Hannah Arendt contra Nixon y Trump ,,,
En el actual Supremo se constituye una mayoría casi automática cuando se trata de cabalgar hacia la autocracia presidencial, pero tropieza con el texto de la Constitución cuando revisa derechos inscritos en los grandes documentos fundacionales

Un paso adelante, dos atrás. El final del curso judicial en el Tribunal Supremo ha llegado este año con dos sentencias que hacen historia. De un lado, ha rechazado la pretensión presidencial de eliminar el derecho constitucional a la ciudadanía para todos los nacidos en Estados Unidos. Del otro, ha reforzado los poderes presidenciales sobre las agencias independientes que solo respondían ante el Congreso. La tiranía avanza, pero su apuesta más alta, la de arruinar la idea fundacional de la república, la ciudadanía, ha sido derrotada.
Persiste la concentración del poder presidencial, impulsada por el principio del ejecutivo unitario adoptado por un Supremo fuertemente derechizado. Pero la autocracia vocacional instalada en la Casa Blanca no ha podido destruir el derecho más característico de un país construido por los inmigrantes y especialmente ejemplar en un momento de grandes movimientos migratorios y reacciones excluyentes en todo el mundo. En Europa, con los centros de internamiento externalizados, y en España, con la preferencia nacional adoptada por PP y Vox.
El presidente del Supremo, John Roberts, ha firmado estas dos sentencias contradictorias en vísperas del 250 aniversario de la declaración de independencia, evocada en su escrito para reforzar los poderes presidenciales: “Hace casi 250 años, los Padres Fundadores decidieron conferir el poder ejecutivo a una sola persona: el presidente de los Estados Unidos de América. Aún se recordaba la larga serie de abusos y usurpaciones de un rey que reinaba como un tirano. De hecho, varios delegados a la Convención Constitucional abogaron por un consejo plurinominal en lugar de la unidad en el poder ejecutivo, pues temían que este se convirtiera en el germen de la monarquía. Pero la unidad prevaleció”.
En cuanto a la ciudadanía, Roberts se remonta a la historia de la monarquía inglesa: “En tiempos de la Revolución Gloriosa de 1688 el vínculo creado por nacimiento era menos un deber que un derecho, fundamento de las antiguas libertades de los súbditos nacidos libres. Por eso los colonos exigieron los derechos de los ingleses hace más de 250 años. La ciudadanía, entonces y ahora, era el derecho a tener derechos: a participar libremente en nuestra comunidad política”.
En el actual Supremo se constituye una mayoría casi automática cuando se trata de cabalgar hacia la autocracia presidencial, pero tropieza con el texto de la Constitución cuando revisa derechos inscritos en los grandes documentos fundacionales —la declaración de Independencia, el Bill of Rights y las enmiendas constitucionales—, leídos literalmente y bajo su contextualización original por la mayoría de los magistrados. Irónicamente, la técnica de interpretación jurídica que ha proporcionado mayores reveses a la ampliación de derechos ha permitido ahora una coalición adversa frente a las pretensiones más extremistas del trumpismo, que quería excluir de la ciudadanía a los nacidos de padres inmigrantes sin papeles.
El triunfo ciudadano parte de la idea luminosa de una judía alemana refugiada en Estados Unidos en los años del nazismo, desposeída durante 18 años del derecho a tener derechos hasta que obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1951. No podía ignorarla el juez Roberts, redactor de la sentencia y seguro lector de Los orígenes del totalitarismo, el monumental ensayo sobre las raíces del nazismo y del Holocausto, donde Hannah Arendt da con este concepto profundamente republicano en los años en que todavía era una inmigrante ilegal en Manhattan.
El revés democrático se sitúa en la estela de Richard Nixon, el único presidente dimitido como resultado del Watergate, auténtico aunque modesto precursor de Trump en sus pretensiones autoritarias e iliberales, al que el vicepresidente J. D. Vance ha reivindicado como protomártir del Estado profundo. Según Nixon, todo lo que hacía el presidente debía ser legal por definición. No consiguió imponer su teoría ni siquiera a su propio partido, pero lo ha hecho Trump ahora, e incluso ha obtenido del Supremo la impunidad y la mayor ampliación de poderes de la historia.
Bajo control directo del presidente quedan más de 20 agencias y organismos reguladores hasta ahora independientes, algunos con más de un siglo de historia. Solo la política monetaria seguirá fuera de su alcance, pero tendrá manos libres para el resto de competencias, como comercio, telecomunicaciones o medio ambiente. Forma parte del desmantelamiento del Estado administrativo emprendido por el trumpismo y autorizado por el Supremo con la extraña excepción de la Reserva Federal, incoherente con la teoría del ejecutivo unitario.
Arendt tuvo duras palabras para Nixon, dimitido y amnistiado hace 50 años, cuando Estados Unidos celebraba su 200 aniversario bajo presidencia de Gerald Ford, también en plena crisis de la democracia. “Es como si un grupo de estafadores, más bien mafiosos sin talento, hubieran logrado apropiarse del gobierno de la potencia más poderosa del mundo”, escribió. Acertaba en todo, pero aquello era solo el aperitivo. Nixon, al que decapitó su propio partido, fue entonces el Juan Bautista del trumpismo ahora triunfante.
Invisibles y perdedores de todas las guerras
El liderazgo trumpista es garantía de cualquier cosa menos la paz. Nada termina y siempre deja a medio hacer lo más sustancial e importante, en Gaza, Líbano o Ucrania


No será fácil la aplicación de la tregua de 60 días acordada entre Estados Unidos e Irán. Las hostilidades no han cesado, ni en Líbano entre Hezbolá e Israel, ni en el estrecho de Ormuz entre Estados Unidos e Irán, incumpliendo así el primer y esencial punto del Memorándum de Entendimiento sobre el cese completo de cualquier actividad bélica. Antes de sentarse a negociar, también han aparecido divergencias sobre la interpretación del punto dedicado al programa nuclear iraní, el contencioso central en las conversaciones entre Washington y Teherán.
En la primera semana de tregua ha quedado claro que esta será tan frágil y relativa como todas las que Trump ha promovido hasta ahora, y que así será también la negociación, llena de agresividad, amenazas y rupturas, y continuación de la guerra por medios diplomáticos. Idénticas características tiene el programa piloto firmado entre Israel y Líbano bajo los auspicios de la Casa Blanca. Ni siquiera es propiamente una tregua, sino un mero acuerdo marco para la retirada israelí y desarme de Hezbolá en dos pequeñas zonas, sin participación alguna de la organización islamista ni plazos para la retirada total del sur del país. La guerra y la paz como categorías diferenciadas no valían para Oriente Próximo y no iba a ser Donald Trump con sus pretensiones como pacificador universal mediante el uso de la fuerza quien las cambiara.
A pesar de la fragilidad del alto el fuego, las vulneraciones por parte de ambos bandos y las interpretaciones divergentes sobre las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica ―perentorias e inmediatas, según Washington, y resultado de la futura negociación, según Teherán―, los precios del petróleo han regresado esta semana a los niveles anteriores a la guerra, se han comportado normalmente las bolsas y no se ha disparado la inflación. Esta es la única y momentánea victoria de Trump, que, si se sostiene, le permitirá obtener alguna renta de las elecciones de mitad de mandato de noviembre.
De momento, a nadie ha podido engañar. Entre republicanos y demócratas, israelíes e iraníes, palestinos y judíos, es creciente y casi unánime la impresión sobre la severa derrota política sufrida como resultado de la guerra librada contra el régimen de Teherán. Nada ha conseguido de lo que se había propuesto, el Memorándum tiene aires de capitulación y no hay aliado que no se sienta traicionado —las monarquías árabes, Israel, el Gobierno libanés, y la población iraní, por supuesto―.
Es significativa la atenuación de las bravuconadas iniciales sobre la resonante victoria militar obtenida. Partía de una brutal ecuación con gran predicamento entre sus partidarios: gana la guerra quien más destruye y más mata. La incapacidad para traducir los éxitos militares a la política ha facilitado las cosas al régimen iraní, que ha conseguido ganar en el Memorándum todo lo perdido bajo las bombas e incluso convertir el descabezamiento de su cúpula en una oportunidad. Sabiendo que Estados Unidos no soportaría el regreso a la guerra, ahora el control sobre Ormuz y el mantenimiento de una industria de enriquecimiento nuclear civil son las líneas rojas iraníes para la paz. Tampoco serán objeto de transacción ni el ámbito de la tregua, que incluye a Líbano, ni los sistemas de misiles defensivos a los que Irán tiene derecho como cualquier otro país.
Los éxitos de Trump no se miden con los criterios habituales. Se guían por los efectos inmediatos. Una vez obtenidos, pasa a otra cosa. No importa su fragilidad. Son como el oro que reluce en sus residencias y casinos. Basta con que aguanten un tiempo para decorar su gloria presidencial. Todo le aburre y de todo se cansa. Nada termina y siempre deja a medio hacer lo más sustancial e importante, en Gaza, Líbano o Ucrania. Sin olvidar el contenido real de su arte de los acuerdos, disparatado como acción diplomática, pero de una terrible eficacia como método de enriquecimiento. No da puntada ni en la paz ni en la guerra sin el hilo del provecho personal y familiar gracias al tráfico de influencias, la información privilegiada, la compra de voluntades y la extorsión que siempre acompañan a sus acciones políticas y diplomáticas.
El liderazgo trumpista es garantía de cualquier cosa menos la paz. Nadie piensa ya en los Acuerdos de Abraham. Se mantiene imperturbable la odiosa constante que define la región: con guerra o sin ella, en los breves periodos de tregua y en las largas temporadas de violencia, siempre salen perjudicados los mismos, la población civil y especialmente los palestinos. Serán utilizados por Irán en su negociación y seguirán ignorados por Trump y Netanyahu. Siempre pierden vidas, territorio, propiedades y derechos cuando estalla la violencia, pero los siguen perdiendo cuando hay paz. Hacinados y hambrientos en Gaza y acosados y desposeídos en Cisjordania, ni siquiera merecen una mención de pasada en el Memorándum de Entendimiento.
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La guerra de Irán no podía terminar peor para quienes la iniciaron. Para el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, Donald Trump, que asesinó en los primeros bombardeos al jefe del Estado iraní, Ali Jameneí, y para Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí que le convenció para que intentara derrocar al régimen de Teherán a bombazos. Ambos querían la rendición incondicional de la dictadura teocrática, pero han conseguido exactamente lo contrario. O, en todo caso lo más parecido a una rendición incondicional por parte de Estados Unidos, además de una descomunal bronca entre Trump y Netanyahu. Los dos están contra las cuerdas por opuestos motivos, como son la impopularidad de la guerra contra Irán entre el electorado republicano y su abrumadora aceptación por parte de la opinión pública israelí.
Se cumple un trágico guion conocido desde tiempos remotos. La fuerza no lo puede todo. En exceso, se revuelve contra quien se cree vencedor de antemano. El mejor general gana sin desenfundar el arma. La diplomacia agradece una discreta capacidad disuasiva, pero la fuerza militar sin diplomacia lleva a la derrota. Trump no lo sabía ni quiso saberlo cuando sus asesores le desaconsejaban el incierto camino bélico. Y lo ha olvidado un buen conocedor de la historia de David y Goliat como es Netanyahu. La arrogancia lleva a la perdición de quienes tienen un poder abrumador en sus manos.
El único motivo de satisfacción para todos es que la guerra entre Washington y Teherán ha terminado y es altamente improbable que se reanude. Pero no ha terminado para Netanyahu, que no ha sido consultado por Trump ni ha firmado el Memorándum de Entendimiento, e intentará sabotearlo con su guerra contra Hezbolá en Líbano. A menos que la Casa Blanca pase de la diatriba contra su socio israelí a la retirada de ayuda militar y económica y de apoyo político y diplomático. Netanyahu no puede aceptar la derrota política porque solo tiene la guerra como respuesta a las amenazas iraníes. Le sirve de paso para prescindir de los palestinos, la mitad de la población que vive entre el Jordán y el Mediterráneo, excluida de cualquier ecuación de futuro por el sionismo radicalizado y extremista.

Los términos del Memorándum no son precisamente tranquilizadores. A nada se ha comprometido la dictadura iraní, ahora enteramente militar, más pragmática y endurecida por la guerra. No hay novedad en su renuncia al arma nuclear: estaba literalmente en el acuerdo firmado por Obama en 2015. Podrá mantener sus programas de drones y misiles y proseguirá con su defensa adelantada mediante milicias subsidiarias como Hezbolá, cubierta por la específica mención del alcance de la tregua en Líbano. Y obtiene sustanciosos premios, como el levantamiento de las restricciones al comercio de petróleo y de las sanciones, la descongelación de haberes en el extranjero y la piñata de 300.000 millones de dólares para planes de reconstrucción, a cargo de las arcas árabes.
Trump declaró que el acuerdo de Obama era el peor de la historia, pero el Memorándum que ha firmado demuestra lo contrario. Sus escuetos 14 puntos solo pretenden terminar la guerra, abrir Ormuz al tráfico marítimo para evitar la recesión mundial y empezar una negociación sobre el programa nuclear, sin ningún compromiso previo por parte de Irán. Es decir, nada con sifón al lado del detallado acuerdo de 2015, 150 páginas negociadas durante casi dos años por los equipos científicos y diplomáticos de Obama, junto a la ONU, la UE, el Organismo Internacional de la Energía Atómica e incluso China y Rusia. Aquel pacto multilateral garantizaba 15 años de congelación del programa, inspecciones y controles minuciosos y abría el portillo diplomático a una apertura similar a la que China inició tras el viaje de Nixon y Kissinger a Pekín en 1972. Trump y Netanyahu recogen ahora los frutos de la semilla que sembraron en 2018 cuando sabotearon el acuerdo nuclear e Irán volvió progresivamente a enriquecer uranio sin control alguno.
Poco queda del prestigio de Estados Unidos tras este desgraciado envite. Su poder disuasivo es decreciente. Una vez más, el imperio deja tirados a sus aliados. Quien alberga sus bases no compra seguridad, sino que se convierte en blanco seguro de los enemigos del imperio. Trump ha traicionado a todos, pero especialmente a iraníes e israelíes, aunque pocos pueden reprochárselo. No se le va a echar en cara a quien le gustan las dictaduras que haya reforzado a una de las más crueles y sanguinarias de nuestro mundo. Ni a quien desprecia a los humildes, a los perdedores y a los desposeídos que haya engañado a los iraníes, a los que animó a proseguir las protestas cuando estaban sufriendo una represión sin límites y en vez de acudir en su auxilio se lanzó irreflexivamente a la guerra para firmar luego una paz que refuerza a sus opresores.
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Trump y Putin están fracasando en las guerras que han emprendido, lo que les hará perder autoridad y prestigio

