Leire Díez y sus ‘gadgetobrazos’... 6.7.26
El Gobierno se cree víctima, pero es la ‘fontanera’ de Ferraz y la trama nacida de la mano de Santos Cerdán quien lo está estrangulando

Desde Mortadelo y Filemón o Gila no vivíamos algo semejante: la Guardia Civil investiga a la Guardia Civil, que investiga a la Guardia Civil. Y el partido en el Gobierno torpedea a las instituciones que el gobierno, precisamente, dirige. Faltan la gabardina y la visera para imaginar a unos y otros espiándose desde las esquinas del mismo edificio para cazarse al menor descuido. Leire Díez en el papel del inspector Gadget desplegando agendas, apuntes, reuniones y amenazas cual gadgetobrazos infinitos para frenar al Estado. Ni más ni menos.
Pero esto no es un chiste, película, ni dibujos animados. Si me siguen, lo intento explicar. Agentes de la Guardia Civil, que investiga a través de la UCO múltiples causas judiciales, se percataron de que la sospechosa Leire Díez se había reunido con la directora del cuerpo, su jefa. Tras negarlo, esta tuvo que reconocer varios encuentros, que curiosamente coinciden con la apertura de investigaciones internas a agentes involucrados en los casos que intoxican al gobierno. Mismas fechas, mismo objetivo. Añadamos por favor un “presunto” a cada frase.
El resultado no es una foto, sino un documental entero sobre cómo avanza una plaga de carcoma: la cloaca de Santos Cerdán, Leire Díez y Vicente Fernández hace trizas la credibilidad de algunas instituciones. Ha tocado ya a la SEPI, cuya presidenta y buena parte de la cúpula están imputadas; ha tocado a empresas públicas como Enusa o Mercasa y a compañías que han recibo ayudas del Estado; ha tocado al PSOE, cuya gerente está imputada por financiar estas andanzas; ha tocado a la Guardia Civil, cuya directora y máximo cargo operativo también están imputados; ha tocado al Ministerio del Interior, cuyo titular ha dejado un reguero de mentiras o cambios de versiones sin que se le mueva una ceja; y ha salpicado por acá y por allá múltiples gestos de amedrentamiento y presión contra jueces, fiscales o agentes como excrementos que hoy pisamos todos.
El Gobierno se empeña en declararse víctima y hay actuaciones como las que afectan a la esposa o al hermano del presidente que se parecen bastante a una persecución desalmada. Pero el discurso falla cuando, desde Ferraz, se instaron actuaciones ilegales para frenar estas y otras causas. El enemigo aquí de Pedro Sánchez no es el juez Peinado, por resumir, sino la trama nacida en su partido de la mano de su hombre de confianza Santos Cerdán.
Podemos sentarnos a ver este documental, pero no será agradable porque los gadgetobrazos de Leire Díez están estrangulando al Gobierno. Que sigue pasmado cuando más lo necesita la democracia ante el giro ultraderechista de la oposición. En fin.
¿Por qué me has robado ‘La bola’? ¿Puede una Nobel de Literatura usar la IA? ¿Y tú qué me recomiendas?
Berna González Harbour y Jorge Morla charlan sobre las últimas polémicas culturales y se aconsejan libros para vacaciones

Este es un capítulo especial de Qué estás leyendo, el podcast de libros de EL PAÍS. Esta vez no entrevistamos a un autor ni hablamos de una nueva novela, sino que vamos a charlar entre amigos. Berna González Harbour y Jorge Morla comentan aquí la polémica sobre la Nobel de Literatura Olga Tokarczuk, que confesó que usa la IA, hablan de La bola, el libro sorpresa de Daniel Verdú, y se cruzan recomendaciones para el verano. El lema, como siempre: los únicos algoritmos somos nosotros.
Libros recomendados:
- La bola, de Daniel Verdú.
- Amo a Rusia, de Elena Kostyuchenko.
- Peces, de Eva Baltasar.
- El latido de Wounded Knee, de David Treuer.
- Grandes promesas, de Pierre Lemaitre.
- A oscuras, de Thomas Pynchon.
- Casos reales, de Yasmina Reza.
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Mary Beard, historiadora: “La ultraderecha se está apropiando de los romanos”
La gran divulgadora del mundo antiguo, que publica ‘Clásicos sin filtro’, retrata cómo lo utiliza Trump, como en su tiempo Hitler y Mussolini


