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DIEGO GARROCHO El País 2026 /1.6.26)

lunes, 6 de julio de 2026

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Columna

Otra vez la España liberal

Un democristiano prudente y un socialdemócrata cabal tienen mucho que contarse si respetan la matriz moral e intelectual que inspiró nuestras democracias

2 min.
La obra 'Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga' (1888), de Antonio Gisbert.

La historia del liberalismo en España padece una conciencia trágica. Me refiero a la tradición liberal en su sentido más noble y clásico, no a ese otro sucedáneo que apenas se conforma con defender la no injerencia económica del Estado. Benjamin Constant, John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville no tuvieron equivalentes en nuestra tradición, y por más que el busto de Argüelles luzca a la entrada del salón de plenos en el Congreso, la pulsión liberal en nuestro país casi siempre acabó frustrada. Del fusilamiento de Torrijos al lamento de Joaquín Garrigues, que inmortalizó aquello de que los liberales en España caben en un taxi, la vocación de reconstruir un marco liberal para nuestra política es, en el mejor de los casos, algo así como un sueño inacabado.

Como la historia rima, tras el malogrado intento de Ciudadanos, en la corte suena ahora, y cada vez con más fuerza, la opción de que Miriam González, abogada de prestigio e impulsora del think tank España Mejor, pueda articular una alternativa liberal para las próximas elecciones. La receta es tan noble como ya sabida. La democracia liberal exige una inequívoca separación de poderes, el refuerzo de los contrapesos, la protección del marco constitucional y la defensa de los derechos civiles. Dado el deterioro de nuestro contexto político, el nuevo proyecto aspira a activar una agenda regeneracionista que incluye medidas en su mayoría razonables.

Si revisamos los principios fundacionales de la democracia liberal —casi sinónimo de la constitucional—, lo que resulta incomprensible es por qué no pueden insertarse esos fundamentos en el seno de los dos partidos mayoritarios. Confiar en la libertad de expresión para que las ideas compitan, respetar a quien piensa diferente, proteger la autonomía de los jueces y garantizar que el poder político, como cualquier otro, esté sometido al imperio de la ley deberían ser principios comunes para cualquiera que aspire a llamarse demócrata.

No hay ningún motivo para pensar que ese liberalismo clásico deba quedar extirpado del PSOE o del Partido Popular. Un democristiano prudente y un socialdemócrata cabal tienen mucho que contarse si respetan la matriz moral e intelectual que inspiró nuestras democracias. La opción liberal es el código fuente de nuestra convivencia y solo sobrevivirá mientras siga habitando en el seno de los dos principales partidos. Considerarla un mero antídoto para construir alternativas políticas equivale a certificar la derrota de nuestro sistema.

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El trauma del 23-J , 6..7..26

Es posible que Alberto Núñez Feijóo esté sufriendo un desgaste insólito y autoinducido en lo que habría de ser un tránsito seguro hacia La Moncloa

2 min.
Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, saluda a los simpatizantes de su partido en la sede popular en Madrid tras ganar las elecciones de 2023. Javier Lizon (EFE)

No hace falta ser un freudiano de estricta observancia para reconocer la influencia de los traumas. Las personas, los países y las organizaciones están expuestos a impactos emocionales que operan de forma inconsciente y que determinan la manera en la que vivimos y nos pensamos.

Viendo el modo en el que en los últimos tiempos se desenvuelve el Partido Popular, hay demasiadas cosas que no pueden explicarse desde factores puramente visibles. La colección de casos de corrupción —supuestos o ya acreditados— del Gobierno y la elocuente actitud de un Ejecutivo incapaz de asumir responsabilidades políticas podrían constituir, más allá de su notoria gravedad, una oportunidad para cualquier oposición verdaderamente ambiciosa. Y, sin embargo, el PP es incapaz de rentabilizar la fragilidad del adversario. No crecer mientras tu antagonista se desploma y distraer la atención en semanas marcadas por la corrupción ajena son fenómenos difíciles de explicar.

Es muy probable que Pedro Sánchez sea ya un político amortizado, pero es también posible que Alberto Núñez Feijóo esté sufriendo un desgaste insólito y autoinducido en lo que habría de ser un tránsito más o menos seguro hacia La Moncloa. En los últimos días le hemos visto bajar al barro en sesiones parlamentarias o fabular conspiraciones poco compatibles con un partido de Estado, como la mal llamada “ley de nietos”. La maniobra cuando menos es extraña, pues reclamar protagonismo desde la polémica y retirar el foco de la corrupción del rival es lo último que cabe esperar de quien aspira a construir una imagen magnánima y presidenciable.

