Lo que no vengo a decir ,,, 4.12.25
Yo no sé durante cuánto más tiempo tendrá sentido que escribamos artículos los que los hacemos, pero me temo que es un género al que le queda poca vida. Tal vez desaparezca sólo a la vez que los periódicos, al menos los de papel impreso, pero también es posible que le llegue antes su hora, dado el número creciente de lectores que no sabe entenderlos o -lo que es aún más deprimente- no está dispuesto a entenderlos, no le da la gana de hacerlo. Entre los que no saben se cuentan cada vez más jóvenes, como ponen de manifiesto los informes PISA y demás encuestas sobre la enseñanza, según las cuales va siempre en aumento la proporción de estudiantes incapaces de comprender un texto breve, no digamos de resumirlo. Y es de suponer que, cuando dejen atrás sus estudios y ni siquiera tengan que ejercitarse ni examinarse, los comprendan aún menos, por lo que la población adulta futura será analfabeta en la práctica: sabrá leer palabras sueltas, pero no las entenderá combinadas, y sobre todo no entenderá los conceptos, los razonamientos ni las argumentaciones, ni podrá detectar una contradicción ni una incongruencia. Habrá excepciones, claro está, y serán ellas las que manejen el cotarro, porque en contra de lo que muchos jóvenes y pedagogos creen -que no sirve de nada aprender lo que no va a utilizarse profesionalmente-, quienes tengan una cabeza estructurada seguirán siendo los sobresalientes del mundo. El que sepa latín -"una pérdida de tiempo"- y matemáticas -algo "casi innecesario", con las máquinas calculadoras- sacará una ventaja insalvable a sus especializados contemporáneos.
Pero ya ahora abundan quienes no se sabe por qué leen artículos, cuando lo que buscan y hacen es convertirlos en lemas o proclamas o slogans. Los que escribimos estas piezas intentamos, en términos generales, contar, decir y explicar, razonar, argumentar, criticar, exponer una cuestión y matizarla, analizar, llamar la atención sobre aspectos de la realidad que nos parecen inadvertidos, examinar pros y contras de algún asunto, y desde luego influir, persuadir, convencer y crear dudas. Ustedes leen nuestras columnas en pocos minutos y a menudo distraídamente, y así debe ser: lo que se opina en un diario también tiene mucho de pasatiempo para el lector. Pero eso no quita para que los articulistas nos esmeremos en lo que decimos y dejamos de decir, dediquemos varias horas a componerlas y algunos hagamos un borrador o dos antes de la versión definitiva. No siempre, pero con frecuencia, uno procura afinar y no expresar las opiniones de manera gruesa ni demasiado tajante; pensamos -mal o bien- sobre las cosas, no soltamos lo primero que se nos ocurre, damos vueltas a nuestras convicciones y a veces descubrimos que hay cuestiones sobre las que es difícil tener una opinión, porque son complejas o desconcertantes: nos limitamos a exponer nuestra perplejidad y nos abstenemos, por tanto, de emitir una conclusión a la que no hemos llegado. Incluso a veces hacemos virguerías para matizar una postura o para que no se entienda algo distinto de lo que uno ha querido decir.
Cada vez hay, sin embargo, un mayor número de lectores de artículos que cogen la pieza y no leen lo que ésta dice, sino que van a la búsqueda de lo que, según ellos, viene a decir. No les interesa nada lo que hay en el texto, sino el lema o slogan que deciden "extractar" de él, y que seguramente no está en él. En el fondo éste les parece "paja", y hacen caso omiso de las salvedades, las matizaciones, las argumentaciones y los razonamientos, para resumir: "Ya, lo que viene a decir este tío es que no hay que tener ordenador ni usar e-mail". O: "... que no se deben abrir las fosas de la Guerra Civil". O: "... que las amas de casa son unas petardas". O: "... que la famosa cúpula de Barceló es una estafa y un despilfarro". O: "... que hay que ponerle la placa en el Congreso a la Sor Maravillas esa que no la conocía ni Dios". Es decir, por mucho que uno trate de no simplificar un asunto, a menudo se encuentra con que no pocos lectores se lo simplifican a uno, lo quiera o no. A veces es desesperante, se lo aseguro, por muy curtido que uno esté y aunque sepa que son gajes del oficio. Una de las principales causas de que suceda esto es la cerrilidad política: hay lectores que, si uno se aparta un ápice de lo que ellos quieren leer, lo toman ya como un agravio y lo meten a uno en el saco de "los enemigos". Otros le reprochan que no haya señalado algo que justamente sí ha señalado, lo cual siempre me deja estupefacto. Hay quienes se fijan en una sola frase que no les gusta y omiten la existencia de todas las demás, y quienes buscan como locos alguna hoja por la que coger el rábano. Y demasiados no están dispuestos ni siquiera a atender y enterarse, a sentir curiosidad por la visión de "este tío o esta tía", y, por así decir, leen sólo lo que deciden leer, esté ello escrito o no. Cada vez más gente desea únicamente reafirmarse en lo que ya piensa, o indignarse si no lo encuentra, y al pie de la letra además. Gente que se adentra en una pieza más o menos compleja para sacar de ella una conclusión simplona o falsa. ¿Qué futuro, pues, le aguarda a este modesto género? Yo me imagino que este mismo artículo de hoy será resumido por unos cuantos así: "Marías se queja de que no lo entienden". O aún peor: "Marías desprecia a sus lectores y los llama simples". En fin, pues qué se le va a hacer.
Críos nuestros ,,,
Cuando escribo esto, aún falta una semana para que el Real Madrid juegue contra el Barcelona. Hace unos años gané una porra en un diario barcelonés, aunque no me dieron nada por ello: fui el único que acertó que el Madrid perdería 0-3 ante su eterno rival, en Chamartín. No sé si este año se me solicitará otro pronóstico para el Camp Nou, pero, si así fuera, me temo que tendría que vaticinar un 5-0 a favor del Barça. Cuando ustedes lean esto el resultado ya será viejo, y nada desearía tanto como haberme equivocado. Pero mi equipo está tan desastroso, y el contrario juega tan bien últimamente, que casi ningún merengue puede escapar ahora mismo al pesimismo más absoluto. Si el Numancia y el Málaga (dos recién ascendidos) nos han metido tres goles cada uno, y el Real Unión (un Segunda B) seis en dos partidos de Copa, en realidad creo que me quedo corto con ese 5-0 por parte de Messi, Eto'o, Xavi y compañía.
Algo muy grave pasa en el Madrid, y va más allá de las actuales circunstancias. El equipo ha ganado las últimas dos Ligas, lo cual debería tener a la afición contenta y confiada, e incluso en la idea de que se ha iniciado un ciclo bueno que podría traer más títulos. Nada de esto sucede, sin embargo, y no creo que haya en la historia muchos precedentes de equipos triunfantes deprimidos y atemorizados. A los viejos madridistas nunca nos ha bastado con ganar sin más, menos aún de manera injusta o inmerecida. Chamartín es un estadio en el que se silba a los jugadores propios con el resultado a favor, si lo hacen mal, y en el que se aplaude a los rivales cuando han demostrado ser mejores (hace poco a Del Piero, antes a Ronaldinho o al Ajax al completo, hay muchos casos). Es también un lugar en el que se tiene poca paciencia con los futbolistas verdaderamente "nuestros", es decir, de la cantera, y buena prueba de ello son los mil años que le ha costado a Guti, el de mayor calidad de la plantilla, ser aceptado y considerado imprescindible. Pero a la vez es un sitio en el que se necesitan esos jugadores "nuestros". El Madrid ha combinado siempre grandes astros extranjeros con excelentes productos de la casa, y cuando éstos han sido la base del equipo ha habido un suplemento de incondicionalidad por parte de los aficionados, a los que no se engaña fácilmente: un club no es admirable porque disponga de dinero para comprar a las estrellas foráneas de turno; lo es también porque tiene ojo, porque sabe ver las posibilidades de niños y adolescentes y los cuida, los prepara y los lanza. Ahora se rememora a la Quinta del Buitre, al cumplirse veinticinco años de su aparición. Durante el tiempo en que el esqueleto del Madrid fueron Chendo, Sanchis, Martín Vázquez, Míchel y Butragueño, los madridistas los adoraron y los apoyaron más que nunca. No sólo porque fueran magníficos futbolistas y renovaran y alegraran el panorama, sino porque eran "nuestros críos" y deseábamos que triunfaran personalmente, además de para el equipo. Eso en cuanto a los adultos. Los niños se reconocían en ellos y veían posible emularlos.
En el fútbol actual se olvida demasiado a menudo el elemento de sentimentalidad que es consustancial a este deporte. Si quien es del Madrid, del Barça, del Atleti o del Bilbao no deja de serlo nunca, es en gran medida porque lleva la vida entera sintiendo que quienes saltan al campo son no "los nuestros", pero sí "nuestros", por nacimiento, formación o adopción. Y no se adopta a cualquiera venido de fuera, no es tan sencillo. En tiempos recientes nunca se sintió como "nuestros" a Figo ni a Ronaldo ni a Robinho ni casi a Beckham, ni desde luego a Mijatovic (que no se entiende a santo de qué ha adquirido tanto poder en el actual esquema del club, y encima para mal ejercerlo). Algo más a Laudrup, a Zidane y antes a Valdano, a los que, por así decir, se reconoció en seguida como propios. Depende de muchos factores, de la manera de ser, del estilo futbolístico, hasta de caer en gracia. Pero todos estaban arropados por muchachos aún jóvenes que en verdad eran de casa: Raúl, Guti y Casillas, últimamente. Los tres siguen en activo, pero los dos primeros ya divisan su retirada. Y mientras el Barça mantiene ese hilo vital de la continuidad e incorpora a canteranos todas las temporadas, el Madrid ha dejado marchar desde a Urzaiz y Eto'o hace años hasta a Mata, Negredo, Granero, Parejo y De la Red ahora (recomprado este último a golpe de talonario), que destacan en sus respectivos Valencia, Almería, Getafe y Queen's Park Rangers, un Segunda División inglés en el que se foguea absurdamente el favorito de Di Stéfano -que no suele regalar elogios-, en vez de estar aquí en danza. En contra de la leyenda, los madridistas no nos conformamos con los extranjeros (menos aún si son tan horribles como Diarra o Drenthe): junto a Di Stéfano y Puskas tuvimos a Marquitos, Santisteban, Zárraga y Gento; y antes de Stielike, Breitner y Netzer tuvimos a Pirri, Serena, Grosso y el incomparable Velázquez. La mezcla ha sido esencial, como lo ha sido para cualquier club de verdadera altura. No creo que aquí nos sirviera el modelo Chelsea, Inter o Arsenal, en los que apenas hay jugadores locales. El Madrid ha sido otra cosa, y siempre hemos tenido sobre la hierba "críos nuestros". Si Mijatovic o Schuster no lo entienden, más vale que se vayan (postdata: el segundo ya se ha ido). Y si es el Presidente Calderón el obtuso, que abandone, con mayor motivo. Y ya que Del Bosque está ocupado, ojalá vuelva Valdano.
gro y bien negro ,,, 4.12.25
Ya no recuerdo si fue Simone Weil quien dijo que hombres y mujeres sólo serán iguales en un país cuando el presidente de su Gobierno sea una mujer idiota. Si la frase no es falsa, entonces quizá pueda servir también para blancos y negros; si la frase no es falsa, entonces la elección de Obama no significa que en Estados Unidos los negros ya sean iguales que los blancos: de Obama no puede decirse, como ha dicho Gore Vidal de Bush, que sea "un personajillo loco sin un gramo de inteligencia".
Algunos piensan que el hecho de que los americanos hayan elegido a un intelectual de Harvard para presidir su país es todavía más raro que el hecho de que hayan elegido a un negro; yo lo que pienso es que el hecho de que hayan elegido a un intelectual de Harvard podría servir para poner un poco entre paréntesis el cliché, propagado por los intelectuales americanos y acogido con entusiasmo por nuestro narcisismo y nuestro complejo de inferioridad, según el cual el americano medio es un perfecto analfabeto, y el europeo medio, un dechado de cultura. Otros, para frenar la ola de chovinismo que recorre Estados Unidos, sostienen que lo de Obama no es para tanto, y hay adictos a la incorrección política que repiten sin saberlo aquel poema de José Agustín Goytisolo que, proclamando la urgencia de poner en su sitio a los grandes hombres ("César usó peluca y se vestía de matrona romana / Carlomagno fue un liante de cuidado"), concluía con la revelación de que "Martin Luther King no fue tan negro como ahora se dice": Obama es hijo de madre blanca, ha sido criado como un blanco, ha recibido una educación de blanco; Obama, en resumen, no es tan negro como ahora se dice. No sé. A mí Obama me parece bastante negro, pero no vamos a discutir por eso. Yo lo que quería, como de costumbre, era hablar de mis cosas.
Hace dos décadas viví durante dos años en una pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano, en Illinois, justo el Estado por el que era senador Obama. Aquello no era Nueva York, que a mí me parece Estados Unidos, pero sólo hasta cierto punto; aquello era eso que llaman la América profunda. No se sabe muy bien por qué lo llaman así (como no se sabe muy bien por qué a Teruel, pongamos, lo llaman la España profunda); pero en fin, ya nos entendemos: mi ciudad era otra cosa. En realidad era un lugar estupendo, donde lo pasé estupendamente. Daba clases en la Universidad, y me las daban; hice amigos de los cinco continentes, muchos de ellos americanos de todos los orígenes: judíos, latinos, coreanos, iraníes. Ninguno de ellos era negro. Tuve algunos compañeros negros, pero no creo haber hablado mucho con ellos, y apenas los recuerdo en las fiestas de la Facultad. También tenía alumnos negros. Salvo excepciones, no eran buenos estudiantes; cada cierto tiempo tenía que escribir un informe sobre ellos, como si fueran discapacitados, y en él decía la verdad: que no eran buenos. Los estudiantes negros apenas se relacionaban con estudiantes que no fueran negros; no sólo con los blancos: con los que no fueran negros. Comían juntos, bebían juntos, salían juntos, vivían juntos. Nunca supe de una pareja de novios formada por un negro y un blanco. Eso es lo que yo vi. Por aquella época se publicó un libro que causó gran escándalo, sobre todo entre la izquierda; su autor era el filósofo Allan Bloom; se titulaba The closing of the american mind y era un análisis de la Universidad norteamericana que acababa erigiéndose en un análisis de la sociedad norteamericana. A mí no me escandalizó: mal podía escandalizarme la descripción de lo que incluso yo, que no suelo ver nada, veía a diario. Bloom describía la radical separación entre los negros y los blancos (o entre los negros y todos los demás), pero no la atribuía al racismo: el racismo existía, pero, según Bloom, la causa primera de la separación era una forma equivocada de combatir el racismo. Era la política de cuotas, el trato preferencial -en lo económico, en lo académico, en lo social- que la Universidad dispensaba a los negros, colocándolos en una posición ficticia que no podían sino aceptar aunque los humillaba; eran discapacitados con privilegios: la discapacitación ilusoria los abocaba al resentimiento; el miedo a perder los privilegios, al aislamiento. Bloom pensaba que una sociedad democrática sólo puede ser una sociedad meritocrática, sea cual sea el color del mérito. O dicho de otro modo: Bloom pensaba que un presidente blanco no debe ser un idiota, pero un presidente negro tampoco.
Está claro que Obama no lo es. Es listo, es culto, es hábil, tiene el encanto de un galán, el sentido común de una madre de familia numerosa y el instinto asesino de un político puro; lo tiene todo, y un ventarrón de entusiasmo lo empuja. Quizá nada de eso baste, porque todo está hecho un asco y porque una cosa es enamorar a medio mundo y otra cosa es cambiarlo. Mientras tanto, lo mejor es no hacer el ridículo tratando de hacerse el interesante: Obama es negro y bien negro, y que lo sea no es una anécdota; es una categoría: nos pongamos como nos pongamos, ya no podrá haber tanto falso discapacitado, tanto privilegio vejatorio, tanto aislamiento temeroso. América cambiará: no sabemos cómo cambiará, pero cambiará. Nosotros también cambiaremos. Yo sí que soy idiota: de repente me he puesto optimista.
Una región ocultamente furibunda ,,, 7.12.25
Antes de nada, debo dar las más sorprendidas gracias a cuantos lectores de esta página han tenido la amabilidad, por vía directa o indirecta -a través de la sagaz procuradora cuyo nombre mencioné hace tres semanas, y a la que no sé si hice una faena con ello-, de ofrecerme sus máquinas de escribir o indicarme cómo podría hacerme con una del modelo que he empleado durante años y que ha dejado de fabricarse. No puedo aceptar los generosos ofrecimientos de los primeros, pues nunca estaría dispuesto a privar a nadie de algo de su propiedad, y en cuanto a las oportunidades que aparecen en Internet y sobre las que se me ha informado, se trata de Olympias de segunda mano, de cuyo funcionamiento no me puedo fiar enteramente, o bien habría que hacerlas venir desde Hong-Kong o Chile, y esto me parecería una extravagancia exagerada. Así que he optado por lo más sensato: comprar otro modelo, de otra marca, con el que aún no estoy escribiendo este artículo porque de momento hay una tecla que no me obedece y de la que dependen los márgenes y el interlineado. Ya veremos si logro doblegarla (a la tecla fundamental y rebelde), pero en todo caso un millón de gracias.
Eso sí, no me pregunten con qué diablos estoy escribiendo. Lo que sí puedo confesarles es que la semana pasada, al estar fuera de Madrid y en un sitio en el que era imposible comprar máquina alguna, no me quedó otro remedio que tomar prestado un ordenador de la casa en la que me alojaba y teclear con él, tanto el artículo de rigor como algunas líneas de una posible novela nueva (que si es no será larga, descuiden). El ordenador ha vuelto a no gustarme, lo siento; pero ya que lo tenía en mis manos durante unos días, aproveché para navegar un poco por Internet, por primera vez en mi vida o casi. Así, logré visitar por fin, al cabo de unos diez años desde su creación, la web que lleva mi nombre y que montó por propia iniciativa una lectora de Gijón, Montse Vega, a la que, visto lo visto, debo mucho más de lo que jamás podré devolverle. También me quedé admirado de que en la Red existan datos sobre todo lo habido y por haber, aunque demasiados no sean de fiar o estén equivocados. Es decir, aquello parece una enciclopedia de vastedad incomparable, pero de calidad muy dudosa y variable. Comprendo ahora de dónde salen muchas "documentaciones" de periodistas y -lo que es más grave- novelistas, y por qué tantos de éstos se atreven hoy a hacer novelas históricas sin saber nada sobre el periodo elegido antes de empezar a redactarlas.