El mundo clásico es hoy objeto de deseo de una ultraderecha que intenta apropiarse de sus ideas imperiales y su estética pero, por fortuna, tiene una defensora que llegó mucho antes, Mary Beard, con la energía y la vehemencia intactas. La gran experta en griegos y romanos, catedrática emérita de la Universidad de Cambridge y Premio Princesa de Asturias 2016, aborda el fenómeno en Clásicos sin filtros (Crítica), una demostración de que el conocimiento convive mejor con la amenidad y el entusiasmo. Beard, nacida Much Wenlock (Reino Unido) tiene 71 años.
Pregunta. ¿Por qué los clásicos hoy inspiran a la ultraderecha?
Respuesta. La extrema derecha más profunda está haciendo apropiación del clasicismo, pero los clásicos no tienen color político. También han sido referentes para la izquierda, para la democracia, para los cambios sociales… Inspiraron la Revolución Francesa o la Americana y Marx hizo su tesis sobre filosofía griega. Los clásicos son a la vez revolucionarios y conservadores, por eso son interesantes.
P. Pero nos cuenta en su libro que hoy se han apropiado más fuertemente que otros.
R. En el siglo XX fue así con Hitler o Mussolini, y hoy Trump está muy comprometido con la arquitectura clásica. Necesitamos reconocerlo y enfrentarlo, ser conscientes de que la tradición del mundo antiguo ha abordado valores civiles, pensamiento, política o la vida en comunidad. Tomemos a Espartaco, un esclavo rebelde que rompe barreras y que ha sido un símbolo de libertad para los esclavizados por siglos. La extrema derecha está usando el mundo antiguo, pero no tienen el monopolio.
P. ¿Lo están manipulando?
R. Lo simplifican y en general se equivocan. El mundo antiguo está ahí para todos, no para los académicos. Pero mi trabajo es decir que no es lo que creen. Uno de los casos más obvios es la admiración de la extrema derecha por las esculturas de blancos puros y yo debo decirles: muchas de esas esculturas no eran originalmente blancas, sino coloridas. Mi obligación como académica es decir que Roma no era como en las películas, Era colorida, maloliente, sucia, diversa, y eso para mí la hacía más interesante, no menos. Es importante que contrarrestemos esas cosas. Nadie tiene el derecho a controlar el mundo clásico, es parte de la forma en que pensamos.
P. ¿Cuáles son las películas más fieles a la realidad?
R. Partes de Gladiator, como las escenas de batalla o el combate de los gladiadores, lo son. Ridley Scott lo pilló bien. La segunda entrega es terrible, pésima.
P. ¿Y Ben-Hur o Espartaco?
R. Me encanta Ben-Hur, aunque creo que la carrera de carros quedó muy floja comparada con la realidad, que era horrible. Y me encanta Espartaco, aunque esa solidaridad entre esclavos no sé si fue verdad. Él fue una persona real, tenemos algunas evidencias. Y no fue una película de la extrema derecha, sino muy de izquierdas, hecha por gente vetada por McCarthy. Nos demuestra que el simbolismo romano no es solo de la derecha, Espartaco no lo era.

P. Narra cómo Mussolini rediseñó la Roma antigua. ¿Seguimos viéndola con sus ojos?
R. Sí. Pero lo emocionante de Roma es que no tienes que excavar muy hondo para encontrar otras muchas cosas sobre las mujeres, los pobres, los esclavos. Disfrutamos de que Roma era ese exterior magistral que gustaba a Mussolini, pero también las calles malolientes de Pompeya, la suciedad, la vida…
P. ¿Todos los imperios acaban en ruinas?
R. Los romanos lo habrían dicho así: los imperios surgen y caen. Sabían que un día no habría Imperio Romano. Cuando Escipión conquistó brutalmente Cartago Nova lloró y, cuando le preguntaron por qué, dijo: “Esto le pasará a Roma un día”. La idea romana era que los imperios no duran.
P. ¿Y usted qué cree?
R. Estaría muy sorprendida si en 300 años encontráramos los poderes imperiales que vemos hoy. Si hubiéramos vivido en el siglo XIX creeríamos que el imperio británico iba a continuar, pero los imperios son muy frágiles porque también son atacados desde dentro. Roma nos muestra que las críticas más poderosas vienen desde dentro. Tácito pone en boca de un rebelde británico una frase que es el mejor resumen de lo que son los imperios: “Hacen un desierto y lo llaman paz”. En el siglo XXI aún estamos haciendo desiertos y lo llamamos paz.
P. ¿Qué es el latín para usted?
R. Fue usado para excluir gente y algo de eso queda. Yo nunca diría a la gente que no lea traducciones, pero el placer de entrar en la versión del mundo que escribían los propios romanos nos permite entenderlos. Es emocionante leer la Eneida de Virgilio en latín y descubrir cómo se escribió, qué dice en realidad. Es una literatura que se expande desde hace 2000 años. Las primeras palabras: “Arma virumque cano” (“Canto a las armas y al varón”) prácticamente no tienen sentido en inglés, pero no es un simple trozo aburrido de latín, sino que significa: os voy a dar batallas, os voy a dar armas, os voy a dar al hombre, os voy a dar al héroe homérico. Si solo ves la traducción, te aburres. Pero es emocionante entrar en la piel de otra cultura diferente, especialmente tan remota. Ves el mundo diferente. El mundo es diferente en diferentes lenguas y más aún en latín. Una de las cosas malas en el mundo moderno es no preguntarnos cómo son las cosas para el diferente. Cada uno cree que su punto de vista es el único válido y correcto. Para mí, aprender lenguas es aprender que el mundo es diferente para diferente gente. Y eso no significa que yo quiera ser romana o que tuvieran razón.
P. ¿Por qué hay que seguir estudiando a los clásicos?
R. Nunca diría —como se decía— que es la única forma de entender la civilización occidental, pero hay algo en Occidente que siempre ha estado en conversación con el mundo antiguo: ideas políticas, ciudadanía, justicia, leyes… Y ver dónde empezaron los debates te ayuda a entenderlos. Si me preguntas qué echaría más de menos si no pudiera leer latín o griego sería la Odisea de Homero, de la que por cierto ahora viene una gran nueva película de Christopher Nolan. La Odisea es algo integrado en nuestra cultura occidental y si lo eliminas te quedas sin conocer el inicio de lo que somos. Algunos estudiantes hoy creen que el debate sobre libertad de expresión ha nacido con las redes. Cuando les dices que dura 2.000 años primero no te creen y luego lo empiezan a ver de forma diferente. Mucha gente se equivoca al pensar que el mundo antiguo tiene una respuesta, no la tiene, pero sí diferentes perspectivas que te ayudan a pensar a través de tus debates. Cuando Nelson Mandela estuvo en prisión puso en escena Antígona para los demás prisioneros, fue una forma de hablarles. Y eso le ayudó a formular sus pensamientos sobre conciencia, moralidad política y tiranía.
P. ¿Hay que devolver los mármoles del Partenón o el busto de Nefertiti?
R. Yo soy miembro del Consejo del British Museum, pero hablo a título personal. Y el tema es siempre más complicado de cómo se presenta. Se suele plantear como en un divorcio: ¿los niños con Grecia o con Inglaterra? Y lo que me gustaría ver, aunque seguramente no viviré para verlo, es que estos tesoros fueran compartidos con el mundo. Me gustaría ver a los museos como bibliotecas de préstamos y que los grandes objetos de arte se prestaran, viajaran, se compartieran. Hay objetos que trascienden su propiedad. ¿Quién es dueño de la Mona Lisa? El Louvre, sí, pero es una forma muy estrecha de verlo. Me gustaría que pensáramos en una cultura global en la que pudiéramos compartir. Los grandes objetos de arte deben ser compartidos.
Sánchez-Feijóo: en algunos duelos mueren los dos
Nadie ha ganado esta semana en el Congreso porque vivimos un pulso de debilidades fatalmente improductivo y estéril


