Una escena de tránsito ,,, 6-7-26
Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a David Hockney

Esta fotografía, que se publicó para informar del fallecimiento de David Hockney, lo muestra sin embargo adentrándose en la inmortalidad, pues no parece estar delante de una de sus pinturas, sino dentro de ella, en esa frontera incierta en la que resulta imposible distinguir dónde termina el paisaje falso y comienza la realidad verdadera. Como si el pintor, en vez de morirse, hubiera decidido instalarse en uno de sus artificios. Los creadores producen obras, pero las obras erigen también a sus creadores. El arte modela silenciosamente a quien lo practica. La misma persona que fundó un bosque ha sido alumbrada por él. La instantánea captura el instante en que los dos universos se funden (y confunden). Contribuye a esa impresión el hecho de que la figura de Hockney, pese a ser fotográfica, posee una curiosa calidad pictórica. Como si el cuadro hubiera comenzado a dibujarlo a él también, incorporándolo poco a poco a su superficie. Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a su autor. La imagen, tan vibrante, negaba el tuétano de la noticia.
Cuesta por tanto contemplarla como la ilustración de una necrológica. Diríamos más bien que se trata de una escena de tránsito. Como si el fotógrafo hubiera llegado justo a tiempo de registrar el acontecimiento extraordinario por el que un hombre abandona el mundo para instalarse en su obra: allí donde los árboles no perderán jamás las hojas y donde el tiempo, incapaz de ir más allá, se detiene en el borde del marco.
Una marca en descenso ,,, 17.5.26

Esta vez, la víctima del bombardeo de EE UU (de quién si no) ha sido Teherán, pero se trata de una imagen repetida en los escenarios de guerra habituales. Los fotoperiodistas incurren en ella porque algo les dice, y los lectores de periódicos la miramos porque algo nos oculta. Como si cada habitación fuera una frase a medio escribir y nosotros intentáramos completarla sin conocer el idioma. Ese cuarto sin pared, por ejemplo, ¿era dormitorio o sala de estar? ¿La silla caída ha interrumpido un gesto, una conversación o un acto tan banal como el de colocarse un calcetín? Ni idea. Y nos interesa. Nos gustaría averiguar por dónde se quebraron las vidas de quienes ocupaban esos edificios cuya piel ha sido arrancada por medio de un mando a distancia con una crueldad inaudita, como el que cambia de canal, de película, de programa de entretenimiento. ¿Había algún niño haciendo una multiplicación? ¿Algún adulto friendo un huevo?
La guerra reduce a borradores existencias que quizá alguien estaba pasando a limpio. Ahí, en fin, se ha roto una continuidad que no nos importaba porque no era nuestra. De la destrucción, sin embargo, somos partícipes porque, como decía no me acuerdo quién (Pessoa, quizá), uno es del tamaño de lo que mira. Y lo que miramos, de un tiempo a esta parte, nos coloca por debajo de un hongo (que a su vez nos sirve de paraguas). Creemos estar mirando el horror, pero es el horror el que nos mira a nosotros. Nos toma la altura moral como esas marcas de la pared que dejan constancia del crecimiento de los niños, solo que aquí la marca siempre desciende.
Gestos sin alma ,,, 17.5.26
Hay habilidades que, a fuerza de perfeccionarse, acaban por perder su sentido

Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando era un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.
Mientras terminan de secarse, escondiéndose y manifestándose hábilmente entre los pliegues de la toalla, me pregunto qué ocurriría si un día volvieran a perderse, a extrañarse, incluso a descarriarse. Si la izquierda mirara a la derecha, y no supiera si es su derecha o la de otro. Si se quedaran suspendidas en el aire, a pocos centímetros, incapaces de dar el último paso, como los enamorados retraídos. Tal vez entonces regresaría aquella alegría primitiva, esa euforia infantil del encuentro que, como tantas cosas, hemos ido perdiendo con la práctica. Hay habilidades que, a fuerza de perfeccionarse, acaban por perder su sentido. Quizá tocarse, encontrarse, reconocerse, debería ser siempre un poco difícil para no convertirlo en un gesto hueco, un gesto sin alma.
Lo que existe y lo que no ,, 17.5.26
El universo tiene a primera vista pequeños descosidos que la supersimetría remendaría con un hilo invisible