Vladímir Putin y Donald Trump están en horas bajas. Será fruto del azar o resultado de una semejante concepción del poder, pero ambos tienen motivos de preocupación sobre su futuro. Están hermanados en muchas cosas, pero la circunstancia que más les acerca es su actual fracaso en las guerras que ambos han emprendido, cegados por la confianza en la fuerza de sus respectivos ejércitos y el desprecio compartido por la diplomacia y la legalidad internacional.
Las guerras suelen tener malos profetas. Nada puede darse por perdido mientras los contendientes conservan la voluntad de combatir. Soberbios planes suelen convertirse en papel mojado en cuanto los ejércitos entran en combate. Así le sucedió a Putin con Ucrania y le acaba de pasar a Trump con Irán. Los apostadores precipitados se han quedado sin blanca. Los ucranios no están perdiendo y los iraníes, tampoco. Ni rusos ni estadounidenses están ganando y, lo que es más serio, tampoco saben cómo ganar, ni tan siquiera cómo hacer una paz decente que no les devore a todos.
Nadie saldrá bien librado. Los fuertes perderán al menos autoridad y prestigio, incluso posiciones en la escena internacional, además de sufrir la humillante ausencia de la victoria, y los débiles saldrán todavía más débiles, pero si no pierden les quedará el orgullo, que no es poco, tratándose de guerras existenciales en las que basta con sobrevivir, como muy bien reza el viejo dicho español: quien resiste gana. Si alguien sacará provecho es quien mire los toros desde la barrera, como Xi Jinping, también autócrata, quizás el autócrata perfecto por su estratégico desconocimiento de la desmesura, el pecado de hybris que los dioses griegos castigaban con la ceguera y la destrucción.
Ambos, el autócrata titulado y el aspirante vocacional, creyeron en los poderes sin límites de sus respectivos ejércitos y de su propia inteligencia natural, pero tropezaron con los límites de la fuerza y con la inteligencia limitada de cada uno de ellos. Coinciden ahora en el bache, pero sus coincidencias vienen de lejos, incluso anteriores a la llegada de Trump a la Casa Blanca. Comparten un mismo talante personalista y autoritario, aunque en el ruso de profunda tradición despótica y en el estadounidense a contrapelo de la tradición democrática de su país.
También exhiben idénticas pretensiones expansionistas e imperiales, animadas por instintos corruptos de calibre faraónico. Peores cuanto más ocultos y discretos en el ruso, pero más corrosivos en el americano, que exhibe su presidencia como el derecho a robar y a acumular todos los poderes en la democracia en uno solo. Nada es grande en las respectivas ideas nostálgicas que pregonan para recuperar el pasado idealizado de Rusia y de Estados Unidos, si no es una codicia insaciable y unas desenfrenadas habilidades extorsionadoras para hacerse con fortunas exorbitantes.
Siempre han contado el uno en el otro. Putin ha rendido buenos servicios a Trump, especialmente electorales y de inteligencia, hasta el punto de ser investigado por jueces y policías cuando su socio no tenía mano sobre ellos, como sucede ahora. Y Trump ha rendido buenos servicios a Putin, en especial en la guerra de Ucrania, hasta retirar la ayuda financiera y militar a Zelenski, acosarle públicamente para que capitulara y expulsar a los socios europeos de la OTAN y de la UE de las hipotéticas negociaciones de paz.
Ahora, en cambio, en mitad del bache, Putin no puede contar con Trump como mediador para el tipo de paz de los cementerios que quiere para Ucrania. El presidente de Estados Unidos se cansó de Ucrania y ahora ya está cansándose de Ormuz. No le ha ido mal al ruso la guerra de Irán. Además de desviar la atención internacional, ha concentrado el esfuerzo armamentístico en Oriente Próximo, en detrimento de Ucrania. Y el bloqueo del tráfico marítimo en el golfo Pérsico ha reavivado las exportaciones de petróleo ruso y le ha proporcionado dinero fresco para la guerra. Aun así, no ha bastado para los ánimos militares decaídos de Rusia ni para defenderse de los drones ucranios que penetran hasta la Plaza Roja. Putin creía que Trump sería el disparo definitivo para ganar la guerra en la mesa de negociación, pero a estas horas el gatillazo es irreversible.
El mayor mérito compartido es su doble contribución al destrozo del orden mundial y a la siembra del caos mediante el uso siempre irracional y desmesurado de la fuerza en vez de la diplomacia y del diálogo multilateral. El desorden que está sembrando de guerras el planeta, arruinando organismos internacionales y rompiendo tratados y acuerdos se debe a Putin y a Trump al alimón. Con la penitencia que sufren ahora, esperemos que no sea momentánea, y hundidos como están en sus respectivos fracasos bélicos, solo China se salva de la carrera de sacos en la que han convertido la pugna por el liderazgo mundial.
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Contra toda intuición y desmintiendo las victorias militares de las guerras en curso, no es Israel quien está modelando el mapa de Oriente Próximo, tal como había anunciado su primer ministro Benjamín Netanyahu, sino la República Islámica de Irán, gracias al control del estrecho de Ormuz, con el que ha conseguido perturbar la economía mundial y modificar la entera correlación de fuerzas regional. Donald Trump se había propuesto zanjar de un tremendo manotazo el peligro que representa un régimen radical y hostil como el iraní para entregar la hegemonía medioriental a una alianza de las monarquías árabes con Israel al estilo de la OTAN. Pero el dibujo que empieza a atisbarse es exactamente el contrario, con un Israel fuertemente militarizado, pero desprestigiado y aislado, y un Irán que está aprovechando la destrucción para renovar sus estructuras de poder, consolidar la dictadura y afirmarse como potencia regional.
Las guerras, siempre imprevisibles, suelen deparar desagradables sorpresas a quienes las declaran, confiados en su superioridad y en la inferioridad del enemigo. Con mayor razón si no han sabido definir sus objetivos o han hecho gala de una frívola disposición a cambiarlos. Así le ha sucedido a Trump, que ha incurrido en numerosos errores estratégicos, a los que ahora suma una increíble torpeza en las negociaciones con Irán. Y así le ha sucedido también al incitador del belicismo trumpista que es Netanyahu. Apalancado en guerras sin fin para mantener su gobierno, eludir responsabilidades políticas por los fallos de seguridad que permitieron los ataques de Hamás y evitar la acción de la justicia por sus casos de corrupción, espera dilatar eternamente por las armas la ineludible resolución de la cuestión palestina, imprescindible para que los vecinos árabes puedan culminar el reconocimiento diplomático previsto por los Acuerdos de Abraham bajo patrocinio de Trump.
Todo se ha dicho sobre el protagonismo del primer ministro en la destrucción del prestigio de Israel. Menos evidente es que sea el enemigo existencial iraní el que esté sacando ventaja. No tan solo no ha caído la dictadura tal como querían Trump y Netanyahu, sino que ha aprovechado el descabezamiento de su cúpula para reorganizarse y renovarse, según un interesante análisis de dos acreditados académicos como Vali Nasr y Narges Bajoghli.
El régimen ha salido reforzado de las dos guerras de junio de 2026 y febrero de 2026, situado ahora bajo un liderazgo más joven, nacionalista, pragmático e incluso tecnocrático. Ni la dictadura ha aflojado su tenaza represiva ni ha desaparecido la hostilidad de los iraníes hacia el régimen, pero las amenazas apocalípticas lanzadas desde Washington y Jerusalén han contribuido al cierre de filas de una población martirizada por los bombardeos y angustiada ante el futuro del país.
Los nuevos dirigentes, supervivientes de dos guerras consecutivas, han activado una temible arma geopolítica como es el control del estrecho de Ormuz y se han enfrentado con éxito al bloqueo naval de la primera superpotencia. Con su guerra asimétrica han expandido el campo de batalla al entero golfo Pérsico, hasta sembrar la discordia entre los aliados de Israel y Estados Unidos. Está claro que el paraguas de Washington solo protege a Israel y que sus bases en los países árabes vecinos no solo son altamente vulnerables, sino que convierten en vulnerables a quienes las albergan.
También en la negociación de la tregua los nuevos dirigentes iraníes han exhibido una notable firmeza estratégica ante las conminaciones a una capitulación incondicional, aunque con suficiente flexibilidad para mantener abierta la comunicación sin ceder en nada sustancial. El control de Ormuz, con o sin peajes, se ha erigido en dogma para Teherán. También el derecho a una industria nuclear civil, aunque vaya acompañada de un compromiso respecto al umbral militar. Idéntico principio sirve para la defensa balística, como la tienen otros países. Tampoco se reconoce entre los propósitos del régimen el abandono de Hezbolá exigido por Washington, tal como demuestra la demanda de una tregua efectiva en Líbano si se quiere mantener viva la negociación.
Según una famosa apreciación de Henry Kissinger, formulada en 2006 al inicio de los contactos sobre desarme nuclear, el régimen islámico debía optar entre “representar una causa o una nación”. Si llegaran a confirmarse estos optimistas y recientes análisis, por primera vez habría un Gobierno con voluntad de situar los intereses nacionales por encima de la causa ideológica, en dirección al “Irán moderno, fuerte y pacífico capaz de convertirse en un pilar de estabilidad y de progreso en la región”, como el que auguraba el artífice de la apertura de China, que fue el propio Kissinger. En ningún caso el maquiavélico diplomático estadounidense mencionaba a la democracia como requisito de la modernización pragmática para China e Irán. Así es cómo, por efecto de la guerra, la teocracia revolucionaria estaría mutando hacia un régimen autoritario nacionalista como muchos otros de la región.
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La mutación trágica del sionismo ,,, 31.5.26
De no mediar una súbita rectificación política y electoral el próximo octubre, el agujero negro en el que ha caído el sionismo amenazará incluso el futuro de Israel
El prestigio acumulado era inmenso, se diría que inagotable. Ahora las señales alarmantes no permiten el engaño. En el mejor de los casos, la nación judía y el sionismo, su ideología fundacional, han descendido al mismo nivel que cualquier otro nacionalismo, sometidos a vigilancia en cuanto al respeto a principios y valores democráticos y a las cautelas que merecen todos los excepcionalismos que conceden a la nación propia derechos particulares por encima de las otras. En el peor, han sido ya condenados por la opinión internacional tras las guerras desencadenas desde 2023, no tan solo por las proporciones de las matanzas, sino especialmente por sus inocultables propósitos, denunciados como genocidas por múltiples instituciones y países y arrojados cautelarmente al infierno de las ideologías y los Estados parias, pendientes solo de los veredictos que algún día pronuncien los tribunales.
El diagnóstico estaba escrito desde 1967, cuando Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén-Este, convirtiendo el espacio bajo su control en territorio de población mixta, mitad judía y mitad palestina, la primera con todos sus derechos y libertades y la segunda bajo un régimen militar sin protección alguna de sus derechos individuales y colectivos. No había más salida que reconocer la igualdad de todos como ciudadanos de un único Estado compartido o abandonar los territorios ocupados para que los palestinos pudieran gozar de ciudadanía en su Estado propio. Si Israel no accedía a ninguna de ambas opciones, no podría conservar su carácter de democracia liberal, reducida a una democracia étnica, con una parte de población desposeída, en régimen de apartheid o de dominación colonial.
Tal fue la salida democrática de los Acuerdos de Oslo en 1993, en el horizonte de devolver los territorios a cambio de la paz, inmediatamente obturado por el asesinato de su artífice israelí, el primer ministro Isaac Rabin, a manos de un violento militante sionista radical de la misma calaña que Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, los dos ministros del Gobierno de Netanyahu. Liquidado aquel proceso de paz y ampliada la ocupación por los hechos creados por la fuerza, la violencia de los colonos en Cisjordania y la destrucción de Gaza, nada queda ahora por ofrecer a los palestinos que no sea su paulatina expulsión del territorio restante de la antigua patria perdida.
De no mediar una súbita rectificación política y electoral el próximo octubre, el agujero negro en el que ha caído el sionismo amenazará incluso el futuro de Israel, país de donde muchos querrán marchar en vez de la patria atractiva para los judíos que ha sido durante toda su historia. Su carácter cada vez más autoritario e iliberal, su gobierno de extrema derecha, mesiánico y supremacista, y su instalación en una guerra perpetua no lo convierten en un lugar atractivo para nadie. Incluso en Estados Unidos, el fiel aliado y protector, las encuestas han detectado el desplome de su prestigio, sobre todo entre los jóvenes, incluso en sectores conservadores y trumpistas.
Por primera vez, el gobierno israelí está perdiendo las batallas propagandísticas, ayudado por las imágenes apocalípticas de la destrucción y las matanzas; el maltrato de su ejército a los prisioneros, incluidos los militantes pro palestinos de las flotillas solidarias apresadas en alta mar; o las terribles noticias sobre la extensión de la tortura y las vejaciones sexuales y violaciones a hombres y mujeres en sus cárceles. Solo faltaba la recuperación de la pena de muerte exclusivamente para los terroristas palestinos y la perspectiva de un macrojuicio contra los combatientes de Hamás, entre dos y trescientos detenidos que participaron en el ataque Israel el 7 de octubre de 2023, cuya probable ejecución va a alimentar la imagen de un Estado que no quiere paz sino venganza.
Nada más cruel e insoportable para muchos sionistas que enfrentarse a la acusación de crímenes contra los palestinos penalmente tipificados como muy similares a los que sufrieron los ciudadanos judíos europeos en manos del nazismo. Como si por un efecto de espejo, las ideas que sirvieron para la emancipación y la autodeterminación nacional de los judíos europeos se hubieran convertido “en una ideología etnonacionalista de un Estado militarista, centralizado, expansionista, racista e incluso genocida”, según ha escrito el historiador israelí Omer Bartov.
Un intenso debate ocupa a intelectuales y académicos israelíes opuestos al gobierno de Netanyahu, entre quienes creen que la actual tragedia estaba inscrita en las ideas sionistas primigenias, quienes aspiran todavía a resucitar un sionismo liberal y quienes lamentan la pérdida de la última oportunidad de rectificación en el fracaso de Oslo. Un prestigioso intelectual francés como Alain Finkielkraut, incondicional defensor de Israel y brillante debelador del antisemitismo izquierdista, aunque partidario del reconocimiento del Estado palestino, ha expresado con precisión el azoramiento que conmueve ahora a los amigos de Israel: “Por primera vez en la historia, debemos enfrentarnos al odio sin el consuelo de la inocencia”.
Obsequioso Trump, exigente Xi ,,, 17.5.26
La cumbre entre ambos mandatarios marca otro paso en el ascenso de China como superpotencia y el declive de EE UU

Solo un peldaño. Uno más en el paulatino ascenso de China y el brusco descenso de Estados Unidos. Imperceptible en la pompa y circunstancia, pero transparente en boca de los protagonistas. Donald Trump se ha deshecho en elogios de Xi Jinping, pero Xi Jinping se ha deshecho en elogios de las relaciones entre Estados Unidos y China. Sin exigencias preliminares del obsequioso presidente de Estados Unidos, atento solo a los negocios y desinteresado por los derechos humanos, y solo una línea roja marcada por el sobrio presidente chino al empezar la cumbre. Roja como un semáforo que señala “una situación extremadamente peligrosa”: ¡Cuidado con Taiwán!
Según el profesor de Yale e historiador de la Guerra Fría Odd Arne Westad, el estatus disputado de la isla ofrece “la posibilidad real de una guerra entre China y Estados Unidos en la próxima década”. La amenaza preventiva de Xi no parece dirigida a disuadir a alguien como Trump, a quien poco le inquieta el futuro de Taiwán, a diferencia de Joe Biden, que reconoció abiertamente su compromiso de defender la isla en caso de una invasión china. Más bien ha sido la exhibición de una baza para obtener del presidente estadounidense alguno de esos acuerdos transaccionales que tanto le gustan. La Casa Blanca no la ha utilizado de momento vez para exigir de China alguna contrapartida política, como un mayor compromiso en la apertura del estrecho de Ormuz o en el desarme nuclear de Irán, aunque no cabe descartar que no la aproveche en el futuro.
Muchos esperaban y otros temían de esta cumbre un cambio de posición de Estados Unidos con respecto a Taiwán que finalmente no se ha producido. Significaba pasar de “no apoyar la independencia” a “oponerse a la independencia”, rompiendo la ambigüedad estratégica que ha caracterizado la posición de Washington desde la firma del Comunicado de Shanghai en 1972, tras el célebre encuentro entre Nixon y Mao Zedong, por el que Estados Unidos reconocía la existencia de una sola China, pero mantenía relaciones diplomáticas con Pekín y oficiosas con la isla autogobernada de Taiwán, incluyendo el suministro de armamento. Era puro equilibrismo disuasivo para que China no invadiera Taiwán ni Taiwán declarara la independencia.
Las quinielas sobre tal modificación estratégica surgen de la proverbial imprevisibilidad de Trump y de su frialdad hacia Taiwán, por su escaso gasto en defensa, sus insuficientes compras de armas a empresas estadounidenses y su casi monopolio en la fabricación de semiconductores. Tal gesto equivaldría a la súbita entrega a Pekín de una zona de influencia donde Washington mantiene todavía el libre acceso marítimo y su hegemonía geopolítica. Así se aceleraría la anexión de la isla y desaparecería cualquier atisbo de confianza de los aliados en Estados Unidos. Culminaría el alejamiento de los europeos y el repliegue en el continente americano. Un nuevo y fuerte estímulo a la proliferación nuclear afectaría a los países excluidos del paraguas estadounidense.
Este golpe de timón no se ha producido, pero sí sutiles señales en una dirección preocupante para el Gobierno taiwanés. Antes de partir hacia Pekín, Trump expresó su intención de discutir con Xi sobre a propósito de una venta de armas a Taiwán por valor de 11.000 millones de dólares, provisionalmente paralizada con motivo del viaje presidencial. Aunque confirmó la política de Una Sola China, estas declaraciones se salen de la línea oficial de Washington, blindada por las Seis Garantías del presidente Reagan, la segunda de la cuales establece claramente que no habrá consulta alguna con Pekín sobre el derecho de Estados Unidos a vender armas a Taiwán.
Trump ha prometido aclarar su posición en los próximos días. Si se diera por obsoleta una sola garantía, las otras seguirían idéntico destino. Sin ellas, podría establecerse una fecha límite para la venta de armas, proponer una revisión del Acta aprobada por el Congreso sobre las relaciones con la isla, reconsiderar la soberanía taiwanesa, ejercer presión desde Washington para que su Gobierno negocie con Pekín e incluso que Trump se propusiera como mediador, en la estela de su vocación pacificadora digna del Premio Nobel. Sería el cumplimiento literal de la sentencia de Xi sobre la compatibilidad entre la culminación del ascenso imperial de China y el proyecto trumpista: “El rejuvenecimiento de la nación china y el regreso de Estados Unidos a la grandeza (MAGA) pueden ir de la mano”.
Un modesto peldaño ascendido por China o descendido por Estados Unidos sitúa en idéntico rellano a los líderes de ambas superpotencias. Una vez acentuada tal dinámica con Trump, es dudoso que un cambio de mayoría en el Congreso, el próximo noviembre, o un relevo en la Casa Blanca en 2028 vayan a revertir la tendencia. De ahí el carácter único e histórico, quizás definitivo, de este encuentro entre un poderoso en ascenso y otro en declive.
Xi Jinping espera a Trump sentado y en silencio ,,, 17.5.26
Si nadie lo remedia, el presidente de EE UU llegará a Pekín con una mochila cargada de fracasos y carencias en vez de victorias y acuerdos de paz

Sentado y en silencio, como quien espera que pase el cadáver del enemigo por delante de casa, Xi Jinping espera la llegada de Donald Trump a Pekín esta próxima semana, mientras el presidente de Estados Unidos persiste en su ruidoso y cada vez más calamitoso protagonismo. Un mes y medio ha corrido desde que fuera aplazado el primer encuentro de su segunda presidencia en razón de la guerra contra Irán. No era cuestión de visitar a un jefe de Estado al que se reconoce como adversario geopolítico, en mitad de las perturbaciones provocadas en el comercio y en la economía mundiales, justo después de asesinar a otro jefe de Estado, como el iraní Alí Jameneí, que ofrecía la ventaja de estar más a mano.
Confiado en la fuerza militar a su disposición, Trump esperaba dejar atrás las hostilidades en seis semanas, aunque había soñado con la caída del régimen en el plisplás de dos jornadas de intensos bombardeos. Finalmente llegará a Pekín con las bolsas y los mercados mundiales de la energía todavía perturbados por el bloqueo de Ormuz. Aunque la guerra puede encenderse de nuevo, al menos no estará ardiendo durante su estancia en Pekín. En mitad de una frágil tregua llena de incidentes y a la espera del acuerdo sobre un mero protocolo de intenciones, la improbable paz definitiva a negociar en 30 días todavía puede traducirse en una derrota política.
Nada ha mejorado desde la cita aplazada, justo al contrario: Trump llega más debilitado, lenta pero inexorable caída en las encuestas de opinión, con sus conciudadanos cada vez más hostiles a la contienda librada en Oriente Próximo, los europeos definitivamente distanciados y sus aliados árabes peleados entre sí por la guerra, todos descontentos con Washington por los efectos económicos de una decisión en la que han contado más los bajos instintos del extremismo israelí que la voz y los intereses de los países de la región. El belicismo trumpista es ahora un activo tóxico para sus más fervientes simpatizantes europeos, como Viktor Orbán, que lo pagó en las urnas y perdió el Gobierno, o la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, indignada por los ataques al Papa, e incluso los dirigentes de la extremas derechas francesa y británica en ascenso.
En un momento histórico tan delicado, cuando los dirigentes de las principales democracias europeas tienen dificultades para hacer frente a sus disparates en cadena, han sido Carlos III de Inglaterra y Robert Prevost, titulares de las dos monarquías más antiguas del mundo, quienes le han castigado con mayor autoridad y firmeza, no tan solo internacionalmente, sino de cara a la opinión pública católica de su país. La doble, rotunda y merecida descalificación en campo propio y en inglés, su propia lengua, le ha llegado por parte del titular de la monarquía que más admira con el discurso del rey en el Capitolio, pero también es de la cúspide de la institución milenaria dirigida por el papa estadounidense.
No será el secretario de Estado, Marco Rubio, quien pueda enmendar tantos desperfectos del presidente desatado en unos pocos días, tal como ha intentado con su peregrinación discretamente penitencial a Roma. Si nadie lo remedia, Trump llegará a Pekín con una mochila cargada de fracasos y carencias en vez de victorias y acuerdos de paz con los que vestir las exigencias de su pax trumpista. A ojos de China, Trump ha convertido a Estados Unidos en una superpotencia irresponsable capaz de desestabilizar la economía global y conducir el mundo a una peligrosa escalada bélica optativa. No es precisamente Zelenski quien se ha quedado sin cartas para la partida de póquer multipolar, sino quien le echó en cara su carencia de bazas en la humillante encerrona del Despacho Oval.
Hay pocas dudas de que Xi Jinping aprovechará esta circunstancia tan favorable. Nadie deja pasar una oportunidad como la que tiene China, perjudicada por los efectos inmediatos de la guerra pero preparada para una fructífera cosecha geopolítica en el plano económico, también respecto a Taiwán. Con un presidente errático y voluble, ahora tan desgastado, la cumbre puede desembocar en un cambio de posición de la Casa Blanca respecto a la independencia de la isla. Para Trump solo hay un pequeño paso entre no apoyar la independencia, que es la posición tradicional de Washington, a oponerse a ella abiertamente, como desea Pekín para tener a tiro la anexión en principio pacífica que Xi Jinping quisiera conseguir bajo su presidencia. Si tal fuera el caso, este viaje sería una culminación y una rendición, muy acorde con la idea de soberanía de Trump respecto a Crimea y a Israel, pero también a Groenlandia, Canadá y Panamá, regida por la Doctrina Monroe que reivindica y favorece la hegemonía territorial según las áreas de influencia geográfica surgidas de un reparto acordado entre las superpotencias.
La humanidad prescindible ,,,,,,,
El enemigo no son los ‘boomers’ ni ninguna generación, sino los tecnológicos ultraricos que pretenden disponer de rebaños domesticados en lugar de ciudadanos con libertades y derechos


No hay novedad en la maniobra. Es el reverso de los populismos izquierdistas que pretendían federar intereses y minorías “para hacer pueblo”. Desde el otro extremo se trata de sustituir la igualdad por la identidad, para que la competencia y la guerra entre grupos humanos anulen toda solidaridad, y nacionalismos, sexos, razas, religiones y generaciones se peleen, cada uno a lo suyo. Perfecto para preservar las crecientes e insostenibles desigualdades originadas por la acumulación de riquezas en pocas manos.
De entrada, se necesita un buen chivo expiatorio que concentre sobre su cabeza los pecados colectivos. Así no habrá que atacar las causas de las injusticias ni buscar remedios redistributivos. Es lo que ya está pasando con la generación nacida en la inmediata posguerra europea, los malditos ‘boomers’, declarados directos responsables o culpables del desempleo, el difícil acceso a la vivienda o la infelicidad de los más jóvenes.
Pertenecen a una generación masiva, densa y longeva, muy productiva por tanto. Han contribuido largamente a las arcas del Estado, a través de todo tipo de impuestos, y gastado mucho, también de su bolsillo, en educación, sanidad, vivienda, ocio y bienestar, no sólo para ellos mismos, sino para sus familias. Cuando niños y jóvenes conocieron todavía lo que ahora se llama pobreza energética, un consumo relativamente bajo comparado con el de hoy y unas condiciones de vivienda y alimentación modestas, además de una dictadura en nuestro caso, pero finalmente a partir de los años 80 disfrutan de un Estado de bienestar decente y de la democracia. El país y Europa alcanzaron entonces momentos extraordinarios de prosperidad y estabilidad, promoviendo el ahorro y la redistribución dentro de muchas familias. En no pocos casos, sobre esta generación ha recaído el cuidado personal y económico de padres y abuelos después de cuidar a los hijos y ahora incluso los nietos.
La guerra generacional es un territorio excelente para la tertulia, la demagogia y el sensacionalismo. Es un separatismo de las edades que destruye la imprescindible solidaridad intergeneracional. Propone quitar a los abuelos lo que les falta a los nietos, sin caer en la cuenta de que facilita la sustracción de derechos a los mayores, sin que luego quede algo garantizado para los jóvenes. Quienes han estudiado las transferencias entre generaciones a lo largo de los años, como Hippolyte d’Albis, rechazan todos los tópicos al uso sobre las guerras generacionales (Économie des âges de la vie. En finir avec la guerra de genérations. Odile Jacob, 2026). Datos en mano, este economista francés desmiente que los boomers sean egoístas y que las últimas generaciones estén siendo sacrificadas.
El enemigo a considerar no es ninguna generación, sino los tecnológicos ultrarricos que pretenden dominar el planeta y disponer de rebaños domesticados en lugar de ciudadanos con libertades y derechos bajo garantía democrática de los poderes públicos. La obsesión con los ‘boomers’ despista a los jóvenes respecto a la inteligencia artificial que amenaza con incorporarles a la humanidad prescindible antes de que lleguen a viejos.
Objetivo militar: salvar la cara de Donald
Trump está cometiendo los mismos errores que condujeron al desastre en Vietnam, Irak y Afganistán

