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martes, 19 de diciembre de 2017

NARCISO IBÁÑEZ MENTA
Daniel Roncoli
Un encuentro con el cuco
Encolumnados 1



A los pocos días de su muerte en ENCOLUMNADOS, un boletín que dirigía Jorge Nielsen, se le efectuó un singular homenaje-recuerdo a NARCISO IBAÑEZ MENTA.
Revisando materiales en Internet e impresos, algo difícil de igualar en esos momentos.
Lo reproducimos en TELEFICCIONES y, abajo, como complemento, sus actuaciones en la televisión argentina, tomando como referencia la catalogación de la colección de libros del (inevitable) Nielsen.

ENCOLUMNADOS 10 (26/05/2004)

Sencillamente impresionante. La propuesta fue sencilla: le planteamos a una serie de amigos ¿por qué no escriben algo sobre Narciso Ibáñez Menta? La respuesta: impresionante.

DANIEL RONCOLI fue el disparador de este especial sobre Narciso Ibáñez Menta, enviándonos el día de su muerte unas notas que le efectuó antes y después de la grabación de El pulpo negro, emitida por Canal 9 Libertad en 1985. El texto fue incluido en la Web homenaje del notable actor hispano-argentino. Según Roncoli, "por Narciso Ibáñez Menta me tomé toda la sopa".

El frío calaba el alma. Mientras lo esperaba el mozo me ofreció una sopa de verdura y fideos. No alcancé a ordenarle otra cosa, se ve que tenía programado sacarse de encima el líquido elemento --los fideos eran un holograma--. Cuando tomé la cuchara con disgusto y a regañadientes, oí la voz cavernosa y amplificada que me gatilló la nuca y me puso la piel de gallina. Para mi espíritu temeroso hubiese sido una bendición que hubiera repetido el slogan de la publicidad de Spaar: "¡Y adiós fantasmas!" pero lejos de espantarlos como en el aviso del extractor, Narciso los convocó: --¿Adónde está el jovencillo que me busca? Tengo poco tiempo y si me va a preguntar algo sobre mis obras maestras del terror, lo dejaré hablando solo... Giré lentamente, temblando ya que la carta de presentación no era alentadora, acompañando el decir pausado, marcado, con eco. Porque Narciso Ibañez Menta habla con eco. --Discúlpeme, soy yo. Pálido de toda palidez, calavérico, descubrí sus ojos de harpón clavados en mi entrecejo. Me costó sostenerle la mefistofélica mirada sin entrar en trance. Tenía almacenados ruidos en mis prejuicios.
Cuando se sentó comencé a escuchar el crujido de puertas inmemoriales. Cuando se acomodó en la silla inclinándose hacia mí me movilizó el ahullido de lobos pretéritos. Cuando me extendió la mano yerma y gélida se alteró mi sistema auditivo por el estruendo de un trueno feroz. --Lo noto tenso. Hace bien en tenerme miedo. Se presentó sin parpadear con caligrafía de obituario y cierto cinismo. Se presentó teatralmente. --Digo que hace bien en tenerme miedo. Como le tiene que tener miedo al mozo, al taxista que lo trajo hasta aquí... ¿Vino en taxi? (pregunta al paso con la misma cadencia que preguntaba ¿hay alguien en camarines? en El Fantasma de la Opera).

Al que le vende los diarios... Mis padres me lo inculcaron y yo lo aprendí: no hay que tenerle miedo a los cementerios, a las noches nubladas y tormentosas, a caminar por los campos llenos de cruces, a esas pavadas de las puertas chirriantes, las telas de araña, los postigos que se golpean por el viento, a los vuelos rasantes de murciélagos... Mis padres me educaron así y yo eduqué así a mi hijo. Mi padre Narciso Ibañez Cotanda que como usted debe saber era actor siempre me decía que no hay que tenerle miedo a los muertos. A los muertos hay que respetarlos, pero son los vivos los que entrañan verdadero peligro. Después de ese primer contacto, lo traté otras dos o tres veces, siempre con alguna inquietud periodística camuflando una atracción auténticamente personal. Era, es, siempre lo fue, un personaje que me intrigó y me interesó.

