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Teleficciones 4 - Su gente

Teleficciones 2 Los programas (1971-1990)

Teleficciones 5 - Su gente

Teleficciones 3 Los programas (1991-2012)

ROSA MONTERO El País 2013 (31.10.13/1.7.13)

miércoles, 8 de julio de 2026

 

La vida real ... 8726

Los políticos deberían bajarse del coche oficial y ponerse a pasear de vez en cuando

Sospecho que a Rajoy le preocupa más no haber sido espiado por Estados Unidos que haberlo sido. Si el imperio espía a 35 líderes mundiales y tú no estás entre ellos, verdaderamente es que no vales un pimiento. Y se diría que todo se reduce a eso: a que hablen de ti, a tu pequeño poder personal, a la pompa y el lucro. La realidad política cada vez me resulta más disparatada, más narcisa y más banal. Como esa desopilante fundación creada y presidida por Felipe González para estudiarse a sí mismo.

La vida real marcha por otro lado. El pasado domingo estuve en el parque del Retiro para aprovechar la esplendidez del día y el incendio de las hojas de otoño. Vi familias que habían colgado banderitas y globos de colores entre los árboles para celebrar una fiesta infantil al aire libre. Vi parejas besuqueándose, abismados el uno en el otro; vi perros felices, con las colas girando como las aspas de un helicóptero, y críos pequeños entregados a esa excitación nerviosa, a esa especie de borrachera que produce en los niños la alegría. Vi hombres y mujeres con patines, corriendo en pantalón corto, con bicicleta, vestidos de novios y haciéndose fotos; y a una maravillosa pareja de octogenarios muy bajitos que caminaban lentamente de la mano. También vi a muchos ancianos deteriorados e impedidos; a personas con discapacidades físicas o psíquicas (gente con diversidad, como se llaman ellos), algunos atados a sus sillas de ruedas. Y vi a una pareja de treintañeros sentada en un banco y rodeada de bultos y maletas… Quizá fueran el producto de un desahucio, de un desalojo; atardecía y empezaban a sacar mantas de los hatillos para hacer frente al relente. La vida estallaba en el Retiro, en fin, en toda su gloria, toda su lucha y toda su pena. Era emocionante. Los políticos deberían bajarse del coche oficial y ponerse a pasear de vez en cuando.

 

Todas esas víctimas calladas ...

El otro día vi un interesante documental de televisión sobre un conocido impostor, Frédéric Bourdin, El Camaleón, un francés nacido en 1974 que dice haber asumido 500 identidades falsas a lo largo de su vida y que alcanzó la celebridad porque se hizo pasar una y otra vez por diversos niños desaparecidos. Lo más chocante es que Bourdin, claro está, iba envejeciendo, de manera que fingía ser un adolescente cuando en realidad era mucho mayor. En su caso más sonado se hizo pasar por un chico norteamericano de 16 años, aunque él ya había cumplido los 23. Y lo hizo con éxito, o al menos con relativo éxito, porque engañó a la gente durante cierto tiempo. Al final, sin embargo, siempre le pillaban; en Estados Unidos le metieron en prisión durante seis años, una pena desmesurada y brutal para alguien que, como Frédéric, es evidentemente una persona con problemas emocionales y psíquicos, un peter pan incapaz de crecer que, pese a su paso por la cárcel, no cejó en su obsesión y siguió haciéndose pasar por otros chavales (volvió a ser detenido, juzgado y condenado, esta vez en Francia y sólo a cuatro meses de cárcel). Hace un par de años incluso se hizo una película con su historia.

Siempre me han fascinado los impostores, esa compulsión por ser otro, esa identidad líquida y mudable, capaz de adaptarse a cualquier cosa. En el documental, Bourdin inquietaba. No era del todo simpático; te conmovía su necesidad de reconocimiento y de afecto, pero había algo flagrantemente narcisista en él, un exhibicionismo un poco rechinante, un placer en el síntoma como a veces muestran los anoréxicos crónicos: te compadeces de ellos y al mismo tiempo te irrita su obsesión, tan egoísta y ciega a cualquier otra cosa. Pero, en cualquier caso, no era de Bourdin de quien quería hablar en este ar­tícu­lo, sino de un modesto letrerito que aparecía en pantalla al final del programa de televisión. Y el letrero tan sólo decía: Frédéric Bourdin se casó y tiene tres hijos.

Siempre he echado de menos una sensibilidad social para hablar de la violencia contra los niños

Una escueta información que me impactó.

Googleé Bourdin y, en efecto, comprobé que se había casado con una francesa en 2007, tenía tres hijos y vivía cerca de Le Mans (Francia). Verán, creo que Frédéric El Camaleón puede ser el mejor padre del mundo; quizá sepa dar a sus hijos todo el amor que a él no le dieron. Pero lo que no pude evitar pensar, una vez más, fue: con qué facilidad se tienen hijos; con qué increíble ligereza permite la sociedad que cualquier padre, cualquier madre, tenga niños pequeños en su poder. En ese poder absoluto que la paternidad otorga, en la oscuridad impenetrable de la vida privada, del hogar. Un ámbito cerrado en donde puede suceder cualquier cosa. Hablamos mucho de la violencia de género contra las mujeres, y con razón. Pero siempre he echado de menos una sensibilidad social equiparable para hablar de los grupos más desprotegidos: de la violencia contra los ancianos y, sobre todo, contra los niños.

Qué indefensión absoluta la de un niño frente a sus padres: cuando son muy pequeños, ni siquiera saben que el mundo no es así y en este así podemos imaginar todos los infiernos que atraviesan demasiados críos de este planeta. Golpes, maltrato psicológico, a veces directamente torturas, abusos sexuales o incluso la muerte, como sucedió con el horripilante caso de José Bretón, ese monstruo que asesinó y quemó a sus hijos de seis y dos años, o como tal vez haya ocurrido con esa niña gallega, la pobre Asunta, quién sabe si envenenada por sus padres (cuando escribo este artículo, que tarda un par de semanas en imprimirse, esta escalofriante historia aún está sumida en la confusión).

Demasiadas veces los progenitores feroces y abusivos son personas aparentemente normalísimas, ricas, asentadas socialmente y exitosas, como Bretón o como serían los padres de Asunta si se demuestra su culpabilidad. De modo que soy sincera cuando digo que, paradójicamente, tal vez Bourdin sea un padre maravilloso. Pero esa frase final del documental me hizo pensar una vez más en la incoherencia de nuestra sociedad. Necesitamos hacer test psicotécnicos para sacar el carnet de conducir, y también, como es lógico, para adquirir un arma. Pero, ¿para tener hijos no se pide nada? ¿Para esa responsabilidad tan colosal, para dejar a una criatura totalmente indefensa sometida a lo que puede ser el horror más completo, no hay que hacer ni una prueba? Todos esos combatientes antiabortistas tan activos deberían trasladar sus energías en defender a los niños, en vez de a los fetos. Que no sacralicen tanto a la familia, que puede ser estupenda, desde luego, pero que también puede ser un entorno peor que Auschwitz. Algo habría que hacer para defender a los críos. Todas esas víctimas calladas @BrunaHusky

 

Palomear

La lengua es como una piel que recubre el cuerpo social y se estira y encoge siguiendo sus mudanzas

El periodista y escritor Jesús Marchamalo me habla en Panamá, durante el VI Congreso de la Lengua, de un verbo genial que le oyó decir a un mexicano para expresar la acción de marcar con un pequeño signo las casillas de un formulario: palomear. “¿Ya palomeaste el documento?”. Es una palabra ingeniosa y elocuente porque el pequeño trazo suele tener, en efecto, la silueta de un ave; y escoger que sea una paloma le da un toque modesto, doméstico, risueño. He aquí una lengua vibrando de vida.

