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ANTONIO MUÑOZ MOLINA El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026

Madrid y la F1: hormigón, granito, asfalto, gasolina ,,, 6.7.26

Hay ciudades donde la gente se ha sublevado con éxito frente a la terrible alianza entre modernidad y corrupción

7 min.
Fran Pulido

Promover una carrera de Fórmula 1 en el casco urbano de Madrid parecería en principio una idea redundante y superflua. Madrid ya es, en gran parte, un circuito permanente de automovilismo y motociclismo, en el que los conductores apasionados por el ruido y la velocidad pueden cultivar su deporte con el beneplácito de las autoridades. El ciudadano caminante se convierte a diario en espectador forzoso y en directo de ese deporte que los tristes aficionados de provincias han de resignarse a disfrutar en letárgicas transmisiones que ponen un zumbido de fondo de motores rugientes al tedio de las siestas. En Madrid gozamos del privilegio de presenciar tales hazañas de velocidad y estruendo con la tranquilidad de que ningún policía municipal ni radar punitivo van a entorpecer el espectáculo en vivo de nuestros conciudadanos motorizados, los cuales se entregan a un trompeteo como de elefantes acorazados en cuanto un obstáculo —un viejo torpe que se baja de un taxi, un conductor que duda unos segundos— les impone un ligero retraso, malogrando ese récord de velocidad que están queriendo siempre mejorar.

Se sabe que los gobernantes de otras capitales del mundo, quizás acobardados por el asedio de “lo woke”, ponen límites reales a la velocidad de los coches y las motos, cierran calles y plazas al tráfico, plantan árboles, jardines, diseñan zonas respirables de sombra para estos veranos cada vez más tórridos, crean un tejido de senderos ciclistas bien conectados entre sí y lo bastante seguros para que no sean solo jóvenes sin miedo y gente temeraria los que usen la bici. Cuando uno se acerca por la autovía de Valencia hay un momento desolador en que un cartel avisa de que se está ingresando en la Comunidad de Madrid, y justo entonces se vislumbra al fondo de un páramo abrasado la mancha de la ciudad envuelta en una niebla de monóxido de carbono, y coronada por su lastimoso skyline de churros arquitectónicos, a la manera de esas torres de acero y cristal que proliferan en las satrapías del Golfo Pérsico. Siglos antes del acero y el cristal, materiales tan adecuados para territorios de calores extremos, en Madrid prevalecía el granito, que ya en sí tiene algo opresivo y hasta totalitario. La ortodoxia que por algún motivo rige las opiniones aceptables sobre arquitectura ordena considerar el monasterio del Escorial una obra maestra, pero las pocas veces que lo he visitado, o me he acercado a él sin entrar, me ha parecido tan abominable como el Valle de los Caídos. El granito pesa en la mirada y en la nuca, y tiene siempre una gravitación de lápida mortuoria. Cuando llegué a Madrid en el enero helado de 1974, la consistencia y la grisura del granito de los edificios oficiales, en esa época ennegrecidos de hollín, se correspondían lóbregamente con el gris de los uniformes y las furgonetas de la policía, con sus tupidas rejillas de alambre protegiéndoles las ventanillas y los faros. Seguía siendo la era del granito, pero ya había comenzado la del hormigón y el asfalto, que ahora sustituía a los adoquines y sepultaba las cicatrices de los raíles de los tranvías eléctricos. Puentes y pasarelas de hormigón, antiguos bulevares convertidos en carreteras, periferias devoradas por ellas, certificaban la capitulación de la ciudad al transporte privado y al motor de gasolina.

