Ninguno
de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o
las naciones que las albergan en caso de ser atacadas La guerra es el motor sanguinario de la historia.
En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en
marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas
recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se
cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y
aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus
habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.
Misiles, bombas y drones han caído sobre distintas
ciudades de Oriente Próximo y caen todavía sobre Tiro, Sidón o Beirut,
más vulnerables cuanto menos medios defensivos tiene el Estado que
debiera protegerlas. Solo ruinas quedan de Gaza,
la capital de la Franja sistemáticamente molida a bombazos por Israel.
No tenía Estado que la protegiera, sino todo lo contrario: contaba con
un Estado exterior enemigo y estaba, está todavía, controlada por una
guerrilla terrorista agazapada entre su población. Idéntico destino
quieren para la capital de Líbano los ministros de la extrema derecha
racista y totalitaria que se sientan en el gobierno de Netanyahu. A
quienes habitamos en ciudades centenarias e incluso milenarias nos
falta imaginación histórica para representarnos una circunstancia en la
que las calles, edificios y monumentos que hemos conocido se conviertan en escombros.
Seguro que tal ejercicio mental no es tan difícil a los habitantes de
las metrópolis que han surgido en un abrir y cerrar de ojos en mitad del
desierto o donde antes solo había una aldea de pescadores. “La
guerra nos recuerda que ninguna ciudad, por muy dinámica y glamurosa
que sea, puede escapar de las fuerzas de la historia y la geografía”, ha
escrito Richard Florida,
economista reconocido por cifrar en el dinamismo de las ciudades su
capacidad para atraer el talento creativo global. “¿Cualquier
perturbación grave —un huracán, un incendio forestal, una pandemia, un
atentado terrorista, una revuelta popular, un cambio repentino en la
legislación fiscal— puede llevar a quienes trabajan de forma remota y a
quienes no tienen pareja a buscar refugio en un lugar más seguro”, ha
escrito en el New York Times (Could This Be the End of Dubai?, 16 de marzo de 2026). Barcelona
es para Florida un ejemplo de las ciudades más atractivas para esta
clase mundial creativa, mientras que ciudades como Dubai, Abu Dabi, Doha
o Ryad, que han emulado con sus rascacielos y su opulencia a las
ciudades más dinámicas del mundo, albergan el penoso modelo de la ciudad
efímera, nacida de la nada en especiales y cambiantes circunstancias
económicas y geopolíticas. Su reflexión puede extrapolarse sobre los
mismos países donde han crecido, gobernados autoritariamente por una
aristocracia del petróleo que solo reconoce los limitados derechos de
ciudadanía propios de una autocracia a una pequeña fracción de la
población nativa. Estas metrópolis efímeras no son
ciudades de ciudadanos, como no son naciones los territorios que las
albergan. Ninguno de sus habitantes podría pensar en defenderlas en caso
de ser atacadas. Al contrario, en cuanto soplan vientos de guerra
empieza la desbandada. Si no callan las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses Treguas
frágiles, temporales e incluso contradictorias, en vez de un alto el
fuego generalizado y luego la paz que merece la región. Romper treguas es un antiguo y salvaje deporte que todos practican allí donde una forma u otra de guerra persiste desde hace al menos cien años. Pese a su precariedad, su inicio es un momento de alegría y esperanza que
explota en las calles y apenas empaña la obstinación de quienes la
consideran compatibles con su derecho a seguir bombardeando, demoliendo
viviendas y ocupando territorios ajenos, como hace Israel, o lanzando
misiles contra el país vecino, como Hezbolá. Treguas así
son un milagro si se sostienen. La declarada entre Irán y Estados
Unidos, sin intercambio de misiles sobre los cielos del Golfo hasta el
22 de abril, coincidirá durante unos días con la del Líbano,
sin hostilidades oficialmente reconocidas hasta el 26 del mismo mes. Si
no callan de verdad las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán
proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses,
dispuestos de nuevo a negociar bajo patrocinio paquistaní, tras las 21 horas en las que se sentaron frente a frente sin resultados los pasados 11 y 12 de este mes. Trump
sigue buscando el premio Nobel con los dos acuerdos de paz que quiere
anotarse en su haber, el octavo y el noveno según sus fantasiosas
cuentas. Son mérito suyo ambas pausas, impuestas en justo castigo a
Netanyahu por el engaño sufrido con los ambiciosos planes de la fácil
victoria que le vendió en la Casa Blanca. Iban juntos a derrocar al
régimen e incluso a sustituirlo por otro pro occidental, encabezado por Reza Pahlevi, el heredero del emperador derrocado en 1979.