La lengua es como una piel que recubre el cuerpo social y se estira y encoge siguiendo sus mudanzas. Algo tan orgánico no se puede modificar por decreto: el voluntarismo no funciona (esos espeluznantes “ciudadanos y ciudadanas”, por ejemplo). Solo un cambio real de la sociedad puede hacer evolucionar el manto de palabras que la recubre. Por eso no me extraña que ahora sean los países latinoamericanos los más capaces de mostrar esa vitalidad creativa: mientras Europa se tambalea y España apura su crisis, Latinoamérica parece estar en un momento de despegue.

Todo eso se refleja en nuestra lengua. Ya se sabe que la hablan 400 millones de personas; que es el segundo idioma materno del planeta, tras el mandarín, y que hay expertos que sostienen que, para 2045, será la lengua mayoritaria (aunque yo creo que para entonces hablaremos todos chino). A veces alardeamos demasiado triunfalmente de estas cifras, aunque tampoco viene mal para contrarrestar el consabido e irritante complejo de inferioridad hispano. Pero para mí la mayor riqueza del español no reside en su enorme implantación, sino en su diversidad, en sus muchas versiones y matices. En este mundo crispado, sectario y excluyente, emociona poder celebrar una lengua común llena de diferencias que no solo no desunen, sino que potencian. Palomeando se vuela hacia el futuro. Ser distintos nos hace más fuertes.

 

 

Pobreza

En el último y penoso año de dolor social, en España han aumentado un 13% los millonarios

Ayer lunes empezó la Semana contra la Pobreza, cuya fecha principal es el próximo jueves, que será el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Hala, ya he debido de perder como el 80% de los lectores de este artículo, porque estamos hartos de que nos hablen de pobres. Sobre todo porque los pobres pobrísimos, esas más de 600.000 familias con montones de niños que hay ahora mismo en España sin ningún ingreso, y a las que este tema interesaría cantidad, no es nada probable que me lean (no tienen ni dinero ni aliento para ver periódicos). Luego está la enorme masa media que anda llegando a final de mes con muchos apuros y que, agotada por la crisis, no quiere recordar una realidad que le amarga y le angustia (porque podrían caer en ese abismo en cualquier momento). En cuanto a los ricos, e intentaré no hacer demagogia, no es que odien a los pobres, sino que me parece que la mayoría son unos marcianos que ignoran por completo la realidad española. Además, es fácil olvidar a los paupérrimos porque desaparecen: al final no salen de sus casas ni para protestar porque no tienen para el billete de metro. La verdadera marginación es invisible. Por eso me parece estupendo que el próximo jueves las más de 1.000 organizaciones que forman parte de la Alianza Española contra la Pobreza salgan a la calle a recordarnos unas cuantas verdades incómodas. Como, por ejemplo, que, según expertos en la Hacienda Pública, se pierden 90.000 millones de euros al año por el fraude fiscal, perpetrado en un 72% por grandes empresas y fortunas; que, según el Observatorio de la Responsabilidad Social Corporativa, 33 de las 35 empresas del Ibex 35 tienen fondos en paraísos fiscales; y que en el último y penoso año de dolor social, en España han aumentado un 13% los millonarios. Digo yo que habría que hacer algo con todo eso.

 

“Hay que morir alguna vez en la vida”

Con solo 16 años es un icono global contra el integrismo. Los talibanes le arrebataron su infancia a balazos. Sin miedo. Sin rencores. Esta es su historia

"Empecé mi lucha a los diez años".Antonio Olmos

Es diminuta pero posee una cabeza rotunda, una cabeza que destaca en la delicadeza de su cuerpo de elfo. Viste ropas tradicionales pastún de alegres colores y su cara está enmarcada en un bonito chal estampado de flores y colocado con gracia. Se le ve el cabello, detalle muy importante en la tremenda jerarquía de tocados musulmanes para mujeres, desde la siniestra y carcelaria burka hasta el ligero hiyab. Parece una figurilla de belén, una pastorcita de terracota. “Le voy a contar algo de mí”, le digo nada más sentarnos en la fea y burocrática sala privada de un hotel de Birmingham, que es donde se está celebrando el encuentro. “Verá, yo he hecho muchas entrevistas durante décadas, hasta que hace cuatro o cinco años me cansé y ya no hice más. Sin embargo, cuando me propusieron su nombre, inmediatamente dije que si. Así que usted es responsable de mi regreso a este género periodístico…” Malala me mira con una atención absoluta, con una concentración perfecta, una adolescente cautelosa y seria que lo controla todo. Empieza a darme las gracias, muy educada, como corresponde a lo que acabo de decirle. Le interrumpo: “En realidad no se lo digo para halagarle, aunque desde luego la admiro; se lo digo porque me quedé pensando en el enorme efecto que tiene usted en tantísima gente alrededor del mundo. ¿No le agobian las expectativas que todos parecemos tener sobre usted?”.

-No. Estoy entregada a la causa de la educación y creo que puedo dedicarle mi vida entera. No me importa el tiempo que me lleve. Me concentro en mis estudios, pero lo que más me importa es la educación de cada niña en el mundo, asi que empeñaré mi vida en ello y me enorgullezco de trabajar en pro de la educación de las niñas, y la verdad es que es una gran oportunidad tener esta entrevista hoy con usted. ¡Gracias!

Ha contestado con firmeza, con seguridad y con tanta profesionalidad que la última palabra la ha dicho en español. Me la imagino aprendiendo a decir gracias en todos los idiomas de sus entrevistadores. Una niña aplicada. En su libro Yo soy Malala (Alianza Editorial) cuenta con gracia una anécdota reveladora: “Mi profesor de Química [en Paquistán], el señor Obaidullah, decía que yo era una política nata porque, al comienzo de los exámenes orales, yo siempre decía: ‘Señor, ¿puedo decirle que usted es el mejor profesor y que la suya es mi clase preferida?”. El nivel de autocontrol de Malala me parece increíble: ¡tiene dieciséis años! Pero, como se ve en su escalofriante y conmovedor libro, lleva viviendo una vida extremadamente adulta y anormal desde los diez. Lo talibanes no lograron ni matarla ni callarla cuando le metieron una bala en la cabeza, pero le robaron una buena parte de su infancia.

 -¿Ya está bien de salud?

-Estoy muy bien, y esto es por las oraciones de la gente, y también por las enfermeras y los médicos en el hospital, que me han atendido muy bien, y porque Dios me ha concedido una nueva vida. Hago fisioterapia una o dos veces al mes en el lado izquierdo de mi cara, porque el nervio facial que controla el movimiento de este lado fue cercenado por la bala y por lo tanto había dejado de funcionar, pero ya han cosido el nervio, ha empezado a reconstruirse y está recuperándose muy bien. Ha alcanzado un 88% de recuperación.

