Teleficciones 1 Los programas (1951-1970)

Teleficciones 4 - Su gente

Teleficciones 2 Los programas (1971-1990)

Teleficciones 5 - Su gente

Teleficciones 3 Los programas (1991-2012)

JAVIER MARÍAS El País 2007 (31.8.07/3.5.07)

sábado, 11 de julio de 2026

La peligrosa sensación de estafa circundante ,,, 11.7.26

Una de las más graves sensaciones que los ciudadanos tienen en las sociedades actuales, y en particular en la española, es que tanto las autoridades como las empresas los están siempre estafando, o, como mínimo, aprovechándose de ellos, y eso crea a su vez una sensación de malestar e indefensión máximas que lleva a ver como enemigos tanto a los políticos como al prójimo en general. Algo sumamente perjudicial para la convivencia y que, si a algo invita, es a saltarse las reglas y la ley el mayor número de veces posible, y a que los individuos, en su pequeña escala, intenten por su parte estafar y defraudar cuanto puedan.

Empecemos con Hacienda, de cuya existencia soy, en la teoría, gran partidario, así como de cumplir con ella (la redistribución y todo eso). Pero, si es ella la que abusa, entonces es ilusorio que pretenda recibir de los contribuyentes el trato que no les da. Como es sabido, si un ciudadano se retrasa un solo día en presentar su declaración anual, o la trimestral del IVA, al instante le cae una multa, mientras que Hacienda no abona un céntimo de intereses sobre las cantidades que retiene indebidamente a lo largo de todo un año, y que empieza a devolver unos siete meses después de vencido ese año. De la misma manera, el contribuyente ha de poner remedio -y perder horas de tiempo- cada vez, y son muchísimas, que Hacienda comete un error y reclama algo que ya está pagado, o es incapaz de coordinar a sus diferentes departamentos y dar de baja a una sociedad disuelta hace siglos o a un muerto bien muerto, al que a veces sigue reclamando impuestos. También el ciudadano percibe como estafa que Hacienda pretenda cobrar del mismo dinero varias veces: si ustedes le regalan una cantidad a sus hijos, o le hacen un préstamo a un amigo, éstos deben comunicárselo a la Recaudadora para que saque nueva tajada de un dinero por el que ustedes ya tributaron, en el momento de ganarlo. Podríamos seguir hasta el infinito, pero añadamos sólo que el contribuyente comprueba cómo jamás se le dan explicaciones sobre los presupuestos: hace unas semanas leí con estupor que la Fundación política que más subvención recibe del Estado -unos tres millones de euros anuales, si mal no recuerdo- es la FAES del ex-Presidente y actual correveidile financiero Aznar, sin que uno vea justificación posible a semejante favoritismo. Hacienda, y el Estado, que dan toda la impresión de estafar, estrujar, abusar, cobrar lo que no les corresponde y hacer de su capa un sayo, difícilmente pueden aspirar a que los contribuyentes sean honrados con ellos.

"Lo llamativo es que haya todavía personas cívicas"

Los bancos, por su parte, con unos beneficios siempre crecientes y monstruosos, cada vez cobran más por todo. El último cargo del que he tenido noticia ha sido el de tres euros por la mera "visita" de un cliente a la caja privada que tenía contratada. Las compañías telefónicas se sabe que recurren a toda clase de estratagemas para retener cautivos, contra su voluntad, a los clientes que un día captaron, y no son las únicas empresas que tratan a sus usuarios como a rehenes. Tras los apagones de Barcelona en julio, las eléctricas han sido acusadas de limitarse a repartir sus también monstruosos y siempre crecientes beneficios y de descuidar, en cambio, las inversiones en mantenimiento e infraestructuras, y no parece que sean acusaciones descaminadas. Asimismo se sospecha que muchos apagones menores son provocados, chantajes para forzar a la Administración a que les permita recurrir en mayor medida a la energía nuclear que ahora tienen limitada. Los aeropuertos son un caos y pésimos, se dirían concebidos para torturar a los pasajeros, sobre todo la criminalmente célebre T-4 de Barajas. La Renfe es un desastre, y si no que se lo digan de nuevo a los barceloneses. Los precios de la vivienda han aumentado un poco menos este año y esto se da como gran noticia (no que hayan disminuido, que no lo han hecho), pero siguen siendo una sangría para la mayoría de la gente, a la vez que las edificaciones se multiplican sin ton ni son no ya en las costas, sino en todo el territorio, con la aquiescencia y lucro de numerosos alcaldes. Muchos de ellos recalifican terrenos protegidos, y con gran desparpajo se los entregan a promotores inmobiliarios sin escrúpulos o directamente a mafiosos, para que hagan negocios de los que los representantes públicos se llevarán su parte. La gente se va de vacaciones y es fácil que se sienta estafada, por la agencia de viajes, por la compañía aérea, por quienes le alquilan un apartamento, por el hotel en el que se hospedan y hasta por el chiringuito de la playa.

En estas circunstancias, lo llamativo para mí es que haya todavía personas cívicas, honradas, responsables, cumplidoras de las a menudo injustas leyes, obedientes, sumisas. Porque lo normal sería que todos pensáramos: si una gran parte de la población, y en particular las empresas, se dedican a sacarnos los cuartos de la peor manera, y los diferentes Gobiernos no sólo no lo impiden sino que suelen sumarse a la tarea de exprimirnos, qué diablos hacemos cumpliendo. Este tipo de situaciones de desconfianza y explotación prolongadas son las que de tarde en tarde conducen a los ciudadanos a motines y rebeliones. Las autoridades deberían saberlo, es decir, deberían conocer un poco de Historia.


Los muertos activos

Leí una reseña de mi hermano, el flautista de música barroca y crítico musical Álvaro Marías, y salí escopetado a comprar el CD que recomendaba, pues me suelo fiar de su criterio, sólo sea por la cercanía y la costumbre. Era un CD doble, de hecho, titulado Richter the master. Volume 1, con registros en directo del pianista ucraniano Sviatoslav Richter: tres sonatas de Beethoven interpretadas en 1991 y otras cuatro en 1992. Comentaba mi hermano en su crítica que, con setenta y seis y setenta y siete años a sus espaldas, respectivamente -Richter nació en 1915-, en la grabación sonaba más de una nota falsa, pero que pocas veces se habían tocado esas sonatas con semejante profundidad (él utilizaba un lenguaje más técnico). Como cada vez más ocurre con todo (libros, CDs, DVDs), con esa manía de los periódicos de adelantarse unos a otros en las mayores insignificancias, el disco no estaba aún en las tiendas. Ya me ha pasado en numerosas ocasiones: uno va a comprar algo sobre lo que acaba de leer elogios, no está a la venta y luego se olvida. Pero aquí no me olvidé, y al cabo de una semana encontré por fin un ejemplar que desde entonces oigo una y otra vez, sobre todo el sobrenatural segundo movimiento de la sonata "Appassionata".

"Es apasionante ver a un artista en acción"

Sviatoslav Richter murió en 1997, hace ahora diez años, y yo lo había visto tocar una vez en La Fenice de Venecia, en marzo de 1986, con un programa de Beethoven, Schumann y Brahms. Y en una de estas escuchas de su CD me vino un pensamiento infrecuente -quizá por perogrullesco-, cuando debería ser frecuentísimo: "Qué raro", pensé, "estoy oyendo tocar el piano a un muerto, al que además vi vivo en persona hace ya mucho tiempo. En algún momento, incluso, al tratarse de la grabación de recitales, oigo cómo respira, de la misma manera que en tantos discos de Glenn Gould se lo oye tararear levemente la melodía por encima de su piano, eso que irrita a tantos aficionados. Y encima estoy oyendo lo que compuso otro muerto mucho más antiguo, que nunca pudo grabar nada". Si digo que este pensamiento debería ser más frecuente es porque en realidad nos pasamos la vida oyendo tocar o cantar a muertos, leyendo a muertos, viendo actuar a muertos en películas dirigidas a su vez por muertos, contemplando cuadros y edificios pintados y concebidos por muertos. En algunas Universidades de los Estados Unidos se ha producido un extraño resentimiento contra los muertos, como si éstos les quitaran importancia y sitio a los vivos, y es conocida la aversión de algunos departamentos de Literatura contra los escritores "blancos, varones, europeos y muertos" principalmente, lo cual los lleva a suprimir de sus estudios a Shakespeare y Cervantes, Montaigne, Flaubert y Dickens, y a una inmensa parte de la mejor cultura occidental, como puede imaginarse.

