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martes, 7 de julio de 2026

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Columna

‘Top Gun’ en Torrejón de Ardoz

Existen lugares ajenos a nuestro imaginario cuya principal misión es la defensa de un territorio que va de las Azores a Turquía

3 min.
Un F18 español en un ejercicio de Defensa de Canarias.Ángel Medina G. (EFE)

Un soldado no muy mayor, pero ya veterano y que acumula miles de hora de vuelo, camina por una base dedicada a la defensa aérea. Tiene poco más de 50 años. Gafas de estudiante y traje profesional con la cremallera subida, aunque se ve la camiseta interior verde bélico. Ahora vive en Alemania, en Ramstein —la mayor base que Estados Unidos tiene fuera de su país—, y su misión fundamental es garantizar la seguridad en el aire de una Europa que, en su flanco este, aunque nos parezca remoto, no es que se sienta amenazada, sino que está realmente atacada por Rusia: sufre desde una guerra convencional hasta una guerra híbrida. Él se llama Jason T. Hinds y pilotó diversos modelos de caza (incluido el F-15 y el F-22). De una academia en Oklahoma, ascenso tras ascenso, ahora está inspeccionando una de las bases europeas que opera bajo su control. Se para para hacerse una foto de grupo con otros altos mandos de diversos países. A su lado, Juan Pablo Sánchez de Lara, teniente general que ejerce de anfitrión de esta reunión semestral de trabajo de la OTAN porque dirige el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de Torrejón de Ardoz. Al fondo de la imagen, en la fachada de un edificio feo y funcional de pared azul, el escudo que identifica este Centro de Operaciones: un castillo medieval sobre unas olas, porque el Mediterráneo no queda tan lejos, y tres flechas que salen de una de las torres y que simbolizan tres estilizados aviones. Aunque no es una academia y Pete Mitchell Maverick no está ni se le espera, la escena podría pertenecer a una secuela de Top Gun porque entendemos este mundo a través de la imagen que Hollywood nos ha enseñado. Pero es real, está aquí y es la OTAN.

Podemos hablar de los revólveres Gümüşay 357 Magnum que el presidente turco regaló (con sus balas respectivas) a los líderes de la Alianza. Seguramente la noticia política más relevante de la Cumbre de Ankara ha sido la pleitesía feudal manifestada, otra vez, al ingeniero del caos en jefe: Donald Trump. Pero cuando se discute el gasto en defensa de los estados miembros (España ya gasta más, aunque apenas lo diga), la cuestión que se dirime es la financiación de una organización cuya función nos incomoda y, a la vez, es garante de la seguridad de un continente que no es autónomo en lo militar, que tiene enemigos en acción y que no está en condiciones institucionales de elaborar una respuesta a la decisión de los Estados Unidos de adelgazar su protectora presencia militar en Europa (según la amenazadora Estrategia Nacional de Defensa del pasado enero). Por ello lugares como Torrejón de Ardoz, tan ajenos a nuestro imaginario, son tan relevantes: su principal misión es la defensa de un territorio que va de las Azores a Turquía, allí se controlan miles de vuelos, se diseñan entrenamientos defensivos o se activan misiones para avanzar en la coordinación entre aliados. Durante la reunión de mandos de los pasados 25 y 26 de junio, entre otros asuntos, se analizó cómo defender el espacio aéreo en el tenso momento geopolítico actual. Estuvieron presentes comandantes de centros homologables, como el que supervisa el espacio aéreo de parte del norte de Europa o el que controla el espacio colindante con Rusia. Jason T. Hinds, que en febrero se reunió con la ministra Robles en Ramstein, tal vez repitió aquí lo que afirmó al ser nombrado hace medio año como responsable de la defensa aérea de la OTAN: “Las amenazas son muy reales y cada vez son más complejas”.

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El PP hace campaña por Vox ...

