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LLUÍS BASSETS El País 2026

lunes, 20 de abril de 2026

Ciudades efímeras ,,, 20.4.26

Ninguno de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o las naciones que las albergan en caso de ser atacadas

El hotel Burj Al Arab, en Dubai, en una imagen de archivo.Amr Alfiky (REUTERS)

La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.

Misiles, bombas y drones han caído sobre distintas ciudades de Oriente Próximo y caen todavía sobre Tiro, Sidón o Beirut, más vulnerables cuanto menos medios defensivos tiene el Estado que debiera protegerlas. Solo ruinas quedan de Gaza, la capital de la Franja sistemáticamente molida a bombazos por Israel. No tenía Estado que la protegiera, sino todo lo contrario: contaba con un Estado exterior enemigo y estaba, está todavía, controlada por una guerrilla terrorista agazapada entre su población. Idéntico destino quieren para la capital de Líbano los ministros de la extrema derecha racista y totalitaria que se sientan en el gobierno de Netanyahu.

A quienes habitamos en ciudades centenarias e incluso milenarias nos falta imaginación histórica para representarnos una circunstancia en la que las calles, edificios y monumentos que hemos conocido se conviertan en escombros. Seguro que tal ejercicio mental no es tan difícil a los habitantes de las metrópolis que han surgido en un abrir y cerrar de ojos en mitad del desierto o donde antes solo había una aldea de pescadores.

“La guerra nos recuerda que ninguna ciudad, por muy dinámica y glamurosa que sea, puede escapar de las fuerzas de la historia y la geografía”, ha escrito Richard Florida, economista reconocido por cifrar en el dinamismo de las ciudades su capacidad para atraer el talento creativo global. “¿Cualquier perturbación grave —un huracán, un incendio forestal, una pandemia, un atentado terrorista, una revuelta popular, un cambio repentino en la legislación fiscal— puede llevar a quienes trabajan de forma remota y a quienes no tienen pareja a buscar refugio en un lugar más seguro”, ha escrito en el New York Times (Could This Be the End of Dubai?, 16 de marzo de 2026).

Barcelona es para Florida un ejemplo de las ciudades más atractivas para esta clase mundial creativa, mientras que ciudades como Dubai, Abu Dabi, Doha o Ryad, que han emulado con sus rascacielos y su opulencia a las ciudades más dinámicas del mundo, albergan el penoso modelo de la ciudad efímera, nacida de la nada en especiales y cambiantes circunstancias económicas y geopolíticas. Su reflexión puede extrapolarse sobre los mismos países donde han crecido, gobernados autoritariamente por una aristocracia del petróleo que solo reconoce los limitados derechos de ciudadanía propios de una autocracia a una pequeña fracción de la población nativa.

Estas metrópolis efímeras no son ciudades de ciudadanos, como no son naciones los territorios que las albergan. Ninguno de sus habitantes podría pensar en defenderlas en caso de ser atacadas. Al contrario, en cuanto soplan vientos de guerra empieza la desbandada.

 

Llamadle paz aunque siga siendo guerra ,,, 20.4.26

Si no callan las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firma una orden ejecutiva en el Despacho Oval, este sábado en la Casa Blanca. Julia Demaree Nikhinson (AP)

Treguas frágiles, temporales e incluso contradictorias, en vez de un alto el fuego generalizado y luego la paz que merece la región. Romper treguas es un antiguo y salvaje deporte que todos practican allí donde una forma u otra de guerra persiste desde hace al menos cien años. Pese a su precariedad, su inicio es un momento de alegría y esperanza que explota en las calles y apenas empaña la obstinación de quienes la consideran compatibles con su derecho a seguir bombardeando, demoliendo viviendas y ocupando territorios ajenos, como hace Israel, o lanzando misiles contra el país vecino, como Hezbolá.

Treguas así son un milagro si se sostienen. La declarada entre Irán y Estados Unidos, sin intercambio de misiles sobre los cielos del Golfo hasta el 22 de abril, coincidirá durante unos días con la del Líbano, sin hostilidades oficialmente reconocidas hasta el 26 del mismo mes. Si no callan de verdad las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses, dispuestos de nuevo a negociar bajo patrocinio paquistaní, tras las 21 horas en las que se sentaron frente a frente sin resultados los pasados 11 y 12 de este mes.

