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ELVIRA LINDO El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026

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Columna

El prestigioso club de los resentidos

El resentimiento del que nada en la abundancia no parte de la experiencia, más bien surge de una idea desmesurada de uno mismo

3 min.
Elon Musk y Donald Trump en el despacho Oval de la Casa Blanca.Evan Vucci (AP)

Viendo el pasado mes de mayo la inauguración de la Biblioteca Presidencial de Obama en Chicago con todos los ex presidentes americanos vivos y sus flamantes esposas (célebres se han hecho las carantoñas entre un Bush reconvertido en entrañable abuelito y una siempre exultante Michelle), me dio por pensar en qué sentiría al contemplar estas imágenes ese individuo que no fue invitado y que habita en la Casa Blanca como uno de esos reyes injustos y malcriados de los cuentos. O tal vez estaba en Miami echando humo por su mininariz mientras se desahogaba en un tuit afirmando que el centro no es más que un cubo de basura y que él se elevaría a sí mismo un Centro Trump que contuviera, además, una mole comercial y hasta un aquapark. Y aunque la controvertida mole de Obama ya ha contado con numerosas críticas por su desmesura, nuestro rey iracundo ha puesto a su yerno a recaudar dinero para cuadriplicar el presupuesto y aplacar ese resentimiento que alimenta cualquiera de sus erráticas decisiones políticas. Sintió como el rencor volvía, aquel rencor antiguo de sus inicios de magnate cuando no era admitido por una clase alta neoyorquina que siempre lo consideró un hortera. El resentimiento. Si un experto en emociones, en vez de un analista político, definiera esta época, convertiría el resentimiento en la clave de esta enloquecida situación. Se habla mucho de esa masa amorfa y resentida, que sintiéndose ninguneada vota a la extrema derecha para volcar su desafección, pero poco del resentimiento de quienes lo tienen todo.

El resentido privilegiado lo es desde la cuna. Desde niño encontrará motivos para alimentar esa tara emocional. Comenzará comparándose con su hermano y la clave, más que en sus complejos, la debemos buscar en su soberbia. Siempre considerará que merecía más. Hay resentidos en todos los ámbitos del privilegio. Desde el artista resentido que aun teniendo el Nobel desea el Cervantes, como así le ocurría a Cela, hasta el escritor que vendiendo a puñados se resiente por el poco amor de la crítica, o al revés, el que siendo el preferido de las reseñas quisiera ganar más dinerito. Está el resentido que habiendo gozado del poder en su juventud, y habiéndolos perdido ambos, poder y juventud, no puede evitar denigrar a los que ahora con mayor o menor acierto lo ostentan. Encontramos al resentido que a punto estuvo de alcanzarlo, el poder, y no habiéndolo logrado siente que se lo arrebataron, y aunque su posición sea en sí afortunada, no puede evitar ver el mundo desde aquel pellizco del pasado que lo atormenta. Escribo en masculino, porque el poder suele ser cosa de hombres, pero también las hay resentidas, siempre hay en todo género quien considera que las otras tienen más y que viviendo Cela en una constante comparación no se relaja y desea lo que otras, en su opinión menos merecedoras de su posición, han obtenido. El resentido no disfruta de lo que tiene porque siempre aspira a poseer lo que le arrebató el de al lado. Bezos está resentido. Uno de los hombres más poderosos del mundo se resiente de que a otro oligarca, el simpar Musk, le están favoreciendo en la estúpida carrera espacial. Hay artistas resentidos que gozando de un aplauso bastante unánime se detienen en esa pequeña crítica que apareció en un periódico local. Hay quien teniéndolo todo se resiente por la alegría de los humildes y la desprecia como si fuera poco profunda y elevada.

El resentimiento del que nada en la abundancia no parte de la experiencia, más bien surge de una idea desmesurada de uno mismo y por tanto de lo que merecería. Harta estoy de quien teoriza con la idea de que si a Hitler le hubieran aprobado el dibujo se hubiera evitado el nazismo. Las ideas totalitarias son propias de quien aspira a ser dios, o por ser más exactos, el diablo. El mundo se ha plagado de diablos y aspirantes. No precisaron de un trauma que les alentase, vinieron así de fábrica.