-¿Le han dado ayuda psicológica?

-Sí, los psicólogos del hospital me han ayudado. Vinieron y me hicieron muchas preguntas y a las dos o tres sesiones dijeron, Malala está bien y ya no le hace falta tratamiento… Además es muy aburrido.

La bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara, cortó el nervio y rozó el cerebro, que se inflamó tanto que tuvieron que quitarle toda la tapa de la cabeza. Durante meses estuvo con el cerebro al aire y con el pedazo de cráneo metido, para su conservación, bajo la piel del abdomen (al final tiraron el hueso y le pusieron una pieza de titanio). También estuvo meses con medio rostro desplomado: no podía reir, apenas podía hablar, no podía parpadear con el ojo izquierdo y los dolores eran terribles. En su discurso a la ONU el pasado 12 de julio, el día que cumplió dieciséis años, se le notaban más las secuelas que ahora: la rehabilitación hace su efecto. Sigue siendo una chica guapa y sólo queda una ligera sombra de desequilibrio en su cara.

-Le pregunto todo esto porque usted ha pasado por una situación durísima, y ahora podría tomarse cierto tiempo para recuperarse. Pero no, inmediatamente ha sacado usted este libro, que le obliga a volver a dar entrevistas y a estar de nuevo en primera línea. Eso es una elección. Y parece dura.

Estar en primera línea es mi vida. Ya no puedo abandonar

-Es que esto ya es mi vida, no es sólo una parte de ella. No puedo abandonar. Cuando veo a la gente de Siria, que están desamparados, algunos viviendo en Egipto, otros en el Líbano; cuando veo a toda la gente de Paquistán que está sufriendo el terrorismo, entonces no puedo dejar de pensar, “Malala, ¿por qué esperas a que otro se haga cargo? ¿Por qué no lo haces tú, por qué no hablas tú a favor de sus derechos y de los tuyos?” Yo empecé mi lucha a los diez años.

-Lo sé. Cuando llegaron los talibanes.

-En aquel entonces vivía con mi padre en Swat, es nuestra región natal, y y los talibanes se levantaron y empezó el terrorismo, azotaron a las mujeres, asesinaron a las personas, los cuerpos aparecían decapitados en las plazas de Míngora, nuestra ciudad. Destruyeron muchas escuelas, destruyeron las peluquerías, quemaron los televisores en grandes piras, prohibieron que las niñas fueran a la escuela. Había mucha gente en contra de todo esto, pero tenían miedo, las amenazas eran muy grandes, así que hubo muy pocos que se atrevieron a hablar en voz alta en pro de sus derechos, y uno de ellos fue mi padre. Y yo seguí a mi padre.

El libro de Malala no es sólo sobre Malala sino, en gran medida, también sobre su padre. Un tipo singular y sin duda heroico, un maestro dispuesto a conquistar, por medio de la cultura, un futuro de justicia y de paz en un mundo en llamas. Y un hombre que, además, en una sociedad brutalmente machista como la pastún, apoyó a su hija mayor y le dio la misma libertad y la misma confianza que a un varón. El padre, Ziauddin, también está aquí, sentado al otro lado de la mesa. Bajito, de unos cuarenta años, con algo limpio y casi niño en su sonrisa. La gravedad de Malala contrasta con la ligereza juvenil de Ziauddin. Pero, claro, él no perdió su infancia ni tuvo que luchar contra todo su mundo para ser reconocida como persona pese a ser mujer. A los once años, en lo más negro del terror talibán, Malala empezó a escribir un blog para la BBC en urdú. En la primera entrada decía: “En mi camino a casa desde la escuela escuché a un hombre gritando: ¡Te mataré! Apresuré el paso… pero para mi gran alivio vi que estaba hablando por su movil y que debía de estar amenazando a otra persona”. Aunque firmaba con seudónimo, todo el mundo acabó sabiendo que era ella. Además empezó a acudir a las televisiones y a las radios, junto con su padre, a protestar por los abusos. Fueron casi los únicos en hacerlo.

-El libro tiene una parte que es como un cuento de terror. Dice usted: “Tenía diez años cuando los talibanes llegaron a nuestro valle. Moniba [su mejor amiga] y yo habíamos estado leyendo los libros de Crepúsculo y deseábamos ser vampiras. Y nos pareció que los talibanes llegaron en la noche exactamente como vampiros"...

- Lo importante es que si preguntas a los niños aquí de qué tienen miedo, te van a contestar que de un vampiro, de Drácula o de un monstruo, pero en nuestro país tenemos miedo a los humanos. Los talibanes son seres humanos pero son muy violentos y hacen tanto daño que cuando un niño oye hablar de un talibán le entra miedo, igual que si fuera un vampiro o un monstruo.

-Es un sistema perverso y demencial; prohibieron la música, prohibieron cantar...

-Nos prohibieron todo y si oían barullo y risas en una casa, irrumpían por si estabas cantando o viendo la televisión, y rompían los televisores. A veces se limitaban a amonestar a la gente, a veces la pegaban o la fusilaban o la masacraban. No nos dejaban ni jugar a las peluqueras con las muñecas.

-Ustedes terminaron viendo la televisión dentro de un armario. Era la apoteosis del absurdo,

-Sí, y con el volumen muy bajo, para que nadie más la oyera. Con tanto temor por todas partes la vida se hacía muy dura y pensábamos desesperadamente en nuestro futuro, en cómo íbamos a vivir con ese miedo, en lo peligrosa que era la situación…. Y aún así nos quedaba cierta esperanza en un rincón del corazón.

-Luego los talibanes empezaron a matar. Primero a los policías, asi que dejaron sus empleos y pusieron anuncios en los periódicos diciendo que ya no eran policías, para que no les asesinaran…. Después asesinaron a los músicos, y los músicos también pusieron anuncios diciendo que habían dejado el pecado de la música y que ya eran fervientes creyentes…. Eso de los anuncios me impresionó. Su propio padre, cuando le amenazaron, puso un anuncio que decía: “Matadme a mí pero no hagáis daño a los niños de mi escuela, que rezan todos los días al mismo Dios en el que vosotros creeis”.

-Sí, y luego estaba la radio de los talibanes, predicaban como dos veces al día. Y daban mensajes diciendo: “Felicitamos a Fulano, que se ha dejado crecer la barba y por eso va a entrar en el paraíso; felicitamos a Zutano, que ha cerrado su tienda de video y se ha arrepentido; nos congratulamos de que la niña Tal y Cual ha dejado de ir a la escuela”... Y a las niñas que íbamos a clase nos insultaban todos los días de forma muy fea y nos decían que iríamos al infierno.

-En los últimos años ustedes estaban convencidos de que su padre, Ziauddin, iba a ser asesinado. E idearon todo tipo de estrategias para evitarlo… Sus hermanos pequeños querían construir un túnel…

-Sí, y también pensábamos esconder a mi padre en un armario. Mi madre dormía con un cuchillo debajo de la almohada, y también dejamos una escalera apoyada en el muro de atrás para que mi padre pudiera huir si venían a buscarle. Algún tiempo después se coló en nuestra casa un ladrón gracias a esa escalera y nos robó la tele.

