Los castigos de Milei ,,, 6.7.26
Hay que desconfiar de las noticias que hablan de justicia pero apelan a nuestro instinto de venganza, porque el fascismo vive de este

El sistema de crédito social chino fue un experimento que despertó gran fascinación en Occidente porque, más que un sistema de vigilancia, era un proyecto de reeducación. Buscaba corregir “vicios” de la ciudadanía como comprar alcohol, faltar al trabajo, cruzar en rojo, no visitar a los padres ancianos y, por supuesto, participar en manifestaciones o criticar al gobierno en el chat familiar. Estaba perfectamente alineado con la era del me gusta: cada ciudadano empezaba con 400 puntos y el correctivo por perderlos era ir limitando su acceso a productos y servicios importantes, incluyendo el parque de viviendas, puestos de trabajo y buenos colegios para sus hijos, pero también billetes de avión, de tren y hasta de autobús. Su eslogan lo decía todo: los buenos ciudadanos caminarán libres bajo el sol y los malos ciudadanos no podrán dar un paso.
Era abominable y fascinante, puro Black Mirror. Aunque para algunos, más honesto que la discriminación invisible que caracteriza el mundo occidental. Al menos la escalera era de doble sentido y las reglas eran explicitas. Un ciudadano podía recuperar los puntos y hasta mejorar su condición haciendo obras para la comunidad como donar sangre, cuidar niños o trabajar como voluntario.
El proyecto tropezó con dos problemas técnicos: es difícil unir los archivos burocráticos de un país de 1.400 millones de personas, y es imposible juzgar sus decisiones diarias sin activar la violencia y la corrupción natural del sistema. Parafraseando a Audre Lorde, las herramientas de la democracia no sirven para desmantelar la democracia. La transparencia nunca podrá favorecer a un régimen autoritario, incluyo cuando su propósito es la represión.
Hoy el Gobierno chino se conforma con controlar a las empresas y conectar bases de datos judiciales y financieras para discriminar a los pobres, encarcelar a los díscolos y llenar de musulmanes y disidentes los centros de detención. Como Donald Trump.
Y sin embargo, el proyecto acaba de encontrar un improbable heredero. El gobierno de Javier Milei envió a las autoridades de Estados Unidos una lista de unas 13.000 personas que no pagaban la manutención (pensión alimenticia) de sus hijos para imponer un castigo aleccionador: no dejarlos entrar en los partidos del Mundial de fútbol.
Pensará el lector que no es lo mismo y tendrá un poco de razón, pero la diferencia no es de clase sino de grado, con un importante matiz. Argentina entrega datos sensibles de sus propios ciudadanos a un país donde no tienen derechos civiles para que los castigue. Una medida hasta ahora estaba reservada para terroristas, pedófilos, traficantes de personas y perfiles extremadamente peligrosos. Pero con un argumento satisfactorio: si tienen dinero para ir a ver el fútbol, también lo tienen para pagar la manutención.
Hay que desconfiar de las noticias que hablan de justicia pero apelan a nuestro instinto de venganza, porque todos lo tenemos y el fascismo vive de él. Esta ocurrencia parece diseñada para que aplaudamos una medida que vulnera los derechos civiles de todos los argentinos, no sólo los malos, y expandir los poderes de un país que desaparece niños y los separa de padres que no han cometido más crimen que huir de una muerte probable y aceptar trabajos que nadie quiere para que sus hijos tengan una oportunidad.
Condenados al sabotaje
Los trabajadores cubanos no quieren parar las máquinas; necesitan que vuelvan a funcionar para poder comer. No son una “amenaza al orden productivo”, sino los restos descartados de su desaparición


El Gobierno cubano ha encarcelado a un adolescente de 16 años durante tres meses en una prisión de Canaleta por participar en las protestas del 13 de marzo en Ciego de Ávila. Es el preso político más joven del castrismo. Esto no nos puede sorprender. Todos los regímenes represivos encarcelan menores. Lo que sí me ha llamado la atención es que lo han acusado de “sabotaje”. ¿Se puede cometer sabotaje sin poder bloquear ni un ascensor?
