perdí diez artilleros de
reemplazo. A esas alturas de la guerra, algunos de ellos llegaban al frente sin
haber recibido siquiera el adiestramiento mínimo» . Sin embargo, el teniente
Guennadi Klimenko, que luchaba más al norte, formando parte del 2.o frente
ucraniano, sostiene que « la moral estaba por los cielos» .
En una fecha tan temprana como la del 15 de enero, el diario de guerra del
OKH reconocía: « Los soviéticos han logrado romper el frente, y tememos que,
en cuestión de dos días, puedan haber llegado a la frontera de la Alta Silesia. Las
fuerzas del grupo de ejércitos A son del todo insuficientes… las divisiones
trasladadas desde el frente occidental por el Führer el día 13 no llegarán antes del
19, y entonces será demasiado tarde» . « La batalla del saliente del Vístula —
rezaba un informe del aludido grupo de ejércitos— no ha mermado en
intensidad, y amenaza con dar pie a una situación muy difícil… las divisiones
acorazadas 16.a y 17.a han dejado de ser tales, al haber perdido todos sus carros
de combate… Las fuerzas de que disponemos han quedado gravemente
debilitadas. Estamos efectuando repliegues escalonados a posiciones más
seguras, aunque, por estar aún en curso, no tenemos detalles de estas
operaciones» . En realidad, no hacían falta datos pormenorizados: lo cierto era
que los restos de los ejércitos que tenía desplegados Hitler en el Vístula se estaban
retirando a la desbandada. El día 15, cuando y a poco podía hacerse, el Führer
envió dos unidades del prestigioso cuerpo acorazado Grossdeutschland al sur,
desde Prusia Oriental, con el fin de apuntalar el frente de Polonia, a punto de
desmoronarse por completo. Guderian quedó horrorizado, toda vez que era
evidente que los soviéticos tenían intención de lanzar otra ofensiva en el sector
que había quedado desprotegido. Por otra parte, los refuerzos nunca llegaron a
ejecutar la orden de desplegarse ante el l.er frente ucraniano, pues quedaron
bloqueados en la confusión a que habían dado pie las tropas de Zhúkov en tierras
polacas. Sus carros blindados se detuvieron, el 18 de enero, cerca de Lodz, en
medio de una marea de civiles de ascendencia alemana que huían. Lograron
respaldar la retirada del 9.o ejército, tras lo cual siguieron su ejemplo a través de
aquella vasta planicie blanca, sin más hitos que los vehículos y edificios
calcinados. Guderian montó en cólera por la ausencia del 6.o ejército de Panzer
en Hungría. Quería haber podido contar con las unidades que habían combatido
en las Ardenas para realizar un contraataque estratégico en Polonia; pero Hitler
se negó a emplear más tropas para combatir a Zhúkov: se limitó a sustituir a Josef
Harpe, que dirigía a la Wehrmacht en el frente polaco, por el mariscal de campo
Ferdinand Schörner, bestia de firmes convicciones nacionalsocialistas.
El primer informe que remitió éste al OKH era, más bien, un catálogo de
males: « En la región de Litzmandstadt [Lodz] están huy endo miles de soldados,
pertenecientes, sobre todo, a unidades de apoy o, policía y administración.
Numerosos vehículos (incluidos algunos blindados) han quedado abandonados.
Las medidas adoptadas para frenar esta oleada no han dado, hasta el momento,
fruto alguno… Debo solicitar ay uda urgente para restablecer el orden en las
zonas de retaguardia. El único modo que tenemos de contener el avance del
enemigo comporta reunir a todo el personal de uniforme que se ha dado a la
fuga» .
El célebre Walther Nehring, general del XXIV cuerpo blindado alemán,
protagonizó una de las gestas más notables de la campaña polaca. Replegó sus
fuerzas durante una serie de marchas nocturnas interrumpidas, de vez en cuando,
por feroces escaramuzas con soldados soviéticos. Sus hombres hubieron de
contemplar escenas terribles en lugares en los que el Ejército Rojo había
atravesado columnas de refugiados que huían a pie, dejando a su paso kilómetros
de carretera sembrados de víctimas aplastadas y vehículos destrozados. Cuando
llegaron al Pilica, se encontraron con que sólo había un puente, que, además,
hubieron de reforzar con troncos a fin de que pudiera soportar el peso de los
camiones y vehículos blindados ligeros. Por último, introdujeron dos carros de
combate en el agua y los colocaron bajo la construcción para hacerla también
practicable a los Panzer IV. El 22 de enero, después de perder varios vehículos
debido a la escasez de carburante, la vanguardia de las tropas al mando de
Nehring alcanzó, por fin, la relativa protección que le brindaba el río Warta, tras
recorrer doscientos cuarenta kilómetros en once días. Poco a poco, durante los
días siguientes, fueron llegando otras unidades. La sangre fría, la suerte y la
astucia de su comandante para interpretar los mapas habían permitido a sus
hombres evitar al grueso de las fuerzas soviéticas. Finalmente, las unidades de
Nehring lograron cruzar el Óder a la altura de Glogau (hoy Glogów).
Los soviéticos estaban y a avanzando a un ritmo de más de sesenta kilómetros
diarios, un promedio que superaba incluso los cálculos más optimistas de la
Stavka. Con todo, en medio del alborozo a que dieron pie tan espectacular
progresión y la precipitada huida del enemigo, fueron muchos los soldados a los
que sobrevino la muerte del modo más insospechado. El teniente Vasili

Kudriashov recorría, a gran velocidad, una larga carretera polaca desierta.
Formaba parte de una columna acorazada, y avanzaba a la zaga de Víktor
Prasolov, jefe de su compañía. Llevaban horas sin percibir disparos ni ningún otro
indicio de la presencia del enemigo. Kudriashov estaba apoy ado en la escotilla de
su torreta, fumando un cigarrillo, en tanto que su superior cantaba con euforia en
lo alto de su T-34, ajeno al hecho de que nadie, ni siquiera él, podía oír otra cosa
que el fragor de los motores. La columna salió de un bosque para encontrarse
con que, a un lado y otro de la carretera, se extendía un campo abierto. Entonces,
un carro alemán oculto tras un almiar situado a poco menos de un kilómetro de
distancia efectuó un solo tiro y alcanzó con él el vehículo blindado de Prasolov, a
quien arrancó la cabeza un fragmento de metralla. Kudriashov, aterrorizado, la
vio rebotar entre los restos del proy ectil que sembraban el firme.
El capitán Abram Skuratovski, oficial de transmisiones, había terminado de
supervisar la instalación de líneas telefónicas veinticuatro kilómetros por detrás de
la línea del frente y se disponía a regresar en coche al cuartel general del cuerpo.
Un grupo de hermosas soldados preguntó si las podía llevar, y el subordinado
inmediato del agente político de la unidad le indicó en tono perentorio: « Yo las
llevo; tú, encabeza la marcha en el camión de los soldados» . La modesta
columna de vehículos acababa de partir cuando la Luftwaffe hizo una de sus
raras apariciones y comenzó a bombardearlos. Skuratovski saltó del camión,
junto con la may or parte de sus hombres, y corrió con ellos a buscar un lugar en
el que protegerse. Uno de los proy ectiles dio de lleno en el coche oficial del
comisario. Cuando desaparecieron los cuatro aviones, el capitán permaneció de
pie, cigarro en boca, contemplando el terrible estado en que había quedado la
columna. De pronto, el jefe de la división se acercó a él con su vehículo y, tras
bajar de un brinco, le espetó: « ¿A qué coño esperas? ¿Ésta es tu idea de lo que
tiene que ser un oficial? ¡Deja de mirar ese amasijo de hierros como un
pasmarote y encárgate de que despejen la carretera!» . Entonces, los de
transmisiones sacaron los cadáveres del agente político, su conductor y las seis
jóvenes, cavaron una fosa común y arrastraron hasta la cuneta los restos de los
vehículos. Acto seguido, los supervivientes reemprendieron, con aire serio, la
marcha hacia el cuartel general.
El general soviético Mikhailov protagonizó un extravagante suceso durante
este período. Este militar cuadragenario tenía una esposa mucho may or que él, y
cierto día que regresó de improviso a Moscú, la encontró con un joven oficial y
un recién nacido. « ¡La muy puta prefiere un capitán a un general!» , exclamó
una noche, de regreso a su división, abrumado por la desesperación y borracho
como una cuba. Pocos días después, dirigió en persona un asalto suicida a las
líneas alemanas. Lo hirieron de gravedad, pero sobrevivió, y lo proclamaron
Héroe de la Unión Soviética. « Si hubiésemos logrado sacar partido de todas las
acciones heroicas estériles de que fuimos testigos, podríamos haber ganado cinco
guerras» , meditaba, sarcástico, el comandante Yuri Riajovski.
Kóniev tomó Cracovia el 19 de enero, antes de que los alemanes tuviesen
tiempo de demolerla. Al día siguiente, cruzaron la frontera alemana que se
extendía al este de Breslau las primeras tropas soviéticas, que siguieron
avanzando en dirección a la ciudad. En el flanco meridional de las fuerzas
desplegadas en la Alta Silesia, el 17.o ejército alemán disponía sólo de siete
endebles divisiones (es decir, cien mil soldados) para defender un frente de casi
ciento veinte kilómetros en la región industrial en que se hallaban las minas y
fábricas más importantes que quedaban en el imperio de Hitler. Kóniev, de
hecho, había recibido de Stalin órdenes de hacer cuanto estuviese en sus manos
por conquistar intacta la zona. El mariscal hizo que sus fuerzas efectuasen un
amplio envolvimiento, sin dejar de ejercer presión frontal sobre los alemanes.
Schörner hubo de reconocer que era imposible retener la Alta Silesia, y ordenó,
en consecuencia, el repliegue total de sus tropas. El mariscal de campo telefoneó
a su Führer y le comunicó: « Si no nos retiramos, perderemos todo el ejército…
Vamos a retroceder en dirección al Óder» . Hitler dio el visto bueno sin rechistar,
ante el anonadamiento de todo su estado may or. Sabía que si Schörner, que era
uno de los adalides que más fe ciega le tenía, aseguraba que no había otra
solución, no le quedaba más remedio que confiar en su palabra. El 29 de enero,
los soviéticos habían invadido y a toda la Alta Silesia, y se habían hecho,
asimismo, con Auschwitz.
Yulia Pozdniakova, integrante del cuerpo de transmisiones del Ejército Rojo,
se hallaba entre quienes recibieron órdenes de asistir a los médicos que estaban
atendiendo a los 7600 supervivientes del may or campo de exterminio creado por
el Tercer Reich. Pese a que los hornos crematorios llevaban diez días apagados,
el hedor de la muerte persistía en el aire, si bien, en un principio, la joven no fue
capaz de identificarlo como tal. Contemplaba las colosales montañas de calzado
infantil, los montones de cabello humano y la aglomeración de archivos y
papeles de las oficinas del recinto, y no lograba explicarse cómo habían podido
dejar atrás los alemanes tan ciclópea colección de documentos y demás pruebas
de las incalificables acciones que habían llevado a cabo en aquel lugar, como,
por ejemplo, los trajes de 348 820 hombres y los abrigos y vestidos de 836 255
mujeres. « Me sentí, en cierto modo, culpable [mientras revisaba ropas y
papeles] por estar tocando todo aquello. Los fantasmas de los muertos rondaban a
nuestro alrededor, y resultaba muy difícil conciliar el sueño por la noche.
Después de aquello, pasé semanas sin poder soportar el olor de carne asada» .
Cuando, al caer la tarde, regresaban al lugar en que estaban alojados, calentaban
agua y se restregaban con desesperación, tratando de eliminar de sus cuerpos los
restos de aquel genocidio.
No deja de ser curioso que, aun sabiendo, de boca de sus soldados, lo que
éstos se habían encontrado en Auschwitz, Kóniev no se molestase siquiera en
visitar sus instalaciones. Después de acabada la contienda, el mariscal aseguró
que las labores del campo de batalla le impedían « abandonarse a sus propias
emociones» . Parece, con todo, más plausible suponer que ningún soviético
enterado de las matanzas perpetradas por Stalin podía sentir gran cosa al
contemplar las que había cometido Hitler. Las autoridades moscovitas no hicieron
declaración pública alguna en torno a Auschwitz ni a lo que allí habían
encontrado hasta después del final de la guerra.
El 14 de enero, Guderian hizo que se movilizase el Volkssturm (o VS) a lo
largo de todo el frente oriental. La utilidad táctica de tal medida era
insignificante; de hecho, no tardó en hacerse necesario mezclar a los integrantes
de esta milicia popular con las unidades del ejército regular en las posiciones de
vanguardia. « Empleado de forma aislada, [el VS] posee un valor militar
limitado, y puede ser destruido sin dificultad» , reconoció el propio Hitler en las
órdenes generales dictadas el 27 de enero. Lo cierto, sea como fuere, es que su
entrada en batalla tuvo consecuencias desastrosas para la producción industrial de
Alemania, por cuanto dejó sin mano de obra a fábricas enteras y dio origen a un
aluvión de protestas al respecto por parte de los Gauleiter, amén de lanzar una
palada más de tierra sobre el ataúd de la producción armamentística de Speer.
Keitel recordó a todos los comandantes que la milicia sólo debía emplearse en
caso de que existiese una amenaza inmediata y circunscrita, aunque en ningún
momento dejó de insistir en las ventajas con que contaban aquellos defensores
civiles del país: « El VS está compuesto por hombres de todas las edades
consagrados a la custodia del Reich, de los cuales muchos han sufrido las terribles
consecuencias de los bombardeos concebidos para sembrar el terror entre la
población, y la may oría posee una amplia experiencia en las relevantes labores
propias de una nación en guerra. Ha recibido orden de movilizarse para
colaborar con la defensa del Reich en un período de máximo peligro» . Para ser
justos con los nazis, hemos de reconocer que emplearon al Volkssturm en
circunstancias idénticas a aquéllas para las que habían organizado y adiestrado
los británicos a su propia Home Guard, el cuerpo de voluntarios conocido
también como Dad’s Army, o « ejército de papá» , creado durante 1940 para
hacer frente a una posible invasión alemana. La utilidad militar del VS resultó ser
bien poca, lo que, en gran medida, se debió a que apenas contaba con un puñado
de armas para sus unidades. Durante la batalla por Alemania, no faltaron
adolescentes que dieron muestras de un arrojo aterrador en el combate; pero la
may oría de los ancianos no tenía intención alguna de luchar, y, en efecto, se
retiraron a sus casas en cuanto reunieron el valor suficiente para hacerlo.
Pese a que el frente se estaba desmoronando ante la embestida soviética,
muchos alemanes impresionaron al Ejército Rojo por la tenacidad con que
sostenían su resistencia. Según oy ó decir un soldado polaco a un prisionero de la
Wehrmacht: « Un final terrible es mejor que un terror sin fin» . Un informe que
recibió Beria del 1.er frente bielorruso declaraba: « Aún hay muchos alemanes
que se aferran con fanatismo al convencimiento de que su nación saldrá
vencedora» . El mismo documento se quejaba de que la matanza indiscriminada
de prisioneros por parte de algunas unidades soviéticas no estaba haciendo más
que fomentar la resistencia:
Los soldados del l.er ejército polaco son célebres por la extremada
crueldad que manifiestan para con los alemanes. En vez de llevar a los
soldados y oficiales capturados a los puntos de reunión, a muchos los
fusilan, sin más, durante el trayecto. Así, por ejemplo, [en cierto lugar] se
apresó a ochenta oficiales y miembros de las clases de tropa, y sólo dos
llegaron a su destino. Al resto lo fusilaron. El jefe de regimiento los
interrogó y se los entregó al jefe segundo de reconocimiento, que los
ejecutó. El teniente coronel Urbanovich, subordinado inmediato del agente
político de la 4.a división de infantería, acabó, en presencia de un oficial de
espionaje, con la vida de nueve prisioneros que habían desertado
voluntariamente de su ejército.
Bien que las objeciones de la NKVD ante tales prácticas tenían un carácter
más pragmático que moral, lo cierto es que la eliminación de prisioneros de
guerra tenía que haber alcanzado proporciones de epidemia para provocar una
protesta ante Moscú.
La intérprete Yelena Kogan dominaba el idioma alemán, por lo que a
menudo había de encargarse de los interrogatorios.
Para todos los demás —recuerda—, un alemán no era más que un enemigo
con quien era imposible mantener contacto humano de ninguna clase. Sin
embargo, y o podía hablar con ellos. Y leía en sus ojos la terrible incertidumbre
que albergaban con respecto a su destino cuando se preguntaban si los fusilarían.
Los jóvenes eran profesionales de la guerra, pero los de más edad tenían
familias, ocupaciones civiles y cierta experiencia del mundo. Por más que
tratase de encontrar un denominador común a los fascistas, casi siempre me fue
imposible: me daba la impresión de que no eran sino víctimas de la locura de su
país. Sólo conocí a un fascista de verdad en toda la guerra, y fue en la primavera
de 1942. Se trataba de un piloto que saltó de su Heinkel cuando fue alcanzado
mientras nos bombardeaba. Cuando le pregunté si no le daba vergüenza atacar a
mujeres indefensas, me respondió, encogiéndose de hombros: « Me lo estaba
pasando bien» .
En enero de 1945, las fuerzas aéreas soviéticas, que habían entrado en la
guerra con aparatos primitivos hasta extremos lamentables, se habían convertido

