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ARMAGEDÓN Hastings 8.3 El repliegue alemán

viernes, 14 de agosto de 2026

 3. EL REPLIEGUE ALEMÁN
Desde los primeros días de la ofensiva de las Ardenas, el exaltado Patton instó
que se dejara a los Panzer llegar a París si ése era su deseo, convencido de que,
cuanto más avanzasen los alemanes en dirección oeste, menor sería el número
de los que regresaran con vida a su patria. « Mientras aguanten los dos “postes”
que la franquean —escribió Alan Brooke en su diario el 21 de diciembre—, habrá
esperanzas de aniquilar a un buen número de las ovejas que han atravesado la
puerta del redil, siempre que los estadounidenses estén a la altura» . La
superioridad estratégica de los aliados era abrumadora. Era obvio que, una vez
agotado el impulso de los alemanes, lo que había que hacer era atacar la base del
entrante y cortarles la retirada. Del 29 de diciembre en adelante, Von Manteuffel
y los demás adalides alemanes advirtieron con insistencia al OKW del peligro
que se cernía sobre unidades exhaustas y sin protección como las suy as. Con
todo, Eisenhower, Bradley y Montgomery no demostraron ningún entusiasmo
por explotar su victoria: se conformaron con seguir de cerca al enemigo mientras
se retiraba hacia levante, bombardeándolo desde el aire a cada paso y
destrozando así buena parte de sus carros de combate y otros vehículos, pero sin
hacer jamás serios intentos de impedir que huy ese del campo de batalla. Patton
fue el único que no se cansó de reclamar una acción más imaginativa con la que
envolver al debilitado adversario.
El espectacular avance hacia el norte protagonizado por el 3.er ejército hasta
llegar a Bastogne había llenado la primera plana de los diarios de Estados Unidos.
Hobart Gay, jefe del estado may or de Patton, reflexionó en la entrada de su
diario correspondiente al 1 de enero de 1945 sobre la ironía de que su superior se
hubiese visto alzado de nuevo a la categoría de héroe nacional, un año después de
haber sido destituido en calidad de comandante del 7.o ejército tras los
« abofeteamientos» de Sicilia: « Un mundo voluble el nuestro… Es un crimen
que los periodistas, y en especial los de no muy buena calidad, puedan permitirse
no sólo tratar de arruinar a un individuo, sino también reaccionar de manera tan
adversa ante el éxito de los empeños bélicos de una gran nación» .
La propuesta de atacar la base del entrante alemán planteada por Patton fue
rechazada. Gay estaba en lo cierto al asegurar que su jefe había vuelto a
convertirse en un héroe, pues el enérgico aparato de publicidad del 3.er ejército
se encargó de que se colmara de laureles a sus soldados por el avance que habían
llevado a término hacia el norte. Con todo, esta conmovedora historia, que
Estados Unidos oy ó con entusiasmo tras las humillaciones que había tenido que
soportar durante los primeros días, enmascaraba algunas verdades embarazosas
relativas al papel desempeñado por el 3.er ejército. Patton y su estado may or
habían llevado a cabo, en efecto, una notable hazaña al enviar a dos cuerpos a
brindar apoy o al 1.er ejército antes de que hubiesen transcurrido cuarenta y ocho
horas desde la petición de Eisenhower. Con todo, a partir de ese momento, la
participación poco sistemática de sus unidades a lo largo de un frente amplio
supuso a sus soldados numerosas bajas y daños considerables. El 3 de enero,
Patton comentó, compungido, a su estado may or refiriéndose a las tropas del 7.o
ejército alemán: « Tienen más frío y hambre que nosotros, sin duda; y están más
debilitados. Pero no han dejado de luchar con gran efectividad» . No faltó quien
sostuviera que Alemania contaba con la ventaja que le ofrecían los accidentes
geográficos de gran potencial defensivo que seguían en sus manos, aunque lo
cierto es que ninguno de éstos había resultado ser decisivo dos semanas antes,
cuando se encontraban en poder de Estados Unidos. Asimismo, la escasa
disciplina de que adolecía el 3.er ejército cuando establecía sus comunicaciones
por radio sirvió en bandeja de plata a los servicios de espionaje de la Wehrmacht
abundante información acerca de sus movimientos e intenciones.
