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ARMAGEDÓN Hastings 8.2 Contener la oleada

viernes, 14 de agosto de 2026

 2. CONTENER LA OLEADA
Para el Ejército alemán, los primeros días de la operación supusieron un breve
renacer del alborozo y el optimismo. « La moral del enemigo ha alcanzado cotas
nunca vistas durante la campaña» , reconoció un informe elaborado por las
fuerzas armadas estadounidenses tras la guerra. Un tal teniente Rockhammer, del
que no sabemos a qué unidad blindada pertenecía, aunque sí conocemos su
condición de nacionalsocialista entusiasta, escribió a su esposa el 22 de
diciembre:
Por una vez, nos encontramos mil veces mejor que los que nos esperáis
en la madre patria. No puedes imaginar cuán gloriosa es cada una de las
horas de que estamos gozando estos días. Todo apunta a que los
norteamericanos son incapaces de repeler nuestro impetuoso ataque. Hoy
hemos envuelto a una columna que se retiraba y la hemos arrasado…
hemos logrado rebasarla tomando una carretera que atravesaba el bosque,
para formar, después, a lo largo del asfalto con sesenta Panther, como si
estuviésemos de maniobras. Los vehículos de aquella interminable columna
se nos han acercado, paralelos unos a otros y a rebosar de soldados.
Hemos sido capaces de concentrar sobre ellos el fuego de sesenta cañones
y ciento veinte ametralladoras: un memorable baño de sangre en venganza
de la devastación de nuestra patria. Nuestros hombres siguen conservando
el brío de antaño …Jamás nos ha parecido tan cercana la victoria. El
momento decisivo se halla al alcance de nuestras manos: vamos a echar al
mar a esos arrogantes simios parlanchines del Nuevo Mundo. No vamos a
permitir que pongan un pie en nuestra Alemania… Si queremos conservar
todo lo que más preciamos de nuestra vida, debemos ser despiadados
ahora que la lucha ha alcanzado un punto decisivo.
Muy lejos de allí, en el frente italiano, las tropas aliadas que acababan de
ocupar una casa abandonada por los alemanes encontraron, sobre la mesa de la
cocina, un sobre dirigido « A los soldados ingleses» . La carta que había en su
interior rezaba:
Querido Kamerad:
En el frente occidental, los ejércitos alemanes están atacando las líneas
de los estadounidenses; los carros de combate alemanes han destruido a
buena parte de sus huestes, y la nueva Luftwaffe de Alemania se encuentra
en aquel frente, y cuenta con excelentes efectivos. La guerra ha alcanzado
un estadio diferente: ahora es Alemania la victoriosa. Los alemanes están
luchando por su vida; los ingleses, por los judíos.
Un soldado alemán.
« Las carreteras están sembradas de restos de automóviles y carros blindados
estadounidenses —se regodeaba el teniente Belmen, del 818.o de artillería de la
Wehrmacht, en la entrada de su diario correspondiente al 19 de diciembre—.
Pasa a nuestro lado otra columna de prisioneros, compuesta, según alcanzo a
contar, por más de mil hombres. Poco más allá hay otra de mil quinientos, de los
que una cincuentena son oficiales, incluido un teniente coronel que ha optado por
rendirse» .

Los alemanes habían ofrecido a su enemigo norteamericano una
impresionante demostración táctica de cómo acometer un asalto en terreno poco
practicable, a fuerza de infiltraciones y emboscadas, y sin dejarse estancar ante
los focos de resistencia, como hacían a menudo los aliados.
En los cinco primeros
días de la batalla de las Ardenas, la Wehrmacht destruy ó trescientos tanques de
Estados Unidos e hizo veinticinco mil prisioneros. Algunos historiadores
norteamericanos han tratado de argüir que quienes corrieron a la desbandada
fueron tropas de apoy o o individuos aislados. « Durante mucho tiempo se crey ó
—escribió Charles MacDonald— que, tras el primer asalto de los alemanes,
algunas tropas estadounidenses huy eron sumidas en el desconcierto… Nada
atenta más contra la verdad, por cuanto ninguna de sus unidades se retiró sin
oponer resistencia» . No obstante, resulta imposible sostener tal teoría, habida
cuenta del peso apabullante de las revelaciones, procedentes de testigos oculares,
que dan fe del pánico que se apoderó de algunas unidades o de los grotescos
errores estratégicos que cometieron otras. Cuando la 1.a blindada de la SS atacó
Stoumont, por ejemplo, pudo hacerse con ocho destructores de carros
norteamericanos sin disparar un solo proy ectil, y a que la compañía de soldados
de a pie que, en teoría, debía defenderlos los había abandonado. Antes de que
acabara el primer día, el 394.o sufrió 959 bajas, de las cuales 34 respondían a
muertes y 701, a « desapariciones» . Sin embargo, no hay razón alguna para
considerar ninguno de estos datos motivo de desprestigio de una nación concreta,
toda vez que no son pocos los soldados, de cualquier ejército, que huy en cuando
el enemigo desbarata su frente o se encuentran envueltos por fuerzas superiores.
Los británicos lo hicieron a menudo, y los soviéticos. Y aún los alemanes. Si la
culpa y el oprobio deben recaer sobre alguien en este caso, es sobre los altos
mandos estadounidenses.
Cuando se habla de la campaña de las Ardenas, no hay que perder de vista
que ejemplos como los expuestos de confusión en las líneas norteamericanas y
deserciones en dirección a la retaguardia ofrecieron una imagen errada de lo
sucedido.
A ningún soldado debería reprochársele que sucumbiese al terror al
irrumpir en su sector diecisiete divisiones enemigas sin aviso previo alguno. Lo
cierto, si ampliamos nuestro campo de visión, es que, de aquel primer día en
adelante, el asalto alemán, que, como hemos visto, dejaba mucho que desear en
lo tocante a organización, se frustró de un modo comparable a como había
fracasado el avance británico hacía Arnhem tres meses antes. Se ha hablado
mucho de la ceguera de que dieron muestras los aliados ante las posibilidades que
ofrecían los bosques de las Ardenas para una ofensiva. Bradley no había
destinado demasiados hombres a la región por considerarla un lugar casi
intransitable para cuerpos numerosos de soldados y vehículos. Y razón no le
faltaba: y a desde las primeras horas del 16 de diciembre, se formaron, más atrás
de la línea del frente, atascos multitudinarios: los vehículos luchaban por avanzar
a través de los limitados accesos de que disponía la zona, en tanto que los
ingenieros se demoraban en la construcción de puentes sobre ríos y otras
corrientes de agua.
Las carreteras de montaña empinadas, estrechas y tortuosas provocaron
ciclópeas dificultades a los alemanes, que a menudo hubieron de recurrir a
cabrestantes para que los cañones sorteasen obstáculos como los que suponían las
curvas cerradas. El 17 de diciembre, Von Manteuffel y Model se encontraron a
pie, tras haber abandonado, desesperados, sus respectivos medios de transporte.
Peiper, que iba al frente de un grupo de combate de la 1.a acorazada de la SS, se
vio obligado a recorrer andando diez kilómetros después de que sus carros
quedasen atascados. Durante la retirada de noviembre, la Wehrmacht había
bloqueado la carretera que iba de Dasburg a Clerf con árboles derribados, y
llegado el momento de la ofensiva, éstos se convirtieron en frustrantes obstáculos
para su avance. La división Panzer-Lehr tardó lo indecible en cruzar el río Our. Y
Von Manteuffel no pudo menos de calificar de « decepción gravísima» el
fracaso del calendario programado para los primeros días. En 1940, los ejércitos
de Hitler habían logrado penetrar en las Ardenas con tiempo estival y frente a un
enemigo débil. Sin embargo, en diciembre de 1944, trasladar carros blindados,
cañones de tracción animal y provisiones por pistas y carreteras forestales
convertidas en lodazales de nieve a medio derretir se convirtió en una verdadera
pesadilla. El terreno hizo tanto como las fuerzas defensoras por refrenar el
despliegue alemán durante los primeros días, que cobraron una importancia vital
en el desarrollo de la campaña. Y todo esto, claro está, antes de que las
condiciones climatológicas permitiesen intervenir a la aviación aliada.
Mientras que las unidades acorazadas alemanas hacían patente su habitual
pericia, la actuación de la infantería de apoy o, y en especial la del 7.o ejército,
que ocupaba el flanco meridional, demostró ser tan pobre como había temido
Von Manteuffel. Las tropas de reemplazo mal adiestradas, algunas de las cuales
acababan de ser transferidas de las fuerzas navales o aéreas, dieron muestras de
una gran torpeza en el campo de batalla. Se hizo evidente que carecían de las
habilidades indispensables para la buena marcha del ataque alemán. Los
defensores estadounidenses quedaron atónitos al ver avanzar con la
incertidumbre propia de un rebaño de ovejas a soldados que se arracimaban y se
echaban al suelo al oír disparos, haciendo, precisamente, lo que tantos rapapolvos
había costado a los fusileros aliados. Los jóvenes nazis de espíritu sanguinario,
como era el caso de Peiper y Skorzeny, no pudieron menos de exasperarse ante
el lamentable espectáculo que ofrecían las tropas de a pie. A los vehículos
blindados alemanes les resultaba tan inútil como a los carros aliados penetrar en
territorio enemigo sin contar con el respaldo de una infantería eficaz. Tras
quebrar un frente de más de sesenta kilómetros, los Panzer comenzaban a
avanzar en dirección oeste; pero los soldados de a pie habían demostrado ser
« incapaces de llevar a término el ataque sin una buena dosis de violencia» ,
según hizo constar, con mucha frustración, Hasso von Manteuffel. A los oficiales
les provocó una gran indignación encontrarse con que sus hombres se rezagaban
ante cualquier oportunidad de saquear las prodigiosas cantidades de equipo y
raciones de los estadounidenses, y es que, en diciembre de 1944, la disciplina de
la Wehrmacht no era ni sombra de la que había sido antes de la derrota en la
Unión Soviética.