A veces, uno sospecha que no está solo dentro de sí mismo, como si cada gesto que hacemos proyectara una sombra que no se limita a seguirnos, sino que toma decisiones por su cuenta en otro plano de la vida. La física, que con frecuencia tiene intuiciones novelescas, ha llamado a eso supersimetría. Imagina que cada partícula del universo posee una especie de doble oculto. No un reflejo exacto, como el del espejo del baño, sino una versión transformada: donde hay materia, habría una suerte de eco perteneciente al mundo de las fuerzas. Donde hay solidez, habría una vibración paralela. Donde hay algo que pesa, habría algo que roza la realidad como una pluma.
Esos dobles no aparecen, no se dejan fotografiar ni medir. Sabemos que están porque las cuentas no nos salen del todo sin ellos. El universo tiene a primera vista pequeños descosidos que la supersimetría remendaría con un hilo invisible. Recuerdo entonces algunas decisiones de mi vida. Las que tomé y las que no. Por cada elección, alguien (ese doble invisible) eligió la contraria. Mientras yo me quedaba, él se marchaba. Mientras yo callaba, él hablaba. No lo envidio, pero lo tengo en cuenta. Quizá gracias a él la suma de lo que soy resulta más equilibrada, aunque nunca llegue a conocerlo.
Los físicos buscan esas partículas ocultas con grandes máquinas subterráneas porque ellas explicarían el misterio de la materia oscura: esa parte de la realidad inaccesible al ojo, aunque necesaria para la mente. Pero también podría ocurrir que la supersimetría no fuera una propiedad del universo, sino una necesidad nuestra: la de creer que nada está del todo solo ni del todo acabado. Si fuera así, la realidad estaría sostenida no solo por lo que existe, sino también por lo que falta. Y tal vez por eso, cuando algo encaja demasiado bien, nos inquieta: intuimos que, en algún sitio, fuera de nuestro alcance, su doble imperfecto sigue intentando completar la historia.
Desplazamiento espiritual

He ahí un grupo de personas apelotonadas en forma de enjambre alrededor de esa especie de abeja reina religiosa. He ahí por tanto un enjambre de cabezas cada una de las cuales reúne un enjambre de 80.000 millones de neuronas. He ahí también un enjambre de manos que forman una cadena hasta alcanzar el cuerpo del líder sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de matar con alegría a quien se le ponga por delante. He ahí, en fin, un grupo de pastores evangélicos pidiendo a Dios que Trump lo haga bien, que bombardee bien, que secuestre bien, que propague bien el sufrimiento por doquier. Demasiadas personas, demasiadas cabezas, demasiadas neuronas, demasiadas manos para la búsqueda de un fin tan miserable. Nos preguntamos qué pensarán en el cielo los enjambres de ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines de la jerarquía celestial reunidos en torno a Dios.
El botón de un bombardero es para muchos una extensión lógica de la fe. La oración se especializa. Las manos tocan con suavidad el cuerpo del líder, pero se mantienen alejadas de los cuerpos desgarrados por la metralla. Se mata con educación, se mata de traje azul y con corbata, mientras se supervisan las obras del gran salón de baile del ala este, o del oeste, ahora no caigo, de la Casa Blanca. La distancia convierte la violencia en abstracción y la abstracción en trámite burocrático. Usted y yo, ingenuos espectadores de este rito insectoide, sentimos un desplazamiento espiritual que nos asoma a una de las formas contemporáneas del espanto.
Un silencio compartido
Hay un pacto tácito entre los que vienen de otro sitio y los que creemos venir de aquí. Ellos no explican, nosotros no preguntamos

