¿Puede Europa sobrevivir sin Estados Unidos? El escenario que ya no parece imposible ,,,
La presión de Trump para que la región asuma un mayor esfuerzo militar y tenga capacidad de defenderse por sí misma volvió a estar en el centro del debate en la OTAN
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PARÍS.– Como sucede con el cambio climático, en este caso solo los ciegos se rehúsan a aceptar la realidad. Repetida hasta el cansancio desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez en 2017, el desacople de Estados Unidos con Europa, sobre todo en el marco de la OTAN, es una posibilidad cada vez más realista. Y, cuando ese momento llegue, ¿qué sucederá con los históricos socios del lado europeo del Atlántico? Hagamos un ejercicio de prospección.
Son las seis de la mañana de un día de invierno de 2030. En las capitales europeas, los teletipos diplomáticos ya no describen el mismo mundo. Washington ha formalizado su retirada del mando integrado de la OTAN. Estados Unidos, volcado ahora por completo a su rivalidad con Pekín, ha dejado de considerar la seguridad del Viejo Continente como un asunto suyo. Lo que durante décadas fue una hipótesis teórica —una Europa abandonada a su suerte— se convierte en un hecho consumado.
Este escenario no es una fantasía gratuita. Es la prolongación, apenas amplificada, de un debate que las cancillerías europeas mantienen desde hace años sin atreverse a afrontarlo plenamente.
Para encontrar la formulación más célebre de este dilema, hay que remontarse al cambio de milenio. En su ensayo El regreso de la historia y el fin de la historia, un clásico traducido a más de 25 idiomas, el politólogo estadounidense Robert Kagan planteaba una tesis inquietante: estadounidenses y europeos ya no compartirían la misma visión del mundo porque ya no tendrían la misma visión estratégica de la fuerza. Los primeros, dotados de un poder militar abrumador, permanecerían anclados en una lectura hobbesiana, centrada en su propio interés, de las relaciones internacionales. Los segundos, protegidos por el paraguas estadounidense, se habrían instalado en una suerte de “poshistoria” kantiana donde la negociación y el derecho habrían sustituido a la disuasión. La imagen que popularizó —que los estadounidenses vendrían de Marte y los europeos de Venus— tuvo tanto éxito que acabó convirtiéndose en un lugar común del debate transatlántico.
Veinte años después, ese diagnóstico adquiere una vigencia casi clínica. Pues la tesis de Kagan contenía un corolario implícito, rara vez subrayado: esa “debilidad” venusiana de los europeos no era un rasgo de carácter civilizatorio, sino la consecuencia directa de una elección estratégica, la de no invertir lo necesario en su propia defensa porque era Estados Unidos quien se encargaba de hacerlo por ellos. Si se retira al protector, el argumento se desmorona por sí solo: lo que Kagan describía como una virtud pacifista europea resulta ser, en realidad, una mera renta de situación.
De este lado del Atlántico, otro concepto estructuró la reflexión: el de “hiperpotencia”, acuñado a finales de los años 90 por el exministro francés de Relaciones Exteriores, Hubert Védrine, para describir una dominación estadounidense, tanto militar como económica y cultural, sin precedentes históricos. En el prólogo de una obra posterior de Kagan, Védrine planteaba la pregunta que sigue sin una respuesta definitiva: ¿están los europeos preparados, algún día, para renunciar a la seguridad colectiva respaldada por Estados Unidos y construir una potencia propia, o preferirán siempre la comodidad del statu quo, aunque tengan que pagar el precio el día en que dicho statu quo desaparezca?
Es precisamente esa cuestión la que, en el invierno de 2030 de nuestro escenario, los europeos están obligados a resolver con urgencia.
El fin del paraguas estadounidense
El primer impacto que necesitará una respuesta es nuclear. Desde 1949, la disuasión extendida de Estados Unidos fue la piedra angular invisible de la seguridad europea. Ese vínculo desaparecerá con la retirada estadounidense. Quedarán dos potencias nucleares en el continente, Francia y el Reino Unido. Pero sus arsenales, diseñados para una disuasión nacional, nunca fueron calibrados para cubrir a otros 25 o más países europeos. Es cierto que Francia planteó, desde 2020, la idea de un diálogo estratégico ampliado a sus socios europeos. Pero transformar una doctrina nacional en una garantía colectiva creíble requiere décadas de construcción institucional que la urgencia de 2030 ya no permitirá desarrollar con serenidad.
El segundo vacío afectará a la inteligencia. Los servicios europeos han dependido durante mucho tiempo de la arquitectura satelital y de las capacidades de interceptación estadounidenses, a las que ningún país del continente tiene acceso directo. Sin esos datos, Europa perderá gran parte de su capacidad de alerta temprana ante movimientos de tropas, ciberamenazas o preparativos militares en sus fronteras.