Una vez más, Patton había demostrado un gran talento a la hora de hacer
entrar a sus tropas en combate y obtener prestigio por los éxitos de éstas. Con
todo, manifestó mucha menos eficacia cuando hubo de dirigir una batalla ardua
y reñida en el flanco meridional. Los estadounidenses se hicieron con la victoria,
aunque no lograron destruir a su adversario de un modo tan abrumador como
llegaron a tener por inevitable Von Rundstedt y Model. Patton defendía, a los
cuatro vientos, la necesidad de emprender una acción definitiva, y, sin embargo,
contribuy ó a evitar que pudiese llevarse a efecto tal cosa. J. Lawton Collins,
destacado jefe de cuerpo estadounidense conocido también como « Lightning
Joe» , señaló con su proverbial estilo pendenciero cuando la campaña tocaba a su
fin: « Estoy seguro de que, de aquí a cincuenta años, la gente pensará que quien
ganó la guerra fue “Georgie” Patton… cuando lo cierto es que Bradley le da cien
vueltas» . Collins hablaba como el leal subordinado de Bradley que era; sin
embargo, la verdad es que no cabe duda de que Patton tenía mucha más
imaginación que aquél como hombre de guerra. Así y todo, eran muchos los
oficiales norteamericanos competentes que compartían la opinión de que, en el
caso del general al mando del 3.er ejército, era más el ruido que las nueces
cuando el combate se tornaba peliagudo.
Los aliados optaron por ejercer una presión lenta pero incesante a fin de
acabar con el internamiento alemán, para lo cual se sirvieron de una serie de
operaciones muy poco refinadas que se prolongaron hasta mediados de enero.
La situación, que no nos es desconocida, recuerda a la de la bolsa de Falaise, que
los aliados no atacaron en agosto de 1944 porque, como en las Ardenas, se
conformaron con tener la victoria. De hecho, hasta las últimas semanas de la
guerra, no trataron de obtener de forma seria —ni tampoco lograron de un modo
glorioso— un triunfo de proporciones heroicas. Incluso la emboscada que —a
deshora— consiguió llevar a término Bradley en el Ruhr, tres meses después de
la batalla de las Ardenas, tuvo una importancia discutible. Los aliados sabían con
qué furia podían combatir los soldados alemanes, más aún si tenían por objetivo
escapar de un aprieto como aquél. La destrucción gradual del enemigo les
pareció suficiente: se negaron a afrontar los riesgos que comportaba perseguir al
tigre herido por entre los matorrales.
El mundo no supo hasta el 5 de enero que Montgomery había asumido, de
forma temporal, el mando de las fuerzas estadounidenses ubicadas al norte del
internamiento alemán durante la batalla. El 7 de enero, el mariscal de campo
compareció en una rueda de prensa celebrada en su cuartel general que resultó
ser uno de los episodios más lamentables de su carrera. Ningún oficial británico
dotado de un mínimo de sensatez pudo albergar duda alguna de que los
estadounidenses habían escarmentado —y de hecho, habían quedado incluso
humillados— tras la paliza recibida de los alemanes durante los primeros días de
la batalla. En efecto, hubo incluso adalides norteamericanos que llevaron al
extremo tal sentimiento y olvidaron que lo que de verdad importa en el campo de
batalla es cuál de los dos contendientes queda en pie tras el décimo asalto. Y en
este caso, es evidente que no habían sido los alemanes. Los soldados y pilotos de
Estados Unidos infligieron una derrota considerable a las fuerzas de Von
Rundstedt, en tanto que el cometido de los británicos se limitó a mantener en su
sitio el cuadrilátero. No obstante, los periódicos británicos —a los que tenían
acceso muchos de los estadounidenses destacados en Bélgica— pasaron varios
días proclamando con insolente deleite que se había recurrido a su ejército para
que sacase las castañas del fuego a sus aliados. El ay udante de Bradley, Chester
Hansen, escribió el 1 de enero: « Sus diarios están fomentando entre nuestras
tropas un resentimiento que jamás quedará aplacado, una desconfianza que no
podrá borrarse» .
