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EVA GÜIMIL El País 2026 (/3.3.26)

lunes, 6 de julio de 2026

Debates, ‘electroshocks’ y el orgullo y la vergüenza de TVE ,,, 6.7.26

Esta semana, la celebración del Orgullo se mezcla en las pausas publicitarias con anuncios que nos recuerdan que el siete de julio TVE volverá a ser la ventana por la que se colarán la tortura y el asesinato de animales inocentes

2 min.
José Cabrera, en el programa 'Horizonte'.Cuatro

Como hay espectadores a los que les extraña la nula pluralidad de Horizonte, Iker Jiménez ha zanjado el asunto. Resulta que lo suyo no es un debate, es “un club de prensa”. ¿Qué se creían? Imagino que nadie sintoniza sus programas esperando rigor; esperan a un psiquiatra que recomienda electroshocks por vía anal. No se le ocurre ni a John Waters. El doctor Cabrera es de la escuela del doctor Rosado o el doctor Cabeza, de esos galenos televisivos que te hacen plantearte si, además del MIR, tendrían que hacer el test de Voight-Kampff para que podamos asegurarnos de que son humanos.

Hay días que la tele está para verla sin sonido. No me había repuesto de la receta del tertuliano más siniestro de la pantalla —y anda que no hay competencia— cuando llegó el show del más enfadado. Jaime de los Santos es la España que madruga para encabronarse. Así sea ejerciendo de diputado o en la mesa de Espejo público, nunca hay alegría en su vida; sus comisuras están permanentemente curvadas hacia abajo. Santos gritó desde la tribuna que es del PP y maricón y está orgulloso de ambas cosas. Y luego se abstuvo a la hora de prohibir las terapias de conversión para curar la homosexualidad como si fuese la tosferina. Orgulloso, pero no demasiado. Diría eso de “estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”, pero más bien es que no hay ningún principio. Hace 20 años su partido puso el grito en el cielo por el matrimonio homosexual; diez meses después gritaban ¡Vivan los novios! en la primera boda gay de un político del PP con Feijóo como testigo privilegiado.

Santos lanzó su exabrupto porque estamos con los fastos del Orgullo. Por ese motivo, TVE ha emitido Grandes maricas y bolleras de la historia, la adaptación del podcast de Otto Más presentada por Rodrigo Cuevas, que le explica a quien lo necesite, y hay quien lo necesita, que no es que ahora haya más población LGTB, es que antes no se podía contar y si se puede hoy es gracias a muchos orgullosos maricones, bolleras, trans y heterosexuales que no eran del PP.

Ves estos días la pública y parece el summum de la modernidad, pero en las pausas publicitarias la celebración del Orgullo se mezcla con anuncios que nos recuerdan que el siete de julio volverá a ser la ventana por la que se colarán la tortura y el asesinato de animales inocentes. Así que yo también estoy orgullosa de este país y de esta TVE, pero no demasiado.


El poder curativo de una caja del ‘¡Allá tú!’

Además de costar unos euros diarios, las televisiones de muchos hospitales, exigen el uso de códigos QR y pagos digitales, lo que dificulta el acceso a un sector de la población que suele ser el que más visita los centros hospitalarios

El presentador Juanra Bonet y concursantes de '¡Allá tú!'.Telecinco

Hay gente que no ve la tele. Mucha. Incluso gente que trabaja en ella. No les interesa, les parece frívola. Así sean técnicos, guionistas o incluso directivos. No me sorprendió cuando me enteré; explicaba por qué algunos programas eran tan nefastos. Solían ser las mentes tras programas de presupuestos millonarios que nacían desfasados y desaparecían de la parrilla tras un par de emisiones. En la Antena 3 de los 2000 y la Telecinco de los últimos años hay muchos ejemplos.

Luego están los que no la ven para lanzártelo a la cara como un acto de superioridad intelectual. No pierden tiempo con “la caja tonta” —pocas expresiones me dicen tanto de quien las usa—. Sin caer en que la televisión es un simple electrodoméstico, como la lavadora: la volvemos tonta nosotros. Si queremos, puede ser una fuente inagotable de conocimiento. Anda que no se cultiva una viendo La 2 por las mañanas. Ni siquiera hay que adentrarse en las plataformas. A pesar de suponer una ventana a la cultura, aún hay quien sigue con la matraca de que embrutece y te suelta un “yo ni siquiera tengo” desde su almena moral. Se lo puedes leer incluso a gente que escribe sobre televisión. No me digan, yo tampoco lo entiendo.