Pero de todo esto estarán la mayoría de ustedes al cabo de la calle, y disculpen que les diga nada sobre mediterráneos que habrán descubierto hace siglos. Lo que más me ha desagradado, sin embargo, son los llamados blogs y foros, por algunos de los cuales me he dado un paseo. No entiendo que tantos escritores tengan un blog propio y le dediquen, por fuerza, numerosas horas de su tiempo, porque me parece equivalente a esto: uno va a un bar, se sienta a una mesa y habla de lo que sea, y a continuación está expuesto a que cualquiera coja una silla y le suelte a su vez su rollo o -con demasiada frecuencia- sus imprecaciones. O bien a esto otro: uno inicia una conversación telefónica particular, y cualquier individuo puede colarse en ella y opinar lo que le plazca o ponerle verde a uno. No sé, para mí sería una pesadilla tener que escuchar pacientemente a personas que no he elegido, y con las que en algunos casos no quisiera ni cruzar media palabra. ¿Cuál es la gracia de estas tertulias escritas? ¿Ver que uno provoca reacciones? ¿Tener la comprobación inmediata de que lo que expone no cae en el vacío? ¿Llevar una vida "interactiva" (y perdonen el adjetivo)? Debe de haber mucha gente solitaria, o que aguanta la soledad -ese gran bien- pésimamente. Pero lo que más me ha desagradado es el frecuente tono insultante de los comentarios y el veneno que a menudo destilan. Amparados en el anonimato cobarde de los llamados nicks, no hay asunto que no les merezca a unos cuantos blogueros toda suerte de improperios. No veo que se discuta ni argumente apenas, sino que más bien se lanzan denuestos y groserías como en las tabernas más zafias. Hay en este mundo, o eso parece, una desproporcionada cantidad de odiadores, o llámenlos negativistas, resentidos, amargados, venados. No tantos en los blogs o foros en inglés. En esa lengua la gente es más propensa a emitir sus opiniones, a discutir civilizadamente, a pedir una información o aportar otra interesante y útil. En los españoles, en cambio, veo una sobreabundancia de rabiosos y cabreados, de individuos a los que todo parece una mierda, o que dedican horas y horas a estudiar la obra de un autor, por ejemplo, con el solo ánimo de ponerla a caldo, en vez de abstenerse -como quizá sería lo lógico- de seguirla leyendo. También se lleva uno sorpresas en este mundo, y ve intervenir, con su nombre, a personas de las que se distanció hace años, sólo para comprobar que la edad no las ha hecho más sabias ni gratas sino todo lo contrario, que el gusto por despotricar sin razones les ha ido en aumento y que ni siquiera han variado sus obsesiones durante tan larga ausencia. No sé, pero asomarse a esa inmensa taberna que son los blogs y foros de Internet, en España, le hace tener a uno la sensación de vivir en una región ocultamente furibunda, en la que más vale no entrar, si es posible.
Caminatas gratas y un mal asunto ,,, 25.12.25
Antes de empezar a dar aquí la lata todos los domingos -dentro de poco se cumplirán seis años-, me pasé otros ocho haciéndolo en otro sitio, y allí tenía como vecino de página a Arturo Pérez-Reverte. Como aún recuerda alguna gente, solíamos gastarnos bromas de una columna a otra, y lo curioso es que entonces no nos conocíamos apenas; en persona, quiero decir. De hecho fue a raíz de aquellas joviales escaramuzas periodísticas como comenzamos a tratarnos y a forjar lo que algunos amigos suyos y míos consideran una extraña amistad, al no ver muchas afinidades entre nuestras respectivas literaturas y admiraciones. Sea como sea, de aquel largo periodo nos ha quedado, supongo, cierta costumbre de gastarnos nuevas bromas, pese a que ahora sus lectores no vean las mías ni los míos las de él, a menos que unos y otros compren los domingos los dos distintos suplementos en que colaboramos. Lo cierto es que el Capitán Alatriste ya me ha metido en un par de líos o tres, porque de cada caminata que damos juntos saca un artículo, en el que, claro está, cuenta las cosas a su manera. Hace ya algún tiempo relató una conversación que mantuvimos un anochecer primaveral en el que nos dio -qué quieren- por fijarnos en los atuendos y andares de las mujeres con las que nos cruzábamos, las cuales no salieron en general bien paradas a nuestro humilde y arbitrario criterio, que nadie tenía por qué tomarse en serio ni pensar que valía más que el de cualquier otro viandante. Pero fueron muchas las mujeres que absurdamente se dieron por aludidas y nos afearon nuestra charla y nuestra actitud, y hasta hubo una iniciativa internética de recogida de firmas para que nos empapelaran por un "delito de opinión", si mal no recuerdo. En todo caso el Duque de Corso, con su columna imprudente, me hizo quedar fatal y recibir unos cuantos palos que no me había buscado. Y ya me busco yo bastantes por mi cuenta.
Ahora me la ha vuelto a jugar. Como ha contado en su pieza "Los fascistas llevan corbata", volvíamos un jueves de la Academia, a cuyas sesiones me he empezado a asomar, y por ese motivo llevábamos ambos corbata, prenda a la que ni él ni yo tenemos la menor afición. Íbamos, en efecto, cargados con bolsas llenas de sobres y libros que la gente envía a la sede de la Academia y que acabábamos de recoger. Yo iba hacia mi casa y él hacia su coche, estacionado en la zona. De pronto nos topamos con una manifestación de inmigrantes, a la altura de la calle Carretas. Imposible saber qué reclamaban, no les suelen faltar motivos de queja. Aprovechamos un claro para atravesarla, con toda tranquilidad, y cuando ya habíamos pasado, oímos una voz que gritaba: "¡PP, fascistas, cabrones!" Lo último que se me ocurrió fue darme por aludido, pero Don Arturo (como lo he de llamar en las sesiones académicas, gratificantemente formales), quizá porque va por la vida ojo avizor, mientras que yo voy en las nubes y sin ver nunca a nadie, se volvió al instante y exclamó, refiriéndose a un individuo de aspecto aindiado: "¡Diantre, a fe mía parbleu y voto a bríos!" Siempre ha sido un afrancesado. "¡Nos lo ha dicho a nosotros!" Yo le contesté, medio en la inopia: "¿Tú crees? No creo. Como no sea por las corbatas ..." Él se quedó taladrando con la mirada al insultador, que no nos hizo ni puto caso, lo cual me reafirmó en mi opinión de que su grito no nos iba dirigido. Pero Don Arturo o la Fuerza del Sino insistió: "Sí, sí, iba por nosotros, hay que se foutre, mon vieux". Yo comenté que en los primeros meses de la Guerra Civil, en Madrid, a mi abuelo Marías, republicano convencido pero señor muy pulcro con su cuidada barba blanca y su corbata siempre puesta, algunos milicianos se atrevían a reprocharle el uso de esta prenda, y que él, ni corto ni achantado, les echaba buenos rapapolvos a aquellos aguerridos, por su simpleza y su osadía. Eso fue todo. Pero si se molestan en buscar el artículo de mi colega, verán cuán dado es a los lances de espada, en la vida real como en la imaginativa.
Si el Capitán tuvo razón, sin embargo, sería la segunda vez que me llaman fascista en poco tiempo, lo cual da que pensar. A lo largo de mis casi catorce años de columnista fijo, y de mis treinta de articulista ocasional, a menudo se me ha tildado de "rojo asqueroso" y de peores cosas, en la misma gama. "Facha recalcitrante", como se me ha largado recientemente en una carta biliosa y anónima, en la que se me deseaba que me pudriera "en un pozo de mierda" cuando llegue mi hora, nadie me lo había llamado jamás. ¿El motivo? Un artículo de hace poco en el que, mostrando mi respeto por quienes desean desenterrar a sus muertos de la Guerra Civil y darles mejor sepultura, no me abstenía de señalar que había un elemento de puerilidad y superstición en ello, al menos para quienes no somos religiosos ni creemos que las personas perduren en sus reliquias y huesos. No sé. Durante muchos años, en nuestro país, los únicos que han mandado cartas cobardes y anónimas (a mí, por lo menos), y han insultado a lo bestia, y han practicado la demagogia hasta decir basta, han sido individuos de extrema derecha y algún enfermo de nacionalismo. Mal asunto que ahora empiece a hacerlo también descerebrada gente de izquierda, y que los destinatarios de sus injurias seamos los mismos que recibimos las de sus supuestos y descerebrados contrarios; o que un inmigrante vuelva a asociar unas corbatas con el fascismo.
Todos los genios muertos ,,, 26.12.25
Ya sé que el elogio desmedido a los muertos es antiguo como la vida misma, pero precisamente por eso irrita más que en pleno siglo XXI se siga practicando, y además con más desfachatez que nunca. Me parece bien que no se los critique -o al menos no se los ponga verdes- cuando acaban de estrenar su condición, más que nada por el dolor añadido que eso causa a sus allegados. La pena por la muerte de alguien querido es tan intensa que debería respetarse en el primer momento y dejar que fluya sin mezcla de enfurecimiento o rabia. Es posible que algunos de los demenciales panegíricos que leemos en la prensa cuando fallece alguien célebre tengan como fin uno aceptable, el de consolar a esos allegados tristes y hacerles más transitable el desfiladero de la pérdida. Lo malo es que se suele notar la falsedad de esos textos, cuando no algo peor y muy frecuente en España: la jactancia del que escribe, el hincapié en lo importante que él fue para el muerto ("yo lo descubrí, fui su confidente, me apreciaba más que a nadie"). Pero en fin, sea como sea, esos elogios iniciales son parte de una convención arraigada y hasta cierto punto comprensible.
Lo que ya no lo es tanto es que, pasado el periodo de duelo, se despliegue con los muertos toda la generosidad exagerada que a la mayoría se les regateó en vida, sobre todo si son muertos más o menos prematuros. Hace más de seis años escribí en otro sitio un artículo titulado "El amargo valor de algunos muertos" en el que contaba cómo, unos meses después del accidente de coche que se lo llevó a la tumba, vi en un catálogo inglés de primeras ediciones la de la novela Austerlitz, de W G Sebald, de 2001 y por tanto aún recentísima, con su firma, al desorbitado precio de 550 libras, unos 900 euros. De no haber desaparecido Sebald, ese libro habría valido muchísimo menos. Si el descubrimiento me produjo amargura fue porque yo había tenido trato epistolar con él y se me había convertido en alguien real, que podría haber acabado siendo un amigo, y ya no me era sólo un autor al que admiraba. Pero, dejando de lado mi caso particular, era normal el fulgurante aumento de precio: cuando un escritor ha muerto, es seguro que ya no estampará su firma en ningún otro volumen. Hay los que hay, son contados y por tanto se encarecen, siguiendo las habituales leyes de la oferta y la demanda.
Lo que no tiene justificación, en cambio, es que se empiece a calificar de "genios" una y otra vez, como a coro, a quienes casi nadie señaló como tales mientras estuvieron vivos. No entraré a discutir la valía de los autores elevados últimamente a esa categoría, pero me resulta sospechoso y tétrico que el elogio sin reservas -el diapasón cada vez más alto- se dedique en exclusiva a quienes ya no pueden disfrutarlo. Desde que murió el propio Sebald -que en sus cartas no se mostraba nada seguro de su talento, y a quien le costó no poco abrirse paso en su país de origen, Alemania, donde se le escatimaban méritos-, ha pasado a ser considerado un "genio universal" por quienes no lo escribieron nunca mientras por aquí anduvo, no sobrado de riquezas, por cierto. Desde que murió Roberto Bolaño -a quien no conocí, pero que fue amable conmigo-, se lo tiene por "el escritor más innovador en lengua española" y se habla y no se para de su "inmensa influencia", cuando no fueron muchos los críticos y colegas y editores que apostaron por él cuando estaban a tiempo de hacerlo un poco más feliz, supongo, de lo que lo fue en sus cincuenta años de vida. Sé, por gente que sí lo conoció, que pasó muchos apuros económicos, hasta el punto de no poderse desplazar a veces de Blanes a la cercana Barcelona por carecer de dinero para pagarse el tren. De haberse "decidido" entonces que era tan "genio" como se dictamina ahora alegremente, es seguro que habría vivido mejor y más contento y con mayor tranquilidad respecto a su familia. Hace poco se ha suicidado, a los cuarenta y seis años, el norteamericano David Foster Wallace, del cual conocía yo el nombre y nada más, solía aparecer en enumeraciones muy largas de "nuevos valores literarios" de su país. Pues bien, desde que se ahorcó hace unos meses, he leído un montón de artículos (también, ay, en España) hablando sin rubor ni tapujos de su "genialidad absoluta", de la cual, francamente, no había tenido excesiva noticia antes. También he leído Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, autor novel malogrado al poco de la publicación del que resultó ser su único libro. Me ha parecido prometedor y aplicado, pero no más que eso. Puedo equivocarme, pero estoy convencido de que si Méndez siguiera vivo no habría recibido tantos premios y ditirambos como obtuvo (póstumamente, claro).
Da la impresión de que -sobre todo en España- sólo se elogia encendidamente a quienes ya no pueden molestar ni persistir ni hacernos sombra. Da la impresión, incluso, de que alabar así a esos infortunados es una manera de fastidiar a los vivos: "Vosotros no sois genios como ellos, jodeos", parece ser el mensaje. Sería de desear que los escritores, críticos, editores y gacetilleros tuvieran la valentía de percibir la "genialidad" a tiempo, y que se abstuvieran de proclamarla a posteriori, cuando suena inevitablemente artificial y oportunista, incluso si la razón los asiste. La razón también hay que tenerla a tiempo, para tenerla de veras.
Hacia la fosilización ,,, 27.12.25
El Profesor Francisco Rico, hombre muy salado y de gran saber, es uno de los amigos que más me insiste en que me pase "de una puta vez" -con frecuencia es malhablado, por juego- al ordenador y al e-mail. No es el único, sin embargo, y también son numerosos los desconocidos que se permiten recomendarme lo mismo, por suerte sin tacos por medio. A estas alturas casi nadie comprende mi resistencia y cada vez se me mira más como a un fósil, con creciente motivo, supongo: la máquina de escribir electrónica que llevo años empleando, una Olympia modelo Carrera de Luxe, ha dejado de fabricarse, y, tras jubilar la última, a la que di un tute monstruoso durante la escritura de mi novela de mil seiscientas páginas Tu rostro mañana, no parece haber forma de sustituirla, pese a mis pesquisas, las de mis editores, las de mi agente literaria y las de una amable y sagaz procuradora llamada Reyes Pinzás, que es quien se está acercando más al objetivo. Si la cosa no se remedia, tendré que pasarme a otro modelo. Pero ya preveo que de aquí a unos años es posible que todos se hayan retirado del mercado.
No crean que no he probado a teclear en un ordenador. No me gusta y me resulta incómodo, en contra de lo que le pasa a todo el mundo (soy un anormal). Además, me molesta no escribir sobre papel y no poder hacer sobre él tachaduras, llaves, flechas y garabatos al corregir a mano -todo queda a la vista, y se puede restituir fácilmente lo escrito de entrada, lo cual no es nada raro-. Pero, sobre todo, si algo me reafirma en mi resistencia son las variadas tragedias de que me llegan noticia: virus criminales, amenazas a la privacidad, pérdidas de textos por descuido, ordenadores que se quedan muertos durante días y que no hay forma de reanimar hasta que aparece un experto y aun así; y, lo peor de todo, los e-mails. Hace un par de meses este diario sacó un reportaje de Javier Martín, titulado "Angustiados por el e-mail", en el que daba cuenta de la fuente de infelicidad permanente en que este medio se ha convertido, hasta el punto de que la Facultad de Psiquiatría de Londres ya ha bautizado la dolencia como "infomanía" y algunos psiquiatras norteamericanos piden que sus síntomas se incluyan oficialmente en el Manual de Desórdenes Mentales. Me imagino que los aquejados son los que hacen mal uso de algo en sí mismo neutro -como sucede con casi cualquier adicción-, pero da la impresión de que apenas queda nadie que sepa o pueda hacer buen uso, dado el alud de correos electrónicos que recibe todo el mundo, independientemente de su importancia o sus responsabilidades. Lo normal es que cada trabajador emplee entre una y tres horas diarias en leerlos, atenderlos y responderlos, y lo más grave es que, por muy diligente que sea y mucho atracón que se dé, jamás tiene la sensación de haberlo despachado todo y haber dejado limpio su e-mail. Cada contestación suya le trae por norma otra de la persona a quien se la mandó, fuera esta última necesaria o no, y las nuevas solicitaciones siguen entrando sin parar. Es una tarea de Sísifo (ya saben o quizá ya no saben, aquel Rey de Corinto tan astuto que hasta logró encadenar a la Muerte cuando vino por él, impidiendo de paso que durante un breve periodo muriera nadie, y que luego, en el Hades, fue condenado a subir una gigantesca piedra hasta la cima de una colina para, una vez alcanzada la meta, verla rodar cuesta abajo y volver a empezar el fatigoso ascenso, y así eternamente), que crea en los trabajadores la desagradable psicosis de haberse deslomado para no terminar nunca nada y tener siempre algo pendiente.
Según una consultora norteamericana, los trabajadores de su país son interrumpidos una media de once veces por hora -aquí se incluyen las llamadas telefónicas y las distracciones de los compañeros, pero la mayoría se deben al dichoso e-mail-, lo cual significa ochenta y ocho veces por jornada y una cada menos de seis minutos, algo pésimo para la eficacia y la concentración. Este descentramiento perpetuo, está comprobado, hace que el trabajador cometa muchos más errores, lo cual multiplica a su vez el número de comunicaciones para rectificar y deshacer entuertos. Sin apenas exagerar, se puede decir que nadie hace ya su trabajo o que el tiempo se nos va en "prepararnos" para hacerlo y en quitarnos de en medio obstáculos para su realización. Y a esto se suma la parte de vicio, adicción, enganche, pavor a estar solo, pánico a pensar o como quieran llamarlo: con las blackberries que la gente lleva encima, resulta que el correo electrónico es consultado compulsivamente desde cualquier lugar: el 53% de los norteamericanos lo mira en la cama, el 37% en el cuarto de baño, el 12% en la iglesia, el 43% nada más levantarse y el 40% en mitad de la noche, para lo que muchos se despiertan con el corazón palpitante y pierden horas de sueño.
