Donald Trump se asoma a la cumbre de la OTAN en Ankara con una lamentable hoja de servicios La llegada de Donald Trump al poder cimentó el éxtasis del poder de la fuerza. Sus asechanzas al comercio internacional,
al orden mundial con reglas, o el apoyo a despotismos como el de
Vladímir Putin parecían legitimarse, en última instancia, sobre el
inapelable liderazgo militar de EE UU. La operación de Venezuela —secuestro del déspota Nicolás Maduro, conversión del país en un protectorado de hecho—
aunque ilegal, fue ejecutada con precisión militar. Carente de
escrúpulos y sobrada de asesinatos, pero en trepidante secuencia
hollywoodiense. Abonó la creencia en el fin del modo poswestfaliano en
que los Estados compartían protagonismo con instituciones y sociedad
civil. La razón de la fuerza amenazaba a la fuerza de la razón como
fundamento y argumento. Ya no parecía viable otra
dialéctica que la de los puños y las pistolas. Fatal momento para los
defensores del “poder blando” democrático, de las ventajas del comercio
abierto, de la primacía del derecho y de la negociación frente a la
guerra, de las instituciones civiles como prevalentes sobre los
ejércitos. Fueron ridiculizados como habitantes de un mundo doctrinal heidi, ingenuo y fantasmal. Los emporios del “poder blando” fueron asediados. El principal, Europa, parecía una postal sepia. Y hasta una dirigente proclamó que la defensa del orden internacional multilateral ya no regía, traicionando su deber de garantizar el Tratado de la UE, que la consagra. Pero
la guerra de agresión contra Irán, que pretendía rematar el clavo
venezolano en una estrategia para esterilizar las bases energéticas de
la rival China, torció la secuencia. El fracaso de los inopinados
bombardeos, y luego del bloqueo naval a Ormuz, pespuntean el desplome
del neobelicismo del seudopacifista. Ya es inocultable. Los términos del memorando que posibilitó el alto el fuego
provisional el 17 de junio (tras 110 días mendigando clemencia a la
imbatida dictadura de los ayatolás) no ofrecen duda. Fueron una marcha
atrás en todos los objetivos de la agresión: nada de cambiar el régimen,
sino “abstenerse de interferir” en él; retirada de sanciones y plan de
reconstrucción del país invadido por 300.000 millones de dólares, en vez
de “destruir su entera civilización”; y statu quo provisional sobre la
cuestión nuclear, a resolver durante las negociaciones. ¿Para
qué ha servido tanta muerte, tanto derroche, tanto despliegue de la
razón de la fuerza? En la mejor hipótesis, para volver al punto de
partida. O retroceder a antes del pacto que alcanzó en 2015 el
presidente Barack Obama, con apoyo europeo y de la ONU. Y además, será
harto difícil mejorarlo, como se empeña en prometer. Lamentable
hoja de servicios del supuesto líder de Occidente ante la cumbre de la
OTAN de los próximos días 7 y 8. ¿Con qué credibilidad repetirá sus
zafias regañinas a los pacientes socios un alguacil alguacilado? El Gobierno debería abordar seis objetivos diáfanos y pactables en lo que reste de legislatura Pretender que el Gobierno se suicide políticamente será legítimo, pero no es muy sagaz conminar a su presidente en modo de clavarle al lodazal corrupto para destruir tanto a la persona como a su obra de gobierno. Tampoco lo es que Pedro Sánchez haga un Starmer:
apartarse y promover a otro candidato para sucederle. Pero choca que
Junts sea el que dé empaque a esa salida, no por defenderla, sino por
firmarla en mala compañía. De repente, los de Carles Puigdemont arrumban toda la historia del catalanismo conservador,
incluida la intachable tradición democrática y constitucional. Por vez
primera vota en un asunto trascendente juntándose al partido
parafascista Vox, que propugna en su programa la aniquilación de la
Generalitat y las demás autonomías. Fuerte para lo que quede de su
electorado liberal. El episodio sirvió al menos de palanca para el reconocimiento por el PP de que Cataluña se ha normalizado. Al proclamar que “hoy la amenaza no es el secesionismo” su vocero ultra, Miguel Tellado, zanja la historia de 2017. Y reconoce (sin mentarlo) el éxito de Sánchez y Salvador Illa en su política de reconciliación, que ha encauzado aquel pleito
territorial. Para ser creíbles, retiren sus recursos pendientes contra
la amnistía y reciclen a quienes convocaron a la calle para
desestabilizar al Gobierno, incluida la minoría facciosa de jueces que se plantó ilegalmente. Y a sus propias sombras. Dimisiones,
adelantos electorales, mociones, bloqueos, invectivas… Por encima de
las cosas de la política, deberíamos situar la política de las cosas que
más interesan a los ciudadanos. A Pedro Sánchez (y a cualquiera con
responsabilidad) lo que hay que exigirle es que los 13 meses que quedan
legalmente hasta el final de la legislatura —o los que al cabo queden— no sean inútiles. Para eso urge saber en qué se pretende emplearlos. El
requisito primero, y lo mínimo, es un plan de actuación sobrio,
sintético, nada de oceánico. Solo de lo esencial que facilite un punto
de partida a fin de que la siguiente legislatura no arruine lo
conseguido (en economía, en avances sociales, en pacificación
territorial…) y pueda aspirar a ser, al menos, igualmente próspera. Quizá valdría con seis objetivos, diáfanos y pactables. A título de sugerencia: 1) presentar y negociar el Presupuesto de 2027; 2) presentar la ley de integridad, clave en el paquete de regeneración y anticorrupción; 3) sellar un pacto básico en financiación autonómica, que cuelga desde 2014; 4) ejecutar el Plan Estatal de Vivienda ya aprobado, doblando su dotación; 5) culminar la regularización migratoria,
y concretar el plan prometido de refuerzo de los servicios públicos; y
6) celebrar un primer debate parlamentario sobre defensa y su encaje en la europea, que encargue un Libro Blanco (amplio) o Verde (ejecutivo). Y luego ya votamos teniendo también en cuenta todo esto. En el Brexit, como en todas las recetas imbéciles, todo falló Unanimidad. Ningún estudio sobre el balance del Brexit, diez años después de iniciado, le anota ningún logro. Todos certifican el desastre que allegó. Un retroceso en la economía, de entre el 6% y el 8% del PIB. Una mayor brecha de prosperidad relativa (PIB per capita), de unos ocho puntos, entre España-Italia-Países Bajos, que aumentaron en torno a un 112%, y Reino Unido (104%) (Financial Times). Y una huida de 900.000 millones de libras (más de un billón de euros) en activos financieros de la City, al continente. En política, la autodestrucción del partido tory que lo propulsó, y su trasvase a la ultraderecha más chovinista y agresiva, amén de la alteración de todo el sistema institucional. Históricamente,
restalla ahora el desencaje de una nación —que aún influía hace diez
años— en el mundo del desorden internacional y de la agónica pelea por
la hegemonía entre las dos grandes superpotencias, EEUU y China. De
“país referente de la UE”, que afianzaba su “especial relación” con EE
UU, pasó a erial prescindible, salvo por su potencia militar y atómica. El
lector atento lo palpó, aquí se subrayó año tras año. Y se ha
corroborado estos días al publicarse los resultados de distintos
trabajos académicos. Todos concuerdan y convergen: del Global Trade
Policy Observatory (GTPO) al NBER, pasando por el Center for European
Reform (CEP), la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OPBR), el
Centre for Economic Policy Research (CEPR), o en demoscopia,
el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores: dos tercios quieren
volver. Nunca hubo un episodio suicida así, el “primer caso” de
desmantelamiento, aunque limitado, de “una integración económica” (GTPO,
18 de junio). Romper Europa lleva al abismo… a quien lo intenta. Para evitar disparates parejos, es clave identificar su causa principal. La operación fallida se presentó como un plan para mejorar el nivel de vida ciudadano, tras años de declive. Su fundamento doctrinal
se forjó en una fe nacionalista exacerbada, autosuficiente,
supremacista: ellos solos lo harían mejor, recuperarían el control de
sus viejas leyes, y sin el corsé de la Unión multiplicarían las ventajas
de su influencia individual: el Global UK. El banderín de enganche, o combustible propagandístico y amoral del Gran Engaño
fue el recelo al Otro (sobre todo, europeo; incomodaban menos los
criados coloniales), una “prioridad nacional” xenófoba a tope: sajar el
número de extranjeros. Así ocurre con las recetas
imbéciles, todo falló. Empeoró el nivel de vida. No logró en muchos años
reducir las llegadas de inmigrantes, en 2022 y 2023 llegaron a ascender
a un millón (de no europeos): urgía mano de obra, no destruirla. No
amplió la red comercial que tenía desde la Unión, apenas logró
reengancharse a sus tratados previos, y cuatro propinas, frente a los de
la UE con Canadá, Mercosur, India, México, Australia... Jibarizadas la
anterior ventaja comercial global y su exportación al continente, la
economía encogió. Last but not least. La UE había
retrasado su declive postimperial. Al cortar amarras por su patología
reaccionaria, Reino Unido perdió el ancla que le vinculaba al mundo
presente. Y que actualizaba su potencial en un marco más amplio, fuerte y
eficaz. ¿Quién defiende ahora su cheddar? El
Consejo General del Poder Judicial debería calibrar la conveniencia de
peinar al magistrado, tantas veces reconvenido por su tribunal superior ¿Alguien
pensaría que Begoña Gómez puede esconderse tras la sombra de un Messi,
un Maradona o un Lamine Yamal? ¿Y zafarse, tras sus breves apariencias,
de la Interpol? Solo un orate, como en el mejor de los casos aspira a
ser el presunto juez Juan Carlos Peinado. Un tipo empeñado en labrarse
la Cruz de Hierro encarnizándose con la tal Begoña,
con la única apoyatura de Hazte Oír y otros cuates ultras y/o
corruptos. Única, sí. Opuesta a las investigaciones y hallazgos fácticos
de la Guardia Civil —la UCO—, que no hallan datos ni manera alguna de inculparla. En un proceso penal, que de eso hablamos aunque este de facto
sea mero circo, las medidas cautelares se configuran para asegurar la
presencialidad física y operativa del justiciable: que esté siempre a
disposición del juez instructor y que no mangonee sobre papeles, agendas
o correos. Así se evita su riesgo de fuga, se impide que
destruya pruebas y se aborta una repetición del presunto delito. Tres
hipótesis aquí imposibles, como ha evidenciado el juez José Luis Calama
en otro caso de personalidad archiconocida, el que afecta al
expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Pretender que gente tan
fotografiada pueda evaporarse es (en catalán) soñar tortillas: estupidez
sin atenuante. Con razón todos los sindicatos policiales, los progres y los conservadores, muerden la yugular de Peinado, pues les acusa de ser propensos a violar la ley escondiendo a la investigada en cualquier agujero impensable. La
principal repugnancia, sin embargo, no viene de esos estrambotes. Sino
de que la cuádruple inculpación a la señora Gómez (tráfico de
influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y
malversación; y los que ahora cuelgan, por ver si cae algo del cielo) se
basan en un hecho vacío. Mal pudo producirse un opaco
tráfico de influencias porque tal acusación se basaba en que la cátedra
que codirigió se creó violando la legalidad. Mientras que, al contrario,
se hizo “acorde con lo dispuesto” en la normativa de la Universidad
Complutense madrileña y en la universitaria común. Y no hubo pagos en
negro, comisiones o movimientos ilícitos en las cuentas de Gómez:
