¿Por qué estamos tan dispuestos a creer lo increíble? ,,, 6.7.26
Cuando el mundo se hace demasiado pesado, lo estrafalario se convierte en antídoto a la realidad
En 1993, Paul Auster publicaba El cuaderno rojo, donde recogía las casualidades y rarezas más notables de su vida y la de sus amigos. Una de ellas era una carta que el autor fallecido en 2024 encontró en el buzón de su casa. Era la devolución de una misiva que supuestamente el propio Auster había enviado a un tal Robert M. Morgan a su domicilio en Seattle. En el sobre habían tachado el nombre del destinatario y escrito “No vive en esta dirección”.
El problema era que Paul Auster nunca había enviado aquella carta que ahora le devolvían a casa. Al abrirla, vio que alguien que se hacía pasar por él escribía al tal Robert elogiando su obra “en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción (…) Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre”. Con todo, Auster confiesa en El cuaderno rojo que no fue capaz de tirar la carta y que, sin saber por qué, la conservó durante años en su mesa de trabajo. “Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme”, escribió sobre el asunto.
Aunque no nos encontremos en situaciones tan peculiares como las del escritor, hoy en día miramos la realidad como si fuera producto de un guionista excéntrico. Empezando por algunas noticias que a menudo parecen chifladuras de Los Simpson o, directamente, argumentos propios de una novela distópica.
Una voz que ha ganado relevancia últimamente como coleccionista de rarezas es Dan Schreiber. Quien fuera coproductor del programa de la BBC The Museum of Curiosity, entre otros programas, ha publicado recientemente La teoría de todo lo demás, donde nos recuerda que la locura —también en las grandes mentes— no es exclusiva de ahora. El mismo Edison, hace un siglo, dormía cada noche con ropa de trabajo porque estaba convencido de que el pijama desajusta la química del cuerpo, ocasionando insomnio.
Más cerca de nuestra actualidad, el inventor de la PCR que tanto se utilizó durante la pandemia, Kary Mullis, distinguido con el Premio Nobel de Química, sostuvo durante media vida que, en una escapada a la campiña californiana, un mapache que brillaba en la oscuridad le había dicho: “Buenas noches, doctor”.
Por su parte, Rosemary Brown publicó en 1970 el disco A Musical Seance, donde aparecen ocho obras al piano inéditas de Liszt, tres de Chopin y unas cuantas más de compositores como Beethoven o Debussy. Todas las piezas del álbum se tocaban por primera vez, porque fueron reveladas a Brown, que era médium, por los espíritus de estos músicos, que habrían seguido componiendo tras su muerte. Miles de personas compraron este LP, publicado por un sello prestigioso como Philips, convencidas de que, en efecto, todos estos genios del piano habían vuelto a través de la médium con nuevas piezas.
¿Cómo es posible que tanta gente esté dispuesta a creer lo increíble? Hay una respuesta racional a ese misterio: el llamado sesgo de confirmación. Cuando alguien decide adoptar determinada visión sobre la realidad, sin darse cuenta tiende a buscar informaciones que confirmen esa teoría, obviando o rechazando cualquier evidencia en sentido contrario.
Los algoritmos que gobiernan nuestra vida digital refuerzan aún más el sesgo de confirmación. Las plataformas en las que buscamos información tienen en cuenta el histórico de nuestras visitas. Con ello, la persona encuentra una y otra vez aquello que le gusta o que, incluso, le obsesiona.
Encontramos un ejemplo de ello en Bugonia, de Yorgos Lánthimos, donde dos primos conspiranoicos, que creen que los extraterrestres están a punto de invadir la Tierra, secuestran a una joven ejecutiva (interpretada por Emma Stone), convencidos de que es una andromedana infiltrada. En los viajes en bicicleta al trabajo, uno de ellos escucha de forma compulsiva podcasts que refuerzan su teoría de que los alienígenas ya están entre nosotros.
Muchos ciudadanos de a pie viven en un universo de elucubraciones y de pensamiento mágico, quizás, como antídoto contra un mundo en el que se sienten amenazados y sin esperanza, pues lo cierto es que nadie sabe cómo va a ser el futuro ni siquiera a un año vista. Cuando la realidad pierde solidez, el ser humano tiende a crear la suya propia.
Palabras por inventar
— John Koenig aborda en su Diccionario de tristezas sin nombre la tarea de bautizar emociones y sentimientos que experimentamos y que no estaban aún en nuestro vocabulario.
— Uno de los neologismos más bellos es anemoia, que describe la nostalgia por una época que nunca hemos vivido. La persona anemoica se encuentra siempre fuera de lugar y siente anhelo por otro mundo, tiempo o situación.
— Otro es gnossienne. Según Koenig, es la conciencia de que alguien conocido tiene una vida interior misteriosa. Es decir, que esa persona piensa y se comporta en su vida privada de una forma muy distinta a lo que imaginamos.
