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ARMAGEDÓN Hastings 9.1 Se desata la tormenta

viernes, 14 de agosto de 2026

 9
La ofensiva de Stalin
1. SE DESATA LA TORMENTA
Había un dicho en el Ejército Rojo que aseguraba: « Donde está Zhúkov, está la
victoria» . Aquel militar de cuarenta y ocho años, hijo de un zapatero, era natural
de un pueblo situado a unos kilómetros al sur de Moscú, y había luchado en la
Primera Guerra Mundial en las filas de la caballería zarista. Había comenzado a
adquirir renombre durante el conflicto mongol que enfrentó, en 1939, a Japón y
la Unión Soviética, enfrentamiento que sigue siendo casi desconocido para el
mundo occidental. Desempeñó una función destacada en los consejos del alto
mando soviético desde junio de 1941, cuando la Unión Soviética entró en la
contienda. Quienes lo critican aseguran que la suerte y los errores cometidos por
Alemania hicieron tanto como sus dotes de mando para hacerlo acreedor de los
laureles que obtuvo en las batallas de Leningrado y Moscú. Sin embargo, tal
teoría peca de poco generosa. En enero de 1943, recibió la estrella de mariscal, y
la crueldad de que dio muestras al ejecutar de un modo indiscriminado a todo
aquél que fuese sospechoso de cobardía o deserción hizo que entrase por el ojo
derecho a Stalin. Durante la defensa de Leningrado, decretó que se ajusticiara a
quien abandonase su puesto sin que mediaran órdenes escritas. Asimismo,
desplegó tras las posiciones de vanguardia carros de combate cuy o cometido no
era el de matar alemanes, sino el de abatir sin piedad a cualquier soldado
soviético que tratase de huir. Su privilegiada inteligencia y su dominio sobre todo
lo relacionado con la profesión militar, que llevaban aparejada una sobriedad
muy poco común entre los oficiales de may or graduación de su ejército,
gozaban de un reconocimiento generalizado. Llevaba acaudillando grandes
contingentes más tiempo que cualquier otro de los adalides aliados. Así, por
ejemplo, cuando, en 1941, se hallaba dirigiendo la defensa de Leningrado,
Eisenhower era aún jefe del estado may or del 3.er ejército en Luisiana y
acababa de verse ascendido a general de brigada. La actuación de los soviéticos
no siempre fue óptima: de hecho, la magnitud de sus errores fue tan
desmesurada como todo lo que tenía que ver con el frente oriental. Sin embargo,
durante los dos últimos años de la guerra, sus generales supieron guiar grandes
ejércitos con mucha más seguridad que los de Estados Unidos o el Reino Unido.
El perfeccionismo de Gueorgui Zhúkov, la meticulosidad de que daba
muestras en el momento de trabajar con su estado may or y el hecho de que no
dudara en destituir a todo oficial que, a su entender, no lograse dar la talla hacían
de él un verdadero tirano. Con todo, no dejaba de estar suby ugado a uno aún
may or. Y así, en 1941 no pudo menos de echarse a llorar tras recibir una dura
reprimenda de Stalin. A quien lee las memorias de los que capitanearon los
ejércitos soviéticos durante la guerra no le resultará difícil dejarse engañar y dar
por supuesto que habitaban un mundo racional, reconocible a norteamericanos y
europeos occidentales. Sin embargo, nada hay más lejos de la realidad: desde el
primero hasta el último de los días que duró la contienda, vivieron y combatieron
en un universo mucho más espantoso que el de los comandantes de Hitler. Bajo el
y ugo estalinista, el fracaso equivalía a la muerte, y ni siquiera el más insigne de
sus mariscales estaba libre de la posibilidad de que lo degradasen, torturasen y
ejecutasen. Un día de 1941, el jefe de las fuerzas aéreas soviéticas se quejó ante
el dictador después de haber bebido más de la cuenta: « Nos estás haciendo
pilotar ataúdes» . Stalin respondió sin inmutarse: « No deberías haber dicho eso» .
El general, Pável Ry chagov, fue ejecutado junto con buena parte del alto mando
de la aviación roja. Los subordinados militares del dirigente soviético vivían en un
estado permanente de terror, y pese a que no resulte fácil comparar maldades
relativas y a monstruos rivales, es un hecho que los militares de alta graduación
sometidos a Adolf Hitler gozaron de muchas más probabilidades de sobrevivir
que ellos hasta la derrota de Alemania.
Hombres como Zhúkov apenas podían ser otra cosa que déspotas
despiadados. Con todo, el mariscal sabía infundir entusiasmo entre sus soldados,
por una sencilla razón: al igual que otros egregios comandantes de la historia, era
un vencedor. « Zhúkov era muy popular; mucho más que Stalin» , asevera el
cabo Anatoli Osmínov. La presencia adusta y resoluta del mariscal dominaba
cada rincón de su cuartel general. « Era cruel y despiadado —afirmaba uno de
los oficiales de su estado may or de artillería—, torpe, terco y callado. Era difícil,
si no imposible, hacer que cambiara de opinión sobre cualquier particular» . Los
enseres de su despacho ponían de manifiesto una estudiada austeridad: una mesa
metálica, mapas, un gran termo en el que podía leerse: « Agua potavle» , con
falta de ortografía incluida, y una taza de estaño sujeta a éste con una cadena. En
su sala de operaciones, en medio de una batalla, reprendió con severidad
extrema a un oficial al que vio trabajando enfundado en un abrigo negro de
pieles. El teniente de artillería Vasili Filimonenko se echó a temblar cuando lo vio
aparecer por su puesto avanzado de observación y pasarse noventa minutos
estudiando el frente alemán con su periscopio. « Tenía que verlo por mí mismo» ,
dijo el mariscal, antes de someter al joven oficial a un riguroso interrogatorio
sobre sus condiciones de vida y el modo como planeaba apoy ar a la infantería.
No mostró cordialidad alguna: sólo una profesionalidad sumamente inflexible.
« Todos le teníamos miedo —asegura el teniente Yevséi Igolnik—. Sabíamos que
era muy capaz de emprenderla a bastonazos con los oficiales de su propio estado
may or» . Una vez, envió a un jefe de división a un batallón disciplinario por no
dar suficientes muestras de energía en el campo de batalla. Desde luego, Zhúkov
fue el caudillo militar más eficaz de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, durante el gran avance efectuado por la Unión Soviética hacia
poniente desde el Vístula y hacia Prusia Oriental, no se pretendía que ningún
mariscal alcanzase la gloria. Hacía y a dos años que Stalin había comenzado a
delegar en sus subordinados militares, hasta extremos notables, la dirección de las
batallas, y había visto recompensada su actitud con numerosas victorias. No
obstante, el resentimiento que le provocaban la celebridad y popularidad de
Zhúkov había crecido hasta el punto de corroerle el alma… o lo que tuviese en su
lugar. El dirigente soviético profesó siempre a sus camaradas más competentes
una mezcla de admiración y envidia que lo llevó, más tarde o más temprano, a
asesinar a la may or parte de ellos. En consecuencia, si bien serían sus mariscales
quienes combatieran en los colosales enfrentamientos que estaban a punto de
sucederse, y Zhúkov iba a representar en ellos un papel muy destacado, Stalin
estaba resuelto a hacer que su pueblo y la historia identificasen la ofensiva
efectuada en enero por el Ejército Rojo como un logro de su propia persona.