El tercer vacío será diplomático. En todas las crisis importantes desde el fin de la Guerra Fría —los Balcanes, la cuestión iraní, las negociaciones climáticas—, Washington ha desempeñado el papel de director de orquesta, capaz de hacer converger posiciones europeas divergentes. Sin esa función integradora, cada capital vuelve a su propio modelo.
"París priorizará la autonomía estratégica, Berlín seguirá dividida entre su pacifismo histórico y la necesidad de rearmarse, mientras que Varsovia y las capitales bálticas exigirán una postura mucho más dura frente a Rusia. Esa fragmentación, ocultada durante mucho tiempo bajo el paraguas estadounidense, volverá a quedar al descubierto", señala el geoestratega Frédéric Encel.

Lo que distingue el escenario de 2030 de un mero ejercicio de política ficción es que prolonga un movimiento muy real, iniciado tras la invasión de Ucrania en 2022. El politólogo Samuel B. H. Faure, uno de los investigadores que documentó de forma más sistemática el concepto de autonomía estratégica europea, insiste en un punto que suele pasarse por alto en el debate público: en este proceso, la Unión Europea (UE) desempeña menos un papel de decisor central que una función de “facilitador estratégico” o de “colmador de brechas” (gap filler) al servicio de los Estados miembros y de la OTAN, mediante una serie de instrumentos presupuestarios y regulatorios, como el Fondo Europeo de Defensa, los mecanismos de apoyo a la producción de municiones o el programa SAFE, dotado de 150.000 millones de euros. Faure advierte sobre el riesgo que él denomina “archipielización”: sin una ambición política suficiente, esas herramientas podrían quedarse en meros instrumentos presupuestarios sin capacidad de intervención real, un obstáculo cuya responsabilidad recaería, ante todo, en los propios representantes de los Estados miembros.
El lento despertar de la autonomía europea
Mientras tanto, las cifras sobre el papel son impresionantes. El plan Re-arm Europe, lanzado a principios de 2025, tiene como objetivo cubrir un déficit de inversión en defensa estimado en 1 billón de euros, acumulado desde el fin de la Guerra Fría. El gasto militar aumentó un 21 % en Alemania y un 13 % en Francia entre 2025 y 2026, mientras que Alemania levantó su freno constitucional al endeudamiento para financiar un plan de inversión masivo que incluye un fondo de infraestructuras de 500.000 millones de euros. En el sector industrial, Rheinmetall y Leonardo han lanzado una empresa conjunta para mutualizar la producción de tanques, símbolo de una integración industrial todavía incipiente.

Esas cifras oficiales reflejan la magnitud de la urgencia percibida incluso en Bruselas: el comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, advirtió que la retirada de las capacidades estadounidenses podría producirse rápidamente, ya que Estados Unidos se prepara para trasladar parte de sus medios materiales a otros teatros de operaciones. Se trata de una forma de reconocer, desde el seno de las propias instituciones europeas, que el escenario de la ruptura no es en absoluto hipotético.
Sin embargo, la brecha entre la ambición declarada y la realidad operativa sigue siendo considerable. Un informe reciente de la Fundación Alternativas, dedicado a la autonomía estratégica española y europea, resume la situación con una fórmula inequívoca: la autonomía estratégica sigue siendo más una aspiración que una realidad. El mismo informe subraya que su materialización exigiría una integración política más profunda, lo que implicaría, en ocasiones, renunciar a la soberanía nacional en favor del consenso europeo; una transformación industrial y militar que sus autores consideran necesariamente lenta y costosa.
No obstante, y suponiendo que todos esos obstáculos fueran sorteados, la pregunta crucial, en ese caso, será: ¿qué país, o qué alianza, podría tomar el relevo de esa nueva OTAN? Y la respuesta es contundente: ningún Estado puede, por sí solo, reemplazar a Estados Unidos. Sin embargo, empiezan a perfilarse diversos escenarios, impulsados por una Europa en busca de autonomía estratégica.

Con el 70 % del gasto militar de la Alianza, un ejército de 1,4 millones de soldados y una superioridad tecnológica sin parangón (drones, ciberdefensa, portaaviones, misiles de largo alcance), Estados Unidos desempeña un papel único en el seno de la OTAN. Su partida dejaría un vacío abismal, tanto a nivel operativo como simbólico. De hecho, Washington ejerce el liderazgo estratégico de la Alianza, garantiza la disuasión nuclear para sus aliados europeos mediante su paraguas de protección extendido y coordina las operaciones multinacionales. Sin él, la OTAN también perdería —como está dicho más arriba— su ventaja en inteligencia (satélites, NSA) y su capacidad de proyectar un poder global, algo esencial para hacer frente a los desafíos que plantean Rusia en Europa y China en Asia.