La retórica de los populares en Cataluña es una mezcla tóxica entre la desconfianza por las instituciones y la intranquilidad por la seguridad ciudadana

3 min.
Juan Fernández, secretario general del Partido Popular de Cataluña.Quique García (EFE)

Pedro Sánchez practica la corrupción política porque está gobernando gracias a la compra de los votos de los partidos nacionalistas. Con esta rotundidad lo formuló Juan Fernández —diputado en el Parlament, secretario general del PP catalán desde el sábado pasado— este miércoles en el informativo Mésnit de Televisió de Catalunya. Fue instructivo escuchar la entrevista en el plató, mientras los compañeros de mesa de análisis nos enviábamos mensajes pasmados. Cuando acabó de fijar este mensaje, la periodista Marina Romero repreguntó: lo que él estaba calificando de corrupción, ¿no era acordar con otros partidos para formar una mayoría que le permitiese gobernar? No. Repitió la misma expresión: el gobierno Sánchez practica la corrupción política.

Fernández —unos 40 años, cargos institucionales desde los 21, crecido en la sombra del populista alcalde de Badalona— contestó sembrando inquietud con un ejemplo sobre las consecuencias de esta compra de votos a ERC y a Junts. “¿Buscar mayorías significa desmantelar la Guardia Civil y la Policía Nacional en Cataluña para poner en peligro la seguridad de los catalanes?”. Insistió porque es uno de sus temas estrella desde que saltó de la política municipal a la autonómica. “Eso es comprar votos, eso es corrupción política y eso lo que significa es poner en peligro a los ciudadanos de Cataluña. Porque en el momento en el que debilitas las fuerzas policiales, en el momento en el que estás reduciendo la presencia policial, están poniendo en peligro a las personas que viven en barrios y ciudades de Cataluña donde la seguridad es ahora mismo el problema más importante”. Al cabo de unos segundos explicó cómo se estaba produciendo de facto ese desmantelamiento: 3.200 bajas que no se cubren. Ese adelgazamiento de las fuerzas de seguridad estatales, más que a la ausencia de vocación porque es difícil promocionar o al despliegue consensuado de los Mossos d’Esquadra para que sea policía integral, respondería a una torticera decisión. Así explota un viejo resquemor de altos mandos y sindicatos tirando a ultras y, sobre todo, inocula el miedo que engorda al monstruo de la desconfianza con el Estado, como él mismo proclamó en el Parlament: “Están más preocupados por expulsar policías de Cataluña que por expulsar delincuentes”. Hace pocos meses Fernández, tras una visita a un lugar tan complejo como es el pueblo de frontera de La Jonquera, explicó qué haría para revertir esta dinámica: “Debería declararse Cataluña como una región de especial singularidad para hacerla más atractiva. Sería una medida viable porque la situación de seguridad que vive hoy el territorio es efectivamente singular. Hace unos años esta categoría se aplicaba en el País Vasco por la lucha contra el terrorismo”.

La desconfianza con la mecánica democrática, siguiendo la lógica de su discurso, estaba tóxicamente mezclada con la intranquilidad por la crisis de seguridad favorecida por decisiones políticas. En el plató, fuera de focos, atento, lo esperaba un colaborador de confianza. Es revelador recorrer su trayectoria porque es un caso práctico, de manual, de una deriva que también explica cómo ha acabado compactándose el bloque conservador que acumula poder. De UPyD a Societat Civil Catalana en el procés, luego con Vox cuando los de Abascal llegaron al Parlament y ahora en el PP con contrato en la Diputació. No hay incoherencia. Más bien cuestión de nombres: en el magma que se presentaba como constitucionalista había nacionalismo. Mucho. Como en el discurso de Juan Fernández del pasado miércoles. El problema es que, a efectos prácticos, con ese posicionamiento, los conservadores hacen campaña por los extremistas. Durante 23 minutos resultó imposible distinguir si hablaba un dirigente del PP o era de Vox.


 

 

Versos caídos del cielo contra los bombardeos de Barcelona ...