Los soldados de sus fuerzas armadas mostraban para con quien llevaba las
riendas de su nación una actitud tan compleja como variada. Muchos, de hecho,
han asegurado sentir por él menos respeto que por Zhúkov.
« Stalin ganó la guerra —reconoce Nikolái Ponomariov, cabo de la 374.a
división de fusileros—, pero fue responsable de demasiadas muertes» . Por su
parte, Fiódor Romanovski, comandante al servicio de la NKVD, se confiesa,
como apenas podía ser de otro modo, admirador apasionado de su dirigente:
« Salvó al Estado soviético. Poseía una mente privilegiada, y supo rodearse de
gente competente. Los gobernantes del Reino Unido y Estados Unidos no tuvieron
que hacer la guerra al mismo tiempo que luchaban, como nosotros, contra una
quinta columna. Stalin destruy ó a los traidores que había entre los nuestros. En
aquel tiempo, éramos comunistas de verdad» . Así y todo, por cada fanático del
Partido como Romanovski había montones de personas cuy as familias habían
sufrido lo indecible a manos de Stalin. Nikolái Senkévich, médico del Ejército
Rojo, se preguntaba a menudo: « ¿Es que no hay nadie dispuesto a librarnos de
ese caníbal?» . Su padre, un iletrado campesino bielorruso, había muerto en los
recintos del gulag después de que se le declarara culpable de hacer acopio de
semillas de lino, y su hermano había pasado diez años en un campo de trabajo
por « crímenes políticos» . Aun así, a Senkévich no se le habría pasado jamás por
las mientes expresar en voz alta su disconformidad. La cabo Anna Nikiunas
asegura: « Luchábamos por nuestro país, y no por Stalin» . Por su parte, el padre
del comandante Yuri Riajovski decía a su hijo: « Deberías obedecer a Stalin no
por lo que es, sino por ser el dirigente de nuestra nación» . El propio Riajovski
reconoce: « Stalin era como un dios para nosotros» .
Para gran frustración del Partido, empero, muchos soldados soviéticos
seguían sintiéndose muy cercanos al cristianismo. Ante la amenaza de una
muerte inminente, hombres y mujeres preferían abrazar a una divinidad que
prometía una vida más allá de la muerte a adherirse a un dirigente nacional
dispuesto a enviarlos allí. « A menudo pedía a Dios que me librase de todo
aquello» , recuerda Nikolái Ponomariov, que llevó consigo un crucifijo mientras
sirvió en el frente. El cabo Anatoli Osmínov hizo otro tanto con el icono que le
había dado su madre. Sabía que lo expulsarían del Partido Comunista si aquello
llegaba a oídos de cualquier agente político, « pero eran muchos los soldados que
se santiguaban y rezaban por sus vidas en privado. Casi todos teníamos, en
nuestro interior, algo de religiosos». La tropa del teniente Aleksandr Serguéiev
gustaba de recordar el proverbio ruso que decía: « Todos juntos, y Dios con
todos» . A Yulia Pozdniakova, que a la sazón tenía diecisiete años, no le habían
enseñado jamás una oración, aunque eso no le impidió inventar más de una
durante los bombardeos.
Hitler se había opuesto siempre a la construcción de fortificaciones
permanentes, pues, en su opinión, desalentaban el espíritu ofensivo que exigía a
sus ejércitos. Sin embargo, durante las semanas que precedieron al asalto de los
soviéticos al Vístula, cuando y a había poco que hacer al respecto, un millón y
medio aproximado de civiles alemanes hubieron de esforzarse para hundir palas
y picos en el suelo helado del Reich y cavar, desde el Rin hasta Kónigsberg,
zanjas anticarro y trincheras a modo de defensa frente a la invasión aliada. Sólo
en Prusia Oriental, se pusieron manos a la obra sesenta y cinco mil personas de
los dos sexos y todas las edades y condiciones a fin de crear defensas que, a la
postre, no sirvieron para gran cosa. El Führer se negó en redondo a poner en
práctica la propuesta de Guderian consistente en trasladar a las principales
fuerzas alemanas destacadas en Polonia desde la zona de defensa avanzada (la
Hauptkampflinie) a posiciones más atrasadas (la Grofkampflinie), fuera del
alcance del bombardeo inicial soviético. El caudillo alemán montó en cólera ante
semejante idea, « arguyendo que no estaba dispuesto a sacrificar veinte
kilómetros sin oponer resistencia». En consecuencia, la Grofkampflinie se
estableció, conforme a sus deseos, a sólo tres kilómetros del frente, más allá de la
tray ectoria inmediata de la artillería soviética, contraviniendo por completo la
doctrina militar alemana y eliminando toda posibilidad de efectuar con éxito un
contraataque antes incluso del comienzo de la batalla.

El Führer adoptó, asimismo, una medida aún menos acertada: enviar a
Hungría dos de las catorce divisiones y media de Panzer y Panzergrenadier que
había disponibles, con objeto de que plantasen cara a los soviéticos a lo largo de
un frente de mil doscientos kilómetros que se extendía, desde el Báltico, por toda
Polonia. La iniciativa se debió a la obsesiva inquietud que le provocaban los
y acimientos petrolíferos del lago Balatón. « Si pasa algo allí, se acabó —hizo
saber a Guderian—. Aquél es el punto más peligroso. Podemos improvisar en
cualquier otro sitio, pero no allí: no podemos arriesgarnos a perder las fuentes de
combustible. Por desgracia, no puedo instalar generadores en los carros de
combate [para impulsarlos con energía eléctrica].» A los soviéticos les encantó
esta nueva locura. « Una disposición de lo más estúpida» , observó Stalin al saber
del desvío de tropas alemanas a Hungría. El 1 de enero de 1945, la única reserva
blindada de consideración con que contaba Alemania en el frente oriental se
empleó para poner en marcha la Operación Konrad, destinada a liberar a las
fuerzas hitlerianas sitiadas en Budapest. Los soldados que integraban el
contraataque llegaron a divisar la capital húngara antes de que los detuviesen,
cosa que sucedió el 13 de enero. La obsesión de Hitler con aquel país lo llevó a
desplegar dentro de sus fronteras siete de las dieciocho divisiones acorazadas que
poseía en el Éste. De las restantes, cuatro se dirigieron a Prusia Oriental y dos a
Curlandia, de manera que sólo quedaron cinco para hacer frente a Zhúkov y
Kóniev. Así, en enero, en el frente oriental, Alemania sólo podía emplear 4800
vehículos blindados contra los 14 000 del Ejército Rojo, y 1500 aviones de
combate frente a 15 000.