No dudo de las extraordinarias ventajas del ordenador y el e mail, pero, francamente, no me compensan respecto a sus innegables riesgos y servidumbres. Si a mí se me interrumpiera cada seis minutos mientras estoy escribiendo, me rendiría a diario y me pasaría una jornada tras otra sin añadir una línea y pensando: "A ver si mañana tengo el día más despejado", y así hasta el de mi muerte, seguro. En una palabra, sé que sería incapaz de escribir una novela más. Lo cual, por otra parte, les parecería de perlas a unos cuantos. La verdad es que sería una buena obra, tranquilizarlos.
El después y el mientras ,,, 27.12.25
Cuanto más velozmente se consumen las obras de arte en nuestras sociedades, más me convenzo de lo mal que se ven o se leen o se oyen. Es tanto el afán por "estar al día", y tan breve el reposo permitido a los libros, las películas, las exposiciones o la música, que a veces tengo la impresión de que tanto los críticos como los lectores y espectadores se pasan la vida tachando de una lista interminable o escribiendo apresuradamente al lado de cada nuevo título: "Visto", "Leído", "Oído", y ahí se acabó todo, esas obras pasan a ser viejas y hasta la próxima de cada autor, que volverá a sufrir el acelerado proceso de su consumo y jubilación. En alguna otra ocasión me he preguntado cómo es que en un mundo tan impaciente aún hay quienes trabajamos como artesanos antiguos, y dedicamos años a la preparación y ejecución de una película, una novela o unos cuadros que probablemente serán olvidados nada más verse o leerse, o que en el mejor de los casos tendrán una corta vida en la memoria de quienes los han disfrutado mientras duraban.
Ese es uno de los problemas con que nos enfrentamos los que todavía cultivamos esas cosas anticuadas que sin embargo, extrañamente, siguen gustando y de las que cada vez hay más demanda. La gente va menos a las salas, pero, en el formato que sea, ve más cine que nunca. El mundo de las letras se queja, pero jamás se habían vendido en conjunto tantos libros como actualmente. Las colas para admirar ciertas exposiciones son algo insólito en la larga historia del arte. Los conciertos suelen estar abarrotados, tanto los de música clásica como de cualquier otra índole. Pero, al mismo tiempo, se está educando cada vez más a la gente para ese mientras, y si acaso para el antes, para la espera y la víspera. En cierto sentido, a lo más que puede aspirar hoy una obra artística es a que sus receptores digan: "Me ha gustado. Otra". Y si añaden "Otra" es porque la ya vista o leída ha dejado de contar, pertenece al pasado instantáneamente. De manera solapada, casi inadvertidamente, la conciencia de tal destino empieza a influir en los creadores, muchos de los cuales trabajan sin cesar y a matacaballo en una carrera perdida desde el principio. "Demos otra, que será olvidada en seguida, luego demos otra, que será arrumbada al instante, luego ...", y así indefinidamente.
Cada vez entiendo mejor a los lectores de pocos libros y a los espectadores de unas cuantas películas, que los releen y las vuelven a ver una vez y otra. Es acaso la única forma de salirse de la vorágine: uno decide que su vida no da para permanentes pruebas, casi todas insatisfactorias; que prefiere centrarse en piezas que jamás se le agotan en el mientras, sino que poseen un después inacabable. Que, una vez leídas o vistas, por así decir, lo "siguen llamando", dejan huella y tienen resonancia, y uno sabe que a cada nueva visión o relectura descubrirá matices, frases, imágenes, momentos extraordinarios en los que no había reparado antes. Uno puede escuchar infinitas veces el segundo movimiento de la "Appassionata" de Beethoven, o leer sin descanso Ricardo III, o contemplar reiteradamente algunos cuadros de Rembrandt o Caravaggio o Velázquez, o ponerse en el DVD una vez al año, sin hartazgo, Centauros del desierto o Grupo salvaje o El Gatopardo. Todas estas obras tienen ya muchos años cuando no siglos, y se me dirá que las actuales, las nuevas, difícilmente pueden aspirar a algo semejante. En efecto, siempre es pronto para vaticinar la longevidad de lo reciente, y más todavía en un mundo que ni siquiera parece dispuesto a que se dé tal cosa como la longevidad de nada (ya saben: "Otra. Otra"). Estamos cada vez más programados para admitir la existencia tan sólo mientras dura esa existencia -en el caso del arte, mientras dura nuestra visión o nuestra escucha-, para desechar la perdurabilidad y el recuerdo. Y eso acaba afectando a los propios artistas, que, tal vez sin querer, van haciendo cada vez más "productos" en lugar de obras, y aquéllos más fungibles. Como lector y espectador que soy, he aprendido a desconfiar del mientras. Aunque lea un libro en vilo o esté encantado durante la visión de una película, ya no juzgo hasta el día siguiente a haberlos terminado. Las más de las veces, lo confieso -es difícil sustraerse a la educación o a la programación de la sociedad en que uno vive-, al día siguiente no dedico ni una evocación ni un pensamiento a aquello que disfruté en el mientras, y descubro que se me ha disipado hasta su atmósfera. De tarde en tarde, en cambio, me doy cuenta de que la música, la pintura, la novela o la película me llaman aún y me rondan, que mi cabeza no es capaz de zafarse de ese mundo en el que estuve inmerso con la involuntaria previsión de salir de él al instante, en cuanto cerrase el volumen o abandonara el museo o el cine. La última vez que me ha pasado, que algo me ha rondado persistentemente y me ha hecho mella y me ha envuelto como un hechizo en su atmósfera, ha sido con la película de Agustín Díaz Yanes Sólo quiero caminar -como me sucedió con la anterior suya, Alatriste-, y no sólo porque en ella aparezcan el mencionado movimiento de la "Appassionata" y la gran cumbre de Peckinpah Grupo salvaje. Creo que no es tampoco porque el director sea amigo mío -prefiero avisarlo- desde los diecisiete años. Sino, sencillamente, porque esa obra propicia su evocación y tiene un largo después, o eso adivino, lo cual ya es un milagro en nuestros fugaces e inasibles tiempos.
Ositos y soldados ,, 27.12.25
Hablé aquí hace cuatro semanas de dos figuras de madera policromada que están en mi casa, y conté cómo una de ellas -un gaitero escocés- llegó hasta aquí no porque me gustara, sino por no querer yo separarla de su compañera -una especie de edecán hindú-, con la que habría compartido escaparate durante muchos años en la vieja tienda de la que las rescaté. Supuse que la confesión de esta puerilidad me costaría algunas burlas, pero no ha sido así de momento. Es posible, por tanto, que haya más gente de la que imaginaba capacitada para entenderlas, y aun para atribuir a ciertos objetos inanimados -sobre todo si son muñecos- vidas suyas imaginarias. La hay sin duda entre las mujeres. A lo largo de mi vida he conocido a unas cuantas que, siendo ya adultas, no tenían reparo -claro está: una vez ganada confianza- en reconocer que seguían durmiendo con sus ositos de peluche recibidos en la infancia o incluso más tarde. Alguna ha llegado a decirme que, de declararse un incendio en su casa, lo único que cogería antes de salir escopetada sería ese osito que lleva acompañándola desde su nacimiento, ya maltrecho y recosido. En lo que respecta a los hombres, sólo sé de dos amigos ingleses que sienten adoración por sus osos, pero es probable que no sean los únicos. Semejante confidencia es casi inimaginable en varones españoles, aunque algunos tenemos todavía en mucho una espada descolorida o un casco de romano con los que libramos cruciales batallas.
Hace unos años, Sotheby's celebró una subasta de viejos osos de peluche en Londres. Uno de los lotes se componía de trescientos noventa y ocho, nada menos, fechados entre 1914 y 1931 y que habían pertenecido a dos gemelos soldados: el Coronel Sir Guy Campbell, que había servido en los Kings Royal Rifles (60º Regimiento), y el Mayor David Campbell, que había formado parte de la Guardia Negra (Royal Highland Regiment). Habían nacido en 1910 y de niños pasaban sus vacaciones en la casa solariega de su abuela. Siempre jugaron juntos, y su juego preferido era la escenificación de famosas batallas a cargo de sus numerosos osos, sin desdeñar las navales, para las que construían elaborados galeones de cartón que los propios peluches tripulaban, previa planificación, en complicados dibujos, de lo que luego iban a escenificar. Tanto era su entusiasmo que la abuela, por Navidad, les regalaba invariablemente más miniaturas en vez de dinero, y siguió haciéndolo hasta su muerte, en 1931, cuando los gemelos ya contaban veintiún años. Los casi cuatrocientos osos vivían en una maleta, con la tapa cuidadosamente abierta para que no les faltara el aire. Como no podía ser menos, cada hermano tenía un oso favorito: el de Guy se llamaba "Young" y el de David, "Grubby".
Los dos Campbell combatieron y se distinguieron durante la Segunda Guerra Mundial, por la que cada uno paseó a su inseparable osito. Ambos fueron condecorados con la Military Cross. El entonces Capitán Guy Campbell, en compañía del osito "Young", estuvo al mando de una patrulla durante sus operaciones en el área del Nilo Azul, y así reza su mención: "En la primera acción del 9 de marzo de 1941 en Afodu, el Capitán Campbell fue el manifiesto inspirador del entero ataque de los nubios. Mostró un valor sereno y sensato y en todo momento condujo a sus hombres con acusados brío y determinación. En posteriores acciones en la misma zona, y en especial en la del 17 de mayo de 1941 al norte de Chilga, volvió a guiar a su compañía con empuje y valor sobresalientes, tomando con éxito la principal escarpadura, recibiendo una herida en la cabeza y abandonando su compañía sólo cuando le fue ordenado". Por su parte, el entonces Teniente Segundo David Campbell, asistido por "Grubby", "mostró notables iniciativa y valor al conducir a su patrulla en la región del Saar (Francia), en mayo de 1940 ... A lo largo de tres semanas, y a menudo bajo muy intenso fuego de ametralladoras, la inventiva y el valor de este oficial fueron de primerísima categoría". David estuvo a punto de perder a su oso "Grubby" cuando las tropas de Rommel lo capturaron en Saint-Valéry. Los soldados nazis no daban crédito a sus ojos cuando, al registrarlo, le encontraron el peluche. Se lo arrebataron y se ensañaron en sus burlas. Pero entonces intervino un oficial alemán, quien al instante le devolvió a David su osito, considerando que no estaba bien "confiscarle a un hombre su mascota de la suerte". Nunca más volvieron a estar separados, y "Grubby" acompañó a David al campo de prisioneros de guerra a que fue enviado, en Laufen (Alemania), donde pasaron los tres años siguientes. David jamás olvidó el extraño y comprensivo gesto de aquel oficial alemán, al que guardó gratitud hasta la muerte. Quién sabe si éste no tenía también un oso en su casa, al que no se había atrevido a llevar al frente.
He visto unas fotos de los valerosos gemelos. En una aparecen, con doce o trece años, tocados con chisteras y con las manos en los bolsillos. En otra se ve a Guy con barba y turbante, uniforme colonial y el correspondiente pantalón corto. En la tercera, David lleva asimismo uniforme con kilt -es decir, falda escocesa-, como toca a un miembro de la Guardia Negra. En suma, los dos, de adultos, aunque muy bravos soldados, nos enseñan las rodillas. Y ahora que lo pienso: turbante y kilt, exactamente igual que mis figuras del edecán y el gaitero.
Maltrato y grosería
Cuando escribo estas líneas, son ya sesenta y una las mujeres muertas por sus maridos o parejas, o por quienes lo fueron, o por quienes aspiraban a convertirse en tales y se vieron rechazados. Nadie acaba de explicarse por qué no sirven de nada, en lo referente a este cómputo siniestro, el endurecimiento de las leyes ni las medidas protectoras ni los aleccionamientos que se sueltan desde la prensa y las televisiones. A mí, sin embargo, no me extraña mucho que en España nada de eso haga mella, y que toda tentativa de hacer menguar el número de esos crímenes resulte más bien inútil, porque lo que no se combate es la grosería general de la gente, que de hecho va en aumento, y que es lo que propicia y alienta los comportamientos violentos. El maltrato a las mujeres no se debe ni puede tomar como algo aislado, sino que es también consecuencia del ambiente general reinante.
Todo es paulatino, pero sin duda habrán observado -los de cierta edad, me refiero- un cambio antinatural en nuestras costumbres. Siempre ha habido personas groseras, abusivas, incivilizadas, avasalladoras, ruidosas, chulas, egoístas y desconsideradas, que han ido por el mundo como si sólo existieran ellas. Pero a estas personas, tradicionalmente, se les afeaba la conducta de manera espontánea. A los que cantaban o daban voces energuménicas a las tres de la madrugada se les chistaba; al que tiraba una botella o una bolsa al suelo teniendo cerca una papelera, se le llamaba la atención; al vecino escandaloso se le protestaba; se le paraban los pies a la señora que en una cola se saltaba el turno; al que cometía una infracción con el coche y ponía a otros en peligro, se le señalaba y tal vez se lo abroncaba; no digamos al automovilista que plantaba su vehículo en medio de una calle de carril único y se bajaba a sus recados ocasionando un monumental atasco; a los infrahumanos que se dedicaban a volcar contenedores de basura o a destrozar cajeros y bancos, se los miraba con reprobación como mínimo; incluso se reprochaba a un gañán joven que no cediera su asiento en el autobús a un anciano o a una embarazada. Había unas normas de cortesía -más aún: de educación- que con frecuencia se incumplían, pero se hacía ver al incívico que las estaba quebrando, y por eso seguían siendo normas.
Esas normas han saltado por los aires y ya no funcionan como tales, lo cual es el enésimo paso para su sustitución por otras salvajes, hacia las que nos encaminamos o quizá ya hemos llegado. Hoy nadie se atreve a lo que antes era habitual, es decir, a afearle a nadie una conducta. Ya pueden pasarse la noche chillando unos botelloneros, que no habrá un solo vecino insomne que ose abrir la ventana y gritarles que ya está bien y que no hay quien duerma, porque puede recibir botellazos y pedradas. A lo sumo esos vecinos tendrán el "arrojo" de llamar a los municipales, sabedores de que éstos se quedarán cruzados de brazos. Si alguien bloquea con su coche la calle, los que vayan detrás se aguantarán pacientemente y ninguno le rechistará al muy bestia cuando reaparezca, porque se arriesgan a que éste les dé con un martillo en la cabeza, por meticones. Si alguien recrimina a unos descerebrados la destrucción gratuita de algo, es probable que se lleve una paliza o que le metan una cuchillada. Los padres a quienes sus hijos adolescentes sacuden -más bien madres, claro-, se entristecen y se callan. Estas reacciones violentas por parte de quienes no se comportan con respeto han achantado a la población, que agacha la cabeza y se fastidia. Nadie dice nada y todos miran hacia otro lado. Yo mismo dudé hace unos días: un empleado municipal de limpieza (!) estaba meando contra un arco de la Plaza Mayor de Madrid, uno de los lugares más visitados de la ciudad y que, lejos de relucir, está siempre hecho una porquería y convertido en favela, feria y basurero al mismo tiempo. Pero por fin no pude contenerme: "¿Qué, ensuciando para limpiar más luego?", le dije al pasar. Creo que me salvé de una agresión porque el tipo estaba a media faena y no debía de apetecerle una mictio interrupta, pero me llevé un par de insultos leves en lugar de una disculpa. Si al menos el funcionario hubiera contestado, como podía haber ocurrido antaño, "Es que no podía más, usted comprenda" ... Pero eso sólo era posible cuando se tenía conciencia de quebrantar una norma. Ahora el que peor se porta es el que se carga de razón -es un decir- y se pone farruco, y no tolera ni la desaprobación de sus groserías y gamberradas. Demasiada gente tiene interiorizada esta idea: "Hago lo que me da la gana y además tengo derecho". Los policías de este país padecen en general el mismo acobardamiento que los ciudadanos particulares: prefieren cruzarse de acera y no meterse en líos, aunque se les pague (mal) para lo contrario. No sirven de casi nada, en lo cotidiano.
En un lugar que cada vez más fomenta el amedrentamiento y beneficia al fuerte (bueno, otro decir, cualquier chincharelo te saca hoy una navaja y te pincha el intestino), no es nada raro que el mismo cabestro que vocifera, petardea con su moto, conduce como un matón o va por la calle a empellones sin que nunca se le diga nada, le dé una tunda a su mujer o a su ex-novia, que será siempre más débil. Que se desengañen las autoridades, empezando por Zapatero, tan justamente preocupado por el asesinato masivo de mujeres: nada mejorará en este capítulo mientras las normas básicas de convivencia permanezcan abolidas.
Relamiéndose ante las catástrofes
De un tiempo a esta parte, los periódicos, radios y televisiones llamados "serios" sienten verdadera pasión por escandalizarse, como si casi todos se hubieran contagiado de sensacionalismo, y, en la medida en que puedo juzgarlo, tengo la impresión de que la fiebre no se limita a nuestras fronteras: en Italia, Inglaterra y Francia, a cuya prensa me asomo de vez en cuando, también noto un regodeo enorme ante las malas noticias. Hay además una tendencia a convertir las regulares en malas, lo intrascendente en preocupante y lo preo¬cupante en alarmante; a ver hechos graves y ofensas tremendas en cualquier majadería; a dar importancia a lo que poca tiene y a magnificar las fruslerías. A hacernos creer, en suma, que vivimos entre sobresaltos continuos y en un mundo siempre al borde del precipicio y el cataclismo. Se anuncia sin cesar "el fin de una era", "el derrumbe del imperio", "la invasión de los bárbaros" (que en lunes son los africanos y en martes los chinos, en miércoles los rusos y en jueves los parias de la tierra); o bien "la muerte de la novela", "el término de la historia" (bueno, esto ya se quedó muy anticuado), así como caos, apocalipsis y Blade Runners varios, "la idolatría del dinero", "la deshumanización del hombre" y toda suerte de supuestos desastres. Desde que tengo memoria, francamente, lo único que he visto avanzar de manera sostenida y de veras es el poder de las mafias, a las que los Estados, con sus prohibiciones suicidas, cada vez hacen más fuertes, hasta el punto de cederles parte de sus competencias y acabar fundiéndose con ellas. Hay lugares en los que no me cabe duda de que las mafias -no sólo las más folklóricas del narcotráfico, sino las de la construcción, los ayuntamientos, las obras públicas y la banca- son pilares del Estado. Pero en fin, se trata de algo ya antiguo, sólo que ha ido y va y seguirá yendo en aumento.
