Numerosos expertos niegan que el arqueólogo enterrase un tesoro para confirmar la existencia de la capital palatina goda La
posibilidad de que Juan Cabré, uno de los grandes arqueólogos de
mediados del siglo XX y padre de la fotografía arqueológica, colocase 90
monedas de oro en la iglesia de la ciudad visigoda de Recópolis (Zorita
de los Canes, Guadalajara) para confirmar su construcción por el rey
Leovigildo ha conmocionado al colectivo de expertos. El estudio, que hoy adelantó EL PAÍS y que aparece en el Boletín de Arqueología Medieval,
firmado por el arqueólogo y experto del CSIC Fernando Arce, ha
provocado una cascada de reacciones, fundamentalmente en contra de esta
tesis. Jorge Morín, uno de los mayores especialistas del mundo visigodo de España y director del Departamento de Arqueología de la consultora Audema,
se muestra indignado: “Pero ¿cómo va a meter 90 monedas de oro Cabré
para demostrar la existencia de Recópolis? ¿Estamos locos? Cabré no era
rico. ¿Cómo iba a gastarse varios millones de euros, que es lo que vale
ahora el conjunto y lo que valía en su momento? Es completamente
absurdo. Además, el nivel donde encontró las monedas es plenamente godo,
no medieval como dice el artículo de Arce”. Morín afirma
que el especialista del CSIC forma parte de “una secta de talibanes con
poder en la revista”. “Y yo, como no trago, he sido cancelado durante
diez años. Me hundieron mi carrera científica. Ese es el nivel”,
asegura. El arqueólogo recuerda que Cabré es “el creador de la arqueología moderna” y que la única memoria arqueológica de Zorita de los Canes es de él. “Los muertos que aparecieron en Melque [complejo
monástico godo en Toledo], Arce y su equipo los dejaron abandonados en
la Universidad Complutense. Un tío sin prestigio arqueológico alguno
está intentando laminar la figura de Cabré, que hizo una excavación de
Recópolis impecable”. Vicente Lull,
catedrático de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona, no
es tan tajante. “No me extrañaría que Cabré metiese las monedas, siempre
ha habido rumores, rumores que afectan a la mayoría de los arqueólogos
de aquella época de mediados del XX”. Lull no cree, sin embargo, que
Cabré comprase las monedas, sino que las encontró en otra parte y las
recolocó. “Todo era turbio en aquellos años. Siempre hubo rumores, pero
son rumores que afectan a la mayoría de los arqueólogos de principios
del XX”, admite. La también arqueóloga Isabel Baquedano, jefa del Área de Protección del Patrimonio de la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid y biógrafa de Encarnación Cabré,
hija de Juan Cabré, muestra su total enojo ante el estudio de Fernando
Arce. “Cabré jamás, jamás, habría comprado 90 monedas de oro. Y si
hubiese podido hacer que se comprasen, serían para el Museo Arqueológico
Nacional, no para falsear una excavación”. “El informe de Arce es una
vergüenza, lleno de inexactitudes y mentiras. Puede ser por ignorancia o
por algo peor, como tapar su incompetencia para poner verde a los
demás. Cabré excavó Recópolis los últimos años de su vida. Lo mucho o
poco que se sabe de Recópolis es por él. Era un hombre decente,
impecable. Todas las cosas que excavaba las restauraba para que la gente
las pudiera ver. Y no estos señores [Arce y Luis Caballero], cuyos
trabajos en Melque no se pueden conocer, porque han hecho tres sondeos
de mierda, los han tapado y se acabó. Estamos esperando la memoria y la
entrega de materiales, que no han hecho”. Por
su parte, Fernando Arce asegura que él no ha sido nunca director de la
investigación de Melque, sino Luis Caballero, investigador del CSIC, que
se jubiló hace unos años. “Y siempre ha tenido el pesar de que no se
publicara una memoria en condiciones. No la publica porque está jubilado
y a otras cosas”. José Soto Chica, investigador del Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Granada y autor del best seller Visigodos. Hijos de un dios furioso,
sostiene que “independientemente de que se dé o no crédito a que Cabré
haya ocultado el tesoro, lo cierto es que las excavaciones han
demostrado que eso es Recópolis sin ninguna duda”. “Está donde sabemos
que tenía que estar y porque el aparato urbanístico, incluido el
palacio, que es un guiño a la arquitectura bizantina, y su hidráulica al
lado del Tajo, lo demuestran. Es una capital palatina indubitablemente,
la que fundo Leovigildo. Yo no sé si hubo mala praxis por parte de
Cabré, no es la primera vez que se hace, pero eso es Recópolis. La
calidad de los edificios y de las estructura urbanas lo confirman”,
explica. Rafael Barroso,
investigador de la Universidad Complutense de Madrid, muestra su
indignación ante el informe de Arce: “Esto es un despropósito sumado a
otros muchos. Es un desastre total”. Barroso afirma que Arce ha
interpretado mal el yacimiento. “La basílica cristiana donde se halló el
tesoro era, al principio, un edificio destinado a cuestiones fiscales,
porque era una ciudad fundada con sentido imperial. Recópolis
significaba la ciudad del rey, aunque luego terminó aplicándose a
Recaredo, la ciudad de Recaredo”, cuenta. Cuando
Recaredo se convierte al catolicismo en el año 589 y deja el arrianismo,
explica Barroso, “el edificio se transforma en basílica cristiana. Se
construye el baptisterio donde se esconde el tesoro, lo cual no es
extraño, ya que hay otros yacimientos godos donde pasa igual. No hay
monedas de Recaredo porque es algo simbólico. Los godos se habían
convertido al catolicismo y retiran todas las monedas anteriores, cuando
eran arrianos. Es una forma simbólica de enterrar el pasado”. Barroso,
como otros investigadores consultados, insiste en que Cabré no tenía
dinero para comprar 90 monedas de oro. “Es absurdo, es muy fuerte y
llueve sobre mojado. La arqueología de época visigoda está secuestrada
por el CSIC y cada vez dicen tonterías más gordas”. Este periódico no ha podido obtener la versión del Museo Arqueológico Nacional. Por su parte, el periódico Nueva Alcarria recoge
en una información de hoy que “los responsables científicos de las
excavaciones de Recópolis han rechazado de forma contundente las
acusaciones que cuestionan la autenticidad del tesoro visigodo hallado
en el yacimiento en 1945 y han defendido la solidez científica de uno de
los enclaves arqueológicos más importantes de la Hispania visigoda”. El arqueólogo Manuel Castro, codirector junto a Lauro Olmo
de los trabajos de investigación desarrollados por la Universidad de
Alcalá, asegura que las tesis difundidas recientemente sobre un supuesto
fraude “no están contrastadas” y sostiene que “no hay ninguna duda de
que Recópolis es Recópolis”. “No hay ninguna falsificación, ni Cabré
mete el tesoro en ningún sitio, ni nada de esto. El tesoro es un tesoro
fundacional y apareció debajo del suelo de la iglesia“, asevera. Por
su parte, Lauro Olmo se echa las manos a la cabeza: “Cabré fue un
represaliado, un depurado. ¿De dónde va a sacar dinero para comprar 90
monedas de oro? Es indigno. Ya quisiera Cabré tener dinero para
comprarse un tesoro en aquella España del año 45. No se puede manchar su
figura. Es un despropósito″. El arqueólogo Manuel Retuerce, miembro de consejo editorial (tesorero) de la revista Boletín de Arqueología Medieval, donde
se publicó el informe de Arce, señala: “No tenemos pares ciegos
[mecanismo de comprobación de los artículos]. No vamos a censurar a
nadie. Si alguien no está de acuerdo, que conteste. No publicar esto
significa censura. Punto”. Un
estudio plantea la existencia de cientos de herederos de la carga del
navío español que se hundió en 1770 con un cargamento de cristal de La
Granja El Oriflame, un
navío español de la Carrera de Indias, es casi un buque fantasma.
Podría tener esta consideración porque, a pesar de haberse hundido en
1770 frente a las costas de Chile, vuelve una y otra vez a la
actualidad. Iba cargado rumbo a Perú con 1.478 cajones de finísima
cristalería de la Real Fábrica de la Granja de San Ildefonso de Segovia,
además de joyas y otros objetos valiosos. Todos sus tripulantes
fallecieron en la catástrofe y las cajas nunca fueron recuperadas. Sin
embargo, en 2005, una empresa cazatesoros
anunció haber dado con el lugar donde se fue a pique y estar dispuesta a
extraer la carga, pero la justicia chilena se lo denegó. La pregunta
es: ¿de quién es el valioso cargamento si se pudiera recuperar? [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’.Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí]. El estudio El navío Oriflame: un tesoro cultural hundido frente a las costas de Chile, de Vicente Ruiz García, asesor de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval,
analiza todos los componentes de este complicado relato y llega a la
conclusión de que la carga “pertenecía a la Real Hacienda de la
monarquía de Carlos III de España y de que no existe ninguna evidencia
para que terceros puedan reclamar este cargamento”. “Por
tanto”, continúa el experto, “el heredero legítimo del tesoro hundido y
de la mayor y más preciada carga del pecio naufragado en la región de
Maule (Chile) sería, en caso de rescate, el Estado español”. Sin
embargo, la resolución no es tan sencilla como parece. De hecho, Ruiz
García termina admitiendo que el “pecio pertenece a la Humanidad”, como
refleja este informe hecho público en el I Congreso Iberoamericano de
Arqueología Náutica y Subacuática y cuyas actas ahora se han publicado. Lo
primero que hay que tener en cuenta es que los barcos de guerra
hundidos, haya pasado el tiempo que haya pasado, son de los Estados,
según la Convención de la Unesco en su artículo 32. Los comerciales, no. El Oriflame era
un navío de guerra francés de 54 cañones, botado en los astilleros de
Tolón en 1744. Durante unos años, sirvió a la Armada francesa y
participó en la batalla de Cartagena de Levante (1758), hasta que en
1761 fue capturado por los ingleses. El comerciante José Villanueva y
Pico lo adquirió en Gibraltar para convertirlo en un navío mercante de
la Carrera de Indias. Se rebautizó como Nuestra Señora del Buen Consejo y San Leopoldo, aunque conservó el alias de Oriflame.
Realizó un primer viaje comercial a La Habana y Veracruz en 1763 . En
1765, el navío fue adquirido por la casa comercial Uztáriz Hermanos y
Compañía. El
18 de febrero de 1770, zarpó del puerto de Cádiz, esta vez con destino
al Callao, en el virreinato del Perú, bajo las órdenes del capitán
Joseph Antonio de Alzaga, con 176 personas a bordo, entre tripulación y
pasaje, y con una importante carga compuesta por telas, joyas,
instrumentos musicales, hierro, pimienta y 1.738 cajones con objetos de
finísima cristalería de la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso. Varios
meses después de su partida, logró doblar el temido cabo de Hornos. Sin
embargo, en algún momento de la travesía, la tripulación y el pasaje fueron víctimas del escorbuto, tal y como comprobó el navío español San José, alias El Gallardo, cuando divisó al Oriflame a
unos 150 kilómetros al sudoeste de Valparaíso, donde lo halló a la
deriva, con serias dificultades para maniobrar debido a la incapacidad
de la escasa tripulación sana que quedaba para gobernar el barco. A
pesar de los intentos de El Gallardo por ofrecerle auxilio, un
violento temporal se sumó a las deplorables condiciones del barco, que
fue arrastrado al fondo del mar. Se enviaron, sigue
relatando el experto, expediciones patrocinadas por el virrey de Lima
con el fin de rescatar el importante cargamento, pero solo pudieron