En los albores de aquel mes, los altavoces de los cuerpos soviéticos de la
propaganda llevaron a las líneas alemanas, noche tras noche, estentóreas piezas
musicales que tenían el cometido de ahogar el ruido provocado por los motores
de los miles de carros de combate y cañones que se dirigían a las posiciones de
partida de la ribera oriental del río o se disponían a salir de la cabeza de puente
que habían establecido y a en Sandomierz, en la margen de poniente. Algunos de
los soldados que ocupaban puestos de escucha más allá de las líneas soviéticas
debían pasar el día tumbados boca abajo sobre la nieve, observando a los
alemanes, hasta que caía la tarde. Entonces, protegidos por la oscuridad, podían
levantarse y hacer que sus miembros entumecidos recuperasen el movimiento.
El sargento Nikolái Timoshenko, uno de los jefes de patrulla competentes en
extremo con que contaba el Ejército Rojo, pasó la noche de Fin de Año ruso —es
decir, la del 7 de enero— gateando durante horas sobre la superficie de un río
helado con el fin de alcanzar la orilla en la que se encontraban las posiciones
alemanas. Como siempre que se avecinaba un ataque, las fuerzas soviéticas
necesitaban prisioneros, y él y su patrulla no dudaron en asaltar una casa en la
que el enemigo había instalado una ametralladora y, tras matar a tres de sus
ocupantes, hacer presos a otros tantos para después regresar por donde habían
llegado antes del alba. A principios de enero, se llevaron a cabo miles de acciones
como ésa a lo largo de todo el frente, desde Prusia Oriental hasta Yugoslavia.
Keitel y Jodl, adulones cortesanos militares de Hitler, alimentaron, hasta la
víspera misma del ataque de Stalin, el convencimiento que tenía su Führer de que
la amenaza soviética no era más que una fanfarronada. Y lo cierto es que apenas
había motivos para sustentar tales ilusiones, toda vez que existía un aluvión de
informes elaborados a partir de las declaraciones de prisioneros y desertores (por
extraño que resulte, a esas alturas de la contienda seguían pasando al bando de la
Wehrmacht soldados del Ejército Rojo) que confirmaba la ambiciosa escala de
los preparativos que estaba llevando a cabo el enemigo. « Un desertor del 118.o
ejército de guardias destacado en Baránov asegura que el asalto soviético se
producirá de aquí a tres días, y tiene la intención de llegar a la frontera alemana
tras una sola embestida en la que piensa hacerse con Cracovia» , observaba un
informe de la Wehrmacht remitido a Berlín el 9 de enero. También un prisionero
procedente de la 13.a división de guardias declaró que faltaban tres días para el
ataque, y que su unidad tenía por objetivo principal el río Nida. Otro, de la 370.a
de guardias, hizo saber que a él y sus camaradas les habían hecho la alentadora
promesa de que su entrada en el campo de batalla estaría precedida por un
batallón disciplinario que realizaría labores de « reconocimiento en combate» . El
OKW recibió también noticias de un ingente número de operaciones concebidas
para despejar campos de minas, tender puentes y reforzar diversos sectores.
La gran cantidad de material bélico extranjero que había recibido el Ejército
Rojo dio origen a muchas dificultades entre quienes debían usar cosas como,
sobre todo, los aparatos de radio estadounidenses. Yulia Pozdniakova, del cuerpo
de transmisiones, hubo de romperse la cabeza con el manual de instrucciones en
inglés que acompañaba el equipo que le habían asignado, así como con los rótulos
de sus mandos y diales. Para complicar aún más las cosas, la destinaron a una
unidad polaca compuesta por hombres que, en su may oría, desconocían casi por
completo el idioma ruso. Ella descendía de una familia rusa de rancio abolengo,
y de hecho, sus abuelos habían huido de los bolcheviques, sin que nadie hubiese
vuelto jamás a tener noticias de ellos. Su padre había muerto en 1930, y ella vivió
con su madre y su padrastro hasta que, en 1940, arrestaron a ambos por
« crímenes políticos» ; de manera que ella y sus dos hermanas quedaron solas en
Moscú.
Cuando estalló la guerra, se alistó en el Ejército Rojo asegurando que tenía
dos años más de los quince que en realidad contaba. Y en sus filas descubrió el
compañerismo que le había sido negado durante toda su niñez. « Nunca dejé de
sentirme huérfana, aunque nadie puede estar solo cuando come, un día tras otro,
sopa de la misma olla que otros muchos compañeros» . Los soldados la llamaban
« la del jardín de infancia» . Tenía buen oído para la música, así como un sentido
del tono y la medida que le resultó de gran ay uda para aprender a efectuar
transmisiones en código morse. No obstante, la vida en el frente no dejaba de ser
fuente de incomodidades, miedos y desconcierto para una muchacha que no
llegaba a los dieciocho. « No teníamos una existencia de verdad —recuerda—:
Sólo sobrevivíamos, haciendo lo que teníamos que hacer» . El cabo Ponomariov
señala: « En enero de 1945, sabíamos que el final de la guerra estaba a la vuelta
de la esquina, y eso nos parecía maravilloso» . Él había servido en el ejército
desde 1940; había salido de Moscú en dirección oeste, y había formado parte de
los tres frentes del Báltico en distintos períodos de la contienda. Después de haber
sido herido en dos ocasiones, a esas alturas ansiaba poner fin a su labor y volver a
Omsk para satisfacer su deseo de hacerse médico.
Pese a que el Ejército Rojo estaba, hasta extremos incomparables, mejor
pertrechado en 1944 que en años anteriores, la escasez seguía siendo un
problema relevante. Al quedarse sin lubricante para sus armas, los soldados del
teniente Valentín Krulik decidieron sustituirlo con aceite de girasol. Sin embargo,
hubieron de reconocer que no había sido una idea muy afortunada al comprobar
que se habían atascado todas sus metralletas. Las privilegiadas divisiones de
guardias estaban, por lo general, bien abastecidas; pero las unidades menores
seguían dependiendo en gran medida de restos para aprovisionarse de armas,
vehículos y, sobre todo, alimento. A principios de 1945, se advirtió a los soldados
que se les iba a exigir hacer cosecha en territorio alemán cuando llegase el
verano, a fin de reducir la necesidad de transportar harina desde la Unión
Soviética. En la medida de lo posible, el Ejército Rojo vivía de lo que le ofrecía la
tierra, a semejanza de los ejércitos europeos de antaño.