Esta semana hemos vivido un caso mayúsculo del simplismo que a veces nos regala la política. Por un momento, el mundo se dividió entre los que se escandalizaban más por la libertad de Víctor de Aldama y los que se escandalizaban más por la corrupción de José Luis Ábalos. El Gobierno intentó hacer hincapié en lo primero, que es ciertamente llamativo, pero la mecha de ese fuego es corta porque la crisis de credibilidad por lo segundo es apabullante. Que no nos confundan.
Ahora ya parece que ha pasado un siglo. Porque tras la sentencia del Supremo sobre el primero de los grandes escándalos que enturbian al PSOE no solo ha llegado la desolación, sino también el espectáculo de la impotencia, el bloqueo, la incapacidad de avanzar. Nadie ha ganado esta semana en el Congreso porque vivimos un duelo al sol de debilidades y fracasos fatalmente improductivo, estéril.
El Gobierno no tiene fuerza para gobernar y el PP no tiene fuerza para derribarlo. De un lado, la extraña conjunción que hizo posible la investidura ha quedado rota y la relación con los socios se ha mostrado áspera, infructuosa. Del otro, Alberto Núñez Feijóo tampoco muestra ambición.
Más paradojas: Pedro Sánchez justifica su permanencia por la gestión pendiente (sanidad, financiación autonómica, dependencia, etcétera). Y Feijóo es incapaz de mostrar proyecto, programa o propuestas más allá del fin del sanchismo. La moción de censura sería la ocasión idónea para hacerlo y —aunque perdiera— exhibir ganas, ideas, hambre de balón y una solvencia como la que Felipe González mostró en 1980 en la suya. La perdió, pero ahí ganó de calle la mayoría absoluta de 1982.
Feijóo asegura que la moción que logró aprobar el jueves con Vox y Junts para pedir una cuestión de confianza pasará a la historia del parlamentarismo, pero estas palabras le quedan demasiado grandes. La historia del parlamentarismo se lo tragará a él si sigue sin garra y si concede a Vox de antemano un gran papel, como ya ha hecho. El tamaño de su debilidad será —ya lo es— inversamente proporcional al de la fortaleza de la ultraderecha.
Hay otro duelo en marcha, como si los dos rivales estuvieran eligiendo entre pistolas o espadas: ¿Justicia o política? ¿Esto lo resolvemos a base de autos judiciales o de herramientas constitucionales en el Parlamento? Y ahí Feijóo también falla. Sus amenazas de que Sánchez será imputado le hacen pisar el terreno de la conspiración, del lawfare al que se agarra el Gobierno.
En fin. Nadie gana en este bloqueo en el que la gestión de Sánchez no limpia la corrupción y la oposición de Feijóo no anticipa gestión. Por tanto, cuidado: en algunos duelos mueren los dos.
‘Pa’lante’ somos todos
Esta etapa no nos dejará, ni a uno ni a otro lado, los lemas más edificantes de nuestro tiempo


Madrid no es solo esa olla hirviendo en la que bullen los juicios contra los grandes protagonistas de nuestro tiempo y los combates políticos que mantienen entre la vida y la muerte la tenue llama azul de una gobernabilidad hecha añicos. En el hervidero que es Madrid también ocurren cosas fascinantes, inspiradoras. Y una fue la presencia esta semana de Mary Beard, la gran experta en Grecia y Roma y premio Princesa de Asturias, con la que pude charlar un buen rato.
Pues bien. La divulgadora inglesa de larga melena y sabio discurso adora ver (y criticar) las pelis de griegos y romanos y aguarda expectante La Odisea, de Christopher Nolan, que está al caer. Y entre sus favoritas tiene Espartaco, la historia de ese esclavo convertido en símbolo de resistencia y fortaleza colectiva. Quién no recuerda ese momento vibrante en que Kirk Douglas se va a entregar a los romanos para salvar a todos los demás: “¡Yo soy Espartaco!” y todos se van levantando y le acompañan “¡Yo soy Espartaco! ¡Yo soy Espartaco!” Mary Beard aún se emociona al citarlo y lo sitúa como momento fundamental y bandera de las sublevaciones colectivas. Recordemos, por ejemplo, el “I can’t breath” de George Floyd que se extendió como lema abrasivo del Black Lives Matter.
Pero dejémonos de inspiración y volvamos al mundo real. El nuevo grito de esta era no es ni mucho menos nada parecido, sino lo contrario: los procesos de corrupción son conspiraciones y lawfare cuando me afectan a mí y un trabajo serio de la justicia si afectan al contrario.
Miguel Ángel Rodríguez ha sido el más exitoso a la hora de crear un lema a la altura del momento: “Pa’lante”. Ante el supuesto enriquecimiento del novio de la presidenta Ayuso esta semana lo volvió a enarbolar. “Esto puedo deciros a día de hoy: Zapatero va Pá’lante...”. Y un largo etcétera.
Tampoco pasarán a la historia los que crea el Gobierno contra los jueces. El ministro Óscar López ha hablado sin inmutarse de prevaricación y la ministra Diana Morant los acusa de hacer política. Todo muy constructivo.
El mejor lema de la semana lo ha puesto, no obstante, el juez Calama, que cortó a Zapatero cuando este intentó glosar sus méritos en tono mitinero:
-En mi etapa como expresidente he realizado una intensísima tarea…
-Eso, señor Zapatero, no lo pongo en duda. Pero tiene que entender que no soy una madre abadesa, sino un juez instructor.
Pues eso. Nosotros tampoco somos madres abadesas. Y sabemos que un gran mérito político no limpia la corrupción. En ninguno de los casos.
¿Cómo elegir el mejor libro?
A Antonio Orejudo le agobia la mesa de novedades y Elvira Navarro espera que una obra la persiga durante años. Ambos se confiesan en este capítulo grabado en el festival Barbitania

