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SERGIO RAMÍREZ El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026

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Tribuna

El ojo implacable

La fotógrafa Sandra Eleta fija una mirada a la vez acerada y compasiva sobre el mundo de las empleadas domésticas

4 min.
Foto de la serie 'La servidumbre'.Sandra Eleta

Hemos descendido a las entrañas acorazadas del Museo Reina Sofía para entregar los portafolios que contienen la serie de fotografías Solentiname, de la artista panameña Sandra Eleta, cuya obra se halla también en el Gugenheim y otros museos del mundo. Las fotos son recibidas y examinadas con cuidado forense, comprobada la firma de la autora en cada una, y rigurosamente medidas.

Esas fotos vinieron el año pasado a Madrid, para una exposición en la Casa de América, con motivo del Festival Centroamérica Cuenta, en conmemoración del centenario del nacimiento de Ernesto Cardenal. Sandra nos las obsequió a Tulita y a mí, testimonio de nuestra amistad de muchos años, y ahora, con su consentimiento, las hemos donado al Reina Sofía, el mejor lugar donde podrían estar.

Sandra visitó por primera vez en noviembre de 1974 la comunidad que Cardenal había establecido en el archipiélago de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua; lo que iba ser un lugar de contemplación, adonde alguna vez llegaría vivir el monje trapense Thomas Merton, se había transformado en una comunidad campesina, fiel a la teología de la liberación.

Las fotos se publicaron por primera vez en el libro Con Ernesto Cardenal en Solentiname, acompañadas de textos de Gloria Guardia, una escritora panameña con raíces nicaragüenses.

Llegar a Solentiname desde el Pacífico de Nicaragua, como lo hizo Sandra, sólo era posible entonces abordando en Granada un viejo vapor de comienzos de siglo, que hacía una travesía nocturna de doce horas hasta el puerto de San Carlos, donde el Gran Lago trasiega sus aguas al río San Juan. Desde el mar Caribe, los tiburones nadan a contra corriente para remontar el río y entrar al lago.

Desde San Carlos el viaje se hace en bote a motor hasta la isla de Mancarrón, una de las mayores del archipiélago, donde se hallaba asentada la comunidad. A los ojos del visitante desfilaban el muelle de pilotes de madera, la humilde iglesia de adobes, fotografiada por Sandra desde el frente, con una congregación de vacas a la puerta, y cuyo altar los campesinos habían pintado con figuras del arte primitivo que hizo famoso a Solentiname; y los talleres de pintura y escultura, la casa comunal, la propia casa de Ernesto, construcciones sencillas de paredes de tablas y tejado de zinc bajo los frondosos árboles.

Las fotos de Sandra revelan ese mundo elemental donde todo atisbo de civilización urbana está ausente: las aguas grises del lago, la vegetación del trópico seco, la desollada luz solar, realzados por el contraste del blanco y negro, un paisaje donde la presencia del propio Ernesto se vuelve insoslayable: a la hora de la consagración en la misa del domingo, a la que llegaban en sus botes los campesinos de las demás islas, sus manos unidas a las de los demás feligreses; a bordo de su bote de remos, el San Juan de la Cruz, en el oficio de la pesca.

Sandra había fundado en Panamá en 1970, en el antiguo puerto de Portobello, uno de los ejes del tráfico marítimo colonial, y mercado de esclavos africanos, otra comunidad donde congregó a los habitantes congos, descendientes de aquellos mismos esclavos.

Su padre, el empresario Carlos Eleta, que era también compositor, nada menos que autor del bolero Historia de un amor, la llevó una vez, de niña, a Portobelo, para que conociera a D’Orcy, un negro natural de las Antillas francesas. Era un gigante de barba blanca rizada, que vivía en soledad en una casa de madera frente a la playa. La sentó en su regazo y le cantó nanas en francés. Aquel viejo, según el relato de su padre, le había salvado la vida a su abuelo.

Años después, de vuelta de Nueva York, donde estudió, regresó a buscar a D’Orcy, pero encontró la casa clausurada. Había muerto una semana atrás, y entonces ella se instaló a vivir allí, y la casa se convirtió en el eje de su Fundación Portobello, y de los talleres de artistas congos, y de artesanía textil. Y fue en Portobelo donde puso sus primeros empeños como fotógrafa, retratando a los congos, otra de su series imprescindibles.