facturó ¡17.000 euros! a la Complu en dos años, cifra
“incompatible” con un enriquecimiento ilícito. Todo ello según la Unidad
Central Operativa de la Guardia Civil. Un gran catedrático de Derecho Penal, Manuel Cancio, ha calificado la instrucción de este caso como “delirante”.
Su conclusión, de “deleznable”. Propia de un “pésimo jurista”, que
busca “usurpar cinco minutos de gloria abusando de su cargo”. Delirio o
delito de prevaricación, el Consejo General del Poder Judicial debería
calibrar la conveniencia de peinar a Peinado, tantas veces reconvenido por su tribunal superior.
¿O es que acaso bendice, auspicia o ignora el error sistemático o la
politización de la judicatura en ese juez? ¿Respira, o sestea, la
benemérita Isabel Perelló? La
tregua debía llegar, porque la guerra había llevado la inflación en
Estados Unidos al 4% y en noviembre llegan las elecciones de medio
mandato El Consejo Europeo
vuelve este jueves al debate sobre crecimiento e inflación. Y cómo
responder a la crisis petrolera que venía de Ormuz. Tras una semana en
que los pronósticos de tres organismos clave fueron desacoplados de la
realidad del mercado. Mientras apostaban a precios locos de la energía
(salvando apariencias con escenarios menos graves), el petróleo se desplomaba. Ridiculizaba sus recetas. Como
si no hubiésemos aprendido nada del fracaso ante la crisis de la deuda
soberana (2011) con políticas presupuestarias restrictivas; sólo
paliadas por las expansivas de Mario Draghi desde el BCE. Ni de los
éxitos al aunar estrategia fiscal agresiva (fondos Next Generation;
escapes del Pacto de Estabilidad para facilitar la inversión) y la
monetaria expansiva (chorros de liquidez, tipos de interés bajos) contra
otras crisis: la pandemia en 2020, Ucrania desde 2022. El
Consejo Fiscal Europeo (las autoridades fiscales “independientes”)
rechazó el miércoles acrecer el gasto para sortear el envite: el margen
que la Comisión daba a Giorgia Meloni y a Pedro Sánchez. Negó aumentar
la demanda pues la inflación, provocada por el petróleo, “se encuentra
en una trayectoria ascendente”; ni siquiera abrió el grifo a unas
modestas tres décimas del PIB (unos 5.000 millones en el caso de
España). Tras decir que “entendimos” la “motivación geopolítica” del
dispendio militar (1,5% del PIB) que quintuplica el gasto
geo-económico-social para empresas electrointensivas, consumidores,
agricultores, compradores de vivienda. ¿Quién les dio vela para este
entierro? Austeritarismo. Se unió al desatino la súplica
de la jefa del FMI, Kristalina Georgieva, el jueves 11: “Por favor, por
favor, por favor… no se gasten lo que no tienen” (los de déficit y deuda
altos). Austeritarismo. Todo por terror a una alta inflación ascendente
de Irán: inexistente (al menos todavía). Y nada de impuestos a las
petroleras que iban haciendo su agosto, sempiterno sesgo reaccionario. Ese día Christine Lagarde bendijo a los halcones.
Subió tipos por la hueca “senda más alta de los precios de la energía”.
Qué mala suerte. Justo cuando capotaban. Y ¡no se enteraban! La última
semana de mayo el barril de brent había bajado de 100 dólares. Ese
jueves, a poco más de 90; y desde el domingo (acuerdo por la tregua, que
se fraguó toda la semana) hacia los 80: este miércoles, driblándolos
por debajo. Pero claro, había que venerar la (fallida)
“credibilidad” del pacto de estabilidad o austeridad y el compromiso del
BCE contra la inflación (con crecimiento asténico). O sea, la pátina de
sus poltronas ignorantes de lo acontecido en el mercado: liberación de
reservas, transportes clandestinos, ahorros asiáticos… ¡Élites
sordas! Si bastaba leer las cotizaciones. O la secuencia del conflicto.
La tregua (aunque salpicada de sorpresas) debía llegar. Pues Donald
Tump gastó más misiles que lo prudente. Porque, con la agresión, la
inflación en EE UU supera el 4%: Joe Biden perdió con los precios al
2,9% en su año final. Y porque el 3-N llegan las elecciones de medio
término, y vienen crudas. ¿Acaso no leen los periódicos? El fracaso del FCAS refleja la falta de unidad por culpa de los dirigentes políticos, y en este caso en especial Macron El fiasco de la operación para construir un único avión de caza de combate europeo es entre severo y catastrófico. Porque el proyecto consorciado del FCAS (Futuro Sistema de Combate Aéreo, por sus siglas en inglés) era la estrella de la Europa de la defensa, según la cuantía de la inversión, 100.000 millones de euros. El presupuesto revela el valor político de un plan. Porque hoy no hay campaña ganadora sin dominio aéreo, aunque no baste. Porque,
junto a misiles, drones y satélites, los cazas de quinta generación (y
sexta, en ciernes) configuran el cuarteto de los instrumentos —muy
tecnológicos— decisivos. Y porque supone la peor brecha respecto a la industria de EE UU. Y el termómetro de la dependencia europea del Pentágono y su complejo industrial, simbolizada en el predominio absoluto del furtivo F-35, capaz de sortear los radares enemigos. O se converge o Europa no será confiable al hablar de autonomía estratégica, de algún atisbo de independencia. La ruptura entre París y Berlín del FCAS, multinacional pero de base franco-alemana, plasma y simboliza la quiebra de la unidad europea, no ya por socios menores, sino de los nucleares. Los que fraguaron el invento desde la Declaración Schuman
(1950). Y que precisamente cosechó su primer gran fracaso en agosto de
1954, cuando la chovinista Assemblée francesa rechazó la Comunidad
Europea de Defensa. Hundió el proyecto de un ejército común europeo y brindó el dominio militar de Europa a la OTAN. O sea, a EE UU. Esta
misma actitud ha hecho capotar al caza europeo. No es Europa quien se
evapora, sino París el que falla. Rechaza compartir en igualdad de
condiciones con Berlín (y otros) la alta dirección del proyecto,
escudándose en que necesita un avión capaz de transportar armas
nucleares, le irrita que los demás irrumpan en la vecindad de su monopolio atómico. La
excusa de un mero desacuerdo técnico-industrial entre empresas, la
privada francesa Dassault (celosa de sus secretos industriales y su
propiedad intelectual) y la división alemana de Airbus (que pretendía un
trato equiparado) es del todo idiota. Los culpables son los dirigentes políticos,
el canciller Friedrich Merz y el presidente Emmanuel Macron, sobre todo
este último. Es risible que para sacudirse la responsabilidad remita a
la autonomía empresarial. Fue él, con la canciller Angela Merkel, quien lanzó en 2017 el proyecto común. El
fiasco mella además el modelo del consorcio Airbus para otras grandes
iniciativas. Habrá salidas. Dispersas y más débiles. A lo peor, tres:
alemanes (sus ocho empresas del ramo) con suecos (Saab) y salvo sorpresa, españoles
(Indra); italianos con británicos y japoneses (BAE, Leonardo, Jaiec), y
franceses con franceses. Claro que EE UU también tiene tres fabricantes
de cazas de combate: Lockheed, Boeing y Northrop. Pero ellos tratan con
una sola autoridad, van por delante y su tamaño se lo permite. La
subida de tipos aprobada este jueves no preanuncia otras. El problema
de la economía europea no son los precios, sino su crecimiento asmático El BCE acaba de matar moscas a perdigones —nada de cañonazos—, ejercicio poco glorioso. Mosca es el temor a una inflación en la eurozona nada
enorme (3,2% en mayo, un punto menos que en EE UU, y sólo dos décimas
más que en abril) y sustentada en un aumento modesto de los precios del
petróleo (por debajo de 100 euros el barril de brent). Perdigón es el alza del tipo de interés
discretísimo —un cuartillo, el 0,25%, lo menos que se despacha—: si la
percepción fuera dramática, lo propio era subir medio. Pero no hubo
caso. Se redujo a micro-signo de combatir una inflación también exigua.
Una cacería ni convincente ni convencida. De trámite, para evitar
críticas por pasividad ante un desastre en Oriente Próximo… que pocos
prevén inmediato. Todo queda pues entre patético y surrealista. Pero al menos, no es grave ni demasiado para el personal: el encarecimiento del dinero de créditos a empresas y de hipotecas a los jóvenes es acotado. Y sin indicación de que vaya a tener continuidad. Al inicio de la guerra de Irán,
la Agencia Internacional de la Energía dramatizó. Afirmó que era una
crisis energética “más grave que las de 1973 y 1979 [las petrolíferas] y
la de 2022 [invasión de Ucrania] juntas”. Pues no ha sido así. Y no ha
matizado, exagerar es gratis. No ha habido catástrofe porque el petróleo,
que afrontó la guerra a unos 70 dólares el barril el 28 de febrero,
tuvo su pico en 114, al cierre del 30 de abril. Luego se situó por
debajo de los 100. Y esta semana de retorno, y rápida contraorden, a los
bombardeos histéricos —malos para las expectativas de paz— por encima
de los 93, y cerró el jueves ligeramente por debajo de los 89. Y es que se ha evitado lo peor. Porque el bloqueo naval de Irán
va siendo sorteado de múltiples formas (barcos de bandera incierta,
navegación en la sombra); la liberación de reservas; la reducción de
inventarios; la reducción de importaciones de China; y las elusiones
parciales de las sanciones del crudo ruso. Con interrupciones
episódicas, como la actual, de la relativa bonanza. Pero el peor momento no es ahora; lo será en todo caso a partir de julio/agosto si la tensión empeora, según distintos pronósticos.
La reciente previsión de primavera de la Comisión (a 31 de mayo) auguró
un crecimiento asténico, del 0,9% para todo el año. Y la última del
Peterson Institute auguraba que en el caso de agravarse la reducción del
suministro entre uno y tres años, EE UU lo notaría poco (menos 1,18
puntos de PIB); China, bastante (menos 2,53) y Europa, a mitad (menos
1,58), aunque lo suficiente para condenarla a recesión. Pero solo en
caso de agravamiento. Y el propio BCE
en su Informe de Estabilidad Financiera (27/5/2026) reconocía que el
pico reciente era temporal y los niveles se han moderado en la mayor
parte de los mercados: solo “un choque energético más persistente”
acarrearía peores daños. Con parecida prudencia, el banco concluía el jueves que la inflación energética
solo se transmitirá “en cierta medida” a la general; que todo dependerá
de si se produce una “escalada de sus efectos indirectos y de segunda
ronda” (reivindicaciones salariales), por ahora no oteados; y en suma,
en condicional lejano, de que la inflación “crezca más y más
directamente de lo esperado”. Así que no preanuncia otra próxima subida. Piedad para tanta trivialidad, tan escasa convicción y tantas ganas de conservar la “credibilidad” de la institución, como si esta se basara en la testosterona monetaria: endurecer tipos esté justificado o no. No
lo estaba ni está (al menos por ahora). Porque aunque los banqueros
centrales se arrepientan de haber tardado en endurecer su política
cuando la invasión de Ucrania, nada es (insistamos: de momento)
comparable: el alza de precios del petróleo es relativa y apenas se
desparrama a otros productos y servicios; la base de partida eran los
tipos cero, y ahora era muy superior (el 2%); y sobre todo, el problema
de la economía europea no son los precios, sino su crecimiento asmático. Que Fráncfort volverá a empeorar. Por suerte, en dosis homeopáticas en vez de guerreras. Qué escaso consuelo. El
rearme europeo debe avanzar en la tecnología de doble uso: el conjunto
de productos y sistemas que permiten desarrollar aplicaciones tanto
civiles como militares El
rearme de los europeos avanza. Pero sigue difuminado: mucho rearme y
mucho dinero; pero poco integrado, poco europeo. Cohabitan en tensión
