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ROSA MONTERO El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026


La ‘hybris’ y la ceguera partidista ,,, 6.7.26

Me desespera la ceguera partidista con la que algunos dan a entender que la inmoralidad es algo normal

4 min.
Miguel Sebastián durante una sesión de control el 30 de marzo de 2011. Juan Carlos Hidalgo (EFE)

El neurólogo británico David Owen, que fue dos veces ministro con los laboristas, tiene un libro maravilloso, En el poder y en la enfermedad, en el que desarrolla la teoría de la hybris, que es, según él, una dolencia propia de los personajes poderosos. Viene del griego Esquilo, que sostenía que los dioses, celosos del éxito de los humanos, lanzaban sobre aquellos que llegaban más alto la terrible maldición de la hybris, que los volvía locos. Se trata, pues, de un estado de soberbia tal que te deja sordo y ciego, haciéndote perder el sentido de la realidad.

Me acordé de Owen hace unos días al leer en elDiario.es un artículo de Miguel Sebastián, antiguo ministro de Industria con Zapatero. Se titulaba La hipocresía de las joyas de Zapatero y no quisiera tergiversar su contenido, así que les ruego que lean el texto completo, para ver si se quedan tan atónitos y descolocados como yo. Cielo santo, pensé; este hombre parece haber perdido todo contacto con la vida real.

Cuenta Sebastián que, en 2008, a los tres meses de entrar en el ministerio, hizo un viaje oficial a Arabia Saudí. Al irse le regalaron un maletín que contenía un reloj de brillantes y un juego de pulsera, pendientes y anillo de esmeraldas y brillantes. Como no sabía qué hacer con ello, preguntó en el ministerio. Al parecer las secretarias le dijeron que “todos los ministros” se llevaban los regalos a casa porque “eran personales”. Pero, alma de cántaro, ¿a qué le llamas un regalo personal? ¿Piensas que los jeques árabes regalan esmeraldas a un ministro porque de repente han descubierto una afinidad espiritual inusi­tada con él y se han visto iluminados por su sabiduría? Maldita sea, a poco que vivas en el mundo y pises tierra, ves con toda claridad que estos presentes son justamente lo menos personal que existe. Son ofrendas al poder que representas, no a ti. La grasilla que lubrica las ruedas de las influencias.

Dice Sebastián otras frases inquietantes, como que nunca pudieron sospechar el valor de esas joyas (¡hombre…!). O: “Los ministros nunca cobramos por un servicio dentro o fuera de España”. ¡Faltaría más! Todo eso va en el sueldo. Al final él entregó los pedrolos a Patrimonio, pero añade que no cree que hacer eso sea moralmente superior a habérselos llevado a casa. Y concluye que detesta “la moralina puritana que se ha instalado en nuestro país”.

Una moralina puritana que, por cierto, brillaba en el código de buen gobierno que impulsó Zapatero en 2005, tres años antes de lo que narra Sebastián y dos años antes, al parecer, del despampanante joyerío del propio Zapatero. Según este código, los obsequios suntuosos estaban prohibidos y, si por alguna razón se recibían, había que entregarlos a Patrimonio. O sea que ya en 2005 todos tenían muy claro que era una gorrinada.

Cuando salió EL PAÍS, en 1976, el periódico ya aplicaba una política estricta respecto a recibir obsequios. De hecho, podían despedirte si la transgredías. Allá por 1979 entrevisté a Ruiz-Mateos y al final me dio un bolígrafo dorado de su empresa, Rumasa. Le dije que no podía aceptarlo. Tan cerril me puse que terminó jurando que el bolígrafo era una mierda, que tenían cientos, que era el regalo institucional más barato de cuantos disponían. Era en verdad una porquería de boli. Creo que me lo llevé y lo tiré. Lo que quiero decir es que ya hace medio siglo que sabíamos que no se pueden aceptar regalos suntuosos. No como periodista; menos como ministro, Miguel Sebastián; y mucho menos como presidente. Vamos, que es de Primero de Decencia Elemental.

Pero en realidad mi mayor preocupación no es Zapatero (que tendrá que explicarnos muchas cosas que mientras escribo esto aún no ha explicado, les recuerdo que mi artículo tarda dos semanas en publicarse) y tampoco Sebastián, aunque lo parezca. Lo que me angustia es que las opiniones del exministro de Industria retratan la actitud que una parte del PSOE ha tomado ante este asunto. Lo que de verdad me desespera es ese enrocamiento defensivo, la ceguera partidista y suicida (de nuevo Owen) con la que algunos dan a entender que la inmoralidad es algo normal. Que nos quieran hacer tragar que ser truhan es bueno e intentar ser decente es puritano. Eso sí que resulta desconsolador, eso sí que da miedo. Porque me parece que con ello están hundiendo la credibilidad democrática, destruyendo a la izquierda y empujando a este país hacia el fascismo. Tristísimo.