El primer ministro israelí arriesgó mucho, perdió la apuesta y ahora
hace caso omiso a las exigencias trumpistas. Necesita las guerras sin
fin para llegar a las elecciones de octubre como el caudillo que condujo
a Israel a su mayor expansión territorial desde 1967, con el botín de
los territorios sustraídos a Gaza, Libano y Siria a disposición de la colonización ilegal al igual que sucede en Cisjordania. Estas
treguas señalan los límites de la fuerza militar. Una coalición de los
mejores ejércitos ha fracasado en su intento de derribar al régimen
iraní desde el aire y ahora debe disfrazar su derrota, que no es militar
sino política. Con una negociación apresurada quiere resolver los
contenciosos que nadie ha podido abordar desde 1979, en el caso de Irán,
y desde 1948, en el de el Líbano. Israel no tiene relaciones
diplomáticas con ninguno de los dos países y las condiciones para
alcanzar la paz regional son las más difíciles de toda la historia, con
el Líbano e Irán postrados todavía por el balance de muerte, destrucción y desplazamientos de población que arroja la actual guerra, ahora en pausa. Los
instrumentos de negociación trumpistas, como los diez mandamientos, se
resumen en dos: coerción militar y negocios. Es decir, confianza en la
fuerza y en la codicia y desprecio hacia las instituciones
internacionales, el consenso y el diálogo. Trump y Netanyahu cumplen con
sobradamente la vieja sentencia latina que aconseja a quien quiera la
paz que se prepare para la guerra. La sentencia que les correspondería
convierte las armas en panacea en vez de necesidad: si quieres paz nunca
dejes de guerrear. Es la paz por la fuerza, que sienta al enemigo a
negociar bajo amenaza y da plazos perentorios sin que cesen los combates
o al menos el cerco y el ahogo económicos, instrumentos clásicos que
acompañan a todas las guerras. Teherán y Washington van a parlamentar por segunda vez y
es de esperar que nadie se levante de la mesa de malas maneras. Que al
menos prolonguen la tregua en vez de desenfundar las armas
inmediatamente, como amenaza la Casa Blanca y quisiera Netanyahu. No
bastarán cuatro días de discusiones para resolver el control sobre
Ormuz, que unos abren al tráfico marítimo cuando los otros lo cierran.
Ni tampoco para asegurar que Irán jamás tendrá el arma nuclear. A pesar
de la falsa euforia victoriosa exhibida por Trump, nadie atisba ni una
rendija de luz para una salida pacífica y pactada sobre tan espinosos
contenciosos. Si la negociación tropieza y Netanyahu se
hace de nuevo con la iniciativa que Trump le ha quitado, es fácil
vislumbrar el pantano en el que seguirá hundiéndose la región entera,
incluyendo Irán. Es el viejo y trágico pantano de su historia. Llamarán
paz a la continuación de la guerra, que seguirá más o menos atenuada o
sincopada, acumulando como siempre muerte y destrucción en el territorio
gris que Israel tan bien conoce. Trump intentará quizás salvar las apariencias, acogido
una vez más a su larga experiencia en la fabricación de noticias falsas
y realidades alternativas. Pero esta vez parece que no le creerán ni
los suyos. Ninguno de los dos mandatarios tiene capacidad o interés en asegurar un alto el fuego permanente en Orienete Próximo Un presidente caótico, comandante en jefe de una guerra caótica, difícilmente puede convertirse en artífice de un alto el fuego que no sea caótico
y no conduzca de nuevo a la guerra en vez de a la necesaria paz.
