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SERGIO FANJUL El País 2026

lunes, 22 de junio de 2026

Jonathan Haidt, psicólogo social: “La posibilidad de que la IA se ocupe de la mayoría de los trabajos es muy real” ,,, 6.7.26

El ensayista neoyorquino dice que en los países desarrollados impera el descontento hacia las redes y que las empresas no deberían tener acceso a enganchar a los niños

7 min.
Jonathan Haidt en su hotel del Paseo de la Castellana, Madrid, el pasado 20 de junio. INMA FLORES

Jonathan Haidt (Nueva York, 62 años) piensa que la psique humana se conforma por un gran elefante, que son los procesos emocionales, libidinales, intuitivos, y un pequeño jinete (la razón) que trata de guiarla y que es como su jefe de prensa: su trabajo es racionalizar y justificar sus posturas ante el mundo. A partir de esa idea ha intentado entender el enfrentamiento entre posturas políticas en un mundo cada vez más polarizado, como escribe en La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (Deusto, 2012).

Haidt es psicólogo moral y catedrático en la Universidad de Nueva York. Su primera obra, La hipótesis de la felicidad (Deusto, 2006), trata de recuperar la idea del bienestar en una psicología centrada en tratar malestares y explorando doctrinas como el budismo y el estoicismo, muchos de cuyos principios son aplicables a las personas perdidas en el marasmo contemporáneo. La última es La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes (Deusto, 2024), que ha levantado gran revuelo fundamentando algo que muchos sospechaban: que la tecnología está arruinando la psique y la socialización de la juventud.

Sobre estos asuntos vino Haidt a hablar en la madrileña Fundación Rafael del Pino. Aprovechó para visitar a algunos políticos de alto rango: el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. “Ambos coinciden en que es necesario subir la edad de acceso a las redes sociales”, dice Haidt, partidario de no permitir el uso de redes hasta los 16 años.

Pregunta. ¿Es usted un tecnoescéptico?

Respuesta. Sí, empecé siendo un tecnooptimista producto del siglo XX. Uno de mis primeros recuerdos es la llegada a la Luna. Siempre quise ser astronauta o científico. Como psicólogo social he estado interesado en cómo la tecnología cambia la forma en la que vivimos, pensamos y nos relacionamos: han surgido problemas, pero los hemos solucionado. Así que estoy abierto a la idea de que la tecnología puede mejorar el mundo.

P. ¿Pero?

R. Creo que tecnologías como las redes o la IA pueden tener efectos tan profundos que no seamos capaces de adaptarnos.

P. Parece que hoy en día es la tecnología la que nos maneja y no al contrario.

R. Exactamente. Cuando el iPhone salió era una increíble navaja suiza con linterna y calculadora, pero no lo diseñaron para hacernos usarla todo el rato. Luego llegaron las redes y las notificaciones, y lo que era una increíble herramienta se convirtió en la pieza central de la economía de la atención. Ahí se convirtió en un perjuicio para la humanidad.

P. Nos lo vendieron como la libertad, pero era una cadena muy larga.

R. Es una invención de la que no te puedes alejar, incluso si lo intentas, sientes la compulsión de volver para beneficio de alguien. Suena a servidumbre o esclavismo.

P. Antes no vivíamos en internet.

R. Steve Jobs decía que los ordenadores eran bicicletas de la mente. El primer internet parecía un milagro: vimos que podría derribar tiranos en las primaveras árabes.

P. ¿Pero?

R. Pero apareció el lado oscuro. Con Cambrigde Analytica vimos que las redes podían usarse para manipular. Vimos que empezaban a ser dañinas y empezamos a preguntarnos ¿qué les hemos hecho a los jóvenes y a nosotros mismos? Hoy hay una sensación de descontento con las redes y la tecnología en los países desarrollados.

P. Los niños hoy no conocerán cómo era el mundo sin internet, quizás piensen que la adicción al móvil es la forma normal de vivir.

R. La infancia ha sido reprogramada. Los humanos evolucionaron para vivir en la sabana y el bosque, trepando árboles, en un mundo natural. No está bien que los chavales crezcan con una pantalla, tienen que explorar, tocar, correr, mirar a la gente a los ojos.

P. Se ha enfocado usted al efecto de la tecnología sobre los niños, pero ¿no deberíamos limitar también las redes a los adultos?

R. También los adultos son dañados, claro. Pero me enfoqué en los jóvenes por dos motivos. El primero es que el daño es mayor en la pubertad, por eso retrasar el uso de las redes puede tener enormes beneficios. Segundo, los adultos necesitan las redes sociales, tienen utilidad para ellos, pero los chavales realmente no las necesitan. No se perderían nada. Hay una tercera razón: las empresas no deberían tener acceso a los niños. Si los adultos eligen apostar o drogarse, es su elección. Dejamos que tomen malas decisiones. Pero no deberíamos permitir que las compañías enganchen a los niños.

P. ¿La inteligencia artificial?

R. Al principio ChatGPT era divertido, no escribía demasiado bien, esperábamos que creciese poco a poco, pero lo hizo cada vez más rápido, su capacidad se dobla cada tres o cuatro meses. La posibilidad de que se ocupe de la mayoría de los trabajos es muy real. Por eso causa rechazo: las sociedades occidentales eran proclives a la tecnología, pero ya no. EE UU es la sociedad más antitecnológica de todas, incluso entre los universitarios; siempre apoyaron estas innovaciones.

P. A veces me enfada ver cómo padres dan el smartphone a niños muy pequeños, para desentenderse. ¿Qué debo hacer?

R. No les puedes decir nada. Pero siempre le digo a los gobernantes que urgen regulaciones y campañas de salud pública contra el “chupete digital”. Tenemos evidencia del daño que hace la tecnología a los más pequeños y vemos normal dar tabletas a niños menores de cinco años y carritos de bebé con sistemas para sujetar las pantallas. Así el cerebro no se desarrolla bien.

P. ¿Hoy importa más la emoción que el pensamiento racional?

R. Siempre ha sido así. Solo hay ciertas condiciones muy especiales donde eso no es cierto. ¿Conoces estas gigantescas máquinas en los laboratorios de física donde pueden crear plasma? Puedes crear otras formas de materia en condiciones muy especiales. Así, las universidades pretenden primar el pensamiento racional, también los fondos de inversión. Fuera de ahí, las emociones son las que mueven el mundo.

P. ¿Sucede hoy en la derecha algo similar al efecto de cancelación de la izquierda?

R. Sí, con ideas que nacieron en el seno de la extrema izquierda, como la idea de microagresión: los académicos que estudiaron el concepto alertaron de que podría ser adoptado por la derecha. Y así ha sido.

P. Parece que las expresiones religiosas y espirituales están volviendo. ¿Por qué?

R. Sé que, entre la gente joven, sobre todo varones, y al menos en EE UU, se está viendo ese regreso. Los hombres no están eligiendo algún protestantismo progresista, sino el catolicismo o la Iglesia ortodoxa, opciones más duras y restrictivas que requieren más sacrificio. Creo que es porque los jóvenes están perdidos en un pozo de anomia y falta de sentido, desesperados por una guía moral, algo que estructure el mundo para ellos.

 

 

Carlos Fernández Liria, filósofo: “Las grandes riquezas son incompatibles con la democracia” ,,, 2.7.26

El ensayista argumenta contra los tecnooligarcas que, bajo ideas utópicas, esconden una ofensiva anarcocapitalista. Se puede leer en ‘Contra la Ilustración Oscura’ (Arpa)

Carlos Fernández Liria, autor del ensayo 'Contra la ilustración oscura' (Arpa), retratado con su perrita Lasca en el madrileño barrio de Lavapiés el 2 de junio de 2026. Álvaro García
Sergio C. Fanjul
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Se llama Ilustración Oscura (o Neorreacción) a las ideas que pretenden acabar con la democracia e instaurar un régimen tecnofeudal en el que los estados sean manejados al modo de corporaciones lideradas por un CEO monarca. Suena a ciencia ficción, pero es lo que proponen algunos magnates de Silicon Valley, como Peter Thiel, aupado en oscuros teóricos como Curtis Yarvin o Nick Land.

A combatir esas ideas, y a rescatar las figuras de Nietzsche o Marx de las corrientes de la derecha aceleracionista, se dedica la nueva obra de Carlos Fernández Liria, Contra la Ilustración Oscura (Arpa). Fernández Liria (66 años, Zaragoza), que comparece en Lavapiés con su perrita Lasca, muy maja, dice que no le gusta cumplir años y lo cierto es que lleva unos cuantos enseñando filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

En otros tiempos fue guionista de La Bola de Cristal, junto con su amigo Santiago Alba Rico. Y sigue siendo un fiel defensor de las letras de la banda punk La Polla Records. “Siempre he sido admirador de Evaristo, ya en su momento escribí que eran los únicos que estaban haciendo historia de la filosofía en todo el mundo: sus canciones eran irreprochables”.

Pregunta. ¿Qué es la Ilustración Oscura?

Respuesta. Una cosa es lo que dicen que es, los planes de superar al ser humano, de alcanzar la inmortalidad, de establecernos en Marte o en paraísos digitales en la red… Pero yo creo que es una ofensiva anarcocapitalista: mientras llegan esas utopías están aplicando las recetas de la extrema derecha mundial. Trump, Argentina… Todo se resume en las motosierras de Javier Milei y de Elon Musk. Recortes al estado del bienestar, a cualquier regulación estatal, suprimir la educación pública, la sanidad pública, el derecho laboral… Lo más grave y profundo: acabar con todas las instituciones republicanas pensadas por el proyecto político de la Ilustración.

P. ¿Trump está enterado?

R. No creo que lea a Nick Land porque no lo entendería, de hecho nadie le entiende porque es un pensador que hace gala de su oscuridad. Se entiende mejor cuando Curtis Yarvin se quita la careta y empieza a hablar de medidas racistas, golpes de estado o de suprimir la ONU y todas las instituciones internacionales. Pues 66 de ellas ya han sido abandonadas por la Casa Blanca.

P. O sea, que sigue las directrices de la Neorreacción.

R. Es un programa que va ganando. Se creen reyes filósofos, el oráculo de Delfos, porque tienen todo el dinero del mundo para cumplir sus profecías.

P. La Ilustración está continuamente en solfa: vuelven las creencias y supersticiones, la Ilustración Oscura… Hay quien dice que lo woke niega la Ilustración, hay quien dice que la amplía… En cualquier caso, la Ilustración está en la conversación.

R. Ojalá lo estuviera más. Yo llevo toda mi vida intentando desarrollar, también junto a Luis Alegre, una lectura republicana de Marx, es decir, entender a Marx desde la perspectiva de la Ilustración. Se trata de compartir los medios de producción para reducir la jornada laboral y así llegar al “reino de la libertad”. Para mí esa es la verdadera realización del programa político de la Ilustración, que fue derrotado a sangre y fuego.

P. ¿Cómo?

R. Por ejemplo, los que guillotinaron a Robespierre en la Revolución Francesa fueron los traficantes de esclavos, los partidarios de la esclavitud en las colonias. Y Robespierre, el jacobinismo, había dicho: “Perezcan las colonias antes que renunciar a un principio”. Según la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, había que liberar a los esclavos (y, por tanto, perder las colonias). Robespierre, además, defendía el “derecho a la existencia”, que hoy sería la Renta Básica que te permitiría no depender del mercado laboral.

P. ¿Qué implicaciones tiene esa independencia?

R. Quien depende del mercado laboral no es un ciudadano, sino un proletario. Garantizar la independencia civil de la población era un proyecto ilustrado, pero esa fraternidad fue eclipsada por el triunfo de la burguesía. Ahora llamamos ciudadanos a los proletarios, cosa que ni la ilustración de izquierdas ni de derechas hubieran aceptado.

P. Esto de llegar al liberalismo a través del marxismo a muchos les sonará rarísimo.

R. Sí, eso ha pasado. Pero podemos ver a Marx, no como un pensador antiliberal, sino como el que verdaderamente se tomó en serio el proyecto político liberal, el liberalismo ilustrado, no el económico. El que quiere dar libertad a las personas y no al dinero, que es lo que se hizo en el siglo XX. Como dijo Eduardo Galeano, se ha encarcelado a mucha gente para que el dinero sea libre.

P. ¿El socialismo real es el estado de bienestar?

R. Sí, ¿por qué no? Es la gran excepción del siglo XX. Se demostró que el socialismo era compatible con la división de poderes y con el orden constitucional moderno. Eso sí, gracias a un intercambio desigual con el Tercer Mundo, eso es lo que habría que remediar, lo que quedó pendiente. Pero De Gaulle cargó a las grandes fortunas con un 96% de impuestos. Eso es hoy una utopía irrealizable.

Podemos ver a Marx, no como un pensador antiliberal, sino como el que verdaderamente se tomó en serio el proyecto político liberal, el liberalismo ilustrado, no el económico.
Carlos Fernández Liria

P. En la vida cotidiana entendemos republicanismo como la ausencia de monarquía. Pero es algo más amplio.

R. Evidentemente. Identifico el programa republicano con unas instituciones a la medida de la ciudadanía y data de Sócrates, Platón y Aristóteles. Tiene que ver con que haya tiempo libre para la república. Ya decía Jenofonte que el trabajo ocupaba todo el tiempo y que no quedaba tiempo libre para la república y para los amigos. La república necesita ante todo del tiempo libre de la población, para crear instituciones en las que se pueda participar. Y un pueblo capaz de argumentar, que llegue a acuerdos a los que llamamos razón.

P. A pesar de todo, es aceptado que nuestro mundo es hijo de la Ilustración.

R. Es una ficción y una impostura. El capitalismo se ha vestido con esos ropajes ilustrados eludiendo el tema de las condiciones materiales, que no le conviene a la burguesía. Aún así es una ficción con efectos: gracias a ella seguimos teniendo, mal que bien, una educación pública, una sanidad pública, un derecho laboral… Si suprimes esa ficción aparece la motosierra anarcocapitalista.