A la ofensiva, por otra parte, le faltó la fuerza sostenida que
hubiese necesitado para alcanzar sus objetivos.
Este hecho se hizo obvio a los mandos alemanes antes de que transcurriesen
el segundo o el tercer día, cuando Von Rundstedt pidió a Hitler, en vano, que
pusiese fin a la operación. Tanto en un flanco como en el otro, las fuerzas
norteamericanas estaban consiguiendo mantener sus posiciones y apuntalar con
refuerzos las brechas abiertas en el frente, con lo que impedían que la
penetración alemana se hiciese más amplia. El Kampfgruppe Peiper había
perdido una oportunidad inestimable tras ocupar Bullingen, toda vez que, de haber
seguido avanzando hasta alcanzar Wirtsfeld y Krinkelt-Rocherath, sus tanques
podrían haber rebasado los flancos de dos divisiones estadounidenses: una era la
2.a, y la otra, la 99.a, cuy o general de división, Lauer, diría tras la campaña: « El
enemigo tuvo la victoria en sus manos, pero no se dio cuenta» . Es evidente que
exageraba, aunque tampoco cabe duda de que Peiper pudo haber causado
numerosas tribulaciones a las fuerzas de Estados Unidos. Cualesquiera que
hubiesen sido los logros obtenidos por los regimientos y las unidades inferiores de
Alemania en fechas anteriores, lo cierto es que, en la batalla de las Ardenas, su
actuación fue lamentable. Los comandantes de ejércitos y cuerpos de ejércitos,
víctimas de las deficiencias en el sistema de comunicaciones y los errores de
cálculo, dejaron correr muchas ocasiones valiosas.
Bullingen constituy e un
llamativo ejemplo de esto último: si Peiper hubiese podido permitirse buscar un
punto flaco en alguno de los sectores estadounidenses para sacar provecho de él,
en lugar de tener que ceñirse al pie de la letra al plan diseñado antes del
comienzo de la operación, habría obtenido mejores resultados. No obstante, se
dejó que los norteamericanos hiciesen uso de los espacios de desahogo que se les
habían brindado para taponar una brecha muy peligrosa. El 17 de diciembre,
cuando comenzaba a caer la tarde sobre una contrapendiente situada entre
Bullingen y Dom, Derrill M. Daniel, teniente coronel del 226.o de infantería,
comunicó a sus jefes de compañía que ninguno de ellos debía pensar que su
batallón aspiraba a emular a los que habían abandonado sus puestos o se habían
dispersado. « Vamos a luchar aquí, y aquí moriremos si es preciso» , manifestó.
Y de hecho, la actuación de los soldados a su mando durante los días siguientes se
cuenta entre las más impresionantes de aquella batalla.
En lo sucesivo, las mermadas unidades alemanas hubieron de entablar batalla
con formaciones norteamericanas bien acaudilladas, sabedoras de que las habían
enviado al frente para que combatieran hasta la muerte. Rolf-Helmut Schröder,
teniente del 18.o regimiento de Volksgrenadier, que acababa de llegar del Este
europeo, quedó impresionado, a su pesar, por la condición física de los
prisioneros norteamericanos, « hombres corpulentos, sanos y bien alimentados» .
En la defensa, la oscuridad invernal tenía un valor incalculable para los
alemanes, pues les permitía reabastecerse y volver a desplegarse sin intromisión
alguna por parte de la aviación aliada. Sin embargo, cuando de atacar se trataba,
las fuerzas de Model veían su labor dificultada por la menor duración de los días
de diciembre, dados los inconvenientes que suponía el traslado nocturno de carros
de combate. Desde los tiempos de Normandía, los caudillos aliados se habían
quejado de las numerosas pérdidas sufridas por sus vehículos. El general « Pip»
Roberts, al mando de la 11.a división acorazada, señaló: « Siempre que uno ataca
al enemigo con tanques, acaba sufriendo bajas de consideración. Cuando causa
víctimas es cuando quien ataca es el otro» . En aquel momento, era Alemania la
que tenía que encarar tal realidad, y lo cierto es que poseía una capacidad
muchísimo menor que los aliados de reemplazar a los soldados caídos.
La división Panzer-Lehr, que en otro tiempo había contado con un gran
poderío, entró en la batalla de las Ardenas con tan sólo cincuenta y siete tanques,
y no tardó en empezar a perderlos. A medida que avanzaban en dirección oeste,
los alemanes sufrieron un desgaste cada vez may or a consecuencia de sus
enfrentamientos con los focos de resistencia en cruces de carreteras y
poblaciones. En Saint-Vith y Stavelot, así como en un buen número de otras
localidades belgas, vieron entorpecida su progresión durante horas o, en
ocasiones, días por la actuación de grupos de estadounidenses apoy ados por
vehículos Sherman y destructores de carros. Incluso el cañón antitanque de 57
mm, tan insuficiente por lo general, logró hacer mella en ellos. La artillería, que
era el arma más destacada de las fuerzas de Estados Unidos, comenzó a causar
estragos entre las columnas alemanas una vez que hubo conseguido restablecer
las comunicaciones y la observación de los sectores de vanguardia, servicios que
había perdido durante las etapas iniciales de la campaña. Un solo batallón de
obuses de 105 mm fue capaz de lanzar diez mil proy ectiles en un día.
La 7.a división blindada infligió, al norte, uno de los primeros reveses de
relieve sufridos por el avance alemán. El 17 de diciembre, la 1.a de Panzer de la
SS se aproximó al cruce de Saint-Vith, objetivo de gran importancia situado en
medio del frente de asalto de su ejército, a unos siete kilómetros al oeste de la
línea de partida. Más allá de él se abrían los campos que llevaban al Mosa y la
planicie belga, así como a Stavelot, en dirección noroeste, donde se hallaban los
gigantescos depósitos de carburante de Estados Unidos que con tanta premura
necesitaban sus carros de combate. Es falso que los tanques de Peiper se
encontrasen separados de dichas instalaciones por una cortina de fuego creada
por los defensores tras incendiar parte del combustible. En realidad, los alemanes
nunca llegaron a acercarse a aquel tesoro de más de once millones de litros de
gasolina. Es cierto que la guardia belga formó una pared de llamas, aunque sólo
consiguió retrasar a las unidades de la 30.a división norteamericana que debían
atravesarla para entrar en combate, razón por la que Estados Unidos ordenó
apagar el fuego. Las primeras fracciones de la 7.a blindada llegaron justo a
tiempo de cortar el paso a los alemanes. Su comando de combate B, capitaneado
por el general de brigada Bruce Clarke, protagonizó una resistencia de ocho días
que resultó tan vital —y denodada— como la defensa de Bastogne. Más tarde, las
tropas acabaron por abandonar —al menos durante un tiempo— Saint-Vith; pero

los defensores lograron el objetivo que con tanto ahínco habían perseguido:
retrasar a los alemanes. Un historiador estadounidense da a entender que, aunque
tarde, se obtuvo aquí cierta compensación por las aflicciones sufridas, en
noviembre, en Hürtgen, siendo así que, si las fuerzas norteamericanas no
hubiesen ocupado el bosque y las poblaciones de su periferia, habría resultado
más difícil proporcionar el « puntal» que necesitaba el flanco derecho para
hacer frente al ataque alemán.
La batalla de las Ardenas brindó mucho ejemplos de lo que podían llegar a
hacer las unidades norteamericanas improvisadas a la manera de los grupos de
batalla alemanes, tan frecuentes entre éstos y tan poco comunes entre los aliados.
Cierto batallón de ingenieros de combate recibió, el 17 de diciembre, la misión de
defender Wiltz con la ay uda de seis tanques, cuatro cañones de asalto, cuatro
destructores de tanques de 700 mm, una batería de artillería y algunos músicos,
oficinistas y cocineros del cuartel general de la 28.a división. Después de tres días
de combate —con sus respectivas noches—, se recomendó la concesión de
estrellas de plata o bronce a un tercio de los supervivientes, en tanto que se
ascendió a oficiales a los suboficiales Garland Hartsig y Eugene Baker.