Sin embargo, el 7 de enero, Montgomery echó más leña a la pira de las
tensiones angloamericanas, para después pegarle fuego haciendo uso de la
primera persona. « En cuanto advertí lo que estaba sucediendo en las Ardenas,
me encargué, personalmente, de tomar medidas para asegurarme de que, si los
alemanes llegaban al Mosa, no fuesen capaces siquiera de cruzar el río» , declaró
ante los corresponsales que se habían congregado en su cuartel general. « Se
pueden hacer, por lo tanto —seguía diciendo—, una idea de lo que fue la lucha de
las tropas británicas desplegadas a ambos lados de las fuerzas estadounidenses,
que habían sufrido un duro revés… La batalla ha sido interesantísima: de hecho,
creo que ha sido una de las más interesantes y difíciles con las que he tenido que
bregar» .
Aún ahora, después de sesenta años, no deja de sorprender que un hombre de
tamaña inteligencia, que había llegado a lo más alto del escalafón militar, pudiese
ser capaz de incurrir en delirios tan jactanciosos. De Eisenhower abajo, ninguno
de los norteamericanos que ley ó sus declaraciones pudo reaccionar sino con
indignación. Al margen de lo absurdo que resultaba reclamar un protagonismo
tan exagerado para la participación británica en aquella batalla, era, cuando
menos, desconcertante que Montgomery se sintiese con derecho a considerar la
de las Ardenas como una gesta protagonizada por el generalato. En realidad, la
hazaña fue obra de los hombres que ocupaban los carros de combate, los aviones
y los hoy os de tirador, combatientes que, además, apenas recibieron órdenes

imaginativas de sus superiores. Se permitió al enemigo derrotado que efectuase
una retirada acompasada, tal como se había dejado hacer a Rommel en El
Alamein en noviembre de 1942. Un oficial del servicio de información británico
apuntó con pesarosa admiración el 10 de enero: « Sin prisas y sin traza alguna de
desorden, el enemigo ha hecho hoy avanzar su retirada un paso más, y ha dejado
que la nieve y los campos de minas frenen los intentos de los aliados de
consolidar su victoria» . Zhúkov no hubiese brindado jamás a los alemanes la
oportunidad que les concedieron Eisenhower, Bradley y Montgomery tras
dejarlos en evidente derrota en las Ardenas.
« Monty hizo un buen trabajo, aunque y o creo que podía haberlo hecho con
más rapidez —admitió el comandante Tom Bigland, oficial de su estado may or
—. En privado, reconoció más tarde que había subestimado el poder de
recuperación de los estadounidenses. No debemos olvidar que éstos tenían un
buen equipo y soldados recién llegados, mientras que nosotros llevábamos
luchando más de cinco años, lo que nos había dejado al borde del agotamiento» .
El mariscal de campo inglés representaba el ejemplo más extremo de una
realidad que estaba muy arraigada en el ejército de su nación: el arrogante
convencimiento de que los norteamericanos —que habían entrado tarde en la
contienda y sólo después de que los obligasen los japoneses, más que llevados por
una cuestión de principios— eran, como soldados, menos competentes que los
británicos. Alan Brooke veía a Eisenhower con desdén y a Marshall con
condescendencia: estaba persuadido de que el puesto de comandante supremo de
las fuerzas desplegadas en Europa debía haber recaído en su persona. En julio de
1944, Churchill le hizo saber: « El de Arnold, King y Marshall es uno de los
equipos estratégicos más estúpidos que se hay an visto jamás. Son buenos tipos;
eso no hace falta decírselo» . En cierta ocasión, el primer ministro se refirió a
Spaatz, comandante en jefe de las fuerzas aéreas estadounidenses en el
continente europeo, como « un hombre de inteligencia limitada» , a lo que el
general del aire sir Arthur Harris repuso: « Y le está su excelencia haciendo un
cumplido» .