P. Por cierto, Mike Carney, primer ministro de Canadá, dijo en el Foro de Davos —en un contundente y aplaudido discurso— que se había caído la ficción del orden internacional.

R. Es un caso similar: es mejor vivir con la ficción de que existe la ONU, aunque sea impotente, que vivir en un mundo sin ONU. A eso nos encaminamos ahora que Trump quiere puentear a las Naciones Unidas con esa especie macroempresa, la Junta por la Paz, para reconstruir países en crisis, empezando por Gaza. Ahora es como en la frase de Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

P. ¿Son compatibles los superricos con la democracia?

R. Se la pueden cargar cuando quieran. Es la historia del siglo XX: siempre que los resultados no han convenido a los superricos, se han pagado un golpe de estado a medida. En España Juan March, banquero y contrabandista, financió el golpe de Franco. Eso es un modelo: las grandes desigualdades económicas siempre han sido incompatibles con la democracia. Dice Evgeny Morozov que estas grandes fortunas distorsionan los límites físicos de la realidad. La fortuna de Peter Thiel o Marc Andreessen distorsionan la realidad económica y política. Establecer ahí una república es como intentar aplicar las leyes de Newton a un agujero negro: es una causa perdida.

El capitalismo se ha vestido con esos ropajes ilustrados eludiendo el tema de las condiciones materiales, que no le conviene a la burguesía.
Carlos Fernández Liria

P. ¿Confundimos innovación con progreso?

R. Soy gran defensor del término progreso, creo que es el hilo conductor más interesante de la historia de la filosofía. Siempre y cuando sea progreso moral de la humanidad. O jurídico; la capacidad de dotarse de leyes cada vez mejores. Llamar progreso al progreso tecnológico es algo gratuito y contingente: no estamos seguros de que nos haga más libres o más humanos. No estoy seguro de que el teléfono móvil o las redes sociales me hayan hecho más feliz.

P. Una queja de los tecnooligarcas es que no tomamos suficientes riesgos.

R. Steve Bannon, que es de la extrema derecha, pero tradicionalista, dice que las grandes fortunas de Silicon Valley apoyaron a Trump por miedo a la regulación de la IA. Viendo que estos señores tienen planes utópicos, que quieren alcanzar la inmortalidad para ellos mismos, lograr el superhombre sobre una población sobrante, uno lo que piensa es que la IA está demasiado poco regulada. La tecnología no tiene por qué agotar sus posibilidades, muchas veces hemos contenido los avances tecnológicos de la humanidad. Por ejemplo, con las centrales nucleares. Podemos pensar sobre la tecnología antes de llevarla a cabo.

P. Eso de la población sobrante suena inquietante.

R. El mamarracho de Curtis Yarvin, ideólogo de la Ilustración Oscura, ha bromeado con utilizar a la población en biodiesel, o conectarla a un interfaz para que crean que son felices, como en Matrix. Porque, también lo dice Bannon, parece que estos funcionan con las películas de ciencia ficción, parece que estén jugando a Dragones y Mazmorras

 

¡Al rico niño asado! ,,, 2.7.26

Comerse a los niños es una tradición fuertemente enraizada en la cultura popular: ya era hora de que se abordase decididamente desde lo público, cocinándolos lentamente en los colegios, estilo ‘pulled pork’

Protesta de los vecinos de La Latina, Madrid, ante la inacción de la Administración autonómica frente a las olas de calor y la falta de climatización en los colegios, el 22 de mayo de 2026. Pablo Monge

Paseaba por ahí, asfixiado por el calor, pisando asfalto blando, cuando llegó a mis fauces un delicioso aroma cárnico que abrió mi apetito y me hizo buscar el asador de pollos que emitía aquel efluvio. Aunque recorrí tenazmente todas las calles y plazuelas de la zona, por donde Embajadores, no encontré el local. Una vecina pasaba arrastrando un carrito de la compra estampado a cuadros, y le pregunté.

—Oiga, señora, ¿por dónde cae el asador de donde viene este olor?

—Ah, eso... No es un asador, viene del colegio —me dijo señalando al edificio mientras, con el hábil manejo de un palillo, se sacaba una hebra de carne de entre los dientes.

Vaya, se trataba de uno de esos colegios madrileños donde se asan los niños a altísimas temperaturas. Nunca imaginé que los críos asados olieran igual que el pollo, pero resulta que, por algunas cuestiones bioquímicas que no puedo explicar, es así. Me asaltaron entonces las preguntas: ¿Tendrían los pequeños alumnos la piel tan doradita y crujiente como las aves? ¿Utilizarían en los colegios sistemas rotatorios para asarlos bien, como hacen en las rosticerías? ¿Servirían a los infantes en un recipiente plateado con una garcilla de salsita, a 12 euros, con media ración de patatas fritas?

Y, sobre todo, ¿qué político había ideado esta tarea verdaderamente útil, más allá de tanto juego y tanto libro, para nuestros centros educativos? Se ha oído a muchos hablar de ello, pero a pocos con la decisión comeniños de Mariano de Paco, consejero de Cultura, Turismo y Deportes de la Comunidad de Madrid por el Partido Popular, que hace unas semanas defendía con la firmeza debida el asado de infantes en los colegios públicos.

Argumentó que él había estudiado en Murcia, con mucha flama, y que “no pasa absolutamente nada”. El ajo y agua de toda la vida de Dios. Hasta la cosa tiene sus ventajas: “El calor”, añadió, “a lo mejor es fuente de inspiración”. Incluso, en un ejemplo que todos deberíamos seguir, ofreció a las brasas a su propia prole, como hizo Agamenón con Ifigenia: “Esta mañana, para llevar a mi hija al colegio, ¿saben lo que he hecho? Ponerle una camiseta de manga corta y un pantalón de manga corto (sic), como hemos hecho toda la vida”.

El consejero añadió, para confrontar a esos ubicuos comunistas obsesionados con el fresquito, las ya clásicas alusiones veladas a Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Mordor, etc., donde, como explicó, no hay libertad de vestimenta y ni siquiera podríamos elegir el pantalón de manga corto para nuestros hijos. De Paco viene del mundo teatral y eso se nota en esa perenne sonrisa con la que defiende el valor cultural (¡es inspirador!) de rostizar criaturas, sobre todo desde un lugar bien climatizado como la Asamblea de Madrid. Nos hacen falta más como él.

Comerse a los niños, por lo demás, es una actividad fuertemente enraizada en la cultura popular, pero también muy denostada, y ya era hora de que se abordase decididamente desde lo público. Niños se comen por doquier, o se intentan comer, en los cuentos populares, como desea hacer la bruja de Hansel y Gretel, además de múltiples lobos, ogros y consejeros de Cultura con las mismas debilidades culinarias, y que suelen ser tachados injustamente como los malos del relato.

Los comeniños, pues, han sido injustamente tratados. Pero es que esa práctica es cultura y tradición, puede generar una notable economía que alimente a muchas familias (con otras familias) y, además, es que los pequeños viven fenomenalmente, sin trabajar, hasta que son devorados. ¿Usted no se cambiaría por ellos? Muchas abuelas, quizás cohibidas por el rechazo popular a la ingesta de menores, lo dejan caer disimuladamente: “Ay, qué riquín, ¿no es para comérselo?” Ojo, no es un elemento retórico. ¡Si es que sobra gente!

Con la suficiente voluntad política, esta tradición podría arraigar. Es necesario que, desde Comunidad y Ayuntamiento, se desarrollen a la mayor prontitud posible planes serios y decididos, sin ambages, disimulos y medias tintas, para extender el asado de niños como una tradición respetada de la que podamos sacar pecho sin complejos y buenos réditos turísticos, al menos tantos como sacamos de las hermosas meninas y las cañitas madrileñas.

Quizás en un futuro, déjenme soñar, nuestros niños asados lentamente al calor del aula, tipo pulled pork, puedan ser declarados Bien de Interés Cultural (BIC). ¡Es que están riquísimos!

 

 

Ángela Segovia, la escritora que convierte el bosque en literatura ,,, 2.7.26

Su nueva novela, ‘Joi’, con ecos de los cuentos populares y una violenta frialdad, contrapone la inocencia absoluta con la pura maldad

La escritora Ángela Segovia, autora de la novela 'Joi' (La uÑa RoTa), retratada en Madrid el 22 de mayo de 2026. INMA FLORES

Ángela Segovia es una mujer de los bosques. Desde pequeña frecuentó el pinar cercano a su pueblo natal, Las Navas del Marqués, un lugar con castillo y convento en la provincia de Ávila. Cuando murió su abuelo, que siempre le guiaba, siguió explorando el bosque en solitario, para preocupación de sus padres (no había telefonía móvil), e incluso cuando sus amigas, ya adolescentes, preferían ir a tomar algo a un bar antes que andar jugando por las veredas. La eterna atracción de la arboleda.

La escritora paseaba, miraba el paisaje, se subía a las piedras (aunque asegura que no abrazaba árboles). El bosque tiene sus peligros: en su espesura siempre te puedes perder, sobre todo cuando anochece o si ha nevado. En el bosque duerme lo desconocido. El bosque está en los cuentos populares, en Caperucita roja —ahí vive el lobo—, en Hansel y Gretel, también en las novelas de caballerías, ambas inspiraciones de la escritora. Quien entra ahí sale transformado.

“Hay algo misterioso en el bosque. El paisaje parece traducir tus emociones”, dice Segovia, de 38 años que esta lejos de aparentar, sentada ahora en un bar de la calle San Bernardo. Este es otro mundo: dentro del local martillean las obras del baño, fuera atrona el fragor del tráfico: Madrid, ciudad del ruido. En el bosque tampoco es que haya silencio: la actividad y el estímulo es constante, pero invisible para el urbanita de sentidos abotargados. También hay literatura.

La obra de Segovia está traspasada por el bosque. Considerada una de las mejores poetas de su generación, galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández o el Félix Grande, hay mucho ramaje en sus poemarios. Pero ahora se ha adentrado en los oscuros caminos de una oscura novela, Joi (La uÑa RoTa). En ella, una niña de 12 años desaparece misteriosamente en la foresta nevada y es encontrada dos años después, silenciosa, sin explicar lo que ha pasado, y con una herida en la pierna que se niega a dejar cicatrizar, en el asfixiante ambiente de la institución mental.

Como en una serie de pequeñas novelas dentro de la novela, en otro momento aparece un personaje diametralmente opuesto, Face, un escritor en formación que, además, es un asesino en formación. El camino de la vida hace que ambos se acaben juntando y transiten un París en el que resuenan ecos de los bajos fondos o de un malditismo por el que sobrevuela la figura de Arthur Rimbaud. Es un encuentro lleno de fría crueldad, en un texto intenso, plagado de simbolismo y elipsis.

Segovia ya había hecho una incursión en la narrativa con antelación, en Las vitalidades (2022), una nouvelle que también salió de sus experiencias boscosas. “En realidad, en mi poesía siempre había coqueteado con lo narrativo: personajes, tramas, estructura, el paso fue algo natural. Las vitalidades fue como una voz que salía de eso, cuando había terminado la trilogía poética. Sentía que ya había explorado suficiente y que quería ir hacia lo desconocido”, dice.

A la poesía se aficionó en la adolescencia, cuando empezó a transitar sola los árboles, y en su casa, donde se leían sobre todo novelas, comenzaron a llegar poemarios publicados por un periódico (no recuerda cuál): Lorca, Neruda, Vallejo. “Descubrí que era un lenguaje que me era natural”, afirma. A la investigación poética también ha dedicado el Seminario Euraca, de la que es artífice junto con las también poetas Luz Pichel o María Salgado, que surgió después de las acampadas 15M, en un momento de desconfianza en las instituciones, huyendo del academicismo, aunque no de la profundidad. Un grupo de personas que piensan juntas y de manera horizontal sobre la poesía y sus alrededores.

La poesía, sin embargo, no está solo en los poemas. “Decía Bolaño que alguna de la mejor poesía del XX está en la narrativa, en Joyce, en Faulkner, yo diría que también en el propio Bolaño. Creo que la poesía tiene que ver con romper la conexión más directa entre signo y sentido o con las conexiones en el interior de la obra, ya sea la rima entre los versos o entre los planos en una película de Bergman”, añade Segovia.

Joi, pues, trata de esa inocencia extrema, la de la protagonista, que de tan extrema parece íntimamente relacionada con la maldad. Segovia reconoce influencias del personaje artúrico de Perceval o de El Idiota de Dostoievski. “A Perceval, por ejemplo, el ignorar las normas, el no saber manejarse, esa inocencia casi ridícula, le lleva a un estado casi místico o sagrado”, dice la autora.

Un mundo cada vez más cruel

La inocencia, esa que escasea en un mundo, el de hoy, cada vez más cínico y cruel. “También por eso me interesa: es una cualidad que no es muy útil en nuestro mundo, porque la ironía se ha extendido muchísimo, pero no la ironía del siglo XX, sino una postironía en la que todo se convierte en una broma muy laxa y ridiculizable, esa que internet ha desplegado tanto y que también es una forma de poder”, dice la escritora, que concibe la inocencia más bien como una apertura a lo desconocido más allá de los relatos rígidos que manejamos.

En el otro lado, la maldad, que Segovia vincula en este caso con la literatura, porque los escritores no son seres angelicales, ni siquiera los poetas; muchas veces son todo lo contrario. Jean Genet, reconocido ladrón; François Villon, poeta y asesino; el vicioso Marqués de Sade (hasta los ficticios escritores nazis que recoge Bolaño). De Rimbaud se dice que pudo estar implicado en un asesinato y que traficó con armas. “Hay una tradición que relaciona la literatura y el mal: mi personaje, Face, pasa la frontera del malditismo para llegar al mal más infernal”, dice la autora.

En este libro Segovia quería trabajar el terreno de lo moral sin ser moralizante, por eso despliega un lenguaje despegado, lacónico, distanciado de la violencia. “Explorar cómo la inocencia puede levarte lugares demoniacos o cómo el mal puede llevarte a lugares casi sagrado: cómo al final son dos caras de la misma moneda”, dice.