Las « poblaciones gemelas» de Krinkelt y Rocherath fueron escenario de
algunos de los enfrentamientos más violentos. A los adalides de la 12.a blindada
de la SS los había irritado en extremo que los atascos producidos tras la línea del
frente hubiesen dejado a gran parte de la división detenida al otro lado del
Westwall, mientras sus fuerzas de vanguardia se esforzaban por desbaratar las
líneas del enemigo. Las unidades acorazadas alemanas sufrieron bajas nada
desdeñables cuando trataban de conquistar los pueblos de la región con respaldo
insuficiente por parte de la infantería. Las dotaciones de reparación obraron sus
milagros de costumbre al volver a hacer útiles, en cuestión de horas, tanques y
destructores de tanques dañados. A algunos de los carros de combate que habían
quedado inmovilizados se les asignó una nueva porción de tropa para que los
emplease como fortines improvisados. Así y todo, nada de lo dicho hizo gran
cosa por disminuir las dificultades que afrontaron los Panzer al verse atascados
en medio de los combates entablados en las diversas poblaciones. « Miré al jefe
de nuestro batallón —escribió el teniente Willi Engel, que se hallaba al frente de
un pelotón en Rocherath—, y percibí el abatimiento y la resignación de su gesto.
Saltaba a la vista que el ataque fallido y las dolorosas pérdidas lo habían sumido
en una honda depresión. Los vehículos blindados que habían quedado fuera de
combate ofrecían un espectáculo angustioso. En aquel momento, llegaba un
carro al puesto de mando, y cuando se encontraba a sólo un centenar de metros,
se convirtió, de pronto, en una antorcha… Más tarde llegamos a la conclusión de
que el responsable había sido un Sherman inmovilizado del que, por lo demás,
aún podía sacar provecho el enemigo… Las dos facciones lucharon con amarga
determinación» .
« En las cercanías de la iglesia [de Rocherath] me esperaba una visión
espantosa —recordaba, por su parte, el teniente Willi Fischer—. Beuthauser
recibió orden de replegarse… Su cargador murió por fuego de fusil durante la
retirada… El carro de Brodel estaba a pocos metros de donde me encontraba y o,
envuelto en llamas. Él había quedado, sin vida, en el interior de la torreta. Frente
a mí había más vehículos fuera de combate, también incendiados» . El V cuerpo
norteamericano había sufrido bajas de gravedad, aunque podía permitirse tal
contingencia en mucho may or medida que los alemanes. Asimismo, había
infligido una notable derrota a una de las mejores unidades con que contaban las
huestes de Hitler. Cierto oficial de estado may or del 12.o grupo de ejércitos
norteamericano que contemplaba la llegada al frente de tropas de refuerzo
expresó así un sentimiento muy poco común de respeto y comprensión para con
los soldados de infantería de sus fuerzas armadas: « Mire donde mire uno, se topa
con una clara actitud de humildad. Sabemos que su lucha es la única real de esta
guerra» .
Muchas de las acciones que contribuy eron a la salvación del frente
estadounidense estuvieron guiadas por una profesionalidad impasible.
En el
flanco más septentrional del ataque alemán, el 38.o grupo de escuadrones de
caballería de reconocimiento desplegó ante el sector que ocupaba ochenta
camiones de alambrada y una cantidad comparable de bengalas de disparo y
trampas explosivas. Ninguno de sus hombres trató, en momento alguno, de
combatir tras el parapeto que ofrecían las casas —que, en el fondo, suponían una
protección mucho más precaria de lo que parecían prometer—. Los defensores
prefirieron abrir, cavando o con la ay uda de explosivos, trincheras individuales
en aquel suelo duro como el acero. La unidad perdió sólo a quince hombres
durante lo que su coronel, Robert O’Brien, definiría más tarde como « un
ejemplo no de acción heroica, sino de lo que puede hacer una defensa eficiente
y activa. No se dio alarde alguno de liderazgo, porque los soldados no lo
necesitaban» . Lo que hubieron de soportar quienes se hallaban a su mando no
fue tanto como lo que sufrieron las unidades situadas más al sur; aunque, fuera
como fuere, lo cierto es que, mientras que las fuerzas estadounidenses fueron
recuperando el equilibrio, las alemanas se vieron abocadas a un desgaste cada
vez may or. El 37.o de artillería de campaña se encontraba apoy ando al 123.o de
infantería de la 2.a división cuando los norteamericanos vieron a las tropas
alemanas de a pie aproximarse a sus posiciones ubicadas en las cercanías de
Murringen. Lo que sucedió a continuación fue casi de manual: los artilleros
dispararon un proy ectil a la derecha; otro, a la izquierda; uno, a corta distancia, y
otro, más allá de la línea de uniformes grises que marchaba hacia ellos. Su
observador avanzado, el capitán Charles Stockwell, que se había apostado en la
aguja del campanario de la iglesia, gritó entonces: « ¡Tiro de eficacia!» . John
Hightower, teniente coronel del 123.o, escribió: « Todos dispararon sobre el
objetivo. Entonces Charles hizo que concentrasen los fuegos una vez más, y luego
otra, para después señalar: “Perfecto: gracias en nombre de la infantería y en el
mío propio”» . Los alemanes huy eron en dirección a los bosques por los que
habían llegado, y cuando se reagruparon y renovaron el ataque, volvieron a
correr una suerte idéntica.
Muchos de los oficiales norteamericanos que lucharon en el campo de batalla
mantuvieron la cabeza más fría que quienes ocupaban puestos más elevados. « El
cuartel general sigue siendo una casa de locos —afirmó Hansen, integrante del
12.o grupo de ejércitos de Bradley, el 20 de diciembre—. Hay demasiada gente
que no deja de entrar y salir a la carrera, y los teléfonos no callan. El tráfico
también está congestionado, a causa de las divisiones nuevas que acuden a
respaldar nuestros empeños… al menos, han contribuido a apaciguar las voces de
alarma que se levantaron ay er» . Cuando los oficiales de las unidades de refuerzo
solicitaban información a los distintos cuarteles generales, recibían siempre la
misma respuesta: « La situación del frente es muy cambiante» . Los conductores
de los carros de combate aliados que avanzaban en columna durante la noche en
dirección a los lugares en que se estaba librando batalla habían de afanarse por
seguir la carretera en medio de la nieve y el hielo, y sin más luz que la poca que
ofrecían sus faros camuflados y el diminuto reflector que llevaba en la parte
trasera el vehículo de delante. Envuelto por el incesante estrépito del motor de su
Sherman, Joseph Couri, teniente adscrito al 743.o batallón acorazado, observaba
las bengalas que ascendían a lo lejos y el fulgor que desprendía la cola de los
cohetes V-l alemanes dirigidos a Lieja. « Tenía los ojos rojos, hinchados e
irritados de la suciedad y el polvo a que estábamos expuestos quienes
avanzábamos a la zaga de otro tanque, pegados a él, con la torreta abierta y sin
sentarnos durante el tray ecto» . Bregar con un carro blindado en pleno invierno
era casi tan arduo como vivir en un pozo de tirador. La entrada de aire del
Sherman hacía que en la torreta se creara siempre una corriente gélida, para
desdicha del comandante y el artillero. Los periscopios se cubrían de escarcha, y
la condensación propiciaba que se formasen carámbanos en el interior del
vehículo. Arrancar se convertía, a menudo, en toda una hazaña, y la dotación
debía servirse de generadores a fin de mantener cargada la batería cuando el
motor estaba parado. Los soldados de a pie más aprensivos agradecían el apoy o
que les brindaban los vehículos, aunque se quejaban del ruido que generaban,
pues, según temían, podía delatar su posición ante los fuegos del enemigo.

La mañana del 19 de diciembre, la Panzer-Lehr avanzó hasta quedar a tres
kilómetros del vital cruce de carreteras de Bastogne, en el lado meridional del
internamiento alemán, o bulge (« protuberancia» ), nombre con que comenzaban
y a a conocerlo los aliados y que se ha empleado desde entonces para designar la
batalla de las Ardenas en el mundo anglosajón. Pocas horas antes, la 101.a
aerotransportada había llegado a la ciudad tras salvar, en un resuelto avance
nocturno, los ciento sesenta kilómetros que la separaban de su campamento de
Reims. Muchos de sus soldados carecían de prendas apropiadas para aquella
época del año, así como de armamento y munición. Mientras marchaban en
formación hacia el frente, fueron agenciándose armas de los abatidos fugitivos o
de las unidades dañadas que retrocedían hasta Bastogne procedentes del frente
antiguo. La 101.a apenas disponía del material y el número de soldados
necesarios para cerrar el paso a la Panzer-Lehr, aunque no le faltaban agallas
para hacerlo. Poco le quedaba a la unidad alemana de la grandeza de que había
gozado antes del desembarco de Normandía; aunque no por ello dejaba de
suponer una amenaza considerable frente a las armas ligeras de los paracaidistas.
El general de brigada Anthony McAuliffe, al mando de la 101.a, tenía la suerte
de contar con el respaldo de unos cuarenta carros de combate y el 705.o batallón
de destructores de tanques.