en una formidable arma de apoy o para las tropas de tierra, cuy os aviones no
tenían nada que envidiar a los del enemigo. A medida que las escuadrillas de la
Luftwaffe decaían tanto en calidad como en cantidad, las del Ejército Rojo
habían ido mejorando de un modo espectacular. Con todo, el adiestramiento de
sus pilotos no tuvo jamás nada que ver con el de las tripulaciones británicas y
estadounidenses, que debían llevar al menos un año volando antes de poder entrar
en combate. Aleksandr Márkov, muchacho de veintiún años proveniente del
Cáucaso, pasó tres años y medio de instrucción entre otros ochocientos cadetes
en Grozni, y a que no había aeroplanos disponibles para que pudieran volar.
Después de una eternidad de aburrimiento y frustraciones (« queríamos salir a
conquistar Alemania, pero no podíamos hacer otra cosa que estudiar teoría de
vuelo» ), logró una plaza en la escuela de aviadores cuando entró a formar parte
de su banda de música —su superior, de hecho, quedó cautivado por la maestría
con que tocaba la balalaica—. No obstante, todavía en 1944 debían hacer las
prácticas con aviones antiguos que fallaban con demasiada frecuencia. « Había
semanas en las que habíamos de asistir a tres funerales» . El 47 por 100 de todas
las pérdidas que sufrieron las fuerzas aéreas soviéticas se debió a fallos
mecánicos más que a un error del piloto o a la acción del enemigo. Asimismo,
los cadetes apenas aprendían gran cosa acerca de la estrategia propia de los
cazas, toda vez que ni siquiera se les permitía hacer un rizo: « Sólo nos enseñaron
a hacer cálculos en el aire» . Márkov culminó su formación en may o de 1944,
después de hacer cien horas de vuelo, solo o acompañado. Cuando, por fin, lo
enviaron a una escuadrilla de combate, hubo de aprender a volar sobre la
marcha, mientras surcaba los aires por encima de las líneas alemanas.
La Unión Soviética no consagró nunca demasiado esfuerzo al bombardeo
estratégico. Sus fuerzas aéreas formaban parte de su ejército de tierra, por lo que
apenas se destinaban para otra cosa que no fuesen operaciones tácticas. Las
unidades del Ejército Rojo nunca recibieron el solícito respaldo de los
cazabombarderos de que dispusieron sus aliados occidentales, toda vez que
carecían de un sistema de radio eficaz al servicio de las acciones aeroterrestres.
No obstante, en 1944 y 1945, los soviéticos poseían una abrumadora superioridad
aérea en el campo de batalla, lo que les permitió librar a los ejércitos que
avanzaban de la devastación que habían sufrido a manos de la Luftwaffe entre
1941 y 1943. El grueso de las operaciones que llevaban a cabo con bombarderos
se efectuaba de día, con formaciones de Iliushin 2 y Boston de fabricación
estadounidense que atacaban con una poderosa escolta de cazas. « Yo trataba de
poner a prueba mis propias habilidades hasta el límite —asegura Márkov cuando
recuerda sus días de piloto de escolta—. Alemania tuvo algunos aviadores de
gran calidad hasta el final de la guerra. A veces, realizábamos al día cuatro
misiones de entre treinta minutos y dos horas. Nadie nos preguntaba si estábamos
en condiciones de aceptarlas: los pilotos cansados eran, sin más, los que más
posibilidades tenían de morir» . A diferencia de los angloamericanos, que
descansaban tras cada viaje, los aviadores soviéticos combatieron hasta morir…
o hasta ganar la guerra. En tierra, quienes se encargaban del mantenimiento de
los aparatos eran, de un modo casi exclusivo, mujeres. En realidad, las jóvenes lo
hacían casi todo, desde reponer las bombas de las aeronaves hasta manejar las
comunicaciones y lavar la ropa de los pilotos. Una escuadra aérea de
bombarderos nocturnos estaba conformada, en su totalidad, por mujeres, y
veintitrés de ellas alcanzaron la categoría de Héroe de la Unión Soviética.
Márkov se enamoró de Lidia Fiódorovna, oficial de meteorología de veintiséis
años. Ella estaba casada, aunque su esposo, que se hallaba luchando en el frente
de Leningrado, le escribió para darle a entender que lo mejor era que se
separasen. « Había encontrado a otra, claro está» . Márkov se casó con Lidia
después de la contienda. Los pilotos del campo de aviación que se extendía más
allá del frente polaco celebraban una fiesta todas las noches. Sin embargo,
vivieron, en muchos sentidos, una contienda más austera que los aviadores
británicos o estadounidenses. Como sucedía, también, con los carros de combate
soviéticos, nadie pintaba nombres o caricaturas en sus aparatos. Recibían comida
suficiente, y suministros casi ilimitados de alcohol; pero gozaban de pocas
comodidades materiales, y no se les concedía permiso alguno. Para ellos sólo
existían la guerra y, a lo sumo, la camaradería de la unidad. 

 

ARMAGEDÓN Hastings 8.3 El repliegue alemán

 3. EL REPLIEGUE ALEMÁN
Desde los primeros días de la ofensiva de las Ardenas, el exaltado Patton instó
que se dejara a los Panzer llegar a París si ése era su deseo, convencido de que,
cuanto más avanzasen los alemanes en dirección oeste, menor sería el número
de los que regresaran con vida a su patria. « Mientras aguanten los dos “postes”
que la franquean —escribió Alan Brooke en su diario el 21 de diciembre—, habrá
esperanzas de aniquilar a un buen número de las ovejas que han atravesado la
puerta del redil, siempre que los estadounidenses estén a la altura» . La
superioridad estratégica de los aliados era abrumadora. Era obvio que, una vez
agotado el impulso de los alemanes, lo que había que hacer era atacar la base del
entrante y cortarles la retirada. Del 29 de diciembre en adelante, Von Manteuffel
y los demás adalides alemanes advirtieron con insistencia al OKW del peligro
que se cernía sobre unidades exhaustas y sin protección como las suy as. Con
todo, Eisenhower, Bradley y Montgomery no demostraron ningún entusiasmo
por explotar su victoria: se conformaron con seguir de cerca al enemigo mientras
se retiraba hacia levante, bombardeándolo desde el aire a cada paso y
destrozando así buena parte de sus carros de combate y otros vehículos, pero sin
hacer jamás serios intentos de impedir que huy ese del campo de batalla. Patton
fue el único que no se cansó de reclamar una acción más imaginativa con la que
envolver al debilitado adversario.
El espectacular avance hacia el norte protagonizado por el 3.er ejército hasta
llegar a Bastogne había llenado la primera plana de los diarios de Estados Unidos.
Hobart Gay, jefe del estado may or de Patton, reflexionó en la entrada de su
diario correspondiente al 1 de enero de 1945 sobre la ironía de que su superior se
hubiese visto alzado de nuevo a la categoría de héroe nacional, un año después de
haber sido destituido en calidad de comandante del 7.o ejército tras los
« abofeteamientos» de Sicilia: « Un mundo voluble el nuestro… Es un crimen
que los periodistas, y en especial los de no muy buena calidad, puedan permitirse
no sólo tratar de arruinar a un individuo, sino también reaccionar de manera tan
adversa ante el éxito de los empeños bélicos de una gran nación» .
La propuesta de atacar la base del entrante alemán planteada por Patton fue
rechazada. Gay estaba en lo cierto al asegurar que su jefe había vuelto a
convertirse en un héroe, pues el enérgico aparato de publicidad del 3.er ejército
se encargó de que se colmara de laureles a sus soldados por el avance que habían
llevado a término hacia el norte. Con todo, esta conmovedora historia, que
Estados Unidos oy ó con entusiasmo tras las humillaciones que había tenido que
soportar durante los primeros días, enmascaraba algunas verdades embarazosas
relativas al papel desempeñado por el 3.er ejército. Patton y su estado may or
habían llevado a cabo, en efecto, una notable hazaña al enviar a dos cuerpos a
brindar apoy o al 1.er ejército antes de que hubiesen transcurrido cuarenta y ocho
horas desde la petición de Eisenhower. Con todo, a partir de ese momento, la
participación poco sistemática de sus unidades a lo largo de un frente amplio
supuso a sus soldados numerosas bajas y daños considerables. El 3 de enero,
Patton comentó, compungido, a su estado may or refiriéndose a las tropas del 7.o
ejército alemán: « Tienen más frío y hambre que nosotros, sin duda; y están más
debilitados. Pero no han dejado de luchar con gran efectividad» . No faltó quien
sostuviera que Alemania contaba con la ventaja que le ofrecían los accidentes
geográficos de gran potencial defensivo que seguían en sus manos, aunque lo
cierto es que ninguno de éstos había resultado ser decisivo dos semanas antes,
cuando se encontraban en poder de Estados Unidos. Asimismo, la escasa
disciplina de que adolecía el 3.er ejército cuando establecía sus comunicaciones
por radio sirvió en bandeja de plata a los servicios de espionaje de la Wehrmacht
abundante información acerca de sus movimientos e intenciones.
Una vez más, Patton había demostrado un gran talento a la hora de hacer
entrar a sus tropas en combate y obtener prestigio por los éxitos de éstas. Con
todo, manifestó mucha menos eficacia cuando hubo de dirigir una batalla ardua
y reñida en el flanco meridional. Los estadounidenses se hicieron con la victoria,
aunque no lograron destruir a su adversario de un modo tan abrumador como
llegaron a tener por inevitable Von Rundstedt y Model. Patton defendía, a los
cuatro vientos, la necesidad de emprender una acción definitiva, y, sin embargo,
contribuy ó a evitar que pudiese llevarse a efecto tal cosa. J. Lawton Collins,
destacado jefe de cuerpo estadounidense conocido también como « Lightning
Joe» , señaló con su proverbial estilo pendenciero cuando la campaña tocaba a su
fin: « Estoy seguro de que, de aquí a cincuenta años, la gente pensará que quien
ganó la guerra fue “Georgie” Patton… cuando lo cierto es que Bradley le da cien
vueltas» . Collins hablaba como el leal subordinado de Bradley que era; sin
embargo, la verdad es que no cabe duda de que Patton tenía mucha más
imaginación que aquél como hombre de guerra. Así y todo, eran muchos los
oficiales norteamericanos competentes que compartían la opinión de que, en el
caso del general al mando del 3.er ejército, era más el ruido que las nueces
cuando el combate se tornaba peliagudo.
Los aliados optaron por ejercer una presión lenta pero incesante a fin de
acabar con el internamiento alemán, para lo cual se sirvieron de una serie de
operaciones muy poco refinadas que se prolongaron hasta mediados de enero.
La situación, que no nos es desconocida, recuerda a la de la bolsa de Falaise, que
los aliados no atacaron en agosto de 1944 porque, como en las Ardenas, se
conformaron con tener la victoria. De hecho, hasta las últimas semanas de la
guerra, no trataron de obtener de forma seria —ni tampoco lograron de un modo
glorioso— un triunfo de proporciones heroicas. Incluso la emboscada que —a
deshora— consiguió llevar a término Bradley en el Ruhr, tres meses después de
la batalla de las Ardenas, tuvo una importancia discutible. Los aliados sabían con
qué furia podían combatir los soldados alemanes, más aún si tenían por objetivo
escapar de un aprieto como aquél. La destrucción gradual del enemigo les
pareció suficiente: se negaron a afrontar los riesgos que comportaba perseguir al
tigre herido por entre los matorrales.
El mundo no supo hasta el 5 de enero que Montgomery había asumido, de
forma temporal, el mando de las fuerzas estadounidenses ubicadas al norte del
internamiento alemán durante la batalla. El 7 de enero, el mariscal de campo
compareció en una rueda de prensa celebrada en su cuartel general que resultó
ser uno de los episodios más lamentables de su carrera. Ningún oficial británico
dotado de un mínimo de sensatez pudo albergar duda alguna de que los
estadounidenses habían escarmentado —y de hecho, habían quedado incluso
humillados— tras la paliza recibida de los alemanes durante los primeros días de
la batalla. En efecto, hubo incluso adalides norteamericanos que llevaron al
extremo tal sentimiento y olvidaron que lo que de verdad importa en el campo de
batalla es cuál de los dos contendientes queda en pie tras el décimo asalto. Y en
este caso, es evidente que no habían sido los alemanes. Los soldados y pilotos de
Estados Unidos infligieron una derrota considerable a las fuerzas de Von
Rundstedt, en tanto que el cometido de los británicos se limitó a mantener en su
sitio el cuadrilátero. No obstante, los periódicos británicos —a los que tenían
acceso muchos de los estadounidenses destacados en Bélgica— pasaron varios
días proclamando con insolente deleite que se había recurrido a su ejército para
que sacase las castañas del fuego a sus aliados. El ay udante de Bradley, Chester
Hansen, escribió el 1 de enero: « Sus diarios están fomentando entre nuestras
tropas un resentimiento que jamás quedará aplacado, una desconfianza que no
podrá borrarse» .
Sin embargo, el 7 de enero, Montgomery echó más leña a la pira de las
tensiones angloamericanas, para después pegarle fuego haciendo uso de la
primera persona. « En cuanto advertí lo que estaba sucediendo en las Ardenas,
me encargué, personalmente, de tomar medidas para asegurarme de que, si los
alemanes llegaban al Mosa, no fuesen capaces siquiera de cruzar el río» , declaró
ante los corresponsales que se habían congregado en su cuartel general. « Se
pueden hacer, por lo tanto —seguía diciendo—, una idea de lo que fue la lucha de
las tropas británicas desplegadas a ambos lados de las fuerzas estadounidenses,
que habían sufrido un duro revés… La batalla ha sido interesantísima: de hecho,
creo que ha sido una de las más interesantes y difíciles con las que he tenido que
bregar» .
Aún ahora, después de sesenta años, no deja de sorprender que un hombre de
tamaña inteligencia, que había llegado a lo más alto del escalafón militar, pudiese
ser capaz de incurrir en delirios tan jactanciosos. De Eisenhower abajo, ninguno
de los norteamericanos que ley ó sus declaraciones pudo reaccionar sino con
indignación. Al margen de lo absurdo que resultaba reclamar un protagonismo
tan exagerado para la participación británica en aquella batalla, era, cuando
menos, desconcertante que Montgomery se sintiese con derecho a considerar la
de las Ardenas como una gesta protagonizada por el generalato. En realidad, la
hazaña fue obra de los hombres que ocupaban los carros de combate, los aviones
y los hoy os de tirador, combatientes que, además, apenas recibieron órdenes

