Teleficciones 1 Los programas (1951-1970)

Teleficciones 4 - Su gente

Teleficciones 2 Los programas (1971-1990)

Teleficciones 5 - Su gente

Teleficciones 3 Los programas (1991-2012)

ROSA MONTERO El País 2013 (24.6.13/2.3.13)

miércoles, 8 de julio de 2026

Espías ,,, 8.7.26

La realidad se parece cada día más a Kafka y Borges

Recuerdo vagamente con mi memoria de pez que, tras la caída del muro de Berlín, leí una entrevista con el estupendo autor John le Carré en la que se le veía un tanto perdido; pensaba que el derrumbe de la URSS había acabado con las historias de espías de las que él se nutría, y pronosticaba que el futuro espionaje solo sería industrial. Lo cual demuestra que ser un buen novelista no te convierte en profeta.

Al margen de que el terrorismo fundamentalista ha vuelto a levantar una especie de intangible Telón de Acero con su trastienda de informaciones secretas, lo cierto es que el espionaje no ha vivido jamás un momento de semejante esplendor. Incluso nosotros, a nuestro modesto nivel celtibérico, hemos sido unos pioneros en el asunto. Recuerden el confuso caso del espionaje en la Comunidad de Madrid en 2009; o el reciente escándalo catalán con la agencia Método 3. ¡Espiar está de moda! Hemos pasado del entrenador personal al espía personal y cada uno de nosotros puede llevar su ladilla pegada sin saberlo. Queridos padres preocupados por el incierto futuro de vuestros hijos en la crisis: hacedlos espías (o concursantes de Gran Hermano). Todo el mundo parece espiar a todo el mundo tan frenéticamente que empiezo a intuir la existencia de un sistema demencial según el cual la mitad de los ciudadanos emplean su vida entera en volver a leer, escuchar y ver lo que ha escrito, dicho y hecho la otra mitad de la población. ¡Ahora entiendo por qué están las cosas tan mal en todo el planeta! Los Gobiernos consumen todos sus recursos en el espionaje y no tienen tiempo para gobernar. Además, teniendo en cuenta lo mal que desempeñan las tareas que pueden ser fiscalizadas y controladas, calculen las pifias que deben de cometer en un trabajo secreto. La realidad se parece cada día más a Kafka y Borges.


Noticias del fin del mundo ,,, 8-7.26

Esta sociedad enloquecida de acaparadores y despilfarradores no sólo no nos ha hecho más felices, sino que además es totalmente insostenible para el planeta

Llevo tiempo pensando en un estudio sobre el impacto de la revolución microelectrónica que la Comunidad Económica Europea, precursora de nuestra desunida Unión, encargó en 1980 a un grupo de sabios pertenecientes a diversas disciplinas académicas. Por desgracia no conservo el trabajo y no he conseguido encontrarlo en Internet; pero lo recuerdo porque reproduje parte de él en mi segunda novela, publicada en 1981. Verán, resulta que “los computadores miniaturizados” (así digo en mi libro, sin duda recogiendo el término del informe) habían sido aplicados de manera experimental en el campo de la relojería alemana de 1975 a 1980, con el horripilante resultado de que, en esos cinco años, la nueva tecnología acabó con el 70% de los puestos de trabajo. Por eso encargaron al comité de sabios que estudiaran las consecuencias mundiales de una reducción de empleo tan brutal.

Los expertos dedujeron que la revolución microelectrónica iba a tener mayor envergadura que la industrial y que, salvo en algunas actividades de alta especialización, la mayor parte de la población tendría que despedirse para siempre de los empleos a tiempo completo. Ellos aconsejaban repartir entre todos el poco empleo que quedara, de modo que lo normal sería estar contratado tan sólo unos meses al año y además aceptando cierta itinerancia, porque para lograr emplearte durante esos periodos tal vez tuvieras que desplazarte de una parte a otra de la Comunidad Europea, persiguiendo la demanda laboral. La vida iba a cambiar tanto, en fin, que, para evitar una catástrofe mundial, los sabios urgían a los gobernantes a mudar no sólo las condiciones laborales, sino, sobre todo, los valores sociales. Y así, había que educar a los ciudadanos en la idea de que lo óptimo en la vida no era la cultura del trabajo, sino la del ocio. Para lo cual, naturalmente, había que facilitar el acceso a un ocio de calidad, y además proporcionar a la gente las herramientas educativas para poder degustarlo. O se empezaba a trabajar inmediatamente en esa línea de actuación, o el futuro podía ser muy oscuro, auguraban.

Pues bien, el caso es que llevo meses pensando en que ya hemos alcanzado ese futuro: lo que predijeron esos expertos hace más de tres décadas es lo que estamos viviendo ahora. Me temo que esta crisis no es sólo el resultado de la magia negra financiera de unos cuantos banqueros sin escrúpulos: también es consecuencia de la revolución tecnológica. Las malas noticias son que se han perdido millones de puestos de trabajo que no volveremos a recuperar jamás, y que esa sociedad opulenta de consumo que a menudo confundimos con el llamado Estado de Bienestar duró medio siglo y se fue para siempre. Sí, probablemente no volverá jamás el pleno empleo para todos; sí, posiblemente tendremos trabajos eventuales y discontinuos. Sí, seguramente el poder adquisitivo caerá de manera radical.

Pensemos: quizá logremos aprovechar la situación para construir una realidad mejor

Pero también puede haber buenas noticias. Esta sociedad enloquecida de acaparadores y despilfarradores no sólo no nos ha hecho más felices, sino que además es totalmente insostenible para el planeta. Pensemos un momento: quizá logremos aprovechar la situación para construir una realidad mejor. Pongamos que, en efecto, en un futuro próximo, pasado ya lo más álgido de la crisis, se trabaje seis meses al año como mucho, y que el resto del tiempo se viva del paro, sin duda más modestamente que antes. Pero pongamos también que los Gobiernos se vean obligados a invertir en la educación, en el ocio, en el desarrollo integral de los ciudadanos. Tal vez todos podamos cumplir, con ayuda del Estado, sueños que, en la sociedad actual, solo unos pocos consiguen alcanzar: tocar un instrumento, pintar, bailar, cultivar una jardinería de primor, ser un buen gimnasta, hacerte experto en la Roma clásica o en la cría de gusanos de seda, cantar boleros, aprender prestidigitación o chino, escribir novelones históricos, saber cocinar como un gran chef.

Claro que no tendremos tantos coches (habrá que exigir buenos transportes públicos); que, por lo general, la gente no será propietaria de sus pisos (habrá que reclamar alquileres decentes); o que las vacaciones no consistirán en ir este verano a Cancún y el que viene a Estambul, y con esto quiero decir que probablemente habrá que ahorrar durante bastante más tiempo para darse esos lujos. Imagino, en fin, una vida más sencilla y menos consumista. Pero, ¿eso es malo acaso, si a cambio conseguimos obtener lo esencial? Eso es lo que tienen que pedir los sindicatos, eso es lo que tenemos que exigir los ciudadanos: por supuesto, en primer lugar, educación y salud para todos. De calidad e igualitarias. Pero, después, y además, unas vidas más libres, más ricas, más aventureras, más divertidas, más creativas, más completas.

Amor y Feria

Si vienen a pedir tu firma, te sientes querido y entendido. Te embarga una gratitud enorme por cada lector

Terminó la Feria del Libro de Madrid. Y encima ha ido bien, para salvación in extremis de esos profesionales tan necesarios que son los libreros. Me encanta esta Feria, punto de encuentro único entre los autores y los lectores. Aunque esto de las firmas de los escritores es un ejercicio sadomasoquista. Firmar te enseña muchas cosas; yo he aprendido, por ejemplo, que un día puedes tener una larga cola esperando tu firma y al otro puedes estar mano sobre mano, como me pasó hace un par de meses en una feria en Francia. Quiero decir que ni el éxito ni el fracaso son estaciones de destino sino de paso, intercambiables y efímeras; y esa es una inmensa, profundísima enseñanza sobre la vida.

Si vienen a pedir tu firma, te sientes querido y entendido. Te embarga una gratitud enorme por cada lector. Pero cuando no viene nadie, la cosa es muy difícil: tú estás ahí, expuesto y frágil, y la gente pasa sin mirarte o, aún peor, ojea tu libro y luego lo abandona. El rechazo es público y notorio, mientras que, a tu lado, otro autor tiene una cola de los mil demonios. Hay que reconocer que los escritores poseen coraje emocional: hace falta ser valiente para someterse a un desdén tan estrepitoso. Imaginen una feria de cirujanos, por ejemplo, y que los pacientes se acercaran a decirles: oiga usted, que apendicitis más horribles hace. A ver cuántos médicos aguantarían eso hora tras hora. Pero lo más conmovedor es el amor que los escritores tenemos por nuestros libros. Cuántos autores poco vendidos he conocido que, tras una tarde sin firmar, exclaman con melancólica sorpresa: “¡Pero si todos los que leen mi novela dicen que no puede dejarla!”. Todos estamos convencidos de que, si leyeran nuestros libros, los amarían, de la misma manera que creemos que la oculta ternura de nuestro corazón nos hace dignos de ser amados. Así se van labrando los infortunios.


Elías

Tuvo la ambición y la suficiente rabia como para cambiar la mezquina sociedad española

Elías y los otros. Elías Querejeta y todos esos españoles, algunos conocidos, la mayoría anónimos, que cambiaron este país, que lo sacaron de la incuria del franquismo y empujaron el rechinante carro de la Transición. Un puñado de hombres y mujeres que brillaban como conchas marinas en medio de la caspa y la roña de la época; que abrían ventanas y dejaban entrar el aire del futuro. Este es un buen momento para darles las gracias; todos ellos están cumpliendo ya una avanzada edad, si es que no se han muerto.

Elías y los otros, sí, pero hoy hablemos sobre todo de Querejeta. De su rigor germano y obsesivo. De su inteligencia y su vasta cultura. De lo raro que resultaba en la ignorante mediocridad de los últimos años de la dictadura: un marciano aterrizado en mitad del landismo. Le traté mucho en los años setenta, cuando yo trabajaba en la revista Fotogramas y frecuentaba el ambiente del cine. Elías parecía saber cosas que nadie más sabía. Con una tenacidad casi feroz que le causó algunos problemas (pertenecía a ese tipo de personas que creen tener siempre la razón, y es posible que en aquellos tiempos fuera verdad) consiguió no solo producir una serie de films admirables, sino renovar la manera en que los españoles nos mirábamos a nosotros mismos: gracias al espejo de sus películas, todos empezamos a ser un poco más modernos, un poco más europeos. Tuvo la ambición y la suficiente rabia como para cambiar la mezquina sociedad española: fue motor y guía. Hacía años que no veía a Querejeta y hará cosa de un mes me llamó por teléfono, aparentemente sin motivo. Le dije: “A ver si nos vemos” y luego me olvidé. No sabía que se estaba despidiendo. Con esto he aprendido que hay que apresurarse a ver a la gente a la que aprecias: no se deben dejar los cariños para mañana. Es la última cosa que me ha enseñado Elías.