Antonio Orejudo y Elvira Navarro son los invitados esta semana en Qué estás leyendo, el podcast de libros de EL PAÍS. Los dos charlan con Berna González Harbour en un capítulo especial con el público del Festival Barbitania, en Barbastro (Huesca).
“A mí me gustaría ser trágico y que el público llorara con mis libros, pero no me sale”, asegura Orejudo, gran maestro del humor con libros como Ventajas de viajar en tren, Fabulosas narraciones por historias o Los cinco y yo. “Mi literatura es continuar con el deambular de mi niñez para descubrir el mundo”, asegura Navarro, autora de obras como La isla de los conejos, Los últimos días de Adelaida García Morales o el más reciente, La sangre está cayendo al patio.
Los dos cuentan cómo eligen sus lecturas: a Antonio Orejudo le agobian las mesas de novedades y Elvira Navarro espera a que un libro le persiga durante años. Y ambos cuentan los libros que más les han marcado. Los de Orejudo: Las personas del verbo, de Gil de Biedma, Pura pasión, de Annie Ernaux, El mundo según Garp, de John Irving, Ruido de Fondo, de Don DeLillo o Pastoral americana, de Philip Roth. Los de Navarro: Crimen y castigo de Dostoievski, Espejo roto de Mercè Rodoreda, La piel de Curzio Malaparte y Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector.
Libros recomendados por Orejudo:
- Majareta, de Juan Manuel Gil.
- La cabeza de Goya, de Miguel Barrero.
- La chica más lista que conozco, de Sara Barquinero.
Libros recomendados por Navarro:
- Cortarse el cabello, de Rosario Villajos
- Era todo el mismo hueco, de Eider Rodríguez.
- Ahí donde el riesgo late, de Iria Fariñas.
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Eduardo Sacheri, escritor: “Para mis alumnos el siglo XX es como el Paleolítico”
El autor argentino reflexiona sobre el chute de autoestima que vivió su país con las Malvinas: “La unanimidad siempre es peligrosa”


Eduardo Sacheri combina su carrera de escritor con la de profesor de Historia y eso le da una capacidad de luces largas muy palpable en su literatura. El autor nacido en Castelar (Argentina) hace 58 años, Premio Alfaguara de 2016, ha regresado a Madrid con una nueva entrega sobre la guerra de las Malvinas bajo el brazo: Demasiado lejos, una mirada al chute de autoestima y nacionalismo que vivió su país. Futbolero hasta la médula, nos recibe precisamente mientras Leo Messi es galardonado con el Princesa de Asturias del Deporte.
Pregunta. ¿Lo celebra?
Respuesta. ¡Claro! Si a Bob Dylan le dieron el Nobel, cualquier premio que le den a Messi está bien (ríe).
P. Tenía 14 años cuando estalló la guerra de las Malvinas. ¿Cuál es su recuerdo personal?
R. El que está en el libro: una madre que irrumpe en una habitación a las seis de la mañana con la radio en la mano comentándolo con sorpresa y alegría. Y eso es lo que dominó los primeros días: alegría, euforia, sueño cumplido. No había temor a la guerra ulterior. La escuela estaba revolucionada y sonó el himno nacional. Mi recuerdo es el de esa mayoría festiva, no el de las minorías cautelosas.
P. ¿Es un asunto resuelto en Argentina?
R. No lo es. Hay que distinguir las Malvinas de la guerra de las Malvinas. Las islas siguen muy presentes en calles, carteles, plazas y pueblos, hay toda una mitología que cumple cien años como reclamo cultural muy fuerte. Y la guerra es más incómoda porque fue una maniobra de la dictadura en busca de oxígeno. Dejó a la sociedad en un lugar incómodo y eso persiste.
P. ¿Por qué?
R. Porque lo que pasó tuvo que ver con el apoyo que suscitó y aún no nos hemos hecho cargo de ello. Los propios militares no se atrevían a retroceder por miedo a la reacción popular.
P. Esa fuerza colectiva tiene peligros.
R. Toda fuerza colectiva tiene peligros, como también promesas. Lo vimos en los totalitarismos y me interesa indagar en ello. Las unanimidades son siempre peligrosas y la nación y el nacionalismo como conceptos también. Puedes decir que hay algo positivo en la cohesión y la armonía, pero es peligroso, siempre hay un solo paso entre la construcción de un “nosotros” y el deseo de aniquilación de un “ellos”. Y en Malvinas eso se ve. Todos los conflictos se pusieron en suspenso durante la guerra: los reclamos de democracia, escuchar a las Madres de Plaza de Mayo, la crisis económica… Sindicatos, partidos, el mundo de cultura y hasta el rock nacional y los montoneros del exilio estaban alineados. Y no lo quiero criticar sino entender.
P. ¿Ese nacionalismo argentino sigue muy vivo?
R. Sigue vivo en relación a Malvinas, pero ya no tiene tinte militarista, nadie sueña con otra aventura militar. El deseo de recuperar las islas y la Selección nacional son nuestros únicos vínculos identitarios que no conocen grietas.
P. ¿Y Argentina cómo está hoy de autoestima?
R. El quiebre de la autoestima se produjo en los años treinta y desde entonces Argentina lleva un siglo ejerciendo la nostalgia. Los liberales la colocan en las Malvinas. Los peronistas, en el derribo de Perón en 1955. Y la izquierda, en el golpe de 1976 como clausura de una posible revolución social. El paraíso siempre está en el pasado.
P. ¿Y hoy?
R. Igual. El progresismo ve en Milei un retroceso y los liberales una promesa de retorno. El programa de Milei es económico, a él solo le importa ordenar la macroeconomía, no hay otro programa que la Argentina exportadora muy conectada con el mundo de principios del siglo XX. Y desde la izquierda se le identifica con la dictadura no solo desde el modelo económico. Milei se referencia mucho más en el menemismo y la apertura de los noventa que en el modelo económico de la dictadura.
P. ¿Entiende la victoria de Milei y el retroceso en derechos?
R. Yo lo entiendo en términos de que creo que el votante más mayoritario lo votó por cuestiones económicas y no por otras. Cuando Milei recorta en áreas como cultura recorta por una cuestión de ajustar números macroeconómicos. La izquierda argentina se equivoca en no comprender el fenómeno Milei en su matriz absolutamente económica. Argentina desde hace 50 años ha crecido el 0,7% anual de promedio, con un montón de años de caída, y eso es un desastre para un país que hasta 1975 estaba acostumbrado a crecer. Sus clases medias se habían agrandado, casi todo el mundo se sentía de clase media y eso es muy fuerte en la cultura argentina. Es una sociedad sumamente igualitaria en cómo se percibe. La dictadura, Alfonsín, Menem o el kirchnerismo no lograron torcer esa inercia de decadencia y eso explica el triunfo de Milei. El problema del enfoque de la izquierda es no entender que los reclamos de la sociedad van por encontrar una senda de crecimiento económico. Había 300% de inflación anual cuando ganó. Ahí está el problema. No hablo de mis preferencias, solo analizo.