Sus enemigos, sin embargo, se encontraban en una situación mucho peor. Un
informe del OKW redactado con fecha del 11 de enero reconocía que la moral
había descendido en muchas unidades. En todos los frentes faltaban ropas,
ametralladoras, neumáticos, camiones… El grupo de ejércitos E reconoció que
se había visto obligado a destruir buena parte de su artillería por carecer de los
medios necesarios para transportar los cañones. « El avance de los soldados —
anunció asimismo— se ve entorpecido por la gran cantidad de botas rotas» . El
15.o ejército hizo saber que le faltaban incluso caballos y equipos individuales de
rancho. La escasez de hombres, y en especial de suboficiales adiestrados, era
común en todas las unidades. El grupo de ejércitos Centro comunicó que muchos
de los reemplazos no habían recibido la instrucción adecuada en el uso de armas
ni gozaban de una buena forma física. Klaus Salzer, paracaidista de dieciocho
años, describía en una carta destinada a su familia la opípara cena de Navidad
que les había ofrecido un granjero a él y a sus camaradas —y que resultaría ser
la última de su breve existencia—. « Cuando llevas tanto tiempo sin comer
demasiado y te ponen delante un festín así —decía a sus padres tras recordar la
carne de cerdo y gallina, y las patatas asadas—, resulta difícil no hincharse.
Tanto es así que muchos de nosotros caímos enfermos al día siguiente» .
Tras una violenta discusión en torno al despliegue de las reservas, Hitler
sorprendió a Guderian al calmarse de súbito y declarar en tono conciliador que
comprendía la inquietud de su jefe del estado may or acerca de la necesidad de
fortalecer el frente en Polonia. El general le hizo saber sin ambages: « El frente
oriental es un castillo de naipes: basta con romperlo por un punto para que se
venga abajo en su totalidad» . El 12 de enero, el servicio naval de información
británico envió a Londres, desde Estocolmo, un despacho en el que se detallaban
los últimos datos que había obtenido de sus agentes en lo tocante al estado de
ánimo de los que quedaban en el interior de Alemania. Según el informe, la
moral de la población civil había mejorado en cierta medida, y se daban
muestras de optimismo con respecto a la llegada de los nuevos cazas de reacción.
Nadie esperaba que hubiese un nuevo avance de los aliados occidentales antes de
principios de verano, aunque se imaginaba que los soviéticos lanzarían, de un
momento a otro, una ofensiva desde el sur y desde el centro de Polonia. « Los
alemanes que, hasta ahora, han albergado alguna esperanza de avenirse con los
soviéticos han dejado de contar con tal posibilidad» . Se trataba de una prudente
admisión de la realidad, y a que éstos no tenían intención de negociar con ninguna
de las facciones que existían en Alemania: los vastos ejércitos a los que estaba
espoleando Stalin no tenían más objetivos que la venganza, la destrucción de
Hitler y la obtención de botín. El dirigente de la Unión Soviética hizo ver a sus
aliados occidentales que había adelantado el momento de su acometida con
objeto de aliviar las dificultades que estaban sufriendo en las Ardenas, aunque lo
cierto era que el calendario de la ofensiva se había fijado y a en noviembre.
Churchill, de todos modos, expresó su agradecimiento en un cablegrama remitido
a Stalin que rezaba: « Que la fortuna sonría a su noble empresa… los alemanes
tendrán que dividir sus refuerzos entre nuestros dos frentes en llamas». 

El ataque soviético se inició con un asalto emprendido por el l.er frente
ucraniano de Kóniev desde la cabeza de puente establecida en la margen
occidental del Vístula, a unos doscientos kilómetros al sur de Moscú. El frío era
aún más extremado que el que hubieron de soportar en las Ardenas los
occidentales, y la niebla y las intermitentes ventiscas de nieve dificultaban la
visibilidad. En los puntos vitales, se emplazaron trescientas piezas de artillería en
un solo kilómetro de frente. El bombardeo comenzó a las 4.35 del 12 de enero, y
tuvo por objetivo las posiciones del 4.o ejército acorazado. Terruños helados
saltaron por los aires en miles de lugares diferentes; las casas quedaron reducidas
a escombros, y los búnkeres se desplomaron sobre las cabezas de sus ocupantes.
Los supervivientes quedaron repartidos por el suelo, aturdidos y traumatizados
por la atronadora cacofonía desencadenada por los soviéticos. El asalto empezó a
las 5.00 horas, cuando los « batallones de vanguardia» (es decir, las unidades
disciplinarias) comenzaron a tantear el frente alemán, evitando los puntos de
resistencia, hasta rebasar ochocientos metros la línea de puestos avanzados. La
suy a fue, sin embargo, una mera operación de reconocimiento previa a la
violenta descarga efectuada por la artillería a las 10.00, que azotó las defensas
alemanas desplegadas a una distancia menor de diez kilómetros. Esta segunda
fase se prolongó al menos durante dos horas, e hizo perder a los alemanes, según
sus propios cálculos, un 60 por 100 de su artillería y un 25 por 100 de sus
soldados, amén de destruir el cuartel general del 4.o ejército de Panzer.
La principal embestida de la infantería soviética tuvo lugar avanzada la
mañana, y a las 17.00, los soldados de a pie habían progresado y a poco menos de
veinte kilómetros sobre aquel terreno nevado. Los alemanes no tardaron en pagar
un precio muy elevado por la terquedad con que había insistido Hitler en que se
desplegase al grueso de su reserva blindada en el sector de vanguardia, a tiro de
los cañones enemigos. Una unidad de carros Tiger quedó destruida mientras
repostaba, y el comandante de la 17.a división acorazada recibió heridas y cay ó
preso de los soviéticos. Durante el segundo día, las fuerzas avanzadas del Ejército
Rojo penetraron veinticinco o treinta kilómetros tras abrir una brecha de unos
sesenta kilómetros. El LXVIII cuerpo de Panzer desapareció por entero, y la
infantería alemana se replegó con tanta habilidad como le fue posible, apoy ada
por lo que quedaba operativo de las divisiones blindadas 16.a y 17.a. El LXII
cuerpo, por su parte, se vio sorprendido por la retaguardia, y se retiró a pie
después de haber perdido todo su armamento pesado.