Salud para todos

GETTY

Estoy segura de que no soy la única en admirar la valentía de Angelina Jolie. Y no sólo por someterse a esa doble mastectomía (una operación de brutal violencia cuando estás sana y se tienen, como ella, 38 años), sino, sobre todo, por decirlo públicamente, siendo como es uno de los mayores sex-symbol del momento. Podría haberse callado y haber seguido adelante con su carrera, pero ha dinamitado su futuro. A mí no me cabe la menor duda de que ningún productor la volverá a contratar para una superproducción en un papel estándar de “chica-maciza”: temerán que los espectadores piensen todo el rato en su operación. Y las superproducciones de Hollywood no suelen estar hechas para hacer pensar a la gente en temas incómodos. Al contar su situación, Angelina ha escogido convertirse en una guerrera. Siempre mostró su compromiso con diversas causas sociales, y luchar ahora por la prevención del cáncer de mama también es una manera de darle un sentido positivo a su indudable sufrimiento. Quiero decir que siempre es mejor verse como una amazona que como una enferma amputada. Los humanos no escogemos lo que nos sucede, pero sí podemos escoger cómo respondemos a lo que nos sucede, y el caso de Angelina Jolie es emblemático.

Todo esto fue lo primero que sentí. Y también gratitud hacia Angelina, porque en las pocas semanas transcurridas desde su anuncio ya he podido usarla de ejemplo en dos ocasiones ante dos conocidas que han tenido que someterse a una mastectomía. Sí, qué maravilla la visibilidad de Jolie, su normalización, su belleza. Pero luego también pensé en las desigualdades sociales; en cuántas personas en el mundo podrán someterse a esas pruebas detectoras y, después, a la doble operación y a la reconstrucción. Nos cuesta entenderlo, teniendo como tenemos un sistema de salud pública modélico, nuestra joya de la corona en derechos sociales, que hasta ahora ha atendido de la misma manera y con los mismos protocolos al indigente y al rico. Pero en otros países no es así. En Estados Unidos, si no tienes dinero para pagarte un seguro médico lo suficientemente bueno que te cubra la quimio, simplemente no recibes tratamiento para tu cáncer. No sé cuánto habrá mejorado la situación la reforma de Obama, pero me temo que no lo suficiente. Esta desigualdad en la extrema necesidad de la salud siempre me pareció algo inconcebible y repugnante.

Y el caso es, repitámoslo una vez más, que en España estamos ahora a punto de arrojar todo ese inmenso logro social por la borda. Que nos deslizamos hacia la suprema injusticia de los enfermos de primera y de segunda. De hecho ya están empezando a suceder cosas así. Voy a contar un caso sin salirnos del tema.

La desigualdad en la extrema necesidad de la salud siempre me pareció inconcebible”

A L. E. se le detectó un cáncer de mama en agosto de 2011. Debía darse quimio para evitar la recaída, pero, en vista del tipo de tumor, le aconsejaron que se hiciera un test llamado Oncotype, que determina si es realmente necesaria la quimioterapia o no. El test tiene que ser enviado a EE UU y cuesta 3.200 euros. Por entonces no lo cubría de forma general la Seguridad Social, así que, urgida por la angustia, ella pagó con su dinero el test. Los resultados mostraron que el riesgo era bajo y que no precisaba quimio. Todas aquellas personas que hayan sufrido en sus carnes o en las de alguien cercano este tratamiento saben lo durísimo que puede llegar a ser. Ahorrárselo, si es innecesario, es un bien evidente. L. E., mal que bien, pudo pagarse la prueba, pero, ¿cuántas otras mujeres no pudieron permitírsela y sufrieron la quimio de manera superflua?

Tras recuperarse de la operación, L. E. pidió el reembolso de la prueba a la Seguridad Social (SS) por varias razones: primero, porque le parecía “inhumano someter a quimioterapia a una paciente sin necesidad, existiendo una prueba que lo confirma”; segundo, porque una quimioterapia básica cuesta unos 30.000 euros, o sea que la SS podría ahorrar mucho; y tercero, porque a partir de febrero de 2012 ya se estaba aplicando en algunos hospitales, de modo que resultaba injusto que algunas pacientes pudieran disfrutar del test y otras no.

Tras varios meses de espera le denegaron el reembolso; puso un recurso y acaban de volver a rechazarlo. La SS alega que no existía urgencia inmediata ni de carácter vital. No sé, a mí me parece que ahorrarse una quimioterapia inútil es algo de carácter urgente y desde luego vital. L. E. me escribe para pedirme que hable de esta prueba y que diga que tres comunidades la practican, Madrid, Valencia y Cataluña (tanto con el test Oncotype como con otro parecido, Mammaprint), para que así las mujeres en su misma situación puedan pedirla: porque, si está incluida en el Sistema Nacional de Salud en algún lado, todas las pacientes tienen derecho a exigirla. Y yo hago caso a L. E. y escribo sobre ello, mientras siento que nuestro precioso sistema sanitario es un tembloroso castillo de naipes.

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Columna

Una banda

El tribunal Supremo salvadoreño le ha denegado a Beatriz la posibilidad de abortar, una resolución indecente

No soy creyente, pero pienso que la espiritualidad no es una prerrogativa de las religiones, sino una cualidad esencial del ser humano. Respeto las creencias religiosas en tanto en cuanto no me sean impuestas ni impongan a otros abusos aberrantes (como la lapidación de la sharía).Conozco a católicos maravillosos, a curas y monjas heroicos que se dejan la piel trabajando en lugares terribles y que mejoran el mundo calladamente. Siento mucha menos simpatía por la jerarquía católica, que ejerce un poder que a menudo me parece retrógrado y abusivo. Aun así, casi siempre procuro hacer un esfuerzo de moderación y convivencia porque no quiero herir a los católicos decentes, que son muchos.

Pero hoy quiero hablar del caso de Beatriz, la salvadoreña de 22 años que, embarazada y muy enferma (lupus eritematoso discoide, eclampsia e insuficiencia renal grave), puede morir si no interrumpe la gestación cuanto antes: cada día que pasa su estado empeora. Ya se sabe que el Tribunal Constitucional salvadoreño le ha denegado la posibilidad de abortar, una resolución doblemente indecente cuando sabemos que al feto le falta medio cerebro y es inviable. Pero dentro de este cruel relato de horrores hay algo que me parece todavía peor que esos cuatro jueces demenciales, y es que la Conferencia Episcopal de El Salvador se ha felicitado por el fallo y ha mantenido todo el tiempo una radical oposición a la operación que salvaría la vida de Beatriz. Y digo que esta actitud es peor porque los obispos no han sido desautorizados por el Vaticano; porque la Iglesia católica es una institución poderosa y enorme y no un puñadito de magistrados ultras; porque ese fanatismo feroz que salva un feto sin cerebro y mata a la madre es la antítesis del humanismo cristiano; porque esto te obliga a suponer, para desolación de todos, que la Iglesia católica es una banda de criminales.

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Columna

Algo bueno

Hemos vivido momentos de intransigencia tan aguda que familiares y amigos han dejado de hablarse, pero se diría que en los últimos tiempos ese ciego sectarismo ha remitido

La reciente encuesta de Metroscopia sobre la religión como asignatura me ha levantado el ánimo: un 70% de los españoles en contra y apenas un 27% a favor. Y me alegro no solo porque muestra la sensatez de la ciudadanía frente al servilismo santurrón del Gobierno, sino, sobre todo, porque creo que es una prueba más de algo estupendo que está sucediendo en España últimamente. Y es que, según todos los datos, la sociedad parece estar inusitadamente unida en sus opiniones. Por ejemplo, el 90% de los españoles, tanto del PP como del PSOE, están en contra la legislación hipotecaria. Y ahora hasta un tema tan politizado como el religioso consigue esta asombrosa concordancia del 70%.

Siempre me ha desesperado el carácter cainita de este país, nuestra tradición ferozmente sectaria y virulenta, esa tendencia a la adscripción ideológica forofa, al fusilamiento real o metafórico de todo aquel que opine distinto. Hemos vivido momentos de intransigencia tan aguda que familiares y amigos han dejado de hablarse, pero se diría que en los últimos tiempos ese ciego sectarismo ha remitido: ahora, en vez de matarnos los unos a los otros, nos unimos en el deseo común de matar a los banqueros, a los grandes empresarios y a los políticos. Sí, vale, admito que esa rabia total contra las instituciones y los partidos puede ser peligrosa: nos urge hacer una profunda renovación democrática. Pero, mientras tanto, podemos ir sacando algo bueno del diluvio: la costumbre de reflexionar por nosotros mismos, más allá de la ciega adhesión al grupo. Para ser un buen científico, decía Einstein, “dedica un cuarto de hora al día a pensar todo lo contrario de lo que piensan tus amigos”. Pongan “ciudadano” en donde dice “científico” y tendrán el remedio más eficaz contra nuestra tradicional intolerancia de fanáticos. A lo mejor al final la crisis sirve de algo.

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Un lugar bonito y tranquilo de la conciencia

El pasado mes de abril murió un hombre de 37 años llamado Francisco Guzmán. A medida que envejezco, más me sorprende la vida, más me maravilla su imprevisibilidad, su carácter paradójico, la magia inconcebible que a veces derrocha. Francisco Guzmán tenía una licenciatura en Física y otra en Humanidades y trabajaba como becario investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC. Además era diverso funcional: nació con parálisis cerebral y para moverse necesitaba una silla de ruedas. Brillante teórico, fue un importante activista en el Movimiento de Vida Independiente de España, a través del foro Vida independiente y divertad (divertad es la unión entre diversidad y libertad). Entre otras cosas, fue promotor de un proyecto de asistencia personal llamado Programa de Vida Independiente; la Comunidad de Madrid dispone de este programa desde 2006 y atiende a 58 personas con diversidad funcional física, mayores de edad y con una vida activa de estudio o trabajo. En vez de recluirlos para siempre en residencias que, por muy bien atendidas que estén, terminan siendo cárceles, el programa ofrece asistencia personal los 365 días al año para poder moverse, salir, entrar, trabajar, pasear y, en suma, vivir una vida digna de ser llamada así. Es una idea sencilla y magnífica y sale más barata que las residencias. Al principio, Francisco contó con 10 horas al día de asistencia personal, que luego fueron reducidas a siete horas por la crisis. Un tiempo de libertad que él sabía emplear muy bien.