Esto, que podría constituir un auténtico escándalo, aparece sin embargo amortiguado en la prensa, lo que da idea de cuán normal en el fondo le parece a ésta. Y en cambio se rasga las vestiduras y hace cruces ante cualquier menudencia. La cuestión es vociferar histéricamente y mantener asustada a la gente. Es como si los periodistas necesitaran vivir "momentos históricos" sin pausa -y por eso repiten tanto esa cantinela que debería costarles el despido a cuantos la emplean, hasta para las mayores sandeces: "Este es un momento histórico: por primera vez, Raúl en el banquillo"- y "lo último" de lo que sea -y por eso también repiten tanto esa otra letanía que debería asimismo mandar al paro a cuantos recurren a ella: "Ha muerto el último grande", titulan por el difunto Paul Newman, olvidando que dijeron lo mismo cuando murieron Gregory Peck, Robert Mitchum, Borges, Karajan, Chillida, Billy Wilder y todos los grandes que cada año caen como moscas, por edad sobre todo, en el campo de todas las actividades. Los reporteros se entusiasman tanto con las desgracias que parece que las estén deseando, y debo decir que últimamente se han unido con alacridad al club de los más desgarrados la Cadena Ser y el Canal Cuatro, empresas del mismo grupo que apadrina este diario, ustedes sabrán por qué lo hacen. Sea como sea, sólo faltaba una crisis mundial financiera para que todos los carroñeros se pasen la jornada salivando. Soy completamente lego en economía, y estoy seguro de que la situación es grave, pero también de que lo es mucho menos de lo que proclaman estos adictos a las catástrofes. Si los primeros veinticinco minutos de un telediario se dedican a informar de esta crisis, los espectadores acaban convencidos de que sus ahorros están en peligro y salen a comprar calcetines y huchas. Se abstienen de comprar todo lo demás, "por si acaso", y aunque ellos no noten nada en sus bolsillos, se los tientan a cada segundo con pánico. Si se cuenta que un banco ha tenido unos beneficios del 12%, frente a un 30% del año anterior, la gente se lleva las manos a la cabeza creyendo que el tal banco ha perdido un 18%, cuando lo cierto es que ha ganado mucho, un 12%. Si se dice que el Ibex "acumula" una caída del 45%, todo el mundo lo ve como una plaga bíblica y nadie se pregunta por qué diablos se mide esa caída "desde el máximo histórico que marcó en noviembre de 2007". Yo se lo diré: se elige ese día "máximo", en vez de cualquier otro normal, para que todo parezca más calamitoso. Resulta muy eficaz, no cabe duda: a los ciudadanos los asalta una psicosis de "vivir un pésimo momento histórico" y de asistir al "fin de un sistema" o a "los últimos estertores del capitalismo salvaje" (más quisiéramos). Se aterran, no gastan, no salen, con lo cual provocan una crisis verdadera en los restaurantes, las tiendas y en todo el consumo en general. Nadie parece fijarse, en cambio, en que los bloques de anuncios en las televisiones que informan dramática y pesimistamente siguen siendo tan monstruosos y largos como siempre, pese a que la emisión de cada uno cuesta un ojo de la cara. O en que no ha disminuido el número de los de página entera en los periódicos que titulan a cinco columnas "El crash de 2008". O en que los paneles móviles de publicidad en los campos de fútbol (televisado) están tan disputados que no da tiempo ni a leer lo que cada uno pone antes de ser "movido" por un competidor impaciente. Quizá estemos todos arruinados cuando este artículo llegue a sus ojos, pero de momento a mí eso me tranquiliza. O me escama, como prefieran.
Cómo se llamará esta afección
Siempre me ha costado mucho entender el patriotismo. Las proclamas del tipo "Amo España" (o Inglaterra, Escocia, Italia, Cataluña o Galicia, lo mismo da) me han sonado falsas y huecas, además de inverosímiles, porque nadie está capacitado para "amar" así, en bloque, un país entero, menos aún una metáfora o un concepto. Uno ama, como mucho, a unas cuantas personas a lo largo de su vida, sin que nos importen su lugar de nacimiento ni la lengua que hablen. Casi siempre se pertenece a un sitio por accidente. A ese sitio nos acostumbramos, sí, y durante un tiempo es nuestro único mundo. En él desarrollamos nuestros primeros afectos: creamos vínculos fuertes con algunas personas y paisajes, adquirimos hábitos que nos son gratos y que hasta pueden llegar a sernos indispensables. Por lo general nos sentimos cómodos, y bastaría con que nos viéramos condenados al exilio -como ha sucedido a tantos españoles a lo largo de la historia- para que echáramos desmedidamente en falta esos paisajes y esos hábitos. La mayoría de la gente vive donde vive porque se encontró allí al nacer y se incorporó a lo que ya estaba en marcha. Se instaló naturalmente y ya no se plantea moverse, a no ser que sienta un profundo descontento o aburrimiento, o sea inquieta y quiera hacer lo que antes se llamaba "conocer mundo", o vea que su lugar no es el adecuado para abrirse camino en su profesión. Pero todo es principalmente una cuestión de costumbre, y el amor tiene poco que ver en ello.
Esto es normal y comprensible, y lo es también la probable simpatía hacia un lugar que uno conoce bien y que, a diferencia de la mayoría, no equivale a un mero nombre o a una visita de pocos días. Conoce a sus habitantes o a una parte de ellos, y si el equipo de fútbol de la ciudad gana un partido, se alegra porque piensa que esos habitantes estarán contentos. Uno tiende a compartir las alegrías y penas de quienes le son cercanos. Pero también en la cercanía suele estar lo que uno más detesta, lo que le hace sufrir y la vida imposible. No hay odio mayor que el que tiene destinatario concreto, visible. Como sabemos allí donde se han padecido guerras civiles, es infinitamente más fiero y genuino el odio que se profesa a un individuo al que se ve a diario que el que se nos inculca hacia "los franceses" o "los americanos". Éstos son postizos, abstractos, impostados. Lo mismo sucede con esa clase de amores, y por eso quienes declaran "amar España" no dirían nunca que "aman a los españoles", que sería más propio. Es más, jamás he oído a un español decir semejante cosa, ni a un catalán otro tanto de los catalanes, ni a un vasco de los vascos, porque a la vuelta de la esquina se encontrarían con un ejemplo de lo contrario: "Qué mal me cae ese tipo", "A esa tía es que no la puedo ni ver".
También me resulta difícil enorgullecerme de mi tierra porque alguno de mis paisanos descuelle en algo. Si Nadal, Alonso o cualquier deportista español gana un trofeo, no logro sentir que eso me haga mejor en ningún aspecto: no he tenido en ello arte ni parte, y me parecería ridículo -además de demente- exclamar "Somos los mejores en tenis o en automovilismo" cuando jamás he sostenido una raqueta ni un volante. Y aunque sí lo hubiera hecho, no vería qué relación tenía eso con la habilidad o la pericia de unos jóvenes que no me han sido presentados. Si un cineasta español gana un Oscar, o un escritor el Nobel, no me puedo sentir en modo alguno partícipe de su reconocimiento particular, ni siquiera con el de mi gremio, y nada me resulta más patético que los periodistas que dicen "Éste es un triunfo para España", o los galardonados que sueltan "En mí se ha querido distinguir a toda la literatura española". ¿Cómo se me iba a distinguir a mí, por ejemplo, cuando se premió a Cela en Estocolmo, si considero su literatura rancia y de fogueo y estábamos en las antípodas?
Sólo comprendo el patriotismo, extrañamente, por la vía negativa, es decir, hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme. Los méritos de otros no me contagian ni me ennoblecen, y en cambio las ignominias sí me alcanzan. Hay individuos y hechos con los que por nada del mundo querría que se me asociara. Me avergüenza que mi región la gobierne alguien tan bruto como Esperanza Aguirre, que se gasta millón y medio de euros nuestros en una fiesta cutre suya y destruye el sistema sanitario. Me avergüenza que tengan poder decisorio Ibarretxe y Carod-Rovira, en el País Vasco y Cataluña, respectivamente. Que haya en Valencia un sujeto y Presidente llamado Camps que obliga -imbecilidad suprema- a que en sus escuelas se imparta una clase en supuesto inglés, con traductor a esa lengua incluido, para que ningún chaval entienda nada. Que a Zapatero le entre el pánico cada vez que ve a un obispo y para calmarse lo forre a billetes a cargo del contribuyente. Que nuestro poder judicial conozca sólo el chalaneo. O que las calles de mi país estén llenas de vociferantes unga-ungas que sirven de pretexto para la "protección de los grandes simios" decretada por nuestros congresistas. Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino. No es que me consuele, pero estoy segurísimo de no ser el único español que lo padece.
Figuraciones sólo nuestras
La tierra entera está llena de muertos. Unos tienen sus lápidas y sus nombres inscritos en ellas, otros nada. Muchos están enterrados en cementerios e iglesias, muchos también bajo el asfalto y en cunetas y campos, o allí donde cayeran. Probablemente no hay ciudad ni paisaje, si éste ha sido habitado, que no guarden en su profundidad restos humanos. Sobre ellos caminamos a diario ignorándolos y sin que nos quiten el sueño. En las guerras se han hecho siempre fosas comunes, y se ha sepultado con apresuramiento, lo mismo que durante las pestes y tras las grandes catástrofes. También las aguas -mares, ríos, lagos- albergan cadáveres, no todos salen a flote. Desde que la incineración se ha puesto de moda en nuestras sociedades, cenizas que una vez fueron hombres y mujeres andan esparcidas quién sabe dónde. Si en verdad creyéramos que los muertos se revuelven en sus tumbas, cada una de nuestras pisadas turbaría el descanso de alguno de ellos.
Las religiones, que sólo admiten la perduración del alma, se contradicen enormemente con su costumbre de venerar los restos. Las iglesias de España están llenas de supuestas reliquias de santos -una tibia, un fémur, una calavera, un brazo incorrupto, alguna momia completa y jibarizada- ante las que los fieles de siglos se han postrado, desconocedores de que la mayoría de esos despojos sagrados pertenecían en realidad a animales, como se va comprobando ahora, o en el mejor de los casos a "particulares" de épocas muy distintas de las que conoció cada mártir o santo. A una religión como la católica, que cree en la resurrección de la carne en un lugar no terreno, debería importarle poco lo que se hiciera de los cuerpos, que además tanto desprecia. A quienes no son creyentes -de esa religión ni de ninguna otra- debería importarles aún menos: cuando alguien se acaba, se ha acabado del todo excepto en la memoria, ya no está ni nos oye, y solamente la costumbre de dirigirnos a él y de tenerlo en cuenta -que tarda mucho en perderse, y a veces no se pierde nunca- justifica nuestras visitas al sitio en que fue depositado, y aunque le hablemos a una piedra, como han hecho con emotividad muchos personajes de John Ford en sus películas. Pero para eso no hace falta desplazarse ni entrar en ningún cementerio ni buscar ninguna tumba, uno puede "hablar" en casa con el recuerdo de cualquier difunto, y por supuesto puede oírlos responder en sueños de los que despertamos desconcertados, medio tristes y medio contentos.
Atribuir a los restos de las personas el deseo de estar en un sitio o en otro, o de yacer junto a sus seres queridos, se explica sólo como superstición o como "reflejo literario", y es una forma de religiosidad hasta en quienes no son religiosos, que a la postre resultan serlo: implica creer que hay algo más allá de la muerte y, lo que es más chocante, que está encerrado en los cadáveres. Todos fantaseamos con esas cosas, incluso cuando se trata de objetos inanimados: hace unos cuantos años vi en el escaparate lateral de una vieja tienda dos figuras de madera policromada. Una de ellas me gustó y entré a comprarla. Era una especie de edecán hindú con un bonito uniforme. Me lo llevé a casa, pero me pasé el día pensando que lo había separado del gaitero escocés -mucho más convencional y sin gracia- que llevaba acompañándolo en el estrecho escaparate quién sabía cuántos años. Puestos a imaginar disparates, se me ocurrió asimismo que tal vez era lo que los dos deseaban, perderse por fin de vista, por estar mal avenidos. Me pudo más, sin embargo, el temor a que se sintieran solitarios, y a la mañana siguiente me pasé por la tienda y me traje también al gaitero, que bien poco me atraía.
La misma puerilidad, salvando las distancias, hay en la fiebre recuperadora de huesos que se da en nuestro país actualmente, y que sólo afecta a los de la Guerra Civil, y no a los de ninguna otra, y bien que ha habido en España. Es una puerilidad respetable y que comprendo -cómo no voy a comprenderla si acabo de confesar una más grande-, pero, si admitimos las personificaciones de lo que ya no son personas, y nos atrevemos a suponerles deseos a los esqueletos y despojos, cabría imaginar, igualmente, que acaso no tengan ganas de ser perturbados ni desenterrados ni trasladados, ni de separarse de los demás desdichados que sufrieron la muerte con ellos, hace setenta o más años. Según esas figuraciones nuestras -porque son sólo nuestras, no de ellos-, ¿quién nos asegura que lo que quede de quien fue García Lorca no prefiere seguir junto a los restos del maestro y los banderilleros que lo acompañaron en el último tramo y quizá le infundieron entereza y ánimo? No sé. También un tío mío fue asesinado durante la Guerra en Madrid, por milicianos, cuando contaba diecisiete o dieciocho años. Pese a ser víctima de quienes la perdieron, nunca se lo encontró ni se sabe dónde fue enterrado. Ni mi madre ni sus demás hermanos se afanaron por buscarlo, según mi conocimiento, ni se angustiaron especialmente por ignorar su paradero. Tenían ya suficientes pena y angustia por saberlo muerto, en plena juventud y sin juicio ni culpa. Nunca lo he hablado con ellos, pero tal vez pensaron que no debían moverlo, ni separarlo de la joven compañera de estudios con la que iba por la calle cuando lo detuvieron, y que corrió su misma suerte. Si murieron juntos y confortándose, que permanezcan juntos sus huesos, donde quiera que se encuentren.
Peste de artistas
Por fortuna casi ningún niño quiere ser de mayor artista o escritor, eso es algo que -con excepciones repelentes- se acaba siendo o se resulta ser. Desde luego yo, en la infancia, aunque me gustaba leer, creo haber respondido a la pregunta clásica cualquier cosa menos: "Novelista". Pirata, futbolista, arqueólogo (había ya antecesores de Indiana Jones), bandolero, domador de circo, tal vez hasta médico en un arranque de insensatez... Ignoro lo que quieren ser de mayores los niños de hoy, pero estoy seguro de que tampoco aspiran a dedicarse a la literatura, la pintura o la música "seria". Más les vale, porque, ahora como hace cincuenta años, les costaría identificarse con los artistas tal como suelen aparecer en las películas e incluso en los libros, y no desearían emularlos. Lo más preocupante para quienes hemos resultado ser eso, novelistas o poetas o escultores o pintores o músicos, es que tampoco de adultos hemos visto muchos motivos para admirar a nuestros predecesores en tanto que personajes. Podemos admirar sus obras enormemente, pero rara vez nos caen bien cuando son sus vidas las contadas o representadas. No sé si es que el gremio ha tenido mala suerte o si somos efectivamente insoportables.
Lo cierto es que la imagen habitual de los artistas es la de gentes megalómanas y a menudo vocingleras, que sufren mucho y se cortan la oreja o que fingen sufrir y se arrastran histriónicamente por el fango; que se toman muy en serio a sí mismas y son por norma vanidosas, ambiciosas y tirando a mezquinas; que con inconcebible frecuencia caen en alguna adicción (alcohol, drogas, juego) que las lleva a conducirse de manera harto anómala y dañina para sus seres queridos; que no saben encajar debidamente el éxito ni el fracaso, y que requieren unas dosis de atención enfermizas; que se meten en situaciones desaconsejables con gran empeño y se adentran por sendas gratuitamente peligrosas, más que nada por autodestructivas; tratan de ser ingeniosas o profundas sin pausa, lo cual parece muy fatigoso para ellas y abominable para quienes las rodean y para el lector o espectador; también se afanan por mostrarse enigmáticas, lo cual es un aburrimiento; viven obsesionadas con lo que hacen y no existe nada más para ellas. En fin, yo he visto a Scott Fitzgerald emborracharse a lo bestia con la cara de Gregory Peck; a Miguel Ángel dar una lata increíble y colérica con la de Charlton Heston; a Picasso hacer el chorras sin descanso creo que con la de Jeremy Irons; a Beethoven ponerse grandilocuente y tieso con la de Ed Harris y a Mozart hacer el necio con la del olvidado Tom Hulce; y, en todo caso, resultar muy cargantes a Van Gogh, Rimbaud, Bob Dylan, Truman Capote, Frida Kahlo y su marido (bueno, con esta pareja no debía de haber más remedio) y a centenares más, y la experiencia me ha servido, a título estrictamente personal, para procurar no parecerme a ninguno de ellos en mi vida, aun a costa de privarme de rasgos que todavía muchas personas -niños no, pero sí adolescentes y adultos pueriles- asocian con el talento o con la genialidad: aún hay quienes creen que beber compulsivamente, inflarse a drogas o errar en coche por las carreteras los va a aproximar a Faulkner, a Lowry o a los predecibles Kerouac, Burroughs y Bukowski.