La raíz es sabot, que significa zapato de madera en francés. Era el zueco típico de las zonas rurales de Francia, Bélgica y Países Bajos que llevaban los campesinos y temporeros que acabaron en las primeras fábricas de Lyon y París. El sabotaje nace cuando los primeros peones de los nuevos sistemas de producción mecanizada empezaron a arrojar sus zapatos dentro de la maquinaria para protestar por sus condiciones laborales y parar la producción. En otras palabras, el sabotaje es hijo de la revolución industrial y su primera manifestación fue la protesta campesina contra la deshumanización del capitalismo. Después las dos grandes guerras mundiales, elevarían su rango de influencia a la cadena de suministro de las grandes infraestructuras industriales. Sabotear se convirtió en el acto de resistencia heroica del pueblo sometido contra el invasor.
Los franceses cortaban líneas ferroviarias y alteraban los sistemas de señalización para ralentizar el avance de las tropas alemanas. Los comandos noruegos dinamitaron puntos críticos de sus plantas de agua pesada para frenar a los nazis en su proyecto nuclear. La era de la información convirtió el boicot en una operación remota. El ejemplo más memorable sigue siendo Stuxnet, el terrorífico malware de Israel y EE UU contra el programa nuclear iraní. Hoy la RAE lo define como un daño o deterioro a instalaciones o productos como procedimiento de la lucha contra los patronos, contra el Estado o contra las fuerzas de ocupación en conflictos sociales o políticos y como oposición u obstrucción disimulada contra proyectos, órdenes, decisiones o ideas. ¿A qué se opone el saboteador más joven del castrismo?
Cuba sufre falta de alimentos y de servicios básicos, pero también de combustible y electricidad. Su sistema energético está muy deteriorado, y la demanda eléctrica supera con creces su capacidad de generación. Durante años se había sostenido con el petróleo barato y financiado de Petrocaribe pero, sin el colchón energético de Venezuela, los apagones duran 12, 18 y hasta 24 horas al día. En Ciego de Ávila, el corazón agrícola de la isla, lleno de plantaciones de piña y caña de azúcar, los trabajadores salen a protestar a oscuras con sus cacerolas porque no pueden trabajar con el apagón. No quieren parar las máquinas; necesitan que vuelvan a funcionar para poder comer. No son una “amenaza al orden productivo”. Son los restos descartados de su desaparición.
Los presos por sabotaje se multiplican en el sistema penitenciario cubano. En otras partes matan periodistas y encarcelan manifestantes por terrorismo y sedición. Esta tendencia nos tiene que resonar cuando la única apuesta de las grandes potencias mundiales es hacia una economía automatizada que, si todo sale según el plan, pondrá a 300 millones de trabajadores en la calle. Su desesperación se sumará al descontento colectivo con algoritmos que harán su trabajo peor, y nos forzarán a aceptar productos y servicios cada vez más insuficientes sin un responsable al que pedir explicaciones ni otra manera de protestar que no haya sido criminalizada por los mismos gobiernos que implementaron la automatización.
Trump nos desconecta
Por castigar a Anthropic, el Gobierno de EE UU podría liberar a Europa de su tóxica adicción


El viernes 13 de junio, Anthropic recibió la orden de bloquear Fable 5 y Mythos 5, las últimas actualizaciones de su modelo de IA, a todo aquel que no fuese ciudadano estadounidense. Se invocaba una ley de control de exportaciones con efecto inmediato, y el veto era tan general que dejaba fuerta hasta a los empleados no estadounidenses de Anthropic en Estados Unidos. Ante la imposibilidad técnica de discriminar usuarios por bandera, la empresa desactivó los dos modelos diciendo: “Creemos que se trata de un malentendido y estamos trabajando para restaurar el servicio lo antes posible”. Un malentendido es una situación en la que una persona interpreta algo de manera diferente a como fue dicho, pero la carta del Gobierno no decía exactamente por qué.
La orden establece que los modelos de IA son una tecnología sujeta a controles de exportación, y obliga a Anthropic a obtener licencias para cualquier acceso de “personas extranjeras” en cualquier parte del mundo, porque suponen un “riesgo inaceptable” para la seguridad nacional. Una fórmula típica de Netanyahu y de Xi Jinping. Pero no aporta los criterios y pruebas técnicas que ayuden a solucionar el problema. Por ejemplo, por qué los modelos de Anthropic son peligrosos pero los de OpenAI no.