A la mayoría de las creaciones de Menta las conozco de mentas. Y reconozco que su extensa trayectoria, una carrera de más de 85 años, abarcó varios aspectos. Pero es en el rubro del terror en el que la memoria planta la bandera de este caballero español que inventó un género en la Argentina. Metió miedo con inolvidables criaturas que oscilaron, según las épocas, por varios estándares. En el país inocente que siguió la mayoría de sus ciclos, los programas de Narciso aterraban, motivaban pesadillas y generaban olas de feligreses incondicionales. En perspectiva, mirados desde hoy, son ejemplares inasibles de un estilo bizarro.
Y han tenido la virtud de esos fenómenos populares (que pueden ir del debut de Maradona en Argentinos Juniors al gol del Chango Cárdenas en el Centenario) con los que el público necesita identificarse y de los que afirma haber sido testigo aún cuando generacionalmente eso sea imposible. Por último y acaso por todo lo anterior sus Obras Maestras del Terror se han convertido en objeto de culto. Media docena de títulos, por lo menos, de los pergeñados y representados por este individuo de barba candado y rostro enjuto nacido en Sama de Langreo, en la provincia de Oviedo el 5 de agosto de 1912 están en el olimpo de los productos televisivos más recordados. El hombre que volvió de la muerte, El muñeco maldito, El sátiro, El Fantasma de la Opera (de Gastón Leroux), las recreaciones de Drácula y Hitler --El Monstruo no ha muerto-- o ¿Es usted el asesino? forman parte de esa galería. Admirador y perpicaz lector de Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson --las adaptaciones de sus cuentos abrieron el currículum terrorífico-- fue un genio de la metamorfosis logrando maquillajes
monstruosos que le permitían en algunas ocasiones despojarse completamente de su figura. En las charlas, notas, pequeños encuentros, hablamos (habló en virtud de ser honestos, por su gusto por la charla y por su obsesión por ser preciso y no dejar pasar ningún comentario que le molestara o no le pareciese exacto) hasta por los codos. Estos son algunos de los ida y vuelta de aquella primera vez.

-Mire, mire, si usted me va a hablar de mis trabajos en el campo del terror yo me levanto y me voy de aquí enseguida.
-¿Pero si usted es el maes...
-Nada de maestro ni maestro, no se ponga zalamero, si usted quiere ofenderme relativíceme, subestímeme, diciendo que soy un actor que solamente toca
una cuerda. Aquí me tiene, porque no me etiqueta mozuelo.
-Nadie dice que usted no sea un actor completo, simplemente que yo lo que...
-Mira, antes que me digas algo que me haga enfadar te voy a contar una anécdota: cuando tenía tres años, estaba yo en un teatro, mientras mis padres trabajaban... Me había ido a jugar al subsuelo, debajo del escenario, en un foso adonde se guardaban elementos. Estaba medio oscuro pero encontré algo que me permitió comenzar a jugar a la pelota. Me mantuve toda la función entretenido, pateando ese supuesto balón contra las paredes enmohecidas. Ahí donde se erigía el teatro
antiguamente había habido un convento. Cuando asciendo a los camarines le muestro a mi madre, contento, el juguete que había encontrado. Era una calavera. Imagínate, desde muy temprano tuve una relación lúdica con cosas que a otros atormentan
-¿Qué es el terror?
-Una forma de evasión, un género. Una forma de evasión como puede ser la risa. A mí me molesta mucho que me encasillen porque yo puedo hacer diferentes
géneros. Es eso lo que me acontece con esta maldita costumbre de presentarme sólo como cultor del miedo... No es el género el que me molesta, que quede claro. El humor y el terror ayudan a que la gente eluda momentáneamente sus problemas.
-¿Y por qué eligió el terror?
-No lo elegí. Se dio. Habia hecho algo del género en Canal 7 cuando pasé a Canal 9. En ese momento El Fantasma de la Opera fue un éxito terrible, pero por ese tiempo también estaba interesado en un programa de otra característica, Arsenio Lupin. Ese era mi proyecto pero tuve algunas diferencias con los directores cubanos que estaban en el ciclo y ahí me volvieron a llamar para el terror. Hice El muñeco maldito que fue un bombazo. Ese Benito Mason era en efecto un personaje monstruoso. Fue la primera vez que un ciclo se repitió de esa forma. Duró tres meses, hicieron un impasse de un mes, mes y medio, y lo volvieron a emitir remedando el suceso. Esto debe hacer sido allá por 1963. La repercusión me fue llevando de uno a otro programa casi sin pensarlo ni decidirlo.
-¿Le agrada meter miedo? Conmigo lo logró.

-¡Muchacho! ¿Cómo me va a causar placer? Si dicen que se asustaron es un indicio de que el trabajo o el personaje estuvo logrado. Porque vea, hacer terror es muy arriesgado, muy difícil. Este género tiene la particularidad que si uno se desvía un poco o no acierta en la sintonía fina, hace el ridículo y provoca algo inverso a lo que busca... Hace reír.
-¿Usted a que le teme?
-A usted, a los vivos como le dije. Mis verdaderos pánicos tienen que ver con las enfermedades, esas salas deprimentes e indignas de los hospitales. Me genera algo de pavor la posibilidad de desbarrancarme económicamente, mire que yo he sido muy desordenado y gastador. Y fundamentalmente le temo al ridículo. Como ve tengo muchísimos miedos.
No sé en qué momento se paró y se fue. Como un espectro su imagen pareció esfumarse delante de mi vista. Sin advertirlo durante la charla me tomé toda la sopa. El auténtico poder del cuco. En la mesa quedó un pequeño adminículo azabache. Lo miré con desconfianza a medida que la tráquea reducía su diámetro dejándome sin aire. Eran los días en que Narciso de piloto oscuro era Héctor De Rodas, El Pulpo Negro. Tuve la sensación que la guadaña de la muerte como una sombra siniestra me seguiría hasta aniquilarme. Cuando gané la calle el mozo me corrió y le costó que lo oyera.
-¡Ehhh, pibe, tomá...! Se te cayó este botón negro en la mesa. ¿Fijate si es del sobretodo?

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