En Madrid se exhiben hasta el 25 de julio de este año, en la Galería Memoria de la calle de Piamonte, las fotos de la serie La servidumbre, realizadas en Panamá y España entre 1975 y 1989, otro de los ejes maestros de su trabajo. Sandra fija una mirada a la vez acerada y compasiva sobre el mundo de las empleadas domésticas; doncellas, mucamas, en uniformes impecables, fotografiadas en las estancias de mansiones suntuosas.

Una ocupa con gesto altivo un sillón Luis XV y empuña el plumero como si fuera un cetro; otra, frente al óleo de una dama de alcurnia, sostiene, con rostro adusto, un fusil de asalto. Otra friega el piso a los pies de una falsa estatua de Apolo con la consabida lira: la irónica belleza que ofrecen los contrastes.

El ojo implacable de Sandra, que, al revelar, rebela.

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América Latina partida por la mitad ,,, 6.7.26

Las propuestas radicales están encontrando adeptos entre todos los sectores sociales en el continente

5 min.
Trump, en marzo pasado con varios mandatarios latinoamericanos de derecha y ultraderecha, en la cumbre Escudo de las Américas cleebrada en Miami.Mark Schiefelbein (AP)

Hay una ola que tiñe de rojo MAGA el mapa de América Latina, ahora que candidatos fieles a la propuesta radical y vociferante del presidente Donald Trump alcanzan el poder. Y lo hacen por medio de votos contados de manera incuestionable. No es la vieja derecha tradicional conservadora, sino la extrema derecha con una propuesta alucinógena de megacárceles, mano dura contra los emigrantes, recortes masivos del gasto público que suprimen programas sociales, y alineamiento militar y de seguridad con el Escudo de las Américas, la alianza encabezada por Estados Unidos.

No es poca cosa que, en medio de tantas carencias institucionales crónicas en nuestros países, entre la corrupción rampante, la debilidad de un sistema judicial influenciado por el narcotráfico, y el creciente poder político que en regiones enteras detenta el crimen organizado, tengamos sistemas electorales confiables, que puedan dilucidar resultados tan ajustados, como los de Perú y Colombia.

​Pero que la diferencia en esas elecciones sea de tan pocos votos, como ya ocurrió el año pasado en Honduras, nos revela, a la vez, que el electorado se halla dividido por la mitad entre una propuesta de populismo de derecha contra otra propuesta de populismo de izquierda, lo que representa también una tajante división geográfica y social.

En el Perú, la costa se volcó por Keiko Fujimori, heredera de su padre, Alberto Fujimori, convicto por crímenes de Estado; y la sierra de los cholos, las regiones más atrasadas, votó abrumadoramente por Roberto Sánchez, heredero de Pedro Castillo, depuesto tras un frustrado autogolpe de Estado, igual al que en su tiempo dio con éxito el dictador Fujimori. La diferencia entre ambos candidatos fue de apenas el 0,25%.

Y en Colombia, las regiones de la periferia, las más pobres y las más golpeadas por la violencia, se decantaron por Iván Cepeda, el candidato de la izquierda populista de Petro, mientras el centro del país lo hizo por Abelardo de la Espriella, bendecido por Trump, y quien terminó ganando por el 1% de los votos.

Las propuestas radicales encuentran adeptos entre todos los sectores sociales, y la polarización alcanza a los sectores más pobres, donde la extrema derecha ha logrado penetrar explotando la inseguridad ciudadana, clave del éxito de la popularidad de Bukele en El Salvador: megacárceles y suspensión de garantías, que sirve ahora como modelo en no pocos países, Chile, Colombia, o Ecuador, donde ha fracasado escandalosamente.

La tensión entre los extremos, si los gobernantes apuntados a la derecha populista deciden llevar adelante sus propuestas, muchas de ellas demagógicas, encontrarán resistencia en la otra mitad, y en medio de la confrontación ningún país puede avanzar hacia el bienestar y la equidad y la paz social, que es lo que al fin y al cabo la gente busca.

Como lo busca en Venezuela, donde no hay visos de que vaya a darse a corto plazo un restablecimiento democrático, y más bien persiste ese extraño modelo híbrido que se parece tanto al protectorado, con un Gobierno populista con el sello de izquierda chavista, en alianza con los Estados Unidos de Trump, algo insólito en la historia de América Latina, y que ojalá el terremoto ocurrido estos días no acabe de remachar, bajo pretexto de emergencia nacional.