Los británicos siempre han tenido a los norteamericanos por un pueblo
fanfarrón. Y sin embargo, el de Churchill, impulsado por el pesar que le
provocaba su menguante poderío, habló y se comportó a menudo, durante la
Segunda Guerra Mundial, con menos cortesía que su aliado del otro lado del
Atlántico. El secretario privado de Churchill escribió: « Cuanto más contemplo los
acontecimientos y las corrientes de opinión actuales, más me convenzo, con
tristeza, de cuánto más fácil nos va a ser perdonar a los que ahora son nuestros
enemigos, una vez sumidos en la miseria, el hambre y la debilidad a que están
abocados, que reconciliarnos con las reclamaciones pasadas y las
reivindicaciones futuras de nuestros dos grandes aliados. Los estadounidenses se
han hecho muy impopulares en el Reino Unido» . Dwight Eisenhower era una
figura más inflexible y menos genial de lo que hacía pensar su imagen pública.
Con todo, aquel tejano criado en Abilene, en medio de las humildes
circunstancias propias de una familia rural norteamericana, aquel jugador de
póquer que conservó siempre el mismo entusiasmo por las novelas baratas del
Oeste se condujo siempre, en público, como un caballero de estirpe.
Montgomery, sin embargo, hijo de un obispo anglicano, educado en Saint Paul’s y
Sandhurst, no lo hizo nunca. Era más inteligente que su comandante supremo, así
como mucho más apto en calidad de soldado profesional; pero la tosquedad que
manifestaba para con sus iguales no le permitió alcanzar la grandeza que ansiaba.
Ningún general aliado del frente occidental podía competir con el
apasionamiento desplegado por Zhúkov y los demás mariscales del Éste. Los
alemanes nunca dejaron de sorprenderse de la desgana que demostraban los
aliados occidentales durante los ataques, conducta que se hizo aún más evidente
en contraste con la precipitada marcha que adoptaron los sucesos después de
fracasar la ofensiva de las Ardenas. Con todo, puede argüirse que los generales
aliados lograron tanto —o tan poco— como les permitió la actuación de sus
soldados. Los adalides estadounidenses enérgicos, como era el caso de Ridgway
o Gavin, hallaron un motivo de constante frustración en el hecho de que su tropa
no fuese capaz de responder, en el campo de batalla, a la medida de sus colosales
ambiciones. Después de que fracasase un ataque emprendido el 13 de enero,
Ridgway sometió a Leland Hobbs, quien se hallaba al mando de la 30.a división,
a un severo interrogatorio sobre « la funesta actuación del 119.o de infantería» .
El interpelado repuso, en tono de disculpa, que había destituido, de manera
sumaria, a uno de sus jefes de batallón. Para su superior, sin embargo, era obvio
que habían existido problemas de liderazgo en todo el regimiento. Cuando pidió
que se le informara del número de víctimas, montó en cólera al oír que sólo
habían perdido, en total, a cincuenta y ocho hombres. « Dijo que la cifra no hacía
sino confirmar su teoría de que la resistencia al enemigo había sido
insignificante» .
A Gavin, por otra parte, lo sacaban de sus casillas las limitaciones de las
unidades con las que habían de luchar, codo a codo, sus paracaidistas. El 18 de
enero escribió en su diario:
Estamos adiestrando a nuestros soldados en el manejo de carros de
combate y destructores de tanques, ya que las dotaciones de apoyo suelen
abandonar sus vehículos cuando se ven amenazadas durante un ataque. Si
nuestra infantería estuviese dispuesta a luchar, la guerra se habría acabado
a estas alturas. En nuestro frente actual, hay dos regimientos alemanes muy
debilitados que están plantando cara a las cuatro divisiones del XVIII
cuerpo. Todos lo sabemos y lo reconocemos, pero nadie hace nada al
respecto. La infantería estadounidense no parece tener intención alguna de
luchar. Nadie quiere que lo maten… Disponemos de una artillería
maravillosa, y nuestras fuerzas aéreas no son malas. Sin embargo, la
calidad de los fusileros deja mucho que desear. Todos quieren llegar a
viejos, por lo que la visión de un puñado de alemanes les sobra para saltar
al interior de sus pozos de tirador. En lugar de haberse imbuido del
abrumador deseo de acercarse al enemigo y poder agarrarlo por el
pescuezo, prefieren evitarlo si no lo ha derribado la artillería.