Por eso, en parte, me interesaba ver la serie de televisión alemana Los Mann, de 2001, que ha salido ahora en DVD. Thomas Mann no se distinguió por nada demasiado llamativo ni anómalo. Padeció el exilio durante el nazismo, pero dentro de todo llevó una vida sin demasiados reveses ni penalidades, y razonablemente respetable. Más escandalosa fue la de su hijo Klaus, también apreciable escritor, que acabó suicidándose como su hermano Michael, pero éste una vez ya muerto el padre. Por así decir, no había en el Thomas Mann personaje casi nada que se prestara a los excesos y exhibicionismos de los que no escapa ningún artista cuando se lo retrata en el cine o en la literatura. "A ver si por una vez hay uno que me cae bien", pensé. "Con quien pudiera apetecer tener trato". Pero no había de caer esa breva. Thomas Mann no aparece como iracundo ni histérico, no se lo ve atormentarse ni asomarse a los "abismos de la creación". Casi parece un notario o el dueño de una fábrica, y su única veleidad -para un padre de familia numerosa- es una homosexualidad abstracta que se manifiesta sólo en miradas semifurtivas a jóvenes bien parecidos. No muy vistoso, por fin cierta sobriedad. Y sin embargo su modelo tampoco invita a seguirlo, sino a rehuirlo: una especie de piedra pómez, áspero y quebradizo, que ni siquiera se altera ante la primera tentativa suicida de su hijo Klaus. Un individuo solemne y pagado de sí mismo, que recibe la noticia de la concesión del Nobel con chirriante naturalidad, como si fuera algo esperable o que se le adeudaba. Alguien consciente de su celebridad, que parece compartir la actitud de su mujer cuando ésta entrevista a una posible secretaria del escritor y le advierte: "Bueno, se le exigirá absoluta confidencialidad. Ya sabe, ¡es Thomas Mann!". A juzgar por esta digna e interesante serie, el autor de La montaña mágica puede que se levantara por las mañanas y al mirarse en el espejo exclamara con reverencia: "¡Soy Thomas Mann! Caramba". No sé si alguna vez lograremos ver o leer sobre un artista sin que ello nos lleve a preguntarnos si nuestra admiración por la obra de semejante sujeto no ha de ser por fuerza una equivocación.
Todos presa de las ficciones
Hace poco una amiga me contaba una espantosa situación por la que estaba atravesando su familia, y después de impresionarme y preocuparme y confirmarme que el asunto no tenía remedio a corto plazo, no sabiendo yo cómo animarla no se me ocurrió otra cosa que hacerle un comentario levemente humorístico: "Qué horror", le dije, "es como si de pronto vivieras inmersa en una novela de Dickens, y ya no tienes edad para tanto drama. O más bien de Balzac, peor todavía". "Sí, sí, de Balzac, con tanto desfalco y tanto oprobio", me contestó ella, que es persona leída, con una breve risa, como si, dentro de lo malo y realísimo de sus circunstancias, le divirtiera un poco y le diera momentáneo consuelo -efímero- sentirse protagonista de una ficción decimonónica.
Desde Dickens y Balzac ha llovido tanta ficción sobre nosotros que hoy es casi imposible verse en cualquier clase de apuro sin que nos acuda alguna referencia literaria, cinematográfica o televisiva, es decir, sin que tengamos la sensación de haber vivido ya antes el trance en que nos encontremos, de haberlo visto o leído, de habernos puesto con anterioridad en el lugar que en nuestra experiencia ocupamos por vez primera. En cierto sentido, casi nada nos sorprende enteramente, porque estamos rodeados de mundos en los que "todo ha sucedido"; y quien más quien menos, aunque sea de refilón o involuntariamente, ha visto muchas películas y series de televisión y conoce -aun sin haberlas leído- una enorme cantidad de novelas. Uno de los niños supervivientes del reciente accidente aéreo de Barajas preguntaba al parecer, desesperado y con comprensible impaciencia: "¿Pero cuándo se va a acabar la película?", no pudiendo creer que aquella tragedia perteneciese a la realidad y fuese en serio. Algo semejante nos preguntamos todos, hace siete años, mientras veíamos en una pantalla derrumbarse las Torres Gemelas, atravesadas por sendos aviones, y a un tercero estrellarse contra el Pentágono; y otro tanto nos sucede con cada atrocidad o catástrofe que contemplamos, se trate de un huracán, una guerra, un tsunami o un despiadado ajuste de cuentas entre narcotraficantes. "Esto es como aquella película, esto como aquella serie, esto como aquel cómic, esto como aquel cuento".
Y, de la misma manera, casi todo lo que acontece, aunque no nos afecte directamente, lo percibimos influidos por ese aluvión de ficciones. La figura de Michelle Obama, la mujer del candidato presidencial demócrata, por ejemplo, me resultaba en principio antipática y poco fiable, y he comprobado que compartía esa desconfianza intuitiva con más personas. No podía evitar adivinarle un carácter torcido, ambicioso y ladymacbethiano, ni sospechar que, de llegar su marido a la Casa Blanca, ella intentaría manipularlo. Hasta que caí en la cuenta de que probablemente mis percepciones no se debían a una extraña perspicacia, sino a que, injusta e inconscientemente, había estado asociando a esa mujer al personaje de Sherry Palmer, esposa del Presidente David Palmer de la serie 24 (ya saben los que lo sepan, esa en la que el actor Kiefer Sutherland o agente Jack Bauer ha de poner fin a monstruosas amenazas planetarias en el plazo de veinticuatro horas, superando palizas, torturas y bestiales muertes de seres queridos en un santiamén, en plan Tom y Jerry), que a lo largo de dos o tres temporadas se dedicaba a hacer toda clase de maldades a espaldas de su noble marido, conspirando sin cesar y poniendo en peligro al entero globo terráqueo. Y Palmer y su mujer eran los dos de raza negra. Desde que reparé en mi desliz le tengo mucha más simpatía a Michelle Obama, o al menos he comprendido que no había ningún motivo real para negársela.
Ya es bastante preocupante que nos guiemos por los millones de ficciones que asaltan al hombre contemporáneo. Pero quizá lo sea más todavía que nuestros mandatarios -que también se han empapado de televisión y cine, sobre todo cuando aún eran seres normales- imiten, sin querer o queriendo, cuanto han visto en las pantallas o han admirado en los tebeos (en libros me temo que poco, la mayoría). ¿Acaso Berlusconi no es una mala imitación, y sin gracia, de los personajes de Alberto Sordi, a menudo cínicos y sin escrúpulos a la vez que serviles y untuosos, como ha señalado Concita de Gregorio? ¿No es Hugo Chávez, con sus vociferaciones ("¡Yanquih de mierda!"), el reyezuelo gordinflón y pueril de algunas aventuras de Tintín o del Capitán Trueno? (Es fácil imaginárselo con una corona de puntas, faldellín y el barril torácico al descubierto.) ¿No parece Putin un frío asesino a sueldo salido de James Bond? ¿No podría haber sido, incluso, el sicario que disparará al sonar los platillos en El hombre que sabía demasiado? ¿No se asemeja Sarah Palin, con su peinado picassiano lleno de picos, sus gafas raras, su desaliño a su pesar y su determinación fanática, a las espías del KGB ruso de las películas de la Guerra Fría? ¿No recuerda el actual Aznar al Inspector Clouseau que creó Peter Sellers, alternando ínfulas y patinazos? ¿No comparte modelo con Sarkozy, que se planta con sus coturnos, volando como SuperRatón, en cualquier rincón del mundo para "resolver un caso"? Sigan pensando y verán como hay motivos para alarmarse, ante esta ola de mimetismo irresponsable. Porque lo malo es que luego la vida va en serio, como descubrió Gil de Biedma.
Dañina gente de paso
Han sido dos pequeñas noticias que han pasado casi inadvertidas y que ni siquiera tuve la prudencia de guardar, por lo que no las recuerdo con exactitud. Una hablaba de un alcalde de una población granadina, creo, que se había declarado en huelga de hambre para protestar por la "asfixia económica" a la que están sometidos los ayuntamientos en general y supongo que el suyo en particular. La otra se hacía eco de las quejas de los alcaldes de España por el "escaso poder" de que disponen, y se anunciaba una reforma con vistas a incrementárselo; y, si no me equivoco, en este mismo diario hubo un editorial que les daba la razón (!). ¿Asfixia económica? ¿Escaso poder? O estoy muy mal informado y veo visiones a mi alrededor -no lo descarto-, o nuestros primeros ediles son unos jetas. Lo que sé con certeza es que no soy el único ante esta disyuntiva o con esta perplejidad.
Un notabilísimo número de ayuntamientos de este país se distingue por las desvergonzadas recalificaciones de terrenos y los consiguientes pelotazos inmobiliarios con que se benefician, tanto en las grandes como en las pequeñas ciudades como en los pueblos, en las costas como en el interior, en el norte como en el sur como en el este como en el oeste. De todos es sabido que España se ha convertido en los últimos años en el reino de la especulación, la barbarie urbanística, la destrucción del paisaje y del medio ambiente, la edificación salvaje y sin sentido y el dinero negro o mafioso que todo ello trae consigo; y que nada de esto habría sido posible sin la connivencia o complicidad de los ayuntamientos, que son los que otorgan permisos, expropian terrenos, hacen concesiones a los constructores y cobran grandes cantidades a cambio. No son pocos, además, los que lo hacen sin ni siquiera una apariencia de legalidad, y estamos hartos de leer en la prensa sobre casos de corrupción municipal aquí o allá, con gobiernos del PP, del PSOE o de San Juan Crisóstomo, tanto da. Pero no es sólo eso: en cualquier ciudad -pero empezando por Madrid, que se lleva siempre la palma-, a uno lo asaltan las continuas y demenciales obras que las más de las veces son o parecen enteramente innecesarias, esto es, sólo explicables como manera de que hagan caja tanto los ayuntamientos que las inventan, propician, autorizan y encargan como las empresas que las ejecutan. La impresión que tiene cualquiera es justamente la contraria de la que ha movido a ese excéntrico alcalde granadino a iniciar una melodramática huelga de hambre, a saber: que los ayuntamientos se hinchan a ganar dinero -a costa del tormento de sus ciudadanos-, y que les sobra tanto que además pueden endeudarse hasta las cejas (ya saben que sólo los riquísimos están facultados para contraer monstruosas deudas).
En cuanto a su "escaso poder", uno tiene asimismo la sensación contraria: los alcaldes abusan del que se les otorga y éste es excesivo a todas luces, con la agravante de que lo que acometen suele ser irreversible, además de hortera y dañino en general. Destrozan las ciudades y eso no tiene vuelta de hoja, y las utilizan como si fueran el salón de su casa, sin que nada ni nadie los pueda frenar. ¿Y exigen más poder todavía? Es una tendencia de la España actual: con el pretexto de la descentralización, conveniente y necesaria en muchos aspectos, hay un afán por trocear cada vez más las parcelas. Es como si legiones de españoles precisaran mandar, en algún sitio, aunque sea en un patio de vecinos. Y la única forma de contentar y aplacar a esos millones de megalómanos ansiosos de algún poder, es repartir éste hasta la brizna y blindar las competencias de cada uno de ellos en su menudencia.
Los alcaldes y concejales han pasado a contarse, como dije aquí hace algún tiempo, entre los villanos de la nación. Hacen lo que les da la gana, destruyen sus localidades. El de Madrid va a destripar, dentro de nada, el Paseo del Prado -maldita la falta que hace tocarlo: uno de los pocos lugares bonitos de la capital- y la calle de Serrano, lo cual supondrá el más sádico martirio y el más absoluto caos. El de Soria -ciudad que conozco bien- va a excavar un aparcamiento en pleno centro y se va a cargar la ribera del Duero y la visión de las ruinas de Numancia con la construcción de un polígono industrial totalmente superfluo y para el cual, en todo caso, sobraba terreno más propicio en una provincia extensa y semivacía; y lo va a hacer no sólo con el apoyo de su grupo socialista -cuando al PSOE le da por el negocio hay que temerlo tanto como al PP-, sino de los demás sin excepción y de la Junta de Castilla y León, y en contra del criterio de todas las Academias y organismos, nacionales y extranjeros, que defienden la cultura, la historia, las artes, el paisaje y la conservación del entorno. Esa gente sabia y responsable, al ayuntamiento cafre de Soria y a la vandálica Junta les parecen unos capullos y se la pasan por el forro.
A todos estos alcaldes españoles que piden más y más, y nos quitan más y más, se les olvida que están de paso y que nadie se va a acordar nunca de ellos, como no sea para maldecirlos. La prueba, el más famoso de la democracia, Tierno Galván: la gente se echó folklóricamente a la calle para verlo enterrar, pero hoy ya nadie sabe qué hizo o dejó de hacer. Sólo que escribía unos bandos chistosos y que una noche lo fotografiaron junto a una actriz con las tetas al aire. Qué legado.
¿Por qué tantas mujeres están tan furiosas?
Uno de los mayores tópicos soltados por mujeres desde hace decenios -también por varones a los que esas mujeres convencen y hacen cautivos- consiste en la idea de que los pobrecitos hombres ya no saben qué hacer ni cómo conducirse y andan acomplejados y desorientados. Es rara la entrevista con una actriz, escritora o cantante en la que éstas no expresen en algún momento su conmiseración, si no desprecio, por los integrantes del sexo masculino. Tampoco es raro oír estos comentarios en diálogos de películas o de televisión, así como, en la vida, chistes despectivos o maternalistas y descalificaciones globales: "los hombres son tan simples", o "sólo piensan con la polla", o "son un mal necesario", por mencionar tres lugares comunes que, cuando dichos u oídos, parecen reconfortar a muchas mujeres. Y cuando éstas repiten por enésima vez estas nociones trilladas, los varones no protestan ni se ofenden, y en cambio la mayoría de ellas ríen invariablemente la supuesta y novedosa gracia. Así que hoy nos encontramos con una situación curiosa: las mujeres pueden echar pestes de los varones en su conjunto sin que nadie se escandalice ni queje ni llame la atención a las denostadoras, mientras que cualquier chascarrillo equivalente por parte de un hombre le acarrearía perder su empleo (si es un profesor o un político, por ejemplo) o caer en el descrédito.
Pero no es este desequilibrio lo que me preocupa. Al fin y al cabo, durante siglos fueron los varones los que hicieron burla de las mujeres, los que las tildaron de tontas e incapaces y les negaron el voto y antes el alma. Quizá no tenga mucho de particular que ahora haya un buen grupo de ellas -sin duda las más elementales- que deseen resarcirse y aun tomarse la revancha. Son las más miméticas, las que piensan "Ahora nos toca a nosotras" y lo pasan en grande copiando las actitudes de los hombres más brutos del pasado, sólo que dándole la vuelta a la tortilla. Lo que me parece preocupante no son estas mujeres que -aunque de modo rudimentario- tanto se divierten, sino el gran número de ellas que, por el contrario, se diría que viven en la permanente furia.
El último artículo que aquí publiqué antes de mi respiro de agosto hablaba de las antiguas esposas y madres que se veían confinadas al exclusivo ámbito doméstico, y condenadas a conocer el resto del mundo sólo de manera indirecta, a menudo a través de sus maridos; y lamentaba que a lo largo de la historia fueran tantas las generaciones que se habían visto obligadas a desperdiciarse. Y decía, entre otras cosas: "Cuántas existencias dedicadas a procrear y a proteger y a formar a los jóvenes miembros de la especie, tarea admirable, pero limitada y con fecha de caducidad". Había simpatía y lástima por esas existencias "recortadas", en muchos casos no elegidas sino impuestas o heredadas. Pero las cartas furiosas no se hicieron esperar: algunas se han leído aquí, otras me fueron remitidas. Se me ha acusado de denigrar a las esposas y madres de la historia entera, se me ha espetado que muchas amas de casa eran sin embargo cultas y leían la prensa y muchos libros (como si eso no fuera conocer el mundo de manera indirecta), que he faltado al respeto a quienes han llevado y llevan a cabo la más importante misión de la humanidad, la de dar a luz hijos y criarlos, y hasta una señora se ha empeñado en que yo había insultado personalmente a su madre (Dios me libre). Añadía yo en mi pieza esta frase: "Imaginar hoy a una mujer que por elección no trabaje, o sin vida propia, produce bostezos ...", lo cual, es evidente -mis artículos son de opinión-, quiere decir que a mí me los produce. Alguien que me hablara sólo de sus niños y de sus problemas domésticos y vecinales -o de lo que ve en la tele, que a fin de cuentas es un electrodoméstico- me aburriría mucho, qué quieren.
Mi columna era, en suma, una deploración por el papel secundario, casi ancilar, que se ha asignado a demasiadas mujeres, y una incitación a las actuales a seguir la senda ya emprendida por la mayoría: a no conformarse con eso, a sentirse en igualdad de condiciones con los hombres, a no permitir que sean ellos quienes les cuenten y muestren la vida y el mundo, ni tampoco sus hijos ya crecidos; a no agacharse ni resignarse. Pues bien, no quiero ni imaginar las cartas que habrían llegado si hubiera hecho yo una loa del ama de casa, y hubiera manifestado lo que las mujeres que me han escrito han afirmado: que las meras esposas y madres son divertidísimas, que están al tanto de todo aunque nunca hayan trabajado fuera de sus hogares, que sus maridos no sólo no se aburren con ellas, sino que están contentísimos de que hayan optado por la vida familiar y hayan renunciado a casi cualquier otra. Diga uno lo que diga sobre cuestiones concernientes a una parte u otra de la población femenina, salen mujeres furiosas de debajo de las piedras. Esto es lo que me parece más preocupante, porque empiezan a recordarme a los nacionalistas más fanáticos, los cuales sostienen que nadie que no pertenezca a su casta puede entenderlos (como si el nacionalismo fuera complejo), ni opinar, ni hablar de ellos. A lo cual hay que responder que no hace falta ser gallina para saber si un huevo está podrido. Sólo faltaría que la mitad de la humanidad no pudiéramos decir una palabra sobre la otra mitad, la que nos completa.