Trump sigue buscando el premio Nobel con los dos acuerdos de paz que quiere anotarse en su haber, el octavo y el noveno según sus fantasiosas cuentas. Son mérito suyo ambas pausas, impuestas en justo castigo a Netanyahu por el engaño sufrido con los ambiciosos planes de la fácil victoria que le vendió en la Casa Blanca. Iban juntos a derrocar al régimen e incluso a sustituirlo por otro pro occidental, encabezado por Reza Pahlevi, el heredero del emperador derrocado en 1979. El primer ministro israelí arriesgó mucho, perdió la apuesta y ahora hace caso omiso a las exigencias trumpistas. Necesita las guerras sin fin para llegar a las elecciones de octubre como el caudillo que condujo a Israel a su mayor expansión territorial desde 1967, con el botín de los territorios sustraídos a Gaza, Libano y Siria a disposición de la colonización ilegal al igual que sucede en Cisjordania.

Estas treguas señalan los límites de la fuerza militar. Una coalición de los mejores ejércitos ha fracasado en su intento de derribar al régimen iraní desde el aire y ahora debe disfrazar su derrota, que no es militar sino política. Con una negociación apresurada quiere resolver los contenciosos que nadie ha podido abordar desde 1979, en el caso de Irán, y desde 1948, en el de el Líbano. Israel no tiene relaciones diplomáticas con ninguno de los dos países y las condiciones para alcanzar la paz regional son las más difíciles de toda la historia, con el Líbano e Irán postrados todavía por el balance de muerte, destrucción y desplazamientos de población que arroja la actual guerra, ahora en pausa.

Los instrumentos de negociación trumpistas, como los diez mandamientos, se resumen en dos: coerción militar y negocios. Es decir, confianza en la fuerza y en la codicia y desprecio hacia las instituciones internacionales, el consenso y el diálogo. Trump y Netanyahu cumplen con sobradamente la vieja sentencia latina que aconseja a quien quiera la paz que se prepare para la guerra. La sentencia que les correspondería convierte las armas en panacea en vez de necesidad: si quieres paz nunca dejes de guerrear. Es la paz por la fuerza, que sienta al enemigo a negociar bajo amenaza y da plazos perentorios sin que cesen los combates o al menos el cerco y el ahogo económicos, instrumentos clásicos que acompañan a todas las guerras.

Teherán y Washington van a parlamentar por segunda vez y es de esperar que nadie se levante de la mesa de malas maneras. Que al menos prolonguen la tregua en vez de desenfundar las armas inmediatamente, como amenaza la Casa Blanca y quisiera Netanyahu. No bastarán cuatro días de discusiones para resolver el control sobre Ormuz, que unos abren al tráfico marítimo cuando los otros lo cierran. Ni tampoco para asegurar que Irán jamás tendrá el arma nuclear. A pesar de la falsa euforia victoriosa exhibida por Trump, nadie atisba ni una rendija de luz para una salida pacífica y pactada sobre tan espinosos contenciosos.

Si la negociación tropieza y Netanyahu se hace de nuevo con la iniciativa que Trump le ha quitado, es fácil vislumbrar el pantano en el que seguirá hundiéndose la región entera, incluyendo Irán. Es el viejo y trágico pantano de su historia. Llamarán paz a la continuación de la guerra, que seguirá más o menos atenuada o sincopada, acumulando como siempre muerte y destrucción en el territorio gris que Israel tan bien conoce. Trump intentará quizás salvar las apariencias, acogido una vez más a su larga experiencia en la fabricación de noticias falsas y realidades alternativas. Pero esta vez parece que no le creerán ni los suyos.