Peor aún: Estados Unidos representa el pegamento político de la Alianza. Su retirada debilitaría la cohesión entre los 32 miembros, que ya se encuentra bajo una fuerte presión debido a las divergencias sobre los presupuestos de defensa o las respuestas ante las crisis internacionales.
“Ante ese panorama, la UE surge como la única alternativa realista, siempre y cuando logre unirse. Con 23 de sus 27 Estados miembros integrados también en la OTAN, ya cuenta con un potencial humano e industrial colosal: 1,3 millones de militares, gigantes de la defensa como Airbus, Thales o Naval Group, y dos potencias nucleares en su seno, Francia y el Reino Unido“, precisa el general Michel Yakovleff, exjefe de Estado Mayor adjunto del SHAPE (OTAN).
Sin embargo, los obstáculos son considerables. La UE carece de la cohesión necesaria: los desacuerdos entre los Estados miembros en materia de defensa persisten, como lo demuestran la lentitud en las decisiones presupuestarias o las divergencias sobre la ayuda a Ucrania. Además, a pesar de los avances, Europa sigue dependiendo de la tecnología estadounidense en ámbitos clave como los drones, la ciberdefensa o los misiles de crucero.
La Brújula Estratégica adoptada en 2022 y el Fondo Europeo de Defensa reflejan la voluntad de reducir esa dependencia. No obstante, para poder sustituir a Estados Unidos, los países de la UE tendrían que duplicar o incluso triplicar sus presupuestos de defensa —fijados actualmente en un 5 % del PBI y que prácticamente ninguna capital europea está cerca de alcanzar— y acelerar la integración de sus fuerzas armadas.

“En ese contexto, el escenario más plausible sería una combinación de fuerzas. En otras palabras, un liderazgo franco-alemán, en el que Berlín aportaría su potencia económica y militar y París su autonomía nuclear y su experiencia operativa; una UE más integrada, con un ejército europeo unificado y presupuestos de defensa drásticamente incrementados, y una OTAN reformada, con un mando compartido entre varios países y donde nuevos miembros (como Japón o Australia) podrían compensar parcialmente la retirada estadounidense", resume el general Yakovleff, agregando que la conclusión de todos estos “sin embargo” es clara: “La OTAN no puede prescindir de Estados Unidos de la noche a la mañana”.
Dos caminos para Europa
De esta acumulación de hechos se desprenden, de cara a 2030, dos trayectorias posibles.
La primera, optimista, es la de un impulso integrador: aceleración del rearme ya iniciado, puesta en común de los presupuestos de defensa, una industria armamentística continental integrada y una extensión creíble del diálogo nuclear franco-británico a todo el continente. Este es el escenario que vienen dibujando, desde hace varios años, los defensores más decididos de la autonomía estratégica.
La segunda, más sombría, es la de la parálisis: 27 capitales europeas, incapaces de ponerse de acuerdo en una cadena de mando unificada; multiplicación de acuerdos bilaterales ad hoc que debilitan la coherencia de conjunto y una mayor vulnerabilidad ante potencias dispuestas a explotar las divisiones del continente. Este es precisamente el riesgo que señala el análisis de Geopolitics.fr: entre las industrias nacionales que defienden sus perímetros históricos, las compras fuera de Europa y las divergencias doctrinales sobre el papel de la energía nuclear y de la OTAN, el proyecto de la autonomía estratégica europea se asemeja todavía a un rompecabezas en el que cada Estado intenta conservar sus propias piezas.
Robert Kagan tenía razón en un punto que, sin embargo, no pretendía demostrar: la debilidad estratégica nunca es una fatalidad cultural, sino simplemente el producto de una elección: la de no querer pagar el precio de la propia seguridad mientras otro esté dispuesto a hacerlo por usted. Hubert Védrine, por su parte, acertó al sugerir que la cuestión no se planteará eternamente en los mismos términos: llegará el día en que Europa tendrá que elegir entre depender de otros o convertirse ella misma en una potencia. Ya sea que ese día llegue una mañana de invierno de 2030, sin previo aviso, o que se vaya gestando, de forma más prosaica, cumbre presupuestaria tras cumbre presupuestaria, la pregunta sigue siendo rigurosamente la misma y todavía aguarda su respuesta.

