recuperar algunas decenas de cajones. Finalmente, y a pesar de los
intentos, el navío se dio por perdido para siempre con toda su carga y
sus víctimas, depositadas en el fondo del océano Pacífico. La
reclamación en 2005 de la empresa Oriflama SA de los restos y de la
carga del buque “desató una encarnizada batalla judicial. Mientras
tanto, el Estado español en ningún momento se interesó por el hallazgo, a
pesar de que podría esgrimir derechos”. España, dice el informe, no se personó en la causa, ya que el Oriflame
no era un buque de guerra propiamente dicho, aunque lo fue
originalmente, y en un principio no gozaría de la inmunidad soberana,
como ocurrió en los casos de la Galga, la Juno y el de la fragata Mercedes (el caso más conocido). Sin embargo, según la Real Orden de 4 de agosto de 1768, el Oriflame
sí cumplía una misión de Estado en su último viaje al dar traslado a
las miles de piezas de fina cristalería de la Real Fábrica de San
Ildefonso; una misión que, en principio, iba a ser encomendada a un
buque de guerra de la Armada, el navío San Lorenzo. Sin embargo,
la circunstancia de que España no estuviese en guerra hizo pensar que un
buque de comercio y una compañía comercial con experiencia en este tipo
de traslados sería la mejor opción. Pero
si no se considera una misión de Estado, “deberíamos entonces acogernos
al principio anglosajón por el cual quien encuentra un tesoro tiene
derecho a reclamarlo. En este caso, existe jurisprudencia en Chile por
la que sería posible la separabilidad de la carga de la estructura de la
nave. Siendo así, entraría en juego el derecho de reclamación de los
herederos de la nave y de los herederos de la carga”, afirma Ruiz
García. O, dicho de otra manera, el barco es del Estado español, pero la
carga de sus herederos. El Archivo General de Indias de Sevilla dice que el Oriflame
atesoraba 1.658 cajones de todo tipo de mercaderías pertenecientes a
centenares de propietarios privados identificados en los 436 registros
que se practicaron antes de la partida. “Si tuviéramos que encontrar a
los herederos de cada uno de estos propietarios, la tarea no sería
fácil, puesto que estos han debido multiplicarse a lo largo de las
generaciones, por lo que hallar a los descendentes actuales sería poco
menos que encontrar una aguja en un pajar”, admite el experto. Y hay más. El Oriflame contaba
con un seguro, un adelanto sobre los beneficios de la venta. En sus
cláusulas se decía que si se perdía todo el cargamento, los propietarios
de la carga no tendrían que devolver el dinero adelantado por el
asegurador, pero si se recuperaba una parte esta debería servir para
devolver el dinero prestado. “Vamos a imaginar que el pecio es rescatado
y que los herederos de los que registraron los cajones reclaman su
parte. Una vez recuperado, estos deberían, según las escrituras de
riesgo que hubiesen contratado, abonar la parte correspondiente a los
herederos de los aseguradores, pues, aunque la pérdida total eximía del
pago del riesgo adelantado y de la prima, si se lograse salvar la carga,
aunque sea con daño o pérdida, el deudor debería cancelar la deuda de
forma íntegra, por lo que habría, en este caso, que buscar a los
descendientes del asegurador”. Y luego están los
herederos de los peruanos que habían comprado —y pagado— los objetos que
iban en el barco. “Valga como ejemplo el caso del virrey del Perú Manuel Amat, destinatario de un cofre que trasladaba el Oriflame.
Así pues, en el supuesto de que se encontrara dicha mercancía,
tendríamos que discutir a quién pertenecería: ¿a los herederos catalanes
vinculados a la familia de su esposa o, por el contrario, a los
descendientes peruanos de Manuel Amat y Villegas, el niño que nació
fruto de la relación con su amante Micaela Villegas, la Perricholi?
En este último caso, debemos tener en cuenta que en Lima hay decenas de
personas que se apellidan Amat, y no digamos en Cataluña. Por todo
ello, creemos que cualquier reclamación por terceros es verdaderamente
difícil, por no decir imposible, salvo en un caso: también existe la
posibilidad de que los herederos fueran instituciones que hayan durado
en el tiempo y sigan existiendo en la actualidad, como el Estado o la
Iglesia, que pueden así reclamar su titularidad derivada”. Por eso, termina el experto, “después de consultar miles de expedientes del Archivo General de Indias de Sevilla,
del Archivo General de Palacio de Madrid y del Archivo General de la
Nación de Lima, llegamos a la conclusión de que, aunque el Estado
Español podría reclamar la carga más preciada del Oriflame, el pecio pertenece a la humanidad, que es su legítima propietaria”. Los
expertos creen que el escarabajo fue creado en Menfis y transportado
por los fenicios hasta el centro peninsular en el siglo VII a. C. La necrópolis de El Toro se encuentra en el término municipal de Alcubillas (Ciudad Real),
justo donde confluyen el río Jabalón, afluente del Guadiana, y el
arroyo Origón. En época romana, esta zona formaba parte de Oretania, uno
de los pueblos que ocupaban el centro peninsular hace más de dos
milenios. La necrópolis se extendía unos 8.000 metros cuadrados. Entre
2016 y 2017, se localizaron doce enterramientos, todos poco profundos, y
en cuyo interior se hallaron cinco urnas cerámicas. Una de ellas, como
señala el estudio Paralelismos mediterráneos de un escarabajo egipcio
de psamita procedente de la necrópolis de El Toro (Alcubillas, Ciudad
Real, España), firmado por el profesor Luis Benítez de Lugo
y otros 11 especialistas, guardaba un espectacular objeto: un
escarabajo egipcio de color azul y, posiblemente, fabricado en Menfis
(Egipto). ¿Cómo llegó a Ciudad Real un amuleto realizado a orillas del
Nilo? En la llamada tumba 5 de la necrópolis, los arqueólogos de la Universidad Complutense de Madrid, la consultora Oppida,
las universidades Autónoma de Madrid, Pontificia de Comillas y el
Consejo Superior de Investigaciones CientÌficas localizaron tres urnas.
En una de ellas, se descubrió el escarabajo de cerámica silícea, además
de algunos huesos humanos, carbón, dos cuentas de pasta vítrea y dos
placas de cobre. Los restos humanos correspondían a una mujer joven
adulta que sufrió un proceso de combustión “uniforme y a alta
temperatura“. El escarabajo tenía
una inscripción en la base de caracteres jeroglíficos. Es de color azul
turquesa y fue “fabricado en fayenza blanquecina con un esmalte azul
claro en el exterior”. Sus dimensiones son muy reducidas: 1,5 cm de
largo 1,15 cm de ancho. Pesa 1,26 gramos y fue fabricado con un molde. Estos
objetos se consideraban bienes de prestigio y denotaban una elevada
posición social. Durante la vida, servían como símbolos de estatus. Es
difícil, dicen los arqueólogos en este artículo publicado ahora en la revista Journal of Egyptian Archaeology,
afirmar si también habrían tenido un significado protector tanto en la
vida como en el Más Allá debido a la falta de pruebas tangibles. Algunos
autores consideran esa posilibilidad basándose en escarabajos con
iconografía de los dioses Isis y Horus. En cuanto a la
cremación de la mujer de El Toro, el informe señala que “podría
entenderse como un rito de purificación en el que el fuego consumía la
impureza y, al mismo tiempo, se purificaba la memoria del difunto”. En
este sentido, es razonable suponer que el cadáver fuera previamente
envuelto en un sudario y tal vez adornado con ornamentos y objetos
protectores. Es casi seguro que estos objetos se deterioraron en la
pira, mientras el cuerpo era consumido por el fuego. Los
cinco caracteres que se leen en su base responden a los grafemas
p-s-m-T-k, que se corresponden con el antropónimo Psamtek. “Este nombre
propio, conocido por los grecorromanos como Psammetichus o Psamenitus,
para el que se ha sugerido un origen libio, es un nombre propio nuevo en
la onomástica egipcia, tanto en el ámbito real como en el privado. Se
utilizó como componente de la titulatura de tres monarcas de la XXVI
dinastía, surgida de los gobernadores de la ciudad de Sais. Se trata de
los faraones Psamtek I (664–610 a. C.), Psamtek II (595–589 a. C.) y Psamtek III (526–525 a. C.)”. El
posible significado de este antropónimo sigue siendo dudoso, pero una
de las teorías planteadas es que signifique “el hombre/vendedor de vino
mezclado”. Los expertos creen que el escarabeo se puede datar “entre la
segunda mitad del siglo VII y mediados del siglo VI a. C., un periodo
comprendido entre los reinados de Psamtek I y Psamtek II (664–589 a.
C.). Sería posible añadir el margen estimado de una generación, unos 25
años, durante la cual se podría haber mantenido la memoria de estos
reyes”. Otro
problema que hay que tener en cuenta es cuándo llegó este amuleto a la
penísula Ibérica y terminó en un enterramiento de una necrópolis de la
actual Ciudad Real. Los expertos piensan que, según sus características,
“pudo haber sido fabricado en un taller en Naucratis o en la zona de
Menfis, de donde podrían proceder la mayoría de los [dieciséis]
ejemplares mediterráneos [conocidos con la inspcripción p-s-m-T-k], en
su mayoría hallados en asentamientos fenicio-púnicos, lo que apunta a su
distribución por intermediarios de esta esfera cultural”. Los
arqueólogos recuerdan que el ejemplar de El Toro es prácticamente igual
a uno hallado en Khirbet el-Maqatir (Israel); pero también con otras
piezas de Cartago, Cerdeña o la Cueva de Gorham (Gibraltar). Por
lo tanto, terminan: “El escarabajo podría haber sido objeto de comercio
o intercambio entre los residentes de los asentamientos mediterráneos
fenicio-púnicos y la población autóctona peninsular, aunque no podemos
documentar cuánto tiempo transcurrió hasta su deposición en el ajuar
funerario de la Tumba 5”. Benítez de Lugo, profesor de
Prehistoria en la Universidad Complutense de Madrid y que dirige las
investigaciones en la necrópolis de El Toro, concluye en conversación
con EL PAÍS: “Es excepcional el hecho de encontrar un escarabeo en un
contexto arqueológico cerrado. Habitualmente se localizan movidos de su
contexto arqueológico inicial, lo que dificulta su completa comprensión.
Una mujer era la portadora de este amuleto. Para todo lo que tiene que
ver con caracterizar a las mujeres oretanas, este hallazgo es muy
relevante”. El temible depredador tenía una altura de 3,8 metros y vivió hace más de 60 millones de años en lo que hoy es EE UU Sotheby’s subastará el próximo 14 de julio a Gus, uno de los ejemplares de Tyrannosaurus rex
más grandes y completos jamás descubiertos. El depredador, que vivió
hace más de 60 millones de años, fue encontrado en un rancho Dakota del
Sur (Estados Unidos). Para extraerlo se necesitaron tres años de
trabajos. Su precio de salida es de 20 millones de dólares, pero los
organizadores de la puja creen que puede alcanzar los 30 millones. El fósil fue descubierto por el arqueólogo Thomas Heitkamp en un terreno propiedad del ganadero ―ya fallecido― Gary Gus
Licking. Este, durante años, había encontrado dientes y pequeños
fragmentos de hueso que no era capaz de identificar, a pesar de sus
conocimientos sobre animales, por lo que decidió contratar a Heitkamp y a
su equipo. Les indicó el lugar donde había hecho más hallazgos y acertó de pleno: allí estaba el esqueleto del T. rex.
Heitkamp necesitó tres años (2021, 2022 y 2023) para extraerlo,
separarlo de la matriz rocosa, limpiarlo, catalogarlo, identificarlo y
volverlo a montar. El ejemplar mantiene 183 elementos