 

 

 

 

 

Entre el caos de Trump y el sabotaje de Netanyahu ,,,

Ninguno de los dos mandatarios tiene capacidad o interés en asegurar un alto el fuego permanente en Orienete Próximo

Varios periodistas trabajan este sábado en un centro de prensa en Islamabad, mientras una pantalla muestra imágenes de las reuniones del primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, con el vicepresidente de EE UU, J. D. Vance, y con el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf. Asim Hafeez (REUTERS)

Un presidente caótico, comandante en jefe de una guerra caótica, difícilmente puede convertirse en artífice de un alto el fuego que no sea caótico y no conduzca de nuevo a la guerra en vez de a la necesaria paz. Tampoco se puede esperar que sea un primer ministro belicista, adalid de la guerra contra Irán desde hace décadas y belicoso susurrador al oído presidencial para arrastrarle a combatir, quien favorezca el silencio de las armas. Con mayor razón cuando las posiciones de partida son radicalmente incompatibles y no hay ni asomo de confianza entre las partes, tras dos sucesivas negociaciones interrumpidas por la guerra y el asesinato de los dirigentes de una de ellas.

Trump no tiene ni siquiera las herramientas para acordar un alto el fuego sostenible. No hay un acuerdo preliminar sobre su contenido exacto y el momento en que debe empezar, puesto que Ormuz sigue bloqueado y los misiles israelíes siguen cayendo sobre Líbano, cuando se suponía que la negociación iba a empezar una vez cumplidas las dos condiciones inicialmente aceptadas por Trump. Para abordar tan compleja tarea, ha destacado a su vicepresidente, J. D. Vance, a pesar de su limitada experiencia en relaciones internacionales, acompañado por la habitual y desprestigiada pareja de diplomáticos aficionados formada por su yerno, Jared Kushner, y su colega del golf y de los negocios Steve Witkoff. En tan crítica negociación no contará tampoco con el instrumento privilegiado en la acción exterior que antaño fue la palabra presidencial, pues la suya está ahora totalmente devaluada. Perdió toda credibilidad durante su primera presidencia por el torrente de mentiras proferidas, pero ha llegado a hundirse en el descrédito en la segunda gracias a sus soeces y atroces amenazas en vísperas de anunciar el alto el fuego y a su alud de declaraciones contradictorias, erróneas y confusas.

A Trump le ha bastado la exhibición de su aplastante fuerza militar y la colección de cabezas enemigas cobradas en la cacería para darse por satisfecho con los objetivos alcanzados, avalado por la recuperación de las Bolsas y la moderada caída del precio del petróleo. Aunque mantiene un cierto nivel de amenaza militar ante las mediocres perspectivas de la negociación en Islamabad, su apetito bélico va decayendo cuanto más se acercan las elecciones de mitad de mandato. Ya no están en su cabeza los bombardeos masivos ni el desembarco de fuerzas especiales en territorio iraní para encontrar los ocultos 400 kilos en uranio enriquecido que quedan del programa nuclear o asegurar el tráfico marítimo.

Si el apresamiento del material radioactivo ha desaparecido de la negociación, abrir Ormuz es la condición imprescindible, aunque no suficiente, para dar la guerra por terminada, salvar la dañada economía del Golfo y evitar la recesión mundial. Tratándose de una operación de enorme dificultad, Trump se mostró inicialmente dispuesto a participar con los iraníes en su apertura a la navegación previo cobro de peaje, sin importarle la vulneración de la legislación marítima internacional. Y si no es posible, como se deduce de su inmediata rectificación, habrá que cargar los gastos en la cuenta de los emiratos petroleros mediante algún tipo de compensación política a Teherán.

Trump tiene soluciones para todo: para Ormuz ideó su apertura por la fuerza, pero tenían que ser otros quienes pusieran buques, armas y tropas, la OTAN por ejemplo. No iba a mandar a los soldados estadounidenses a instalarse en las costas de Irán, incumpliendo la solitaria promesa programática que todavía mantiene de abandonar cualquier idea de guerra larga o de ocupación permanente. Así es como ha convertido a los aliados de Estados Unidos que no han secundado sus descabellados planes belicistas en el chivo expiatorio de su inocultable fracaso.

No se atreverá en cambio con Netanyahu, que le incitó a lanzarse al asesinato de la cúpula del régimen iraní, e incluso a su derrocamiento, en una agresiva sesión de venta del producto en la Casa Blanca el 7 de febrero, conocida en sus más inquietantes detalles por una brillante narración de dos periodistas de The New York Times. El primer ministro israelí comparte con Trump tanto los espectaculares éxitos militares como la humillante derrota política que permite la supervivencia del régimen teocrático, pero está en su mano el sabotaje del alto el fuego mediante su guerra contra Hezbolá y sus propósitos anexionistas de territorio libanés.