Escribió la novela en circunstancias muy especiales: tras el nacimiento de su hijo, de noche, en la cama, con el bebé encima, y tecleando febrilmente en el teléfono móvil, como al anochecer en un claro del bosque. Fue una vida disociada entre crianza y escritura, con el agotamiento propio de esa etapa, adentrándose cada noche en un mundo oscuro. Al terminar llegó la depresión, que duró un año. “Tiene sentido que acabara así”, dice.

Los rigores de la maternidad no le alejaron de la escritura, porque para Segovia la escritura no es una actividad, sino una necesidad. “Los escritores siempre somos escritores, siempre estamos en una sublimación extraña, obsesionados con algo en lo que tienes fe y que da sentido a tu vida... e incluso al mundo. Al menos yo lo vivo así. Cuando pienso que el mundo es una mierda, miro a mi biblioteca y pienso, bueno, algo bueno hemos hecho”, concluye. 

 

 

 

 

 

Simon Critchley, filósofo, sobre el misticismo: “Rosalía está articulando algo muy profundo”

El británico, de raigambre obrera y punk, trata en su último ensayo las experiencias espirituales, después de haber ahondado en otros asuntos como la música pop o el fútbol

El filósofo británico Simon Critchley, con la sudadera de su equipo, el Liverpool, retratado en Madrid el 18 de mayo de 2026. INMA FLORES

Simon Critchley es hijo de un obrero metalúrgico y una peluquera de barrio. Fracasó pronto en el colegio y se metió a trabajar en las fábricas de Hertfordshire, al norte de Londres: a los 14 años una máquina le rebanó la yema de un dedo y a los 18 otra prácticamente le amputó la mano, que consiguieron salvarle. Todavía, a sus 66, muestra con pesadumbre irónica sus cicatrices. “La fábrica era una mierda”, dice.

Acabó ingresando en una escuela de oficios donde había un par de profesores que animaron su interés por la lectura. Así aterrizó, a los 22 años, en la universidad de Essex, donde primero se interesó por la literatura europea y luego por la filosofía continental: su tesis trató la ética de la deconstrucción en Lévinas y Derrida. Ahora vive y trabaja en Nueva York como catedrático en The New School for Social Research y es un pensador reconocido internacionalmente.

Critchley ha bajado al recibidor del hotel con la ropa deportiva de su equipo de fútbol, el Liverpool F.C., al que le profesa (como veremos) verdadera pasión. “No me he arreglado demasiado”, dice como un niño travieso. El británico no es un filósofo encerrado en su torre de marfil, sino que, desde la filosofía continental y la alta literatura, donde se ha codeado con Joyce y Kafka, con Sartre y Heidegger, ha sabido tratar otros asuntos más terrenales como la música pop o el balompié, en los libros Bowie (sobre David Bowie) o En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, ambos en la editorial Sexto Piso: “Estoy convencido de que hay cosas interesantes y complejas en la vida y pasiones de la gente normal: si escarbas puedes encontrar grandes cosas”, afirma. Otro de sus temas notables ha sido el suicidio, en Apuntes sobre el suicidio (Alpha Decay). De asuntos como estos, que aborda con una escritura clara y plagada de humor, vino a hablar en el ciclo de pensamiento del centro Contemporánea Condeduque.

Esa conexión terrenal quizás también tenga que ver en su militancia en varias bandas de punk en aquellos años duros y grises del thatcherismo, a finales de los 70, la primera hornada del movimiento de la cresta y la tachuela. Ahora dicen que lo punk es ser de extrema derecha: “Eso es falso”, protesta Critchley, “el punk, para empezar, no era político: los partidos, los sindicatos, los intereses empresariales, nos parecían aburridos, puro statu quo. El punk era excitante, liberador, nihilista. Pero, eso sí, era definitivamente antirracista: escuchábamos mucha música negra, soul y funk, y muchísimo reggae”. El pensador sigue en la música, en el dúo electrónico Critchley & Simmons.

El misticismo parece referirse a una cosa muy elevada, pero que también ha estado relacionado con la religiosidad más popular, y así lo concibe Critchley en su último libro, Misticismo, publicado en España por Sexto Piso con traducción de Julio Hermoso. Ahí cuenta, entre otras cosas, la historia de la mística Cristina la Admirable (1150-1224) a la que Nick Cave le dedicó una canción. Se dice que esta mujer revivió en su propio funeral y su cuerpo permaneció levitando. Misántropa, se perdió en el bosque donde sobrevivió alimentándose de la leche de sus propios pechos. Se arrojaba a hornos encendidos, comía basura y se metía en ríos congelados. Se colgó de una horca y permaneció así dos días. “Era verdaderamente asombrosa”, escribe el británico.

Cristina es solo una anécdota en un ensayo que quiere adentrarse en las experiencias místicas y su importancia en el mundo de hoy. “El misticismo es la vida en su forma más intensa, la capacidad de salir de ti mismo y experimentar algo más allá. Algunos lo llaman Dios, otros naturaleza”, expone, mientras ejemplifica con los grandes místicos españoles, Teresa de Ávila o Juan de la Cruz. Aunque el misticismo no tiene por qué estar vinculado necesariamente a la religiosidad, sino también a las artes, la música, la literatura. Eso sí, la religión ha ayudado: “Provee de un gran archivo de textos que documentan las experiencias místicas, además de una forma de organizar la vida”, concede el filósofo, que está al tanto del llamado “giro místico” en la cultura, encarnado en Rosalía (“vuestra heroína cultural”), pero también en la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, o Sirât, donde Oliver Laxe vincula la cultura rave con el misticismo sufí.

¿A qué se debe este interés por lo místico? “La vida es horrible, es una mierda, y nuestros países parecen estancados”, dice el británico. “La racionalidad ilustrada, abstracta e instrumental, es muy útil para entender el universo o desarrollar políticas públicas, pero ha dejado a las personas perdidas”, añade Critchley, que señala que en las últimas décadas la alternativa a la espiritualidad para la izquierda ha sido el ateísmo puro y duro de Richard Dawkins o Christopher Hitchens, o el interés por lo oriental. “Ahora la gente está cambiando la percepción de sus propias tradiciones cristianas”, señala el pensador. “Rosalía está articulando algo muy profundo”.

Lo llamado woke tiene, a juicio de Critchley, también un símil religioso: “Para mí es la ampliación de la reforma protestante, cuando se combate la autoridad de la Iglesia Católica y la religión se convierte en un código moral individual. Las prescripciones morales para cambiar lo equivocado del mundo”, opina. “Se puede trazar una línea de Lutero a lo woke. Aunque creo que la juventud ya está dando muestras de fatiga e indiferencia”.

Los grandes temas de la vida... y el balompié

Es llamativo que Critchley se decantara académicamente por la filosofía continental, del existencialismo a la french theory, cuando en el mundo anglosajón tradicionalmente se ha optado por la analítica. “Había un par de profesores de esta rama en el departamento y me pareció que se preocupaban por las grandes cuestiones: el ser, el sentido de la vida, la libertad, la pasión, la lucha humana… La filosofía analítica me parecía como un sentido común afilado y técnico”, explica.

Y, de fondo, siempre el fútbol. En 2019, por ejemplo, viajó desde Noruega a Madrid para ver la final de la Champions League entre su querido Liverpool y el Tottenham, que se jugaba en el Wanda Metropolitano. Su hijo vino en coche desde Londres, tardó dos días. No encontraron entrada ni alojamiento (les alojó, muy amablemente, su editor). “¡Pero el Liverpool ganó!”, celebra Critchley. “El fútbol, más allá de lo deportivo, es para mí un vínculo con mi hijo, con mi padre, con mi abuela, que era una gran hincha del Liverpool”.

Una familia futbolera de la clase obrera británica. ¿Qué pasa hoy con la clase obrera? “Donde estaba la fábrica de mi padre ahora hay un centro deportivo. Ya no hay fábricas. Se esperaba que alguien como yo trabajase en la industria, se suponía que así me convertiría en un hombre. Eso desapareció. Eran trabajos duros, pero aportaban sustento y, sobre todo, dignidad. Ahora la clase obrera está desorientada”, dice Critchley, que achaca el triunfo del Brexit y de Trump, el auge de la ultraderecha, a estos procesos de globalización y desindustrialización. “Ahora se puede trabajar en un hotel, con suerte, si es que hay hoteles. La clase obrera es más pobre y desesperada”.

 

 

Muere a los 87 años el historiador Carlo Ginzburg, maestro de la ‘microhistoria’...

Hijo de la escritora Natalia Ginzburg, en su obra ‘El queso y los gusanos’ contó la peripecia de un molinero del siglo XVI acusado de herejía, cambiado el foco de la historiografía

El historiador italiano Carlo Ginzburg posa durante una feria del libro en Lyon, Francia, el 31 de mayo de 2008.Ulf Andersen (Getty Images)

El historiador Carlo Ginzburg ha muerto a los 87 años, según publican los grandes medios italianos. Nacido en Turín, hijo de la escritora Natalia Ginzburg y del intelectual Leone Ginzburg, fue un maestro del arte de la “microhistoria”, centrada en la vida cotidiana y la cultura popular de otras épocas, como mostró en su gran obra El queso y los gusanos. Nacido en Turín en 1939, era profesor emérito de la Scuola Normale Superiore de Pisa, donde había estudiado. En su carrera docente, impartió clases en la Universidad de Bolonia, pero también en grandes universidades estadounidenses como Harvard, Yale, Princeton y UCLA. Se consideraba una persona con orígenes privilegiados: “Mi privilegio no fue solo criarme rodeado de libros, también lo fue tener modelos”, decía.

“Yo no hago historia para mis colegas, sino para la otra gente”, decía Ginzburg a este diario en 1981, cuando viajó a España para presentar El queso y los gusanos, publicado en 1976 (en España se encuentra en la editorial Península). Su gran obra, la que le dio fama, se caracterizaba por contar la peripecia de un molinero del s. XVI afincado en el norte de Italia, llamado Domenico Scandella, al que la Inquisición acusa de herejía.

Es una ocasión para presentar al mundo la cosmovisión de este hombre olvidado: según su creencia, el mundo se había originado en un caos del que surgió “una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y éstos fueron los ángeles”. El mundo, de alguna manera, había nacido de la putrefacción, y trataba de convencer de ello a sus vecinos.

En el libro se relata la obcecada defensa que hace Menocchio —así llamaban al molinero— de sus ideas frente a los inquisidores. Más allá de lo que se cuenta, lo importante es que Ginzburg se centró en la historia de un personaje desconocido, de la cultura popular, lejos de los hombres del poder, las batallas grandiosas o declaraciones de independencia. Por eso se le consideró el maestro de la “microhistoria”: a partir de un caso minúsculo, reconstruir estructural culturales amplias. Apostar por lo singular antes que por las grandes narrativas abstractas.

El procesado Menocchio, por cierto, fue declarado culpable y condenado a morir en la hoguera.

El caso de Menocchio lo había descubierto Ginzburg revisando archivos para el que fue su primer libro, Los benandanti, aparecido en 1966, sobre brujería y cultos agrarios en los siglos XVI y XVII. Su trabajo se ha situado en la línea de la escuela de los Annales (la corriente de Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel o Jacques Le Goff) y suscitó en Italia fuertes polémicas —hubo quien consideró que se dedicaba a casos excepcionales y anecdóticos— en las que fue defendido, por ejemplo, por intelectuales como Italo Calvino o Toni Negri. Y no solo se ocupó de la gente común, sino de los marginados, las brujas, las perseguidas, en lo que constituye una reflexión sobre las formas en que se ejerce el poder y el control social. Y eso está relacionado con la propia experiencia familiar durante el fascismo.

“Creo”, dijo Ginzburg a este periódico, “que el terreno en el que se mueve, el de las sombras de lo más escondido por la historia, el de las culturas orales y los ritos agrarios, el de los silencios de Menocchio o la tergiversación que hace de sus lecturas, la reconstrucción misma de su biblioteca, es, por definición el terreno propio del historiador”.

Gran influencia

“Seguramente Ginzburg sea uno de los historiadores más influyentes de los últimos años”, dice el historiador español Gutmaro Gómez Bravo, que destaca su forma de defender la historia justo en el momento de auge de las teorías del final de la historia. “Y devolvió la teoría narrativa y la capacidad de contar historias, justamente en la época del final del relato y la posmodernidad, en la que seguimos”, añade el historiador.

“Ginzburg quiso dar el papel protagonista a la gente común, a la historia local, de los pueblos, alejada de los focos y el poder. Una historia que ya habían hecho en los años 60 los geógrafos y de la que, en cierta medida, seguimos dependiendo. Una historia, también, alejada del relato político del presente”, dice Gómez Bravo.

Además de El queso y los gusanos, otros de sus libros publicados en español son Ojazos de madera. Nueve reflexiones sobre la distancia (Península), Una historia sin final (Ampersand), Mitos emblemas e indicios (Gedisa), o el citado Los benandanti. Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII (Universidad de Guadalajara, México).

Carlo Ginzburg nació en Turín en 1939, cuando su padre, Leo Ginzburg, militante judío antifascista, llegó de Odesa —acabaría fundando, con Giulio Einaudi, que tenía 21 años, la editorial Einaudi—. Después de ser exiliados por el régimen de Mussolini en los Abruzos, su padre regresó a Roma y fue detenido por la Gestapo, torturado por el régimen fascista y muerto en prisión en 1944.

Carlo Ginzburg fue criado por su madre, la escritora Natalia Ginzburg, mientras ella desarrollaba su trabajo en el mundo editorial y su carrera literaria, también bajo la influencia de su abuelo materno, Giuseppe Levi, un biólogo famoso, tres de cuyos alumnos consiguieron el Premio Nobel. “Mi madre, mi padre, mi abuelo, todos han sido figuras importantes para mí. En la educación es fundamental lo que no se dice. Lo que no se puede traducir a palabras. Lo que se transmite sin palabras, pero es decisivo, modela la vida y construye la relación con la verdad”, dijo el historiador.