óseos fósiles, aproximadamente entre el 75% y el 80% de la masa ósea del
animal cuando vive, lo que lo sitúa firmemente entre los T. rex
más completos jamás encontrados. El cráneo está excepcionalmente bien
conservado, con aproximadamente el 82% de los huesos, incluyendo seis
denticiones. Alcanza 11,6 metros ―de cabeza a cola― y 3,8 metros de altura. El cráneo mide 137 centímetros. Está considerado uno de los T. rex más
grandes jamás encontrados. El animal sufrió durante su vida patologías
en el cráneo, las vértebras y el esqueleto. Las patologías más notables
incluyen huesos fracturados y curados. El primer descubrimiento de Tyrannosaurus rex lo realizó el paleontólogo Barnum Brown en
1902 mientras excavaba en Hell Creek, en el sureste del Estado de
Montana. En los 122 años transcurridos, solo se han descubierto 32 T. rex, muchos de ellos poco más que un solo hueso. Solo dos conservaban el 60% de su estructura ósea: Sue, que se expone en el Museo Field de Chicago, y Stan, en el Museo de Historia Natural de Abu Dabi. El T. rex vivió
durante el Cretácico Superior, una época caracterizada por un clima
cálido y con ricas planicies costeras de aluvión, que sustentaron una
extraordinaria diversidad en lo que hoy es el oeste de Norteamérica.
Estos entornos, con grandes sistemas fluviales y bosques abiertos,
crearon las condiciones ecológicas perfectas para que prosperasen
grandes herbívoros como el Triceratops y el Edmontosaurus, y a su vez, permitieron el desarrollo de superdepredadores como el T. rex. El T. rex es
el dinosaurio más conocido por el gran público, ya que aparece en
numerosas y populares películas, libros infantiles y juguetes. Se
distingue por un cráneo inmenso, dientes largos y profundamente
enraizados, y una mordida excepcionalmente poderosa, además de un
sentido del olfato muy desarrollado y una visión frontal. Sus enormes
patas traseras y su cola musculosa sugieren un depredador diseñado para
arrancadas a gran velocidad y fuerza. No es la primera vez que Sotheby’s subasta un dinosaurio. Ya lo hizo en 1997 con Sue. Hace dos años también subastó otro ejemplar, en este caso Apex, que alcanzó los 45 millones de dólares y estableció un récord mundial para cualquier dinosaurio o fósil en subasta. Apex se encuentra actualmente en préstamo en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Los interesados podrán ver antes de la puja a Gus en las galerías Breuer de Sotheby’s en Nueva York. La entrada es gratuita. La subasta, no. El
hallazgo en Valencia de un documento de 1588 demuestra que el ‘Fénix de
los ingenios’ se alistó en la Invencible, tal y como mantuvo, aunque
pocos le creyeron Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635) siempre mantuvo que él había participado como soldado en la aventura militar de la Gran Armada (1588), intento fallido de Felipe II de invadir Inglaterra. (La operación naval la perdió el Rey Prudente,
pero la guerra la ganó, como demuestra la aceptación por parte de los
ingleses de las condiciones españolas en el Tratado de Londres de 1604,
que eso no se suele contar). Sin embargo, pocos creyeron al genio de las
letras y murió con la frustación de que no se le reconociese este hecho
de armas que podría haberle facilitado ser cronista real. Algo que
nunca consiguió. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’.Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí]. Pero lo cierto es que el nombre del Fénix de los Ingenios
no aparecía por ninguna parte en los listados de soldados y marinos que
formaron parte de la escuadra, aunque él insistía e insistía en cartas a
sus amigos y en las obras de teatro y poemas que iba publicando que él
había estado en uno de esos galeones. Incluso en La Dragontea, una epopeya histórica sobre el último viaje del sir Francis Drake
en 1598 —comandante inglés y pirata al servicio de Isabel I —, Lope
dejaba clara su experiencia en temas navales y expediciones contra los
ingleses. Él mismo se retrataba como antiguo servidor del rey Felipe II,
lo que podría convertirle en un candidato perfecto para algún puesto de
cronista oficial durante los reinados de Felipe III y Felipe IV. Los
historiadores hasta ahora consideraban que Lope alardeaba de haber
formado parte de la expedición para medrar en una sociedad que valoraba
la valentía. Pero mentía, pensaban. Sin embargo, ahora se ha demostrado
lo contrario: decía la verdad. Lo cuenta Pedro Luis Chinchilla,
en el magnífico blog Armadainvencible.org, donde se hace eco de este
importante hallazgo. En marzo de este año, “un nuevo documento
(Instancia de Lope de Vega, Archivo del Reino de Valencia, Justicia
Civil, Procesos, núm. 4338, f. 1º) corrobora la participación de Lope de
Vega en la Gran Armada de 1588”. El texto ha sido hallado por el
archivero Jesús Villalmanzo y fue escrito durante el destierro en
Valencia que sufrió el genio. El texto certifica que en 1588 Lope
se ausentó de la ciudad del Turia “tres o cuatro meses” para participar
en la campaña naval para regresar de nuevo a Valencia. Algo que Villamanzo ya venía barruntando desde el año pasado cuando publicó Lope de Vega, soldado en la Gran Armada, publicado en la Revista de Historia Militar.
En este artículo da a conocer un documento inédito, contemporáneo de
los hechos, a petición del propio Lope de Vega ante el tribunal de
Justicia Civil de Valencia, “donde aparece claramente que nuestro
dramaturgo nacional confiesa que estuvo sirviendo al rey en la Gran
Armada que Felipe II dirigió contra Inglaterra. Ello pone fin a las
dudas que desde hace más de un siglo planteaba la crítica histórica y
literaria, pues las múltiples alusiones a su participación en la
Invencible eran posteriores a 1598 y no merecían a muchos suficientes
garantías de certeza”. Aunque en el texto, Lope “aparece
como un civil, en realidad se trata de un expediente, donde se integran
cuatro documentos: la instancia del poeta, los testimonios jurados de
dos testigos y el certificado de residencia en Valencia emitido por el
Justicia Civil de Valencia, avalando todos ellos la presencia del
escritor como soldado en la Gran Armada de 1588”. ¿Pero qué hacía el madrileño Lope en Valencia? El Monstruo de la Naturaleza,
como también se le conocía, fue detenido el 29 de diciembre de 1587
acusado de haber difundido unas sátiras contra el escritor Jerónimo
Velázquez y su antigua amante Elena Osorio. Fue encerrado en la cárcel
de la Villa de Madrid el 15 de enero de 1588 y condenado a cuatro años
de destierro de la Corte. Dice Chinchilla que, además,
fue acusado por el rapto y posible violación de la que luego sería su
mujer, Isabel de Alderete. Esta retiró los cargos si se casaba con ella.
La boda fue el 10 de mayo de 1588. Unos días después del enlace, con 26 años, se embarcó en el galeón San Juan
rumbo a las costas de Inglaterra, quizás para “rehabilitarse tras
tantos problemas con la justicia o quizás para escapar de un nuevo
proceso”. No volvería hasta septiembre de ese año en un galeón que atracó en Galicia. ‘Tarteso’,
de los codirectores del yacimiento del Turuñuelo, es una obra didáctica
que muestra lo esencial de esta cultura enigmática de la que se
desconoce casi todo En siglo VIII a. C., al tiempo que Homero escribía La Ilíada y La Odisea,
en el suroeste de la península Ibérica surgía una enigmática cultura
conocida como Tarteso, fruto de la fusión de los pueblos indígenas con
navegantes fenicios llegados de lo que ahora es el Líbano y que surcaban
el Mediterráneo en sus barcos de velas cuadradas. Oro, plata, hierro y
estaño fueron los imanes que atrajeron hasta las costas de Huelva a
aquel pueblo foráneo que no combatió con los pobladores originales, sino
que llegó a acuerdos vitales y comerciales con ellos, que generaron a
su vez una enorme riqueza
y un incremento notable de la población. Y ese pueblo mestizo, que
vivía aislado al otro lado de las Columnas de Hércules, un buen día se
inmoló. Quemó sus ciudades, mató sus animales y, simplemente, desapareció. Esta
historia, que se hizo mundialmente famosa a partir de 2023, cuando se
publicó que en el municipio pacense de Guareña se había descubierto un
complejo edilicio con las huellas de aquella hecatombe, es la que
relatan con total sencillez los arqueólogos Sebastián Celestino Pérez y
Esther Rodríguez González en Tarteso (Espasa, 2026) La
obra de los codirectores del yacimiento de Casas de Turuñuelo carece de
pretensiones doctorales (los libros de arqueología suelen ser muy
plúmbeos y no van dirigidos al público general), sino que enseña, como
un vendedor ambulante su muestrario de ropa, todo lo que se conoce ―que no es mucho―
del pueblo tartésico. “La falta de datos para poder contar la historia
de nuestros antepasados antes de la llegada de los fenicios es
desesperante. El panorama es realmente desolador: escasa población y con
una información muy parca sobre sus asentamientos o sobre los ritos
funerarios que practicaban. La ausencia de tumbas ha disparado todo tipo
de interpretaciones: ¿eran arrojados a las aguas de ríos y lagos?”. La
falta de cuerpos inhumados ha impedido, de momento, efectuar pruebas
válidas de ADN para establecer su perfil genético. Se piensa, pero no
está comprobado, que respondían a una mistura de celtas y fenicios. Las
piezas dentales de los escasísimos tartésicos hallados se encuentran en
un estado muy degradado y no sirven para estos análisis. En 2014, se descubrió por casualidad el yacimiento de Casas de Turuñuelo.
(“La arqueología es como la economía, solo se puede prever lo que va a
pasar cuando ya ha sucedido”, escriben con sorna los autores). Lo que,
en principio, iba a ser una investigación de apenas una semana, se tornó
en una excavación de más de una década por los “extraordinarios e
inesperados resultados” obtenidos. Muros, platos, bronces comenzaron a
surgir del terreno después de 2.800 años ante la sorpresa de los
especialistas. Tras superar grandes dificultades administrativas y el
deseo de los dueños de la finca de cobrar una cifra disparatada por los
terrenos, los arqueólogos localizaron un edificio de dos plantas, “algo
inédito en el Mediterráneo occidental para esa época”, así como los
peldaños de una escalera que conducía a un patio de 125 metros cuadrados
“abarrotado de huesos de animales sacrificados”. “Una hecatombe animal jamás documentada en esa época, aunque sabíamos de su existencia gracias a la Biblia o a fuentes clásicas, como La Ilíada o La Odisea.
Esa circunstancia propició que tuviese una rápida repercusión
internacional, convirtiéndose en uno de los descubrimientos más
extraordinarios de la arqueología moderna”, indican los autores. Qué
pasó con este pueblo que ocupaba las cuencas del Guadalquivir, desde el
siglo VIII a.C., y del Guadiana, cien años después, y que desapareció
voluntariamente, es uno de los grandes misterios de la arqueología. El
valor del libro es ofrecer las claves para que el lector elija las
respuestas posibles. Nadie las va a refutar, porque nadie está seguro de
nada. Escribir con sencillez y modestia, aunque sean
dos de los mayores expertos del mundo en Tarteso, es un regalo para
aquellas personas interesadas en una civilización apasionante. Los
mejores arqueólogos nacionales escriben, cuando divulgan, con una
sencillez extrema. Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González
les han copiado y han acertado de pleno. Los
expertos sospechan que fueron fabricados en el siglo XIV para la
infantería valenciana que repelía las incursiones turcas en las costas