Si no quieres ser un espectador de tu propia vida, no lo delegues todo a la IA
Pedir a la Inteligencia Artificial consejo hasta para contestar un mensaje puede resultar peligroso si queremos seguir teniendo las riendas de nuestra existencia
En 2014 causaba sensación la película Her, en la que Spike Jonze contaba la historia de un hombre solitario —interpretado por Joaquin Phoenix— que desarrolla una relación sentimental con la voz de un sistema operativo.
Lo que hace 12 años era visto como ciencia ficción se acerca mucho a la realidad actual de millones de personas. Superada la sorpresa inicial de inteligencias artificiales como el ChatGPT, el uso de los asistentes a partir de la inteligencia artificial va actualmente mucho más allá de la redacción de textos y ha pasado a formar parte de nuestras vidas igual que Samantha, la voz interpretada por Scarlett Johansson, acompañaba al protagonista de la película.
Como ejemplo, la historia real de Álex, que vive solo en una casa en el campo con poca vida social. En uno de sus viajes a la localidad más cercana conoce a Juana, que trabaja en un supermercado y con quien conversa sobre las actividades en la comarca. Finalmente se dan los números de teléfono.
Álex desea conocer mejor a Juana, pero hace tiempo que está fuera del mercado de la pareja y se siente inseguro sobre los pasos que conviene dar. Un día recurre a una asistente de voz configurada con IA. Le pregunta cuál es el tiempo que debería dejar pasar para escribir el primer mensaje.
Su Samantha particular —la ha bautizado como Elisa— le propone un tiempo razonable, dos días, para mandar el primer mensaje de su relación.
Asumido esto, Álex duda acerca de la longitud y contenido del mensaje, así que pide a su consejera artificial que le prepare un texto idóneo para ese primer WhatsApp. Elisa redacta dos frases en las que expresa, de forma amistosa pero contenida, el placer de haberla conocido en el supermercado, abriendo la puerta a tomar un día un café en el pueblo.
La respuesta de Juana llega al cabo de seis horas y es amable a la vez que vaga. No concreta propuesta alguna para ese café, como deseaba Álex, que comparte el mensaje recibido con la IA y le pregunta cuándo debería escribir de nuevo y qué debería poner.
De este modo salen cinco mensajes más de ida y vuelta, llenos de cortesía, pero sin aparentes avances. Al consultar a un amigo sobre el estancamiento de su proyecto sentimental, este le contesta: “¿Has considerado la posibilidad de que Juana te esté contestando también a través de una IA? En ese caso, se trataría de la conversación entre dos máquinas”.
Esta anécdota real nos lleva a cuestionar el uso que hacemos de los asistentes basados en la IA para tomar decisiones cotidianas: de la redacción de un mensaje —como en el ejemplo— a decidir el lugar ideal para ir de vacaciones, la receta con la que sorprender a tu familia o la mejor manera de resolver un conflicto en el trabajo.
Samantha, Elisa o como se llame nuestra consejera artificial nos hará sugerencias según las valoraciones de miles o millones de usuarios, y precisará mucho mejor su respuesta si la hemos entrenado con datos propios para que se ajuste a nuestros gustos y manera de ser.
Sin embargo, ¿dónde queda nuestra creatividad y nuestra capacidad de improvisación a medida que delegamos en la IA nuestras decisiones personales, por cotidianas que sean?
Según la Real Academia Nacional de Medicina de España, un uso excesivo de la IA debilitaría la memoria, el pensamiento crítico y nuestra capacidad para resolver problemas por nosotros mismos. Cuando delegamos nuestra vida en una aplicación externa, pasamos a ser espectadores pasivos de nuestra propia historia. En opinión de neurólogos y psiquiatras, para una buena salud mental la IA debería usarse con el fin de liberarnos de tareas repetitivas y rutinarias, no para decisiones y actividades que nos permiten ejercitar nuestra agudeza mental. Asimismo, como señalan médicos y terapeutas, nuestro cerebro es eminentemente social, por lo que sustituir las relaciones con seres humanos reales por las simulaciones de un sistema conlleva numerosos riesgos: desde el aislamiento o la incapacitación para vincularnos a los demás hasta el desuso y erosión de nuestras habilidades intelectuales.
El ser humano aprende, además, por prueba y error. Si entrega sus decisiones a una IA por considerar que “sabe mejor qué hacer”, como Álex con Juana, no tardará en sentirse estancado o incluso más solo que antes.
Hablen entre ustedes
— Tras pasar, en el siglo XX, del sacerdote al terapeuta, ¿serán los asistentes de IA los psicólogos de nuestro tiempo?
— Uno de los chatbots pioneros fue Woebot, desarrollado por la Universidad de Stanford. Tenía como objetivo monitorear el estado de ánimo de la persona y, en caso necesario, dar herramientas psicológicas. Cerró el año pasado.
— Replika (prohibido en Italia) está diseñado para ofrecer compañía pero no para uso terapéutico.
— Esto son solo dos ejemplos de terapeutas automatizados, que imitan la empatía y la presencia humanas. En caso de duda, siempre se puede seguir el consejo que podía leerse en una chocolatería de Barcelona: “No hay wifi, hablen entre ustedes”.