La historia grande, la historia con mayúsculas, es cosa de los poderosos. “Poder dejar huella ha sido un privilegio social. Evidentemente, en el reparto de datos entre hombres y mujeres los hombres han dejado más huella”, decía el historiador a este diario en otra entrevista con El País Semanal, en 2023. “Los desclasados tienen historia, pero los testimonios, las huellas que han dejado, han sido consideradas, y filtradas, desde la clase alta porque los campesinos no sabían escribir. A los pobres se los estudiaba como estadística. Yo quise demostrar que se los podía estudiar en profundidad”, decía.

Marc Bloch, fundador de la historia de las mentalidades y de los Annales, resistente asesinado por los nazis como Leone Ginzburg, entra el martes en el Panteón, máximo honor civil en Francia. Carlo lo consideraba su maestro, pero no ha llegado a verlo.

“Se alejó de las formas de producción académica, quiso hacer una historia que entendiera todo el mundo. Creo que centrar la historia en el gente común y dirigirla a un público amplio ha sido el mejor legado de Carlo Ginzburg”, concluye Gutmaro Gómez Bravo.


Cristina Almeida: “Las empresas se están forrando dando unos salarios de mierda”---

La expolítica y abogada, cerca de los 82 años, defiende la resistencia de Pedro Sánchez y mantiene una intensa actividad a pesar de sus problemas de espalda: “Más que militancia, es coherencia”

Cristina Almeida, abogada, fotografiada en su casa de Madrid el 9 de junio.Claudio Álvarez

Cristina Almeida (Badajoz, 81 años) no para. Después de una vida dedicada a la abogacía y a la política sigue participando activamente en encuentros, charlas, dando entrevistas, viajando. Y eso que el cuerpo no acompaña: la espalda le da guerra —tuvo una estenosis— y le dificulta caminar. En casa se apaña, en la calle utiliza un andador hasta para manifestarse. “No es militancia, es coherencia. Si es lo que puedo aportar…”, dice con su habitual retranca y su voz cascada de siempre.

Recibe en su domicilio en el madrileño distrito de Chamberí, un piso lleno de artefactos acumulados durante toda una vida (muñecas, cerámicas, documentos, premios) que se trajo de su anterior casa. “Yo me voy a morir rodeada de mis cosas”, sentencia.

Pregunta. Toda la vida luchando por el progreso y ahora parece que el mundo está en retroceso. ¿No es frustrante?

Respuesta. Yo no me frustro, yo voy p’alante. La frustración, para los que quieren ir p’atrás. Pero sí que me duele que se cuestionen los avances que hemos logrado en democracia. Trump, Netanyahu... En España el PP se está transformando en un partido de extrema derecha. Pero yo sigo con mis ideas, trabajando todo lo que puedo.

P. Usted no para.

R. Salgo a la calle y de cada dos que pasan uno me da un abrazo por lo que he hecho. Eso quiere decir que la gente coordina más de lo que creemos.

P. ¿Y Zapatero?

R. Fui un día a la tele a hablar de otras cosas, surgió lo de Zapatero y yo no sabía nada. Me pareció terrible, pero no puedo opinar sin oír a la otra parte. Parecen demasiadas cosas para ser inventadas, aun así le doy el beneficio de la duda. No soy del PSOE, no soy amiga suya, le tenía aprecio porque me gusta cómo mandó.

P. ¿Usted de dónde es?

R. Yo he sido siempre una mujer de izquierdas, he estado en el Partido Comunista de España, de donde me expulsaron, luego fui a Izquierda Unida e hicimos Nueva Izquierda, y también nos expulsaron, seguimos para hacer el PSOE-Progresistas… Pero nunca he estado en el PSOE como tal.

P. ¿Por qué la iban echando de los sitios?

R. Pues por protestar. Yo siempre he mantenido que la discrepancia tiene que estar dentro, porque eso enriquece. Teníamos ideas y nos enfrentábamos por ellas. Eran ideas progresistas que luego se fueron aceptando. Más tarde [Santiago] Carrillo me dijo que se había equivocado conmigo, que no tenía que haberme expulsado. Yo le dije: “Conmigo no, te equivocaste con todos”.

P. Ahora nos dicen que hay comunistas por todas partes.

R. El comunismo no existe en ningún país… Yo entré en el Partido Comunista porque era la único que había para luchar contra Franco. Me afectó mucho cuando detuvieron a Julián Grimau y le pidieron la pena de muerte. Cuando lo mataron, lo primero que hice fue meterme en el PCE. No había leído El Capital, ni nada de eso. Pero me hizo una conciencia de realidad y de lucha que nunca olvidaré.

P. Pero entonces, ¿es usted comunista?

R. Yo sé lo que es el comunismo, lo que ha sido aquí en España. He estado en la Unión Soviética y no hubiera vivido allí ni atada. No he sido tanto ideológicamente comunista, como comunista en la práctica. Era lo que había. El PSOE, entretanto, estaba de vacaciones en Francia.

P. ¿Cómo le surgió el interés por la política?

R. Desde primero de carrera me entró la inquietud, y me fui a hacer una campaña de alfabetización a Granada. Aquello me abrió el mundo. Gracias a mi madre, que le dijo a mi padre: “¡Manolo, mis niñas estudian todas!”. A ella no le dejaron estudiar, era lo que más le dolió en la vida.

P. Usted estudió Derecho.

R. Sí, aquello fue luchar en la facultad, luchar contra el franquismo, y realizarme como mujer. Iba con Paquita [Sauquillo], con Manola [Manuela Carmena], con Peli [Pilar Lucendo], la mujer del periodista Pedro Altares. Hacíamos un seminario sobre El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Luego hice otra campaña de alfabetización con el padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo…

P. ¿Cómo le afectó?

R. Conocí una realidad que me hizo comprometerme: quería acabar la carrera y ponerme a defender presos políticos y trabajadores, que eran los que no tenían quien les defendiera. Y eso viniendo de una familia burguesa, con un padre de extrema derecha.

Feijóo tiene una pinta de que no vale pa na, que va a durar menos que un pastel a la puerta de un colegio
Cristina Almeida

P. ¿El Papa es progresista o no?

R. Si hace algo más progresista el mundo, pues le perdono lo del aborto. No le pido que lo defienda, es como si a mí me piden que rece el rosario. Tiene un discurso de valores humanistas, en eso se parece a Pedro Sánchez. Al fin y al cabo, el discurso religioso es un discurso de bondad, y necesitamos que el Papa lo diga. En mi época fue muy importante la iglesia progresista, ya te hablé del padre Llanos. Muchos curas nos han hecho ver la Iglesia de otra manera, y sabemos distinguir. Eso sí, he acabado un poco harta del Papa, que ponía las noticias y no había otra cosa.

P. ¿Pedro Sánchez debe aguantar?

R. Hombre, por supuesto. El problema es que le valoran más los de fuera de España que los de dentro. Aquí hay gran cantidad de gente apostando por tirarle. Está Feijóo, que tiene una pinta de que no vale pa na, que va a durar menos que un pastel a la puerta de un colegio. Sánchez está haciendo una política positiva, y lo demuestran los datos macroeconómicos, aunque hay que conseguir que también se note en la microeconomía.

P. ¿Cómo?

R. Hay que obligar a las empresas a que suban los salarios, que se están forrando dando unos salarios de mierda. Hay que ser mucho más exigentes. Luego veremos si pesa más Sánchez y sus políticas o las ranas que le salen, como le salieron a Esperanza Aguirre, que parecía que tenía una charca.

P. ¿Qué hacer a la izquierda del PSOE?

R. Pedir que tengan un espíritu eficaz. Es decir, si hoy todos unidos pueden hacer más que desunidos, pues deben unirse, al menos en torno a unos puntos comunes. Así se crea una alternativa ideológica, y no solo personal.

P. ¿Le gusta la idea de Gabriel Rufián?

R. Creo que puede ayudar a la izquierda a ganar. Rufián ahora está muy de moda, porque habla muy bien, a ver si él logra hacer esa unidad en la diversidad. Que es como deben de ser la unidades, no todo Dios conforme. Hay que saber pactar.

P. Hay quien dice que el feminismo ha ido demasiado lejos.

R. ¿Y dónde se supone que tienen que llegar las mujeres? ¿Y los hombres? Porque los hombres también tienen que evolucionar, no pueden quedarse tan frenaos y tan hechos polvo. Se quejan de que las tías están mucho más avanzadas… ¡Pues avanzad vosotros!

P. ¿Cómo se puede acercar a los jóvenes varones al feminismo?

R. Es que no se les enseña y la educación pública está en retroceso… Los chavales jóvenes siempre han sido más controladores, con el amor romántico, que no vaya la novia con las amigas, que se quede en casa, etcétera. Eso te lo hace el primer novio, pero luego ya no, cuando espabilas y te descubres como mujer… Creo que los hombres no se descubren como hombres, porque no tienen que pelear, no tienen ese choque. Yo de lo que más me alegro es de haberme descubierto como mujer: es cuando empecé a vivir la vida, el amor, la amistad, todas las cosas.

P. La democracia tenía cierta épica para su generación, pero no para los jóvenes actuales.

R. Porque ya viven en democracia. Y algunos dicen que con Franco se vivía mejor. Me pregunto cuál de ellos vivía con Franco… Yo les explicaría cómo se vivía. Con la moralina, con la falsedad, teníamos que luchar hasta para respirar. Cuando vivan sin libertades ya verás que pronto se rebelan. Aunque la libertad no se sepa lo que es, sí se sabe lo que no es. Yo lo tengo bien clarito.

P. La corrupción no ayuda.

R. Eso me parece mortal de necesidad. No es la corrupción de los de izquierdas, que es la que más me duele, sino la corrupción como una forma de entender la política, como un acaparamiento de bienes individual. Cuando no cae un partido, cae otro. La política no debe ser un enriquecimiento personal, sino un enriquecimiento colectivo. Me avergüenza escuchar lo de Ábalos, o que se haya utilizado a la policía para perseguir a gente.

Creo que los hombres no se descubren como hombres, porque no tienen que pelear, no tienen ese choque
Cristina Almeida

P. El futuro pinta mal.

R. Yo estoy aterrada, ¿cómo se puede pensar que un tipo como Trump puede gobernar el mundo? O Javier Milei, con la podadora…

P. La motosierra.

R. Sí, yo la llamo podadora porque también sirve para podar. Es un mundo de locos, y que haya gente que le guste seguir ese mundo... ¿Cómo defenderse? Pues siendo libre en un mundo que no quiere dejarte ser libre. Si llega la bomba nuclear, pues ya llegará, pero si vives pensando en eso la sufres antes de que llegue. Lo que hay que ser es rompedora con las cosas, en la vida cotidiana, en el presente. La amistad, por ejemplo, no depende de Trump ni de nadie.

P. ¿Cómo lleva la edad?

R. Nunca me han importado los años, los he celebrado siempre. Cuando cumplí los 80 estaba en el hospital y me querían llevar mariachis, pero no les dejaron. Lo que me importan son los dolores. Si muero mañana, mira, he vivido hasta hoy. Y no hay que querer siempre quedarse en la juventud, no hay que tener miedo a vivir, se va a aprendiendo con los años, porque no son solo más años, también es más vida.


La ‘performance’ de ser rico,,,

Aparentar riqueza y una vida con gustos exclusivos es una aspiración social cada vez más extendida por las redes sociales. Y casi más importante que poseerla

La galería Canalejas, en Madrid, el 16 de octubre de 2024. Claudio Álvarez

Ser rico es una performance. Se puede tener mucha pasta, pero tan importante como tenerla es querer parecerlo. Cuando se habla de riqueza, por ejemplo, cuando se publica la lista Forbes —que recopila a las personas más adineradas del país o del planeta— se hace hincapié en que buena parte del verdadero dinero, del dinero que importa, es discreto. No se nota. No muestra casoplón en las revistas. No surca las calles en Ferrari Testarossa. Es, además, la forma más elegante de acumular millones. Quiet luxury.

Ser rico tiene algo de subcultura, de tribu urbana: es una gramática. Entro a curiosear a la lujosa galería comercial Canalejas, en el centro de Madrid, esas calles donde se roza la opulencia y la miseria, porque al negocio del lujo cada vez tiene menos reparos en cruzarse en la acera con manadas de turistas mareados o personas sin hogar que habitan un castillo de colchones y cartón.

Ahí se congregan algunas de las marcas más caras que, como cuenta Dana Thomas en Deluxe. De cómo el lujo perdió su esplendor (Superflua), hace tiempo que renunciaron al elitismo para democratizar el lujo a precios al alcance de otros estratos. Está ahí, al alcance de la mano. En realidad, el ansia de estatus no es nueva, es el espinazo de la obra de Proust, pero ahora se articula fundamentalmente a través del consumo y reporta no pocos beneficios.

El público congregado en Canalejas, entre acabados dorados, copas de champán y un piano de cola que a veces alguien se lanza a tocar, no es una muestra sociológica de las clases altas: hay turistas en chanclas, hay curiosos —como yo—, y hay también una notable presencia de las clases populares que han ahorrado algo de sus salarios de mierda para comprar artículos que les otorguen una pizca de distinción. Luego se hacen selfis en la puerta con un adminículo de Louis Vuitton que cuesta un riñón. En realidad, lo que se compra no es el objeto, es el precio.

El objetivo: colgar la foto en Instagram, catalizador global de los procesos de pijificación (para un estudio prolijo de lo pijo, véase el ensayo de mi compañera Raquel Peláez, Quiero y no puedo, en Blackie Books). Las clases trabajadoras ya no quieren hacer la revolución, los jóvenes ya no quieren ser alternativos, la clase media en disolución desea mantener un estatus que ya es imposible fundamentar en lo material, solo en lo simbólico. La cosa, pues, es pijificarse en un mundo en decadencia. Prendas caras, experiencias exclusivas, gastronomía sofisticada, juergas canallitas, viajes de ensueño. Todo p’al Instagram.