entre la vocación nacionalista y la comunitaria. Encarna el dilema la Alemania de Friedrich Merz,
que pretende convertirse en primera fuerza individual (no nuclear) de
la UE, antes que priorizar la europeización de la defensa. Y los
fiascos, como el de la defensa aérea integrada antimisiles diseñada en
2022 ―que se ha desleído―, conviven con logros, como el proyecto
Eurodrón (Alemania, Francia, Italia y España) o el avión militar de
carga A400M de Airbus. Así que hay trecho para mejorar.
Mucho, en un ámbito poco aireado y que justifica socialmente el gasto en
defensa: la tecnología de doble uso, el conjunto de productos y
sistemas que permiten desarrollar aplicaciones tanto civiles como
militares. Es extraño, tratándose de un factor de
legitimación de esta industria, pero resulta imposible obtener cifras de
ayudas desagregadas. A nivel europeo. Y las modestas pero crecientes
inversiones en I+D del Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial
(CDTI) español para “retos estratégicos” (140 millones de euros en 2025)
agrupan los hospitalarios, los climáticos y los defensivos, sin detalle
de sus interconexiones. El símbolo de las tecnologías de doble uso es internet. Se sabe, pero se olvida, que surgió desde el Pentágono en 1983 tras años de investigación militar:
el programa ARPA, que desde 1958 buscó placar la amenaza soviética de
un ataque nuclear con un sistema integral de comunicación
descentralizada. Hoy mismo, la creciente industria de los
drones se nutre de avances civiles y defensivos, mutuamente
retroalimentados. Tres directivos empresariales dieron algunas
concreciones de doble uso de su producción en la reciente reunión del Cercle d’Economia barcelonés.
Así, Airbus fabrica el avión de carga militar A400MA, que viene a
reemplazar a los clásicos Hércules, “pero también es apto para el
transporte de ayuda humanitaria”, destacó la vicepresidenta española de
la compañía, Roser Roca. Y lo mismo sucede con sus sensores infrarrojos
militares para la observación de la estratosfera, “claves para detectar
incendios forestales”. Empresas de menor dimensión, como
Pangea Propulsion, constructora de lanzaderas/motores de propulsión de
cohetes, manifiestan que “todo lo que hacemos, que en síntesis es cargar
y enviar kilos al espacio, tiene aptitud para cubrir las dos
vertientes”, según su consejero delegado, Adrià Argemí. Y
Jaume Sanpera, presidente de Sateliot, especializada en el desarrollo
de satélites de telecomunicaciones (incorporada al programa de
incentivos industriales lanzado por la Generalitat), subraya que son
útiles ante danas, incendios o apagones. Y también para contribuir a
“digitalizar la agricultura, con resultados como la reducción de un 20%
en el empleo de agua por el sector”. Defensa y civilidad. Dos en uno. El aumento de la partida de gasto de la Seguridad Social por la incapacidad temporal dispara la inquietud La autoridad fiscal (AIReF) publicó su estudio sobre el gasto público en la Incapacidad Temporal (IT) laboral
el 2 de febrero. Fue un terremoto. La causa, sus cifras escandalosas:
la IT absorbió en 2024 más de 16.000 millones de euros de la Seguridad
Social. Triplicaba los 5.400 millones de 2017. Era su segundo mayor
gasto, tras las pensiones (unos 200.000 millones). Otras
comparaciones. El gasto público sanitario alcanzó 101.739 millones de
euros ese año, o sea que la IT supuso más de su quinta parte. O casi dos
tercios, el 71%, del coste bruto del desempleo (22.872 millones), con
la ventaja de este que se financia mediante cotizaciones sociales.
Holgadamente, pues el saldo arroja superávit. Si hay
indicios de que ese dinero no se emplea de forma óptima, el debate está
servido. No es un mero rincón del presupuesto. Y si hay un porcentaje
significativo de fraude, como se sospecha, llegaría a problema de primer
orden. El asunto subió a la escena pública: esta misma semana, en la reunión anual del Cercle d’Economia de Barcelona. Tras
la AIReF, los actores reaccionaron. Los sindicatos, varados en
encuestas que presumen que un 51,3% de los consultados acudieron a
trabajar al menos un día estando enfermos, negocian ya en convenios
fórmulas para acotar excesos derivando el arbitraje a las mutuas. Y las
patronales, que atribuían el exceso a los trabajadores, eludiendo su
responsabilidad, empezaron a reconocer su corresponsabilidad. Un ejemplo es el informe de la PIMEC catalana (“Evolución de las bajas por incapacidad temporal en España, 2013-2025”,
11 de febrero) que propuso mejoras en “los hábitos saludables” y la
“generación de entornos de trabajo que favorezcan el bienestar”. Esta
patronal amplificó el alcance del problema. Sumó al coste directo de las
prestaciones de la SS, los de las empresas y el de oportunidad: hasta
162.564 millones, un 10,2% del PIB; o la mitad, el 5,6% según el
criterio de sustitución (de los ausentes). La inquietud es que el absentismo a través de la IT se dispara.
Desde la pandemia de la covid, sobre todo entre jóvenes que alegan
problemas de salud mental; y médicos del seguro que los validan sin más. Casi
todos los actores consideran, con tino, que la causa radica en la total
falta de control en los primeros 365 días de la incapacidad. Así, el
directivo de la AIReF José María Casado, urge a la Seguridad Social a
cumplir su deber de información, mediante advertencias por correo, como
Hacienda. Y directivos médicos como Jaume Sellarés
(Clínica Sardenya) reclaman la generalización de una medida ya arbitrada
por la Generalitat, y objeto de distintos bloqueos: la dotación de
asistentes sanitarios a los médicos de los ambulatorios (CAP) para
aligerar su carga burocrática, reducir listas de espera, mejorar
atención y control. Un estudio de su equipo cifra en hasta veinte puntos
porcentuales la mejora obtenida con este método en algunos baremos (“Efectividad del asistente clínico en el control de pacientes hipertensos y diabéticos en atención primaria”, Elsevier, 2024). Práctica muy común en Suiza, Alemania y EE UU. Aquí, escasa. La banca en la sombra se ha infiltrado en las entidades financieras, las compañías de seguros y los planes de pensiones Hay
un nido de cucarachas en el sistema financiero. Así las bautizó Jamie
Dimon, CEO del banco de inversión JP Morgan, porque “cuando aparece una,
es que generalmente hay más”. Son banca en la sombra
dedicada al “crédito privado”, el no institucional de bancos y otras
entidades reguladas, sometidas a supervisión más estricta (en Europa) o
decreciente (en EE UU). Ese nido se genera en el
otorgamiento de préstamos directos a empresas, por grandes fondos o
vehículos de inversión, menos controlados. Al aumentarse las exigencias normativas tras la Gran Recesión de 2008
—para evitar nuevas crisis tipo hipotecas-basura—, las empresas más
endeudadas, volátiles, o de crecimiento acelerado como las tecnológicas y
después las de IA, acudieron a financiarse a estos fondos. Y
es que, morosas en potencia, se les había entornado o cortado el grifo
del crédito bancario, al incumplir los nuevos baremos, más estrictos.
Así que al entrañar más riesgo, pagan más caro el crédito que reciben. Y
el fondo puede retribuir mejor a sus propios bonistas, muchas veces a
dos dígitos, más del 10%. Además, a estos fondos se les
permite el pecado del onanismo, vedado a la banca convencional: prestan a
las empresas como financiadores comerciales e invierten en ellas adquiriendo paquetes de su capital (o todo) como socios industriales.
Y pues, tienden a sobreponderar el valor de sus clientas/participadas,
círculo vicioso típico de las burbujas. Y atávico conflicto de interés
por situarse en los dos lados del negocio. Más trucos.
Como gancho para colocar sus propios bonos a inversores particulares
–muchas veces menos listos de lo que se creen— los emparentan a líquidos
mediante el espejismo de la “semiliquidez”: podrán retirar parte de su
inversión (normalmente un máximo del 5%) durante breves y escasas
ventanas en el calendario. Al suscitarse episodios de caída de
rentabilidad, como la inflación desatada por la guerra de Irán —que dispara el gran rival, los bonos públicos—, los incautos corren en estampida a hacer caja. Y los fondos se retranquean. Es
lo sucedido en el primer trimestre de este año, cuando los grandes
vehículos norteamericanos Blue Owl, Apollo, Ares o Blackstone han visto
duplicarse y hasta cuadriplicarse las peticiones de reembolso. Cegándolo
o retrasándolo como en vulgar corralito, para irritación del
respetable. Y para inquietud de los reguladores. Esta
misma semana el BCE ha alertado del fenómeno. Al tiempo que acotaba su
alcance directo. En EE UU el crédito privado roza los dos billones de
dólares (quizá el doble o el triple, porque al ser opaco no hay registro
exacto posible), o sea en torno a un 10% del crédito bancario (25
billones). Pero en Europa la exposición es inferior a
325.000 millones de euros. El problema no es tanto cuantitativo como
cualitativo: las cucarachas se han infiltrado en la banca, las compañías
de seguros y los planes de pensiones. Y luego está el impacto indirecto
para los patrimonios europeos que picotean en el mercado de EE UU.
Recuerden cómo las hipotecas basura inflaron el balance tóxico de portaaviones como el Deutsche Bank. El pacto presupuestario firmado por Salvador Illa culmina la gran rectificación y la nueva normalidad democrática de Cataluña En
tiempos, Cataluña pareció constituirse como un “oasis”. Frente a las
texturas monolíticas de la meseta ideológica. Y ante los abismos entre
los grandes partidos españoles, socialista y conservador. Le tocó ese
papel, —sobre todo, pero no solo—, en la era felipista, al nacionalismo periférico políticamente moderado en cuanto a políticas concretas, de Convergència i Unió. Y en otro modo, al PNV. Es
cierto que ese movimiento conservacionista y conservador —siempre
incurso en el universo corrupto—, tuvo un sesgo a veces (discretamente)
reaccionario, aunque siempre bajo la capa protectora de un hábil y en
ocasiones sincero paternalismo social. Pero sobre todo en el ámbito
interno, desecho que la nostalgia jamás recuerda: se erigió como baremo inquisitorial de la legitimad, calidad, y bondad de la condición de catalán.
De la que discrepantes y socialmente novatos quedaban automáticamente
segregados. Oficial, si bien no formalmente, coexistían en una, dos
naciones distintas. Con el tiempo, las crisis económicas
que afectaron también a las clases medias en que se asentaba, y la
menguante calidad de su gestión económica, ese movimiento nacionalista cambió de naturaleza, mediante el procés secesionista,
inverso al programa catalanista histórico de corresponsabilidad en la
política española: de partido institucional cómplice en la refundación
constitucional, se fugó al aventurerismo. Todo ello, con
los sabidos destrozos en la economía y las empresas catalanas, y en el
aprecio general de la catalanidad. Por etapas pautables. La última, a
cargo del declinante Junts, ha devenido en miniaturismo de forcejeo y
chantaje inmediatista, en miedo escénico a los emergentes vecinos ultras y en la nada ideológica que lo han desnaturalizado por entero. Hasta su consunción o irrelevancia, mal sostenida por el espejismo de un manojo de votos en el Congreso. Como
Cataluña es más interesante y sustantiva que la boñiga imaginada por el
casticismo determinista, llegó la corrección. Primero, del Gobierno sensato de Pere Aragonés (Esquerra Republicana, sí) desde
2021. Y sobre todo, merced a la orientación a las políticas públicas
concretas, la inclusividad con los rivales o discrepantes y la serenidad discursiva en medio del jaleo general practicadas por Salvador Illa