Esta absurda aventura
Así como cae dentro de lo muy previsible que un editor acabe desesperándose al ver durante años cómo sus autores se llevan la mayor porción de gloria y de fama -que no de dinero-, y se lance a escribir, preferentemente memorias ensimismadas o viñetas de los escritores que lo hicieron rico, es mucho más raro que un novelista se meta a editor, y supongo que es por eso por lo que se me pide que hable aquí un poco de Reino de Redonda, seguramente la editorial más pequeña y pausada del Reino de España, ya que publica tan sólo dos títulos al año, o a lo sumo tres. Además, no tiene sede más que nominal, ni plantilla, ni equipo, ni colaboradores externos, ni encargado de prensa ni nada por el estilo. La formamos dos personas, una en Madrid, que soy yo, y otra en Barcelona, Carme López Mercader, que es la encargada de las ediciones, es decir, de que los libros existan. La distribuidora Ítaca me hace el favor de colocar algunos ejemplares en las librerías, y mi agente literaria Mercedes Casanovas me echa una generosa mano en la contratación de derechos (cuando los hay). Y sin duda ha de ser la única editorial que no hace cuentas: sé que es deficitaria, porque sus volúmenes están cuidados, llevan muy buen papel y encuadernación, y a los ocasionales traductores les pago el máximo y, si lo desean, la mitad por adelantado, pues no en balde fui yo traductor en su día y habría deseado ese trato para mí. Aun así ponemos a los libros precios razonables, y aun así no se venden mucho. La única forma de no deprimirse en exceso y arrojar la toalla consiste en ignorar a cuánto ascienden las pérdidas anuales y generales (siempre he odiado saber cuánto gano y cuánto gasto). Me basta con comprobar que el Reino no se arruina por ello y sigo adelante, hasta que me canse, me aburra, o la excesiva indiferencia de los suplementos literarios me obligue a echar el cierre: si ni siquiera los lectores se enteran de la aparición de un título, qué sentido tiene.
Da lo mismo que uno lance a las librerías rescates fundamentales de autores fundamentales o textos desconocidos
Hasta la fecha Reino de Redonda ha publicado dieciséis. El Cultural de El Mundo, por ejemplo, no se ha dignado -cuesta creer que no haya deliberación- sacar reseña de ninguno de ellos, a lo largo de ocho años. El único suplemento que les suele hacer caso es Babelia, tal vez por la proximidad de mi firma, domingo tras domingo, en El País Semanal (sea como sea, gracias mil). Los demás acostumbran a ser rácanos. Habituado a no incurrir en el mal gusto de solicitar críticas y atención para las obras que publico como autor, me cuesta hacerlo para las que saco como editor, y empiezo a pensar que si uno no da la lata, llama, promociona, ruega, amenaza e insiste, mal lo tiene para que su catálogo suscite interés en los medios especializados. Da lo mismo que uno lance a las librerías rescates fundamentales de autores fundamentales (Isak Dinesen, Conrad, Hardy, Yeats, Sir Thomas Browne, el Capitán Alonso de Contreras o el gran Sir Steven Runciman) o que suelte textos interesantísimos desconocidos en español (Viaje de Londres a Génova de Baretti, los cuentos de Vernon Lee o los recuerdos del fusilero Harris que combatió en la Guerra de la Independencia). Si uno no hace relaciones públicas ni pide favores, será difícil que alguien, en las redacciones, se moleste ni en echarles un vistazo.
Por todo ello, y por la parsimonia del proyecto, en realidad no me atrevo a llamarme "editor". Me limito a recuperar maravillosos libros olvidados y a ofrecer algunos nuevos que en mi opinión deberían ser conocidos en mi lengua o en mi país -es el caso de los artículos de Jorge Ibargüengoitia, el extraordinario autor mexicano muerto en Barajas hace ya muchos años, que aparecerán con prólogo y selección de Juan Villoro-. Todos los volúmenes, eso sí, llevan su prólogo o presentación: algunos míos -qué remedio-, otros de gente afectuosa como Mendoza, Savater, Pérez-Reverte, Antony Beevor, Rodríguez Rivero o el Profesor Rico -bueno, éste aún me lo ha de escribir-. Todos ellos forman parte del jurado del Premio Reino de Redonda, que concede cada año a un escritor o cineasta extranjeros la editorial, añadiéndose déficit, para variar. Pese a que son también miembros del jurado George Steiner, Almodóvar, Coetzee, Rohmer, Alice Munro, William Boyd, Ashbery, a veces Coppola, Villena, Magris, Sir John Elliott, Lobo Antunes o Gimferrer, la cosmopolita prensa española apenas si se hace eco de él, mientras llena páginas con cualquier merienda de negros de cualquier editorial poderosa o institución oficial.
¿Y las ventas? A diferencia de los editores de verdad, no tengo reparo en hablar de ellas. Nuestro best seller es La caída de Constantinopla 1453, que ha vendido cerca de cinco mil ejemplares, seguido a distancia por El espejo del mar de Conrad, Ehrengard de Dinesen y Vida de este capitán de Contreras, que van por la mitad. Los menos vendidos no llegan ni a mil ejemplares, y son, inexplicablemente, el mencionado Viaje de Londres a Génova, un divertido e inteligentísimo paseo por la España de Carlos III, La nube púrpura de M P Shiel -primer Rey de Redonda-, la novela que inauguró el subgénero "último hombre sobre la Tierra" que luego han copiado tantos, incluido el hoy famoso Richard Matheson de Soy leyenda, y los magníficos cuentos de El brazo marchito, de Hardy, que fueron mi primera traducción, allá por 1974. Tampoco los de Vernon Lee han alcanzado los mil lectores, quizá por ser tan extraña mujer como fue.
Sólo dos libros al año, a lo sumo tres, como he dicho. Y sin embargo cada uno lleva tanto trabajo -sobre todo a la encargada de la edición- que ahora admiro a los editores mucho más que antes de iniciar esta absurda aventura, que desde luego trae más sinsabores que ser autor. ¿Cómo es posible que algunos saquen ochenta o cien títulos anuales, si aspiran a hacerlo bien? Claro está que la mayoría cuentan con equipos nutridos, plantilla fija y numerosos colaboradores externos a los que suelen explotar a fondo. Pero aun así. Quizá es que demasiados -por lo que leo últimamente publicado en nuestro país- han renunciado a hacerlo bien: textos lunáticos o pésimamente escritos que nadie parece haber corregido, traducciones desastrosas o demenciales hechas por gente que no sabe la lengua de la que traduce ni la suya propia, erratas sin fin... "Productos podridos", los llamé una vez, ante los que sin embargo nadie protesta en esta época de defensa de los consumidores. Ni siquiera los críticos, que pocas veces ya distinguen cuándo un libro está agriado. Lo que sale de Reino de Redonda es muy lento y modesto, pero al menos se puede tener la certeza de que está en buenas condiciones. Supongo que el verdadero destino de estas publicaciones es convertirse, de aquí a unos años, en objeto de coleccionistas, los cuales acaso busquen desesperadamente el título que les falte para completar su colección. "Doy lo que sea por Browne", dirán. "O por Bruma de Crompton, o por La mujer de Huguenin". A eso quizá se le llama trabajar para la posteridad. Les aseguro que en modo alguno era ésa mi intención.
Siglos de desperdicio
Estoy viendo en DVD una serie reciente de televisión, Mad Men, uno de cuyos atractivos es que la acción transcurre en 1960, es decir, justo antes de que todo cambiara, con el auge de la Guerra Fría, el asesinato de Kennedy, la aparición de los Beatles y demás. En ese año yo cumplí nueve, así que recuerdo la época bien. Pero nunca es lo mismo vivir las cosas cuando son contemporáneas -cuando son lo último, y lo que hay- que verlas a distancia y recreadas en una ficción, o incluso "reconstruidas" con afán arqueológico. En ese aspecto la serie está cuidada y es verosímil, algo por otra parte sin excesivo mérito, ya que hay millares de películas de aquella década, algunas tan célebres como El apartamento, con la que comparte el ambiente oficinesco de una gran empresa de Nueva York, en este caso una agencia publicitaria de Madison Avenue (de ahí el título, que no significa sólo "Hombres locos" o "enfadados", sino también "Hombres de Madison").
Al contemplar "objetivada" esta época por mí vivida -aunque como niño-, lo que más extraña y llama la atención son las mujeres, pero no sólo por el trato que los varones les daban, sino por el tipo de existencia que llevaban o se veían forzadas a llevar, y hasta cierto punto sorprende comprobar que las de la serie -ame¬¬ricanas burguesas- parecen, en contra de la creencia generalizada, levemente más atrasadas y convencionales que las europeas de aquel tiempo (siendo España caso aparte, pues bajo el franquismo, como quizá ya ignoran las generaciones más nuevas, las mujeres no podían sacarse el pasaporte, abrir una cuenta corriente ni trabajar sin la autorización del marido, y se exponían a ir a la cárcel si cometían adulterio o abandonaban el hogar: en verdad eran prisioneras, cautivas, más que "menores de edad", como se ha dicho tantas veces). Las europeas habían padecido una guerra en su territorio, y durante aquel periodo, el de guerra, habían salido de sus casas y se habían puesto manos a la obra. Terminada la contienda, ya no fue fácil confinarlas a sus papeles de meras esposas y madres, y empezaron a incorporarse más o menos masivamente al trabajo (sigo hablando de las burguesas, las de la clase obrera llevaban mucho incorporadas a las fábricas y los mercados y a las faenas del campo). Las americanas, en cambio, se habían limitado a "esperar" durante la Segunda Guerra Mundial, sin ataques ni invasiones en su país, y en ese sentido no habían visto variar mucho sus costumbres.
En Mad Men las más jóvenes trabajan -como secretarias con alguna excepción, como también recuerdo que trabajaban las amigas de mis padres mientras permanecían solteras, y las que así se quedaron siguieron haciéndolo siempre. Pero con vistas a retirarse en cuanto consigan casarse, porque lo cierto es que las ya desposadas no parecen hacer nada más que cuidar de los niños, del marido -cuando aparece- y de la casa. Vistas desde ahora, no sólo dan la impresión de aburrirse infinitamente, sino de resultar aburridísimas para sus maridos. Con apenas qué contar fuera de los problemas y contratiempos domésticos, recluidas en el mundo infantil y del vecindario, sin mucho más que hacer en la vida aparte de aguardar la llegada de sus cónyuges, convertidos en la única ventanita -indirecta- por la que conocían el mundo exterior. No es de extrañar que, cuando los hijos ya estaban crecidos y se largaban, esas mujeres padecieran unas depresiones brutales, no sólo por verse desprovistas de su principal tarea, sino por darse cuenta de que a lo largo de sus existencias adultas no habían adquirido ningún interés propio y duradero, es decir, que no dependiera de la presencia de los demás. Bien es verdad que la capacidad de resistencia y de adaptación de las mujeres ha sido siempre superior a la de los varones, y por eso se dice -y es bastante cierto- que no hay viuda triste durante mucho tiempo: se amoldan, saben buscar y hallar distracciones, se suscitan curiosidades nuevas, por peregrinas que sean a veces.
Pero no deja de producir una enorme desazón recordar de pronto, a esta luz, a las numerosas mujeres que uno conoció de niño y de adolescente, a las que quizá no dedicó un solo pensamiento entonces, a las que "dio por sentadas" como esposas de alguien o madres de sus compañeros, en cuyas vidas personales jamás reparó. Y, a la vista de la privilegiada situación -comparativamente- de sus actuales congéneres, le resulta difícil ahuyentar un malestar que podría resumirse en estas dos palabras: "Qué desperdicio". Cuántas existencias pasivas o contemplativas, cuántas presididas por la inagotable espera, cuántas por la exigua visión del mundo a través de un ventanuco, cuántas tediosas e insatisfechas y hartas, cuántas dedicadas a procrear y a proteger y a formar a los jóvenes miembros de la especie, tarea admirable, pero limitada y con fecha de caducidad. Y cuántas mujeres que además, por su carencia de horizontes, habrán aburrido a sus maridos hasta la náusea y en consecuencia habrán sido abandonadas por ellos, demasiado tarde. Con lo divertidas y listas que son muchas ahora, o lo han sido siempre que han podido o se han atrevido a asomar la cabeza y el cuerpo entero. Imaginar hoy a una mujer que por elección no trabaje, o sin vida propia, produce bostezos, y se los debe de producir ella a sí misma. Cuántos siglos de sacrificio imbécil y de desaprovechamiento. Cuántos de desperdicio.
El tiempo cabalgado
La capacidad de los críticos para equivocarse es ilimitada, y los literarios llevan demostrándolo varios siglos, con meteduras de pata tan escandalosas -por poner un solo ejemplo entre millares posibles, que además hoy siguen aumentando- como la de poner verde, casi unánimemente, el Moby-Dick de Herman Melville en el momento de su aparición. Los cinematográficos han dispuesto nada más que de ciento y pocos años para probar su ignorancia y su mal gusto y sus escasas entendederas, pero en ese espacio de tiempo han logrado alcanzar la bajura de sus colegas literarios. (Claro que siempre hay excepciones, pero son eso, excepciones). Los críticos juegan con la ventaja de que al cabo de unos decenios, cuando una obra que ensalzaron está completamente muerta o una que denigraron permanece viva y se ha convertido en un clásico, casi nadie se acuerda de lo que ellos dictaminaron; y, como no les suele faltar cara dura, son perfectamente capaces de fingir que no dijeron lo que dijeron y de subirse con desfachatez al carro de lo que sanciona el tiempo.
La mirada que les lanza Wayne es quizá la que más hiela la sangre de la historia del cine, y la de un actor extraordinario
'Centauros del desierto' y 'Dos cabalgan juntos' se completan la una a la otra. Ésta es la versión amarga de aquélla
Hoy todo el mundo considera -menos algún director español engreído- que Centauros del desierto (The Searchers, 1956) es no sólo una de las mayores obras maestras de John Ford, sino una de las mejores películas de la historia del cine. Pero no fue así, durante larguísimos años. Primero se la juzgó floja y fallida, luego quedó relegada a un prolongadísimo olvido, después se la desestimó por "racista" (sí, todavía hay gente que confunde las obras con lo que en ellas hacen o dicen sus personajes). Sólo en época bastante reciente, gracias a la terquedad de unos pocos críticos y de más espectadores que no se equivocaron, se ha colocado esa maravilla en el lugar que le corresponde.
Aún no ha sucedido lo mismo, sin embargo, con otra película de John Ford, tan sólo cinco años posterior y muy emparentada con Centauros del desierto, Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961), que se sigue teniendo por floja y fallida, y desde luego es vista como "menor" al lado de su predecesora. Bueno, es cierto que dura unos catorce minutos menos, que su estructura es algo más sencilla y su guión no tan arriesgado, que la acción abarca unas semanas en lugar de más de un lustro, y que quizá resulte menos "épica". Supongo que lo que en realidad ocurre es que es la versión más amarga, cínica, pesimista y triste de lo que Centauros del desierto relataba, y que deja el ánimo más abatido. En ésta, Ethan Edwards (John Wayne) sale en busca de sus sobrinas nada más ser ellas secuestradas por los comanches. Pronto descubre que la mayor, ya de edad núbil, ha sido violada y asesinada, y eso lo lleva a proseguir la búsqueda de la pequeña, Debbie (Natalie Wood), con aún más ahínco y un odio creciente hacia los indios. Acompañado por Martin Pawley (Jeffrey Hunter), mucho más joven y bondadoso que él y hermano "postizo" de las muchachas, se pasa la película esperando encontrar a la niña, primero cuando sabe que aún es niña, luego cuando va comprendiendo que será ya adolescente y que habrá pasado a ser esposa de algún comanche. Hay una escena en la que Wayne va a ver a unas jóvenes blancas que el Ejército ha rescatado, y que probablemente llevaban en manos comanches tanto o más tiempo que su sobrina perdida. Son mujeres no se sabe si infantilizadas o enloquecidas, en todo caso completamente aindiadas pese a sus cabellos rubios y sus ojos azules. La mirada que les lanza Wayne antes de abandonar el barracón en el que las ha visitado es quizá la que más hiela la sangre de la historia del cine, y la de un actor de registros múltiples, extraordinario, al que parece mentira que aún tantos imbéciles caricaturicen y regateen méritos: en ella hay odio, desconsuelo, desesperación, sed de venganza, tristeza y lástima, todo mezclado en unos instantes. Wayne sabe ya por entonces que si un día da por fin con su sobrina se encontrará con alguien no muy distinto de esas mujeres anómalas, escindidas, desequilibradas y sin lugar en el mundo, irrecuperables y malogradas. Cada jornada que pasa corre por tanto en su contra, pero él rastrea y persigue de día en día, desde el momento en que Debbie fue robada y los padres de ésta asesinados. Y el tiempo, mientras está corriendo y lo cabalgamos, no se da nunca por terminado. Hoy y ayer no, pero mañana quién sabe.
En Dos cabalgan juntos todo ese tiempo que Wayne vive en Centauros del desierto, sobre el que se ha montado a horcajadas y contra el cual va luchando con cada vez más acritud y más siniestros propósitos, ha terminado ya para quien lleva a cabo la búsqueda, cuando la película comienza. De los robos de los niños y mujeres blancos que quieren recuperar las familias de colonos que se han organizado y agrupado en un punto, y a las que algún congresista de Washington ha hecho frívolas y vanas promesas para salir en los periódicos, hace ya nueve, doce, quince años, según los casos. El encargado de rescatarlos -mejor dicho, de mercadear con los indios y comprárselos- no tiene vínculo consanguíneo con ningún desaparecido. A diferencia de Wayne, el personaje de Guthrie McCabe (James Stewart) carece de odio y de prisa, de afán de venganza, de interés personal alguno. Es un mercenario que sólo está dispuesto -y de mala gana- a intentar su misión por dinero, y que no tiene reparo en aceptar el que le ofrecen las pobres familias de colonos obnubilados, los ahorros de sus vidas, que inicialmente lo recibieron como a un Mesías que les traería de vuelta a sus niñitos perdidos y a sus mujeres raptadas. Pero el tiempo ha pasado, y Stewart sabe que ya no hay vuelta de hoja, que el proceso de desarraigo y la transformación han concluido.