Estamos hartos ,,, 

La corrupción es un parásito que se esconde en la barriga del cuerpo social, como la tenia que coloniza el intestino

Una mujer detrás de un vidrio utilizando un portátil. Jasper James (Getty Images)

Hace unos días cené con X. Es un autor notable con una repercusión comercial mediana. Me contó que buena parte de sus ingresos los obtiene escribiendo o reescribiendo las novelas de otros. Vamos, lo que tradicionalmente se conoce como un negro literario (suena fatal; los ingleses lo llaman escritor fantasma). Y no crean que se trata de esos libritos ocasionales firmados por famosos de profesiones diversas, sino, horror de horrores, de las novelas de unos cuantos autores muy conocidos y, por supuesto, superventas. Es probable que los farsantes hayan tenido la idea de partida, y alguno hasta puede haber pergeñado un (mal) borrador; pero la autoría del libro desde luego no es suya, aunque, según X, los hay que se creen escritores extraordinarios aun sin haber escrito, en una de esas carambolas mentales de la miseria humana. Goethe ya contaba algo parecido en su bella autobiografía Poesía y verdad; cuando, a los 10 años, en la escuela les pedían a los alumnos que hicieran poemas, había un chico que llevaba unos versos espantosos y además obviamente escritos por su ayo, pero que se pavoneaba como si fuera el poeta más excelso, lo cual lo convertía en el hazmerreír de todos. Pues bien, lo malo de nuestros tiempos es que ahora nadie se ríe del mentiroso, porque la trampa permanece oculta. A X le obligan a firmar un contrato de confidencialidad, así que ignoro qué libros rehace. No obstante, en el mundillo se comenta algún nombre muy conocido, pero no tiene por qué ser de X porque hay otros escritores en la sombra. De hecho, la primera vez que un fantasma me habló de estos tejemanejes fue en 2019; se trataba de una buena escritora que, al igual que X, tiene ventas medianas. Los dos me dijeron la misma frase: “Entro en las librerías y pienso: esta novela es mía, y esta, y esta otra”. Debe de ser amargo saberse mucho mejor artista que esos autores de mentira y tener una ínfima parte de su éxito.

Hace siete años ya me escandalizó la situación, pero la otra noche me dolió mucho más, como quien echa sal en una herida abierta. Y es que estoy harta de las marrullerías, de los trucos sucios, de las corruptelas y las mentiras, de esta sociedad de malditos trileros. Siempre he pensado que el arte nos salva; que la literatura es el refugio de las almas buenas o, al menos, de las que aspiran a ser mejores. Por eso me desespera que también aquí, en este pequeño oasis, haya mangantes.

No puedo más. Basta ya de unos comportamientos depredadores que en algunos casos son delictivos y que en otros solo rozan la ilegalidad, pero son igual de repugnantes moralmente. Y lo peor es que quienes actúan así creen estar en su derecho. De la misma manera que el escritor que no escribe termina creyendo que es Cervantes, estos desfachatados piensan que estirar las leyes, retorcer las normas y apañarse un dinero no es más que lo que la sociedad les debe y que, por añadidura, todos lo hacen. Pues bien, les voy a dar una noticia: no lo hacen todos. Ni muchísimo menos. Solo los chorizos y los parásitos. Porque la corrupción es eso, un parásito que se esconde en la barriga del cuerpo social, como la tenia que termina colonizando el intestino. Y así estamos, ocupados por un gusano que parece estructural, que abarca a derechas e izquierdas, pero eso sí, sólo a las personas de posibles, de dinero y sobre todo de poder, de influencias y de un egocentrismo encanallado. Porque la gente, la inmensa mayoría de la gente, de derechas y de izquierdas, no es así. Miro a mi alrededor en el último día de la Feria del Libro de Madrid, en este milagro de hermandad, de creatividad y de alegría por medio del poderoso vínculo de la literatura, y me vengo arriba: en realidad, los autores mentirosos son una excepción (al igual que los demás golfos de este mundo). Lo que abunda son los escritores que perseveran en la obra aunque sean poco leídos, y las pequeñas editoriales que navegan por mares furiosos, y las grandes editoriales que se despepitan por visibilizar sus catálogos, y los libreros maravillosos que no paran jamás de trabajar. Abundáis vosotros, lectores, que recorréis la feria día tras día, que a veces os gastáis con esfuerzo vuestros últimos euros en un libro, en un cuento, en una pizca de palabras y belleza. Por eso me digo una vez más que no todos hacemos lo mismo, que no todos somos ladrones. Sólo sois un puñado de mangantes y estamos hartos.





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