Alrededor de la guerra de Líbano se está jugando la primera manga de la reunión de Islamabad, propiamente antes de sentarse en la mesa de negociación. Si Netanyahu sigue bombardeando Líbano, y Teherán a su vez no abre Ormuz por falta de un alto el fuego generalizado, los esfuerzos de paz pueden irse por el desagüe. Al final, el desenlace de todas las guerras depende de quién tiene más voluntad guerrera, no tan solo de quién tiene más fuerza. Y esto está todavía por dilucidar.

 

Cañones y mantequilla ---

Necesitamos incrementar el gasto militar sin que eso afecte al gasto social, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos

El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en la cumbre de la OTAN de La Haya, en junio de 2025.J.J. Guillén (EFE)

Ha vuelto a la actualidad, por desgracia, la pregunta famosa de Paul Samuelson, recién terminada la Segunda Guerra Mundial: “¿Dónde debemos invertir los recursos, en cañones o en mantequilla?”. Está clara la respuesta del presidente español, Pedro Sánchez: tantos cañones como sea necesario, pero que la mantequilla no falte. El incremento del gasto militar al que se ha comprometido su gobierno no debe afectar al gasto social.

Parece que pocos le creen. Desde la derecha, con la fruición sádica de los aficionados al dolor social, y desde la izquierda, con un pacifismo más o menos ingenuo, son muchos los convencidos de la fatalidad de la ecuación: cuanto más invirtamos en defendernos ante un mundo cada vez más peligroso, menos podremos invertir en el bienestar de todos, y viceversa.

Los tiempos polarizadores exigen la rotundidad del juego de suma cero. Al final se nos quiere obligar a elegir entre la autonomía estratégica de Europa que nos lleva al belicismo o la Europa social que nos deja desarmados y conduce a entregarnos a voluntades ajenas, probablemente la de Putin, que es quien nos tiene más a mano. En Cataluña también hay una porción de la ciudadanía, mayoritariamente conservadora y rácana con la mantequilla, a la que no le importa que el gasto en cañones aumente, con tal que se fabriquen aquí, con trabajadores de aquí y que sean empresarios de aquí quienes reciban las inversiones y ayudas europeas.

No son de aquí, en cambio, ni destacan por ser de derechas o de izquierdas, quienes han dado la respuesta más interesante a la pregunta, sino dos estudiosos alemanes del Kiel Institut for the World Economy, en un detallado trabajo sobre el gasto militar de 20 países europeos desde 1870 hasta la fecha (Johannes Marzian y Christoph Trebesch. Guns and Butter. The fiscal consequences of Rearmement and War. Diciembre de 2025). Según nos cuentan, en un siglo y medio largo ha habido en Europa 114 episodios de auténtica expansión en el gasto militar, financiados con endeudamiento y aumento de la presión fiscal, pero con pocas evidencias de que haya sido en detrimento del Estado social.

En nuestro caso, habiéndonos ahorrado dos guerras europeas, el estudio menciona cinco momentos de fuerte incremento del presupuesto militar: la tercera guerra carlista, las dos guerras del Rif (la de 1909 y la de 1921), la posguerra civil y la adaptación militar al ingreso en la OTAN durante la transición, cuando por primera y única vez se cumple la tesis de los estudiosos, puesto que no disminuye sino que aumenta el gasto social, a diferencia de las anteriores ocasiones en que no aumentó ni disminuyó, por la sencilla razón de que no existía. Samuelson quizás no lo sabía, pero ahora lo sabemos y el Kiel Institut lo confirma: la mantequilla es estratégica. Hoy el gasto en seguridad desborda el gasto militar. La debilidad de la red ferroviaria o las insuficiencias de la sanidad pública son carencias estratégicas. Necesitamos cañones y mantequilla, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos.