« La lentitud con que nos replegamos de aquel gran saliente (que, a fin de
cuentas, estaba condenado a perderse) nos salió muy cara» , escribió Von
Manteuffel, lamentando que se hubiesen trasladado tan tarde al frente del Vístula
las unidades que tenía desplegadas en las Ardenas. « Nuestras unidades —seguía
diciendo— estaban más fatigadas aún de lo que habíamos esperado, y y a no eran
capaces de resistir, tanto física como mentalmente, a un enemigo poderoso,
pertrechado y bien alimentado. Los reemplazos de enero resultaron insuficientes
tanto en cantidad como en calidad, y a que estaban compuestos, en su may oría,
por ancianos y hombres de salud muy precaria, que apenas habían recibido
instrucción» .
El 14 de enero, cuarenta y ocho horas después de la acometida de Kóniev, el
l.er frente bielorruso de Zhúkov efectuó el principal ataque de la ofensiva, a partir
de las dos modestas cabezas de puente que había establecido al oeste del Vístula.
Durante aquel primer día, sus soldados lograron avanzar veinte kilómetros tras
embestir las posiciones del 9.o ejército alemán. Caída la tarde del día siguiente,
habían llegado al Pilica, cuy as márgenes ansiaban ocupar antes de que el
enemigo tuviese tiempo de asentar tras ellas una línea de combate. La infantería
pudo cruzar la superficie helada del río, pero ésta resultó ser demasiado delgada
para soportar el peso de los vehículos. Afortunadamente, los ingenieros dieron
con un vado, y dinamitaron el hielo a fin de hacerlo practicable. Seis carros de
combate y dos cañones de asalto hubieron de ser abandonados después de que se
inundasen sus motores, aunque dos docenas de vehículos blindados llegaron
salvos a la orilla occidental. Al anochecer del 15 de enero, las cabezas de puente
situadas del lado de poniente del Vístula quedaron conectadas por un frente de
casi quinientos kilómetros. Los tanques y la tropa de a pie que conformaban la
vanguardia de Zhúkov habían avanzado noventa y seis kilómetros desde sus líneas
de partida. El grupo de ejércitos A de Hitler quedó destrozado.
Los alemanes emprendieron repetidos contraataques con carros, cañones de
asalto e infantería, aunque todos fracasaron. Resulta imposible no contrastar el
modo como rechazaron los soviéticos los ataques de desarticulación alemanes
con las operaciones de contención efectuadas por estadounidenses y británicos en
circunstancias similares. Los alemanes consideraban que estos últimos
albergaban una aprensión absurda con respecto a sus flancos. En el frente
occidental, era frecuente que los contraataques circunscritos diesen al traste con
las ofensivas aliadas. En el oriental, por otra parte, la agresividad de los soviéticos
quedaba, a menudo, castigada con el cerco de sus fuerzas de vanguardia; si bien
el Ejército Rojo acabó por acostumbrarse a tal contrariedad y mostrar sólo una
preocupación relativa al respecto. Sus soldados hacían gala de haber sobrevivido
a dos, tres o cuatro de estas emboscadas. Tarde o temprano, las tropas cercadas
acababan por desbaratar las líneas enemigas y restablecían contacto con las
posiciones principales soviéticas, o recibían la ay uda de tropas de relevo que se
abrían camino hasta la cabeza de ataque. Durante los primeros días de la
ofensiva del Vístula, las condiciones atmosféricas adversas dificultaron el apoy o
aéreo. Sin embargo, el conjunto de la operación puso de relieve el dominio
soviético de los ataques bien planeados, el arrojo con que sacaba provecho su
ejército de cualquier victoria y su resolución para frustrar un contraataque.
Aleksandr Serguéiev, uno de los oficiales de artillería a las órdenes de Zhúkov,
reparó en que el estado de ánimo del Ejército Rojo era, en aquel tiempo, muy
diferente del que había conocido durante los años de lucha en los campos de
batalla patrios y en la larga tregua invernal en Polonia. « En las trincheras de
entonces, nos conocíamos bien todos, pues habíamos estado juntos mucho
tiempo; y ahora la gente se iba y venía con demasiada rapidez. En cierta ocasión,
nos asignaron un nuevo jefe de batería al que ni siquiera llegué a conocer, porque
lo mataron enseguida. Su sustituto cay ó también, pocas horas después de haber
llegado, abatido por un francotirador. En una sola mañana, perdí diez artilleros de
reemplazo. A esas alturas de la guerra, algunos de ellos llegaban al frente sin
haber recibido siquiera el adiestramiento mínimo» . Sin embargo, el teniente
Guennadi Klimenko, que luchaba más al norte, formando parte del 2.o frente
ucraniano, sostiene que « la moral estaba por los cielos» .
En una fecha tan temprana como la del 15 de enero, el diario de guerra del
OKH reconocía: « Los soviéticos han logrado romper el frente, y tememos que,
en cuestión de dos días, puedan haber llegado a la frontera de la Alta Silesia. Las
fuerzas del grupo de ejércitos A son del todo insuficientes… las divisiones
trasladadas desde el frente occidental por el Führer el día 13 no llegarán antes del
19, y entonces será demasiado tarde» . « La batalla del saliente del Vístula —
rezaba un informe del aludido grupo de ejércitos— no ha mermado en
intensidad, y amenaza con dar pie a una situación muy difícil… las divisiones
acorazadas 16.a y 17.a han dejado de ser tales, al haber perdido todos sus carros
de combate… Las fuerzas de que disponemos han quedado gravemente
debilitadas. Estamos efectuando repliegues escalonados a posiciones más
seguras, aunque, por estar aún en curso, no tenemos detalles de estas
operaciones» . En realidad, no hacían falta datos pormenorizados: lo cierto era
que los restos de los ejércitos que tenía desplegados Hitler en el Vístula se estaban
retirando a la desbandada. El día 15, cuando y a poco podía hacerse, el Führer
envió dos unidades del prestigioso cuerpo acorazado Grossdeutschland al sur,
desde Prusia Oriental, con el fin de apuntalar el frente de Polonia, a punto de
desmoronarse por completo. Guderian quedó horrorizado, toda vez que era
evidente que los soviéticos tenían intención de lanzar otra ofensiva en el sector
que había quedado desprotegido. Por otra parte, los refuerzos nunca llegaron a
ejecutar la orden de desplegarse ante el l.er frente ucraniano, pues quedaron
bloqueados en la confusión a que habían dado pie las tropas de Zhúkov en tierras
polacas. Sus carros blindados se detuvieron, el 18 de enero, cerca de Lodz, en
medio de una marea de civiles de ascendencia alemana que huían. Lograron
respaldar la retirada del 9.o ejército, tras lo cual siguieron su ejemplo a través de
aquella vasta planicie blanca, sin más hitos que los vehículos y edificios
calcinados. Guderian montó en cólera por la ausencia del 6.o ejército de Panzer
en Hungría. Quería haber podido contar con las unidades que habían combatido
en las Ardenas para realizar un contraataque estratégico en Polonia; pero Hitler
se negó a emplear más tropas para combatir a Zhúkov: se limitó a sustituir a Josef
Harpe, que dirigía a la Wehrmacht en el frente polaco, por el mariscal de campo
Ferdinand Schörner, bestia de firmes convicciones nacionalsocialistas.