El grupo chileno Casagrande, en el marco de la conmemoración ‘España en libertad. 50 años’, lanzará miles de poemas sobre la Plaça Nova

4 min.
Bombardeo de poemas en Milán (Italia) en septiembre de 2015, en una imagen de la organización.Federico Mauro

Pocas horas antes del inicio de la moción de censura al gobierno de Mariano Rajoy, unos 3.000 madrileños miraban al cielo de pie o sentados en el suelo de la Plaza Mayor. Era última hora de la tarde del 30 de mayo de 2018 y no estaba claro que el helicóptero alquilado por el grupo artístico chileno Casagrande pudiese despegar. Las autoridades municipales de Madrid les comunicaron que un trayecto del Rey podía impedirlo, pero además existía otro problema técnico que podía imposibilitar su objetivo: el exceso de viento. Tenían 500 kilos de papel distribuidos en bolsas de 50 kilos. Miles y miles de versos impresos en papel y tinta biodegradable, escritos por poetas chilenos y españoles, preparados para ser bombardeados desde el aire. En el helicóptero estaban Julio Carrasco y Cristóbal Bianchi, en tierra y en comunicación con ellos Joaquín Prieto. Hicieron un primer lanzamiento para probar y, al anochecer, vaciaron sobre la plaza todo su arsenal poético.

Este sábado, a las ocho y media de la tarde, la Plaça Nova, frente a la Catedral, acogerá una nueva representación de la performance Bombardeo de Poemas, del colectivo Casagrande. Esta vez sobre Barcelona, que fue bombardeada a conciencia durante la Guerra Civil. Sus tres integrantes, que habían publicado una revista de arte y literatura en la universidad, la hicieron por primera vez en 2001 frente al Palacio de la Moneda en Santiago de Chile. En aquella ocasión, cuentan instalados ya en Barcelona, organizaron una fiesta para pagar el alquiler del helicóptero. “Como el impresor no quiso cobrarnos por hacernos los marcapáginas, solo nos tocó pagar lo equivalente a 20 euros”. Fue durante un festival de poesía al aire libre, después del recital de varios poetas, y ante el desconcierto del público al ver cómo se acercaba el helicóptero. “La Moneda solo se ha sobrevolado en dos ocasiones: por las Fuerza Aérea de Chile en 1973, que lanzó bombas, y por Casagrande, que lanzó poemas”. El año pasado realizaron su ataque artístico en Rotterdam para conmemorar el 85 aniversario del bombardeo nazi sobre la ciudad holandesa.

La performance de este sábado, que ha contado con la complicidad del Ayuntamiento de Barcelona para conseguir los permisos (aéreos y terrestres) y de sus técnicos para la selección de poetas catalanes, se enmarca se enmarca en el programa España en Libertad. 50 años, con el que el Gobierno conmemora el medio siglo de la recuperación de la democracia. Carmina Gustrán Loscos, comisionada para la celebración, ha explicado con estas palabras cómo esta acción se inscribe en este proyecto de memoria democrática: “Queremos devolver a las ciudades y a sus habitantes la memoria que les pertenece y celebrar la libertad conseguida en estos años en contraposición con ese pasado incómodo de violencia y agresión fascista”. Durante 45 minutos caerán del cielo poemas escritos por 100 autores (de Eva Baltasar o Biel Mesquida —flamante Premi d’Honor de les Lletres Catalanes—, de Gabriela Paz Morales o Bruno Cuneo entre muchos otros).

Un Bombardeo de Poemas, cuentan en una llamada a tres, pide muchos meses de trabajo previo para documentarse, obtener permisos, conectar con sus contrapartes locales o decidir los poemas y diseñar los marcapáginas. En cada ocasión han elaborado libros y han documentado con fotos y vídeo la acción. “Nos gustaría hacer un documental”, informan. En un primer momento se comunicaban con walkie-talkie, observando desde la plaza, dónde caían los poemas. Actualmente trabajan con inteligencia artificial para calcular desde dónde deben lanzarlos para que caigan en el lugar indicado, introduciendo las variables del peso de los marcapáginas y el viento que sopla en aquel momento.