Salvo que concurran cisnes negros inesperados, la situación del Gobierno es terminal, como recuerdan sus socios y todos aquellos que temen las elecciones. Sin embargo, las dudas de Feijóo y la reacción ruidosa y exagerada de quien ya debería proyectarse como una alternativa de regeneración y concordia pueden ser la mejor oportunidad para el propio Sánchez.

Todos los ganadores suelen conducirse con aplomo y convicción, pero en la sobrerreacción errática del PP aflora de forma indisimulada la conmoción del 23-J, la fecha de las últimas elecciones generales. Solo así se explica que en lugar de querer competir con el césped corto y recién regado, los populares sigan optando por jugar el partido desde un barro en el que Vox crece y ellos no. Lo hemos visto más veces: incluso cuando no hay portero, el delantero dubitativo es capaz de fallar a puerta vacía. A fin de cuentas, lo peor de un trauma no es haberlo vivido: es estar condenado a repetirlo.


La conspiración de los justos

El próximo ciclo político debe ser el de la concordia, y para ello no podemos confiar en el azar ni en las élites que se han lucrado de la polarización

Fachada principal del Congreso.Europa Press

Las conspiraciones rara vez son ciertas. De hecho, ni siquiera quienes intentan difundirlas creen en ellas. Es improbable que Franco creyera sinceramente en la confabulación judeomasónica, y tampoco es plausible que Óscar López considerara que alguien en la Guardia Civil quisiera colocarle una bomba lapa al presidente Sánchez. Quienes exacerban la suspicacia sólo buscan inocular desconfianza, que es la antesala del miedo. Y cuando todos entramos en pánico, es mucho más sencillo activar mecanismos de control y dominio. Nada que los clásicos no supieran, por cierto.

De lo que se habla muy poco es de las conspiraciones que, aunque no existen, sí deberían tener lugar. Y me refiero, naturalmente, a la conspiración de los justos. En todos los partidos políticos —y subrayo, todos— hay personas de una especial valía. No siempre son mayoría y, por desgracia, en muchas ocasiones su capacidad de influencia se ve afectada por la mediocridad contextual que tantas veces asuela nuestras instituciones.

Los excelentes se parecen. El mejor del PSOE y el del PP, pero también el mejor de Vox, de Podemos o de ERC suelen exhibir los mismos rasgos. Frente a la obcecación del rebaño, son personas cautas y capaces de elaborar un criterio propio. Son lo suficientemente valientes como para desafiar a la mayoría y confrontan con la inercia del grupo o el jefe cuando toca. Y, ante todo, atesoran la prudencia de quien basa su juicio en la observación y no en la ceguera ideológica.

Frente a las fuerzas de choque más aparateras, estas personas singulares mantienen una posición crítica con respecto a sus propias convicciones. Y lejos de gritar o ser soeces, formulan sus principios, aunque sean vehementes, con la precaución de quien lúcidamente se sabe falible. Habitan, por supuesto, en los partidos, pero también se sientan en las grandes empresas del Ibex o en las redacciones de periódicos, participan en iniciativas civiles y su existencia es común a todos los gremios y funciones.

España es un país que clama por la reconciliación. El próximo ciclo político puede y debe ser el de la concordia, y para que eso ocurra no podemos confiar en el azar ni en las élites que se han lucrado, figurada y literalmente, del conflicto y la polarización. Los justos de todos los colores deben conspirar, reunirse, acordar, facilitar el encuentro y trazar una hoja de ruta con la que favorecer la construcción de una nueva amistad civil. Y para que ningún mediocre desbarate el plan, ojalá lo hagan en secreto.

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La esperanza de León

Cualquiera que preste el oído a las palabras de Prevost, creyente o no, descubrirá que el Papa es un hombre que habla con palabras insólitas para nuestros días

El papa León XIV, durante la procesión del Corpus Christi tras la misa oficiada este domingo en la Plaza de Cibeles de Madrid.ÁLVARO GARCÍA

El mal no prevalecerá. Esta fue una de las afirmaciones más rotundas de León XIV en su primer discurso desde el balcón de San Pedro, inmediatamente después de haber sido elegido Papa. La intuición, por más que sea clásica, cobra aún más fuerza al pronunciarse en nuestro tiempo. En primer lugar, porque lejos de cualquier consideración ingenua, acoge la dolorosa e irrefutable verdad de que el mal existe. A veces incluso impera. Pero, sobre todo, porque activa la única pasión con la que el ser humano es capaz de confrontar el dolor presente: la esperanza.