Nadie puede ocultar el desastre. No hay salida militar que sea buena. No lo es abrir Ormuz por las bravas, ni es fácil localizar y llevarse los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% o bombardear de nuevo instalaciones militares, energéticas e industriales tal como ha amenazado Trump. Cada una de las iniciativas presentadas por el Pentágono para salir del atolladero está llena de riesgos o alberga nuevos fracasos. Hasta el más indeseable de todos ellos, como sería la prolongación de la guerra con tropas sobre el terreno, exactamente lo que el trumpismo se había propuesto descartar para siempre.
Trump se halla ante un dilema endiablado: que le acusen de “jugar a la Tercera Guerra Mundial”, como él hizo con Zelenski en la encerrona del Despacho Oval, o que todo quede al final en un acuerdo nuclear con Irán similar o peor que el de Obama en 2015, que él mismo rompió en 2018.
La realidad inconfesable es que está perdiendo su guerra. El descabezamiento de la cúpula iraní, la destrucción de su flota naval y aérea y la eliminación de gran parte del arsenal balístico se han demostrado irrelevantes en la guerra asimétrica con la que el régimen islamista ha conseguido sobrevivir tras dos meses bajo las bombas, después de bloquear el estrecho de Ormuz, atacar y dividir a los aliados árabes de Estados Unidos y absorber la carísima munición defensiva utilizada por Washington para derribar sus misiles y drones low cost.
Por inmensa que sea la fuerza militar, quien se aventura en una guerra no tarda en tropezar con la derrota si no ha definido previamente los objetivos políticos y el significado de la victoria. En el caso de Trump, han ido cambiando de un día para otro, aplaudido por los suyos por los presuntos efectos de su imprevisibilidad en la desorientación del enemigo. Al final, está cometiendo los mismos errores que condujeron al desastre en tres largas batallas libradas por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, en Vietnam, Irak y Afganistán. Todas ellas asimétricas como la actual, en las que el enemigo combinó una enorme resiliencia con una gran capacidad para obtener ventajas políticas a partir de ínfimos medios militares ante la superioridad militar estadounidense.
Como Putin en Ucrania, Trump quiso terminar en dos días. Luego se dio unas semanas de plazo, entre cuatro y seis. Ahora, alcanzados los dos meses, ha querido darla por finalizada ante el Congreso para soslayar la obligada autorización parlamentaria. Debidamente escudado en la actual pausa entre Teherán y Washington, que es provisional y además parcial, como si el cerco naval al que ha sometido a Irán no fuera un acto de guerra, Netanyahu no estuviera eludiendo la aplicación de la tregua en Líbano, ni la máquina guerrera estuviera rugiendo de nuevo por consejo del Pentágono.
Quería evitar una contienda larga y costosa e invadir y ocupar el país para cambiar su régimen, pero el camino embarrado en el que está atrapado no conduce a ningún otro sitio. Para terminarla, presionan los precios disparados del petróleo, la amenaza de recesión, las malas perspectivas electorales en los comicios de mitad de mandato y la creciente impopularidad de la guerra entre sus conciudadanos, pero a favor juegan la arrogancia y el amor propio que posee en dosis insólitas y le impiden aceptar la derrota política que muchos le anuncian, incluso en su entorno presidencial más próximo.
Poner fin a las hostilidades definitivamente es una maniobra tan urgente como llena de complicaciones. No tendrá facilidades de nadie y finalmente deberá decidir por sí solo haciendo de tripas corazón. Poco puede esperar de Netanyahu, siempre dispuesto a seguir invadiendo y arrasando territorios ajenos y a sabotear los acuerdos de paz, en especial si versan sobre la industria nuclear iraní. Tampoco obtendrá mucha ayuda de sus aliados árabes, perjudicados por el doble bloqueo de Ormuz y hastiados por la pésima gestión del entero conflicto. Ni de los europeos, que no moverán un dedo para echarle una mano en Ormuz mientras la actual tregua no sea definitiva.
Los acosadores suelen tener las garras tan largas y afiladas, siempre dispuestas a herir, como fina tienen la piel, tal como ha podido comprobar Friedrich Merz. El canciller alemán ha osado expresar sin eufemismos sus reservas sobre la guerra e incluso lamentado imprudentemente “la humillación de Estados Unidos en manos de Irán”, y ha recibido como recompensa una primera retirada de tropas estadounidenses de Alemania, además de los insultos reglamentarios del trumpismo.
La fórmula es clara pero inabordable: terminar la guerra de una vez, abrir Ormuz, dedicar todas las energías exclusivamente a la diplomacia, y evitar a la vez que el principal responsable del desastre se sienta humillado. ¿Quién puede resolver tal rompecabezas? De momento, el Pentágono tiene el encargo. Para echarse las manos a la cabeza.
1989-2001: Viaje a Europa
La caída del muro de Berlín fue un broche dorado para el turbulento siglo XX. Durante esta era, el mundo vivió una época de paz, progreso y esperanza, con Europa convertida en el símbolo de la globalización y la democracia liberal. El ataque a las Torres Gemelas rompió el espejismo.
El terrible siglo XX esperó a su última década para salvar las apariencias. Fue una despedida brillante pero también una engañosa corrección de su trayectoria. Entre la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y el hundimiento de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, la centuria vivió un periodo excepcional, quizás el más pacífico y esperanzador de la historia. Algunos creyeron ver la aurora de un tiempo nuevo de paz, libertad y progreso, pero atisbado desde los actuales tiempos oscuros nada culminó. Fue solo un paréntesis que albergaba en su seno las semillas de los horrores del siglo XXI.
Las frías cifras hablan por sí solas sobre la sólida superficie material en la que se asentaba. El PIB mundial aumentó en un 45%. La pobreza se redujo en un 22%. Disminuyeron a la mitad las víctimas de las guerras. Unos 200 millones de personas salieron de la pobreza extrema y otros 300 se incorporaron a las clases medias, en un mundo que galopaba desde los 5.260 millones de habitantes iniciales a los 6.150 con que se inició el nuevo siglo.
Fue la década de Europa, una vez desaparecido el telón de acero que la había dividido. Con el Tratado de Maastricht empezó el gran salto del mercado único en dirección al euro, con el objetivo rozando la utopía de una Europa unida. Se ensancharon los límites de la Unión Europea, de nueve países hasta los 27 actuales. Con una cierta anticipación se abrieron también las puertas de la Alianza Atlántica, que fue admitiendo los países del antiguo bloque comunista. Empezaba la globalización y nadie como los europeos empujaron tanto en las libertades de circulación de personas, mercancías, capitales y servicios en una marcha que parecía inexorable y sin límites.
Nunca antes el mundo vio tan próxima la idea kantiana de la paz perpetua. Se expandían las democracias liberales. La diplomacia y el derecho internacional se instalaron en el corazón de las relaciones y los pueblos y naciones estrecharon la cooperación multilateral. Como vanguardia de esta maduración de la historia, la UE anticipaba la increíble idea de un mundo gobernado, progresando hacia la democracia, una vez descartada la guerra como sistema de resolución de los conflictos.
Era el fin de la historia, entendida como culminación del modelo de democracia liberal, única alternativa al recientemente desaparecido sistema comunista, tal como describía la época Francis Fukuyama. También el aplanamiento del mundo, unificado y uniformado por la globalización económica y tecnológica, en la visión del periodista Thomas Friedman. O el descubrimiento de la bondad creciente, si no inherente, de la naturaleza humana, en la explicación antropológica del psicólogo Steven Pinker sobre la radical disminución de la violencia.
Indicios había que abonaban tales promesas. Terminó la carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética, antes incluso de que esta desapareciera. Disminuyó drásticamente el número de cabezas nucleares con las que las dos superpotencias mantenían la locura de la destrucción mutua asegurada. Nunca tantos tratados entre Washington y Moscú, todos decaídos a fecha de hoy, han blindado la paz en el mundo como en aquella década extraordinaria.
Hubo guerras, naturalmente. ¿Cuándo no las ha habido? Pero EE UU, y su presidente Bush, el padre, libró una y victoriosa para echar a Sadam Husein, el dictador de Irak, del emirato vecino de Kuwait que había invadido. Restauró la legalidad internacional, sin oposición de Pekín ni de Moscú y con los parabienes de Naciones Unidas. Luego anunció el advenimiento de una era más libre, justa y pacífica, exactamente el orden mundial basado en normas que repudia su actual sucesor en la Casa Blanca.
Fue en los Balcanes y en África central donde quedaron malheridas aquellas intenciones. Regresó la guerra al corazón de Europa, nadie pudo evitar la limpieza étnica y los genocidios, en Bosnia y también en Ruanda. Organizaciones y potencias del nuevo orden, la ONU, la OTAN, la UE y EE UU no bastaron para resolver en paz la disgregación de la Yugoslavia comunista, que se hundió de guerra en guerra y dejó heridas todavía por cicatrizar.
Fallaron los buenos propósitos. La OTAN bombardeó a Serbia sin mandato de Naciones Unidas, destruyó la Embajada china en Belgrado y nutrió el resentimiento en la Rusia de Yeltsin. Horas antes de que terminara el siglo Vladímir Putin ya mandaba en el Kremlin, después de resolver a sangre y fuego la segunda guerra de Chechenia, como un avance de la violencia de sus sucesivas guerras, desde Georgia hasta hoy mismo en Ucrania. En mitad de la década, el maestro de politólogos que fue Samuel Huntington anunció el choque de civilizaciones, premonitorio de las guerras culturales e identitarias del siglo XXI que en buena parte asomaban en aquellas contiendas eclipsadas por la neonata y eufórica globalización.
Todo lo que hoy existe ya brotaba entonces. En Italia, laboratorio europeo por excelencia, fue donde cayó primero el viejo sistema de partidos. Fue bajo el colosal escándalo de la corrupción sistemática de Tangentópolis. Apareció la Liga Norte y el mayor precursor del trumpismo, que fue Silvio Berlusconi, empresario televisivo y futbolístico, fundador de Forza Italia y primer ministro por primera vez en 1994. El nacionalpopulismo que hoy ocupa un lugar central daba así sus primeros pasos en el país de Maquiavelo y Mussolini. En América Latina replicaba por ambos lados ideológicos, con la izquierda bolivariana de Hugo Chávez que alcanzó el poder por las urnas en 1998 y por la derecha, al servicio de los ajustes capitalistas, con Menem en Argentina y al autoritario Fujimori en Perú.
En ningún lugar como en Oriente Próximo refulgió tan brillantemente la esperanza, al final efímera y amarga. Por primera vez israelíes y palestinos se sentaron a trabajar por la paz. Rabin y Arafat se dieron la mano ante Clinton en la Casa Blanca. Hubo reconocimiento mutuo, un Gobierno palestino e incluso elecciones. Pero Netanyahu ya trabajaba contra los acuerdos de Oslo y Rabin pagó con su vida sus esfuerzos de reconciliación a manos de un extremista judío. Los fracasos comenzaron antes de que empezara la violencia del nuevo siglo, con la segunda intifada, ya sin pausa en marcha hacia la actual catástrofe.
Entre tantas guerras limitadas, surgieron los tribunales internacionales para juzgar los crímenes contra la humanidad cometidos en la antigua Yugoslavia y en Ruanda. Y luego, inspirado en la jurisprudencia de los juicios de Núremberg contra el nazismo, cuajó incluso el Tribunal Penal Internacional para juzgar los genocidios, crímenes de guerra, de agresión y de lesa humanidad. La detención en 1998 de Augusto Pinochet en Londres, acusado por crímenes de lesa humanidad durante su dictadura, estableció el principio de la jurisdicción universal para que los jueces pudieran ordenar la detención de los sospechosos de este tipo de delitos aunque se hubieran cometido fuera de su ámbito judicial. Aquellas plegarias últimas del siglo eran excelentes, pero el siglo siguiente no iba a tardar en desatenderlas una detrás de otra.
Durante estos años, también contamos estas historias:
La llave geopolítica del orden venidero
A pesar del verbalismo agresivo y de las bravatas de ambos contendientes, hay una alternativa rápida a esta crisis

El mundo está pendiente de Ormuz. El doble bloqueo del tráfico marítimo declarado por Irán y Estados Unidos mantiene interrumpido un 30% de los suministros de energía y un 10% del comercio, daña directamente a los opulentos emiratos petroleros y lastra la economía mundial, pero también somete a Irán a un asedio comercial que le priva de ingresos del petróleo y dificulta las importaciones de bienes de primera necesidad. Es, por tanto, un arma de doble filo, que pone a prueba la resistencia al dolor de quienes la usan y a la vez la sufren. Si no se llega pronto a un acuerdo aceptable para ambas partes, ganará quien tenga más capacidad de aguantar y, por tanto, más voluntad guerrera.
En Irán afecta a la población, sacrificada sin escrúpulos por la dictadura teocrática, mientras que en Estados Unidos es Donald Trump quien puede ver arruinada su presidencia por la inflamación de los precios del petróleo, la inflación y la amenaza de una recesión mundial, tanto mayor cuanto más se alargue el conflicto, tal como ha señalado el FMI. A pesar del verbalismo agresivo y de las bravatas de ambos contendientes, hay una alternativa rápida a esta crisis, aunque tiene el serio inconveniente de que comporta una ruptura del status quo y vulnera el derecho internacional del mar.
Los negociadores barajan la idea de imponer peajes o alguna forma de fiscalidad al paso por el estrecho bajo un sistema de gestión conjunta por Teherán y Washington o incluso Omán. Podría presentar tal solución como una victoria de su peculiar diplomacia de los negocios tras la aplicación de la fuerza militar y la liquidación de la cúpula del régimen, siguiendo el modelo venezolano. Nadie discute su viabilidad económica, pues sería muy débil su impacto sobre los precios y, en cualquier caso, mejor que la prolongación del conflicto y del bloqueo. Trump ya lo ha defendido en público, aunque su portavoz le ha desmentido.
Para el régimen iraní sería una buena salida política, incluso una victoria. Saldría consolidado con el final de la guerra, contaría con una fuente de ingresos reconocida internacionalmente y vería legitimado su control sobre el estrecho. Sería, en cambio, un revés para el orden internacional basado en reglas y un estímulo para otras potencias, grandes y pequeñas, que controlan puntos estratégicos o cuentan con palancas de extorsión en otros ámbitos geoeconómicos. El espacio marítimo, donde no hay fronteras ni capacidad coercitiva que permita aplicar el derecho como en tierra, es donde se dirime el futuro orden mundial según la visionaria teoría geopolítica de Carl Schmitt, el jurista de Hitler, tan perverso en su justificación de la depredación imperial como agudo en su descripción de los mecanismos profundos de aprehensión, reparto y explotación de territorios y mares.
El trumpismo sigue al pie de la letra las recomendaciones schmittianas, tanto sobre la dialéctica amigo/enemigo, con la que organiza la vida política, como sobre la denigración del orden multilateral, pero desconoce las consecuencias geopolíticas. En la visión del jurista alemán, el dominio del mar corresponde en exclusiva a la superpotencia marítima hegemónica, hasta ahora Estados Unidos, que es la que garantiza la libertad de navegación y el libre mercado a ella asociado. Con la nueva política exterior de Trump, hostil a cualquier ordenamiento internacional, incluido el marítimo, y también al libre comercio, se abre una brecha que otros aprovecharán para chantajear a sus adversarios y a China le valdrá para obstaculizar la presencia de Estados Unidos en los mares asiáticos circundantes.
Según la exministra de Exteriores española, Ana Palacio, se ha producido una mutación de la primera superpotencia. “Sigue siendo la primera potencia naval —ha escrito—, pero ha virado el sentido político de esa supremacía. Ya no la esgrime primordialmente en pro de la apertura, sino como medio selectivo de coerción”. Palacio advierte este cambio geopolítico a partir de una intervención parlamentaria de Vivian Balakrishnan, ministro de Exteriores de Singapur, respecto al estrecho de Malaca, otro paso marítimo estratégico como Ormuz, aunque siete veces más angosto, por donde pasa casi un tercio del comercio mundial, petróleo y gas licuado, y cerca del 35% del tráfico de contenedores.
Según Balakrishnan, ahora asistimos a un “ensayo general” para el caso de un enfrentamiento bélico entre Estados Unidos y China que tendría en el estrecho de Malaca su punto más caliente. El mar es la piedra de toque y el ámbito más difícil para un mundo gobernado según reglas compartidas, en su origen surgidas del espacio y de los conceptos terrestres, aunque luego vayan a proyectarse sobre el espacio exterior o en ámbitos inmateriales de creciente peso político como el ciberespacio. Desde la crisis del petróleo de 1973 sabemos del valor de Ormuz, pero ahora la forma geopolítica de nuestro mundo futuro depende también de cómo se dirima la pugna por el control del estrecho.
Para leer más:
Ciudades efímeras
Ninguno de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o las naciones que las albergan en caso de ser atacadas

La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.
Misiles, bombas y drones han caído sobre distintas ciudades de Oriente Próximo y caen todavía sobre Tiro, Sidón o Beirut, más vulnerables cuanto menos medios defensivos tiene el Estado que debiera protegerlas. Solo ruinas quedan de Gaza, la capital de la Franja sistemáticamente molida a bombazos por Israel. No tenía Estado que la protegiera, sino todo lo contrario: contaba con un Estado exterior enemigo y estaba, está todavía, controlada por una guerrilla terrorista agazapada entre su población. Idéntico destino quieren para la capital de Líbano los ministros de la extrema derecha racista y totalitaria que se sientan en el gobierno de Netanyahu.
A quienes habitamos en ciudades centenarias e incluso milenarias nos falta imaginación histórica para representarnos una circunstancia en la que las calles, edificios y monumentos que hemos conocido se conviertan en escombros. Seguro que tal ejercicio mental no es tan difícil a los habitantes de las metrópolis que han surgido en un abrir y cerrar de ojos en mitad del desierto o donde antes solo había una aldea de pescadores.
“La guerra nos recuerda que ninguna ciudad, por muy dinámica y glamurosa que sea, puede escapar de las fuerzas de la historia y la geografía”, ha escrito Richard Florida, economista reconocido por cifrar en el dinamismo de las ciudades su capacidad para atraer el talento creativo global. “¿Cualquier perturbación grave —un huracán, un incendio forestal, una pandemia, un atentado terrorista, una revuelta popular, un cambio repentino en la legislación fiscal— puede llevar a quienes trabajan de forma remota y a quienes no tienen pareja a buscar refugio en un lugar más seguro”, ha escrito en el New York Times (Could This Be the End of Dubai?, 16 de marzo de 2026).
Barcelona es para Florida un ejemplo de las ciudades más atractivas para esta clase mundial creativa, mientras que ciudades como Dubai, Abu Dabi, Doha o Ryad, que han emulado con sus rascacielos y su opulencia a las ciudades más dinámicas del mundo, albergan el penoso modelo de la ciudad efímera, nacida de la nada en especiales y cambiantes circunstancias económicas y geopolíticas. Su reflexión puede extrapolarse sobre los mismos países donde han crecido, gobernados autoritariamente por una aristocracia del petróleo que solo reconoce los limitados derechos de ciudadanía propios de una autocracia a una pequeña fracción de la población nativa.
Estas metrópolis efímeras no son ciudades de ciudadanos, como no son naciones los territorios que las albergan. Ninguno de sus habitantes podría pensar en defenderlas en caso de ser atacadas. Al contrario, en cuanto soplan vientos de guerra empieza la desbandada.
Llamadle paz aunque siga siendo guerra
Si no callan las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses

Treguas frágiles, temporales e incluso contradictorias, en vez de un alto el fuego generalizado y luego la paz que merece la región. Romper treguas es un antiguo y salvaje deporte que todos practican allí donde una forma u otra de guerra persiste desde hace al menos cien años. Pese a su precariedad, su inicio es un momento de alegría y esperanza que explota en las calles y apenas empaña la obstinación de quienes la consideran compatibles con su derecho a seguir bombardeando, demoliendo viviendas y ocupando territorios ajenos, como hace Israel, o lanzando misiles contra el país vecino, como Hezbolá.
Treguas así son un milagro si se sostienen. La declarada entre Irán y Estados Unidos, sin intercambio de misiles sobre los cielos del Golfo hasta el 22 de abril, coincidirá durante unos días con la del Líbano, sin hostilidades oficialmente reconocidas hasta el 26 del mismo mes. Si no callan de verdad las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses, dispuestos de nuevo a negociar bajo patrocinio paquistaní, tras las 21 horas en las que se sentaron frente a frente sin resultados los pasados 11 y 12 de este mes.
Trump sigue buscando el premio Nobel con los dos acuerdos de paz que quiere anotarse en su haber, el octavo y el noveno según sus fantasiosas cuentas. Son mérito suyo ambas pausas, impuestas en justo castigo a Netanyahu por el engaño sufrido con los ambiciosos planes de la fácil victoria que le vendió en la Casa Blanca. Iban juntos a derrocar al régimen e incluso a sustituirlo por otro pro occidental, encabezado por Reza Pahlevi, el heredero del emperador derrocado en 1979. El primer ministro israelí arriesgó mucho, perdió la apuesta y ahora hace caso omiso a las exigencias trumpistas. Necesita las guerras sin fin para llegar a las elecciones de octubre como el caudillo que condujo a Israel a su mayor expansión territorial desde 1967, con el botín de los territorios sustraídos a Gaza, Libano y Siria a disposición de la colonización ilegal al igual que sucede en Cisjordania.
Estas treguas señalan los límites de la fuerza militar. Una coalición de los mejores ejércitos ha fracasado en su intento de derribar al régimen iraní desde el aire y ahora debe disfrazar su derrota, que no es militar sino política. Con una negociación apresurada quiere resolver los contenciosos que nadie ha podido abordar desde 1979, en el caso de Irán, y desde 1948, en el de el Líbano. Israel no tiene relaciones diplomáticas con ninguno de los dos países y las condiciones para alcanzar la paz regional son las más difíciles de toda la historia, con el Líbano e Irán postrados todavía por el balance de muerte, destrucción y desplazamientos de población que arroja la actual guerra, ahora en pausa.
Los instrumentos de negociación trumpistas, como los diez mandamientos, se resumen en dos: coerción militar y negocios. Es decir, confianza en la fuerza y en la codicia y desprecio hacia las instituciones internacionales, el consenso y el diálogo. Trump y Netanyahu cumplen con sobradamente la vieja sentencia latina que aconseja a quien quiera la paz que se prepare para la guerra. La sentencia que les correspondería convierte las armas en panacea en vez de necesidad: si quieres paz nunca dejes de guerrear. Es la paz por la fuerza, que sienta al enemigo a negociar bajo amenaza y da plazos perentorios sin que cesen los combates o al menos el cerco y el ahogo económicos, instrumentos clásicos que acompañan a todas las guerras.
Teherán y Washington van a parlamentar por segunda vez y es de esperar que nadie se levante de la mesa de malas maneras. Que al menos prolonguen la tregua en vez de desenfundar las armas inmediatamente, como amenaza la Casa Blanca y quisiera Netanyahu. No bastarán cuatro días de discusiones para resolver el control sobre Ormuz, que unos abren al tráfico marítimo cuando los otros lo cierran. Ni tampoco para asegurar que Irán jamás tendrá el arma nuclear. A pesar de la falsa euforia victoriosa exhibida por Trump, nadie atisba ni una rendija de luz para una salida pacífica y pactada sobre tan espinosos contenciosos.
Si la negociación tropieza y Netanyahu se hace de nuevo con la iniciativa que Trump le ha quitado, es fácil vislumbrar el pantano en el que seguirá hundiéndose la región entera, incluyendo Irán. Es el viejo y trágico pantano de su historia. Llamarán paz a la continuación de la guerra, que seguirá más o menos atenuada o sincopada, acumulando como siempre muerte y destrucción en el territorio gris que Israel tan bien conoce. Trump intentará quizás salvar las apariencias, acogido una vez más a su larga experiencia en la fabricación de noticias falsas y realidades alternativas. Pero esta vez parece que no le creerán ni los suyos.
Para leer (y escuchar) más:




Mohsen Milani. 'Iran’s Rise and Rivalry with the US in the Middle East'. (Oneworld Publications. 2026).
Entre el caos de Trump y el sabotaje de Netanyahu
Ninguno de los dos mandatarios tiene capacidad o interés en asegurar un alto el fuego permanente en Orienete Próximo


Un presidente caótico, comandante en jefe de una guerra caótica, difícilmente puede convertirse en artífice de un alto el fuego que no sea caótico y no conduzca de nuevo a la guerra en vez de a la necesaria paz. Tampoco se puede esperar que sea un primer ministro belicista, adalid de la guerra contra Irán desde hace décadas y belicoso susurrador al oído presidencial para arrastrarle a combatir, quien favorezca el silencio de las armas. Con mayor razón cuando las posiciones de partida son radicalmente incompatibles y no hay ni asomo de confianza entre las partes, tras dos sucesivas negociaciones interrumpidas por la guerra y el asesinato de los dirigentes de una de ellas.
Trump no tiene ni siquiera las herramientas para acordar un alto el fuego sostenible. No hay un acuerdo preliminar sobre su contenido exacto y el momento en que debe empezar, puesto que Ormuz sigue bloqueado y los misiles israelíes siguen cayendo sobre Líbano, cuando se suponía que la negociación iba a empezar una vez cumplidas las dos condiciones inicialmente aceptadas por Trump. Para abordar tan compleja tarea, ha destacado a su vicepresidente, J. D. Vance, a pesar de su limitada experiencia en relaciones internacionales, acompañado por la habitual y desprestigiada pareja de diplomáticos aficionados formada por su yerno, Jared Kushner, y su colega del golf y de los negocios Steve Witkoff. En tan crítica negociación no contará tampoco con el instrumento privilegiado en la acción exterior que antaño fue la palabra presidencial, pues la suya está ahora totalmente devaluada. Perdió toda credibilidad durante su primera presidencia por el torrente de mentiras proferidas, pero ha llegado a hundirse en el descrédito en la segunda gracias a sus soeces y atroces amenazas en vísperas de anunciar el alto el fuego y a su alud de declaraciones contradictorias, erróneas y confusas.
A Trump le ha bastado la exhibición de su aplastante fuerza militar y la colección de cabezas enemigas cobradas en la cacería para darse por satisfecho con los objetivos alcanzados, avalado por la recuperación de las Bolsas y la moderada caída del precio del petróleo. Aunque mantiene un cierto nivel de amenaza militar ante las mediocres perspectivas de la negociación en Islamabad, su apetito bélico va decayendo cuanto más se acercan las elecciones de mitad de mandato. Ya no están en su cabeza los bombardeos masivos ni el desembarco de fuerzas especiales en territorio iraní para encontrar los ocultos 400 kilos en uranio enriquecido que quedan del programa nuclear o asegurar el tráfico marítimo.
Si el apresamiento del material radioactivo ha desaparecido de la negociación, abrir Ormuz es la condición imprescindible, aunque no suficiente, para dar la guerra por terminada, salvar la dañada economía del Golfo y evitar la recesión mundial. Tratándose de una operación de enorme dificultad, Trump se mostró inicialmente dispuesto a participar con los iraníes en su apertura a la navegación previo cobro de peaje, sin importarle la vulneración de la legislación marítima internacional. Y si no es posible, como se deduce de su inmediata rectificación, habrá que cargar los gastos en la cuenta de los emiratos petroleros mediante algún tipo de compensación política a Teherán.
Trump tiene soluciones para todo: para Ormuz ideó su apertura por la fuerza, pero tenían que ser otros quienes pusieran buques, armas y tropas, la OTAN por ejemplo. No iba a mandar a los soldados estadounidenses a instalarse en las costas de Irán, incumpliendo la solitaria promesa programática que todavía mantiene de abandonar cualquier idea de guerra larga o de ocupación permanente. Así es como ha convertido a los aliados de Estados Unidos que no han secundado sus descabellados planes belicistas en el chivo expiatorio de su inocultable fracaso.
No se atreverá en cambio con Netanyahu, que le incitó a lanzarse al asesinato de la cúpula del régimen iraní, e incluso a su derrocamiento, en una agresiva sesión de venta del producto en la Casa Blanca el 7 de febrero, conocida en sus más inquietantes detalles por una brillante narración de dos periodistas de The New York Times. El primer ministro israelí comparte con Trump tanto los espectaculares éxitos militares como la humillante derrota política que permite la supervivencia del régimen teocrático, pero está en su mano el sabotaje del alto el fuego mediante su guerra contra Hezbolá y sus propósitos anexionistas de territorio libanés.
Alrededor de la guerra de Líbano se está jugando la primera manga de la reunión de Islamabad, propiamente antes de sentarse en la mesa de negociación. Si Netanyahu sigue bombardeando Líbano, y Teherán a su vez no abre Ormuz por falta de un alto el fuego generalizado, los esfuerzos de paz pueden irse por el desagüe. Al final, el desenlace de todas las guerras depende de quién tiene más voluntad guerrera, no tan solo de quién tiene más fuerza. Y esto está todavía por dilucidar.
Para leer más:
Cañones y mantequilla
Necesitamos incrementar el gasto militar sin que eso afecte al gasto social, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos


Ha vuelto a la actualidad, por desgracia, la pregunta famosa de Paul Samuelson, recién terminada la Segunda Guerra Mundial: “¿Dónde debemos invertir los recursos, en cañones o en mantequilla?”. Está clara la respuesta del presidente español, Pedro Sánchez: tantos cañones como sea necesario, pero que la mantequilla no falte. El incremento del gasto militar al que se ha comprometido su gobierno no debe afectar al gasto social.
Parece que pocos le creen. Desde la derecha, con la fruición sádica de los aficionados al dolor social, y desde la izquierda, con un pacifismo más o menos ingenuo, son muchos los convencidos de la fatalidad de la ecuación: cuanto más invirtamos en defendernos ante un mundo cada vez más peligroso, menos podremos invertir en el bienestar de todos, y viceversa.
Los tiempos polarizadores exigen la rotundidad del juego de suma cero. Al final se nos quiere obligar a elegir entre la autonomía estratégica de Europa que nos lleva al belicismo o la Europa social que nos deja desarmados y conduce a entregarnos a voluntades ajenas, probablemente la de Putin, que es quien nos tiene más a mano. En Cataluña también hay una porción de la ciudadanía, mayoritariamente conservadora y rácana con la mantequilla, a la que no le importa que el gasto en cañones aumente, con tal que se fabriquen aquí, con trabajadores de aquí y que sean empresarios de aquí quienes reciban las inversiones y ayudas europeas.
No son de aquí, en cambio, ni destacan por ser de derechas o de izquierdas, quienes han dado la respuesta más interesante a la pregunta, sino dos estudiosos alemanes del Kiel Institut for the World Economy, en un detallado trabajo sobre el gasto militar de 20 países europeos desde 1870 hasta la fecha (Johannes Marzian y Christoph Trebesch. Guns and Butter. The fiscal consequences of Rearmement and War. Diciembre de 2025). Según nos cuentan, en un siglo y medio largo ha habido en Europa 114 episodios de auténtica expansión en el gasto militar, financiados con endeudamiento y aumento de la presión fiscal, pero con pocas evidencias de que haya sido en detrimento del Estado social.
En nuestro caso, habiéndonos ahorrado dos guerras europeas, el estudio menciona cinco momentos de fuerte incremento del presupuesto militar: la tercera guerra carlista, las dos guerras del Rif (la de 1909 y la de 1921), la posguerra civil y la adaptación militar al ingreso en la OTAN durante la transición, cuando por primera y única vez se cumple la tesis de los estudiosos, puesto que no disminuye sino que aumenta el gasto social, a diferencia de las anteriores ocasiones en que no aumentó ni disminuyó, por la sencilla razón de que no existía. Samuelson quizás no lo sabía, pero ahora lo sabemos y el Kiel Institut lo confirma: la mantequilla es estratégica. Hoy el gasto en seguridad desborda el gasto militar. La debilidad de la red ferroviaria o las insuficiencias de la sanidad pública son carencias estratégicas. Necesitamos cañones y mantequilla, aunque nos endeudemos y subamos los impuestos.
Ruinas del orden internacional destruido por Trump
El desmantelamiento del edificio global impulsado por EE UU tiene consecuencias imprevisibles tanto en Oriente Próximo como en Europa


Es pronto para hacerse una idea completa del paisaje de ruinas, especialmente devastador en Oriente Próximo. La guerra es siempre un terrible agente transformador. Nadie que se involucre en ella sale intacto. Ni siquiera quienes pretenden mirar los toros desde la barrera. Y todavía no ha terminado la demolición, acelerada por la violencia tecnológica y la vanidosa ineptitud del comandante en jefe.
Muchas columnas del edificio internacional están agrietándose. La más visible estos días es la OTAN, la alianza defensiva más exitosa de la historia, según sus dirigentes. Nunca ha ocultado Trump sus intenciones liquidacionistas, avanzadas ya en su primera presidencia, pero las está desplegando descaradamente en la segunda. No hay aliados ni socios en pie de igualdad para el actual presidente, sino vasallos que deben someterse y pagar las gabelas que exija la superpotencia, o en caso contrario quedarse sin la Alianza.
Su primer y mayor disputa tiene su origen en su concepción mercantilista y feudal de las alianzas, con las que el señor protege a los siervos a cambio de sus contribuciones en hombres armados o en financiación de su erario. Trump ha exigido a los socios un incremento en el gasto de defensa hasta alcanzar el 5% del PIB para disminuir la contribución de su país, obtener contratos para los fabricantes de armas estadounidenses y desentenderse de la guerra de Ucrania. En ningún caso para que Europa adquiera mayor autonomía estratégica.
Con la guerra de Irán, la OTAN ha sufrido una nueva embestida de Trump, despechado por la negativa de sus aliados a participar o al menos apoyarle políticamente. La Casa Blanca ni siquiera les informó antes de empezar las hostilidades, en línea con el ninguneo sistemático que han sufrido las instituciones europeas hasta su expulsión efectiva de Oriente Próximo, al igual que ha sucedido con Naciones Unidas. Trump pretendía que la OTAN se comprometiera en la apertura de Ormuz al tráfico marítimo, después de que fuera su guerra unilateral de agresión la que provocara el bloqueo, ignorando el carácter exclusivamente defensivo de una alianza en la que los socios no tienen la obligación de verse arrastrados a una contienda iniciada por uno de ellos.
Cada uno de los pasos de Trump en su segundo mandato ha devaluado el artículo 5 del Tratado Atlántico sobre el deber de solidaridad cuando alguno de los socios es atacado. Ya sucedió con los propósitos anexionistas respecto a Groenlandia, una amenaza del socio mayor, que es Estados Unidos, al socio menor, que es Dinamarca. Y sucede ahora con las declaraciones despreciativas contra la Alianza, para regocijo de Rusia, China y las extremas izquierdas antiatlantistas. El daño a la credibilidad atlántica es difícilmente reparable y puede tener consecuencias en la seguridad europea, especialmente en el flanco oriental, pero Trump no puede abandonar la OTAN con la simple firma de un decreto presidencial, sino que necesita la aprobación de dos tercios del Senado o una decisión legislativa del Congreso.
Esto no significa que su ofensiva contra la Alianza vaya a quedar solo en palabras. La fórmula más probable para satisfacer su resentimiento tiene nombre y ha sido desarrollada por el trumpismo. Es la OTAN durmiente o congelada, con una estructura reducida, puertas cerradas a nuevos socios, sin activismo político ni actuaciones fuera de área: paradójicamente, lo que ahora Trump le pide para abrir el estrecho de Ormuz. Cada país se concentrará en su propia defensa, y Estados Unidos se desentenderá de la defensa convencional. Su paraguas nuclear seguirá protegiendo a Europa sobre el papel, pero en los hechos será limitada o acaso nula la credibilidad de tal cobertura mientras esté en manos de la Casa Blanca trumpista. No es casualidad que la congelación, que excluye nuevas ampliaciones, cumpla con una de las exigencias de Putin para alcanzar la paz en Ucrania.
Otras piezas sobresalen en el campo de ruinas, la mayor de todas, la propia presidencia de Estados Unidos, atrapada en un endiablado dilema entre una invasión masiva y prolongada de Irán, de consecuencias económicas devastadoras, y una salida súbita que no podrá maquillarse como victoria. La agresión también se ha llevado por delante el viejo pacto estratégico, cerrado en 1945 entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey saudí Abdelaziz Bin Saud, que garantizaba la seguridad estadounidense a los árabes y el petróleo árabe a Estados Unidos. Washington ya no necesita el petróleo árabe, mientras que las bases estadounidenses en los países del Golfo atraen los ataques iraníes en vez de servir de protección. Similar degradación ha sufrido la fórmula paz por territorios con la que se ha intentado resolver el conflicto entre israelíes y palestinos desde 1967. Ahora Israel no quiere paz, sino más guerra, ni quiere ceder territorios, sino ampliar los que tiene, siempre gracias a la benevolencia de Trump. La demolición sigue. Crece el campo de ruinas.
Para leer más:
Trump sacude el árbol, Putin recoge las nueces
A corto plazo, el principal beneficiado de la guerra en Irán es el Kremlin


Nadie puede saber quién va a ganar esta guerra, ni siquiera si finalmente habrá ganadores. Son mayoría los expertos que dan a China por vencedora estratégica de un conflicto que fácilmente puede dañar a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales los demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desplazando los recursos militares asignados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.
Israel es un caso aparte, en el que hay que distinguir los intereses de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, de los de sus ministros ultraderechistas y de los de Israel. El ejército israelí está encadenando una victoria militar detrás de otra, aunque no es seguro que luego se traduzcan en victorias políticas. Netanyahu ha cumplido su sueño guerrero de atacar directamente a Irán, perseguido obsesivamente desde hace 40 años, hundiendo de paso cualquier idea de Estado palestino. Ha entregado a la extrema derecha un mapa de Oriente Próximo de aires imperiales, que permite a los más fanáticos, como el embajador de Estados Unidos, Mike Huckabee, predicar el delirio bíblico de un Gran Israel que se extienda desde el Nilo hasta el Éufrates. La derrota política entera es para el Israel pluralista y democrático, de fronteras estables y reconocidas por todos, capaz de reconciliarse y hacer la paz con sus vecinos palestinos.
Las rentas de la guerra son sustanciosas e inmediatas para Putin. Las vacías arcas de la Federación Rusa han recibido una inyección inesperada gracias al incremento de los precios del crudo y de los fertilizantes y al levantamiento parcial de las sanciones y de los aranceles sobre el comercio energético, decidido por Trump para calmar los mercados. Aunque el alivio financiero tardará en tener efecto en el campo de batalla, Putin contará muy pronto con la ventaja proporcionada por el desplazamiento por parte de Estados Unidos de armamento y munición desde todos los puntos del planeta hacia Oriente Próximo. Ya ha sucedido con los sistemas de defensa aérea Patriot y THAAD, fundamentales para enfrentarse a los ataques cada vez más intensos de Rusia con drones y misiles, pero irá a más en el futuro a la vista del agotamiento de los arsenales como resultado de su uso masivo contra Irán y de la lentitud de su producción industrial. Estados Unidos ya ha gastado en un solo mes la munición que Ucrania necesita durante dos años para interceptar los ataques rusos.
Putin espera recoger también rentas políticas como resultado del alejamiento imparable de la Casa Blanca respecto de la OTAN y sus aliados europeos por su negativa a participar en la guerra de Irán. Trump ha señalado que si no es la guerra de los europeos, tal como han declarado varios dirigentes de la UE y de los países socios, tampoco la de Ucrania es la guerra de Estados Unidos. El incremento de la tensión atlántica apunta a un eventual e infame cambio de cromos entre Putin y Trump para dejar sin inteligencia militar e incluso sin armamento a Irán y a Ucrania, una situación altamente comprometida para los europeos que podría dejar en la estancada a Ucrania y sellar definitivamente el futuro de la OTAN.
Zelenski ya ha expresado su resquemor por los constantes aplazamientos de las negociaciones de paz, que atribuye a la concentración exigida por la guerra de Irán y a la disminución de la atención mediática y diplomática sobre Ucrania. Según el presidente ucranio, crece la presión de Trump para que ceda Donbás entero, incluyendo la parte que Rusia no ha ocupado, si pretende obtener las garantías sólidas que exige un rápido acuerdo de paz, tal como lo desea la Casa Blanca para no distraerse de su dedicación a Oriente Próximo.
Con el cambio de régimen en Irán que esperaba la Casa Blanca en los primeros días de la guerra, Putin se habría quedado sin un aliado y socio industrial en la fabricación de drones y comercial en energía, y Zelenski lo habría celebrado como una excelente noticia. Cuanto más se alargue la guerra, en cambio, más sufrirá Ucrania por la desviación de recursos militares y financieros, la merma de atención política y el reforzamiento del eje balístico alrededor de Rusia e Irán, con participación de Corea del Norte y de China. Nada sería peor para Ucrania que verse obligada a ceder en malas condiciones a las exigencias de Putin y de Trump al alimón, convertida en la primera y prematura derrotada de una larga guerra en la que no participa ningún país europeo.
Para leer (y escuchar) más:
Aforismos para un tiempo sin tiempo
El nuevo libro de Valentí Puig está entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”