Durante la segunda semana de enero, incluso las emisiones radiofónicas de la
propaganda alemana hubieron de reconocer la realidad del revés sufrido en las
Ardenas. « La batalla de Invierno» , tal como se había denominado a menudo la
ofensiva, se convirtió entonces en « la batalla defensiva» . Con todo, se animaba a
los oy entes a trasladar a Alsacia sus esperanzas. De hecho, las lumbreras
berlinesas hacían hincapié en « el milagro» que suponía la resistencia continuada
que estaban protagonizando los alemanes. De cualquier modo, lo cierto es que,
después de haber alcanzado un punto culminante a mediados de diciembre, la
moral de la Wehrmacht había vuelto a caer y a sumir a muchos en la
desesperación. « ¡Ojalá acabe de una vez por todas esta estúpida guerra! —
escribió el soldado raso Heinz Trammler en su diario durante la batalla de las
Ardenas—. ¿Para qué voy a seguir luchando? ¿Por qué? ¿Por la supervivencia de
los nazis? La superioridad del enemigo es tal que no tiene sentido combatir» .
El 7 de enero, cerca de Bastogne, el jefe de uno de los batallones de la 9.a
división acorazada de la SS escribió a su amigo Otto Skorzeny y puso el grito en el
cielo al referirse a la calidad de los reemplazos que le estaban llegando:
La mayoría son ucranianos que ni siquiera hablan alemán. Sufrimos una
gran escasez de casi todo, aunque lo que más cuenta son los soldados. Sé
muy bien lo que es, por ejemplo, emprender un ataque sin armas pesadas
por falta de medios para transportar morteros y cañones anticarro.
Tenemos que echar cuerpo a tierra sobre el suelo helado, de manera que
somos un blanco fácil para los cazabombarderos. Así y todo, a los
estadounidenses no les va mucho mejor. Si pudiésemos disponer de una
sola división, bien adiestrada y equipada, y dotada del brío que ambos
conocimos bien en el año (¡tan lejano ya!) de 1939… En fin: venceremos;
debemos vencer, más tarde o más temprano. Recuerdos a ti y a mis viejos
camaradas de Vis y Orianberg. Heil Hitler!
El comandante William DePuy, al frente del 357.o de infantería, estaba
convencido de que, al final de la batalla de las Ardenas, los alemanes « más que
descorazonarse, se desorganizaron. Se desmoronaron, sin más, cuando forzaron
demasiado su capacidad de resistencia» . Rolf-Helmut Schröder, teniente del 18.o
de Volksgrenadier, se sentía desilusionado. « Se acabó: hemos perdido la guerra» ,
pensó, tras asumir el mando de un batallón que había quedado reducido a tan sólo
ochenta hombres. Así y todo, en una fecha tan tardía como la del 13 de enero, los
servicios de información del 2.o ejército británico señalaron en tono respetuoso:
« El enemigo puede afirmar que le ha arrebatado la iniciativa a los aliados… Ha
proporcionado a su pueblo el estímulo que con tanta desesperación necesitaba, y
durante al menos una semana supo hacer que apartase sus pensamientos de la
desalentadora situación en que se hallaba cuando tocaba a su fin un año
desastroso… ha ganado tiempo… Sin embargo, ha tenido que pagar un precio
desproporcionado en comparación con los resultados obtenidos» .
Cuando los aliados reanudaron su avance, no pudieron menos de sentirse
acosados por la profusión de minas con que, como de costumbre, habían
sembrado los alemanes los lugares por los que habían pasado durante su retirada.