Hay gente, entre nosotros, que viene de otro sitio. La enfermera, por ejemplo, que hace días me sacó sangre en un centro de salud venía de otro sitio. Cuando éramos pequeños, un amigo mío y yo tropezamos, al volver del colegio, con un hombre muy alto que venía también de otro sitio. Se manifestó y se desmanifestó ante nuestros ojos en cuestión de segundos. Mi amigo y yo no nos dijimos nada hasta que un día, siendo mayores, nos encontramos en la calle y fuimos a tomar un café. Le pregunté si se acordaba de aquella escena y dijo que prefería no hablar de esas cosas. Pagué yo.
Hay personas que en la parada del autobús no esperan el autobús: esperan otra cosa. Eso es lo que quiero decir. Los que vienen de otro sitio no siempre lo saben. Tampoco se trata por tanto de una invasión organizada; más bien de un error administrativo del universo, una confusión de expedientes. Almas asignadas a un mundo que no es el suyo, cuerpos prestados, biografías aproximadas. Por eso, algunos parecen estar aprendiendo el funcionamiento de las cosas sobre la marcha: cómo se pide una copa de vino, cómo se espera el turno en la pescadería, cómo se finge interés cuando alguien habla de un bulto que le ha salido en la ingle.
Cuando volví al centro de salud para recoger los resultados, vi en la sala de espera a un hombre aturdido, con la boca abierta. Respiraba con dificultad, como si el aire de aquí le fatigara más que el de su lugar de origen. Durante un segundo, al pasar a su lado, pensé que iba a decirme algo en un idioma desconocido, pero que de algún modo entendería. No dijo nada. Nadie dice nada. Hay un pacto tácito entre los que vienen de otro sitio y los que creemos venir de aquí. Ellos no explican, nosotros no preguntamos. Seguimos entrando en el metro, sacándonos sangre, tomando café con viejos amigos que prefieren no hablar de ciertos asuntos. Y el mundo funciona, más o menos, gracias a esos silencios compartidos.
El regreso de Lynch ,,, 3.4.26
Algunas noticias tienen matices. La aprobación de la pena de muerte para los palestinos en Israel no es una de ellas
Hay informaciones a las que basta con darles la vuelta para que aparezcan los hilos, los remiendos, las puntadas apresuradas con las que alguien ha querido ajustar la realidad a un patrón previo. Son noticias que, al tiempo de informar, insinúan, orientan, empujan. Noticias, en fin, trufadas de opinión. Las lees del derecho y parecen limpias. Del revés, en cambio, brotan las valoraciones escondidas, las pequeñas o grandes trampas del lenguaje, los adjetivos que, más que describir, juzgan. Noticias partidistas, prendas confeccionadas a medida para que le sienten bien a una idea o a una formación política.
La realidad misma está hecha de costuras con frecuencia discretas, invisibles. A veces, de costurones que dejan cicatrices horribles en el cuerpo de la historia de los seres humanos. Pero hay noticias que carecen de forro. Que son igual de atroces si las miras del derecho como si las observas del revés. En el catálogo de estas últimas conviene incluir la decisión del Parlamento israelí de aprobar la pena de muerte para acusados de terrorismo en los territorios ocupados. Y por ahorcamiento, método que nos retrotrae a las películas del viejo Oeste americano, con sus linchamientos exprés y sus multitudes sedientas de espectáculo. El ahorcamiento evoca también esas ejecuciones públicas que hemos visto en Irán, con los cadáveres balanceándose durante días de las plumas de grúas modernísimas. El ministro de Seguridad Nacional del Gobierno de Netanyahu intentó descorchar una botella de champán en la Cámara para celebrar la buena nueva. Parece que un ujier, figura casi invisible del engranaje institucional, logró impedírselo. Pero el ministro entusiasta, ebrio de dicha, la abrió luego en los pasillos de la Cámara. Aquí, como decimos, no hay costuras ni lectura alternativa posible. Estamos ante una pieza informativa maciza, compacta, hecha de una sola sustancia moral. La sustancia de la que está hecha la barbarie.
Estamos en lo que estamos ,,, 3.4.26
Parece que hemos progresado desde la quijada de burro con la que Caín mató a su hermano Abel. Para llegar a la delicatessen de la foto, hemos tenido que inventar antes muchas cosas, qué sé yo, el acero, la pólvora, la producción en serie, el cálculo diferencial y hasta los ministerios, con todas sus cadenas de huesecillos (direcciones generales, secretarías de Estado, gabinetes de prensa, etcétera). Hay ministerios para todo lo que usted sea capaz de imaginar, aunque son más eficaces unos que otros. Los de la Guerra (o de Defensa, según), y por poner un solo ejemplo, suelen funcionar mejor que los de la Vivienda, qué le vamos a hacer. Pero la quijada de burro, que es a lo que íbamos, ha evolucionado y nosotros (los Caínes de este mundo) con ella.
En la fotografía aparece un niño caminando junto a un misil iraní clavado en la tierra de Qamishli, en el este de Siria. La desproporción de tamaño entre el artefacto y el crío es casi obscena, lo mismo que el desacuerdo entre la dureza del cuerpo del misil y la carne del chaval, cuyos huesos están todavía en formación. El niño pertenece al reino de lo blando: piel, vísceras, sangre, tejidos que se rompen o rasgan con una facilidad desmoralizadora.
Y habló Dios:
—¿Dónde está Abel, tu hermano?
Y Caín respondió:
—No sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?
Entonces dijo Dios:
—¿Qué has hecho? Ahora la tierra, que bebió la sangre de tu hermano derramada por ti, te maldice. Cuando cultives la tierra, no te dará más su fruto. Errante y fugitivo serás en la tierra.
Pues en eso estamos.
¿Qué ocurrió allí? ,,, 3.4.26
Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura

Las cerraduras no tienen ojo ya: ha sido sustituido por una cicatriz que no permite adivinar, desde este lado, lo que ocurre en el otro. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que por el ojo de la cerradura nos asomábamos al mundo. Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario de tres cuerpos con un espejo en el central. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura.
Aquel ojo era una metáfora antes de que supiéramos lo que era una metáfora. Veíamos sin entender, pero algo quedaba grabado en una zona blanda de la conciencia. Aquella alcoba no era solo una estancia: era una hipótesis. Allí se había producido el hecho improbable de nuestra existencia, y eso convertía la cama en un artefacto narrativo, en una máquina de fabricar biografías. Con el tiempo comprendimos que el ojo de la cerradura no servía tanto para espiar como para ensayar la idea de frontera. De este lado estaba el niño; del otro, el mundo adulto, compacto, insondable, organizado en cajones que no debían abrirse. La cerradura fue el primer editor de la realidad: recortaba, censuraba, sugería. Nos enseñaba que todo relato depende del punto de vista y de la cantidad de luz disponible.
El director de cine se asoma al objetivo de la cámara un poco con el mismo espíritu de quien mira a través del ojo de una cerradura. De ahí el carácter onírico de las mejores películas. Porque seguimos preguntándonos lo mismo: qué ocurrió exactamente allí dentro para que nosotros estemos aquí fuera.
Una asimetría rebelde
Parece una imagen de fotomatón. Quizá lo sea: reparen en ese fondo neutro, en esa luz plana que hiere como un parpadeo televisivo, y en esa frontalidad característica de las fichas policiales. Pero fue el único retrato que la familia pudo proporcionar a la prensa tras el hallazgo del cadáver. Y eso ya debería significar algo. Cuando el recuerdo de 56 años de existencia se reduce a una gélida instantánea de cabina, es que el mundo te ha ido recortando derechos hasta reducirlos a nada. Nurul Amín Shah Alam mira a la cámara como quien no termina de entender lo que se espera de él. Era casi ciego, analfabeto, y no hablaba inglés: tres formas distintas, aunque acumulativas, de oscuridad. No sabemos si con su ojo excéntrico veía las amenazas de un mundo, llamémosle, normal.
Fue detenido el pasado mes de febrero por la Patrulla Fronteriza en Búfalo (Estado de Nueva York) y liberado días más tarde en cualquier sitio, a varios grados bajo cero. Significa que deambuló de un lado a otro sin ver nada, sin hablar nada, sin leer ninguna indicación. Se fue seguramente con la misma docilidad con la que había existido. Una de esas vidas de “por aquí”, “firme aquí”, “espere aquí”. Y él, siempre aquí, pero nunca del todo.
La foto tiene algo de documento administrativo, de trámite. Sirve para un carné, para un permiso, para un archivo, aunque en este caso, nos ayuda a recordar que estuvo entre nosotros. Un rectángulo o un cuadrado, en fin, donde cabe apenas un nombre. Quisiera uno creer que en el desajuste de su ojo izquierdo hay al menos una resistencia mínima. Una asimetría rebelde.
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