imaginativas de sus superiores. Se permitió al enemigo derrotado que efectuase
una retirada acompasada, tal como se había dejado hacer a Rommel en El
Alamein en noviembre de 1942. Un oficial del servicio de información británico
apuntó con pesarosa admiración el 10 de enero: « Sin prisas y sin traza alguna de
desorden, el enemigo ha hecho hoy avanzar su retirada un paso más, y ha dejado
que la nieve y los campos de minas frenen los intentos de los aliados de
consolidar su victoria» . Zhúkov no hubiese brindado jamás a los alemanes la
oportunidad que les concedieron Eisenhower, Bradley y Montgomery tras
dejarlos en evidente derrota en las Ardenas.
« Monty hizo un buen trabajo, aunque y o creo que podía haberlo hecho con
más rapidez —admitió el comandante Tom Bigland, oficial de su estado may or
—. En privado, reconoció más tarde que había subestimado el poder de
recuperación de los estadounidenses. No debemos olvidar que éstos tenían un
buen equipo y soldados recién llegados, mientras que nosotros llevábamos
luchando más de cinco años, lo que nos había dejado al borde del agotamiento» .
El mariscal de campo inglés representaba el ejemplo más extremo de una
realidad que estaba muy arraigada en el ejército de su nación: el arrogante
convencimiento de que los norteamericanos —que habían entrado tarde en la
contienda y sólo después de que los obligasen los japoneses, más que llevados por
una cuestión de principios— eran, como soldados, menos competentes que los
británicos. Alan Brooke veía a Eisenhower con desdén y a Marshall con
condescendencia: estaba persuadido de que el puesto de comandante supremo de
las fuerzas desplegadas en Europa debía haber recaído en su persona. En julio de
1944, Churchill le hizo saber: « El de Arnold, King y Marshall es uno de los
equipos estratégicos más estúpidos que se hay an visto jamás. Son buenos tipos;
eso no hace falta decírselo» . En cierta ocasión, el primer ministro se refirió a
Spaatz, comandante en jefe de las fuerzas aéreas estadounidenses en el
continente europeo, como « un hombre de inteligencia limitada» , a lo que el
general del aire sir Arthur Harris repuso: « Y le está su excelencia haciendo un
cumplido» .
Los británicos siempre han tenido a los norteamericanos por un pueblo
fanfarrón. Y sin embargo, el de Churchill, impulsado por el pesar que le
provocaba su menguante poderío, habló y se comportó a menudo, durante la
Segunda Guerra Mundial, con menos cortesía que su aliado del otro lado del
Atlántico. El secretario privado de Churchill escribió: « Cuanto más contemplo los
acontecimientos y las corrientes de opinión actuales, más me convenzo, con
tristeza, de cuánto más fácil nos va a ser perdonar a los que ahora son nuestros
enemigos, una vez sumidos en la miseria, el hambre y la debilidad a que están
abocados, que reconciliarnos con las reclamaciones pasadas y las
reivindicaciones futuras de nuestros dos grandes aliados. Los estadounidenses se
han hecho muy impopulares en el Reino Unido» . Dwight Eisenhower era una
figura más inflexible y menos genial de lo que hacía pensar su imagen pública.
Con todo, aquel tejano criado en Abilene, en medio de las humildes
circunstancias propias de una familia rural norteamericana, aquel jugador de
póquer que conservó siempre el mismo entusiasmo por las novelas baratas del
Oeste se condujo siempre, en público, como un caballero de estirpe.
Montgomery, sin embargo, hijo de un obispo anglicano, educado en Saint Paul’s y
Sandhurst, no lo hizo nunca. Era más inteligente que su comandante supremo, así
como mucho más apto en calidad de soldado profesional; pero la tosquedad que
manifestaba para con sus iguales no le permitió alcanzar la grandeza que ansiaba.
Ningún general aliado del frente occidental podía competir con el
apasionamiento desplegado por Zhúkov y los demás mariscales del Éste. Los
alemanes nunca dejaron de sorprenderse de la desgana que demostraban los
aliados occidentales durante los ataques, conducta que se hizo aún más evidente
en contraste con la precipitada marcha que adoptaron los sucesos después de
fracasar la ofensiva de las Ardenas. Con todo, puede argüirse que los generales
aliados lograron tanto —o tan poco— como les permitió la actuación de sus
soldados. Los adalides estadounidenses enérgicos, como era el caso de Ridgway
o Gavin, hallaron un motivo de constante frustración en el hecho de que su tropa
no fuese capaz de responder, en el campo de batalla, a la medida de sus colosales
ambiciones. Después de que fracasase un ataque emprendido el 13 de enero,
Ridgway sometió a Leland Hobbs, quien se hallaba al mando de la 30.a división,
a un severo interrogatorio sobre « la funesta actuación del 119.o de infantería» .
El interpelado repuso, en tono de disculpa, que había destituido, de manera
sumaria, a uno de sus jefes de batallón. Para su superior, sin embargo, era obvio
que habían existido problemas de liderazgo en todo el regimiento. Cuando pidió
que se le informara del número de víctimas, montó en cólera al oír que sólo
habían perdido, en total, a cincuenta y ocho hombres. « Dijo que la cifra no hacía
sino confirmar su teoría de que la resistencia al enemigo había sido
insignificante» .
A Gavin, por otra parte, lo sacaban de sus casillas las limitaciones de las
unidades con las que habían de luchar, codo a codo, sus paracaidistas. El 18 de
enero escribió en su diario:
Estamos adiestrando a nuestros soldados en el manejo de carros de
combate y destructores de tanques, ya que las dotaciones de apoyo suelen
abandonar sus vehículos cuando se ven amenazadas durante un ataque. Si
nuestra infantería estuviese dispuesta a luchar, la guerra se habría acabado
a estas alturas. En nuestro frente actual, hay dos regimientos alemanes muy
debilitados que están plantando cara a las cuatro divisiones del XVIII
cuerpo. Todos lo sabemos y lo reconocemos, pero nadie hace nada al
respecto. La infantería estadounidense no parece tener intención alguna de
luchar. Nadie quiere que lo maten… Disponemos de una artillería
maravillosa, y nuestras fuerzas aéreas no son malas. Sin embargo, la
calidad de los fusileros deja mucho que desear. Todos quieren llegar a
viejos, por lo que la visión de un puñado de alemanes les sobra para saltar
al interior de sus pozos de tirador. En lugar de haberse imbuido del
abrumador deseo de acercarse al enemigo y poder agarrarlo por el
pescuezo, prefieren evitarlo si no lo ha derribado la artillería.
Durante la segunda semana de enero, incluso las emisiones radiofónicas de la
propaganda alemana hubieron de reconocer la realidad del revés sufrido en las
Ardenas. « La batalla de Invierno» , tal como se había denominado a menudo la
ofensiva, se convirtió entonces en « la batalla defensiva» . Con todo, se animaba a
los oy entes a trasladar a Alsacia sus esperanzas. De hecho, las lumbreras
berlinesas hacían hincapié en « el milagro» que suponía la resistencia continuada
que estaban protagonizando los alemanes. De cualquier modo, lo cierto es que,
después de haber alcanzado un punto culminante a mediados de diciembre, la
moral de la Wehrmacht había vuelto a caer y a sumir a muchos en la
desesperación. « ¡Ojalá acabe de una vez por todas esta estúpida guerra! —
escribió el soldado raso Heinz Trammler en su diario durante la batalla de las
Ardenas—. ¿Para qué voy a seguir luchando? ¿Por qué? ¿Por la supervivencia de
los nazis? La superioridad del enemigo es tal que no tiene sentido combatir» .
El 7 de enero, cerca de Bastogne, el jefe de uno de los batallones de la 9.a
división acorazada de la SS escribió a su amigo Otto Skorzeny y puso el grito en el
cielo al referirse a la calidad de los reemplazos que le estaban llegando:
La mayoría son ucranianos que ni siquiera hablan alemán. Sufrimos una
gran escasez de casi todo, aunque lo que más cuenta son los soldados. Sé
muy bien lo que es, por ejemplo, emprender un ataque sin armas pesadas
por falta de medios para transportar morteros y cañones anticarro.
Tenemos que echar cuerpo a tierra sobre el suelo helado, de manera que
somos un blanco fácil para los cazabombarderos. Así y todo, a los
estadounidenses no les va mucho mejor. Si pudiésemos disponer de una
sola división, bien adiestrada y equipada, y dotada del brío que ambos
conocimos bien en el año (¡tan lejano ya!) de 1939… En fin: venceremos;
debemos vencer, más tarde o más temprano. Recuerdos a ti y a mis viejos
camaradas de Vis y Orianberg. Heil Hitler!
El comandante William DePuy, al frente del 357.o de infantería, estaba
convencido de que, al final de la batalla de las Ardenas, los alemanes « más que
descorazonarse, se desorganizaron. Se desmoronaron, sin más, cuando forzaron
demasiado su capacidad de resistencia» . Rolf-Helmut Schröder, teniente del 18.o
de Volksgrenadier, se sentía desilusionado. « Se acabó: hemos perdido la guerra» ,
pensó, tras asumir el mando de un batallón que había quedado reducido a tan sólo
ochenta hombres. Así y todo, en una fecha tan tardía como la del 13 de enero, los
servicios de información del 2.o ejército británico señalaron en tono respetuoso:
« El enemigo puede afirmar que le ha arrebatado la iniciativa a los aliados… Ha
proporcionado a su pueblo el estímulo que con tanta desesperación necesitaba, y
durante al menos una semana supo hacer que apartase sus pensamientos de la
desalentadora situación en que se hallaba cuando tocaba a su fin un año
desastroso… ha ganado tiempo… Sin embargo, ha tenido que pagar un precio
desproporcionado en comparación con los resultados obtenidos» .
Cuando los aliados reanudaron su avance, no pudieron menos de sentirse
acosados por la profusión de minas con que, como de costumbre, habían
sembrado los alemanes los lugares por los que habían pasado durante su retirada.
A mediados de enero, el 743.o batallón acorazado perdió quince carros en dos
días por esta causa mientras cruzaba campos que habían presenciado salvajes
enfrentamientos. El soldado raso Ashley Camp no pudo menos de sobresaltarse
al descubrir que el montículo nevado sobre el que se había sentado a dar cuenta
de su rancho estaba formado por cadáveres. La oruga del vehículo del cabo
primero Cockperry Kelly topó con los pies de un cuerpo sin vida congelado, que
saltó, rígido, para ir a estrellarse contra el blindaje. « La de hoy ha sido la noche
más fría que he conocido en toda la guerra —escribió, el 14 de enero, el teniente
Joseph Couri desde la posición que ocupaba cerca de Bellevaux—. Después de
atravesar el bosque con la torreta abierta y soportando la nieve que caía de los
árboles, acabé calado hasta los huesos. El carro… parecía una nevera, aunque no
nos quedó más remedio que tratar de dormir en su interior. De todos modos,
estábamos mucho mejor que la infantería, y a que era imposible cavar
trincheras… Nos preguntaron si podían acostarse debajo de los tanques, y así lo
hicieron. En realidad, nadie pudo dormir demasiado, porque los bombardeos, de
uno y otro bando, no cesaron en toda la noche» .
Los alemanes perdían terreno a pasos de gigante, aunque no daban señal
alguna de ir a desmoronarse por entero. De hecho, los soldados de Model
castigaron con más brutalidad que nunca las imprudencias de los aliados. El 12.o
británico de paracaidistas se estaba aproximando al pueblo belga de Bure, a
través de una ladera descubierta, una tarde de principios de enero, cuando los
alemanes, que lo vieron llegar, desataron un intenso bombardeo con morteros y
otras piezas de artillería. En cuestión de sólo quince minutos, la unidad sufrió
ciento sesenta bajas, de las cuales sesenta y cinco correspondían a soldados
muertos. Durante el combate mantenido en Diekirch el 25 de enero, los hombres
del 32.o de infantería capturaron a treinta y siete alemanes, y cuando, como
siempre, desarmaron y registraron a los prisioneros, quedaron atónitos al
descubrir que uno de ellos era una mujer. El informe del cabo primero Clifford
Laski rezaba lacónico: « No nos dimos cuenta hasta que se quitó el casco y dejó
al descubierto la melena, y a que no tenía mucho pecho» . El último recuerdo que
guardaba el sargento Charles Skelnar de antes de que lo relevasen en Bastogne
era el de un cabo primero de la 101.a aerotransportada que conducía a los
prisioneros de guerra a las instalaciones en que iban a ser encarcelados de forma
temporal. Cada vez que veía a un alemán con botas estadounidenses, el suboficial
le golpeaba los pies con la culata de su fusil. « Han luchado hasta el final —
aseguraba, sarcástico, un informe del espionaje aliado redactado el 29 de
diciembre para comunicar los resultados del interrogatorio a que se había
sometido a los prisioneros de la 1.a de Panzer de la SS—, y aún no se han
despojado de su insolencia» . Sin embargo, George Sheppard, soldado raso del
319.o de infantería al que le encantaba hacer prisioneros, pensaba que habían
perdido todo asomo de arrogancia. « Me sentía orgulloso —asegura—: Tenía ante
mí a los soldados del ejército de la raza superior, con las manos en alto, gritando:
Kamerad!, e implorando, de rodillas, que no les disparase» . No deja de ser
interesante que uno de los expertos británicos en las Waffen-SS esté convencido de
que Joachim Peiper, símbolo del fanatismo y la brutalidad de Alemania en las
Ardenas, fue víctima de algún tipo de derrumbamiento físico o moral tras el
fracaso de la ofensiva. Lo cierto es que su nombre desaparece de los registros de
la organización hasta que, a finales de febrero de 1945, vuelve a aparecer en
Hungría. De ser cierta tal afirmación, constituiría un ejemplo más de la
tendencia al histerismo presente en numerosos combatientes nazis, jóvenes y
fanáticos. Muchos, como Hein von Westernhagen, del 501.er batallón de carros
pesados, se quitaron la vida ante la ansiedad que les provocó la derrota. Apenas
cabe sorprenderse de que los norteamericanos ajusticiaran a dieciocho de los
soldados de Otto Skorzeny, a quienes capturaron con uniforme de Estados Unidos.
La noche anterior a la ejecución, los captores dejaron que las enfermeras
alemanas a las que también tenían encarceladas les cantasen villancicos en sus
celdas.
« Lightning Joe» Collins decía estar convencido de que la batalla de las
Ardenas había hecho la contienda seis meses más breve. Sin embargo, y aunque
la drástica merma sufrida por los ejércitos acorazados 6.o y 5.o de la SS fue, sin
duda, significativa, resulta difícil admitir su teoría. En lo más alto del mando
estadounidense, la consecuencia más sobresaliente de aquel frustrado desafío fue
una actitud de abatimiento que no desapareció siquiera después de que se hiciese
evidente el fracaso de los alemanes. El coronel Chester Hansen, ay udante de