Tampoco se puede esperar que sea un primer ministro belicista, adalid de
la guerra contra Irán desde hace décadas y belicoso susurrador al oído
presidencial para arrastrarle a combatir, quien favorezca el silencio de las armas. Con mayor razón cuando las posiciones de partida son radicalmente incompatibles y no hay ni asomo de confianza entre las partes, tras dos sucesivas negociaciones interrumpidas por la guerra y el asesinato de los dirigentes de una de ellas. Trump
no tiene ni siquiera las herramientas para acordar un alto el fuego
sostenible. No hay un acuerdo preliminar sobre su contenido exacto y el
momento en que debe empezar, puesto que Ormuz sigue bloqueado y los misiles israelíes siguen cayendo sobre Líbano,
cuando se suponía que la negociación iba a empezar una vez cumplidas
las dos condiciones inicialmente aceptadas por Trump. Para abordar tan
compleja tarea, ha destacado a su vicepresidente, J. D. Vance, a pesar
de su limitada experiencia en relaciones internacionales, acompañado por
la habitual y desprestigiada pareja de diplomáticos aficionados formada
por su yerno, Jared Kushner, y su colega del golf y de los negocios Steve Witkoff.
En tan crítica negociación no contará tampoco con el instrumento
privilegiado en la acción exterior que antaño fue la palabra
presidencial, pues la suya está ahora totalmente devaluada. Perdió toda
credibilidad durante su primera presidencia por el torrente de mentiras
proferidas, pero ha llegado a hundirse en el descrédito en la segunda
gracias a sus soeces y atroces amenazas en vísperas de anunciar el alto el fuego y a su alud de declaraciones contradictorias, erróneas y confusas. A
Trump le ha bastado la exhibición de su aplastante fuerza militar y la
colección de cabezas enemigas cobradas en la cacería para darse por
satisfecho con los objetivos alcanzados, avalado por la recuperación de
las Bolsas y la moderada caída del precio del petróleo. Aunque mantiene
un cierto nivel de amenaza militar ante las mediocres perspectivas de la
negociación en Islamabad, su apetito bélico va decayendo cuanto más se
acercan las elecciones de mitad de mandato. Ya no están en su cabeza los
bombardeos masivos ni el desembarco de fuerzas especiales
en territorio iraní para encontrar los ocultos 400 kilos en uranio
enriquecido que quedan del programa nuclear o asegurar el tráfico
marítimo. Si el apresamiento del material radioactivo ha
desaparecido de la negociación, abrir Ormuz es la condición
imprescindible, aunque no suficiente, para dar la guerra por terminada,
salvar la dañada economía del Golfo y evitar la recesión mundial.
Tratándose de una operación de enorme dificultad, Trump se mostró
inicialmente dispuesto a participar con los iraníes en su apertura a la
navegación previo cobro de peaje,
sin importarle la vulneración de la legislación marítima internacional.
Y si no es posible, como se deduce de su inmediata rectificación, habrá
que cargar los gastos en la cuenta de los emiratos petroleros mediante
algún tipo de compensación política a Teherán. Trump
tiene soluciones para todo: para Ormuz ideó su apertura por la fuerza,
pero tenían que ser otros quienes pusieran buques, armas y tropas, la OTAN por ejemplo.
No iba a mandar a los soldados estadounidenses a instalarse en las
costas de Irán, incumpliendo la solitaria promesa programática que
todavía mantiene de abandonar cualquier idea de guerra larga o de
ocupación permanente. Así es como ha convertido a los aliados de Estados
Unidos que no han secundado sus descabellados planes belicistas en el chivo expiatorio de su inocultable fracaso. No
se atreverá en cambio con Netanyahu, que le incitó a lanzarse al
asesinato de la cúpula del régimen iraní, e incluso a su derrocamiento,
en una agresiva sesión de venta del producto en la Casa Blanca el 7 de febrero, conocida en sus más inquietantes detalles por una brillante narración de dos periodistas de The New York Times. El primer ministro israelí comparte con Trump tanto los espectaculares éxitos militares como la humillante derrota política que permite la supervivencia del régimen teocrático, pero está en su mano el sabotaje del alto el fuego mediante su guerra contra Hezbolá y sus propósitos anexionistas de territorio libanés. Alrededor
de la guerra de Líbano se está jugando la primera manga de la reunión
de Islamabad, propiamente antes de sentarse en la mesa de negociación.