Una de las acciones que más recuerdan fue la tercera: el 14 de agosto de 2004 en Gernika. Durante el proceso de preparación de la performance contactaron con niños que sobrevivieron al bombardeo nazi de la ciudad vasca durante la Guerra Civil española. Aquel 26 de abril de 1937 la Legión Condor lanzó 30 toneladas de bombas explosivas e incendiarias contra la población civil. En los días previos los miembros de Casagrande se reunieron con abuelos que entonces eran niños. Uno de ellos les recordó que aún tenía grabado en la memoria el rostro de un aviador nazi. Un grupo de septuagenarios estuvo presente en el bombardeo de poemas. “Logramos nuestro objetivo”, dicen: resignificar el trauma a través de la literatura.


El niño perdido Gabriel Rufián

Poco a poco, ha ido abandonando el barco varado del ‘procés’ para acabar siendo el espabilado que un día soñó ser

Gabriel Rufián, el 27 de mayo en la sesión de control al Gobierno en el Congreso.Pablo Monge

Según el último barómetro del CIS, Gabriel Rufián es el cuarto político preferido para ser presidente del Gobierno. En plena fase de autodestrucción de lo que fue el espacio de Podemos, el portavoz de Esquerra Republicana es el primero de la fila que aparece a la izquierda del PSOE. Este hipotético capital electoral, nutrido en un efectivo discurso demagógico que reina en las redes desde sus intervenciones en sesiones de control o comisiones de investigación (no curra mucho más), es el que le está permitiendo vivir al margen del grupo parlamentario que lidera, tensar la cuerda con la dirección de su partido para romperla a la vez que pretende impulsar una alternativa antifascista ante el escenario de una mayoría del Partido Popular con Vox. Si Oriol Junqueras no es capaz de reconducir la situación —la próxima semana volverá a Madrid para mediar en su principal crisis interna—, no es descartable que Rufián acabe siendo candidato victimista del espacio que le era más natural: no el independentismo sino el viejo Podemos. La paradoja es que Rufián, sin el independentismo, no existiría.

En 2013, cuando el movimiento nacional del procés tejía una red cívica omnipresente, se creó una asociación que representaba a la vieja inmigración española o a sus hijos convertidos al independentismo: Súmate. Para los ideólogos del movimiento, podían cumplir una función multiplicadora. En barrios y pueblos de pasado obrero en la zona metropolitana de Barcelona, tras el impacto de la crisis, se sufría el adelgazamiento del Estado de bienestar. Si se convencían de que la ruptura territorial era la alternativa a la quiebra de confianza en el Estado del 78, el independentismo daría un salto de escala regateando el choque identitario. Aún hay videos colgados de aquellos actos. La mayoría de los asistentes eran de edad avanzada, es decir, sufrían por sus pensiones. Pero había un tipo distinto, con poco más de 30 tacos, jersey sencillo, izquierdista con dicción arrabalera, que, acto tras acto, calcaba un discurso épico: su abuelo y sus padres habían sido trabajadores venidos de Andalucía con maleta de cartón que, al enorgullecerse de su nueva identidad catalana, siempre se comprometerían con una votación que afectase a su país de acogida. Estaba allí por ellos. Rufián, ahijado por el procés, subió como la espuma.

Despuntó como activista. Participó en tertulias. Se descubrió como tuit star. Columna en prensa nacionalista. Integrado en la dirección de la todopoderosa Assemblea Nacional Catalana. Primero se profesionalizó al margen de los partidos, como su némesis Míriam Nogueras en la derecha, pero en nada fue diputado. Rápido, muy rápido, en las listas de Esquerra para las elecciones generales de diciembre de 2015. Sabía qué se esperaba de él y durante años cumplió con su papel a la perfección. “Yo estoy aquí y estoy en esto, defendiendo lo que quiera ser cualquier pueblo frente a una urna, porque yo soy nieto e hijo de andaluces llegados hace 55 años desde Jaén y desde Granada a Cataluña. Soy lo que ustedes llaman un charnego y soy independentista. He aquí su derrota y he aquí nuestra victoria”. Lo que tal vez no podían esperar los suyos es que, más que actuar como un político en defensa de los intereses de los catalanes, poco a poco abandonaría el barco varado del procés para acabar siendo el espabilado que un día soñó ser: un buscavidas avanza por la Carrera de los Jeróminos, se retroalimenta en el espejo esperpéntico de Vito Quiles porque el algoritmo no lo detecta como político, piensa que sus likes serán votos, brilla en la capital con traje y gafas de sol. He aquí su victoria.