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Sorolla en la basura ,,, 6.7.26

Dicen que cuando se nos mueren los seres queridos recordamos con más cariño todo aquello que nos irritaba

4 min.
00:54
Un turista español devuelve el cuadro de Sorolla encontrado en la calle
Andrés Hurtado, un vecino de Murcia, muestra el cuadro del pintor valenciano Joaquín Sorolla que encontró en la calle, después que sus propietarios dejaran por olvido en la acera de una calle de Sevilla. Foto: Marcial Guillen (EFE) | Vídeo: epv

Veo la extraordinaria imagen de Andrés Hurtado todavía con el Sorolla en su poder en la que debe ser su alcoba: al fondo, una figurita de un niño Jesús, la cómoda con unos cajones de los que asoma ropa íntima, un busto de un escaparate de corsetería, allá unas flores, acá, pendientes por doquier, la Virgen María, y nuestro Andrés, con envidiable naturalidad, luciendo el uniforme preceptivo para el calentamiento global, shorts y camiseta de palmeras, y esa cara de buen hombre aún sorprendido por el hallazgo. Esta imagen es en sí misma una instalación para un museo de arte moderno. “Sorolla rescatado”. Quizá sería esta la manera de que el pintor valenciano, después de soportar tanta condescendencia por parte de la crítica cejialta, se expusiera con el aplauso de los perpetuos despreciadores. Por qué no, visualizo a Andrés en una sala del Whitney o del Reina Sofía: Andrés Hurtado, representación de todos los murcianos que estos días se asan de calor, como una Marina Abramovic del pueblo, en amable y sin misterio, mirando a los visitantes con nobleza, disfrutando de una repentina celebridad en una habitación pobretona recreada tal cual, y entre sus manos el paisaje sorollesco, diminuto en comparación con el marco que lo arropa. Vaya marco. Incomparable. Lo veo.

Podría parecer un cuento chino eso de que los dueños se llevaban el Sorolla a la playa y con el lío del equipaje lo dejaran apoyado en el contenedor de la basura y entonces llegó Andrés y se llevó el marco. Usted hubiera hecho lo mismo. Esta historia me trajo, cómo no, recuerdos de mi padre. Dicen que cuando se nos mueren los seres queridos recordamos con más cariño todo aquello que nos irritaba. Como mi padre estaba lleno de extravagancias, cada día lo quiero más. Un sábado llegó a comer y nos dijo que se había encontrado un Munch en la basura. Lo soltó así, a ver quién picaba. Un Munch apoyado en un contenedor de Moratalaz. Yo me eché a reír. Mal hecho. Cuando al loco entreverado, como así definía Cervantes al Quijote, le señalas su disparate, haces que se aferre a él y lo defienda a muerte, aun a sabiendas del desafío. Ese fue el principio de lo que luego llamamos el año Munch. El cuadro en sí era una copia casi escolar de En el puente. Mi padre, por fastidiar, se documentó en libros y catálogos con datos que certificaran la verosimilitud de su hallazgo. Munch, nos contaba, había pintado muchas versiones de este cuadro y había como veinte desaparecidas. Nosotros comíamos en silencio para que el tema fuera declinando, pero en ese silencio, ay, él encontraba un desafío. El cuadro, por cierto, no tenía marco, si lo hubiera tenido, decía nuestro ya experto en Munch, alguna de sus vecinas viudas se lo hubiera llevado antes. A las viudas, ya se sabe, les encantan los marcos. Otro sábado se presentó con el Munch en persona. ¡No pesa!, dijo como asegurando que todo eran ventajas. Lo había traído en el autobús. ¿Quién iba a sospechar que ese hombre con aspecto de buen cliente de pub de los setenta portaba un tesoro pictórico? Nos lo plantó frente a la mesa en la que comíamos e ignorándome a mí preguntó a su yerno, “¿qué, a que podría ser?”. Y el yerno, por complacerle a él y chincharme a mí, dijo, “podría”. Así quedó abierta, a principios del siglo XXI, la posibilidad de que fuéramos los futuros herederos de aquellas niñas del puente. Y él se quedó tranquilo, una vez que alguien acreditado en historia del arte le diera la razón. Salió de casa oscilante por los whiskys de la sobremesa, con el Munch bajo el brazo y un gorro más pequeño que su cabeza protegiéndole de un sol que aún no era éste.