Sí, hace ya unas cuantas décadas que los muertos están un poco mal vistos. Cuando son recientes, se los honra retórica y vacuamente y se les dedica buen espacio en la prensa. Después suele arrojárselos a un largo purgatorio de olvido, o aún es más, se los aparta a empellones para que no nos recuerden la mortalidad de todos y además no ocupen el lugar que los vivos se disputan. Y sin embargo, es en esta época nuestra cuando más los buscamos y los tenemos más presentes, sólo que sin acordarnos de su condición ni pensar nunca la perogrullada que yo pensé al oír por enésima vez esa "Appassionata" de Richter. Hasta hace relativamente poco, los únicos que seguían hablándonos tras dejar el mundo eran los escritores, o a su manera los pintores. Los músicos, tan sólo cuando algunos vivos se tomaban la molestia de interpretar sus composiciones, que volvían a desvanecerse en el aire una vez concluidas. Y por supuesto nadie tiene ni idea de si David Garrick, el famoso actor dieciochesco, era tan extraordinario como aseguraban sus contemporáneos o un histrión o una patata. Ahora oímos sin cesar a Elvis Presley y a Dean Martin y al pesado de John Lennon, a Billie Holiday y a Charlie Parker, a Maria Callas y a Gigli, a Karajan y a Furtwängler, a Michelangeli y a Horszowski, a Casals y a Rubinstein. Vemos continuamente a John Wayne y a James Stewart en sus westerns repetibles hasta el infinito, a Audrey Hepburn y a Ava Gardner (incluso podemos sentir deseo por algunos muertos), a Cary Grant y a Groucho Marx (y nos reímos con las bromas de algunos muertos). Disfrutamos y nos admiramos con lo que concibieron John Ford, Welles y Hitchcock, o el olvidado Sacha Guitry con su magnífica Si Versalles pudiese hablar que está aquí en DVD, o Renoir o Rossellini. Asistimos a su trabajo, en cierto modo a su pensamiento, como si pudiéramos seguirle el hilo. Pocas cosas hay tan apasionantes como ver a un artista en acción, u oírlo cuando se trata de un músico. Y resulta milagroso poder hacerlo cuando hace mucho que esos artistas fueron expulsados del tiempo, cuando sus voces, o sus acordes, o sus pinceladas, o sus miradas y gestos se supone que han desaparecido. Ahí están, sin embargo, muertos activos, extraordinarios muertos que por fortuna no descansan, para nuestro placer y nuestro aprendizaje. Deberíamos tener más respeto y agradecimiento a cuantos comparten la condición con ellos, aunque no nos hayan dejado nada de eso, sino sólo su difuminado recuerdo.


Los valiosos ocultos

Si uno ve la televisión u oye la radio o lee la prensa, si atiende a los políticos, a muchos intelectuales y artistas, no digamos a los obispos (sobre todo si es a su portavoz siempre enmarañado y chulesco, Martínez Camino), acaba por tener la sensación de vivir en un país envilecido y lamentable, lleno de aprovechados, de cínicos, de imbéciles y de fatuos. Cuanto tiene una dimensión pública -y descuiden, que sin la menor reserva me incluyo- produce una impresión negativa, cómo decir, de permanentes exasperación y rebajamiento, de griterío generalizado, de empujones y codazos, de desfachatez, mezquindad, tontuna, mentira y codicia, todo mezclado. Uno oye a los tertulianos de una radio y a los pocos minutos la apaga entre hastiado y avergonzado, tal suele ser la sarta de disparates y venenosidades que escucha, casi todos pronunciados con el mayor engreimiento. Enciende la televisión y se encuentra, en demasiadas ocasiones, con gente chillona haciendo el memo o soltando zafiedades, ya sean presentadores o concursantes, agilipollado público que bailotea o bate palmas como niños (niños idiotas) o participantes en "debates", con frecuencia gente que no tiene idea de nada y, lo que es peor, que no se ha parado ni un minuto a pensarlo. E incluso echa un vistazo a unos "informativos" y se topa con el añoso locutor megalómano no dando noticias, sino hablando de sí mismo y de sus pésimos gustos. Abre uno los periódicos o las revistas y no es nada raro que lea bobadas sin cuento, opiniones no meditadas y declaraciones rimbombantes y huecas. Presta atención a los políticos y de la mayoría sólo brotan evidentes falacias y autopropaganda, casi nunca una idea interesante o el reconocimiento de un error o una culpa, y todos tendrían una lista larga. Y si uno se asoma a Internet, el trapicheo de memeces ocupa el 90%.

Si uno ve España, o aun el mundo, a través de lo público, se convence de vivir en una época de decadencia absoluta. No es ya que no se premie la inteligencia ni la discreción ni la educación ni la reflexión, la argumentación ni el saber ni la prudencia, sino que todo eso parece molestar y aburrir y tan sólo se aplaude el histrionismo, la grosería, el dislate, la ignorancia, la maledicencia y la mamarrachada. Uno diría que este es un país definitivamente echado a perder, si es que no el mundo. (Hace unas semanas tuvimos ocasión de ver una buena muestra de la sandez planetaria: no hubo medio de comunicación que no dedicara un gran despliegue al breve paso por prisión de Paris Hilton, una joven rica, tonta y fea que ha logrado convertirse en una de las personas más famosas del globo? por ser rematadamente rica, tonta y fea y prestarse a bastantes chistes.)

Y sin embargo la vida real, o personal, o privada, no tiene mucho que ver con todo eso, por lo menos la mía y las de quienes tengo cerca. Bien es verdad que en ella uno ve también hordas de descerebrados reales que, sobre todo en estas fechas, apenas saben articular más de una palabra, y ésta suele ser "¡Fiehta, fiehta!", independientemente de su edad, condición y sexo. Pero también estoy harto de conocer a personas valiosas que jamás hablan de nada de lo que nos inocula o cuela sin cesar lo público, sino de sus intereses o problemas particulares. Gente sosegada, bienhumorada, culta, educada, inteligente y prudente, atenta a su propia vida, afanosa por saber más, con buena voluntad y curiosidad infinita. Y no son sólo amigos de siempre, sino personas nuevas que me escriben o con las que me encuentro, a las que acabo de conocer y que me producen una impresión excelente, aunque el trato sea breve. Y también estoy harto de descubrir a jóvenes -en esta época en la que tantos parecen cafres; bueno, como en todas- que tienen todas las trazas de ir a convertirse en ciudadanos valiosos y responsables, deseosos de hacer bien lo que les toque en suerte (no siempre van a poder elegir, bien lo saben), indiferentes a la notoriedad y la fama, sobre todo si son mal ganadas. ¿Dónde están, me pregunto al poner la televisión o la radio o abrir los diarios? ¿Por qué aquí nunca aparecen, o muy raramente? Es tan abrumadora la vociferación de lo público, y tanta su capacidad de incitación a la mímesis en los más cortos de luces, que a veces no parece existir más realidad que la que los medios muestran, cuando la suya es por fuerza una visión sesgada, incompletísima. Esas personas valiosas son precisamente las que, por su discreción y sentido del ridículo, no se presentarían nunca a un concurso o a un reality show, ni acudirían a un programa de despellejamiento, ni dirigirían unos "informativos" a mayor gloria suya (el pudor se lo impediría), ni seguramente escribirían arbitrariedades en prensa como las que yo mismo escribo (y otros muchos, no crean). ¿O bien es que, en cuanto accedieran a estos medios, o a la política, o al obispado, se contagiarían de nuestra vileza? Imposible saberlo, y hay que dar gracias por ello. Porque mientras exista esa gente discreta, con sus intereses veraces, a gusto en su anonimato, con su atención centrada eminentemente en su vida particular y en su trabajo, sin más ambición que la de su propio mejoramiento, este país y este mundo no estarán aún condenados.


Quién será el facineroso

Ya no sé si es cosa mía o si ustedes también lo habrán observado, pero cada vez que se asoma a la televisión un abogado (bueno, seamos justos: casi cada vez), tiene una pinta de facineroso que uno duda, en primera instancia, si es el defensor o el acusado, o el primo o el cuñado de éste, parientes que, no se sabe por qué, tienen tendencia a ejercer de portavoces en todos los casos, sean delictivos, de mero escándalo o de famoseo. Uno se imagina que esos abogados son los sucesores de los antiguos picapleitos, es decir, de aquellos individuos que, según reza el diccionario, carecen de pleitos y andan buscándolos, o bien son "enredadores rutinarios". Aunque el DRAE añade una acepción "anticuada": "Hombre embustero, trapisondista", que, lamento decirlo, suele ser la que más cuadra a estos letrados españoles actuales. Como la mayoría de los procesos a los que la televisión hace caso son sórdidos y a menudo folklóricos, uno piensa que los encausados han buscado entre sus amistades, y así, el defensor de un bailaor aparece con unas patillas en hacha y un pelo corto por delante y largo por detrás que es el colmo del garrulismo; el de un marbellí de alto rango se presenta con camisa y corbata rosa (o moradas, o verdes) y con los dedos llenos de alhajas; el de un presunto violador en serie, nos mira desde unas enormes gafas de violador vidrioso (que ahora vuelven a llevarse mucho, a lo Umbral o John Major, para entendernos) y con el cuello sudado como si viniera de un forcejeo; y el de un etarra, por supuesto, a menudo se nos disfraza de proetarra, con peinado vasco-frailuno, camiseta con lema y pendiente en una oreja. "Bueno, cada cual echa mano del abogado que tenga más cerca o del que le vaya a cobrar menos; gente titulada, sí, pero que pertenece a su círculo", piensa uno. "De ahí, quizá, que los defensores tengan con frecuencia esas pintas, tan malas como las de sus defendidos".

