La amenaza fantasma: la IA inunda las plataformas de música ‘fake’ ,,, 6.7.26
La industria musical se llena cada vez más de canciones y bandas creadas por inteligencia artificial y bots que las consumen


Nirvana solo grabó tres discos oficiales en estudio y dejó de existir el día que se suicidó Kurt Cobain, el 5 de abril de 1994. Por eso en 2021 fue una novedad casi chistosa escuchar Drowned In The Sun, una nueva —y malísima— canción de Nirvana creada por IA. Ahora las sonrisas se han congelado, porque sobre el paisaje musical se percibe una atmósfera fantasmagórica, donde lo no humano empieza a ser común. En Navidades, A sina de Ofélia, la versión IA en brasileño de la canción The Fate of Ophelia, de Taylor Swift, tenía más descargas que su original (Swift ha solicitado el registro de su voz y su imagen como marca para protegerse de la IA); a mediados de abril, Celebrate Me, una canción generada por IA, alcanzó el puesto número uno global en iTunes; a finales del mismo mes, al buscar en YouTube, I Never Loved a Man (The Way I Love You), una canción de Aretha Franklin, se tropieza con una grabación titulada 60’s soul (Unreleased album), pero al pincharla lo que se escucha es tan falso y falto de alma que dan ganas de quemar el móvil.
La irrupción de la IA está llenando los servicios de streaming, como YouTube Music, Spotify, Amazon Music, Tidal o Deezer, de artistas y de canciones fake, un movimiento sísmico que está derivando en un torrente de "mierdificación", expresión del ensayista Cory Doctorow, que amenaza el ecosistema musical.
La plataforma francesa Deezer ha sido de las primeras en dar la voz de alarma. En enero de 2025 recibía cada día 10.000 canciones con IA, y en abril de este año la cifra supera las 75.000. Eso son más de dos millones de canciones con IA mensuales, que representan el 44% de sus subidas totales diarias. Y hay más. Una encuesta entre sus usuarios reveló que el 97% no era capaz de distinguir entre música 100% fake y música compuesta por personas.
“La música generada por IA ya no es un fenómeno marginal y, a medida que las entregas diarias siguen aumentando, esperamos que todo el ecosistema musical se una a nosotros para tomar medidas que ayuden a salvaguardar los derechos de los artistas y promover la transparencia para los fans”, reclamó a finales del mes pasado Alexis Lanternier, director ejecutivo de Deezer (la plataforma ha optado por etiquetar y distinguir claramente las canciones hechas por humanos de las generadas por IA).
Comida basura
Jorge Rossy, batería de jazz español de talla internacional —tocó con Wayne Shorter—, sufre el síndrome del impostor digital en carne propia. Hace poco le llamó un amigo y le dijo: “Que sepas que he visto que tienes un fake”. Al ir a mirarlo, Rossy comprobó en varias plataformas cómo su espacio personal incluía canciones hechas por IA sin que él tuviera nada que ver con ellas. “Pura porquería”, dice en conversación telefónica.
Rossy no anda muy animado. Es normal. Los que viven la música como una parte inherente de sus vidas observan cómo crece un sistema de explotación comercial digital que muchas veces invisibiliza, copia y trolea a los músicos, priorizando en cambio las sensaciones y los estados de ánimo de los usuarios para atraer publicidad, según denuncia Liz Pelly en su libro Mood Machine: The Rise of Spotify and the Cost of the Perfect Playlist (Atria, 2025).
“Lo que hace esta gente con estos engaños es lamentable. Es como si nos estuvieran obligando a consumir comida basura. Están diseñando los productos del futuro, tratando de imponer un sentido de la vida que se basa solo en ganar dinero, en pensar en el lucro y nada más. Y eso es una cosa muy pobre, como una enfermedad”, denuncia Rossy.
En la música online se sufre deepfake, en este caso, música generada por IA que imita la voz o el estilo de un artista real, y también ‘desajuste de contenido’, denominadas así las publicaciones fraudulentas en el perfil de un artista. Según un informe de la Unión de Músicos al que ha tenido acceso EL PAÍS, el uso de ese último término oculta el hecho de que la falta de control o el uso de mecanismos de verificación casi inexistentes a la hora de subir música a las plataformas “permite un fraude deliberado, sistemático y a gran escala”.
En una investigación hecha con herramientas básicas y solo en el sector del jazz, esta asociación ha detectado más de 150 artistas y grupos —vivos o muertos, algunos poco conocidos y otros clásicos, como Cannonball Adderley, Horace Silver o Ben Webster— en cuyos perfiles cuelgan burdas canciones fake.
No parece haber apenas regulación. La revista Rolling Stone relata el caso de Paul Bender, de la banda Hiatus Kaiyote, quien, con un grupo de amigos, puso en marcha la Operación Vertedero de Payasos, un experimento para testar los controles de las plataformas. Lo que hicieron fue generar “deliberadamente la peor basura IA”, y subirla después a través de distribuidores musicales estándar a servicios de streaming bajo otros nombres. Lo que comprobaron es que no tuvieron ningún impedimento, a pesar de que una de las canciones se titulaba Funky bagpipes is why we need authentification (This is fraud) (Las gaitas funky son la razón por la que necesitamos la autenticación (esto es un fraude).