desde verano de 2024. Sorteando avatares como la crisis porcina, la de
Rodalies, las protestas campesinas, educativas, sanitarias... Pero con
normalidad democrática. Esa misma cualidad ahora resaltada por un pacto presupuestario de largo alcance, apoyado por el Gobierno de España (antes, Estado español). Para
colocar las cosas en su sitio, basta comparar esta Gran Rectificación
con las torpezas registradas tras el otro paralelo, simultáneo y también
dañino proceso separatista europeo. El del Brexit. ¿Quieren echar cuentas, los nunca arrepentidos? La
mayoría de los regularizables ya tienen empleo, aunque precario,
inseguro y peor pagado que los demás. Y la cantidad de empleo disponible
no es estática y eterna, sino dinámica Tras las elecciones andaluzas, la campaña en pro de la ilegal “prioridad nacional” frente
a los inmigrantes retoma actualidad. También la desatada contra el
proceso de regularización en marcha, basada en falacias como estas: 1) "Las regularizaciones provocan un `efecto llamada’”. Falso. El grueso de los estudios científicos lo desmiente. La de 2005 en España “no comportó un efecto imán”, reza el trabajo clave sobre esta (Understanding the effects of granting work permits to undocumented immigrants,
Joan Monràs, Javier Vázquez-Grenno y Ferran Elias, vol 43, Journal of
Labor Economics, 2025 ). “La evidencia lo rechaza. No hemos detectado en
los datos ningún incremento diferencial en el stock ni en las tasas de crecimiento de los inmigrantes extraeuropeos (a España) respecto a los procedentes de la UE”. Otro
estudio de referencia, sobre la practicada en EE UU en 1986, detectó
“una reducción” de la inmigración irregular a corto plazo, que se
equilibró después (P. Orrenius y M. Zavodny, Do amnesty programs reduce undocumented immigration?,
Demography, 2003). Y el más ambicioso en el material de campo —todas
las regularizaciones en toda la OCDE entre 1944 y 2023—concluye que “no parecen producir un efecto llamada”, salvo en los países del grupo de menores ingresos (Are Immigration Regularization Programs a Pull Factor? Paul Elguezábal/ Inmaculada Martínez-Zarzoso, INFER, núm 14, 2024). 2) “Son un peligro para Europa, pues los regularizados se esparcirán por toda la UE”.
Los beneficiarios obtienen una autorización para residir un año
(prorrogable) únicamente en España, es un permiso que no sirve para los
otros Estados miembros de la UE. Además, no son muebles: si ya hace
tiempo que están asentados, muchas veces con empleo,
la mejora de estatus les enraiza más. De los llegados que se fueron
entre 2002 y 2004, lo hicieron sobre todo por falta de empleo estable (Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España, Funcas, 12 de mayo). 3) “La regularización atenta contra la normativa europea". Falso. La normativa europea es siempre básica, y mejorable, según la cláusula de “disposición más favorable”:
“El Tratado no excluye la posibilidad de que se apliquen disposiciones
nacionales más favorables”, reza la directiva 2003/109 (Estatuto de los
nacionales de terceros países residentes de larga duración). Y los
Estados miembros tienen la competencia para “introducir o mantener
disposiciones más favorables”, subraya la directiva, conexa, 2011/95
sobre Nacionales de terceros países beneficiarios de protección
internacional. 4) “Competirán con los autóctonos en empleo y servicios sociales”.
No es así. La mayoría de los regularizables ya tienen empleo, aunque
precario, inseguro y peor pagado que los demás. Y la cantidad de empleo
disponible no es estática y eterna, sino dinámica. No roban puestos de trabajo.
La prueba: entre 2020 y 2025 se crearon tres millones de empleos; de
estos, un millón los ocuparon los inmigrantes; los otros dos, los
nacionales, nos recuerda Miguel Ángel Fernández Ordóñez (La inmigración no quita trabajo,
Cinco Días, 12 de mayo). Tampoco ocurre específicamente con los
servicios sociales ni la vivienda: si la población laboral creciera (lo
que en cualquier caso es imperativo económico) vía natalidad de los
nacionales, también se expandiría (pero a mayor ritmo) la necesidad de
plazas hospitalarias o escolares. Y de alojamiento. 5) “Los regularizados trastocan el censo electoral: votan”. Falso: obtienen la residencia, no la nacionalidad, que es el requisito para votar. Trump quiere sintonizar con Xi para que cada uno se dedique a su imperio neocolonial Ahora que la agresión a Irán capota en un empate infinito,
Donald Trump tiene que vitaminar la musculatura, recuperar a esa
opinión pública que le castiga, frustrada porque el único balance
doméstico tangible ha sido ralo y contra portería propia: encarecer el galón de gasolina de los votantes que opinarán en las urnas el 3 de noviembre. Y
dos meses y medio después no hay nada del derrocamiento de los curas
chiíes, nada de recuperar su uranio enriquecido ignoto, nada de salvaguardar el estrecho de Ormuz para el tránsito libre. El
inquilino de la Casa Blanca debe pues volver a aparentar poderío. Tarea
de Tántalo, porque su prestigio cotiza tan chicharro que hasta Putin le
humilla ofreciéndose como mediador solvente para que logre una propina
con el uranio, y él mismo implora a Xi Jinping que medie con Teherán. Le urge aparentar poderío exterior, que el despotismo interno flojee, apenas mantenido con purgas sistémicas: de los militares razonables, de las universidades rebeldes, de los manifestantes y los inmigrantes, de los periodistas correctos… En
casos así, la receta canónica consiste en recurrir a otra operación
externa, de fuego y furia, esperando que esta vez salga como con Maduro,
y no como con los ayatolás. La ocasión es Cuba. Un
viejo enemigo famélico, sin petróleo ni luz porque Delcy va a lo suyo y
Vladímir ya ha quedado bien con una limosna temporal. Casi agónico. Y,
en cambio, voltear al poscastrismo puede acarrear sustanciosos
dividendos simbólicos: el desquite del empleado Fulgencio Batista, del fiasco en Bahía Cochinos, de tantos decenios de resistencia y desafío impertinente al imperio. La visita a Pekín ha arrojado resultados comerciales magros, aunque un enorme oprobio a la honestidad,
pues buscó mercado para Nvidia, Boeing y otras compañías en las que
acaba de superinvertir. Pero bajo la frágil propaganda de “una nueva
etapa constructiva” y de “una nueva estabilidad” palpita una tendencia
creciente: el reparto del mundo entre los dos colosos, en esferas de
influencia redefinidas. Cualesquiera que estas sean, Taiwán (como cabeza
de puente de Occidente ante China) y Cuba (de los eximperios
comunistas) son excéntricas a toda combinación, y en paralelo, sendas
chinas en los zapatos de ambos. Por eso, Xi le preguntó por Taiwán, le advirtió sobre un eventual “conflicto”, le quiso arrancar si se mojaría con Taipéi, apuntando que es su jaqueca principal de seguridad. Trump rehuyó el envite, pero prometió reflexionarlo, ese prólogo a todo desistimiento. Quizá esa sintonía implícita no requiera de una ocupación a lo Granada.
Quizá bastaría una doble esterilización: renuncia definitiva a una
declaración de independencia de Taiwán y el correspondiente apoyo
militar americano, acompañada de una delcyficación de Cuba. Cada uno a su imperio neocolonial. Y el espíritu de Herodes lavándose las manos en el de todos. El
Tribunal de Justicia de la UE pone coto al intento de gobiernos e
instituciones europeas de limitar derechos a inmigrantes y refugiados Espoleados
por los ultras, gobiernos e instituciones europeas pretenden limitar
derechos a inmigrantes, refugiados, o mixtos. La moda es imponer la
“prioridad nacional”. Ponerles en la cola de los bienes, servicios
públicos, prestaciones y derechos sociales (ayudas oficiales, vivienda
protegida), privilegiando a los nacionales. Una forma de negárselos. Contrapesa
esa tendencia otra de menor ruido y mayor relevancia: la
liberal/democrática del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Sus
últimas sentencias sobre el asunto son taxativas. Se inspiran en la
Convención de Ginebra de 1951: los estados contratantes (como la UE y
todos sus socios) “concederán a los refugiados que se encuentren
legalmente en su territorio el mismo trato que a sus nacionales en lo que respecta a asistencia y a ayudas públicas” (artículo 23). Y
en la Carta de derechos de la UE, que garantiza “el derecho de acceso a
las prestaciones de seguridad social y a los servicios sociales”. De
modo que “toda persona que resida” en ella (autóctona, inmigrante o
perseguida), accederá a la seguridad social y a las ventajas sociales”,
sobre todo al “derecho a una ayuda social y a una ayuda de vivienda para
garantizar una existencia digna” a quien carezca de recursos
suficientes” (artículo 34). Esos pilares se plasman en
directivas. Y éstas, en un puñado de resoluciones del TJUE. La última,
del 7 de mayo (sentencia “KH”, C-747/22, EL PAIS, 8 de mayo), validó el derecho de un extranjero en Italia
a recibir “todos los regímenes de ayudas establecidos”. En su caso, lo
que reclamaba: la “renta garantizada de ciudadanía”, versión de nuestro
ingreso mínimo vital. El Gobierno se la negaba por incumplir el requisito de haber permanecido un mínimo
de diez años (los dos últimos, sin parones) de residencia. Como “tal
requisito de residencia afecta principalmente a los no nacionales”, la
“diferencia de trato entre estos últimos y los propios nacionales”
resultante de una normativa nacional que fija esa condición, “constituye
una discriminación indirecta”: prohibida. La sentencia
desborda lo habitual. Indica que las normas europeas “no supeditan los
derechos que se les reconocen (a los beneficiarios de protección) a la
duración de su presencia en el Estado miembro de que se trate o a la
duración del permiso de residencia de que disponen”. Así que “imponer” a
los procedentes de terceros países “la obligación de demostrar un
arraigo firme en el Estado” resulta “manifiestamente irrazonable y
contrario a los objetivos y al espíritu de la directiva” 2011/95, de protección internacional a refugiados y apátridas. Total: Italia, condenada. En
otra (la sentencia “CU y ND” 29/7/2024), el TJUE apoyó a dos llegados a
Europa a los que Roma pretendía recortarles parte de la renta
garantizada: evitó así la discriminación respecto a quienes la cobraban
entera. Y aún en la “sentencia Ayubi” (C-713/17) salvó la
ayuda a la vivienda de un refugiado, pues exigirle acreditación de
residencia permanente “es incompatible” con el derecho de la Unión, y
porque priorizar a los que llevan años sobre los recién llegados, más
vulnerables, supondría tratar peor al que más lo necesita, el más
precario. Menos mal. Las
guerras no las ganan solo los ejércitos, ni solo en campo abierto. Las
dilucida la política. Vietnam era la nada y resultó ser todo Enésimo retorno al diálogo. El déspota Donald Trump y la dictadura de los ayatolás han vitaminado esta semana la negociación. Entre escaramuzas, por no bajarse del todo del burro, que no quedaría viril. Esa querencia tontuna a los dientes de sierra. Quizá
esta vez sea la buena. Pues a más tiempo malgastado, menos recursos y
mayor necesidad de acallar las armas tienen todos. Pero sea ahora u otra
vez, la expectativa de un alto el fuego se asienta en pilar sólido. No
solo en el hermoso deseo de paz de todo país, organización o gente
razonable. Sobre la evidencia de que ambos contendientes marcan tablas.
Empate infinito. Infinito no equivale a simétrico. La fuerza bruta de EE UU es abrumadora respecto a Irán. Como la de Rusia en relación a la de Ucrania.