Yo me lo explicaba de este modo hasta que empezó el juicio del 11-M y tuve ocasión de ir viendo a un montón de ellos de procedencias diversas, y además no sólo a abogados, sino también a fiscales. Y, con alguna excepción, uno se pregunta al contemplarlos qué clase de tropa es ésta, y en manos de quienes está la justicia. La mayoría de los letrados que hemos visto intervenir en este caso (y eso que iban togados, lo cual los ayudaba a disimular un poco) tenían el mismo aspecto que los más "folklóricos", esto es, de facinerosos cuando no de patibularios. Hablaban fatal y se explicaban peor, como verdaderos analfabetos funcionales; se mostraban incapaces de resultar coherentes, argumentaban como cabestros, soltaban impertinencias, sandeces y desvaríos sin cuento (y eso que el juez Gómez Bermúdez los ha atado bastante corto, más vale no imaginar lo que habríamos oído con una autoridad menos cortante). Hemos asistido, además, a actuaciones insólitas en el sentido literal de la palabra, es decir, seguramente sin precedentes en la historia procesal del universo: acusadores que sólo trataban de exculpar a los acusados en vez de procurar su condena, para lo que se supone que estaban, o habían sido contratados; o que trataban de inculpar a gente que no se sentaba en el banquillo porque no había habido prueba alguna contra quienes esos acusadores deseaban culpar por encima de todo. Los abogados de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en particular, han acabado de hundir en el desprestigio a esta un día respetabilísima organización, como si no bastara con el que desde hace años le ha traído el señor Alcaraz, su irrazonable jefe. Ha dado la impresión de que a muchos de los letrados de este juicio la verdad les traía sin cuidado, y, más grave aún, que ansiaban ver a los presuntos culpables exonerados y en la calle, para que repitieran la faena de Atocha; porque cada vez se olvida más que las condenas no buscan sólo el castigo por el delito ya cometido (en esta ocasión ciento noventa y un muertos y miles de heridos), sino, quizá en mayor grado, la evitación de otros delitos a manos de los mismos (aquí, que no puedan volver a poner bombas los encausados). Y sin embargo han sido muchos los fiscales o abogados ?y periodistas no digamos? que sólo han buscado la liberación y reincidencia de los sospechosos. Algo increíble, y criminaloide.

Quizá resulte anticuado, pero soy de los que creen que las pintas de las personas, y su manera de expresarse, dicen mucho acerca de ellas. En realidad -me doy cuenta- no soy anticuado ni nada, porque todos nos fiamos enormemente de lo que percibimos al primer golpe de vista. ¿Quién no se ha cruzado alguna vez de acera, o ha apretado el paso, al ver las pintas de quienes le venían de frente por una calle? ¿Y quién no ha pretextado cualquier excusa inverosímil para apartarse de un sujeto por su manera de hablar, o por el léxico que empleaba? Yo supongo que en España existen abogados y fiscales más articulados, más racionales, más cultos y civilizados que los que suelen asomarse a nuestras televisiones. Más nos vale, y que no sean todos émulos de aquel Rodríguez Menéndez. Pero, a tenor de las muestras habituales, y de gran parte del ya famoso elenco del juicio del 11-M, el gremio parece encontrarse en tal estado de deterioro y bajura como para ir pensando en defendernos solos, cuando por fin nos detengan por algo.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Engreídos y enrollados

Hace ya muchos años escribí en otro lugar un artículo en el que señalaba que hay tres cosas que los españoles nunca estamos dispuestos a admitir no tener. Sólo recuerdo aproximadamente cuáles eran, pero estoy seguro de que no se trataba de belleza ni de inteligencia, ni desde luego de saber. Quiero decir que no nos queda más remedio que reconocer que hay personas más guapas, o bien que no gustamos. Y aún es más: hoy se diría que la mayoría asume estar muy lejos de la perfección, a tenor de la locura quirúrgica que se ha apoderado de una exagerada parte de la población. Adolescentes que se implantan pechos como maderos o globos, señoras que se inyectan cuanto es inyectable y se sajan y rajan y tajan por doquier, caballeros que se estiran el pene o se recortan los glúteos, actrices, cantantes y locutores que ya no pueden ni esbozar una sonrisa, de tirantes y pespunteados que van, en fin. Tampoco cuesta aceptar que otros piensan mejor, o que tienen "más cabeza", no digamos ya más saber. El saber suele traernos sin cuidado, y nos sentimos muy ufanos de que con lo que ignoramos se puedan llenar enciclopedias que no cabrían en ninguna biblioteca. La tendencia es más bien a ponerse desafiantes ("Sí, no tengo ni idea, ¿y qué pasa?") o a burlarse de los conocimientos ajenos ("Joé, en qué cosas pierde este el tiempo").

Lo que nadie soportaba, en cambio (de dos cosas sí me acuerdo), era que se le negara la posesión de sentido del humor y de buen gusto. Raro es el que no está convencido de verse adornado por esas dos cualidades. El que va hecho un adefesio a los ojos de los demás jamás comparte esa opinión, sino que cree que lo favorecen sus pantalones semicortos o de longitud imposible, su repugnante camiseta por fuera y sus sandalias de ibicenco o de fraile, por mencionar un atuendo frecuente en los ofensivos meses veraniegos que ya han llegado. Y todo el mundo cree tener su casa decorada con magnífico gusto, así sea como la que le hemos visto al imputado Roca de la "Operación Malaya" o las que en su día nos mostró su padrino y compadre Gil y Gil. En cuanto al sentido del humor, yo he visto cómo presumía de poseerlo a raudales el escritor más avinagrado, solemne, quejoso y apocalíptico de cuantos pululan por aquí. Baste con ese ejemplo de divergencia extrema entre la propia visión de uno mismo y la que tienen los demás.

Ya digo que no recuerdo la tercera cualidad que entonces me pareció irrenunciable para casi cualquier español, pero hoy veo otra, que sin duda no incluí: nuestros compatriotas no soportan no pasar por "enrollados", por "unos tíos o tías enrollados", y, para demostrar que lo son, no vacilan en hacer el ridículo, sobre todo cuando suena música alrededor, lo cual ocurre en España sin cesar. El ejemplo más nítido lo vi en televisión, y no precisamente en los muchos programas que consisten en hacer el ridículo: hace un año o así, el cantante Juanes interpretó unas canciones (vayan a saber por qué) ante el Parlamento Europeo. La mayoría de diputados las escuchó sentada, con curiosidad. Salvo buena parte de los españoles, que, para que se viera lo enrollados que son y que "no podían resistirse al ritmo", se pusieron en pie y bailotearon con aspavientos junto a sus escaños, con enorme artificialidad. La visión causaba vergüenza ajena y ganas de fingirse belga o danés (que, francamente, ya es fingir). Otro tanto sucedió en el último Festival de Cannes: durante diez minutos, sin tiempo ni para calentar el ambiente, el grupo U2 interpretó unas melodías subido a una tarima (vayan a saber también por qué). Por lo que se veía, abajo había sobre todo actores, y sólo algunos españoles se lanzaron a bailar "en seco" pero frenéticamente, con todo tipo de gestos y contoneos y sombreros insólitos, para que se apreciara que "llevaban la música en la sangre" y que eran unos "superenrollaos": gente expresiva, con garra, grotesca. Es curioso que un país en el que no se imparte la más mínima educación musical, en el que a la mayoría no se le ha enseñado ni a entonar un himno o canción sencilla, se jacte de andar loco por la música, y en verano más, con los infinitos festivales de baffle y sudor. Qué marchosos somos, hay que ver.