peninsulares En
1990, en Benicarló (Castellón), en el yacimiento subacuático de Piedras
de la Barbada, junto a la desembocadura de la rambla Cervera, se halló a
seis metros de profundidad un conjunto de 43 cascos de hierro, una de
las mayores concentraciones de armas defensivas conocida hasta ahora. Se
trataba de dos grandes masas fusionadas por la corrosión marina y
selladas por concreciones calcáreas y sedimentos arenosos. Como los
arqueólogos habían localizado anteriormente, justo en ese lugar, ánforas
romanas y elementos de bronce, concluyeron que se trataba de un grupo
de cascos del periodo imperial romano (27 a. C.-476 d. C.) perdidos en
algún naufragio de la Antigüedad. Pero ahora el estudio Datación por radiocarbono y caracterización de textiles conservados en cascos bajomedievales de Benicarló, publicado en la revista científica Antiquity, demuestra,
gracias a las pruebas de radiocarbono y su comparación con otros
conjuntos semejantes, que se trata de cascos medievales de infantería,
posiblemente perdidos cuando los transportaba un barco para equipar a
las tropas cristianas frente a los piratas turcos. Actualmente, se
conservan en el Museo de la Ciudad de Benicarló y en el Museu de Belles Arts de Castelló. El estado de conservación de todas las piezas no es homogéneo, según el artículo firmado por Manuel Frallicciardi, Carla Álvarez, María Teresa Doménech, Raimon Graells
y Alfredo María Sontoro. Sin embargo, estos expertos recuerdan que la
“concreción marina —una mezcla de carbonato y elementos de la corrosión
del hierro— contribuyó a la conservación de muchos de ellos”. “El
sedimento atrapado en algunos ejemplares actuó como un sello, creando
microambientes estables que conservaron restos textiles [el forro
interior]”, lo que brindó la oportunidad excepcional de investigar la
cronología del conjunto mediante datación directa por radiocarbono”,
dicen. Gracias a una colaboración internacional conducida desde la Universidad de Alicante, las muestras se analizaron en el Instituto de Restauración del Patrimonio de la Universitat Politècnica de València, el Departamento de Mineralogía y Petrología de la Universidad de Granada, Beta Analytic (Miami) y el Curt-EngelhornZentrum Archäometrie de Mannheim (Alemania). Durante
el siglo XV, el equipamiento militar experimentó un proceso gradual de
estandarización en toda Europa por el extraordinario éxito de los
principales centros de producción. Entre ellos, destacaron los talleres
lombardos y milaneses, seguidos de las armerías alemanas, flamencas y
españolas. Los resultados obtenidos en laboratorio
sitúan la utilización de estos yelmos y su hundimiento en el fondo
marino entre el tercer cuarto del siglo XIV y principios del siglo XV.
Los expertos creen que los cascos formaban un único conjunto
―posiblemente estuviesen embalados― cuando se sumergieron. “Por lo
tanto, es evidente que no se trata de ejemplares aislados perdidos en la
misma zona durante un periodo prolongado, sino de un grupo que se
hundió durante un único evento y permaneció in situ hasta su recuperación”. Su
sencilla confección, sus proporciones compactas y su idoneidad para
conjuntos defensivos ligeros llevan a pensar que se fabricaron en
talleres pequeños, pero se desconoce dónde: “Podrían ser una producción
local o regional ibérica para el mercado mediterráneo, o bien artículos
importados que llegaron a la costa española desde otras regiones”,
escriben. Dado que entre el tercer cuarto del siglo XIV y
principios del siglo XV se registraron profundas turbulencias políticas
y frecuentes conflictos armados, como la Guerra de los Cien Años
que asoló toda Europa, el lote de cascos de infantería podría tener
como destino una amplia gama de actores militares: tropas del Reino de
Valencia, compañías mercenarias o milicias formadas por pueblos y
comunidades que gozaban de cierto grado de autonomía militar local. Además,
desde mediados del siglo XIV en adelante, la piratería islámica a lo
largo de la costa valenciana realizó numerosas incursiones y supuso una
amenaza persistente y estructural. Tras los primeros avistamientos en la
década de 1350 y ataques intermitentes durante la década de 1360, las
incursiones otomanas se volvieron recurrentes a partir de la década de
1370, alcanzando su punto álgido en las últimas décadas del siglo,
cuando el Mediterráneo occidental vivió el apogeo de la piratería
bajomedieval. Estos ataques, concentrados a lo largo del litoral sur de
Valencia debido a su proximidad a bases norteafricanas y granadinas, y a
una geomorfología costera favorable, impulsaron la progresiva
militarización de la costa, que pasó a funcionar como frontera marítima.
“Las respuestas defensivas incluyeron la construcción
de torres costeras y asentamientos fortificados, así como la
movilización de milicias y guarniciones organizadas localmente, sobre
todo a finales del siglo XIV y hasta el XV”, concluyen los
especialistas. Y, claro, todos necesitaban cascos. El armamento pertenecía a un buque francés del siglo XVII y los 18 lingotes eran de contrabando Los arqueólogos Ernesto Toboso Suárez y Josefa Martí Solano, de Gerión Arqueología y el Centro de Arqueología Subacuática del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, han hecho público en su estudio Extracción y documentación de la artillería procedente del pecio Delta I
que se han hallado en la bahía de Cádiz 27 cañones de un barco francés
del siglo XVII y 18 lingotes de plata, con aproximadamente media
tonelada de peso. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’.Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí]. El descubrimiento —del que se da cuenta en las ahora publicadas Actas del I Congreso Iberoamericano de Arqueología Náutica y Subacuática (2021)—
es consecuencia de “los dragados realizados para la construcción de la
nueva terminal de contenedores en Cádiz”. Gracias a esas obras, se
hallaron tres pecios (Delta I, II y III). Las piezas estudiadas pertenecen al Delta I, del que se desconoce, por el momento, el nombre con que fue botado. Los
arqueólogos reconocen que el hallazgo está “descontextualizado del
pecio”. No se sabe si los cañones se distribuyeron alrededor del barco
tras su hundimiento o cambiaron de sitio por las labores de dragado.
Tres de las piezas presentan pérdidas: a una le falta la boca y a la
tercera, un muñón. “Estos cañones inservibles para el disparo podrían
formar parte del lastre, o tal vez la pérdida se produjo por su uso a
bordo en momentos previos al naufragio. Cabe destacar que no se han
encontrado restos de cureñas”. Toboso
y Martí llegan a la conclusión de que “se trata de un barco de
construcción iberoatlántica”. Del análisis de la artillería, extraen que
era una nave “al servicio de Francia”. En concreto, sería un barco
francés con una carga de piezas de artillería suecas (finbankers),
comerciadas a través de mercaderes holandeses, que eran los
intermediarios en este tipo de productos. En total, han documentado
cinco calibres diferentes del tercer cuarto del siglo XVII. Los
arqueólogos encontraron además 18 lingotes de plata “que se embarcaron
como contrabando, con un peso aproximado de media tonelada”. En uno de
los lingotes aparecía la fecha de acuñación: 1667. “El comercio de
metales preciosos estaba fuertemente fiscalizado desde la Administración
española y, a pesar de que Sevilla ostentaba el monopolio, Cádiz, por
sus inmejorables condiciones naturales, era también utilizada para la
carga y descarga de los galeones procedentes de América”. Estos
descendientes de los hunos, de los que no se tenía constancia en la
península Ibérica, llegaron como soldados o como esclavos de los
bizantinos en el siglo VI Los ávaros eran un pueblo que procedía de las estepas asiáticas, sucesores de los hunos,
y que se establecieron en el este de Europa a partir del siglo VI. De
ellos, no había ningún rastro en la península Ibérica hasta que María Teresa Ximénez de Embún, del Museo Arqueológico de Alicante,
y su equipo comenzaron a excavar el yacimiento de Cabezo del Molino, en
Rojales (Alicante). En una elevación de solo 31 metros sobre el nivel
del mar y adyacente al río Segura, localizaron una necrópolis con 46
tumbas y 87 individuos en su interior. Cinco de los varones enterrados
allí podrían ser, casi con total seguridad, jinetes ávaros, poblaciones
esteparias que, en teoría, nunca cruzaron los Pirineos. Por tanto, “¿qué
hacían allí esos restos, en Alicante, a pocos kilómetros de Murcia?”,
se preguntaron estupefactos los arqueólogos. Siete años han tardado los expertos del Museo Arqueológico de Alicante, la Universidad Isabel I y el Instituto Max Planck
de Jena (Alemania) en encontrar sentido a este puzle arqueológico de
piezas que no encajaban. Lo primero que les llamó la atención fue que el
porcentaje de infantiles, de entre 6 y 14 años de edad, enterrados en
la necrópolis superaba con mucho lo habitual para esa época. Lo lógico
es que la mortandad entre niños menores de un año sea muy superior a la
de los que habían superado el periodo crítico de los seis o siete años.
Las posibilidades de morir en los primeros doce meses de vida eran
elevadísimas en el tardoimperio, no así cuando se alcanzaba la
preadolescencia. De hecho, los romanos solo ponían nombre a los menores
cuando habían cumplido un año de vida. Pero en el Cabezo del Molino no
se cumple esa regla. Los cadáveres de niños menores de siete años
representan el 23% de los enterrados; de 7 a 14 años, el 32%; mientras
que de 29 a 50 años, solo el 11%. “Lo cual es totalmente atípico”, dice
Ximénez de Embún. Los
inhumados compartían, además, dos rasgos epigenéticos muy particulares:
el moño occipital (una protuberancia en la parte trasera del cráneo) y
los tubérculos mentonianos (conocidos como hoyuelo en la barbilla, al
estilo de Kirk Douglas).
“No digo”, bromea la arqueóloga, “que se parecieran a Douglas, pero el
hoyuelo era el mismo”. En cuanto al moño occipital, asegura que es muy
común en individuos con procedencia del Mediterráneo oriental y pone
como ejemplo al exportero del Barcelona Víctor Valdés. Los
esqueletos de las mujeres enterradas confirman que eran personas
gráciles, sin demasiadas patologías y que no superaban el 1,55 metros de
altura, como correspondía a una población local de origen peninsular,
pero que, tras el paso del mundo romano, ya se encontraba muy mezclada
genéticamente. Pero lo que dejó estupefacta a la arqueóloga fue
descubrir que enterrados en este otero de Alicante había dos tipos de
hombres: unos enormemente musculados en los brazos y de 1,80 metros de
altura (para identificarlos rápidamente, los arqueólogos les han puesto
nombres de superhéroes de Marvel)
y otros cinco, gráciles, que no alcanzaban el 1,65. Al principio, se
pensó que estos últimos eran mujeres. La mayoría de ellos parecían haber
sufrido, además, caídas importantes evidenciadas por patologías
relacionadas con roturas de brazos, piernas y, sobre todo, clavículas.
Nada tenía sentido. Hasta
que María Teresa Ximénez de Embún fue conocedora de la brutal caída del
motociclista Marc Márquez en la que se rompió la clavícula. “Exacto.
¡Eran jinetes!”, concluyó. Los análisis genéticos llevados a cabo en el
Instituto Max Planck no dejaban lugar a dudas: se trataba de individuos
procedentes de las estepas asiáticas. De hecho, el primero de este grupo
humano analizado ha recibido el nombre del corredor catalán. Los
siglos VI y VII se caracterizaron por un fortísimo enfrentamiento