P. Sigue siendo profesor de Historia en secundaria. ¿Cómo ve a las nuevas generaciones?
R. Sigo siéndolo y por eso hablo así. Llevo más de 30 años enseñando historia y veo que permanecen dos virtudes: la franqueza y la frontalidad. Los alumnos dicen lo que sienten y lo que piensan. Pero también creo que su registro del pasado es cada vez menor. El peso del presente en sus vidas es mayor, no tienen ni idea de lo que pasó en el siglo XX, para ellos está tan distante como el Paleolítico. Y eso es un problema para comprender el presente.
P. Miran más alrededor que al pasado.
R. Hay tanto estímulo en las redes y alrededor que veo la transmisión intergeneracional de conocimientos muy fracturada. Nosotros teníamos un registro del mundo de nuestros padres y una ligazón mucho mayor, aunque fuera como algo refractario.
P. Benjamín Prado también me dijo en estas páginas que nosotros mirábamos al pasado y hoy miran alrededor.
R. Por eso digo que es algo general, es algo nuevo y no sé si es bueno o malo. Me alarma un poco porque entender el pasado es necesario para proyectarse al futuro. Si el presente es demasiado abigarrado, el vínculo con el pasado y con el porvenir se desdibuja. Nosotros mismos estamos más atentos a la coyuntura como si todo estuviera explotando todo el tiempo y no es así. Tenemos una visión catastrófica del presente como si no hubiera pasado nunca. No. Pasó mil veces y pasó peor. Y no advertirlo no solo nos aboca a escandalizarnos, sino a no pensar. Si te escandalizas no puedes pensar. Eso me mueve más a la periferia. Aquí habría que advertir: “Este escritor no es representativo del mundo intelectual argentino”. No me siento portavoz de un colectivo. Soy el mismo marginal de toda la vida, sigo en la periferia.
P. ¿Esta es una novela de recuerdos?
R. No. Para mí es fundamental diferenciar la memoria de la historia. Al hacerla descubrí todas las traiciones de mi memoria. Yo me acordaba distinto de todo. La memoria es subjetiva, sentimental, caótica, son impregnaciones. La historia es otra cosa. La novela fue precisamente un esfuerzo de distanciamiento de mi memoria.
Zapatero y Sissi Emperatriz
Las ideas no morirán, pero necesitan otros portavoces, otros líderes, otros estandartes; seguro que existen