Robots escuchando a robots
Un tipo de fraude que la industria musical parece temer más es la proliferación de bots y granjas de clics consumiendo masivamente canciones generadas por IA y cobrando por ello. “Son usuarios fantasma que escuchan canciones fantasma, un tipo de fraude que entre las canciones reales es del 10%, pero en las fake alcanza el 70%”, advierte Thiboult Roucou, director de royalties de Deezer, en una entrevista con Skynews.
Hace pocas semanas, Spotify anunció Verified by Spotify, un nuevo distintivo de la plataforma que quiere garantizar la verificación del artista —no así su música— con criterios de autenticidad como una presencia identificable más allá del canal de streaming, a través de conciertos, redes sociales vinculadas o merchandising.
Pero quizás el debate está en preguntarse qué significa la música para según qué plataformas. En su libro, Liz Pelly denuncia que Spotify prioriza la cantidad y la velocidad de consumo, considerando la música como “una commodity, un mero contenido, una lógica que la IA está multiplicando ahora hasta límites tenebrosos".
Ante ello, cada vez más voces reclaman regular el sector. En conversación telefónica, Cristina Perpiñá-Robert, directora de la SGAE, señala el peligro de devaluación de los espacios de streaming, y pide una mayor transparencia y colaboración. Guillem Arnedo, de la Unión de Músicos, exige medidas para evitar que ciertos generadores de contenido con IA publiquen productos en nombre y en los perfiles de artistas existentes, y la Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España (AIE) recuerda que la voz, la imagen o el estilo forman parte de la identidad del artista y que, por tanto, deben estar protegidas. Ante el peligro de fenecer de tristeza rodeados de robots cantarines sin pies ni cabeza, hay que recordar que también está el poder cotidiano de los que aman la música —el consumidor, le llaman algunos— a la hora de elegir qué vía elige para disfrutarla.
Ann Cvetkovich, la activista que convirtió la depresión en acción política
La académica canadiense ha indagado en las causas estructurales y en las posibilidades de cambio que ofrece el malestar psicológico

“Todo irá bien”, proclamaban antes las películas. Pero no. En la calle vemos alguna cara sonriente y muchos semblantes serios o tristes, bregando como pueden con el mundo exterior. A todos ellos hay que sumarles los que no vemos, los invisibles rostros de interior de personas recluidas en sus casas, vencidas.
Eso mismo le sucedió hace años a Ann Cvetkovich (Vancouver, 1957), investigadora académica de los malestares y afectos contemporáneos. De joven vivió su sufrimiento como una incapacidad personal, que le hacía sentirse hundida, sin energía para atender tareas cotidianas como hacer la compra o ir a clase. Pero decidió tomar nota de todo aquello y, tiempo más tarde, escribió Depresión. Un sentimiento público (Coloquio de Perros, 2026, publicado originalmente en inglés en 2012), donde plantea que el malestar individual es una realidad colectiva y una silenciosa forma de protesta política, como respuesta a una cultura enferma.
Profesora en el Instituto Feminista de Transformación Social de la Universidad de Carleton, en Ottawa, la canadiense confiesa en ese ensayo cómo entre los años 1986 y 1991 sentía cómo las demandas y presiones sociales, la acumulación de tareas en la universidad y la precariedad laboral estaban matándola, haciéndola sentir “muerta por dentro”. Cvetkovich, que con 19 años se mudó a Estados Unidos para estudiar Literatura y Filosofía en la Universidad Reed de Portland (Oregón), sufrió todas esas sensaciones mientras preparaba su doctorado en la Universidad de Cornell y trabajaba en su tesis, titulada Sentimientos encontrados: feminismo, cultura de masas y sensacionalismo victoriano, luego publicada en la editorial Rutgers. En este texto analiza cómo algunas novelas de misterio y asesinatos del siglo XIX, consideradas puro entretenimiento, en realidad abordaban temas políticos entonces tabú, como la violencia social, la sexualidad, los asfixiantes roles de género y un espectro de malestares catalogados con la etiqueta de “locura”.
Optimismo cruel
Mientras trabajaba en esta investigación, Cvetkovich tomó muchos antidepresivos, pero leyendo, escuchando y conversando con otras personas, se dio cuenta de que lo que consideraba su problema en realidad era el de muchísimos más. Eso le dio pie a rastrear otras formas de pensar el sufrimiento y el malestar, interesándose por la obra de la teórica cultural Lauren Berlant, que empezaba a despuntar por su crítica al imperativo optimista y la fantasía ideológica del progreso de la sociedad estadounidense.
Casi sin energía, pero sintiéndose miembro de un gigantesco colectivo invisible, Cvetkovich halló una grieta reparativa y, reconvirtiéndose en sujeto político, armó una frágil utopía en lo ordinario: la negatividad puede ser despatologizada, ser mencionada, y sentirse mal, muy mal, puede ser terreno fértil para la transformación. Durante la primera década de los dos mil, Cvetkovich fue integrante de Public Feelings (sentimientos públicos) de Austin, un movimiento civil queer y feminista que elaboró diversas performances reclamando incluir “el día del depresivo político” en el calendario. Con otras personas que se sentían tan mal como ella organizó los Desfiles Internacionales de los Deprimidos Políticos, en los que se manifestaba en pijama y zapatillas bajo el lema “¿Sufre depresión? ¡Puede que sea algo político!”, y en 2007, junto con los grupos de Public Feelings de otras ciudades, celebraron una conferencia titulada “Ansiedad, urgencia, indignación, esperanza… Una conferencia sobre el sentimiento político” en la Universidad de Chicago.