militar entre las tropas visigodas, que dominaban el centro peninsular, y los bizantinos,
que se habían establecido en la costa mediterránea y que conformaron lo
que ellos llamaban la provincia de Spania. Su capital era Cartagena, la
llamada Carthago Spartaria. A través de san Isidoro de Sevilla, se
conoce que en el año 552 el rey visigodo Atanagildo
solicitó al emperador bizantino Justiniano tropas para combatir a su
rival Ágila I. A mediados del siglo VI, llegaron los soldados de
Constantinopla a la península y se establecieron en las actuales
provincias de Alicante, Murcia y de Andalucía Oriental. Los
bizantinos sí estaban en contacto directo con los ávaros en el este
europeo, por lo que los cadáveres de los jinetes de las estepas hallados
en Alicante podían pertenecer a soldados reclutados o a esclavos
llevados por los bizantinos a la península. “Aún no lo sabemos”, admite
Ximénez de Embún. Otra
de las sorpresas de la necrópolis de Rojales es que en cada tumba había
más de un individuo enterrado, hasta cuatro en algunos casos, y que en
muchas ocasiones se trataba de adultos acompañados de niños. Los
análisis genéticos realizados en el yacimiento han permitido averiguar
algunas de las relaciones existentes entre estos individuos. Llama la
atención que apenas se localizan a los padres biológicos de los menores,
pero sí a madres, tíos y tías por vía materna. Todo seguía siendo un
sinsentido. La respuesta, o hipótesis con la que está
trabajando el equipo, es que se trataba de una sociedad matrilineal, en
la que las mujeres se inhumaban con sus hermanos y sus hijos, pero no
con su marido, ya que este no tenía la potestad familiar. Las 46 tumbas
presentan, además, una interesante característica: nunca fueron
expoliadas, por lo que los expertos pueden aplicar las más novedosas
técnicas de investigación. Todas están orientadas noroeste-sureste, con
la cabeza del fallecido hacia occidente. Los muertos eran cubiertos con
un sudario y fueron colocados en posición decúbito supino. Sus cuerpos
estaban cubiertos por losas de piedra. Los bizantinos eran cristianos,
por lo que esperaban la resurrección de Cristo. La posición este-oeste
permitía que, cuando este resucitase, los fallecidos se levantaran y lo
vieran directamente. La solución al complejo puzle
arqueológico del Cabezo del Molino se halló al analizar el cuerpo de una
joven local, llamada “la guapa” por su buen estado de conservación, y
su hija de dos años, ya que ambas contaban con evidencias de un mismo
patógeno: la bacteria Yersinia pestis, la temible Peste de Justiniano, que diezmó a Europa a partir del año 541. Los
expertos comprobaron entonces que el resto de los individuos de la
necrópolis también podría haber muerto por peste bubónica. Estaban ante
un cementerio de apestados. Por eso, había enterrados más niños, menos
resistentes a la bacteria. En el caso de las niñas, casi todas llevaban
ajuar, eran vestidas de novia y acompañadas de adultos. “Estos
familiares darían el visto bueno a su matrimonio en el Más Allá”. Si
este fue un cementerio abierto ex profeso para enterrar a los
fallecidos por la peste, ahora, dice Ximénez de Embún, falta encontrar
el del resto de la población. “En eso estamos”, afirma. Solo
existen cinco copas semejantes en el mundo y se recibían o se compraban
como “recuerdo” por la defensa del Muro de Adriano en Gran Bretaña Solo hay cinco ejemplares en el mundo. El último ha sido encontrado recientemente, y de forma casual, en el municipio soriano de Berlanga de Duero.
Es uno de los mejor conservados de la serie de copas de bronce
conocidas como Hadrian’s Wall Pans, Fort Pans o Copas del Muro de
Adriano, según revela un informe firmado por expertos del Instituto
Caetra, el Museo Arqueológico Nacional, el Instituto de Arqueología de
Mérida, el Instituto de Historia (IH-CSIC) y 3D Stoa Heritage and Technology y publicado en la revista Britannia. La
primera de estas copas se descubrió hace más de dos siglos en el
municipio de Rudge, un pueblo del oeste de Inglaterra. Se trata de “uno
los objetos que más ha fascinado a los investigadores del mundo romano”,
indica el estudio. A este cuenco de solo 9 centímetros de diámetro, se
lo conoce como Copa de Rudge. Su decoración, con esmalte que rellena
pequeñas celdas talladas en el metal, fue interpretada “como una de las
representaciones más antiguas del Muro de Adriano, la construcción
romana más emblemática de la isla”. El interés por la
pieza aumentó cuando se reconocieron en el borde de la copa los nombres
de cinco fuertes del Muro, correspondientes a los ubicados en su sector
central”. Ahora, la hallada en Berlanga de Duero muestra los campamentos
del área este: Cilurnum, Onno, Vindobala y Condercum. Este
tipo de recipientes esmaltados, debido a su calidad artesanal y a los
materiales utilizados, eran objetos de prestigio de la élite militar
“tras haber servido en el Muro de Adriano, una de las fronteras más conocidas [y peligrosas] del mundo romano”. Se trataba de un limes
o límite del imperio de 117 km, entre las actuales ciudades inglesas de
Carlisle y Newcastle, que fue construido y fortificado por el emperador Adriano entre los años 122 y 128. Su
finalidad ―alcanzaba hasta los cuatro metros de altura y sus torres
nueve metros― era mantener los límites del imperio al norte de las islas
británicas e impedir el avance de los temibles pictos, un pueblo
indígena. A lo largo del muro, se situaron diversos campamentos
militares que albergaban a legionarios romanos venidos de distintos
puntos geográficos del imperio. Es Patrimonio de la Humanidad desde
1987. La mayoría de los investigadores coinciden en
interpretar estas copas “como regalos o condecoraciones recibidos por
haber servido en la frontera británica”, aunque también pudo ser
adquirida por el militar como recuerdo de su experiencia. Los expertos
consideran que, en este caso, la copa perteneció a un celtíbero destinado en el Muro que
volvió a su lugar de origen, la Berlanga celtibérica, tras “servir en
Britania en diversas campañas o actividades relacionadas con el control
de los recursos mineros”. El estudio ―The Berlanga Cup. New evidence of Hadrian’s Wall pans found in Hispania Citerior (Spain)―, recuerda
que “hay evidencias arqueológicas de la presencia de celtíberos en el
Muro de Adriano en la Cohors I Celtiberorum, al igual que otros pueblos
hispanos, como los astures, que
estaban encuadrados en el Ala I Asturum y el Ala II Asturum Hispanorum.
Precisamente, en el siglo XIX, se localizó un fragmento de otra copa de
este tipo entre Zamora y León, que pudo haber vivido una suerte similar
a la de Berlanga. Se la conoce como Fragmento Hildeburgh, por el nombre
de su comprador. El Fragmento Hildeburg se conserva en el Victoria
& Albert Museum de Londres, mientras que la copa soriana se halla ya
en el Museo Numantino (Soria). La
copa de Berlanga posee una decoración esquemática que representa el
propio Muro, a través de un friso jalonado con torretas. Sobre ellas, se
han grabado los nombres de los cuatro campamentos citados. Es la única de todas las “copas del Muro de Adriano” que nombra a los situados en el sector este. Los
especialistas han generado, además, una representación digital en 3D de
la copa para facilitar su “investigación, difusión y documentación”.
“Gracias a este trabajo se ha realizado una anastilosis virtual
(recomposición) que devuelve a la pieza su forma original. Además, se ha
logrado un despliegue ortográfico de la pieza (es decir, una vista
plana de la lámina decorada que conforma la copa) que posibilita
analizar mejor los motivos morfológicos, decorativos y epigráficos del
objeto”. La Copa de Berlanga fue localizada en un
espacio conocido como La Cerrada de Arroyo, donde se realizó una
prospección arqueológica posterior. “Gracias a ella se pudieron
recuperar algunos materiales arqueológicos de la misma cronología y se
llevó a cabo una prospección geofísica con georradar. Esta última ha
permitido, por primera vez, certificar la presencia de estructuras
arqueológicas soterradas y relacionarlas con el contexto del hallazgo de
la copa”. La investigación hecha pública ahora ―realizada por Roberto De Pablo Martínez, Susana De Luis Mariño, Jesús García Sánchez, Ignacio Montero Ruiz y Pablo Aparicio Resco―
incluye también el estudio de la composición del metal y de los
esmaltes con los que se fabricó. Esto ha sido relevante porque ha
permitido demostrar la autenticidad de la pieza, afinar la cronología al
siglo II y determinar que las minas del metal empleado fueron,
probablemente, las situadas en Gales o Durham. La nave, cubierta por ocho metros de fango, se conserva en “excelante estado” al igual que su carga Sir Francis Drake era un pirata
—según los españoles—, un honorable marino —según los ingleses—,
comandado por la Isabel I de Inglaterra para acabar con las ciudades,
fortalezas, campos, granjas o súbditos de Felipe II allí donde
estuvieran. Drake distribuía sus ataques por ambos hemisferios sin
previo aviso. Podía arremeter contra Santo Domingo, las Canarias o la
Patagonia. No había límite. Uno de los puertos que atacó con gran éxito
fue el de Cádiz en 1587. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’. Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí]. En la bahía gaditana, Felipe II construía parte de la flota con la que tenía previsto atacar Inglaterra.
Por ello, Isabel I ordenó a Drake destruir aquellos amenazantes
galeones artillados que ponían en peligro su reino. Así, el marino
inglés, en una maniobra audaz, se adentró en el puerto andaluz y hundió
entre 30 y 35 naves hispanas, portuguesas o aliadas. Entre ellas, el italiano San Giorgio e Sant’Elmo Buonaventura, cuyas
bodegas estaban repletas de los más variados productos. El dragado de
la bahía de Cádiz ha permitido ahora recuperar el pecio del barco. Lo
cuenta el estudio multidisciplinar Ciencias experimentales en la arqueología subacuática: pecio Delta II (San Giorgio y Sant’Elmo Buonaventura). Empleando
técnicas de genómica, dendroarqueología, paleobiología, fisicoquímica,
arqueológica y archivística, los expertos han reconstruido el
hundimiento. Y mucho más. A solo unos ocho metros bajo el
fango, estaba la nave casi intacta. Fue enviada al fondo el 29 de abril
de 1587. “Los restos orgánicos localizados presentaban un excelente
estado de conservación debido al gran espesor de la capa de fango que el
pecio sepultado había mantenido, proporcionando un ambiente anaeróbico
que impidió el deterioro de un material frágil y, por tanto, de fácil
descomposición; el cual, por otro lado, presenta un gran valor
patrimonial y científico”. Además
de restos de animales, en el lugar se halló el cráneo de una mujer de
unos 25 a 35 años que presentaba un impacto en la frente. Los huesos de
los ejemplares corresponden a vacas, cerdos, caprinos y gallináceas. Se
han localizado también botijuelas o botijas, tanto completas como
selladas. En su interior guardaban aceitunas gordales en salmuera con
alcaparras, laurel, romero y orégano. También se han
determinado las enfermedades que la tripulación sufría al haberse
obtenido ácido desoxirribonucleico genómico (ADN) en el interior de las
vasijas: un patógeno causante de la neumonía y del Staphylococos de piel y del sistema respiratorio. El estudio es espectacular y está firmado por 11 destacadísimos expertos del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, la consultora Tanit Gestión Arqueológica, CSIC, DendroResearch Wageningen (Países Bajos), Sociedad de Ciencias Aranzadi, Universidad de La Laguna y Estación Biológica de Doñana. Igualmente,