Es curioso que en un mundo dominado por ingenieros y especialistas sea tan habitual la máxima irracionalidad. Ingenieros, urbanistas, planificadores, expertos en lo que ahora se llama movilidad, se conjuraron para destruir mucho de lo mejor de las ciudades y volverlas cada vez menos habitables, sin duda con la cooperación de gobernantes obtusos y corruptos y de ese tipo de empresarios cuyo talento consiste en parasitar las administraciones públicas. La apropiación privada y la explotación rapaz del territorio son las únicas fuentes de riqueza inventadas por las clases dirigentes españolas. Todo lo irracional de la ciudad contemporánea, desbaratada por las irracionalidades específicas de cada grupo de expertos, lo vemos ahora amplificado por el calentamiento global: la primacía del coche y de la gasolina, los edificios construidos sin tener en cuenta la orientación ni las posibilidades de aislamiento, las avenidas demasiado anchas y sin sombras, las plazas en las que no pueden crecer árboles porque no son plazas sino tan solo tapaderas de aparcamientos, el asfalto que no puede absorber el agua de las lluvias tormentosas cada vez más frecuentes, las torres como prismas herméticos de vidrio y acero que irradian calor y son irrespirables sin el uso continuo del aire acondicionado, algunas de las cuales reciben el extraño calificativo de “edificios inteligentes”. Para edificio inteligente una casa andaluza con patio de columnas, aljibe y macetas en una calle estrecha, y quizás con un toldo que tamiza bellamente la luz en las horas más cálidas.

Ha habido ciudades donde la gente común se ha sublevado con éxito contra la terrible alianza entre la soberbia de los técnicos de la modernidad, los políticos corruptos y los adalides del coche particular y los combustibles fósiles. Hoy nadie imagina Valencia sin la arteria feraz de vegetación y de bulla ciudadana que es el antiguo cauce del Turia: pero fueron los vecinos quienes lograron impedir que se convirtiera en una autopista, tal como preveían las autoridades de la derecha especuladora y asfáltica. Así se salvó también el barrio marinero del Cabanyal, que estorbaba el ilustrado propósito municipal de prolongar triunfalmente los carriles del tráfico hasta la misma orilla del mar.

Una antigua iniciativa del paleolítico valenciano ha revivido ahora en Madrid, donde disfrutamos de la feliz conjunción política entre el Ayuntamiento y el Gobierno regional. En Valencia la idea innovadora, aunque peregrina, de un circuito urbano de Fórmula 1 acabó con una deuda pública de casi cien millones de euros, y con la reconversión de las antiguas pistas de carreras en un campamento de chabolas para indigentes. Las autoridades de Madrid aseguran que su gran premio no costará un céntimo de dinero público, pero por lo pronto ya están las excavadoras y las hormigoneras agravando el espanto de esas periferias abismales de la ciudad en las que se aúna lo más degradado y árido de la naturaleza con las peores invenciones de la civilización. Con un fondo de andamios y grúas, de desmontes de abrojos secos, de polígonos industriales, de palacios cúbicos de congresos rodeados por la nada, las nuevas carreteras del circuito avanzan como los brazos de un Amazonas de alquitrán. Hay el pequeño inconveniente de que una parte del circuito pasa muy cerca de viviendas habitadas, a veces a menos de 40 metros, así que la paternal autoridad se está viendo obligada a realizar estudios sobre los efectos que una concentración de bólidos de carreras podrá tener en la calidad del aire que respiren los vecinos y los niveles de ruido que sufrirán. Según un estudio de acústica, el ruido puede llegar a los 80 decibelios, que equivale, dicen los técnicos, a tener durante horas una motosierra a pleno rendimiento en el salón de casa. También se advierte de que la concentración de gases de los escapes sumada a las extensiones de asfalto producirá un efecto de isla de calor, muy apropiado en las actuales condiciones climáticas. En estos tiempos la gente se queja por todo. Un concejal o consejero ha propuesto la solución tajante de desalojar a los vecinos de sus viviendas durante los días del campeonato. Quizás los podrían instalar temporalmente en las chabolas del circuito de Fórmula 1 de Valencia.


Actos y autos de fe

Rastros éticos y estéticos me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo a los que nunca he renunciado

Fran Pulido

A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

A nosotros el detalle del dedo que escribe sobre la tierra nos parece una sutileza literaria. Según Piñero, tiene un sentido simbólico, porque los mandamientos de la ley de Moisés los escribió el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Uno puede pensar que una nueva ley escrita sobre la tierra común que todos pisamos será más compasiva, menos sujeta a la rigidez del dogma, al ser tan fácil de borrar y de escribir de nuevo.