El empate militar es asimétrico. Pero las guerras no las ganan solo los
ejércitos, ni solo en campo abierto. Las dilucida la política. Vietnam
era la nada y resultó ser todo. El ayatolismo parece inspirarse en la filosofía guerrillera del Vietcong: frente a los portaviones, minar Ormuz.
Frente a convoys bloqueando el Golfo, lanchitas militares tipo
narcotraficante gibraltareño, velocísimas. Y wagnerianos buques fantasma
vehiculando oro negro. Ante misiles, droncitos de juguete, pero
efectivos. Aquí no hay bosque. El mar se revela la nueva jungla. No es
un juego de ganar por KO, sino de resistir por puntos: y el tiempo es el
punto clave. Es también un empate de derrotados. Ambos
aseguran controlar el Golfo. Exhiben razones. Pero controlan solo hasta
el límite de que el otro no se imponga; no haga de su antojo, ley. Así,
el Irán teocrático y dictatorial en buena medida está ya vencido.
Bombardeado, saqueadas sus instalaciones militares terrestres y navales,
sometido a bloqueo marítimo, obstaculizada su exportación petrolera,
carente de aliados militares explícitos, enajenado de los neutrales y de
toda la zona, erosionada su potencia regional… sigue vivo. Y con media
población ofendida y a la contra, mantiene su capacidad de contragolpe.
Su media derrota es una victoria a medias. Lo es porque Trump no ha logrado imponer (sobrepasado el plazo máximo prometido de ocho semanas)
ninguno de sus objetivos: no ha derrocado al régimen chiíta; no ha
confiscado su uranio enriquecido; no ha protegido a sus jeques cómplices
de los petroestados; se ha ganado la inquina de la Europa que quería
desarticular; la crisis energética subleva a los votantes que se
esfuerzan por llenar el depósito de sus rancheras. Y tiene que pedir
árnica a Putin, que le humilla ¡sugiriéndole hacer él de mediador y
depositario del uranio iraní! Y se ve compelido a implorar una y otra
vez negociaciones, cuando aseguraba que era el enemigo quien las pedía. Va
perdiendo la guerra, por eso la sustituye por un bloqueo. Una
superpotencia no debe perder ninguna. Él es ya un tigre de papel.
Terrible, peligroso. Pero en modo payaso. Para
acceder al mando de la Fed, Kevin Warsh ha renunciado a una de sus
creencias, los tipos de interés altos, en orden a satisfacer la
exigencia de Trump, quien intentó en vano doblegar a Jerome Powell ¿Quién es un halcón monetario?
El partidario de una política monetaria restrictiva —inversa de la
expansiva—, constreñir la cantidad de dinero en circulación, y por tanto
el crédito, a fin de enfriar la economía. Y así, reducir la inflación. Para
lograrlo, el buen halcón defiende tres orientaciones. Una, automática,
es aumentar los tipos de interés, desincentivando el endeudamiento. Dos,
reducir el tamaño del balance del banco central: su tenencia de
activos, públicos (bonos, letras…) y privados (acciones de grandes
empresas), adquiridos en fases de “expansión cuantitativa” como palanca
para estimular la economía en coyunturas asténicas. Y tres: aplicar todo
el empeño en rebajar la inflación, sin reparar en que provoque deflación, y con ella, estancamiento económico y desempleo a granel. Además, al halcón le fascina desregular la banca, suprimir controles y relajar la supervisión, aun a costa de abrir paso a crisis financieras como la de las hipotecas subprime (de baja o nula calidad) que desembocó en 2008 en la Gran Recesión. Un
operador financiero privado de ese catecismo alcanzará la semana
próxima la presidencia de la Reserva Federal, si como se prevé, el lunes
el Senado le da su voto final. A diferencia del actual presidente,
Jerome Powell, un republicano moderado tendente al consenso; el aspirante, Kevin Warsh
(de 56 años), es un trumpista radical. Accedió a la junta de
gobernadores con George Bush (2006-2011), fustigó a Ben Bernnake, y
amasó una fortunita cercana a los 200 millones de dólares (unas
cuatro veces la del abogado Powell), interviniendo en grandes
operaciones de Wall Street. Fue estrecho asesor de Trump en su primer
mandato. Y como los pobres siempre se juntan, casó con Jane Lauder,
heredera del imperio cosmético Estée Lauder. Para
acceder al mando de la Fed, Warsh ha renunciado a una de sus creencias,
los tipos de interés altos, en orden a satisfacer la exigencia de
Trump, quien intentó en vano doblegar a Powell (también
designado por él, en su primer mandato). En aplicación de la doctrina
Groucho Marx (“estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo
otros”), el candidato las cambia en favor de lo inverso: un descenso
tajante (y no homeopático, como el de Powell) de los tipos. Otra cosa es que pueda en efecto aplicar esa rebaja sustancial. Pues la política fiscal interna (déficit), y externa (aranceles) de Trump
fabrica inflación persistente y creciente, lo que requeriría subidas. Y
porque debe concitar consenso, ya que esas decisiones “las votan 12
gobernadores, y él solo cuenta con un voto”, como ha subrayado Jesús
Sérvulo González (Cinco Días, 5/2/2026). Y porque la Fed no
habita el vacío, sus actos impactan a los demás bancos centrales: una
reducción excesiva encarece las otras monedas y erosiona la
competitividad de las otras economías. También le será arduo achicar el tamaño del balance de la Fed. Powell
lo recibió a 4,5 billones de dólares, quiso rebajarlo a 2,5/3 billones,
y se lo deja en 6,7 billones. Cuidado que eso es la Fed y no el circo
de la Casa Blanca. Hoy
celebramos más que nunca, para que nos duren siempre, tus fuertes
convicciones de progreso, resumidas en la clásica tríada de
libertad-igualdad-fraternidad, aunque actualizada Hasta luego por tiempo, inasequible cómplice de periodistas soñadores,
y empeñados en que fermenten los sueños colectivos. Hasta luego,
profesora en generosidad y exigencia, que regalas ese olfato tuyo,
adelantado al nuestro, fraguado en tu condición orgullosa y comprometida
de mujer abanderada de la condición de mujer. Hasta siempre,
mujer-ciudadana. Aunque tozuda te vas, seguiremos hablando en presente, Sol Gallego.
Para explicar a todos cómo has forjado la leyenda de sencilla y
grandiosa maestra: en el cómo del periodismo, en sus reglas, en su
contrato moral con los lectores. Lo único definitivo. Hace poco, hemos tenido ocasión de subrayarte, al enarbolar tu premio en ética periodística,
certificado por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España.
Desde mucho antes, te doctoraste en esa disciplina, porque te
consultamos como definitiva piedra de toque de sensatez y rigor. ¿Quién
no ha reconocido esa capacidad de fabricar soluciones evidentes a los
problemas enrevesados? Contigo en posición de timonel,
ocuparas formalmente la que ocuparas, hemos construido un falansterio
espiritual utópico: trabado sobre el estupendo y asediado oficio de
periodista, compartiendo una mirada crítica al mundo y desplegando
siempre una nunca desmayada pasión por la vida y la gente. En
el pasado inmediato, nos referíamos a los colegas veteranos y creadores
de escuela, como “maestros de periodistas”, a veces así nombrados con
voz engolada de antiguo telediario. Ahora lo pones más difícil —esa
manía—, porque tu maestría es específica, concreta, nada nebulosa: la
ética, el cumplimiento (y el desbordamiento ordenado y leal) de las
reglas compartidas sigue siendo asignatura demasiado pendiente en
nuestra sociedad. Y en nuestro oficio. Seguramente, tu secreto es ser persona antes que profesional. Rebelde antes que complacida. Nieta de un prohombre de la Institución Libre de Enseñanza,
hija de un sabio matemático rojo y perseguido, y de una silenciosa
resistente, llevas con dignidad su legado. Y ya chavala con hambre de
libertad, te apuntas al movimiento antifranquista, en versión
libertaria. Tropiezas así con este oficio y lo ensalzas, en Cuadernos para el diálogo, desvelando en equipo (con Federico Abascal y con Flavio) el borrador de la Constitución. Y
en este diario del que eres mascarón de proa, sobre todo en simbiosis
con Joaquín Estefanía, pero también junto con los demás. Con los de
piedra picada que se han ido antes, Bonifacio de la Cuadra y Malén
Aznárez, Joaquín Prieto y Antonio Franco…, gente hermosa. Con Boni nos regalas la Crónica secreta de la Constitución,
un libro tan actual que deberíamos regalarlo también a todos los
jóvenes: la crónica de un texto que es también piedra angular de esa
libertad sin la que ejercer un periodismo pleno resulta imposible. Y que
enfatiza su sentido profundo: el derecho de todo ciudadano a “recibir
libremente información veraz”. Como éxtasis de nuestro derecho a
averiguarla y publicarla, pese a presiones y pesares, y a nuestros
prejuicios. Tu trayectoria de medio siglo largo te
encuentra de redactora, subdirectora, directora adjunta, defensora del
lector, columnista, directora de EL PAÍS (entre 2018 y 2020), y comentarista radiofónica en la SER.
Y en distintos momentos separados en el tiempo, de corresponsal en
Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires, y delegada en
Sevilla. Siempre en la querencia de algo nuevo que aprender y
transmitir, siempre seducida por un concepto circular —nunca vertical—
del oficio; siempre enamorada del poder de las ideas y distante de las
ideas del poder. Al punto de encabezar la renuncia —y en
equipo de directores adjuntos— ante el poder interno cuando eso nos
parecía una exigencia, y una palanca, para mantener la dignidad del
periódico ante una gran guerra, la segunda del Golfo (1990-1991), y
para, como fusibles, preservar la continuidad de un director digno. De
honor. O al de avenirte a retirar de una entrevista que habías realizado
a un presidente la respuesta a una de las cuestiones, pero de ninguna
manera a eludir la constancia de que le habías formulado la incómoda
pregunta. Sin alharacas. Respetuosamente con todos, y contigo misma. Compartimos
tantos momentos excitantes para el futuro de nuestra sociedad, como las
cumbres del euro, uno como corresponsal, la otra como analista o
enviada especial. Habitualmente culminados ante los fogones bruselenses de La Fiorentina, catedral de la gastronomía casera de la signora Maria, que
tanto añoramos. Y todos aprendemos de tu generosidad, esa de
compartirlo todo, y de tu hábil temple en manejar conflictos imposibles. No
hay demasiados colegas entre nosotros, si es que los hay, que exhiban
un viaje tan intenso y tan entrelazado entre el enraizamiento
local-nacional y ese cosmopolitismo que abre el espíritu y afianza la
afición a la aventura de descubrir lo nuevo. Y con desapego personal.
¿Recuerdas que renunciaste hace decenios a la dirección, y únicamente
aceptaste el cargo hace poco y por solo dos años, solo para enderezar el
rumbo de este papel, que se había despistado? Hoy
celebramos más que nunca, para que nos duren siempre, tus fuertes
convicciones de progreso, resumidas en la clásica tríada de
libertad-igualdad-fraternidad, aunque actualizada; y en caso de duda,
inclinando la balanza o el dilema hacia el lado del más débil. Tu
convicción de que existe “una cierta manera de hacer las cosas”, como
sostiene la mejor cultura francesa. Tu defensa acerada del ideal kantiano de paz universal. Tu práctica de la ética personal y profesional como imperativo categórico que trasciende intereses y conveniencias. Esa manera
que se traduce en normas muy concretas: en verificar las noticias, en
apelar a distintas fuentes, en criticar respetando, en evitar
altisonancias… En pugnar por ser independiente, sobre todo, de uno
mismo. Tú sí lo has conseguido, hermana. Si la guerra de Irán no alumbra una catástrofe económica, este país tiene mejores puntos de apoyo que sus vecinos Si la guerra de Irán no alumbra una catástrofe económica, y aunque la crisis mantenga su preocupante ritmo de galope, este país tiene mejores puntos de apoyo que sus vecinos. Así,