Si Netanyahu sigue bombardeando Líbano,
y Teherán a su vez no abre Ormuz por falta de un alto el fuego
generalizado, los esfuerzos de paz pueden irse por el desagüe. Al final,
el desenlace de todas las guerras depende de quién tiene más voluntad guerrera, no tan solo de quién tiene más fuerza. Y esto está todavía por dilucidar. Necesitamos incrementar el gasto militar sin que eso afecte al gasto social, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos Ha vuelto a la actualidad, por desgracia, la pregunta famosa de Paul Samuelson, recién terminada la Segunda Guerra Mundial:
“¿Dónde debemos invertir los recursos, en cañones o en mantequilla?”.
Está clara la respuesta del presidente español, Pedro Sánchez: tantos
cañones como sea necesario, pero que la mantequilla no falte. El
incremento del gasto militar al que se ha comprometido su gobierno no
debe afectar al gasto social. Parece que pocos le creen.
Desde la derecha, con la fruición sádica de los aficionados al dolor
social, y desde la izquierda, con un pacifismo más o menos ingenuo, son
muchos los convencidos de la fatalidad de la ecuación: cuanto más
invirtamos en defendernos ante un mundo cada vez más peligroso, menos
podremos invertir en el bienestar de todos, y viceversa. Los tiempos polarizadores exigen la rotundidad del juego de suma cero. Al final se nos quiere obligar a elegir entre la autonomía estratégica de Europa
que nos lleva al belicismo o la Europa social que nos deja desarmados y
conduce a entregarnos a voluntades ajenas, probablemente la de Putin,
que es quien nos tiene más a mano. En Cataluña también hay una porción
de la ciudadanía, mayoritariamente conservadora y rácana con la
mantequilla, a la que no le importa que el gasto en cañones aumente, con
tal que se fabriquen aquí, con trabajadores de aquí y que sean
empresarios de aquí quienes reciban las inversiones y ayudas europeas. No
son de aquí, en cambio, ni destacan por ser de derechas o de
izquierdas, quienes han dado la respuesta más interesante a la pregunta,
sino dos estudiosos alemanes del Kiel Institut for the World Economy,
en un detallado trabajo sobre el gasto militar de 20 países europeos
desde 1870 hasta la fecha (Johannes Marzian y Christoph Trebesch. Guns and Butter. The fiscal consequences of Rearmement and War.
Diciembre de 2025). Según nos cuentan, en un siglo y medio largo ha
habido en Europa 114 episodios de auténtica expansión en el gasto
militar, financiados con endeudamiento y aumento de la presión fiscal,
pero con pocas evidencias de que haya sido en detrimento del Estado
social. En nuestro caso, habiéndonos ahorrado dos guerras
europeas, el estudio menciona cinco momentos de fuerte incremento del
presupuesto militar: la tercera guerra carlista, las dos guerras del Rif
(la de 1909 y la de 1921), la posguerra civil y la adaptación militar al ingreso en la OTAN durante la transición,
cuando por primera y única vez se cumple la tesis de los estudiosos,
puesto que no disminuye sino que aumenta el gasto social, a diferencia
de las anteriores ocasiones en que no aumentó ni disminuyó, por la
sencilla razón de que no existía. Samuelson quizás no lo sabía, pero
ahora lo sabemos y el Kiel Institut lo confirma: la mantequilla es
estratégica. Hoy el gasto en seguridad desborda el gasto militar. La
debilidad de la red ferroviaria o las insuficiencias de la sanidad
pública son carencias estratégicas. Necesitamos cañones y mantequilla,
aunque nos endeudemos y subamos los impuestos. El
desmantelamiento del edificio global impulsado por EE UU tiene
consecuencias imprevisibles tanto en Oriente Próximo como en Europa Es pronto para hacerse una idea completa del paisaje de ruinas, especialmente devastador en Oriente Próximo. La guerra es siempre un terrible agente transformador.