Tuve una infancia y una primera adolescencia católicas, como todo el mundo de mi generación, pero a la lectura atenta de los Evangelios he llegado muy tarde, después de una vida entera apartado a conciencia de cualquier práctica o creencia religiosa. A la Iglesia española, y a un cierto número de sus representantes en la Tierra, les debo un valioso regalo intelectual: el rechazo precoz de toda forma de creencia en una divinidad providencial y justiciera, en la vida eterna, en el premio del cielo y el castigo del infierno. Hacerse ateo, racionalista y anticlerical a los 14 o 15 años, en la España de Franco y de una Iglesia franquista y tridentina, era una pequeña rebelión personal que no habría sido tan precoz sin el rechazo que aquella gente provocaba. A nosotros no se nos daba a leer el Nuevo Testamento, ni se nos educaba la sensibilidad literaria con las muchas bellezas del Antiguo. El arte religioso que veíamos eran blandas estampitas piadosas, santos y vírgenes de escayola, cuando no cuadros ennegrecidos de torturas de mártires o de almas aterradas quemándose en el infierno. En cuanto a la música, pasamos de los cánticos sombríos a las simplezas de las guitarras y las flautas que tocaban El cóndor pasa en el momento de la consagración.

La vulgaridad estética, el feísmo sanguinario de los mártires desollados o amputados y de los crucificados con pelo natural y manos y pies atravesados por clavos, eran el espejo de la corrupción política y moral de una Iglesia parasitada en toda la mugre de la dictadura, beneficiaria del botín de guerra de la enseñanza, instalada en una supremacía sobre lo cotidiano que le costará mucho imaginar a quien no la vivió. Si aparecía un cura por la calle, los niños teníamos que ir corriendo a besarle la mano. En las puertas de las iglesias había unas fichas con la “clasificación moral” de las películas, que podían recibir un 3R (mayores con reparos) o incluso un 4, que las calificaba como “gravemente peligrosas”. Que unas películas ya autorizadas por la censura franquista pudieran contener tales extremos de pecado da una idea de la mentalidad eclesiástica de aquellos tiempos. Ir a verlas era pecado mortal. Y, como los buenos catequistas nos advertían, morir en pecado mortal garantizaba el fuego del infierno, que no era metafórico. Un cura encendía una cerilla y te retaba a que pusieras un momento el dedo en la llama: si apenas lo podíamos aguantar, ¿cómo sería quemarse así, sin tregua, sin alivio, sin fin, no un año, ni diez, ni cien, ni mil, sino toda la aterradora eternidad? Sembrar ese grado de angustia en una imaginación de siete años, edad a la que hacíamos la comunión, es sin duda una hazaña pedagógica que tarda en olvidarse. Que alguno de aquellos bondadosos agoreros cayera además en la tentación de meternos mano no es un matiz secundario.

La saludable rebeldía puede también derivar en prejuicio, en negación irreflexiva. En la militancia antifranquista encontré por primera vez a cristianos con los que tenía más cosas en común de las que había imaginado. Uno de ellos, que sigue siendo amigo mío, me dio a leer un libro que hablaba de las enseñanzas de Cristo bajo una luz del todo ajena a la de los curas de mi infancia: Lectura materialista del Evangelio de Marcos, de Fernando Belo. Poco a poco, a lo largo de los años, he sido siguiendo rastros éticos y estéticos que me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo que fui haciendo míos desde el final de la adolescencia, y a los que no he renunciado nunca. Hay una profunda sensación de lo sagrado que puede ser ajena a toda idea religiosa —al menos en el sentido occidental de la palabra— y que a uno lo exalta, por ejemplo, en una obra de Bach o de Tomás Luis de Victoria, en un Negro spiritual, en una saeta flamenca, en cualquiera de las escenas evangélicas de Caravaggio, en un poema de san Juan de la Cruz; y, sobre todo, en la plena contemplación silenciosa de la naturaleza, o en esos estados nada místicos ni vaporosos de la meditación budista, en los cuales, con disciplinado adiestramiento, se pueden ver las cosas como son, dentro y fuera de uno, en lo que Manuel Machado llamó “la tranquila belleza del presente”.