A partir de esas experiencias colectivas, la canadiense redibujó un sujeto depresivo a la vanguardia de los acontecimientos, y que, uniéndose a otros, cuestiona formas de vivir demasiado hirientes, exigentes y restrictivas, que solo son capaces de ofrecer un camino de desesperanza y desesperación.
Para Renata Prati, doctora en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, la fuerza de Cvetkovich reside en poner el nombre de “depresión política” a la idea de que las formas usuales de respuesta política ya no están funcionando, ni para cambiar el mundo ni para hacernos sentir mejor. De esta manera, “la depresión remite así no solo a una crisis de la experiencia cotidiana en el neoliberalismo, sino también a una crisis del repertorio de la acción política del que disponemos para hacerle frente”, explica al teléfono Prati, autora de Esta es tu pena. Qué nos diría la depresión si nos animáramos a escucharla (Siglo XXI, 2025).
Frente a la depresión, la prescripción académica de Cvetkovich es la búsqueda de la conexión con los otros y, también, la preservación de la memoria de los afectos cotidianos. En alguna de sus videoconferencias desde su casa —rodeada de lo que parece un pequeño altar autobiográfico con fotos de su niñez y dos imágenes de Madonna: una es la autora de Material Girl y otra es la Virgen de Guadalupe—, la canadiense habla de su proceso de mejora gracias a la prescripción lectora de obras como Hermana otra, ensayos de la estadounidense Audre Lorde; El lugar de la memoria, de la estadounidense Toni Morrison; Mal de archivo, del filósofo francés Jacques Derrida, o ¿Puede hablar el subalterno?, de la filósofa india Gayatri Spivak, de los que aprendió la importancia de resguardar los sentimientos propios frente a los repositorios oficiales, que dictan lo que debe recordarse y lo que se olvida.
Cvetkovich, que fue profesora de Estudios de la Mujer y de Género en la Universidad de Texas, siguió ese rastro de los sentimientos, y en 2003 publicó An Archive of Feelings: Trauma, Sexuality, and Lesbian Public Cultures (Un archivo de sentimientos: trauma, sexualidad y figuras públicas lesbianas, Bellaterra, 2018), y Political Emotions en 2010 (emociones políticas, sin edición en español). En sus investigaciones y en su ejercicio archivístico, Cvetkovich muestra una y otra vez su interés por las infinitas gradaciones de sentimientos y afectos, sean los crueles desamores en la época victoriana, la imagen del sida en las películas, el activismo feminista en el baile de las gogós o los temores y miedos de los afganos residentes en Nueva York durante la tragedia del 11-S, en 2001. Son investigaciones que han influido en figuras de peso del pensamiento actual como Paul B. Preciado (Dysphoria mundi), Sarah Ahmed (La promesa de la felicidad), Alicia Valdés (Políticas del malestar), Laura Llevadot (Mi herida existía antes que yo. Feminismo y crítica de la diferencia sexual), o Juan Evaristo Valls Boix (JOMO. El gusto de perder).
Cynthia Francica, doctora de Literatura Comparada por la Universidad de Texas, y que tuvo a Cvetkovich como profesora y directora de su tesis sobre la obra de Alison Bechdel, destaca que “uno de los grandes énfasis del trabajo de Ann reside en el eje de lo comunitario y lo social a la hora de pensar los afectos que nos constituyen y moldean nuestras vidas”. En conversación por correo electrónico, Francica rememora que Cvetkovich potenciaba el aprendizaje conjunto y la lectura grupal entre estudiantes de doctorado, y que muchas veces ofrecía su propia casa para ello. “Aprendí a pensar en esas reuniones más que en cualquier clase o instancia académica”, confiesa Francica, quien aún recuerda divertida esos encuentros de intercambio de ideas y reflexiones académicas “rodeadas de gatos, cuadros y almohadones mullidos”.
La obra y la cotidianeidad de Cvetkovich recuerdan constantemente que en toda vida humana hay vulnerabilidad, hay peligro y hay sufrimiento. Pero a ello se suman las formas y los modos políticos —el rechazo a lo diferente, las violentas jerarquías, las brutales desigualdades e injusticias sociales— en la distribución de ese sufrimiento. Y eso duele.
Como si fuéramos libres: el legado pirata y anarquista de David Graeber ,,,
Cinco años después de su muerte, las ideas del antropólogo neoyorquino, muy influyente para pensadores como Piketty, Solnit o Latour, siguen ayudándonos a imaginar otra democracia y otra economía más allá de lo que se nos vende como inevitable

Poco más de cinco años después de la muerte de David Graeber (Nueva York, 1961-Venecia, 2020) la impronta de su obra crece. Desde los primeros años 2000, el antropólogo y pensador estadounidense ha tenido un papel determinante en la difusión internacional de modos de resistencia y libertades sociales desarrolladas en diferentes culturas. “Es el pensador social más importante de los últimos tiempos por su exploración en las posibilidades de la interacción humana basadas en principios distintos al dinero y la coacción”, afirma por correo electrónico David Wengrow, arqueólogo británico y coautor, junto con Graeber, de El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad, un tocho de más de 800 páginas, best seller en The New York Times en 2021, que argumentaba con datos hasta qué punto es falso el relato “oficial” de que nuestros antepasados más remotos o los grupos humanos “indígenas” eran seres primitivos, y que solo es posible alcanzar la “civilización” subordinándose al colonialismo occidental.