Hubo un tiempo en que los incipientes magnates de Silicon Valley presumían de vestir sudaderas raídas, como si no supieran gastar su riqueza más que en videojuegos, cervezas y cubos de pollo frito. Hay quien ha llamado aporofilia a la tendencia de los ricos por parecer más pobres, como las estrellas de la música urbana que se esfuerzan en parecer macarrillas barriobajeros. Muchos ricos prefieren el quiet luxury (lujo silencioso) antes citado: usar, por ejemplo, prendas de lujo, pero sin logo, solo identificables por la mirada experta de un semejante adinerado, como en un código secreto entre los que están en el asunto. Muchos pobres, en cambio, quieren performar la opulencia y lo que acaban siendo es horteras.

Cuando el tránsito entre clases era imposible (está en vías de volver a serlo), los campesinos asediaban con antorchas y rastrillos el castillo del señor y los obreros se lanzaban a huelgas salvajes. Ahora que nos dicen que cualquiera puede tocar el cielo, la desigualdad no es un conflicto, sino una coreografía de aspiraciones en la que se compite por llegar más arriba. O, al menos, por aparentarlo.


Carlos del Amor, Premio Nacional de Periodismo Cultural 2026: “Cuidamos cada minuto como una pieza de orfebrería”

El jurado ha destacado “un estilo narrativo propio, original y creativo, que acerca los contenidos culturales a un público masivo sin perder rigor ni calidad”

El periodista Carlos del Amor, en el hotel Catalonia, en Madrid, el 24 de octubre de 2022.Samuel Sánchez

El periodista Carlos del Amor (Murcia, 51 años), jefe adjunto de Cultura de los informativos de RTVE, tiene un estilo especial que hace sus piezas audiovisuales perfectamente reconocibles. El jurado del Premio Nacional de Periodismo Cultural ha apreciado ese “estilo narrativo propio, original y creativo, que acerca los contenidos culturales a un público masivo sin perder rigor ni calidad” para adjudicarle el galardón de este año. Lo otorga el Ministerio de Cultura y tiene una dotación de 30.000 euros.

Al teléfono, el periodista está exultante. “No me lo esperaba, sabía que había estado alguna vez en alguna quiniela, pero no me lo esperaba. Estoy muy agradecido”, dice. Minutos antes había recibido la llamada de Ernest Urtasun, ministro de Cultura, un número de teléfono que no identificaba y que pensó que se trataba de algún repartidor de paquetes (los periodistas culturales reciben muchos paquetes, sobre todo libros). Cuando el ministro se presentó el periodista se preguntó “a ver qué ha pasado”. La noticia esta vez era él mismo.

Del Amor achaca parte de su éxito a trabajar donde trabaja, en la televisión pública que le permite hacer cosas como un especial del museo Reina Sofía de 10 minutos, uno de Pablo Picasso de 15, un paseo por la Sagrada Familia o el especial de Fin de Año. “Además, creo que es un premio al medio televisivo, que no suele ser distinguido por estos motivos”, dice el periodista. Otros galardonas en anteriores ediciones han sido Rosana Torres, Sergio Vila-Sanjuán, Juan Cruz, Ana Borderas, Jesús Marchamalo, Diego A. Manrique o Jacinto Antón.

El jurado ahonda en los motivos del premio: “Su compromiso con la promoción de las artes, su capacidad para narrar la cultura de manera accesible y por su habilidad para descubrir lo extraordinario en lo cotidiano”, dice el acta. ¿De dónde sale este estilo Del Amor? “La verdad es que no lo tengo claro”, responde el premiado, “es una forma de mirar que tengo como otras personas tienen la suya. La tele se tiene encendida en las casas de fondo y muchas veces la gente no la mira. Yo intento que al menos quien esté presente levante la cabeza. Cuidamos cada minuto como una pieza de orfebrería”, dice el que también fue presentador del programa de entrevistas La matemática del espejo.

Carlos del Amor comenzó en el periodismo en su Murcia natal, haciendo primero Deportes, aunque pronto recaló en la sección de Cultura, donde ahora trata “de partir de los detalles, mirar detrás, no seguir la nota de prensa”. Escuchar, por supuesto, es la pieza fundamental en una disciplina, el periodismo cultural, “donde se permite el lenguaje más flexible y puedes experimentar y hacer un periodismo algo más literario”, según el periodista, también exitoso por libros como Retratarte, Emocionarte o Una dama desconocida, todos publicados por Espasa..

¿Para que sirve esta cosa del periodismo cultural? “Pues para dar voz a esos creadores que nos dan refugio y hacen más llevadero nuestro día a día. Tanto a las grandes voces consagradas como esas que empiezan y a las que también debemos dar cabida”, concluye Del Amor.


Así fue la Feria del Libro de Madrid 2026: “¡Me va a dar un patatús!”

El gran evento libresco ha registrado resultados provisionales peores que los del año pasado. La visita del Papa puede haber tenido algo que ver. Aun así, la afluencia de público durante dos semanas sigue siendo milagrosa

Ambiente en la pasada edición de la Feria del Libro de Madrid. INMA FLORES

La Feria del Libro de Madrid representa tradicionalmente la lucha del ser humano contra los elementos: el calor, las tormentas, el crecimiento de los magnolios circundantes. La cultura contra la naturaleza.

Las altas temperaturas, de hecho, azotaron el primer fin de semana, aquel en el que el texto más leído en España fue probablemente el auto del juez Calama sobre las entretelas del expresidente Zapatero (el magistrado no fue a firmar a las casetas). Pero este año la amenaza fue más bien teológica: la histórica visita del Papa.

En los días previos se dio el desconcierto: no se sabía si el problema iba a ser una avalancha de gente o más bien una feria desértica. Un librero, que debía ser algo claustrofóbico, me confesó sus temores de acabar atrapado en su caseta, rodeada por las masas: “¡Me va a dar un patatús!”. Al final, no fue para tanto. Sí afectó a la baja las ventas del fin de semana: “El Papa nos ha hecho mucho mal”, me dijo una librera. No siempre el representante de Dios en la Tierra (aunque sobre esto hay controversia) se identifica con el Bien en el mundo.

Al sector del libro no le hace falta el Papa para obrar lo imposible: se confirmó el “milagro español del libro”. La Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) informó durante la feria de que el sector va como un pepino, y no ha dejado de crecer desde hace doce años. La feria también presentó el domingo sus datos provisionales: 7,26 millones de euros de facturación y 430.845 ejemplares vendidos medidos hasta el jueves 11 de junio. No fueron tan milagrosos: son inferiores a los del año pasado.

“Nada de lo que sucede en la ciudad nos es ajeno. A la espera de los resultados de este último fin de semana, a la espera de saber si ha habido remontada, los resultados recogidos reflejan las dificultades de una Feria en la que el fin de semana central muchos prefirieron evitar el centro de la ciudad para evitarse complicaciones”, dijo la directora Eva Orúe. El tema de la próxima edición, en la que la feria cumple 60 años en El Retiro, será el evanescente género de la memoria.

Este año la feria trataba del humor, que falta hace, así que hubo humoristas como Eva Hache, Joaquín Reyes, o Ignatius Farray, y también autores con humor, como Jonathan Coe, Maitena, Mercedes Cebrián o Virginia Higa. En las charlas se abordó el humor desde todos los flancos posibles, hasta la extenuación, pero es que hasta los lectores fueron graciosos. “¿Está todo en venta?”, preguntó uno en una caseta. Cuando le dijeron que sí, se interesó por el precio de una pequeña estantería de madera que sostenía los ejemplares.

Se oyen cosas así. “Mira, el Manifiesto comunista… Bueno, ¡hay que leer de todo!”, le decía un señor a su pareja. Una jovencita se acercaba a una caseta y pedía un libro de poemas de Charles Bukoswki, “¡pero que sea gordo!”. Otra aparece en otro lado: “¿Tienen ese libro que llama Crimen y castigo? ¡Solo tengo 10 euros!”. Un chaval pregunta por un “manual de criptozoología en español”. Otra confiesa que lleva “fatal el miedo a la muerte, de toda la vida”. Y el de más allá sentencia: “Si alguien te dice que la Tierra es plana, tú dile: sí, sí, claro, planísima, planísima”

A través del rectángulo por el que ven pasar la vida los feriantes, desfila un megamix genético que es la humanidad entera. Gente con sombrero, gente que se hurga la nariz, gente aburrida, gente con tics nerviosos que repasa uno a uno todos los títulos disponibles, gente que se apoya en el mostrador a charlar toda la tarde como si aquello fuera un bar. Las casetas son lo contrario de la casita de Bad Bunny (otro célebre coetáneo de la feria): por aquí desfila todo el mundo con el cuerpo y la cartera que le han tocado. Los libros, por cierto, son un objeto de máximo lujo a un precio de 15 euros de media.

Aunque en la feria también hay famosos, literarios y extraliterarios. A veces el paseo ferial parece unos de esos vídeos generados por inteligencia artificial que hacen mezclas inverosímiles de gente célebre: allí firma Luis García Montero, enfrente Sonsoles Ónega, allá Rosario Villajos, acá Fernando Aramburu, y este es Julián Hernández, el líder de Siniestro Total.

La reina Letizia se pasó un día como reina, en la inauguración, con gran revuelo, y otro día de incógnito, vaqueros, gafas de sol, y casi nadie se dio cuenta. De repente se levanta un escándalo de gritos histéricos que colapsa el tránsito ferial. ¿Será el Papa? No, es el creador de contenido Iker Unzu, que desata el delirio de las fans. Hoy la fama está tan sectorializada que hay gente famosísima que poca gente sabe quién es. Los youtubers, los famosos, los presentadores de la tele, con sus nutridas colas, suelen generar la animadversión de los más letraheridos; pero es que la feria es del libro, no de la alta literatura.

A otra gente lo que no le gusta son las marcas, que suelen mediatizar todos los aspectos de nuestra vida. Alguna de las librerías más combativas ha tapado el logo de Repsol, empresa patrocinadora, en las bolsas de papel con una pegatina. Desde al año pasado la cadena VIPS es la que ofrece los servicios de restauración y reparte sus revistas con insistencia. “Tiene el monopolio”, se queja una librera, “así que tienen precios de aeropuerto”. Eso sí: hay tortitas.

La feria se acaba y muchos no son conscientes del milagro. “Es uno de los grandes monumentos de la ciudad, es increíble que durante 17 días haya tal cantidad de gente comprando libros”, me dijo un veterano editor catalán. “Y en Madrid parece que no se saca pecho”.


El “milagro español del libro” no para: “Tenemos un horizonte de progreso”

El sector editorial creció en 2025, por duodécimo año consecutivo, hasta alcanzar una facturación de 3.138 millones de euros. Es un récord solo superado por la cifra de 2008

Colas en la feria para las firmas de los autores, en la Feria del Libro de Madrid, el 7 de junio de 2025. JUAN BARBOSA

El “milagro español del libro” continúa. El sector editorial creció en 2025, por duodécimo año consecutivo, hasta alcanzar una facturación de 3.138 millones de euros. Es el récord solo superado por la cifra de 2008, año en el que comenzó la actual policrisis y que precedió a una época de bajada hasta 2014. Desde entonces, en esos 12 años, se acumulan 942 millones de crecimiento, lo que supone un aumento del 43%. Los datos se extraen del Avance del Informe de Comercio Interior del Libro de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado que este jueves en la biblioteca pública Eugenio Trías, el entorno geográfico y temporal de la Feria del Libro de Madrid. “Nos estamos poniendo a los niveles de otros países desarrollados de la OCDE”, celebró Manuel Moreno, presidente de la FGEE.

Las ventas de libros, en todos los formatos, crecieron un 3,3% con respecto al año anterior, empujadas, sobre todo, por los libros de ficción para adultos (principalmente novela contemporánea) y por la literatura infantil y juvenil, que creció un 17%. Supone más del 20% de la facturación total, a pesar del extendido cliché de que los jóvenes no leen, los datos dicen que son la franja de edad que más lo hace.

“Tenemos un futuro esperanzador, porque, desde que nacen los hijos, las familias están comprando libros”, dice Moreno. En la adolescencia se registra una caída, por las compresibles distracciones de una edad tan turbulenta, pero no baja del 70% de lectores. “Sigue siendo una de las franjas que más lee”, añade el presidente. De hecho, las franjas más mayores son las que menos leen. Y las mujeres suelen superar a los hombres como lectoras en todas las edades, fenómeno que se retroalimenta con el actual auge de la literatura escrita por mujeres.

Feria del Libro de Madrid 2026

El tercer grupo más leído, después de ficción y literatura infantil y juvenil, es la no ficción. También es donde más títulos se publican, y aun así cae un 9,2%. La anomalía podría atribuirse a la piratería, la fotocopia, la descarga, aunque no hay datos que lo refrenden. El cómic y similares solo representa un 3% de la facturación total, pero ha experimentado un muy notorio crecimiento del 38% respecto al año anterior, según explica el informe, que ha estado al cargo del investigador Roberto Corral.

Se publicaron 89.107 títulos (61.800 son en papel, 27.300 en digital) a un precio medio de 15 euros, que se mantiene muy estable. “Un precio muy razonable para sustentar este crecimiento”, señala Corral. Sobre todo, teniendo en cuenta la inflación y la subida de materias primas como el papel. “Esa estabilidad en los precios del libro se debe a los malabarismos de los editores, eso también es un milagro”, bromea Moreno. Las librerías y cadenas de librerías aguantan como principales canales de distribución, con un 60,6% de las ventas, aunque las librerías independientes estén sufriendo el fuerte envite de la especulación inmobiliaria y la subida absurda del alquiler de los locales.