La gente aplaudió, sin duda, que se llevaran a Maduro a una cárcel en Nueva York, violación de la soberanía de por medio o no, siempre que esa acción diera paso al regreso inmediato de la democracia. Pero los meses pasan, y quienes entregaron a Maduro y formaron parte de su aparato político y represivo siguen administrando el poder bajo los dictados de Trump.

Lo pongo mejor en las palabras de Miguel Henrique Otero, director del diario El Nacional, que se sigue editando desde el exilio: “No hay avance alguno. No hay debate democrático, no hay apertura política (…). Los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia continúan espiando, fabricando expedientes (…). El asedio y chantaje a los presos políticos —militares y civiles— y a sus familiares continúa. Los jueces, principales extorsionadores, continúan con su sucia matraca, sin que nada ni nadie lo impida o lo castigue”.

Ya El Nacional debía estarse editando en Caracas, y las instalaciones que le fueron confiscadas devueltas; ya todos los medios de comunicación deberían estar funcionado sin trabas, los presos políticos liberados todos, los exiliados de regreso, y un proceso electoral libre en marcha.

En América Latina, la historia ha demostrado que tiene un comportamiento cíclico. Si hoy la ola dominante se mueve hacia la extrema derecha, los protectorados prolongados y la resurrección de la doctrina Monroe con gobernantes obsequiosos y serviles a la voluntad de Washington, puede revertir esa ola y resucitar el viejo nacionalismo antimperialista latinoamericano, que no ha desaparecido, sino que se halla agazapado, y despertará si se comienza a azuzarlo.

Baste recordar la visita de buena voluntad a América Latina de Richard Nixon en 1958, entonces vicepresidente de Eisenhower, recibido a pedradas en Lima y en Caracas, cuando la ola se elevaba del otro lado.


De hideputas y bellacos

Aunque sea apócrifa, la repetida frase de Roosevelt sobre Somoza simboliza toda una filosofía geopolítica que EE UU ha resucitado

El presidente de Nicaragua, Anastasio Somoza (a la izquierda), con el presidente de EE UU Franklin D. Roosevelt, en Washington en 1939.Bettmann Archive/Getty

Según resuena aún en los mentideros de la historia, el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt habría dicho del viejo dictador marrullero de Nicaragua Anastasio Somoza García que bien podría ser cierto que este era “a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”.

La frase admite distintas traducciones, la más convencional y comedida de las cuales sería “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”; en cambio, la más exacta, en correspondencia a su significación e intención, sería “es un hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta”; o un hideputa bellaco, como diría Sancho en castellano de puros quilates. En el idioma callejero de Nicaragua, tan teñido de términos en inglés heredados de dos ocupaciones militares en el siglo XX, esa traducción, fonética y pendenciera, sería “es un sanamambiche, pero es nuestro sanamambiche”; muy de mi infancia, pero a la vez muy actual ahora que América Latina se puebla de obsequiosos sanamambiches.

Que el viejo Somoza fuera un verdadero sanamambiche nadie lo pone en duda. Lo que sí está en duda es si la famosa frase fue pronunciada de verdad por Roosevelt. El historiador Michael Wood, por ejemplo, concluye: “No sabemos quién la dijo, a quién iba dirigida, o dónde se origina”.

Pero ese tipo de frases, aunque nunca hayan sido dichas, encarnan toda una filosofía geopolítica: mientras sean nuestros, no importa que sean unos hijosdeputa, pues los podemos dejar a cargo de nuestros protectorados, como administradores provisionales de largo plazo para que cuiden del petróleo, del oro, de los minerales raros, y, de paso, mantienen a raya a los emigrantes, criminales por naturaleza. Y en esta visión imperial de la historia, que nunca olvida el traspatio, el pretendido color ideológico del bellaco de marras, pasa a sobrar.

Hay quienes niegan que Roosevelt se refiriera a Somoza con lo de hideputa, aunque es obvio que le guardaba estima, pues lo recibió en Washington en visita de Estado en 1939, con los mismos honores que al mes siguiente dispensó al rey Jorge de Inglaterra y a su consorte, incluida una parada militar por Constitution Avenue y un suntuoso banquete oficial; aunque también se afirma que aquella parafernalia no fue sino un ensayo general para no errar en el protocolo dispensado a sus altezas reales, vaya para lo que sirven los dictadores sumisos.