durante el proceso de excavación del pecio se localizaron una serie de
barriles de madera que contenían un elemento denso, de color rojo que,
tras el análisis efectuado en la Universidad de La Laguna, se ha
identificado como Dactylopius coccus costa.
Se trata de un tinte procedente de un insecto, la cochinilla. Una
tintura que en el siglo XVI llegaba de Nueva España, concretamente de la
zona de Oaxaca, y que se convirtió a lo largo de la Edad Moderna en el
tercer producto más cotizado de América. Los barriles encontrados
–fabricados con madera del Báltico- fueron cortados entre los años 1586 y
1601, según los análisis. Acertaron de pleno, porque el barco se hundió
en el 1587. “En definitiva, el San Giorgio e Sant’Elmo Buonaventura, mientras
estaba fondeado frente a la ciudad de Cádiz, fue echado a fondo (entre
las cinco y las seis de la tarde del 29 de abril de 1587) por la armada
comandada por el corsario Francis Drake, siguiendo órdenes expresas de
la reina inglesa Isabel I”, concluye el estudio. Finalmente, el almirante español Álvaro de Bazán salió tras la flota de Drake, pero no llegó a tiempo y el vice admiral logró arribar a Inglaterra donde desembarcó una enorme fortuna. El boletín ‘Cuatro piedras’ de Vicente G. Olaya se envía cada lunes. Si quieres formar parte de la comunidad de ‘cuatropedreros’, apúntate aquí. Hasta el momento, todas las expediciones para encontrar el pecio y la tumba de 412 marinos han fracasado El Reina Regente fue
un crucero de la Armada española que entró en servicio en 1888, pero
que el 10 de marzo de 1895 naufragó en algún punto del Atlántico entre
Tánger y Cádiz. Toda su dotación (412 marinos) falleció y sus restos
nunca fueron encontrados. Las investigaciones que en su tiempo se
abrieron para localizarlo no dieron apenas resultados y la ubicación de
este gran barco, moderno y con grandes innovaciones técnicas, sigue
siendo un misterio. Pero ahora, el estudio Desaparición del Reina Regente: causas de su hundimiento y propuesta para su localización, firmado
por expertos de las universidades de Cádiz y Buenos Aires y de la
Armada española, propone, gracias al empleo de un modelo
físico-matemático y a la recuperación de documentación de la época, su
ubicación a no muchas millas de Tarifa, en Cádiz. Recuerdan los expertos —Óscar Santiago Ortega Pérez, Manuel Bethencourt Núñez, Nicolás C. Ciarlo y Tomás Fernández Montblanc—
que el barco recibió la orden de cumplir una misión sencilla. Debía
trasladar a unos representantes marroquíes de Cádiz a Tánger. En cuanto
los dejase en tierra, tenía que poner rumbo a la península para estar
presente en los actos de la botadura del acorazado Carlos V. El Reina Regente
cumplió la primera parte de la misión: atracó en la ciudad africana el 9
de marzo y al día siguiente inició el regreso. Pero justo en esa
jornada, se desató un gran temporal con vientos de 56 a 63 nudos y olas
de entre 6 y 9 metros de altura. Tras la tragedia, se
abrió una investigación, pero no resolvió los principales interrogantes.
Tampoco lo pudieron hacer las siguientes y numerosas exploraciones,
investigaciones y acciones que se emprendieron después. Por eso, las más
importantes preguntas siguen sin respuesta: ¿Fue el temporal la
principal causa del naufragio?, ¿presentaba el buque defectos de diseño y
construcción?, ¿por qué salió a la mar a pesar de las condiciones
climáticas adversas?, ¿estaba en buenas condiciones para afrontar el
temporal? Y, acaso la más fundamental, ¿dónde descansan los restos del Reina Regente y su dotación? Los
autores de la nueva investigación creen que no hubo una única causa
para el hundimiento y mencionan diversos motivos técnicos y hasta
políticos. Entre estos últimos, destacan “las continuas crisis sociales y
económicas que sufrió España durante todo el siglo XIX y que impidieron
desarrollar un programa sistemático para la necesaria regeneración y
mantenimiento de la Armada (...). Esta situación llevó a buscar
soluciones puntuales y de compromiso, principalmente en la industria
naval extranjera, lejos de cualquier programa coherente y con
perspectivas de futuro”. En un principio, el Reina Regente debía ser similar a los cruceros de la clase Australia de la Real Armada británica,
pero finalmente se decidió que su desplazamiento, eslora, manga y
calado fueran menores. Además, se realizó una importante modificación
del diseño inicial: se sustituyeron los cuatro cañones principales de
203 milímetros por otros de 240. Este cambio supuso un aumento de los
pesos altos en altura del buque, que afectaron negativamente sus
condiciones de estabilidad. El buque presentaba, además,
“importantes deficiencias de estanqueidad en varios compartimientos, así
como en los sistemas de inundación y achique. También sufría
deficiencias eléctricas en el alumbrado y en la alimentación de los
sistemas auxiliares. Además, las condiciones de habitabilidad e higiene
de la mayor parte de la dotación estaban lejos de los estándares mínimos
aceptables”. “Aunque estas deficiencias podían pasar prácticamente
inadvertidas en condiciones óptimas de navegación, en situación de
emergencia en la mar, sin embargo, limitaban de forma drástica la
capacidad de reacción de la dotación”, se lee en el informe. Los
especialistas han reconstruido también las condiciones meteorológicas
del día del hundimiento gracias a un documento sobre este temporal que
se encuentra en el Archivo Histórico del Real Observatorio de la Armada,
los diarios de navegación de los buques que navegaban en el estrecho de
Gibraltar en ese momento, así como los testimonios de sus capitanes y
de otros testigos. En el curso de la investigación, se contrastó que el temporal al que se enfrentó el Reina Regente fue muy semejante al que azotó las costas andaluzas a principios de marzo de 2018, la borrasca Emma. “Las
condiciones meteorológicas y oceanográficas durante el temporal
sirvieron como forzamiento de un modelo de dispersión lagrangiana que ha
permitido acotar el área de búsqueda", escriben. Los
expertos han recuperado también las declaraciones de los testigos
directos de las primeras maniobras del buque tras salir del puerto de
Tánger en dirección noroeste y hacia Cádiz. “Cabe destacar que todos
manifestaron, ya desde estos primeros momentos, que el buque daba
fuertes bandazos y sufría golpes de mar que barrían su cubierta,
haciendo desaparecer su proa bajo las aguas a cada momento”. El capitán del vapor inglés Mayfield, que sobre las 12.30 se encontraba a unas 12 millas de cabo Espartel (Tánger), declaró que avistó al Reina Regente con “fuertes bandazos, pero sin apreciarle ninguna avería”. Es la última noticia que se tuvo de él. Los
golpes de mar descritos por el británico tuvieron que aumentar “las
cantidades de agua embarcada, principalmente por el castillo y
facilitada por el bajo francobordo del buque. Esto provocaría
inundaciones progresivas en los compartimientos de más a proa, que
difícilmente podían ser controladas por la dotación a causa de las
deficiencias en la estanqueidad del buque y en los sistemas de achique”,
sostienen los expertos hispano-argentinos. Así,
los modelos matemáticos demuestran que el buque se escoró unos 30
grados por el viento. “Viendo peligrar su buque, en algún momento
después de que lo perdiera de vista el Mayfield, el comandante
habría abandonado su derrota en demanda de [hacia] Cádiz y puesto popa a
la mar para capear el temporal y buscar resguardo, posiblemente en la
bahía de Algeciras o a socaire de Punta Europa [Gibraltar]”. Pero cuando el Reina Regente
se encontraba en proximidades de Punta Camarinal (Tarifa), “una ola de
la longitud adecuada [enorme] probablemente alcanzó la cuaderna maestra y
acabó con sus ya mermadas condiciones de estabilidad, haciéndole
zozobrar y hundirse prácticamente al instante”, dicen los expertos. En
abril de 1895, se le ordenó al capitán de fragata Miguel Aguirre
investigar el testimonio de dos campesinos que afirmaban haber visto
desaparecer el Reina Regente en las proximidades de la playa de
Bolonia (Cádiz). En su informe, este alto oficial dio veracidad a estos
testimonios, localizó los puntos de avistamiento e incluso calculó,
mediante triangulación, una elipse dentro de la que se encontraría
teóricamente crucero. En los días y semanas posteriores a la
desaparición del buque, fueron encontrados restos del naufragio en
distintos lugares de la costa atlántica y mediterránea, en España y
África. Con estos datos, los expertos han determinado
una Área Inicial de Búsqueda (AIB) en la que han establecido una rejilla
con 460 puntos separados un kilómetro. “Desde cada uno de esos puntos
se lanzaron 100 combinaciones de partículas virtuales que simularían los
restos del naufragio. Las trayectorias de estas partículas se han
obtenido mediante la implementación de un modelo físico-matemático de
dispersión lagrangiana y utilizando los datos atmosféricos e
hidrodinámicos del temporal Emma”. Y concluyen:
“Los resultados preliminares obtenidos en la implementación del modelo a
partir de los restos del naufragio encontrados en distintos puntos de
la costa han permitido afinar la hipótesis del AIB [en las proximidades
de Punta Caraminal, Tarifa] como la zona más probable de ubicación del
pecio”. A partir de ello, proponen utilizar “medios de la
Armada y en sinergia con otros organismos y entidades de las distintas
administraciones del Estado con competencias en materia de patrimonio
cultural sumergido para encontrar y dar descanso a los 412 marinos
fallecidos y rendirles los honores y el homenaje que les corresponde”. ‘Marquesa’
reconstruye cómo una impostora se apropió con solo una tarjeta de
visita falsa de cientos de obras de arte incautadas tras la Guerra Civil
No sería justo decir que Marquesa. El mayor robo de arte de la historia de España
es un ensayo, pero tampoco una novela. Toma elementos de ambos géneros,
como las crónicas de sucesos bien contadas, esas que dejan atrapados a
los lectores y que les obligan a acercarse al quiosco diariamente ―o al
móvil― para saber cómo prosigue la historia que dejaron el día anterior.
Porque su autor, Peio H. Riaño, periodista de profesión, partió de una
noticia recogida por varios medios, entre ellos EL PAÍS, para
desarrollar una profunda investigación que le llevó a archivos,
hemerotecas y entrevistas personales. ¿Cómo fue posible que María Teresa
Álvarez Herreros de Tejada, falsa marquesa de Arnuossa, se hiciese
ilegalmente con unos 400 bienes artísticos de gran valor
sin que nadie lo impidiese? Solo dando su palabra de que aquellas
piezas incautadas durante la Guerra Civil eran de su propiedad, se quedó
―y revendió― pianos, crucifijos, ensaladeras, cuberterías completas,
jarras de cristal, cómodas, escritorios, marfiles, juegos de ajedrez,
tapices, enseres litúrgicos y cuadros. Riaño
da una respuesta a la pregunta: “Las autoridades franquistas no
quisieron ejercer un control exhaustivo sobre el extraordinario volumen
de arte del que debían responsabilizarse. La intención era vaciar cuanto
antes los almacenes y salas de museos, colapsados por obras huérfanas.
No deseaban reparar a los derrotados ni atender a la verdad. Con las
actas que firmaban los supuestos propietarios al recoger los bienes
reconocidos, la Administración se lavaba las manos ante cualquier