Nadie que se involucre en ella sale intacto. Ni siquiera quienes
pretenden mirar los toros desde la barrera. Y todavía no ha terminado la
demolición, acelerada por la violencia tecnológica y la vanidosa ineptitud del comandante en jefe. Muchas
columnas del edificio internacional están agrietándose. La más visible
estos días es la OTAN, la alianza defensiva más exitosa de la historia,
según sus dirigentes. Nunca ha ocultado Trump sus intenciones
liquidacionistas, avanzadas ya en su primera presidencia, pero las está desplegando descaradamente en la segunda.
No hay aliados ni socios en pie de igualdad para el actual presidente,
sino vasallos que deben someterse y pagar las gabelas que exija la
superpotencia, o en caso contrario quedarse sin la Alianza. Su
primer y mayor disputa tiene su origen en su concepción mercantilista y
feudal de las alianzas, con las que el señor protege a los siervos a
cambio de sus contribuciones en hombres armados o en financiación de su
erario. Trump ha exigido a los socios un incremento en el gasto de defensa hasta alcanzar el 5% del PIB
para disminuir la contribución de su país, obtener contratos para los
fabricantes de armas estadounidenses y desentenderse de la guerra de
Ucrania. En ningún caso para que Europa adquiera mayor autonomía
estratégica. Con la guerra de Irán, la OTAN ha sufrido una nueva embestida de Trump, despechado por la negativa de sus aliados a participar o al menos apoyarle políticamente.
La Casa Blanca ni siquiera les informó antes de empezar las
hostilidades, en línea con el ninguneo sistemático que han sufrido las
instituciones europeas hasta su expulsión efectiva de Oriente Próximo,
al igual que ha sucedido con Naciones Unidas. Trump pretendía que la
OTAN se comprometiera en la apertura de Ormuz al tráfico marítimo,
después de que fuera su guerra unilateral de agresión
la que provocara el bloqueo, ignorando el carácter exclusivamente
defensivo de una alianza en la que los socios no tienen la obligación de
verse arrastrados a una contienda iniciada por uno de ellos. Cada
uno de los pasos de Trump en su segundo mandato ha devaluado el
artículo 5 del Tratado Atlántico sobre el deber de solidaridad cuando
alguno de los socios es atacado. Ya sucedió con los propósitos anexionistas respecto a Groenlandia,
una amenaza del socio mayor, que es Estados Unidos, al socio menor, que
es Dinamarca. Y sucede ahora con las declaraciones despreciativas
contra la Alianza, para regocijo de Rusia,
China y las extremas izquierdas antiatlantistas. El daño a la
credibilidad atlántica es difícilmente reparable y puede tener
consecuencias en la seguridad europea, especialmente en el flanco
oriental, pero Trump no puede abandonar la OTAN con la simple firma de
un decreto presidencial, sino que necesita la aprobación de dos tercios
del Senado o una decisión legislativa del Congreso. Esto
no significa que su ofensiva contra la Alianza vaya a quedar solo en
palabras. La fórmula más probable para satisfacer su resentimiento tiene
nombre y ha sido desarrollada por el trumpismo. Es la OTAN durmiente o congelada, con
una estructura reducida, puertas cerradas a nuevos socios, sin
activismo político ni actuaciones fuera de área: paradójicamente, lo que
ahora Trump le pide para abrir el estrecho de Ormuz. Cada país se
concentrará en su propia defensa, y Estados Unidos se desentenderá de la
defensa convencional. Su paraguas nuclear seguirá protegiendo a Europa
sobre el papel, pero en los hechos será limitada o acaso nula la
credibilidad de tal cobertura mientras esté en manos de la Casa Blanca
trumpista. No es casualidad que la congelación, que excluye nuevas ampliaciones, cumpla con una de las exigencias de Putin para alcanzar la paz en Ucrania. Otras
piezas sobresalen en el campo de ruinas, la mayor de todas, la propia
presidencia de Estados Unidos, atrapada en un endiablado dilema entre
una invasión masiva y prolongada de Irán, de consecuencias económicas
devastadoras, y una salida súbita que no podrá maquillarse como victoria.
La agresión también se ha llevado por delante el viejo pacto
estratégico, cerrado en 1945 entre el presidente Franklin D. Roosevelt y
el rey saudí Abdelaziz Bin Saud, que garantizaba la seguridad
estadounidense a los árabes y el petróleo árabe a Estados Unidos.