Hay otros candidatos a destinatarios de la frase, si es que existió, el primero de ellos el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Pero según se lee en el libro Gracias a Dios están de nuestro lado. Estados Unidos y las dictaduras de derecha, del historiador David Schmitz, quien ha expurgado miles de páginas de documentos en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, la frase sólo aparece en una referencia de pasada sobre Trujillo en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time; y es mencionada posteriormente, el 17 de marzo de 1960, en un programa trasmitido por CBS Reports llamado Trujillo: retrato de un dictador. Nada más.

Tampoco es citada por ninguno de los numerosos biógrafos de Roosevelt. Y más borroso aún el panorama porque hay quienes la atribuyen más bien a su secretario de Estado Cordel Hull, “porque esta es la clase de cosas que él hubiera sido capaz de decir”, pero tampoco hay fuentes que lo testifiquen.

Y cuando las baterías apuntan al viejo Somoza, bellaco entre bellacos, la verdad es que sólo lo hacen de manera fugaz; supuestamente, y tampoco hay evidencia alguna, Roosevelt la habría dicho en 1939, en respuesta a una pregunta de alguien acerca del porqué invitaba a aquel dictadorzuelo tropical a la visita de Estado a Washington, para la cual se vistió de frac y bombín e hizo disparar los consabidos 21 cañonazos.

Un buen ejemplo de la política del buen vecino esa visita, otro de los cuales sería la amistad profunda y sincera desarrollada entre el Pato Donald, Pepe Carioca y Pancho Pistolas en la película de dibujos animados de 1944 de Walt Disney.

Luego la frase ha sido aplicada a otros dictadores y puesta en boca de otros presidentes de Estados Unidos; así, se dice que Eisenhower se refirió de esta manera al generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, cuando este aceptó establecer las bases militares en territorio nacional conforme los Pactos de Madrid de 1953. Pudo haber sido. Las leyendas toman cuerpo propio y se van encarnando en otros personajes, que hoy, en tiempos restauradores, se vuelven legión.

Pero, lo mejor de todo, es que Andrew Crawley, en su libro Somoza y Roosevelt: la política del buen vecino en Nicaragua, 1933-1945, asegura que Somoza era tan hideputa, que él mismo inventó la frase y se la atribuyó a Roosevelt para demostrar que, fuera lo que fuera, contaba con el respaldo de Estados Unidos.

En animada competencia similar nos hallamos ahora.





Espejo de la memoria ,,,

La obra de Gonzalo Celorio, que el día 23 recibe el Cervantes, refleja un pasado que ya no volverá, salvo en las palabras que lo rescatan

Gonzalo Celorio, en su casa en Ciudad de México, en noviembre de 2025.Aggi Garduño

Este 23 de abril, Gonzalo Celorio recibirá el premio Cervantes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares de manos del rey Felipe VI. Su nombre se agrega a la lista de escritores mexicanos que han recibido el galardón, que empieza con Octavio Paz e incluye a Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso.

Una de las cualidades que tiene la obra narrativa de Gonzalo Celorio es hacer de sus novelas un espejo continuo de su propia vida, narrándose a sí mismo como personaje, y narrando las historias de su familia. Las novelas se conectan unas a otras a través de este hilo autobiográfico, y lo que queda en el espejo es la memoria. Una memoria siempre en movimiento, y el pasado recordado viene a ser la vida misma, rostros que se asoman al espejo, se inscriben en la página, se ausentan, y vuelven a aparecer. Un concierto de imágenes revividas en la nostalgia del tiempo que pasó y que ya no volverá a ser, salvo en el poder de las palabras que lo rescatan.

Empieza con Tres lindas cubanas, la novela de 2006, que evoca el danzón de 1926 compuesto por Guillermo García Castillo: “Tres, tres lindas cubanas / si cruzo por Paso Franco, alma mía / nunca me digas que no”. Es la historia de Miguel Celorio, el padre del novelista, destacado como diplomático en La Habana, quien una tarde del año 1921 encuentra en una sala de cine a las hermanas Rosita, Virginia y Ana María, las tres lindas cubanas.