Este no es un manjar para apresurados. No es el teléfono móvil el lugar donde saborearlo, con el riesgo de atropellar a un invidente, como uno de tantos zombis que andan sin mirar por dónde pisan, atentos solo a las dichosas pantallitas. Su concisión podría adaptarse perfectamente a los caracteres contados que exigía el difunto Twitter, pero pocos influencers, quizás ninguno, podrían responder con el brío y la inteligencia necesaria a la sobria y sabia contundencia de los aforismos que contiene ese libro, dirigido a quien quiera leerlos, a los felices pocos que tengan la fortuna de abrirlo y disfrutarlo, tal como dice el último y definitivo: “La literatura es una transacción de particular a particular”.
Su concisión no es de nuestra época digital, sino de la sabiduría de siempre, que viene de muy antiguo y aspira naturalmente a sostenerse en el futuro. No brota de la nada, como sucede con todo lo que existe, sino de una obra abundante, inspirada y multifacética: poética, narrativa, periodística, memorialística y crítica, escrita en catalán y en castellano, extraña para el punto y el momento del mundo instantáneo, sin pasado ni futuro, cada vez más ajeno a la lectura y al pensamiento: “Pueblos que no leen periódicos porque lo saben todo; gentes que ni leen ni saben nada”.
Este tipo de escritura es muy característica de Azar y costumbre (Athenaica Ediciones), el libro recién salido del horno de Valentí Puig. Basta con bucear en su abundante obra publicada , y especialmente sus brillantes dietarios, para avistar ejemplares similares como quien identifica una medusa o una raya entre las rocas de la costa. Aunque saldrían varios libros como este de tal ejercicio, y alguien lo hará si no lo hace el propio autor, este ha sido escrito de una tirada en 2024 según nos dice la presentación, enteramente entregado a la tarea artesana de buscar “el destello de una verdad compacta”, que es en literatura lo más parecido a la joyería.
Cada una de las piezas habla y vale por sí sola, pero juntas, en el orden secreto que ha establecido su autor, componen el fresco crítico de un tiempo, el nuestro, en el que se diría abolido el tiempo mismo gracias a la irritación febril del individuo enfrentado al instante, tan ignorante del pasado como desinteresado por el futuro. Unos pocos ejemplares, espigados al azar, bastan para atisbar el calibre mayor de un material solo aparentemente menor y comprobar que el escritor dispara y acierta en todas direcciones.
De un lado: “Los estragos del nuevo siglo van prohijando reaccionarios silenciosos que acaban votando a sucesivos esperpentos”. Del otro: “Cualquier día estamos a tiempo para inventar un sistema más injusto y criminal que el soviético”. Para nuestros padres de la patria caídos o extraviados: “El sino de los estadistas es ser enterrados antes de morir”. Y para el emperador, naturalmente: “Políticos de vanidad tan violenta que declaran guerras y hunden naciones por no perder la coloratura del pavo real”.
Irán recupera capacidad disuasiva
Aunque está contra las cuerdas, el régimen ha conseguido absorber el enorme revés del descabezamiento de su cúpula y la destrucción del armamento, instalaciones e infraestructuras militares y policiales


Esta guerra que iba a durar dos o tres días entra ahora en su cuarta semana. Arrancó con un ritmo impropio de una guerra corta. Como en Ucrania, una vez quedó claro que el primer y formidable golpe no obtenía la caída del régimen, empezó la escalada o ascenso a los extremos que caracteriza a toda guerra clásica. Cuando se llega a tal subasta violenta, la contienda se prolonga e intensifica hasta que uno de los bandos empieza a agotar su voluntad de combate y se propone alcanzar un alto el fuego.
La guerra tiene una dinámica propia. Nada tan difícil como pararla cuando rueda sola. De atender a las últimas declaraciones de Trump, dirigidas a calmar los mercados energéticos, ahora podría ser el momento. Con el bloqueo de Ormuz y los ataques a los yacimientos e instalaciones petrolíferas y gasísticas, la intensidad de la guerra económica global se ha convertido en insoportable, también para Estados Unidos. Lo era ya para todos sus aliados, excepto Israel, y especialmente para las monarquías petrolíferas del Golfo, pero Trump seguía en sus trece, en busca de la victoria rápida, hasta asustarse ante las nefastas consecuencias que se esperan para la economía de su país en año electoral.
Está por ver que ahora consiga tomar el control político de una contienda que Netanyahu ha desencadenado y conducido a su gusto desde el primer día, cuando arrastró a Estados Unidos al ataque para descabezar al régimen, luego cuando liquidó a dirigentes iraníes con capacidad de interlocución como Ali Lariyaní y finalmente cuando ha abierto la caja de los truenos de la energía con el ataque a los campos gasísticos iraníes. De las abundantes y contradictorias declaraciones de Trump puede deducirse cualquier cosa y la contraria: que está a punto de cantar victoria o que los marines van a desembarcar en las islas de la costa iraní para abrir Ormuz al tráfico marítimo.
Esta guerra contra Irán es una hija legítima de Netanyahu, concebida desde hace al menos tres décadas. A su acción como primer ministro se debe la obturación de todas las aperturas diplomáticas hacia el país persa, especialmente el acuerdo de limitación nuclear promovido por Obama en 2015 y roto por Trump en 2018. Ambos países se reconocen mutuamente como una amenaza existencial, pero nadie como Netanyahu ha trabajado con tanta eficacia para llegar a la guerra abierta, incomprensible sin el auxilio proporcionado por Trump.
Israel es el “aliado modelo” según la Estrategia Nacional de Defensa trumpista y Trump el “presidente más pro Israel de la historia moderna de Estados Unidos” según Netanyahu. A pesar de tanta compenetración, sus intereses difieren en cuanto a duración de la guerra y objetivos. Trump nunca ha conseguido fijar un propósito político comprensible para los ciudadanos, carece del apoyo de su opinión pública y desea pasar página para dedicarse a otras cosas, probablemente Cuba. Netanyahu, en cambio, contando con la opinión a favor de los israelíes, quiere alargarla hasta conseguir la caída del régimen y ensanchar su hegemonía militar sobre la región.
Netanyahu comparte su radicalismo belicista con los halcones iraníes, dispuestos a seguir la guerra hasta alcanzar un alto el fuego y la supervivencia que les permita cantar victoria. Es una ironía, o quizás un guiño de complicidad motivado por las turbulencias en las bolsas y los mercados de la energía, que Trump haya relajado las sanciones sobre el petróleo ruso e iraní, como si ya estuviera adelantando el tipo de paz que tiene en mente para ambos regímenes.
Con el bloqueo de Ormuz y la escalada de la guerra energética, Irán demuestra que mantiene una cierta capacidad disuasiva. Aunque está contra las cuerdas, ha conseguido absorber el enorme revés del descabezamiento de su cúpula y la destrucción del armamento, instalaciones e infraestructuras militares y policiales. No ha perdido el control del país, como ha demostrado con los salvajes ahorcamientos en grúas de tres manifestantes, ni la capacidad intimidatoria que le daba su programa nuclear, pues con pocos misiles dirigidos a objetivos escogidos consigue sembrar el pánico entre los países vecinos, desencadena una crisis energética y enarbola el espantajo de la recesión global.
La desescalada que sugieren las palabras de Trump ni siquiera ha empezado. La guerra pinta para largo. Vista la correlación de fuerzas, que no son tan solo militares y tecnológicas, nadie puede cantar victoria antes de hora en la contienda más asimétrica que hayamos conocido. De todas las salidas, la más probable es el mantenimiento del régimen, endurecido pero debilitado, todavía con capacidad disuasiva y preparado para negociar a cara de perro; y la que menos, su caída y sustitución tras una revuelta estimulada desde el exterior. Incluso esta última difícilmente desembocará en una transición hacia la democracia. Como siempre, quienes van a sufrir en cualquiera de los casos son los civiles iraníes.

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Falsas victorias, futuras guerras
Trump necesita exhibir algún logro modesto y práctico que le permita cantar su triunfo sobre Irán y abandonar el asunto en manos de Netanyahu


La auténtica victoria no es militar sino política. Acertar en la definición de qué objetivos se persiguen y luego alcanzarlos es el auténtico éxito de quien se embarca en una guerra. Iniciarla sin definir la victoria, en cambio, es garantía de fracaso. Así le ha sucedido a Estados Unidos en las últimas guerras que ha librado en Irak y Afganistán, y así puede suceder de nuevo en la de Irán, si atendemos a las contradictorias declaraciones de Donald Trump.
Son muchas y confusas sus definiciones de la victoria. La mayor y más improbable es el derrocamiento del régimen, la instalación de un Gobierno afín y la exhibición del éxito político que no alcanzaron sus antecesores en Oriente Próximo con sus planes de paz, gracias al uso sin límite de la fuerza y a su desprecio por la diplomacia. Exigiría poner tropas pie en tierra en grandes cantidades para ocupar el país entero, en una repetición de anteriores guerras que terminaron como el rosario de la aurora.
No sucederá, porque incluso Trump sabe que es un delirio de grandeza. Necesita algo más modesto y práctico que le permita cantar victoria y abandonar el asunto en manos de Netanyahu. Pudo servir el asesinato de Jameneí y de la cúpula militar, e incluso la destrucción de la flotas naval y aérea de combate, pero dejó pasar la oportunidad, que el régimen iraní aprovechó para escalar regionalmente, cerrar el estrecho de Ormuz y sembrar el pánico en los países del Golfo.
La guerra ha entrado así en una fase de desgaste económico global, con el que Irán pretende poner contra las cuerdas a la Casa Blanca de cara a las elecciones de mitad de mandato. Para evitarlo, Trump debería abrir rápidamente el estratégico paso marítimo al tráfico de los petroleros con una operación difícil de ejecutar, a pesar de las bravuconadas presidenciales. Aun así, para sentirse vencedor en esta incierta contienda, debería hacerse también con los 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% todavía en manos del régimen, al parecer distribuidos en escondites bajo tierra. Aunque no bastan para un arma atómica, pueden servir como bombas sucias en manos de los grupos terroristas que suelen proliferar con este tipo de guerras.
El régimen está arrinconado. Poco o nada recuperará del poder regional perdido. No podrá reconstruir sus fuerzas navales y aéreas ni su enorme arsenal de misiles, y todavía menos su programa nuclear. Ahora le conviene resistir con sus apuestas más altas, a pesar del riesgo que representa ampliar la coalición adversa con su ofensiva contra los países árabes vecinos. Su objetivo es sentarse a negociar un alto el fuego con Estados Unidos en buenas condiciones, antes de que se le vaya de las manos el control represivo sobre la población y empiece a derrumbarse. Es lo que busca la elección del Mojtaba Jameneí como nuevo guía de la revolución, señal inequívoca de su endurecimiento. Según el politólogo iranoestadounidense Vali Nasr, exigirá garantías internacionales a cargo de Rusia y China, compensaciones económicas por la destrucción sufrida, levantamiento de sanciones e incluso algún tipo de acuerdo nuclear como el que se estaba discutiendo en las conversaciones interrumpidas por dos veces. Es decir, Teherán quiere negociar como Ucrania, en vez de sufrir la imposición como Venezuela.
A Netanyahu le basta seguir encadenando victorias militares para obtener su objetivo, que es ganar las próximas elecciones, ampliar su mayoría para adquirir mayores márgenes de acción y obturar la acción de la justicia por los casos de corrupción en los que está imputado. Mientras mantenga a Trump bajo control, podrá seguir ensanchando y profundizando la hegemonía sobre la región e incluso la ocupación de territorios, sin aflojar la presión militar sobre Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano, incluso en el caso de que cuaje un alto el fuego con Irán.
La paz y la estabilidad no entran en sus cálculos. Como aconseja Maquiavelo, prefiere ser temido que amado. Los Acuerdos de Abraham para establecer relaciones con Arabia Saudí pueden esperar, y en especial el reconocimiento del aborrecido e imprescindible Estado palestino, que los saudíes exigen y todos demandan, al menos de boquilla. También sufrirá la Junta de Paz que debe ocuparse de Gaza, de donde se deduce que no está a la vista la completa retirada militar israelí ni la Administración palestina de la Franja.
La victoria para Netanayhu es una paradoja, pues significa prolongar la guerra cuanto haga falta, bajo la cínica fórmula del corte de césped que exige cada territorio ocupado cuando la hierba de la revuelta crece en exceso. Son del mismo orden las deficientes ideas de victoria que se manejan entre Teherán y Washington, pues no conducen al orden justo y estable que exige la paz auténtica ni a la libertad que los iraníes merecen. Con falsas victorias se siembra la semilla de las guerras futuras.
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Gabriel Rufián: De separatista a unificador
Es difícil creer que muchos se sientan atraídos por un candidato independentista, tan atado al lenguaje ‘procesista’ de la década superada


Nació para separar, pero ahora surge como unificador. Gabriel Rufián, incorporado a Esquerra Republicana en plena ebullición del proyecto secesionista para arrastrar votos de los hijos de la inmigración, es ahora la gran esperanza roja para unificar al conjunto de la izquierda tras el fracaso de Yolanda Díaz con Sumar.
Fracasó el proyecto inicial que le incorporó a la política, pero Rufián sigue fingiendo, más en las palabras que en los hechos, que siguen manteniendo intacta su fe en la independencia. Es la identidad política con la que empezó su carrera y por lo visto no le ha pasado por la cabeza que pueda ser un estorbo para sus ambiciones actuales, hasta el punto de que hace gala de su credo independentista en cuantas ocasiones se le pregunta. De momento no ha sido obstáculo para dos éxitos iniciales en su papel de unificador izquierdista, primero con la buena acogida de su diagnóstico y luego en su preeminencia como candidato preferido del electorado de izquierdas, tal como demuestra la encuesta de 40dB publicada por este periódico.
Es difícil calibrar qué parte de su éxito se debe a la debilidad de las otras candidaturas. Rufián supera largamente a cualquier otro candidato en todas las capacidades: para unir a la izquierda, movilizar al electorado, atraer a nuevos votantes e incluso gobernar España, largamente por encima de todos los nombres barajados, incluyendo ministros, exministros y una exvicepresidenta. Una parte al menos de tales preferencias responde a su nivel de conocimiento por parte de los votantes encuestados, el más alto con excepción de la ya descartada Yolanda Diaz. Se explica por sus intervenciones parlamentarias y su capacidad de acción en las redes sociales, y finalmente porque es el único y auténtico ‘influencer’ sobre el que han preguntado los encuestadores.
Según Belén Barreiro, la unidad de esa izquierda a la izquierda que pudiera conseguir Rufián apenas ampliaría el espacio electoral y nada cambiaría en los actuales equilibrios, a menos que consiguiera expandir la base reincorporando a votantes desencantados. Es difícil creer que sean muchos los que puedan sentirse atraídos por un candidato independentista, todavía tan atado al lenguaje procesista de la década superada.
Al parecer, en el mundo digital solo cuenta el presente. Apenas pesa el pasado próximo, los once años de militancia en ERC de Rufián, y menos todavía el pasado remoto de la fundación de su partido en 1931, que Paola lo Cascio ha evocado en estas mismas páginas. No se acuerdan ni sus actuales dirigentes, olvidadizos respecto a la vinculación de Esquerra con el republicanismo español, su presencia en el Pacto de San Sebastián que trajo la República y su participación en los gobiernos de izquierdas en Madrid.
“El debate no es solo cómo presentarse, sino como crecer”, asegura la directora de 40dB. De donde se deduce que Rufián ha formulado la buena pregunta pero él mismo, piensen lo que piensen los encuestados, no es la respuesta que corresponde. Al menos sin cambiar su actual perfil ideológico independentista.
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No se levanta la niebla de la guerra
Trump y Netanyahu, que han atacado Irán, solo están de acuerdo mientras ruge la máquina guerrera. Antes, y después, la disonancia es absoluta

No hay actividad humana más azarosa ni arriesgada. Cuando empieza una guerra, todo es incertidumbre. Cae sobre el mundo una espesa niebla que impide orientarse e incluso identificar a amigos y enemigos. Todas las noticias son sospechosas o directamente falsas a partir de ahora. Quien la declara, cansado de los métodos pacíficos y confiado exclusivamente en sus propias fuerzas, prefiere entregar al azar la resolución del conflicto en el que está involucrado. Y es consciente, aunque no lo reconozca, que solo se sabe cómo empieza pero nunca cómo acaba.
Estas ideas, nunca olvidadas en las escuelas militares, habían dejado de interesar en una amplia región del mundo en los últimos 80 años, puesto que se vivía en las condiciones cercanas a la paz perpetua, pero regresaron atropelladamente hace cuatro años. Fue el regreso de la guerra clásica, que el militar prusiano Carl von Clausewitz definió como un acto de fuerza sin límite de alguien que quiere imponer su voluntad a su enemigo. Quien la desencadena con la intención de resolverla brevemente, mediante el descabezamiento inicial del adversario, sabe que deberá persistir si falla en el primer golpe, sea porque no tiene éxito, como en Ucrania, sea porque del éxito no se deduce automáticamente la esperada victoria, como en Irán.
Una vez lanzada, todos pueden esperar y desear que no se alargue, pero nadie tiene ninguna certeza sobre su duración. Dependerá de las fuerzas que tengan los contendientes y, más importante todavía, de su voluntad de proseguirla. Ambos elementos son cruciales en la puja violenta que constituye la esencia de la guerra. Durante años la comunidad internacional se ha dedicado a evitarlas y, una vez desencadenadas, a frenar la escalada. Cuando se han bloqueado los instrumentos multilaterales para la paz, como sucede en la actual transición caótica hacia un nuevo orden, no queda otro remedio que esperar a que se agoten las fuerzas o el empeño de los contendientes hasta llegar a la rendición de uno de ellos o al cansancio de ambos. Así está sucediendo en Ucrania y así va a suceder en Irán.
Ni las fuerzas ni las voluntades se han agotado en cuatro años de la guerra de Rusia contra Ucrania. Respecto a Irán, no hay duda alguna sobre la fuerza militar incomparable que tiene Donald Trump bajo su mando, aunque en una semana de desigual intercambio de golpes todavía no ha conseguido la completa anulación de la capacidad ofensiva iraní. En Teherán la voluntad persiste aparentemente intacta y nadie atisba por el momento que vaya a quebrarse, al contrario: los mayores temores señalan un endurecimiento, hasta el punto de suscitar en Trump y en Benjamín Netanyahu la eventualidad de algún tipo de intervención terrestre para terminar de una vez, sea por fuerzas kurdas interpuestas o directamente de soldados estadounidenses o israelíes.
Tampoco ha variado la voluntad de Israel, reconfortada por los éxitos militares, la constante ampliación de su hegemonía sobre la entera región y los ensueños imperiales de su extrema derecha. Netanyahu quiso liquidar el proceso de paz con los palestinos y atacar directamente a Irán ya en aquella década dorada para la paz que fueron los años noventa del pasado siglo y ahora, 30 años después, se ha salido finalmente con la suya, gracias al presidente más entregado a su causa de toda la historia.
Contrasta con la frágil voluntad de Trump, un personaje voluble e influenciable, que no quería intervenciones en el extranjero ni guerras largas, cambios de régimen ni construcción de naciones y mucho menos mandar soldados estadounidenses a matar y a morir en tierras lejanas, ahora a punto de desmentirse en todo. Su voluntad es deudora de sus caprichos narcisistas y de sus intereses personales, entre los que se cuenta, naturalmente, cualquier amenaza que pueda pesar sobre su presidencia, como son los documentos desclasificados del caso Epstein. Aunque ahora exija la capitulación incondicional, le bastará encontrar el momento adecuado para cantar victoria y desentenderse a continuación del futuro de los iraníes.
Trump y Netanyahu solo están de acuerdo mientras ruge la máquina guerrera. Antes, y después, la disonancia es absoluta. A la vista de las explicaciones proporcionadas sobre los motivos de la guerra, ni siquiera Trump se aclara en mitad de la niebla. No es el caso de Netanyahu, que le convenció en junio de 2025 para bombardear las instalaciones nucleares y ahora para lanzar toda su furia militar sobre Irán. Tampoco están de acuerdo respecto a la duración y a la victoria, que Netanyahu quiere larga y cuanto más destructiva mejor —incluso a costa de la integridad territorial de Irán si hace falta— mientras que Trump suspira por la celeridad con que resolvió el problema en Venezuela, reza por una Delcy Rodríguez iraní vestida de clérigo y sueña en un ángel de la paz que se abra paso entre la bruma para entregarle el Premio Nobel.
‘America Won’t Save Iran’
‘The dry and the wet burn together’