A mediados de enero, el 743.o batallón acorazado perdió quince carros en dos
días por esta causa mientras cruzaba campos que habían presenciado salvajes
enfrentamientos. El soldado raso Ashley Camp no pudo menos de sobresaltarse
al descubrir que el montículo nevado sobre el que se había sentado a dar cuenta
de su rancho estaba formado por cadáveres. La oruga del vehículo del cabo
primero Cockperry Kelly topó con los pies de un cuerpo sin vida congelado, que
saltó, rígido, para ir a estrellarse contra el blindaje. « La de hoy ha sido la noche
más fría que he conocido en toda la guerra —escribió, el 14 de enero, el teniente
Joseph Couri desde la posición que ocupaba cerca de Bellevaux—. Después de
atravesar el bosque con la torreta abierta y soportando la nieve que caía de los
árboles, acabé calado hasta los huesos. El carro… parecía una nevera, aunque no
nos quedó más remedio que tratar de dormir en su interior. De todos modos,
estábamos mucho mejor que la infantería, y a que era imposible cavar
trincheras… Nos preguntaron si podían acostarse debajo de los tanques, y así lo
hicieron. En realidad, nadie pudo dormir demasiado, porque los bombardeos, de
uno y otro bando, no cesaron en toda la noche» .
Los alemanes perdían terreno a pasos de gigante, aunque no daban señal
alguna de ir a desmoronarse por entero. De hecho, los soldados de Model
castigaron con más brutalidad que nunca las imprudencias de los aliados. El 12.o
británico de paracaidistas se estaba aproximando al pueblo belga de Bure, a
través de una ladera descubierta, una tarde de principios de enero, cuando los
alemanes, que lo vieron llegar, desataron un intenso bombardeo con morteros y
otras piezas de artillería. En cuestión de sólo quince minutos, la unidad sufrió
ciento sesenta bajas, de las cuales sesenta y cinco correspondían a soldados
muertos. Durante el combate mantenido en Diekirch el 25 de enero, los hombres
del 32.o de infantería capturaron a treinta y siete alemanes, y cuando, como
siempre, desarmaron y registraron a los prisioneros, quedaron atónitos al
descubrir que uno de ellos era una mujer. El informe del cabo primero Clifford
Laski rezaba lacónico: « No nos dimos cuenta hasta que se quitó el casco y dejó
al descubierto la melena, y a que no tenía mucho pecho» . El último recuerdo que
guardaba el sargento Charles Skelnar de antes de que lo relevasen en Bastogne
era el de un cabo primero de la 101.a aerotransportada que conducía a los
prisioneros de guerra a las instalaciones en que iban a ser encarcelados de forma
temporal. Cada vez que veía a un alemán con botas estadounidenses, el suboficial
le golpeaba los pies con la culata de su fusil. « Han luchado hasta el final —
aseguraba, sarcástico, un informe del espionaje aliado redactado el 29 de
diciembre para comunicar los resultados del interrogatorio a que se había
sometido a los prisioneros de la 1.a de Panzer de la SS—, y aún no se han
despojado de su insolencia» . Sin embargo, George Sheppard, soldado raso del
319.o de infantería al que le encantaba hacer prisioneros, pensaba que habían
perdido todo asomo de arrogancia. « Me sentía orgulloso —asegura—: Tenía ante
mí a los soldados del ejército de la raza superior, con las manos en alto, gritando:
Kamerad!, e implorando, de rodillas, que no les disparase» . No deja de ser
interesante que uno de los expertos británicos en las Waffen-SS esté convencido de
que Joachim Peiper, símbolo del fanatismo y la brutalidad de Alemania en las
Ardenas, fue víctima de algún tipo de derrumbamiento físico o moral tras el
fracaso de la ofensiva. Lo cierto es que su nombre desaparece de los registros de
la organización hasta que, a finales de febrero de 1945, vuelve a aparecer en
Hungría. De ser cierta tal afirmación, constituiría un ejemplo más de la
tendencia al histerismo presente en numerosos combatientes nazis, jóvenes y
fanáticos. Muchos, como Hein von Westernhagen, del 501.er batallón de carros
pesados, se quitaron la vida ante la ansiedad que les provocó la derrota. Apenas
cabe sorprenderse de que los norteamericanos ajusticiaran a dieciocho de los
soldados de Otto Skorzeny, a quienes capturaron con uniforme de Estados Unidos.