Bradley, escribió: « Se discutió seriamente entre el generalato acerca de la
posibilidad de sentarnos a esperar a que llegara la primavera» . Durante la poco
entusiasta ofensiva que emprendieron los alemanes en Alsacia, se habló en el
SHAEF de dejar al 6.o grupo de ejércitos que se replegase en dirección a los
Vosgos. La batalla despertó de nuevo la cautela que había caracterizado a los
caudillos aliados y los estados may ores del servicio de información. Alan Brooke
consideraba que había « retrasado de forma considerable la derrota de
Alemania» . Los vencedores reconocieron que la batalla había destruido la
principal reserva de carros de combate de que disponía Hitler; pero no fueron
capaces de advertir lo desesperada que se había vuelto, en consecuencia, la y a
apurada situación del Tercer Reich, ni tampoco, claro está, de explotar de forma
enérgica las nuevas circunstancias. No faltó en el cuartel general supremo quien
expresase sus temores de que, en caso de que los aliados no fueran capaces de
poner fin pronto a la contienda, las nuevas armas de los alemanes, y en especial
su avión de reacción, permitieran a sus ejércitos sobrevivir al verano de 1945.
« Tras concluir la campaña de las Ardenas —declaraba el informe oficial sobre
la batalla que redactó Estados Unidos una vez acabada la guerra—, se pensó que
los aliados no gozaban de una superioridad acusada sobre Alemania en relación
con la fuerza de sus tropas de tierra» . Tal afirmación habría dado origen a
histéricas risotadas en cualquier cuartel general alemán. El SHAEF determinó
ubicar a las huestes aliadas en « sólidas posiciones defensivas» dispuestas a lo
largo de la may or parte del frente, « para dejar a otros libertad de ataque… A
finales de enero, nadie consideraba que la fuerza de combate del enemigo fuese
notablemente inferior a la de los aliados» .
La ofensiva de las Ardenas costó a los alemanes entre 80 000 y 100 000
bajas. Los estadounidenses perdieron, desde el 16 de diciembre al 2 de enero,
4138 soldados muertos, 20 231 heridos y 16 946 capturados o desaparecidos, a los
que se sumaron, en la segunda fase de la batalla (entre el 3 y el 28 de enero),
6138 muertos, 27 262 heridos y 6272 prisioneros o desaparecidos. Es decir, que
acabar con la ofensiva invernal de Hitler supuso un total de 80 987 víctimas, lo
que convirtió esta batalla en la más costosa en que habían participado los
estadounidenses en el noroeste europeo, aun cuando « la factura del carnicero»
estuviese muy por debajo de la de cualquiera de los combates de relevancia
entablados en el frente oriental. Las cifras de enero sirven para ilustrar la furia
con la que seguían luchando los alemanes, aun después de haberse visto obligados
a retirarse tras el fracaso de su propia operación, casi sin carburante y hostigados
por continuos bombardeos aéreos.
Las Ardenas dejaron a Eisenhower menos dispuesto que nunca a correr
riesgo alguno, y con el sistema nervioso muy trastornado. Los mejores jefes de
cuerpo y división habían demostrado, en el campo de batalla, más redaños que
sus superiores del 12.o grupo de ejércitos y el SHAEF. Los superiores de Hodges
debieron haberlo destituido del mando del l.er ejército después de su pésima
actuación; pero el estado de ánimo en /que se encontraban los norteamericanos a
mediados de enero se prestaba más a exaltar a los héroes que a sacrificar chivos
expiatorios. Los aliados occidentales no volvieron a poner en marcha operaciones
ofensivas de envergadura por cuenta propia hasta mediados de febrero. Los
ejércitos de Eisenhower necesitaron siete semanas para recuperar el equilibrio
perdido tras la campaña de las Ardenas.
Sea como fuere, lo cierto es que, desde el principio, se hizo difícil imaginar
que los alemanes pudiesen salir triunfantes. Los ejércitos de Von Rundstedt
carecían del poderío necesario para mantener una operación tan ambiciosa hasta
el final ante fuerzas que los superaban de un modo aplastante. Los
estadounidenses gozaban de una gran movilidad, en tanto que los alemanes
hubieron de soportar el lastre de un terreno poco practicable y una gran escasez
de combustible. De hecho, no es descabellado defender la idea de que este último
factor contribuy ó tanto o más que la resistencia aliada a la hora de detener el
avance de los carros alemanes antes aún de que pudiesen participar las fuerzas
aéreas. Entre 1944 y 1945, los ejércitos de Hitler lograron hazañas dignas de
encomio cuando combatieron desde posiciones fijas, dado que, al estar
atrincherados, resultaba más difícil verlos y alcanzarlos. Sin embargo, en cuanto
se movían y quedaban expuestos a los ataques aéreos, tal como hicieron en
diciembre y enero, quedaban seriamente diezmados. Los aliados, por su parte,
podían trasladar con libertad sus fuerzas al campo de batalla gracias al ingente
número de vehículos de que disponían, una reserva de carburante casi ilimitada y
la apenas existente intromisión de la Luftwaffe. Desde el punto de vista táctico, la
de las Ardenas fue una de las batallas que peor dirigieron los alemanes en toda la
contienda, lo que bien pudo deberse a que ninguno de los generales encargados
de dar las órdenes viese posibilidad alguna de éxito. El dolor de los soldados
estadounidenses que no lograron resistir el embate de los Panzer se evaporó ante
los triunfos de quienes acabaron por derrotarlos.
En realidad, a nadie benefició tanto la batalla de las Ardenas como a los
soviéticos. El 7.o ejército alemán nunca había sido impresionante, pero los 5.o y
6.o acorazados de la SS se hallaban entre las fuerzas más formidables que tenía
Hitler a su disposición aquel mes de diciembre, y el que no estuvieran presentes
en el frente oriental cuando Stalin puso en marcha la ofensiva del Vístula resultó
de gran ay uda a sus fuerzas armadas. Cuando, a finales de enero, se trasladó, por
fin, a Levante, lo hizo muy maltrecho por causa de los combates de Bélgica y
Luxemburgo. No es muy probable que los vehículos acorazados de Dietrich y
Von Manteuffel pudiesen haber alterado el resultado de la campaña oriental,
aunque tampoco cabe duda de que su presencia habría hecho mucho más difícil
el cometido de Zhúkov y los suy os. Las extremas limitaciones que sufrían los
alemanes en lo tocante al combustible estaban estrangulando la capacidad del
imperio hitleriano de sostener su resistencia, casi con independencia de lo que
ocurriese en el campo de batalla. Sin embargo, la ofensiva de las Ardenas había
impuesto, en cuestión de semanas, un grado de desgaste a las unidades blindadas
alemanas que no se habría alcanzado en meses si se hubiesen empleado en
labores de defensa. Stalin se mostró siempre despreciativo con respecto a la
contribución de sus aliados estadounidenses en combate, aunque lo cierto es que
contrajo con ellos una deuda nada baladí por la derrota que infligieron a
Alemania en diciembre de 1944. Sin duda, habría estado en posición de
agradecer su victoria si su carácter le hubiera permitido preocuparse más por las
decenas de miles de soviéticos que salvaron la vida gracias al fracaso de la
Operación Niebla de Otoño.

ARMAGEDÓN Hastings 8.2 Contener la oleada

 2. CONTENER LA OLEADA
Para el Ejército alemán, los primeros días de la operación supusieron un breve
renacer del alborozo y el optimismo. « La moral del enemigo ha alcanzado cotas
nunca vistas durante la campaña» , reconoció un informe elaborado por las
fuerzas armadas estadounidenses tras la guerra. Un tal teniente Rockhammer, del
que no sabemos a qué unidad blindada pertenecía, aunque sí conocemos su
condición de nacionalsocialista entusiasta, escribió a su esposa el 22 de
diciembre:
Por una vez, nos encontramos mil veces mejor que los que nos esperáis
en la madre patria. No puedes imaginar cuán gloriosa es cada una de las
horas de que estamos gozando estos días. Todo apunta a que los
norteamericanos son incapaces de repeler nuestro impetuoso ataque. Hoy
hemos envuelto a una columna que se retiraba y la hemos arrasado…
hemos logrado rebasarla tomando una carretera que atravesaba el bosque,
para formar, después, a lo largo del asfalto con sesenta Panther, como si
estuviésemos de maniobras. Los vehículos de aquella interminable columna
se nos han acercado, paralelos unos a otros y a rebosar de soldados.
Hemos sido capaces de concentrar sobre ellos el fuego de sesenta cañones
y ciento veinte ametralladoras: un memorable baño de sangre en venganza
de la devastación de nuestra patria. Nuestros hombres siguen conservando
el brío de antaño …Jamás nos ha parecido tan cercana la victoria. El
momento decisivo se halla al alcance de nuestras manos: vamos a echar al
mar a esos arrogantes simios parlanchines del Nuevo Mundo. No vamos a
permitir que pongan un pie en nuestra Alemania… Si queremos conservar
todo lo que más preciamos de nuestra vida, debemos ser despiadados
ahora que la lucha ha alcanzado un punto decisivo.
Muy lejos de allí, en el frente italiano, las tropas aliadas que acababan de
ocupar una casa abandonada por los alemanes encontraron, sobre la mesa de la
cocina, un sobre dirigido « A los soldados ingleses» . La carta que había en su
interior rezaba:
Querido Kamerad:
En el frente occidental, los ejércitos alemanes están atacando las líneas
de los estadounidenses; los carros de combate alemanes han destruido a
buena parte de sus huestes, y la nueva Luftwaffe de Alemania se encuentra
en aquel frente, y cuenta con excelentes efectivos. La guerra ha alcanzado
un estadio diferente: ahora es Alemania la victoriosa. Los alemanes están
luchando por su vida; los ingleses, por los judíos.
Un soldado alemán.
« Las carreteras están sembradas de restos de automóviles y carros blindados
estadounidenses —se regodeaba el teniente Belmen, del 818.o de artillería de la
Wehrmacht, en la entrada de su diario correspondiente al 19 de diciembre—.
Pasa a nuestro lado otra columna de prisioneros, compuesta, según alcanzo a
contar, por más de mil hombres. Poco más allá hay otra de mil quinientos, de los
que una cincuentena son oficiales, incluido un teniente coronel que ha optado por
rendirse» .