Monjas y curas católicos, rabinos, pastores luteranos, marxistas de espíritu abierto, desfilaban del brazo de Martin Luther King en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Nada es simple, ni fácil. La misma Iglesia católica que se alía con los ricos y con la derecha española para privatizar cada vez más la educación, ejerce a través de Cáritas y de sus voluntarios una asistencia imprescindible a quienes ese amigo mío que me ayudó a leer de otro modo el Evangelio llama “los últimos de los últimos, los que no quiere nadie”. El Papa que defiende la justicia y la paz con una rotunda claridad y una elocuencia que han desaparecido del idioma de la izquierda también condena el derecho al aborto y a la muerte digna y elegida. Los llamados evangélicos en Estados Unidos propagan el capitalismo y el racismo extremos y anuncian con júbilo el apocalipsis. A la mujer adúltera a la que Cristo disculpó hay millones de voluntarios dispuestos a ejecutarla, con una piedra en una mano y un libro de feroz monoteísmo en la otra.


Caer de boca ,,, 6.6.26

En vez de quedarse en casa, la profesora jubilada agredida en Valencia salió a la calle a defender la escuela pública, la causa cardinal del progresismo en España, nunca resuelta

Fran Pulido

Hay un momento impreciso en la vida en el que uno empieza a tener miedo de caerse. Se da cuenta de que ya no baja tan rápido las escaleras, pero no recuerda desde cuándo sigue con la mano la baranda, aunque todavía no se apoye en ella. Caminar erguido sobre dos piernas es una facultad muy rara en el mundo animal. Los homínidos que precedieron en unos cuantos millones de años a nuestra especie tardaron mucho en dominarla. Caminar erguido es algo que hace sin dificultad casi todo el mundo, pero basta ver el lento aprendizaje de un bebé para apreciar todo el trabajo que cuesta, y los peligros que el nuevo andarín tiene que superar, incluyendo el dominio de esa complicada invención humana que son las escaleras. En un texto célebre, Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar logró expresar con humorismo la cantidad de movimientos mínimos y coordinaciones musculares y espaciales que necesitaría aprender quien, careciendo de cualquier información o adiestramiento previo, y basándose solo en la lectura de un manual, decidiera emprender un ascenso que para el bebé explorador tendrá algo de la dificultad y el misterio de escalar una pirámide precolombina. El accidentado, el que sobrevive a un ataque, el que ha pasado unos meses en cama, descubre la casi imposibilidad de lo que en otra época le pareció obvio, y ahora cada simple paso es una conquista y una proeza. El niño atolondrado se cae y se hace sangre en la nariz y prorrumpe en un llanto trágico, pero su cuerpo es tan elástico como su mente, y un poco después de alarmar a los adultos ya está corriendo sin miedo alguno de nuevo.

Caerse de adulto es una experiencia muy rara. El tropezón, el traspiés, la caída, son más rápidos que el cerebro, y cuando uno empieza a comprender lo que le ha pasado está derribado en el suelo, con una curiosa sensación de vergüenza que se acentúa si hay testigos de su contratiempo, alguno de los cuales lo mirará con reprobación desde arriba, con la soberbia propia de los bípedos, mientras un samaritano de buen corazón se inclinará para ayudarle, agravando su desconsuelo. Una mañana, hace bastantes años, volvía yo corriendo del Retiro, atravesando enérgicamente la Castellana a la altura de Cibeles, y en un instante mi excesiva satisfacción de deportista se vio desbaratada cuando tropecé y me caí al arrancar después de la pausa del semáforo en rojo. Hasta ese momento, yo había sido un hombre maduro y saludable que había madrugado para correr al fresco de la mañana de verano. Caído bocabajo en el asfalto era un cincuentón con gafas y con un pantalón de deporte inapropiado a mis años. Por suerte, había tenido la precaución instintiva de poner por delante las manos. Cuando de adolescentes nos dio por llevar las manos hundidas en los bolsillos del pantalón vaquero, en un gesto que nos parecía de terquedad indómita, nuestras madres nos advertían con anticuada sensatez: “No lleves las manos en los bolsillos, no vayas a caerte”. Por esos mismos años, en las imágenes furtivas de manifestaciones antifranquistas, se veía a trabajadores o estudiantes corriendo delante de los grises, que daban mucho más miedo cuando cargaban a caballo, con porras más largas para dar zurriagazos desde sus altas monturas. Para el que estaba caído e inerme en el suelo, las botas negras de aquellos antidisturbios uniformados de gris no eran menos amenazadoras que los cascos de los caballos, a los que al fin y al cabo nadie podría acusar de crueldad.