El niño de cinco años que se llevaron los comanches -congelado en la memoria de sus familiares, que son como Wayne, pero infinitamente menos lúcidos-, él sabe que ahora será un joven guerrero con trenzas engrasadas y malolientes, con el pecho cubierto por las cicatrices iniciáticas a que se someten los indios al alcanzar la edad viril, que habrá matado y arrancado cabelleras de blancos y que violaría a su rubia hermana de sangre si la capturara. Que la rosada niñita de siete tendrá ahora unos dieciséis y que cargará con un par de críos mestizos, de algún guerrero. Que la madre perdida por unos patanes llevará tanto tiempo como esposa de un indio que -como así sucede en el emotivo encuentro de Stewart con quien fue la señora Clegg un día- no querrá ni oír hablar de volver a ver a su antiguo marido y a sus vástagos ya crecidos ("Oh, no, no les hable de mí, ellos no deben nunca encontrarme", le dice a Stewart). En Centauros del desierto John Wayne, pese a toda su dureza y su encono y su saña, aún conserva la esperanza. En Dos cabalgan juntos Stewart sabe que no la hay para los colonos. Para él son gente que se quiere engañar y que se ha dejado engañar gustosamente por algún congresista de Washington que jamás ha visto a un indio en persona. Por tanto carece de escrúpulos a la hora de coger su dinero, los considera unos ilusos que no aprenderán hasta que vean con sus ojos en qué se han convertido sus añorados hijos y mujeres raptados. El teniente Jim Gary (Richard Widmark) que lo acompaña y obliga, y que hasta cierto punto participa de la buena fe y la esperanza de los colonos, se da cuenta, cuando ve a los cautivos, de que Stewart tenía razón al oponerse desde el principio a toda la operación imposible y propagandística. Comprende que no pueden forzar a la señora Clegg a que regrese, es una anciana a la que no se debe ni puede hacer pasar por lo que ella viviría como una enorme vergüenza. Ni a la joven Frieda Knudsen, que en efecto tiene ya un par de vástagos con un comanche, son su presente y su futuro, y el pasado con sus padres blancos es literalmente eso, pasado, más que nunca. Centauros del desierto y Dos cabalgan juntos se completan la una a la otra y se encuentran a una altura pareja, entre las cimas del western y de la historia del cine. Sólo que en una el tiempo aún transcurre y en la otra ya se ha acabado. No es difícil imaginar cuál es la más amarga.
No poder con el alma
No conozco a nadie que, llegado a esta altura del curso, no esté absolutamente reventado y para el arrastre. Da lo mismo a qué se dedique, qué profesión tenga y cuál sea su grado de responsabilidad; que trabaje como autónomo o por cuenta ajena, en casa o en una oficina, que sea asalariado, jefe o directamente dueño de su negocio, que gane poco o mucho, es indiferente. Nadie puede ya con su alma, pese a los numerosísimos -pero frenéticos- puentes que existen en nuestro país y que jalonan todo el año. Algo funciona mal, y para mí es, principalmente, que hoy la gente no para nunca del todo o no sabe hacerlo, ni siquiera durante los fines de semana, cada vez más ocupados por actividades que más bien parecen obligaciones: hay que divertirse a toda costa, y ha de ser por ahí, en la calle, como si se hubiera olvidado que uno puede divertirse muchísimo en casa, leyendo, viendo películas, en todo caso sin agotarse también en el recreo.
Y de los que son padres no hablemos: tras deslomarse durante cinco días, vuelven a deslomarse durante los dos restantes intentando distraer a sus críos, procurando que no se aburran ni un minuto, porque eso, el supuesto aburrimiento (lo que más agudiza la imaginación, por cierto), se ha convertido en uno de los pecados más imperdonables de nuestra sociedad. Así que los pobres progenitores corren de aquí para allá, esclavizados por sus hijos: que si un parque de atracciones, una excursión, un desfile, una sesión de magia, un cumpleaños siempre multitudinario, lo que encuentren o lo que les exijan los pequeños tiranos mal acostumbrados.
La gente nunca para, en gran medida, porque tiene móvil y ordenador, y esa es la razón por la que yo carezco de lo uno y de lo otro. No estoy dispuesto a que cualquier majadero me interrumpa mis actividades, mis pensamientos o mis musarañas, esté donde esté. No deseo "estar conectado", ni enterarme de todo en seguida. Nada me resultaría más atroz que estar localizable siempre, o que recibir más llamadas y cartas y publicidad y tonterías de las que ya me llegan a través del teléfono fijo, el fax y el correo ordinario.
Me alcanzan por demasiados conductos (mi agente literaria, este diario, las editoriales que publican mis libros, ahora la Real Academia Española, el Reino de Redonda, la antigua casa de mi difunto padre, por la que sólo voy de tarde en tarde), y lo último que quisiera es abrir nuevas vías. Pero no se trata de mí, que al fin y al cabo escribo novelas y artículos y soy, supongo, lo que se llama "una persona pública". Veo que lo mismo les sucede a todos mis conocidos, a gente cuya tarea no trasciende el ámbito privado y que aun así viven acosados. No paran, están agobiados (la burocracia escandalosa a que nos obligan hoy nuestras autoridades despóticas no nos permite a ninguno levantar cabeza), y la mayoría suscribiría aquella frase de Audrey Hepburn a Cary Grant al principio de Charada, cuando él quiere entablar amistad y ella le contesta, más o menos: "Conozco ya a multitud de personas, y mientras no muera alguna de ellas me resulta de todo punto imposible conocer a nadie nuevo". "Trabajar cansa" es una sencilla y sin embargo famosa cita del italiano Cesare Pavese. Lo cierto es que también hablar cansa, sobre todo sin ton ni son o para rehuir la soledad y el silencio, y en eso consiste hoy, en gran medida, el trabajo de cualquier individuo. No es raro que la última anotación de El oficio de vivir, el diario del propio Pavese, justo antes de ingerir barbitúricos en un hotel de Turín, fuera: "No palabras. Un gesto. No escribiré más".
Ahora bien, yo no sé si es que toda la gente que trato es muy activa y laboriosa. Porque a la vez que veo a mi alrededor, cuando llega julio, este panorama de seres extenuados, también se oye el vocerío de masas a las que parecen sobrarles las energías y el tiempo. Hay colas monstruosas para todo, para lo que vale la pena y para cualquier unga-unga de descerebrados. Para las exposiciones de los museos y para las mamarrachadas callejeras (ya saben, juglares, mimos y festejos veraniegos se llevan la palma). Para los conciertos de rock y para ver a la Guardia ante el Palacio Real, ese nuevo espectáculo copión del Ayuntamiento madrileño. Las muchedumbres se agolpan para admirar a tíos sudorosos el Día de la Maratón Sudorosa, o a tíos malolientes en bici el Día de la Maloliente Bici, o a gañanes borrachos en los sanfermines. La sensación que uno acaba teniendo es que una parte de la población se mata a trabajar -desde luego los inmigrantes honrados- para que otra no dé un palo al agua. Algo va mal, y además los Gobiernos nos vuelven locos: tras decenios convenciendo a los ciudadanos de que debían prejubilarse cuanto antes, porque nos encaminábamos hacia la "sociedad del ocio", ahora, como señalé aquí hace dos domingos, los desvergonzados Ministros de Trabajo europeos pretenden colarnos semanas de sesenta o más horas laborales, arrebatándonos derechos antiguos conquistados con sangre en su día, y sin que los miserables sindicatos actuales hayan convocado una sola manifestación ni huelga contra semejante medida decimonónica. En lo que nadie ha reparado, además, es en que quienes trabajarían esa insana cantidad de horas serían sólo los que ya sostienen toda la economía, esa parte de la población que no puede ya con su alma, y en la que figuran todos mis conocidos.
El pelma ante los plastas
El peligro de escribir un artículo cuyo tema ya le aburre a uno es que probablemente aburrirá a los lectores también, así que les ruego que me disculpen, de antemano. Pero la insistencia es tal, y la cerrilidad, y el no estar dispuesto a entender, que se hace obligado salir al paso una y otra vez. Lo peor de los feministas profesionales -y digo "los" a conciencia, porque cada vez hay más varones cobistas, que razonan con aún mayor simpleza que las policías de la feminidad- es que nunca responden a los argumentos que se les oponen. Tienen decidido que la lengua es machista y sexista -cuando sólo puede serlo el uso que se haga de ella-, que la mujer resulta "invisible" en el habla -sería más bien "inaudible"-, y las quieren cambiar por decreto, ya está. Exigen que se diga esto y lo otro, que se suprima del Diccionario aquello, y que sus ocurrencias adquieran rango de norma general. A menudo son de una ignorancia tan descomunal que, cuando se les señala, hacen como si no se hubieran enterado y a las pocas semanas vuelven a la carga con un nuevo engendro o arbitrariedad. O bien se enfurecen, e insultan a quienes hemos tratado de hacerles ver lo absurdo de sus propuestas. Eso los encorajina más, como suele ocurrirles a cuantos se dan cuenta tarde de que no llevan razón.
La penúltima pataleta ha sido la del "lapsus", según ella, de la Ministra de Igualdad. Antes de que me hubiera enterado, ya me estaban llamando de agencias para que opinara sobre las "miembras" de la señora Aído. Aburrido como estoy de estas cuestiones, no cogí el teléfono ni una vez. Pero a los pocos días, en una rueda de prensa con motivo de la aparición de un libro, me cayó la inevitable pregunta, a la que respondí que decir "miembra" me parecía tan estúpido como si los varones empezáramos a decir ahora -y aún más grave, a exigir que se diga- "víctimo" cuando se hable de uno de nosotros, o "colego", o "persono" o "pelmo". Esto es, hay vocablos que son invariables y cuya terminación en a o en o no indica género. Si yo escribo que Carrero Blanco fue víctima de ETA, he de seguir empleando el femenino -por ejemplo en la frase "y ha sido la de mayor rango de todas ellas"-, por mucho que las exageradas cejas de aquel Almirante no admitieran dudas sobre su sexo. Lo mismo que si afirmo que John Wayne era una persona afable, debo añadir "y querida por cuantos la conocieron", por mucho que Wayne se erigiera en uno de los símbolos de la virilidad (pese a llamarse Marion, por cierto, en la vida real). ¿Tan difícil de entender es esto, Santa Virgen?
Una momia del feminismo (a propósito, al decir "momia" tampoco indico si me refiero a una mujer o a un varón, es otra palabra invariable que sirve para los dos sexos, ¿o preferirían sus señorías que escribiera "momio" y "señoríos"?) aprovecha para condenar el empleo de "homicidio" en todos los casos, aunque el víctimo sea mujer, y aboga por la imposición de "feminicidio". He ahí una nueva muestra de ignorancia brutal. La etimología de "hombre" es "humus", sustantivo femenino que significaba "tierra" o "suelo", lo cual más neutro no puede ser (de ahí "inhumar" o "exhumar"); y por eso, al decir "el hombre" en general, se está diciendo exactamente lo mismo que al decir "el ser humano" o "la humanidad", que a los feministas a ultranza les parecen contradictoriamente bien, pues tanto "humano" como "humanidad" derivan de "hombre". Así, "homicidio" engloba la muerte a manos de otro de cualquier miembro de nuestra especie, lo mismo que "elefanticidio" o "canicidio" englobaría la de cualquier elefante o perro, sin necesidad de precisar en cada ocasión si se trata de un elefante o un perro macho o hembra. Se habla de "el hombre" -"el terroso", en origen- como se dice que "el león es carnívoro" o "la rata frecuenta las alcantarillas" o "el tigre es muy peligroso" o "la jirafa tiene el cuello largo" o "la cebra es rayada". Según estos plastas, tendríamos que hablar siempre de "la jirafa y el jirafo", "la rata y el rato", "el tigre y la tigresa" y "la cebra y el cebro". Desean hacer de la lengua algo odioso, inservible y soporífero.
Por lo demás, hace muchos años ya sostuve que cuantos sueltan la coletilla de "los españoles y las españolas", "los ciudadanos y las ciudadanas" y demás, son sin excepción farsantes y demagogos de los que nadie se debería fiar. (Ahora hay también traductores que falsean los originales, y donde en inglés pone "the workers", ellos colocan "los trabajadores y trabajadoras", y todo así.) Porque lo cierto es que jamás siguen como estarían obligados a hacer. Nunca añaden: "Los vascos y las vascas están cansados y cansadas, hartos y hartas de que los y las engañen, los y las amenacen, y de ver cómo sus hijos e hijas quedan privados y privadas de futuro". Saben que espantarían a sus oyentes y que no hace falta. Saben que en realidad, al decir "los vascos", ya se están refiriendo a los de ambos sexos, y saben que quienes los escuchan lo saben también.
Sí, es muy aburrido, todo esto. Se explican las cosas una y otra vez, pero de nada sirve, así que hay que volver a explicarlo y a argumentar. La única conclusión a la que se llega es que este país tan plomizo está lleno de desocupados (y desocupadas), y que poco a poco lo acaban por convertir a uno en un pelma (y en una pelmo, por si las moscas).
Con nuestros votos imbéciles
Uno de los mayores peligros de nuestro tiempo es el contagio, al que estamos expuestos más que nunca -en seguida sabemos lo que ocurre en cualquier parte del mundo y podemos copiarlo-, y en unas sociedades en las que, además, nadie tiene el menor reparo en incurrir en el mimetismo. Y a nadie, desde luego, le compensa ser original e imaginativo, porque resulta muy costoso ir contracorriente. Es el nuestro un tiempo pesado y totalitario y abrumador, al que cada vez se hace más difícil oponer resistencia. Y así, las llamadas "tendencias" se convierten a menudo en tiranías.
Una muestra reciente de esta rendición permanente ha sido la aprobación por aplastante mayoría, en el Parlamento Europeo, de la "directiva de retorno" para los inmigrantes ilegales. Es ésta una directiva repugnante, llena de cinismo y falta de escrúpulos, que a muchos europeos -pero ay, no a los bastantes- nos ha hecho sentir vergüenza de pertenecer a este continente. Como si se tratara de una parodia de Chaplin o Lubitsch, el ponente y promotor de dicha directiva ha sido un eurodiputado alemán del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, que apareció en televisión muy ufano de su vileza y vestido de tirolés, cuan¬¬do a nadie se le oculta qué clase de gente se viste así, todavía, en su país y en Austria. A este individuo grotesco le han dado la razón y sus votos no sólo sus correligionarios franceses (a las órdenes de Sarkozy), italianos (a las de Berlusconi, Bossi y Fini, notorios e indisimulados racistas), polacos (a las de los nacional-católicos gemelos Kaczynski), españoles (a las de Rajoy y sus flamantes "moderados") y demás, sino también un buen puñado de eurodiputados socialistas, incluidos dieciséis de los diecinueve que España tiene en la Cámara (a las órdenes de Zapatero). Yo no sé con qué cara se atreverán el Gobierno y el PSOE, a partir de ahora, a proclamarse justos y democráticos y humanitarios, puesto que con sus votos propugnan que se "retenga" durante año y medio -año y medio- a un inmigrante ilegal cuyo único delito haya sido entrar clandestinamente en un país europeo huyendo del hambre, la guerra y la desesperación. Y asimismo propugna que los menores puedan ser enviados sin garantías a cualquier país, aunque no sea el suyo de origen. Todos sabemos lo que espera a esos críos: en algún punto del trayecto, una red de traficantes que, con el visto bueno de los europeos, se los llevarán a donde les parezca para utilizarlos como les plazca: esclavos, objetos sexuales, combatientes, donantes involuntarios de órganos. Y esto se producirá mientras los gobernantes europeos, con la mayor hipocresía, dicen preocuparse cada vez más por los riesgos que acechan a nuestros menores.
Durante años se ha hecho la vista gorda con los inmigrantes ilegales. Se los ha explotado como mano de obra barata, casi gratuita, y se ha callado convenientemente que eran necesarios para nuestras economías y para que cubrieran los puestos de trabajo que los europeos -ya muy señoritos- se niegan a cubrir. Queremos que alguien recoja la basura y barra las calles, cuide de nuestros abuelos enfermos y de nuestros niños malcriados y consentidos, ponga los ladrillos de las cien mil construcciones vandálicas que han propiciado la corrupción de los alcaldes y la codicia de los promotores inmobiliarios, se ocupe de las faenas más duras del campo y limpie nuestras alcantarillas. Nosotros no estamos dispuestos a ensuciarnos las manos ni a deslomarnos. Que vengan esos negros, sudacas y moros a servirnos, esos rumanos que no tienen donde caerse muertos y que se prestarán a cualquier cosa, más les vale. Les daremos cuatro cuartos y asunto liquidado. Ahora, sin embargo, nos hemos hecho muy mirados con los cuatro cuartos, porque hay "crisis". Hemos visto que algu¬nos de esos inmigrantes delinquen -como si no delinquieran algunos españoles, italianos, alemanes o franceses de pura cepa- y, contagiados por Berlusconi y sus compinches -los cuales nunca han delinquido, por cierto, no se entiende por qué tienen tantas causas abiertas que los incriminan-, empezamos a pensar que todos esos inmigrantes son unos criminales. Y, como lo pensamos, aprobamos una directiva que los convierta en tales por el mero hecho de existir y haber osado pisar suelo europeo. Se los detendrá hasta año y medio, y sin asistencia judicial, como si fueran presos de ese Guantánamo contra el que los europeos aún nos atrevemos a clamar. Mientras tanto, ese propio Parlamento, quizá en previsión de la próxima escasez de mano de obra foránea y barata, permite también que nuestra jornada laboral alcance las sesenta e incluso las sesenta y cinco horas semanales. Algo nunca visto ni tolerado desde 1917. Y añaden hipócritamente: "según el libre acuerdo entre contratadores y contratados". ¿Libre acuerdo? Todos sabemos también lo que ocurrirá. El empleador le dirá al empleado: "Us¬¬ted trabajará sesenta horas. Si no le gusta, es libre de no aceptar, pero yo no voy a cambiar mis condiciones". ¿Y qué creen que contestará el empleado, en una Europa en la que el empleo es precario y en la que se lleva decenios convenciendo a la gente de que se hipoteque de por vida para comprar un piso de mierda que habrán construido esos negros y sudacas a los que toca detener y expulsar? No me extrañaría que de aquí a poco los europeos tengan que envainarse su señoritismo y que volvamos a verlos barriendo calles, sólo que durante diez horas al día, seis días a la semana. Esta es la repugnante Europa que construimos, con nuestros votos imbéciles.
Elke Wehr, traductora literaria
El viernes 27 de junio murió en Berlín Elke Wehr, una de las personas que más ha hecho por la literatura en lengua española durante los últimos decenios. Como correspondía a su oficio de traductora al alemán, su nombre no dirá nada a los lectores de nuestro país.