el déficit público al 2,2%; la deuda, 24 puntos por debajo del peor
pico de la pandemia, en marzo de 2021 (124,2%); la electricidad, entre
un tercio y la mitad más barata que los socios; el empleo rozando los 22
millones de cotizantes, cuando eran menos de 10 millones en 1985, antes
de entrar en la Europa comunitaria. Al final la base va
siendo el potente crecimiento económico. No solo en el trienio 2022-2024
el PIB de España ha crecido a un ritmo 3,25 veces superior a la media
de la eurozona. Es que el FMI pronostica para este año un alza de la economía del 2,1%. Y ya el dato español del primer trimestre (alza del 0,6%) duplica el alemán (0,3%). ¿De
verdad estas cifras no pespuntean un milagro económico? Complacencias y
ninguneos aparte, ¿acaso no sirven a todos, de todas las
sensibilidades, como plataforma de futuro? O sea, para mejorar lo
pendiente, que solo se identifica bien cuando se reconoce lo ya
alcanzado. Los lectores críticos —¡gracias!, nos obligan a más— aducen, raudos, que el crecimiento es un concepto algo etéreo, que no da cuenta al detalle del progreso real, ni de la equidad o injusticia en su distribución. Cierto,
si se comparan las rentas de las clases trabajadoras con las de los
ejecutivos bancarios, por ejemplo. Cierto, porque en épocas de crisis (y
llevamos algunas) los salarios tardan más en equipararse a la
inflación, y en sus primeros compases (a veces en todos), se registran
pérdidas de poder adquisitivo. Y eso resulta dramático respecto al
problema de la vivienda. Pero también es noticia el salto
de los sectores menos protegidos. El 10% más pobre de los asalariados
aumentó un 50% su remuneración entre 2017 y 2023 (Instituto de Estudios
Fiscales). Y además, si el empleo es la mejor política social porque
difunde efectos positivos en todos los ámbitos, su evolución resulta
relevante. Desde la pandemia ya no ocurre que cada crisis se maneje con
ajustes de empleo, o sea, con más paro. Ya no. Además,
otras dos maldiciones tradicionales capotan. La inversión total, pública
y privada, lleva cinco años tomando pulso. Por quinto ejercicio ha
aumentado continuamente: en 2025 creció un 5,1% (Fundación BBVA e IVIE). Y
la productividad, incluso en fase de alto absentismo, también: empezó a
recuperarse en 2014 (Gobierno Rajoy), hasta 2019, al ritmo de un 0,5%. Y
se duplicó al 1% de media entre esa fecha y el año pasado (Primer
Informe del Consejo de Productividad de España): esa es la madre de
todas las batallas: para asegurar aumentos de rentas; para exportar más,
para competir mejor; para mejorar el Estado del bienestar. Aún falta
bastante para acabar de colmar la brecha con la media de la UE. Pero la
nave va. Tras dos meses de guerra en Irán, la economía europea se estanca, sin desplomarse Entre
los augurios catastrofistas y la inquietante realidad, aún hay brecha.
La crisis de Irán acaba de cumplir dos meses. Galopa a peor, pero (aún)
no es catastrófica. Dependerá mucho de su duración. “La
crisis actual es más grave que las de 1973, 1979 y 2022 juntas”,
advertía el 7 de abril el director ejecutivo de la Agencia Internacional
de la Energía, Fatih Birol. Y es que la producción de petróleo y gas de
la OPEP se desplomó casi un 25% de febrero a marzo, y rozó el -27% en
abril (ver gráficos). Se
insinuaba la catástrofe. Las crisis de 1973 (Yom Kippur) y 1979
(ayatolás) multiplicaron el precio del petróleo por doce, a 1981. El
remedio de la austeridad monetaria (tipos de interés de más del 20%) de
Paul Volcker en la Fed, y de sus colegas, sajó la inflación, pero segó
el crecimiento. Propició la peor recesión desde la guerra mundial. E
inauguró una insólita estanflación, estancamiento con inflación. La
Gran Recesión de 2008 saqueó el crecimiento económico. La eurozona
creció ese año solo un 0,4%. El último trimestre, tras la quiebra de
Lehman Brothers, cayó un 1,6% respecto al anterior. En
sus derivadas crisis del euro y de la deuda soberana desde 2011, la
economía se hundió por barrios. El PIB griego cayó un 9,9% del PIB en
2011 sobre el año anterior. El área euro dio negativo en 2012 (-0,79%),
2013 (-0,3%) y 2014 (-1,39%). Un episodio griego aún peor —aunque muy
breve— ocurrió en 2017. Pero los efectos restrictivos de la política fiscal austeritaria
castigaron durante largo tiempo el gasto social y la inversión pública
productiva, solo compensados por la política monetaria expansiva de
Mario Draghi. A la declaración de pandemia (11/3/2020)
le siguió un resto de año duro. Como en 2012, 2013 y 2014, pero con el
PIB más tocado, a -6,8 puntos (mucho peor, caída del 10,9% en España por
la parálisis del turismo), con pico de -11,3% el segundo trimestre (del
año y de la misma covid), y una rauda recuperación de 12,2 puntos
positivos el cuarto trimestre. Sin infraestructuras dañadas ni colapsos financieros, la rápida reacción desde mitad de marzo del BCE –tras una duda, el error Lagarde— y de la primera Comisión Von der Leyen, lanzando programas como el SURE y (con fuerte protagonismo español) el Next Generation, salvó el abismo: las dos grandes políticas, fiscal y financiera, remaban en sintonía expansiva, a la inversa del austeritarismo. Tras
un fuerte pero breve repunte en 2021 (PIB al 3,5%), la invasión de
Ucrania por Rusia (22/2/2.022) no impidió el previo efecto arrastre en
la eurozona, hasta completar el año con un 3,5%. Aunque sus efectos
ralentizadores se extendieron a 2023 (crecimiento del 0,5%) y 2024
(0,9%). Territorialmente, el Norte supuestamente frugal empezó a ceder
su dinamismo económico al Sur: los de la cohesión y los rescates, los meds o PIGS y ahora estrellas, encabezados por España y sus políticas expansivas. El
primer ejercicio de Donald Trump, 2025, se saldó aún con un PIB de la
eurozona recrecido al 1,4%, pues los aranceles asumidos por una
genuflexa Von der Leyen (27/7/2025) en el golf escocés del magnate,
impactaron lentamente en la desviación de comercio: y de modo
preocupante, desde enero-febrero de este año, al desplomarse las
exportaciones europeas a EE UU un 27%, también resentidas por la
depreciación del euro sobre el dólar (de un 7%). El
ataque a Irán se solapa pues con los efectos duraderos de las crisis
ucraniana (volatilidad energética) y arancelaria (menores exportaciones,
sesgo al decrecimiento). También los destrozos de instalaciones energéticas (Qatar) o el revés en la navegación por Ormuz exigirán reparación, acomodo. Y tiempo. La
memoria de estos avatares y el pesimismo energético de la AIE contagia a
los otros organismos económicos al inicio de los bombardeos en Irán:
llaman a no gastar mucho, y por poco plazo, lo que chirría con sus
augurios cifrados, más suaves. El FMI rebaja el 14 de abril su previsión
de crecimiento mundial solo dos décimas, al 3,1%. Y el de la eurozona,
tres décimas, al 1,1%: sin catástrofe a la vista. Pero el dato del
primer trimestre es preocupante: un enfriamiento del PIB al 0,1%
Eurostat); quizá abril habrá sido peor, pues hay indicios más negativos
desde el sector privado. La inflación escaló seis décimas en marzo, al
2,5%, aún moderado. Con España volviendo a liderar el crecimiento
económico de los grandes a un ritmo casi doble de la media (2,1%). Cuatro
evidencias surgen de destripar y comparar estas crisis. Una, a mayor
duración, mayor gravedad: el suministro empeora, como ocurrió cuando
Ucrania. Dos: el precio sube; el del petróleo brent casi se duplica
desde enero hasta final de marzo, y luego oscila en torno a los 100
dólares el barril, con un récord momentáneo en 126 (el jueves 30 de
abril), y un cierre ese mismo día a 114 (ver gráfico). Tres, las recetas
de austeridad extrema suelen dañar el crecimiento, a veces brutalmente. Y
cuatro, la respuesta madrugadora y potente, como en la pandemia, da
frutos: España aplicó su programa integral de 5.000 millones (por sólo
1.500 millones de Alemania) desde el 22 de marzo, y ese día ya notó la
caída del precio de los carburantes (ver gráfico), mientras el petróleo
seguía subiendo. Veremos ahora qué pasa con el plan de la Comisión Europea
propuesto un mes después, el 22 de abril—que replicaba el paquete
español en renovables y electrificación—, y al que los 27 líderes
exigieron más concreciones y ambición: roles invertidos respecto a lo
ocurrido en la primavera de 2020. No hace falta ser religioso para descubrir el imperativo moral de tratar bien a los extraños en el cristianismo Esta historia es muy actual. Al
poco de nacer —¿en Belén?, ¿en Nazaret?— el más famoso de los hombres
llamados Jesús fue llevado precipitadamente por sus padres desde
Palestina (o Judea), a tierras del Nilo, en el viaje que se conoce como
“la huida a Egipto”. Era preciso para salvarle la vida. Porque, según el relato de uno de los cuatro evangelistas, Mateo,
la visita de los reyes de Oriente al pesebre despertó en el rey
actuante de Judea, Herodes el Grande —sometido a Roma— un pavor a la
competencia: los magos le habían rendido homenaje en calidad de nuevo
rey de los judíos. Así que “montó en cólera y ordenó la ejecución de
todos los nacidos menores de dos años”. Oportunamente, un
ángel se le apareció enseguida al carpintero José, al que en calidad de
padre, le instó: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto
y permanece allá hasta que yo te diga, porque Herodes buscará al niño
para matarlo”. Así que se fueron con lo puesto. Una
opción exacta a la de quienes hoy emigran al objeto de proteger su vida y
su seguridad frente a persecuciones o situaciones peligrosas: los que
lo hacen, más que por razones económicas, por otras de índole política,
como quienes buscan refugio o asilo. Aunque muchas veces ambas
condiciones se solapan. Algunos polemizan con la identificación del
fundador del cristianismo con la emigración, alegando que no huyó a otro
país, pues tanto Judea como Egipto estaban sometidos al control del
Imperio Romano. Otros resaltan que cada entidad era una provincia con
gobierno propio y distinto, y diferentes legislaciones. El caso es que,
delimitaciones administrativas aparte, esta es la esencia de la condición de cualquier emigrante de cualquier época, incluida la de Jesús: verse impelido a abandonar el propio territorio de origen, por constricciones ajenas a su voluntad. Tan
interesante como su trayectoria personal es la doctrina sobre migrantes
y extranjeros —y el respeto y fraternidad a dispensarles— que el
fundador del cristianismo elabora y difunde. En las bienaventuranzas,
elogia el modo de acogerles: “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve
sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25:35).
Y “cuando lo hicisteis a uno de mis hermanos, a mí me lo hicisteis”. Y
en una parábola exhortó a imitar al samaritano (de Samaria y, pues,
foráneo) que atendió a un judío mal herido en el suelo, a quien todos
los viandantes de su etnia habían ninguneado (Lucas 10:29-37). Así que “Jesús fue un inmigrante y todos los cristianos somos inmigrantes” (Octavio Quesada, blog de la universidad evangélica californiana Biola).
Merecedores de respeto, también desde la tradición judía, anterior a
Cristo: “Jehová protege a los extranjeros; sostiene al huérfano”, indica
el Libro de los Salmos (146:9). No es preciso ser biblista ni religioso para descubrir estos textos. Basta ser curioso y buscarlos. Netanyahu ha convertido en doctrina consolidada de agresión violenta lo que un día fue misión defensiva El poder de la fuerza se desploma ,,, 6.7.26