Tras su fallecimiento, en 2024 se publicó Ilustración pirata. Bucaneros, alegres leyendas y democracia radical y en 2025 Anarquía, qué si no y también Posibilidades. Y hace unas semanas aterrizó en las librerías Occidente nunca existió (Ariel), una compilación de artículos en los que Graeber demuestra que la situación actual no es una fatalidad inapelable, sino una construcción humana, y que nunca es tarde para crear realidades distintas. Además, se siguen vendiendo los otros libros de Graeber —algunos convertidos en clásicos, traducidos al árabe, al chino, al farsi, al serbio, al ruso, al coreano, al turco y a una veintena de idiomas más— como En deuda, La utopía de las normas o Trabajos de mierda.
En contra del espíritu más desesperanzador y tenebroso de los tiempos actuales, las ideas de Graeber brillan con una extraña y trémula luz. En sus ensayos, en sus trabajos de campo académicos y en sus artículos, el neoyorquino señala cómo se manipula la fantasía para que abandonemos toda acción o pensamiento que se pueda catalogar despreciativamente como “utópico”, al cuestionar el statu quo. A su vez, también denuncia el mantra de la economía como único marco de relación social posible, criticando además que los trabajos de primera necesidad —como quedó claro en tiempos de pandemia— muchas veces se pagan con salarios irrisorios, mientras hay otros prescindibles que cobran su peso en oro. Y, sin complejos, analiza también el funcionamiento comunitario de la anarquía como un sistema real en pequeños colectivos a lo largo de la geografía y el tiempo.
En vídeos o en libros, escuchar y leer a Graeber se revela importante. Figuras como Thomas Piketty, Bruno Latour o Rebecca Solnit han reconocido el impacto de su obra en la economía, la sociología, las ciencias políticas y la filosofía. En un encuentro en 2014, el economista estrella francés calificó de “admirable” la capacidad de Graeber para redirigir “nuestra atención haciendo hincapié en las relaciones de poder y dominación que subyacen a las relaciones de endeudamiento”. En aquel debate, celebrado en la École Normale Supérieure de París, ambos conversaron sobre el sentimiento de impotencia, “fruto de herramientas de persuasión y coerción para librar una guerra ideológica a favor del capitalismo, en lugar de crear las condiciones para que el capitalismo siga siendo viable”, según Graeber.
En una entrevista en Radio France, el antropólogo y filósofo Latour, fallecido en 2022, subrayó el concepto de “deseconomización” de Graeber, su idea de “deshacernos de la violencia del pensamiento económico” como único motor, destacando “el enorme efecto y la capacidad de acción” que despierta el estadounidense. Y en el prólogo de Occidente nunca existió, la ensayista Rebecca Solnit señala que Graeber muestra con hechos que la gente común sin poder aparente sí lo tienen si se une: “El cinismo, aunque muchas veces genuinamente inexacto en lo que a la naturaleza humana y a las posibilidades políticas se refiere, da una apariencia de sofisticación; la desesperación se considera a menudo sofisticada y bien informada, y la esperanza se ve como algo naif, cuando muchas veces es justo al revés”.
Holly High, editora con Joshua O. Reno de As If Already Free: Anthropology and Activism After David Graeber (Pluto Books, 2023, como si ya fuera libre: antropología y activismo después de David Graeber, sin edición en español), abunda por correo electrónico en su talento para hacernos comprender que imaginar mejores sistemas de vida y hacerlos realidad es un acto muy humano: “Ha llegado el momento de acabar de una vez por todas con la idea de que cualquier plan para crear conscientemente un mundo mejor es necesariamente utópico y, por lo tanto, autoritario. Eso es una locura”.
Frente a las crisis democrática, económica y climática, su legado combate la guerra contra la imaginación que libra el neoliberalismo, y usa la antropología como “un archivo de futuros posibles, extrayendo de culturas periféricas y momentos históricos olvidados las herramientas conceptuales para desbloquear el presente”, reflexiona al teléfono Alberto Corsín Jiménez, doctor en Antropología Social por la Universidad de Oxford. La clave en el pensamiento de Graeber, según Corsín, es actuar como si ya fuéramos libres, “creando espacios donde la igualdad, el consenso y la creatividad colectiva se practican aquí y ahora, sin esperar permisos”.
Contra las trampas del determinismo y el relativismo, el activista estadounidense ejerce de puente entre pensamiento y experiencia, rescatando vivencias de democracia horizontal invisibilizadas en los libros. Como escribe en Occidente nunca existió, “hablando con miembros de las comunidades zapatistas de Chiapas, piqueteros desempleados de Argentina, okupas holandeses o activistas contra los desahucios en los townships sudafricanos, constatamos que casi todos ellos coinciden en la importancia de las estructuras horizontales frente a las verticales; en la necesidad de que las iniciativas surjan de grupos relativamente pequeños, autoorganizados y autónomos, en lugar de transmitirse hacia abajo a través de cadenas de mando”.
Según Wengrow, en Graeber fueron determinantes las figuras de su padre, Kenneth, miembro de las Brigadas Internacionales en la guerra civil española, y su madre, Ruth, que formaba parte del Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección. También le marcaron las experiencias de acoso en la infancia y a lo largo de toda su vida, que le hicieron reflexionar sobre las relaciones de poder, y sus compromisos intelectuales como antropólogo en Madagascar.