Se enamorará de Rosita, quien llegará a ser la madre del novelista, pero la novela entrelaza las historias de las tres, con destinos muy distintos, cruzados y separados: Rosita emigra a México tras su matrimonio, Virginia se va al exilio a Miami al triunfo de la revolución, y Ana María se queda en la vieja casa familiar del Vedado, viviendo en comunidad con los nuevos inquilinos favorecidos por las leyes de vivienda decretadas por el Gobierno de la revolución que triunfa en 1959.

El metal y la escoria, de 2014, es la segunda novela de la trilogía que el autor llamará Una familia ejemplar. Ahora la saga va hasta el año 1874, cuando Emeterio Celorio, el abuelo del autor, se embarca hacia México desde Asturias para hacer la América, como tantos españoles entonces, dejando atrás su aldea campesina; y en su nueva vida al otro lado del Atlántico pasará de mozo de una tienda de ultramarinos a dueño de un próspero negocio de licores, con lo que amasa una importante fortuna que será despilfarrada por sus hijos, tal como establece el relato. Una memoria de familia tejida en el entramado de la historia de México desde los finales del siglo XIX a la primera mitad del siglo XX, del Porfiriato al cruento periodo de la revolución, y en adelante. La historia pública que entra con violencia en la historia privada.

Se cierra esta trilogía con Los apóstatas (2020), que de las vicisitudes de los abuelos y de los padres pasa a enseñarnos en el espejo la vida de dos de los hermanos del novelista, Eduardo y Miguel. A ambos los coloca bajo una luz estremecedora, dos destinos contradictorios que parten de la vocación religiosa, pero luego se bifurcan. Eduardo, convencido de la doctrina de la opción preferencial por los pobres que proclama la teología de la liberación, termina en Nicaragua, comprometido con la revolución sandinista; y Miguel se consagra a estudiar la arquitectura barroca mexicana. Dos retratos trazados con valentía y con ternura en busca de revelarnos verdades frente a las que el autor no se arredra, aunque sean dolorosas. Al fin y al cabo, para un escritor no existen los secretos de familia.

Y retiemble en sus centros la tierra, la novela de 2008 que evoca en su título uno de los versos de la letra del himno nacional de México, es también autobiográfica. Aquí el autor se encarna en el profesor universitario Juan Manuel Barrientos, quien se prepara para vivir con sus estudiantes una jornada enseñándoles los edificios coloniales del cuadro antiguo de la ciudad de México, visita que al final terminará realizando solo, deteniéndose en iglesias y conventos, pero también en antros y cantinas, en una exploración del viejo paisaje urbano hacia afuera, y a la vez hacia adentro, removiendo los fantasmas de su propia vida.

Y Ese montón de espejos rotos, de 2025, el último de sus libros publicados, donde el gran espejo se fragmenta para darnos una visión múltiple de su propia vida, un recuento de la memoria donde las imágenes se suceden unas a otras. El novelista que ha sido funcionario académico, profesor universitario, promotor cultural, editor, sin dejar de ser nunca escritor. Un autorretrato que llega a ser íntimo por revelador, y que al fin y al cabo viene a ser un ancla de su obra narrativa memoriosa y memorable.

Nicaragua, El Dorado chino

La dictadura de Ortega imita a la de Somoza y entrega al capital extranjero los recursos minerales del país

Niños trabajadores en una mina de oro en Villanueva, a 145 kilómetros de Managua, en una foto de 2019. Jorge Torres (EFE)

Cuando en octubre de 1979 la revolución triunfante nacionalizó las minas en Nicaragua, el decreto se anunció en Siuna, un poblado de la región del Caribe, delante de una asamblea de mineros misquitos, sumos, creoles y emigrados de la costa del Pacífico, que salieron de las galerías para congregarse en el viejo cine del pueblo. En Siuna, parte del llamado triángulo minero junto con Rosita y Bonanza, funcionaba uno de los planteles más grandes, en manos de la Rosario Mining Company.