Alex Stamos, exjefe de seguridad de Facebook y jefe de la firma de ciberseguridad para defensa SentinelOne, explicó en una carta firmada por un centenar de especialistas de alto nivel que Mythos es muy bueno encontrando vulnerabilidades y explotándolas pero que no es el único con esas capacidades. Y que la versión domesticada Fable ha incorporado protecciones tan agresivas que “han sido objeto de hilaridad dentro de la comunidad de ciberseguridad”. Si el criterio fuese técnico, habría bloqueado otros modelos. Si fuese específico, Anthropic podría corregirlo ya. La ambigüedad es deliberada y efectiva. El Gobierno actúa según criterios que sólo el Gobierno conoce, y por tanto no se pueden contestar.
Muchos creen que el jefe de Anthropic, Darío Amodei, se lo ha buscado abusando del miedo como estrategia de marketing en 2026. “Uno recoge lo que siembra”, dijo Yann LeCun. Otros aseguran que es un nuevo intento de extorsión del Departamento de Defensa para obligarlos a abandonar sus restricciones de uso, que siguen siendo seleccionar y matar gente de manera autónoma y espiar a ciudadanos estadounidenses de forma masiva. En cualquier caso, es un castigo severo para una firma local que lidera la carrera más importante del planeta, especialmente después de anunciar su salida a Bolsa.
Pero también para la industria americana, que ha hecho una apuesta suicida por la promesa de una nueva economía automatizada y corre el riesgo existencial de empujar el mercado hacia modelos chinos y/o abiertos para no depender de un gobierno dispuesto a perder el partido para castigar a un solo jugador. Y una advertencia para nosotros: qué empresa o administración europea puede arriesgarse a depender de Anthropic o cualquier plataforma estadounidense sabiendo que en cualquier momento Trump la puede boicotear.
Nuestros gobiernos, hospitales, universidades, bancos y empresas dependen la nube y servicios de AWS, Microsoft Azure y Google Cloud. Hay sistemas operativos: Windows, Android y OSx. La Comisión Europea acaba de presentar una estrategia de soberanía tecnológica para reducir dependencias de nube, IA, chips y software. Francia se muda a Linux por decreto ley. No seamos los últimos. No esperemos a lo peor.
La velocidad de destrucción
Arrasar sistemáticamente todas las infraestructuras que permiten la vida es un genocidio, aunque Israel no vuelva a tirar una bomba ni a forzar un desplazamiento


La definición jurídica de genocidio que da Naciones Unidas no incluye un criterio de duración temporal. Sin embargo, sólo reconocemos como genocidio aquello que implica la destrucción rápida y espectacular de un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y no la destrucción gradual, acumulativa y consciente de una parte de la población. Tanto es así, que llamamos genocidio a episodios de violencia concentrada como el Holocausto o Ruanda; y genocidio lento o por desgaste al régimen de Pol Pot en Camboya, que tardó tres años en acabar con una cuarta parte de la población.
En un impactante artículo, publicado el domingo en este periódico, Eyal Weizman explica por qué Israel sigue implementando un genocidio durante el alto el fuego, mediante “la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida”. Se refiere a los campos, los recursos hídricos y la pesca que alimentan a los palestinos. Las casas que los resguardan, los hospitales que los atienden. Las escuelas, bibliotecas y mezquitas que permiten su coordinación y sostienen su identidad cultural. Los ha empujado a “zonas seguras” y “zonas humanitarias” donde, en palabras de un general israelí, “ningún ser humano puede existir”.
La destrucción sistemática y deliberada de todas las infraestructuras que permiten la existencia biológica constituyen genocidio, aunque Israel no vuelva a tirar una bomba, ni a forzar un desplazamiento, ni cometa un asesinato directo ni una ejecución. Qué pasaría si el mismo proceso se diera en un periodo más largo de tiempo. Diez años, veinte años. Cincuenta. Qué pasa si el grupo no es una clase nacional, étnica, racial o religiosa sino el negativo de una clase económica: el 99%.
La ley no especifica tiempo, pero exige una prueba de la intención: dolus specialis. No basta con querer matar a mucha gente, sino hacerlo con la intención de destruir al grupo al que pertenecen. El genocidio rápido requiere asesinato directo, y su ejecución genera documentos, discursos, patrones de conducta. Pero hay formas lentas de destrucción colectiva, como las colonias, donde el tiempo disuelve la responsabilidad. En su artículo, Weizman propone un ángulo más productivo. Dice que el genocidio no está en el asesinato directo sino en la creación y mantenimiento de los mecanismos de eliminación.