El comandante William Desobry, que se hallaba al frente de unos quince
vehículos Sherman de la 10.a división acorazada en Noville, al noreste de
Bastogne, no paraba de encontrarse con rezagados « que nos referían historias
terribles acerca de cómo habían arrasado a sus unidades» . A todos los trataba de
persuadir para que se uniesen a su grupo y reforzar así la defensa, « aunque se
hallaban en semejante estado físico y mental que habrían sido más una carga
que una ay uda» . En consecuencia, dejaba a aquellos soldados tambaleantes que
siguiesen su camino hacia la retaguardia. Una de las unidades que organizó, de
ingenieros de combate, se convirtió, de hecho, en un verdadero estorbo: « No
eran eficaces, simplemente» . No puede decirse lo mismo de un pelotón de
infantería blindada de la 9.a acorazada, que le fue de más utilidad.
A las 4.00 horas del 20 de diciembre, Desobry oy ó disparos procedentes de la
carretera, y no dudó en salir y permanecer atento cerca de la iglesia de Noville.
Los soldados de su puesto avanzado retrocedieron en dirección a la ciudad,
encabezados por un suboficial al que habían herido en la boca, quien informó de
que había de camino vehículos semioruga alemanes. En un principio, él y los
demás habían pensado, al oír los motores de éstos, que se trataría de tropas
estadounidenses en retirada, y no se desengañaron hasta que los ocupantes
hicieron fuego al llegar casi a donde estaban ellos. Entonces se hizo el silencio en
Noville, y los estadounidenses quedaron a la espera, cargados de aprensión y con
las armas preparadas. Poco después, por entre la espesa niebla del amanecer les
llegó el estrépito de las orugas, y Desobry pensó: « ¡Vay a! Pues sí que hay
alguien ahí» . El y sus hombres rompieron el fuego en cuanto vieron aparecer a
las primeras unidades de la 2.a división blindada de Von Manteuffel, y lograron
alcanzar los dos vehículos que iban en cabeza. Cuando los alemanes se detuvieron
y comenzaron a desplegarse, Desobry envió a un grupo de ingenieros para que
colocasen cargas en los semioruga del enemigo que habían quedado fuera de
combate, para asegurarse así de que se quedarían donde estaban, bloqueando la
carretera. Además, llegó de Bastogne una unidad de destructores de tanques con
objeto de reforzar la defensa.
Los alemanes habían ocupado una serie de crestas desde las que se dominaba
Noville, y desde allí comenzaron a hostigar con intensos fuegos la pequeña
población. Desobry consideró esencial reconquistar aquellas posiciones elevadas.
Entonces llegó el batallón 506.o de la 101.a aerotransportada y se dispuso a
atacar. Algunos de sus hombres seguían tratando de obtener, mediante ruegos, las
armas de quienes allí se encontraban aun en el momento mismo de desplegarse.
En el preciso instante en que los soldados de la división comenzaron a avanzar, lo
hicieron también los alemanes, tras lo cual ambos bandos protagonizaron dos
horas de furioso combate. A Desobry le resultó imposible zafarse de cierta
sensación de irrealidad cuando vio a los primeros prisioneros alemanes que se
dirigían a la retaguardia. « Aquellos tipos tenían un aspecto de lo más divertido» .
Cuando uno de ellos hizo el saludo hitleriano, no pudo menos de pensar: « Esto
está empezando a parecerse a una película de Chaplin» .
Los estadounidenses carecían del poderío necesario para conquistar terreno
frente al Schwerpunkt de una división blindada alemana —es decir, el punto en
que se concentraban todas las fuerzas de la unidad—. En consecuencia, las tropas
aerotransportadas abandonaron el ataque a la colina. « Nos dijimos: “Muy bien:
buen intento; pero ahora, mejor nos replegamos hacia la ciudad”» . No bien
comenzaron a reorganizarse los paracaidistas cuando entró en Noville un
vehículo de mantenimiento norteamericano y se detuvo ante el puesto de mando
de Desobry. Los alemanes, al verlo, recurrieron a su artillería, que hizo fuego con
dolorosa precisión y provocó diversas víctimas entre los defensores. El propio
Desobry recibió heridas en las manos provocadas por fragmentos de proy ectil.
Los soldados de la infantería blindada alemana detuvieron el todo-terreno
destinado a la evacuación de heridos en que los llevaban a la retaguardia, y al ver
a los hombres que y acían en las camillas, le hicieron señas para que prosiguiese
la marcha. Pero el conductor erró el camino, y Desobry fue el único de los
cuatro heridos a los que transportaba que llegó con vida a un hospital de
campaña, convertido, eso sí, en prisionero del enemigo. Al día siguiente, 20 de
diciembre, la 101.a efectuó un contraataque que permitió a los estadounidenses
que se habían visto rodeados en Noville retirarse hasta el perímetro de Bastogne.
Con todo, la sólida defensa de aquella modesta población había logrado imponer
un inestimable retraso de veinticuatro horas al avance de la 2.a de Panzer.
La resistencia de la aerotransportada en Bastogne se convirtió en una de las
ley endas norteamericanas de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, se
han prodigado elogios a los logros de aquellas Screaming Eagles, si bien se ha
dicho mucho menos de la mezcolanza de rezagados y supervivientes de unidades
de toda clase que hubieron de participar —conforme o no a su voluntad— en el
sitio que sufrió la ciudad durante ocho días. La primera vez que oy ó hablar de
Bastogne el sargento Charles Skelnar, panadero de Omaha (Nebraska), que se
hallaba, en calidad de cocinero, al servicio del 482.o regimiento antiaéreo, fue
mientras estaba adscrito al manejo de una ametralladora de 12,7 mm instalada
en el camión de cocina de su unidad, en la carretera de Longvilly, aterrorizado en
medio de aquel « caos absoluto» . Hasta el 16 de diciembre, él y los de su unidad
apenas habían oído un solo disparo efectuado en serio, cuando, de súbito,
recibieron orden de abandonar los vehículos semioruga y retroceder hacia
Bastogne. Casi la mitad de su batería hizo lo que le mandaban, en tanto que el
resto se perdió en aquella carretera.
El doctor Henry Hills pertenecía a uno de los seis equipos quirúrgicos de
campaña que desembarcaron en planeador en las afueras de Bastogne el 26 de
diciembre con la misión de aliviar la escasez desesperada de asistencia médica
en el campo de batalla. Tres de los cirujanos murieron, víctimas del fuego
alemán, antes de poder poner siquiera un pie en el suelo. Todos los aparatos que
transportaban al personal sanitario fueron derribados. En el preciso instante en
que se estrellaron, los médicos salieron de entre los restos y echaron a correr en
dirección a la ciudad. Una vez allí, los llevaron a un garaje.
En cuanto abrimos la puerta para entrar, pudimos percibir el olor a
gangrena. Había mujeres que trataban de ayudar a los heridos, dándoles
agua y demás. Morían como moscas. Llevaban allí diez días, sin más luz
que la que llegaba del extremo más alejado de la nave, donde los
mecánicos llevaban a cabo sus reparaciones. Había un hornillo de
campaña con café y cuatro mesas (camillas apoyadas en caballetes).
Después de una operación, echábamos todo el instrumental en una tina
enorme llena de alcohol. Huelga decir que no teníamos batas ni
mascarillas. En la planta baja del garaje había cuatrocientos heridos
graves, y en la alta, otros tantos que podían caminar. De estos últimos ni
nos preocupábamos.
Apenas habían podido salvar más de tres litros de plasma sanguíneo de entre
los restos de los planeadores, y si bien tenían sulfamida, no disponían de una sola
gota de penicilina. Mientras estaban trabajando, entró un coronel de infantería
para anunciarles que había recibido varias quejas derivadas del elevado número
de amputaciones.
—Dan por hecho que están ustedes mutilando a demasiados.
—Cierto —asintió Hills—, pero nunca sin necesidad.
—Pues yo —repuso el coronel— no estoy seguro de que sea así.
El cirujano tomó uno de los miembros eliminados y se lo ofreció a modo de
justificación. Pálido, el coronel dio media vuelta y se marchó sin más palabras.
Cincuenta horas después de su llegada, relevaron a los médicos. El último
caso que atendió Hills fue el de una fractura compuesta de antebrazo de escasa
relevancia. Como quiera que los anestesistas estaban ocupados, se vio obligado a
enseñar a un cocinero a iny ectar de forma continua el pentotal contenido en una
jeringuilla. Concluida la intervención, el improvisado ay udante declaró: « Bueno,
pues y a puedo decir que lo he hecho todo en este ejército» .
Los alemanes dejaron Bastogne rodeada y siguieron avanzando hasta llegar
más allá de Saint-Hubert, a sólo treinta kilómetros del Mosa. Sin embargo, a los
carros blindados se les hizo difícil sacar provecho a su avance con la 101.a a las
espaldas. Para Von Manteuffel, uno de los errores más graves cometidos por
Alemania durante aquella campaña fue el de dejar que la Panzer-Lehr se
encargase de dicha población y hacer que la 2.a acorazada prosiguiera la
marcha sin su apoy o, toda vez que, por separado, ambas divisiones eran
demasiado débiles para llevar a cabo la labor que se les había asignado.
Entre tanto, en el flanco septentrional, la 12.a de Panzer de la SS lanzó contra
las posiciones del 226.o de infantería, al norte de Bullingen, el may or ataque que
hubiese efectuado hasta entonces. El 21 de diciembre, sus cañones y morteros
rompieron el fuego mucho antes del alba. Sus ingenieros, por otra parte, habían
minado la carretera que desembocaba en el punto en que se hallaban apostadas
las tropas del coronel Daniel. Éste pidió a la artillería que crease un « anillo de
acero» para respaldar a sus soldados de a pie, y recibió como respuesta el apoy o
de doce batallones de obuses de 105 mm, procedentes de tres divisiones distintas.