A ciertas edades una caída puede ser ese brusco escalón que lo deposita a uno en la vejez, en la conciencia amarga de una fragilidad que hasta entonces no se le había revelado. Los huesos son más quebradizos, las articulaciones más rígidas. Al caerse de boca, que es la peor de las caídas, la cara sufre el efecto del golpe contra una materia dura y áspera, piedra o asfalto; arreglos dentales sofisticados pueden romperse, fracturarse el cartílago de la nariz, los huesos de los pómulos y la barbilla. En una de las medianoches espectrales de la pandemia, dando el paseo reglamentario a mi perra, tropecé con una de esas losas mal ensambladas que son una de tantas trampas municipales, y como hacía frío y llevaba las manos en los bolsillos, incumpliendo una vez más el consejo de mi madre, me di un golpe en toda la cara al caer, y tardé un rato en comprender lo que me había pasado. Tenía el lado derecho de la cara contra el feroz granito de Madrid. No había nadie. No podía pedir ayuda. Sacar las manos de los bolsillos y apoyarme en los codos para incorporarme era una tarea más difícil porque me costaba salir del estupor de la caída. Notaba el choque en la bóveda de hueso del cerebro. En torno a mi ojo derecho se había incrustado uno de los óvalos de metal de las gafas. La perra esperaba con paciencia a que me levantara. Cuando me miré en un escaparate, mi cara era la de un desconocido. La sangre caía de la nariz y del contorno herido del ojo derecho. Yo era un zombi manchado de sangre en la medianoche desierta del confinamiento.

En la plenitud de la fortaleza física hay un desbordamiento de soberbia, un desdén hacia el torpe, el que no está en forma, el lento, el viejo. El fuerte no sabe lo fácilmente que puede hacer daño; a veces lo sabe y lo disfruta, porque además no corre el menor peligro de sufrir una respuesta violenta. El policía antidisturbios que tiró contra el suelo a la profesora jubilada en Valencia no necesitó darle un empujón, menos aún golpearla con la porra. El hábito televisivo de repetir imágenes en bucles incesantes da la impresión de que la mujer está cayendo a cada momento, una y otra vez. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo. El policía lleva casco y guantes y corre con la soltura y la fuerza de un varón joven y corpulento que se somete a un riguroso entrenamiento físico. La profesora, que está jubilada y tiene 68 años, aunque no por eso haya perdido su coraje de luchadora, cae al suelo y está claro que al principio no se da cuenta de lo que le ha sucedido, porque el golpe fue instantáneo y le vino por detrás. El que cae tarda en comprender que eso tan raro y doloroso que le sucede es que se ha caído. Profesoras jubiladas de sesenta y tantos, de setenta y tantos años, siguen siendo la sal de la tierra, igual que cuando transmitían el amor por el conocimiento y la literatura en las aulas. Leen más todavía, al tener más tiempo, forman clubes de lectura, visitan a media mañana los museos, acuden a conciertos y funciones teatrales, aprovechan los precios reducidos para no perderse un estreno en el cine. Cuando yo era niño, muchas mujeres de esa edad eran viejas de luto, o eso se creía que eran. Esta profesora, en vez de quedarse en su casa disfrutando su pensión, ha mantenido su fervor de antigua militancia, ha sentido que rejuvenecía defendiendo la escuela pública, que desde hace ya mucho más de un siglo es la causa cardinal del progresismo en España, nunca resuelta, nunca garantizada. No hemos visto su cara, aunque sabemos que tiene fracturada la barbilla y el tabique nasal, como es propio de quien cae de boca. Tardó muy poco en levantarse, porque sus compañeros la asistieron mientras gritaban “¡Vergüenza!”. A gente así no la doma nadie.

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