Los alemanes habían ofrecido a su enemigo norteamericano una
impresionante demostración táctica de cómo acometer un asalto en terreno poco
practicable, a fuerza de infiltraciones y emboscadas, y sin dejarse estancar ante
los focos de resistencia, como hacían a menudo los aliados.
En los cinco primeros
días de la batalla de las Ardenas, la Wehrmacht destruy ó trescientos tanques de
Estados Unidos e hizo veinticinco mil prisioneros. Algunos historiadores
norteamericanos han tratado de argüir que quienes corrieron a la desbandada
fueron tropas de apoy o o individuos aislados. « Durante mucho tiempo se crey ó
—escribió Charles MacDonald— que, tras el primer asalto de los alemanes,
algunas tropas estadounidenses huy eron sumidas en el desconcierto… Nada
atenta más contra la verdad, por cuanto ninguna de sus unidades se retiró sin
oponer resistencia» . No obstante, resulta imposible sostener tal teoría, habida
cuenta del peso apabullante de las revelaciones, procedentes de testigos oculares,
que dan fe del pánico que se apoderó de algunas unidades o de los grotescos
errores estratégicos que cometieron otras. Cuando la 1.a blindada de la SS atacó
Stoumont, por ejemplo, pudo hacerse con ocho destructores de carros
norteamericanos sin disparar un solo proy ectil, y a que la compañía de soldados
de a pie que, en teoría, debía defenderlos los había abandonado. Antes de que
acabara el primer día, el 394.o sufrió 959 bajas, de las cuales 34 respondían a
muertes y 701, a « desapariciones» . Sin embargo, no hay razón alguna para
considerar ninguno de estos datos motivo de desprestigio de una nación concreta,
toda vez que no son pocos los soldados, de cualquier ejército, que huy en cuando
el enemigo desbarata su frente o se encuentran envueltos por fuerzas superiores.
Los británicos lo hicieron a menudo, y los soviéticos. Y aún los alemanes. Si la
culpa y el oprobio deben recaer sobre alguien en este caso, es sobre los altos
mandos estadounidenses.
Cuando se habla de la campaña de las Ardenas, no hay que perder de vista
que ejemplos como los expuestos de confusión en las líneas norteamericanas y
deserciones en dirección a la retaguardia ofrecieron una imagen errada de lo
sucedido.
A ningún soldado debería reprochársele que sucumbiese al terror al
irrumpir en su sector diecisiete divisiones enemigas sin aviso previo alguno. Lo
cierto, si ampliamos nuestro campo de visión, es que, de aquel primer día en
adelante, el asalto alemán, que, como hemos visto, dejaba mucho que desear en
lo tocante a organización, se frustró de un modo comparable a como había
fracasado el avance británico hacía Arnhem tres meses antes. Se ha hablado
mucho de la ceguera de que dieron muestras los aliados ante las posibilidades que
ofrecían los bosques de las Ardenas para una ofensiva. Bradley no había
destinado demasiados hombres a la región por considerarla un lugar casi
intransitable para cuerpos numerosos de soldados y vehículos. Y razón no le
faltaba: y a desde las primeras horas del 16 de diciembre, se formaron, más atrás
de la línea del frente, atascos multitudinarios: los vehículos luchaban por avanzar
a través de los limitados accesos de que disponía la zona, en tanto que los
ingenieros se demoraban en la construcción de puentes sobre ríos y otras
corrientes de agua.
Las carreteras de montaña empinadas, estrechas y tortuosas provocaron
ciclópeas dificultades a los alemanes, que a menudo hubieron de recurrir a
cabrestantes para que los cañones sorteasen obstáculos como los que suponían las
curvas cerradas. El 17 de diciembre, Von Manteuffel y Model se encontraron a
pie, tras haber abandonado, desesperados, sus respectivos medios de transporte.
Peiper, que iba al frente de un grupo de combate de la 1.a acorazada de la SS, se
vio obligado a recorrer andando diez kilómetros después de que sus carros
quedasen atascados. Durante la retirada de noviembre, la Wehrmacht había
bloqueado la carretera que iba de Dasburg a Clerf con árboles derribados, y
llegado el momento de la ofensiva, éstos se convirtieron en frustrantes obstáculos
para su avance. La división Panzer-Lehr tardó lo indecible en cruzar el río Our. Y
Von Manteuffel no pudo menos de calificar de « decepción gravísima» el
fracaso del calendario programado para los primeros días. En 1940, los ejércitos
de Hitler habían logrado penetrar en las Ardenas con tiempo estival y frente a un
enemigo débil. Sin embargo, en diciembre de 1944, trasladar carros blindados,
cañones de tracción animal y provisiones por pistas y carreteras forestales
convertidas en lodazales de nieve a medio derretir se convirtió en una verdadera
pesadilla. El terreno hizo tanto como las fuerzas defensoras por refrenar el
despliegue alemán durante los primeros días, que cobraron una importancia vital
en el desarrollo de la campaña. Y todo esto, claro está, antes de que las
condiciones climatológicas permitiesen intervenir a la aviación aliada.
Mientras que las unidades acorazadas alemanas hacían patente su habitual
pericia, la actuación de la infantería de apoy o, y en especial la del 7.o ejército,
que ocupaba el flanco meridional, demostró ser tan pobre como había temido
Von Manteuffel. Las tropas de reemplazo mal adiestradas, algunas de las cuales
acababan de ser transferidas de las fuerzas navales o aéreas, dieron muestras de
una gran torpeza en el campo de batalla. Se hizo evidente que carecían de las
habilidades indispensables para la buena marcha del ataque alemán. Los
defensores estadounidenses quedaron atónitos al ver avanzar con la
incertidumbre propia de un rebaño de ovejas a soldados que se arracimaban y se
echaban al suelo al oír disparos, haciendo, precisamente, lo que tantos rapapolvos
había costado a los fusileros aliados. Los jóvenes nazis de espíritu sanguinario,
como era el caso de Peiper y Skorzeny, no pudieron menos de exasperarse ante
el lamentable espectáculo que ofrecían las tropas de a pie. A los vehículos
blindados alemanes les resultaba tan inútil como a los carros aliados penetrar en
territorio enemigo sin contar con el respaldo de una infantería eficaz. Tras
quebrar un frente de más de sesenta kilómetros, los Panzer comenzaban a
avanzar en dirección oeste; pero los soldados de a pie habían demostrado ser
« incapaces de llevar a término el ataque sin una buena dosis de violencia» ,
según hizo constar, con mucha frustración, Hasso von Manteuffel. A los oficiales
les provocó una gran indignación encontrarse con que sus hombres se rezagaban
ante cualquier oportunidad de saquear las prodigiosas cantidades de equipo y
raciones de los estadounidenses, y es que, en diciembre de 1944, la disciplina de
la Wehrmacht no era ni sombra de la que había sido antes de la derrota en la
Unión Soviética.
A la ofensiva, por otra parte, le faltó la fuerza sostenida que
hubiese necesitado para alcanzar sus objetivos.
Este hecho se hizo obvio a los mandos alemanes antes de que transcurriesen
el segundo o el tercer día, cuando Von Rundstedt pidió a Hitler, en vano, que
pusiese fin a la operación. Tanto en un flanco como en el otro, las fuerzas
norteamericanas estaban consiguiendo mantener sus posiciones y apuntalar con
refuerzos las brechas abiertas en el frente, con lo que impedían que la
penetración alemana se hiciese más amplia. El Kampfgruppe Peiper había
perdido una oportunidad inestimable tras ocupar Bullingen, toda vez que, de haber
seguido avanzando hasta alcanzar Wirtsfeld y Krinkelt-Rocherath, sus tanques
podrían haber rebasado los flancos de dos divisiones estadounidenses: una era la
2.a, y la otra, la 99.a, cuy o general de división, Lauer, diría tras la campaña: « El
enemigo tuvo la victoria en sus manos, pero no se dio cuenta» . Es evidente que
exageraba, aunque tampoco cabe duda de que Peiper pudo haber causado
numerosas tribulaciones a las fuerzas de Estados Unidos. Cualesquiera que
hubiesen sido los logros obtenidos por los regimientos y las unidades inferiores de
Alemania en fechas anteriores, lo cierto es que, en la batalla de las Ardenas, su
actuación fue lamentable. Los comandantes de ejércitos y cuerpos de ejércitos,
víctimas de las deficiencias en el sistema de comunicaciones y los errores de
cálculo, dejaron correr muchas ocasiones valiosas.
Bullingen constituy e un
llamativo ejemplo de esto último: si Peiper hubiese podido permitirse buscar un
punto flaco en alguno de los sectores estadounidenses para sacar provecho de él,
en lugar de tener que ceñirse al pie de la letra al plan diseñado antes del
comienzo de la operación, habría obtenido mejores resultados. No obstante, se
dejó que los norteamericanos hiciesen uso de los espacios de desahogo que se les
habían brindado para taponar una brecha muy peligrosa. El 17 de diciembre,
cuando comenzaba a caer la tarde sobre una contrapendiente situada entre
Bullingen y Dom, Derrill M. Daniel, teniente coronel del 226.o de infantería,
comunicó a sus jefes de compañía que ninguno de ellos debía pensar que su
batallón aspiraba a emular a los que habían abandonado sus puestos o se habían
dispersado. « Vamos a luchar aquí, y aquí moriremos si es preciso» , manifestó.
Y de hecho, la actuación de los soldados a su mando durante los días siguientes se
cuenta entre las más impresionantes de aquella batalla.
En lo sucesivo, las mermadas unidades alemanas hubieron de entablar batalla
con formaciones norteamericanas bien acaudilladas, sabedoras de que las habían
enviado al frente para que combatieran hasta la muerte. Rolf-Helmut Schröder,
teniente del 18.o regimiento de Volksgrenadier, que acababa de llegar del Este
europeo, quedó impresionado, a su pesar, por la condición física de los
prisioneros norteamericanos, « hombres corpulentos, sanos y bien alimentados» .
En la defensa, la oscuridad invernal tenía un valor incalculable para los
alemanes, pues les permitía reabastecerse y volver a desplegarse sin intromisión
alguna por parte de la aviación aliada. Sin embargo, cuando de atacar se trataba,
las fuerzas de Model veían su labor dificultada por la menor duración de los días
de diciembre, dados los inconvenientes que suponía el traslado nocturno de carros
de combate. Desde los tiempos de Normandía, los caudillos aliados se habían
quejado de las numerosas pérdidas sufridas por sus vehículos. El general « Pip»
Roberts, al mando de la 11.a división acorazada, señaló: « Siempre que uno ataca
al enemigo con tanques, acaba sufriendo bajas de consideración. Cuando causa
víctimas es cuando quien ataca es el otro» . En aquel momento, era Alemania la
que tenía que encarar tal realidad, y lo cierto es que poseía una capacidad
muchísimo menor que los aliados de reemplazar a los soldados caídos.
La división Panzer-Lehr, que en otro tiempo había contado con un gran
poderío, entró en la batalla de las Ardenas con tan sólo cincuenta y siete tanques,
y no tardó en empezar a perderlos. A medida que avanzaban en dirección oeste,
los alemanes sufrieron un desgaste cada vez may or a consecuencia de sus
enfrentamientos con los focos de resistencia en cruces de carreteras y
poblaciones. En Saint-Vith y Stavelot, así como en un buen número de otras
localidades belgas, vieron entorpecida su progresión durante horas o, en
ocasiones, días por la actuación de grupos de estadounidenses apoy ados por
vehículos Sherman y destructores de carros. Incluso el cañón antitanque de 57
mm, tan insuficiente por lo general, logró hacer mella en ellos. La artillería, que
era el arma más destacada de las fuerzas de Estados Unidos, comenzó a causar
estragos entre las columnas alemanas una vez que hubo conseguido restablecer
las comunicaciones y la observación de los sectores de vanguardia, servicios que
había perdido durante las etapas iniciales de la campaña. Un solo batallón de
obuses de 105 mm fue capaz de lanzar diez mil proy ectiles en un día.
La 7.a división blindada infligió, al norte, uno de los primeros reveses de
relieve sufridos por el avance alemán. El 17 de diciembre, la 1.a de Panzer de la
SS se aproximó al cruce de Saint-Vith, objetivo de gran importancia situado en
medio del frente de asalto de su ejército, a unos siete kilómetros al oeste de la
línea de partida. Más allá de él se abrían los campos que llevaban al Mosa y la
planicie belga, así como a Stavelot, en dirección noroeste, donde se hallaban los
gigantescos depósitos de carburante de Estados Unidos que con tanta premura
necesitaban sus carros de combate. Es falso que los tanques de Peiper se
encontrasen separados de dichas instalaciones por una cortina de fuego creada
por los defensores tras incendiar parte del combustible. En realidad, los alemanes
nunca llegaron a acercarse a aquel tesoro de más de once millones de litros de
gasolina. Es cierto que la guardia belga formó una pared de llamas, aunque sólo
consiguió retrasar a las unidades de la 30.a división norteamericana que debían
atravesarla para entrar en combate, razón por la que Estados Unidos ordenó
apagar el fuego. Las primeras fracciones de la 7.a blindada llegaron justo a
tiempo de cortar el paso a los alemanes. Su comando de combate B, capitaneado
por el general de brigada Bruce Clarke, protagonizó una resistencia de ocho días
que resultó tan vital —y denodada— como la defensa de Bastogne. Más tarde, las
tropas acabaron por abandonar —al menos durante un tiempo— Saint-Vith; pero

los defensores lograron el objetivo que con tanto ahínco habían perseguido:
retrasar a los alemanes. Un historiador estadounidense da a entender que, aunque
tarde, se obtuvo aquí cierta compensación por las aflicciones sufridas, en
noviembre, en Hürtgen, siendo así que, si las fuerzas norteamericanas no
hubiesen ocupado el bosque y las poblaciones de su periferia, habría resultado
más difícil proporcionar el « puntal» que necesitaba el flanco derecho para
hacer frente al ataque alemán.
La batalla de las Ardenas brindó mucho ejemplos de lo que podían llegar a
hacer las unidades norteamericanas improvisadas a la manera de los grupos de
batalla alemanes, tan frecuentes entre éstos y tan poco comunes entre los aliados.
Cierto batallón de ingenieros de combate recibió, el 17 de diciembre, la misión de
defender Wiltz con la ay uda de seis tanques, cuatro cañones de asalto, cuatro
destructores de tanques de 700 mm, una batería de artillería y algunos músicos,
oficinistas y cocineros del cuartel general de la 28.a división. Después de tres días
de combate —con sus respectivas noches—, se recomendó la concesión de
estrellas de plata o bronce a un tercio de los supervivientes, en tanto que se
ascendió a oficiales a los suboficiales Garland Hartsig y Eugene Baker.
Las « poblaciones gemelas» de Krinkelt y Rocherath fueron escenario de
algunos de los enfrentamientos más violentos. A los adalides de la 12.a blindada
de la SS los había irritado en extremo que los atascos producidos tras la línea del
frente hubiesen dejado a gran parte de la división detenida al otro lado del
Westwall, mientras sus fuerzas de vanguardia se esforzaban por desbaratar las
líneas del enemigo. Las unidades acorazadas alemanas sufrieron bajas nada
desdeñables cuando trataban de conquistar los pueblos de la región con respaldo
insuficiente por parte de la infantería. Las dotaciones de reparación obraron sus
milagros de costumbre al volver a hacer útiles, en cuestión de horas, tanques y
destructores de tanques dañados. A algunos de los carros de combate que habían
quedado inmovilizados se les asignó una nueva porción de tropa para que los
emplease como fortines improvisados. Así y todo, nada de lo dicho hizo gran
cosa por disminuir las dificultades que afrontaron los Panzer al verse atascados
en medio de los combates entablados en las diversas poblaciones. « Miré al jefe
de nuestro batallón —escribió el teniente Willi Engel, que se hallaba al frente de
un pelotón en Rocherath—, y percibí el abatimiento y la resignación de su gesto.
Saltaba a la vista que el ataque fallido y las dolorosas pérdidas lo habían sumido
en una honda depresión. Los vehículos blindados que habían quedado fuera de
combate ofrecían un espectáculo angustioso. En aquel momento, llegaba un
carro al puesto de mando, y cuando se encontraba a sólo un centenar de metros,
se convirtió, de pronto, en una antorcha… Más tarde llegamos a la conclusión de
que el responsable había sido un Sherman inmovilizado del que, por lo demás,
aún podía sacar provecho el enemigo… Las dos facciones lucharon con amarga
determinación» .
« En las cercanías de la iglesia [de Rocherath] me esperaba una visión
espantosa —recordaba, por su parte, el teniente Willi Fischer—. Beuthauser
recibió orden de replegarse… Su cargador murió por fuego de fusil durante la
retirada… El carro de Brodel estaba a pocos metros de donde me encontraba y o,
envuelto en llamas. Él había quedado, sin vida, en el interior de la torreta. Frente
a mí había más vehículos fuera de combate, también incendiados» . El V cuerpo
norteamericano había sufrido bajas de gravedad, aunque podía permitirse tal
contingencia en mucho may or medida que los alemanes. Asimismo, había
infligido una notable derrota a una de las mejores unidades con que contaban las
huestes de Hitler. Cierto oficial de estado may or del 12.o grupo de ejércitos
norteamericano que contemplaba la llegada al frente de tropas de refuerzo
expresó así un sentimiento muy poco común de respeto y comprensión para con
los soldados de infantería de sus fuerzas armadas: « Mire donde mire uno, se topa
con una clara actitud de humildad. Sabemos que su lucha es la única real de esta
guerra» .
Muchas de las acciones que contribuy eron a la salvación del frente
estadounidense estuvieron guiadas por una profesionalidad impasible.
En el
flanco más septentrional del ataque alemán, el 38.o grupo de escuadrones de
caballería de reconocimiento desplegó ante el sector que ocupaba ochenta
camiones de alambrada y una cantidad comparable de bengalas de disparo y
trampas explosivas. Ninguno de sus hombres trató, en momento alguno, de
combatir tras el parapeto que ofrecían las casas —que, en el fondo, suponían una
protección mucho más precaria de lo que parecían prometer—. Los defensores
prefirieron abrir, cavando o con la ay uda de explosivos, trincheras individuales
en aquel suelo duro como el acero. La unidad perdió sólo a quince hombres
durante lo que su coronel, Robert O’Brien, definiría más tarde como « un
ejemplo no de acción heroica, sino de lo que puede hacer una defensa eficiente
y activa. No se dio alarde alguno de liderazgo, porque los soldados no lo
necesitaban» . Lo que hubieron de soportar quienes se hallaban a su mando no
fue tanto como lo que sufrieron las unidades situadas más al sur; aunque, fuera
como fuere, lo cierto es que, mientras que las fuerzas estadounidenses fueron
recuperando el equilibrio, las alemanas se vieron abocadas a un desgaste cada
vez may or. El 37.o de artillería de campaña se encontraba apoy ando al 123.o de
infantería de la 2.a división cuando los norteamericanos vieron a las tropas
alemanas de a pie aproximarse a sus posiciones ubicadas en las cercanías de
Murringen. Lo que sucedió a continuación fue casi de manual: los artilleros
dispararon un proy ectil a la derecha; otro, a la izquierda; uno, a corta distancia, y
otro, más allá de la línea de uniformes grises que marchaba hacia ellos. Su
observador avanzado, el capitán Charles Stockwell, que se había apostado en la
aguja del campanario de la iglesia, gritó entonces: « ¡Tiro de eficacia!» . John
Hightower, teniente coronel del 123.o, escribió: « Todos dispararon sobre el
objetivo. Entonces Charles hizo que concentrasen los fuegos una vez más, y luego
otra, para después señalar: “Perfecto: gracias en nombre de la infantería y en el
mío propio”» . Los alemanes huy eron en dirección a los bosques por los que
habían llegado, y cuando se reagruparon y renovaron el ataque, volvieron a
correr una suerte idéntica.
Muchos de los oficiales norteamericanos que lucharon en el campo de batalla
mantuvieron la cabeza más fría que quienes ocupaban puestos más elevados. « El
cuartel general sigue siendo una casa de locos —afirmó Hansen, integrante del
12.o grupo de ejércitos de Bradley, el 20 de diciembre—. Hay demasiada gente
que no deja de entrar y salir a la carrera, y los teléfonos no callan. El tráfico
también está congestionado, a causa de las divisiones nuevas que acuden a
respaldar nuestros empeños… al menos, han contribuido a apaciguar las voces de
alarma que se levantaron ay er» . Cuando los oficiales de las unidades de refuerzo
solicitaban información a los distintos cuarteles generales, recibían siempre la
misma respuesta: « La situación del frente es muy cambiante» . Los conductores
de los carros de combate aliados que avanzaban en columna durante la noche en
dirección a los lugares en que se estaba librando batalla habían de afanarse por
seguir la carretera en medio de la nieve y el hielo, y sin más luz que la poca que
ofrecían sus faros camuflados y el diminuto reflector que llevaba en la parte
trasera el vehículo de delante. Envuelto por el incesante estrépito del motor de su
Sherman, Joseph Couri, teniente adscrito al 743.o batallón acorazado, observaba
las bengalas que ascendían a lo lejos y el fulgor que desprendía la cola de los
cohetes V-l alemanes dirigidos a Lieja. « Tenía los ojos rojos, hinchados e
irritados de la suciedad y el polvo a que estábamos expuestos quienes
avanzábamos a la zaga de otro tanque, pegados a él, con la torreta abierta y sin
sentarnos durante el tray ecto» . Bregar con un carro blindado en pleno invierno
era casi tan arduo como vivir en un pozo de tirador. La entrada de aire del
Sherman hacía que en la torreta se creara siempre una corriente gélida, para
desdicha del comandante y el artillero. Los periscopios se cubrían de escarcha, y
la condensación propiciaba que se formasen carámbanos en el interior del
vehículo. Arrancar se convertía, a menudo, en toda una hazaña, y la dotación
debía servirse de generadores a fin de mantener cargada la batería cuando el
motor estaba parado. Los soldados de a pie más aprensivos agradecían el apoy o
que les brindaban los vehículos, aunque se quejaban del ruido que generaban,
pues, según temían, podía delatar su posición ante los fuegos del enemigo.