En cambio, nadie reconoce poseer una de las características más frecuentes entre los individuos del país: el engreimiento, que asoma hasta en quien menos se espera. Un ejemplo reciente y significativo: al día siguiente de limar asperezas con Zapatero ante la renovada amenaza de ETA, el sosísimo Rajoy fue a la radio más chulesca, y, cuando creía que no lo grababan, se pavoneó de haber desconcertado al Presidente: "Ayer él no se creía que yo iba a hacer lo que hice, ¡ni de coña, vamos! Con lo cual se quedó así, un poco ? Y luego salió la otra, que se veía que debía tener otro rollo preparado, y sobre la marcha hizo una intervención un tanto extraña ..." "La otra" no era ni más ni menos que la Vicepresidenta de la nación. Todo ello acompañado de una sonrisita fanfarrona ("Mecachis, qué astuto soy"). Pero observen estas dos expresiones, "¡ni de coña, vamos!" y "otro rollo preparado". ¿No es meridiano que, además de todo, Rajoy quería que sus contertulios se quedaran pasmados de lo enrollado que era? La prudencia nos libre de ellos, de los engreídos y los enrollados.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Del derecho al abuso

A raíz de unos comentarios míos acerca de la ocupación permanente de las calles de las ciudades por parte de las autoridades, que las toman, decía, como escenario para espectáculos propagandísticos arrebatándoselas a sus habitantes cada dos por tres, un señor de Algeciras, que no es "empresario" ni tiene "ningún interés económico o comercial", me escribió hablándome de otra frecuente ocupación del espacio común, el que provocan las manifestaciones. Poco antes, explicaba, trabajadores en huelga habían cortado el acceso a Cádiz, destrozando mobiliario urbano, quemando ruedas de coches e impidiendo a millares de ciudadanos ir a su trabajo o regresar a sus casas, "sin que ningún medio de comunicación haya expresado la menor crítica a estos comportamientos. Tampoco los políticos han expresado su opinión". Y me contaba una anécdota: "Hace algún tiempo viajaba yo de Algeciras a Sevilla en el autobús de las siete de la mañana y cuando llegamos a Bellavista, ya Sevilla, estaba cortado el tráfico porque los huelguistas de turno quemaban ruedas de coches. Una de las viajeras, de aspecto más que modesto, prorrumpió en llanto. Iba al hospital para revisión y tratamiento médico-oncológico. Procedía de un barrio marginal de Algeciras, y el dinero para el autobús había sido aportado por algunos vecinos, mediante colecta. Al no acudir a tiempo a la cita, debía pedir otra para más adelante, y necesitaba otra vez la ayuda vecinal".

El derecho de manifestación está reconocido por la Constitución y además es una de las grandes conquistas de la democracia. Bien padecimos su prohibición quienes conocimos la dictadura franquista; por participar en una se podía acabar en la cárcel. Hace tiempo, sin embargo, que, como sucede con todo aquello de lo que se abusa, las manifestaciones se han trivializado y han perdido casi toda su eficacia. Es tanta la gente que se echa a la calle por cualquier motivo y aun tontería, que lo normal es que a la mayoría no se les haga maldito el caso y que encima resulten contraproducentes: los ciudadanos, lejos de solidarizarse con los manifestantes, suelen echar pestes de ellos y les desean –a veces injustamente– que fracasen en lo que se proponen. No es tan extraño, habida cuenta de que tanto las huelgas como las manifestaciones españolas van casi siempre en perjuicio de quienes no tienen arte ni parte en los conflictos que las causan. Cortar una carretera, o bloquear un puerto, o un aeropuerto, sigue siendo un hecho gravísimo en casi todos los países del mundo (en España nadie lo condena ni le da importancia), y apenas afecta a los empresarios que han cerrado una fábrica o a los políticos que han cometido un atropello, y sí en cambio mucho a la población inocente. Lo mismo ocurre con las huelgas de pilotos o controladores o de Renfe, que castigan sobre todo a los usuarios, siempre en las fechas en que se les ocasiona más daño, mayores pérdidas y trastornos. Y quienes las convocan y llevan a cabo aún pretenden que la sociedad los respalde. Pretensión harto asombrosa, cuando la mayoría de las huelgas y manifestaciones toman como rehén a esa sociedad, y no a los verdaderos responsables.

Cerca de donde vivo hay incontables manifestaciones, contra el alcalde. Dado el estado de mi ciudad, tiendo a darles la razón a priori a quienes protestan; pero que la tengan o no en principio, me resulta cada vez más secundario al ver cómo se las gastan. Los manifestantes de hoy tienen delicada la garganta, así que, para no forzarla, se arman de bocinas y silbatos rompetímpanos, música y altavoces. Se trata sólo de hacer ruido y joder bien a un barrio entero, a veces durante horas, y no de hacerse oír, porque lo que nunca se entiende, con tanto estrépito, son las consignas que corean en algún rato suelto. A menudo los que arman el alboroto son literalmente ocho gatos (unos antitaurinos, por ejemplo), y, cuantos menos son, más tambores, silbatos y tímpanos rotos. ¿Resulta admisible que ocho individuos fastidien por su capricho a centenares o millares de ellos? Quizá debería exigirse un número mínimo de "damnificados" para otorgarles el permiso correspondiente, y quizá debería establecerse un mínimo lapso de tiempo entre una protesta y otra de la misma gente. Yo he visto cómo quienes se quejaban de los parquímetros se apoderaban de una plaza veintitantas veces en el espacio de pocos meses, incluyendo algunos domingos, día en que no hay nadie en el Ayuntamiento a quien molestar o que escuche. ¿A quién, sino al vecindario, se pretendía joder bien esos días?

Al anterior y peregrino alcalde de Madrid (reino absoluto de las manifestaciones, pues padecemos las propias y las de los forasteros) se le ocurrió la peregrina idea de crear un "manifestódromo", lo cual no tiene el menor sentido, porque allí ningún causante de problemas se enteraría del rechazo que producen. Pero sería de desear que quienes más abusan del recurso (empezando por el Partido Popular, la AVT y afines, en los últimos tiempos) se pensaran dos veces, antes de montar la enésima, si con ello suscitan algo de simpatía o la más absoluta antipatía entre sus conciudadanos, y si sus diversas "causas" son lo bastante importantes como para destrozarles la jornada a quienes ninguna culpa tienen, o impedir que una pobre mujer, sin dinero ni para el autobús, llegue a su vital cita con un oncólogo.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

El espía y la sobredosis de Sexo

En el curso de algunas investigaciones relacionadas con una muy larga novela que por fin he terminado, más de una vez me ha aparecido el nombre de Maxwell Knight. Ahora, hace mes y medio, con motivo de una noticia reciente, la prensa inglesa ha reproducido un breve texto suyo de 1945, titulado "Sobre el empleo de mujeres como agentes", un informe interno acerca de la conveniencia o inconveniencia de su utilización como espías. También se ha publicado una foto del autor: pelo canoso bien peinado, casi planchado, cejas pobladas, nariz grande, ojos astutos, chaqueta de tweed y una pipa en los labios: parece salido de Los 39 escalones de Hitchcock, o de la excelente novela en que se basó, de John Buchan (pronúnciese "Bokan").

Durante muchos años, Knight tuvo un cargo importante en el MI5, es decir, en el Servicio Secreto británico para el interior: reclutador y enlace de espías desde 1925 en adelante, así que sin duda contaba con experiencia. En su informe empieza por desmontar el duradero prejuicio contra la contratación de mujeres para esas tareas, según él absurdo, ya que "en la historia del espionaje y el contraespionaje un muy elevado porcentaje de los más grandes golpes ha sido llevado a cabo por mujeres". "Se alega a menudo", prosigue, "que las mujeres son menos discretas que los hombres, que son gobernadas por sus emociones y no por su cerebro, que se apoyan en la intuición más que en la razón y que el Sexo desempeñará un papel desestabilizante y peligroso en su trabajo". Él ha comprobado que esas alegaciones son más bien falsas. Durante la Guerra que entonces se acercaba a su fin, el MI5 investigó centenares de casos de "idas de la lengua", y la inmensa mayoría de las veces eran varones quienes se habían "ido". Knight era de la opinión de que las indiscreciones vienen principalmente de la presunción: el hombre es una criatura presumida, la mujer vanidosa, y él distingue bien. El hombre necesita impresionar a sus congéneres o a las mujeres contando lo mucho que sabe o lo mucho que ha hecho, mientras que a la mujer le importan más su apariencia física, sus vestidos, etc. Ellas no se jactan, esperan ser elogiadas. Maxwell Knight desaconseja, sin embargo, el reclutamiento de mujeres con un "temperamento demasiado emocional", si bien éste, "en una mujer equilibrada, puede ser de gran utilidad en las investigaciones", lo mismo que sus intuiciones, con frecuencia "asombrosamente acertadas".