Roger Sansi, amigo y compañero de Graeber en la Universidad Goldsmiths de Londres, destaca al teléfono su mirada periférica: sus orígenes obreros, su crecimiento en una vivienda de protección oficial, su lucha contra el academicismo convencional y sus ganas de llegar al gran público. “Era un divulgador nato, escribía con un lenguaje transparente, inmediato. Y era hiperproductivo, un workaholic contento de serlo, con una capacidad extraordinaria para inspirar a los demás”.
El perfil movilizador del neoyorquino aún es palpable. Tras su muerte, de forma intermitente, se organiza en la Red el Intergalactic Memorial Carnival, un homenaje a su figura que une a gente de todo el mundo. Su huella permanece en muchos rincones del planeta. También en Nueva Zelanda, donde en un debate recogido por la revista Antropología Urbana, Georgina Tuari Stewart, profesora de Filosofía de la Educación Maorí en Auckland, explicó que para ella Graeber era como Ursula K. Le Guin o como George Orwell: “Usaba la escritura para cambiar la manera de pensar de la gente y, por tanto, para cambiar el mundo”.
¿Cómo explicarlo? Nuevas palabras para un nuevo mundo
Diversas publicaciones analizan el poder del lenguaje y su necesaria actualización en un momento de constante cambio


Tras una estruendosa primavera, pronto llegará el verano con su metálica luz azul. El mundo se renueva a cada segundo, pero ¿y el lenguaje? Más allá de las actualizaciones de los diccionarios, que estampan el sello oficial a términos como farlopa, milenial o hashtag, de un tiempo a esta parte se publican muchos libros en torno a las palabras. Son obras de distinto pelaje, pero tienen en común que aportan reflexiones sobre la necesidad actual de remozar el lenguaje. Como decía Pier Paolo Pasolini, el mundo que debe construir la palabra es el mundo en el que vivimos.
Son publicaciones como La palabra que vence a la muerte, de Rob Riemen (Taurus); No hablarás. Imperio, identidad y política del lenguaje, de James Griffiths (Alianza); Diccionario de tristezas sin nombre, de John Koenig (Capitán Swing); Los nombres del mundo, de Ewan Clayton (Siruela); 20 razones para amar la lingüística, de Lorena Pérez Hernández (Plataforma); Lo que el lenguaje esconde, de varios autores (Filosofía&Co); La palabra que construye el mundo, de Pier Paolo Pasolini (Altamarea), o la reedición del clásico de Michel Foucault Las palabras y las cosas (Siglo XXI).
“El lenguaje no crea la realidad. No crea materia. Pero sí crea un halo de visibilidad en torno a determinados elementos o eventos del mundo y saca otros de nuestro campo de atención, ayudándonos así a coordinarnos en una dirección concreta para influir en nuestro entorno tanto positiva como negativamente. Solo hay que analizar los discursos recientes de líderes internacionales para constatarlo. Saturar los titulares de amenazas hiperbólicas, como ”Una civilización entera morirá esta noche“, claramente no mejora el mundo. Crear marcos lingüísticos de negociación, cooperación y mediación, sí”, reflexiona Lorena Pérez Hernández, catedrática en Filología Inglesa y doctora en Lingüística cognitiva de la universidad de La Rioja.
Foucault ya advirtió de que el poder produce verdades y silencia cosas. Hay que estar atentos al peligro de que el discurso oficial —o lo que ahora se llama “relato”— se identifique con un hecho social absoluto, como si la actualidad estuviera exclusivamente definida por la palabra crueldad: en la retórica de Trump algunos de los verbos más usados son aniquilar, aplastar, destruir y ganar. “Una de las mayores víctimas de la administración Trump no ha sido, como dice el viejo refrán, la verdad —que es la primera víctima de la guerra—. Han sido las palabras”, denunció hace poco la historiadora Mary Beard en la BBC.

Ante la actual corrupción de palabras como libertad o grandeza, Rob Riemen aboga por una resistencia moral y cultural. “Proteger el sentido de las palabras es fundamental. El peligro salta cuando las palabras pierden su sentido, y la gente no sabe en verdad de qué se está hablando. Es cuando la política se transforma en voces que solo dan propaganda y más propaganda”, reflexiona en conversación telefónica.
Frente a ello, el pensador holandés apuesta por una gramática de la vida, por el uso de palabras como perdón, que de un plumazo “consigue doblegar la muerte, insuflando vida a la persona que la recibe”, afirma.
De tu lengua y la mía
Pronunciar o escuchar términos como perdón o gracias, si es de corazón, puede llegar a implicar una transformación entre una persona y otra. No es tan raro. El ser humano es eminentemente lingüístico, y una palabra puede salvar o nos puede herir.
Y cuando no se encuentran palabras que se ajusten a lo que se quiere expresar, hay que echar mano de la imaginación. Es el caso del escritor John Koenig, que decidió crear y compartir conceptos ideados por él, al comprobar que muchas cosas que sentía no tenían un fiel reflejo en el lenguaje en circulación. Así, primero en un blog y, más tarde, en su libro Diccionario de tristezas sin nombre, Koenig se inventó, por ejemplo, el término sonder —sentimiento de que cada persona con la que te cruzas en la calle tiene su propia vida y es protagonista de su propia historia—; anemoia —cuando miras fotos antiguas y sientes una punzada de nostalgia por un tiempo que nunca has vivido—; o eliptismo —tristeza de no saber cómo acabará la Historia de la humanidad—. En varias entrevistas, Koenig ha confesado que el motor de inspiración de su diccionario fue su fascinación por expresiones como duende en español, saudade en portugués o hygge en danés, que no existen en inglés.