Sus palabras están entre las más sabias, más tiernas, más valientes. Curan de la tristeza del vivir”

No le conocí personalmente y lo lamento. He sabido de él a través de otro diverso funcional, el escritor y amigo José Antonio Fortuny. Él me envió el documento que Francisco había dejado a modo de mensaje final, un texto titulado Panegírico que me estalló en la cabeza. Sus palabras están entre las más hermosas que jamás he leído. Entre las más sabias. Más tiernas. Más valientes. Inmensas palabras sanadoras que deberían ser oídas por todo el mundo, porque curan de la tristeza del vivir. Hay personas que, teniéndolo todo en apariencia, no son capaces de sobrellevar el peso de la existencia y se suicidan o se hunden en la droga. Francisco, en cambio, parecía carecer hasta de lo más básico, como si el azar se hubiera ensañado con él. Y, sin embargo, su amor a la vida nos emborracha. Pero prefiero callar, porque su voz es mucho más poderosa que la mía. Por razones de espacio, aquí sólo reproduzco parte de su texto. Si googleas Panegírico minusval 2000 podrás leerlo todo. Y dice así:

“He visto y he hecho cosas que jamás imaginaríais, lo supe por vuestro asombro cada vez que os las contaba.

He visto las nubes pasar como algodones bajo mis pies sobre el valle del río Deva en Cantabria.

He bajado sin frenos en la silla, a tumba abierta, como los ciclistas, un viejo puerto en la sierra de Madrid, con la única convicción de que yo y quien empujaba y derrapaba en las curvas éramos capaces de hacerlo. Teníamos 12 años. (…)

He amado mucho, hasta querer morirme, fijaos qué disparate… y no tengo noticia de haber sido correspondido, tan solo indicios, destellos confusos y algún que otro chasco. Finalmente, el acontecimiento no tuvo lugar… queda pendiente para la próxima vida.

Sin embargo, he practicado relaciones sexuales plenas, más de lo que la mayoría probablemente habría imaginado, y mucho, mucho menos de lo que me hubiera gustado en la vida. No lo comentaba casi nunca para evitar desaprobaciones inútiles e innecesarias. Pero en esta lista de cosas por las que mi vida ha merecido la pena el sexo no podía faltar.

Me he asomado a los misterios del cosmos. Aprendí que el universo es muy grande, y las posibilidades, infinitas, así que no desesperéis. (…) Por si alguno de los presentes aún no se ha enterado: esto es la despedida de un diverso funcional. Tuve la gran fortuna de vivir como lo hice precisamente porque me permitieron aceptarme y vivir tal cual era. (…) Podéis felicitar a mis padres si os place, sin duda se lo merecen, sin embargo, no olvidéis que no deberían haber sido los únicos soportes durante la mayor parte de mi vida. Las administraciones públicas deben garantizar la no discriminación, la igualdad y la libertad de todos. (…) Me voy con el buen gusto de haber experimentado la auténtica independencia.

Lamento al fin dejaros, ahora que empezaba a dejar de tener miedo. Que me desembarazaba de cautelas y obligaciones. Que me permitía, a veces, presentarme ante quien fuera tal cual soy, sin ostentosas demostraciones de paciencia o resistencia, y sin preocuparme demasiado por el futuro. Di pocos pasos por ese camino, me habría gustado saber adónde me habría conducido, seguramente a un lugar bonito y tranquilo de mi conciencia, un lugar que todos deberíamos tener y compartir.

Desde vuestro recuerdo, os quiero”.

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Columna

Ojos ciegos

Media España ignora el abismo de exclusión en el que está cayendo la otra media

Entre las muchas limitaciones que tenemos los humanos está la de no ver más allá de nuestras narices. Quiero decir que juzgamos el mundo desde lo que somos y nos cuesta muchísimo reconocer otras realidades, sobre todo si nos incomodan. A ojos ciegos, corazón que no siente. Todo esto viene a cuento porque estoy segura de que media España ignora el abismo de exclusión en el que está cayendo la otra media. Lo veo, por ejemplo, en los comentarios de conocidos periodistas. Hace un mes, Sáenz de Buruaga ironizó sobre el plan andaluz de dar a los niños tres comidas al día: “Y por qué no una bicicleta” (luego se disculpó). Y hace unos días, Alfonso Rojo dijo que una matrícula universitaria costaba 500 euros, “lo que cuatro cañas al mes”. Cuesta más (1.000 o 1.500), pero lo peor es que crea que 500 euros son algo baladí y que cuatro cañas al mes las toma cualquiera. Como ninguno de los dos me parece imbécil ni intrínsecamente malvado, creo que no son conscientes de cómo está la vida. A mí también me pasó hasta que, hará medio año, el azar me puso en contacto directo con familias en situación desesperada. Muchos de ellos obreros de la construcción que llevan años en paro y han agotado todos los subsidios. Que hace meses que no ingresan ni un céntimo; que no tienen para los 17 euros de la bombona de gas y no pueden ni calentarse una sopa; que se quedan sin luz porque les arrancan el contador por falta de pago; que han sido desahuciados de sus casas hipotecadas y luego de los pisos alquilados; que tienen niños muy pequeños sin ropa y sin zapatos, porque los niños crecen; sin agua caliente para lavarlos; sin calefacción. Y literalmente sin comida. Y esto hoy, y el mes que viene, y el siguiente: carecen de futuro. Hay 630.000 familias en España con todos los miembros en paro y sin ningún ingreso. “Nosotros éramos gente normal”, me dijo una madre.

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Tribuna

Tómbola

Un investigador español sigue su pionero trabajo sin dinero público y recaudando de las rifas que otros organizan para apoyarle

El pasado domingo fue el Día Mundial de la Fibromialgia, una enfermedad taimada y miserable que produce dolor generalizado y mucha fatiga; se calcula que la sufre un 3% de la población y puede llegar a ser inhabilitante. El hecho de que afecte sobre todo a mujeres y de que no sea detectable a través de pruebas clínicas ha originado un abundante maltrato a los enfermos, que a menudo son considerados farsantes o chiflados (el tópico de la mujer neurótica que se inventa los síntomas); lo cual me hace recordar lo que los médicos le decían al pobre Pierre Curie cuando la radiactividad le estaba deshaciendo los huesos y le causaba unos dolores insoportables: es cosa de los nervios, todo está en su cabeza, es neurastenia. Ya se sabe que, cuando los galenos no aciertan con la enfermedad, tienden a pensar que la culpa es del enfermo.

No todos los médicos son así, desde luego. El doctor Mario Cordero, de 36 años, está investigando la fibromialgia en la Universidad de Sevilla con resultados asombrosos. Ha identificado dos genes relacionados con la enfermedad, lo cual abre la puerta de posibles tratamientos; y además ha descubierto que un alto porcentaje de mujeres con fibromialgia muestran una disfunción en la coenzima Q10 y mejoran si se les suministra dicha coenzima (que es muy común y está en diversos suplementos alimenticios). Pero atención, porque ahora viene lo más despampanante: este investigador mundialmente pionero no tiene dinero para seguir trabajando. No recibe un euro público y se mantiene a duras penas gracias a las rifas y las tómbolas que los desesperados enfermos organizan para encontrarle fondos. Así está la investigación en España, por no hablar del acoso y derribo de nuestro sistema de salud. En fin, Cordero acabará marchándose al extranjero y nosotros seguiremos siendo un país de tom-tom-tómbola.

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Sueños delatores

Maarten Wouters (Getty)

Los sueños, esa otra vida secreta que tenemos por las noches, siempre han fascinado a los seres humanos. ¿Por qué soñamos? Lo cierto es que no se sabe con seguridad. A lo largo de la Historia se han barajado diversas explicaciones a ese conjunto de imágenes tan raras y tan vívidas que de repente se nos encienden en la cabeza mientras dormimos. Lo más tentador, naturalmente, ha sido considerarlos un mensaje del otro mundo, puesto que la vida dormida parece una existencia paralela, más allá de las fronteras de lo real. Santones, adivinos y profetas han visto en los sueños su teléfono directo con las divinidades, la vía más idónea para recibir los mensajes sagrados. Pero no es necesario ser un gurú profesional para ponerse a interpretar los propios sueños como un desasosegante aviso de ultratumba. Calpurnia, la mujer de Julio César, tuvo repetidas pesadillas que le hicieron colgarse del cuello de su marido implorándole que no acudiera al Senado el día que fue asesinado, o eso cuenta la conocidísima leyenda (claro que quizá la buena señora fuera una paranoica y se le colgara del cuello cada vez que salía de casa, las leyendas nunca cuentan los pronósticos fallidos); y los guerreros del pasado, desde Alejandro el Magno a Solimán el Magnífico, solían mostrar una inquietante tendencia a soñar estrategias y augurios en la víspera de las grandes batallas. Cosa que por otra parte no me extraña, porque incluso hoy resulta difícil escapar por completo de la pegajosa verosimilitud que tienen algunos sueños, del temor ancestral e irracional a que sean un presagio.

Lo cierto es que necesitamos los sueños. Soñar regula nuestra mente”

Luego está la parte interpretativa de la psique, el simbolismo freudiano del inconsciente. También en este territorio ha habido mucha basura, muchos manuales absurdos que aseguran, por ejemplo, que soñar con fuego tiene connotaciones sexuales u otras tonterías semejantes. Pero si se intenta comprender de forma rigurosa qué representa cada sueño para cada persona, creo que la interpretación puede tener bastante sentido. Porque los sueños nacen del inconsciente, o al menos mantienen un contacto más directo con él, más libre de represiones y controles; así que resulta razonable pensar que nuestros sueños, o al menos algunos de ellos, nos describen de una manera simbólica y profunda. Que hablan de nuestras angustias y de nuestros deseos, aunque a menudo no sepamos comprenderlos. Quiero decir que son una especie de lenguaje. Confuso y aproximativo, pero lenguaje.

Aunque todavía no hay una explicación científica definitiva sobre la causa de los sueños, las últimas y más plausibles teorías apuntan al hecho de que esas imágenes intensas que tantos santones tomaron por la voz de Dios son en realidad la basura del cerebro, una descarga de nuestro sistema neuronal. Mientras dormimos, el cerebro sigue activo y se “limpia” automáticamente, como el ordenador que se queda autoanalizándose mientras nosotros nos vamos a la cama. Lo cierto es que necesitamos los sueños de manera esencial; diversos experimentos han demostrado que, si se permite dormir a los sujetos pero se les impide soñar (un 25% de nuestras noches las pasamos soñando y esos periodos son identificables por los rápidos movimientos de los ojos bajo los párpados cerrados), a los pocos días los individuos están agotados y padecen claros desequilibrios psíquicos. Soñar regula nuestra mente.