En cuanto al Sexo, dictamina (la mayúscula es siempre suya), se han dicho y escrito numerosas tonterías. Es desde luego importante que, al escoger a un agente, hombre o mujer, no se trate de una persona demasiado sexuada ni demasiado poco sexuada. Si lo es demasiado, eso influirá en exceso en sus procesos mentales; y si no lo es lo bastante, estará poco alerta mentalmente y sus demás facultades se resentirán por ello. A continuación añade una frase algo cómica: "Es difícil imaginar algo más aterrador para un oficial que aterrizar en suelo enemigo junto con una agente femenina que sufra una sobredosis de Sexo, pero es de esperar que una persona así nunca fuera elegida para la misión, de modo que no hay que insistir". Claro que una mujer lista, capaz de utilizar su atractivo personal sabiamente, tiene en ello "un arma imponente". En estrecha alianza con el Sexo, la mujer posee a menudo la cualidad de la compasión o solidaridad, y nada le resulta más fácil que ganarse la confianza de un varón por medio de eso. No se muestra partidario, en ningún caso, de los "métodos a lo Mata-Hari", ya que "más información se ha obtenido manteniéndose lejos de los brazos de un hombre que cayendo de buen grado en ellos": "desgraciadamente", el interés ocasional de los varones se disipará rápidamente "una vez alcanzado su objetivo inmediato". El informe concluye con una observación sobre la posibilidad de que una agente se enamore de verdad de un enemigo: "Siempre existe un riesgo objetivo, pero puedo asegurar que, en veinte años de experiencia, jamás he sabido de ningún caso".

A la luz de estas palabras, es curioso ver lo que yo sabía de Maxwell Knight (no demasiado): que no pudo consumar ninguno de sus dos matrimonios y que su primera mujer se suicidó; que, a pesar de ello, y según su ayudante durante la Guerra, Joan Miller, "exudaba magnetismo animal y podía lograr que tanto hombres como mujeres hicieran cualquier cosa"; que se interesaba por lo "oculto" y que acompañaba al novelista Denis Wheatley (el cual quería documentarse) a las sesiones del famoso satanista Aleister Crowley, lo cual le permitió reclutar a individuos "excesivos" que normalmente no se habrían prestado a colaborar con el MI5. No tenía inconveniente en que se lo considerara "un poco loco" en un mundo de gente indistinta, y su ayudante opinaba que era bisexual. Le gustaban los animales de compañía exóticos: tuvo serpientes y gorilas, un sapo gigante, un lémur, una osa llamada Bessie, a la que a veces sacaba a pasear por Chelsea en compañía de un bulldog y un babuino. A las citas con sus agentes acudía por fortuna sin ellos, y entre sus varios alias los más conocidos fueron "M" y "Capitán King". Publicó dos novelas de muy escaso éxito, y arrojó la toalla antes de acometer la tercera, o acaso fue su editor. Es posible, aunque incierto, que él mismo sufriera una sobredosis de Sexo.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Lunáticos y cenizos

Es sabido que la locura es uno de los males más contagiosos que existen, y por eso el combate contra un demente es particularmente peligroso, porque en él uno puede acabar tan grillado como su adversario. El anterior Gobierno, el de Aznar, enloqueció poco después de ganar por mayoría absoluta, y desde entonces su partido no se ha apeado del disparate agresivo. El Gobierno actual, el de Zapatero, tiene ya toda la pinta de estarse chiflando, antes de tiempo. Comprendo que en su confrontación permanente con el tronado PP (pasa de tres años) ha estado muy expuesto al contagio, pero sería de desear que alguien se diera cuenta de la infección galopante y procediera, al menos, a relevar a los lunáticos más conspicuos, que dan muy mala imagen y asustan.

Cada vez que alguien me reprocha que fume, le pregunto si tiene coche, y si me dice que sí (el 95% de las veces), le contesto que me deje en paz entonces, que él atenta contra la salud mucho más de lo que mi humo pueda hacerlo. Ni conduzco ni tengo automóvil ni lo he tenido nunca, así que en principio cuanto afecta al tráfico me debería traer sin cuidado, o importarme como peatón tan sólo. Sin embargo vengo observando, hace ya tiempo, que al frente de la Dirección General de Tráfico está un verdadero fanático, el señor Pere Navarro, y me parece preocupante que un asunto de importancia esté en manos de un desaforado sacerdotal y faltón, cuando no grosero. Sus campañas publicitarias resultan intolerables incluso para quienes nunca nos ponemos al volante. ¿Por qué tengo que soportar que en mi televisión se aparezcan unos tipos bordes que me tutean y me llaman "tío"? "Te vas a matar, ¿te enteras?", me espeta un chulo de diseño (ni siquiera han imitado bien el modelo). "O peor aún. Vas a matar a tus colegas, a tu novia, a los hijos que aún no has tenido". (Dicho sea de paso, ¿se puede imaginar mayor mentecatez, curil del todo, que esta última frase? ¿Cómo va uno a matar a quien ni siquiera ha sido engendrado?) O bien aparece un cenizo y me suelta: "Te acaban pillando, tío. Y te van a quitar seis puntos, seiscientos euros, el carnet". El señor Navarro quizá crea que se puede permitir tantas confianzas porque sus cenizos y chulos se dirigen a los jóvenes, y no a un caballero. Pero entonces cada anuncio debería decir al principio: "Hablo sólo a los menores de veinte años", o algo así. Porque lo cierto es que su pandilla de gafes me está largando impertinencias y llamándome de tú también a mí, sin venir a cuento y sin mi consentimiento.

Ahora bien, lo que ya es de completos trastornados es esa penúltima iniciativa, contra la que no veo que casi nadie proteste, consistente en que, en los controles de alcoholemia, los agentes vayan acompañados de un ciudadano en silla de ruedas por causa de lesiones medulares padecidas en accidentes de tráfico. Ojo, ni siquiera es que el respetable señor parapléjico vaya a mostrarse y a darles la murga a quienes hayan infringido las normas y den positivo (que ya sería bastante abusivo: pónganme la multa y no me sermoneen), sino a cualquiera a quien vayan a hacer soplar por el tubo. El propio señor Navarro es un cenizo de campeonato, y sus métodos, a mi juicio, de lo más contraproducentes. Si yo tuviera coche, estaría tan profundamente irritado con él que me darían ganas de llevarle la contraria en todo, del mismo modo que los chicos del Retrato del artista adolescente, de Joyce (bueno, algunos, los menos pusilánimes), cuanto más oían a sus profesores curas describir con regodeo los suplicios del infierno para alejarlos de él, más inclinados se sentían a jugar con fuego. Los métodos del señor Navarro son idénticos a los de esos sacerdotes de antaño (¿de antaño?): "¡Mira lo que te va a pasar, si no me obedeces!", tronaban. Pues Navarro lo mismo, con esa cara tan simpática que además tiene el jodío. ¿Por qué a un conductor cualquiera se le planta a un pobre señor en silla de ruedas para amargarle el día, cuando ese conductor podría acabar de la misma manera pero lo más probable es que no ocurra? ¿Con qué derecho Navarro impone su carácter agorero a la población entera? Mala sombra, se llamaba eso siempre.

Es más o menos como si a todo bañista se le enseñara en la orilla el cadáver de un ahogado, por si acaso; a todo alpinista, a media escalada, los pies sin dedos de aquel famoso montañero al que se le helaron y hubo que amputárselos; a toda joven que salga de noche, fotos de las desdichadas niñas de Alcàsser o de tantas otras; a todo el que vaya a beberse una copa, a un alcohólico con delirium tremens para que aquél vea lo mal que se pasa; a quien vaya a un restaurante, a un obeso de los que no pueden dar un paso; y a quien se disponga a echar un polvo, a un enfermo terminal de sida, para que aprenda y se entere de lo que puede pasarle. Pero, ¿qué es todo esto? ¿Nos estamos contagiando todos de la locura primigenia, la de Aznar, Trillo, Rajoy, Ana Palacio y Acebes? ¿A nadie le parece anómalo que se aterrorice a los ciudadanos con lo que podría pasarles pero no tiene por qué ocurrirles? ¿Qué mundo de idiotas groseros es este? O el Gobierno de Zapatero cae en la cuenta de las mamarrachadas abusivas de sus representantes más obsesos y turbios, o acabará tan chinado como el de sus predecesores. Francamente, no le arriendo la ganancia.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Para que yo lo leyera

Hace dos domingos hablé aquí de las citas, las frases, las músicas tan gastadas que, habiéndolas encontrado una vez maravillosas, acabamos por no soportarlas. Con los libros sobre todo, pero también con las películas y las composiciones, ocurre a menudo algo relacionado con aquello, pero aún más misterioso. Todo aficionado a esas artes ha experimentado, en su juventud al menos, la sensación de "apropiación" de lo que lee, ve o escucha. De que esas obras estaban hechas para uno y nada más que para uno. De que la voz del autor se dirigía sólo a nosotros (es decir, "a mí"), o las imágenes del director, o las notas del compositor, y de que éramos los únicos que las conocíamos, o, si no, quienes mejor, y quienes las entendíamos cabalmente. Como es natural, uno se va dando cuenta de que no es así, de que otros muchos lectores, espectadores u oyentes también están familiarizados con esas obras y acaso han sentido lo mismo, y entonces no se puede evitar ver a esos otros como a "usurpadores" o "copiones". No es raro el caso en que los devotos de un escritor, cineasta o músico, al comprobar que éstos tienen demasiado éxito o que demasiadas personas los admiran, desertan, por así decir, o se convierten en desafectos y aun en detractores. Es como si pensáramos: "Si ya gustan a tanta gente, entonces yo me doy de baja y me aparto". No se trata sólo –aunque también– de una postura elitista, o de que resulte imposible pertenecer a los "iniciados" en algo cuando ya son legión los que se inician, sino de que sentimos una especie de "desposesión" ("Esto ya no es sólo mío"), o que no contaminan a nuestros favoritos.