Heidi, Marco y hasta Calimero o La abeja Maya nos dieron grandes lloros y alegrías a los boomers más bobalicones, hay que reconocerlo. Pero en el podio de la infancia hay varias películas que cíclicamente asomaban en esas televisiones sin plan B que desataban las pasiones más vibrantes: las que conformaban la saga de Sissi Emperatriz. Quien no se haya enamorado de Francisco José y quien no se haya arrebatado cuando trepaba por riscos alpinos para ofrecer una flor de ¡edelweiss! a Isabel de Baviera que tire la primera piedra. Por aquí, con suerte, solo teníamos tréboles y margaritas.
Después, nos hicimos mayores y lo único que nos unió a Sissi fue el recuerdo de un sueño irreal en un mundo donde los sapos no se convierten en príncipes ni bebemos zarzaparrilla, otro gran referente de la infancia boomer gentileza de Enid Blyton. Siempre me quedé con ganas de probarla.
Y, después de todo, la vida no está nada mal para buena parte de nosotros. Quienes podemos trabajar, amar a los nuestros y vivir en paz logramos hacerlo razonablemente. Otros muchos no alcanzan a tener vivienda, un salario digno o salud, pero nos vamos apañando, no hay más remedio. Y luego están unos pocos, los demás. Los que tienen esmeraldas y rubíes en la caja fuerte, además de presunción de inocencia. Los que reciben ingresos increíbles por maquetar informes, los que cobran comisiones millonarias porque saben a quién llamar cuando levantan el teléfono, sean de un partido o de otro. Todos esos.
El portavoz que aseguró que las joyas del expresidente imputado no eran precisamente de Sissi Emperatriz pidió ayer perdón, lo que le honra. La tasación encargada por el juez nos habla de 1,3 millones y no los 30.000 o 50.000 euros que se nos dijo.
Muchos estamos esperando explicaciones, pero empezamos a amasar certezas como esta: el tamaño de un referente moral es directamente proporcional al tamaño de la decepción que nos provoca su reverso.
Cuando un “referente moral” tiene un tesoro nivel emperatriz en la caja fuerte; cuando un ministro nos habla de feminismo y se gasta lo que no está escrito (ni ganado legalmente) en prostitutas; cuando alguien que lucha contra las cloacas en nombre de un partido inicia la suya propia; cuando la audacia de otros tiempos se va quedando congelada para dar paso al tic tac del reloj; asistimos a la demolición de un discurso que, sin embargo, sigue siendo necesario.
Las ideas no morirán. Pero necesitan otros portavoces, otros líderes, otros estandartes, seguro que existen. Porque el Papa ya se va, pero nosotros nos quedamos.
Trump pone la música, Europa la letra
Los centros de deportación como los que Bruselas ha autorizado son Guantánamos, campos de concentración donde no existen los derechos


Hace un año, varios campesinos contemplaban silenciosos el trasiego de autobuses y policías italianos que llegaban a sus turnos en el centro de deportación que el Gobierno de Meloni levantó en Albania. En plena tierra de cultivos, entre granjas donde picotean las gallinas y los burros siguen tirando de carros, una gigantesca instalación blanca, luminosa y distópica, con verjas metálicas, cámaras y celdas para casi 900 personas había crecido ante sus ojos mucho más alto y rápido que las berzas y judías de Gjadër, una zona cercana a la costa. Los policías italianos iban y venían, mucho más numerosos que los inmigrantes que llegaban a este esperpento levantado por orden de Meloni y frenado varias veces por los jueces italianos.
“Antes veíamos la montaña, el verde. Y ahora, mire. Ni siquiera ha traído trabajo a la zona”, se lamentaba un campesino ante la mole alzada junto a su terreno.
El centro de Gjadër es un campo de concentración en el corazón de Europa, un Guantánamo. Un campo de concentración que no es precisamente para delincuentes, sino que se ha levantado para que los inmigrantes que llegan a las costas italianas tras dramáticas travesías sean derivados fuera de las fronteras antes de pisar el continente.
Las iniciativas de los jueces para devolver a Italia a cada grupo de inmigrantes que el Gobierno iba enviando a Albania nos han recordado que algunos tribunales defienden la ley más que los propios gobernantes. Pero apenas han servido para mucho más. Meloni lo ha seguido utilizando para alojar a otros retenidos en Italia en centros de repatriación y promete persistir hasta que funcionen plenamente.
Y ahora le ha salido un gran aliado. Su iniciativa, que reventó las costuras de los valores europeos y que ha desafiado todo sentido de humanidad y derechos que creíamos vigente en Europa, ha encontrado una puerta mucho más grande por la que colarse: el propio Consejo, la Comisión y el Parlamento Europeo, que esta semana la han hecho suya al acordar un nuevo reglamento de retornos que crea el marco legal para enviar migrantes a campos de deportación fuera de la UE. Trump puso la música con el ICE y Europa pone ahora la letra de su sinfonía más negra.
La UE promete el respeto de los derechos fundamentales en la nueva era, pero no hay derechos en un Guantánamo como el que Italia tiene en Albania, donde se niega la libertad más elemental. Los países europeos se proponen ahora abrir otros centros en terceros países, especialmente en África, al estilo Donald Trump, que precisamente está deportando ya latinoamericanos a países como Ghana o la República Democrática del Congo. La chequera es lo de menos.
Esta semana, la imagen de cuatro jornaleros quemados en vida por dos explotadores (inmigrantes, como ellos) nos ha zarandeado las conciencias desde Italia. Tengamos claro que de quienes caigan en manos de los nuevos centros de deportación no habrá ni siquiera imágenes. Porque si el negocio de la inmigración irregular era hasta ahora de las mafias, a partir de ahora lo será de esos terceros países que harán caja. Y nosotros, pagándolo.
El Gobierno tiene un plan: ¡las vacaciones!
“Papa, Mundial, verano, Presupuestos” es la consigna. Como lema, no se atreverían ni a ponerlo en una camiseta, pero ahí está