Julian Barnes busca a Ana Ozores

Si la capital del Principado es capital literaria lo es, evidentemente, gracias a La Regenta. Si ahora la obra maestra de Leopoldo Alas pudiese elegir a su mejor embajador internacional, optaría sin duda por Julian Barnes

El escritor Julian Barnes en 2007.Lisbeth Salas

Cuando el martes se reunió en Oviedo el jurado que concede el Premio Princesa de Asturias de las Letras, la heroica ciudad aún no dormía la siesta. Si la capital del Principado es capital literaria lo es, evidentemente, gracias a La Regenta. Si ahora la obra maestra de Leopoldo Alas pudiese elegir a su mejor embajador internacional, optaría sin duda por Julian Barnes. A lo largo de los años el escritor británico ha reiterado su fascinación por una novela que es hermana de los clásicos de la ficción del adulterio del siglo XIX como Madame Bovary, Ana Karenina o Effi Briest. No ha regateado el elogio: Barnes ha descrito la novela protagonizada por Ana Ozores como “the foreign classic tardily discovered”.

La Regenta y Anagrama. Estas han sido las principales relaciones del autor de Despedidas con el sistema literario español desde mediados de la década de los ochenta. “Al igual que tantos lectores, descubrí a Julian Barnes con su tercer título, El loro de Flaubert”, explicó Jorge Herralde cuando lo presentó en Barcelona en una conferencia en 2005. Aquel artefacto literario sobre Flaubert se había publicado en inglés en 1984, tuvo gran reconocimiento internacional de crítico y público, y Anagrama lo tradujo en 1986. Y desde entonces hasta ahora. “Somos uno de sus editores más constantes”, afirma la editora Silvia Sesé tras saber la noticia de la concesión del Premio Princesa de Asturias.

“Temía la pregunta sobre la literatura española”, respondió en una comida con periodistas en Madrid a mediados de octubre de 1987. Barnes tenía 41 años y empezaba a consolidarse como uno de los autores de referencia del dream team británcio (para decirlo con la etiqueta del gran comercial de su propia marca que es Jorge Herralde). Ese día tiró de la ironía. Si querían saber cuáles eran sus conocimientos de la literatura española, deberían esperar cien años, que eran los mismos que habían pasado para que se tradujese La Regenta al inglés: “Excelente novela”, dijo aquel día.

También contó que tenía grabada en la memoria los días que había pasado en Ronda en una casa de Martin Amis. Aquella tarde dio una conferencia en el Círculo de Bellas Artes y Juan Cruz lo caracterizó así: “Europeo en su lenguaje e internacional en los símbolos que utiliza, forma parte de una generación de ingleses que nació a la historia del gusto consumiendo sin la reticencia brumosa del pasado todos los productos europeos”. El afrancesado Barnes se refería tanto a Flaubert como al queso.

Las visitas de Barnes a España han coincidido con la presentación de sus libros. En 2005 era el turno de los relatos de La mesa limón, se celebraba el centenario del Quijote y dio una conferencia sobre Cervantes. Se refirió a la influencia inmediata que había tenido en las letras inglesas. Para argumentarlo usó esta comparación: “La obra se tradujo muy pronto. La primera versión apareció en 1612. La Regenta, por ejemplo, tardó un siglo en traducirse al inglés tras publicarse en España”. Al cabo de unos años, concretamente en 2013, mantuvo un diálogo en público con Mario Vargas Llosa sobre su autor más querido: Flaubert. Y Barnes, otra vez, no desaprovechó la oportunidad para elogiar la novela de Clarín sobre aquella mujer en la prisión moral y provinciana que es el Oviedo de esa ficción.