conflicto. Si mentían, no era su responsabilidad”. Esta
historia comienza durante la Guerra Civil, cuando las autoridades
republicanas ocultan en almacenes, cajas de seguridad, edificios
sindicales o de partidos políticos decenas de miles de obras de arte
para evitar que los bombardeos las dañen. Aproximadamente, unas 7.000
estaban bien embaladas y documentadas, otras 10.000 se agolpaban a su
suerte en sedes del sindicato anarquista FAI, el PSOE, las Brigadas Internacionales o el Socorro Rojo. Acabada
la guerra, las obras pasaron a manos del Gobierno franquista, pero
pronto surgió un problema. Muchos de sus propietarios o habían muerto, o
habían huido, o simplemente desconocían que sus propiedades se habían
salvado. Así que las nuevas autoridades, ante tan enorme volumen de
obras de arte a la espera de que sus dueños reales las reclamasen, las
distribuyeron y expusieron por diferentes edificios públicos de Madrid,
sobre mantas o sábanas, como si fueran piezas de fruta en un mercado:
sírvase usted mismo. Riaño describe
así cómo actuaba la falsa aristócrata: “Sus pautas delictivas podrían
hacer creer que no improvisaba, que desde el primer robo seguía un plan
como, por ejemplo, no repetir en el mismo almacén. Quizás prefiere
variar entre los centros, para no levantar sospechas. Sin embargo, no es
rigurosa con este patrón”. Y
continúa: “Martes, 9 de abril, indica al encargado del depósito del
Museo de Arte Moderno que entre lo expuesto en las salas hay tres
cuadros que le pertenecen: un Entierro de la sardina; un Apóstol, atribuido a El Greco; y un Retrato de caballero (desconocido), también atribuido al pintor griego". El
funcionario escribe en el recibo de entrega que los lienzos fueron
incautados en unos domicilios que no coinciden con la casa de quien
asegura ser la propietaria. Además, no presenta ningún documento que
demuestre su propiedad ni escribe una declaración jurada sobre las
pertenencias. “Incumple uno de los artículos más importantes de la norma
dictada por el Ministerio de Educación Nacional, pero el responsable
del control de los bienes también se salta el procedimiento. Y es algo
habitual. Simplemente, anota las irregularidades que se van a cometer en
la entrega y sigue con el papeleo...”. La falsa marquesa
podía toparse con los auténticos propietarios de los bienes que
reclamaba en alguno de los edificios donde se almacenaban. Entonces
retrocedía, se escabullía, desaparecía para evitar el escándalo. “No
importa que haya evidencias de la incoherencia en las pruebas, porque
nuestra protagonista disfruta de una especial capacidad para la
persuasión o de un salvoconducto para robar. Tampoco puede despreciarse
una connivencia económica con los funcionarios franquistas. María
Teresa Álvarez Herreros de Tejada monta un operativo imparable durante
casi una década”. Pero cuando las sospechas de sus
sustracciones empiezan a hacerse notorias, María Teresa inventa
antepasados a los que España debía mucho y que nunca fueron
recompensados. Hasta que tiene un hijo enfermo. Gime, exige, reclama y
logra un resarcimiento familiar por las penas sufridas en forma de
entrega de bienes de arte. Una simple tarjeta de visita con solo su
nombre y su marquesado y una falsa criada que la seguirá unos pasos por
detrás, le abrirán las puertas de los almacenes cargados de joyas. Si
alguien sospecha, se esfuma o lo denuncia por “rojo”. Ella, franquista
con pedigrí. “Nace
así un mito del expolio artístico. Quizá se inspira en la amplia ría
gallega, Arosa, para crear el nombre de su marquesado. Roba bienes desde
hace medio año y se inventa un título para seguir haciéndolo con total
impunidad. No tiene otra labor, no tiene trabajo, no tiene familia. No
es una coleccionista ni una amante del arte, es una mujer que ha
suplantado una personalidad aristócrata, que se ha construido a su
antojo para robar. El falso marquesado le permite vivir del engaño de la
imagen intachable y escapar ―sin dificultad― de los acreedores. Nadie
sabe quién es en realidad, ni de dónde procede su patrimonio, pero ha
diseñado un operativo con el que accede a una fuente de ingresos que
parece inagotable”, detalla Riaño. Finalmente, la
historia de María Teresa Álvarez Herreros de Tejada, como de otras más
que aparecen en paralelo en este relato, no acaba bien. El autor
describe el desenlace a su manera, entre la crónica policial, la
judicial o la novelesca. Al final, el lector no sabe si hay leído un
excelente ensayo o una apasionante novela. Da la sensación de que Riaño
comenzó haciendo periodismo y acabó escribiendo literatura. O al revés,
como los grandes redactores de sucesos. Al estilo de Margarita Landi, Manuel Marlasca Cosme o Jesús Duva. El Proyecto Herakles identifica 151 sitios arqueológicos de los que “no se tenía documentación previa” Entre
mayo de 2020 y marzo de 2023 estuvo en marcha el llamado Proyecto
Herakles, encabezado por los investigadores de la Universidad de Cádiz Felipe Cerezo Andreo y Alicia Arévalo González.
Buscaban ampliar los conocimientos sobre los yacimientos subacuáticos
que atesora la bahía de Algeciras. Ahora han hecho públicos los
resultados de su investigación en el estudio Entre
las columnas de Hércules, arqueología subacuática de un espacio
privilegiado. La bahía de Algeciras los primeros resultados del Proyecto
Herakles. Han localizado 34 pecios e identificado, al
menos, 151 sitios arqueológicos de los que no se tenía documentación
previa”, escriben. Corresponden a embarcaciones (barcos y submarinos) de
entre los siglos V a.C. y XX. La bahía de Algeciras y
el estrecho de Gibraltar han sido lugares estratégicos para la
navegación desde la Antigüedad. Su condición de vía de comunicación
entre el Mediterráneo y el Atlántico, así como entre Europa y África,
los han convertido en paisajes de gran importancia para la historia
marítima internacional. Sin embargo, pese a la intensa investigación
arqueológica que se ha desarrollado en los entornos de la bahía de
Algeciras, tierra adentro, apenas se ha profundizado en el conocimiento
de su patrimonio subacuático, aseveran. Pero ahora, en
apenas dos años de trabajo de campo, se ha obtenido información sobre
más de 150 nuevos yacimientos, que se unen a los 125 que se conocían
antes de 2019, de los cuales solo cuatro eran subacuáticos y de ellos
únicamente uno podía ser considerado un naufragio, el pecio de la Ballanera (un barco del siglo XVII con un cargamento cerámico italiano). Los
autores del informe afirman que este patrimonio subacuático de la bahía
está “sometido a una serie de riesgos de alto impacto, como son la
actividad portuaria, la industrial, la turística, el desarrollo
urbanístico y acciones pueden ocasionar cambios en el medio marino y en
sus recursos naturales y culturales”. Si bien es cierto que la bahía
cuenta con la figura de protección de Servidumbre Arqueológica que, en
teoría, protege el patrimonio que potencialmente exista bajo sus aguas,
en la práctica, el deterioro del mismo es notable. Para
llegar a estos resultados, emplearon “técnicas geofísicas y de
documentación digital rápidas, eficientes y con las que, en el mínimo de
tiempo de trabajo y de intervención sobre el bien patrimonial, se
pudiera obtener el máximo de información posible”, dicen. En
la bahía de Algeciras están documentados unos 2.000 naufragios desde el
siglo XVIII a la Segunda Guerra Mundial. El 81% correspondía a
embarcaciones mercantes. Del total, el 36% es británico,
el 25% español y, en tercer lugar, un 8% estadounidenses. De todas
formas, hay una laguna histórica importante entre los siglos XVI y XVII
“debido a la pérdida del Archivo de Gibraltar” por la toma del Peñón por
parte de los británicos. Mapas y cartas náuticas se han
estudiado 128. El 88% es del siglo XVIII, “anteriores a las grandes
transformaciones de la bahía y dragados modernos”. Igualmente, el equipo
investigador ―Felipe Cerezo, Raúl González Gallero, Carlota
Pérez‐Reverte, Nicolás Ciarlo, Soledad Solana, Alberto Salas, Elisa
Fernández Tudela, Habana Sánchez, José Bettencourt, Marina Goñalons,
Sergio José López y Alicia Arévalo― ha completado la información con
fotografías subacuáticas de los años 70 y 80 (del archivo de Félix Rodríguez Lloret,
pionero del buceo en la zona), lo que les ha “permitido relocalizar
varios yacimientos y evaluar el cambio del medio marino causado por la
actividad industrial en la bahía y, especialmente, el ocasionado por el
alga invasora Rugulopteryx okamurae”. Las
intervenciones arqueológicas y geofísicas en la bahía fueron llevadas a
cabo por equipos de la Universidad de Cádiz, el Laboratorio de
Arqueología y Prehistoria, la Sección de Vehículos Marinos no Tripulados
del Instituto Universitario de Investigación Marina y el Instituto
Hidrográfico de la Marina. Así, entre otros, localizaron el pecio del Puente Mayorga IV.
“Un excepcional ejemplo de construcción naval conservada a muy escasa
profundidad, el único que se ha trabajado con metodología intrusiva”. Se
trata de una lancha cañonera de finales del siglo XVIII, un tipo de
embarcación muy poco conocida arqueológicamente”. Los expertos añaden: “De los 151 yacimientos identificados hasta marzo de 2023, el 24% ha sido estudiado y documentado. Siete son del periodo púnico; el más antiguo, del siglo V a.C., es el pecio del Timoncillo I. Hay 23 yacimientos del periodo romano. También se han podido confirmar dos pecios tardorromanos, como El Anclote,
cuatro medievales y 24 de época moderna; estos últimos de diversas
nacionalidades y tipologías, en parte vinculados a los conflictos por el
control del Estrecho y, especialmente, de Gibraltar”. Los
arqueólogos admiten que el patrimonio arqueológico subacuático que han
localizado se encuentra “prácticamente en su totalidad, a menos de 10
metros de profundidad. Gran parte se está desenterrando a causa de la
modificación de las dinámicas de transporte de sedimentos marinos,
provocada por las obras portuarias y el cambio climático”, “en un riesgo
importante de deterioro natural y antrópico”. Los
expertos admiten que solo han estudiado el 23% de la superficie de la
bahía, la más cercana a la costa. “Las zonas más profundas se ven
afectadas en la actualidad por la actividad de fondeo de los grandes
cargueros y embarcaciones, que fondean a 60 o 90 metros de profundidad
con pesadas cadenas y anclas de más de veinte toneladas”. Afirman que el
impacto “puede suponer daños irreversibles para su conservación” . En
estos momentos, indican, el 56% del patrimonio documentado se encuentra
en un buen estado de conservación, pero hay un 44% que requiere de
atención inmediata, estudio y protección. Y mencionan los pecios del Timoncillo I (siglo V a.C.), el Guadarranque III (siglo I a.C.), el pecio medieval de cronología meriní el Rinconcillo, el Rinconcillo VIII (siglo XVII), Arroyo de los Patos II (XVIII), Puente Mayorga II (siglo XVII) y Puente Mayorga IV (siglo XVIII-XIX). Y
concluyen: “El mar está lleno de historias, historias de personas que
se movieron en barcos de los cuales algunos naufragaron. Estudiar,
proteger e interpretar estos sitios es responsabilidad de los
arqueólogos subacuáticos y de colegas de otros campos en un esfuerzo
interdisciplinario. Darlos a conocer a la ciudadanía es responsabilidad
de todos”. El
arqueólogo alemán Adolf Schulten, al no encontrar restos de la cultura
tartésica, provocó una mayúscula confusión que perdura un siglo después La comunidad arqueológica se vuelca en defensa de Juan Cabré y Recópolis ,,, 6.7.26