 

Ruinas del orden internacional destruido por Trump ,.,, 5.4.26                              

El desmantelamiento del edificio global impulsado por EE UU tiene consecuencias imprevisibles tanto en Oriente Próximo como en Europa

Trump, reunido en el Despacho Oval con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en octubre pasado. CONTACTO / Europa Press

Es pronto para hacerse una idea completa del paisaje de ruinas, especialmente devastador en Oriente Próximo. La guerra es siempre un terrible agente transformador. Nadie que se involucre en ella sale intacto. Ni siquiera quienes pretenden mirar los toros desde la barrera. Y todavía no ha terminado la demolición, acelerada por la violencia tecnológica y la vanidosa ineptitud del comandante en jefe.

Muchas columnas del edificio internacional están agrietándose. La más visible estos días es la OTAN, la alianza defensiva más exitosa de la historia, según sus dirigentes. Nunca ha ocultado Trump sus intenciones liquidacionistas, avanzadas ya en su primera presidencia, pero las está desplegando descaradamente en la segunda. No hay aliados ni socios en pie de igualdad para el actual presidente, sino vasallos que deben someterse y pagar las gabelas que exija la superpotencia, o en caso contrario quedarse sin la Alianza.

Su primer y mayor disputa tiene su origen en su concepción mercantilista y feudal de las alianzas, con las que el señor protege a los siervos a cambio de sus contribuciones en hombres armados o en financiación de su erario. Trump ha exigido a los socios un incremento en el gasto de defensa hasta alcanzar el 5% del PIB para disminuir la contribución de su país, obtener contratos para los fabricantes de armas estadounidenses y desentenderse de la guerra de Ucrania. En ningún caso para que Europa adquiera mayor autonomía estratégica.

Con la guerra de Irán, la OTAN ha sufrido una nueva embestida de Trump, despechado por la negativa de sus aliados a participar o al menos apoyarle políticamente. La Casa Blanca ni siquiera les informó antes de empezar las hostilidades, en línea con el ninguneo sistemático que han sufrido las instituciones europeas hasta su expulsión efectiva de Oriente Próximo, al igual que ha sucedido con Naciones Unidas. Trump pretendía que la OTAN se comprometiera en la apertura de Ormuz al tráfico marítimo, después de que fuera su guerra unilateral de agresión la que provocara el bloqueo, ignorando el carácter exclusivamente defensivo de una alianza en la que los socios no tienen la obligación de verse arrastrados a una contienda iniciada por uno de ellos.

Cada uno de los pasos de Trump en su segundo mandato ha devaluado el artículo 5 del Tratado Atlántico sobre el deber de solidaridad cuando alguno de los socios es atacado. Ya sucedió con los propósitos anexionistas respecto a Groenlandia, una amenaza del socio mayor, que es Estados Unidos, al socio menor, que es Dinamarca. Y sucede ahora con las declaraciones despreciativas contra la Alianza, para regocijo de Rusia, China y las extremas izquierdas antiatlantistas. El daño a la credibilidad atlántica es difícilmente reparable y puede tener consecuencias en la seguridad europea, especialmente en el flanco oriental, pero Trump no puede abandonar la OTAN con la simple firma de un decreto presidencial, sino que necesita la aprobación de dos tercios del Senado o una decisión legislativa del Congreso.

Esto no significa que su ofensiva contra la Alianza vaya a quedar solo en palabras. La fórmula más probable para satisfacer su resentimiento tiene nombre y ha sido desarrollada por el trumpismo. Es la OTAN durmiente o congelada, con una estructura reducida, puertas cerradas a nuevos socios, sin activismo político ni actuaciones fuera de área: paradójicamente, lo que ahora Trump le pide para abrir el estrecho de Ormuz. Cada país se concentrará en su propia defensa, y Estados Unidos se desentenderá de la defensa convencional. Su paraguas nuclear seguirá protegiendo a Europa sobre el papel, pero en los hechos será limitada o acaso nula la credibilidad de tal cobertura mientras esté en manos de la Casa Blanca trumpista. No es casualidad que la congelación, que excluye nuevas ampliaciones, cumpla con una de las exigencias de Putin para alcanzar la paz en Ucrania.