Las empresas mineras gozaban bajo la dictadura de Somoza del estatus de enclave que también tenían las bananeras en Centroamérica, situadas por encima de la precaria soberanía nacional, y funcionaban en base a la explotación más inicua y a la corrupción. En los archivos de la Rosario Mining se hallaron dos expedientes que demostraban la vileza inhumana del negocio del oro:

El récord de trabajo de José Villarreina, un minero misquito muerto de manera instantánea por el golpe de un balde transportador de broza al “sacar la cabeza por donde pasa el balde sin antes asegurarse que el balde estaba estacionado”. Ya muerto, la empresa le envió una carta de despido: “Rosita, 13 de julio de 1979. Señor José Villarreina, Presente: De conformidad con (el) (los) inciso (s) #4, art. 115 (del) (de los) (art.) (arts.) (18) (119) del Código del Trabajo, queda Ud. despedido de sus labores de esta empresa, cuyas causas de despido legal son conocidas por Ud. que ha faltado a su contrato de trabajo en esta forma”.

El otro expediente contenía los comprobantes de las coimas que la compañía pagaba al dictador, fundador de la dinastía: “Se emite el presente cheque a favor del General Anastasio Somoza García, presidente de la República, para pagar la comisión subsidiaria de $10.00 por cada kilo de oro embarcado de julio 1 de 1951 a diciembre 31 de 1951: $10.735.00. Su atento y seguro servidor, T.N. Slaughter, manager”. Unos 135.000 dólares de hoy, cada seis meses.

Como la historia suele ser a veces una serpiente que se enrosca para morderse la cola, aquella vieja historia del oro que dejaba socavones tanto en la tierra como en los pulmones de los mineros que morían de tisis se repite con creces en Nicaragua, solo que ahora aquellas empresas gringas que en el lenguaje revolucionario de entonces simbolizaban el imperialismo explotador, han sido sustituidas con creces por compañías chinas, más depredadoras aún.

La dictadura actual ha entregado en apenas tres años, mediante concesiones espurias, sin ninguna clase de estudios de impacto ambiental y en violación de las leyes que amparan a las comunidades indígenas, más de 1,3 millones de hectáreas, unos 10.000 kilómetros cuadrados del territorio nacional, a unas 16 compañías chinas salidas de la nada.

Esta área de explotación equivale al 10% de la superficie de Nicaragua, y es más grande que la comunidad de Madrid. Es como si México entregara en una concesión oscura todo el territorio del Estado de Morelos, o Argentina la mitad de la provincia de Tucumán, a unas empresas chinas recién creadas que no cotizan en Bolsa ni tienen sitios web, una de ellas representada legalmente por un médico herbolario que se llama Fulishu.

Cuando en 1979 la revolución expropió las minas, las declaró de dominio público. Con el tiempo, volvieron a ser nuevamente empresas privadas. Hoy se confiscan para entregarlas a manos de las compañías chinas, como acaba de ocurrir con la BHMB Mining, de capital estadounidense, para entregarla a la empresa Zhong Fu Development, que ahora es dueña de un área de 1.800 kilómetros cuadrados.

El oro explotado, cada vez más por los chinos, ha pasado a ser el principal producto de exportación de Nicaragua, cerca de 2.000 millones de dólares en 2025, y la paradoja es que su primer mercado es Estados Unidos.

Estas empresas no solo explotan el oro y la plata de los yacimientos nicaragüenses, sino que compran la tierra áurea, que es llevada clandestinamente en sacos a través de la frontera desde Las Crucitas, en territorio de Costa Rica, un área minera de cielo abierto donde la explotación se halla prohibida por sentencia judicial. Las autoridades costarricenses estiman el valor del contrabando en 125 millones de dólares anuales.

Pero, además, las compañías chinas no solo persiguen la explotación del oro, sino que pretenden también la de otros minerales: cobre, plomo, cobalto, uranio, litio, molibdeno, tungsteno, zinc, cromo y níquel, muchos de los cuales entran en la categoría de estratégicos, como parte de la disputa entre Estados Unidos y China por el dominio tecnológico mundial.

Gran parte de las concesiones chinas se extienden por las selvas de Nicaragua, reservas protegidas de la biosfera, y de la flora y de la fauna, y habitadas por comunidades ancestrales. Ernesto Cardenal habla en uno de sus poemas de El Dorado, que los conquistadores buscaban en las selvas del Amazonas, ansiosos por el oro, “el excremento de los dioses”.

China ha encontrado El Dorado no en el Amazonas, sino en Nicaragua.

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