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MANUEL VICENT El País 2016 (28.8.16/4.6.16)

martes, 7 de julio de 2026

 

De donde nacen todas las patrias ,,, 18.5.26

Esta cantante, intérprete y compositora toca todos los palos, la copla, el fado, el bolero, el jazz y el flamenco

Jordi Socías

Esta ampurdanesa de Palafrugell tiene el rostro —que de un lado recuerda a la raza cósmica de Frida Kahlo y de otro a la griega Irene Papas— de una mujer-tierra de cejas pobladas, mirada oscura, mandíbula firme, labios carnales y un regazo maternal de payesa, tan catalana, tan mediterránea, tan ibérica, cuya voz prodigiosa llega de esa región profunda, pegada a las vísceras más secretas, donde vibran todas las patrias.

Esta cantante, intérprete y compositora toca todos los palos, la copla, el fado, el bolero, el jazz y el flamenco; genera nuevas melodías desde la bossa nova de Brasil al folk norteamericano sirviéndose de guitarra, saxo, piano o tumbadora. Parecen demasiados sones, pero en realidad son solo uno, puesto que la voz de Silvia baja a sus raíces en busca de una savia común y los enhebra, los reconvierte, los fusiona en el aire y al final es su garganta la única que manda, bien en catalán, en castellano, en portugués o gallego. La lengua es su voz. Ese es el idioma. Pero debajo solo está el Mediterráneo.

Guardo dos momentos memorables de su música. Una noche de julio en la playa de Calella, desde las barcas fondeadas en la bahía a modo de platea, el público oye su habanera, Vestida de nit. La letra en catalán, compuesta por la madre de la artista, Gloria Cruz, habla de una isla con palmeras, de cañas de azúcar y ron, que los viejos marineros recuerdan en la taberna, pero también expresa el coraje de unos jóvenes navegantes, fuertes y valientes, héroes en la tormenta, que en tierra inventan historias de barcos con la añoranza de mujeres enamoradas.

La voz limpia y melancólica de Sílvia Pérez Cruz suena de noche bajo las estrellas Altaír, Vega y Deneb, que forman el Triángulo de Verano, en aquella bahía de Calella, tantas veces descrita por Josep Pla en el Quadern gris. La voz de Silvia me llevaba a la lectura de aquellas navegaciones del escritor en una barca de vela latina y las brasas de sardinas en las calas; me devolvía a las historias de mulatas, a rutas de la sal, a tormentas y calmas que los viejos marineros contaban en los bares mientras sonaban las fichas de dominó en el mármol en aquellos largos veranos cuando los gritos de los niños, que buscaban cangrejos, los apagaba la resaca, un sonido semejante al que producían en las terrazas las señoritas al apurar con una paja el hielo del granizado de limón o de café. Cantaba Silvia Pérez Cruz y los gatos dormían sobre las redes tendidas con olor a brea.

La cantada de habaneras en Calella se inició en 1966 y Cástor Pérez, el padre de Sílvia, que era músico, investigador y también cantante, fue uno de los promotores. Este recital de habaneras se celebraba primero en la taberna Can Batlle, y allí Silvia, de cuatro años, oía las primeras canciones y a veces su padre la subía de pie a una de las mesas y la niña se ponía a cantar y allí fue donde ella recibió los primeros aplausos de su vida procedentes de las manos leñosas de payeses un poco tronados por la Tramontana, que jugaban al tute o a la brisca y hablaban de cosechas perdidas o ganadas como si fueran batallas.

La voz limpia y melancólica de Silvia Pérez Cruz suena de noche bajo las estrellas Altaír, Vega y Deneb

Otro momento inolvidable fue oírla cantar Paraules d’ amor de Serrat. Otra vez Sílvia te llevaba a aquella región de la adolescencia con aquella niña cuya nombre ya no recuerdas, que oyó tus primeras palabras de amor, sencillas y tiernas; ¿ a quién no le pasado?; teníais 15 años; la querías, ella también te quería; no sabes qué habrá sido de ella, dónde estará, la perdiste y no la vas a volver a encontrar. Los primeros temblores de la carne, el bañador de algodón olvidado tras las cañas. La acompañaba a la guitarra Toti Soler.

Muy joven Sílvia se fue a Barcelona a estudiar música, guitarra, saxo y piano. Creó un grupo femenino, Las Migas, y después comenzó a caminar sola en múltiples batallas, como intérprete, compositora, letrista, arreglista y productora. Sones cubanos con Javier Colinas al contrabajo. Jazz flamenco. Espriu-Raimon o María la Portuguesa. Todo. Hoy está embarcada como actriz protagonista en la película Cerca de tu casa, de Eduard Cortés, sobre los desahucios, de la que ha compuesto las canciones, recogidas en el disco Domus. Sílvia Pérez Cruz ya fue la voz de Blancanieves, de Pablo Berger y ha trabajado en otras bandas sonoras y en diversos montajes de teatro. Pese a tantos éxitos, puede que tenga un tercer momento estelar como mujer-tierra. ¿Por qué será que mientras la oigo cantar un bolero, una copla, una habanera la imagino cocinando en Palafrugell un arroz negro inolvidable como una payesa?


El hacha que cortó el nudo gordiano ,,, 19.5.26

Ha hecho saltar por los aires las costuras políticas del encorsetado conflicto vasco y liberó una risa que parecía prohibida

Jordi Socías

Con su pelo abertzale peinado con hacha puede que en el futuro a Clara Lago se la recuerde como la actriz que liberó una clase de carcajadas hasta ahora prohibidas en nuestro país, las que hicieron saltar finalmente las costuras del encorsetado conflicto vasco cuando lo peor ya había pasado. Por supuesto, hay tragedias que no admiten bromas, ni siquiera son solubles con la más leve ironía. Gran parte del público no le perdonó a Roberto Benigni que realizara La vida es bella en clave de comedia de enredo situada en un campo de exterminio nazi. En cambio la película Ser o no ser, de Lubitsch, fue rodada en 1942, como una farsa sumamente divertida sobre la Gestapo, la visita de Hitler a Varsovia y unos cómicos de la resistencia, que los espectadores celebraron con gran jolgorio mientras los nazis estaban realizando un genocidio en ese país. No hubo necesidad de mostrar torturas ni cámaras de gas. Fue un ejercicio higiénico de la inteligencia frente a la oscura brutalidad del fanatismo. La risa como salvación.

Durante los años de plomo de la violencia etarra, cuando el País Vasco estaba sumido en un bucle de sangre, no solo era frívolo sino muy peligroso gastar alguna gracieta sobre ese asunto. El dolor de las víctimas aun en carne viva hacía impensable un argumento que no fuera un drama o un concienzudo análisis cogido con pinzas. Te decían: déjalo, no toques eso, no te metas, el problema vasco es demasiado serio, te puedes abrasar. Pero unos cómicos pensaron que una cosa es el terrorismo y otra la política, la ideología, el cerrilismo sectario y las ínfulas independentistas que conducen al barranco y un día se liaron la manta en la cabeza y nos hicieron ver que dentro del conflicto vasco había un caudal de risa inagotable si la violencia se sustituía por el humor. La película Ocho apellidos vascos, permitió que Clara Lago expusiera su talento de actriz en un papel, sin duda, memorable.

Era una niña de nueve años cuando tuvo una revelación. A unas niñas de esa edad a veces se les aparece la Virgen en una gruta o subida a un olivo, pero a la vidente Clara Lago se le apareció en forma de Penélope Cruz en el papel de Macarena Granada en La niña de tus ojos, de Fernando Trueba. Como una niña beata que va a la novena, veía la película una y otra vez, repetía sus diálogos e imitaba sus gestos ante el espejo para parecerse a ella. Esa virgen le dio suerte y se hizo el milagro. Al verla tan devota de Santa Penélope alguien del cine habló con sus padres, él diseñador gráfico, ella cuentacuentos, y les convenció de que su niña tenía mucho arte dentro.

A los diez años, ella misma con morro y desparpajo se presentó por su cuenta a una productora para una prueba de la serie Compañeros de Tele 5. Lo logró. A los 11 años se consagró en su primer papel de protagonista en El viaje de Carol, de Imanol Uribe. Pero todos los neófitos tienen que pasar por una caída para demostrar que pueden levantarse. La niña vidente Clara no pudo superar la prueba para interpretar el papel de hija precisamente de Penélope Cruz en la película Volver de Pedro Almodóvar. Cuando ya estaba a los pies de su Virgen falló y el rebote fue de tal calibre que la lanzó hasta Los Ángeles. Allí además de inglés aprendió a verlas venir. Lista, concienzuda, estudiosa, desde pequeña se había tomado muy en serio este oficio. Volvió de Estados unidos hablando un inglés muy divertido para trabajar con Manolo Gutiérrez Aragón en La vida que te espera, donde se la podía ver con tacones por las trochas de los valles del Pas, rodeada de profesores de idiomas y de asesores de interpretación. Ella misma propuso al director sustituir una música de hip hop por una danza del vientre, que bailó bajo su propia inspiración.

Un día Emilio Martínez-Lázaro juntó a Clara, a Dani Rovira, a Karra Elejalde y a Carmen Machi y les dijo: vamos a probar a pasarnos por el forro toda esa monserga de las patrias, los apellidos, las raíces, las identidades y a reírnos de toda clase de soberanías, a ver que nos sale. Y salió Ocho apellidos vascos, que destapó una risa que parecía desinfectar muchas heridas. Después siguieron sonando las mismas carcajadas de tripa en los cines de toda España cuando estos mismos cómicos, apoyados por María Rosa Sardá, decidieron coger el problema catalán también por el rabo. El hacha que le cortó el flequillo a Clara Lago es la que sirvió también para cortar este par de nudos gordianos con una risa que activa la benéfica circulación de la sangre.


El verdadero sur son los olivos ,,, 20.5.26

La cineasta, pelirroja e inteligente, siempre está detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas

Jordi Socías

Una niña montada en bicicleta se aleja hasta perderse por un camino entre álamos de primavera. Segundos después, por el mismo camino cubierto de hojas amarillas, vuelve la bicicleta montada ahora por una adolescente de 15 años. Esta elipsis marca el paso del tiempo. La adolescente es Icíar Bollaín, en una secuencia de El sur, de Víctor Erice, su primer trabajo. La película puso en el mercado el rostro de esta cineasta, que con el tiempo se ha convertido en un valor cinematográfico.

La película El sur trata de una familia, un padre silencioso y una madre amargada, que viven su exilio con su hija en una ciudad del norte. Muchos espectadores, sin duda, recordarán la escena clave en la que el padre habla con esta hija en un café mientras en un salón contiguo suena la orquestina de una boda que interpreta el pasodoble En el mundo. Habla con su hija de un amor perdido, de un pasado feliz en el sur. El pasodoble llena de añoranza la memoria de aquellos soleados días entre olivos, palmeras y limoneros. Al parecer la película se quedó sin presupuesto y el productor Querejeta cortó el rodaje, una decisión que jugó a favor de la historia, puesto que el viaje al sur, previsto en el guión, ya no fue posible rodarlo y quedó en una excelente metáfora de un deseo inaprensible de felicidad.

Icíar Bollaín es una chica muy lista y pelirroja y es bien sabido que hay pocos tontos con el pelo panocha. Un día alguien la felicitó por la suerte de haberse casado con Paul Laverty, el guionista habitual de Ken Loach, un buen tipo escocés lleno de talento. Icíar le contestó: “Nada de suerte. Yo siempre he sido muy buena para el casting”. La pareja vivía en Lavapiés, un barrio madrileño donde se cruzan todas las razas. Los domingos al mediodía oía los tambores de unos negros que invocan a sus ancestros con un ritmo sincopado; compraba especias en los colmados árabes e hindúes y cumplía el rito de una vida desenfadada entre la rebeldía de unas tribus urbanas que, años después, reventó un 15 de mayo en la Puerta del Sol. Iziar pasa ahora largas temporadas en Edimburgo, patria de su compañero. Ver Madrid desde el sótano y España desde lejos le ha dado una visión sin una sola mota de caspa nacional.

Manolo Gutiérrez Aragón la llamó para la película Malaventura y en el rodaje Icíar coincidió con José Luis Borau, quien a partir de entonces la convirtió en protagonista de algunas de sus películas y la animó a ponerse detrás de las cámaras. El cine de Icíar Bollaín tiene una marca propia, un cine social según la huella de Ken Loach, con quien colaboró en la película Tierra y libertad, una lucha anarquista contra la injusticia atemperada por un sabor agridulce, que siempre toca una fibra sensible, frente al iberismo racial, agrio y violento.

Nunca engaña. El espectador sabe qué va a ver cuando se acerca a la taquilla. La emigración, los problemas de Latinoamérica, historias de tercer mundo, denuncias de la violencia machista. A Icíar la encuentras siempre detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas, tocadas con una delicadeza acerada. Así es también ella, un chica despierta, que sonríe con los ojos, que siempre emite un aire fresco, inteligente y divertido, con un toque de distinción.

En su última película, El olivo, ha vuelto a encontrar su propio camino hacia el sur. Ese olivo milenario había visto pasar soldados de todos los bandos desde la Edad Media y, mientras a su alrededor se establecían fanatismos de cualquier índole y las guerras vertían sangre a raudales, su savia seguía dando aceite y el tiempo añadía nudos a su tronco para formar una maravillosa escultura. Durante siglos varias generaciones de agricultores nacieron y murieron bajo su sombra; el olivo no había muerto todavía, pero un día fue arrancado de cuajo. Olivos milenarios cuyos primeros esquejes fueron traídos por los griegos del mar Jónico han sido desarraigados violentamente de la tierra madre para presidir la rotonda de una carretera, decorar el vestíbulo de una multinacional o agonizar en el jardín de la mansión de un financiero corrupto. Ese cepellón de raíces arrancado junto con el sudor y el amor de los antepasados es todo un agravio a la historia de la agricultura y también la metáfora de la cultura especulativa, que ha puesto la estética a merced del puro interiorismo cuyo concepto no se refiere al cultivo interior del espíritu, sino a la simple decoración de salones.

Aquella Icíar Bollaín adolescente expatriada en un norte brumoso encuentra por fin el verdadero sur entre los olivos milenarios sin perder el estilo que la define, la de una chica lista, pelirroja, inteligente y comprometida.


En la tierra como en el cielo ,,, 22.5.26

Blanca Suárez es una excelente actriz sometida al desafío de ser o posar

Jordi Socias

Desde la cubierta de ese lujoso velero la chica del bikini rojo te mira a ti, solo a ti, pese a que eres un pobre diablo, un ciudadano anónimo, un ser sin atributos, una simple hormiga. A las ocho de la mañana, camino del trabajo, estás atascado en la autopista de entrada en la ciudad y Blanca Suárez te dedica una mirada exclusiva desde la valla publicitaria que se erige en medio de un basurero industrial entre sucios paredones llenos de grafitis. Su cuerpo de medidas áureas te produce una descarga entre el sueño de esa belleza inalcanzable y el impulso de atender a su reclamo. Podrías subir a bordo y embarcarte en ese velero si compraras el producto que la chica te ofrece, no importa que sea una crema solar, un coche, un viaje, un seguro de vida o un sujetador sin aros. Vuelves la cara y Blanca te sigue con los ojos hasta perderte de vista, pero en la ciudad la encuentras de nuevo en los paneles publicitarios en cualquier esquina, en las paradas del autobús, en el aeropuerto, en las estaciones del suburbano.

No sabes su nombre e incluso sospechas que esa chica no es real, sino elaborada de forma digital por la mente del publicista. Pero un día, durante la espera en la antesala del dentista, hojeas una revista rosa y ahí está ella. En efecto, se llama Blanca Suárez y en un reportaje de varias páginas se cuentan sus amores fracasados, sus cambios de pareja, los pormenores de su vida privada. Vaya, resulta que existe de verdad, que es una actriz y no una extraterrestre y parece que tiene problemas como los demás e incluso puede que alguna vez vaya también al dentista. Se la ve con un maromo desconocido en un aeropuerto tirando del carrito cargado de maletas y los paparazis le preguntan si es feliz con su nuevo novio y tratan de arrancar una respuesta metiéndole el micrófono en la boca como si fueran a extraerle la muela del juicio, sí, sí, soy muy feliz, exclama la chica y tú, pobre diablo, piensas que ella también podría tener alguna caries que rompiera el sortilegio de su belleza, pero sonríe con una dentadura perfecta.

Blanca Suárez es una excelente actriz; ha realizado papeles importantes en películas de Almodóvar, de Alex de la Iglesia, de Imanol Uribe; ha sido nominada a un premio Goya; ha trabajado en series de éxito en televisión; ha ganado sobre todo ese premio que le regala cada día la adoración que sienten por ella sus compañeros de trabajo, sus enamorados, el millón de seguidores en las redes sociales. Nació en Madrid en 1988, hizo teatro infantil en el colegio Montserrat, estudió en la Universidad rey Juan Carlos la disciplina de Comunicación Audiovisual y a los 17 años decidió dedicarse al cine. Unos la comparan a Penélope Cruz, otros a Claudia Cardinale, pero Blanca Suárez es una de esas chicas que ya viene muy educada de casa, que nunca equivocaría la forma de usar los cubiertos en la mesa, de modo que su perfil se corresponde mejor con la belleza fría de Grace Kelly, aquella distinguida señorita de Filadelfia, que después de pasarse por la piedra a medio Hollywood se paseaba como un cisne nevado por los platós. Debajo de la elegancia natural y buenas maneras de Blanca Suárez también se puede adivinar un punto de ignición capaz de desencadenar algunas tormentas muy tórridas.

La publicidad puede convertir el basurero industrial del suburbio en un mar azul de dulzura si lo navega un velero de dos palos con Blanca Suárez a bordo; el erotismo explosivo que emana su anuncio de prendas íntimas de Women secret o de Intimissimi no se sabe si contamina el aire de la ciudad o lo purifica con su belleza abrasiva, porque a estas alturas la filosofía consiste en no saber distinguir entre el cuerpo y la talla, entre la vida y la marca, entre ver y ser visto. La belleza es ese misterio natural que existe antes y después del maquillaje, así en el cielo como en la tierra. El éxito de Blanca Suárez está en esa encrucijada. De ella tiran de cada lado los mejores directores de cine, los publicitarios más creativos y los consumidores insaciables de chismes en la antesala del dentista y bajo el secador de la peluquería. Obligar al hormiguero humano, que discurre por la ciudad, a que la prefiera más por dentro que por fuera, más en la pantalla que en el panel publicitario, más por su talento que por las prendas íntimas que exhibe, esta es la cuestión. Blanca Suárez es una buena actriz sometida al desafío de ser o posar. En el fondo a ese dilema se reduce hoy la cultura.


Cenizas,,,

Da la sensación de que la política española continúa bajo la sombra de la Guerra Civil

Manuel Vicent
30 JUL 2016 - 13:06

Vista panorámica de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.Bernardo Pérez

En esta grave crisis por la que atraviesa el país debería ser normal que el Partido Popular y el Partido Socialista pactaran una salida; para eso sería necesario que la derecha española fuera también normal, como en Europa, cosa que no sucede aquí. Por supuesto, los socialistas deberían facilitar con su abstención que gobernara el Partido Popular, pero a mi juicio existe un obstáculo insalvable. No es la economía, ni la reforma laboral, ni la ley mordaza, ni la educación, ni la sanidad, sino la toxicidad política que emite esta derecha lo que hace que el trato sea prácticamente imposible. Es muy difícil pactar con un partido que permite que el dictador permanezca en su panteón faraónico del Valle de los Caídos, un escarnio a la memoria colectiva, mientras pone todas las trabas posibles a desenterrar de las cunetas a los fusilados republicanos hasta hacer sentir a sus familiares que fueron los culpables de aquella tragedia. Para evitar el rechazo tóxico que provoca, esta derecha debería sacudirse de encima el franquismo larvado que aún la atenaza y cumplir dos requisitos básicos: entregar los huesos de Franco a su familia y condenar oficialmente el golpe de Estado del 18 de julio, algo que no ha sucedido todavía. El Partido Popular se comporta como el dueño del cortijo y siempre tiene a mano algún capataz dispuesto al insulto con la boca torcida al estilo tabernario. ¿Quién se atreverá a pactar con un partido imputado cuyo presidente está metido hasta las cejas en la pocilga de la corrupción? Tampoco la izquierda se ha liberado del resentimiento histórico de haber sido derrotada por las armas. Da la sensación de que en la política española persisten calientes todavía algunas cenizas de la Guerra Civil, que han impedido la verdadera reconciliación nacional, un veneno que ambos bandos no han acabado de purgar. Y así nos va.


Baila, baila, hasta que llegue el sereno... 6-6-26

El dibujante Ceesepe, que sigue pintando, fue uno de los protagonistas de la movida

El dibujante Ceesepe.JORDI SOCÍAS (EL PAÍS)

Habla en voz baja, entre dientes, y si no oyes lo que dice te pierdes algo que siempre tiene sustancia; en todo caso ahí está la expresión de sus ojos para dar sentido a sus palabras masculladas, unos ojos redondos, que unas veces recuerdan a los de Picasso, otras a los de Buster Keaton y otras a un par de olivas negras húmedas y de buen tamaño. Parece tímido, o tal vez depresivo, pero en seguida te das cuenta de que tiene peligro, porque donde pone la bala pone después la mirada irónica acompañada con una sonrisa de conejo.

Imagino que estará harto de que le pregunten por aquello de la movida, de la que, sin duda, fue uno de los protagonistas. Es una pesada mochila que lleva a cuestas. Levanta los hombros, hace una mueca de cansancio y recuerda a sus amigos de correrías, a Ouka Leele, al Hortelano, a Almodóvar, a Mariscal, a Nazario y poco más. El resto fue paja dorada que ha pasado a la historia sin dejar rastro.

Mucho antes de aquella fiesta Ceesepe ya era un chico raro, hijo de carpinteros, que tenía un puesto de tebeos en el Rastro. Le gustaba dibujar un poco a su aire, alimentado de historietas bárbaras que leía en los cómics. Se matriculó en la escuela de Bellas Artes, que abandonó al poco tiempo porque no le servía de nada. El chaval tenía su propio método. Comenzaba a dibujar de memoria la gamba de una mujer soñada, primero un tacón de aguja, después un tobillo fino, luego una pantorrilla adorable y la criatura iba creciendo por los muslos, el sexo de fruta, el torso de junco, los senos como escopetas apuntando hacia arriba hasta crear el rostro de una chica molona que no se parecía a ninguna que andaba por la calle. Esa primera figura comenzaba a echar raíces y ramas como una planta carnívora que llenaba el cuadro de un conglomerado surrealista de personajes derivados de aquel primer trazo inopinado.

Todos los dibujos de Ceesepe representan una fiesta abarrotada. Lánguidas señoritas, apaches, marineros, clarinetes y trompetas, jazzistas negros, Paris la nuit, signos del zodiaco, imágenes de asesinos con navajas que se reflejaban en espejos Belle Epoque, seres galácticos puntiagudos, cuerpos desnudos de chicas imposibles mezcladas con ángeles del infierno, animales extraídos de la locura de El Bosco. En esta fiesta estaba reservado el derecho de admisión, más que nada por falta de espacio. Si alguien intentaba participar en ese desmadre, Ceesepe lo miraba de arriba abajo y si lo veía suficientemente rayado, le dejaba pasar, pero si tenía más de 25 años lo mandaba a tomar por saco.

Es inevitable contar cómo se inició el baile. El 23 de febrero de 1981 entró Tejero en el Congreso y gritó pistola en mano: "Quieto todo el mundo. Que no se mueva nadie". Imagino que este militar descerebrado ensayaría este aullido patriótico muchas veces ante el espejo y tal vez lo fuera repitiendo mentalmente para darse ánimos mientras el autobús de La Sepulvedana con las cortinillas corridas lo llevaba en compañía de sus secuaces hasta la Carrera de San Jerónimo. Cuando ese grito le salió de las tripas en la tribuna del hemiciclo el efecto fue inmediato. Los diputados se tiraron al suelo, pero una vez solventado el peligro de un golpe de Estado, como reacción a esa orden de quedarse quieto, de que no se moviera nadie, en Madrid una pequeña camada de jóvenes artistas, que se habían negado a andar a cuatro patas, comenzó la movida. Y ahí estaba Ceesepe.

Era todavía un Madrid de color marrón, con anuncios de diseño menestral, sin más color que el de los chorizos y los semáforos, pero con las cortinas corridas en el autobús La Sepulvedana los golpistas no podían ver lo que había cambiado la ciudad por dentro. Una generación de jóvenes estaba haciendo estallar bragas y braguetas en las esquinas de las plazoletas, en los descampados de los polígonos de extrarradio, en los túneles, en el suburbano. Algo inaprensible había en el aire que podía salvarte o hundirte. Fueron unos pocos artistas como Ceesepe los que hicieron que aquella generación se reconociera. Ceesepe mandaba los dibujos a las revistas del rollo, Víbora, Madriz y vivía a salto de mata, esto lo regalo, esto me lo hurtan, esto lo vendo, esto no lo cobro. Hasta que le llegó el primer éxito en París y en la feria de ARCO de 1984. Entonces se cumplió una vez más el principio de que la naturalela imita al arte. Después de ver los dibujos de Ceesepe todos los tíos modernos querían ser apaches, todas las chicas querían ser galácticas como en los comics de Ceesepe, que a su vez había excitado el genio de Almodóvar. La movida no fue nada, salvo que las tribus urbanas se pusieron a bailar, a bailar, a bailar en los lienzos de Ceesepe y se convirtieron en obras de arte.

Aquella fiesta terminó, pero Ceesepe sigue pintando. Su estudio en la calle Mayor de Madrid constituye un ejemplo del síndrome de Diógenes al revés. El abarrotamiento de enseres es una forma exquisita de acopiar objetos estéticos anti basura como en uno de sus cuadros atiborrados. Si quieres sentarte deberás buscarte la vida hasta encontrar un taburete roto y si te caes de espaldas, Ceesepe te verá en el suelo, sonreirá con los ojos y no dirá nada.


Mil años ,,, 6.6.26

Puede uno imaginar qué salvaría de este planeta hoy para llevárselo a otro mundo si fuera un expedicionario galáctico

Manuel Vicent
23 JUL 2016 - 15:15

El astrofísico Stephen Hawking ha pronosticado que dentro de mil años una primera migración de seres humanos comenzará a abandonar la Tierra para asentarse en otros puntos del universo. Se supone que para entonces el crecimiento demográfico, la falta de alimentos, el cambio climático y la pestilente degradación de la naturaleza habrán hecho de este planeta un lugar inhabitable. Los nuevos padres fundadores serán cosmonautas soñadores, jóvenes y fuertes. Aquí quedarán los viejos, los discapacitados, los pobres y los faltos de coraje. Dada la escasez de espacio en las naves, verdaderas arcas de Noé, los emigrantes cósmicos llevarán consigo una selección extremadamente rigurosa de los mejores frutos terrenales. No faltaran el cereal y la vid, que fueron en la Tierra sangre y cuerpo de dios, junto con un ron bucanero para brindar por el éxito. Para entonces el genoma humano totalmente explorado permitirá una absoluta manipulación genética de los óvulos y espermas congelados de los genios de la historia, pero en el cerebro humano estará guardada la ciencia y la cultura que pudo ser salvada de la hecatombe planetaria. En otro lugar más confortable del universo podrán ser recreados los versos de Homero, la moral de Marco Aurelio, los cuentos de las Mil y Una Noches, los ensayos de Montaigne, la Venus de Botticelli, el Réquiemde Mozart, la ironía de Voltaire, todo lo que en la Tierra nos permitió vivir sin avergonzarnos, por ejemplo la libertad, las aventuras de Ulises y el amor a los caballos. Puede uno imaginar qué salvaría de este planeta hoy para llevárselo a otro mundo si fuera un expedicionario galáctico. Por mi parte no faltarían los calamares en su tinta, las berenjenas fritas y el apio para las ensaladas. Pues bien, ese tesoro que cada uno se llevaría a otro planeta aún está en la Tierra. Hay que aprovecharlo.

 


Bombardeos ,,, 7.7.26

Las tres guerras mundiales tienen un factor común: las tres apestan a carne humana inocente abrasada

Manuel Vicent
15 JUL 2016 - 11:14

Investigadores de la policía en el Paseo de los Ingleses en Niza.Alberto Estévez (EFE)

Por si alguien no se había enterado, debe saber que estamos viviendo la III Guerra Mundial. En la primera los frentes se definían por trincheras, que había que asaltar a bayoneta calada buscando el cuerpo a cuerpo para descerrajar directamente las tripas del enemigo. En la retaguardia se bailaba el charlestón. La segunda se caracterizó por bombardeos masivos de ciudades abiertas, por el genocidio ominoso del Holocausto y por un par de bombas atómicas como fin de fiesta. En la retaguardia sonaba la orquesta de Glenn Miller y la garganta de Édith Piaf. El cierre en falso de la primera dio paso a la segunda y la segunda, a medias entre el capitalismo salvaje y el fanatismo religioso, ha generado la tercera, que sucede hoy en cualquier parte del mundo, aunque sus batallas más decisivas se realizan en el interior de nuestra conciencia. Las tres guerras mundiales tienen un factor común: las tres apestan a carne humana inocente abrasada. Más allá de cualquier clase de culpa, esta III Guerra Mundial se caracteriza por una doble estrategia: los ejércitos regulares bombardean, los terroristas ponen bombas; mientras unos lo hacen cada vez de más lejos sobre el mapa, los otros lo hacen cada vez de más cerca en mercados, estaciones de tren, aeropuertos, estadios, salas de fiestas, restaurantes, playas de Niza o de Bali. La dialéctica bélica ha generado una escalada armamentística coronada hoy por el fanático suicida forrado de dinamita, contra el cual ya no hay defensa posible. Esta III Guerra Mundial no tiene retaguardia, pero unos bailan el rock y otros rezan a Alá y aunque en los controles de momento solo te exigen que te quites la chupa, el cinturón y los zapatos, a medida que esta guerra de civilizaciones avance, el escáner será el verdugo inapelable y los aeropuertos repletos de pasajeros desnudos nos devolverán la imagen de Auschwitz.


Fin de la historia: vivir más, vivir mejor ,,, 7.7.26

Es un genetista, catedrático de bioquímica, nacido en Sabiñánigo, un pueblo de Huesca, cuyos paisanos acaban de dar su nombre a una escuela

Carlos López Otín. JORDI SOCÍAS (EL PAÍS)

Hay personas famosas que rompen el principio de Arquímedes: unas lo rompen por exceso porque desalojan socialmente mucho más de lo que pesan y merecen; otras lo rompen por defecto porque su peso artístico, intelectual o científico es muy superior a la escasa fama que desplazan. Carlos López Otín pertenece a esta segunda clase exquisita de gente singular. Sumergido en la bañera de Arquímedes no derramaría ni una gota de agua. Es un genetista, catedrático de bioquímica, especialista en biología molecular, nacido en 1958, en Sabiñánigo, un pueblo de Huesca, cuyos paisanos acaban de dar su nombre a la escuela donde este sabio aprendió de niño los primeros números, las primeras letras. Se trata de la distinción, entre todas las que ha obtenido hasta ahora, según confiesa, que más aprecia.

Carlos López Otín desarrolla su trabajo en el departamento de bioquímica, situado en el edificio Santiago Gascón, anexo a la Facultad de Medicina de Oviedo. Al abrir cada mañana el laboratorio piensa que algo extraordinario puede haber sucedido esa noche en el cultivo que dejó en el tubo de ensayo el día anterior, un pequeño milagro de la biología, que abra un nuevo camino hacia el núcleo de la vida. En todo caso, si ese milagro se produce, sus gritos de eureka irán a parar a la revista científica Nature, pero los ecos sociales se expandirán en el silencio o caerán como lágrimas en la lluvia sobre la indiferencia general. Este biólogo no está en absoluto interesado en fabricar in vitro un nuevo replicante que presuma de haber visto naves ardiendo más allá de Orión en las puertas de Tannhauser, como sucede en la película Blade Runner, de Ridley Scott, sino que haya fermentado en la retorta algo desconocido aquí en la Tierra, que nos permita vencer al cáncer, retrasar la vejez y desentrañar nuestro genoma para que aceptemos nuestro destino sin perder la dignidad. Los sueños tecnológicos no deben ir más allá de un transhumanismo. En Norteamérica un genoma descifrado constituye ya un regalo de cumpleaños. Por mil euros puede uno obtener el genoma secuenciado, donde está inscrito su futuro. Es como si te echaran la buenaventura molecular.

Tiene un aire de galán maduro y habla de la armonía celular, del misterio de la vida y de lo inútil de la inmortalidad con el tono suave de un director espiritual que trata de convencerte de que no eres más que el producto del sueño de una bacteria que hace 3.500 millones de años decidió dividirse en dos en una charca primigenia de África, y luego comenzó a asociarse con otras para formar células y así luchando sucesivamente entre el azar y la necesidad acabó haciéndote la persona que eres hoy. Uno no sabe si aceptar esta confesión con humildad o con orgullo. Puede que sea más heroico imaginar que hemos sido fabricados con polvo de estrellas, aunque este científico lejos de bajarte los humos insiste en que no estamos diseñados para ser inmortales, pero podemos vivir más y vivir mejor. De hecho, la inmortalidad existe ya en este planeta: la ostenta una bacteria siberiana y nadie quiere parecerse a una bacteria. En cambio, el mito de la eterna juventud podría ser una conquista mediante la clonación terapéutica de los tejidos, que se debe al científico japonés Yamanaka.

Oyéndole hablar de moléculas, del ADN, del genoma con ese tono sugerente, casi embaucador, con un toque de espiritualidad, no lograrías diferenciar la biología molecular de una nueva mística formada por cada una de los billones de células que componen nuestro cuerpo o de una nueva poética producida por el ritmo interior de los miles de millones de nuestras neuronas. Esa es la sensación que obtuve de este científico cuando una tarde de mayo de Oviedo me recibió en la entrada del laboratorio en el edificio Santiago Gascón, que es el reino de su curiosidad, y me llevó hasta el fondo del pasillo donde está su despacho. El ordenador en la mesa frente a un ventanal abierto a un valle y conectado con toda la comunidad científica del mundo era el único objeto que había resistido al aluvión de carpetas que desde las mesas llegaban hasta el techo, invadían todas las sillas y estanterías. “Dentro de esas carpetas duermen todos los sueños que se derivan de nuestro mapa genético”, dijo.

La conversación duró un par de horas y era como si hubiera asistido a un aula de poesía, no de biología, tal vez a la consulta de un director espiritual. Sentado en su despacho Carlos López Otín bajo el cúmulo de miles, decenas de miles de informes metidos en cartapacios, todos elaborados por este científico, pude escuchar su enseñanza como un discípulo, pequeño saltamontes, que acude a recibir la sabiduría del maestro budista, solo que en este caso el maestro que tenía delante no era un monje tibetano sino un ser extraordinariamente realista que era un adelantado de lo que en el futuro serán los consejeros genéticos, cirujanos genómicos e ingenieros de los sentidos. Ante Carlos López Otín tienes la sensación de que te mira como si te conociera hasta el fondo de cada una de tus células, pero lejos de verte como un saco de bacterias, su conocimiento científico te abre al misterio de la vida. Al abandonar el laboratorio oigo a los dioses bullir en el caldo de las probetas.


Ojo humano,,,

Puede que un árbitro no vea el fuera de juego o el penalti que millones de espectadores en el sofá de casa podrán contemplar con todo detalle por televisión

Manuel Vicent
09 JUL 2016 - 12:51

Un ojo humano, colores y ondas. Espectro visible,Getty Images

El ojo humano es un prodigio de diseño, aunque no mayor que el del mosquito, y algunos teólogos han visto en ese milagro de la biología una prueba de la existencia de Dios. Es imposible, dicen, que no haya un ser con una inteligencia infinita detrás de la perfección de ese órgano. No está tan claro. Hoy se juega la final de la Eurocopa de fútbol entre Francia y Portugal, y durante el partido puede suceder lo de siempre, que aun estando a pocos metros de distancia, el ojo del árbitro no vea el fuera de juego o el penalti que millones de espectadores repantingados en el sofá de casa podrán contemplar en el acto con todo detalle por televisión. No obstante esta carencia del ojo humano es esencial para mantener vivo este deporte, que se ha convertido en una nueva religión mundial alimentada con la convulsión irracional de las gradas y las tribus urbanas de violentos fanáticos. Si el juicio lo decidiera el ojo electrónico reflejado en una gran pantalla, el árbitro se convertiría en un simple notario y se acabarían las disputas mucho más encendidas que las que genera la existencia de Dios. Los niños de posguerra íbamos a la iglesia los domingos por la tarde a aprender de memoria el catecismo, mientras en la plaza sonaba la radio con la voz de Matías Prats que, tal vez, retransmitía una final de Copa y los nombres de Zarra y de Puchades se superponían a los dogmas del Credo. Al salir de la catequesis comprábamos cromos de futbolistas en la paradita. Aquellos cromos envueltos en olor a linotipia duermen todavía en nuestro cerebelo junto con las verdades absolutas, pero realmente lo que demostraba la existencia de Dios era el milagro que se producía cuando al final de muchas plegarias, sin dar crédito a los ojos, salía del sobre ese futbolista imposible que te faltaba para completar la colección.


Yo, a lo mío ,,,

Los millones de refugiados, la inestabilidad moral, económica y política que se ha instalado como forma sustancial de nuestra vida hace que incluso entre gente de derechas se oiga la consigna: yo, a lo mío

Manuel Vicent
02 JUL 2016 - 17:12

Una mujer vota en las elecciones generales en Madrid.Carlos Rosillo

¿Sabes lo que te digo? Que a partir de ahora yo, a lo mío, esta es la fórmula de salvación casera que empieza a expandirse entre muchos ciudadanos desmoralizados. El resultado de las elecciones generales ha proporcionado material suficiente a las formaciones de izquierdas para alimentar su pesimismo antropológico y ha exacerbado aún más su afán autodestructivo. Los jóvenes radicales esperaban que las urnas iban a revalidar su entusiasmo feliz. Creían que unos líderes carismáticos estaban listos para acabar con la pocilga de la corrupción del Partido Popular y relevar a la vieja política anquilosada. Ante la gresca interna que ha generado la evidente e inexplicable derrota de sus vanos sueños, muchos de sus seguidores han iniciado la retirada a los cuarteles de invierno. A partir de ahora yo, a lo mío, dicen. Los simpatizantes socialistas que hicieron de tripas corazón para seguir votando al partido, comprueban ahora que en su seno han vuelto las luchas fratricidas contra su líder, pese a haber logrado salvar los peores vaticinios. ¿Sabes lo que te digo? Que a partir de ahora yo, a lo mío, repiten ya hartos muchos militantes. El descalabro de la Bolsa, los augurios siniestros de los apocalípticos sobre el futuro de Europa, los atentados terroristas, los millones de refugiados, la inestabilidad moral, económica y política que se ha instalado como forma sustancial de nuestra vida hace que incluso entre gente de derechas se oiga la consigna: yo, a lo mío. En efecto, frente a cualquier desastre planetario siempre hay un remedio casero, una forma de salvación personal. En el fondo lo mío consiste en recuperar la individualidad. No se trata de ninguna renuncia o fuga por la puerta de atrás, sino de ponerse a cubierto para que nadie destruya lo más limpio y firme que a uno le queda para sobrevivir con cierta dignidad.


El laberinto como paraíso encontrado

El pintor tiene una cabeza formidable, que ningún senador romano hubiera desechado para su busto. Cuando uno se acerca a ella casi puede oír el rumor de su pensamiento

El pintor Luis Gordillo.

Frente a Picasso que decía, "yo no busco, yo encuentro”, Luis Gordillo podría decir: “A mí me sucede lo contrario. Solo la búsqueda es el final de mi camino”. Por mi parte, aquel día me pasó algo parecido. Tratando de llegar al estudio de este pintor en un pueblo de las afueras de Madrid, elegí una dirección equivocada y tuve que dar innumerables vueltas a las rotondas infames, optar sobre la marcha por cruces de carreteras y autopistas erradas, aceptar señales de tráfico que me llevaban a urbanizaciones de adosados imposibles. Después de asumir esta búsqueda como un fin en sí mismo, me di oficialmente por extraviado. Una Ariadna familiar, Pilar Linares, vino a sacarme del laberinto para llevarme con un hilo hasta el estudio de Luis Gordillo y después de contemplar su obra bajo la luz espléndida que se cernía a través de los fanales, de regreso a casa no pude abrir la puerta porque había perdido las llaves en los senderos circulares entre las flores de primavera que rodeaban su taller. Nunca las cosas suceden de forma gratuita. El azar tiene una lógica estricta, de modo que este lance, lejos de parecer una anécdota, es la clave para iniciarse en la obra de este artista, un laberinto en el que el espectador halla todo el placer en dar vueltas y más vueltas a su estética sin que le importe en absoluto perderse y no encontrar salida.

Luis Gordillo tiene una cabeza formidable, que ningún senador romano hubiera desechado para su busto. Cuando uno se acerca a ella casi puede oír el rumor de su pensamiento. Esa cocción de neuronas que bulle dentro de su cráneo sale al exterior con siseo sevillano convertido en frases irónicas, precisas, dramáticas, siempre directas al grano, ya se trate de arte o de cualquier monserga de la vida cotidiana. En la foto que acompaña esta estampa el artista ha sustituido los ojos por dos cuencos de acero y sus manos adoptan el gesto de estar afinando un catalejo como si solo estuviera interesado en contemplar hacía dentro el paisaje de su cerebro. En 1964, después de un viaje a Londres, Gordillo se inició en el pop pintando cabezas, pero la angustia que lo llevó al psicoanálisis se derivaba de lo que veía en el interior de la suya propia, de la que era exclusivo propietario y responsable.

Cuando este artista elige el pincel, el color, el soporte adecuado y se dispone a pintar ya tiene el trabajo hecho. Cualquier imagen que traslada al lienzo está extraída de esa asociación de formas adquiridas mediante descargas de neuronas que forman duplicidades, pictogramas, sueños indescifrables, figuras enigmáticas de muñecos o espectros cerebrales destruidos que tratará de interpretar o de recomponer.

El taller de Gordillo tiene el suelo alfombrado con papeles que con bocetos, intentos, propósitos, imágenes repentinas de un espejo roto en mil pedazos. Ese cúmulo de papeles pintados forma senderos que se bifurcan y uno tiene que ir saltando sobre ellos con cuidado para no pisar lo que mañana serán obras de arte. En la mesa donde están los pinceles, los tubos de colores, los potingues de aguarrás y otras sustancias, sobre el tablero a modo de paleta, las mezclas han formado un tapiz que uno puede imaginar como aquella charca primigenia donde una membrana comenzó a latir por ósmosis y engendró la primera célula. Desde entonces la química orgánica ha consistido en partirse sucesivamente en dos hasta formar mediante prueba y error el infinito árbol de la vida. Como la propia vida este creador pinta varios cuadros a la vez, engendra criaturas bajo el impulso desordenado de la inspiración.

Todo el esfuerzo estético de Gordillo lo ha dirigido a no dejarse encasillar, por eso es a la vez proteico y geométrico, genésico y virtual, fotográfico, lúbrico y orgánico y cuando los críticos corren tras su obra galopante para meterle en el casillero de un ismo el artista se vuelve líquido, como en esa foto en que Gordillo aparece nadando vestido en su piscina abrazado a un flotador. El artista mira a la cámara muy serio. “No, no, esto no es un juego”- parece decir al espectador. Su ropa de calle diluida en los reflejos del agua compone formas iridiscentes con ángulos de luz que son todo Gordillos.

Nació en Sevilla, en 1934. Estudió Derecho, que no le sirvió ni siquiera para defenderse a sí mismo de su propia angustia. Hizo Bellas Artes. Viajó a París al final de la década de los cincuenta donde absorbió las vanguardias. Por ese tiempo ya se había planteado el dilema: pintar o suicidarse. Una vez más se estableció la cuestión de si el arte puede detenerte en el borde del acantilado antes de tirarte al vacío. Pero tal vez el vacío, como atracción, es la forma más excelsa de belleza. Luis Gordillo en lugar de suicidarse optó por arrojarse al fondo de sí mismo a través del psicoanálisis que en este artista ha constituido una doble forma de vivir.

Pop, informalismo, fotografía, imágenes digitales, diseño gráfico, documentales, todo un cúmulo visual, a medio camino entre la abstracción y realismo depurado. Luis Gordillo es el ejemplo más claro de que siendo un ser autodestructivo es a la vez el más clarividente para encontrar significados a su confusión vital. Tiene un cuerpo sólido, una inteligencia laberíntica con descargas de escepticismo feroz. Pero ahí está su cabeza de senador romano. Si te acercas a ella la oirás pensar.


Sardinas

Esta vez la noche de San Juan también se ha visto sorprendida por un suceso político más fatídico e irracional.

SardinasÓSCAR CORRAL

Cuando éramos inocentes nos bañábamos sin culpa alguna en el mar la noche de San Juan. Era un rito que entonces practicaban solo algunos iniciados antes de que, llevada por la moda, la muchedumbre invadiera las playas del Mediterráneo con la idea de ser feliz a toda costa alrededor del fuego asando sardinas. El solsticio de este verano ha coincidido con el plenilunio, un acontecimiento astronómico que no sucedía desde hace 70 años. Pero esta vez la noche de San Juan también se ha visto sorprendida por un suceso político más fatídico e irracional. Mientras a medianoche la Luna llena emergía con gran majestad por el filo oscuro del mar, imponente y roja, un grupo de británicos celebraba a gritos enarbolando cervezas la derrota del Brexit, según los primeros sondeos que daba la radio. Bailaban, se abrazaban, reían a carcajadas con los pies en el agua, pero a medida que la Luna se elevaba y el Sol comenzaba a imponer su luz llegaba la noticia de que el referéndum británico había dado el triunfo a los que quieren salir de Europa. Sus risas se convirtieron en blasfemias en voz baja, mientras contemplaban las raspas de las sardinas al amanecer. Cualquier referéndum siempre va dirigido al cerebro límbico que los humanos, incluso ingleses, comparten con los mamíferos superiores, allí donde residen las emociones, el miedo, el odio, la desesperación. Esta noche de San Juan con los pies en el agua en el mar de Denia, rodeado por la multitud, recordaba tiempos de juventud cuando en la Malvarrosa éramos solo sombras inocentes en la oscuridad. Ahora no podía imaginar sin culpa otra orilla de este mismo mar llena de desesperados que luchan contra el naufragio por alcanzar las costas de Europa, que los británicos abandonan. Esta noche de San Juan el Mediterráneo recordaba también los nombres a todos sus ahogados.


El pedestal

Con el verbo caliente y el dedo imperativo señalan un nuevo rumbo de la historia

Mitin de Podemos en SevillaPACO PUENTES/EL PAIS

En la mejor plaza de cualquier ciudad del mundo es muy probable que el viajero se encuentre con la estatua de un prohombre, que desde lo alto del pedestal señala con el brazo extendido un hipotético horizonte. Ese gesto lleno de autoridad suele pertenecer a un libertador patriota o a un político revolucionario, que si bien a su debido tiempo indicaba con el índice inhiesto la dirección en que debía ir la historia, ahora parece que está dirigiendo el tráfico como un guardia urbano en un atasco sin que ningún conductor le haga caso. En medio de la crisis que nos atenaza se han levantado otros pedestales. Desde el fondo de la cólera ciudadana han surgido los jóvenes políticos de Podemos dispuestos a solucionar nuestro futuro. Con el verbo caliente y el dedo imperativo señalan un nuevo rumbo de la historia. Es imposible no estar de acuerdo con ellos cuando gritan contra la injusticia social y prometen acabar con la corrupción, cuando se disponen a regenerar la democracia e intentan plantar cara al sistema. No pasaría nada si esas fórmulas de salvación se quedaran en la pizarra, pero el asunto se agrava cuando esos nuevos políticos están a punto de alcanzar el poder alimentados por el caldo gordo del apocalipsis social de andar por casa. Uno se pregunta si el miedo que generan en la gente mayor se debe a su inexperiencia, a los vanos sueños de su ambición, a su prepotencia, a su demagogia, al radicalismo antisistema edulcorado con una falsa sonrisa o no será que a cierta edad uno no comprende que el mundo ha cambiado y al no entender nada, solo tiene miedo de su propio miedo. Esos jóvenes redentores, que a través de las redes sociales se han encaramado en un pedestal, extienden el brazo hacia el horizonte, pero uno ya no sabe si en realidad señalan el sentido de la historia o al final quedarán en simples guardias de tráfico.

 


La ligereza del caballo de fuego ,,, 7.6.26

Lo que define a esta actriz y cantante es ese toque de distinción británico de no darle demasiada importancia a las cosas

La actriz y cantante Leonor Watling.JORDI SOCÍAS

Tiene una voz oscura, que le sirve para cantar lo mismo en una iglesia que en un burdel, en una plazoleta iniciática con devotos emporrados sentados en el suelo, en un sucio bar de copas o en un teatro lleno de gente fina bajo lámparas de mil lágrimas. Puede ser sofisticada y, a la vez, un poco canalla. En cualquier caso, cuando el concierto va a empezar, alguien en la oscuridad anuncia: con todos ustedes Leonor Watling y el grupo Marlango. El cono de luz la ilumina junto al piano de Alejandro Pelayo, y Leonor Watling, alta, muy bella y carnal, con los labios casi pegados al micrófono comienza a susurrar con una languidez reptiliana una queja en inglés, o en castellano, que ella misma ha escrito en un cuaderno durante los descansos de los rodajes o en los momentos en que se siente más sola y desconsolada. Canta blues y un pop elegante. El nombre de Marlango lo tomó Leonor Watling de una canción que su admirado Tom Waits dedicó a un amor de 14 años, una adolescente mexicana llamada Suzie Montelongo, un apellido que mal pronunciado en inglés se convirtió eufónicamente en Marlango. Hay errores que son diamantes.

Un día, en uno de sus conciertos, mientras Leonor Watling con una melancolía muy gutural iba narrando algún desgarro interior: Qué quieres de mi, qué quieres que yo haga, y el público muy entregado la aplaudía, yo recordaba aquel verano en que escribí la historia de amor de una muchacha que se movía por detrás de la barra de una cantina del puerto en un pueblo del mediterráneo, sin saber los estragos que en los marineros anclados en el mostrador causaba la inocencia provocativa de su cuerpo. Un ricachón la adoraba, la requería obsesivamente con toda clase de promesas, pero ella estaba enamorada de un joven profesor de literatura solo porque le contaba historias de héroes del pasado. Bigas Luna quiso llevar esta historia al cine. Como cualquier escritor, también yo había puesto rostro, cuerpo, gestos y miradas a aquella chica limpia y voluptuosa con la imaginación, mientras Bigas Luna, por su parte, llegado el caso, buscaría a la actriz que encarnara a la protagonista de ese relato, Son de Mar.

Un día el director me dijo que la había encontrado. Es este aspecto era muy fiable. Ya había descubierto a Penélope Cruz, a Javier Bardem y a Jordi Mollá en Jamón Jamón, de una sola tacada. Leonor Watling había hecho pequeños papeles en televisión y en cine, incluso había optado a un Goya, pero la revelación se produjo cuando Bigas la invitó a su masía de Torredembarra, en Tarragona, y durante una cena la grabó un poco a traición ante unas gambas rayadas con su cámara digital. Ella se ruborizó. Fue ese rubor natural el que decidió la elección. Luego Bigas trató de convencerla de que haría de sus senos desnudos todo un mar, y la envolvió en la propia fiesta de vivir los placeres en la que este director era un maestro. Cuando conocí personalmente a Leonor Watling, supe que era la Martina de la novela que había imaginado. Claro, eras tú, le dije.

Poco después la tomó Almodóvar para someterla al tormento de interpretar a una chica en coma, en la película Hable con ella, en la cual la actriz debía permanecer inmóvil durante varios minutos interminables sin tragar aire ni mover los párpados mientras la cámara se cernía en un largo primer plano sobre su rostro. Luego llegaron más papeles, más éxitos, con la seguridad por parte de los directores de que es una actriz que nunca falla, pero aquí se trata de saber en qué consiste su aura más allá de la pantalla, qué la hace una mujer singular.

Nació en Madrid en 1975, se crió entre hermanos mayores, con posters y música estridente en las habitaciones, y de muy pequeña percibió que la religión era una ficción aleatoria, puesto que su madre era una anglicana inglesa y se llevaba muy bien con su marido católico gaditano, y aunque iba al colegio de monjas Madre de Dios, siempre supo que eso de la fe es una cuestión privada, sin intermediarios. Quiso ser bailarina, pero una lesión de rodilla la apartó de esta su primera vocación. La vida la ha llevado a vivir entre músicos, primero con su compañero sentimental, el pianista compositor Alejandro Pelayo, que después se ha convertido en compañero profesional en Marlango, y ahora la historia de su corazón la vive con su marido, el cantante y autor uruguayo Jorge Drexler, de la que han nacido dos hijos, Luca y Lea.

Lo que define a Leonor Watling es ese toque de distinción británico de no darle demasiada importancia a las cosas que comparte con la sensación de que lleva dentro un caballo de fuego a la española. Se mueve con soltura entre hombres con un feminismo real, pero le agota el laberinto de las mujeres, exigir mucho sin exigir, decir una cosa y pensar que el compañero va a entender que estás diciendo otra. Puede ser ligera o intensa, de cara lavada o con unas suaves ojeras de madre con hijos de andar por casa. También puede mostrar un lado oscuro, como su voz, ligeramente gótica, que se expresa en ese anillo en forma de calavera engarzada en el dedo del amor. "Me gusta, no sé por qué", dice.


Los sueños ,,, 6.6.26

Con la cabeza en la almohada cada insomne afronta con una estrategia distinta la dura travesía de la noche

Manuel Vicent
11 JUN 2016 - 13:13

Contar ovejas es un conocido ejercicio mental contra el insomnio. Dieter Spannknebel (Getty Images)

Creen algunos que alcanzar un sueño significa satisfacer un deseo imposible o llegar a una meta que siempre parece alejarse y para conseguir este propósito los más osados están dispuestos a cualquier heroísmo o villanía; en cambio, otros piensan que alcanzar un sueño solo significa dormir y los más simples se limitan a contar ovejas con la luz apagada. Dormir parece una empresa muy poco arriesgada, pero puede que el insomne con los ojos abiertos en la oscuridad se vea obligado también a realizar grandes hazañas imaginarias, que no desmerecen a las que realizan en la práctica los héroes o los villanos para conquistar un ideal. Con la cabeza en la almohada cada insomne afronta con una estrategia distinta la dura travesía de la noche. Unos se ponen nostálgicos y remontan el río de la memoria hasta la infancia donde se sienten inexpugnables recreando el olor de aquel desván, el sabor de la mermelada de la abuela, los juegos en las tardes de verano, o el placer de las primeras caricias en la playa. El nombre olvidado de aquella niña impide conciliar el sueño y uno se da otra vuelta en la cama para ver si encuentra su rostro al otro lado de la oscuridad. Recordar su nombre es toda una proeza. Otros insomnes se ponen metafísicos y se entretienen tejiendo y destejiendo las múltiples variaciones del azar que han conformado su vida; se preguntan qué habría pasado si aquel determinado día hubiera estado en otro lugar y comienzan a rehacer su destino a la medida de los deseos. Otros se ponen guerreros y convierten el insomnio en un baluarte para atacar a sus enemigos o se erigen en héroes galácticos, en vengadores de la injusticia, en artistas famosos, en creadores. Otros se inventan una gran historia de amor y en el momento en que la amada va a entregarse, por fin se quedan dormidos. Son hazañas que siempre suceden en la cama.


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