Otras piezas sobresalen en el campo de ruinas, la mayor de todas, la propia presidencia de Estados Unidos, atrapada en un endiablado dilema entre una invasión masiva y prolongada de Irán, de consecuencias económicas devastadoras, y una salida súbita que no podrá maquillarse como victoria. La agresión también se ha llevado por delante el viejo pacto estratégico, cerrado en 1945 entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey saudí Abdelaziz Bin Saud, que garantizaba la seguridad estadounidense a los árabes y el petróleo árabe a Estados Unidos. Washington ya no necesita el petróleo árabe, mientras que las bases estadounidenses en los países del Golfo atraen los ataques iraníes en vez de servir de protección. Similar degradación ha sufrido la fórmula paz por territorios con la que se ha intentado resolver el conflicto entre israelíes y palestinos desde 1967. Ahora Israel no quiere paz, sino más guerra, ni quiere ceder territorios, sino ampliar los que tiene, siempre gracias a la benevolencia de Trump. La demolición sigue. Crece el campo de ruinas.

 

 

Trump sacude el árbol, Putin recoge las nueces ,,, 29.3.26

A corto plazo, el principal beneficiado de la guerra en Irán es el Kremlin

Putin entregaba el viernes en el Kremlin el estandarte presidencial al jefe de la Guardia Nacional rusa, Víktor Zolotov, en la gala conmemorativa del Día de dicha unidad.Sergey Bobylev (AP)

Nadie puede saber quién va a ganar esta guerra, ni siquiera si finalmente habrá ganadores. Son mayoría los expertos que dan a China por vencedora estratégica de un conflicto que fácilmente puede dañar a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales los demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desplazando los recursos militares asignados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.

Israel es un caso aparte, en el que hay que distinguir los intereses de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, de los de sus ministros ultraderechistas y de los de Israel. El ejército israelí está encadenando una victoria militar detrás de otra, aunque no es seguro que luego se traduzcan en victorias políticas. Netanyahu ha cumplido su sueño guerrero de atacar directamente a Irán, perseguido obsesivamente desde hace 40 años, hundiendo de paso cualquier idea de Estado palestino. Ha entregado a la extrema derecha un mapa de Oriente Próximo de aires imperiales, que permite a los más fanáticos, como el embajador de Estados Unidos, Mike Huckabee, predicar el delirio bíblico de un Gran Israel que se extienda desde el Nilo hasta el Éufrates. La derrota política entera es para el Israel pluralista y democrático, de fronteras estables y reconocidas por todos, capaz de reconciliarse y hacer la paz con sus vecinos palestinos.

Las rentas de la guerra son sustanciosas e inmediatas para Putin. Las vacías arcas de la Federación Rusa han recibido una inyección inesperada gracias al incremento de los precios del crudo y de los fertilizantes y al levantamiento parcial de las sanciones y de los aranceles sobre el comercio energético, decidido por Trump para calmar los mercados. Aunque el alivio financiero tardará en tener efecto en el campo de batalla, Putin contará muy pronto con la ventaja proporcionada por el desplazamiento por parte de Estados Unidos de armamento y munición desde todos los puntos del planeta hacia Oriente Próximo. Ya ha sucedido con los sistemas de defensa aérea Patriot y THAAD, fundamentales para enfrentarse a los ataques cada vez más intensos de Rusia con drones y misiles, pero irá a más en el futuro a la vista del agotamiento de los arsenales como resultado de su uso masivo contra Irán y de la lentitud de su producción industrial. Estados Unidos ya ha gastado en un solo mes la munición que Ucrania necesita durante dos años para interceptar los ataques rusos.

Putin espera recoger también rentas políticas como resultado del alejamiento imparable de la Casa Blanca respecto de la OTAN y sus aliados europeos por su negativa a participar en la guerra de Irán. Trump ha señalado que si no es la guerra de los europeos, tal como han declarado varios dirigentes de la UE y de los países socios, tampoco la de Ucrania es la guerra de Estados Unidos. El incremento de la tensión atlántica apunta a un eventual e infame cambio de cromos entre Putin y Trump para dejar sin inteligencia militar e incluso sin armamento a Irán y a Ucrania, una situación altamente comprometida para los europeos que podría dejar en la estancada a Ucrania y sellar definitivamente el futuro de la OTAN.