‘Irán: la revolución constante’
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Primera guerra imperial trumpista
Para Trump es un momento estelar. Quiere ser el libertador del pueblo iraní y el líder de la superpotencia “cuya fuerza y poder nadie debe desafiar”

En dos ocasiones Donald Trump ha repetido la jugada con los negociadores de Teherán. Negociar y, de no obtener rápidamente el resultado apetecido, golpear. Lo hizo el pasado junio, cuando remachó la guerra aérea de Israel con su ataque sobre las instalaciones nucleares iraníes, justo después de sentarse a negociar en Omán. Y lo ha repetido ahora, en mitad de una negociación que los representantes de Teherán valoraban positivamente, cuando el régimen se tambaleaba, tocado por la anterior guerra, con las manos manchadas de la sangre de millares de manifestantes y detestado mayoritariamente por la población.
Según la fórmula trumpista, es la diplomacia por la fuerza. En la que se excluye que el fuerte vaya a ceder algo al débil. Al contrario, aprovechará su creciente debilidad para liquidarle. En este tipo de diplomacia bélica no se necesitan grandes coaliciones, como las que reunieron los Bush para sus guerras de Irak, la primera en 1991 y la segunda en 2003. Tampoco hace falta cobertura legal interna, ni el permiso del Congreso y del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que solo obtuvo Bush padre. A fin de cuentas, ni siquiera es una guerra propiamente declarada, sino unas “importantes operaciones de combate”, según la declaración de Trump al empezar los bombardeos, en la estela eufemística de Vladimir Putin con su ‘operación técnico militar’ para invadir Ucrania y derrocar también al régimen.
La diplomacia trumpista no sirve para evitar o resolver pacíficamente los conflictos sino para dejar las cosas claras. Por las buenas o por las malas. Es el arte de la extorsión, no de la negociación. Estados Unidos e Israel exigían de Irán que abandonara su programa nuclear entero, que desmontara su sistema de misiles y que renunciara a su solidaridad con los partidos y grupos afines en Oriente Medio. No eran exigencias excesivas, sino sencillamente extrañas. Trump había dado por obliterado el programa nuclear, los sistemas de misiles iraníes quedaron debilitados en la guerra con Israel el pasado año y los amigos del chiismo revolucionario en la región ya no son la amenaza que fueron.
La República Islámica estaba dispuesta a negociar e incluso a ceder en alguno de los puntos, pero en ningún momento se mostró dispuesta a rendirse, como le pedían los negociadores, mientras se iba estrechando el cerco naval. Según el negociador estadounidense Steven Witkoff, “Trump tiene curiosidad por saber porque todavía no han capitulado”. En cuanto a negociaciones, por tanto, capítulo cerrado. Para Estados Unidos, porque está concentrado en la operación militar. Y para el régimen Irán, escarmentado por la escasa fiabilidad de la diplomacia, porque sabe que el único margen diplomático que le queda es la rendición, tal como ya han exigido Trump y Netanyahu al alimón. Con una única alternativa formulada por el presidente de Estados Unidos, en su lúgubre alocución para declarar la guerra: “A los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica, las fuerzas armadas y la policía, les digo esta noche que deben dejar las armas y tendrán total inmunidad, o si no, la alternativa, la muerte segura”.
De atender a los argumentos de Trump se trata de una operación defensiva ante una amenaza inminente. Para explicarla, se remonta casi medio siglo atrás, cuando Jomeini se hizo con el poder en Irán, la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán, los atentados sufridos por soldados estadounidenses primero en Líbano y luego en manos de milicias chiitas en Irak e incluso el atentado contra el destructor estadounidense USS-Cole en 2.000 en las costas de Yemen, cuya autoría se atribuyó Al Qaeda. Y por supuesto, el ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre. De donde se deduce claramente que nadie como Netanyahu sabe susurrar al oído de Trump sobre la geopolítica de Oriente Próximo.
Esta guerra rompe algunas convenciones normalmente aceptadas sobre el trumpismo. Busca un cambio de régimen, sin duda. Al menos este es el auténtico objetivo, inspirado directamente desde Israel. Con la dificultad de que no debe ni puede poner tropas sobre el terreno. Y ahí empiezan las complicaciones, porque en vez de un cambio de régimen puede haber un endurecimiento, una situación de caos e incluso una guerra civil, problemas que a Netanyahu no le quitan el sueño y probablemente suscitan escasa atención en la Casa Blanca.
Para Trump es un momento estelar. Quiere ser el libertador del pueblo iraní, el único aliado de Israel que atendió a sus demandas frente a Irán y el líder de la superpotencia “cuya fuerza y poder nadie debe desafiar”. Aviso para navegantes. Si la captura de Maduro fue su primera destitución militar de un gobernante, esta es su primera guerra propiamente imperial, en el sentido más antiguo de la palabra, en la que los combatientes enemigos son conminados a escoger entre la capitulación incondicional o la muerte.
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Independentismo europeo
Los depredadores putinistas y trumpistas se relamen ante la presa fácil que representan unos europeos desunidos


El independentismo está en auge. Pero no el catalán o el vasco sino el europeo. Encuentra su expresión entre gobernantes y responsables de las instituciones de Bruselas, como la dócil Ursula von der Layen, el conservador canciller Friedrich Merz o el centrista Emmanuel Macron. Si Putin amenaza a Europa militarmente con su guerra en Ucrania, Trump constituye una amenaza no menos grave a su soberanía, con sus ambiciones sobre Groenlandia, sus exacciones arancelarias, sus pretensiones de liberar de cualquier regulación europea a sus grandes empresas tecnológicas y la guinda política de su descarada interferencia electoral para que entren en los gobiernos los partidos de extrema derecha.
De prosperar las ofensivas en curso, la construcción europea sufrirá un serio revés, que puede conducir hasta la fragmentación y el regreso a las históricas y nefastas rivalidades nacionales que llevaron a la guerra entre europeos en multitud de ocasiones. La unidad europea ha sido siempre un requisito para existir en el mundo global, pero ahora es una exigencia defensiva ante el peligro existencial del cerco imperial y autoritario, que es militar desde el Este y multifactorial (arancelario, ideológico, tecnológico y finalmente geopolítico) desde el Oeste. Si cada socio europeo por sí solo no contaba para existir globalmente, todavía menos para defenderse ante los ofensivas contra su soberanía en el mundo multipolar.
En este difícil horizonte, los independentismos menores convienen a los adversarios de Europa, como se ha visto con el Brexit. Quienes quieren emanciparse de Bruselas, como Hungría y Eslovaquia, y muchos otros socios si las extremas derechas siguen avanzando, terminarán arrodillados ante Putin o Trump, incluso ante ambos a la vez, sin soberanía europea y sin soberanía nacional. Idéntico destino les espera a los independentismos minúsculos de las naciones sin Estado que no han sido sabido encauzar sus aspiraciones de libertad en democracia a través del federalismo europeo, primero desde sus correspondientes Estados socios y luego en el conjunto de la Unión.
La quimera de la Europa de los pueblos y de las viejas naciones históricas surgidas del nacionalismo romántico interesa tanto a los depredadores putinistas como a los trumpistas. Ambos se relamen ante la presa fácil que representan unos europeos débiles y desunidos. No es una novedad en la historia. Dividir políticamente es una táctica imperial, pero fragmentar es una estrategia geopolítica para evitar que crezca una fuerza capaz de retar e incluso vencer al imperio dominante.
El nazismo promovía a los pequeños nacionalismos etnicistas en el mapa de su Europa alemana, como ahora desde la Casa Blanca y el Kremlin se vitupera la unidad europea, se ensalza las viejas naciones y, si hace falta, se promueve la secesión de los pequeños pueblos. La única independencia efectiva, en paz, libertad y democracia, no es la de Somalilandia, que tanto le gusta a Carles Puigdemont, o la de Groenlandia, como pretendía Trump para hacer con ella lo que Putin hizo en Crimea, sino la de la Unión Europea respecto a los tres imperios, el ruso, el chino y el americano.
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Estados Unidos no tiene rey
El Tribunal Supremo frena la concentración presidencial de poderes para que Trump no actúe como un monarca


Al fin alguien ha parado los pies a Trump. Y ha sido quien podía hacerlo, el Tribunal Supremo, árbitro e intérprete de la Constitución, sus nueve jueces vitalicios, seis conservadores y tres de ellos nombrados por el propio presidente. La sentencia contra los aranceles, mal llamados recíprocos, y hechos públicos en un acto solemne y pomposo anunciado como el Día de la Liberación el 2 de abril de 2025, hiere de muerte una pieza central de la política exterior trumpista, utilizada a discreción como arma de castigo y extorsión por su diplomacia agresiva, en vez de como herramienta contra los desequilibrios en la balanza comercial o las medidas agresivas en el comercio exterior, tal como es su función.
El argumento central para tal desaire hiere la mentalidad autocrática y narcisista del presidente. Trump se ha arrogado unos poderes que no le pertenecen. Ha actuado como un monarca, exactamente lo que querían evitar los padres constitucionales cuando diseñaron un sistema de poderes no tan solo divididos, sino compartidos entre el presidente y las dos Cámaras. Con esta sentencia, el Supremo pone freno a la concentración presidencial de poderes y devuelve al Congreso la competencia sobre la fiscalidad, en la que se incluyen los aranceles. Rehabilita a la vez la división de poderes y reivindica la vitalidad del Estado de derecho, que responde con eficacia ante la apelación a la justicia de las pequeñas empresas importadoras que recurrieron a la arbitraria imposición arancelaria. Nadie está por encima de la ley. Tampoco el presidente. Según ha recordado The Wall Street Journal, periódico propiedad de la familia Murdoch, “los estadounidenses combatieron en la Revolución porque creían que solo sus representantes, no el rey, tenían autoridad para gravar con impuestos a los ciudadanos”.
Trump ha utilizado profusamente los aranceles como arma política en sus relaciones exteriores para someter a quienes no aceptan sus exigencias ajenas al comercio. Las amenazas más recientes se han dirigido a los europeos que se han opuesto a sus pretensiones anexionistas sobre Groenlandia o a quienes no han querido formar parte de su extravagante Junta de Paz, pensada para Gaza pero dirigida a neutralizar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Aranceles en mano, ha intentado que la India deje de comprar petróleo ruso o que Lula perdone a Bolsonaro. También los ha blandido con la vanidosa pretensión de aparecer como un presidente pacificador, cuando países como Tailandia y Camboya o India y Pakistán se han sentado a negociar treguas y acuerdos de paz. Y, sobre todo, los ha utilizado coercitivamente en las grandes negociaciones comerciales con China y la Unión Europea, apelando a un desequilibrio de la balanza comercial que considera una “emergencia nacional”. Siendo una de las claves de la política arancelaria derribada por el Supremo, nada sería más natural que fueran revisados y no de momento ratificados los acuerdos asimétricos cerrados bajo tales amenazas, como es el caso del que firmó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en julio pasado.
La furiosa reacción de Trump ante la decisión del Supremo da una idea del tamaño de la ofensa para alguien tan aterrorizado por ser identificado con el estereotipo del perdedor. Muchos presidentes han criticado sentencias, pero nadie hasta ahora había dedicado una entera conferencia de prensa a descalificar la labor de la justicia, ni mucho menos a insultar a los magistrados. Trump ha calificado la sentencia de terrible, defectuosa, ridícula y escrita por personas sin inteligencia, unas presunciones directamente dirigidas a John Roberts, el presidente del Tribunal y redactor del dictamen mayoritario. Y ha tildado a los seis jueces de desgracia para la nación, tontos, perros falderos, republicanos solo en el nombre, serviles ante los extranjeros, antipatrióticos y desleales a la Constitución. Sus mayores y más directos improperios fueron para Neil Gorsuch y Amy Coney Barrett, los dos jueces conservadores que él mismo nombró, pero que han votado en contra de sus “preciosos aranceles”. Ha osado llamarles “una vergüenza para sus familias”, en una capciosa invitación al acoso por parte de su entorno social.
El mismo tribunal que protegió a Trump desde su primer período presidencial le ha propinado ahora el revés probablemente más serio de su mandato. Hasta ahora, los seis jueces conservadores formaban una mayoría deferente, que le permitió eludir la acción de la justicia por casi un centenar de cargos penales después del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Con una hábil utilización de los aplazamientos, culminada con la ominosa sentencia que declara su inmunidad retroactiva, sus abogados consiguieron que llegara de nuevo a la presidencia con una única sentencia condenatoria pero sin consecuencias penales. Esta sentencia, en cambio, es una inflexión esperanzadora en la marcha aparentemente ineluctable hacia la autocracia. Al menos, conforta la confianza que todavía despierta la democracia estadounidense en sus horas más bajas.
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La bola de derribo lleva sello israelí
Antes de desafiar a los europeos con sus ambiciones anexionistas respecto a Groenlandia, Trump ya les ha echado de Oriente Próximo, como ha echado a Naciones Unidas


La excavadora y la bola de derribo son herramientas militares imprescindibles junto a la bomba o la carga de dinamita. Se utilizan desde hace años para castigar a las familias de los terroristas palestinos que han cometido un atentado mortífero. El método usado a pequeña escala en Cisjordania se ha extendido desde el 7 de octubre de 2023 al entero territorio gazatí, también como sistema de venganza provechosa, puesto que a la demolición le suele seguir la ocupación de todo o parte del territorio arrasado.
No es extraño que tales armas-herramientas hayan inspirado a los autores de En destrucción, el informe de la Conferencia de Seguridad de Múnich dedicado al cambio de la política exterior de Estados Unidos, especialmente en relación a Europa. Fascinados por la demolición del ala este de la Casa Blanca para la caprichosa construcción de un enorme salón de baile, los politólogos Tobias Bunde y Sophie Eisentraut han dado con la metáfora para el asalto trumpista al “sistema de normas internacionales, el desprecio por los procedimientos legales y la consideración de la presidencia como propiedad personal”.
Gaza no estaba en la cabeza de ambos politólogos, a pesar de que en pocos lugares se superpongan tan exactamente la demolición del orden internacional y el uso de la excavadora y la bola de derribo para dejar como un solar una extensa zona urbana ya bombardeada. Allí la faena está casi terminada, con el 90% de los edificios arruinados, los campos de cultivo arrasados, el 60% de infraestructuras de comunicación, saneamiento, agua y electricidad inutilizadas y 50 millones de toneladas de escombros amontonados. Se ha perdido de paso el 10% de la población, entre el cuarto millón que ha huido y la cuenta final e incompleta de 71.000 muertos, reconocida por Israel.
También el plan de paz es parte de la demolición del orden internacional. No ha habido participación ni representación de los palestinos en su negociación ni la habrá en los organismos políticos destinados a aplicarlo. Tampoco hay prisas para intensificar la ayuda humanitaria ni atender debidamente a una población exhausta, acampada bajo la lluvia y el frío, en contraste con la exhibición megalómana de proyectos urbanísticos que alimentan las sospechas de una expulsión generalizada. Ni siquiera tiene plena vigencia el alto el fuego, que arroja un constante goteo de muerte y destrucción a manos del ejército israelí y de bandas de delincuentes, algunos armados por el Gobierno de Netanyahu. El balance de 600 personas muertas y 1.500 heridas desde que se decretó el alto el fuego, sin contar los enfermos fallecidos, es propio de una guerra de baja intensidad.
Antes de desafiar a los europeos con sus ambiciones anexionistas respecto a Groenlandia, Trump ya les ha echado de Oriente Próximo, como ha echado a Naciones Unidas. Estuvieron en el acuerdo nuclear con Irán de 2015 y tuvieron un papel crucial en la paz de Oslo, todo lo que Netanyahu ha destruido, en especial con sus decisiones anexionistas sobre Cisjordania y su rechazo radical al más mínimo asomo de Estado palestino. Aun así, nadie se opuso al Consejo de Paz trumpista en el Consejo de Seguridad. Tuvo los cinco votos europeos. Incluso Argelia votó a favor. Se abstuvieron Rusia y China, que reservan sus vetos para Ucrania ahora y quizás para Taiwán en un futuro. Como premio, Trump se ha tomado algunas licencias, como atribuirse la presidencia, exigir la cuota de 1.000 millones de dólares para quien quiera participar y proyectar sus habilidades pacificadoras al ancho mundo, pues se propone sustituir a Naciones Unidas y absorber sus recursos. La bola de hierro que destruye el orden internacional multilateral cuenta así con la bendición de la institución que sufre sus golpes y mejor lo representa.
La demolición empezó propiamente en Oriente Próximo, antes de que llegara Trump, desde la invasión de Irak en 2003 y la guerra global contra el terror de George W. Bush. Los europeos, como Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias, ya no tienen papel alguno en la región, ni nadie les va a informar antes de atacar a Irán. No es extraño que Oriente Próximo haya tenido un peso tan leve en la Conferencia de Múnich. Su informe anual ni siquiera presta atención a la improbable reconstrucción de la Franja, la creciente ocupación de Cisjordania, la destrucción de los Acuerdos de Oslo o el peligro de guerra regional que acompaña a la diplomacia por la fuerza desplegada por Trump contra Jameneí.
En otras épocas hubieran despertado la máxima atención en Múnich, pero ahora el elefante en la habitación es el giro de la política exterior de Donald Trump, tal como ha señalado el presidente de la Conferencia de Múnich, Wolfgang Ischinger. Una vez tranquilizado por el discurso cortés y apaciguador de Marco Rubio, podemos respirar aliviados. El orden reina en Gaza… y en Europa.
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La nostalgia no es una estrategia
Es una mala broma vender que la independencia es la solución para la crisis de los trenes. Sería más eficaz vigilar y presionar a las administraciones para que reparen la red

Más puede ser menos. Dos convocatorias para demostrar la indignación por el estado de la red ferroviaria catalana tienen menos fuerza que una sola, unitaria y capaz de reunir a un número elevado de afectados por el caos de Rodalies. La suma de manifestantes que acudieron a una y otra, 8.000 por la mañana y 3.000 por la tarde según la Guardia Urbana (30.000 y 40.000 respectivamente según los convocantes), no refleja el grado de afectación social y económica de la crisis ferroviaria ni la extensión y profundidad de la indignación ciudadana.
Tampoco la reflejan los símbolos y consignas exhibidos en ambas convocatorias, anclados en las fórmulas y tópicos que acompañaron al proceso independentista, olvidando que la mayoría de los afectados por la crisis ferroviaria poco tienen que ver con los sectores sociales y los motivos que movilizaron durante la pasada década a los independentistas. Buen momento para recordar a Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en su ya célebre discurso de Davos: “La nostalgia no es una estrategia”.
Si hace 18 años una crisis de las comunicaciones ferroviarias fue la oportunidad para que el soberanismo descubriera su capacidad para movilizar a la sociedad catalana y convertir la indignación en combustible de arranque para el proceso independentista, este pasado sábado, en cambio, otra crisis más trágica y de mayores dimensiones apenas ha conseguido una reacción que bien puede calificarse de rutinaria por parte de las organizaciones y partidos independentistas, cada vez más divididos y polarizados e incapaces de convertir el enfado en energías políticas útiles.
La regla del éxito populista radica en la capacidad para aglutinar dificultades y problemas heterogéneos bajo una sola reivindicación. A quien sabe reunir todos los malestares en una idea simple, convertida en consigna, lema u objetivo, se le abre un fructífero camino político, tal como han demostrado los populismos de distinto signo surgidos en los últimos decenios y en especial el populismo independentista que demostró mayor capacidad para movilizar a los catalanes que cualquier otra causa.
Con ideas dispersas, división política e incapacidad para conectar con la ciudadanía, esta vez ha sucedido lo contrario. De un lado, dos máquinas de movilización engrasadas, la ANC y el Consell de la República, consiguieron la manifestación más numerosa y militante, casi entera de cabezas grises y añorantes de la victoria que se escapó. De la otra, la convocada por las plataformas de los afectados, menos numerosa, más concreta en sus demandas y plural en cuanto a generaciones y militancias, pero sin atreverse a romper el molde independentista.
Es una mala broma vender que la independencia es la solución al alcance para resolver el desastre ferroviario. Sirvió hace 18 años el derecho a decidir, pero aquella lógica populista fracasó, sustituida por otra peor, la de la xenofobia, abiertamente indeseable. Más eficaz sería concentrar las energías en la vigilancia y la presión sobre las administraciones para que reparen de una vez la red ferroviaria, tal como propugnan acertadamente las plataformas de afectados.
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Hegemonismo depredador, monarquía absoluta e ilustración oscura
Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás


La cosa ya tiene nombre. O mejor, tratándose de un ente tentacular, varios nombres distintos para un mismo peligro, cierto y creciente. Tres al menos: hegemonismo depredador, monarquismo absoluto e ilustración oscura. Todos inquietantes, como Trump y el trumpismo, el caudillo y su movimiento. Son libres y probablemente imprecisas las asociaciones con otros fenómenos surgidos en otras circunstancias históricas aunque de características similares, como el fascismo, el hitlerismo y los totalitarismos en general. De ahí que importen las definiciones ajustadas a nuestra época para entender su carácter y estimular la imaginación cívica y política de quienes quieran enfrentarse con ella.
Un año ha bastado para caracterizarlo como un hegemonismo depredador, es decir, un imperialismo sin más límites para controlar territorios u obtener rentas neocoloniales que los que encuentre su inmenso poder coercitivo, ya sea por las armas o los aranceles. Es relevante la opinión de Stephen Walt, catedrático de Harvard y uno de los más influyentes especialistas en relaciones internacionales, representante de la corriente realista, que es quien ha descrito el trumpismo como tal tipo de imperialismo, sin lealtad ni deferencia alguna hacia sus aliados, a los que exige concesiones y beneficios asimétricos, en una relación de vasallaje que no se permite con sus adversarios.
Las interdependencias en el orden internacional, y especialmente con los aliados europeos, han resultado una mina de oro para Trump, que ha podido extorsionar a placer a cuantos se habían acostumbrado a la benevolencia del imperio y no supieron organizarse a tiempo para enfrentarse al acoso imperial. Su esquema de dominación encaja con el concepto de neomonarquismo (neoroyalism), acuñado por los politólogos Stacie E. Goddard y Abraham Newman. Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás, a un modelo anterior a los Tratados de Westfalia (1648), de donde surgieron las soberanías territoriales, la igualdad jurídica entre los Estados, el principio de no injerencia política ni religiosa, la diplomacia moderna y el equilibrio de poder para evitar que uno de los soberanos se imponga sobre los otros.
Como estructura política, es una monarquía absoluta dedicada a la acumulación por el saqueo y la exacción, a imitación de los imperios antiguos, en los que el emperador era dueño de vidas y haciendas. La acumulación de poder personal, la desaparición de los contrapesos y controles, el control de la justicia y el legislativo, la politización de la policía y el ejército, el sometimiento de las universidades, la abogacía y las empresas, y la persecución de la disidencia bastan para definir al gobierno de tendencias despóticas que se ha instalado en la Casa Blanca. Solo queda en la reserva democrática el resultado de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo, si Trump obtiene un resultado adverso y el Congreso de mayoría demócrata frena su asalto autocrático.
El trumpismo mezcla concepciones arcaicas, definidas muy propiamente como neorreaccionarias, con una modernidad tecnológica radical, de donde surgen las bases ideológicas de su legitimación. Concibe la fuerza como el único fundamento del derecho. Los valores universales, la igualdad, la democracia y los derechos humanos carecen de significado. Son inevitables e incluso deseables el conflicto, la jerarquía y la acumulación de riqueza. Hay que gestionar el imperio como una empresa multinacional, con un monarca al frente. Las antiguas administraciones profesionales deben ser sustituidas por clanes familiares, amigos y socios, cohesionados por los intereses compartidos. Finalmente, ningún freno moral o político debe oponerse a los cambios y a la aceleración que produce la tecnología.
También estas ideas tienen un nombre. Es la Ilustración Oscura, promovida por Nick Land y Curtis Yarvin, las mentes fundadoras del neorreaccionarismo, una corriente surgida en el mundo digital, inspiradora del trumpismo y eficaz ideología para los multimillonarios tecnológicos en su pugna contra cualquier control legal, el desbordamiento del poder de los gobiernos, la elusión de toda fiscalidad e incluso las distopías tecnológicas que permiten imaginar una fusión hombre-máquina y conducirles a una forma de una humanidad superior capaz de habitar Marte, en una hiperracista secesión respecto a la humanidad común.
A la vista está que la Ilustración Oscura es lo contrario de la Ilustración surgida en Europa en el siglo XVIII. Pretende que la humanidad entera, sometida a los imperios neorreaccionarios, regrese a la minoría de edad de quien no se atreve a pensar por sí mismo, para someterse sumisamente al poder feudal de las grandes tecnológicas. No es Ilustración y es ciertamente oscura, incluso negra, como las camisas del fascio y las runas y cruces gamadas del nazismo. Tan negra como los ídolos demolidos por la Ilustración. Una vez convertidos los ciudadanos en consumidores tecnológicos, desprotegidos por las leyes, el Estado de derecho, las instituciones multilaterales y, en nuestro caso, la Unión Europea, se trata de transformarlos en siervos tecnológicos precisamente en nombre de la libertad.
‘Neorrealismo: el nuevo orden mundial de Donald J. Trump’
‘The Predatory Hegemon. How Trump wields American power’

‘Les lumières sombres. Comprendre la pensée neoreactionnaire’
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Cómo atacar a Irán, manual trumpista en mano
No habrá invasión masiva, ni ocupación posterior y menos todavía la construcción de una democracia; habrá ataques aéreos, y su fecha es inminente


Todo listo para golpear otra vez, a la espera de la orden presidencial. Fue justo hace un mes cuando Trump se comprometió a “salir al rescate” de los iraníes si seguía la matanza. Siguió y se recrudeció, a oscuras, sin conexiones telefónicas ni digitales, casi olvidada por el mundo. La Guardia de la Revolución Islámica aprovechó enero entero para acallar las protestas con una represión inaudita, inhumana, propia de una guerra y no de una revuelta, cifrada en decenas de miles de muertos, heridos y detenidos.
El comandante en jefe estaba ocupado. Tenía que secuestrar a Maduro, robar Groenlandia a sus propietarios y perorar en Davos contra los europeos. Ha presentado su Junta de Paz para Gaza como una institución internacional alternativa al Consejo de Seguridad, mientras abandonaba 66 organismos de Naciones Unidas. No ha cesado en su presión sobre Zelenski para que regale a Putin la parte del Donbás que Putin no ha podido quitarle por las armas. Y se ha enfrentado a una revuelta multitudinaria en Minnesota contra su militarizada policía de fronteras, convertida ahora en una auténtica milicia del régimen trumpista, tras los dos asesinatos de dos manifestantes pacíficos.
Con tal frenesí, imposible concentrarse y resolver cada crisis. Trump tiene todos los frentes abiertos pero cada día abre uno nuevo sin terminar de cerrar ninguno. Roza la excelencia en el arte de retener o distraer la momentánea atención de la gente, para desorientarla, atraerla o anularla a su conveniencia, sin importarle las consecuencias. Sucede con sus mensajes de aliento a los manifestantes, a quienes lanzó a la calle sin que luego llegara la ayuda prometida. Y con su intimidante lucimiento de un poder militar sin límites, sin que se sepa si servirá para debilitar al régimen iraní o mantenerlo vivo.
Papeles en mano publicados recientemente, como la Estrategia Nacional de Seguridad y la Estrategia Nacional de Defensa, donde se definen respectivamente la política exterior y los medios militares a su servicio, se deduce lo que Trump no hará en Irán. Es corto el abanico de posibilidades. No habrá invasión masiva vía aérea o marítima, ni ocupación posterior y menos todavía la construcción de una democracia. Habrá ataques aéreos, como en toda operación de la era trumpista, sin descartar alguna acción rápida en tierra para una misión concreta, como en Caracas.
La fecha es inminente, la duración indeterminada y variados los antecedentes. Los bombardeos sobre los hutíes duraron 45 días hasta que se firmó un alto el fuego. Bastaron 40 minutos para secuestrar a Maduro. El Martillo de Medianoche el 22 de junio contra las instalaciones nucleares de Irán culminó en pocas horas la guerra de 12 días emprendida por Israel, una circunstancia que podría repetirse ahora en una acción coordinada con el país que los documentos estratégicos califican de “aliado modélico”.
Solo caben conjeturas sobre los objetivos. El más espectacular señala al líder supremo, Ali Jameneí. No pueden descartarse los sistemas de defensa aérea que permanecen todavía en pie; o directamente la Guardia Revolucionaria Islámica, los cuarteles y domicilios de sus jefes; y quizás el bloqueo de carga y transporte marítimo de petróleo. O ninguno, si se trata de forzar la negociación, tal como Trump ha reiterado en sus más recientes amenazas, en cumplimiento de la “paz a través de la fuerza”, la consigna situada en el frontispicio del Pentágono, ahora denominado Departamento de Guerra.
El régimen iraní está en el fondo del pozo, tras las derrotas sufridas en cadena por sus aliados en Líbano, Siria, Yemen y Gaza, la destrucción de gran parte de su sistema de misiles, la obliteración del programa nuclear y su economía arruinada. Todo remachado por la oleada de protestas que ha resquebrajado sus tradicionales bases sociales. Es clamoroso el fracaso estratégico de la revolución islámica, hasta el punto de que sectores de la opinión iraní, todavía de dudosa influencia, estén apostando por la restauración de una dinastía de trayectoria tan despótica como la Pahlevi, bajo el argumento de una improbable monarquía constitucional.
Un empujón podría bastar para que la dictadura se tambaleara, pero el impulso definitivo dependerá de los iraníes y no es seguro que vuelvan a salir a la calle con tanto ímpetu después de que las iniciales promesas de ayuda quedaran en nada. Como ha sucedido en Venezuela, cunde el temor a una derrumbe súbito sin recambio a la vista ni perspectiva de que pueda haberla en mucho tiempo. En el manual trumpista solo cuentan la estabilidad y el petróleo, es decir, el poder y los negocios, además del prestigio imperial que Trump pueda obtener con sus amenazas y éxitos militares. Ni siquiera merecen una mención la democracia y los derechos humanos. Puede que la dictadura tenga los días contados, pero también es posible que sea sucedida por otra o por la guerra civil, la fragmentación y el caos.
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Un espejo en el Ártico
Es el marco europeo el que ofrece mayor protección a los derechos de los inuits, incluso los que más les acercan a una futura independencia


Siempre ha funcionado el síndrome del espejo. La búsqueda de modelos en los que inspirarse es una constante en el catalanismo. Es larga la lista de modelos, mimetizados con resultados desiguales. Al final, todos se remiten a uno solo, de improbable encaje en nuestro caso, como es la implosión de un imperio, normalmente como resultado de una guerra, caliente como las dos grandes guerras europeas, o fría, como la que terminó con la desaparición de la Unión Soviética.
Ahora la disrupción trumpista pretende trastocar la ecuación. Se trata de que una pequeña nación como Dinamarca otorgue la independencia a una enorme región insular como Groenlandia, para que sus 50.000 habitantes, debidamente convencidos o comprados, decidan a su vez entregar la soberanía a Estados Unidos. Trump se acoge al derecho del más fuerte, la arcaica ley imperial por excelencia, disfrazada del derecho a la autodeterminación que tienen reconocidos los groenlandeses, ejercido doblemente, para separarse primero y luego para rendirse ante Washington.
Si prospera, incluida la compraventa, se tratará de una desvergonzada conquista imperial, que desposeerá de derechos en vez de reconocerlos y permitir su ejercicio. Los groenlandeses perderían la soberanía sobre su tierra, recursos minerales y marítimos e incluso sobre la preservación de su lengua, costumbres y relación con la naturaleza, además del derecho a la salud y a la enseñanza que tienen mejor garantizados de lo que pudieran estar en Estados Unidos. Ninguna compra o indemnización podría compensar una pérdida que tiene como punto final la asimilación y desaparición del pueblo inuit, y así lo han denunciado sus representantes políticos.
No hay originalidad en las peligrosas ocurrencias de Trump. Es parte de la vieja historia colonial. Ha sucedido hasta épocas muy recientes, tal como ha contado Philip Sands en su libro ‘La última colonia’, sobre el pleito alrededor de la isla de Diego García. Cedida por Reino Unido en 1973 a Estados Unidos, allí está radicada la mayor base aeronaval del Índico, construida tras la expulsión sin explicaciones ni consultas de sus 1.500 habitantes. No es casualidad que sea precisamente ahora cuando Trump ha reprochado a Londres el reconocimiento de la soberanía de la isla a la república de Mauricio, aunque pasarán 99 años antes de que la base se clausure y la devolución sea efectiva.
También la perversión neoimperial de Trump es un espejo en el que mirarse desde Cataluña. Hace solo una década contábamos con un secesionismo ultraliberal que quería separarnos de España para convertirnos en un Singapur del Mediterráneo. En un sueño húmedo y delirante algunos llegaron a imaginar la adhesión a Estados Unidos tras la secesión, exactamente el plan de Trump para hacerse con Groenlandia. Del conflicto sobre esta isla ártica y gracias a la Constitución de Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica, se deduce bien claramente que es el marco europeo el que ofrece mayor protección a los derechos de los inuits, incluso los que más les acercan a una futura independencia.
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Ni apaciguar ni confiar en Trump
De la debilidad y el descrédito que el presidente de EE UU ha exhibido en Davos no cabe deducir una súbita fortaleza de los europeos


Una vez más, Trump se ha echado para atrás. Ya no quiere la anexión de Groenlandia. Tampoco habrá aranceles para quienes se opusieron a sus pretensiones imperialistas. Europa ha aguantado la embestida, con la ayuda de los mercados financieros e incluso de los republicanos inquietos por el futuro de la OTAN. Nadie podrá olvidar que el presidente amenazó con invadir militarmente a un aliado, uno de los más leales y sacrificados de la Alianza. Por unos días, la muerte por asesinato de la OTAN ha ocupado la mente de todos, para máxima fruición del Kremlin.
La rectificación responde al dicho que más le hiere porque revela su naturaleza gallinácea y abusadora, que le lleva a acobardarse en cuanto alguien le planta cara: Trump always chickens out, abreviado en las siglas TACO. Pero no hay que precipitarse a cantar victoria prematuramente. Ante todo, porque no se conoce nada del acuerdo preliminar sobre Groenlandia. Y tratándose de alguien tan desquiciado, porque hay que contar con sus repentes y berrinches. Puede desmentirse en cualquier momento o ceder en un punto para apretar en otro, por ejemplo en Ucrania, en el momento decisivo para la negociación con Putin. O en Gaza, donde combina el brutalismo turístico con su delirante Junta para la Paz, mientras el alto el fuego apenas se sostiene.
Sí, la OTAN se ha salvado, pero se ha agotado el caudal de la confianza. Momentos hubo en que la maniobra ártica tomó el aspecto de una alevosa estrategia para dinamitar la Alianza. Su amenaza militar, la primera contra un aliado, tiene efectos irreversibles. No solo respecto a Trump, sino a Estados Unidos, que le ha catapultado dos veces a la Casa Blanca, la segunda tras intentar un golpe contra la democracia. Nunca más será fiable un país cuyo presidente está a punto de echar por la borda una alianza militar tan crucial solo por su “necesidad psicológica” de los títulos de propiedad soberana sobre la isla.
Estados Unidos no volverá a ser el líder incuestionado. Una fuerza militar tan inmensa no otorga autoridad moral. Tal como señaló en su celebrado discurso el primer ministro canadiense, Mark Carney, “la nostalgia no es una estrategia”. Los otros socios deberán contar con esta nueva realidad, que no significa la desaparición de la Alianza pero le confiere un nuevo carácter y obliga a estrechar el compromiso entre los socios en defensa de los valores democráticos para evitar futuros comportamientos inamistosos y destructivos desde Washington, con Trump o con quien le suceda.
En el Foro de Davos ha cristalizado la resistencia a sus delirios y a su brutalidad vengativa con quien le lleva la contraria. Es nulo el valor de su palabra, siempre disparatada y falaz, salvo cuando se trata de los insultos y las amenazas para intimidar al adversario designado. Su creciente desprestigio actúa como un peso muerto para la imagen internacional de su país. Con su nombre convertido en la marca nefasta para denominar una era americana, deberá llover mucho antes de que alguien desde Washington pueda invocar otra vez, como Ronald Reagan hace cuatro décadas, la “ciudad en lo alto de la colina” que iluminaba al mundo con sus valores democráticos.
De la debilidad y el descrédito exhibidos en Davos no cabe deducir una súbita fortaleza de los europeos ni que serán capaces de sustraerse para siempre de la diplomacia del apaciguamiento y de la adulación vigente hasta ahora. Tiene razón Zelenski cuando pide más esfuerzos para que nadie se duerma en los laureles de la momentánea victoria sobre Trump. La maniobra trumpista para robar la isla a Dinamarca ha rendido servicio a Putin como distracción, pero todavía podría llegar más lejos si terminara funcionando en un canje vergonzoso por Ucrania, tan acorde con la diplomacia transaccional y mercantilista del trumpismo y con la división del mundo en áreas de influencia. Si la renuncia a los delirios expansivos en el Ártico es definitiva, ahora Trump estará tentado a lavarse las manos del destino de Ucrania para exigir a los europeos que se apañen ellos solos frente a Rusia. Son los efectos de la venenosa política del apaciguamiento ante el doble hegemonismo de Trump y Putin, practicada hasta el Foro de Davos por tantos pusilánimes aliados de Estados Unidos.
Europa no puede aceptar un dilema semejante al que Churchill denunció en 1938 tras las cesiones de Londres y París ante Hitler en Múnich: “Os dieron a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”. Ahora, como entonces, renunciar a cualquiera de las dos, a Ucrania o a Groenlandia, conduce al deshonor y a la vez convoca a la guerra. Europa debe salvarse entera, desde Dinamarca, con Groenlandia incluida, hasta Ucrania, y sin contar con que Estados Unidos sea como antaño su garantía última de su seguridad.
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Para Venezuela e Irán, transición sin democracia
La plantilla que aplica Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela


No todas las transiciones conducen a la democracia. Muchas van de una dictadura a otra dictadura. Así sucedió en Irán en 1979. Allí, el shah Mohamed Reza Pahlevi, autócrata laico y corrupto protegido por Estados Unidos y amigo de Israel, fue sustituido por el ayatola Ruhollah Jomeini, otro autócrata, este religioso y al principio limpio de corrupción, pero enemigo jurado de Estados Unidos e Israel. Fue una transición accidentada y sangrienta, es decir, una revolución, que engendró un régimen peor que el derrocado. Pero ahora Irán se enfrenta a otra transición de signo contrario, con la pavorosa duda de si conducirá a una guerra civil, otra dictadura siniestra como las precedentes o al régimen pluralista y democrático que merecen y quieren los iraníes.
La historia no admite modelos. No los hay sobre todo para las transiciones a la democracia. Y si existen, nadie los aplica. Ni siquiera están al orden del día los iniciales derrocamientos o cambios de régimen, patrocinados por Estados Unidos durante una larga etapa y descartados tras sus fracasos en Irak y Afganistán ni tampoco aquellas promesas de democratización por la fuerza militar formuladas por George W. Bush. Al contrario, la plantilla que aplica Donald Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela.
Sería una rareza que alguien empeñado en convertir su país democrático en una dictadura promoviera el derrocamiento de dictaduras ajenas para implantar democracias. La realidad es que, gracias al ejército más poderoso del mundo, Trump ha podido ofrecer en Venezuela la prueba de viabilidad de una transición repentina desde la dictadura de Nicolás Maduro a la dictadura de Delcy Rodríguez. Lo suyo es promover dictaduras.
Tras una jugada tan brillante, muchos en Washington y Teherán barruntan su repetición. Primero estrechar el cerco militar y enarbolar la amenaza sobre el régimen. Blandir como un espantajo una alternativa más virtual que real, sea la democrática de María Corina Machado o la monarquía autoritaria de los Pahlevi, ambas prescindibles para Trump a la hora de la verdad. Golpear militarmente si es preciso, en una operación quirúrgica que sirva también de aviso para navegantes. Y luego, o a la vez, una negociación bajo la mesa con el régimen para arrancarle las máximas concesiones a cambio de su supervivencia, aunque sometido a vigilancia.
Maduro ha sido la prenda entregada hasta el momento en Venezuela. En Irán hay muchas a disposición de la dictadura. Todo lo que se declara como innegociable: su programa nuclear civil entero, sus misiles de alcance medio y largo, los restos de su ”eje de la resistencia" en Yemen, Líbano, Siria, Gaza e Irak, incluso la retórica antisemita y antiamericana, y finalmente la cabeza de Ali Jamenei, el anciano y sanguinario dictador, el tapón que impide la más mínima evolución del régimen desde dentro. El levantamiento de las sanciones sería una contrapartida más que suficiente, puesto que aliviaría la presión económica sobre la población y propiciaría al menos una mínima apertura política, como la que ya ha anunciado la presidenta encargada de Venezuela. Así se salvaría la República Islámica, al menos de momento, como se ha salvado la República Bolivariana.
Si el modelo funciona, podemos dar por seguro que se intentará aplicar a otras dictaduras, como Cuba o Nicaragua. Nada objetarán los grandes autócratas de todo el planeta, desde China y Rusia hasta las autocracias petroleras, librados del fantasma de las transiciones democráticas. Con una salvedad: aunque a Putin le complazca el modelo, no le pueden gustar los casos prácticos de unas dictaduras salvadas gracias a su solícito sometimiento al control de Washington en detrimento de las relaciones comerciales e incluso militares con Pekín y Moscú. Así como la pérdida de buenos clientes y socios como Venezuela e Irán no es un drama para Xi Jinping, seguro del ascenso imperial de China, lo es y grande para Putin, al frente de una superpotencia fracasada y en constante retroceso, también en América y Oriente Próximo. Ahora se ha mostrado dispuesto a sacrificar sus intereses en Venezuela e Irán antes que perder la imprescindible complicidad de Trump para la victoria en Ucrania.
De valer la analogía con la Transición española que algunos han utilizado, debería ser vuelta del revés. Trump ha descartado por desestabilizadora la ruptura del régimen, como sucedió en Irak y Afganistán, y la reforma democrática, que deja al gobierno al albur de las urnas y no garantiza, por tanto, la satisfacción de su voracidad depredadora respecto al petróleo y los minerales. Su modelo de prosperidad sin libertad ni democracia se asemeja al franquismo desarrollista, cuando la dictadura aupada por Hitler y Mussolini había sido ya admitida en el orden internacional a cambio de reformas económicas, de inversiones estadounidenses y de las bases militares.
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Un sombrío cuarto de siglo
Ni todo está por hacer, ni todo es posible, como creyeron los más insensatos, con los resultados que conocemos. Se impone la ley del más fuerte