¿Alguien cree que el Gobierno se achicharra sin tener un plan b? Pues se equivoca. El Gobierno tiene un plan clarísimo en varias fases, lástima que sea extraordinariamente pobre. La primera se llama Papa y está empezando. La segunda, el Mundial de Fútbol, también está a las puertas. La tercera es la mejor: veranito, vacaciones, que pongamos la neurona que nos queda a descansar y nos atrape la molicie, muchos tenemos ya enormes ganas. Y la cuarta, ya a la vuelta, presentación de Presupuestos.
Mientras todos contemplamos el desfile de autos judiciales y esperamos novedades, mientras la oposición marea con una moción de censura sin audacia para proponerla ni capacidad para atraer adeptos, el Gobierno pone velas a ese plan. Lo adereza con declaraciones conspiranoicas contra los jueces y con otras muy vacías, como cuando el ministro Ángel Víctor Torres asegura que “todo esto es un show”. Desde luego que lo es oír al ministro Marlaska negar que la directora de la Guardia Civil se reuniera con Leire Díez y que ella reconozca ahora que sí hubo citas. Lo es leer un comunicado que recoge dos encuentros que pudieron ser tres. ¿Mintió Marlaska o le engañaron? ¿Con qué autoridad avanzaba Leire Díez en su red de conexiones y encuentros para exhibir esa soltura mientras da instrucciones a un capitán de la Guardia Civil? (El audio “escúchame, tú me vas a contestar lo que sepas, me vas a decir si hay alguna prueba física, sí o no...” amenaza con sonar en bucle el resto de la legislatura).
Más preguntas: ¿quién sabía lo que hacía? ¿Quién conocía cómo se la financió? Son solo algunos de los múltiples interrogantes que están por aclarar, y que el Gobierno y el PSOE se deberían apresurar a responder antes de fiarlo todo al Pontífice y a la selección.
La enésima promesa de Presupuestos que ha hecho Pedro Sánchez no deja de ser parte del show. Después de sucesivos retrasos, el último por una guerra de Irán que aún no ha terminado, el presidente promete las primeras cuentas de la legislatura cuando esta se acerca a su fin. El anuncio se acerca más a un trampantojo, a una maniobra de distracción en medio de la tormenta de la corrupción, que a una verdadera ambición de acatar al fin una obligación constitucional postergada varias veces con excusas insuficientes cuando todos sabemos por qué la ha incumplido: por pura debilidad parlamentaria.
La consigna política es tan clara como pobre: Papa, Mundial, verano, Presupuestos. Como lema de gobierno no se atreverían ni a ponerlo en una camiseta, pero ahí está.
De cómo Goya perdió el cráneo y España, la cabeza
Miguel Barrero indaga en la decapitación del genio y traza la metáfora sobre las debilidades de nuestro país


Goya no es solo el enorme pintor que nos retrató con más de dos siglos de antelación, sino el origen y causa de muchas obsesiones, investigaciones y creaciones que se superponen en la historia con intensidad. Y una muy particular es la búsqueda de su cráneo, separado de su cuerpo mientras estaba enterrado en Burdeos, donde murió en 1828, y que jamás llegó a sus sepulturas en España. El misterio sobre su cabeza, digamos, ha rodado más que ella.
Algunos nos caímos del caballo, como San Pablo, al visitar su panteón en la ermita de San Antonio de la Florida en Madrid, las Pinturas Negras en el Prado o cualquiera de los hitos de su vida. Pero hoy podemos celebrar la llegada de otro friki de un tema que a muchos nos apasiona y ocupa más que a los culés las lesiones de Lamine Yamal. Se trata de Miguel Barrero (La otra orilla, El guitarrista de Montreal, ambos en Galaxia), que ahora publica La cabeza de Goya (Xordica). Y que sea bienvenido a la secta.
Investiga Barrero el posible paradero de la cabeza del genio y esa es la excusa para llevarnos de la mano a través de sus últimos años y de los amigos y amores que le acompañaron desde que partió al exilio y dejó atrás el absolutismo irrespirable de Fernando VII en España, en 1823, para instalarse en Burdeos con su última compañera, Leocadia Weiss, y la hija de esta, Rosario, a la que Sergio del Molino precisamente acaba de decicar La hija (Alfaguara), otra gran aportación al universo goyesco del presente.
Pues bien. Miguel Barrero (Oviedo, 1980) indaga, estudia y repasa minuciosamente cómo el cónsul español en Burdeos descubrió en sus paseos por el cementerio de la Chartreuse en 1880 que allí yacía Goya, cómo se empeñó en impulsar su traslado a España, cómo luchó contra el silencio, la burocracia y la racanería tras una primera exhumación hasta lograr en 1899 su segunda exhumación y el último viaje. 19 años de lucha que al autor le sirve de metáfora de una España que ignora su historia y que, en ocasiones, se despista demasiado. Y, a nosotros, de divertimento.

Porque La cabeza de Goya no es solo una indagación que se lee como una novela de intriga, sino la reflexión sobre una nación capaz de perder la cabeza. La frenología fue la explicación más creíble de la desaparición del cráneo, cuando algunos científicos de la época creían poder ver en el cerebro los rasgos de la genialidad, la maldad o tantas características de las personas. Pero eso no explica todo. Porque el robo de ese cráneo y su viaje hipotético por España dejó algunas pistas en forma de un cuadro de Dionisio Fierros de 1849 y otras señales que existían antes de la exhumación que descubrió su decapitación. Como también el hallazgo de otra calavera colocada en esos tiempos en la tumba del inventor del ensayo, Michel de Montaigne, y que también generó otras especulaciones. No haremos spoiler. Lo importante: el culebrón sobre la cabeza de Goya suma, así, otro capítulo clave para seguir celebrando su vida. Y la literatura. La serie continuará.
Ndaba Mandela, nieto de Nelson Mandela: “Cuando era niño quería vivir en una cárcel, como mi abuelo”
El presidente del Mandela Institute for Humanity lucha por mantener su legado. Aquí narra sus recuerdos del hombre que terminó con el ‘apartheid’