Andando en el tiempo, la palabra sonder de Koenig cobró vida propia en internet, donde se calcula que cada sesenta segundos se envían más de 251 millones de correos electrónicos y 18 millones de mensajes de texto. Esta asombrosa red que nos conecta unos con otros supone un cambio sistémico de escritura, lo que implica una cierta reordenación del pensamiento, según Ewan Clayton, autor de Los nombres del mundo. Pero él es optimista, y no cree que la escritura a mano vaya a desaparecer nunca, ni la conversación. Probablemente, todo suma. “El texto escrito reproduce el habla, es a la vez menos y más que el habla: no registra la entonación, la velocidad, el volumen, los gestos ni las expresiones faciales, elementos que nos ayudan a interpretar los matices del significado de la palabra hablada”, reflexiona Clayton.
De ’fardialedra’ a ‘IA-zofia’
Las palabras, ya se sabe, vienen y van. La RAE lleva retiradas de la circulación más de 2.700 vocablos que reflejaron una época que ya fue. Son términos como demoñejo —del demonio—, palacra —pepita de oro—, o fardialedra —dinerillo suelto—. A su vez, en la calle circulan ya otras rabiosamente contemporáneas, como ecoansiedad, IA-zofi y viral.
A la hora de usar unas u otras, no es tontería pensar qué sendas lingüísticas se eligen para transitar. Porque escribir y hablar construye —y también destruye— mundos. El lenguaje como mecanismo de comunicación “es útil y a la vez peligroso”. “Pero en lo que realmente destaca es como instrumento de conceptualización, coordinación y acción y, por lo tanto, como medio para ejercer influencia, poder y cambios”, indica Lorena Pérez.
El idioma ruso tiene la palabra skloka, que significa hostilidad despreciable, la personificación de un espíritu maligno de un grupo contra otro, arrastrado por la bajeza moral. Tal y como está la actualidad, tal vez está bien identificar esa sensación y vigilarla, antes de anegarnos en montañas de skloka. Habrá que reflexionar en las palabras que se usan. Es un grandísimo poder. En su libertad, cada persona tiene la capacidad de pensar por su cuenta. Eso no lo hace nada ni nadie más. Y menos que nadie, las máquinas.
Francesca Bria, la activista que quiere que la UE tenga tecnología propia 
La economista italiana defiende la soberanía europea en la fabricación de chips o en redes sociales frente a EE UU y China

La revolución digital, en el quinto puesto de revoluciones en la historia de la humanidad, va tan rápida que ha pillado a la mayoría de personas, organizaciones, gobiernos e instituciones con el paso cambiado. También a la Unión Europea. El resultado es que ahora mismo muchas de las infraestructuras tecnológicas de la UE están en manos de unos pocos consejeros delegados estadounidenses y chinos, lo que vendría a ser como si un puñado de fontaneros pusieran todas las tuberías en Europa, siendo además los propietarios de estas, del agua que fluye por ellas, y pudieran decidir el precio, la cantidad, la presión o cortar su suministro si así les conviene.
La economista Francesca Bria (Roma, 1977) lleva años subrayando la amenaza existencial que supone que unos empresarios americanos y asiáticos puedan llegar a ser los amos y señores de las infraestructuras de defensa, energía, información de la población, suministro monetario y comunicaciones orbitales europeas, avisando del peligro de que el continente se acabe convirtiendo en una irrelevante colonia digital.
Bria, especializada en política tecnológica —es decir, en política—, es una de las mujeres más influyentes en el mundo de la tecnología, según la revista Forbes. Y últimamente su prédica crece y se multiplica. Es profesora de Innovación en la Universidad de Londres, asesora de Naciones Unidas sobre ciudades digitales y derechos digitales, asesora de la Comisión Europea en innovación, y directora del proyecto DECODE sobre soberanía de datos en Europa, entre otros cargos.
En Bruselas, en Roma o Londres, en reuniones, en grupos de trabajo, la italiana insiste en que Europa debe dejar de ser dependiente de otros e implicarse en la construcción su propio chasis digital —conectividad, computación en la nube, plataformas digitales, software, chips, IA— para tener la libertad de modelar su futuro. Y triunfa en encuentros, cursos y talleres en universidades, dando conferencias o escribiendo artículos, porque consigue explicar cuestiones endemoniadamente complejas en apenas un trazo. Por ejemplo, hace comprender que el modelo digital estadounidense persigue la escala y el beneficio; el chino, el control estatal, y que el modelo europeo debe construirse incorporando la idea de democracia a través de la transparencia, la responsabilidad y el respeto a la privacidad.
Desde joven, corriendo entre la multitud en las muy ruidosas manifestaciones en Génova contra el G8, en verano de 2001 (uno de los primeros movimientos globales ante un nuevo orden mundial), o ahora mismo, entre pasillos que llevan a silenciosos despachos de Bruselas, Bria trabaja para limitar el exceso de peso de las corporaciones en la política y reforzar la democracia.
Licenciada en Ciencias Sociales y Economía y doctora por el Imperial College de Londres, es hija de un psicoanalista y una deportista olímpica. Desde niña, y hasta rebasar la adolescencia, hasta los 20 años, fue gimnasta y bailarina de danza contemporánea, dos ámbitos de peso en su vida, porque le enseñaron la conexión entre mente y cuerpo, disciplina y la búsqueda de la excelencia, explica en conversación telefónica, después ampliada por correo electrónico.