Y luego hay quien no ve la tele porque le resulta materialmente imposible. Pasa con los hospitalizados en algunas comunidades autónomas como la mía, en la que el servicio está privatizado —vaya cosa les cuento, si el expolio de lo público está a la orden del día— y hay que soltar unos euros diarios para pagar algo que ya financiamos con nuestros impuestos. Aún hay un obstáculo más: la tecnología que permite acceder a ella, generalmente basada en códigos QR y pagos digitales, dificulta el acceso a un sector de la población que suele ser el que más visita los centros hospitalarios, el que más horas pasa en sus habitaciones asépticas e impersonales. Un grupo demográfico que no siempre dispone de móviles para scrollear ni tabletas u ordenadores con los que distraerse de sus males y su vulnerabilidad. Gente para la que la rutina del “parte”, la ruleta o las cajas del ¡Allá tú! tiene un poder analgésico que seguro le cuesta al erario público más de lo que se ahorra por la privatización de una caja que será tonta —se lo compro si insisten—, pero también alivia extraordinariamente la soledad.


“Debí haberte protegido”: Nastassja Kinski, la adolescente que creció deprisa y ante la mirada del mundo entero

La actriz ha cumplido los 65 alejada del cine, pero siendo de nuevo actualidad por la retirada de una de sus primeras películas, en las que aparecía desnuda con solo 13 años

Nastassja Kinski, en su casa de Hollywood en 1977.Michael Ochs Archives (Getty Images)

“Desde nuestro balcón solía observar a una chica guapísima que iba cada tarde a la piscina para nadar un poco y tomar el sol. Recuerdo esa piel dorada porque en aquel momento me parecía la criatura más hermosa que jamás había visto”. Así define Demi Moore en su autobiografía Inside Out. Mi historia su primer encuentro con Nastassja Kinski (Berlín, 1961). La jovencísima actriz alemana había llegado a Estados Unidos de la mano de Roman Polanski, al que había conocido en una fiesta en Múnich. Fascinado por su belleza, encontró en ella a la actriz ideal para interpretar el papel protagonista de la adaptación cinematográfica de la novela de Thomas Hardy Tess de los d’Urberville, un rol que estaba previsto que interpretase su mujer Sharon Tate, salvajemente asesinada por miembros de la secta de Charles Manson en 1969.

Polanski había postergado el rodaje hasta encontrar a la actriz perfecta y esa era Kinski. Algo que para ella suponía una responsabilidad adicional. “Fue un trabajo hecho con amor: esta película, todo el equipo, las emociones, la intensidad, todo. Me ayudó a crecer y a conectar con el mundo; fue mi paso a la adultez y a descubrir el mundo”, le explicó al crítico Roger Ebert. Estaba entusiasmada. Hizo todo lo que el director le pidió: se empapó del clásico, trabajó para perder su acento alemán y adquirir un aceptable deje de Wessex y se fue a vivir al campo, a una granja en el interior de Inglaterra en la que aprendió los usos y costumbres de la zona rural. Ganó el Globo de Oro a la nueva estrella del año. La película se estrenó en Cannes y consiguió seis nominaciones al Oscar, de las que ganó seis.

La apuesta de Polanski había funcionado. También a nivel personal. Durante el rodaje se especuló con un romance; el director se lo confirmó a Diane Sawyer en una entrevista de 1994. “Era joven y tuvimos un romance”. Muy joven. Cuando se conocieron en Múnich, él tenía 42 años y ella 15. La actriz lo negó: “Empezó como un romance ligero”, recordaba años después en The Independent, “pero se volvió exigente y posesivo y se terminó antes de que hubiese nada sexual”. Las especulaciones eran lógicas. Polanski estaba en Europa porque había huido de Estados Unidos tras ser acusado de violar a Samantha Geimer, una aspirante a actriz de 13 años. Con la mirada actual cuesta entender cómo la madre de Nastassja permitió que su hija trabajase con aquel nombre de moral nada intachable, pero una breve vista atrás en la biografía de Kinski lo explica.