Aún es peor cuando descubrimos que compartimos pasiones con individuos que nos desagradan, o que nos caen como un tiro, o a los que tenemos en poco, o que nos parecen simples majaderos. Por supuesto se da con los clásicos. Hace dos años todo el mundo tenía "su" Quijote, y probablemente cada uno de nosotros sintió que muchos de los demás no decían más que sandeces acerca de esa novela, aun partiendo todos del entusiasmo. Todos teníamos, tal vez, la convicción íntima de que nuestra lectura era la "verdadera", y hasta cierto punto demente seguíamos creyendo que Cervantes la escribió para nosotros casi en exclusiva. Aún más arduo se hace ver que quienes consideramos auténticos memos descubren de pronto a un autor de nuestra preferencia, y empiezan a citarlo y a glosarlo, en cierto sentido a "apropiárselo", y nos lo echan a perder o casi. No sé, si un columnista dado a manosear cuanto toca y con frecuencia a apolillarlo, se deslumbra un día con Chesterton y habla de él constantemente convirtiéndolo en un beato sórdido, no podemos evitar sentir "manchado" al jovial Chesterton, o que nos lo están dejando inservible. Y si vemos que alguien a quien poco respetamos dice que sus películas predilectas son las mismas que las nuestras, digamos Centauros del desierto, Dos cabalgan juntos y El hombre que mató a Liberty Valance, tenemos la sensación de que las está profanando. Huelga decir que lo mismo les pasará a ellos cuando nos oigan a nosotros ensalzar a Chesterton (no precisamente por beato) o esas tres cumbres de John Ford. Obviamente, ninguno tendremos razón, y por eso hablo de sensaciones, no de juicios.

Lo extraordinario de la literatura (quizá en menor grado del cine y la música, porque en estas artes no hay una voz que cuenta y persuade y susurra, y el decir es lo que más cautiva) es que, cuando uno ya sabe que nada es sólo suyo, y que además puede compartir entusiasmos con quien más desprecia, siempre prevalece ese pueril sentimiento de que nadie como uno ha leído a tal autor o tal obra. Nuestra experiencia personal pervive, y, tras los "desengaños", uno puede seguir creyendo que el escritor se dirigió sólo a nosotros. Acaba de celebrarse el centenario de Hergé, el creador de Tintín, y uno ha constatado, por si no lo sabía bastante, que Tintín y Haddock son un lugar común y pertenecen a la humanidad entera. Y sin embargo nada podrá borrar la emoción que yo tuve de niño cuando leía sus álbumes, como nada le borrará la suya a Arturo Pérez-Reverte, por mencionar a un tintinófilo tan confeso que hasta lo imitó, en parte, al elegir su vida de reportero. Ambos –y millones más– seguiremos pensando: "Estos relatos se hicieron para que yo los mirara y leyera". Eso es lo admirable del asunto: que aunque los hombres lleven siglos leyendo la Iliada, y nosotros no descubramos nada al echárnosla a los ojos, el acto de nuestra lectura sí que nos es propio y la obra en cuestión es entonces tan nueva como si la acabara de componer Homero. Eso sí que no nos lo puede "usurpar" nadie. Recuerdo haber leído Madame Bovary en una casa de campo en Gerona, a solas, con ladridos de perros en la lejanía, sobrecogido. Para mí no hay otra Bovary que esa, así existan sesudos estudios e interpretaciones muy sabias de ella. En el fondo es una suerte que sea imposible lo que deseó Woody Allen en la cola de un cine, al oír a un tipo disertar estúpida y pedantemente sobre McLuhan: que el propio McLuhan apareciera en la cola y le echara un rapapolvo al idiota, diciéndole: "Usted no ha entendido nada". Porque quién sabe si no sería a nosotros, y no a los otros, a quienes nos soltaran eso Cervantes u Homero, Flaubert, John Ford o Chesterton, haciéndonos picadillo.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

En los días ingenuos o tontos

Pese a tanto acostumbramiento, no deja de resultar extraño, algunos días sueltos en que uno se abstrae y pierde un poco de vista cómo es hoy el mundo (probablemente no muy distinto de como fue anteayer o hace siglos). Acostumbrados estamos, desde luego. Ha quedado ya como frase "clásica", aunque reciente, la que le dijo alguien, no recuerdo, a un alcalde de Izquierda Unida que se oponía a uno de esos artificiales monstruos de ladrillo que asuelan nuestro territorio y de los que todos los chorizos locales sacan tajada: "Debes de ser el único alcalde tonto que hay en España", y aquí, por "tonto", había que entender "honrado". También hemos tenido ocasión de ver cómo en un pueblo de Cuenca el hermano de una alcaldesa y unos promotores hablaban con desparpajo de comisiones, beneficios y precios inflados –de chalaneos–, con frases del tipo: "Con el dinero, lo mejor es repartirlo" –había que entender "repartírnoslo"– "y todos contentos". Preguntados al respecto algunos vecinos, uno decía: "Bueno, ¿y qué alcalde no se lleva algo?"; y otro: "Ya, siempre hay rumores". Se suponía que había visto la filmación en cuestión, y aun así eran "rumores".

No sólo estamos acostumbrados, sino que damos por descontado que mucha gente robe, estafe, mienta, difame, cometa bajezas, tenga un doble rasero para medir lo de los demás y lo propio o lo de "los suyos", niegue las evidencias, propale infundios, levante falsas acusaciones y tape las verdaderas, y además disimule poco –qué pereza, ¿no? ¿Y es necesario?– en todas estas actividades. Lo que casi todos saben que está "mal" hacerlo, ha pasado a ser normal hacerlo. Y lo más deprimente es que ya no se espere eso solamente de los políticos, sino también de los empresarios, de los periodistas, de muchos artistas (escritores al menos, que es lo que más conozco), de los jefes, los compañeros de trabajo y hasta los vecinos. A la vez que esto sucede y no tiene nada de particular, casi todo el mundo trata de presentarse a sí mismo como "virtuoso", aunque con escasa convicción y poco esfuerzo, como si éstos, al igual que el disimulo, en realidad no hicieran falta y hubiera que cubrir el expediente de manera sólo rutinaria. Está comprobado que los que más gritan, los más histéricos, los más amonestadores y "puros", suelen ser los más hipócritas y sucios. Hay que desconfiar, por sistema, de los que más vociferan y denuncian, porque con frecuencia responden al modelo de John Edgar Hoover, director del FBI durante cuarenta y ocho años, que mandó espiar a todo cristo –hasta a los Presidentes– y persiguió con ahínco a infinidad de gente, incluidos los homosexuales por el mero hecho de serlo, cuando él mismo se pasó media vida conyugalmente unido a su director adjunto, Clyde Tolson, y gustaba disfrazarse de casquivana en sus fiestas privadas. Hoy no deja de ser llamativo que la Iglesia Católica arremeta tanto contra los gays, cuando entre sus sacerdotes hay tantos, y en tan diferentes países –con preferencia por la pederastia–, como para resultar admisible que todos sean "casos sueltos" y de verdadera "mala suerte". Lo raro es que la institución en pleno no esté más bajo sospecha, y que su castidad impuesta no sea objeto de guasa.