Y aunque el libro impreso se mantiene como rey indiscutible de la lectura (no como sus primos hermanos, los formatos físicos de música o audiovisual, arrasados por lo digital), el formato electrónico libresco aumenta su facturación un 5,3% hasta llegar a los 173,9 millones de euros. Supone ya un 5,6% de la tarta editorial. “Los audiolibros experimentan crecimiento, muy adaptados a nuevos estilos de vida, como escuchar audios cuando uno está haciendo deporte o conduciendo”, dijo Corral. Aún suponen solo un 0,5% de la facturación total.

“Podemos hablar de un fenómeno ibérico que incluye a Portugal [que creció este año más del doble que España, un 8%]: los países más meridionales de Europa hemos mantenido una media del 6% de crecimiento desde la pandemia, más que los otros países europeos, que incluso registran retroceso en Alemania y Francia”, dice Moreno.

Cuando algo crece durante mucho tiempo, está en el espíritu humano preguntarse cuando parará. El avance demográfico (cuando todas las generaciones sean lectoras) o la crisis de atención provocada por la tecnología pueden estabilizar el mercado en un futuro a medio plazo. “No es nuestra labor adivinar el futuro”, bromea Moreno. Según señala, todavía hay margen para acercarse a países como Alemania en términos de compra y lectura. “Tenemos un horizonte de progreso”, concluye Moreno.


La Feria del Libro de Madrid retira una charla por su falta de neutralidad sobre la ocupación del Sáhara por Marruecos

Tras las protestas de diversos colectivos, la organización ha emitido un comunicado en el que admite “un fallo en los mecanismos internos de supervisión”

Feria del Libro de Madrid el 30 de mayo de 2026.SAMUEL SÁNCHEZ

La Feria del Libro de Madrid, que se celebra hasta el próximo domingo, ha decidido retirar de su programación la charla titulada Sáhara: patrimonio, identidad y vías de desarrollo a la luz de las transformaciones contemporáneas, programada para la tarde de este miércoles, tras las protestas de diversos colectivos por su falta de pluralidad y neutralidad a la hora de abordar la ocupación del Sáhara Occidental por parte de Marruecos. Tras revisar el contenido y la configuración de la actividad, la organización ha emitido un comunicado en el que reconoce que la actividad “nunca debió formar parte de la programación de esta edición.

El evento había sido propuesto por un expositor de la feria, la librería Diwan, especializada en el mundo árabe y el islam, según confirma la directora de la Feria, Eva Orúe. Aunque había sido solicitado un espacio, al final se le adjudicó otro de reciente apertura, en la zona central del recinto. “Aunque en realidad no debería haber estado programado en ninguno”, dice Orúe, que asegura que el carácter del acto les pasó desapercibido entre los alrededor de 400 que se celebran en la feria. La organización fue avisada por los mails de un catedrático universitario y un periodista. “Nos hemos dado cuenta del error y hemos suspendido. Hemos avisado al expositor por correo electrónico, aunque por el momento no hemos podido hablar con él”, dice la directora. Ya cancelada la charla, llegaron las protestas por parte de colectivos. Algunos defensores del derecho a la autodeterminación saharaui, entre ellos el Frente Polisario o Partido Comunista de España, se quejaban de que esa charla hubiera llegado a programarse.

En la nota, la organización asume que la charla ”no se ajusta a los criterios de pluralidad, neutralidad institucional y sensibilidad exigibles en un espacio cultural de carácter público y abierto como la Feria del Libro de Madrid. La inclusión de esta actividad responde a un fallo en los mecanismos internos de supervisión y validación de contenidos, circunstancia que lamentamos. Tan pronto como se detectó esta situación, la organización procedió a retirar el acto de la programación cultural".

El comunicado asegura que en adelante se reforzarán “los procedimientos de validación de actividades para evitar que situaciones similares puedan producirse en el futuro”, y lamenta la preocupación “que esta circunstancia haya podido generar entre patrocinadores, participantes, medios de comunicación, entidades colaboradoras y público asistente”, matizando que aunque la actividad estaba prevista en el Espacio Talento a Bordo, patrocinado por Iberia, la aerolínea no ha participado en su organización, selección, programación ni contenido".

La actividad estaba promovida por entidades vinculadas a la proyección cultural e institucional de las tesis oficiales marroquíes, entre ellas la Editorial Diwan, el Centre Marocain des Études et Recherches Stratégiques, la Asociación Puente Cultural y el Groupe de Recherches et Études sur le Littoral du Sahara, y contaba con la participación de diversos académicos, investigadores y representantes ligados a dichas estructuras.


Julian Barnes, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026

El autor británico, uno de los últimos exponentes de la generación Granta y caracterizado por su sentido del humor, ha abandonado la escritura con su última novela

Julian Barnes retratado en su casa en el norte de Londres, en enero de 2026.Manuel Vazquez

El escritor Julian Barnes (Leicester, 80 años) ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026. El británico es autor de obras como El loro de Flaubert, Inglaterra, Inglaterra o Arthur & George (todas publicadas en España por Anagrama). En 2011 ganó el premio Booker con El sentido de un final. Encasillado dentro de lo posmoderno y caracterizado por su sentido del humor, fue uno de los exponentes de la llamada generación Granta —por la revista literaria del mismo nombre—, de la que formó parte a principios de los años ochenta junto a otros grandes novelistas como Martin Amis, Christopher Hitchens, Salman Rushdie o Kazou Ishiguro. “Estoy encantado de recibir el premio”, ha declarado el escritor a la organización tras saber que recibía el galardón: “La valía de un premio siempre reside en la calidad de quienes lo han recibido anteriormente, y me siento sumamente honrado de unirme a este listado”. Su último libro, Despedidas, publicado a principios de año, será también el último que escriba, lo que convierte este premio en algo así como un broche a su fructífera carrera literaria.

El jurado del Princesa de Asturias ha destacado “su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un ‘optimismo melancólico y un pesimismo alegre’, según sus propias palabras”. El jurado, reunido en Oviedo y formado por personalidades de las letras, el periodismo, la academia y la cultura en general, también ha valorado la visión “lúcida, cálida y compasiva” de la especie humana que se da en la figura del británico, así como el empleo de la memoria como “configuradora de la identidad, sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial”. La obra de Barnes reelabora la historia —de la literatura, del arte, de la música, de la gastronomía— con una mirada europeísta “hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea”.

Julian Barnes

“Será mi último libro. Aunque no dejaré de escribir. Lo haré para los periódicos, o ensayos y cosas por el estilo”, dijo el autor a este periódico en una entrevista realizada en enero. Temía convertirse en repetitivo, seguir haciendo novelas solo por inercia sin, en realidad, sacar nada nuevo de las vísceras. Mejor una despedida honrosa y honesta. La novela final trata precisamente de dos personajes, Stephen y Jean, que tratan de reavivar 50 años después, sin fortuna, su idealizado amor universitario. Tal vez sea una metáfora de la escritura tardía. “Voy a cumplir 80 años [su cumpleaños fue el 19 de enero]. ¿Conoces a alguien que haya escrito un buen libro a esa edad?”, decía el escritor hace unos meses.

La suya ha sido una obra innovadora y pausada, atrevida y reposada, intelectual e imaginativa. Su mezcla de ficción y no ficción —textos “híbridos”, como le gusta llamarlos— ha atrapado a millones de lectores, con obras maestras como El Loro de Flaubert, o como El Sentido de un final, en la que jugó magistralmente con sus temas favoritos, las trampas del pasado y de la memoria.

Enamorado de Francia y de sus autores cumbre, el más afrancesado de los escritores contemporáneos del Reino Unido es a la vez profundamente británico en su manera de contemplar el mundo con calma y prudencia, o de lamentar la tragedia del Brexit por la desgarradora separación respecto a una cultura, la europea, de la que Inglaterra es parte esencial. “Me he vuelto más de izquierdas porque el centro se ha desplazado a la derecha”, decía a principios de 2026.

El autor superó la muerte del amor de su vida, la agente literaria Pat Kavanagh (en 2008, a los 68 años) y vive con Rachel Cugnoni, su antigua editora en Penguin. Kavanagh fue también agente de Martin Amis, con el que tuvo una sonora ruptura profesional (Amis fichó por el poderoso agente Andrew Wylie, conocido como El chacal) que enemistó a los dos escritores. A pesar de todo, en su última novela Barnes tiene palabras amables para Amis, fallecido en 2023: “En los últimos años de su vida, nos vimos unas pocas veces, vino a cenar a casa. Y sentí gran pena por su enfermedad, que fue horrible. Por eso lo he incluido en mi libro”, dijo Barnes. El escritor convive también con un cáncer de sangre desde hace años, que le obliga a realizar visitas periódicas al hospital. “Incurable pero tratable… como la vida”, ha escrito.

Barnes no nació en una familia especialmente literaria. Como cuenta, la única obra publicada fue una carta de su madre al director de un periódico y que exponía orgullosa en la repisa de la chimenea. Curiosamente, su hermano mayor, Jonathan Barnes, es un reputado filósofo. Julian comenzó haciendo pinitos en la crítica literaria para luego comenzar en el periodismo, que ha practicado hasta la actualidad. Aquel joven con poca confianza en sus propias posibilidades acabó siendo uno de los escritores más brillantes y respetados de una generación deslumbrante de autores británicos. “Tuvimos la suerte de que la sociedad estaba cambiando”, recordaba Barnes, que vio cómo él y sus compañeros pasaron a ser auténticas celebridades por las que competían las editoriales. “La literatura se volvió sexy”, ironizaba Barnes.

El éxito de la generación Granta, una extrañeza en cuanto a la edad de los autores, mucho más jóvenes que los típicos novelistas de éxito en su cuarentena o cincuentena, se debe según Barnes a un par de razones. Primero, los citados cambios sociales, que premiaban en aquella época la frescura de la juventud en un mundo que se iba acelerando. Y segundo, la propia campaña de la revista Granta, en 1983, que destacó a 18 de ellos en un reportaje con fotos a todo color. Un fenómeno que, además, se hizo multicultural yendo más allá del escritor blanco anglosajón.

Algunos de los anteriores premiados con el Princesa de Asturias de las Letras fueron Eduardo Mendoza, Ana Blandiana, Haruki Murakami, Juan Mayorga o Emmanuele Carrere. Los galardones se entregarán, como cada año, en una gala en Oviedo, en otoño, con la presencia de la Familia Real.


Pensamiento mágico, extraterrestres y el mismísimo diablo: por qué regresa la espiritualidad

Del neopentecostalismo a las terapias alternativas, el racionalismo ilustrado parece retroceder ante las creencias y el espiritualismo. En plena visita del Papa revisamos varios ensayos que analizan el fenómeno

Practicantes de yoga en torno al 12º Día Internacional del Yoga el 1 de junio de 2026 en Gurugram, India.Parveen Kumar (Hindustan Times / via Getty Images)

No más dioses, no más duendes, no más magia. El comienzo de la modernidad ilustrada implicó el desbancamiento de las ideas religiosas, las supersticiones o cualquier creencia sobrenatural: la razón, guiando al conocimiento científico, llevaría a la civilización al progreso. Max Weber llamó a este proceso desencantamiento del mundo. La máquina de vapor aplastaba a los profetas y a los trasgos.

En cierto modo todo transcurrió según lo previsto y el desarrollo tecnológico generó creciente bienestar material (en según qué sitios). Pero, aún rodeados de smartphones, hornos microondas y gente orbitando la Luna, esa necesidad de contacto con lo trascendente ha permanecido en el corazón de los seres humanos. Hoy se registra no solo una vuelta de la religiosidad o la espiritualidad, sino también la proliferación de pseudociencias, teorías de la conspiración y hasta debates sobre el regreso de los extraterrestres.

Una reciente encuesta de 40dB realizada con motivo de la visita del Papa arroja que la religiosidad está creciendo entre los hombres de 18 y 27 años, los miembros de la Generación Z. En general, esta franja es la más proclive a las realidades que trascienden lo material, pero si los hombres optan por la religiosidad tradicional, las mujeres prefieren la espiritualidades alternativas o no eclesiales, como el yoga o la astrología. Varios ensayos recientes analizan el fenómeno.

“Con el proceso secularizador se pensó que se iba a borrar cualquier atisbo de irracionalidad, pero es que una parte de la vida es irracional, la que tiene que ver con la imaginación, la intuición, incluso el enamoramiento”, dice a este periódico Manuela Cantón, antropóloga de la religión y autora de La imaginación en llamas (Ariel, 2026), un recorrido que va de las creencias en el Más Allá en el ámbito urbano a la Santa Muerte mexicana, del evangelismo gitano en España a los rituales del vudú haitiano. Una espiritualidad menos vinculada a las instituciones religiosas, más personal y personalizada, como es propio de los tiempos en los que podemos elegir entre infinidad de opciones en el Starbucks o en Netflix. “Hay un desplazamiento del término creencia: ahora lo que importa es la vivencia, la búsqueda personal, hay una apropiación New Age de elementos cristianos”, dice la antropóloga.

Un giro místico se ha registrado también en algunos productos culturales, ya sea la mística cristiana en Lux de Rosalía o Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, o el sufismo que traspasa Sirât de Oliver Laxe. “En España ha habido una tradición anticlerical y también un rechazo al nacionalcatolicismo que fue fundamental en la dictadura”, dice Cantón, “pero ahora hay una cierta disolución de ese estigma”. La noticia es el crecimiento de las opciones evangelistas, más concretamente neopentecostales, acusadas de transmitir ideas ultraconservadoras y una visión de la economía basada en el éxito individual, vinculado a la simpatía divina: la Teología de la Prosperidad. “El neopentecostalismo es muy agresivo en cuestiones políticas y económicas: quiere formar hoy mismo el reino de Dios en la Tierra”, dice la experta.