-De hecho, --interviene el padre desde el otro lado de la mesa, -- nos alegró mucho que se llevara la tele, porque de haberse llevado la escalera nada más, habríamos tenido miedo de verdad.

-- ¡Cierto! De modo que era alguien que, como ustedes, ¡quería ver la televisión!

-¡Sí, sí! (Malala y Ziauddin ríen) ¡Gracias a Dios ha sido un ladrón!

-¿Cómo podían aguantar ese miedo todos los días?

Los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros

-En aquel entonces el miedo nos rodeaba. Fue todo tan duro. No sabíamos lo que el futuro nos deparaba, queríamos hablar pero no sabíamos que nuestras palabras nos conducirían al cambio, que nos escucharían en todo el mundo. No estábamos enterados del poder que encierra un lápiz, un libro. Sin embargo, se ha demostrado que los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros.

-En el libro cuenta que hace poco, en un centro comercial en Abu Dhabi, sintió un repetino ataque de terror. Un comprensible ataque de angustia. ¿Le ha vuelto a pasar?

-Sí, me ha pasado dos o tres veces. Cuando vi a la gente a mi alrededor en Abu Dhabi, a todos esos hombres alrededor, de pronto pensé que estaban al acecho, armados, que me iban a disparar. Y luego me dije, ¿y por qué te da miedo ahora? Ya le has visto la cara a la muerte, ya no debes tenerle miedo, se ve que ya ni la muerte quiere matarte; la muerte quiere que vivas y trabajes en pro de la educación. De manera que me dije, no tengas miedo, sigue adelante, que Dios y la gente te acompaña. Hay que morir alguna vez en la vida.

-Pero usted es demasiado joven…

-Demasiado joven, demasiado joven –repite dolorosamente el padre, como un coro griego.

-Hay otra cosa que me parece muy importante de usted, y es que es creyente. Una intelectual argelina me dijo hace años que la izquierda argelina había fracasado en su intento de modernizar el país porque se habían enajenado completamente de su pueblo y de su sociedad. Eran laicos, rupturistas, demasiado modernos, demasiado occidentalizados para ser aceptados por la mayoría. Usted, en cambio, sigue perfectamente integrada en su cultura y en su religión.

Clamo por los derechos de las niñas en nombre del mismo Dios de los talibanes

-Amo a Dios porque me ha protegido, y creo que me va a preguntar el día del juicio, “Malala, veías el sufrimiento de la gente en Swat, veías cómo sufrían las niñas, que masacraban a las mujeres, que asesinaban a tantos policías. ¿Qué has hecho tú para defender sus derechos?” Sentí que era mi deber clamar por los derechos de las niñas, por los míos, por el derecho de asistir a la escuela, y lo hago en nombre del Dios por el que los talibanes me tirotearon.

-Cuando tenía usted once años y estaba escribiendo el blog, The New York Times hizo un precioso documental de televisión sobre usted y su padre. Le diré que, cuando lo vi, pensé que su padre era como más idealista, más alocado, y que usted era la sensata de los dos. Vamos, usted me pareció la madre de su padre, y usted perdone, Ziauddin.

(Los dos se tronchan de risa)

-¿Me vió asi? En la sociedad pastún, si una chica es muy madura y empieza a hablar muy pronto de cosas de la familia, digamos a los once años, le dicen niyá o sea abuela.

-Pues no sé si será usted una niyá, pero desde luego tiene un gran sentido práctico. Las dos primeras cosas que dijo en el hospital de Birmingham, tras una semana de coma inducido, fue: “¿Dónde está mi padre?” y “No tenemos dinero para pagar todo esto”.

-Por entonces estaba todavía muy aturdida, muy confundida. Cuando un médico hablaba con una enfermera, creía que le estaba preguntando cómo íbamos a pagar el hospital, y pensaba que me iban a expulsar y que tendría que buscar un empleo.

-En ese mismo documental usted decía que su padre quería que fuera política, pero que usted quería ser doctora y que no le gustaba la política…. Ahora ha cambiado de opinión.

-Amo a mi padre y él me inspira, lo cual no significa que siempre esté de acuerdo con él. Discrepo con él en muchas cosas, él cree que la política es buena y sirve para cambiar el mundo pero yo antes quería ser médico. Pero luego pasó el tiempo y fui dándome cuenta de que el Gobierno no estaba haciendo nada, que su deber elemental era conceder derechos básicos al pueblo, proporcionarles electricidad, gas, educación, buenos hospitales. Y entonces por eso de repente pensé que sí que quería ser política para conseguir un cambio grande en mi país. Para que un día Paquistán esté en paz, para que no haya guerra ni talibanes y todas las niñas vayan a la escuela. Y no sólo quiero ser política, sino líder también.

-Líder social.

-Sí, líder social, y guiar a la gente, porque el pueblo en Paquistán anda descaminado, están divididos en muchos grupos, y llega un líder y forma un grupo, llega otro y forma otro grupo distinto, pero nunca he visto a alguien que sepa unir a la gente. Quiero hacer que toda esa gente se una, quiero que Paquistán sea uno solo, quiero ver la igualdad entre todos y la justicia.

-¿Y cree que usted los puede unir?

-Para lograr ese objetivo tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento. Además nos hace falta un escudo, que es la unidad del pueblo. Cuando la gente me acompañe, cuando los padres de las niñas me acompañen, cuando estemos juntos, me apoyarán con su voz, con su acción, con su compasión. Cuando nos apoyemos los unos a los otros, cuando nos eduquemos, cuando logremos ese poder, podremos con todo. Y entonces volveré a Paquistán.

-En su libro dice que, a los trece o catorce años, veía los DVD de la serie norteamericana Betty la Fea “que era sobre una chica con una ortodoncia enorme y un corazón también enorme. Me encantó y soñaba con la posibilidad de ir algún día a Nueva York y trabajar en una revista como ella”. Me parece una afirmación conmovedora. ¡La revista de Betty la Fea es de moda! Esa añoranza por una vida normal y sin el peso sobrehumano que acarrea usted sobre los hombros…

-Me gustaba ver la serie, me gustaba pensar en otro mundo en donde el mayor problema era la moda, quien viste qué ropa, qué sandalias, qué color de lápiz de labios usa tal chica… Mientras por otro lado las mujeres se mueren de hambre, y los niños también, y azotan a las mujeres, y aparecen cuerpos decapitados…

-Pero, en cualquier caso, lo que indica este texto es que por ahí abajo hay ese anhelo comprensible de una existencia liviana y normal…

Malala me mira fijamente, se toma un par de segundos y luego dice que sí con la cabeza. Ni siquiera se atreve a verbalizar su añoranza de otra realidad. Es una niña atrapada entre las ruedas de una responsabilidad colosal. Imaginen la situación: una realidad de violencia y abuso insoportables, un padre heroico que señala el camino y una niña inteligentísima, evidentemente superdotada, consciente de su propia dignidad y con una gran capacidad de compasión. Todo se conjuró en la vida de Malala para encerrarla en su destino de Juana de Arco. Las balas de los talibanes la han catapultado a una visibilidad mundial y es posible que, cuando ustedes lean esta entrevista, le hayan concedido el Nobel de la Paz, que se hará público mientras esta revista esté en imprenta. Yo he firmado pidiendo el Nobel para ella, pero ahora casi me preocupa que se lo den: sería otro peso más, otra exigencia. Malala, enardecida por haber sobrevivido y todavía muy joven, pese a su madurez, tiene ensueños grandiosos para el futuro de su pueblo. Ensueños inocentes y difíciles de alcanzar pero que quizá ella logre poner en marcha, porque esta pizca de mujer es poderosa. Tanto el padre como la hija tienen algo limpio, el corazón en la boca, una luz que encandila. Pero la luz de Malala está llena de sombras, es una estrella oscura llena de dolor y de determinación. A los dieciséis años está dispuesta a sacrificar toda su vida por su proyecto.