Pero otras contradicciones no son tan nítidas, y cabe preguntarse cómo diablos se llevan y se soportan. Todos los periódicos se reclaman defensores a ultranza de la libertad de expresión, pero lo cierto es que la mayoría hace sus excepciones, y no tiene inconveniente en rechazar un artículo de un colaborador habitual si su contenido se sale demasiado de la "línea general" del diario o molesta a sus propietarios. Y uno se pregunta, en los días ingenuos o tontos, con qué inexplicable ufanía podrán sentarse en sus despachos los responsables de ese diario, al día siguiente de haber censurado, porque no se habrá tratado de otra cosa. Uno se pregunta con qué cuajo los dirigentes políticos que se reclaman católicos mienten un día y otro a sabiendas, no ya de que está "mal" hacerlo, sino de que se lo prohíbe la religión que profesan y a la que a menudo defienden con esas mismas falacias. O con qué aplomo hay "paladines de la democracia" que miran con complacencia dictaduras viejas como la de Cuba o pre-dictaduras nuevas como la de Venezuela. O "izquierdistas" que justifican la esclavitud a la que están sometidas gran parte de las mujeres islámicas aduciendo que se trata tan sólo de "civilizaciones distintas" y que hay que respetar el "multiculturalismo". O cómo tantas personas que se tienen por "rectas" apoyan a mentirosos notorios y sin escrúpulos como Bush y Cheney y sus adláteres europeos, y sostienen que Guantánamo es un balneario. O cómo todavía hay decenas de millares de vascos que siguen viendo a ETA como a una organización de gente sacrificada y mártir a la que no le ha quedado más remedio que extorsionar, amedrentar, secuestrar, asesinar a periodistas, concejales de pueblo, trabajadores inmigrantes y meros transeúntes, todos "opresores" de la tierra más próspera y privilegiada de España. Pese a todo el acostumbramiento, y al escaldamiento, hay días ingenuos o tontos en los que todo resulta extraño.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

O que yo pueda asesinar un día en mi alma

Quienes tenemos gusto por la literatura, la pintura, la música o el cine nos vamos encontrando, cada día más, con un extraño y engorroso problema causado por lo que podríamos llamar la sobreexplotación, algo en modo alguno nuevo, pero que hoy, con tanto bombardeo de diarios, revistas, anuncios, canales de televisión, conmemoraciones artificiales, páginas de Internet -exhaustividad, en suma-, se hace en verdad abrumador. Hay citas literarias, piezas musicales, fragmentos de diálogos de películas, imágenes de éstas, fotografías, cuadros, tan excesivamente repetidos y utilizados que, cada vez que reaparecen, nos producen una mezcla de hastío y de vergüenza ajena: "A buenas horas", pensamos. O bien: "¿Otra vez más? Déjenlo ya, por favor". Lo peor es que lo que la reiteración convierte en tópico o lugar común suele ser algo maravilloso ? si pudiéramos oírlo, verlo, leerlo de nuevo como lo que un día fue, cuando aún no había sido sometido al manoseo y a la monotonía, también a la trivialización. Hay cosas que ya no las aguanta uno ?injustamente? por su insistencia, es decir, por la enorme pereza de quienes recurren a ellas una y otra vez. Recientemente se nos ha dado tanto la lata con la enésima beatificación de García Márquez que volver a ver citado el magnífico arranque de Cien años de soledad casi provoca náuseas. Lo mismo sucede con el aún más extraordinario del Quijote, o con el de Lolita, o con el inicio del monólogo de Hamlet, o con frases como "El corazón tiene razones que la razón no comprende", o "El infierno son los otros", o "Abril es el mes más cruel", o "Todo ángel es terrible", o las "ruinas de mi inteligencia" de Gil de Biedma. No digamos ya con los textos inanes que sin embargo hacen fortuna, como el ya insoportable cuentecillo del dinosaurio de Monterroso, que encima ha dado lugar a toda una corriente imitativa aún más insoportable, la de los llamados "microrrelatos" o algo así, con los que muchos escritores chistosos se sienten ufanos y cómodos. Cuestan tan poco ?

Y no hablemos de algunas frases cinematográficas: cada vez que alguien dice o escribe "Nadie es perfecto", o "Siempre nos quedará París", o "Francamente, querida, me importa un bledo", confieso que me sonrojo por quienes las sueltan y exclamo para mis adentros: "¡Por favor!" Lo mismo me ocurre cuando en una película o un anuncio se recurre al pobre Adagio de Albinoni, al desdichado Canon de Pachelbel, a las malhadadas Estaciones de Vivaldi o al desgraciadísimo último movimiento de la Novena de Beethoven, que ya mucha gente cree que es sólo el himno de la Unión Europea o una canción de Miguel Ríos. Otro tanto le sucedió en su día al arranque del Te Deum de Charpentier (pieza deslumbrante hasta su final), que se convirtió simplemente en la sintonía de Eurovisión. O a un movimiento del Kaiserquartett de Haydn, asimismo sublime en su versión original para cuerda, y que hace ya mucho que ha quedado reducido a ser "el himno alemán". Y cuando son los anuncios los que se apoderan de algo, entonces más vale olvidarlo. Una de mis piezas favoritas de toda la vida, La musica notturna di Madrid de Boccherini, fue rescatada con acierto por la película Master and Commander hace unos años. Pero de ahí ha pasado a más de un spot televisivo, y éstos llevan camino de reventármela. Si al menos indicaran qué es lo que suena ? Pero no, siempre ocultan celosamente la procedencia de lo que utilizan.

Pensaba en todo esto hace unos días, con motivo de la celebración del centenario de la llegada de Antonio Machado a Soria. La ciudad se ha esmerado y ha organizado muy dignas exposiciones y ceremonias. Hay palabras suyas, sin embargo, que llevan ya el estigma de la sobreexplotación. ¿Quién soporta que le citen una vez más "Caminante, no hay camino ?"? "¡Basta, basta!", grita uno con el pensamiento. "¿Es que no pueden buscar otras citas?" Hay docenas de ellas menos manidas y más admirables. Yo reconozco que con este poeta, además, lo he tenido particularmente difícil: mi madre me leía sus versos desde que era niño y mi padre me los recitaba, con su prodigiosa memoria para la poesía, lo cual me llevó a darlo por sabido o consabido, a no oírlo cuando lo oía y a no leerlo de veras cuando lo leía. Aún me hicieron hastiarme más las versiones "musicadas" (qué palabra penosa) de Serrat y otros cantautores, y cuando el antaño influyente Alfonso Guerra lo exhibió como poco menos que el "poeta oficial", santo cielo, empecé a cogerle manía a quien es sin duda no ya uno de los mejores, sino quizá también, como personaje, el que más conmueve. Con estas cosas tan gastadas como excelentes, no obstante, por suerte, se produce el reencuentro alguna vez. Hace ya muchos años logré oír las Estaciones de Vivaldi, en la versión de Nikolaus Harnoncourt, como si las oyera por primera vez. Y ahora, no sé bien por qué, me he reconciliado plenamente con Machado, cuyos versos consigo leer de nuevo desprovistos de tanto manoseo y manipulación. Ojalá fuera posible volver a todos como a estos, no tan trillados, que me permito citar aquí: "O que yo pueda asesinar un día, en mi alma, al despertar, esa persona que me hizo el mundo mientras yo dormía". Aún tienen misterio, ¿no es verdad?

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Qué mafioso metafórico prefiere usted

Dentro de una semana se celebran elecciones municipales y autonómicas en la mayor parte de España, y hay que reconocer que esa consulta popular se ha convertido en la más peliaguda y embarazosa –por no llamarla la más apestosa– de cuantas se nos hacen a los ciudadanos. Nueve meses atrás publiqué aquí un artículo titulado "Los villanos de la nación", en el que señalaba que para el hombre vulgar, y yo lo soy a muchos efectos, los alcaldes, los presidentes y consejeros autonómicos, los promotores inmobiliarios, los constructores y los empresarios de obras públicas habían pasado a ser eso, la hez, la escoria, los contaminadores, depredadores y destructores del país, los villanos de la nación. La gente a la que (en términos generales, excepciones alguna habrá) no se puede estrechar la mano por temor a manchársela, y junto a la que un individuo decente nunca debe aparecer si desea conservar su dignidad y su reputación.

Y ahora se nos convoca a las urnas para que elijamos a los nuevos alcaldes, concejales, presidentes y consejeros autonómicos, lo cual, tal como están las cosas, supone elegir también a los nuevos promotores, constructores y empresarios que van a sacar tajada en los próximos cuatro años y a destrozar nuestras ciudades y paisajes y costas, si es que de estas últimas queda alguna por arruinar. Esto es, se nos pide, hasta cierto punto metafórico, que elijamos qué mafiosos o mangantes preferimos que nos exploten y esquilmen. Convendrán conmigo en que la elección se las trae y resulta de lo más disuasoria. Mucha gente se sentiría tentada a no participar en la farsa, a abstenerse o votar en blanco. Y sin embargo, pese a todo, eso es lo último que se debe hacer, porque tal opción resultaría eficaz si la siguiera la casi totalidad de los votantes, pero como eso nunca sucede ni va a suceder, nos encontraríamos, simplemente, con que otros deciden por nosotros. Tengan por seguro que quienes sí van a votar son todos los interesados en los negocios, incluidos los alcaldes, concejales, consejeros, constructores y promotores. La única manera de frenarlos es tomar parte y optar por quienes nos parezcan un poquito menos malos o deshonestos, o, si no notamos diferencia entre los candidatos, por quienes más horripilen a los mencionados alcaldes y constructores, por los que a ellos les revienten más. (Y, en todo caso, nunca por quienes ya estén acusados de corrupción y bajo sospecha).