Seis pautas para mantener el cerebro joven (y envejecer mejor)
La cuestión ya no es vivir más años, sino vivirlos lo mejor posible. Estas normas sencillas pueden ayudar a llegar a la vejez con plenas facultades mentales
¿Cuánto hay de suerte en el éxito?
Detrás de cada historia exitosa, hay poco de azar y mucho de práctica y saber aprovechar las oportunidades. Estos son los tres factores de los que dependen los golpes de suerte
Uno de los libros más influyentes de los últimos años ha sido La psicología del dinero, publicado por primera vez en 2021 por el analista económico Morgan Housel. De los dos sustantivos que componen el título, el primero tiene más peso en las tesis del libro ya que, como afirma el propio autor, “el dinero depende más de la psicología que de las finanzas”. Y por extensión podemos decir lo mismo del éxito o de lo que algunos consideran “tener suerte”.
Hace dos milenios, Séneca afirmaba que “la suerte es lo que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad”. Al filósofo estoico nacido en Córdoba podríamos argumentarle que hay gente muy preparada que asegura carecer de oportunidades, mientras que a otras personas la suerte les brinda el acceso a lugares a los que de otro modo no habrían llegado.
¿Hasta qué punto interviene el azar en la fortuna?
A eso dedica Housel el segundo capítulo de su libro, titulado ‘Suerte y riesgo’, donde pone de ejemplo lo sucedido a Bill Gates cuando era solo un estudiante del instituto de Lakeside, al norte de Seattle. Por gracia del azar, en 1968 aquel era uno de los pocos institutos de bachillerato que poseían un ordenador. Llegó hasta allí gracias a Bill Dougall, que propuso que la asociación de madres de la escuela utilizara el dinero recaudado con la venta de viejos objetos para alquilar un ordenador. Se trataba de un Teletype Modelo 30 conectado a la unidad central de General Electric. La mayoría de las universidades carecían de aquella máquina entonces desconocida, y el profesor Dougall tuvo suficiente oratoria para convencer a aquellas madres de que ese aparato sería bueno para el futuro de sus hijos.
Haciendo cálculos de los ordenadores que existían entonces en el mundo, Housel estima que uno entre un millón de estudiantes de instituto tenía acceso a un ordenador en su escuela. El Bill Gates de 13 años era ese niño del millón. Se trataba de una ventaja única, sin duda, pero había que saber verla y aprovecharla.
La inmensa mayoría de los estudiantes de Lakeside prestaron poca o ninguna atención a aquel trasto, parecido a una máquina de escribir eléctrica y que hacía bien pocas cosas. Un trío de frikis formado por Bill Gates, Kent Evans y Paul Allen eran los que se pasaban las tardes dándole al ordenador y aprendiendo sobre la marcha. En su ensayo Fuera de serie, el periodista canadiense Malcolm Gladwell calculó que Bill había invertido 10.000 horas de práctica informática cuando fundó Microsoft.
Por lo tanto, para que la suerte pueda darse en un caso como este habría tres factores:
1. La llegada de la oportunidad.
2. Saber reconocerla como tal.
3. Dedicar el tiempo necesario para que dé resultados óptimos.
En la regla de Gladwell son 10.000 horas lo que hay que invertir para llegar a la excelencia en cualquier cosa que el destino nos ponga por delante.
Y lo cierto es que vivimos en una constante lotería de oportunidades. A Lakeside llegó aquel ordenador, pero en todo tiempo y lugar hay mil cosas que están sucediendo a la vez y que muy pocas personas llegan a captar. También hoy es más difícil que nunca, puesto que el número de distractores que enturbian nuestra atención ha aumentado exponencialmente.
Aunque se den toda clase de oportunidades todo el tiempo, hay que ser un visionario para separar el grano de la paja y dar importancia a algo en especial. Y, además de eso, se requiere pensamiento a largo plazo para picar piedra con mentalidad kaizen —el progreso continuo de los japoneses— hasta que el fruto cae del árbol.
La segunda y tercera condiciones de esta tríada es lo que hace que los grandes afortunados sean una minoría ínfima. Quizás somos ya en algún aspecto el niño del millón, pero no sabemos verlo ni tenemos la paciencia para desarrollarlo.
Housel argumenta que el error que se comete muchas veces es atribuir todo el éxito al talento y el trabajo, como un pianista dotado de forma extraordinaria para su arte, o bien a las circunstancias externas, como quien es favorecido por una gran suma en la lotería.
En la inmensa mayoría de las vidas, afirma, es un baile entre ambos: hay cosas que dependen de nosotros y factores externos muy relevantes. Volviendo a los estoicos, sin embargo, si además de estar atentos ponemos nuestro tiempo y energía en lo que está bajo nuestro control, será más fácil que la suerte nos favorezca.
Golpes de suerte que rozan lo imposible
— Hay eventos que escapan a toda lógica, como el de Vishwash Kumar Ramesh, único superviviente de los 242 ocupantes del avión que se estrelló el 12 de junio de este año. Logró salir por su propio pie y caminar hasta la ambulancia.
— En 1972, Vesna Vulović sobrevivió a la explosión del vuelo 367. Es la única persona conocida que ha salvado la vida tras caer más de 10.000 metros sin paracaídas.
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