En 2015, el Thyssen dedicó una gran exposición a Munch. Ochenta obras, la mitad procedentes del Munchmuseet de Oslo. Cada vez que veía un cartel me acordaba de aquel cuadro sin marco. Tras su muerte, volvió a la basura. Así somos los hijos. El yerno dijo mirando En el Puente: “Lo que hubiera disfrutado tu padre”.

 

Nacidos para triunfar ,,,

Los padres de hoy contagian a sus hijos el estrés que provoca la necesidad de ser los mejores

4 min.
Clase de inglés en una escuela concertada barcelonesa.Kike Rincón

Niños de los sesenta o los setenta, niña de entonces, acuérdate hoy del inicio de las vacaciones. Recuerda que el lejano rumor de los coches de la carretera de Valencia eran un anticipo de las olas del mar. Recuerda la paz que te provocaba un boletín de notas sin mácula. Tus padres no pedían demasiado, solo el salvoconducto para seguir adelante. Para que no se te enfriara demasiado el cerebro, te compraban el cuaderno de vacaciones de la EGB, que más que de refuerzo parecía un libro de crucigramas. Nos estaban ablandando el cerebro, se decía entonces, pero es que habíamos dejado atrás los años cincuenta y la severidad se estaba diluyendo.

Severos seguían siendo los padres de los que conseguíamos zafarnos en cuanto llegábamos al pueblo. Era más fácil practicar la travesura clandestina bajo el autoritarismo paterno, un tanto negligente, que sometido al exceso de sobreprotección. Acuérdate de que cuando pasados unos años, no tantos, te convertiste en madre, una de esas gatas jóvenes que compatibilizaban el juego de los niños con la caña en el chiringuito. Madres y padres jóvenes de los viernes. Hubo algún lío. Ay, la vida secreta de los progenitores. Era el tiempo de las separaciones y tú, en ese campo, como en otros, fuiste precoz; acuérdate de que no querías calcar el código moral de tus padres. Pretendías educar con palabras prestadas de Summerhill, de Montessori, de centros que defendían el derecho a una infancia libre y creativa. La teórica sonaba bien; en la práctica, como suele ocurrir, hacías lo que podías. Amabas sumida en contradicciones. La muchachada no salió mal, a pesar de que teoría y descuido siempre iban de la mano.

Por eso, ahora me pregunto: si venimos de aquella educación relajada, si aquellos niños nuestros son ahora estos padres, ¿cómo llegaron a integrarse tan dócilmente en un sistema que somete a sus hijos a una agenda propia de ejecutivos? Un astuto diablo ha convencido a los progenitores para que desde el nacimiento pavimenten el camino hacia la PAU; alguien les inoculó la certeza de que a una criatura se le ha de dar bien toda materia, de que las tardes son para las extraescolares: unas veces por refuerzo; otras, porque ni el notable ni el excelente les son suficientes. En las familias humildes aún podría entenderse, desean que sus hijos se escapen del círculo de la pobreza, pero son las clases pudientes las que están forzando una competitividad ciega. Los padres vuelven a hablar de notas, ¿no es esto extraordinario? Contagian a los niños el estrés que provoca la necesidad no ya ser buenos, sino de ser los mejores. Quieren que experimenten el éxito desde la casilla de salida.

Un ensayo perspicaz de Santiago Gerchunoff, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, se refiere entre otras absurdas situaciones al angloparlante del parque infantil: “Hay algo muy turbador en oír a un muchacho de Madrid hablar en inglés a sus hijos, como si lo vieras llevando una máscara”. Recuerda las palabras sobre el exilio de Hanna Arendt: “Hay una diferencia abismal entre tu lengua materna y todas las demás”. Cualquier divertimento debe justificarse como parte de un currículum. Pero esos niños tan adiestrados para no decepcionar llegarán pronto a una adolescencia y frente al espejo se encontrarán con complejos e insatisfacciones que serán aún más evidentes si han sido adiestrados para ser individuos de éxito. Siempre nos quedará el inolvidable consejo de Natalia Ginzburg: hay que enseñar a los hijos no las pequeñas virtudes sino las grandes, “no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y saber”. Recordemos que no le salieron mal sus descendientes, ahí estaba el brillante historiador Carlo Ginzburg, que nos dejó la pasada semana. Yo me remito a un deseo: dejen a los niños jugar entre ellos, inventar sus reglas. Si eso les consuela, en el juego y la indolencia estival estarán recibiendo la lección más decisiva de su infancia.