Ya están aquí

La Tierra, dicen, parece ser frecuentada por otros seres celestes. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha dado recientemente la orden de desclasificar documentos sobre ovnis y “vida extraterrestre”. Por el momento no se han encontrado grandes revelaciones, aunque Trump, como es habitual, ha jugado a la ambigüedad y al despiste en sus declaraciones (quizás por pura diversión). “La creencia en los ovnis es una alternativa a la religión. Esto está siendo facilitado por el paso de la tecnología analógica a la digital. La infraestructura ha cambiado: ahora podemos tomar una foto o un vídeo de un ovni y publicarlo en redes sociales. Esta es una forma de religión inmediata y compartible”, cuenta por correo electrónico Diana Walsh Pasulka, autora de Los creyentes (Errata Naturae, 2026).

Esta historiadora de las religiones atribuye el interés en los ovnis no solo a los frikis del misterio, sino a esa nueva religiosidad vinculada a élites científicas y empresariales, a ingenieros de la NASA o millonarios de Silicon Valley. De igual manera que el transhumanismo, que trata de alcanzar mediante la tecnología la superlongevidad o incluso la inmortalidad, la creencia en los extraterrestres puede significar una forma de salvación y esperanza en un mundo hipertecnológico y desencantado.

“La razón por la que no hemos abrazado totalmente el racionalismo, ya sea como personas o como culturas, es que no cuenta toda la historia”, dice. Recuerda a Martin Heidegger que, a comienzos del siglo XX, retomó la clásica pregunta filosófica: “¿Por qué hay algo en vez de nada?”, una pregunta que también suelen hacer los niños —y cualquiera con urgencias existenciales—. “El racionalismo no puede responder esa pregunta. Pero la espiritualidad o la religión sí ofrecen respuestas a cuestiones como esta, por eso la gente recurre a ellas”, señala la historiadora.

El sobrepensamiento mágico

“Ahora se da el caldo de cultivo adecuado para que lo irracional se haga mainstream”, dice la periodista Marta Sader, autora de Espiritualidad líquida. Misticismo pop en la era del yo (Debate). Ese caldo de cultivo es la precariedad, la autoexplotación, la soledad. “Las promesas no cumplidas del capitalismo”, añade. En su texto describe esa búsqueda constante de una sanación añadida a la necesidad perenne de sentirnos especiales. La espiritualidad líquida es esa que practica el ciudadano contemporáneo, laxa, sincrética, a gusto del consumidor y sin los rigores de lo que Sader describe como espiritualidad pura. Esta última, que se ha practicado durante milenios, “es la que persigue cosas como la desactivación del ego o la aceptación de la realidad, no tanto el alivio momentáneo o la necesidad de transcendencia”, dice Sader.

En esta línea, hay gente que piensa que visualizando una fortuna puede atraer una fortuna, o que dejando fluir la energía positiva puede hacer que su tumor decrezca. A estos tiempos la autora Amanda Montell los ha llamado, igual que llama a su libro, La era del sobrepensamiento mágico (Urano, 2024), donde señala que, aunque creamos vivir en una época hiperracional, informada y muy sofisticada, nuestro cerebro, mediante una nutrida panoplia de sesgos cognitivos, piensa mágicamente en un intento de recuperar el control y el sentido.

La propia autora, en mitad de la vorágine contemporánea, sentía un “miedo sin motivo” cuya causa no paraba de rastrear en Google, sin éxito. Y ahí entran las teorías de la conspiración, que hacen que el caos circundante parezca responder a una causa (la maldad de un complot de las élites), o el florecer de disciplinas como el tarot o la astrología, que toman fuerza en las redes sociales y entre los jóvenes. Y, aunque el pensamiento mágico ha sido natural al ser humano, “el sobrepensamiento es propio de la era moderna: un producto de nuestras supersticiones innatas que chocan con la sobrecarga de información, la soledad masiva y la presión capitalista de ‘saber’ acerca de todo lo que existe bajo el sol”, escribe Montell.

El ensayo Conspiritualidad (Capitán Swing), de Derek Beres, Matthew Remski y Julian Walker, ahonda en el efecto nocivo que las teorías conspirativas de la New Age, con su difusión masiva en las redes sociales, pueden ocasionar en la salud pública. Su exposición parte de un fenómeno observado durante la pandemia de coronavirus: los influencers holísticos y profesores de yoga pasaron de recomendar batidos verdes y vida sana a extender bulos y memes de la extrema derecha. “La conspiritualidad es un movimiento sociorreligioso con un gran poder de seducción, capaz de arruinar familias, comprometer la salud pública y el orden civil”, escriben los autores que, curiosamente, provienen del mundo del yoga.

Mentar al diablo

Huele a azufre: el diablo también está de vuelta. La utilización del Señor de las Tinieblas para marcar al adversario político cada vez es más común, tanto que el líder del partido ultra Vox, Santiago Abascal, ha sugerido la necesidad de un “exorcismo” en La Moncloa. Para muchos cristianos estadounidenses el diablo no es una metáfora del mal, sino un ser real con cola y cuernos, según ha señalado a este diario Javier Cavanilles, autor de Satanismo. Historia del culto al mal (Almuzara, 2024). Satanás es frecuentemente utilizado por el trumpismo para obrar la polarización.

El exorcismo está muy presente en el mundo actual, según expone el pensador Grafton Tanner en Purgar al diablo. Exorcismo y posesión tras la muerte de Dios (Mutatis Mutandis, 2026). En el volumen se hace una vasta consideración de la enorme influencia que tuvo la película El exorcista (William Friedkin, 1973) a la hora popularizar este tipo de rituales contra los demonios, y estudia varios casos: asegura que la demanda de exorcismos ha aumentado desde mediados del siglo XX.

The Exorcist

Pero, más hondamente, observa cómo la idea del exorcismo se ha trasladado a otros ámbitos de la cultura, como el mercado de las terapias, donde se ha llegado a ver la terapia como exorcismo: “sacar” traumas, “liberar” emociones, incluso en el tratamiento a personas LGTBIQ+. O en el campo de la política, donde se usa contra grupos que resisten a los poderes del Estado, las corporaciones y la Iglesia. O como forma de demonizar, literalmente, las subculturas juveniles.

Muy notoriamente los citados movimientos evangélicos neopentecostales: “Muchos de estos grupos comparten la creencia de que fuerzas oscuras están erosionando el tejido moral de Occidente y poseyendo a individuos que no eligen conscientemente las creencias que desafían el statu quo, sino que son víctimas de un lavado de cerebro”, escribe Tanner. Se parece al citado caso de Santiago Abascal, que quiere desalojar al inquilino de la Moncloa y a esos sanchistas que, al modo de The Rolling Stones, sienten “sympathy for the devil”.

¿Tiene techo el “milagro español del libro”?

Las cifras de facturación editorial o de porcentaje de lectores habituales llevan años creciendo; la evolución demográfica o la crisis de la atención pueden llevar a su estabilización en un futuro a medio plazo

Panorámica de la Feria del Libro de Madrid, en El Retiro, el pasado 30 de mayo.SAMUEL SÁNCHEZ

El libro va bien. Tanto que el fenómeno ha sido bautizado en foros internacionales como el “milagro español del libro”: se trata del continuo crecimiento del sector libresco durante los últimos años en indicadores como la facturación de la industria, el porcentaje de lectores habituales, la lectura en niños y jóvenes o la resiliencia de las librerías (esto último, con matices). Es una de las pocas buenas noticias que se pueden leer en los periódicos.

La próxima semana, dentro de la Feria del Libro de Madrid (el buen rumbo de las ferias, festivales y eventos literarios es otro síntoma de lo descrito), se presenta el informe sobre el Comercio interior del libro en España, que emite la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Se prevé que las cifras sigan siendo buenas, pero cabe la pregunta: ¿cuándo y por qué razones podría estabilizarse ese crecimiento? Llegado el caso tampoco tendría que verse como una mala noticia —no es cosa de ser cenizos—, sino como una señal de que el mercado español ha llegado a explotar sus máximas potencialidades y equipararse con otros países del entorno.

Vayamos por partes. El primer milagro, más allá de otros indicadores, es que el libro como objeto que se toca y que se huele se ha mantenido a flote: los lectores han sido fieles al romántico papel antes que al pragmático píxel de los dispositivos de lectura electrónica. Cosa que, por cierto, no ha ocurrido en otros ámbitos como la música o el cine, donde hoy dominan las plataformas digitales.

Además de este hecho inaudito, y en cuanto a los datos, la facturación de libros en España llegó a un máximo en 2008, según datos del último informe publicado, cuando fue de 3.185 millones de euros. Aquel año estalló la crisis financiera y allí también se sitúa el origen de las diversas crisis civilizatorias (la policrisis) que hoy nos azotan. El libro, por supuesto, se derrumbó con el paisaje. Pero en 2014 la tendencia se revirtió y desde entonces la cifra lleva creciendo durante más de un decenio. En 2024 alcanzó los 3.037 millones, un 6,3% más que el año previo.

Cifras de facturación

Millones de euros

“Aunque hay que tener en cuenta una deflación: la facturación se ha recuperado, pero, aunque el precio medio del libro ha permanecido constante, los costes de producción han subido, por ejemplo, por el encarecimiento del papel”, dice Luis González, director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, dedicada al estudio del libro y la lectura. Otra de las preocupaciones es la sobreproducción: en 2025 se publicaron algo más de 91.000 títulos con ISBN, según el Instituto Nacional de Estadística. La alta producción libresca fomenta la competencia y la alta rotación, algo que resta visibilidad a los autores y suele beneficiar los grandes grupos.

Desde 2020, funesto año de la pandemia, la facturación pareció revitalizarse, como si el confinamiento nos hubiera acercado a la lectura y esa cercanía se hubiera ido fortaleciendo con los años. “Fue tras la pandemia cuando empezó a hablarse en Europa del milagro español, o del milagro ibérico, porque el fenómeno también se da en Portugal. Dos países que estaban en el vagón de cola de la Europa occidental, que sufrieron dictaduras, y en los que se ha dado progreso económico, avances sociales y formación cultural”, dice Manuel Moreno, presidente de la FGEE.

Además del progreso general del país, hay quien quiere poner en valor los esfuerzos del sector y no solo los “factores exógenos”: “Se ha dado una respuesta de todo el ecosistema del libro para hacer llegar a los lectores, actuales y potenciales, títulos que se acerquen a sus preferencias. Por ello pensamos que, mediante un esfuerzo colectivo, ayudado desde los planes de educación, el sector del libro en España puede seguir deparando buenos resultados, como se está demostrando en este primer semestre, en el que el libro está creciendo a ritmo superior al 4%”, indica Jesús Badenes, director general de la División Editorial del Grupo Planeta.

Para facturar libros hacen falta lectores. Así que para mantener lo milagroso del libro español ha sido necesario que el porcentaje de personas que aseguran leer al menos un libro al trimestre también haya ido creciendo de forma sostenida en los últimos años hasta alcanzar el 69,8% de la población, según el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros 2025 de la FGEE con la colaboración del Ministerio de Cultura. Las mujeres, por cierto, leen bastante más: un 75,4% frente al 63,9% de los hombres, lo que podría conectarse con el auge la literatura escrita por mujeres. Y, pese al cliché extendido de que la juventud no lee, son los niños y los primeros jóvenes los que más lo hacen frente a otras franjas de edad: un 85%, lo que ha colaborado notablemente a la efervescencia.

Lectores de libros

Al menos una vez al trimestre. En % de la población

El milagro para las librerías es resistir

En cuanto a la resiliencia de las librerías, la cosa cambia según el estudio. Según Barómetro de 2025, la compra en librerías independientes sigue siendo en porcentaje mayor que en internet o cadenas de librerías, aunque cayó un 4%, hasta el 40% en 2025. En cambio, el informe de Comercio interior de libro es más positivo: también celebra las librerías como principal canal de comercialización y con un crecimiento en ingresos del 8% en 2024, frente al 2,2% de las cadenas. El predominio de la venta en librerías se apoya, por cierto, en la ley de precio fijo, que las protege de la competencia con las grandes cadenas y superficies y, según sus defensores, fomenta la “bibliodiversidad”.

“El milagro para las librerías es resistir”, afirma Luis Miguel Tigeras, presidente de la Asociación de Empresarias y Empresarios del Comercio del Libro de Madrid, que señala que la bonanza no lo es tanto para sus establecimientos. Entre sus problemas señala sobre todo la presión inmobiliaria en las ciudades: las dinámicas de especulación, turistificación o gentrificación ponen los alquileres imposibles. También la competencia con plataformas de venta digital (sobre todo, Amazon), con grandes cadenas de librerías, hipermercados o las propias editoriales cuando venden directamente. “Ha de respetarse la cadena del libro”, dice Tigeras. El relevo generacional en algunas librerías también supone un contratiempo, aunque lo cierto es que se siguen abriendo librerías aquí y allá. “Hay librerías que tienen una salud cultural y financiera enorme”, concluye el presidente.

¿Un futuro de estabilización?

¿Qué puede pasar en el futuro? “El escenario más probable es la estabilización”, dice Luis González. La demografía es un factor decisivo a la hora de explicarlo: las generaciones mayores crecieron en un mundo donde había menos formación cultural y hábito lector; de hecho, la franja mayor de 65 años es la que menos lee, solo un 58% coge un libro al trimestre. “Hay una franja que creció en un país muy rural y con tasas grandes de analfabetismo. Y esa gente ha ido saliendo de la muestra. Ahora estamos en un país con casi el 100% de escolarización y muchos títulos universitarios”, dice González.

Así, se puede esperar que el crecimiento de lectores continúe según vayan desapareciendo las generaciones mayores y sean sustituidas por nuevas cohortes demográficas más lectoras. Pero también puede haber ahí un obvio techo al crecimiento, cuando todas las franjas de edad tengan ya formación y hábito lector. Una sociedad entera de gente que lee. “Es posible que lleguemos a porcentajes en torno al 80%, que son los que hay en países como Reino Unido o Alemania”, dice Moreno. Unos nacen en España y otros llegan de fuera: el reto migratorio en el caso del libro, según explica el experto, es acercar la población migrante a la lectura: en algunos casos, la dificultad surge por el idioma; en otros, por tener menos tiempo libre disponible o una menor formación. La precariedad que con frecuencia acompaña la migración hace pocas migas con la lectura.