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Tráiler de 'Falso movimiento' de Wim Wenders
Nastassja Kinski y Roman Polanski en Jerusalén en 1980. Foto: william karel (William Karel)

A la joven intérprete la había descubierto en una discoteca a los 12 años la actriz Lisa Kreuzer, mujer de Wim Wenders. En aquel momento vivía en Múnich con su madre y tenían dificultades económicas. El encuentro derivó en su inclusión en la película Falso movimiento (1975), en la que, a pesar de su juventud (13 años durante el rodaje), enseñaba los pechos y mantenía una relación turbia con un hombre que casi triplicaba su edad. Durante años fue uno más de los títulos de una filmografía caracterizada por los papeles de alto contenido sensual, pero este año acaba de volver a la primera línea tras unas declaraciones de la actriz al periódico alemán Süddeutsche Zeitung en las que pedía a Wenders que esas imágenes fuesen eliminadas de la película. “Era mi primera película, él era mi primer director y no me protegió”. La actriz afirmó que llevaba años intentando conseguirlo. Esta vez Wenders recogió el guante.

Durante el pasado festival de Berlín aseguró que retirará su película de todas las plataformas. “Como único responsable de Falso movimiento reconozco que en aquel momento se debería haber protegido mejor a Nastassja Kinski. Por ello, te pido perdón sin reservas”. La actriz ya había solicitado hace un par de años a la televisión pública que se retirase un capítulo de una serie policíaca en la que aparecía desnuda con tan solo 15 años. Su abogado alega que su madre no estaba presente en el plató y esas secuencias no se deberían haber rodado. No fueron los únicos papeles de Kinski que serían impensables hoy: en su segunda película, La monja poseída (1976), era una novicia por la que suspiraba un Christopher Lee que frisaba los sesenta. Un año después, era una colegiala que vivía un romance con su profesor en Sólo por tu amor (1976) y una alumna hipersexualizada en Ninguna virgen en el colegio (1978). “

“Ojalá tuviera el dinero para comprarla y quemarla”, dijo sobre ella años después. Ese mismo año fue la pareja de Marcello Mastroianni en Así como eres (1978). Kinski tenía 17 años y Mastroianni 54. Nadie lo veía extraño entonces; a todos le resultaba normal que una bellísima adolescente se enamorase de hombres que podrían ser sus abuelos. “Si fuera mi hija, no lo permitiría. No permitiría que ciertas personas dijeran ciertas cosas ni que intentaran ciertas cosas”, reconoció años después. Por eso se sintió afortunada cuando Polanski le ofreció un papel relevante más allá de la parte sexual, que la había. “Me dio tanta dignidad”, afirmó a The Telegraph. “Él fue una de las personas de mi vida que se preocupó por mí. Que me tomó en serio y me dio mucha fuerza”.

No es el único hombre que ha ejercido de mentor en su vida. De alguna manera ha buscado esa figura también en sus parejas. El cineasta egipcio Ibrahim Moussa, con quien tuvo dos hijos y permaneció casada ocho años, lo reconoció. “Nunca quiso casarse conmigo”, declaró sobre su relación. “Yo era más un padre para ella que un marido”. A su lado tuvo la vida familiar que nunca había vivido. “Cuando me enamoré de Ibrahim y tuve mi primer hijo, todo lo demás palideció en comparación y la vida familiar me absorbió por completo”. La otra gran relación de su vida, con el productor estadounidense Quincy Jones, tuvo un patrón similar. “Para mí, Quincy era alguien que me decía qué hacer y qué era lo correcto. Siempre estuvo ahí cuando lo necesité; era alguien con quien podía hablar y discutir. En cierto modo freudiano, fue el padre que nunca tuve. Para mí, las parejas solían ser como figuras paternas”.