Un León despedazado ,,,

Aplaudieron todos en el Congreso pero no por lo mismo, contentos como niños con su trozo de Papa en la boca

El Pontífice saluda a los fieles tras su discurso en el Congreso de los Diputados, el pasado día 8. Pablo Monge

Siete minutos de aplausos. Al estilo de un congreso del Partido Comunista soviético. Siete minutos. Pruébenlo, aun a riesgo de parecer tronados delante de los suyos: levántense y comiencen a aplaudir con energía y sin perder entusiasmo, sigan así, siete minutos. Solo de esta manera percibirán lo largos que son. Los profesionales de la radio saben bien lo que vale cada segundo: al cabo de tres minutos uno ya no sabe ni lo que aplaude. Ah, perdón, sí que lo sabían en este caso. Aplaudían para patrimonializar a quien pronunció el discurso, aplaudían para no dejar de aplaudir antes que el de al lado o para afirmar que lo escuchado está en consonancia con la ideología propia, aunque ocurra que lo expuesto por el padre santo esté radicalmente en contra de lo que a diario se defiende a gritos, con sarcasmo o violencia verbal. Sin piedad.

Aplaudía la derecha porque siempre ha considerado que en España la voluntad de Dios está de su parte, no le falta razón, pero tampoco le sobra, dado que ignora a esos otros fieles que anteponen la compasión y la generosidad al interés propio. Aplaudía Díaz Ayuso con su traje negro y su moño de devota, como transida, y a las pocas horas denunciaba públicamente que los que nos llegan en pateras van armados con móviles. ¡Móviles en África! Estamos perdidos. Aplaudían muchos en connivencia con la extrema derecha, convirtiendo al Papa, y esto sí que es inaudito, en un progre. Aplaudían quienes creen que su patria es solo para los cristianos, quienes recurren al discurso colonialista de la evangelización al salvaje.

Aplaudía la izquierda satisfecha por el sapo que se han de tragar los de la “prioridad nacional”, aplaudía porque este papa, sereno y cultivado, impone un silencio eclesiástico cuando recuerda que no deben existir los excluidos, que no hay vida más valiosa que otra. Pero la izquierda también hubo de aplaudir fingiendo que no se enteraba cuando escuchó aquello de que el ser humano no tiene derecho a acabar con el dolor si el dolor emana de la enfermedad.

Aplaudieron las diputadas feministas aunque no hay papa sobre la Tierra ni ha habido ni habrá que esté de acuerdo con el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Aplaudieron porque esa mañana en que el estrado se convirtió en púlpito priorizaron lo urgente. Es justo reconocer que el discurso a favor de los inmigrantes emanaba un halo de samaritanismo en estos tiempos de crueldad. Aplaudieron siete minutos hasta los entusiastas de Trump, los partidarios de la guerra, los equidistantes con Israel, los que ignoran a las víctimas de Gaza, aun sabiendo que este papa se haya medido con Trump por dichos asuntos.

Aplaudieron también quienes habiéndose erigido en defensores de las víctimas de los abusos de la Iglesia toleraron que ese asunto no entrara en el orden del día. Aplaudieron las mujeres ignorando a esas otras mujeres católicas que quisieran una Iglesia igualitaria, más allá de las sotanas. Aplaudieron como asumiendo que cada uno estaba recibiendo su pedazo de discurso: los proinmigrantes, los de la “prioridad nacional”, los antiabortistas, los contrarios a la muerte digna y también sus defensores, los creyentes en una iglesia compasiva y social, los que afirman a los cuatros vientos que los españoles no matan ni violan ni roban, que eso es tarea de los que llegan en patera con el móvil en la mano.

Aplaudieron todos pero no por lo mismo, contentos como niños con su pedazo de Papa en la boca. León XIV, sin pretenderlo, terminó personificando las palabras de san Pablo cuando dijo aquello de ser todo para todos los hombres. Se hizo la paz en el Congreso, concluyó un iluso cronista, pero la paz duró menos de siete minutos. Más reflexión provocaron las palabras de los migrantes del muelle de Arguineguín pronunciadas a la intemperie, fuera del contexto partidista, ante las que no cupo más que el silencio y la inevitable vergüenza porque su dolor exista.