La noche anterior a la ejecución, los captores dejaron que las enfermeras
alemanas a las que también tenían encarceladas les cantasen villancicos en sus
celdas.
« Lightning Joe» Collins decía estar convencido de que la batalla de las
Ardenas había hecho la contienda seis meses más breve. Sin embargo, y aunque
la drástica merma sufrida por los ejércitos acorazados 6.o y 5.o de la SS fue, sin
duda, significativa, resulta difícil admitir su teoría. En lo más alto del mando
estadounidense, la consecuencia más sobresaliente de aquel frustrado desafío fue
una actitud de abatimiento que no desapareció siquiera después de que se hiciese
evidente el fracaso de los alemanes. El coronel Chester Hansen, ay udante de

Bradley, escribió: « Se discutió seriamente entre el generalato acerca de la
posibilidad de sentarnos a esperar a que llegara la primavera» . Durante la poco
entusiasta ofensiva que emprendieron los alemanes en Alsacia, se habló en el
SHAEF de dejar al 6.o grupo de ejércitos que se replegase en dirección a los
Vosgos. La batalla despertó de nuevo la cautela que había caracterizado a los
caudillos aliados y los estados may ores del servicio de información. Alan Brooke
consideraba que había « retrasado de forma considerable la derrota de
Alemania» . Los vencedores reconocieron que la batalla había destruido la
principal reserva de carros de combate de que disponía Hitler; pero no fueron
capaces de advertir lo desesperada que se había vuelto, en consecuencia, la y a
apurada situación del Tercer Reich, ni tampoco, claro está, de explotar de forma
enérgica las nuevas circunstancias. No faltó en el cuartel general supremo quien
expresase sus temores de que, en caso de que los aliados no fueran capaces de
poner fin pronto a la contienda, las nuevas armas de los alemanes, y en especial
su avión de reacción, permitieran a sus ejércitos sobrevivir al verano de 1945.
« Tras concluir la campaña de las Ardenas —declaraba el informe oficial sobre
la batalla que redactó Estados Unidos una vez acabada la guerra—, se pensó que
los aliados no gozaban de una superioridad acusada sobre Alemania en relación
con la fuerza de sus tropas de tierra» . Tal afirmación habría dado origen a
histéricas risotadas en cualquier cuartel general alemán. El SHAEF determinó
ubicar a las huestes aliadas en « sólidas posiciones defensivas» dispuestas a lo
largo de la may or parte del frente, « para dejar a otros libertad de ataque… A
finales de enero, nadie consideraba que la fuerza de combate del enemigo fuese
notablemente inferior a la de los aliados» .
La ofensiva de las Ardenas costó a los alemanes entre 80 000 y 100 000
bajas. Los estadounidenses perdieron, desde el 16 de diciembre al 2 de enero,
4138 soldados muertos, 20 231 heridos y 16 946 capturados o desaparecidos, a los
que se sumaron, en la segunda fase de la batalla (entre el 3 y el 28 de enero),
6138 muertos, 27 262 heridos y 6272 prisioneros o desaparecidos. Es decir, que
acabar con la ofensiva invernal de Hitler supuso un total de 80 987 víctimas, lo
que convirtió esta batalla en la más costosa en que habían participado los
estadounidenses en el noroeste europeo, aun cuando « la factura del carnicero»
estuviese muy por debajo de la de cualquiera de los combates de relevancia
entablados en el frente oriental. Las cifras de enero sirven para ilustrar la furia
con la que seguían luchando los alemanes, aun después de haberse visto obligados
a retirarse tras el fracaso de su propia operación, casi sin carburante y hostigados
por continuos bombardeos aéreos.