El primer informe que remitió éste al OKH era, más bien, un catálogo de
males: « En la región de Litzmandstadt [Lodz] están huy endo miles de soldados,
pertenecientes, sobre todo, a unidades de apoy o, policía y administración.
Numerosos vehículos (incluidos algunos blindados) han quedado abandonados.
Las medidas adoptadas para frenar esta oleada no han dado, hasta el momento,
fruto alguno… Debo solicitar ay uda urgente para restablecer el orden en las
zonas de retaguardia. El único modo que tenemos de contener el avance del
enemigo comporta reunir a todo el personal de uniforme que se ha dado a la
fuga» .
El célebre Walther Nehring, general del XXIV cuerpo blindado alemán,
protagonizó una de las gestas más notables de la campaña polaca. Replegó sus
fuerzas durante una serie de marchas nocturnas interrumpidas, de vez en cuando,
por feroces escaramuzas con soldados soviéticos. Sus hombres hubieron de
contemplar escenas terribles en lugares en los que el Ejército Rojo había
atravesado columnas de refugiados que huían a pie, dejando a su paso kilómetros
de carretera sembrados de víctimas aplastadas y vehículos destrozados. Cuando
llegaron al Pilica, se encontraron con que sólo había un puente, que, además,
hubieron de reforzar con troncos a fin de que pudiera soportar el peso de los
camiones y vehículos blindados ligeros. Por último, introdujeron dos carros de
combate en el agua y los colocaron bajo la construcción para hacerla también
practicable a los Panzer IV. El 22 de enero, después de perder varios vehículos
debido a la escasez de carburante, la vanguardia de las tropas al mando de
Nehring alcanzó, por fin, la relativa protección que le brindaba el río Warta, tras
recorrer doscientos cuarenta kilómetros en once días. Poco a poco, durante los
días siguientes, fueron llegando otras unidades. La sangre fría, la suerte y la
astucia de su comandante para interpretar los mapas habían permitido a sus
hombres evitar al grueso de las fuerzas soviéticas. Finalmente, las unidades de
Nehring lograron cruzar el Óder a la altura de Glogau (hoy Glogów).
Los soviéticos estaban y a avanzando a un ritmo de más de sesenta kilómetros
diarios, un promedio que superaba incluso los cálculos más optimistas de la
Stavka. Con todo, en medio del alborozo a que dieron pie tan espectacular
progresión y la precipitada huida del enemigo, fueron muchos los soldados a los
que sobrevino la muerte del modo más insospechado. El teniente Vasili

Kudriashov recorría, a gran velocidad, una larga carretera polaca desierta.
Formaba parte de una columna acorazada, y avanzaba a la zaga de Víktor
Prasolov, jefe de su compañía. Llevaban horas sin percibir disparos ni ningún otro
indicio de la presencia del enemigo. Kudriashov estaba apoy ado en la escotilla de
su torreta, fumando un cigarrillo, en tanto que su superior cantaba con euforia en
lo alto de su T-34, ajeno al hecho de que nadie, ni siquiera él, podía oír otra cosa
que el fragor de los motores. La columna salió de un bosque para encontrarse
con que, a un lado y otro de la carretera, se extendía un campo abierto. Entonces,
un carro alemán oculto tras un almiar situado a poco menos de un kilómetro de
distancia efectuó un solo tiro y alcanzó con él el vehículo blindado de Prasolov, a
quien arrancó la cabeza un fragmento de metralla. Kudriashov, aterrorizado, la
vio rebotar entre los restos del proy ectil que sembraban el firme.
El capitán Abram Skuratovski, oficial de transmisiones, había terminado de
supervisar la instalación de líneas telefónicas veinticuatro kilómetros por detrás de
la línea del frente y se disponía a regresar en coche al cuartel general del cuerpo.
Un grupo de hermosas soldados preguntó si las podía llevar, y el subordinado
inmediato del agente político de la unidad le indicó en tono perentorio: « Yo las
llevo; tú, encabeza la marcha en el camión de los soldados» . La modesta
columna de vehículos acababa de partir cuando la Luftwaffe hizo una de sus
raras apariciones y comenzó a bombardearlos. Skuratovski saltó del camión,
junto con la may or parte de sus hombres, y corrió con ellos a buscar un lugar en
el que protegerse. Uno de los proy ectiles dio de lleno en el coche oficial del
comisario. Cuando desaparecieron los cuatro aviones, el capitán permaneció de
pie, cigarro en boca, contemplando el terrible estado en que había quedado la
columna. De pronto, el jefe de la división se acercó a él con su vehículo y, tras
bajar de un brinco, le espetó: « ¿A qué coño esperas? ¿Ésta es tu idea de lo que
tiene que ser un oficial? ¡Deja de mirar ese amasijo de hierros como un
pasmarote y encárgate de que despejen la carretera!» . Entonces, los de
transmisiones sacaron los cadáveres del agente político, su conductor y las seis
jóvenes, cavaron una fosa común y arrastraron hasta la cuneta los restos de los
vehículos. Acto seguido, los supervivientes reemprendieron, con aire serio, la
marcha hacia el cuartel general.
El general soviético Mikhailov protagonizó un extravagante suceso durante
este período. Este militar cuadragenario tenía una esposa mucho may or que él, y
cierto día que regresó de improviso a Moscú, la encontró con un joven oficial y
un recién nacido. « ¡La muy puta prefiere un capitán a un general!» , exclamó
una noche, de regreso a su división, abrumado por la desesperación y borracho
como una cuba. Pocos días después, dirigió en persona un asalto suicida a las
líneas alemanas. Lo hirieron de gravedad, pero sobrevivió, y lo proclamaron
Héroe de la Unión Soviética. « Si hubiésemos logrado sacar partido de todas las
acciones heroicas estériles de que fuimos testigos, podríamos haber ganado cinco
guerras» , meditaba, sarcástico, el comandante Yuri Riajovski.