Hace un mes Julian Barnes volvió a Barcelona. El pretexto era la presentación de Despedidas, la que ha presentado como su último libro. Hubo una rueda de prensa y por la tarde diálogo con Lucía Lijtmaer. Se inició con la lectura de un texto en el que habló de despedidas, de dejar de escribir y de la vida. “Quizá la vida es una historia de amor con un agujero en medio”. Ana Ozores estaría de acuerdo. Podrá buscarla en Oviedo donde por fin podrá conocerla en persona.


Un rito sexual en el escenario y bombas de humo en la grada: medio siglo del primer concierto de The Rolling Stones en España

En un momento tortuoso para la banda y crítico para la Transición política, el grupo liderado por Mick Jagger y Keith Richards tocó en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona en plena gira caótica y a 900 pesetas la entrada

The Rolling Stones en su primer concierto en España, en la plaza de toros Monumental de Barcelona, el 11 de junio de 1976.Francesc Fàbregas

Aún son los representantes del otro Dios en la tierra. Hace exactamente medio siglo sus Satánicas Majestades visitaron España por vez primera. Una década después de los conciertos de los Beatles en pleno desarrollismo franquista, The Rolling Stones actuaron en la plaza de toros Monumental de Barcelona. Son mundos distintos. Del elegante público yeyé que había enseñado el NO-DO en blanco y negro cuando cantaron trajeados los cuatro de Liverpool se había pasado a una juventud más pasota y fumeta, como muestra una grabación amateur. El 11 de junio de 1976, la Transición atravesaba un momento crítico: el rey Juan Carlos I había regresado de un viaje trascendental a Estados Unidos y Carlos Arias Navarro agonizaba en la presidencia. El show tuvo algo del espíritu lampedusiano del momento. Glamur decadentista en un país que hasta ese momento había quedado fuera del circuito de las grandes giras.

El 10 de junio, procedente de Lyon, donde habían actuado el día 9, el avión particular en el viajaban los Stones aterrizó a las 23.30 en el aeropuerto de El Prat. No pasaron control alguno. Los músicos y sus acompañantes se dirigieron a uno de los mejores hoteles de la capital catalana: el Princesa Sofía —que se había inaugurado el año anterior y era el segundo cinco estrellas de la ciudad—. Mick Jagger y Keith Richards tenían 32 años, el bajista Bill Wyman, 39; el batería Charlie Watts, 34, y el recién incorporado guitarrista Ron Wood, 29. El grupo en activo más importante del rock atravesaba un mal momento. Objetivamente pésimo.

Tras un arranque memorable en la década de los setenta —Sticky Fingers (1971) y Exile on Main St (1972), Dios, con meses de diferencia—, los Stones ensayaban otros caminos estéticos sin fortuna creativa. Con Black and Blue, que llegó a las tiendas de discos el 23 de abril de 1976, pareció que habían tocado fondo. No era solo una cuestión musical. En los juzgados seguían litigando con Allen Klein —su antiguo mánager—, tenían líos con el fisco británico, iban en aumento los problemas con las drogas y el guitarrista Mick Taylor había dejado la banda, desencantado con el lugar secundario en la composición al que le relegaban Jagger y Richards y convencido de que solo lograría desengancharse si dejaba la banda. Pero, después de grabar en varios estudios de diferentes países, tenían disco nuevo. Regulero, pero nuevo.

Antes de la distribución de Black and Blue, su tour manager Peter Rudge anunció gira europea: 41 actuaciones en 22 ciudades. Lo detalla Jordi Novell en su libro Black & Cat (Enderrock Llibres), dedicado al concierto de Barcelona. A mediados de abril empezaron a ensayar (Richards falló los primeros días) y a finales de mes dieron los primeros conciertos de la gira en Fráncfort. Al cabo de medio siglo se puede reconstruir con notable precisión. En YouTube hay grabaciones pirata, todo el show de París en vídeo o también un documental de la televisión inglesa.