De sus años más jóvenes, Bria recuerda el impacto que le causó descubrir la apabullante influencia de los medios. Por una parte, la mezcla de entretenimiento y propaganda política de Berlusconi, una forma de poder político en estado puro, derivado del control de las infraestructuras de la información, capaz de transformar el imaginario social y devaluar el sistema democrático. “Era un tipo de política muy de macho, un Trump avant la lettre”, reflexiona. Por otra, recuerda que le impresionó mucho la irrupción del movimiento zapatista a través de internet, su forma de informar directamente a todo el mundo, generando redes de solidaridad y opinión con una voz propia, sin intermediarios.
Aquellas experiencias, tan reales y cotidianas, le llevaron a comprender el empuje y las extraordinarias posibilidades de las nuevas tecnologías —que entonces estaban dando sus primeros pasos en su revolución de las formas de relación entre las personas, de trabajo o de consumo—, y se metió de cabeza en ello.
Contra el descontrol
A principios de los 2000 formó parte de la trama ciudadana que puso en marcha plataformas como Indymedia, una agencia de noticias alternativa, interesándose por el planteamiento de internet como un ente descentralizado, abierto y de acceso universal, una red horizontal de intercambio y difusión de conocimiento que buscaba mejorar la democracia. Fue un tiempo en el que colaboró con activistas como Evan Henshaw-Plath, Blaine Cook y Moxie Marlinspike, que luego ayudarían a crear Twitter y Signal; una época en la que leía a filósofas como Donna Haraway, Simone Weil o Judith Butler, y se sumergía en libros como El auge de la sociedad en red, de Manuel Castells, Diseñando la libertad, de Stafford Beer, o La gran transformación, de Karl Polanyi.
Todas esas experiencias le hicieron llegar a la conclusión de que no puedes regular lo que no controlas, y ahora, tiempo después, su objetivo sigue siendo que la tecnología garantice y refuerce el sistema democrático y que nadie se quede atrás. La diferencia es que la forma de tratar de conseguirlo ha cambiado diametralmente, pasando de protestar de forma abierta contra el poder, a infiltrarse en el corazón de los centros de decisión más importantes del mundo.
En 2016 formó parte del equipo de gobierno de Ada Colau y los Comuns, y desarrolló un nuevo modelo democrático digital de carácter local. Dirigió la Comisión de Tecnología e Innovación digital del Ayuntamiento de Barcelona, que, entre otras decisiones, optó por cambiar los servicios del servidor Microsoft Exchange por Open-Xchange, una alternativa de software de código abierto. Además, bajo la premisa de que la revolución tecnológica debe ir acompañada de una revolución democrática, la Comisión implementó la plataforma digital de participación ciudadana Decidim.
“Era un momento importante de cambio tecnológico —explica por teléfono Joan Subirats, catedrático de Ciencias Políticas, experto en innovación democrática y figura clave en los Comuns—. Se tenía la sensación de que todo estaba por hacer. Había un debate intenso, pero nada naíf, sobre el impacto de la tecnología en la gente, y el papel de internet en la lógica de relación más directa con la ciudadanía”. Según Subirats, Bria supo impulsar este laboratorio digital público gracias a la suma de su base activista, su voluntad política, su sensibilidad social y su rigurosidad técnica.
Para Bria, pasar de liderar la innovación tecnológica local barcelonesa a la de la Unión Europea fue un importante salto de escala. Pero parece que no ha cambiado tanto, y que su motor de explosión personal permanece. Fabrizio Sestini, experto en gobernanza descentralizada de datos y compañero de trabajo en la UE, destaca su energía para poner en marcha iniciativas que demuestran que es posible salir de nuestras dependencias digitales. “Lo que más me sigue sorprendiendo es la pasión que anima todos sus esfuerzos. Es una pasión que impulsa todas sus acciones, muy racionales, y una formidable motivación para todos los que trabajan con ella”, explica por correo electrónico.
Tras dos décadas largas de lucha, después de cambiar las asambleas a la intemperie, en la calle, por las oficinas más lustrosas de Bruselas, el objetivo de Bria apenas se ha movido de su eje, y sigue dedicando casi todas sus horas del día en adaptar el sistema democrático a este ultratecnológico siglo XXI, tan azaroso.
‘Cover-Up’: Un reportero contra la impunidad del poder y el horror de la guerra
El visionado del documental de Netflix sobre Seymour M. Hersh, el legendario periodista que descubrió la masacre de My Lai y los abusos de Abu Ghraib, es más pertinente que nunca


Seymour M. Hersh (Chicago, 88 años) te saluda con la frase “es peor de lo que crees” desde su blog en Substack, donde tiene más de 230.000 seguidores. No es un opinador. Es un periodista de investigación que lleva seis décadas resquebrajando la impunidad de gobiernos con exclusivas como la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam, los abusos contra presos iraquíes en la cárcel estadounidense de Abu Grahib o el presunto sabotaje de la CIA de varios gaseoductos en el mar Báltico en los inicios de la guerra de Ucrania.
En Netflix se puede ver Cover-Up: Un periodista en las trincheras (Laura Poitras, Mark Obenhaus, 2025). Sin piedad a la hora de narrar la extrema violencia de la sociedad estadounidense, con espectacular material de archivo, el documental retrata las luces y las sombras de un reportero legendario por su tenacidad frente a los abusos del poder militar, económico y político. En una conversación desclasificada, incluída en el documental, se oye al presidente Richard Nixon comentar a Henry Kissinger —en lo que parece un lamento ante un nuevo scoop de Hersh— “ese hijo de puta es un hijo de puta, pero suele tener razón, ¿no?”.