La mañana del 19 de diciembre, la Panzer-Lehr avanzó hasta quedar a tres
kilómetros del vital cruce de carreteras de Bastogne, en el lado meridional del
internamiento alemán, o bulge (« protuberancia» ), nombre con que comenzaban
y a a conocerlo los aliados y que se ha empleado desde entonces para designar la
batalla de las Ardenas en el mundo anglosajón. Pocas horas antes, la 101.a
aerotransportada había llegado a la ciudad tras salvar, en un resuelto avance
nocturno, los ciento sesenta kilómetros que la separaban de su campamento de
Reims. Muchos de sus soldados carecían de prendas apropiadas para aquella
época del año, así como de armamento y munición. Mientras marchaban en
formación hacia el frente, fueron agenciándose armas de los abatidos fugitivos o
de las unidades dañadas que retrocedían hasta Bastogne procedentes del frente
antiguo. La 101.a apenas disponía del material y el número de soldados
necesarios para cerrar el paso a la Panzer-Lehr, aunque no le faltaban agallas
para hacerlo. Poco le quedaba a la unidad alemana de la grandeza de que había
gozado antes del desembarco de Normandía; aunque no por ello dejaba de
suponer una amenaza considerable frente a las armas ligeras de los paracaidistas.
El general de brigada Anthony McAuliffe, al mando de la 101.a, tenía la suerte
de contar con el respaldo de unos cuarenta carros de combate y el 705.o batallón
de destructores de tanques.
El comandante William Desobry, que se hallaba al frente de unos quince
vehículos Sherman de la 10.a división acorazada en Noville, al noreste de
Bastogne, no paraba de encontrarse con rezagados « que nos referían historias
terribles acerca de cómo habían arrasado a sus unidades» . A todos los trataba de
persuadir para que se uniesen a su grupo y reforzar así la defensa, « aunque se
hallaban en semejante estado físico y mental que habrían sido más una carga
que una ay uda» . En consecuencia, dejaba a aquellos soldados tambaleantes que
siguiesen su camino hacia la retaguardia. Una de las unidades que organizó, de
ingenieros de combate, se convirtió, de hecho, en un verdadero estorbo: « No
eran eficaces, simplemente» . No puede decirse lo mismo de un pelotón de
infantería blindada de la 9.a acorazada, que le fue de más utilidad.
A las 4.00 horas del 20 de diciembre, Desobry oy ó disparos procedentes de la
carretera, y no dudó en salir y permanecer atento cerca de la iglesia de Noville.
Los soldados de su puesto avanzado retrocedieron en dirección a la ciudad,
encabezados por un suboficial al que habían herido en la boca, quien informó de
que había de camino vehículos semioruga alemanes. En un principio, él y los
demás habían pensado, al oír los motores de éstos, que se trataría de tropas
estadounidenses en retirada, y no se desengañaron hasta que los ocupantes
hicieron fuego al llegar casi a donde estaban ellos. Entonces se hizo el silencio en
Noville, y los estadounidenses quedaron a la espera, cargados de aprensión y con
las armas preparadas. Poco después, por entre la espesa niebla del amanecer les
llegó el estrépito de las orugas, y Desobry pensó: « ¡Vay a! Pues sí que hay
alguien ahí» . El y sus hombres rompieron el fuego en cuanto vieron aparecer a
las primeras unidades de la 2.a división blindada de Von Manteuffel, y lograron
alcanzar los dos vehículos que iban en cabeza. Cuando los alemanes se detuvieron
y comenzaron a desplegarse, Desobry envió a un grupo de ingenieros para que
colocasen cargas en los semioruga del enemigo que habían quedado fuera de
combate, para asegurarse así de que se quedarían donde estaban, bloqueando la
carretera. Además, llegó de Bastogne una unidad de destructores de tanques con
objeto de reforzar la defensa.
Los alemanes habían ocupado una serie de crestas desde las que se dominaba
Noville, y desde allí comenzaron a hostigar con intensos fuegos la pequeña
población. Desobry consideró esencial reconquistar aquellas posiciones elevadas.
Entonces llegó el batallón 506.o de la 101.a aerotransportada y se dispuso a
atacar. Algunos de sus hombres seguían tratando de obtener, mediante ruegos, las
armas de quienes allí se encontraban aun en el momento mismo de desplegarse.
En el preciso instante en que los soldados de la división comenzaron a avanzar, lo
hicieron también los alemanes, tras lo cual ambos bandos protagonizaron dos
horas de furioso combate. A Desobry le resultó imposible zafarse de cierta
sensación de irrealidad cuando vio a los primeros prisioneros alemanes que se
dirigían a la retaguardia. « Aquellos tipos tenían un aspecto de lo más divertido» .
Cuando uno de ellos hizo el saludo hitleriano, no pudo menos de pensar: « Esto
está empezando a parecerse a una película de Chaplin» .
Los estadounidenses carecían del poderío necesario para conquistar terreno
frente al Schwerpunkt de una división blindada alemana —es decir, el punto en
que se concentraban todas las fuerzas de la unidad—. En consecuencia, las tropas
aerotransportadas abandonaron el ataque a la colina. « Nos dijimos: “Muy bien:
buen intento; pero ahora, mejor nos replegamos hacia la ciudad”» . No bien
comenzaron a reorganizarse los paracaidistas cuando entró en Noville un
vehículo de mantenimiento norteamericano y se detuvo ante el puesto de mando
de Desobry. Los alemanes, al verlo, recurrieron a su artillería, que hizo fuego con
dolorosa precisión y provocó diversas víctimas entre los defensores. El propio
Desobry recibió heridas en las manos provocadas por fragmentos de proy ectil.
Los soldados de la infantería blindada alemana detuvieron el todo-terreno
destinado a la evacuación de heridos en que los llevaban a la retaguardia, y al ver
a los hombres que y acían en las camillas, le hicieron señas para que prosiguiese
la marcha. Pero el conductor erró el camino, y Desobry fue el único de los
cuatro heridos a los que transportaba que llegó con vida a un hospital de
campaña, convertido, eso sí, en prisionero del enemigo. Al día siguiente, 20 de
diciembre, la 101.a efectuó un contraataque que permitió a los estadounidenses
que se habían visto rodeados en Noville retirarse hasta el perímetro de Bastogne.
Con todo, la sólida defensa de aquella modesta población había logrado imponer
un inestimable retraso de veinticuatro horas al avance de la 2.a de Panzer.
La resistencia de la aerotransportada en Bastogne se convirtió en una de las
ley endas norteamericanas de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, se
han prodigado elogios a los logros de aquellas Screaming Eagles, si bien se ha
dicho mucho menos de la mezcolanza de rezagados y supervivientes de unidades
de toda clase que hubieron de participar —conforme o no a su voluntad— en el
sitio que sufrió la ciudad durante ocho días. La primera vez que oy ó hablar de
Bastogne el sargento Charles Skelnar, panadero de Omaha (Nebraska), que se
hallaba, en calidad de cocinero, al servicio del 482.o regimiento antiaéreo, fue
mientras estaba adscrito al manejo de una ametralladora de 12,7 mm instalada
en el camión de cocina de su unidad, en la carretera de Longvilly, aterrorizado en
medio de aquel « caos absoluto» . Hasta el 16 de diciembre, él y los de su unidad
apenas habían oído un solo disparo efectuado en serio, cuando, de súbito,
recibieron orden de abandonar los vehículos semioruga y retroceder hacia
Bastogne. Casi la mitad de su batería hizo lo que le mandaban, en tanto que el
resto se perdió en aquella carretera.
El doctor Henry Hills pertenecía a uno de los seis equipos quirúrgicos de
campaña que desembarcaron en planeador en las afueras de Bastogne el 26 de
diciembre con la misión de aliviar la escasez desesperada de asistencia médica
en el campo de batalla. Tres de los cirujanos murieron, víctimas del fuego
alemán, antes de poder poner siquiera un pie en el suelo. Todos los aparatos que
transportaban al personal sanitario fueron derribados. En el preciso instante en
que se estrellaron, los médicos salieron de entre los restos y echaron a correr en
dirección a la ciudad. Una vez allí, los llevaron a un garaje.
En cuanto abrimos la puerta para entrar, pudimos percibir el olor a
gangrena. Había mujeres que trataban de ayudar a los heridos, dándoles
agua y demás. Morían como moscas. Llevaban allí diez días, sin más luz
que la que llegaba del extremo más alejado de la nave, donde los
mecánicos llevaban a cabo sus reparaciones. Había un hornillo de
campaña con café y cuatro mesas (camillas apoyadas en caballetes).
Después de una operación, echábamos todo el instrumental en una tina
enorme llena de alcohol. Huelga decir que no teníamos batas ni
mascarillas. En la planta baja del garaje había cuatrocientos heridos
graves, y en la alta, otros tantos que podían caminar. De estos últimos ni
nos preocupábamos.
Apenas habían podido salvar más de tres litros de plasma sanguíneo de entre
los restos de los planeadores, y si bien tenían sulfamida, no disponían de una sola
gota de penicilina. Mientras estaban trabajando, entró un coronel de infantería
para anunciarles que había recibido varias quejas derivadas del elevado número
de amputaciones.
—Dan por hecho que están ustedes mutilando a demasiados.
—Cierto —asintió Hills—, pero nunca sin necesidad.
—Pues yo —repuso el coronel— no estoy seguro de que sea así.
El cirujano tomó uno de los miembros eliminados y se lo ofreció a modo de
justificación. Pálido, el coronel dio media vuelta y se marchó sin más palabras.
Cincuenta horas después de su llegada, relevaron a los médicos. El último
caso que atendió Hills fue el de una fractura compuesta de antebrazo de escasa
relevancia. Como quiera que los anestesistas estaban ocupados, se vio obligado a
enseñar a un cocinero a iny ectar de forma continua el pentotal contenido en una
jeringuilla. Concluida la intervención, el improvisado ay udante declaró: « Bueno,
pues y a puedo decir que lo he hecho todo en este ejército» .
Los alemanes dejaron Bastogne rodeada y siguieron avanzando hasta llegar
más allá de Saint-Hubert, a sólo treinta kilómetros del Mosa. Sin embargo, a los
carros blindados se les hizo difícil sacar provecho a su avance con la 101.a a las
espaldas. Para Von Manteuffel, uno de los errores más graves cometidos por
Alemania durante aquella campaña fue el de dejar que la Panzer-Lehr se
encargase de dicha población y hacer que la 2.a acorazada prosiguiera la
marcha sin su apoy o, toda vez que, por separado, ambas divisiones eran
demasiado débiles para llevar a cabo la labor que se les había asignado.
Entre tanto, en el flanco septentrional, la 12.a de Panzer de la SS lanzó contra
las posiciones del 226.o de infantería, al norte de Bullingen, el may or ataque que
hubiese efectuado hasta entonces. El 21 de diciembre, sus cañones y morteros
rompieron el fuego mucho antes del alba. Sus ingenieros, por otra parte, habían
minado la carretera que desembocaba en el punto en que se hallaban apostadas
las tropas del coronel Daniel. Éste pidió a la artillería que crease un « anillo de
acero» para respaldar a sus soldados de a pie, y recibió como respuesta el apoy o
de doce batallones de obuses de 105 mm, procedentes de tres divisiones distintas.
Los estadounidenses quedaron pasmados ante el valor temerario que impulsaba a
la infantería alemana hacia donde se encontraban ellos. No había nada que
hacer: la artillería la arrasó en medio de una tempestad de explosiones, humo y
terrones que volaban por los aires. El cabo Henry F. Warner se convirtió en uno
de los héroes norteamericanos de aquella batalla al disparar un cañón anticarro
de 57 mm hasta caer herido de muerte por causa de una ráfaga de ametralladora
proveniente de un Mark IV que él mismo había puesto fuera de combate. Los
carros alemanes lograron abrir una brecha no muy extensa en el flanco derecho