Kinski buscó un padre gran parte de su vida, aunque lo tenía, pero era probablemente el peor de todos: el actor alemán Klaus Kinski. Que el director Fernando Colomo, que lo sufrió durante el rodaje de El caballero del dragón, titulase su obituario en este periódico Descansemos en paz da una idea de cómo era estar cerca de él. Ella dijo algo parecido. “Cuando murió, tuve un momento de dolor que duró unos cinco minutos. Fue muy intenso, y luego nunca más. No porque me obligara a sentirlo, sino porque creo que fue porque nos causó demasiado dolor”. Era difícil no mencionar a Klaus Kinski antes en un perfil dedicado a la actriz, pero Kinski es mucho más que su padre, aunque sea imposible ocultar su importancia. El actor dejó a la actriz y a su madre casi en la indigencia cuando las abandonó, pero la peor parte se la llevó su hermanastra Pola. En 2013 reveló en su autobiografía Boca infantil los abusos que había sufrido por parte de su padre desde los cinco hasta los 19 años. Nastassja reconoció que también había intentado abusar de ella. “No era un padre. El 99% del tiempo le tenía terror. Era tan impredecible que la familia vivía en constante terror”, reconoció en una entrevista en Bild.

En EE UU el nombre de su padre no era tan relevante. Lo que la hizo conocida fue el éxito de Tess y su extraordinaria belleza. “Muy madura y muy infantil a la vez”, la definió Rolling Stone en 1982. Casi tan relevante como su filmografía es una foto que definió su carrera. A principios de los ochenta le contó a la por entonces editora de Vogue, Polly Mellen, que le encantaban las serpientes y la maquinaria de la revista se puso a funcionar. Consiguieron una pitón birmana y contrataron a Richard Avedon. Él le propuso que posase desnuda, cuánta imaginación, y ella aceptó. El fotógrafo reveló a un programa de la televisión pública estadounidense que la actriz había pasado dos horas desnuda sobre un suelo de cemento. “Le sujetaron la serpiente a los tobillos y esperaron a ver qué pasaba”. Cuando la serpiente empezó a avanzar por el cuerpo de Kinski, se acercó a su cara y sacó la lengua como si quisiera besarla; Vogue tuvo la portada del año y la fotografía se convirtió en uno de los pósteres más populares de todos los tiempos. Tuvo cientos de imitaciones. La más relevante, la protagonizada 20 años después por Sonja Kinski, su hija.

En Estados Unidos encadenó películas extraordinarias. A Corazonada (1982) llegó después de que Coppola le preguntase si había tenido alguna experiencia circense y sí, había trabajado con elefantes y una amiga de su madre entrenaba tigres. Su imagen en una copa de Martini gigante se convirtió en una de las más reconocibles de la película que hundió la productora del director. Fue un fracaso, pero ella guarda un recuerdo extraordinario del rodaje. Su rostro felino la hizo la candidata perfecta para protagonizar El beso de la pantera (1982), remake del clásico de Jacques Tourneur dirigido por Paul Schrader. Le encantó trabajar con grandes felinos y conocer a David Bowie, autor de la canción principal. Se había convertido en una estrella y en un rostro habitual. En Hotel New Hampshire (1984), adaptación de la novela de John Irving que hoy habría dirigido Wes Anderson, coqueteaba con Rob Lowe y Jodie Foster y se pasaba la película embutida en un traje de oso.

Hollywood vio en ella “el misterio de Garbo, el ingenio de Lombard y la sensualidad de Monroe”. Y entonces llegó la mejor película de su filmografía: Paris, Texas (1984), que de nuevo la reunía con Wim Wenders, con quien años después repetiría en Tan lejos, tan cerca (1993), secuela de Cielo sobre Berlín. Parecía destinada al estrellato absoluto, pero en la cima de su celebridad optó por centrarse en su familia. Quería darles a sus hijos la estabilidad que ella no tuvo. Ningún título posterior volvió a tener la relevancia de antaño, aunque películas como Después de una noche (1997), donde era la amante de Wesley Snipes, y Amigos y vecinos (1998), comedia negrísima de Neil LaBute, habrían merecido mejor suerte. En Inland Empire (2006), de David Lynch, su papel se redujo en la sala de montaje y apenas es una presencia fantasmagórica al final de la película.