La película de Poitras (autora de la oscarizada CitizenFour, sobre Edward Snowden) y de Obenhaus (que en 1985 hizo con Hersh Buying the Bomb, un documental sobre un agente pakistaní que quiso comprar componentes para el programa nuclear de su país) revela el proceso que llevó al reportero a descubrir la matanza de My Lai, una masacre de una crueldad tan abyecta que casi acaba con la salud del reportero y conmocionó a la sociedad estadounidense. Hersh confiesa que en las horas más negras de su investigación llamó desde una cabina telefónica a su mujer, Elisabeth Klein, psicoanalista, llorando por los horrores que iba descubriendo. Y Myrtle Meadlo, la madre de Paul Meadlo, un soldado en los asesinatos de My Lai, en una grabación recuperada en el documental dice a cámara, como si mirara a los ojos de los miembros del gobierno del momento: “Les envié a un buen chico y lo convirtieron en un asesino”.
Contra la guerra
La asombrosa historia periodística de My Lai empezó en otoño de 1969, cuando Hersh recibe el soplo de que el Ejército está llevando a cabo un consejo de guerra contra un soldado en Fort Benning (Georgia) por el asesinato de varios civiles vietnamitas. Hersh buscó información en el Pentágono sobre investigaciones criminales en Vietnam, y no encontró nada. Pero por pasillos, oficinas y comedores habló con varios funcionarios, hasta que uno le reveló el apellido Calley, y Hersh ya no soltó la pieza.
Se dedicó a rastrear documentos hasta dar con una nota breve que explicaba que un tal William L. Calley, oficial de infantería, había sido acusado de asesinato por la muerte de un número indeterminado de “orientales” en marzo de 1968. El periodista decidió entonces tomar café con un militar que podía estar informado del asunto, pero en lugar de hacerle preguntas sobre Calley, lo que hizo fue charlar sobre el caso. El militar continuó la conversación, aportando algún dato más, esto es, le confirmó la historia.
A partir de ahí, Hersh consiguió encontrar al abogado de Calley en Salt Lake City y entrevistándolo en su despacho, el reportero consigue leer —¡del revés!— parte del informe de acusación que el letrado tenía sobre su mesa. Después, se desplazó a Georgia, donde recorrió casi 150 kilómetros dentro de Fort Benning —una base militar de más de 700 metros cuadrados—, preguntando por Calley a operadoras de teléfono, a funcionarios, soldados, trabajadores de piscinas, gimnasios, tiendas y bares, hasta que consigue dar con él.
Lo que siguió fue una investigación sobre la matanza de 109 civiles en My Lai —niñas, niños, bebés, abuelas, abuelos, adolescentes y mujeres— una noticia que zarandeó el mundo, y que fue determinante en las movilizaciones contra la guerra de Vietnam.
Abrumado por la violencia de la contienda, Hersh explica en el documental que manejó dos hipótesis: una era que se trataba de un suceso tan atroz que todos estaban en shock y quisieron taparlo, y la otra era que aquello era un suceso tan poco extraordinario que no llamaba la atención. Se centró en la segunda, y acertó. “La clave estaba en el recuento de cadáveres”, explica Hersh a cámara, mientras recuerda cómo leyendo y escuchando a los estrategas militares, entendió que, bajo la tenebrosa lógica militar, ganar o perder la guerra dependía de cuántos muertos tenías (después descubrió que el mismo día había ocurrido una matanza parecida en Co Luy, una aldea cercana a My Lai).
En el pasado Festival de Venecia, Poitras explicó que Cover-Up “es una película sobre los ciclos de impunidad que nos han llevado hasta nuestros días y el papel esencial de una prensa crítica”. Por su parte, Obenhaus advirtió de que mostrar trabajos como los de Hersh “se ha vuelto cada vez más urgente a medida que las fuerzas alineadas contra el periodismo de investigación han aumentado a nivel mundial”.
Carlos Aguilar, crítico de cine en Los Ángeles Times, alaba el hecho de que el último trabajo de Poitras sea sobre Hersh. “En este momento en el que Estados Unidos está viviendo una represión terrible, que ella se enfoque en una figura como Hersh es sumamente acertado”, apunta Aguilar en conversación por correo electrónico. “La importancia de una prensa libre que no esté subyugada por gobierno o por otras fuerzas externas, es sumamente vital”, alerta.
Mentiras y embaucadores
Al borde de los 90 años, Hersh sigue documentando atrocidades. En la película hay una escena en la que habla con una investigadora que le informa sobre sus avances en su estudio sobre el recuento de los niños asesinados en Gaza. Hay muchos otros momentos llenos de crudeza, también a título personal para el periodista, como cuando admite que se dejó embaucar por el líder sirio Bashar al-Assad cuando lo acusaron de usar armas químicas contra la población civil. “Le vi tres o cuatro veces y no creí que fuera capaz de hacer lo que hizo”, confiesa.

En otro momento de la película, Hersh explica que una de las cosas que le impulsó a ser reportero es que le gustaba la gente. Quizás ahora aún siente lo mismo, pero lo han espiado y perseguido tanto por su labor contra los abusos de poder que ya no sabe qué pensar de los demás. “Es difícil saber en quién confiar. Apenas confío en ustedes”, le dice Hersh a Poitras y Obenhaus, medio broma medio en serio.
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