del 226.o, y comenzaron a aplastar a los fusileros que había apostados en los
diversos pozos de tirador, hasta que salió a la palestra un destructor de tanques y
acabó, sucesivamente, con siete de ellos. Aún quedaban cinco para continuar el
ataque, pero dos de ellos fueron derribados por sendos vehículos Sherman que, a
su vez, cay eron presas del fuego alemán.
Los alemanes que quedaban con vida hicieron fuego contra la casa señorial
que servía de puesto de mando a Daniel. Sin embargo, en el preciso instante en
que su situación comenzaba a parecer desesperada, se presentó un pelotón de
cañones autopropulsados de 90 mm. Ocultos tras una cortina de humo, sus
integrantes alcanzaron a dos de los Panzer e hicieron huir al único que quedaba
entero. Los alemanes habían perdido a varios centenares de soldados, unos
cuarenta y siete vehículos blindados y cañones autopropulsados, en tanto que las
bajas estadounidenses ascendían a doscientos cincuenta hombres. Las fuerzas al
mando del coronel Daniel se hallaban, por entonces, tan debilitadas que hicieron
que se preguntara si no sería más prudente retirarse. Con todo, la llegada de una
nueva compañía de refuerzo lo persuadió de que podría seguir resistiendo. Y a
juzgar por la extenuación de los alemanes, hay que concluir que no andaba
errado. El 226.o había protagonizado una de las memorables hazañas que
decidieron el resultado de la batalla. Tal fue la actuación del regimiento que hizo
que el comandante de la 12.a acorazada de, la SS describiera el 21 de diciembre
como « el peor día de mi vida» . A instancias de Hitler, los soldados de « Sepp»
Dietrich siguieron avanzando y acometieron contra la colina de Elsenborn,
durante cuatro días más. Sin embargo, el momento decisivo había pasado, y
Model hubo de reconocer que si quedaba posibilidad alguna de penetrar en las
líneas del enemigo tendría que ser en el sector del 5.o ejército blindado, al sur, y
no en el del 6.o de Panzer de la SS, al norte.
El 20 de diciembre, y a despecho de las coléricas protestas de Bradley,
Eisenhower otorgó a Montgomery el mando de todo el flanco septentrional de las
tropas desplegadas en las Ardenas. Tal decisión, que lo puso al frente de buena
parte del l.er ejército de Hodges y del 9.o de Simpson, fue uno de los actos de
sensatez que demostraron que el comandante supremo era digno de la autoridad
que ostentaba. Montgomery, tal como y a se ha observado, era objeto de
animadversión entre los generales norteamericanos, y habría sido comprensible
que Eisenhower hubiese estimado más oportuno no ponerlo a acaudillar tropas de
Estados Unidos. Sin embargo, en aquel trance mostró sus aptitudes de hombre de
Estado, y recibió como recompensa una actuación en extremo competente por
parte del inglés. Una vez que los alemanes reanudaron sus comunicaciones por
radio, el personal de Bletchley Park se encontró con todo un aluvión de mensajes
cifrados que descodificar en lo tocante a los despliegues e intenciones del
enemigo. En consecuencia, el mariscal de campo británico gozaba de una
posición aventajada de la que carecían los estadounidenses durante los primeros
días. En cambio, otros generales que tenían el mismo acceso que él a los datos
obtenidos por los servicios de información seguían sumidos en el desconcierto a
causa de la arremetida alemana. Cuando en el cuartel general del l.er ejército
había cundido la confusión, si no el pánico, aquel zorruno mariscal de campo de
escasa estatura supo mantener la calma y volver a distribuir, con gran frialdad,
las fuerzas británicas y estadounidenses para crear un sólido frente septentrional
con el que resistir los embates de Alemania.
El XXX cuerpo del Ejército del Reino Unido, desplegado en Dinant, recibió
orden de acudir a bloquear el tramo final del Mosa. Apenas se le pidió que
combatiese, toda vez que la de las Ardenas era una batalla estadounidense. Sin
embargo, Montgomery supo dar muestras de la cualidad más valiosa que pueda
poseer un jefe militar ante una situación como aquélla: un puño firme. Muchos
de los norteamericanos que tanto lo detestaban no pudieron menos de loar su
aportación a la defensa ante el ataque invernal efectuado por Alemania. Cuando
William Harrison, general de brigada de la 30.a división, conoció al hombre que
comandaba el 21.er grupo de ejércitos, pensó: « Hete aquí un tipo que sabe lo que
se hace» . Von Manteuffel, por su parte, aseguró más tarde que la respuesta
aliada a la ofensiva de las Ardenas estuvo mucho mejor coordinada que la propia
operación alemana.
Con todo, ni siquiera en este brete logró el mariscal de campo inglés
comportarse con educación. Y así, durante una reunión celebrada con Hodges —
al mando del l.er ejército— y Simpson —al frente del 9.o— alrededor del mapa
desplegado sobre el capó del Humber de su estado may or, en lugar de invitar a
los dos generales norteamericanos a ponerlo al corriente de la situación en que se
hallaba el campo de batalla, se dirigió a su joven oficial de enlace británico, el
comandante Carol Mather, y le preguntó: « ¿Qué es lo que hemos de hacer?» .
« Nuestros amigos estadounidenses… se mostraron muy turbados —escribió el
oficial—. Aquél fue un gesto poco afortunado» . Nigel Hamilton, biógrafo oficial
de Montgomery, describió cómo trataba éste a Hodges: « Gustaba de humillar al
más tímido… de los generales estadounidenses cuando éste cay ó en desgracia» .
Bill Simpson, por suerte, parecía imperturbable ante el proceder desconsiderado
de Montgomery. El comandante del 9.o ejército, hombre enjuto y desgarbado sin
demasiadas pretensiones, había sido compañero de Patton en West Point, donde
se había graduado siendo el penúltimo de su promoción. Era hijo de un ranchero
texano que había recibido varias medallas en la Primera Guerra Mundial, y
demostró ser uno de los oficiales norteamericanos más agradables y
competentes de cuantos se hallaban combatiendo en Europa. Entre sus virtudes
destacaban las inestimables paciencia y afabilidad que manifestaba para con los
británicos, en general, y para con Montgomery, en particular, y que bien
merecieron una respuesta más generosa que la que se les brindó.
Desde el principio de la batalla, se hizo evidente que Montgomery pretendía
aprovechar la crisis para abundar en su célebre causa en favor del
nombramiento de un comandante general aliado en el campo de batalla. El
mismo día que recibió de Eisenhower el mando del flanco derecho del
internamiento alemán, Brooke se sintió en la obligación de enviarle una
extenuante carta en la que le instaba, sin ambages, a renunciar a sus quimeras
relativas al mando de los ejércitos angloamericanos. « A mi juicio —rezaba—,
debería usted tener cuidado con lo que dice al propio Eisenhower sobre este
asunto… más aún cuando, en estos momentos, lo más probable es que esté muy
preocupado acerca de la situación general» . Al día siguiente, Brooke persistió en
la misma idea: « Permita que le haga una advertencia: los acontecimientos y la
acción del enemigo han obligado a Eisenhower a establecer un sistema de mando
más satisfactorio… Es de vital importancia que no se le pase por las mientes dar
en la cara con este desafortunado hecho a nadie del SHAEF. Cualquier
comentario de su parte está abocado a llegar, más tarde o más temprano, a oídos
de Eisenhower» .
El principio de la batalla de las Ardenas tuvo lugar en un momento en que el
entusiasmo norteamericano por sus aliados británicos estaba en franca
decadencia. James By rnes, director de la Oficina de Movilización Bélica, que en
ocasiones era conocido como el « presidente adjunto» de Roosevelt, señaló que,
aún con anterioridad a los sucesos de mediados de diciembre, los generales
estadounidenses se habían quejado de la « pasividad» del 21.er grupo de
ejércitos de Montgomery. Desde Estados Unidos arreciaban furiosas críticas a la
actuación del Reino Unido frente a los comunistas en Grecia, intervención que se
consideraba reflejo no sólo del imperialismo churchilliano, sino también de una
clara voluntad de imponerlo mediante el desvío de tropas británicas del campo de
batalla de la Europa occidental y el consecuente incremento de la carga que
habían de soportar los estadounidenses. Roosevelt hizo saber a Stimson que estaba
« harto» de los británicos. « Bajo la superficie de las relaciones establecidas
entre los aliados que están combatiendo en esta guerra suby ace algo muy
semejante a una crisis —escribió el columnista Marquis Childs en The Washington
Post el 8 de diciembre de 1944—… Estoy convencido de que la may oría de los
norteamericanos que reflexionan acerca de estas cuestiones estarán preocupados
en lo más hondo por el giro que han dado los acontecimientos en la Europa
ocupada» . Barry, diputado por Nueva York, dijo en el Congreso: « Los
estadounidenses no hemos sufrido más de medio millón de víctimas para que
Europa acabe repartida entre el Reino Unido y la Unión Soviética» . El
Manchester Guardian, por su parte, se quedó corto cuando aseguró: « Las
relaciones angloamericanas parecen poco prósperas hoy por hoy » . Y el
traumático asalto alemán a las Ardenas, que fue a sumarse a las tensiones
existentes, no constituy ó, precisamente, el mejor momento para que un mando
británico provocase a Estados Unidos.
Con todo, el 22 de diciembre, el mariscal de campo escribió a Brooke en
términos que no dejaban lugar a dudas sobre la delirante arrogancia que no
tardaría en exponer en público: « Creo que estoy viendo salir el sol en el frente
occidental, ahora que hemos acabado con el desorden y organizado de modo
conveniente dos ejércitos norteamericanos. Con todo, el camino que queda por
delante está sembrado de escollos, y no veo motivo alguno para el optimismo que
parece albergar “Ike”. Von Rundstedt está luchando bien» . Al día siguiente,
comunicó: « No creo que el 3.er ejército estadounidense sea lo bastante fuerte
para hacer lo que necesitamos que haga. Si mis predicciones no van mal
encaminadas, voy a tener que bregar sin ay uda con los ejércitos 5.o y 6.o de
Panzer. Creo que podré arreglármelas, aunque va a ser toda una juerga» .
Patton había aceptado el cometido de restablecer el frente meridional de la
penetración alemana, y la eficacia con que lo desempeñó, merced a una resuelta
labor conjunta con su estado may or, lo hizo digno de la admiración de la historia.
La hazaña consistió en hacer girar noventa grados a tres divisiones del 3.er
ejército en setenta y dos horas con objeto de emprender con ellas un decidido
avance en dirección a Bastogne y las tierras que se extendían tras este municipio
belga. Montgomery, en consecuencia, no tuvo que « bregar sin ay uda» con los
ejércitos acorazados alemanes, tal como, de hecho, había parecido evidente
desde un principio. Llegado el 22 de diciembre, se había y a resuelto el aprieto en
que se habían visto los aliados por causa de la ofensiva de las Ardenas, si bien aún
quedaban muchos combates de importancia que encarar. El mariscal de campo
dio muestras de una profesionalidad admirable al reorganizar el frente
septentrional, aunque no hizo —ni haría en adelante— nada sobre el campo de
batalla que pudiera calificarse de brillante.
Además, su retórica lo privó incluso de la gratitud de quienes, en otras
circunstancias, no habrían dudado en expresársela. Los términos en que, el 28 de
diciembre, informó a Brooke de una reunión mantenida con Eisenhower dan idea
de su engreimiento:
Le hice saber que tal vez le resultaría difícil justificar los verdaderos
motivos de la «trompada» que acababan de propinarle los alemanes, pero
que aquello no sería nada comparado con la dificultad que le supondría
justificar un nuevo fracaso en el avance hacia el Rin… [Eisenhower] hubo
de adoptar una indudable actitud de humildad, y se dio cuenta, a ojos
vistas, de que no nos habríamos visto en este trance si hubiese aceptado el

consejo de los británicos y no el de los generales estadounidenses.
Aun después de superar la crisis provocada por el inicio de la batalla, algunas
unidades norteamericanas siguieron sufriendo daños considerables debido a los
embates, furiosos aunque frustrados, de los alemanes. « Nuestro grupo se vino
abajo» , reconoció con franqueza John Capano, soldado raso del 120.o de
infantería de la 30.a división. Las primeras noticias que tuvieron del avance
alemán les llegaron de boca de las civiles belgas, que se introdujeron, a primera
hora del 21 de diciembre, en las posiciones que ocupaban cerca de la carretera
de Lingueville a Malmedy para anunciarles, con locuacidad que el enemigo se
hallaba a poca distancia. « Cuando comenzaron los problemas, ni siquiera
teníamos trincheras cavadas. De repente, nos vimos en medio de un bombardeo
de la Luftwaffe. Y eso que nos habían dicho que estaba acabada. Cuando oímos
tanques, echamos a correr en busca de un lugar en que refugiarnos, aunque no
sabíamos adónde ir. Nos pusimos a disparar por entre los árboles, dando por
hecho que debíamos hacer el may or ruido posible. Pensamos: “Alguien la ha
fastidiado”. Los de los carros resultaron ser de los nuestros; así que no dudamos
en subirnos a los vehículos» . En realidad, hay que decir que, pese a haber
quedado muy maltrecho tras su encuentro con la 150.a brigada de Panzer —
encabezada por algunos de los soldados de Otto Skorzeny, que llevaban uniformes
y carros de combate estadounidenses—, el 120.o regimiento logró reorganizarse
más tarde.
Al teniente William Devitt, integrante del 330.o de infantería, lo alcanzaron,
cierta noche, fragmentos de mortero que derribaron al cabo primero de su
pelotón. « Mi primera reacción fue asustarme —recuerda—: Tenía miedo a
morir. Junto con este temor, acudió a mi mente una plegaria, algo así como:
“¡Dios mío, ay údame!”. Sin embargo, al mismo tiempo comencé a decirme:
“Cálmate y busca ay uda”» . Más dueño de sí mismo, pidió auxilio médico. El
enfermero que acudió a su llamada le comunicó, en tono de disculpa, que había
perdido la linterna. Con todo, antes de que hubiesen transcurrido diez minutos se
hallaba en una camilla, camino de la retaguardia, con las manos y el abdomen
vendados. Pocos días después, se encontró en un hospital galés, compartiendo
habitación con un joven oficial con la pierna mutilada. « Ya me importa todo un
bledo —le aseguró éste—. ¿Cómo voy a jugar ahora al tenis? En casa me estaba
esperando una beca deportiva de la Universidad Cristiana de Texas. No quiero
vivir así» . El muchacho vio cumplido su deseo, pues no tardó en morir de
septicemia. Y Devitt, que un mes antes estaba deseando entrar en combate, no
tenía palabras para agradecer que la guerra hubiese acabado para él.
Al comandante Hal McCown, al mando del 119.o de infantería de la 30.a
división, lo hicieron preso el 21 de diciembre, mientras recorría las posiciones de
retaguardia, junto con un operador de radio y un sanitario. Lo llevaron ante
Joachim Peiper, con quien conversó a través de un intérprete que había pasado
dieciséis años en Chicago. « La moral de los alemanes no había decaído —
aseveraría más tarde—, a pesar de lo extremadamente difícil de su situación» .
Estuvo charlando con el coronel de la SS buena parte de aquella noche. « Pocas
personas me han impresionado tanto en un espacio tan breve de tiempo como
aquel oficial alemán. No le cabía la menor duda de que su ejército podía azotar a
los aliados» . Peiper se dejó llevar por el entusiasmo al hablar con el
estadounidense de la V-2, los nuevos submarinos, las divisiones recién
constituidas… Durante los dos días siguientes, los alrededores de su cuartel
general fueron objeto de un intenso bombardeo por parte de la artillería de
Estados Unidos, que acabó con la vida de un prisionero norteamericano y un
centinela. La tarde del día 23, el oficial de la SS volvió a requerir la presencia de
McCown. Según le comunicó, sus carros blindados se habían quedado sin
carburante; en consecuencia, tenía intención de retirarse a pie y dejar atrás a los
prisioneros heridos, aunque pensaba llevarse consigo al comandante. A la
madrugada siguiente, en silencio, se internaron en los bosques ochocientos
alemanes. Dos horas más tarde, los fugitivos oy eron las primeras explosiones
provocadas por las cargas que habían colocado en los vehículos que acababan de
abandonar. El día siguiente lo dedicaron a buscar una ruta de escape, tras topar
con un puesto de centinelas norteamericanos. Peiper desapareció con su estado
may or, y el resto de alemanes prosiguió la marcha, transportando a sus propios
heridos, hasta que, por la noche, la columna se dio de bruces con las posiciones
estadounidenses. Durante la escaramuza que se dio a continuación, el
comandante McCown se las compuso para escapar, regresar a su bando y poner
a los soldados de la 82.a aerotransportada al corriente de lo que le había sucedido.
El cielo se despejó el 23 de diciembre.
El campo de batalla presentaba una belleza de otro mundo para quienes
podían solazarse en su contemplación —escribió el corresponsal de guerra danés
Alan Moorehead—. Cuando uno pasaba en coche al lado de los canales helados y
los niños que se deslizaban en las alturas de las Ardenas, el sol se manifestaba y
lo convertía todo en un escenario iluminado por un foco: kilómetros y más
kilómetros de campos de nieve vírgenes bajo la lámpara clara y glacial del sol
invernal. Con sólo dar la espalda a los pueblos en ruinas y olvidar la guerra por un
instante, uno podía imaginarse solo en aquel mundo radiante en el que todo se
había reducido a azules y blancos primarios: el estridente blanco centelleante que
se extendía entre los árboles helados, el azul intenso de las sombras del valle y el
impecable azul hielo del cielo.
Para los defensores aliados que levantaban la mirada al cielo, lo
verdaderamente poético de la situación era el hecho de que las fuerzas aéreas
pudiesen entrar en combate. Sobre Bastogne comenzaron a descender paracaídas
con provisiones, y, por fin, el campo de batalla se llenó de cazabombarderos. En
Saint-Vith, el teniente Rolf-Helmut Schröder observaba las consecuencias que
habían provocado los primeros ataques en su mermada unidad del 18.o de
Volksgrenadier, mientras pensaba abatido: « Esto no va a ser nada fácil» . En
calidad de veterano del frente oriental, Schröder no había presenciado nunca una
incursión aérea de envergadura. El oficial al que estaba subordinado había sido
herido, por lo que él y sus hombres hubieron de retirarse bajo las órdenes de un
coronel recién llegado de Noruega que, según pudo comprobar, consternado,
vestía una guerrera huérfana de toda condecoración bélica. Sus peores sospechas
se vieron confirmadas durante un contraataque estadounidense, cuando el
coronel se excusó diciendo: « Schröder, me temo que el pie me está dando
demasiada guerra» . Se equivoca, de medio a medio, quien da por sentado que la
Wehrmacht estaba capitaneada sólo por hombres valerosos.
Estados Unidos fue recuperando su potestad sobre el campo de batalla de un
modo lento pero sólido. Los carros de combate alemanes alcanzaron el punto
más alejado de su avance, a más de noventa kilómetros de la línea de partida y a
pocos del Mosa, el día 24 de diciembre. El impulso de los Panzer se detuvo
cuando la may oría de sus unidades quedó sin combustible y fue víctima de la
aviación y los fuegos concentrados de la artillería. El talento de que daban
muestras los estadounidenses en lo tocante a la movilidad y a había permitido a
los defensores doblar el número de soldados de infantería y triplicar el de
vehículos acorazados en el sector acosado. Vista sobre un mapa, la ofensiva
resultaba alarmante, aunque a esas alturas y a no suponía amenaza estratégica
alguna. « El hecho de que los hunos hay an asomado el cuello —había escrito
Tedder, integrante del estado may or del SHAEF, en una fecha tan temprana
como la del 22 de diciembre— es lo mejor que podría haber sucedido si lo que
queremos es adelantar cuanto antes el fin de todo esto. Puede suponer meses de
diferencia» . El tiempo estuvo siempre del lado de los aliados, y en contra de los
alemanes. Los ejércitos de Hitler habían perdido la carrera.
Matthew Ridgway, al mando del XVII cuerpo aerotransportado, se hallaba
ausente en Inglaterra cuando estalló el asalto alemán. Gavin, comandante de la
82.a, supo suplir su ausencia de un modo excelente durante los primeros días, tras
los cuales, y una vez llegado el jefe de cuerpo, regresó al frente de su propia
división. La solidez de su personalidad se hace patente en cada una de las líneas
de su correspondencia, así como en sus conversaciones. No deja de llamar la
atención el comentario que hizo a los adalides de su unidad en Nochebuena, en un
momento en que eran varios los oficiales de may or graduación que se habían
dejado dominar por el pánico: « La situación es normal y del todo satisfactoria.
El enemigo se ha servido de todas sus reservas móviles: ésta será la última
ofensiva de consideración que lance en lo que queda de guerra. Nuestro V
cuerpo frustraría sus planes, y luego, lo atacará y lo aplastará… Quiero que, con
todo lo que digan y hagan, sepan inculcar este convencimiento a sus
subordinados» . Ridgway dijo a Gavin: « Sé que sus hombres están cansados: han
hecho un trabajo magnífico, y necesitan tenerlo a su lado para que les dé ánimos.
No sé de nadie que pueda hacerlo mejor que usted. ¿Está dispuesto?» .
El caudillo del XVII aerotransportado envió, por el contrario, una carta
mordaz al oficial al mando de la 75.a división, en la que aseguraba que su
actuación había sido en todo inadecuada. « Quiero que todos sus hombres se
imbuy an de la idea de lo afortunados que son de estar aquí, en el campo de
batalla en el que va a decidirse el resultado de la guerra, y en el que pueden
contribuir a hacer que la 75.a se sitúe a la altura de las mejores divisiones de
nuestro ejército. Han de empezar a mejorar hoy mismo» .
Al menos un hombre de la unidad a la que se estaba dirigiendo Ridgway no se
sentía, precisamente, entre los « afortunados» . Era Harold Lindstrom, granjero
de Alexandria (Minnesota) de veintidós años. Este fusilero con gafas,
perteneciente a la compañía F del 289.o de infantería, llegó a Francia el 15 de
diciembre, y fue sintiéndose, desde entonces, más desdichado cada día. En
primer lugar, el sargento bravucón y respetado que había estado con su
compañía durante todo el período de instrucción cay ó víctima de la neurosis de
guerra cuando llevaba sólo seis días en el teatro bélico, antes de que pudiese oír
siquiera un disparo. Lindstrom, de hecho, se estaba curando de un constipado
febril. El capellán de la unidad, un hombre que nunca le había gustado, fue a
visitarlo, y para su propia sorpresa, se sintió agradecido al ver al religioso: « Las
cosas eran diferentes allí, y y o era todo oídos. Me aterraba el futuro, y estaba
dispuesto a aceptar toda la ay uda que pudieran ofrecerme» .
Su compañía avanzó a duras penas, aterida, fatigada y muerta de hambre y
de sed. Sus integrantes pasaron al lado de ambulancias todo-terreno cargadas de
heridos, restos de otros vehículos convertidos en amasijos de hierros y cristales
rotos, camiones con las ruedas aún en llamas… Por todos lados había material
bélico abandonado. « Resultaba espeluznante ver equipo idéntico al que y o estaba
utilizando, que había debido de pertenecer a tipos como y o… Después de ver
todo aquello, comencé a sentir un miedo atroz ante la idea de tener que
enfrentarme a los tanques alemanes, y creo que a la may oría de los demás le
sucedió lo mismo» . La compañía K, cuy as posiciones se encontraban cerca de
las suy as, fue víctima de las bombas de los P-38 estadounidenses. La mañana del
día de Navidad, el 289.o se dispuso a atacar, en formación de tres batallones en
línea, la incendiada población belga de Grandmenil. Vieron volar hacia ellos
proyectiles trazadores. En el momento en que el servidor del mortero del pelotón