Esto solo acaba de empezar. Aun siendo todo arbitrario en la organización del tiempo, nadie puede sustraerse a la fuerza de los hitos construidos a lo largo de la historia. Ahí está, junto al año concluido y el atropellado comienzo del nuevo, nuestro primer cuarto de siglo XXI, que nos invita a mirar atrás para intuir el rumbo y el ritmo del tercer milenio.
Las incertidumbres de nuestra época conducen a una intensa pulsión analógica respecto al XX, como si en el actual fueran a repetirse el ascenso de los fascismos, el hundimiento de las democracias, el apaciguamiento de los dictadores, las guerras gigantescas o los genocidios. Puede ser útil el temor a tan funesta repetición, pero también es aleccionador el balance de los años transcurridos desde el fin de siglo y milenio, aquella cima de la globalización feliz, cuando todo era esperanza y nadie veía a Rusia como un peligro, a China como la próxima superpotencia y a Estados Unidos como un depredador imperio neocolonial.
En el espejo de una época sombría creemos ver el futuro que nos espera, mientras que desde la engañosa inauguración de nuestra época contamos los errores que nos han conducido hasta aquí. También las cuentas de lo que se ha perdido por el camino, según la diversidad de las percepciones por edad, geografía o renta. No hay cambio, sea progreso o regresión, para los más menesterosos y desasistidos, esclavizados por la necesidad cotidiana. La evolución es tan halagüeña para quienes acaban de salir de la pobreza como inquietante para las nuevas clases medias occidentales que lo consiguieron durante medio siglo XX, cuando empezó la larga etapa de paz que ahora termina. Tampoco puede ser idéntica la percepción para cuantos lo han vivido como adultos, formateados por la idea de un progreso asegurado, como para quienes nacieron con el milenio y han crecido de crisis en crisis, en mitad de la incertidumbre, aunque a todos arrastre hacia el futuro como en un tobogán abollado y peligroso.
Somos 2.000 millones más sobre el planeta. Europa ha perdido peso y anda desbrujulada. Ascienden las extremas derechas. Pesa sobre ella la doble amenaza de Trump y de Putin. Su población envejecida teme por el futuro y su Estado de bienestar. No sucede lo mismo en el llamado Sur Global, donde habita la juventud de un mundo desoccidentalizado. Con la nostalgia por el pasado idealizado, el resentimiento por las promesas incumplidas y la pérdida de orientación, la pasión política yace tirada en mitad de la calle a disposición de los más fuertes y autoritarios.
El espejismo de un mundo estable y gobernado se ha desvanecido, mientras se impone la ley del más fuerte. Ni todo está por hacer, ni todo es posible, como creyeron los más insensatos, con los resultados que conocemos. El primer tramo del siglo XXI imparte lecciones de humildad, coraje y moderación. Habrá que aprenderlas a riesgo de dejarnos arrastrar para lo que queda del siglo. Bon any i bona sort!
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Imperialismo y colonialismo, otra vez
Si fue un paréntesis la Unión Soviética, también la política estadounidense que hemos conocido desde 1945 puede serlo


Nuestra época acelerada contempla estupefacta como Estados Unidos regresa a la época de la depredación belicosa e imperial que dominó el espacio europeo y atlántico en el siglo XIX hasta el brutal enfrentamiento continental en las dos grandes guerras entre 1914 y 1945. Nacido como república democrática de una contienda revolucionaria contra la monarquía británica, ahora está mimetizándose en una autocracia también imperial como las que dominaron Europa y colonizaron el continente americano, preparada para disputar la hegemonía global con Rusia y China, al igual que hicieron los imperios europeos tanto en su continente como en ultramar.
Cada vez se entiende mejor qué significa para el trumpismo la grandeza americana. Va más allá de los mitos que fascinaron a Trump en su infancia y pretende otra ampliación territorial de Estados Unidos como las que sucedieron durante el siglo XIX hasta 1917, aunque esta vez directamente en búsqueda de petróleo y tierras raras y del control de las nuevas vías marítimas árticas. No surge de la nada, ni es fruto de una personalidad atrabiliaria o de una mera conspiración de la extrema derecha. Su ADN pertenece a un legado fundacional, tal como han señalado numerosos historiadores, entre ellos Josep Maria Fradera, que ha caracterizado aquella república inicial tanto por su anticolonialismo como por la “continuidad de una tradición británica que solo puede ser calificada de imperial”.
Según el historiador catalán, en aquellos imperios atlánticos decimonónicos funcionaba una “constitución dual” con leyes especiales para los sujetos coloniales, excluidos de la igualdad de derechos ciudadanos. Análogos conceptos han sido heredados por las políticas migratorias trumpistas y sus propuestas hacia Latinoamérica, y son los que orientarán la relación con los habitantes originarios en las anexiones o en los protectorados neocoloniales que se puedan producir. Esa dualidad es consustancial con su indiferencia autoritaria respecto a la libertad, la democracia y los derechos cuando afectan a los extranjeros o a ciudadanos de dictaduras amigas.
La doctrina Monroe (América para los americanos), ahora recuperada por Trump, quería evitar que los imperios europeos regresaran a América y reivindicaba toda el área de influencia continental para Estados Unidos. Fue pieza fundacional de la nación republicana, construida en oposición a las autocracias europeas, y doblemente defensiva, contra la interferencia de poderes ajenos y contra las tendencias centrífugas internas. Ahora es agresiva, para expandir el territorio a discreción, dominar a los países más débiles y alejar a otros imperios del acceso a los recursos y vías de comunicación. Como principio rector de las relaciones internacionales, viene a sustituir el orden legal que Washington construyó desde 1945, una rectificación que traiciona y humilla a los aliados, ahora vasallos tributarios, sometidos a las estrategias extractivas imperiales.
Si el potencial de la doctrina Monroe fue ampliado por Theodore Roosevelt en su Corolario de 1904, para legitimar la expansión imperial en las Antillas y en el Pacífico, el Corolario de Trump, bajo la ridícula etiqueta de doctrina Donroe, desborda el ámbito territorial, la intensidad de su aplicación y su centralidad en las relaciones exteriores. Es la expresión de una voracidad imperial sobre los recursos naturales del entero continente americano, incluyendo Groenlandia, e incluso más allá, en Ucrania, Oriente Próximo o África, y los que puedan descubrirse y explotarse en el Ártico. Corrige el consejo de Roosevelt: “No alces la voz, pero usa un gran garrote”. Trump alza la voz además de usar el garrote. Recupera el protagonismo como autócrata y monarca, cuyo nombre y voluntad se invocaban antaño en toda ocasión, como hacen ahora sus colaboradores. Es la auténtica constitución interna trumpista y la carta del orden internacional regido por la fuerza.
Tal como se ha manifestado en Venezuela y hacia Groenlandia, podría entenderse como una irónica y diferida revancha histórica sobre Europa, 250 años después de la independencia. La agria acusación del ‘borrado de la civilización’, formulada en la Estrategia Nacional de Defensa, contiene dos reproches a los europeos, por la pérdida de los imperios y por la incapacidad para construir uno nuevo con silla en la mesa del poder mundial, junto a Estados Unidos y frente a Rusia y China. Y proyecta también sobre Europa los fantasmas y la culpa por la decadencia estadounidense en el momento de ascenso asiático.
Una prolongada normalidad de 80 años de internacionalismo liberal adopta ahora la forma de un paréntesis excepcional en una historia secular dominada por la política de la fuerza. Si fue un paréntesis la Unión Soviética, también la política estadounidense que hemos conocido puede serlo, e incluso las organizaciones nacidas a su amparo, como la Unión Europea y la OTAN. Trump no es causa sino efecto. No bastará una mayoría demócrata en el Congreso ni otro presidente para que la república imperial rectifique y el orden liberal viva de nuevo como si nada hubiera pasado. El trumpismo no tiene nada de efímero. Va para largo.

‘La nación imperial (1750-1918)’

‘The Monroe Doctrine: Empire and Nation in Nineteenth-Century America’
‘Trump, Venezuela and the doctrine that wouldn’t die’
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Sheriff de las Américas, modelo para Putin y Xi Jinping
Detener a un jefe de Estado es una novedad latinoamericana que puede repetirse con otros regímenes


La caída de un dictador siempre es una excelente noticia. No lo es tanto que sea a través de una intervención militar, sin cobertura alguna de la legalidad, es decir, al margen del derecho internacional y de la Constitución estadounidense, sin Naciones Unidas ni el Congreso de los Estados Unidos. Y menos todavía que responda al Corolario Trump de la Doctrina Monroe, formulado en la nueva Estrategia Nacional de Seguridad, que autoriza al actual presidente a actuar en el entero continente americano como si fuera un territorio bajo su soberanía.
La fulgurante y eficaz operación nocturna del ejército estadounidense y de sus fuerzas especiales es un salto cualitativo en el intervencionismo formulado por el presidente Monroe en 1823, apenas medio siglo después de la independencia, cuando la joven y lejana república pretendía mantener a raya a los imperios europeos. Reformulada en 1904 por el presidente Theodore Roosevelt, legitimó su recién inaugurado impulso imperialista, la injerencia en los países latinoamericanos y las intervenciones militares durante el siglo XX en República Dominicana, Cuba, Nicaragua, Haití e incluso el apoyo a los militares golpistas de Chile y Argentina.
La auténtica novedad de la Doctrina Trump viene determinada por el contexto global. Una acción tan drástica y a la vez tan fácil de cambio de régimen en el vecindario próximo de Estados Unidos es una seria advertencia de valor universal. Neutralizar en pocas horas a unas fuerzas armadas sin capacidad de disuasión ni de respuesta, acompañada de la detención del jefe del Estado, es una novedad latinoamericana que puede repetirse con otros regímenes del continente situados en similar inferioridad militar, debilidad económica y deterioro o inexistencia de la base social que los sostiene.
Conociendo el papel jugado en la crisis venezolana por el secretario de Estado y consejero nacional de Seguridad Marco Rubio, de familia cubana exilada, y la fragilidad extrema de la dictadura cubana, hay pocas dudas que el derrocamiento del régimen comunista de La Habana y quizás a continuación la dictadura de Ortega en Nicaragua, estarán en el orden del día de la Casa Blanca. Es dudoso, en cambio, que afecte a Irán, lejos de las Américas, donde no sería posible la repetición de una operación del mismo tenor sin caer en los desastres de Irak o en Afganistán. La indudable alegría que pueda proporcionar la caída en serie de varios dictadores llega empañada por la fuerza autocrática que la impulsa, en este caso la de Trump, el presidente que concentra todos los poderes en sus manos, está deteriorando la democracia en su país y promoviendo una internacional iliberal para llevar a la extrema derecha al gobierno de los principales países europeos.
Si la aplicación en Venezuela del Corolario Trump contiene una amenaza para cualquier gobierno americano adversario de Trump, constituye a la vez un ejemplo y una implícita bendición para las ambiciones de Rusia y de China, superpotencias a las que la Casa Blanca trumpista reconoce sus respectivos ámbitos regionales de hegemonía. También es una simultánea advertencia para que no se inmiscuyan en los asuntos latinoamericanos, ya no en la política, sino en las inversiones o los intercambios comerciales. Taiwán y Ucrania tienen, en cambio, motivos de preocupación ante el agresivo imperialismo regionalizado que resulta de la división del mundo en áreas de influencia exhibido por el trumpismo.
Idéntica preocupación sugiere la regionalización imperialista entre los antiguos aliados de Washington en Asia —Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda— y en Europa —los socios de la OTAN y de la UE—, condenados a contener en solitario las ambiciones de unos vecinos expansionistas a los que anima el activismo militar trumpista. El derrocamiento de Maduro es también un duro golpe para la Carta de Naciones Unidas, para la propia organización internacional y su Consejo de Seguridad y para el derecho penal internacional, burlado e incluso perseguido por Trump a través de la represión sobre varios de sus magistrados y funcionarios. Su jurisdicción multilateral universal será sustituida así por el alcance global de una justicia trumpista guiada desde la Casa Blanca por un decisionismo unilateralista.
El momento culminante será la ya anunciada comparecencia de Maduro ante algún tribunal de Estados Unidos para responder por delitos vinculados al terrorismo, al tráfico de armas y al narcotráfico. Será un grotesco sarcasmo que sea un delincuente exonerado por sus artimañas ante los tribunales quien entregue a los mismos tribunales a quien es, finalmente, uno de sus iguales. Con mayor razón cuando son explícitos sus propósitos depredadores respecto a los recursos de los países objeto de sus ambiciones y su nula apreciación por los derechos humanos y las libertades de los ciudadanos de cualquier país, incluido el suyo. El lobo es el caudillo y el juez de este rebaño. Que a nadie le extrañe cuando devore a las ovejas que le apetezcan.
Para leer más:
‘Trump’s Attack on Venezuela Is Illegal and Unwise’

‘To Dare Mighty Things. US Defense Strategy Since the Revolution’

‘Dangerous Nation’
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Estados Unidos y Venezuela: gatillo fácil, penosa diplomacia
En su segunda presidencia, Trump ya ha bombardeado a siete países, con propósitos tan variados como la exhibición de fuerza, la venganza o avidez por los recursos ajenos


Ni aislacionismo ni inhibición. Esta segunda presidencia de Trump desmiente los tópicos sobre el retraimiento de Estados Unidos para concentrarse en la competencia con China, y con mayor razón tras la detención de Maduro y su esposa por las fuerzas especiales estadounidenses y el bombardeo masivo sobre Caracas esta madrugada. En un año Trump ha bombardeado siete países, incluida Venezuela, con propósitos tan variados como la exhibición de fuerza, el auxilio a regímenes amigos, la venganza o la avidez por los recursos ajenos, siempre bajo la noble cobertura de la lucha antiterrorista, la persecución del narcotráfico o la defensa de la civilización, aunque nunca hasta ahora el cambio de régimen y la instalación de una democracia.
Irán estaba hasta ahora en la cumbre de sus hazañas. En junio destruyó sus instalaciones nucleares en una magna operación aérea con siete bombarderos B2 indetectables y 125 aviones de auxilio. Hasta esta semana, Trump no se había preocupado por el sufrimiento de los ciudadanos bajo las dictaduras, pero las protestas masivas de los iraníes por el incremento del coste de la vida han suscitado su atención hasta el punto de mostrarse “preparado y listo” para “acudir al rescate” si el régimen sigue reprimiendo a los manifestantes.
Ya era insólita la operación naval en curso en el Caribe, frente a Venezuela, donde ha desplegado la mayor fuerza que hayan visto aquellos mares desde el pasado siglo, pero lo es más todavía ahora tras el ataque aéreo iniciado esta madrugada sobre Caracas. Habían sido atacadas y destruidas más de 30 lanchas y un centenar de tripulantes ha fallecido, aprehendidos dos petroleros y bombardeadas unas instalaciones portuarias, en el primer ataque terrestre desde la invasión de Panamá en 1989, solo el aperitivo del incierto recorrido de la operación de intimidación como la que está ahora en marcha.

Más que una escalada, que requiere una respuesta de la parte atacada, es una tenaza la que va cerrándose sobre Maduro, sin que esté claro ni el objetivo, ni la estrategia para alcanzarlo. La lucha contra los narcotraficantes es una mera excusa para presionar al régimen. Su bombardeo sobre Caracas puede que sea también un mensaje para el ayatolá Jamenei.
Pero tanto en Irán como en Venezuela es inimaginable una intervención como la que derrocó a Sadam Husein hace más de 20 años, iniciada por un bombardeo, pero seguida por la invasión terrestre y el derrocamiento del régimen.
Distinta es la intervención en Nigeria, donde Trump enarbola la bandera moral de una amenaza de genocidio sobre los cristianos. La violencia islamista, endémica en el norte del país, no distingue la religión de sus víctimas, pero le ha servido para presionar al Gobierno de Abuya hasta conseguir que apoye el bombardeo sobre un campamento terrorista el día de Navidad. Washington sustituye así la causa democrática que orientó en el pasado su acción misionera internacional por la protección de la civilización occidental.
Trump ha intervenido militarmente también en Irak, Siria, Somalia y Yemen, siempre desde el aire. Cumple con su electorado, escarmentado por los fracasos de Irak y Afganistán, hostil a alianzas permanentes como la OTAN y receloso ante la implicación involuntaria en guerras largas y costosas, pero feliz con la exhibición de fuerza. Con el mayor y más poderoso ejército del mundo a su disposición, ha demostrado que puede utilizarlo cuándo y dónde le plazca, aunque solo bajo la cobertura de un interés nacional, con frecuencia identificable con sus intereses personales y familiares. Y no para rendir servicios a la humanidad, en defensa de valores como la democracia o los derechos humanos, o bienes comunes que no afectan directamente a su país, como la seguridad internacional.
Trump reivindica o inventa acuerdos de paz a puñados, pero no ha conseguido ni uno solo creíble y entero. Si nadie puede discutir su eficacia intimidatoria, es espectacular la ineptitud de su diplomacia. Es precaria, defectuosa y parcial la pausa conseguida en la guerra y destrucción de Gaza, agravada por la intensificación de la ocupación de Cisjordania y por la expulsión de las organizaciones humanitarias, incluso las más prestigiosas, como Médicos sin Fronteras. Ese alto el fuego es carísimo en vidas y sufrimiento. Y más que lejana la perspectiva de una paz a la que acompañe algo de justicia, mientras permanece sobre los palestinos la sombra amenazante de una lenta y calculada desposesión y expulsión de su país.
Peor es el desastre diplomático de su acción en Ucrania, tal como ha explicado una exhaustiva investigación del Times de Nueva York en la que se demuestra la falta de profesionalidad de sus negociadores, el rumbo errático de las decisiones presidenciales, las peleas y discrepancias en el entorno presidencial y el cruce de órdenes y contraórdenes sobre el suministro de armas a Ucrania. Con un Departamento de Estado disminuido, los diplomáticos profesionales marginados y los negocios familiares en el centro de las relaciones internacionales, se entiende la incierta deriva de la paz trumpista que debía admirar al mundo.
En Gaza, como en Ucrania o Venezuela, todo está en sus manos, sus cambios de humor y su celoso control de las decisiones y los éxitos. No puede terminar bien un proceso de paz que rueda mal desde que arrancó, cuando regaló todas las bazas negociadoras a Putin, confiado en sus dotes prodigiosas. Todavía más incierto es el recorrido y el resultado de una agresión aérea sobre una capital latinoamericana de la envergadura de Caracas. Difícilmente saldrán la paz o la democracia de la fórmula brutal que reúne el gatillo fácil y una diplomacia penosa.






















































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