Pero para experimento espectacular y espeluznante, el que acaban de hacer en el Laboratorio de Neurociencia Computacional ATR de Tokio, según recoge la revista Science. Un tal Yukiyasu Kamitani convenció no sé cómo a tres pobres sujetos a que se prestaran a la tortura de pasarse largas sesiones de tres horas al día, durante diez días, metidos dentro de un claustrofóbico y ensordecedor tubo de resonancia magnética. Cuando los sujetos se dormían en el tubo, pese a todo (supongo que se someterían a un drástico programa de vigilias para lograrlo), y empezaban a soñar, los investigadores los despertaban y les pedían que describieran las imágenes oníricas que estaban teniendo. Este proceso se repitió hasta 200 veces con cada sujeto. Y ahora viene la parte aterradora y despampanante del experimento: cruzando por ordenador los gráficos de la resonancia magnética con los contenidos expresados por los durmientes, Kamitani ha logrado “adivinar” con un 60% de acierto en qué estaban soñando sus sujetos con sólo ver el dibujo de las ondas cerebrales. Si estos resultados son fiables, lo que implica es tremendo: sería el primer paso para conseguir una máquina capaz de leer los pensamientos. Al final va a ser verdad que los sueños son la llave de nuestra mente.

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Columna

La verdad

Es maravillosamente cierto que algo he aprendido, aunque sea poco; que ya no aspiro a la grandeza

Otra de las consecuencias negativas de la crisis es la comedura de coco que produce. O sea, no solo nos empobrece económicamente sino también mentalmente, porque convierte la corrupción, la indignidad política y el dolor social en temas obsesivos, como si fueran la única realidad existente, los únicos asuntos de los que poder hablar. Pero no es cierto: la vida es mucho más. Una vez un autor novato le pidió a Hemingway que le aconsejara sobre qué temas debería escribir, y el americano contestó: “Escribe la cosa más verdadera que conozcas”. Hemingway me cae mal y creo que está muy sobrevalorado (salvo en sus cuentos), pero siempre he admirado la sencilla sabiduría de esta respuesta.

De modo que voy a intentar seguir el consejo. ¿Qué es lo más verdadero que conozco? No es fácil saberlo. Hay que detenerse y desnudarse para poder mirar. Es verdadera mi edad, la ya larga memoria de lo ganado y lo perdido, los errores cometidos, la ilusión quizá pueril de poder enmendarlos, de ser capaz de reinventarse una y otra vez. Son verdaderos los amigos con los que he crecido, hermanos de trayecto. Y el orgullo y la gratitud de saber que hay personas que me quieren y a las que quiero. Es maravillosamente cierto que algo he aprendido, aunque sea poco; que ya no aspiro a la grandeza; que mi ambición es el aquí y el ahora, la serenidad, la pequeña vida vivida con los otros. Todo esto, tan sencillo, es bastante difícil de lograr. Es verdad que el mayor placer es la belleza, un paisaje hermoso, una música, un libro; pero también, y sobre todo, es bella cierta gente, tipos que conoces, historias que te cuentan. Es verdadero mi convencimiento de ser una más entre muchos; de pertenecer a esta modesta cosa que es lo humano; y es cierto, en fin, que soy capaz de escribir esta ñoñería sin avergonzarme (o solo un poco) mientras miro llover en Buenos Aires y disfruto de la alegría de estar viva.

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Lacayos

El mercado es una criatura mercurial y caprichosa, lo mismo que su prima la del riesgo, esa pelmaza

La pasada semana me asomé a los periódicos con temor, como siempre me sucede últimamente, y, zas, resultó que ese preciso día el mercado estaba eufórico, mire usted por dónde. El mercado tiene esas cosas, hay que cogerle el tranquillo: de repente se levanta de buen humor y todo es alegría y tintineo, pero lo habitual es que se despierte como un ogro, ávido y violento. Es una criatura mercurial y caprichosa, lo mismo que su prima la del riesgo, esa pelmaza.

Y aquí estamos todos perdiendo las posaderas por ellos, por decirlo en plan fino. A mí el mercado y su parienta me recuerdan a una pareja de arcaicos aristócratas, a los típicos señores tiránicos que tienen aterrorizados a sus pobres siervos. Los lacayos, o sea, nosotros, nos levantamos todos los días angustiados después de habernos deslomado desde las cinco de la mañana limpiando la cocina, preparando el suntuoso desayuno y encendiendo el fuego, esto es, cumpliendo todas las duras tareas que nos ordenan; y nos acercamos de puntillas y aguantando el aliento a ver con qué cara ha amanecido la bestia de nuestro amo: ¿Estará de morros? ¿Estará contento? De su voluble, inconsistente y enigmático humor depende nuestro futuro y sobre todo la vida de la creciente riada de desamparados que se agolpa extramuros a las puertas del castillo, arrojados a la intemperie por los malos modos del señor y su prima.

Y lo peor es que su comportamiento es tan impredecible, tan veleidoso, que nadie entiende un pimiento de lo que hace. Por ejemplo, en el periódico que hablaba de la euforia decían: “Ayer tocaban letras y, de forma sorprendente, al Estado le bastó con comprometer un exiguo interés”. Ya digo, desconcierta hasta a los supuestos especialistas. Es lo que tienen los déspotas: son arbitrarios. Estamos en el siglo XVII, como mucho a principios del XVIII. Todavía no hemos llegado a la guillotina.

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Tener y perder

¿Quién no ha sentido el deseo de dejar de ser quien es? ¿De liberarse de uno mismo?

Fuse (Gety)

Daniel Mordzinski es un argentino pelirrojo que vive en París. Además es un hombre encantador y un fotógrafo monumental, uno de los mejores retratistas del mundo, especializado en escritores de las lenguas española y portuguesa. Este Mordzinski callado y laborioso como una abeja (el símil no es casual: siempre le recuerdo revoloteando con aplicación en torno a sus modelos) sufrió hace cosa de un mes una de esas catástrofes que te cambian la vida y de la que probablemente hayan oído hablar, porque se ha publicado bastante sobre el tema: por una concatenación de circunstancias absurdas no del todo aclaradas, sus archivos fotográficos de 27 años de profesión resultaron destruidos. Estaban guardados en un armario de un despacho de Le Monde, y una remodelación del lugar, más una tonelada de mala suerte, hizo que las fotos acabaran desapareciendo. Estas carambolas desdichadas suceden a menudo. A la vida parecen gustarle los dramas estúpidos.

He pensado a menudo en estas últimas semanas sobre Daniel. Los archivos estaban compuestos por negativos de antaño, y sólo se han salvado unos pocos centenares que fueron digitalizados para alguna de las numerosas exposiciones que Mordzinski ha hecho. Los demás retratos, muchos de autores ya fallecidos, se han perdido para siempre. Polvo sobre polvo. Para un fotógrafo que, como Daniel, ha vivido la vida a través de su objetivo, es como si le hubieran extirpado la memoria. No sólo ha perdido su capital de trabajo, sino que además debe de sentirse lobotomizado.

¿Quién no ha sentido el deseo de dejar de ser quien es? ¿De liberarse de uno mismo?"

Y sin embargo… Hace muchos años, mientras estaba de viaje, vi un documental inglés en la televisión de algún hotel. Un hombre de edad madura estaba contando la tragedia que había vivido cuando su casa se quemó y lo perdió todo; era un reportaje dramático sobre las víctimas de un gran incendio sucedido tiempo atrás, ahora no recuerdo cuando, quizá en la guerra, y al principio el hombre se mantuvo dentro de la línea narrativa convencional para este tipo de testimonios: contó que se vio frente a las ruinas humeantes sin otra posesión que lo que llevaba encima, desolado, incrédulo, sumido en la desesperación… De pronto se detuvo, carraspeó y añadió con cierta timidez: “Aunque debo decir que también sentí otra cosa… Fue muy raro, pero también me sentí libre. Ligero”.

Recuerdo sus palabras porque me chocaron: yo era joven y no sé si por entonces sabía lo mucho que puede llegar a pesar la propia vida. Pero hoy le entiendo bien. ¿Quién no ha sentido alguna vez el deseo de dejar de ser quien es? ¿De liberarse de uno mismo? Siempre me ha maravillado ese cuento magistral de Nathaniel Hawthorne, Wakefield, que narra la estrambótica historia de un probo caballero del siglo XIX que un día sale de su casa como quien dice para comprar tabaco y ya no vuelve a regresar en muchos años. Pero lo más genial es que el hombre se alquila un piso frente a su antiguo hogar, desde el que contempla, año tras año, la desolación de sus familiares y el hueco de su propia ausencia. Una idea estremecedora. Siempre me imagino a Hawthorne deseando desaparecer y añorando esa nada.

La vida es perder. Cada día vamos perdiendo posibilidades de futuro, amigos y familiares, vista, cabellos, dientes, neuronas. Lo vamos perdiendo todo inexorablemente hasta la gran pérdida final. Pero sin esas pérdidas, claro está, tampoco habría ningún movimiento, ningún devenir. Siempre seríamos el bebé en la cuna que se mea encima. Hay gente, sin embargo, que no soporta la menor idea de pérdida. Acaparadores patológicos incapaces de deshacerse de un periódico viejo o de la caja vacía de los cereales que ya se han comido; son los enfermos del llamado síndrome de Diógenes y terminan convirtiendo sus hogares en basureros inmensos.

Sin llegar a estos extremos, creo que todos los humanos tenemos cierta tendencia al almacenamiento de cosas innecesarias. Los armarios son agujeros negros que todo lo chupan y que acaban atiborrados de objetos increíbles; y, en cierto sentido, el coleccionismo, ¿qué es, sino un síndrome de Diógenes domesticado? En una de mis múltiples mudanzas, presa de la desesperación ante el batiburrillo de cosas, vacié todos los cajones de mi vieja mesa de despacho en bolsas de basura y lo tiré todo sin mirar. Nunca eché de menos nada. No estoy comparando esos cajones repletos de menudencias con la obra de una vida, como es el caso de los archivos de Mordzinski. Su desaparición es una verdadera pena para todos. Y sin embargo, quién sabe… Quizá gracias a esa pérdida y a esa inesperada ligereza, la creatividad de Daniel pueda volar todavía más alto.