Lo normal sería que tampoco dijera mucho a los del suyo, tan extendida en todas partes está la costumbre de silenciar la incomparable y fundamental tarea de los traductores en general. Su caso, sin embargo, fue excepcional, y rara era la ocasión en que los críticos alemanes, austriacos o suizos no destacaban su labor, al reseñar alguna obra vertida por ella al alemán. En 2006 recibió el Premio Paul Celan por su obra completa, que incluía -inverosímilmente- títulos de Clarín, Vargas Llosa, Cortázar, Roa Bastos, Octavio Paz, Roberto Arlt, Bryce Echenique, Cunqueiro, Semprún, Manuel Rivas, Fernando Vallejo, Borges, Pombo, Chirbes, Carpentier, Piglia y otros, incluyendo a quien esto firma.
Vivió en Madrid durante algunos años, en un piso de la calle Marqués de Urquijo, y muchas personas del mundo literario la recordarán de aquella época, con su pelo rubio corto, su rostro inequívocamente alemán -yo solía decirle que casi parecía una caricatura- y su voz recia. Luego se trasladó a Polop, y en los últimos años pasaba parte de su tiempo en esta población alicantina y parte en Berlín, trabajando siempre sin parar, embarcada en "la tarea infinita", como llamó a la traducción en un escrito de 2004 que subtituló así: "Cómo todo tiene que cambiar para que todo quede igual". Intentaba resolver por su cuenta las dificultades de los textos, y sólo antes de darles el toque final se dirigía al autor vivo -hablo por mí- para consultarle escasísimas dudas. Prestaba tanta atención que una vez me señaló una frase de una novela mía diciéndome: "Esto es una aporía, esto no puede ser". Yo no había caído en la cuenta, y tampoco vi manera de cambiarla. "No importa", me tranquilizó; "si la aporía está en español, mi deber es conservarla en alemán, y es un desafío con el que hasta ahora no me había encontrado: me divertirá". De todos los lectores de esa novela, sólo ella reparó en la enigmática frase. Ni siquiera lo había hecho su autor.
Cuando el 18 de junio supe de su enfermedad, la llamé por teléfono. Estaba en el hospital, pero sonaba bien de voz. Se sabía sin esperanza y lo aceptaba. "Mis amigos me admiran mucho por esto; la verdad es que no sé por qué. ¿Qué otra cosa se puede hacer?". Y añadió: "He tenido sesenta y dos años buenos, no me puedo quejar". No sabía cuánto iba a durar, añadió, pero me quiso "tranquilizar": "He entregado el primer tercio del último volumen de Tu rostro mañana, y espero entregar el segundo de aquí a no mucho. Es lo que más me ayuda y me anima, trabajar". Espero que la editorial alemana conserve lo que llegó a poner en alemán, de ese volumen que carecerá de su voz. No leo alemán, pero todas las críticas de mi novela Corazón tan blanco destacaron lo maravilloso que sonaba su texto en esa lengua. Como sé que no suena así en la mía, estoy convencido de que Elke Wehr lo mejoró. Y los más de 1.200.000 lectores que tuvo esa novela en alemán la leyeron sobre todo a ella, en realidad. No me cabe la menor duda, y por ello mi agradecimiento a Elke Wehr será tan infinito como lo fue su tarea y su gran pasión. Nuestra literatura -y aquí me atrevo a incluir a los demás autores a los que prestó su voz- habría sido sin ella mucho peor.
Los años retratados
Tuve noticia de las hermanas Brown hace unos meses, gracias a un sugestivo artículo de Manuel Rodríguez Rivero en este mismo diario. Como explicaba él allí, la exposición y libro titulados The Brown Sisters. Thirty-Three Years consisten en las treinta y tres fotografías de grupo que, hasta la fecha, el marido de una de ellas y cuñado de las otras tres, el fotógrafo Nicholas Nixon, les ha ido haciendo entre 1975 y 2007, y que ahora he podido ver en la edición española que acaban de publicar el MoMA y la Fundación Mapfre. En la primera fecha mencionada, la hermana Bebe, primogénita y mujer de Nixon, tenía veinticinco años, Heather veintitrés, Laurie veintiuno y Mimi quince. En todas las imágenes aparecen las cuatro en el mismo orden: de izquierda a derecha, Heather, Mimi, Bebe y Laurie, de tal manera que, a medida que uno va pasando páginas, ve con facilidad los cambios habidos en cada una. No se da ninguna información adicional sobre sus vidas, aunque en alguna que otra instantánea un par de ellas parecen embarazadas, por lo que uno puede deducir que han tenido descendencia y que probablemente se han casado. Lo que más llama la atención -a mí por lo menos- es lo que todos sabemos pero no somos capaces de percibir en nosotros y a duras penas en quienes tenemos muy cerca: los mayores cambios se producen de un año a otro. Quiero decir que las hermanas Brown se asemejan mucho a sí mismas durante varios, y de pronto, en 1978, Heather ha "aprendido" a mirar a la cámara y se ha hecho plenamente adulta; en 1980 es Mimi la que ha variado su mirada y ahora se la ve mucho más segura de sí que en todas las ocasiones anteriores; en 1983 vuelve a ser Heather la que ha sufrido alteración, y de repente se anuncia a sí misma cuando sea una mujer, si no vieja, sí mayor; en 1985 es Bebe la que prefigura lo mismo, en su estilo; y quizá la que menos va cambiando, Laurie, aparece endurecida -y por tanto indefectiblemente añosa- en 1993, y para ella ya no habrá vuelta de hoja; en una o dos fotos he tenido la sensación de que para entonces Heather y Bebe debían de ser abuelas. Pero todo son conjeturas, y la secuencia resulta interesantísima, por no conceder lo que diría casi todo el mundo, con abuso de la palabra: fascinante.
Sí, no cambiamos apenas en cinco o incluso diez años y de pronto, en uno solo, nos hemos convertido en alguien distinto, en alguien de otra edad o con otra mirada ya irreversible. Todos conocemos la extrañeza de que un día nos llame de usted alguien, en contra de lo acostumbrado, o "señor" o "señora" (bueno, esto último nunca me lo han llamado, por suerte). A veces sabemos qué nos ha ocurrido en ese año, pero es más frecuente que lo ignoremos. Sí, yo estoy seguro de que mis primeras canas en las sienes me salieron en 1982, cuando una joven americana un poco fanática creyó -o eso dijo- haberse quedado embarazada, y durante mes y pico -entonces no había, o se usaba menos, lo que creo que se llamaba predictor- me tuvo en vilo, haciéndome yo a la idea de que tendría que emigrar a Massachusetts con una familia improvisada, o bien quedarme aquí con un niño -ella hablaba de darlo en adopción, lo cual me espeluznaba-, o bien recibir de vez en cuando a un crío yanqui con permanente gorra de baseball en la cabeza, y el resto del tiempo seguir su vida a distancia. Por fortuna no me han salido muchas más canas desde entonces y todo quedó en una falsa alarma, acaso doblemente falsa.
Uno se conforma, supongo, con no resultar irreconocible al cabo del tiempo, porque hay personas que de un año a otro cambian tanto que de pronto no parecen ellas. Por mencionar a gente que hemos visto todos, un James Stewart o un Gregory Peck o un Charlton Heston ancianos seguían siendo, indudablemente, Stewart y Peck y Heston, no se habían convertido en "otros", en versiones inverosímiles de sí mismos, como sí les ha ocurrido a Tony Curtis o a Robert De Niro desde que se cree gracioso, o le ocurrió a David Hemmings, el protagonista de la famosa Blow-Up, al que no logré identificar en Gangs of New York hasta que al final apareció el reparto, y me quedé estupefacto. Resultar o no reconocible al cabo de muchos años, ser todavía uno mismo a los ojos de los demás (ajado o envejecido, sí, pero aún creíble), depende de muchos factores: de la salud, de cómo le haya ido a uno, de su grado de contento, de los genes, de sufrir o no grandes transformaciones -una calvicie súbita y drástica, una gordura irrefrenable, un adelgazamiento dramático-, de lo que haya visto, de lo que haya pensado, del carácter. Pero creo que en gran medida depende de una cierta lealtad a su trayectoria. Y una de las deslealtades mayores, me temo, es la que prevalece hoy, con tanta cirugía estética y tantas inyecciones e injertos. Cuando uno los detecta, siente un desinterés casi inmediato: no son sólo esas caras anómalas y torcidas, esas bocas infladas y esos pómulos a lo Popeye; es, sobre todo, la sensación de escamoteo, de que a uno lo están privando de saber cómo sería de verdad una persona -posiblemente más atractiva- si hubiera permitido que se reflejara en su rostro un poco más de su historia, como esas cuatro hermanas Brown, de las que no se nos cuenta nada, pero cuyos retratos anuales nos dicen tanto, o nos invitan a figurárnoslo.
Lo contrario de lo que hemos sido
En otras ocasiones, cualquier actuación aceptable de la selección española -no digamos cualquier victoria, como la inicial goleada a Ucrania del último Mundial- ha desatado una euforia desmedida y un patrioterismo achulado de la peor especie. Esta vez, en cambio, y pese al cutrerío montado por la cadena Cuatro en la plaza de Colón, lo que creo que prevalece es una sensación de desconcierto e incredulidad, que extrañamente templa los ánimos, en lugar de exaltarlos, y nos lleva a ser modestos, o lo que quiera que sea lo contrario de fanfarrones y triunfalistas.
No estamos acostumbrados a que España convenza y juegue de maravilla. Ni a que su actitud en el campo sea serena y esté exenta de agonismo y también de agonía. Nos resulta tan raro ganar sin angustias y sin heroicidades que hasta cierto punto nos cuesta ver al actual equipo como a la España de siempre, lo cual, contradictoriamente, nos tienta a sentirlo como menos nuestro, o aún es más, como una pandilla de impostores. Lo extraordinario del caso es que estos mismos jugadores, hace tan sólo unos meses, durante la insoportable fase de clasificación, nos parecían no sólo el grupo dubitativo, inseguro, insípido y más bien aburrido de casi siempre, sino, como yo mismo dije en una columna, "una selección de medianías". A la vista de sus partidos de la Eurocopa, sobre todo de la semifinal contra Rusia, está claro que me equivoqué o que se ha producido una monstruosa y jovial transformación. Supongo que lo primero, y que no supe ver lo que encerraba este conjunto de futbolistas. El verbo "encerrar" es aquí particularmente adecuado, porque su excelencia y su aplomo eran todo menos manifiestos, creo yo.
Ojalá tengamos que renunciar de una vez a nuestra falta de carácter y a nuestra mala suerte
Y ahora, ¿cómo nos acoplamos, cómo hacemos? Supimos ver con objetividad, y dentro de todo se nos hizo verosímil, que Holanda barriera del campo a Francia y a Italia; desde luego que España jugara agarrotada y nos sometiera a sufrimiento en su partido contra la segunda; también que Rusia, a su vez, barriera del campo a la hasta entonces aguerrida Holanda.
Lo último no ha habido manera -o tiempo- de asumirlo como verdadero: que España, precisamente la acomplejada y pusilánime España, barriera del campo a los que habían barrido del campo a los vigentes campeones y subcampeones del Mundial último, Italia y Francia. ¿Somos en verdad "nosotros"?, es la pregunta incrédula que nos sobrevuela. Y esa extrañeza se traduce, curiosamente, en menos bravuconería y vociferación, menos patriotismo y mayor moderación. Ganar mereciéndolo nos deja perplejos y nos invita a sacar menos pecho. Quién sabe si a partir de ahora aprenderemos hasta a ser elegantes. Queda la final. Es probable que contra Alemania todo regrese: las bajas pasiones, el navajismo, el llanto a lo Luis Enrique y el juego aturullado y frágil. Contra la terquedad y la buena suerte alemanas, contra su pesadez y su fútbol tan poco imaginativo como irreductible, todo eso cabe. Es más, hay que contar con la peor pesadilla: que luchemos y haya "no goles" a lo Cardeñosa o Michel, que el árbitro nos perjudique, que Casillas la pifie como Arconada hace 24 años, que fallemos tres penaltis o que en el último segundo nos hunda un defensa, como Lahm a la divertida Turquía o Schwarzenbeck cuando impidió que Luis Aragonés levantara una Copa de Europa. Entonces todo volverá a su lugar. Nos lamentaremos durante varios lustros, clamaremos contra la injusticia, los locutores repetirán hasta la saciedad: "Ha sido una pena, ha sido una pena". Lo de Rusia quedará como anécdota, como un sueño, una excepción. Ojalá no sea así. Ojalá tengamos que renunciar de una vez a nuestra falta de carácter y a nuestra mala suerte. Ojalá mantengamos nuestro primer estilo definido en decenios y sigamos viendo a nuestro equipo como si fuera el de otros. Es decir: ojalá sigamos desconcertándonos, para así empezar a acostumbrarnos a ser por fin lo contrario de lo que siempre hemos sido. Por lo menos en fútbol. Por algo se empieza.
Las tres noches fantasmales de Abilene
Quienes hayan visto Deadwood, una de las mejores series recientes de televisión (casi a la altura de Los Soprano, El Ala Oeste de la Casa Blanca y Hermanos de sangre), sabrán cómo, el 2 de agosto de 1876, murió el legendario Wild Bill Hickok, que yace enterrado en esa pequeña ciudad de South Dakota, lo mismo que su acompañante Calamity Jane. Tenía treinta y nueve años, que si hoy parecen pocos, en el Oeste de la época lo convertían, si no en un viejo, sí en un veterano superviviente. Su verdadero nombre era James Butler Hickok, y aunque estuvo del lado de la ley en sitios como Hays y Abilene, también se ganó una reputación considerable como pistolero y tahúr: un hombre de gatillo fácil, o más bien de gatillos, pues, como recordé el domingo pasado, se lo representa siempre con dos pistolas y se dice que era igual de rápido con las dos manos. Aquella tarde, en Deadwood, estaba jugando a las cartas en el saloon de Nuttall and Mann cuando un individuo llamado Jack McCall lo vio, se le acercó por la espalda y le pegó un tiro en la nuca, sin darle oportunidad ni de levantarse de la mesa. McCall adujo que Hickok había matado a su hermano en Abilene, años atrás, pero pronto se descubrió que el asesino no había tenido ningún hermano, lo cual no fue impedimento, extrañamente, para que se lo declarara inocente en el juicio que se celebró allí mismo. Se le hizo justicia algo más tarde, pero esa es otra historia, y me llama más la atención la del fantasma que se vengó de Wild Bill en Abilene.
La he conocido gracias a Nancy Roberts, autora de la que sólo sé que nació en 1924 y que es una de las mayores estudiosas del folklore fantástico americano, y se encuentra en su libro Ghosts of the Wild West. Hickok fue contratado como marshal de esa población de Kansas cuando era un lugar tan salvaje que ya se había llevado por delante a su predecesor, Tom Smith, pese a no haber hecho éste mal trabajo, y nadie quería heredar su puesto. Los vaqueros disparaban a los carteles de "Se prohíbe disparar" y, cuando se intentó erigir una cárcel, la demolieron. Esa clase de sitio. Hickok imponía miedo, con su fama y con su porte, y obtuvo algunos logros que le crearon más enemigos. No menos de ocho se presentaron en Abilene con la sola intención de cargárselo, y a siete de ellos les quitó sus armas antes de que pudieran emplearlas contra él. Pero no al octavo. Una noche salió del saloon The Alamo y estaba ya cerca del Merchant's Hotel cuando vio a un hombre salir de las sombras y llevarse la mano a su funda. Wild Bill era más rápido que casi todos, así que desenfundó al instante y su rival cayó abatido. Pero antes de morir éste alzó la cabeza y le dijo: "Wild Bill, ya me las pagarás". Nadie sabía quién era, así que se lo enterró en Boot Hill en una tumba sin nombre.
A la noche siguiente, Hickok hizo el mismo recorrido, y, cerca ya del hotel, vio a otro pistolero salir de las sombras y tuvo la sensación de que aquello ya había ocurrido, porque el hombre se parecía al de la víspera y buscó su revólver con el mismo ademán. La sensación de déjà vu o vécu hizo que Hickok dudara y fuera menos veloz que de costumbre. Así que creyó que esta vez le tocaría caer a él, pero sorprendentemente, a pesar de su lentitud, sólo oyó el estruendo de sus dos armas, y no el de la que lo amenazaba. Y aún le sorprendió más ver que no sólo él seguía en pie contra todo pronóstico, sino también su enemigo. ¿Cómo podía no haberle dado? Entonces la figura empezó a desaparecer por los pies, y luego se deshizo entera como si fuera humo. Hickok fue a beberse un whisky y no se lo contó a nadie.
A la noche siguiente un individuo que se la tenía jurada, el tahúr Phil Coe, se presentó ante el saloon con sus secuaces y abrió fuego en la calle. Hickok salió a ver qué sucedía y Phil Coe lo desafió. "Me he cargado a un perro", le dijo. "Si ahora quieres mi pistola, ven por ella", y la desenfundó. Hickok sacó las dos suyas y disparó, alcanzándolo mortalmente en el estómago. Pero en aquel mismo instante vio a una figura surgir de las sombras, la mano sobre el revólver. No se arriesgó a ser lento esta vez y le disparó, seguro de estar ante el mismo hombre por tercera noche consecutiva. En esta ocasión, sin embargo, éste no siguió en pie ni se desvaneció en el aire a continuación, sino que se desplomó. No era su fantasma particular, sino su ayudante y amigo Mike Williams, que acudía en su apoyo.
Cuenta Nancy Roberts que Hickok fue por un párroco para que atendiera al tahúr agonizante, y luego recogió con tristeza el cuerpo de su amigo. Mandó dinero a la madre para que pudiera desplazarse a Abilene, compró un buen ataúd y corrió con los gastos del envío del cadáver a Kansas City, de donde era originario Williams, aquel amigo a través del cual se vengó el pistolero sin nombre que él había matado dos noches atrás y que le había jurado que se las pagaría. Poco después de aquel trágico e inexplicable error, las fuerzas vivas de Abilene le pidieron a Hickok que devolviera la placa y siguiera su camino. Lo que no cuenta Nancy Roberts es lo que se me ocurrió pensar nada más acabar su relato: que acaso aquel fantasma fuera el hermano que nunca tuvo el asesino de Hickok, y que, lo mismo que éste lo vio y le disparó la segunda noche, cerca del Merchant's Hotel, tal vez Jack McCall también lo llevara viendo su vida entera, desde su infancia en común.