Pero la trayectoria reciente de escándalos, sobornos, comisiones, abusos, vandalismo urbanístico y ladrillazos de una gran parte de los políticos locales no es el único inconveniente. La percepción que cada vez tenemos más ciudadanos es de que, tal como están distribuidas ahora las competencias, los alcaldes y presidentes autonómicos tienen las manos demasiado libres y actúan sin ningún control, por mucho que existan "federaciones" regionales y un teórico poder estatal. La impresión general en nuestras ciudades y pueblos es de que, por lo regular, y por mucha oposición cívica que se dé a ciertos proyectos o modificaciones dañinos y disparatados, el alcalde megalómano de turno siempre acabará por llevarse el gato al agua y cometer su atrocidad. Y de que las poblaciones son cada vez menos para sus habitantes, sino que son tomadas como permanentes escenarios para espectáculos turísticos a los que, por mucha gente que acuda, siempre será una mínima parte comparada con la totalidad, que debe aguantar que un día se le impida transitar porque hay una maratón, otro porque es el día de la bici, o porque hay procesiones, o un desfile, o porque se aspira a que la ciudad sea olímpica, o a que albergue no sé qué Expo, o el Mundial de Vela, o porque se celebra –como he visto en Madrid– un partido de fútbol ¡en la Plaza Mayor! o un desfile de modelos ¡en el Retiro!, que de paso obliga a talar un montón de árboles de ese ya viejo parque camino de su destrucción.

Se tiene la sensación de que unos individuos transitorios, elegidos para solventar durante cuatro años los problemas de cada lugar, se creen autorizados a transformar de arriba abajo esos lugares, las más de las veces irreversible, irreparable y catastróficamente. ¿No es este un desmedido poder? La gente suele estar contenta con sus ciudades, o por lo menos acostumbrada. Les desea mejoras, y reparaciones donde hagan falta, y adecentamiento, pero no mucho más. Lo que desde luego no quiere es que se las hagan irreconocibles –Recoletos-Prado desarbolado, por ejemplo–, y menos aún padecer, todos los días del año, las infinitas obras innecesarias con que nos torturan nuestros alcaldes, casi siempre para peor. ¿Qué votar? Yo no lo sé, sobre todo tras la grotesca carrera que en mi ciudad nos han brindado hace unas semanas la Ministra de Fomento Álvarez y los candidatos Simancas y Sebastián, en un equipo, y la Presidenta Aguirre y el alcalde Gallardón, en el otro, para inaugurar dos días seguidos una estación de metro en la abominable T-4 de Barajas. Disputándose el mérito de la obra y de su financiación, cuando quienes han corrido con el gasto, en cualquier caso, han sido los ciudadanos horrorizados ante la papeleta que el domingo que viene nos toca depositar con asco. Más vale que lo hagan, aun así.

Archivado En







 
Ir al contenido
Tribuna:
Tribuna

Los pecios de nuestros amigos

Aún no hace diez meses que publiqué aquí un artículo titulado "Como un caballero bueno", en el que hablaba de la muerte de mi viejo amigo de Oxford (casi noventa y tres años cuando falleció) Sir Peter Russell. Como entonces preveía, para mí ha seguido excepcionalmente vivo, y lo ha estado aún más desde hace unas semanas, cuando me ha tocado hacerlo hablar largamente en la parte final del tercer volumen –que ya se acerca a su fin– de mi novela Tu rostro mañana. O bueno, más que a él, al que él fue y no fue a la vez. El personaje no ya inspirado en Russell, sino con buena parte de su biografía, que él me dio permiso para utilizar, lleva incluso el nombre que Russell tuvo originalmente, cuando nació en Nueva Zelanda, Peter Wheeler, y que se cambió más tarde, a los dieciséis o diecisiete años.

Hace unas semanas, otro amigo de Oxford mucho más joven, Eric Southworth, me anunció por carta que la biblioteca del difunto iba a ser subastada el 24 de abril por Bonhams, y que había un lote por el que pensaba pujar. Confiaba en que no se pusiera demasiado caro. Al decirle yo que contara con mi ayuda económica si le hacía falta (siendo Peter y él hispanistas, suponía que querría hacerse con algunas obras españolas antiguas), me contestó que no podía aceptarla, ya que precisamente el lote en cuestión incluía varios libros míos enviados a lo largo de los años a Russell, la mayoría con dedicatorias autógrafas, y él quería comprarlo para que yo los recuperara. Le agradecí mucho la intención, pero le pedí que no hiciera tal cosa. No sólo recibir de vuelta esos ejemplares me provocaría melancolía, sino que además no sabría qué hacer con ellos. Eran de Peter, y si Eric insistía en pujar y lo hacía con éxito, prefería que se los quedara él o los regalara a otra persona a la que pudiera gustar conservarlos. Eric era pesimista, con todo: los ejemplares en varias lenguas de los dos primeros volúmenes de Tu rostro mañana que yo le había ido enviando a Russell (Fiebre y lanza y Baile y sueño) eran lo que los libreros anticuarios británicos llaman "dedication copies", los más valiosos al ser "únicos" por fuerza: se trata del ejemplar dedicado a mano por el autor ("inscribed", en inglés) a la persona a la que va dedicado el libro en letra impresa ("dedicated"). Y aunque ni Eric ni yo creamos que una obra mía pueda llegar a tener nunca un valor alto, él se imaginaba que los profesionales no dejarían pasar la oportunidad, "por si acaso". Poco después me mandó fotocopia del catálogo de Bonhams, en el que se reproducía una de mis dedicatorias autógrafas: "Para Peter, a quien el baile y el sueño deben casi tanto como la fiebre y la lanza. Con mi gratitud y el afecto grande de … Octubre del 2004". No hace tres años que yo escribí eso, y ahora estaba a la venta, para el mejor postor literalmente.

El 27 de abril Eric me informó del resultado. Al final no había asistido a las sesiones, de lo cual se alegraba. Una de las bibliotecas de la Universidad, la Tayloriana, que bien conozco, había decidido pujar por varios lotes: de libros de los siglos XVI y XVII, de papeles varios y el "mío", y él le había cedido cien libras para ayudarla en el empeño. También un joven de St Peter's College, Gareth Wood, planeaba pujar si la Biblioteca agotaba su presupuesto en los primeros y más importantes lotes. Pero Eric sí se había pasado antes por la sala, para echar una ojeada a las existencias. "Una visita descorazonadora", me decía, "porque resulta doloroso ver las épaves o pecios de la biblioteca de un amigo metidos en cajas y en un espacio extraño, y porque todo estaba concebido con vistas a la ganancia rápida". Los comerciantes, al parecer, habían pujado con tanto ímpetu por todos y cada uno de los lotes, que la Tayloriana no había logrado quedarse con ninguno, adjudicados todos "a precios astronómicos". Ni los coleccionistas privados ni las instituciones (las Universidades británicas llevan sufriendo brutales recortes de fondos desde Thatcher hasta Blair, "el del puño cerrado" cuando se trata de educación y cultura) tienen hoy posibilidad de competir con quienes compran para revender luego por cuatro o cinco veces más (como mínimo) de lo que pagaron. El joven Wood, pese a su generoso esfuerzo, aún pudo competir menos. Eric se sentía frustrado y algo asqueado. No sé por cuánto se vendió "mi" lote, pero en todo caso no estuvo al alcance de los postores cercanos.

Supongo que dentro de poco (recibo muchos catálogos de libreros de viejo ingleses) veré cómo se ofrece alguno de esos ejemplares por mí regalados a nuestro anciano amigo. Para consolar a Eric le dije lo que por lo demás pienso: no es tan grave. No está mal del todo que los libros que una vez fueron nuestros o de nuestros amigos vuelvan a circular y regresen al mercado. "Al fin y al cabo, tú, y yo, y Peter", le escribí, "nos hemos sentido felices al encontrar, en el último rincón de una vieja librería, un ejemplar 'inscrito' por el autor a alguien que para nosotros es un completo desconocido, pero que tal vez para aquél fue un ser querido. Y ten en cuenta que son probablemente esos ejemplares, que no ocultan del todo su pasado, y que nos consta que al menos una vez el autor tuvo en sus manos, mientras los dedicaba, los que más queremos y atesoramos".

Archivado En




 



 
 
 
 
 




 




 




 




 




 




 




 




 




 
 
 

0 comentarios: