Alma Guillermoprieto explica los males latinoamericanos y su mayor padecimiento: la pobreza
Las crónicas de la periodista mexicana reunidas en ‘Esta improbable tierra prometida’ ofrecen un análisis profundo de las realidades de varias naciones asoladas por el caudillismo, la violencia, la corrupción y la desigualdad


La reportera mexicana Alma Guillermoprieto es, sin duda alguna, uno de los pesos pesados del periodismo latinoamericano de los últimos 50 años. Formada profesionalmente como bailarina, a mediados de la década de 1970 abandonó las tablas y se colocó tras un teclado para, a lo largo de todos estos años, ir dejando una crónica íntima, intensa y comprometida de los muchos avatares de la vida social y política latinoamericana. Ese empeño se ha materializado en algunas de las más prestigiosas publicaciones del mundo, como la británica The Guardian y las estadounidenses The New York Times, Newsweek, The New Yorker y The New York Review of Books, y también ha sido colaboradora de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez y de este diario. Por ello su trabajo ha sido recompensado con reconocimientos como el Premio Ortega y Gasset, el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, y el Nacional de Periodismo de su país, entre otros.
Gracias a su concepción de que el periodismo no es un ejercicio efímero, que puede aspirar a la permanencia y tiene una responsabilidad social y civil, Alma Guillermoprieto ha ido recopilando reportajes y crónicas en una decena de volúmenes como La Habana en un espejo (2005) o Al pie del volcán escribo (1995), al que se une ahora la publicación de Esta improbable tierra prometida. Historias de América Latina en este siglo (Debate, 2026).

Tras una contundente y ya definitoria introducción en la que narra las tramas de una matanza en un pequeño pueblo colombiano y que nos advierte sobre los rumbos por los que transcurrirá este nuevo libro, la reportera organiza sus trabajos en sesiones que titula ‘De demonios y dolor’, ‘De gobernantes y rebeldes’, ‘Héroes’ y ‘Belleza y arte’.
Las historias que ahora reúne Alma Guillermoprieto apuntan en las más diversas direcciones pero procurando siempre el mismo blanco: penetrar en las circunstancias políticas, sociales y económicas que generan males casi endémicos del continente latinoamericano como el caudillismo y las dictaduras, la persistencia de la violencia, los lastres de la corrupción institucional o el enraizamiento de una obscena desigualdad que genera la pobreza de las grandes mayorías.
La escritora no nos propone entonces una lectura amable. Más bien lo contrario. Alerta, denuncia, interroga y deja constancia de las dramáticas realidades de varias naciones del continente que, por encima de sus características domésticas, de alguna forma son el mismo país, con dolores sociales muy semejantes.
Como mexicana al fin y al cabo, Alma Guillermoprieto nos entrega varias historias que ayudan mucho a entender la trama sociopolítica y hasta económica de su país. Una de las esencias de estas indagaciones, que en casi todos los casos se resuelven con manifestaciones violentas, pueden ir de la denuncia de cómo su propio oficio periodístico se ha convertido en México en una profesión de alto riesgo —más de mil reporteros asesinados en los últimos 25 años, nos dice en la entrega ‘Una voz contra la oscuridad’—, la espeluznante crónica de la desaparición y asesinato de 43 estudiantes en la localidad de Ayotzinapa, hasta revelar la alarmante conclusión de que el auge del narcotráfico “y su horripilante violencia, tan publicitada”, hayan propiciado que “los crímenes cometidos por los traficantes (…) han trastornado tanto la gobernabilidad del país que los mexicanos comunes y corrientes a menudo se preguntan en voz alta si las mafias no habrán ganado ya la guerra contra el Estado”.
Estas historias procuran el mismo blanco: penetrar en las circunstancias que generan males casi endémicos del continente
Pero su mirada va más allá de esa frontera y dedica reportajes a historias tan turbias como el asesinato del cardenal salvadoreño Arnulfo Romero, hecho que conmovió al mundo; la personalidad y la proyección política y hasta humana del caudillo venezolano Hugo Chávez y la del líder cocalero Evo Morales; el desmontaje de cualquier atisbo de revolución en una Nicaragua asolada por los desmanes de los exsandinistas Daniel Ortega y su mujer, la diabólica y neurótica Rosario Murillo, capaces ambos de superar la imaginación de los novelistas que trabajaron figuras dictatoriales, reales o imaginarias, del continente; y los desastres dejados atrás por la guerra civil salvadoreña, contienda sostenida por las administraciones estadounidenses, que derivó en el imperio de las bandas conocidas como maras, las cuales convirtieron a ese pequeño y pobre país en el más violento del mundo y que al final ha propiciado la llegada de un dictador tan peculiar como el presidente Bukele.
Y más, mucho más nos cuenta y recuerda la periodista en un empeño por preservar memorias que pueden desgastarse con el tiempo pero que deberían preservarse para saber dónde estamos y por qué los latinoamericanos hemos llegado hasta aquí, sin poder resolver nuestro mayor padecimiento: la pobreza de las grandes masas. Por ello además incluye entre sus miradas las historias alucinantes del cura Maciel, pederasta, corrupto y conservador que por años fue protegido por el papa Juan Pablo II, o la crónica de la fuga de la cárcel del capo de la droga conocido como el Chapo Guzmán, entre otras.
Con especial interés Alma Guillermoprieto también se acerca a Colombia y las largas, profundas, todavía en marcha manifestaciones de una violencia que se ha convertido, lamentablemente, en una de las señas de identidad del país. Como el café. Historias de masacres, desplazamientos de poblaciones enteras, desmanes gubernamentales y la persistencia de un estado de guerra en el que contra –o junto— a movimientos guerrilleros que se consideran revolucionarios de izquierda han florecido los violentos grupos paramilitares y una policía y un ejército no menos agresivos. La Colombia que por años ha buscado sellar una paz que la saque de una pesadilla de violencia que no cesa desde el remoto 1948, cuando fue asesinado el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán y su produjo el explosivo bogotazo.
Esta improbable tierra prometida. Historias de América Latina en este siglo es un recorrido lacerante por momentos, situaciones, conflictos de la región económicamente más desigual del planeta, observados con la cercanía y la sagacidad de una reportera que solo acepta un compromiso: el de buscar verdades y revelarlas, denunciarlas. Como le corresponde a alguien que practique este oficio que, en muchos lugares, sigue siendo una profesión de alto riesgo.

Esta improbable tierra prometida. Historias de América Latina en este siglo
Debate, 2026
272 páginas, 21,90 euros
Cuba: morir en la arena ,,, 6.7.26
Ha hecho falta que la sociedad cubana descienda a la más tenebrosa crisis general para que se considere que lo inaceptable, lo punible, lo condenable es hoy conveniente, apropiado, justo.

Fue en el año al parecer remoto de 1968, una mañana en que me dirigía a la escuela secundaria de mi barrio habanero donde cursaba mis estudios cuando tuve una muy impactante revelación de qué cosa podía ser un proceso revolucionario radical. Camino del centro escolar pasé por la que todos conocíamos como La Quincalla de Fina, donde solíamos encontrar, a precios muy razonables, algunos de los útiles que necesitábamos. Ese día yo pretendía comprar un lápiz y, para mi frustración, vi que el pequeño mostrador, colocado en el vano de una ventana, permanecía cerrado a una hora en la cual solía estar abierto. Muy cerca vi entonces al viejo Serafín, el esposo de la señora Fina, y le pregunté por qué no estaba abierta la quincalla y me respondió que el negocio no funcionaría más hasta que el gobierno lo decidiera: como parte de una Ofensiva Revolucionaria la diminuta tienda había sido intervenida y, de manos de Serafín y Fina, pasaba a ser propiedad del pueblo, aunque en realidad lo era del Estado… Y, como comprobaríamos muy pronto, sería propiedad de nadie pues la quincalla nunca volvió a existir y, por lo tanto, dejó de vender los lápices (incluso los cotizados bicolores), las gomas de borrar y las libretas que por años allí habíamos adquirido.
La quincalla de Fina, como todos los pequeños negocios todavía sobrevivientes de las revolucionarias intervenciones de las propiedades y actividades productivas y comerciales privadas (proceso iniciado en el mismo año de 1959 con las grandes nacionalizaciones) había sido considerado por la política económica y social del país una forma de explotación capitalista, un rezago del pasado inadmisible en un Estado de sistema socialista que apuntaba al futuro mejor de la nación, incluso de la humanidad. Aunque entonces yo no tenía capacidad para preguntarme a quiénes explotaban Serafín y Fina, ni por qué el limpiabotas insignia del barrio, el Negro Caridad, desde ese momento debía ejercer su oficio como empleado del Estado (con horario laboral y asignación de betún, tinta, cepillos y quizás hasta los trapos que utilizaba para abrillantar los zapatos), constaté desde muy pronto que ahora sería más difícil, y en ocasiones imposible, comprar un lápiz, tomarme un granizado o lustrarme los zapatos, entre otras muchas posibilidades menguadas, deterioradas o simplemente desparecidas.
Unos veinticinco años después, en ese mismo país socialista, con los mismos dirigentes al mando y en pleno apogeo de una crisis en la que faltó todo (y todo fue todo), se permitió la apertura, muy controlada, por supuesto, de pequeños negocios privados. Cafeterías, diminutos restaurantes (solo podía tener dispuestas 12 sillas y ocupar una habitación de una vivienda particular) y otras pocas actividades de producción y servicio. Cargados de condiciones y siempre sospechosos algunos sobrevivieron tenazmente, aceptados si acaso como un mal necesario, como lo fue desde entonces la legalización de la tenencia de divisas extranjeras, hasta poco antes perseguida y hasta penada con años de cárcel.
En los más recientes veinticinco años, con la permanencia de una crisis que se ha revelado sistémica, el proceso de reapertura de las actividades comerciales y económicas cubanas ha sido un proceso turbulento, marcado por los controles, la desconfianza oficial y, sobre todo, perseguido por el que ha sido el mayor temor del gobierno: la posibilidad de que algunos acumulen dinero. Porque, sin que se haya dicho, esa siempre ha sido la razón política que ha gravitado sobre esa sociedad. Pues bien se sabe que el dinero puede cambiar las políticas.
En este mismo plazo reciente y aun con tan pequeñas reformas, en la isla socialista del Caribe ha ocurrido un fenómeno importante: el compacto tejido social creado allá por 1968 se ha comenzado a dilatar aunque en dos direcciones opuestas: mientras en algunos sectores de la sociedad se ven destellos de riqueza, en otros, los mayoritarios, se ha producido un galopante empobrecimiento que, a la altura de 2026, ha llevado a esa gran masa humana a existir en francos niveles de supervivencia. Prolongados cortes de electricidad, dificultades para comprar los alimentos (ya ni hablar de cómo conservarlos o incluso procesarlos), falta de medicamentos y, sobre todo, una patente pérdida de esperanzas han aflorado y se han enquistado en la vida de millones de ciudadanos. Como alternativa más recurrida para escapar de ese foso ha estado la emigración que, en cinco años, acumula cifras cercanas a los dos millones de personas, algo así como el 15% de la población efectiva del país. Y estamos contando los que han podido irse, no a los que quisieran largarse y no han contado con los recursos necesarios para hacerlo.
Y ahora resulta que en ese mismo país, con el mismo sistema y casi con las mismas personas al frente se anuncia un nutrido paquete de medidas que, han dicho, resultaban necesarias para solucionar los problemas socio-económicos del país. Desde ahora, también han dicho, cualquiera puede abrir no ya una quincalla mucho mayor que la de Fina —eso era posible desde hace un tiempo—, sino incluso una fábrica capitalista con muchos obreros y, claro, con plusvalía, incluso fundar un banco —y debería ser también con mucho dinero. Y podrán hacerlo todos, aun gentes como Fina, Serafín y el Negro Caridad si estuvieran vivos y tuvieran con qué. También hubiera podido hacerlo mi difunto padre, condenado en 1985 a seis meses de cárcel acusado de tráfico de divisas por haber comprado tinte de pelo para la peluquería —por supuesto que clandestina— que en el patio de mi casa llevaba mi madre.
Ha hecho falta que la sociedad cubana descienda a la más tenebrosa crisis general para que se considere que lo inaceptable, lo punible, lo condenable es hoy conveniente, apropiado, justo. Ha sido necesaria una política de máxima presión proyectada desde Washington, con amenazas incluidas de acciones militares, para que se revierta el férreo sistema económico del país y se establezca una economía de mercado y una sociedad de sálvese quien pueda con un Estado que, mientras se desentiende de responsabilidades incluso básicas de la población, por supuesto que sí pretende conservar la más importante y eficiente de sus industrias, la del control. Porque, incluso ahora, en Cuba ya se podrá jugar con cada uno de los eslabones de la cadena pero (como advierte la sabiduría popular) sin tocar al mono.
Muchas son las preguntas y casi siempre alarmantes las respuestas que engendra el nuevo contexto económico cubano. Y algunas van desde quiénes confiarán en un gobierno que alimentó la desconfianza para llegar ahora a invertir sus dineros en Cuba. Y, otra, convergente, sería saber quiénes desde las estructuras del poder estarán mejor posicionados para una previsible piñata inversionista. Evidentemente la lista de interrogantes puede ser interminable.
N.B. Mi más reciente novela publicada se titula Morir en la arena. En el título juego con el significado del refrán que reza: “Tanto nadar para morir en la orilla”. Hice el cambio de sitio y de palabras, porque pertenezco a una generación a la que se le pidió mil renuncias y sacrificios para llegar y avanzar por la orilla, por la arena. Encaminados hacia el más luminoso futuro. En ese proceso, en realidad, muchos han sido los que han quedado sepultados en las tembladeras de una arena histórica voraz, mientras los sobrevivientes, entre tinieblas actuales, si acaso podrán aspirar a que alguien venido de nadie sabe dónde los ilumine un poco, mientras ese alguien (que hasta hablará de libertad y democracia) engordará sus bolsillos con negocios mucho más suculentos que una quincalla o una peluquería clandestina de barrio.
Nunca ha sido sencillo el arte de matar, ni siquiera a un marido
Las historias de 13 acusadas de homicidio en el siglo XIX que recopiló Mary S. Hartman en ‘Asesinas victorianas’ nos recuerdan el doble rasero con el que se ha juzgado a las mujeres

No es frecuente que nos preguntemos cómo ha cambiado el mundo en los últimos 200 años. Porque es tanto lo que se han transformado las sociedades y, con ellas, sus paradigmas de todo tipo, que hacer un simple intento de comparación puede abocarnos a la locura. Resulta más coherente y posible, sin embargo, preguntarnos cuánto han evolucionado los conceptos sociales y éticos en los más recientes 50 años y, con ellos, nuestros comportamientos y nociones de determinados fenómenos. Y es incluso apetecible hacerlo, sobre todo, porque el ritmo trepidante con el que se ha ido transformando el mundo nos pone en evidencia que, personas como yo, las que militamos en el cada vez más nutrido y activo club de la “tercera edad” —mi personaje de Mario Conde odia esa denominación, que en su estilo irónico fundamentalista suele calificar del momento en que ya eres un viejo de mierda— percibimos las enormes proporciones en que nos distanciamos de nuestro propio pasado.
Hago esta anotación sobre las velocidades del tiempo y las relaciones de comprensión y los posibles intereses respecto a pasados sociales más o menos remotos porque acabo de leer un libro cuyo título ya explica su contenido y momento, Asesinas victorianas, y su subtítulo lo desnuda: La verdadera historia de trece mujeres acusadas de crímenes atroces. Obra de la escritora británica Mary S. Hartman, este es un detallado y muy bien documentado recorrido por varios casos criminales ocurridos a lo largo del siglo XIX, protagonizados todos por mujeres de clase media, ciudadanas inglesas y francesas. Pero importa ahora anotar que se trata de una obra cuya edición original es de 1974, medio siglo atrás, en la cual se indagan hechos ocurridos casi dos siglos antes, lo cual revela las proporciones de la apuesta de la editorial Siruela para poner a circular ahora, en 2026, la versión en castellano de ese título.
Tal es la minuciosidad de la investigación que por momentos he llegado a sospechar de la autenticidad de las afirmaciones
¿Resulta tan atractivo, de un lado, y tan revelador, del otro, este ensayo sobre viejos crímenes en tiempos victorianos para lanzarnos a su lectura? Pues en realidad no lo sé en cuanto a su capacidad de atracción, pero he quedado convencido respecto a su condición reveladora. Porque si algo en nuestras sociedades globalizadas y digitalizadas no ha desaparecido son las dolorosas manifestaciones de violencia de género y el doble rasero para juzgar ciertos comportamientos de hombres y mujeres, fenómenos tan presentes en demasiados contextos, incluso en países que se ufanan de su evolución social.
La exhaustiva investigación de Mary S. Hartman, estructurada en seis capítulos y una conclusión, coronada con un impresionante aparato de referencias bibliográficas (que ocupan casi la quinta parte de un volumen que ronda el medio millar de páginas), nos va a relatar, en ocasiones yendo hasta los más intrincados detalles, las historias de los posibles o reales asesinatos cometidos, y en cada ocasión antecedido por las motivaciones que llevaron al crimen y seguido por los procesos judiciales a los que esas damas fueron sometidas.
Tal es la minuciosidad de la investigación de los casos analizados por Mary S. Hartman que por momentos he llegado a sospechar de la autenticidad de todas sus afirmaciones, pero luego la autora apuntala sus apreciaciones y conclusiones con unas contundentes notas al pie.
Organizado con una estructura cronológica, que va de casos de las primeras a las décadas finales del siglo, el texto nos permite entender un proceso de evolución del papel y el espacio social de las mujeres, al menos las de la clase media europea capitalista en que centra sus pesquisas. Una época en donde, al decir de la autora, “los cambios reales que estaban transformando la sociedad y que animaban a las mujeres a aprovechar las nuevas oportunidades en su papel de hijas, esposas y madres, y los esfuerzos públicos por interpretar esos cambios, muchos de los cuales intentaban redefinir la naturaleza y la función de las mujeres (…) pero todavía limitadas por relaciones de dependencia que invitaban a la manipulación”.
En el muestreo evolutivo seguido por la autora, hay varios elementos que se transparentan en su investigación y que van desde el consabido doble rasero moral y judicial imperante, pasando por la influencia que tuvo en muchas féminas la literatura romántica de la época con sus heroínas habituales o el hecho de cómo a partir de la década de 1870 comienza a fraguarse un cambio de estereotipos hacia el de la existencia de una mujer más madura, menos inocente y más responsable, que superaba (aunque no eliminaba) el de ser servil, dedicado fundamentalmente al papel de madre y obediente esposa, pues no debe obviarse que estas mujeres viven en unas sociedades en las cuales todavía se podía considerar la masturbación como una enfermedad mental y una depravación y de algunas de ellas la prensa podía decir: “Fue un asesinato gratuito, no cometido por la mano de un hombre, ya que hay en ello una refinada crueldad de la que ningún hombre, creemos, por depravado que sea, podría haber sido culpable”.
Así, Asesinas victorianas consigue desde la investigación de hechos criminales realizar una penetración tangencial pero esclarecedora en el interior, más aún, en la intimidad de las sociedades capitalistas por excelencia de Francia e Inglaterra a través de la institución matrimonial y los procesos de desarrollo, desde los días de la concertación de la relación (tantas veces por motivaciones económicas o de ascenso social) hasta las tribulaciones de la vida conyugal de la época.
Por ello, incluso con la distancia temporal y contextual que separa al lector de hoy de estos hechos y sus protagonistas, esta investigación nos deja claro lo arduo que ha sido el ascenso social y familiar de la mujer, al menos en el mundo occidental y que, a la violencia, muchas veces se le responde con la violencia… aunque, como nos lo transparenta Mary S. Hartman, nunca ha sido sencillo el arte de matar. Ni siquiera a un marido.

Asesinas victorianas
Traducción de Raquel García Rojas
Siruela, 2026
480 páginas, 29,95 euros
La paz del perro
Ojalá una cordura que de momento parece esquiva salve a mi país del panorama que se vislumbra, y en vez de caos tengamos normalidad

1. Todo parece indicar que el novelista chino Feng Menlong, que vivió entre 1574 y 1646, en los años finales de la dinastía Ming, fue el autor de una frase que ha tenido el éxito de la trascendencia gracias a su sutil sabiduría oriental: “Mejor ser un perro en tiempos de paz que una persona en tiempos de caos”, escribió el neoconfuciano y su máxima, por resultar en tantas ocasiones verificable, ha tenido luego diversas variantes, de difícil atribución en su autoría, aunque expresan una misma verdad: “Sálvenos Dios de vivir momentos históricos”.
Todos sabemos, con plena conciencia de ello desde finales del siglo XVIII, que los hombres vivimos en la Historia, y que si algunos individuos son motores de las alteraciones de esa avasallante maquinaria, otros muchos apenas resultan ser figurantes, simples objetos de las convulsiones de los acontecimientos —“tiempos de caos”—, aunque no por ello se libran de sus efectos.
La certeza de tener no solo conciencia, sino la persistente y repetida constatación de que se viven momentos, procesos, coyunturas trascendentes, que afectan o inciden en cada situación de las vidas individuales de una comunidad en un período más prolongado, es la razón por la que un personaje de mis novelas define ese sentimiento como “cansancio histórico”, confrontándolo con la posibilidad de vivir en algún margen apacible y hasta anodino, quizás gratificados con la paz del dichoso perro de Feng Menglong.
2. Desde hace décadas, los cubanos vivimos en coyunturas históricas. El discurso oficial se ha encargado de recordárnoslo cuando, con justificada o voluntariosa insistencia, nos ha advertido de que los acontecimientos en curso tienen carácter histórico. Y lo mismo puede ser una crisis —proceso que ya nos resulta tan familiar que hemos olvidado cómo sería no estar atravesando alguna— que un congreso, un evento deportivo o una zafra azucarera. Todo se ha vuelto histórico, hasta el hartazgo.
Imbuido por tanta historicidad, que puede ser incluso real, en algún momento dije que me gustaría vivir en un país menos histórico y más normal. Para mi sorpresa, con la expresión de ese deseo personal desaté la furia de ciertos defensores a ultranza del sistema político cubano que me acusaron de pretender que mi país viviera la normalidad de ciertas sociedades asoladas por las desigualdades y la pobreza, pues inferían que esa era mi percepción de la normalidad en contraposición con la historicidad —no sé si es válido llamarla así— que vivía mi país. Incluso cuestionaron mi derecho a hablar de mi contexto si era para cuestiones como añorar normalidad.
3. Hoy, ahora mismo, Cuba vive un indudable y muy dramático momento histórico. Una serie de procesos de carácter doméstico y una asfixiante presión foránea han puesto a la sociedad cubana en una encrucijada que no solo afecta el presente de sus ciudadanos, sino que debe —y todo parece indicar que lo hará— definir el carácter futuro de esa sociedad. Historia e incertidumbre en ebullición.
Por un lado, han alimentado esta dramática situación las propias ineficiencias económicas y el inmovilismo político del sistema cubano, que, reacio a realizar transformaciones más profundas del modelo sociopolítico y económico, ha propiciado que se hayan hecho mucho más manifiestas las necesidades de cambios estructurales para intentar superar una crisis que se arrastra por tres décadas y que, en los últimos años, ha entrado en su fase más álgida. Una crisis que ha propiciado la desigualdad mientras ha empobrecido a gran parte de la población, que sufre el deterioro de sus niveles de vida mientras padece, entre otros avatares, de interminables apagones o falta de medicamentos. Una crisis que ha provocado un éxodo masivo que sobrepasa 1.200.000 personas y puede estar cerca de los dos millones de cubanos sumados a la diáspora. La misma crisis que ha permitido el deterioro creciente de infraestructuras y, entre otras cuestiones muy sensibles, ha generado la acumulación callejera de desperdicios, con todas las consecuencias urbanísticas y sanitarias que algo así puede propiciar.
Del otro lado, está el peso enorme del casi eterno bloqueo comercial y financiero estadounidense, establecido en 1962 por la presidencia de Kennedy, recrudecido en la década de 1990 con las leyes Torricelli y Helms-Burton que incluso lo internacionalizaron, y más recientemente convertido en estrategia de asfixia por el Gobierno de Trump y su política de “máxima presión” que ha tenido múltiples modos de ejercitarse hasta llegar al establecimiento del actual bloqueo energético, que impide a la isla recibir el combustible que, si fuera posible adquirirlo, podría hacer menos catastrófica la crisis en marcha y ascenso.
4. Recordemos algo… Hace 10 años, en La Habana se celebraba un concierto de los Rolling Stones, se recibía la visita del presidente Obama, la casa Chanel realizaba un desfile, mientras por el Malecón habanero corrían los autos de un episodio de Fast & Furious. Ahora nos parece que algo así ocurrió en otra era histórica.
5. Cuba vivió un momento histórico en los años finales del siglo XIX cuando ya parecía inminente la victoria del Ejército Libertador en su guerra contra la metrópoli española. Se produjo entonces, en 1898, la entrada del ejército estadounidense en la contienda. El pretexto esgrimido fue la voladura, en el puerto de La Habana, del acorazado USS Maine de la Armada de ese país.
La llamada Guerra Hispano-cubano-norteamericana se selló con la aplastante derrota de un agotado ejército español y una ocupación estadounidense del territorio cubano, que sería regido por un gobernador militar enviado por Washington y que solo abandonó la isla cuando se proclamó el nacimiento de la República, en 1902. Pero el nuevo Estado nacía con la humillante existencia de una enmienda constitucional, promovida por el senador Orville Platt, que, entre sus cláusulas, contemplaba que Estados Unidos se reservaba el derecho de intervenir militarmente en la isla para proteger la independencia cubana y, sobre todo, para preservar los intereses de los ciudadanos y empresas del Norte establecidos en Cuba. Y en 1906 ejercieron ese derecho con una nueva intervención que colocó al frente del Gobierno a otro interventor militar.
Solo en 1934, cuando ya no parecía tan necesaria, fue derogada esa onerosa enmienda constitucional.
6. Lo que pone más dramatismo al momento histórico actual y la causa que genera la más nerviosa incertidumbre sobre un futuro que puede ser inmediato es la actitud política del Gobierno estadounidense respecto a su relación con la isla, manifestada en repetidas ocasiones.
Qué podrá ocurrir en las próximas semanas, quizás en los próximos días, es una muy dramática interrogación. Qué reformas o cambios está dispuesto a hacer el Gobierno cubano, que insiste en preservar la potestad de decidir soberanamente los destinos del país, es otra interrogación. Y, como añadido, ¿hay en curso alguna solución para superar esta apabullante crisis?
Como he dicho en otras ocasiones, Cuba necesita cambios. Económicos, sociales, políticos. Pero no porque Estados Unidos, con su postura abiertamente imperialista, tan alarmantemente parecida a la de 1898 —esos rizos de la Historia—, obligue a hacerlos, con la amenaza o incluso el uso de la fuerza militar, como puede ocurrir en este momento histórico. Cuba precisa de cambios porque los cubanos los necesitan, entre otras razones, para evitar el caos social y aliviar las paupérrimas condiciones de vida de muchos de sus ciudadanos.
Ojalá una cordura, que de momento parece tan esquiva, un diálogo político que supere los fundamentalismos de parte y parte, unas soluciones que eviten el caos que puede provocarse con decisiones drásticas impidan que se manifieste la furia de las armas y salve a mi país del panorama que sin duda se vislumbra en el horizonte.
Y que en lugar del caos, tengamos la normalidad de quedar un poco al margen de la agotadora Historia y, quizás, hasta con el beneficio de la paz del dichoso perro chino.
Los primeros cuentos de Benjamín Labatut: la Antártida existe
Se reedita el primer volumen de relatos del escritor chileno, publicado en 2010, que anticipa la exploración de los confines de la psique y la habilidad narrativa del autor de ‘MANIAC’

El cuento ha sido, históricamente, una de las modalidades más recurridas y prestigiadas de la narrativa latinoamericana. Desde la primera mitad del siglo XIX, período de surgimiento de las literaturas de las nuevas naciones del continente, varios autores se entregaron al cultivo de esta forma artística que sirvió, en aquellos momentos, como vehículo de expresión del proceso de definición de las identidades nacionales. Particularmente incisivo fue el caso cubano cuando, en la década de 1830, siendo la isla todavía colonia española, se “programó” —es la palabra precisa— la escritura de relatos como vía de construcción de una imagen del país en formación.
Ya en el siglo XX el cuento alcanza en esta rivera del Atlántico un notable esplendor, primero con los autores afiliados al modernismo y, luego, con la obra narrativa de Horacio Quiroga, uno de los grandes cuentistas de la lengua. A partir de la llegada de las vanguardias y hasta los años del boom, varios autores marcaron altas cotas de calidad estética con el cultivo de narraciones breves: Jorge Luis Borges con sus Ficciones, Virgilio Piñera con sus Cuentos fríos, Juan Rulfo con El llano en llamas o Julio Cortázar con sus compendios de cuentos —cuatro voces tan diferentes que se distinguen entre otros muchos cultores del género— confirman la vitalidad de esta modalidad narrativa en la literatura del continente.
El cuento, por supuesto, no ha dejado de escribirse en estas latitudes. Sin embargo, sus niveles de representatividad creativa y de consumo lector ya no son los mismos. Diversas razones han incidido en este proceso, entre ellos la desaparición de revistas y suplementos culturales, el medio natural en el cual aparecían muchas de estas piezas breves, y una evidente decantación del gusto colectivo por la novela, fenómenos que ha tenido su reflejo en las políticas de las grandes editoriales que muchas veces preferencian el factor comercial antes que el cultural. Y el cuento se ha convertido —y utilizo el título de un relato del gran cuentista Augusto Monterroso— en la “oveja negra” del mercado editorial de la narrativa de la lengua.
Concisión, ambigüedad y la sensación de haber entrado en una casa con diversas dependencias y algo notable en cada una
Por todo ello me parece una agradable sorpresa que un sello como Anagrama nos obsequie ahora con un libro de relatos, La Antártica empieza aquí (2026) del chileno Benjamín Labatut. Esta decisión comercial obviamente responde al éxito de público y crítica de las novelas del autor, en especial la multipremiada Un verdor terrible, precedente que facilitó el rescate de este volumen de cuentos que había aparecido en Chile en 2010 y hasta recibido un par de premios locales. Un libro que, además, advertía de lo que podía venir… y vino.
Compuesto por seis obras, la que da título a la colección, seguida por ‘La cura de Ana’, ‘Países bajos’, ‘Club de campo’, ‘Deseo’ y ‘Alfredo en cama’, asistimos al desfile de unas historias que van de realidades caóticas al absurdo desquiciado, todas pobladas por personajes desproporcionados, enajenados (cuando no completamente locos), fraudulentos, enfermos mentales (y también físicos) que contaminan con sus males a quienes se les aproximan y dan su sentido último a los argumentos.
Empleando la primera o la tercera persona narrativa, cada uno de estos cuentos tienen la notable capacidad de crear un micro mundo que da la impresión de ser el terreno de donde podría crecer una novela. Esta sensación es especialmente palpable en ‘La Antártica empieza aquí’, donde se narra la desventura de un periodista sin vocación que pretende ser escritor (sin que dé muchas razones para creer que pueda llegar a serlo) que se ve envuelto por razones profesionales en la búsqueda de un fantasma. Con un aliento que por momentos recuerda la estética de su compatriota Roberto Bolaño, Labatut lanza a su narrador-protagonista en la persecución de un escritor olvidado que, nadie sabe bien por qué, es mencionado como posible candidato al Premio Nacional de Literatura del país. Pero, lo que podría ser una pesquisa más o menos detectivesca se convierte en un viaje mental, con alteraciones físicas, hacia un confín perdido de la Tierra (el mismísimo infierno, sugiere el narrador) en el cual parece haber desaparecido un poeta que, por más señas, tenía expresas simpatías por el fascismo. La relación entre el narrador y los personajes que encuentra y los que no encuentra en ese tránsito hacia la nada se va convirtiendo en un proceso paranoico que llega a devorar al protagonista.
Este tipo de recorrido hacia la locura, la marginación, el olvido o incluso la muerte (y alguna resurrección) se van sucediendo en las otras piezas del libro, siempre con una alta densidad dramática, esa que nos advierte de que podrían ser el engendro de obras mayores. La habilidad narrativa de Labatut, sin embargo, consigue concentrar los conflictos y resolverlos con habilidad en cada uno de los relatos.
Especialmente logrado, junto a ‘La Antártica comienza aquí’ me parece el cuento ‘Deseo’, una historia (otra vez) de escritores (otra vez) víctimas de padecimientos psicológicos que recorren la neurosis, la depresión, la psicosis y la paranoia (si tal cuadro clínico fuera posible) en la construcción de dos vidas paralelas que se unen en el infinito de la creación (“El infinito es la realidad de las cosas, menos el límite”, como cita Labatut recordando a Pierre Janet). Autores sin noticia uno del otro que, cada cual por su lado, escriben el mismo relato, mientras recorren las vías de unas cotidianidades anodinas y desgastantes para llegar a convertirse en réplicas de sus propios personajes y, de algún modo, aniquilarse uno y otro.
Recorriendo este libro se puede recuperar el gusto por leer piezas de este género. Brevedad, concisión, ambigüedad, lenguajes directos o bien elaborados y la sensación de haber entrado en una casa que tiene diversas dependencias y algo notable en cada una de ellas. Todo en un trámite que se resuelve con relativa rapidez pero sin que mengüe el disfrute estético. En fin, que el relato breve sigue siendo buena literatura si se le asume con rigor y se le apoya con talento, como lo hace Benjamín Labatut en este, su viaje iniciático a diversos infiernos de la mente humana y que, aquí, en lugar de llamas, está poblado de hielos quemantes, como los de la Antártida.

La Antártica empieza aquí
Anagrama, 2026
168 páginas, 18,90 euros
Leonardo Padura: “Cuba necesita cambiar porque los cubanos lo piden”
Un rasguño en la piedra ,,, 11.5.26
Si André Breton, que pensaba que México era la tierra del surrealismo, hubiera visitado Chiapas habría visto cómo todas sus provocaciones intelectuales palidecían ante una realidad palpable

1. Vengo de hacer mi primera estancia en Chiapas. De ciudad en ciudad, desde la actual capital, Tuxtla Gutiérrez, he visitando la muy turística San Cristóbal de las Casas, los “pueblos mágicos” de Comitán de Gutiérrez y Chiapa de Corzo, el mundo fantástico de Chamula. Y salgo convencido de lo insólita, maravillosa e insondable que aún puede ser la realidad americana.
2. San Cristóbal de las Casas, antigua capital del Estado, es uno de los tres “pueblos mágicos” de esa región del suroeste de la República mexicana, colindante con Guatemala, a cuya Capitanía General perteneció en la época colonial. Fundada en 1528, su condición de “pueblo mágico”, conferida por la Secretaría de Turismo del país, resulta evidente: impresionantes edificios coloniales, coloridos mercados callejeros, sitio de efervescente mestizaje cultural propiciado por los traumáticos eventos históricos que ocurren a partir de la llegada de conquistadores españoles portadores de una visión del mundo que intentó imponerse sobre la milenaria cosmogonía de las poblaciones originarias de la región, provocando las contracciones, fusiones y traumas que aun acompañan la existencia de este peculiar rincón del planeta.
El pasado 1 de enero se cumplieron 32 años de que nos despertara la noticia de que un ejército de indígenas, capitaneados por un enigmático personaje que se hacía llamar Marcos, quien se había autoconferido los grados de subcomandante y andaba cubierto con un pasamontañas, había entrado en esa ciudad chiapaneca y tomado sus poderes civiles. Se anunciaba entonces el inicio de otra revolución de los humildes y para los humildes, que, tomando distancia de la devaluada ideología marxista, se bautizaba como zapatista —en recordación del líder campesino Emiliano Zapata—, pues se presentaba como una insubordinación indigenista, avalada por una histórica marginación y la profunda pobreza de los pobladores originarios de la región.
Hasta el día anterior el Estado de Chiapas apenas existía en el imaginario mundial porque sus millones de indígenas de diversas etnias y sus mestizos pobres parecían no existir ni siquiera para los poderes de la república federativa. Una idea de lo que allí ocurría lo revela la frialdad de los números: unos años antes Chiapas recibía apenas el 0,3% del presupuesto del poder federal. La pobreza, la marginación cundían allí entre más de 500.000 analfabetos. En la misma San Cristóbal uno de sus obispos católicos había publicado la orden de que las aceras eran para que circularan las personas, no los indios. Pero la sublevación zapatista con sus reclamos de justicia social puso a Chiapas en las páginas de los periódicos, y el enigma de la identidad del subcomandante Marcos o sitios como la selva Lacandona pasaron a formar parte de las conversaciones de la gente, no solo en México… Dos años después, tras algunos enfrentamientos armados entre los zapatistas y el Gobierno, se firmaron los acuerdos de paz de San Andrés Larraínzar que contemplaban la promesa de cambios y mejoras en las vidas de los chiapanecos.
3. En la plaza central de Chiapa de Corzo —considerada la primera ciudad española de la región—, se levanta una especie de capilla abovedada, de estilo mozárabe, conocida como la Pilona, pues en su interior se halla el manantial del cual se surtían de agua los pobladores de la ciudad. Otro edificio emblemático del poblado es la gigantesca estructura de la iglesia y convento de Santo Domingo, en cuyas fachadas aparecen relieves de heráldicas flores de lis francesas llegadas de nadie sabe dónde.
Pero esta localidad es célebre sobre todo por su técnica de laqueado de las artesanías de madera, conseguido con la maceración de insectos de la zona y también por su fiesta grande, nombrada por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Esta celebración, que corre cada año del 8 al 21 de enero, celebra la convergencia cultural que se concretó en la ciudad y se ha convertido en un atractivo turístico sobre todo por su acto de clausura: sobre las aguas del río Grijalva se escenifica un combate naval en el que participan cientos de embarcaciones que alumbran el cielo con fuegos artificiales. Lo curioso es que ese combate rememora la derrota de los habitantes originales de la zona ante los conquistadores españoles.
4. También he recalado en la ciudad de San Juan Chamula, donde la magia es parte activa de la vida más real. La iglesia de San Juan Bautista, en Chamula, es un sitio extraordinario que alberga una mezcla de culturas en plena efervescencia sin que se haya concretado una aplastante superposición dominadora.
El templo católico con estructura de estilo barroco novohispano, encierra entre sus paredes muchas de las esencias de la cultura de Chamula: allí conviven ritos católicos, como la misa y el bautismo, las imágenes de santos y vírgenes como la muy mexicana Guadalupe, con ancestrales prácticas religiosas y medicinales. En lugar de bancos alineados, en el interior de la iglesia se distribuyen mesas cubiertas de millares de velas cuya esperma cubre el piso del local, mientras los magos curanderos (iloles, en lengua tzotzil), hombres y mujeres, realizan sus ceremonias de invocación y curación. El poder de estos iloles proviene de las revelaciones de sus sueños, gracias a los cuales obtienen la sabiduría para curar, tanto males físicos como espirituales. Con velas y, por lo general, con gallinas sacrificadas en el acto, los iloles alivian las penas de la gente bajo las cúpulas de la iglesia católica dedicada al Bautista, santo patrón de la ciudad, mientras utilizan la Coca Cola como una de sus bebidas rituales... Aquí, como bien dice Alejo Carpentier al teorizar sobre lo maravilloso americano, los que creen en milagros de santos se pueden curar con milagros de santos.
5. En cada sitio he recibido las vigorosas impresiones, sensaciones, sospechas a las que puede acceder un forastero llegado a un universo que resulta insondable. Tal es la profundidad y densidad de su historia y cultura, sus múltiples cosmovisiones expresadas muchas veces en las lenguas originarias que allí sobreviven. Y a pesar de mi interés y concentración, de curiosidad alarmada, sé que la diversidad y complejidad del mundo chiapaneco apenas me permitirá, como dijo un poeta, hacer un rasguño en la piedra de su realidad. Porque si André Breton, en su estancia en la capital mexicana, tuvo la certeza de que México era la tierra electa del surrealismo, si hubiera visitado Chiapas habría visto cómo todos sus paradigmas de provocación intelectual palidecían ante una realidad palpable.
Treinta años después del levantamiento zapatista el mítico Marcos es un sesentón pasado de peso que ha cambiado sus grados pero no su pasamontañas y vive refugiado en una comunidad zapatista en la selva, mientras muy poco se ha cumplido de aquellos acuerdos de paz de 1996. Y aunque no igual, la vida de los indígenas sigue sufriendo de carencias y ciertos grados de marginación, pues se estima que el 78% de la población chiapaneca vive en diversos niveles de pobreza. Aunque puede consolarnos saber que su actual gobierno emprende campañas para erradicar males como el analfabetismo mientras se potencia la existencia de las llamadas universidades interculturales que ofrecen superación con sentido de preservación.
Lo que resulta evidente, incluso para el forastero, es que en estos territorios del de Chiapas aun se sostiene el viejo combate americano entre civilización y barbarie, hoy contextualizado como una pugna entre globalización y tradición, aunque en realidad es la eterna contienda entre pobreza y supervivencia.
El don de la capacidad de anticipación de Beatriz de Moura ,,, 11.5.26
El escritor cubano recuerda su relación profesional con la fallecida editora desde que le publicó su novela ‘Máscaras’, en 1997

“En medio del camino de la vida…”, Dante Alighieri.
Fue una mañana de marzo de 1996 cuando recibí su llamada telefónica y sostuvimos la conversación que cambió mi vida. Entonces yo estaba justo en medio del camino de la vida que he recorrido hasta ahora. Era un todavía joven escritor de treinta y cinco años, con algunas penas y ninguna gloria que, poco antes, había hecho una apuesta arriesgada: había dejado mi trabajo como jefe de redacción de una revista cultural y me había convertido, legal y oficialmente, en el primer escritor independiente cubano. Cuando miro hacia ese momento, todavía me parece increíble que hubiera optado por tomar semejante decisión: estábamos viviendo en un país en profunda crisis económica como era la Cuba de ese tiempo (la crisis cubana interminable), apenas teníamos dinero para seguir subsistiendo malamente y, como escritor, ni la sombra de un editor en el horizonte. Pero yo solo quería escribir y me había lanzado al vacío.
Pero ahora creo que, como parece que dijo Marco Aurelio (según los hermanos Glass de las obras de Salinger) que “aquello estaba deseando ocurrir”. Y lo primero que ocurrió fue que, tres meses después de vencida la fecha estipulada, había recibido la noticia de que mi novela Máscaras había ganado el Premio Café Gijón de 1995, concedido en enero de 1996, trece días después de mi conversión en escritor independiente. Entonces algo cambiaba: de pronto tenía un premio internacional que ya no esperaba y hasta contaba con un dinero que me salvaba de la inopia, lo cual ya era mucho pedir. Pero nada más. Podría decir, como cubano de finales del siglo XX, que del tórrido infierno de la incertidumbre había pasado al purgatorio de una cierta convicción de que tal vez habría alguna salida… Y entonces sonó el teléfono que me abrió las puertas de lo que sería mi paraíso como escritor.
Ni en mis sueños más desbocados yo habría podido barruntar que algo así podría ocurrirme y esa mañana de marzo de 1996 me estaba sucediendo: al otro lado de la línea, Beatriz de Moura, la fundadora y directora de la editorial Tusquets, me decía que había leído mi novela ganadora del Café Gijón y que me proponía publicarla.
Creo que a cualquier escritor de la lengua una llamada así lo habría removido hasta las entrañas. Pero, para ese joven escritor cubano que era yo, sin otros medios de vida, sin trabajo y sin editor, aquella propuesta inesperada, llegada del sitio más codiciado —esa ya mítica editorial Tusquets, la de Milan Kundera, John Irving, Marguerite Duras, las novelas eróticas de la colección La Sonrisa Vertical—, superaba todo lo que hubiera podido soñar. Mi vida, en el plazo de unos cinco minutos de conversación telefónica, daba un salto mortal hacia lo que cualquier autor podía pretender y yo alcanzaba así, en un instante mágico y revelador y trascendente.
Tres meses después, llegado a España para recibir mi Premio Café Gijón —fue apenas un portentoso cheque, aunque sin ceremonia y ni siquiera un diploma para archivar—, mi esposa Lucía y yo nos trasladamos a Barcelona y entramos por primera vez en los dominios del reino maravilloso de Beatriz de Moura, las estrechas y atestadas oficinas de la calle Iradier. Allí, luego de una primera conversación con Antonio López Lamadrid, director comercial de la casa —un señor que sería también una de las personas más importantes de mi vida, quizás la que más confianza tuvo en lo que yo podría llegar a alcanzar con mi trabajo— pasé al pequeño recinto acristalado, ubicado en el patio o jardín de la propiedad, el sitio donde se decidía el carácter de una editorial referencial en el universo literario hispanoparlante, el pequeño gran trono desde el que Beatriz de Moura hacía sus milagros.
Fue tal la conmoción que me provocó aquel primer encuentro con esa mujer desenvuelta, fumadora, bien peinada y tan segura de sí misma que he olvidado lo que hablamos, aunque lo supongo: de mi libro y su publicación, que ocurriría en enero del año siguiente, 1997, en la magnífica colección Andanzas. Lo que nunca he podido olvidar es que, al salir del recinto de la calle Iradier, ya en la acera donde esperábamos el taxi que nos devolvería al hotel, mi esposa, Lucía, que había asistido conmigo a las conversaciones con Tony López y con Beatriz, me dijo otra de las grandes verdades de mi vida, en cierto sentido, creo, la más grande de todas las verdades relativas a lo que yo quería ser: “Bueno, ahora sí eres escritor”. Y de hecho empecé a serlo.
Mi relación con Tusquets Editores alcanza ya los treinta años y una veintena de títulos publicados. Me ha permitido tener ediciones en muy diversos idiomas, obtener premios, participar en eventos en muchos lugares. Y todo ha ocurrido gracias a que Beatriz de Moura encontró algo en mi literatura que ella pensó que valía la pena publicar y sostener. Y mi gratitud es quizás mayor que la del resto de los colegas hispanoamericanos que hemos tenido el privilegio literario de formar parte del catálogo editorial que Beatriz de Moura, año por año, fue creando y consolidando, confiriéndole visibilidad y lo que llegaría a ser el soporte de un prestigio: porque a diferencia de esos colegas (que seguramente sienten una enorme gratitud hacia Beatriz), mi trabajo como escritor ha tenido desde entonces y hasta hoy —en manos de los herederos de la escuela de Beatriz y Tony— el respaldo de una editorial más que de un país en el que, desde hace varios años, no se están publicando mis libros. Por eso digo que soy un escritor cubano, pero que, gracias a Beatriz de Moura, soy también un escritor de Tusquets.
Debo advertir, pues es justo, que el paraíso editorial al que me llevó la sensibilidad y la mirada aguda de Beatriz de Moura no siempre fue paradisíaco. Lidiar con esa editora que siempre pensaba como editora, tuvo algunos roces complicados, pues podía ser tan ríspida como afectuosa. Sin embargo, trabajar con ella y sus lecturas siempre fue un ejercicio aleccionador porque, por principio, Beatriz se proponía que cada libro de sus autores fuera el mejor que uno tuviera la capacidad de escribir. Y sus listones siempre estuvieron altos.
El legado de Beatriz de Moura fue tan potente que, desde que decidió alejarse del trabajo editorial, su espíritu ha seguido guiando el perfil de la criatura que engendró en pleno franquismo e hizo crecer a lo largo de sus años al frente de Tusquets, esa casa que se convirtió en la mía y que he tenido el enorme privilegio de habitarla, gracias a ella y lo que, al parecer, vio en mi trabajo. Pero —y aquí está la clave de todo—: no en el trabajo que había hecho, sino en el que podía hacer. Esa capacidad de anticipación que es el don de los grandes editores.
Y ahora Beatriz de Moura ha muerto. Y con ella se cierra una era. Con su partida se vacía un trono. Y, en su tránsito, confío en que pase por el lado de Virgilio y siga, siga, hasta encontrarse con su tocaya celestial que, con su luz divina, le va a iluminar el sendero del paraíso hacia el cielo donde debe estar como lo merece, como la gran editora que fue y será.
Gracias, Beatriz.
¿Y qué va a pasar en Cuba? ,,,
El país debe cambiar, pero no porque lo asfixien desde fuera, sino porque los cubanos necesitamos que cambie

Cuba se ha puesto de moda y yo estoy muy solicitado. Colegas periodistas me buscan para que cuente, desde dentro del país, lo que ellos ya saben que está ocurriendo, pero con el propósito, más que previsible, de que me atreva a especular qué podría ocurrir. Y, por supuesto, apenas puedo decirles que sobre la mesa están todos los escenarios, y van desde que cambie algo para que nada cambie hasta, en el otro extremo, que se produzca algún tipo de operación militar de imprevisibles consecuencias. Pero les advierto de que, ahora mismo, no creo que nadie pueda decantarse por uno.
Al parecer, el presidente estadounidense Donald Trump pretende hacer algo más de lo que ya ha hecho: a la política de máxima presión le metió más atmósferas con el bloqueo energético que está asfixiando no solo la economía del país, sino a muchos de sus ciudadanos. Y después, como si fuera el último cruzado, con lenguaje de conquistador de manual dice insistentemente que “tomará” Cuba (porque eso “sería bonito”) sin explicar muy bien cómo lo hará, aunque dejando traslucir que sería a su modo (que puede ser cualquiera).
En Cuba, mientras tanto, el Gobierno mantiene sus posturas de principio: preservación de la soberanía y del sistema político, aunque con disposición a un diálogo con contrapartes estadounidenses cuya existencia, luego de semanas de negación, al fin se admitió, sin que se transparente su desarrollo. Resulta difícil, sin embargo, imaginar los contenidos de esos intercambios entre dos posturas que, hasta donde suponemos, son bastante irreconciliables.
Mientras, sin modificar su discurso, la dirigencia cubana ha comenzado a mover fichas, aunque no debe ser cómodo hacerlo bajo una espada de Damocles. Una de las medidas más recientes ha sido la de autorizar a los emigrados cubanos a montar en la isla casi todo tipo de negocios y del volumen que deseen, y se incluyen sectores productivos, de infraestructura y hasta las esferas bancarias y financieras. Esta decisión, que afecta también a los cubanoamericanos no contempla que los ciudadanos radicados en el país tengan la misma posibilidad empresarial, por ahora limitada a pequeños y medianos emprendimientos. Es como si se asumiera que los de dentro son tan pobres que no podrían montar ni siquiera una fábrica de zapatos. O como si la medida pretenda exhibir una postura aperturista, voluntad de cambio.
Del otro lado del muro, el secretario de Estado Marco Rubio, artífice de la ofensiva estadounidense contra la isla, ha mostrado su decepción y, con actitud de procónsul, ha declarado que las reformas económicas cubanas no son suficientes. Él exige más y decidirá cuándo llegarán a ser convincentes o…
Lo cierto es que Cuba vive hoy uno de sus momentos económicos y sociales más dramáticos, catalizado por un bloqueo energético que ha paralizado o al menos afectado muy diversas actividades en muchos sectores de la vida nacional. Pero también es cierto que la sequía petrolera solo ha venido a rodar sobre la pendiente crítica que ya asolaba al país con largos apagones, deterioro del transporte público, falta de insumos médicos, inflación y consecuente carestía de la vida que se refleja en la pobreza salarial de buena parte de la población.
Un elemento importante para entender cómo se vive en el país la policrisis actual es intentar diferenciarla de la vivida en la década de 1990, el llamado Periodo Especial que siguió al colapso soviético. En aquel entonces, la muy dramática situación de escaseces de todo lo imaginable tuvo una programación política: las carencias fueron vividas horizontalmente, o sea, afectaron por igual a casi toda la población y así se sostuvo el entramado homogéneo de la sociedad cubana.
La coyuntura del presente, en cambio, tiene un comportamiento vertical: muchos están jodidos, pero un sector ya visible se ha ido enriqueciendo mientras opera con las carencias que el Estado no es capaz de aliviar.
Para llegar al punto de ebullición actual es preciso entender que el programa de ciertas reformas que Raúl Castro desarrolló en su mandato (con su eslogan de “sin pausa pero sin prisa”) implicó el desmontaje de buena parte del sistema igualitario fomentado en el país con la eliminación de “gratuidades indebidas” y abrió la brecha para que se comenzaran a generar diferencias económicas y sociales que hoy se han hecho patentes.
Con el alivio que se produjo durante el deshielo del presidente Barack Obama, pareció que la situación podía mejorar, pero el Gobierno cubano no se movió de sus posiciones asentadas. La llegada del primer mandato de Trump cambió las perspectivas de posibles mejorías, el período de Joe Biden apenas modificó la situación y, entre uno y otro, pasó la pandemia y la economía, tan dependiente del turismo, se resintió. Para entonces las generosas ayudas venezolanas comenzaron a disminuir porque Caracas enfrentaba sus propias crisis y… volvió Trump y puso a Cuba en sus miras, declarando su política de máxima presión con las intenciones de cambiar su sistema político y económico.
Mientras, al interior del país, sin prisa y con muchas pausas, se aplicaban medidas que resultaron ser devastadoras como la llamada “tarea ordenamiento”, que unificó las monedas en curso y provocó una pérdida de valor del peso cubano, una inflación galopante y, por tanto, una pérdida de capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Pero además no se previó que podría producirse un escenario como el actual y lo demuestra la tardanza en invertir en el cambio de matriz energética del país con una mayor cantidad de sistemas fotovoltaicos (ahora se montan a ritmo acelerado en lugares críticos), al tiempo que se construían hoteles para turistas que nunca llegaron y sin acciones de complemento para esa industria, como la higiene de las ciudades o la infraestructura vial.
Y ahora, bajo presión, se proclaman cambios y se anuncian otros por venir. Admitida la pequeña empresa nacional como tabla de salvación para muchos suministros, Cuba se abre más a la inversión extranjera. El problema es que esos presuntos inversores se mueven con la cautela generada por la falta de confianza en un Gobierno que cambia a su antojo de reglas de juego y muchas veces paga poco o mal sus deudas, con cuentas bancarias congeladas mientras promueve la creación de otras cuentas, garantizando (verbalmente) su seguridad.
En cualquier caso, es cierto que se promueven cambios, de cierta repercusión social, y se intenta hacer lo que ya podía haberse hecho. Porque lo indudable es que Cuba debe cambiar, pero no debería ser porque la estén asfixiando fuerzas exógenas, sino porque los cubanos, empobrecidos, hastiados, desesperanzados, necesitamos que cambie, en muchos sentidos. Y ya no es raro que ya haya algunos que ansían cambios a cualquier precio, sin importar de dónde llegue el empujón.
Y, por cierto, a esos colegas que preguntan cómo están las cosas en Cuba lo más complicado es hacerles entender algunas tramas profundas de esta realidad. Y solo regalaré un ejemplo.
Frente a mi casa hay una cafetería privada donde suelen detenerse a comer algo y beber algo los dueños de las motorinas eléctricas que van invadiendo la ciudad, convertidas en la más recurrida solución para el transporte público. Entonces, con luz o apagón, la mayoría de ellos hace su pausa gastronómica junto al vehículo, al cual le han adaptado una bocinas reproductoras con las que inundan el barrio con difusión, a todo volumen, de los reguetones de moda. Hay crisis, es cierto, muchos problemas, es la verdad, pero, de momento, también es verdad que tenemos a Bad Bunny y al Bebeshito. Y, por supuesto, muchas ganas de vivir.

Es narrador, periodista y guionista y se lo conoce tanto por la delicada construcción de sus novelas como por el modo en que su país y su cultura aparecen retratados en sus libros. Leonardo Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de La Habana, trabajó como periodista y es autor de una obra premiada por la crítica y por los lectores: el suyo es uno de los nombres más reconocidos de la literatura escrita en español.
Fue ganador de varios premios, entre ellos el Princesa de Asturias de Letras en 2015 por la totalidad de su obra. Famoso por títulos como Pasado perfecto, Adiós Hemingway, La neblina de ayer y La transparencia del tiempo, que tienen como protagonista al cínico y pesimista Mario Conde, Padura es también autor de La novela de mi vida, Como polvo en el viento, Personas decentes y la destacadísima El hombre que amaba a los perros, que construye la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. Su más reciente novela se llama Morir en la arena (Tusquets), está basada en una historia real y es acaso la más triste y sórdida de todas.
Rodolfo es un hombre mayor, acaba de jubilarse. Vive, como la enorme mayoría en Cuba, en estado de miseria crónica, cuidando cada centavo y cada gramo de comida y con apagones constantes. Con cierta tendencia a la depresión, afectado por el trauma de haber combatido en la Guerra de Angola y sobre todo por el cruento asesinato de su padre a manos de su hermano mayor, Geni, pasó toda su vida enamorado de Nora, su cuñada, quien antes de ser la mujer de su hermano fue su novia y su gran amor. Un día, inesperadamente, a Rodolfo y a Nora les llega la noticia de que van a liberar a Geni porque está muy enfermo, a punto de morir. Todo el pasado se hace entonces presente.
Junto con esta historia de amor y muerte está la Cuba contemporánea. La de las construcciones que se desgajan y que nadie está en condiciones de reparar. La de la decepción y la amargura. La que se fue quedando vacía de hijos, que eligieron abandonar el país. La que resiste sobre sus mitos revolucionarios. La que habilita espacios para los negocios de unos pocos mientras la población apenas sobrevive. La que necesita desesperadamente creer en algo.
Lo que sigue es una conversación con Padura a propósito de su novela más reciente pero también algunas de sus reflexiones sobre el duro momento económico, político y social por el que atraviesa la isla, mientras se esperan acciones cruciales por parte de Estados Unidos, cuyo presidente Donald Trump mencionó a fines de febrero una posible “toma de control amistosa de Cuba”. El día de la entrevista, que fue por zoom, Padura se encontraba de viaje en México, como invitado de honor de la Feria del Libro de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT).