“Pensamos que al ecosistema del libro en España todavía le queda recorrido hasta alcanzar a las sociedades más lectoras de Europa, y que la infraestructura industrial en España es flexible y ágil, lo cual es sinónimo de un gran potencial de adaptación”, señala Jesús Badenes. Y se muestra optimista: “Aunque según la formulación popular de la Ley de Gravitación Universal de Newton ‘todo lo que sube vuelve a bajar’, en el caso de la evolución de los libros en España, pensamos que se puede aplicar la coletilla ‘…o vuelve a subir”.

Otro factor que puede alterar el crecimiento es la crisis de la atención. “En la sociedad contemporánea cada vez hay más oferta para nuestro tiempo libre, una oferta que antes no existía”, explica Moreno, que ejemplifica con el poder de atracción de las plataformas audiovisuales. “El tiempo libre cada vez está más disputado”, añade. También se puede variar el marco de referencia: “Quizás deberíamos ser más exigentes con lo que consideramos un ‘lector habitual”, dice el librero Tigeras. Es decir, si dejamos de pensar que un lector habitual solo lee un libro al trimestre y pensamos que tiene que leer al menos un libro al mes, por ejemplo, el porcentaje de lectores sería menor y habría más margen de aumento. Por supuesto, una forma de aumentar la venta de libros sería aumentar la compra de libros por habitante que, según Moreno, en España no llega a cuatro libros por habitante y año (a un precio medio de 15 euros), mientras que Alemania supera los 7 o Italia los 5. “Puede que en los próximos años descendamos uno o dos puntos, pero crecer menos no significa decrecer”, concluye Moreno.


Laura Fernández, escritora: “La civilización es una capa muy fina y muy frágil”

Partidaria de una literatura imaginativa, posmoderna, que rompa con estructuras y expectativas, la autora se lanza ahora a la novela juvenil

La escritora Laura Fernández frente al Museo Reina Sofia, en Madrid, el 29 de abril de 2026.Jaime Villanueva

Cuando, de niña, Laura Fernández (Terrassa, 44 años) vio ¿Quién engañó a Roger Rabbit? pensó que, igual que en la película, los personajes tenían vida propia fuera de la pantalla. Ahí data su inicio en la fabulación literaria. Su obra se basa en la imaginación, la ruptura de las estructuras convencionales, la tipografía variable, la cultura popular y, en fin, la rareza. La novela posmoderna, que es el manantial del que bebe.

Su gran éxito fue la novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) y recientemente ha publicado pequeñas obras sobre la escritura de Julio Verne o sobre el monstruo del Lago Ness. Pero lo ultimísimo es su incursión en la literatura juvenil, con Diminuta casa encantada, una obra que, por lo demás, no se diferencia tanto de sus obras para lectores adultos. Signifique eso lo que signifique.

Pregunta. ¿Es usted rara?

Respuesta. Por supuesto, soy rara. Orgullosamente rara. Todos somos raros, en realidad. Hay un poema de e. e. cummings que dice algo así como que tienes que ser lo suficientemente valiente para convertirte en quien realmente eres. Y creo que hay gente que no ha pasado por eso.

P. No sé si todo el mundo se siente raro. Quizás algo inadaptado…

R. Tal vez están disimulando, tratando de ser como los otros. Una vez me preguntaron si había tenido problemas por ser mujer en la literatura. Pero yo creo que, antes que mujer, soy muy rara, así que no he llegado a esa etiqueta. Yo entro en un sitio y lo primero que me consideran es rara. De momento estoy ahí.

P. Pero tiene lectores…

R. Dentro de esa rareza, me parece increíble lo que pasó con mi novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Tuvo mucho éxito, se creó algo fuerte ahí. Estábamos en pandemia y tuve la sensación de que se abría otra dimensión. Yo jamás pensé que me iba a pasar algo así, hacer algo que tuviera valor para la gente en general, y no solo para los lectores de los autores posmodernos que me gustan, como Kurt Vonnegut, David Foster Wallace, Richard Brautigan, Robert Coover o Thomas Pynchon. ¡Hasta se tradujo al japonés!

P. Su nuevo libro no se sabe si es para niños o para adultos o para ambos.

R. Soy yo una vez más. Lewis Carroll decía que Alicia en el País de las Maravillas era un libro que también podían leer los niños. Este es un poco así. No hay estructuras, no hay nada previsto o preestablecido. Cuando leemos de niños la frase siguiente puede ser cualquier cosa. Hoy en día se tiende a la pura literalidad, y creo que hay que luchar con uñas y dientes contra eso que nos encierra. El libro pretende eso.

P. ¿Qué nos encierra?

R. A los niños les hacen leer una literatura muy adulta en el peor sentido del término. Quiero que existan libros como los que yo leía de niña, como los de Roald Dahl, como el Manolito Gafotas de Elvira Lindo. Este último, por cierto, lo leí en la universidad: cuando un libro es bueno, me da igual que sea para niños o para adultos.

P. En su volumen el propio libro, como objeto, se convierte en un artefacto extraño, parte de la historia.

R. Quiero recordar que los libros son cosas, que están contigo para siempre, un lugar en el que nunca estás solo. Con la edad he descubierto que si de niña no me sentí sola es porque tenía un montón de libros alrededor. Hoy se dice que el problema de los niños son las pantallas. Yo creo que el problema es que estamos más solos que nunca. Incluso dentro de las pantallas estás solo. Pero el libro te transmite una compañía íntima.

P. El libro, también, como espacio.

R. Sí, un libro también es un espacio: cuando abres un libro estás en un lugar; cuando lo cierras, estás en otro. Yo veo una librería como un montón de puertas. Puedo pasarme horas, porque una puerta te lleva a Constantinopla, otra a Rusia.

P. Ahora la falta de atención nos saca de esos espacios.

R. De entrada, tengo Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), así que soy una persona bastante dispersa. El móvil para mí es el enemigo. Pero lo llevo bastante bien. Para escribir, por ejemplo, me pongo recompensas. Escribo una página y me permito leer un capítulo de un libro. Y luego de otro. Siempre estoy leyendo muchos libros a la vez.

P. Sus libros también son raros.

R. Alguien me dijo que mis libros destilaban antiautoritarismo, incluso en la forma, porque no tienen una forma convencional. Pero es el antiautoritarismo que he recibido de los autores posmodernos. Son los que intentan destruir todas las formas de contar historias para que no haya una única forma. Yo creo que son libros extremadamente políticos en un sentido superior político.

P. ¿Cómo es eso?

R. No van contra un momento concreto, sino que van contra cómo se han hecho las cosas en general. Van contra la idea de la realidad. Ahora estoy escribiendo una cosa de 1000 páginas que no sé ni lo que estoy haciendo. Ya que los focos están encendidos, hay que bailar. Hay que ser ambicioso.

P. Para posmoderno, don Miguel de Cervantes.

R. El Quijote es el principio de todo. Es el principio de la novela, de la moderna y de la posmoderna. Un español empezó siendo el escritor más ambicioso de la historia. Robert Coover estaba obsesionado con que hasta que no hubiera alguna forma narrativa que superase a El Quijote, la novela estaría estancada. Él investigó durante toda su vida, pero no encontró nada mejor. Fuimos extremadamente ambiciosos en la literatura, y esa ambición se marchó a otros lugares. Yo quiero recuperarla, hay que escribir sin límites, sin cerrar, sin tiempo.

P. Hoy se lleva mucho la literatura realista y del yo, que es una cosa muy poco posmoderna.

R. Somos narcisos: el móvil es un espejo. Pero, a nivel mental, esta es la época más posmoderna: hay historias que salen de otras historias, momentos que interrumpen a otros, nada tiene un hilo conductor. Todo son autopistas que se cruzan. De camino a casa, si vas mirando el móvil, se mezclan una multitud de tiempos. Estamos en una época de cambios, pero muy acelerados, y no hay nada que parezca estable.

P. El mundo de hoy es muy raro, como una de esas novelas, conspiranoico y apocalíptico.

R. Yo hago caso a Ray Bradbury que decía que hay que estar borracho de literatura para que la vida te parezca más o menos aceptable. Leo mucho más de lo que vivo y siempre hay una capa de ficciones que me protege de la realidad. La realidad es para mí otro montón de historias que está detrás de los libros que estoy leyendo.

P. ¡La lectura como búnker!

R. Creo que la civilización es una capa muy fina y muy frágil. Cuando pasa algo como la pandemia o el apagón, siempre estoy atenta a ver cuándo se rompe esa capa y empieza a haber saqueos y abusos, como pasó con el huracán Katrina. O cuándo la gente se pone a matar a su vecino.


Entre Bad Bunny y el Papa en la era de la aglomeración ,,, 2.6.26

La obsesión contemporánea por destacar como individuos convive con un deseo igualmente intenso de formar parte de algo más grande que nosotros. Y la ciudad ejerce de ‘eventódromo’

El Museo de Cera de Madrid estrenó la nueva figura de Bad Bunny, dos días antes del comienzo de su serie de 10 conciertos en la capital. Maria Aguilella Pardo (EFE)

El otro día tuve mi primera experiencia haciendo croquetas. El relleno me quedó bastante rico, pero cuando me dispuse a montarlas y freírlas, ocurrió un desastre que me granjeó no pocas bromas entre amigos y conocidos. Más que croquetas, resultó una mezcla informe de bechamel, huevo y pan rallado: las croquetas perdieron su croquetidad individual para formar una masa indistinguible (que me comí igualmente, claro).

Eso me hizo reflexionar sobre al menos dos cosas. Primero, sobre lo heroico de tantas y tantas personas anónimas que hacen nuestras croquetas cada día: ¿quiénes son? ¿Por qué no las veneramos? Segundo, sobre las complejas relaciones entre el individuo y la masa, un problema que siempre me trae de cabeza porque también ha sido una de las mayores preocupaciones del pensamiento humano.

En esta época de individualismo radical nos dicen que tenemos que valernos por nosotros mismos, olvidar lo colectivo, triunfar como croquetas solitarias, crujientes y doraditas. A mí me da la impresión de que nuestra naturaleza es más bien como la plasta alimenticia que salió el otro día de mi sartén.

En realidad, necesitamos a los demás desesperadamente. Los empresarios necesitan trabajadores (al menos algunos y por el momento); los políticos, votantes; los columnistas, lectores; los vendedores, compradores. Todos necesitamos followers, y este mes se juntan en Madrid dos de las personas que más followers tienen en el planeta: el papa León XIV, sumo pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y Bad Bunny, sumo pontífice del Pop (“con Reguetón y Dembow”). Ambos tienen ya su figura en el Museo de Cera, señal de ferviente acogida por la ciudad.

Bad Bunny ha hecho una cosa que también habían hecho Rosalía o C. Tangana: mezclar la música urbana (tan urbana, por cierto, como el jazz o el punk) con cosas que le gustan a todo el mundo, en este caso el pop y la salsa, y petarlo muy fuertemente. Unos días, Benito, la estrella boricua (ahora sabemos lo que significa boricua), es el líder de la resistencia diversa contra el fascismo campechano de Trump y otros, un elitista/sexista que solo invita a guapas, famosos e influencers a su famosa casita.

El Papa es el representante de nuestro Creador en la Tierra (aunque no hay consenso en torno a esto), es filósofo y matemático, y aunque parece continuar las ideas progresistas del papa Francisco, tiene la complejidad intelectual de Benedicto XVI. Debería ir a firmar su encíclica a la Feria del Libro de Madrid, otro evento masivo, que probablemente sea notablemente afectado por su visita. Otro que debería ir es el juez Calama: su auto sobre Zapatero es de lo más leído de la temporada.

En fin, que unos van a la casita de Bad Bunny y otros vamos a la caseta de la Feria.

Los citados eventos, 10 conciertos de Bad Bunny, una visita del Papa, suceden en una ciudad. Una ciudad antiguamente era un lugar donde vive gente, trabaja, comercia, forma familias, a veces se divierte y, en definitiva, mantiene encendido el fuego de la especie humana. Ahora una ciudad es un espacio para eventos. El capitalismo urbano asalvajado ha aprovechado nuestra pulsión gregaria para multiplicar beneficios.

El alcalde ha dicho que mejor no nos movamos demasiado durante la visita del Papa: si es para conciliar o para ahorrar energía el teletrabajo no hace mucha gracia, pero si es por un macroevento... ya es otra cosa. Alguna vez he escuchado a un gran empresario hotelero decir que debemos soportar incomodidades y desahucios en pos de un bien mayor: el de su sector. La ciudad global cosmopaleta está obsesionada con la imagen exterior: macroconciertos y macromisas, capitalidades culturales, Fórmula 1, congresos, turismo masivo. No se compite por ser la ciudad donde mejor viven los vecinos, porque los vecinos somos más bien un mal necesario para seguir generando la ilusión de que esto no es directamente un eventódromo. Hasta a los vecinos ricos del barrio de Chamartín les han dicho que tienen que tragarse los ruidos de los conciertos en el Bernabéu.

Pero, volviendo a las croquetas: esta manía con el macroevento muestra también la obstinación del ser humano en juntarse con el prójimo, incluso en estos momentos acalorados, cuando estamos pringosos y olemos mal, cuando das la mano a alguien y se resbala y el asfalto al mediodía amenaza con ponerse a burbujear. Yo a estos eventos masivos, por cierto, ya no voy porque me pone muy nervioso no tener acceso fácil a la barra y al baño.

Hay una novela de body horror, titulada El gusano (Caja Negra), de Luis Carlos Barragán, que fantasea con que nos desaparece la piel y podemos fusionarnos con otros cuerpos. Eso es posible que ocurra en los conciertos de Bad Bunny o en la macromisa papal: que acabaremos como mis adorables croquetas, que perdieron su croquetidad individual para formar una plasta universal. La humanidad en estado puro. Si no vas, no eres nadie.


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