En un influyente ensayo sobre el colonialismo de asentamiento, el antropólogo Patrick Wolfe argumenta que “la invasión es una estructura, no un acontecimiento” y propone que la intención específica de destruir a la población como colectivo resulta irrelevante cuando es necesaria para conseguir su objetivo: la ocupación de la tierra. El genocidio no es un odio, sino una “lógica estructural de eliminación” del obstáculo que constituye la población original.
Weizman observa que la destrucción de Gaza esconde un proyecto urbanístico. Deberíamos prestar atención porque es el tráiler y el laboratorio de un proyecto más grande que degrada derechos laborales, sanitarios, civiles, políticos, económicos y hasta reproductivos, paralelo a la expropiación de los fundamentos esenciales de la vida a través de infraestructuras técnicas que ocupan el suelo, envenenan el aire, agotan la energía y el agua y aceleran al mismo tiempo la crisis climática, la crisis política y la crisis laboral.
El megalodón de Musk
SpaceX sale a Bolsa con una retórica interestelar que nos distrae de su verdadero objetivo


Los números son maximalistas: SpaceX sale con una valoración de 1,78 billones de dólares y quiere recaudar 75.000 millones de dólares mediante la venta de 555.555.555 participaciones a 135 dólares por acción. Será la mayor salida a bolsa de la historia, tres veces mayor que la petrolera estatal saudí Saudi Aramco, que rompió todos los récords en 2019. Su valor representaría entre el 2% y el 3% de todo el mercado bursátil de Estados Unidos. Antes de decidir si la empresa vale todo lo que dice, hay que hacer la suma de las partes.
El verano pasado, SpaceX valía 400.000 millones de dólares. Ya lideraba el pinche negocio comercial de poner objetos en órbita, incluyendo satélites, automóviles y astronautas. La invasión rusa de Ucrania le había venido especialmente bien, porque Europa perdió acceso al Soyuz y los lanzadores europeos Ariane sufrían retrasos. El pasado febrero, la empresa se compró xAI. Si sobrevive a su dueño, el entramado es mucho mayor que la suma de sus partes. Anthropic y OpenAI compiten por ser el interfaz de la nueva era, pero SpaceX quiere ser la infraestructura crítica de la revolución industrial a escala planetaria.
Dentro de SpaceX está Starlink, una flota de 12.000 nanosatélites que se ha convertido sin esfuerzo en la primera constelación de internet de órbita baja a gran escala. Musk aprovecha las misiones comerciales para liberar lotes de esos satélites por el camino. Después ellos se mueven hasta su lugar correspondiente, gracias a su propio sistema de propulsión. Dentro de Starlink hay un proyecto militar paralelo llamado Starshield, de uso exclusivo del Pentágono. Son satélites interconectados por láser que pueden transmitir información a drones armados, centros de mando y sistemas de defensa aérea de manera cifrada, instantánea y precisa. Pueden ver la tierra en tres espectros: visible, infrarrojo y radar. Son capaces de identificar vehículos, detectar movimientos de grupos o actividad en zonas concretas y clasificar objetos con IA.
Dentro de xIA está Grok. Es el modelo de IA que nadie quiere usar, pero no es lo importante. El negocio es un agujero llameante que crece en Memphis llamado Colossus. Aspira a ser el mayor supercomputador de IA del mundo. Tiene cientos de miles de GPUs (unidades de procesamiento gráfico) de Nvidia, un campus industrial de centros de datos creciendo a su alrededor y un entramado energético de generadores, subestaciones y acuerdos energéticos dignos de un país mediano. El ojo de Sauron parece un casino de Las Vegas en comparación. Y está X, la red social antes conocida como Twitter, que xAI adquirió en 2025. Un agujero negro de pérdidas, especialmente desde que Musk lo comprara en 2022, y al mismo tiempo una excelente máquina de propaganda, por no mencionar el valor acumulado de una base de datos con 20 años de efervescencia política, periodística y social.