Los estadounidenses quedaron pasmados ante el valor temerario que impulsaba a
la infantería alemana hacia donde se encontraban ellos. No había nada que
hacer: la artillería la arrasó en medio de una tempestad de explosiones, humo y
terrones que volaban por los aires. El cabo Henry F. Warner se convirtió en uno
de los héroes norteamericanos de aquella batalla al disparar un cañón anticarro
de 57 mm hasta caer herido de muerte por causa de una ráfaga de ametralladora
proveniente de un Mark IV que él mismo había puesto fuera de combate. Los
carros alemanes lograron abrir una brecha no muy extensa en el flanco derecho

del 226.o, y comenzaron a aplastar a los fusileros que había apostados en los
diversos pozos de tirador, hasta que salió a la palestra un destructor de tanques y
acabó, sucesivamente, con siete de ellos. Aún quedaban cinco para continuar el
ataque, pero dos de ellos fueron derribados por sendos vehículos Sherman que, a
su vez, cay eron presas del fuego alemán.
Los alemanes que quedaban con vida hicieron fuego contra la casa señorial
que servía de puesto de mando a Daniel. Sin embargo, en el preciso instante en
que su situación comenzaba a parecer desesperada, se presentó un pelotón de
cañones autopropulsados de 90 mm. Ocultos tras una cortina de humo, sus
integrantes alcanzaron a dos de los Panzer e hicieron huir al único que quedaba
entero. Los alemanes habían perdido a varios centenares de soldados, unos
cuarenta y siete vehículos blindados y cañones autopropulsados, en tanto que las
bajas estadounidenses ascendían a doscientos cincuenta hombres. Las fuerzas al
mando del coronel Daniel se hallaban, por entonces, tan debilitadas que hicieron
que se preguntara si no sería más prudente retirarse. Con todo, la llegada de una
nueva compañía de refuerzo lo persuadió de que podría seguir resistiendo. Y a
juzgar por la extenuación de los alemanes, hay que concluir que no andaba
errado. El 226.o había protagonizado una de las memorables hazañas que
decidieron el resultado de la batalla. Tal fue la actuación del regimiento que hizo
que el comandante de la 12.a acorazada de, la SS describiera el 21 de diciembre
como « el peor día de mi vida» . A instancias de Hitler, los soldados de « Sepp»
Dietrich siguieron avanzando y acometieron contra la colina de Elsenborn,
durante cuatro días más. Sin embargo, el momento decisivo había pasado, y
Model hubo de reconocer que si quedaba posibilidad alguna de penetrar en las
líneas del enemigo tendría que ser en el sector del 5.o ejército blindado, al sur, y
no en el del 6.o de Panzer de la SS, al norte.
El 20 de diciembre, y a despecho de las coléricas protestas de Bradley,
Eisenhower otorgó a Montgomery el mando de todo el flanco septentrional de las
tropas desplegadas en las Ardenas. Tal decisión, que lo puso al frente de buena
parte del l.er ejército de Hodges y del 9.o de Simpson, fue uno de los actos de
sensatez que demostraron que el comandante supremo era digno de la autoridad
que ostentaba. Montgomery, tal como y a se ha observado, era objeto de
animadversión entre los generales norteamericanos, y habría sido comprensible
que Eisenhower hubiese estimado más oportuno no ponerlo a acaudillar tropas de
Estados Unidos. Sin embargo, en aquel trance mostró sus aptitudes de hombre de
Estado, y recibió como recompensa una actuación en extremo competente por
parte del inglés. Una vez que los alemanes reanudaron sus comunicaciones por
radio, el personal de Bletchley Park se encontró con todo un aluvión de mensajes
cifrados que descodificar en lo tocante a los despliegues e intenciones del
enemigo. En consecuencia, el mariscal de campo británico gozaba de una
posición aventajada de la que carecían los estadounidenses durante los primeros
días. En cambio, otros generales que tenían el mismo acceso que él a los datos
obtenidos por los servicios de información seguían sumidos en el desconcierto a
causa de la arremetida alemana. Cuando en el cuartel general del l.er ejército
había cundido la confusión, si no el pánico, aquel zorruno mariscal de campo de
escasa estatura supo mantener la calma y volver a distribuir, con gran frialdad,
las fuerzas británicas y estadounidenses para crear un sólido frente septentrional
con el que resistir los embates de Alemania.
El XXX cuerpo del Ejército del Reino Unido, desplegado en Dinant, recibió
orden de acudir a bloquear el tramo final del Mosa. Apenas se le pidió que
combatiese, toda vez que la de las Ardenas era una batalla estadounidense. Sin
embargo, Montgomery supo dar muestras de la cualidad más valiosa que pueda
poseer un jefe militar ante una situación como aquélla: un puño firme. Muchos
de los norteamericanos que tanto lo detestaban no pudieron menos de loar su
aportación a la defensa ante el ataque invernal efectuado por Alemania. Cuando
William Harrison, general de brigada de la 30.a división, conoció al hombre que
comandaba el 21.er grupo de ejércitos, pensó: « Hete aquí un tipo que sabe lo que
se hace» . Von Manteuffel, por su parte, aseguró más tarde que la respuesta
aliada a la ofensiva de las Ardenas estuvo mucho mejor coordinada que la propia
operación alemana.
Con todo, ni siquiera en este brete logró el mariscal de campo inglés
comportarse con educación. Y así, durante una reunión celebrada con Hodges —
al mando del l.er ejército— y Simpson —al frente del 9.o— alrededor del mapa
desplegado sobre el capó del Humber de su estado may or, en lugar de invitar a
los dos generales norteamericanos a ponerlo al corriente de la situación en que se
hallaba el campo de batalla, se dirigió a su joven oficial de enlace británico, el
comandante Carol Mather, y le preguntó: « ¿Qué es lo que hemos de hacer?» .
« Nuestros amigos estadounidenses… se mostraron muy turbados —escribió el
oficial—. Aquél fue un gesto poco afortunado» . Nigel Hamilton, biógrafo oficial
de Montgomery, describió cómo trataba éste a Hodges: « Gustaba de humillar al
más tímido… de los generales estadounidenses cuando éste cay ó en desgracia» .
Bill Simpson, por suerte, parecía imperturbable ante el proceder desconsiderado
de Montgomery. El comandante del 9.o ejército, hombre enjuto y desgarbado sin
demasiadas pretensiones, había sido compañero de Patton en West Point, donde
se había graduado siendo el penúltimo de su promoción. Era hijo de un ranchero
texano que había recibido varias medallas en la Primera Guerra Mundial, y
demostró ser uno de los oficiales norteamericanos más agradables y
competentes de cuantos se hallaban combatiendo en Europa. Entre sus virtudes
destacaban las inestimables paciencia y afabilidad que manifestaba para con los
británicos, en general, y para con Montgomery, en particular, y que bien
merecieron una respuesta más generosa que la que se les brindó.
Desde el principio de la batalla, se hizo evidente que Montgomery pretendía
aprovechar la crisis para abundar en su célebre causa en favor del
nombramiento de un comandante general aliado en el campo de batalla. El
mismo día que recibió de Eisenhower el mando del flanco derecho del
internamiento alemán, Brooke se sintió en la obligación de enviarle una
extenuante carta en la que le instaba, sin ambages, a renunciar a sus quimeras
relativas al mando de los ejércitos angloamericanos. « A mi juicio —rezaba—,
debería usted tener cuidado con lo que dice al propio Eisenhower sobre este
asunto… más aún cuando, en estos momentos, lo más probable es que esté muy
preocupado acerca de la situación general» . Al día siguiente, Brooke persistió en
la misma idea: « Permita que le haga una advertencia: los acontecimientos y la
acción del enemigo han obligado a Eisenhower a establecer un sistema de mando
más satisfactorio… Es de vital importancia que no se le pase por las mientes dar
en la cara con este desafortunado hecho a nadie del SHAEF. Cualquier
comentario de su parte está abocado a llegar, más tarde o más temprano, a oídos
de Eisenhower» .
El principio de la batalla de las Ardenas tuvo lugar en un momento en que el
entusiasmo norteamericano por sus aliados británicos estaba en franca
decadencia. James By rnes, director de la Oficina de Movilización Bélica, que en
ocasiones era conocido como el « presidente adjunto» de Roosevelt, señaló que,
aún con anterioridad a los sucesos de mediados de diciembre, los generales
estadounidenses se habían quejado de la « pasividad» del 21.er grupo de
ejércitos de Montgomery. Desde Estados Unidos arreciaban furiosas críticas a la
actuación del Reino Unido frente a los comunistas en Grecia, intervención que se
consideraba reflejo no sólo del imperialismo churchilliano, sino también de una
clara voluntad de imponerlo mediante el desvío de tropas británicas del campo de
batalla de la Europa occidental y el consecuente incremento de la carga que
habían de soportar los estadounidenses. Roosevelt hizo saber a Stimson que estaba
« harto» de los británicos. « Bajo la superficie de las relaciones establecidas
entre los aliados que están combatiendo en esta guerra suby ace algo muy
semejante a una crisis —escribió el columnista Marquis Childs en The Washington
Post el 8 de diciembre de 1944—… Estoy convencido de que la may oría de los
norteamericanos que reflexionan acerca de estas cuestiones estarán preocupados
en lo más hondo por el giro que han dado los acontecimientos en la Europa
ocupada» . Barry, diputado por Nueva York, dijo en el Congreso: « Los
estadounidenses no hemos sufrido más de medio millón de víctimas para que
Europa acabe repartida entre el Reino Unido y la Unión Soviética» . El
Manchester Guardian, por su parte, se quedó corto cuando aseguró: « Las
relaciones angloamericanas parecen poco prósperas hoy por hoy » . Y el
traumático asalto alemán a las Ardenas, que fue a sumarse a las tensiones
existentes, no constituy ó, precisamente, el mejor momento para que un mando
británico provocase a Estados Unidos.
Con todo, el 22 de diciembre, el mariscal de campo escribió a Brooke en
términos que no dejaban lugar a dudas sobre la delirante arrogancia que no
tardaría en exponer en público: « Creo que estoy viendo salir el sol en el frente
occidental, ahora que hemos acabado con el desorden y organizado de modo
conveniente dos ejércitos norteamericanos. Con todo, el camino que queda por
delante está sembrado de escollos, y no veo motivo alguno para el optimismo que
parece albergar “Ike”. Von Rundstedt está luchando bien» . Al día siguiente,
comunicó: « No creo que el 3.er ejército estadounidense sea lo bastante fuerte
para hacer lo que necesitamos que haga. Si mis predicciones no van mal
encaminadas, voy a tener que bregar sin ay uda con los ejércitos 5.o y 6.o de
Panzer. Creo que podré arreglármelas, aunque va a ser toda una juerga» .
Patton había aceptado el cometido de restablecer el frente meridional de la
penetración alemana, y la eficacia con que lo desempeñó, merced a una resuelta
labor conjunta con su estado may or, lo hizo digno de la admiración de la historia.
La hazaña consistió en hacer girar noventa grados a tres divisiones del 3.er
ejército en setenta y dos horas con objeto de emprender con ellas un decidido
avance en dirección a Bastogne y las tierras que se extendían tras este municipio
belga. Montgomery, en consecuencia, no tuvo que « bregar sin ay uda» con los
ejércitos acorazados alemanes, tal como, de hecho, había parecido evidente
desde un principio. Llegado el 22 de diciembre, se había y a resuelto el aprieto en
que se habían visto los aliados por causa de la ofensiva de las Ardenas, si bien aún
quedaban muchos combates de importancia que encarar. El mariscal de campo
dio muestras de una profesionalidad admirable al reorganizar el frente
septentrional, aunque no hizo —ni haría en adelante— nada sobre el campo de
batalla que pudiera calificarse de brillante.
Además, su retórica lo privó incluso de la gratitud de quienes, en otras
circunstancias, no habrían dudado en expresársela. Los términos en que, el 28 de
diciembre, informó a Brooke de una reunión mantenida con Eisenhower dan idea
de su engreimiento:
Le hice saber que tal vez le resultaría difícil justificar los verdaderos
motivos de la «trompada» que acababan de propinarle los alemanes, pero
que aquello no sería nada comparado con la dificultad que le supondría
justificar un nuevo fracaso en el avance hacia el Rin… [Eisenhower] hubo
de adoptar una indudable actitud de humildad, y se dio cuenta, a ojos
vistas, de que no nos habríamos visto en este trance si hubiese aceptado el

consejo de los británicos y no el de los generales estadounidenses.
Aun después de superar la crisis provocada por el inicio de la batalla, algunas
unidades norteamericanas siguieron sufriendo daños considerables debido a los
embates, furiosos aunque frustrados, de los alemanes. « Nuestro grupo se vino
abajo» , reconoció con franqueza John Capano, soldado raso del 120.o de
infantería de la 30.a división. Las primeras noticias que tuvieron del avance
alemán les llegaron de boca de las civiles belgas, que se introdujeron, a primera
hora del 21 de diciembre, en las posiciones que ocupaban cerca de la carretera
de Lingueville a Malmedy para anunciarles, con locuacidad que el enemigo se
hallaba a poca distancia. « Cuando comenzaron los problemas, ni siquiera
teníamos trincheras cavadas. De repente, nos vimos en medio de un bombardeo
de la Luftwaffe. Y eso que nos habían dicho que estaba acabada. Cuando oímos
tanques, echamos a correr en busca de un lugar en que refugiarnos, aunque no
sabíamos adónde ir. Nos pusimos a disparar por entre los árboles, dando por
hecho que debíamos hacer el may or ruido posible. Pensamos: “Alguien la ha
fastidiado”. Los de los carros resultaron ser de los nuestros; así que no dudamos
en subirnos a los vehículos» . En realidad, hay que decir que, pese a haber
quedado muy maltrecho tras su encuentro con la 150.a brigada de Panzer —
encabezada por algunos de los soldados de Otto Skorzeny, que llevaban uniformes
y carros de combate estadounidenses—, el 120.o regimiento logró reorganizarse
más tarde.
Al teniente William Devitt, integrante del 330.o de infantería, lo alcanzaron,
cierta noche, fragmentos de mortero que derribaron al cabo primero de su
pelotón. « Mi primera reacción fue asustarme —recuerda—: Tenía miedo a
morir. Junto con este temor, acudió a mi mente una plegaria, algo así como:
“¡Dios mío, ay údame!”. Sin embargo, al mismo tiempo comencé a decirme:
“Cálmate y busca ay uda”» . Más dueño de sí mismo, pidió auxilio médico. El
enfermero que acudió a su llamada le comunicó, en tono de disculpa, que había
perdido la linterna. Con todo, antes de que hubiesen transcurrido diez minutos se
hallaba en una camilla, camino de la retaguardia, con las manos y el abdomen
vendados. Pocos días después, se encontró en un hospital galés, compartiendo
habitación con un joven oficial con la pierna mutilada. « Ya me importa todo un
bledo —le aseguró éste—. ¿Cómo voy a jugar ahora al tenis? En casa me estaba
esperando una beca deportiva de la Universidad Cristiana de Texas. No quiero
vivir así» . El muchacho vio cumplido su deseo, pues no tardó en morir de
septicemia. Y Devitt, que un mes antes estaba deseando entrar en combate, no
tenía palabras para agradecer que la guerra hubiese acabado para él.
Al comandante Hal McCown, al mando del 119.o de infantería de la 30.a
división, lo hicieron preso el 21 de diciembre, mientras recorría las posiciones de
retaguardia, junto con un operador de radio y un sanitario. Lo llevaron ante
Joachim Peiper, con quien conversó a través de un intérprete que había pasado
dieciséis años en Chicago. « La moral de los alemanes no había decaído —
aseveraría más tarde—, a pesar de lo extremadamente difícil de su situación» .
Estuvo charlando con el coronel de la SS buena parte de aquella noche. « Pocas
personas me han impresionado tanto en un espacio tan breve de tiempo como
aquel oficial alemán. No le cabía la menor duda de que su ejército podía azotar a
los aliados» . Peiper se dejó llevar por el entusiasmo al hablar con el
estadounidense de la V-2, los nuevos submarinos, las divisiones recién
constituidas… Durante los dos días siguientes, los alrededores de su cuartel
general fueron objeto de un intenso bombardeo por parte de la artillería de
Estados Unidos, que acabó con la vida de un prisionero norteamericano y un
centinela. La tarde del día 23, el oficial de la SS volvió a requerir la presencia de
McCown. Según le comunicó, sus carros blindados se habían quedado sin
carburante; en consecuencia, tenía intención de retirarse a pie y dejar atrás a los
prisioneros heridos, aunque pensaba llevarse consigo al comandante. A la
madrugada siguiente, en silencio, se internaron en los bosques ochocientos
alemanes. Dos horas más tarde, los fugitivos oy eron las primeras explosiones
provocadas por las cargas que habían colocado en los vehículos que acababan de
abandonar. El día siguiente lo dedicaron a buscar una ruta de escape, tras topar
con un puesto de centinelas norteamericanos. Peiper desapareció con su estado
may or, y el resto de alemanes prosiguió la marcha, transportando a sus propios
heridos, hasta que, por la noche, la columna se dio de bruces con las posiciones
estadounidenses. Durante la escaramuza que se dio a continuación, el
comandante McCown se las compuso para escapar, regresar a su bando y poner
a los soldados de la 82.a aerotransportada al corriente de lo que le había sucedido.
El cielo se despejó el 23 de diciembre.
El campo de batalla presentaba una belleza de otro mundo para quienes
podían solazarse en su contemplación —escribió el corresponsal de guerra danés
Alan Moorehead—. Cuando uno pasaba en coche al lado de los canales helados y
los niños que se deslizaban en las alturas de las Ardenas, el sol se manifestaba y
lo convertía todo en un escenario iluminado por un foco: kilómetros y más
kilómetros de campos de nieve vírgenes bajo la lámpara clara y glacial del sol
invernal. Con sólo dar la espalda a los pueblos en ruinas y olvidar la guerra por un
instante, uno podía imaginarse solo en aquel mundo radiante en el que todo se
había reducido a azules y blancos primarios: el estridente blanco centelleante que
se extendía entre los árboles helados, el azul intenso de las sombras del valle y el
impecable azul hielo del cielo.
Para los defensores aliados que levantaban la mirada al cielo, lo
verdaderamente poético de la situación era el hecho de que las fuerzas aéreas
pudiesen entrar en combate. Sobre Bastogne comenzaron a descender paracaídas
con provisiones, y, por fin, el campo de batalla se llenó de cazabombarderos. En
Saint-Vith, el teniente Rolf-Helmut Schröder observaba las consecuencias que
habían provocado los primeros ataques en su mermada unidad del 18.o de
Volksgrenadier, mientras pensaba abatido: « Esto no va a ser nada fácil» . En
calidad de veterano del frente oriental, Schröder no había presenciado nunca una
incursión aérea de envergadura. El oficial al que estaba subordinado había sido
herido, por lo que él y sus hombres hubieron de retirarse bajo las órdenes de un
coronel recién llegado de Noruega que, según pudo comprobar, consternado,
vestía una guerrera huérfana de toda condecoración bélica. Sus peores sospechas
se vieron confirmadas durante un contraataque estadounidense, cuando el
coronel se excusó diciendo: « Schröder, me temo que el pie me está dando
demasiada guerra» . Se equivoca, de medio a medio, quien da por sentado que la
Wehrmacht estaba capitaneada sólo por hombres valerosos.
Estados Unidos fue recuperando su potestad sobre el campo de batalla de un
modo lento pero sólido. Los carros de combate alemanes alcanzaron el punto
más alejado de su avance, a más de noventa kilómetros de la línea de partida y a
pocos del Mosa, el día 24 de diciembre. El impulso de los Panzer se detuvo
cuando la may oría de sus unidades quedó sin combustible y fue víctima de la
aviación y los fuegos concentrados de la artillería. El talento de que daban
muestras los estadounidenses en lo tocante a la movilidad y a había permitido a
los defensores doblar el número de soldados de infantería y triplicar el de
vehículos acorazados en el sector acosado. Vista sobre un mapa, la ofensiva
resultaba alarmante, aunque a esas alturas y a no suponía amenaza estratégica
alguna. « El hecho de que los hunos hay an asomado el cuello —había escrito
Tedder, integrante del estado may or del SHAEF, en una fecha tan temprana
como la del 22 de diciembre— es lo mejor que podría haber sucedido si lo que
queremos es adelantar cuanto antes el fin de todo esto. Puede suponer meses de
diferencia» . El tiempo estuvo siempre del lado de los aliados, y en contra de los
alemanes. Los ejércitos de Hitler habían perdido la carrera.
Matthew Ridgway, al mando del XVII cuerpo aerotransportado, se hallaba
ausente en Inglaterra cuando estalló el asalto alemán. Gavin, comandante de la
82.a, supo suplir su ausencia de un modo excelente durante los primeros días, tras
los cuales, y una vez llegado el jefe de cuerpo, regresó al frente de su propia
división. La solidez de su personalidad se hace patente en cada una de las líneas
de su correspondencia, así como en sus conversaciones. No deja de llamar la
atención el comentario que hizo a los adalides de su unidad en Nochebuena, en un
momento en que eran varios los oficiales de may or graduación que se habían
dejado dominar por el pánico: « La situación es normal y del todo satisfactoria.
El enemigo se ha servido de todas sus reservas móviles: ésta será la última
ofensiva de consideración que lance en lo que queda de guerra. Nuestro V
cuerpo frustraría sus planes, y luego, lo atacará y lo aplastará… Quiero que, con
todo lo que digan y hagan, sepan inculcar este convencimiento a sus
subordinados» . Ridgway dijo a Gavin: « Sé que sus hombres están cansados: han
hecho un trabajo magnífico, y necesitan tenerlo a su lado para que les dé ánimos.
No sé de nadie que pueda hacerlo mejor que usted. ¿Está dispuesto?» .
El caudillo del XVII aerotransportado envió, por el contrario, una carta
mordaz al oficial al mando de la 75.a división, en la que aseguraba que su
actuación había sido en todo inadecuada. « Quiero que todos sus hombres se
imbuy an de la idea de lo afortunados que son de estar aquí, en el campo de
batalla en el que va a decidirse el resultado de la guerra, y en el que pueden
contribuir a hacer que la 75.a se sitúe a la altura de las mejores divisiones de
nuestro ejército. Han de empezar a mejorar hoy mismo» .
Al menos un hombre de la unidad a la que se estaba dirigiendo Ridgway no se
sentía, precisamente, entre los « afortunados» . Era Harold Lindstrom, granjero
de Alexandria (Minnesota) de veintidós años. Este fusilero con gafas,
perteneciente a la compañía F del 289.o de infantería, llegó a Francia el 15 de
diciembre, y fue sintiéndose, desde entonces, más desdichado cada día. En
primer lugar, el sargento bravucón y respetado que había estado con su
compañía durante todo el período de instrucción cay ó víctima de la neurosis de
guerra cuando llevaba sólo seis días en el teatro bélico, antes de que pudiese oír
siquiera un disparo. Lindstrom, de hecho, se estaba curando de un constipado
febril. El capellán de la unidad, un hombre que nunca le había gustado, fue a
visitarlo, y para su propia sorpresa, se sintió agradecido al ver al religioso: « Las
cosas eran diferentes allí, y y o era todo oídos. Me aterraba el futuro, y estaba
dispuesto a aceptar toda la ay uda que pudieran ofrecerme» .
Su compañía avanzó a duras penas, aterida, fatigada y muerta de hambre y
de sed. Sus integrantes pasaron al lado de ambulancias todo-terreno cargadas de
heridos, restos de otros vehículos convertidos en amasijos de hierros y cristales
rotos, camiones con las ruedas aún en llamas… Por todos lados había material
bélico abandonado. « Resultaba espeluznante ver equipo idéntico al que y o estaba
utilizando, que había debido de pertenecer a tipos como y o… Después de ver
todo aquello, comencé a sentir un miedo atroz ante la idea de tener que
enfrentarme a los tanques alemanes, y creo que a la may oría de los demás le
sucedió lo mismo» . La compañía K, cuy as posiciones se encontraban cerca de
las suy as, fue víctima de las bombas de los P-38 estadounidenses. La mañana del
día de Navidad, el 289.o se dispuso a atacar, en formación de tres batallones en
línea, la incendiada población belga de Grandmenil. Vieron volar hacia ellos
proyectiles trazadores. En el momento en que el servidor del mortero del pelotón

 al que pertenecía Lindstrom ubicaba su tubo, un proy ectil alemán fue a rebotar
en la placa de asiento, provocando numerosas chispas. Los soldados se echaron al
suelo y estuvieron así durante horas, sin hacer un solo movimiento, mientras el
fuego de las ametralladoras alemanas recorría, de forma monótona, la línea de
un extremo a otro, con lo que provocó varios heridos. Lindstrom pudo sentir la
nieve fundirse bajo su cuerpo. Entonces cay ó la tarde, y, por fin, el jefe de
pelotón, un hombre de treinta y cinco años llamado Lavern Ivens, gritó:
« Muchachos, no podemos quedarnos aquí toda la noche esperando a que nos
alcancen. Empezad a gatear por la colina hasta llegar a aquella arboleda» .
Encantados de recibir órdenes, comenzaron a moverse con mucho tiento. Acto
seguido, oy eron un motor arrancar, una voz en alemán y risas, y volvieron a
tumbarse en silencio. Rollie Combs llamó a Roy Mitchell y le preguntó: « ¡Mitch,
Mitch! ¿En qué sentido me tumbo: mirando para ellos, o para el otro lado?» .
Alguien respondió a voz en grito: « ¡Vamos a sacar el culo de aquí antes de que
empiecen a bombardearnos!» . Poco a poco, retrocedieron, colina abajo, por
donde habían llegado. Uno de los heridos rogó a Lindstrom que le dejase el
abrigo, pero él estaba aterido y se negó, y tal actitud lo hizo sentir culpable
cuando otro de sus compañeros se prestó a ofrecérselo. « Estoy seguro de que le
habría acabado dando el mío: sólo tenía que hacerme a la idea. Supongo que tuve
que dar muy mala impresión» . Al fin alcanzaron las instalaciones de una cocina
de campaña, donde, agradecidos en extremo, se dispusieron a dar cuenta del
rancho. Aquella noche, destituy eron al oficial de su batallón.
A la mañana siguiente, se les hizo saber que debían prepararse para atacar de
nuevo. « Aquello me llevó al borde de la desesperación… Nunca había pasado
tanto miedo como la noche anterior, y parecía que iba a tener que repetir la
experiencia. Pedí a Dios que me ay udase» . El oficial de exploradores de la
compañía F solicitó voluntarios para el servicio de patrulla. En un principio, nadie
movió un dedo, aunque al final hubo algunos que dieron un paso al frente. En
cuanto empezaron a avanzar, sintieron los proy ectiles estadounidenses caer cerca
de ellos; así que rompieron filas y echaron a correr hacia la retaguardia.
Lindstrom pudo ver, horrorizado, a un soldado con un ojo colgando; otro, con las
piernas cercenadas, fumando un cigarro bajo un árbol; una bota que había
quedado derecha con un pie en su interior; un sargento que gritaba mientras lo
evacuaban dos camilleros… Al ver que el suboficial tenía el cuerpo convertido
en una masa sanguinolenta de cintura para abajo, no pudo evitar preguntarse si
habría perdido los genitales.
Después de aquello, permanecieron cuatro días metidos en sus trincheras
individuales, protegiéndose de los bombardeos. No tenían la menor idea de dónde
estaban, ni tampoco sabían que estaban participando en « la batalla de las
Ardenas» . Lindstrom escribió: « La may or parte del tiempo, la pasé acatando
órdenes simples, como las que se dan a un perro: “¡Retiraos!”, “Resistid”,
“Tomad posiciones de tiro”, “¡Agachad la cabeza!”. Y siempre estaba pensando
en el frío que hacía» . La primera vez que contempló cadáveres de alemanes, no
pudo evitar envidiarlos por descansar, al fin, en paz: « Para ellos la guerra se
había acabado. Ya jamás volverían a pasar frío» . Todos conocían bien la película
propagandística de su gobierno que protagonizaban una típica familia
estadounidense y su perro Fido, y que trataba de hacer ver a la tropa que estaba
luchando por gentes como aquélla. Y no era extraño que los soldados se dijesen
unos a otros: « Acuérdate de que estamos haciendo esto por Fido» .
El panorama que pinta Lindstrom de sus vivencias en el campo de batalla,
que tanta importancia concede a las incomodidades, el desconcierto y el miedo,
dice más a la may oría de quienes participaron en la Segunda Guerra Mundial
que los recuerdos de aquellos combatientes que recibieron el honor de una
condecoración. Si alguien hubiese dicho a aquel joven de Minnesota y sus
camaradas, mientras se hallaban parapetados en sus pozos de tirador, que sólo
por resistir en su interior, por sobrevivir, habían contribuido a que su bando saliese
victorioso de una gran batalla, habrían quedado, sin duda, atónitos. Y sin
embargo, así fue. Una vez reforzado el frente con las divisiones acorazadas 1.a y
2.a y dos unidades aerotransportadas —la flor y nata del Ejército
norteamericano—, lo único que hicieron los alemanes fue estrellarse hasta la
muerte contra las posiciones aliadas, cuando no luchar por ganar el espacio
suficiente para emprender la retirada. Los puentes que atravesaban el Ourthe
habían saltado por los aires antes de la llegada de la 116.a de Panzer. De hecho,
fueron varios los ríos que no pudieron cruzar los alemanes por la acción de las
demoliciones estadounidenses. Joachim Peiper echaba humo por culpa de « los
malditos ingenieros» . Sólo una vez que estaba muy avanzada la batalla, en el
momento en que las unidades aliadas empezaron a capturar carros de combate
alemanes en gran número, tuvieron una idea sus adalides de hasta dónde llegaba
la escasez de combustible del enemigo. Cuando el 743.er batallón blindado
estadounidense penetró en La Glieze, sus integrantes no pudieron menos de
emocionarse al encontrar treinta Tiger y Panther intactos con los depósitos
vacíos. Y si bien los tentó la idea de apoderarse de ellos, lo cierto es que los
problemas de mantenimiento parecían insalvables.
A las 16.50 del 26 de diciembre llegaron al sector de la 101.a
aerotransportada fuerzas de la 4.a división acorazada de Patton. El general de
brigada Anthony McAuliffe corrió al encuentro de sus dotaciones. Al verlo, el
capitán William A. Dwight lo saludó y le preguntó: « ¿Cómo está, general?» , a lo
que él respondió: « ¿Cómo quiere que esté? ¡Pues, encantado de verlos!» . Su
unidad había sufrido 1641 bajas; la 10.a blindada, 503, y la 4.a, 1400, cifras que
no se alejaban mucho, en proporción, de las de otras unidades. Los combates en
torno a Bastogne no habían acabado, y la conexión entre la ciudad y el principal
frente norteamericano seguía siendo precaria. Aun así, y a nadie dudaba de que
era posible mantener las posiciones.
El aprieto en que se vieron los aliados a causa del asalto alemán a las Ardenas
les hizo rastrear de forma minuciosa las zonas de retaguardia en busca de todo
aquél capaz de suplir las numerosas bajas de la infantería.
El artillero Charles Félix se desesperó cuando le comunicaron, a finales de
diciembre, que lo iban a trasladar a la infantería. Dada su condición de recluta
forzoso, había sentido un gran alivio al ver en sus papeles el sello de « Servicio
limitado» , por motivo de sus problemas de visión. En consecuencia, le había
afligido el que lo enviasen a servir en el extranjero. Al llegar a su batallón,
aprovechó la primera oportunidad que se le presentó de alegar una experiencia
que no tenía en el campo de las transmisiones, y para gran alivio suy o, se vio
destinado al puesto de mando de un batallón y no a una compañía de fusileros.
Omar Bradley gustaba de referir la anécdota de un hombre que no dejaba de
telefonear a la oficina del Stars & Stripes para solicitar noticias procedentes del
campo de batalla. Después de muchas comunicaciones, le preguntaron de parte
de qué comandante llamaba. « No estoy representando a ningún general —
respondió compungido—. Soy uno de los de la Com-Z que tienen orden de pasar
a la infantería» . En determinado momento de aquella frenética búsqueda de
refuerzos, Eisenhower pidió a Washington que pusiese a su disposición a cien mil
soldados de la infantería de marina, lo que equivalía a reconocer que estaba
desesperado. La respuesta fue negativa.
En el sector septentrional, a finales de diciembre, la 2.a división acorazada del
l.er ejército de Hodges se enfrentó a su homónima alemana justo al este de
Dinant, y destruy ó casi todos los carros de combate de Von Manteuffel que aún
no se habían quedado sin carburante. La 2.a de Panzer había comenzado la
batalla con 116 vehículos blindados y cañones de asalto, para acabarla sin apenas
uno solo. Mucho más al sur, delante del 7.o ejército de Patch, el grupo de
ejércitos alemán G lanzó una segunda ofensiva en Sarre, concebida para hacer
may or la presión a que estaban sometidos los aliados, y dificultó aún más a
Eisenhower la labor de enviar refuerzos a las Ardenas. El ataque inicial reportó a
los agresores ciertas porciones de terreno e hizo que resucitaran las esperanzas de
Hitler. Sin embargo, también este asalto acabó por vacilar y extinguirse durante
los primeros días de 1945.
El 27 de diciembre, los servicios de información del SHAEF señalaron: « El
ritmo de los empeños del enemigo ha decrecido casi hasta quedarse en nada» . El
cabo Lolo Lewis, operador de radio galés adscrito a uno de los Sherman de
Montgomery que esperaban con el XXX cuerpo a los alemanes por encima del
Mosa, contemplaba los carros del enemigo avanzar en línea prolongada, con
soldados de infantería entre un vehículo y otro. Los británicos estaban relajados y
henchidos de confianza, pues sus propios tanques se hallaban desplegados sin
número y medio ocultos, a modo de prolongación del frente norteamericano.
« Al salir el sol, supimos que los alemanes estaban acabados —recuerda Lewis
—. Cuando los Ty phoon comenzaron a atacar, era digno de ver cómo saltaban las
dotaciones de sus Panzer antes siquiera de que los alcanzasen las bombas» . El día
de Año Nuevo de 1945, la Luftwaffe llevó a cabo su última intervención de
relevancia en el frente occidental, cuando sus cazas destruy eron, en tierra, a
ciento cuarenta aviones aliados —entre los que se incluía el encargado de
trasportar al mismísimo Montgomery — durante una serie de bombardeos
emprendidos por sorpresa sobre los campos de aviación. Sin embargo, los pilotos
alemanes sufrieron un número de bajas que no podían permitirse, en tanto que a
su enemigo no le resultó difícil subsanar las pérdidas.
El 24 de diciembre, Guderian había reconocido el fracaso de la ofensiva de
las Ardenas, y desde entonces había rogado, en vano, a Hitler que permitiera que
las divisiones acorazadas se replegasen hacia el este, donde podrían hacer frente
a la acometida que, según constaba al alto mando de su ejército, estaban a punto
de efectuar los soviéticos. El Führer, sin embargo, seguía obstinado en prolongar
la batalla de las Ardenas, alentado por Jodl, que lo persuadió de que la presión
que estaban manteniendo en el frente occidental estaba logrando trastornar los
planes de ataque de los angloamericanos. De hecho, fue Jodl quien mandó lanzar
el asalto secundario a Alsacia-Lorena en aquel momento, a despecho de
Guderian, que insistía en que, a esas alturas, el frente del Vístula se había
convertido en objetivo prioritario. Hubo que esperar al 3 de enero para que el
dirigente alemán diese, a destiempo, su visto bueno a la retirada.

 

 

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