 al que pertenecía Lindstrom ubicaba su tubo, un proy ectil alemán fue a rebotar
en la placa de asiento, provocando numerosas chispas. Los soldados se echaron al
suelo y estuvieron así durante horas, sin hacer un solo movimiento, mientras el
fuego de las ametralladoras alemanas recorría, de forma monótona, la línea de
un extremo a otro, con lo que provocó varios heridos. Lindstrom pudo sentir la
nieve fundirse bajo su cuerpo. Entonces cay ó la tarde, y, por fin, el jefe de
pelotón, un hombre de treinta y cinco años llamado Lavern Ivens, gritó:
« Muchachos, no podemos quedarnos aquí toda la noche esperando a que nos
alcancen. Empezad a gatear por la colina hasta llegar a aquella arboleda» .
Encantados de recibir órdenes, comenzaron a moverse con mucho tiento. Acto
seguido, oy eron un motor arrancar, una voz en alemán y risas, y volvieron a
tumbarse en silencio. Rollie Combs llamó a Roy Mitchell y le preguntó: « ¡Mitch,
Mitch! ¿En qué sentido me tumbo: mirando para ellos, o para el otro lado?» .
Alguien respondió a voz en grito: « ¡Vamos a sacar el culo de aquí antes de que
empiecen a bombardearnos!» . Poco a poco, retrocedieron, colina abajo, por
donde habían llegado. Uno de los heridos rogó a Lindstrom que le dejase el
abrigo, pero él estaba aterido y se negó, y tal actitud lo hizo sentir culpable
cuando otro de sus compañeros se prestó a ofrecérselo. « Estoy seguro de que le
habría acabado dando el mío: sólo tenía que hacerme a la idea. Supongo que tuve
que dar muy mala impresión» . Al fin alcanzaron las instalaciones de una cocina
de campaña, donde, agradecidos en extremo, se dispusieron a dar cuenta del
rancho. Aquella noche, destituy eron al oficial de su batallón.
A la mañana siguiente, se les hizo saber que debían prepararse para atacar de
nuevo. « Aquello me llevó al borde de la desesperación… Nunca había pasado
tanto miedo como la noche anterior, y parecía que iba a tener que repetir la
experiencia. Pedí a Dios que me ay udase» . El oficial de exploradores de la
compañía F solicitó voluntarios para el servicio de patrulla. En un principio, nadie
movió un dedo, aunque al final hubo algunos que dieron un paso al frente. En
cuanto empezaron a avanzar, sintieron los proy ectiles estadounidenses caer cerca
de ellos; así que rompieron filas y echaron a correr hacia la retaguardia.
Lindstrom pudo ver, horrorizado, a un soldado con un ojo colgando; otro, con las
piernas cercenadas, fumando un cigarro bajo un árbol; una bota que había
quedado derecha con un pie en su interior; un sargento que gritaba mientras lo
evacuaban dos camilleros… Al ver que el suboficial tenía el cuerpo convertido
en una masa sanguinolenta de cintura para abajo, no pudo evitar preguntarse si
habría perdido los genitales.
Después de aquello, permanecieron cuatro días metidos en sus trincheras
individuales, protegiéndose de los bombardeos. No tenían la menor idea de dónde
estaban, ni tampoco sabían que estaban participando en « la batalla de las
Ardenas» . Lindstrom escribió: « La may or parte del tiempo, la pasé acatando
órdenes simples, como las que se dan a un perro: “¡Retiraos!”, “Resistid”,
“Tomad posiciones de tiro”, “¡Agachad la cabeza!”. Y siempre estaba pensando
en el frío que hacía» . La primera vez que contempló cadáveres de alemanes, no
pudo evitar envidiarlos por descansar, al fin, en paz: « Para ellos la guerra se
había acabado. Ya jamás volverían a pasar frío» . Todos conocían bien la película
propagandística de su gobierno que protagonizaban una típica familia
estadounidense y su perro Fido, y que trataba de hacer ver a la tropa que estaba
luchando por gentes como aquélla. Y no era extraño que los soldados se dijesen
unos a otros: « Acuérdate de que estamos haciendo esto por Fido» .
El panorama que pinta Lindstrom de sus vivencias en el campo de batalla,
que tanta importancia concede a las incomodidades, el desconcierto y el miedo,
dice más a la may oría de quienes participaron en la Segunda Guerra Mundial
que los recuerdos de aquellos combatientes que recibieron el honor de una
condecoración. Si alguien hubiese dicho a aquel joven de Minnesota y sus
camaradas, mientras se hallaban parapetados en sus pozos de tirador, que sólo
por resistir en su interior, por sobrevivir, habían contribuido a que su bando saliese
victorioso de una gran batalla, habrían quedado, sin duda, atónitos. Y sin
embargo, así fue. Una vez reforzado el frente con las divisiones acorazadas 1.a y
2.a y dos unidades aerotransportadas —la flor y nata del Ejército
norteamericano—, lo único que hicieron los alemanes fue estrellarse hasta la
muerte contra las posiciones aliadas, cuando no luchar por ganar el espacio
suficiente para emprender la retirada. Los puentes que atravesaban el Ourthe
habían saltado por los aires antes de la llegada de la 116.a de Panzer. De hecho,
fueron varios los ríos que no pudieron cruzar los alemanes por la acción de las
demoliciones estadounidenses. Joachim Peiper echaba humo por culpa de « los
malditos ingenieros» . Sólo una vez que estaba muy avanzada la batalla, en el
momento en que las unidades aliadas empezaron a capturar carros de combate
alemanes en gran número, tuvieron una idea sus adalides de hasta dónde llegaba
la escasez de combustible del enemigo. Cuando el 743.er batallón blindado
estadounidense penetró en La Glieze, sus integrantes no pudieron menos de
emocionarse al encontrar treinta Tiger y Panther intactos con los depósitos
vacíos. Y si bien los tentó la idea de apoderarse de ellos, lo cierto es que los
problemas de mantenimiento parecían insalvables.
A las 16.50 del 26 de diciembre llegaron al sector de la 101.a
aerotransportada fuerzas de la 4.a división acorazada de Patton. El general de
brigada Anthony McAuliffe corrió al encuentro de sus dotaciones. Al verlo, el
capitán William A. Dwight lo saludó y le preguntó: « ¿Cómo está, general?» , a lo
que él respondió: « ¿Cómo quiere que esté? ¡Pues, encantado de verlos!» . Su
unidad había sufrido 1641 bajas; la 10.a blindada, 503, y la 4.a, 1400, cifras que
no se alejaban mucho, en proporción, de las de otras unidades. Los combates en
torno a Bastogne no habían acabado, y la conexión entre la ciudad y el principal
frente norteamericano seguía siendo precaria. Aun así, y a nadie dudaba de que
era posible mantener las posiciones.
El aprieto en que se vieron los aliados a causa del asalto alemán a las Ardenas
les hizo rastrear de forma minuciosa las zonas de retaguardia en busca de todo
aquél capaz de suplir las numerosas bajas de la infantería.
El artillero Charles Félix se desesperó cuando le comunicaron, a finales de
diciembre, que lo iban a trasladar a la infantería. Dada su condición de recluta
forzoso, había sentido un gran alivio al ver en sus papeles el sello de « Servicio
limitado» , por motivo de sus problemas de visión. En consecuencia, le había
afligido el que lo enviasen a servir en el extranjero. Al llegar a su batallón,
aprovechó la primera oportunidad que se le presentó de alegar una experiencia
que no tenía en el campo de las transmisiones, y para gran alivio suy o, se vio
destinado al puesto de mando de un batallón y no a una compañía de fusileros.
Omar Bradley gustaba de referir la anécdota de un hombre que no dejaba de
telefonear a la oficina del Stars & Stripes para solicitar noticias procedentes del
campo de batalla. Después de muchas comunicaciones, le preguntaron de parte
de qué comandante llamaba. « No estoy representando a ningún general —
respondió compungido—. Soy uno de los de la Com-Z que tienen orden de pasar
a la infantería» . En determinado momento de aquella frenética búsqueda de
refuerzos, Eisenhower pidió a Washington que pusiese a su disposición a cien mil
soldados de la infantería de marina, lo que equivalía a reconocer que estaba
desesperado. La respuesta fue negativa.
En el sector septentrional, a finales de diciembre, la 2.a división acorazada del
l.er ejército de Hodges se enfrentó a su homónima alemana justo al este de
Dinant, y destruy ó casi todos los carros de combate de Von Manteuffel que aún
no se habían quedado sin carburante. La 2.a de Panzer había comenzado la
batalla con 116 vehículos blindados y cañones de asalto, para acabarla sin apenas
uno solo. Mucho más al sur, delante del 7.o ejército de Patch, el grupo de
ejércitos alemán G lanzó una segunda ofensiva en Sarre, concebida para hacer
may or la presión a que estaban sometidos los aliados, y dificultó aún más a
Eisenhower la labor de enviar refuerzos a las Ardenas. El ataque inicial reportó a
los agresores ciertas porciones de terreno e hizo que resucitaran las esperanzas de
Hitler. Sin embargo, también este asalto acabó por vacilar y extinguirse durante
los primeros días de 1945.
El 27 de diciembre, los servicios de información del SHAEF señalaron: « El
ritmo de los empeños del enemigo ha decrecido casi hasta quedarse en nada» . El
cabo Lolo Lewis, operador de radio galés adscrito a uno de los Sherman de
Montgomery que esperaban con el XXX cuerpo a los alemanes por encima del
Mosa, contemplaba los carros del enemigo avanzar en línea prolongada, con
soldados de infantería entre un vehículo y otro. Los británicos estaban relajados y
henchidos de confianza, pues sus propios tanques se hallaban desplegados sin
número y medio ocultos, a modo de prolongación del frente norteamericano.
« Al salir el sol, supimos que los alemanes estaban acabados —recuerda Lewis
—. Cuando los Ty phoon comenzaron a atacar, era digno de ver cómo saltaban las
dotaciones de sus Panzer antes siquiera de que los alcanzasen las bombas» . El día
de Año Nuevo de 1945, la Luftwaffe llevó a cabo su última intervención de
relevancia en el frente occidental, cuando sus cazas destruy eron, en tierra, a
ciento cuarenta aviones aliados —entre los que se incluía el encargado de
trasportar al mismísimo Montgomery — durante una serie de bombardeos
emprendidos por sorpresa sobre los campos de aviación. Sin embargo, los pilotos
alemanes sufrieron un número de bajas que no podían permitirse, en tanto que a
su enemigo no le resultó difícil subsanar las pérdidas.
El 24 de diciembre, Guderian había reconocido el fracaso de la ofensiva de
las Ardenas, y desde entonces había rogado, en vano, a Hitler que permitiera que
las divisiones acorazadas se replegasen hacia el este, donde podrían hacer frente
a la acometida que, según constaba al alto mando de su ejército, estaban a punto
de efectuar los soviéticos. El Führer, sin embargo, seguía obstinado en prolongar
la batalla de las Ardenas, alentado por Jodl, que lo persuadió de que la presión
que estaban manteniendo en el frente occidental estaba logrando trastornar los
planes de ataque de los angloamericanos. De hecho, fue Jodl quien mandó lanzar
el asalto secundario a Alsacia-Lorena en aquel momento, a despecho de
Guderian, que insistía en que, a esas alturas, el frente del Vístula se había
convertido en objetivo prioritario. Hubo que esperar al 3 de enero para que el
dirigente alemán diese, a destiempo, su visto bueno a la retirada.