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Pingüinos

Entre los seres vivos hay más estrategias de supervivencia basadas en la solidaridad que en la depredación

Los humanos somos tan elementales como cobayas. Siria lleva largo tiempo chapoteando en un lago de sangre, pero sus muchos muertos nos la refanfinflan. Las pobres víctimas de Boston, en cambio, nos han impactado, y hemos seguido la feroz caza del sospechoso con vengativo interés. Es injusto, desde luego, pero es lógico, porque pertenecemos a la misma tribu que los bostonianos y sus bombas pueden ser mañana nuestras bombas. En cualquier caso, ni las piernas mutiladas en la maratón ni la persecución implacable del checheno animan a pensar en la bondad humana. Son sucesos que fomentan el desconsuelo y reafirman el cuento de que el hombre es un lobo para el hombre. Así que tal vez sea el momento de decir que, en efecto, somos como lobos, y menos mal, porque son animales que cuidan amorosamente de sus crías, de sus viejos, de sus enfermos. O sea: lo que impera entre nosotros, pese a las apariencias, es el espíritu de cooperación; por eso hemos podido construir sociedades, leyes, civilizaciones. Justamente porque no estamos hechos para el Mal es por lo que nos horroriza tanto. Confundidos por nuestro propio susto, llegamos a creer que la Naturaleza es siempre cruel, cuando no es cierto: entre los seres vivos hay más estrategias de supervivencia basadas en la solidaridad que en la depredación. Recuerden lo de los pingüinitos de la Antártida; cuando salen del huevo, los pollos, que apenas son una bola de pelusas con media neurona (su estupidez es famosa), se quedan solos y a la intemperie mientras sus padres pescan. La temperatura, -70 grados, los congelaría en un minuto. Pero los pingüinitos, que son miles, se juntan instintivamente en apretados grupos para darse calor, y permanecen rotando todo el tiempo para que las crías del perímetro exterior solo estén expuestas al frío unos segundos. Así que ánimo, calma, entereza. Porque, por muy desastrosos que seamos los humanos, no seremos mucho peores que un pingüino

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La fama

En este mundo sobresaturado de información, en el que los datos se suceden a velocidad vertiginosa, la realidad es un territorio resbaladizo

A raíz de un pequeño comentario a favor de los escraches que hice de pasada, un amable lector me escribió diciendo que se alegraba de que hubiera cambiado de opinión después de mi anterior texto tan condenatorio. Me dejó turulata, porque yo había publicado un artículo sobre los escraches, en efecto, pero era claramente favorable (y habrá que apoyarlos aún más ante barbaridades como lo del “nazismo puro” de Cospedal). Total, envié el artículo al lector y él se disculpó gentilmente, pero esta nimiedad me dejó pensando en cómo se producen semejantes equívocos.

Pongamos que me confundiera con Rosa Díez, que, en efecto, escribió un texto muy crítico. Y que el lector ni siquiera hubiera leído él mismo ese artículo, sino que algún amigo lo hubiera comentado. “¿Has visto lo que ha escrito esa? —¿Esa, quién? —¡Esa, la Rosa esa, la famosa! —¿Rosa Montero? —¡Esa, esa! ¡No veas qué texto tan horrible! ¡Totalmente en contra!”. No me digan que no suena reconocible. En este mundo sobresaturado de información, en el que los datos se suceden a velocidad vertiginosa, la realidad es un territorio resbaladizo. Por no hablar de la fama, esa banalidad que te convierte en un rostro y una identidad totalmente intercambiables, como me demuestran todos los días todas esas personas que creen reconocerme como Carmen Rigalt, Maruja Torres, Elvira Lindo y el resto de la nómina de escritoras patrias (no sé si ser mujer fomenta el totum revolutum o si esto es ponerse paranoica) ¡Y pensar que yo me martirizo obsesivamente por ser exacta en mis opiniones, por mantener una línea intelectual supuestamente honrosa! Qué pretensión idiota. Estos errores son muy útiles porque son una cura de humildad y te bajan la cresta. ¿Y saben lo más mortificante? Pues que yo hago lo mismo. Que a veces yo también digo sin ningún fundamento: “Esa, esa”.

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La mejor manera de ser eterno

CARL SMITH

Acaba de llegarme el e-mail de un lector al que con anterioridad no conocía. Es una carta formidable, escrita con humor y brevedad, muy ágil y elegante. Además me gusta, claro está, porque se las arregla para llenarme de generosas alabanzas en muy pocas líneas. La firma un tal Óscar Corbacho; es argentino, vive en Buenos Aires, y él mismo se presenta así: “Te digo que fui durante 30 años creativo publicitario, que tengo siete libros de poemas con algunas distinciones y uno de cuentos y que este año publicaré un volumen de sonetos en colaboración con otro poeta”. Pero lo que me ha llamado la atención y de lo que quiero hablar es del principio de la carta. El mensaje comienza de este modo: “Tengo noventa años y acabo de leer La ridícula idea de no volver a verte, uno de esos libros que al terminar uno siente que es una persona diferente, que le ha pasado algo importante y que es para toda la vida”. Disculpen el bochornoso autobombo de copiar una frase tan elogiosa hacia un libro mío, pero es que no he podido resistir el maravilloso encanto de sus palabras: ¡Tiene noventa años! ¡Y dice que es una lectura que “le ha hecho diferente”! ¡Y que será “para toda la vida”! Incluso si hubiera sido un elogio dedicado al peor de mis enemigos literarios (aunque, la verdad, no sé si tengo alguno), no hubiera podido por menos que copiarlo aquí, como muestra de ese portento de vitalidad y de optimismo que es este hombre. Óscar Corbacho me ha iluminado el día.

No me sorprende que, a los noventa años, sea tan moderno en su lenguaje, tan rápido en su expresión. O bueno, sí, quizá me sorprenda un poco, porque todos arrastramos tremendos prejuicios ante la gente mayor. Ahora bien, como yo ya voy siendo también bastante añosa, ya he alcanzado una edad que, en mis primeras novelas, publicadas hace más de treinta años, me parecía decrépita, y que hoy percibo de otro modo. Quiero decir que mis primeros libros están llenos de sesentones marchitos y a punto de palmarla, pero ahora que ya he cruzado el cabo de los sesenta me siento estrepitosamente joven todavía. Ya lo decía Oscar Wilde: “Lo peor de cumplir años no es envejecer, sino que no se envejece”. O sea: uno no envejece nunca por dentro, uno se sigue viendo igual de confuso y trémulo y vital que a los catorce, mientras se va alejando cada vez más de la realidad de su propio cuerpo. Total, que, como yo sigo sintiéndome igual a los sesenta, comprendo muy bien que a los noventa pueda pasar lo mismo. Pero lo más genial de la frase de Corbacho es esa alegría de vivir, esa capacidad para “cambiar”, ese entusiasmo con el que se proyecta “para el resto de su vida” como si fuera un futuro inacabable. Dan ganas de aplaudir.

La inmortalidad verdadera es la del aquí y el ahora, la de la plenitud anímica y la fuerza vital"

Ya me había pasado antes algo parecido con mi madre. En 2004, cuando la boda de Felipe y Letizia, se confeccionó un abanico conmemorativo de los esponsales. Era en verdad muy feo, con las varillas de tosco plástico y una tela rosada, si mal no recuerdo, con la fecha y alguna leyenda conmemorativa. Mi madre, que a la sazón tenía 83 años, se empeñó en que le consiguiera uno. “Pero mamá, es horrible…”, intenté disuadirla. “No importa, hija; es uno de esos recuerdos que luego, con el paso de los años, te gusta tener”, contestó tan tranquila. Y a mí me hizo mucha gracia y me pareció que se creía eterna. Hoy, casi una década más tarde (tiempo suficiente para que el abanico haya adquirido un valor rememorativo), mi madre ha cumplido ya 92 años y sigue estupenda. Sin duda es inmortal.

Y lo es porque la verdadera inmortalidad es la del aquí y el ahora, la de la plenitud anímica y la fuerza vital, la de la capacidad de habitar el presente como un amplio horizonte interminable. “Mi día equivale a tu año”, cantaba Lou Reed. Es esa tranquila intensidad la que aspiro alcanzar. Y desde luego no es cosa de la edad, o no solo: hay jóvenes que son viejos a los veinte años y viejos capaces de reinventarse cada día. Como Óscar. En todo ello interviene sin duda la salud, cierta energía básica que viene inscrita en nuestro organismo, haber tenido la suerte de tener en el cuerpo una sopa química lo suficientemente favorable. La ciega alegría de las células. Pero además está la disposición, la voluntad de seguir, la decisión de asumir una actitud u otra. Ya se sabe que, tras haber sido condenado a muerte, Sócrates se pasó la última noche de su vida aprendiendo a tocar una complicada melodía con su flauta. Sus amigos, que estaban desolados, le preguntaron para qué perdía el tiempo en eso. “¿Para qué va a ser?”, contestó: “¡Para aprenderla antes de morir!”. No se me ocurre una manera mejor de ser eterno.

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Esos jueces

Una serie de magistrados se están convirtiendo, para muchos, en los únicos interlocutores institucionales válidos ante las angustias de la sociedad

La apabullante abundancia de corruptos y las zozobras de la crisis están teniendo una consecuencia inesperada: la entrada en escena de un puñado de jueces que, de pronto, parecen haberse convertido en nuestra última esperanza. Qué mudables son las sociedades en épocas convulsas: en junio de 2012, un sondeo del CIS mostraba que el 58% de los españoles tenían poca o ninguna confianza en los jueces. Hace unos días, otro sondeo ha dictaminado que siguen siendo los profesionales menos valorados (no entraban los políticos), pero ojo porque la encuesta es diferente: ahora se pedía su puntuación y han sacado 59 sobre 100, o sea un aprobado alto. Creo que no hace falta ser del CIS para apreciar que, en los últimos meses, una serie de magistrados se están convirtiendo, para muchos, en los únicos interlocutores institucionales válidos ante las angustias de la sociedad. Y, así, admiramos a Mercedes Alaya, sola e implacable ante la marranada de los ERE (tiene una página de fans en Facebook que ya va por los 17.000 seguidores); y desde luego al juez Castro, que ha tenido el coraje y la dignidad de imputar a la Infanta, devolviendo al país la credibilidad en el sistema legal; y a Vigués, el decano de Valencia que hizo el informe contra los desahucios; y a los muchos magistrados que, desde Vigo hasta Lanzarote, se están negando a echar a la gente de sus casas. Estamos tan necesitados de héroes civiles, de poderes protectores y de paladines, que, de seguir así, los jueces se convertirán en el estamento estrella. Lo cual enseñaría a los políticos que recuperar el aprecio ciudadano es cosa fácil. Bastaría con dejar de perseguir ferozmente a quienes protestan (veo más violencia en las declaraciones políticas que en la mayoría de los escraches, según testigos) y con demostrar que por lo menos son capaces de escuchar el dolor de la calle.

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Crítica

Manual de moribundos

Desde su experiencia y sin florituras literarias, Iona Heath defiende con lucidez la naturalidad de la muerte

Maxine Peters agoniza, en compañía de familiares y amigos, en su casa de Gladesville en Virginia.Ed Kashi / Corbis

 Es un librito mínimo, apenas 126 páginas de un pequeño volumen de bolsillo con mucho espacio blanco alrededor del texto, y además una veintena de esas páginas son de notas. Pero he tardado varios días en acabarlo, porque cada pocos párrafos tenía que pararme a digerir.

No es un libro fácil de leer.

Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes) para llegar a una sabiduría tan desnuda

Y no lo es no sólo por la densidad del pensamiento, sino también por los ecos reverberantes que suscitan sus líneas, por el miedo y la pena y la maravilla, por los recuerdos y por las verdades esenciales que una siente que roza con la punta de los dedos mientras lee este ensayo.

Es un texto que trata de la muerte. Es decir, de la vida. Lo expresa muy bien su autora en uno de esos pensamientos formidables que te hacen cerrar el volumen y rumiarlos un rato: “Morir es parte de la vida, no de la muerte; hay que vivir la muerte”. Es una frase que define a la perfección lo que es este libro: esa sencillez, esa sustancialidad, ese peso categórico de unas ideas que parecen estar talladas en piedra. Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes, puesto que ese es el tema de este ensayo) para llegar a una sabiduría tan desnuda. El texto de Iona Heath (de la doctora Iona Heath, como se encarga de poner, significativamente, en la portada del libro) carece por completo de florituras literarias. Yo diría incluso que carece ferozmente de ellas, como si la autora se hubiera empeñado en limpiar los párrafos de todo adorno superfluo, en dejar sus palabras reducidas al puro hueso, un esqueleto blanco; o como si el afán estético, en un tema como este, tuviera algo de sucio, algo de indigno, y supusiera una traición a sus muertos, o sea, a los pacientes que ella vio agonizar.

Porque Iona, ya está dicho, es, sobre todo, una doctora. Es inglesa y en su biografía no viene su fecha de nacimiento, fastidiosa y tópica omisión que me irrita bastante y que parecería demostrar que, pese a su indudable lucidez, a su madurez existencial y su hondura humana, Heath padece tontas coqueterías y problemas con el paso del tiempo como todo el mundo. Sí dicen que empezó a trabajar en la medicina generalista en 1975, así que debe de tener sesenta y pocos años. Este libro, Ayudar a morir, es el compendio de todo lo que ha aprendido en casi cuatro décadas de frecuentar la frontera de la Oscuridad. “Escribo para encontrar mi camino”, dice Iona, y con estas palabras empieza su texto. Interesante arranque: su camino a través del enigma de la agonía de los otros, porque morir siempre es difícil y monumental y complejo. Y su camino hacia su propia finitud. Porque de lo único de lo que podemos estar seguros en esta vida es de que todos llegaremos antes o después a eso.

Fue Alejandro Gándara, que actualmente está escribiendo un ensayo sobre la muerte que estoy deseando leer, quien me recomendó este libro. Se lo agradezco: es una obra que te deja la sensación de haber aprendido algo de verdad necesario. “¿Por qué son tan pocos los pacientes que tienen lo que se calificaría como una buena muerte?”, se pregunta espeluznantemente Iona Heath; y lo de espeluznante viene a cuento porque ella, claro, sabe de qué habla. Es una especialista que conoce lo difícil que es ese tránsito final. Esa parte de la muerte, que es la agonía, es la que tenemos que vivir; y cada día no sólo pensamos menos en ella, sino que además la negamos y ocultamos. Y así, la muerte se ha convertido en una suerte de anomalía. O como dice Heath: “Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse en lugar de posponerse”. La gente fallece en los hospitales, rodeados de máquinas y de profesionales sanitarios que no les conocen y que les tratan más como una cosa o un caso (un enfermo terminal) que como la persona que son.

Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor

“La negación contemporánea de la muerte impone agobios adicionales tanto a médicos como a pacientes”, dice la autora. Y explica que un estudio realizado en un hospital de casos críticos en Estados Unidos, reveló que el 55% de los enfermos con demencia senil murieron con los tubos de alimentación forzada aún puestos. Heath menciona unas palabras formidables de B. Keizer: “Uno de los encuentros más desafortunados de la medicina moderna es el de un anciano débil e indefenso, que se acerca al final de su vida, con un médico joven y dinámico que comienza su carrera”. Y añade otra cita aún más demoledora de C. Ricks: “En Estados Unidos hoy es casi imposible morir con dignidad a menos que se trate de una persona pobre”.

Heath usa muchas citas, pero enhebradas con el propio texto, depuradas, hechas carne, ese tipo de citas recogidas a lo largo de toda una vida que terminan convirtiéndose en puntos cardinales de la existencia. Con sus propias palabras y con las de otros, Iona Heath intenta acercarse a lo que puede ser una buena muerte. En tu casa, con tus seres queridos. Construyendo una narración de la propia vida. Incluso quizá con algún dolor, aventura Heath, si el paciente sabe que puede controlarlo si lo desea con sólo pedir más analgesia: “Por lo que parece, todas las cosas contra las que luchamos, el dolor, la enfermedad y el envejecimiento, son, en cierto modo, las cosas que hacen posible la muerte”. El estilo austero y epitafial de Heath termina adquiriendo cierto aroma litúrgico. Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor. Y el anhelo de la serenidad final y la aceptación. “A medida que se envejece se van sufriendo más pérdidas, sobre todo de seres queridos, y cuando la gente perdió a muchas personas que le resultaban importantes se le hace más fácil morir. La muerte de los otros abrió el camino, y en ese sentido los muertos ayudan a los vivos a morir. Tal vez cuando los muertos superen a los vivos estos puedan acompañar a aquellos, y tal vez sea por eso que a los jóvenes les cuesta tanto morir”. Un libro seco, revelador y distinto.

Ayudar a morir. Iona Heath. Editorial Katz. Madrid, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu. 126 páginas. 13 euros.

 

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Muy machos

El deporte en general, ese poderoso espejo de las masas, está cubierto por un velo homofóbico

Aunque no me gusta el fútbol, disfruté con la victoria de La Roja en Francia porque nos hacen mucha falta las alegrías. Eso sí, viendo los abrazos de los jugadores me quedé pensando en la sorprendente ausencia de homosexuales reconocidos entre ellos. ¡Y luego nos jactamos de que nuestra sociedad es tan tolerante y de que la homofobia ya no existe! De acuerdo: entonces, ¿dónde están los futbolistas gais? Según diversos estudios internacionales, el porcentaje de homosexuales se mantiene más o menos estable en todas las culturas y se mueve en una franja entre el 2% y el 7% de la población. Un puñado de dimensiones perfectamente visibles, diría yo. Repito, ¿dónde están? Una amiga me cuenta que, hará unos cuatro años, escuchó en el programa radiofónico Hablar por hablar a un hombre joven que salió al aire sin identificarse, aunque supongo que lo habría hecho antes, en el control, porque, si no, no le hubieran dado paso. Y dijo algo así: “Soy futbolista, soy homosexual, juego en Primera División y tengo que ocultar mi condición. Gano mucho dinero y soy muy desgraciado”. Suena arcaico y parece remitir a una realidad obsoleta y remota, pero debo decir que está ocurriendo cada día, que no sucede solo en España y que no se ciñe solo al fútbol. El deporte en general, ese poderoso espejo de las masas, está cubierto por un velo homofóbico. En los JJ OO de Pekín 2008, solo hubo 10 atletas declaradamente gais entre los 11.000 participantes. En los JJ OO de Londres 2012, 20 atletas entre 12.000. No se puede decir que la cosa progrese a velocidades supersónicas. Y, mientras La Roja jugaba tan virilmente en Francia, París se llenaba de manifestantes contra las bodas gais (como España en 2005). Me pregunto cuántas otras realidades damos por solucionadas, cuántos otros prejuicios solventados, sin que sea verdad en absoluto.

 

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Bailar, luchar, vivir

El párkinson es una enfermedad muy cruel. La gente suele relacionarla con la edad avanzada y con los temblores, pero en realidad puede manifestarse en individuos muy jóvenes y además su peor síntoma son los ataques de rigidez, tan inhabilitantes que los enfermos hablan de una vida on-off, es decir, de momentos en los que el cuerpo funciona y momentos en los que simplemente se apaga y se niega a responder. Y, por añadidura, se trata de una dolencia degenerativa, de manera que cada día el señor Parkinson, como muchos pacientes lo llaman, puede sorprenderte con algún nuevo truco desagradable.

Los humanos somos bichos tenaces y esta Gema guerrera bien podría ser la más tenaz de todas”

Gema Marín Granados es una de esas personas que se toparon con el párkinson a una edad dolorosamente temprana: solo tenía 28 años. Ahora tiene 39 y, como luego veremos, está en primera línea de la guerra por la supervivencia. Pero los primeros tiempos de la enfermedad fueron abrumadores: como tantas otras personas súbitamente desbaratadas por una desgracia que les cambia el mundo, durante varios años apenas pudo hacer otra cosa que repetirse obsesivamente las torturantes e inútiles preguntas: por qué yo, por qué a mí. Pero después, y pese a todo, ganó la vida. Los humanos somos bichos tenaces y esta Gema guerrera bien podría ser la más tenaz de todas las criaturas.

Ya escribí un artículo sobre ella hace un par de años. Entonces contaba que, tras toparse con el párkinson, Gema había tenido un hijo, había aprendido diseño web y había seguido trabajando regularmente en su profesión, que es la de profesora de música. Y también expliqué que, por entonces, estaba empezando a utilizar la música para superar los momentos de rigidez. Cuando se quedaba paralizada, simplemente se ponía los cascos y se echaba a bailar. Hace falta muchísima voluntad y una esperanza a prueba de bomba para intentar bailar cuando tu cuerpo es un tieso, muerto trozo de madera. Parecía una locura, pero a ella le servía.

Hace un par de años, la prestigiosa revista Nature publicó un estudio que demostraba que oír música podía generar subidas de dopamina, un neurotransmisor estrechamente relacionado con el placer. Y se da la circunstancia de que al parecer el párkinson está originado por una insuficiencia de dopamina. De manera que, después de todo, Gema no era una chiflada voluntarista que se engañaba a sí misma diciendo que podía danzar, sino que su actividad podría tener un efecto verdaderamente terapéutico. Desde entonces Gema ha sido sometida a diversas pruebas; un neuro­fisiólogo le midió la temperatura corporal, porque cuando se ­conecta a través de los cascos siente una subida de calor; y en la Universidad de Málaga le hicieron un TAC y una resonancia magnética para estudiar la actividad de su cerebro mientras escucha música. El material está siendo actualmente estudiado y los resultados aún no se han hecho públicos.

Pero, sobre todo, de entonces para acá Gema ha empezado a enseñar su método a otras personas, totalmente gratis, a través de una página web, http://musicaparkinson.es/, y de su facebook, Musica Musica Parkinson. Ahí pueden verse vídeos asombrosos de la activación de Gema en los momentos de rigidez. Pueden parecer unas películas banales, una simple chica joven con los cascos puestos y bailoteando tontamente, pero si alguna vez has contemplado a un enfermo de párkinson atrapado dentro de la cárcel de su cuerpo, en la dolorosa impotencia de un momento off, entonces te darás cuenta de que estás asistiendo a un verdadero prodigio.

Que conste: la música no sustituye a las medicinas convencionales para la enfermedad. Pero mejora la situación y puede ayudar a bajar las dosis. Para ello, explica Gema, hay que tomarse en serio esta actividad; es necesario incorporar la música a tu vida durante todo el día; debes llevar los cascos siempre encima, del mismo modo que el asmático lleva el ventolín por miedo a un ataque. Y no basta con escuchar una canción de fondo mientras se conversa con un amigo: “No, para que esto funcione tiene que ser una escucha intensa, activa. Tienes que meterte en lo que estás oyendo, dejar que la música te llene, vaciar la cabeza de preocupaciones, disfrutar y dejarte llevar…”. Todos los vídeos que Gema cuelga en su página se han grabado mientras ella estaba en off: quiere demostrar que lo que dice es real, que hay batallas en las que merece la pena combatir porque pueden vencerse. Abrió su facebook hace apenas dos meses y ya hay muchos enfermos siguiéndole el hilo de su formidable, sensatísima locura. Así de grande es el ser humano cuando no se rinde.

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Pataleo

Se han mostrado tan recalcitrantemente sordos con la Ley Hipotecaria que yo diría que se han ganado a pulso que les peguen unos cuantos gritos en el portal

Vamos a ver: ¿llueven meteoritos ardientes de los cielos y el Papa se funde en un abrazo con el Antipapa, y nosotros nos preocupamos de los escraches? Me he puesto apocalíptica porque usar la realidad me parecía aún más duro, o sea: ¿estamos hasta las cejas de financiaciones ilegales, ERE corruptos, políticos y banqueros rapiñadores, y nosotros nos preocupamos de los escraches? A mí, por el contrario, cada día me admira más la moderación de la sociedad española, la capacidad de aguante de los ciudadanos y lo poco que recurren a la violencia, sufriendo tantos lo mucho que sufren (eso sí, lo he dicho y lo repito: si consiguen desmantelar del todo la sanidad pública veremos correr sangre, porque con la salud de tus hijos no se juega).

La gente es buena, en fin, y lo es pese a la contumaz cerrazón de nuestros dirigentes. Ni el PSOE ni el PP hicieron nada por paliar la carnicería de los desahucios; si algo se mueve ahora es gracias a la presión popular. No es de extrañar que el 81% de los españoles confíe en las plataformas sociales para solucionar este drama, mientras que en el PP solo confía un 11% y en el PSOE, un 10%. Se han mostrado tan recalcitrantemente sordos con la Ley Hipotecaria que yo diría que se han ganado a pulso que les peguen unos cuantos gritos en el portal. Sí, es cierto, el escrache puede derivar en esa cosa tan atroz e inadmisible que es el matonismo y el linchamiento. Pero creo que la mejor forma de fomentar esta deriva es demonizando las protestas populares. Limitemos las broncas a la acera de enfrente, sin aporrear puertas (no hay que asustar niños) y desde luego sin violencia: es lo justo y también lo más útil, porque, si no, perderán apoyos populares. Pero que no me digan que, después de tantos años sin que nadie responda, la gente no tiene por lo menos derecho al pataleo.

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Análisis

Esa maleta cargada de palabras

Ovejero es un hombre pegado a una maleta. Interrogado al respecto, él se defiende argumentando que es un maletín y que es muy común llevar un maletín. Pero en realidad es un maletón, grande y de aspecto pesado, y lo saca hasta para ir simplemente a comer con un amigo. Posiblemente sea un tic propio de su carácter nómada. Vive a medias entre Bruselas y Madrid y viaja mucho. Mujeres que viajan solas es el bello título de uno de sus formidables libros de relatos (es un cuentista magistral). Con los títulos de sus libros de cuentos se podría hacer un retrato de José Ovejero: es un tipo que deambula en soledad y ya se sabe que los viajeros solitarios siempre se fijan mucho en todo; además está preso del estupor ante la incomprensible, paradójica, a menudo patética condición humana (Qué raros son los hombres); y, desde luego, la literatura es su ancla con el mundo, su talismán protector (Cuentos para salvarnos todos). Ovejero pertenece a esa clase de autores que consagran su existencia a la escritura del mismo modo que el eremita se consagra a la contemplación: con entrega casi suicida. No hace sólo eso y vive muchas otras cosas en la vida, pero la meticulosidad, la pureza y la necesidad con las que escribe están muy por encima de todo, me parece. Esa tenacidad obsesiva se advierte en su lenguaje maravilloso, tallado, exacto, desnudo y feroz. Sus textos unen a la vez la mirada escrutadora del viajero que contempla las cosas desde fuera y la negra emoción de quien es capaz de compartir dolores muy antiguos. Es un poeta diferente y un novelista magnífico: Añoranza del héroe, Las vidas ajenas, Nunca pasa nada… A menudo sus obras tienen gracia, pero es mucho más habitual que te hielen la sangre. Lo lees con fascinación y con temor porque siempre bordea un agujero. Es uno de los mejores escritores de su generación. Seguramente lleva la maleta cargada de palabras.

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Columna

Diwaniya

España entera espera con el aliento contenido una investigación urgente de esta brutalidad, un claro castigo

Una década después de aquella foto de las Azores hemos conseguido por fin estar a la misma altura que el Imperio americano en una cosa: en los angustiosos, aterradores vídeos del maltrato a prisioneros islámicos. Qué pena que no hayamos emulado algo mejor, como, por ejemplo, la apreciable meritocracia de Estados Unidos (sobre todo comparada con nuestro pegajoso amiguismo). Creo que España entera espera con el aliento contenido una investigación urgente de esta brutalidad, un claro castigo. Lo necesita el Ejército y lo necesitamos todos para limpiarnos de esa mugre, para apaciguar nuestro desasosiego.

Ya me he enterado de que los manuales del Estado Mayor español ordenaban un uso mínimo de la fuerza y prohibían la tortura: es un alivio saberlo. Y también sé que en todo colectivo puede haber matones y sádicos, sobre todo cuando el juego que se juega es el de la guerra, con la ruptura de límites y el empleo de violencia que conlleva. Aunque lo más inquietante para mí, ya ven, no son esas bestias que patean criminalmente a dos seres humanos. Me preocupan más, en primer lugar, los que se quedan en la puerta y no intervienen. Y especialmente el que filma la escena: está claro que entraron en la celda ya dispuestos a grabar, a patear. Pero lo peor es que esa grabación existe, que fue hecha en el año 2004 y no ha sido borrada, de lo que se deduce que probablemente ha estado dando vueltas por ahí, ese pequeño vídeo repugnante visto por unos y por otros, un material que se difunde con morbosa curiosidad de mano en mano, “¿has visto la burrada de Fulano en Diwaniya?”. Si mis sospechas son ciertas y el vídeo ha corrido, ¿nadie ha sido capaz de denunciarlo en estos nueve años? Y una pregunta más: pero entonces, ¿por qué y para qué ha aparecido ahora? Todo esto sí que inquieta, desde luego.

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La guerrera capaz de rozar el cielo

Una de las metáforas más comunes para expresar algo que requiere un tremendo esfuerzo es hablar de montañas. Y así, decimos, por ejemplo, que algo “costó tanto trabajo como subir una montaña”. A mí siempre me han gustado las tierras altas, los pasos elevados que rozan el vuelo de las aves. Sé bien lo que cuesta subir una pendiente abrupta de, pongamos, apenas 400 metros de desnivel; y eso que yo sólo hago senderismo, nada de escalar peñas ni atravesar glaciares. Por eso me parecen alucinantes los alpinistas, esa gente capaz de ascender 8.000 metros, una altura que, por cierto, es letal, como me decía Chus Lago, la estupenda escaladora gallega que durante varios años fue la única mujer en el mundo que había subido al Everest sin oxígeno y seguía viva para contarlo. Es decir: por encima de los 8.000, el cuerpo empieza a morir. Los buenos alpinistas consiguen que ese deterioro sea más lento que en una persona normal, y eso les permite la proeza de tocar el techo del mundo. Pero rozan los límites de lo imposible, y por eso muchos mueren en el intento.

Los escaladores logran esa gesta sobrehumana gracias a un aguante excepcional del sufrimiento. Es tan asombroso lo que hacen que yo creo que verdaderamente son mutantes. Primero, en lo físico, porque sus cuerpos son capaces de soportar el aire enrarecido de una manera mucho más eficiente que los demás humanos; por ejemplo, tanto Chus Lago como Juanito Oyarzabal fumaban habitualmente, aunque lo dejaran en los periodos de escalada, o sea, que no es que se cuidaran como monjes, sino que tienen un don natural. Pero además, y sobre todo, son mutantes por su increíble resistencia psíquica. Se diría que carecen de miedo y que se niegan a reconocer ningún límite. En realidad, los alpinistas no se enfrentan a la montaña, sino a sí mismos. Luchan contra sus propias incapacidades. Tal vez quieran sentirse inmortales, aunque sólo sea por un momento.

Los alpinistas no se enfrentan a la montaña, sino a sí mismos. Luchan contra sus incapacidades”

Hace un par de semanas conocí a una mujer increíble que ejemplifica en grado superlativo lo que acabo de decir. Se llama Rosa Fernández, es asturiana y tiene 52 años. Empezó su carrera como alpinista en 1997; tiene en su haber el llamado Reto de las Siete Cumbres, que consiste en subir a los picos más altos de todos los continentes. Además ha coronado seis montañas de 8.000 metros, con lo cual es la segunda española con más ochomiles después de Edurne Pasaban. Lograr todo esto exige además una capacidad de gestión importante, porque el alpinismo es caro y gran parte del esfuerzo se consume buscando patrocinadores. En 2009, tras una sólida carrera ascendente, Rosa consiguió por vez primera en su vida empezar el año con suficiente dinero para toda la temporada: estaba exultante. Pero a finales de enero le detectaron un cáncer de mama. Fue operada y recibió radioterapia durante tres meses. Y entonces decidió seguir adelante con sus proyectos. “La doctora me retrasó un mes el comienzo de la quimioterapia y así pude irme. Me dijo: si te vas a morir, te morirás igual, y te vendrá mejor para tu cabeza”. En junio, una semana después de terminar la radio, se fue al Broad Peak (8.046 metros). Llegó hasta los 7.500, y si no coronó fue porque el mal tiempo impidió que nadie alcanzara la cima esa temporada: “Fue difícil, sobre todo porque la mochila rozaba en las quemaduras de la radioterapia”, dice con tímida naturalidad, como si fuera algo que cualquiera puede hacer.

Luego vendría la quimio, un duro tratamiento que terminó en marzo de 2010. Y al mes siguiente emprendió de nuevo el viaje para atacar otra montaña del Himalaya, el Manaslu (8.163 metros). Tras dos meses de lucha no consiguió hacer cima, pero tampoco esa vez lo logró nadie. En mayo de 2011, sin quimio y sin radio ya, esta mujer sobrenatural alcanzó la cumbre del Kangchenjunga (8.586 metros), considerado el ochomil más difícil, y en octubre coronó, esta vez sí, el Manaslu, haciendo además la ascensión sin botellas de oxígeno. Es una historia de resistencia impensable, imposible: todos los que hayan vivido de cerca un tratamiento de quimio saben que estamos hablando de algo prodigioso. Del triunfo de la mente sobre el cuerpo. De la ilimitada capacidad del ser humano para reconstruirse.

¿Y ahora? Pues ahora resulta que esta Rosa Fernández, que es un ejemplo de tesón y valor, un espejo de esperanza en el que mirarse, ha encallado en una dificultad mayor que su cáncer, su radio, su quimio; mayor que la hazaña de subir hasta rozar el cielo. No encuentra patrocinio. Ahora que está en plenitud de fuerzas, el dinero no llega. Necesita 15.000 euros para ir al K2. No puede ser que esta guerrera pierda la batalla por el dinero. Esta es su web: www.rosafernandezrubio.com. Por si alguna empresa se anima.  

Twitter: @BrunaHusky

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www.rosa-montero.com

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Columna

Serios

Nos estamos quedando estupefactos al descubrir la enormidad que estamos descubriendo

A lo largo de los dos últimos años he escrito varios artículos hablando de la responsabilidad colectiva de los españoles en esta crisis. O sea: de la falta de sentido cívico, de lo bien que nos caen los pícaros, de los fontaneros que ofrecen facturas con y sin IVA, de las familias endeudándose por encima de sus posibilidades, de los votantes volviendo a votar a los mangantes como si tal cosa. En fin, el razonable mea culpa habitual. Pero esta mañana he tenido una cegadora revelación: todo esto no es verdad. O, al menos, es una verdad muy relativa. Porque España es un país serio, maldita sea. La vida cotidiana está libre de sobornos. No hay que untar a un funcionario para conseguir tu DNI; las Fuerzas de Seguridad y las Administraciones funcionan bien; las empresas privadas cumplen, los empleados trabajan; con los fondos europeos hemos sabido construir infinidad de carreteras y puentes. Las desigualdades se limaron tanto que, según el eficaz Coeficiente de Gini, que calcula la desigualdad económica y social, de entre las 10 categorías en que divide el mundo, y siendo el 10 lo mejor (lo menos desigual) y el uno lo peor, España estaría en el siete, como Canadá y Reino Unido. Estados Unidos, por ejemplo, ocupa un pésimo 4º puesto. Hace ocho años, un ministro italiano me decía en una cena en Turín: “¡Pero los españoles sois alemanes! ¡Qué autopistas, qué infraestructuras, todo funciona tan bien!”. Sí, diantres, somos un país serio, y por eso nos estamos quedando estupefactos al descubrir la enormidad que estamos descubriendo, a saber: que quienes no son serios son esa cúpula de políticos, financieros y grandes empresarios que parecen haberse puesto de acuerdo para esquilmarnos. ¿Que no todos han metido mano? Sin duda. Pero la mayoría lo ha sabido y lo ha permitido e incluso lo ha ocultado. Esa cúpula no ha estado a la altura de este país. No nos merecemos tanta morralla.

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Columna

Esas caras

A los demás quebrantos hay que añadir el fastidio de tener que ver a estos jetas

Que una rubia se queje de que por ser rubia la consideran tonta me parece una prueba de necedad. Es como lo de la excusatio non petita, acusatio manifesta.A qué viene resaltar con ñoño mohín lo de su rubiez, si no es porque justamente ha utilizado siempre esa rubiez como cualidad profesional más destacada. Pobres rubias del mundo, altas o bajas, guapas y feas: rubias peleonas y complejas, que vuelven a ser encerradas, por el efecto Corinna, en la caricatura vacía de la chica neumática agarrada a un diamante. Porque neumática es, eso sin duda: su lustrosa tez tiene algo de goma Michelín, con esos pómulos tan esculpidos, esos labios tan colagenados. Plásticos de primera calidad. Un rostro muy logrado y una expresión angelical (de rubia agarrada a un diamante) que da más miedo que la madrastra de Blancanieves.

Aún peor es la cara de Bárcenas, sobre todo últimamente, porque ahora, además, ¡se ríe! ¿Han visto la escalofriante sonrisilla que muestra el individuo en su rostro de piedra? Es la mueca del verdugo que disfruta matando. La violencia con que esa enorme cabeza cae sobre sus hombros como un mojón de carretera rural, y ese pelo ferozmente planchado que aplasta sus ideas, le dan un aspecto de gánster de película. Es el malo más malo, un tipo que infunde terror con su presencia, cosa que supongo que le gusta. Y estos son, señores, los rostros más vistos de la España de hoy, las caras del momento, dos personas de las que el 80% del país sospecha que están haciendo algún chantaje (almas tan gemelas que deberían casarse). Qué terrible espejo en el que mirarse: a los demás quebrantos hay que añadir el fastidio de tener que ver estas caras, a estos jetas. Claro que aún podemos empeorar: aún no hemos llegado a la máscara de pesadilla, al rostro recauchutado de Berlusconi. Todo se andará, al paso que vamos.

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Nosotros éramos gente normal

Gorka Lejarcegi

Una de las características que más me desesperan de mí misma es el excesivo apasionamiento y la vehemencia. Por eso, desde muy joven me esfuerzo (a menudo inútilmente) en dominarme; sobre todo intento denodadamente aplicar la razón a la hora de escribir: ser mesurada, contemplar todas las esquinas de la realidad, huir del griterío. Por eso me sorprende el nivel de exasperación que estoy mostrando úl­­timamente. Hace un par de semanas, en la última página de EL PAÍS, llamé criminales a los parlamentarios contrarios a la iniciativa legislativa popular que pide la dación en pago en los desahucios. Y el caso es que sigo pensando lo mismo, la verdad, pero me preocupa la crispación del tono: si yo me siento así, aunque no estoy viviendo los rigores de la crisis en mis propias carnes y aunque llevo años procurando enfriarme, ¿cuán iracunda estará la primera línea de damnificados? El nivel de desesperación y de posible violencia es preocupante, pero es que el dolor social es excesivo.

Creo que, pese a lo mucho que hablamos todos de la crisis, la mitad de este país no llega ni a imaginar los abismos a los que está descendiendo la otra mitad. Por razones que no vienen al caso, en los últimos meses me he acercado un poco a ese despeñadero. A familias que lo han perdido todo. Parejas jóvenes con hijos, el marido a menudo obrero de la construcción, que están en paro desde hace tres o cuatro años. Que agotaron todos los subsidios; que fueron desahuciados de sus casas; que pueden llevar cuatro o cinco meses sin tener ni un solo euro de ingresos. Padres que algunos días apenas comen para que sus niños toquen a más.

O una madre de tres hijos, el mayor de nueve años, que, cuando les lava la ropa, no puede mandarlos a la escuela porque sólo tienen la que llevan puesta. Luces cortadas por falta de pago, ausencia de calefacción y agua caliente, dolorosos problemas dentales que no pueden ser atendidos. Y la agonía de levantarse todas las mañanas sin tener ni un euro para comprar el pan y atenazados por el terror de que te echen del piso alquilado porque llevas meses sin poder pagar. “Nosotros éramos gente normal”, me dijo estremecedoramente una de las mujeres. Exacto: ni drogadictos ni marginales ni vagos. Personas normales arrojadas a la salvaje anormalidad de la exclusión social.

Necesitamos ayudarnos. Mañana puedes ser tú quien esté en el infierno”

La situación, en fin, es trágica, terrible. Y si no estalla es porque aún contamos con el colchón amparador de la Sanidad Pública. Cuando la privatización destruya ese tesoro igualitario y los niños empiecen a enfermar, habrá degollinas. Creo que nuestros dirigentes no conocen la hondura de este abismo. Algunos, incluso, exhiben una ignorancia rayana en lo grotesco, como la alcaldesa de Aguilar de Campoo (PP), que en los pasados carnavales declaró al magazine Vamos a ver, que dirige Álvaro Elúa en Castilla y León TV: “Como están de moda los desahucios, me voy a disfrazar de vagabunda” (luego lo justificó diciendo que en los momentos malos había que tener sentido del humor, pero creo que eso sólo mostraba su desconocimiento). Pero la ceguera no es sólo cosa de los políticos; también me asombran esas personas que, si intentas movilizarte para ayudar, lo tildan despectivamente de caridad y dictaminan que no hay más vía que la reivindicación política: o sea, esperar a que el Padre Estado te solucione todo mientras tu vecino se muere de hambre. Yo creo que, por supuesto, tenemos que exigir y luchar contra los abusos, los corruptos y las leyes indignas. Pero, además, hay que asumir nuestra responsabilidad individual: tal vez por no asumirla estemos donde estamos.

Necesitamos ayudarnos los unos a los otros; en primer lugar, porque mañana puedes ser tú quien esté en el infierno; pero también porque sólo podremos superar esta crisis si empujamos todos. Y, dentro de las muchas maneras posibles de ayudar, déjame que te proponga una. Se trata de una plataforma solidaria llamada Teaming.net. Cualquier persona puede abrir fácilmente un grupo de ayuda para alguna causa, o bien apuntarse al grupo o grupos que prefiera del modo más sencillo. Cuando te haces teamer de un grupo, o sea, cuando te apuntas, te comprometes a pagar a esa causa un euro al mes. No puedes aportar más aunque desees hacerlo, y esa es la grandeza de esta idea: una solidaridad horizontal, nada paternalista. No hay comisiones (tu euro va íntegro a su fin), no hay riesgos (plena seguridad bancaria) y puedes desapuntarte cuando quieras. Yo he abierto varios grupos de ayuda urgente a familias necesitadas (las historias que he contado antes provienen de ellas); pero en Teaming.net hay cientos de otras causas para escoger: por ejemplo, la Asociación Sentimiento Solidario, que me parece formidable. No es más que un pequeño, ínfimo gesto; pero entre todos es mucho.

Twitter: @BrunaHusky

www.facebook.com/escritorarosamontero

www.rosa-montero.com

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