Kóniev tomó Cracovia el 19 de enero, antes de que los alemanes tuviesen
tiempo de demolerla. Al día siguiente, cruzaron la frontera alemana que se
extendía al este de Breslau las primeras tropas soviéticas, que siguieron
avanzando en dirección a la ciudad. En el flanco meridional de las fuerzas
desplegadas en la Alta Silesia, el 17.o ejército alemán disponía sólo de siete
endebles divisiones (es decir, cien mil soldados) para defender un frente de casi
ciento veinte kilómetros en la región industrial en que se hallaban las minas y
fábricas más importantes que quedaban en el imperio de Hitler. Kóniev, de
hecho, había recibido de Stalin órdenes de hacer cuanto estuviese en sus manos
por conquistar intacta la zona. El mariscal hizo que sus fuerzas efectuasen un
amplio envolvimiento, sin dejar de ejercer presión frontal sobre los alemanes.
Schörner hubo de reconocer que era imposible retener la Alta Silesia, y ordenó,
en consecuencia, el repliegue total de sus tropas. El mariscal de campo telefoneó
a su Führer y le comunicó: « Si no nos retiramos, perderemos todo el ejército…
Vamos a retroceder en dirección al Óder» . Hitler dio el visto bueno sin rechistar,
ante el anonadamiento de todo su estado may or. Sabía que si Schörner, que era
uno de los adalides que más fe ciega le tenía, aseguraba que no había otra
solución, no le quedaba más remedio que confiar en su palabra. El 29 de enero,
los soviéticos habían invadido y a toda la Alta Silesia, y se habían hecho,
asimismo, con Auschwitz.
Yulia Pozdniakova, integrante del cuerpo de transmisiones del Ejército Rojo,
se hallaba entre quienes recibieron órdenes de asistir a los médicos que estaban
atendiendo a los 7600 supervivientes del may or campo de exterminio creado por
el Tercer Reich. Pese a que los hornos crematorios llevaban diez días apagados,
el hedor de la muerte persistía en el aire, si bien, en un principio, la joven no fue
capaz de identificarlo como tal. Contemplaba las colosales montañas de calzado
infantil, los montones de cabello humano y la aglomeración de archivos y
papeles de las oficinas del recinto, y no lograba explicarse cómo habían podido
dejar atrás los alemanes tan ciclópea colección de documentos y demás pruebas
de las incalificables acciones que habían llevado a cabo en aquel lugar, como,
por ejemplo, los trajes de 348 820 hombres y los abrigos y vestidos de 836 255
mujeres. « Me sentí, en cierto modo, culpable [mientras revisaba ropas y
papeles] por estar tocando todo aquello. Los fantasmas de los muertos rondaban a
nuestro alrededor, y resultaba muy difícil conciliar el sueño por la noche.
Después de aquello, pasé semanas sin poder soportar el olor de carne asada» .
Cuando, al caer la tarde, regresaban al lugar en que estaban alojados, calentaban
agua y se restregaban con desesperación, tratando de eliminar de sus cuerpos los
restos de aquel genocidio.
No deja de ser curioso que, aun sabiendo, de boca de sus soldados, lo que
éstos se habían encontrado en Auschwitz, Kóniev no se molestase siquiera en
visitar sus instalaciones. Después de acabada la contienda, el mariscal aseguró
que las labores del campo de batalla le impedían « abandonarse a sus propias
emociones» . Parece, con todo, más plausible suponer que ningún soviético
enterado de las matanzas perpetradas por Stalin podía sentir gran cosa al
contemplar las que había cometido Hitler. Las autoridades moscovitas no hicieron
declaración pública alguna en torno a Auschwitz ni a lo que allí habían
encontrado hasta después del final de la guerra.
El 14 de enero, Guderian hizo que se movilizase el Volkssturm (o VS) a lo
largo de todo el frente oriental. La utilidad táctica de tal medida era
insignificante; de hecho, no tardó en hacerse necesario mezclar a los integrantes
de esta milicia popular con las unidades del ejército regular en las posiciones de
vanguardia. « Empleado de forma aislada, [el VS] posee un valor militar
limitado, y puede ser destruido sin dificultad» , reconoció el propio Hitler en las
órdenes generales dictadas el 27 de enero. Lo cierto, sea como fuere, es que su
entrada en batalla tuvo consecuencias desastrosas para la producción industrial de
Alemania, por cuanto dejó sin mano de obra a fábricas enteras y dio origen a un
aluvión de protestas al respecto por parte de los Gauleiter, amén de lanzar una
palada más de tierra sobre el ataúd de la producción armamentística de Speer.
Keitel recordó a todos los comandantes que la milicia sólo debía emplearse en
caso de que existiese una amenaza inmediata y circunscrita, aunque en ningún
momento dejó de insistir en las ventajas con que contaban aquellos defensores
civiles del país: « El VS está compuesto por hombres de todas las edades
consagrados a la custodia del Reich, de los cuales muchos han sufrido las terribles
consecuencias de los bombardeos concebidos para sembrar el terror entre la
población, y la may oría posee una amplia experiencia en las relevantes labores
propias de una nación en guerra. Ha recibido orden de movilizarse para
colaborar con la defensa del Reich en un período de máximo peligro» . Para ser
justos con los nazis, hemos de reconocer que emplearon al Volkssturm en
circunstancias idénticas a aquéllas para las que habían organizado y adiestrado
los británicos a su propia Home Guard, el cuerpo de voluntarios conocido
también como Dad’s Army, o « ejército de papá» , creado durante 1940 para
hacer frente a una posible invasión alemana. La utilidad militar del VS resultó ser
bien poca, lo que, en gran medida, se debió a que apenas contaba con un puñado
de armas para sus unidades. Durante la batalla por Alemania, no faltaron
adolescentes que dieron muestras de un arrojo aterrador en el combate; pero la
may oría de los ancianos no tenía intención alguna de luchar, y, en efecto, se
retiraron a sus casas en cuanto reunieron el valor suficiente para hacerlo.
Pese a que el frente se estaba desmoronando ante la embestida soviética,
muchos alemanes impresionaron al Ejército Rojo por la tenacidad con que
sostenían su resistencia. Según oy ó decir un soldado polaco a un prisionero de la
Wehrmacht: « Un final terrible es mejor que un terror sin fin» . Un informe que
recibió Beria del 1.er frente bielorruso declaraba: « Aún hay muchos alemanes
que se aferran con fanatismo al convencimiento de que su nación saldrá
vencedora» . El mismo documento se quejaba de que la matanza indiscriminada
de prisioneros por parte de algunas unidades soviéticas no estaba haciendo más
que fomentar la resistencia:
Los soldados del l.er ejército polaco son célebres por la extremada
crueldad que manifiestan para con los alemanes. En vez de llevar a los
soldados y oficiales capturados a los puntos de reunión, a muchos los
fusilan, sin más, durante el trayecto. Así, por ejemplo, [en cierto lugar] se
apresó a ochenta oficiales y miembros de las clases de tropa, y sólo dos
llegaron a su destino. Al resto lo fusilaron. El jefe de regimiento los
interrogó y se los entregó al jefe segundo de reconocimiento, que los
ejecutó. El teniente coronel Urbanovich, subordinado inmediato del agente
político de la 4.a división de infantería, acabó, en presencia de un oficial de
espionaje, con la vida de nueve prisioneros que habían desertado
voluntariamente de su ejército.