Las Ardenas dejaron a Eisenhower menos dispuesto que nunca a correr
riesgo alguno, y con el sistema nervioso muy trastornado. Los mejores jefes de
cuerpo y división habían demostrado, en el campo de batalla, más redaños que
sus superiores del 12.o grupo de ejércitos y el SHAEF. Los superiores de Hodges
debieron haberlo destituido del mando del l.er ejército después de su pésima
actuación; pero el estado de ánimo en /que se encontraban los norteamericanos a
mediados de enero se prestaba más a exaltar a los héroes que a sacrificar chivos
expiatorios. Los aliados occidentales no volvieron a poner en marcha operaciones
ofensivas de envergadura por cuenta propia hasta mediados de febrero. Los
ejércitos de Eisenhower necesitaron siete semanas para recuperar el equilibrio
perdido tras la campaña de las Ardenas.
Sea como fuere, lo cierto es que, desde el principio, se hizo difícil imaginar
que los alemanes pudiesen salir triunfantes. Los ejércitos de Von Rundstedt
carecían del poderío necesario para mantener una operación tan ambiciosa hasta
el final ante fuerzas que los superaban de un modo aplastante. Los
estadounidenses gozaban de una gran movilidad, en tanto que los alemanes
hubieron de soportar el lastre de un terreno poco practicable y una gran escasez
de combustible. De hecho, no es descabellado defender la idea de que este último
factor contribuy ó tanto o más que la resistencia aliada a la hora de detener el
avance de los carros alemanes antes aún de que pudiesen participar las fuerzas
aéreas. Entre 1944 y 1945, los ejércitos de Hitler lograron hazañas dignas de
encomio cuando combatieron desde posiciones fijas, dado que, al estar
atrincherados, resultaba más difícil verlos y alcanzarlos. Sin embargo, en cuanto
se movían y quedaban expuestos a los ataques aéreos, tal como hicieron en
diciembre y enero, quedaban seriamente diezmados. Los aliados, por su parte,
podían trasladar con libertad sus fuerzas al campo de batalla gracias al ingente
número de vehículos de que disponían, una reserva de carburante casi ilimitada y
la apenas existente intromisión de la Luftwaffe. Desde el punto de vista táctico, la
de las Ardenas fue una de las batallas que peor dirigieron los alemanes en toda la
contienda, lo que bien pudo deberse a que ninguno de los generales encargados
de dar las órdenes viese posibilidad alguna de éxito. El dolor de los soldados
estadounidenses que no lograron resistir el embate de los Panzer se evaporó ante
los triunfos de quienes acabaron por derrotarlos.
En realidad, a nadie benefició tanto la batalla de las Ardenas como a los
soviéticos. El 7.o ejército alemán nunca había sido impresionante, pero los 5.o y
6.o acorazados de la SS se hallaban entre las fuerzas más formidables que tenía
Hitler a su disposición aquel mes de diciembre, y el que no estuvieran presentes
en el frente oriental cuando Stalin puso en marcha la ofensiva del Vístula resultó
de gran ay uda a sus fuerzas armadas. Cuando, a finales de enero, se trasladó, por
fin, a Levante, lo hizo muy maltrecho por causa de los combates de Bélgica y
Luxemburgo. No es muy probable que los vehículos acorazados de Dietrich y
Von Manteuffel pudiesen haber alterado el resultado de la campaña oriental,
aunque tampoco cabe duda de que su presencia habría hecho mucho más difícil
el cometido de Zhúkov y los suy os. Las extremas limitaciones que sufrían los
alemanes en lo tocante al combustible estaban estrangulando la capacidad del
imperio hitleriano de sostener su resistencia, casi con independencia de lo que
ocurriese en el campo de batalla. Sin embargo, la ofensiva de las Ardenas había
impuesto, en cuestión de semanas, un grado de desgaste a las unidades blindadas
alemanas que no se habría alcanzado en meses si se hubiesen empleado en
labores de defensa. Stalin se mostró siempre despreciativo con respecto a la
contribución de sus aliados estadounidenses en combate, aunque lo cierto es que
contrajo con ellos una deuda nada baladí por la derrota que infligieron a
Alemania en diciembre de 1944. Sin duda, habría estado en posición de
agradecer su victoria si su carácter le hubiera permitido preocuparse más por las
decenas de miles de soviéticos que salvaron la vida gracias al fracaso de la
Operación Niebla de Otoño.

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