Cualquiera que preste el oído a las palabras de Prevost, creyente o no, descubrirá que el Papa es un hombre que habla con palabras insólitas para nuestros días. Su gramática moral y los afectos que invoca se parecen muy poco al modo en el que hablan las élites políticas, mediáticas e intelectuales. Y esa singularidad responde a la intimidad de una biografía consagrada a la caridad de la misión y al cultivo espiritual del silencio. Nadie sale inmune a la lectura de las mejores páginas de San Agustín o de Santa Teresa. Aunque, bien mirado, aún más honda debe ser la huella de los años compartidos con los más pobres de la provincia de Chiclayo en el Perú.

En un mundo agotado por la desorientación, la división y la violencia, reivindicar la esperanza tiene mucho de intempestivo. La libertad del pensamiento se ejerce, a veces, pensando contra la época propia. Y este Papa parece afanado en impugnar la desconfianza con la que, sobre todo los jóvenes, parecen estar condenados a observar el futuro. Un miedo que, por cierto, ha sido conscientemente administrado.

A las nuevas generaciones casi toda la sociedad les exige: el voto, la atención, resignación o una militancia identitaria desde la que despreciar a quien piensa de forma diferente o viene de muy lejos. León ha escrito en su encíclica algo tan raro como que la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir. Pongan la televisión o la radio y hagan recuento de cuántas personas proponen algo semejante.

En una sociedad sumida en la incertidumbre, León XIV ha decidido rescatar la esperanza. Quizá por eso sus palabras encuentran eco mucho más allá de los creyentes. Porque allí donde otros ofrecen miedo, odio o resentimiento, él recuerda una verdad elemental: que ninguna época ni ninguna generación están condenadas para siempre si hay hombres y mujeres valientes. Y que el mal, por poderoso que parezca, nunca debe tener la última palabra.

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EL PAÍS
Columna

La mochila grande

La prueba de acceso a la Universidad no solo es una nota, sino un tránsito personal

Alumnos en examen de Selectividad de 2025 en MadridSamuel Sánchez

Esta semana miles de estudiantes de toda España enfrentarán un rito de paso capital en su tránsito hacia la vida adulta. Tras la sopa de siglas contemporánea (PAU, EvAU, EBAU…) con la que en España hemos bautizado la prueba, se esconde aquello que en Italia llaman con acierto envidiable examen de maturità. Se trata exactamente de eso, de probar la madurez de los chicos, ordenando de forma imparcial un protocolo que nos permita calibrar el esfuerzo y los conocimientos de los jóvenes.

En nuestro país esta prueba es imperfecta. La añorada igualdad ante la ley, aquello que los griegos denominaron isonomía, exigiría que cada joven español se enfrentara a una misma prueba para rendir homenaje a los criterios de mérito y capacidad que rigen en nuestra Constitución. Por desgracia, no será uno, sino 17 los modelos de examen que se distribuirán por nuestro territorio. Un hecho que consagra la desigualdad bajo la coartada de la diferencia, y que condena a los chicos de las comunidades más exigentes a competir en inferioridad de condiciones.

Más allá de la dimensión institucional de la selectividad, cualquiera que haya vigilado esta prueba habrá comprobado algo que no deja de resultar emocionante. Durante algunos días, chicos y chicas de alrededor de los 17 años se enfrentan a exámenes que van desde el dibujo técnico al latín, desde la historia del arte a las matemáticas, la filosofía o la lengua. Es cierto que los itinerarios ya marcan alguna especialización mínima, pero el grado de flexibilidad con el que los estudiantes afrontan una prueba tan plural da cuenta de la apertura y de la agilidad de sus mentes.

Hasta que llegan a selectividad, los estudiantes conviven con compañeros de aula que tomarán rumbos opuestos. Los futuros filólogos comparten pupitre y confidencias con los abogados del mañana y arquitectos, médicos y economistas, a los 17, todavía pueden sentarse juntos. En la universidad estudiarán materias cada vez más próximas y convivirán con compañeros, y profesores, cada vez más parecidos a ellos mismos.

Hay una pérdida silenciosa en ese tránsito. Ellos no lo saben, pero es en este tiempo, cuando en la mochila conviven la calculadora, el poemario de Lorca y los primeros secretos de quien es casi un adulto, cuando se vive el momento intelectualmente más ambicioso y esperanzado de la vida. Lástima que sea el sistema, y no ellos, quien decide que ya es hora de madurar y de cerrar esa mochila grande en la que cabían tantas cosas.

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