Zelenski ya ha expresado su resquemor por los constantes aplazamientos de las negociaciones de paz, que atribuye a la concentración exigida por la guerra de Irán y a la disminución de la atención mediática y diplomática sobre Ucrania. Según el presidente ucranio, crece la presión de Trump para que ceda Donbás entero, incluyendo la parte que Rusia no ha ocupado, si pretende obtener las garantías sólidas que exige un rápido acuerdo de paz, tal como lo desea la Casa Blanca para no distraerse de su dedicación a Oriente Próximo.

Con el cambio de régimen en Irán que esperaba la Casa Blanca en los primeros días de la guerra, Putin se habría quedado sin un aliado y socio industrial en la fabricación de drones y comercial en energía, y Zelenski lo habría celebrado como una excelente noticia. Cuanto más se alargue la guerra, en cambio, más sufrirá Ucrania por la desviación de recursos militares y financieros, la merma de atención política y el reforzamiento del eje balístico alrededor de Rusia e Irán, con participación de Corea del Norte y de China. Nada sería peor para Ucrania que verse obligada a ceder en malas condiciones a las exigencias de Putin y de Trump al alimón, convertida en la primera y prematura derrotada de una larga guerra en la que no participa ningún país europeo. 

 

Aforismos para un tiempo sin tiempo ,,, 5.4.26

El nuevo libro de Valentí Puig está entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”

El periodista y escritor Valentí Puig, en una imagen de archivo.Albert Garcia

Este no es un manjar para apresurados. No es el teléfono móvil el lugar donde saborearlo, con el riesgo de atropellar a un invidente, como uno de tantos zombis que andan sin mirar por dónde pisan, atentos solo a las dichosas pantallitas. Su concisión podría adaptarse perfectamente a los caracteres contados que exigía el difunto Twitter, pero pocos influencers, quizás ninguno, podrían responder con el brío y la inteligencia necesaria a la sobria y sabia contundencia de los aforismos que contiene ese libro, dirigido a quien quiera leerlos, a los felices pocos que tengan la fortuna de abrirlo y disfrutarlo, tal como dice el último y definitivo: “La literatura es una transacción de particular a particular”.

Su concisión no es de nuestra época digital, sino de la sabiduría de siempre, que viene de muy antiguo y aspira naturalmente a sostenerse en el futuro. No brota de la nada, como sucede con todo lo que existe, sino de una obra abundante, inspirada y multifacética: poética, narrativa, periodística, memorialística y crítica, escrita en catalán y en castellano, extraña para el punto y el momento del mundo instantáneo, sin pasado ni futuro, cada vez más ajeno a la lectura y al pensamiento: “Pueblos que no leen periódicos porque lo saben todo; gentes que ni leen ni saben nada”.

Este tipo de escritura es muy característica de Azar y costumbre (Athenaica Ediciones), el libro recién salido del horno de Valentí Puig. Basta con bucear en su abundante obra publicada , y especialmente sus brillantes dietarios, para avistar ejemplares similares como quien identifica una medusa o una raya entre las rocas de la costa. Aunque saldrían varios libros como este de tal ejercicio, y alguien lo hará si no lo hace el propio autor, este ha sido escrito de una tirada en 2024 según nos dice la presentación, enteramente entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”, que es en literatura lo más parecido a la joyería.

Cada una de las piezas habla y vale por sí sola, pero juntas, en el orden secreto que ha establecido su autor, componen el fresco crítico de un tiempo, el nuestro, en el que se diría abolido el tiempo mismo gracias a la irritación febril del individuo enfrentado al instante, tan ignorante del pasado como desinteresado por el futuro. Unos pocos ejemplares, espigados al azar, bastan para atisbar el calibre mayor de un material solo aparentemente menor y comprobar que el escritor dispara y acierta en todas direcciones.

De un lado: “Los estragos del nuevo siglo van prohijando reaccionarios silenciosos que acaban votando a sucesivos esperpentos”. Del otro: “Cualquier día estamos a tiempo para inventar un sistema más injusto y criminal que el soviético”. Para nuestros padres de la patria caídos o extraviados: “El sino de los estadistas es ser enterrados antes de morir”. Y para el emperador, naturalmente: “Políticos de vanidad tan violenta que declaran guerras y hunden naciones por no perder la coloratura del pavo real”.

 

 

 


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