-¿Se ha enamorado alguna vez? Me refiero a esos amores infantiles, de un actor, de un vecino mayor.

-(Risas) Me encantan los jugadores de cricket. Pero eso es sólo parte de la vida, cuando te encariñas con alguien, y tengo cariño a tanta gente. Hay un jugador que se llama Shahid Afridi, que siempre sale eliminado sin anotar, pero sin embargo todos le queremos mucho. Está también Roger Federer. Hay muchos, pero eso no significa que me case con ellos.

-¿Pero piensa casarse?

-¡Tal vez!

-Interesante, porque, en su parte del mundo, todas las líderes políticas tuvieron sin duda que casarse: Benazir, Indira… Es una buena respuesta.

-Es una respuesta diferente.

-Pues nada más. Muchas gracias, Malala.

-Gracias a usted por su amor y su apoyo.

Y al escuchar su primorosa contestación final me siento como el señor Obaidullah, su profesor de Química.

 

 

 

Esos maravillosos científicos raros

Carlos Rosillo

Ya se sabe que la ciencia en España está a punto de hundirse para siempre. Nunca hemos sido un país de científicos sino más bien de iluminados, pero en las últimas décadas, con la normalización democrática, parecía que la ciencia empezaba a abrirse tímidamente paso en nuestra sociedad, aunque el presupuesto para I+D siempre fue mucho menor en España que en nuestro entorno europeo. Pero si antes la situación era más bien cutre, ahora ya es directamente trágica. Los recortes de la crisis se han cebado en este campo; se han perdido centenares de puestos de trabajo, se han cerrado centros y líneas de investigación, el CSIC está al borde de la quiebra.

La cosa está tan rematadamente mal, en fin, que los científicos, que en España siempre fueron considerados un poco frikis, ahora se han visto obligados a lanzarse al monte del subempleo, la marginalidad y la bohemia. Como esa fantástica genetista del CSIC, María Luisa Botella, que el año pasado consiguió 15.000 euros en el concurso de televisión Atrapa un millón. Botella investiga la HHT, una enfermedad rara hemorrágica que puede causar la muerte y que por ahora no tiene cura. Hay 1.500 enfermos diagnosticados en España y María Luisa siente que se debe a ellos: de hecho, su equipo ha lanzado el único medicamento que palía los síntomas de la dolencia. Pero resulta que los recortes económicos impiden que María Luisa contrate al personal que necesita para proseguir sus investigaciones: de ahí lo de presentarse al concurso. Y no sólo eso: para sacar fondos, también vende lotería y cosméticos. La historia de María Luisa no es un caso excepcional; por ejemplo, el doctor Mario Cordero, que está investigando la fibromialgia en la Universidad de Sevilla con resultados mundialmente relevantes, se mantiene a duras penas gracias a las rifas y las tómbolas que organizan los enfermos para encontrarle dinero. De seguir así, dentro de poco todos los feriantes que venden camisetas y calcetines en los mercadillos serán probablemente científicos en busca de fondos.

De seguir así, dentro de poco todos los feriantes serán científicos en busca de fondos

En esta línea excéntrica, aunque no con el fin de sacar dinero para la investigación, que yo sepa, sino para fomentar el conocimiento científico, está una panda de chiflados maravillosos que se denominan The Big Van Theory (la teoría de la gran furgoneta, juego de palabras con la teoría del Big Bang). Son trece científicos de diversas disciplinas que se dedican nada más y nada menos que a hacer monólogos humorísticos para divulgar la ciencia “de una forma amena y asequible en bares, teatros, ferias científicas y otros eventos”, como ellos mismos explican en su página web (www.thebigvantheory.com). Yo tuve la suerte de verlos en el teatro del Arte de Madrid (en donde volverán a actuar el 23 y el 30 de octubre) y debo decir que son fantásticos. Divertidísimos como buenos humoristas y además con una enjundia divulgativa fascinante. Este puñado de matemáticos, físicos, biólogos y demás criaturas raras especializadas en diferentes ramas del saber están haciendo una gira, el Relámpago Tour, que comenzó el 1 de junio en el Festival Freak de Logroño (llamado prometedoramente Frikoño, para que vean por dónde anda la cosa) y que terminará el 17 de noviembre. Todavía actuarán en muchas partes: Barcelona, Granada, Zaragoza, Oviedo, Lleida… Las fechas y lugares se pueden comprobar en su página web.

Además estos locos geniales van a colegios e institutos a dar charlas, a universidades y conferencias a dar la brasa, e incluso se atreven a montar talleres de comunicación científica para grupos de hasta doce personas. En realidad se diría que se atreven a casi todo. Son como unos misioneros del saber, empeñados en desasnar a esta sociedad de nuestro arraigado prejuicio acientífico. Y es que no hay fantasía mayor que la ciencia: ni hadas ni Harry Potter ni la serie Crepúsculo. Por ejemplo: ¿saben que nueve de cada diez células de nuestro cuerpo son bacterias? ¿Y que tan sólo en el intestino acarreamos como un kilo de bacterias, una manada colosal de bichitos amables, la llamada flora intestinal? Esto no lo aprendí viendo a nuestros monologuistas, sino leyendo el fascinante libro Ni contigo ni sin ti, de Vicente, García-Ovalle y Medina. Pero de lo que sí me enteré el otro día con The Big Van Theory es que un papel sólo se puede doblar por la mitad seis o siete veces, si lo intentamos nosotros con un papel normal; que el récord lo tienen unos estudiantes americanos que plegaron 13 veces un papel higiénico de 16 kilómetros de largo; que si alguien pudiera doblar un papel 27 veces, el grosor resultante tendría la altura del Everest; y que si se doblara 42 veces, alcanzaría la Luna. En fin, no me digan que no es maravilloso. Hay que frecuentar más la Ciencia, esa magia tan pura.