Washington ya no necesita el petróleo árabe, mientras que las bases
estadounidenses en los países del Golfo atraen los ataques iraníes en
vez de servir de protección. Similar degradación ha sufrido la fórmula paz por territorios con
la que se ha intentado resolver el conflicto entre israelíes y
palestinos desde 1967. Ahora Israel no quiere paz, sino más guerra, ni
quiere ceder territorios, sino ampliar los que tiene, siempre gracias a
la benevolencia de Trump. La demolición sigue. Crece el campo de ruinas. A corto plazo, el principal beneficiado de la guerra en Irán es el Kremlin Ciudades efímeras ,,, 20.4.26

Llamadle paz aunque siga siendo guerra ,,, 20.4.26

Entre el caos de Trump y el sabotaje de Netanyahu ,,,


Cañones y mantequilla ---


Ruinas del orden internacional destruido por Trump ,.,, 5.4.26

Trump sacude el árbol, Putin recoge las nueces ,,, 29.3.26

Nadie puede saber quién va a ganar esta guerra, ni siquiera si finalmente habrá ganadores. Son mayoría los expertos que dan a China por vencedora estratégica de un conflicto que fácilmente puede dañar a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales los demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desplazando los recursos militares asignados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.
Israel es un caso aparte, en el que hay que distinguir los intereses de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, de los de sus ministros ultraderechistas y de los de Israel. El ejército israelí está encadenando una victoria militar detrás de otra, aunque no es seguro que luego se traduzcan en victorias políticas. Netanyahu ha cumplido su sueño guerrero de atacar directamente a Irán, perseguido obsesivamente desde hace 40 años, hundiendo de paso cualquier idea de Estado palestino. Ha entregado a la extrema derecha un mapa de Oriente Próximo de aires imperiales, que permite a los más fanáticos, como el embajador de Estados Unidos, Mike Huckabee, predicar el delirio bíblico de un Gran Israel que se extienda desde el Nilo hasta el Éufrates. La derrota política entera es para el Israel pluralista y democrático, de fronteras estables y reconocidas por todos, capaz de reconciliarse y hacer la paz con sus vecinos palestinos.
Las rentas de la guerra son sustanciosas e inmediatas para Putin. Las vacías arcas de la Federación Rusa han recibido una inyección inesperada gracias al incremento de los precios del crudo y de los fertilizantes y al levantamiento parcial de las sanciones y de los aranceles sobre el comercio energético, decidido por Trump para calmar los mercados. Aunque el alivio financiero tardará en tener efecto en el campo de batalla, Putin contará muy pronto con la ventaja proporcionada por el desplazamiento por parte de Estados Unidos de armamento y munición desde todos los puntos del planeta hacia Oriente Próximo. Ya ha sucedido con los sistemas de defensa aérea Patriot y THAAD, fundamentales para enfrentarse a los ataques cada vez más intensos de Rusia con drones y misiles, pero irá a más en el futuro a la vista del agotamiento de los arsenales como resultado de su uso masivo contra Irán y de la lentitud de su producción industrial. Estados Unidos ya ha gastado en un solo mes la munición que Ucrania necesita durante dos años para interceptar los ataques rusos.
Putin espera recoger también rentas políticas como resultado del alejamiento imparable de la Casa Blanca respecto de la OTAN y sus aliados europeos por su negativa a participar en la guerra de Irán. Trump ha señalado que si no es la guerra de los europeos, tal como han declarado varios dirigentes de la UE y de los países socios, tampoco la de Ucrania es la guerra de Estados Unidos. El incremento de la tensión atlántica apunta a un eventual e infame cambio de cromos entre Putin y Trump para dejar sin inteligencia militar e incluso sin armamento a Irán y a Ucrania, una situación altamente comprometida para los europeos que podría dejar en la estancada a Ucrania y sellar definitivamente el futuro de la OTAN.