En mi propia casita ,,,

Cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo

Un grupo de elegidos disfrutan del concierto de Bad Bunny en el Estado Metropolitano de Madrid en la Casita, el pasado martes. Claudio Álvarez

Si se toma como una heroica victoria del pueblo el haber conseguido que a la Casita de Bad Bunny puedan entrar feos, gordas, sesentones, personas con discapacidad, torpes, chicas desaliñadas o, por subir a la utopía, aquellos puertorriqueños humildes a los que suponemos que Benito representa; si el triunfo de esta semana en la que se ha abusado de la palabra “contradicción” ha sido que seres poco agraciados sean admitidos en la dichosa Casita, lo que debiera celebrarse es que contemos con tiempo para andar ocupándonos de una reivindicación tan insustancial. Lo que se deduce de tanto debate autojustificativo es que necesitamos ahormar la realidad para que no se nos pille en un renuncio, más aún cuando con tanta frecuencia situamos la pureza en un listón tan alto. Resumiendo, si un rockero de 70 años se hubiera valido de ojeadores para pillar jovencitas entre el público le habría caído una buena, y con razón: polla vieja, viejuno, señoro, pero ha sido fascinante que quienes suelen apresurarse a señalar un comportamiento incorrecto apelaran ahora al derecho a gozar, citando la consabida frase de Emma Goldman que al parecer nunca dijo, “si no puedo bailar no es mi revolución”, pero con la que es imposible no estar de acuerdo. Pedirle a Benito Antonio una coherencia sin mácula es irreal. Benito Antonio, como todos estos artistas que envuelven su trabajo en una causa, sea feminismo, espiritualidad o identidad, y que ganan de golpe dinero y fama a espuertas, acaban arrollados por un capitalismo voraz que engulle cualquier discurso y lo escupe en merchandising. No quiero decir que para ser auténtico haya que ser pobre, porque cualquiera desarrolla mejor su trabajo si vive con holgura, pero cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo.

Recuerdo unas declaraciones de Paco de Lucía, hombre sincero y cabal donde los haya, en las que decía que él fue de izquierdas hasta que ganó los dos primeros millones de pesetas: “No construí una escuela, no mandé dinero a un país pobre, cogí el dinero y lo metí en el banco”. Si se tiene en cuenta que la fama y el dinero que pudo ganar el guitarrista a lo largo de una celebrada carrera no se puede comparar al éxito universal de alguien como Bad Bunny, pienso que sus palabras respondían a la necesidad de no presumir de altura moral. “Soy un burgués”, dijo con esa palabra que nos escuece. Lo afirmó el músico que elevó a los escenarios del Carnegie Hall, donde yo lo disfruté, la música del pueblo, nuestro blues patrio. Era el hombre que se vio con dinero y sintió alegría, cómo no, pero también ese pellizco de culpabilidad que persigue a quien no nació en la abundancia.

Ganar dinero no conlleva la renuncia a luchar por una sociedad justa (no puede negarse que la clase media ha sido esencial alzando la voz por los desfavorecidos o los olvidados), la cuestión es que deberíamos tener presente, uso el plural, que siempre es más fácil saltar al vacío con red. Con dinero todo es menos heroico. Y luego está el amor por la música, claro. Decía Martin Baron, el exdirector de The Washington Post, que no hay música pop como aquella que te hizo vibrar en tu primera juventud. Algo de cierto hay en eso, pero creo poseer una curiosidad insaciable y en absoluto desconozco el trabajo de Bad Bunny: unas veces me divierte, otras, me emociona, siempre me trae recuerdos de aquel acento boricua de un NuevaYol tan despreciado, no solo por los feroces republicanos, cuidado, también por esa sociedad altiva que ha mirado por encima del hombro a una comunidad históricamente excluida. No reúno las condiciones para estar en la dichosa Casita VIP, y es un alivio carecer de ese deseo. Mi propia casa me basta y sobra para perderme en la música, el ritmo lo llevo en la sangre y, por lo demás, vivan Willie Colon y Rubén Blades, los papás de la criatura, que el niño en cuestión no nació de un repollo.






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