Ndaba Mandela era un crío cuando conoció a su abuelo, el Nobel de la Paz y gran luchador contra el apartheid en Sudáfrica Nelson Mandela, y se hizo adulto a su vera. El hoy politólogo, nacido en Soweto (Johanesburgo) hace 43 años, difunde su legado como presidente del Mandela Institute for Humanity y participa en España en la Alianza por el Futuro de la Educación, una iniciativa para renovar la enseñanza en tiempos más que desafiantes.
Pregunta. ¿Qué significa ser el nieto de Mandela?
Respuesta. Tenemos la responsabilidad de continuar el legado de mi abuelo. Él fue capaz de conseguir la emancipación política, pero la económica no ha llegado y afrontamos muchísimos retos en Sudáfrica; aún tenemos un largo camino por delante. Por ejemplo: asegurarnos de que los jóvenes puedan acceder a la educación, que ahora mismo está bajo ataque en Sudáfrica porque se han reducido los recursos. ¿Qué generación se va a formar sin medios para convertirse en pensadores críticos? Suelo decir a los jóvenes que deben soñar a lo grande, tanto que sus propios sueños les asusten.
P. ¿Cuál es el recuerdo de su abuelo?
R. Tengo muchísimos. La primera vez que lo vi estaba en la cárcel, en una casa convertida en prisión. Yo tenía ocho años cuando mis padres me llevaron a verle y tengo un recuerdo idealizado porque yo venía de Soweto y me encontré con muros de hormigón, una casa con piscina... ¡Yo no tenía! Allí conocí a un chef por primera vez en mi vida. Y el abuelo nos fue preguntando: ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas? ¿Y cuál es tu asignatura favorita? Desde el principio podías ver que le interesaba la educación.
P. ¿Qué le respondió?
R. En ese momento dije matemáticas, pero luego no fui por ahí (ríe). Ese día pensé que de mayor quería vivir en una cárcel porque las cárceles tenían piscinas. No entendía que esa era la última en la que le pusieron en sus últimos cuatro años [estuvo 27 en total] para romperle mentalmente y alejarle de su movimiento político. Pero él nunca se rindió.
P. Luego vivió con él.
R. Él quedó en libertad en 1990 y envió a mis padres a la universidad. A mi padre le dijo: “Tú a estudiar y yo cuido a tus hijos”. Al principio era duro, porque era muy estricto, pero me enseñó a adoptar sus valores. Me enseñó a hacer la cama, a cuidar mis pantalones, mi camisa, y me dijo que tenía que tener limpio mi cuarto y así enfocarme en lo importante. “Con la habitación limpia podrás hacer los deberes”, me dijo. Me enseñó sobre el amor, sobre creer y estar siempre para mis hermanos. Cuando tenía 13 años, recuerdo un día que me dijo: “Ndaba, eres mi nieto y la gente te ve como líder, así que debes tener las mejores notas”. Me enseñó que era un privilegiado. “Tú no tienes que preocuparte de tu siguiente comida y, como privilegiado, tienes una responsabilidad con tus hermanos; debes cuidar a los más pequeños, eso es cosa de la familia. Felicitar si lo hacen bien y reñir si no. Yo soy porque tú eres.

P. ¿Su legado está vivo?
R. Sí, los negros tenemos hoy dignidad gracias a Nelson Mandela. Él nos trajo la libertad, pero sobre todo impidió la guerra civil; ese es su verdadero legado: mantener la paz y detener el derramamiento de sangre. Pero, por supuesto, eso no ha terminado; la siguiente generación tiene que tomar el relevo y la pregunta es: ¿Qué hacemos ahora para continuar su senda? Porque el legado no es una cuestión de memoria, sino de llamada a la acción: qué podemos hacer cada uno de nosotros para conseguir más derechos.
P. Sus padres murieron de sida y su abuelo decidió que había que hacerlo público. Que se reconociera la palabra para luchar contra el estigma.
R. Sí, tuvimos un debate. Cuando mi padre murió nos planteamos: ¿Qué vamos a decir al mundo? Podemos decir neumonía o tuberculosis porque el sida mata tu sistema humanitario y mueres de otra cosa, pero mi abuelo dijo: “No. No lo haremos. Diremos simplemente que el sida se ha llevado la vida de mi hijo”. Y eso fue importante, era la primera vez que una familia prominente desvelaba la verdad. No tenemos que esconder, debemos hablar de esta enfermedad como de cualquier otra y no sentirnos avergonzados, como si hubiéramos hecho algo sucio.
P. Mandela recibió el Nobel de la Paz, ¿qué le parece que Trump sea candidato?
R. ¡Cómo va a recibir el Nobel si está bombardeando Irán! Está implicado en una guerra terrible en Oriente Próximo.
P. Usted ha heredado el puesto de cacique o jefe de su clan. ¿Qué significa para usted?
R. Nuestro clan desciende de la familia real. Nelson Mandela viene de la cuarta casa de la familia real, que es polígama. Y nuestro rol es mediar entre las familias anteriores además de asesorar al rey. Tenemos que escuchar a otros consejeros y tomar decisiones. Cuando mi abuelo dejó de ser presidente, el rey de entonces le dijo: “quiero devolverte la jefatura”. Y él dijo: “no, después de ser presidente de todo el país ¿como voy a liderar un lugar que no se ve ni en el mapa? (ríe). No tengo tanto apego al poder, así que gracias". Mi padre tampoco quería, estaba enfocado en ser abogado. Y ese poder cayó en mi hermano, nosotros le apoyamos. Luego en algún punto tuvo diferencias con la comunidad y con el rey y, últimamente, la gente volvió su vista a mí.
P. ¿Y qué significará para usted?
R. Debo cuidar a mi pueblo, yo nací en el gueto de Soweto, pero Kunu, nuestro pueblo, está en una zona rural tan remota que allí no llega el gobierno y debo ocuparme de todo lo que necesite la gente de ese pueblo. Soy un representante de mi comunidad.
P. ¿Le gusta?
R. Sí, y voy a ocupar el lugar que me corresponde.
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