En febrero de este año, SpaceX solicitó permiso a la Comisión Federal de Comunicaciones para lanzar un millón más de satélites diseñados para ser los nodos de computación de los primeros centros de datos espaciales. No hay que ser un lince para entender su visión: una infraestructura interconectada por un sistema nervioso de satélites capaz de controlar cada metro de suelo, de hablar con cualquier dispositivo encendido y de observar los movimientos de las 9.700 millones de personas que habitarán la tierra dentro de cinco años, y procesar la información de manera selectiva, ejecutiva y potencialmente letal.
Cásate o no te cases ,,, 3.6.26
Cuando el ángel de luz del que te has enamorado se despeña del pedestal, hay desilusión, incredulidad y sentimiento de estafa. En ‘El drama’, a Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson) les pasa durante la degustación de su menú nupcial

“Si te casas, te arrepentirás”, dice Kirkegaard, “si no te casas, también te arrepentirás. Te cases o no te cases, te arrepentirás de todas formas”. En El Drama, Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson) repiten la lección camino del altar.
El drama es una comedia, pero una negra y hasta un poco setentera, digna de un director escandinavo, con un ojo puesto en los conflictos de clase y chistes que no se explican repitiéndose de cuatro maneras distintas para garantizar que todo el mundo se ríe a la vez. La mayoría son sutiles y de acción retardada. Casi todos tienen doble filo. Las banderas rojas están en todas partes pero imposible comentarlas sin destripar la trama. Y, por una vez, merece la pena no hacerlo porque el detonante del drama es interesante y original.
En la superficie, Kristoffer Borgli retrata con una mezcla de ternura y acidez un momento existencial que atraviesan todas las parejas: cuando el ángel de luz del que te has enamorado, la criatura perfecta con la que ibas a pasar el resto de tu vida y había sido diseñada por los dioses única y exclusivamente para ti se despeña del pedestal, y acaba sentada en el suelo palpándose el chichón. La caída trae desilusión, incredulidad, sospecha. Hay una suspensión temporal de la empatía. El ángel caído podría ser el ser amado pero también un cochino impostor.
Es prácticamente un bajón de MDMA. Cuando nos enamoramos, la gente nos sonríe sin motivo, en todas partes nos regalan cosas. El mundo entero es fraude y fantasía, dice Rumi. Hay una secuencia de (500) Días juntos que ilustra perfectamente la distorsión, esa sensación de sincronía con la estructura profunda de la existencia en la que todo fluye a nuestro alrededor. La primavera radiante que ha estallado en nuestro interior penetra al otro y lo integra completamente. Miramos el objeto amado con el corazón hinchado de oxitocina y hasta sus defectos son titilantes: su risa extravagante, sus manías encantadoras, la forma tan graciosa que tiene de usar cierta palabra mal. Lo no perfecto ratifica su perfección. Pero no parece una distorsión porque se trata de una alucinación compartida; dos desconocidos forman un nuevo planeta que tiene su propia lengua y respira una sola respiración. Cuando explota la burbuja, la atmósfera de ese planeta es alterada sin remedio. Para Charlie y Emma, la burbuja estalla durante la degustación de su menú nupcial.
La nueva atmósfera es hostil. ¿Son así los proveedores de servicios nupciales de Boston o estamos en un mundo alterado por la mirada torcida de los protagonistas? Su exquisito brownstone de arcos interiores, molduras victorianas y escalinata interior parece un decorado siniestro. Los buenos recuerdos regresan como malos augurios. Lo que antes era fácil genera fricción. Los amantes han perdido la sincronía de los amantes-niños. Ya no saben jugar. El recién despertado mira a la criatura extraña, vulnerable y falible que suplica desolada lo que antes recibía sin esfuerzo y su patética súplica lo irrita. Esta pantalla sólo tiene tres salidas: degradación, ruptura o reparación.
El cine ha recorrido todos esos desenlaces, con generosidad desigual. En Lunas de hiel (Polanski, 1992), la intensidad del deseo no consigue sobrevivir a lo doméstico y se degrada en un sadismo patético. En la trilogía de Linklater —Antes del amanecer (1995); Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013)—, Jesse y Céline saltan del ideal a la nostalgia y de la convivencia a la rutina, sostenidos por la potencia insaciable de su conversación. En Escenas de un matrimonio (Bergman, 1973), la pareja necesita destruirse por completo antes de aprender a quererse realmente. Todas estas películas son mejores que El drama, pero nos ayudan a investigar su intención. Especialmente la tesis de Bergman: antes jugaban a la pareja perfecta; ahora son “ciudadanos del mundo de la realidad”.