 

La elección

Esa actitud tremenda, tribal, hostil, deshumanizadora, violenta, de considerar al otro un contrario a abatir es un sucio y primitivo veneno que llevamos todos en la barriga

“Nada de lo humano me es ajeno”, dijo el romano Terencio, y es verdad: si miramos bien dentro de nosotros ahí está todo, lo sublime y lo atroz, la capacidad para acabar convertido en un ángel o un verdugo. Y, dentro de ese casi infinito abanico de posibilidades, uno escoge. Uno siempre escoge aunque no lo sepa porque la pasividad también es una elección. Que te compromete, y te mancha como cualquier otra. Escogemos todos, pues, los individuos y las sociedades, y podemos dejarnos llevar por nuestros peores instintos, por las emociones más primarias y más bárbaras, o levantar la cabeza, aplicar la empatía y la razón, intentar ser mejores de lo que somos, mirar lo grande que es el cielo, como decía Hipatía en la bella película de Amenábar.

No son tiempos buenos. Pienso en la delirante carnicería del centro comercial de Nairobi, en la xenofobia creciente y la indiferencia ante morideros como Lampedusa, en la violencia de los matones griegos de Amanecer Dorado. Gabi Martínez cita en su libro Solo para gigantes un brutal proverbio beduino: “Yo contra mi hermano. / Yo y mi hermano contra nuestro primo. / Yo, mi hermano y nuestro primo contra los vecinos. / Todos nosotros contra el forastero”. Y en Yo soy Malala, la autobiografía de la niña paquistaní a la que los talibanes dispararon en la cabeza por querer ir a la escuela, se cuenta que, entre los pastunes, el pueblo de los talibanes y de la propia Malala, las reyertas entre familiares y vecinos son tan comunes que la palabra primo también quiere decir enemigo. Esa actitud tremenda, tribal, hostil, deshumanizadora, violenta, de considerar al otro un contrario a abatir, es un sucio y primitivo veneno que llevamos todos en la barriga. Tenemos que ser capaces de combatirlo. Y para eso hay que elegir. Por cierto: Malala eligió, y en condiciones durísimas. Todo un ejemplo.

 

Epidemia

Einstein decía que el nacionalismo es una enfermedad infantil del ser humano

Los nacionalistas suelen decir que los de fuera no entendemos su nacionalismo. Y tienen toda la razón, porque el nacionalismo no se puede entender, o sea, no es una construcción racional a la que se pueda acceder lógicamente, sino un espasmo emocional de origen remoto. Que a principios del siglo XXI haya gente que se siga sintiendo superior y orgullosísima de sí misma por haber nacido casualmente a este lado o al otro de un río, es algo que me deja patidifusa. Además los nacionalismos se han beneficiado de un malentendido: cuando, en el siglo XIX, lucharon contra los imperios multiétnicos como el austro-húngaro, se convirtieron en aliados de los socialistas que se enfrentaban a la tiranía imperial, y eso hizo que se les viera con una aureola de izquierdismo y de progreso, cuando en realidad eran movimientos retrógrados y racistas (lo explica R. Kaplan en su libro Rumbo a Tartaria). Lo lamento, pero, cuanto más lo pienso, más me parecen un impulso primitivo y animal, un residuo de la horda, de la manada; pero los nacionalismos no se piensan sino que se sienten, lo mismo que la fe religiosa. Einstein decía que el nacionalismo es una enfermedad infantil del ser humano. A veces cursa de manera leve, como una gripe; pero otras se convierte en una meningitis que fulmina los cerebros, como sucede, por ejemplo, con los energúmenos que asaltaron la sede de la Generalitat en Madrid hace unos días. Porque lo peor es que es una enfermedad muy contagiosa. Tras los excesos del franquismo, el españolismo estaba en horas bajas. Pero esta erupción de catalanismo está avivando la bicha por doquier. Eso es lo único que me inquieta de la cuestión catalana: su contagio. Por lo demás, si quieren independizarse, que lo hagan: creo que es un error, pero tienen derecho a equivocarse. Y por favor, que sea cuanto antes, para evitar que prospere la epidemia.

 

 

¿Para qué sirven los notarios?

José Manuel Pedrosa

Voy a contarles una historia tremenda con final feliz. No sé si recordarán el increíble caso de Juana Vacas, una anciana analfabeta de 75 años de Torredelcampo (Jaén) que se veía obligada a pagar las deudas del asesino de su hija. ¿Que cómo podía suceder semejante disparate? Pues porque, a los cinco meses de la muerte de su hija Purificación (que padecía un 44% de discapacidad y fue reventada a martillazos por su marido, Fermín Jiménez, un fontanero alcohólico), Juana fue a arreglar los papeles de la testamentaría y aceptó la herencia de su hija, sin ser advertida por el notario de que, al hacerlo, lo que estaba heredando eran las deudas del criminal: 60.000 euros. Cuando se enteró, Juana creyó morir. Sólo cobra 600 euros de pensión y es una persona claramente indefensa. De los cuatro hijos que tuvo, sólo le queda una chica, Encarnación. Los otros dos murieron a causa de la droga. Hay personas que, más que pasar por la vida, son atropelladas por ella.

Esta barbaridad incendió las redes: se recogieron 172.000 firmas en apoyo de Juana. Hasta que, a finales del pasado mes de julio, el Juzgado de Primera Instancia número 1 de Jaén declaró nula la herencia y además les echó un rapapolvo a los notarios por no haber advertido a Juana debidamente. De hecho, la juez señaló que en la notaría no se le habló a Juana “de la posibilidad de aceptar la herencia a beneficio de inventario”, una información que, obviamente, “no debió omitir”, porque, al aceptar a beneficio de inventario, el heredero “no queda obligado a pagar las deudas y demás cargas de la herencia sino hasta donde alcancen los bienes de la misma”. Tras la anulación, todo el mundo respiró aliviado. Fue una de esas sentencias que parecen enderezar el orden del mundo. Uno de esos pequeños actos de evidente cordura que permiten respirar un poco mejor.

"Los notarios, si quieren servir para algo, deben informar y defender a sus clientes"

Pero hete aquí que, en agosto, los notarios cometieron la suprema inclemencia de recurrir la sentencia ante la Audiencia Provincial, según contaba Pedro Simón en El Mundo. Leí la noticia y me estremecí. Se sentirán orgullosos esos notarios, pensé. Se sentirán contentos de sí mismos, me dije, alucinada. Cuando parece obvio que no informaron debidamente a Juana Vacas, prácticamente iletrada y sumida en el dolor. Es evidente que nadie firma de manera consciente esa barbaridad, sobre todo cuando hay una fórmula tan fácil para evitar cargar con las deudas del asesino de tu hija. Y, sin embargo, el Colegio de Notarios de Andalucía se había apresurado a defender, en un comunicado, la actuación de sus compañeros en el caso de Juana Vacas, y a descartar tajantemente que hubiera habido mala praxis.

Esa fue para mí la gota final, así que me puse a escribir este ar­­tícu­­lo indignada. Para empezar por el principio, me pregunté: ¿para qué demonios sirven los notarios? ¿Para qué los queremos? Se llevan un dineral sin hacer absolutamente nada, es decir, sí, se supone que tienen que ofrecer su rigor de testigos, su veracidad y su sabiduría para supervisar la operación y que nadie sea engañado. Es decir, su única obligación era la de explicarle a Juana lo que firmaba. Y explicárselo una y otra vez hasta que le quedara lo suficientemente claro. Al parecer, apenas estuvieron un minuto y medio con ella, o sea, que se diría que ni siquiera se esforzaron mucho en contárselo. Pero es que aunque se lo hubieran dicho detalladamente, tendrían que haber insistido todo lo necesario hasta comprobar que la mujer lo había entendido. En fin, la situación era tan increíble, tan delirante, que, la verdad, sólo se podía entender que hubiera sucedido algo así imaginando el desdén de esos notarios ante la pobre mujer enlutada, de pueblo, nerviosa, analfabeta. O el notario estaba malísimo, con fiebre, con gastroenteritis, casi desmayado, y era él quien no se enteraba (en cuyo caso no habría recurrido la sentencia), o simplemente le importaba un pepino doña Juana. No se me ocurría otra explicación.

Pero entonces, cuando el artículo estaba a punto de imprimirse, salió en la prensa que los notarios habían llegado a un acuerdo con Juana (“por razones humanitarias”, dicen, aunque es por pura justicia, pero vale). Y, así, lo único que van a mantener en su recurso dos de los tres notarios condenados es que ellos no tuvieron nada que ver con la escritura de Juana. Cosa que la mujer ha reconocido y exoneración que me parece lógica, puesto que normalmente los asuntos sólo se tratan con uno de los titulares del despacho. Punto final, pues, para la angustia, para el escándalo, para este disparate tan rotundo. Triunfó la sensatez. Eso sí, qué papelón el del Colegio de Notarios de Andalucía, ¿no? A ver si este triste caso recuerda a los notarios que, si quieren servir para algo, deben ser garantes de la Ley e informar y defender a sus clientes.

 

 

La ciencia

La investigación en España está al borde de la quiebra más absoluta

No se puede decir que España sea un país con vocación científica. Somos ricos en artistas plásticos y escritores, en artes temperamentales e imaginativas. Pero lo de cultivar rigurosamente el intelecto no se nos da bien: pensadores pocos, y científicos poquísimos. Y a los que hay, cantazo en la cabeza y al extranjero. En 2012 la fundación BBVA publicó un estudio sobre el conocimiento científico que comparaba a 11 países, 10 europeos, entre ellos España, y Estados Unidos. Quedamos los últimos, por supuesto. Un bochornoso 46% de los españoles no supieron nombrar a un solo científico. Vamos, es que no atinaron ni con Einstein. Nuestra sociedad arrastra un miedo cerril a la ciencia que es producto de la ignorancia. De hecho, durante años los intelectuales españoles han hecho gala de su acientifismo, como si fuera un orgullo no tener ni idea de lo que es la entropía. ¡Pero si hasta Unamuno soltó esa frase lamentable del “que inventen ellos”!

Pues bien, sobre esos polvos estamos preparando ahora los lodos de un desastre científico definitivo del que ya no podremos recuperarnos jamás. Hasta que empezó la crisis, nos creíamos una sociedad moderna y rica e incluso la ciencia empezaba a levantar un poquito la cabeza, aunque nuestro presupuesto en I+D seguía a años luz de la media europea. Pero, desde 2009, esa miseria presupuestaria se ha recortado un 40%. Más aún: el dinero que finalmente han recibido los científicos ¡ha sido menor que el presupuestado! La investigación en España está al borde de la quiebra más absoluta. Y todo esto ante cierta indiferencia general. O sea, no nos movilizamos por este tema como (con razón) por la sanidad pública. Y, sin embargo, perder esta oportunidad de tomar el tren de la ciencia hundirá nuestro futuro durante muchas décadas. Qué responsabilidad ante nuestros hijos.

 

 

Columna

Basta ya

Hoy, una vez más, un pobre toro será lenta y sádicamente torturado hasta la muerte en Tordesillas

Basta ya. Hemos llegado, una vez más, a este día emblemático de la brutalidad y la miseria moral. A este martes de septiembre que simboliza todo lo que odio de la sociedad española: su parte oscura, retrógrada, violenta, inculta, primitiva, tribal. Hoy, una vez más, un pobre toro será lenta y sádicamente torturado hasta la muerte en Tordesillas. Quizá en este mismo momento, mientras lees esto, uno de esos cobardes que se autodenominan pomposamente “lanceros” le esté tajando las tripas con una cuchilla.

Basta ya. Año tras año intento apelar a la solidaridad de la gente de bien, que, lo sé, son multitud y ganan por goleada a ese puñado de energúmenos. Incluso en Tordesillas, esa bella ciudad manchada de sangre, hay muchos a quienes asquea esta masacre. Pero se callan. El sábado, en Madrid, hubo la mayor manifestación animalista que se ha celebrado jamás en España (medía más de un kilómetro de largo: qué lamentable el poco reflejo que tuvo en la prensa) y fue contra el Toro de la Vega. Sé que hay otro país y que estos torturadores forman parte de nuestro pasado. Pero ¿hasta cuándo vamos a permitirles celebrar esta orgía de sufrimiento? ¿Hasta cuándo seguirán manchando la reputación de toda España con su ferocidad medieval y obscena?

Basta ya. Esto va dirigido a los políticos. A esa Junta del PP que ampara tal barbaridad. A ese alcalde de Tordesillas del PSOE que comparó el Toro de la Vega con una obra de teatro. Son ellos, los partidos, los verdaderos culpables. Ellos deberían defendernos de estos salvajes. Ellos deberían impedir esta glorificación del sadismo y la violencia (diversos estudios han demostrado la relación entre los maltratadores de animales y los de personas). Reniego de esos políticos cobardes e ineptos que permiten que esta monstruosidad, incomprensible en toda Europa, siga existiendo. Vergüenza y estupor. No nos representan.

 

Cuando no se puede decir ‘no puedo’

Hace años fui a cumplir un encargo a un piso de unos amigos que llevaba cerrado y desocupado más de dos meses. Recogí los papeles que iba a buscar y, cuando ya estaba a punto de irme, vi por casualidad que en la jardinera del balcón, bajo un sol veraniego achicharrante, seguía viva una planta. Estaba muy alicaída, agonizante; a su alrededor, todas las demás plantas habían muerto ya, dejando un panorama desolado de hojarasca reseca y telarañas. Pero ella seguía luchando por vivir a pesar de los dos meses de abandono. Comprendo que es ri­dículo, pero casi me dieron ganas de llorar al contemplar ese esfuerzo tan heroico e inútil. Como una loca, regué concienzudamente la jardinera, y luego me marché sintiéndome aún peor, porque el agua sólo prolongaría el sufrimiento de la planta. Pero, a fin de cuentas, la vida consiste justo en eso: en el regocijo de vivir cada instante, cada segundo robado antes del fin.