Bien que las objeciones de la NKVD ante tales prácticas tenían un carácter
más pragmático que moral, lo cierto es que la eliminación de prisioneros de
guerra tenía que haber alcanzado proporciones de epidemia para provocar una
protesta ante Moscú.
La intérprete Yelena Kogan dominaba el idioma alemán, por lo que a
menudo había de encargarse de los interrogatorios.
Para todos los demás —recuerda—, un alemán no era más que un enemigo
con quien era imposible mantener contacto humano de ninguna clase. Sin
embargo, y o podía hablar con ellos. Y leía en sus ojos la terrible incertidumbre
que albergaban con respecto a su destino cuando se preguntaban si los fusilarían.
Los jóvenes eran profesionales de la guerra, pero los de más edad tenían
familias, ocupaciones civiles y cierta experiencia del mundo. Por más que
tratase de encontrar un denominador común a los fascistas, casi siempre me fue
imposible: me daba la impresión de que no eran sino víctimas de la locura de su
país. Sólo conocí a un fascista de verdad en toda la guerra, y fue en la primavera
de 1942. Se trataba de un piloto que saltó de su Heinkel cuando fue alcanzado
mientras nos bombardeaba. Cuando le pregunté si no le daba vergüenza atacar a
mujeres indefensas, me respondió, encogiéndose de hombros: « Me lo estaba
pasando bien» .
En enero de 1945, las fuerzas aéreas soviéticas, que habían entrado en la
guerra con aparatos primitivos hasta extremos lamentables, se habían convertido

en una formidable arma de apoy o para las tropas de tierra, cuy os aviones no
tenían nada que envidiar a los del enemigo. A medida que las escuadrillas de la
Luftwaffe decaían tanto en calidad como en cantidad, las del Ejército Rojo
habían ido mejorando de un modo espectacular. Con todo, el adiestramiento de
sus pilotos no tuvo jamás nada que ver con el de las tripulaciones británicas y
estadounidenses, que debían llevar al menos un año volando antes de poder entrar
en combate. Aleksandr Márkov, muchacho de veintiún años proveniente del
Cáucaso, pasó tres años y medio de instrucción entre otros ochocientos cadetes
en Grozni, y a que no había aeroplanos disponibles para que pudieran volar.
Después de una eternidad de aburrimiento y frustraciones (« queríamos salir a
conquistar Alemania, pero no podíamos hacer otra cosa que estudiar teoría de
vuelo» ), logró una plaza en la escuela de aviadores cuando entró a formar parte
de su banda de música —su superior, de hecho, quedó cautivado por la maestría
con que tocaba la balalaica—. No obstante, todavía en 1944 debían hacer las
prácticas con aviones antiguos que fallaban con demasiada frecuencia. « Había
semanas en las que habíamos de asistir a tres funerales» . El 47 por 100 de todas
las pérdidas que sufrieron las fuerzas aéreas soviéticas se debió a fallos
mecánicos más que a un error del piloto o a la acción del enemigo. Asimismo,
los cadetes apenas aprendían gran cosa acerca de la estrategia propia de los
cazas, toda vez que ni siquiera se les permitía hacer un rizo: « Sólo nos enseñaron
a hacer cálculos en el aire» . Márkov culminó su formación en may o de 1944,
después de hacer cien horas de vuelo, solo o acompañado. Cuando, por fin, lo
enviaron a una escuadrilla de combate, hubo de aprender a volar sobre la
marcha, mientras surcaba los aires por encima de las líneas alemanas.
La Unión Soviética no consagró nunca demasiado esfuerzo al bombardeo
estratégico. Sus fuerzas aéreas formaban parte de su ejército de tierra, por lo que
apenas se destinaban para otra cosa que no fuesen operaciones tácticas. Las
unidades del Ejército Rojo nunca recibieron el solícito respaldo de los
cazabombarderos de que dispusieron sus aliados occidentales, toda vez que
carecían de un sistema de radio eficaz al servicio de las acciones aeroterrestres.
No obstante, en 1944 y 1945, los soviéticos poseían una abrumadora superioridad
aérea en el campo de batalla, lo que les permitió librar a los ejércitos que
avanzaban de la devastación que habían sufrido a manos de la Luftwaffe entre
1941 y 1943. El grueso de las operaciones que llevaban a cabo con bombarderos
se efectuaba de día, con formaciones de Iliushin 2 y Boston de fabricación
estadounidense que atacaban con una poderosa escolta de cazas. « Yo trataba de
poner a prueba mis propias habilidades hasta el límite —asegura Márkov cuando
recuerda sus días de piloto de escolta—. Alemania tuvo algunos aviadores de
gran calidad hasta el final de la guerra. A veces, realizábamos al día cuatro
misiones de entre treinta minutos y dos horas. Nadie nos preguntaba si estábamos
en condiciones de aceptarlas: los pilotos cansados eran, sin más, los que más
posibilidades tenían de morir» . A diferencia de los angloamericanos, que
descansaban tras cada viaje, los aviadores soviéticos combatieron hasta morir…
o hasta ganar la guerra. En tierra, quienes se encargaban del mantenimiento de
los aparatos eran, de un modo casi exclusivo, mujeres. En realidad, las jóvenes lo
hacían casi todo, desde reponer las bombas de las aeronaves hasta manejar las
comunicaciones y lavar la ropa de los pilotos. Una escuadra aérea de
bombarderos nocturnos estaba conformada, en su totalidad, por mujeres, y
veintitrés de ellas alcanzaron la categoría de Héroe de la Unión Soviética.
Márkov se enamoró de Lidia Fiódorovna, oficial de meteorología de veintiséis
años. Ella estaba casada, aunque su esposo, que se hallaba luchando en el frente
de Leningrado, le escribió para darle a entender que lo mejor era que se
separasen. « Había encontrado a otra, claro está» . Márkov se casó con Lidia
después de la contienda. Los pilotos del campo de aviación que se extendía más
allá del frente polaco celebraban una fiesta todas las noches. Sin embargo,
vivieron, en muchos sentidos, una contienda más austera que los aviadores
británicos o estadounidenses. Como sucedía, también, con los carros de combate
soviéticos, nadie pintaba nombres o caricaturas en sus aparatos. Recibían comida
suficiente, y suministros casi ilimitados de alcohol; pero gozaban de pocas
comodidades materiales, y no se les concedía permiso alguno. Para ellos sólo
existían la guerra y, a lo sumo, la camaradería de la unidad. 

 

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