“Si alguna vez te has enamorado, sabes que es un estado parecido a un sueño”, escribe la filósofa estadounidense Agnes Callard en un ensayo despiadado sobre el compromiso de Taylor Swift. “En algún momento del matrimonio, uno despierta y se da cuenta de que lo que tenía antes era solo una idea. La idea de un lenguaje secreto que solo los dos conocían, pero que expresaban con las mismas palabras que cualquier otra pareja. La idea de empezar de cero, mientras cargabas con todo tu pasado. La idea de conocerse completamente, pero sin que ninguno de los dos fuese tan grosero como para exigir pruebas. Una idea es algo general, por eso es fácil que muchas personas compartan la misma. La realidad es particular, y la historia de tu matrimonio estará en las formas concretas en que despiertas del sueño del amor”. La resistencia es inútil pero también comprensible. La visión era tan bella e intensa y la alternativa tan vulgar. Pero la visión es el milagro que nos permite amar al otro sin verlo. Todos los enamorados somos narcisos frente al espejo, proyectando lo mejor de nosotros mismos sobre un completo desconocido, hasta que hace algo que nos saca del error.
A juzgar por la decena de cortos y otros tres largometrajes que Borgli ha realizado anteriormente, su tema no es el amor y tampoco el desamor. El grueso de sus protagonistas son gente que se siente terriblemente sola y encuentra formas autodestructivas de conseguir atención. Invariablemente, todos se transforman en algo que no son realmente. La máscara siempre se cobra su precio en carne, a veces de forma literal. Charlie y Emma necesitan ser la pareja perfecta con la casa perfecta que prepara una boda perfecta donde todo será perfecto, incluyendo los participantes, como garantía de pertenencia y estrategia de control. La boda es su retrato de Dorian Gray.
El drama es una comedia muy seria, que señala la diferencia entre lo que somos y lo que queremos que vean los demás, y el poder de nuestras sombras para manifestarse de las formas más explosivas, no sólo en nuestros actos sino en ese inconsciente colectivo que llamamos la cultura popular. Carl Jung decía que “hasta que no hagas consciente lo inconsciente, te controlará y lo llamarás destino”. Alana Haim se roba la película: su sombra es más grande que la de todos los demás.
Peter Thiel no juega al ajedrez 1.6.26
El lugar donde Alekhine derrotó a Capablanca ha dejado entrar a un hombre que llega a Argentina a imponer un régimen donde sólo importan la fuerza bruta, el dinero y el poder

Un verano, mi padre se detuvo delante de lo que ahora es la FNAC de Madrid y dijo, abrazando a un señor: “¡Pero maestro, qué hace usted aquí solo!“. Yo debía de tener nueve años. Lo calculo, más que recordarlo, pero estoy segura de que era así porque en aquel momento era tal mi obsesión por tener una guitarra que di por hecho inmediatamente que el maestro era Andrés Segovia, destacado intérprete de Recuerdos de la Alhambra, el origen de mi obsesión. El profesor de música del colegio la había tocado una vez durante las fiestas de carnaval y desde entonces yo lo perseguía para que me enseñara a tocarla, tratando de entender qué le hacía a las cuerdas para que vibraran como si estuvieran a punto de llorar. Me pareció extraño que mi padre reconociera al compositor y que lo interpelara con tanta reverencia. Me dio hasta un poco de rabia. Era yo la que tocaba la guitarra y no él. No me extrañó que Segovia conociera a mi padre y le respondiera con educada ternura, apretándole la mano, porque la fama no era la categoría jerárquica que es ahora. Después llegó una mujer joven que se lo arrancó a mi padre de las manos y se lo llevó sin contemplaciones. “¿Te das cuenta de quién era ese señor?“, me preguntó con una gran sonrisa. Yo asentí fervientemente y caminamos un rato en silencio, repasando la experiencia.
Muchos años después, en el que sería el último verano de mi padre, yo recordé la anécdota durante una comida. Estábamos con mi mejor amiga y su marido, que iban de excursión a las Cíes y habían aparcado el coche en la casa de mis padres en Nigrán. Conté cómo nos cruzamos con el intérprete y cómo su hija se lo había llevado casi indignada, pero mi padre no se acordaba. Conté la anécdota otra vez con detalles nuevos. Mi padre me miraba parpadeando, tratando de recordar, cuando algo lo iluminó y dijo riendo: “Yo no conozco de nada a Segovia, pero ese ¡era Borges!“. y la hija no era su hija sino María Kodama, su mujer. Y así es como descubrí, bien entrados los 40, que mi padre se había hecho amigo de Jorge Luis Borges en Buenos Aires porque los dos eran habituales del Club Argentino de Ajedrez.
Mi padre había llegado a España 10 años antes con dos cosas en el bolsillo: un título de ingeniero químico y varios trofeos de ajedrez. Le gustaba decir que el club de la calle Paraguay, en el barrio de Recoleta, era la institución más prestigiosa de la ciudad porque allí el dinero no valía nada, y tampoco la fama ni el poder. Era el único lugar donde un estudiante de 20 años podía codearse con el más importante de los escritores. Donde su maestro, un polaco superviviente del Holocausto que vivía con su mujer en un cuarto ruinoso, era tratado como un príncipe, por la belleza de su juego y su generosidad para enseñar.
Yo sólo estuve una vez, cuando era muy pequeña, pero heredé por absorción su nostalgia de aquel club. Por eso me enfurece tanto descubrir que el lugar donde Alekhine derrotó a Capablanca, donde Fischer tumbó a Petrosian y donde mi padre conoció a Borges ha dejado entrar a Peter Thiel, un hombre que no juega ni admira el juego, y que llega a Argentina a imponer un régimen donde sólo importan la fuerza bruta, el dinero y el poder.
Dos buscavidas y un mago ,,, 25.5.26
El juicio de Elon Musk contra Sam Altman demuestra que las empresas de IA son empresas financieras cuyo objetivo no es el progreso, sino el control total

En El Mago y el Profeta, Charles Mann argumenta que la historia del progreso es un pulso entre dos clases de personas: el mago, que cree que todos los problemas se pueden resolver con tecnología, y el profeta, que advierte que el planeta tiene límites y que ignorarlos nos destruirá. Mann observa que los dos son necesarios para la prosperidad de la especie: sin magos nunca habríamos crecido tan por encima de nuestras posibilidades, y sin profetas nos habríamos extinguido ya. Pero hay un tercer actor que no considera y que, sin embargo, hoy se ha elevado sobre los demás. El que sin ser mago ni profeta se hace pasar por ambos para construir un relato capaz de convencer a las masas, gobiernos y mercados de que le entregue los recursos y le permita acumular poder. Durante el juicio de Elon Musk contra Sam Altman hemos visto lo que esos buscavidas hacen con los magos. Cómo crearon OpenAI “por miedo a Demis Hassabis” y convencieron a Ilya Sutskever para trabajar en un proyecto que siempre fue lo opuesto a lo que decía ser.
Cuando lo conocieron, Hassabis era un prodigio de ajedrez que diseñaba videojuegos desde la infancia. Ingeniero computacional por la Universidad de Cambridge y doctor en neurociencia cognitiva, había inventado ya el protocolo moderno de aprendizaje por refuerzo que usan todos los laboratorios y diseñado una máquina prodigiosa llamada AlphaGo. Su laboratorio DeepMind era ya el más prestigioso del mundo en desarrollo de inteligencia artificial. Cuando lo compró Google, tenía el talento, la potencia de computación, el dinero, la infraestructura y la credibilidad científica para hacer lo que quería hacer. Su único rival era Ilya Sutskever, el alumno de Geoffrey Hinton (el “padrino” de la inteligencia artificial) que ya había contribuido soluciones clave para el renacimiento de las redes neuronales, pero estaba ya trabajando en Google Brain. Musk y Altman querían ficharlos a ambos, pero no tenían el dinero. Convencieron a Sutskever de trabajar por mucho menos dinero para diseñar una IA libre, “en beneficio de toda la humanidad”. Como Hassabis los rechazó, lo acusaron de querer diseñar “una dictadura basada en la IA”.