— Tu novela tiene algunas escenas muy emocionantes y hay también momentos muy decadentes, sórdidos. Esto tiene que ver con el relato de esta Cuba contemporánea, al menos de la de hace dos o tres años. ¿Cómo viven los cubanos la falta de recursos, la falta de agua, cuando siempre han tenido una suerte de obsesión con la limpieza? ¿Cómo es vivir en ciudades y barrios hoy tomados por la miseria, espacios en los que, como de pronto se dice en la novela, parecen Haití?
— Es un trauma que se va alargando en el tiempo. Y una imagen que utilizo es que estamos en un túnel y al final la luz que había, ese bombillo, se fundió y tenemos la sensación de que ese túnel ni siquiera tiene paredes. Es un pozo sin fondo que baja, baja, baja. En estos momentos está en un punto mucho más bajo que el que yo relato en mi novela porque, bueno, ha habido acontecimientos recientes de carácter político con repercusiones económicas muy fuertes para Cuba, como el bloqueo de combustibles que ha decretado Trump alegando que Cuba es un peligro para la seguridad nacional norteamericana. Y es una política de máxima presión, se le llama, y, en estos momentos, de asfixia. Es decir que todo esto se ha multiplicado. En mi literatura siempre intento hablar de esos eternos conflictos de la condición humana, y esta es una novela que habla mucho de temas como el amor, el odio, y algunos asuntos más profundos como el perdón y la redención. Pero todo esto en un contexto material reproducido con mucho realismo. El hecho real que ocurrió fue un parricidio en una familia muy cercana a la mía. Conocí al parricida, al padre asesinado, al hermano, a la familia toda. Yo había empezado a escribir esta novela, tenía todo el tiempo y todas las condiciones para empezar y no avanzaba, hasta que me di cuenta de que faltaba un motor dramático y ese motor dramático me lo regaló esa historia real del parricidio. Pero la transfiguré mucho. Creo que no tenía derecho a revelar determinadas interioridades que conocía personalmente porque estuve muy cerca de ese drama. Y entonces la historia real es la historia del contexto más que la historia del suceso. Ese contexto que se está viviendo en Cuba, que se ha agravado y, tú lo sabes porque tenemos una relación de hace mucho tiempo y conoces mucho mi obra, siempre hay un sentido generacional en mi trabajo y éste es el fin de mi generación. Es la crónica del fin de mi generación. Y la línea final del texto creo que lo explica todo, dice: esta es la crónica de una derrota.
— Es derrota. Es decepción. Amargura. Son también los personajes de la novela que insisten en creer, ya cada vez más viejos. Los más jóvenes son los que se van. No atinan a creer, desde el principio ya el escepticismo está en ellos. Es la generación de los hijos, y acá estamos hablando de la generación de los padres y los abuelos. Hay mucho sexo en la novela, en todas las edades. Hay mucho de eso. ¿Cómo te sentís cuando escribís escenas de este tipo?
— Mira, yo intento que mis personajes se parezcan lo más posible a las personas reales. Lo he dicho muchas veces: yo soy un escritor con una imaginación pequeñita. Soy un observador, creo que una de las virtudes que debe tener un novelista es ser capaz no solamente de hablar sino también de oír. Y uno se va alimentando de muchas historias. Yo he escrito de tantos personajes, que son vidas que he construido y yo no he podido vivir esas vidas porque son muchas vidas. ¿Cómo construir un personaje como Ramón Mercader con el cual yo no tengo nada, absolutamente nada que ver, y hacerlo creíble? ¿O un personaje como Trotsky, por ejemplo? Es el proceso estético que es la verosimilitud. Es decir, tú no estás reproduciendo la realidad, estás creando otra realidad que tiene que ser creíble. Y los elementos de la vida personal de los personajes, pues, ayudan mucho. Recordarás en El hombre que amaba a los perros que hay un momento de una relación sexual de Trotsky con Frida.
— Así es.
— Que me costó trabajo imaginarla. En Morir en la arena hay sobre todo una relación otoñal de dos personajes. Me cuesta trabajo porque no quiero hacer spoiler, creo que los lectores tienen que descubrirlo, pero bueno, hay una relación sexual otoñal que está descrita simplemente con diálogos. Y los diálogos creo que lo expresan todo. Y el momento en el que se produce es un gran descubrimiento para estas dos personas y en el que individuos como yo sienten que todavía una relación amorosa que desemboca en el sexo es lo que nos da vida. Recuerdo mucho una frase de Luis Buñuel en un excelente documental español que le hicieron, que dice: “Mira, yo he tenido toda mi vida un gran problema y es que cada vez que veía pasar a una mujer, le miraba el culo. Para mí eran culos. Yo le miraba el culo. Y, dice, Buñuel, cuando perdí el deseo sexual, he visto que hay pajaritos que vuelan en los árboles, que las frutas tienen distintos sabores”. Porque sí, porque el sexo está en el centro de nuestras vidas, somos seres sexuales. Y uno de los elementos redentores que hay en esta novela es la posibilidad de materializar una relación sexual otoñal. Y sé que es muy importante para estos personajes porque, Hinde, en medio de todas las carencias, de todas las miserias, yo creo que los seres humanos tenemos unas reservas que nos permiten salir adelante. En esta novela, por ejemplo, se habla mucho de la importancia de la amistad. Y en este caso la importancia de recuperar, de hacer renacer, encontrar un amor. Que tiene además un componente importantísimo en la relación humana que es la compañía. Yo creo que una de las peores experiencias que puede sufrir un ser humano es la soledad porque somos seres gregarios y en nuestras culturas caribeñas, tropicales, cubanas, con esta mezcla maravillosa gracias a la cual somos como somos, pues el hecho de vivir en compañía es tan importante. Y por eso también otro de los elementos, y aquí en la novela eso está destacado, que nos salvan las relaciones familiares. Cómo las familias se protegen. Esos hijos que salieron de Cuba son los hijos que están salvando a estos padres de una miseria total.
— Con las remesas, claro.
— Y hay un personaje en la novela que es un hijo que sigue en Cuba y que también ayuda a estas personas. Porque, mira, te voy a confesar algo, yo acabo de llegar ahora mismo de un supermercado, tenía una entrevista larga en la mañana, y pedí pasar por un supermercado para ya hacer la compra de las cositas que le voy a llevar a mi madre en Cuba, que las necesita porque no las hay. Y cuando hago eso voy sintiendo una satisfacción tan grande de pensar “ah, estas son las galletitas que a mi madre le gustan. Y este es el chocolate que a ella le gusta ponerle a la leche”. Porque creo que sí, que eso nos completa como seres humanos. Las relaciones personales son importantísimas y yo las cultivo personalmente y hago que mis personajes también las cultiven.
— Hablabas de la familia y en esta novela hay familias atravesadas por la tragedia y por la violencia. El alcohol estaba ya instalado entre ellos. Es una novela en la que aparece mucho el tema del alcohol; muchos de los personajes en algún momento o durante toda su vida estuvieron sin poder salir de la trampa del alcohol. Es un tema también generacional, en algún momento se dice en la novela.
— Sí.
— Contame cómo es haber visto el deterioro y la situación de hasta dónde se puede llegar cuando no podés salir de esa trampa.
— Sí, estábamos hablando de la parte bonita de los comportamientos humanos. Hablando de la familia, del amor, de vivir en compañía. Pero también en esta novela hay un lado muy sórdido, que es el lado de la violencia. Esa violencia familiar que es muy universal. Esos padres abusadores. Esas mujeres que se ven obligadas a la sumisión y sobre las que se ejerce violencia y bueno, son comportamientos terribles. Y si todo esto está bañado con el alcohol, con esa vía de escape, ese elemento alienante, pues se hace mucho más complicado. Y ha sido una realidad, que es universal pero que en Cuba ha tenido manifestaciones bastante dramáticas. Por ejemplo, de mi generación muchos amigos ya no están porque el alcohol se los llevó. Y otros son alcohólicos jubilados, tuvieron la valentía o la misma familia logró salvarlos de esa caída infinita que es el alcoholismo que, yo lo digo en la novela, es la droga de mi generación. Yo recuerdo cuando se iba a publicar en Italia la segunda novela de la serie Conde, en la que el elemento del delito está centrado alrededor de que se encuentra un pequeño resto de un cigarrillo de marihuana y mi editor italiano me decía pero es que eso en la realidad italiana no es significativo. Yo le decía: pues en la realidad cubana sí, porque es una sociedad en la que la droga apareció muy tarde.
— Claro.
— Y el alcohol fue la droga de mi generación. Hoy en día lamentablemente hay un consumo de drogas químicas, bueno, hay unas que son unas pastillas horribles que le llaman “el químico”. Imagínate tú cómo podrá ser eso. Y se ha extendido bastante. Pero mi generación no tuvo acceso ni le interesó tener acceso a eso. Y el alcohol fue en algún momento, como en cualquier parte, un elemento que te acompaña en la vida, te divierte, hace que una fiesta sea mejor si hay unos tragos, por supuesto. Pero también fue el camino hacia el infierno de mucha gente. Y en esta novela el infierno de la novela está inundado de alcohol.
— ¿Cómo decidiste que apareciera Raymundo Fumero como el personaje que va a narrar la historia? Porque hay un narrador en tercera persona y hay una primera persona que es este mismo narrador, contando las cosas desde su punto de vista.
— Mira, la novela tiene cuatro personajes protagónicos que son Rodolfo, Geni –su hermano parricida–, Nora, la esposa de Geni, que fue novia de Rodolfo y con la que él ha tenido siempre una relación de cercanía porque ha sido siempre el amor de su vida. Y hay un cuarto personaje que es éste, Raymundo Fumero, que he tenido que aclarar varias veces porque la gente no lee bien muchas veces y me dice: pero, bueno, tú eres Raymundo Fumero. No, no, fíjate que Raymundo Fumero tiene unas convicciones que afortunadamente yo he podido superar. Yo he podido superar con mi trabajo porque he podido escribir de la manera en que escribo durante tantos años, y una novela como El hombre que amaba a los perros es una novela que desmiente que yo pueda ser Raymundo Fumero. Raymundo Fumero es de esos escritores que empiezan en los años 70 y que se tienen que adaptar, asumen la censura como algo natural. Y Raymundo Fumero dice algo en un momento determinado que es muy importante, dice: teníamos tanto miedo que ni siquiera sabíamos que teníamos miedo.