Qué tenaz es la vida, qué maravillosamente peleona. Un amigo argentino me ha mandado la foto de su hija, una niñita nacida prematuramente a los seis meses. Es una guerrera hermosa y diminuta que lleva semanas librando el fiero combate de la supervivencia: todas sus células están concentradas en la proeza de existir. De hecho, todos nosotros somos un prodigio, todos representamos una proeza descomunal. Estar vivo es el resultado feliz de una batalla feroz contra las circunstancias: sólo recordar que el espermatozoide que participó en tu concepción tuvo que competir contra cien millones de espermatozoides da idea del esfuerzo. Repitamos una vez más lo obvio: para nacer es necesario que antes se haya dado una larguísima cadena de éxitos. Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros recontratatarabuelos de las cavernas lograron ser un huevo fertilizado, y luego un embrión viable, y luego un bebé lo suficientemente sano. Y a partir de ahí supieron crecer, mantenerse vivos, encontrar pareja, procrear, cuidar de su prole. Somos guerreros e hijos de guerreros, todos victoriosos. Haber llegado a nacer es más venturoso y más difícil que sacarse el Gordo de la lotería.

Estar vivo es el resultado feliz de una batalla feroz contra las circunstancias

Así pues, la vida siempre se empecina en seguir viviendo. Lo cual es una buenísima noticia, desde luego. No hay que perder la fe en esa fuerza bruta y ciega de la vida. Hace poco, el gran cineasta Bernardo Bertolucci presentó su última película, Tú y yo. Llevaba diez años sin rodar porque una enfermedad que él mantiene en secreto le ha confinado en una silla de ruedas. Ahora Bertolucci ha vuelto a dirigir, y ya está pensando en hacer otra película. En las entrevistas sobre Tú y yo ha declarado que, cuando aprendió “el arte” de aceptar su condición, es decir, su enfermedad, las cosas mejoraron mucho. A Bertolucci esa aceptación le ha llevado diez años (ahora tiene 72), pero al final, si no mueres antes, la vida se impone: es algo formidable.

Otro amigo, Pepe Mendoza, estupendo articulista en El Diario de Cádiz, me escribe para contarme la historia de su sobrino, Alejandro Arévalo Ramos. Alejandro tiene 18 años; nació con un 84% de discapacidad física (o de diversidad, que es la palabra que prefieren usar las personas pertenecientes a estos colectivos) y a los dos años le amputaron las dos piernas. Iba a decir que psíquicamente es igual que cualquiera (el año pasado terminó segundo curso de Bachillerato), pero es obvio que no es igual que cualquiera, sino muchísimo mejor: mucho más centrado, más fuerte, más maduro, más valiente, más sabio. Además de cursar los estudios que le corresponden, Alejandro se ha hecho un as de la natación. Hoy, pese a su juventud, es un reconocido deportista en el mundo paralímpico y ha ganado un buen puñado de medallas autonómicas y nacionales.

Un rapero gaditano, Mowlihawk, le ha hecho una canción. Hay un vídeo genial del tema y de Alejandro que se puede ver en YouTube (para encontrarlo basta con poner “Mowlihawk-ejemplo de superación”). Es una historia conmovedora y asombrosa, y lo más increíble es que en el mundo hay muchos más Alejandros de lo que nos creemos. Heroicos luchadores que cada día se ganan a pulso su existencia. Ver este rap enseña más e infunde más ánimos que media tonelada de libros de autoayuda. Porque para autoayudarse no hay como confiar en tu propia fuerza. O, como dice mi amigo Pepe Mendoza: hay que borrar del lenguaje la frase no puedo, “como nosotros hemos hecho desde hace 18 años”.

 

 

Peludos

Antes el sexo estaba más reprimido, pero al menos se tocaba carne verdadera y se aprendía por prueba y error de la experiencia

¡No más 2020 y no más maldita guerra. ¡Por favor, hablemos de otras cosas! Por ejemplo, dice The Huffington Post que el pasado año se pincharon más de 300.000 páginas porno de Internet desde el Parlamento británico (me encantaría saber cuántas visitan los diputados españoles). Que sus señorías dediquen el tiempo laboral a esas tontadas resulta irritante, pero el dato es revelador del alto consumo e influjo social de la pornografía. En el vestuario de mi gimnasio pude comprobar una realidad flipante: que la gran mayoría de las chicas llevan sus partes (las partes más partes, ya me entienden) completamente depiladas. Una práctica dolorosa, cara y un tanto rechinante, porque disfraza a las mujeres de niñas prepúberes. Lo cual me recordó el libro Cómo ser mujer, de Caitlin Moran, en el que la autora (36 años) se queja de esta tiránica moda de los bajos pelados, y con ingenio lo achaca a que las nuevas generaciones han conocido el sexo a través de los vídeos porno, y que ahí las mujeres van afeitadas para que en los primeros planos se vea todo mejor (también los actores porno se depilan, y por eso muchos chicos se arrancan hasta el último vello). Tiene razón Moran, y la realidad es aún peor. Hace años que los adolescentes se educan sexualmente con los pechos postizos y deformes de las Pamelas Anderson, así que ahora a los jóvenes quizá les pongan más unas horrendas pechugas de hormigón, de esas que siempre quedan tiesas, que un bonito pecho natural. Antes el sexo estaba más reprimido, pero al menos se tocaba carne verdadera y se aprendía por prueba y error de la experiencia. Hoy el modelo de calentón es una industria porno artificial y absurda, con gemidos de vicetiple e improbables posturas. En fin, no digo que haya que ir como osos, pero quizá cierta rebelión capilar ante la obligada moda de afeitarse tanto pudiera incrementar la libertad y la gloria del cuerpo.

 

 

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Columna

Violencia

En el mundo se sigue torturando y las guerras todavía brotan por doquier como flores de muerte

Este año regresamos de vacaciones entre redobles de guerra: un desconsuelo añadido. Hay quien dice que los conflictos bélicos son inevitables y que la historia de la humanidad no es más que una relación inacabable de actos violentos. Yo pienso que, por el contrario, nuestra historia es el relato de una lucha contumaz y muchas veces fallida contra la violencia. Los humanos tememos nuestra propia ferocidad y hemos intentado dominarla y encerrarla en una jaula de leyes. Por eso la brutalidad de las batallas medievales fue sublimada en los torneos, por eso el reconocimiento de los derechos humanos del siglo XVIII convirtió la tortura en ilegal, por eso Obama tiene que tentarse la ropa antes de lanzar un diluvio de bombas. En esto consiste la civilización: en un esfuerzo ímprobo por controlar la violencia. Claro que, pese a ello, en el mundo se sigue torturando y las guerras todavía brotan por doquier como flores de muerte. Ya dije que es una lucha con derrotas.

La violencia, pues, es uno de los grandes temas de la humanidad. ¿Cómo manejarla? Ahora nos toca navegar otra crisis y me desalienta prever una vez más el probable esquematismo y la radicalización de las opiniones: desde los que piensan que todo lo que haga Estados Unidos es demoniaco a los que se sienten enardecidos por las trompetas bélicas. Toda guerra, hasta la más justificada, es impredecible y puede acabar potenciando el horror. Pero la violencia existe, incluso sin las bombas de los Obamas. ¿Qué hacer cuando los pueblos son masacrados? ¿Con los niños africanos fileteados a machetazos, con las niñas afganas asesinadas por estudiar? Es un asunto tan esencial y tan complejo que no creo que se pueda solventar con opiniones tajantes. Pero la violencia, ese viejo monstruo nuestro, fomenta justamente la furia irracional y el extremismo. Por eso nos cuesta tanto civilizarnos.

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