Decir que pertenecen a categorías distintas es un eufemismo. Musk se ha autonombrado “diseñador de sistemas y optimizador de ingeniería a nivel de producto completo” en Tesla. También tiene el título de ingeniero jefe de SpaceX. Dice que aprendió ingeniería aeronáutica “leyendo libros de texto y hablando con ingenieros”. Altman es un “network-builder” (un “constructor de redes”) y “estratega organizacional” que no acabó la universidad. Los dos aseguran ser los únicos capaces de construir la IA correcta, porque si lo hacen otros estamos condenados a la destrucción. Y se desprecian mutuamente: Musk acusa a Altman de ser solo un operador político y Altman dice que Musk quiere salvar al mundo, pero siempre y cuando sea él el que lo salve.
Y sin embargo, cuando Sutskever echó a Altman de su propia empresa en noviembre de 2023, el capital protegió en bloque al buscavidas en lugar de salvar al arquitecto de ChatGPT. No lo entendí hasta que el filósofo chino Yuk Hui me dijo que las empresas de IA son empresas financieras antes que tecnológicas. La IA no es más que el último troyano del sistema económico que arrastra la geopolítica mundial.
La autoridad de los peores ,,,
Quienes reciben atención y recompensa por ideas que no son suyas refuerzan su poder, porque son validados incluso cuando hacen algo mal

Hay una viñeta muy famosa en la que un ejecutivo masculino dice: “Excelente sugerencia, miss Triggs. Quizá alguno de los hombres de aquí quiera hacerla”. Se hizo viral porque ilustra con precisión un fenómeno fascinante: en una jerarquía presuntamente horizontal, un hombre sólo tiene que repetir la idea que ha dicho un mujer para recibir el crédito, el aplauso, el éxito y el aumento. También es un buen ejemplo de cómo funciona la autoridad en las jerarquías implícitas. La clase de patrón que deja la diplomacia planetaria en manos de gente tan ridícula y peligrosa como Marco Rubio, Pete Hegseth, Stephen Miller, Elon Musk y Donald Trump.
La autoridad es una variable interesante. En su versión formal, es objetiva y explícita: los cargos altos tienen más que los bajos. En dictadura, la tiene el que puede matar. En la corte, funciona por proximidad genética. En nuestra sociedad, presuntamente igualitaria pero fuertemente jerárquica, los ricos tienen más autoridad que los pobres, los hombres más que las mujeres, los blancos más que los negros, los nacionales más que los migrantes, los del clan más que los de fuera, los famosos más que los no famosos, los guapos más que los feos, los adultos más que los niños, y los humanos más que el resto de especies del reino animal. En la viñeta, la señorita Triggs no tiene autoridad para ser autora de su propia idea porque es mujer. Paradójicamente, su falta de autoridad hace que compartir su buena idea no aumente su autoridad, sino que la reduce. Esto genera una curiosa perversión.
En los entornos donde la jerarquía es transparente, la autoridad se manifiesta a través de códigos estables, como títulos, galones en el hombro, medallas en el pecho y estrellas en la boina. En las jerarquías implícitas, la autoridad se manifiesta a partir de señales como, por ejemplo, quién es escuchado, quién recibe crédito y quién es recompensado con aplausos, ascensos y cenas con la dirección. Cuando esa clase de validación no tiene relación con la calidad de las contribuciones sino con las otras variables, como ser hombre, ser blanco o tener más dinero o mejor apellido que los demás, entonces los que no reciben atención ni crédito por sus buenas ideas pierden credibilidad, porque han sido rechazados incluso cuando han hecho algo bien. Por la misma lógica, los que reciben el crédito, atención y recompensa por ideas que no son suyas refuerzan su autoridad, porque son validados incluso cuando hacen algo mal. La cumbre de esta lógica perversa es el hombre blanco, rico y poderoso que es investido presidente tras ser condenado por 34 cargos de falsificación relacionados con su campaña anterior. El crimen no le quita autoridad, sino que la multiplica, porque esa autoridad es tan grande que lo hacen presidente incluso sabiendo que es un criminal.
Después de unos cuantos ciclos, este proceso de retroalimentación positiva sólo puede amplificar el poder de los peores y destruir la calidad de las contribuciones, porque es cuestión de tiempo que miss Triggs se canse y se vaya a otra empresa o se guarde sus buenas ideas para que sea su marido o su novio quien se beneficie de ellas, y no el plagiador profesional de su departamento. Todo el mundo piensa que la viñeta es de un ilustrador de The New Yorker, la publicación con más prestigio del mundo occidental, pero la dibujó Riana Duncan en 1988 para la revista británica Punch.
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