Un concierto a un precio altísimo

El promotor del concierto en España era Gay Mercader. Su ideal inicial era conseguir un recinto donde entrasen entre 25.000 y 40.000 personas y su primer proyecto fue habilitar una zona rural cerca de la ciudad de vacaciones de Salou para que fuera escenario de grandes conciertos. El alcalde de Cambrils no lo veía mal, pero los payeses del pueblo se opusieron por el riesgo moral y agrícola: pidieron un informe a la Organización Sindical de Canet —donde el año anterior se había celebrado un mítico festival de rock— y allí quedó claro que los melenudos no se cortaban y robaban frutas de los campos alrededor del concierto. Luego se pensó en la plaza de toros de las Arenas, como consta en las entradas, y finalmente fue la Monumental a un precio altísimo para la época: 900 pesetas (el equivalente a 5,41 euros). No se llenó. Se vendieron unas 11.000, muchas el mismo día en la taquilla. Mercader perdió tres millones de perras.

Para Keith Richards aquella fue una gira trágica. Tras uno de los conciertos en Londres, se durmió al volante. El único problema no fue el accidente. También lo fue la llegada de la policía: multa por posesión de marihuana y cocaína. Y lo peor estaba por venir. Antes del concierto de París supo que su hijo prematuro, a las dos semanas de vida, había fallecido por muerte súbita. Optó por actuar esa noche convencido de que no sabría dónde ir. El final de la gira también pudo ser dramático para Jagger. Una noche en Nueva York, según el empresario musical Marshall Chess, el cantante sufrió una sobredosis de heroína en su piso.

En ese caos vivía el grupo, pero el concierto de Barcelona también fue caótico en otro sentido. Se lo dijo Diego Manrique a la chica inglesa sentada a su lado en la grada de la Monumental. “La España de Fraga aún is different”, le dijo y consignó en su crónica para Vibraciones. Se habían producido cargas policiales dentro y fuera del recinto, lanzamientos de botellas desde dentro a la policía, que tuvo como respuesta el lanzamiento de una bomba de humo que provocó instantes de pavor. Aunque el viernes 11 de junio de 1976 es la fecha que ha entrado en la historia del rock local, lo trascendental empezó a ocurrir pasados 20 minutos de las doce de la noche de aquel día. En palabras de Moncho Alpuente en su crítica para EL PAÍS, fue “un juego desinhibido en el que la sexualidad y la provocación emanadas por Jagger desde el micrófono adquirían un valor casi ritual, como símbolos de una danza primitiva y liberadora”.

El show duró unos 90 minutos y el repertorio fue el básico de la gira. Arrancaron con el clásico Honky Tonk Woman. Luego dedicaron la primera parte del set a canciones de los setenta, con presencia especial de Black and Blue. Musicalmente destacaba la balada Fool to Cry, que Jagger cantó sentado al piano. En la lasciva y polémica Star, Star —dedicada a una groupie y que debía titularse Starfucker— no se pudo ver el globo en forma de pene que aparecía en la interpretación.

Después de cantar Hand of Fate, Jagger saludó con el catalán que había aprendido en el camerino: “Bona nit a tothom”. Y la segunda parte eran los clásicos de los sesenta, con Angie intercalada, la versión de Happy cantada como siempre por Richards más un par de piezas en las que brillaba el pianista Billy Preston, un músico de acompañamiento fundamental en aquel momento para la evolución musical la banda. Cerraron con Street Fighting Man y el número de los cubos de agua: Jagger los lanzaba al público, algunos a la banda, llenos de confeti, y el último se lo lanzaba a sí mismo. No hubo bises. No hubo Satisfaction. No hubo simpatía por el diablo.

Las variaciones de la noche barcelonesa se escucharon por megafonía. Antes de escuchar el riff de guitarra de Honky Tonk Woman, Jagger decidió que sonase de fondo el topiquísimo pasodoble taurino incluido en la ópera El gato montés, de Manuel Penella. Al cabo de un minuto del fin del concierto, mientras el público reclamaba “otra, otra”, sonó el anverso de la melodía inicial: la patriotera sardana La santa espina. Las cervezas valían 30 pesetas y los bocadillos de salchicha 50. Faltaban seis años para que regresaran. Fue el 7 de julio de 1982, el día del Diluvio Universal en Madrid.