¿De quién es el tesoro del navío español ‘Oriflame’? ¿De un peruano o de un catalán?





Identificado un amuleto egipcio con el nombre de un faraón en una tumba íbera de Ciudad Real




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Lope de Vega no mintió: se embarcó en la Gran Armada contra Inglaterra

El infierno en 125 metros cuadrados



Tarteso
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208 páginas. 21,75 eurosIdentificados 43 cascos medievales hallados en aguas de Castellón




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Hallados 27 cañones y media tonelada de plata en aguas de la bahía de Cádiz



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Hallada en Soria una distinción militar romana entregada a un soldado celtíbero



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Hallado en la bahía de Cádiz un barco italiano casi intacto hundido por el pirata Drake en el siglo XVI



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Un estudio físico-matemático señala las aguas de Tarifa como el lugar donde se hundió en 1895 el gran crucero ‘Reina Regente’




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Marquesa. El mayor robo de arte de la historia de España
Antonio Machado Libros, 2026
278 páginas. 18,90 euros
Localizados en la bahía de Algeciras 34 pecios de naves naufragadas entre los siglos V antes de Cristo y XX



El enorme lío de Tarteso y la Atlántida

La cultura tartésica es uno de los temas más apasionantes de la Arqueología mundial. Pero también lo es de la Historia Antigua. Y eso genera un problema descomunal, porque ambas disciplinas no coinciden a la hora de definir qué era exactamente Tarteso. La primera referencia a esta civilización proviene “del siglo XVI, en la Crónica General de España, donde ya se habla de su longevo monarca Argantonio como una muestra de la antigüedad y legitimidad de la monarquía española”. Todo esto lo cuenta en el ameno y educativo artículo Tarteso: pasado, presente y futuro. Esther Rodríguez González, del Instituto de Arqueología (CSIC–Junta de Extremadura) y codirectora del yacimiento tartésico de El Turuñuelo, la joya de la corona de arqueología nacional. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’. Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí].
Relata Rodríguez en la revista Complutum que el comienzo del embrollo parte del arqueólogo alemán Adolf Schulten (1870-1960), que, como no pudo encontrar a Tarteso, aseguró que se lo había tragado el mar, por lo que llegó a la conclusión de que Tarteso era la Atlántida de la que hablaba Platón. Asunto arreglao.
Schulten, al que se le atribuye el descubrimiento de Numancia —en realidad fue el español Eduardo Saavedra y Moragas en 1861, pero de eso nadie se acuerda—, ya montó otro lío en la ciudad soriana, del que hablaremos otro día. Admito que este personaje no me cae nada bien: se llevó numerosísimos objetos a Alemania y nunca los devolvió. Solo el Museo de Mainz en Alemania tiene casi 500. En fin...

“La falta de un consenso a nivel científico nos ha colocado al límite de corromper el significado original de Tarteso, hasta convertirlo en un auténtico comodín adaptable a las necesidades de cada uno”, asevera Rodríguez. De todas formas, en las últimas décadas, las investigaciones en torno a esta cultura han avanzado y evolucionado a pasos agigantados, hasta el punto de haber reavivado debates que parecían haber quedado apaciguados.
Esto se debe, en buena medida, a los avances que la arqueología ha experimentado en enclaves como Huelva, cuyo patrimonio vinculado a Tarteso es más que significativo, pero también es consecuencia de la plena incorporación a la geografía de Tarteso de nuevos enclaves y territorios al norte de la provincia onubense. Ahora se sabe que todo el valle medio del Guadiana formaba parte de esta civilización y que los hallazgos realizados en esta zona “son hoy los que mayores novedades están aportando por su excelente estado de conservación”.
Se queja la experta de que Tarteso es foco de “uno de los debates históricos más controvertidos, carente de un consenso dentro de la investigación”. Las preguntas que no han sido resueltas y que provocan la controversia son: ¿Cuáles eran sus límites geográficos y cronológicos? ¿Y cuál era su composición étnica cultural? Dice la autora que el debate es tan intenso “que se ha producido una quiebra del diálogo entre la Arqueología y la Historia Antigua”, las dos fuentes fundamentales para conocer el pasado.
Y para más inri, han aparecido los pseudohistoriadores. Mediante numerosos “títulos y recursos carentes de una base científica, están propiciando la banalización del término Tarteso. Quizás el mejor ejemplo de ello sea la tan popularizada, a la par que infundada, vinculación entre Tarteso y la Atlántida, un mito que no ha dejado de alimentarse desde que Schulten lo creara como consecuencia de su frustración por no encontrar la ciudad de Tarteso”.
Ya dije que el Schulten este no era de fiar. Otro día hablaremos de él, porque era un personaje, con todo, fascinante.
En el boletín ‘Cuatro piedras’, Vicente G. Olaya recoge cada lunes historias como estas, además del repaso a las últimas noticias de hace siglos. Si también quieres formar parte de la comunidad de ‘cuatropedreros’,apúntate aquí.
El misterio del segundo bronce celtíbero más importante conocido y que oculta un particular
La pieza ahora traducida, de valor incalculable, fue escrita en alfabeto latino, lo que permite a los expertos acercarse más a la pronunciación de este idioma prerromano

En enero de 2024, el lingüista Joaquín Gorrochategui, de la Universidad del País Vasco, y la profesora María Cruz González fueron avisados de la existencia de cinco fotografías de un bronce prerromano completamente desconocido. “Al ver las imágenes, rápidamente comprendimos que se trataba de una pieza celtibérica, aparentemente en buen estado y con características epigráficas y lingüísticas de gran interés. A través de un colega, hicimos llegar al propietario nuestro deseo de realizar una autopsia del epígrafe y eventual estudio, a lo que este accedió sin ningún problema”, relata Gorrochategui en el estudio Bronce celtibérico en alfabeto latino de Igedankom, Complutum, Alcalá de Henares (Madrid). Avance, publicado en la revista Veleia.
En abril de ese año, se reunieron en un hotel con el dueño del objeto. Lo analizaron, lo midieron y lo fotografiaron “durante la mañana de ese día solos, sin ninguna interferencia”. Acabado el trabajo, lo devolvieron, pero pidieron al propietario que les permitiera llevar a cabo “una limpieza por parte de laboratorios especializados en restauración y conservación, un análisis metalográfico del bronce y cuantos estudios sectoriales se necesitaran a cargo de diferentes especialistas”. El dueño afirmó que estaba pensando en una “eventual donación a una institución pública”. Pero nunca más lo han vuelto a ver.
El 12 de agosto de 2024, “sorprendentemente se filtró una imagen del bronce en internet, pero la fotografía [de no muy buena calidad] fue retirada de inmediato”. Sin embargo, a los arqueólogos y epigrafistas Martín Almagro-Gorbea y Xaberio Ballester les dio tiempo a copiarla y estudiarla. Poco después, la profesora Blanca María Prósper y el experto Max Turiel comenzaron a publicar opúsculos sobre la enigmática imagen. “Teniendo en cuenta que las publicaciones existentes hasta ahora se basan en lecturas, aunque no coincidentes, obtenidas todas ellas a partir de una única fotografía deficiente, es necesario ofrecer ahora una lectura del texto más ajustada a la realidad, con los datos epigráficos obtenidos de la inspección ocular”, asevera Gorrochategui.
El que ya se conoce como Bronce de Meditón ―el nombre del principal personaje que se menciona en el objeto― recoge “un pacto de hospitalidad entre este individuo y la ciudad carpetana de Igedankom”, en época romana Complutum y en la actualidad Alcalá de Henares. La ciudad concede derechos ciudadanos al termestino (de Tiermes, Soria) Meditón o Meditos por decisión de unos magistrados o curatores mencionados al final del epígrafe.

En definitiva, se trata de un texto celtibérico de gran importancia por su longitud (nueve líneas con 32 palabras, más una abreviatura), su relativa buena conservación, el uso del alfabeto latino que asegura la fonética de un número considerable de palabras, la fase avanzada de la lengua y la presencia de algunas formas y categorías gramaticales hasta ahora desconocidas. Fue escrito en época de Augusto entre los años 27 a. C. y 14 d. C.
El texto está redactado en lengua celtibérica y en alfabeto latino, con una técnica de punteado. Las palabras están separadas por puntos. Aparecen todas las letras latinas que tenían correspondencia exacta o aproximada con el sistema fonológico del celtibérico. Faltan, por tanto, las letras F, H, K, P, X, Y y Z.
No hay ninguna constancia de que este bronce, que ahora pertenece a una colección particular, proceda de una excavación arqueológica profesional llevada a cabo más o menos recientemente. Es decir, fue expoliado hace años. Según el relato de su propietario, fue adquirido a un anticuario de la provincia de Madrid a comienzos de los años ochenta del pasado siglo por un miembro de su familia, habiendo permanecido desde entonces en la colección familiar. Afirmar que fue adquirido antes de 1985, cuando se aprobó la Ley de Patrimonio, impide que pueda ser requisado por las autoridades. “Yo sí creo al propietario”, afirma Gorrochategui en conversación con EL PAÍS. “Puede ser verdad lo que dice”.
Gorrochategui ha traducido el texto ―interpretado lo llama él―, pero dejando claro que “no es superfluo recordar que, a pesar de que la investigación de los últimos años ha aclarado muchos aspectos de la gramática y del léxico celtibéricos, estamos lejos de comprender cabalmente la mayoría de las inscripciones. Si bien existe un amplio consenso en la comprensión de los textos más cortos y repetitivos, entre los que contamos las téseras de hospitalidad, los textos más amplios presentan aún muchos puntos oscuros, a pesar de la existencia de sugerentes e interesantes propuestas interpretativas”.
Este epígrafe, “al estar entero, redactado en alfabeto latino, incluir términos y vocablos previamente conocidos en cierta clase de documentos y haber una secuencia perfectamente identificable de designaciones de personas en la primera y las tres últimas líneas del epígrafe”, es relativamente sencillo de traducir.
El lingüista concluye: “Nos hallamos ante uno de los textos celtibéricos más importantes que se conocen, por su extensión, su integridad textual y la naturaleza de su contenido, solamente por detrás de los grandes Bronces de Botorrita [11 líneas]. El hecho de estar redactado en alfabeto latino resulta ventajoso para conocer la fonética de las palabras con mayor precisión y exactitud”.
“El propietario me dijo que su intención era entregarlo”, asevera Gorrochategui. “Espero que sea así, porque es único”.










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