— Claro.
— El miedo estaba en la atmósfera, se respiraba. Se había naturalizado. Y escriben desde el miedo. Y este personaje pues a mí me sirve para que sea un testigo de la relación entre estos personajes familiares, Rodolfo, Geni y Nora, porque él ha estado muy cercano de Geni durante toda la vida y conoce muy bien la familia. Pero también me ha servido para hacer una reflexión y una especie de homenaje a esos escritores de mi generación que se vieron lastrados por una censura institucionalizada que fue muy agresiva, muy agresiva en los años 70, después cambió los métodos pero la esencia ha seguido siendo la misma. Te digo, por ejemplo, para que tengas una idea de cómo puede funcionar, con qué mecanismos.
— En tu novela anterior se hablaba bastante también de todo esto.
— En Personas decentes se hablaba bastante de ese proceso, de cómo fue. Pero te doy el ejemplo y es que mis últimas cuatro novelas no se han publicado en Cuba. Hasta antes logramos que se publicaran, que hubiera unas pequeñas ediciones. Las últimas cuatro no se han publicado en Cuba porque alguien ha decidido. Me dicen que no hay papel, y de verdad es cierto que no hay papel. Pero creo que tampoco hay voluntad de publicar mis novelas, que son unas novelas que afortunadamente tienen un recorrido internacional muy visible. Es decir que los lectores cubanos para acceder a mis libros tienen que buscar. Los cubanos somos capaces de resolver casi cualquier cosa, y los que quieren leer pues bueno, buscan copias piratas por un lado, por el otro, y llegan al libro. Pero no hay una relación normal entre mi trabajo y mis lectores naturales que son los lectores cubanos.
— Que conocen tu sociedad.
— Claro, claro. Afortunadamente, bueno, con mi editorial española durante todos estos años, ya llevo 30 años de relaciones con Tusquets, he podido escribir de una manera que no es la de Raymundo Fumero. Y ese personaje entonces me da la conciencia del drama interior de una cultura y específicamente de una literatura. Y por eso quería que este personaje un poco se fuera desnudando a lo largo de su largo monólogo y de su representación, de su mirada con respecto al grupo pero también con respecto a él.
— Hablamos de la censura y uno de los temas que también recorre la novela es el miedo, que se instala desde las más altas esferas del poder pero penetra en la gente hasta convertir a todos en delatores y hoy lo estamos viendo ya no solo en regímenes como los comunistas, sino también en las que se suponían que eran las democracias del mundo.
— Sí. Sí, lamentablemente el miedo se ha extendido de muchas maneras. Porque es muy terrible, después de tanto luchar para morir en la arena como dice la novela, por ejemplo las redes sociales son un mecanismo coartador de libertades más que expresivo de libertad. Dices cualquier cosa y enseguida aparecen censores. Porque todo el mundo ahora quiere que tú pienses como piensan ellos. Y la palabra diálogo, que es palabras que se intercambian, eso prácticamente ha desaparecido. En el caso de la novela por supuesto tiene que ver con miedos cubanos muy concretos. Como el que tiene el escritor Fumero de ser censurado y no poder publicar. Le podría pasar a Fumero lo que le pasa al personaje de Iván en El hombre que amaba a los perros, que termina siendo un veterinario y no puede ser más escritor porque es marginado, es censurado. Y hay un miedo muy importante en esta novela que es el miedo de Rodolfo, el personaje de Rodolfo. Es un hombre apocado, un hombre temeroso, es normal. Pero en mi novela anterior, en Personas decentes, hay un momento en que Conde dice que hay miedos que está bien que los tengamos, que tengamos miedo a la muerte, que tengamos miedo al dolor, que alguien les tenga miedo a las ranas. Son los miedos humanos. Los jodidos son los miedos que te hace sufrir una sociedad. Porque te afectan a ti pero envilecen al que provoca esos miedos. Y Rodolfo es un hombre que sufre esos miedos y hay un elemento importante en esta novela que es una marca, una muesca en la experiencia de mi generación que tiene que ver con la Guerra de Angola. Esa guerra que duró 14 años, por la que pasaron como civiles y como militares alrededor de 350.000 personas, yo entre ellas, yo estuve un año como periodista en Angola entre los años 85 y 86. Afortunadamente como periodista civil, debo decirlo. Y ahí Rodolfo va a esa guerra con miedo y viene enfermo de miedo de esa guerra. Y es algo que lo persigue al punto de que, y esto es un mecanismo también muy humano, que él se crea una narrativa distinta de lo que ocurrió en ese momento y nunca sabemos a ciencia cierta hasta el final de la novela qué fue lo que ocurrió. Igual que con Geni y su asesinato, nunca sabemos exactamente qué fue lo que ocurrió. Porque los seres humanos levantamos escudos por todas partes para defendernos, para poder seguir avanzando.
— Por protección.
— Lo hacemos todos. Con cosas mayores y con cosas menores. Porque todos tenemos cosas que nos avergüenzan en un momento determinado no haber hecho o haberlas hecho de una determinada forma. Y entonces nos levantamos esos escudos. Pero hay otras que son tan graves como las que vive Rodolfo y su hermano Geni y siempre el miedo ha estado presente. Por qué el personaje de Geni regresa de Alemania cuando pudo haberse quedado en Alemania en un momento determinado es algo que queda en una oscuridad. Un hombre que nunca tuvo miedo, no sabemos si tuvo miedo.
— Claro.
— Entonces creo que sí, que está muy metido en la vida de los cubanos por muchas razones y que son esos miedos diferentes al del miedo a la muerte o al dolor que son tan humanos. Son los miedos sociales.
— La novela tiene personajes como Nora, cuyas vida fue completamente cercenada en determinado momento solo por haber dicho algo que iba contra lo que había que decir, cuando era muy joven. Eso le cortó una carrera. Entonces claro, en la medida en que te castigan cuando decís algo que no es lo que hay que decir, después aprendes a callarte la boca.
— Aprendes a callarte. Y es lo que ha ocurrido. Y hoy la gente se expresa mucho más. Pero siempre ese miedo ha continuado porque en Cuba hay muchas cosas que no funcionan, pero la industria del control, esa sigue funcionando.
— En un momento de tu novela se dice: “a esto no lo resuelven ni los norteamericanos”.
— Sí (risas). Mira, yo no sé qué va a pasar.
— Estamos en unos días muy especiales, pero luego de la experiencia en Venezuela, donde uno podía imaginar determinadas acciones y sucedieron otras, pero al mismo tiempo es como si nada hubiera pasado. Allí el chavismo sigue gobernando, pero sin Maduro. ¿Qué podés imaginar para Cuba? Porque está difícil para adivinar.
— Sí, está muy difícil. Yo no quiero especular porque casi seguramente me voy a equivocar. Es un momento económico, social y político muy complicado para Cuba. La mayor complicación lamentablemente está a nivel humano, cómo están viviendo las personas. La cantidad de carencias, los apagones, a veces no llega el agua corriente durante días. Es una vida muy complicada. Y todo esto tiene que ver con las incapacidades del modelo económico cubano que se ven agravadas con una presión política, económica, financiera, de Estados Unidos sobre Cuba. Creo que Cuba necesita muchos cambios. Durante años se han puesto banditas (N. de la R.: curitas) donde había que hacer cirugías profundas para cambiar cosas que permitieran salvar otras y no se ha hecho. Entonces ahora estamos en una situación de mucha incertidumbre. Trump ha hablado de “una toma amistosa de Cuba”. No sé cómo puede ser una toma amistosa.
— Un oxímoron, ¿no? (Risas).
— Sí, sí. No me imagino. Entonces no me atrevo a predecir pero sí me atrevo a decir que constato que la vida cotidiana de la mayoría de la población cubana se ha complicado mucho y que, bueno, vamos a ver en estas políticas tan erráticas que pueden ir un día en un sentido y otro día en otro qué puede ocurrir. Ojalá que nunca sea la solución violenta. Porque lo sabemos. Siempre los jodidos son los jodidos. Recuerda por ejemplo qué pasó en la Guerra de las Malvinas. Quiénes fueron los que pusieron los muertos. Unos pobres muchachos argentinos que no tenían nada que ver con nada. Y siempre es igual. Y entonces, ojalá que no ocurra algo así.

— Algo que me interesó mucho en la novela es cuando a Fumero le dan ganas de preguntarle a Geni, quien se pasó preso desde el 92 hasta el 2023, cómo vio el mundo durante esos años. Nunca se me había ocurrido eso de cómo puede ver el mundo, el afuera, alguien que está tras las rejas. Y también me resultó muy interesante la respuesta: “Me da igual; cuando te vas a morir te da exactamente igual cómo está el mundo”.
— Ese es el gran drama de este personaje, que está condenado, una primera condena de 20 años. Después una condena de 12 por una agresión que comete en la cárcel sin derecho a reducción de pena y lo van a liberar dos años antes porque se va a morir.
— Exacto.
— Y cuando le dicen que se va a morir sale a un mundo en el que él no entiende nada. Donde empieza a preguntarle a Fumero.
— Por el dinero.
— Por el dinero. “Y este dinero que me dieron ¿es mucho o es poco, qué puedo comprar?” Y Fumero le dice: mira, no sé, pero es nada, se te va en nada. Si fumas te va a alcanzar malamente para fumar. Para más nada. Y es un mundo completamente diferente. Yo creo que nuestra generación ha tenido la posibilidad de ver un cambio de era, el más violento yo creo que se ha producido. Si recordamos que hace 30 años veíamos videocasetes para ver películas y recordamos que esos ya son aparatos como prehistóricos, y todas las cosas que han ido ocurriendo a lo largo de estos años, que hemos atravesado incluso una pandemia que tuvo en jaque al mundo, que hoy mismo se está viviendo algo, hemos llegado al mundo de 1984 de Orwell increíblemente. Entonces incluso para los que estamos afuera nos cuesta trabajo decodificar este mundo.
— Está bien lo que decís, es así.
— Imagínate tú alguien que lo ve desde la distancia de una celda donde le llega poca y mala información. Creo que es muy dramático. Y uno de los ejercicios que gente como tú, como yo y como tantos otros que tenemos alguna relación con los medios y con la discusión de ideas intentamos es tratar de comprender un poquito en qué mundo estamos viviendo porque cuesta mucho trabajo. Y la gran incertidumbre que tenemos es el futuro. Qué va a pasar en un futuro que empieza mañana porque la velocidad del tiempo es tan grande que el futuro empieza mañana. Estamos hablando ahora mismo de libros. El tema de la inteligencia artificial va a cambiar incluso los procesos de creación. Ya los está cambiando. Entonces cómo va a ser la literatura dentro de 20 años. Son interrogantes que nos agobian y nosotros los que estamos fuera de pronto a veces nos parece que estamos dentro y que no vemos bien lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.
— ¿Te consideras una persona con coraje?
— No, para nada. Soy muy cobarde. Lo que pasa es que he decidido que la única forma de poder vivir es enfrentar mis miedos. Es enfrentar mis miedos y hacerlo. E intentar ser consecuente con mi manera de pensar. Yo soy un escritor, tú lo sabes, muy cubano, muy de La Habana, y en mi literatura siempre está Cuba. Una novela, por ejemplo, como El hombre que amaba a los perros que se desarrolla en México, en España, siempre se parte de Cuba y se regresa a Cuba. Y todo está visto desde la perspectiva de un cubano. Porque yo tengo mis verdades sobre la realidad cubana. La verdad es relativa y puede haber otra verdad. Lo que sí yo considero que es absoluto es la mentira. La mentira es absoluta. Y en mis libros no hay una sola mentira. Ese es mi escudo para enfrentar mis miedos.

— Hay dos imágenes en la novela que aparecen siempre como muy sanadoras que son el cielo en el amanecer y el mar. ¿Podrías prescindir del mar?
— Son las cosas que nos acompañan y que siempre están ahí. Uno de mis sueños de toda la vida ha sido tener una casa frente al mar. Sé que no la voy a tener. O a lo mejor sí, no se sabe qué puede pasar. Nunca digas nunca. El hecho de haber nacido y haber crecido en una isla, de ser esencialmente cubano, caribeño, una persona insular, la insularidad te crea dependencia. Y para mí el mar es un elemento de liberación. En ese año que te comentaba que estuve en Angola había algunos domingos que por alguna vía podíamos escaparnos hasta una playa y meternos en el mar. Era el momento en que yo volvía a sentir que yo era yo. Me daba un sentido de libertad y de encontrarme a mí mismo. Porque es saber qué es lo permanente. Es lo que te va a acompañar siempre que tú puedas llegar a él. Por eso en esta novela se habla tanto de esos temas que ya mencionamos, el amor, la familia, la fidelidad, la esperanza o la pérdida de esperanza, el perdón y la redención. Creo que sí, que hay cosas que nos redimen y un mar y un cielo limpio son redentores.



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