Núñez Feijóo no es un líder (emocional)

El líder de la oposición ha revelado una carencia esencial de su liderazgo para un contexto electoral polarizado

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante la 41 Reunió Cercle d'Economia, en el Palau de Congressos de Catalunya, el pasado día 2. David Zorrakino (Europa Press)

Aquel mediodía a Alberto Núñez Feijóo la élite económica catalana quería llevarlo en volandas hacia la presidencia. Nadie quería quedarse fuera del círculo que lo rodeaba porque, entre la luz de los flashes y la rotundidad de los saludos con sonrisa, en torno a él se desprendía una energía de victoria que parecía transportarlo al Palacio de la Moncloa. Fue el 31 de mayo de 2023 en el salón de actos del pijísimo Hotel Vela durante la reunión anual del Círculo de Economía. Hacía tres días de las elecciones autonómicas y municipales que tiñeron el mapa de azul, y así sigue. Tan solo habían pasado 48 horas desde que un Pedro Sánchez en apariencia noqueado hubiese avanzado las elecciones generales como respuesta al descalabro territorial del PSOE. El presidente del Gobierno, en shock, no asistió a esa reunión, mientras que el líder de la oposición, con todo a favor, fue recibido “como un auténtico triunfador”. El recuerdo del año anterior había creado las mejores expectativas: “la nacionalidad catalana debe recuperar su liderazgo”, dijo Feijóo en 2022 ganándose al auditorio. Pero a las pocas horas supo cuáles eran las consecuencias de pronunciar una frase como esa, que conlleva implícita una determinada visión política y económica: a 600 kilómetros se afilaban los mismos cuchillos que en su día, por otros motivos, degollaron a Pablo Casado. En 2023, con la experiencia de un año en la presidencia del partido, Feijóo vino con la lección aprendida: no diría nada que disgustase a “la gran cloaca madrileña”, para usar la expresión del Adolfo Suárez en agonía presidencial. En Barcelona no volvería a poner en valor en público que era el primer presidente del PP cuyo capital era la idea de una España compuesta tras haber gobernado una nacionalidad histórica, pero sí fue ovacionado al presentar su mejor rostro demoscópico: el del gestor eficiente a través de una política económica liberal con bajada de impuestos. ¿Le funciona?

En noviembre de 2025 la Revista Española de Ciencia Política publicó un interesante estudio sobre las características y limitaciones del liderazgo de Feijóo. Sus autoras son las profesoras Lagares, Castro y Maneiro de la Universidad de Santiago de Compsotela. Asumen lo que pareció ser el relato dominante tras la defenestración de Casado: “El desembarco de Núñez Feijóo en Madrid se interpreta como una apuesta de los populares por la moderación política y la recuperación del centro”. Pero esa estrategia tuvo que adaptarse a la furia antisanchista, el lado oscuro de una fuerza que el presidente del Gobierno ha sabido jugar a su favor en momentos claves de su trayectoria. Por ejemplo, con aquel avance electoral. “Las elecciones de julio del 2023 se postulan como un plebiscito en torno a la figura de Sánchez; una arriesgada e inesperada decisión que obliga a Núñez Feijóo a reevaluar su estrategia. Si en los contextos electorales polarizados la campaña adopta un estilo más emocional y personalista, este movimiento del presidente Sánchez lo acentúa”. Y en esta circunstancia, al menos por ahora, el líder de la oposición ha revelado una carencia esencial de su liderazgo para el tiempo político en el que vivimos, sobre todo cuando se vota: su “limitada capacidad de movilización emocional”.

El martes pasado Feijóo llegó otra vez a las jornadas del Círculo de Economía, tras haberse reunido con algunos de los principales empresarios catalanes del país. Que no esperasen complicidad. Recorrió los 300 metros del hotel al Palau de Congresos, llegó al gran auditorio y transmitió, sí, una emoción política: una acritud sin esperanza. ¿Le funcionará ahora?






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