Lo que hay que exigir a Pedro Sánchez ,,, 7.7.26

La quiebra económica de la xenofobia

El juez Peinado delira o prevarica
La conjura de los halcones


El caza de combate, fiasco de Europa

El BCE mata moscas a perdigones

La industria de armamento debe mejorar

La carcoma del absentismo laboral


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Ir al contenidoCucarachas en el sistema financiero


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El (nuevo) oasis catalán


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Cinco falacias contra la regularización migratoria


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Te cambio Cuba por Taiwán ,,, 17.5.26

Europa desmocha la “prioridad nacional” ,,, 17.5.26
Trump y los ayatolás: empate infinito ,,, 17.5.26

Un halcón en la Reserva Federal


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Hermana y maestra


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El milagro económico español


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Crisis galopante, pero (aún) no catastrófica


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Jesucristo era un inmigrante


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¿Hasta dónde llega el Gran Israel? ,,,


¿Se está cumpliendo el propósito sionista histórico de edificar un Gran Israel como potencia hegemónica, militar y territorial en Oriente Próximo? Atención a las batallas. Y a la historia.
La última versión de este plan, aunque más tacticista que de largo plazo, es el discurso de Benjamín Netanyahu en la ONU (27/9/2024), casi un año después del ataque terrorista de Hamás del 7/10/2023. En él, en dos mapas titulados The Blessing y The Curse, o sea, “La bendición” y “La maldición”, Bibi repartía la región. Entre la lista de benditos del corredor Egipto-India, incluía, claro, a Israel, pero también a Sudán y a Arabia Saudí. En el “arco del terrorismo” maldito metía a Irak, Irán, Yemen, Líbano y Siria.
La función del mapa era concretar el principal objetivo: “Cambiar el equilibrio de la región para los próximos años”, un “nuevo orden” a cristalizar gracias a que pueden “alcanzar y golpear cualquier punto de Oriente Próximo”. Lo que un día fue misión defensiva se convertía así en doctrina consolidada de agresión violenta.
No lo fue en el pensamiento del padre fundador del sionismo, Theodor Herzl, que postulaba la vía diplomática. Autor de El Estado judío (1896), lo delimitó como “la zona que abarca desde la ribera de Egipto [el Nilo] hasta el Éufrates [la mitad occidental de Irak] e incluye partes de Siria y de Líbano”.
No parecía agresivo: “Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo. A todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos”, aunque su vis expansiva se prefiguraba en el ancho mapa que ideó para aquel Estado soñado.
Varias corrientes de la ideología la endurecieron, en parte incentivadas por la escasa o nula amistad de los vecinos árabes. Una estrategia para Israel en los años ochenta, que ha sido el plan más completo del Gran Israel, lo escribió un periodista ultra, Oded Yinon. Se publicó en 1982 en la Revista para el judaísmo y el sionismo, y propició la inmediata invasión de Líbano.
Yinon propugnó sin cautelas la expansión de fronteras; usar la coartada de seguridad para ocupar zonas de países limítrofes; castigar toda resistencia con bombardeos y el exterminio de las ciudades. Y la fractura y división de los Estados vecinos, balcanizando la región. Un hito relevante sería años más tarde la partición política de Irak en tres, tras la invasión de 2003.
Su receta era de dureza extrema: “No poder tomar medidas hacia [o sea, contra] la población árabe en los nuevos territorios” es “el mayor error estratégico cometido por Israel la mañana siguiente de la guerra de los Seis Días”, de 1967. Y claro, postuló recuperar el Sinaí, o “la disolución del poder militar” de Egipto, Siria, Irak y la península arábiga, troceando sus estructuras en múltiples mini-Estados irrelevantes. Divide y vencerás.
Contra la bomba atómica (en Irán) ,,, 5.4.26
Argumentos y contraargumentos sobre la posibilidad de un ataque nuclear estadounidense contra la República Islámica
Provocar un “infierno” en Irán, como repite Donald Trump, y este sábado lo repitió, ¿podría implicar el lanzamiento de una bomba atómica? Algunos así lo temen. Estos son los argumentos. Y los contraargumentos:
—Esa bomba rompería el aparente desempate real en el principal terreno de batalla: el agresor no puede vencer con los dispositivos actuales, y una intervención terrestre conllevaría el riesgo político letal de muchos cadáveres de vuelta a casa; el agredido no se rinde. Aunque se le decapite una y otra vez, es una hidra de siete cabezas.
—Antes de esa locura siempre se dispone de otra salida menos costosa y más práctica. Volver a la negociación, incluso envolviéndola en propaganda: están acabados, no pueden con nosotros. Y lanzando una minioperación terrestre, pero vistosa: ocupar una isla menor. Aunque nadie olvida la crisis de los rehenes en Irán (de 1979 a 1981), que arruinó el mandato de Jimmy Carter. Negociar cabe siempre.
—La negociación ya fracasó.
—La última ronda se suspendió, preanunciándose que se reanudaría, pero Benjamín Netanyahu forzó/convenció a Donald Trump de que era preferible bombardear a un enemigo (falsamente) débil. Y se ha reanudado tantas veces cuantas ha fracasado.
—Sería un recurso rápido en momentos de fatiga bélica, hasta mental.
—Rápido, quizás. Pero demasiado peligroso. Los dos grandes actores, aunque ambos sean teocráticos, saben que, al cabo, perderían más.
—Pero estamos en el peor momento. La proximidad del abismo es siempre la ocasión más propicia para una decisión loca.
—Siempre el peor momento precede a una negociación, porque las partes tienden a agotar todos los márgenes del juego de la gallina, a ver quién se arruga, quién se detiene antes de precipitarse al vacío.
—Ninguno es de fiar.
—Claro, pero lanzar una bomba atómica es un recurso asimétrico. Solo uno puede emplearlo, porque solo uno dispone de ella. Y este uno afronta aún, por fortuna, controles domésticos, el Parlamento, la judicatura, la opinión pública, la presión de los viejos y ya hartos aliados.
—Los dos agresores celebran elecciones en otoño: necesitan polarizar a sus electores, radicalizarles.
—Lanzar una bomba atómica conllevaría un desastre total que acabaría evidenciando su derrota política ante los votantes. Esto no es una acción militar defensiva ante el nazi-fascismo, que atrajo apoyos sólidos, sino una impopular guerra ilegítima de agresión.
—No tiene por qué ser total. Hay bombas atómicas de alcance acotado.
—Mejor no probarlo. Las llamadas bombas Zar multiplican por más de 3.000 veces los efectos directos de la de Nagasaki. Sin contar con que la radiación viaja en el espacio.
—Pero muy lejos de Washington.
—Y muy cerca de los jeques amigos, que no son solo aliados, sino compis de negocios. ¿Y si el radio de acción se extendiese hasta Israel?
Carlos Westendorp, el oráculo de los diplomáticos europeístas ,,, 5.4.26
Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, el exministro fue protagonista en la fragua de la leyenda de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”

Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, Carlos Westendorp, fallecido este lunes a los 89 años, hizo mucho: como ministro de Exteriores; eurodiputado; embajador… Pero ha sido sobre todo, durante décadas, oráculo decisivo de los diplomáticos españoles. Un enorme contribuyente, muchas veces en complicidad con su copiloto Javier Elorza, a la estrategia española. Y a los avances de la hoy Unión Europea.
Miembro del equipo negociador de la adhesión desde los últimos años setenta –el famoso grupo de la Trinidad– allegó experiencia en el trato con el exterior-desde-el-exterior. Luego, como primer embajador-representante permanente ante las Comunidades desde 1986 y secretario de Estado de 1991 a 1995, aterrizó con soltura la difícil puesta en práctica del acuerdo de adhesión, cuando este país era aún novato en los vericuetos de Bruselas.
Fue protagonista en la fragua de la leyenda europea de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”, en su versión personal más distendida, pactista e irónica. Esa leyenda llevaba doctrina: constancia, transparencia, pedagogía, trabajo en equipo y primacía al consenso.
Con los de fuera, colocaba los intereses del país en el cesto de los generales y así los hacía más entendibles y asumibles, método en el que el presidente Felipe González llegaría a ser maestro. Con los de dentro sintonizaba a los eurodiputados de todas las siglas, a quienes convocaba para explicarles avances y problemas: hoy, algo imposible.
Imprimió huella a la reforma de Maastricht, a la que España propuso incorporar el fondo de cohesión. Cuando la Comisión de Jacques Delors quiso diluirlo a declaración virtual, se plantó: o consagraban el fondo de modo vinculante, “o no habría Tratado”. Y es que sabía ser “duro como el acero”, como le ha descrito Elorza.

Y apadrinó novedades sociales para el Tratado de Ámsterdam, competencias en consumidores, medio ambiente, salud pública, esa sintonía con los nuevos socios escandinavos: sin ella, la UE no habría podido responder, años después, a la pandemia.
Por su hábil escuchar y agrupar, Charliewest, como le apodaban, se granjeó un enorme respeto –para él y para su país–, entre los socios. Le ayudó esa conjunción de apellidos, holandés (Westendorp, pueblo del oeste), y español (Cabeza), que suscitaba curiosidad ante una apariencia impasible doblada de apasionada capacidad de ejecución.
Por eso se le confió el Informe Westendorp, sobre las opciones de reforma del Tratado, en 1995. O un rol relevante en el Informe sobre el futuro de la Unión, del Grupo de Sabios presidido por González, de 2010. Todavía alientan sugerencias válidas.
Otro gran legado de Westendorp –su último compromiso político electoral bajo siglas socialistas aparte—fue su desempeño, de 1997 a 1999, como alto representante internacional en el conflicto de Bosnia; cargo que duplicó, caso insólito, con el del mismo título pero por encargo de la UE. Ahí contrató a un joven Pedro Sánchez, a quien enseñó la técnica del “culo di ferro”, jamás abandonar una negociación. Pero sobre todo, cuando estrenaba entonces bebé de su joven esposa y gran dama en la gestión teatral, Amaya de Miguel, aprendió a pasar del despacho a la trinchera, su lección menos conocida.
Como virrey internacional, aplacó la crisis bosnia. Con decisiones como atreverse a destituir al presidente de la insurgente República Srpska, Nikola Poplasen, por para-golpista. “Estuvimos una hora calibrando los riesgos de la decisión, al detalle, como a él le gustaba, pero una vez tomada, la aplicó sin dudar”, recuerda la gran jurista comunitaria Marta Arpio, quien fue su jefa de gabinete en Sarajevo. Y así aprendió a viajar peligrosamente en helicóptero de puertas abiertas, con escoltas armados de metralletas hasta los dientes. Siempre voló alto, pero nunca tan difícil.
Después de Noelia
El caso de la joven insta a abreviar los tortuosos procedimientos legales de la eutanasia


Después de Noelia, algunos dilemas difíciles quedan iluminados. También el ejercicio de la condición de padres. Sabíamos que perder a una hija, a un hijo, es lo peor que le puede suceder a una persona. Adivinábamos que iba contra la ley de la vida, esa pretendida secuencia natural de las cosas: que los progenitores se van primero. Cuando en realidad no existe tal ley, sino probabilidad estadística.
Pero causa dolor. Aunque, ¿acaso no es más punzante el de quien no encuentra oído, ni complicidad ni asistencia cuando experimenta su vida como una no vida, una muerte que se arrastra? Noelia tenía razón, no quienes se la negaban. Tanta, que la ha honrado con su propia vida. Tanto, que la explicó a todos. Una vez, por muchas en contra de quienes opinaban no desde ella, sino desde ellos. Reconocimiento, también, a quienes posibilitaron ese testimonio. Respeto a quien eligió libremente su libertad.
A veces, nos tienta identificarnos en los hijos, incluso de forma abusiva, y abrasiva. Carentes o sobrados de sentido de trascendencia buscamos así —egotistas— prolongarnos en ellos, como extremidades sucedáneas. Síndrome perverso, pues conduce a que nuestro interés prevalezca sobre su derecho.
Entonces nos arriesgamos a dejarnos seducir por ayatolás de una falsa cristiandad cruel, que no entiende de compasión, misericordia, bienaventuranzas, ni siquiera de comprensión, ese meterse bajo la piel del otro, para percibir como él o ella. Y, por supuesto, nos inclinamos a rechazar la ley que consagra el derecho a la libre determinación de todos.
El derecho es de todos. El último argumento ultra, de feroz apariencia sensata, estriba en que se le debe negar a los menos calificados. Como cuando se prohibía el voto a pobres e iletrados, porque la falta de riqueza o de ilustración se entendía como reflejo de idiotez, y pues, causa de incapacidad para discernir. Y con esa misma argucia se troca una discapacidad física o mental en impedimento para ejercer un derecho común, universal.
Por supuesto, esa coartada apela a una inversión de papeles y se convierte en un ataque a lo público porque lo público estaría condenando al incapaz de decidir. Cuando es justamente al revés: lo público reconoce el poder del ciudadano individual a ejercer sus derechos, incluidos los más íntimos y fundamentales. El derecho a la vida se acompaña del derecho a renunciar a ella si se ha convertido ya en muerte cruel, adelantada, que va durando largo tiempo.
El legado de la joven que se ha despedido consiste precisamente en que empuja a la abreviatura del complicado y tortuoso procedimiento para llegar a un final digno, eso que aprovechan los contrarios al ejercicio de derechos, los partidarios de una justicia lenta que, por definición, recala en injusta tortura añadida. Noelia les ha vencido. Quería irse “ya en paz”, y puede “al fin, descansar”. Tristes, celebrémosla.
El decreto de vivienda se mejora o se desploma
La norma para prorrogar los alquileres tiene todos los visos de desplomarse, por falta de suficiente apoyo parlamentario. Pero no tanto por causa de que sea “de izquierdas”, sino porque es insuficiente


Es un secreto a voces. Por más campañas que se lancen, el segundo decreto contra el impacto de la guerra de Irán, focalizado solo en la vivienda, tiene todos los visos de desplomarse, por falta de suficiente apoyo parlamentario.
Pero no tanto por causa de que sea “de izquierdas”, sino porque es insuficiente. Solo prorroga los contratos de alquiler vigentes (en dos años), y establece un tope a su precio (del 2%). Cuando ya se ve que la dinámica de la inflación iraniana catapulta al euríbor, encareciendo el acceso al crédito para la compra.
Y porque es sesgado: la factura de la protección social recae en los tenedores privados o mixtos, sin participación del sector público —teórico titular de la protección del Estado del bienestar—, con efecto psicológico acumulado.
Claro que la escandalera conservadora que ha generado es excesiva: el tope del 2% apenas perjudica al casero, al ser muy próximo a los tres índices vigentes; es, en sí mismo, casi retórico. Y en el caso de Junts —que sí ha votado el decreto “energético”—, su negativa resulta paradójica, pues el principal efecto de la prórroga operaría fuera de Cataluña, donde ya rigen los topes a las alzas de precios en caso de renovación de contratos en zonas tensionadas, casi todas.
Además, tiene sentido el intento de evitar desalojos masivos de decenas de miles de inquilinos por súbito encarecimiento del alquiler, inevitable si no hay pisos disponibles. Siempre que la medida sea temporal: y en este caso, lo es, dos años. Y siempre que ese plazo se emplee en acelerar la generación de una oferta de pisos potente, cuya escasez es la causa del drama habitacional.
Fíjense en algo apenas aireado. El propio primer decreto, mayormente energético, agiliza y simplifica la burocracia (en su disposición final décima) en “la promoción, licitación y ejecución” del suelo público para VPO y vivienda asequible. Y da apoyo legal a la empresa estatal Casa 47 para contratos de larguísima duración, hasta 80 años: lo que responde a la angustia de los jóvenes en alquiler, sometidos a continuos cambios de hogar: la inseguridad del saltimbanqui.
Pues bien, ¿por qué no ampliar y mejorar el segundo decreto, sobre vivienda, buscando una fórmula parecida? Como promover los contratos de muy larga duración entre los privados, digamos de 20 años renovables. Si ya tienen encaje legal, ¿por qué no impulsarlos para seguridad del inquilino? Sería una fórmula de éxito, aceptable para muchos propietarios-no-especuladores a cambio de algún incentivo y garantías rápidas de disponibilidad en caso de impago, no tanto de vulnerables, sino de polizones.
Función sustituta de esas garantías pueden desempeñarla los avales ante impagos (establecidos en los decretos 1/2025 de 28 de enero, y 1135 del decreto 1135/2025 de 10 de diciembre, ambos de 2025). Pero para que sean veloces y eficientes convendría agilizarlos, simplificarlos o ampliar el esquema hacia un potente Fondo de Garantía de Arrendamientos según la pauta del Fondo de Garantía de depósitos bancarios, de gobernanza consorciada público-privada (Otro escudo para el alquiler, EL PAIS, 7/3/2026).
También mejoraría la oferta si el decreto 15/2025 que permite a los ayuntamientos dedicar su superávit fiscal a invertir en vivienda (y otros fines) pudiese abarcar más años y se concentrase exclusivamente en este fin (Dinero a espuertas, EL PAIS, 21/2/2026, y ¿Y si los ayuntamientos invierten su superávit en vivienda social?, Aurelio Medel, Cinco Días 20/3/2026). Todo eso configuraría un paquete bastante redondo.
Esta guerra se empantana ,,, 22.3.26
Al prolongarse la guerra relámpago (remedo del ‘blitzkrieg’ pardo), lo único que queda veloz es la propaganda torpe


Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, Donald Trump convocó a los iraníes a rebelarse contra los ayatolás. Sin éxito. Así que inutilizó a Jameneí I (y parte de su corte), un remedo del modelo venezolano.
Desvanecida la tiranía, la tiranía se reencarnó en el retoño Jameneí II. Como no aparece, se le declara fantasma desfigurado. La propaganda es básica en guerra. De hecho, es arma esencial, como procuró Joseph Goebbels con sus mentiras. Pero lo hizo de forma superior Thomas Mann en sus verdades radiofónicas contra el nazismo, desde el exilio en EE UU (“Oíd, alemanes”): condición de eficacia de ese género es que tenga alguna apoyatura real.
Al prolongarse la guerra relámpago (remedo del blitzkrieg pardo), lo único que queda veloz es la propaganda torpe. Y su auto-derribo por contraste con la realidad. La “amenaza nuclear inminente” de los curas islamistas ―esgrimida como coartada para la agresión― capotaba ante quienes recordasen que, tras los bombardeos de junio, Trump declaró destruido el potencial atómico iraní.
Las nuevas “armas de destrucción masiva” ―como se denominó a las inexistentes de Sadam Hussein en 2003― fueron negadas esta semana por uno de los más conocedores, el director de la Agencia Nacional Antiterrorista, Joe Kent, quien “por conciencia” dimitió por haberse engañado al pueblo: Kent no es trotskista, sino un ferviente de Trump, y del asalto al Congreso.
Y así con todo en el agit-prop de la Casa Blanca y del tertuliano del Pentágono. Hemos destruido su aviación, pero nos tumban la joya de la corona: ¡un F-35! La guerra nos hace ricos, pero pedimos al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para “matar a los malos”. Estamos ganando “de forma decisiva” o la guerra está casi “ganada”, y nos bombardean los depósitos de gas y petróleo de los jeques amigos o nos cierran el estrecho de Ormuz. Pedimos ayuda a nuestros ex aliados europeos para desbloquearlo, y al recibir calabazas, resulta que “no necesitamos a nadie”. Propaganda-bazofia, contraste ante el Thomas Mann de los añorados EE UU en la era Franklin Roosevelt.
Todo son cortinas de humo para ocultar esto: si Irán nunca ganará militarmente la guerra, por el abismo entre fuerzas, tampoco EE UU va ganando. Los bombardeos aéreos no bastan ante un enemigo con apoyo social suficiente, aunque sea minoritario. Y emprender una escalada en forma de invasión terrestre a gran escala sería suicida frente a bastantes de los 95 millones de iraníes; o de resultado nada definitivo si se busca un mero “efecto demostración”.
Ojo a las derrotas del invencible: Vietnam, Afganistán. O a su victoria de Irak, el peor fracaso político. ¿Para qué tanto “poder duro”? No es solo que esta no sea nuestra guerra. Es que es la más idiota de la historia.












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