Zelenski ya ha expresado su resquemor por los constantes aplazamientos de las negociaciones de paz, que atribuye a la concentración exigida por la guerra de Irán y a la disminución de la atención mediática y diplomática sobre Ucrania. Según el presidente ucranio, crece la presión de Trump para que ceda Donbás entero, incluyendo la parte que Rusia no ha ocupado, si pretende obtener las garantías sólidas que exige un rápido acuerdo de paz, tal como lo desea la Casa Blanca para no distraerse de su dedicación a Oriente Próximo.
Con el cambio de régimen en Irán que esperaba la Casa Blanca en los primeros días de la guerra, Putin se habría quedado sin un aliado y socio industrial en la fabricación de drones y comercial en energía, y Zelenski lo habría celebrado como una excelente noticia. Cuanto más se alargue la guerra, en cambio, más sufrirá Ucrania por la desviación de recursos militares y financieros, la merma de atención política y el reforzamiento del eje balístico alrededor de Rusia e Irán, con participación de Corea del Norte y de China. Nada sería peor para Ucrania que verse obligada a ceder en malas condiciones a las exigencias de Putin y de Trump al alimón, convertida en la primera y prematura derrotada de una larga guerra en la que no participa ningún país europeo.
Aforismos para un tiempo sin tiempo ,,, 5.4.26
El nuevo libro de Valentí Puig está entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”

Este no es un manjar para apresurados. No es el teléfono móvil el lugar donde saborearlo, con el riesgo de atropellar a un invidente, como uno de tantos zombis que andan sin mirar por dónde pisan, atentos solo a las dichosas pantallitas. Su concisión podría adaptarse perfectamente a los caracteres contados que exigía el difunto Twitter, pero pocos influencers, quizás ninguno, podrían responder con el brío y la inteligencia necesaria a la sobria y sabia contundencia de los aforismos que contiene ese libro, dirigido a quien quiera leerlos, a los felices pocos que tengan la fortuna de abrirlo y disfrutarlo, tal como dice el último y definitivo: “La literatura es una transacción de particular a particular”.
Su concisión no es de nuestra época digital, sino de la sabiduría de siempre, que viene de muy antiguo y aspira naturalmente a sostenerse en el futuro. No brota de la nada, como sucede con todo lo que existe, sino de una obra abundante, inspirada y multifacética: poética, narrativa, periodística, memorialística y crítica, escrita en catalán y en castellano, extraña para el punto y el momento del mundo instantáneo, sin pasado ni futuro, cada vez más ajeno a la lectura y al pensamiento: “Pueblos que no leen periódicos porque lo saben todo; gentes que ni leen ni saben nada”.
Este tipo de escritura es muy característica de Azar y costumbre (Athenaica Ediciones), el libro recién salido del horno de Valentí Puig. Basta con bucear en su abundante obra publicada , y especialmente sus brillantes dietarios, para avistar ejemplares similares como quien identifica una medusa o una raya entre las rocas de la costa. Aunque saldrían varios libros como este de tal ejercicio, y alguien lo hará si no lo hace el propio autor, este ha sido escrito de una tirada en 2024 según nos dice la presentación, enteramente entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”, que es en literatura lo más parecido a la joyería.
Cada una de las piezas habla y vale por sí sola, pero juntas, en el orden secreto que ha establecido su autor, componen el fresco crítico de un tiempo, el nuestro, en el que se diría abolido el tiempo mismo gracias a la irritación febril del individuo enfrentado al instante, tan ignorante del pasado como desinteresado por el futuro. Unos pocos ejemplares, espigados al azar, bastan para atisbar el calibre mayor de un material solo aparentemente menor y comprobar que el escritor dispara y acierta en todas direcciones.
De un lado: “Los estragos del nuevo siglo van prohijando reaccionarios silenciosos que acaban votando a sucesivos esperpentos”. Del otro: “Cualquier día estamos a tiempo para inventar un sistema más injusto y criminal que el soviético”. Para nuestros padres de la patria caídos o extraviados: “El sino de los estadistas es ser enterrados antes de morir”. Y para el emperador, naturalmente: “Políticos de vanidad tan violenta que declaran guerras y hunden naciones por no perder la coloratura del pavo real”.
0 comentarios:
Publicar un comentario