Lejos de la voracidad de los focos, mantiene un perfil bajo que solo ha captado la atención de la prensa tras su polémica con Wenders. A sus 65 años lleva una vida tranquila, como muestra en sus redes sociales, en las que comparte momentos cotidianos, como una visita esta semana a Mallorca, isla que visita con asiduidad. Una vida normal, la que no pudo vivir cuando era una niña a la que obligaron a crecer demasiado deprisa.

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Duración desconcertante, un ataque a la RAE y... ¿una doble de Shakira? La gala inaugural del Mundial que se vivió en las redes sociales

La primera de las tres galas inaugurales de este año supo a poco para los comentaristas de Twitter, pero dejó algunas teorías alocadas e interesantes sobre lo que sucedió en el estadio Ciudad de México

Shakira durante su actuación durante la gala inaugural del Mundial de Fútbol 2026, previa al partido entre México y Sudáfrica en Ciudad de México.Ryan Pierse - FIFA (FIFA via Getty Images)

Parece que fue ayer cuando veíamos a un despendolado Morata bailar Potra salvaje en calzoncillos para celebrar el éxito de España en la Eurocopa de Alemania y ya estamos aquí otra vez partiendo de cero en un nuevo torneo internacional. En aquella cita no se esperaba nada de España, a esta la selección llega como favorita. En aquella no había grandes estrellas en el combinado nacional, en esta todos los ojos del mundo estarán pendientes de Lamine Yamal.

Hay más diferencias: en 2024 apenas había jugadores del Real Madrid en el combinado nacional, este año no hay ninguno. Aquella cita se celebró con cierta placidez social en Alemania, en esta edición ya han saltado chispas por la actitud de uno de los países organizadores. A pesar de que Trump fue agasajado por el presidente de la FIFA Gianni Infantino con un premio de la paz (risas enlatadas) recién creado para la ocasión, sólo hay que ver los cacheos a los que se han sometido a selecciones como Uzbekistán y la prohibición de entrada al país de un árbitro somalí para darse cuenta de que quizás fue un galardón un poco precipitado. Aunque ya saben, como dijo Infantino: “A veces también es bueno simplemente calmarse, relajarse, estar chill”.

Más diferencias. Esta vez no hay una, sino tres sedes: México, Canadá y Estados Unidos y cada una de ellas tendrá su propia ceremonia de inauguración. Por eso todavía hay gente preguntándose dónde están estrellas cuya participación se había anunciado como Katy Perry, Michael Bublé o Alanis Morissette.

Es difícil de entender, sí.

Y esto lleva a que también tengamos tres mascotas. Cada una representará “la fauna, biodiversidad y cultura de cada anfitrión”. En esta edición conoceremos a Clutch, el águila calva que representa a Estados Unidos, al jaguar mexicano Zayu y a Maple, el alce canadiense. No deja de resultar irónico que se preocupen por la biodiversidad cuando su principal patrocinador es una petrolera y el informe Climate Blind Spot, elaborado por New Weather Institute, ha alertado de que debido a la dispersión geográfica y la mayor participación de países este será el mundial más contaminante de la historia.

Pero no les deprimiré, mejor volvemos a las mascotas porque con motivo del Mundial, el canal Vint ha recuperado la serie de Naranjito Fútbol en acción. Lo que nos permitiría vivir este evento mientras revivimos las simpáticas aventuras del mítico cítrico y sus amigos Clementina y Citronio. Les he alegrado el día, lo sé.

En la gala inaugural no vimos demasiadas mascotas, pero si Labubus, ¿por qué?

En contra de lo que suele ser habitual, la gala duró apenas 30 minutos, unos tiempos más acordes con el intermedio de la Superbowl que a un mundial de futbol, pero tras las sobredosis informativas de estos últimos días con Bad Bunny y su casita, la visita papal y el crossover entre ambos, digamos que es todo lo que puede tolerar nuestra capacidad de atención. Y además, ¿qué podría ofrecernos México que superase la extraordinaria inauguración de la Sagrada familia que vivimos la noche del miércoles? La del Santiago Bernabéu con Manolo Lama cantando “los goles de la iglesia” mejor la olvidamos.

Fueron varios los espectadores que compararon el evento mundialista con el show pergeñado en Cataluña.

La mayor controversia de la brevísima inauguración llegó durante la actuación de Shakira. Pero, ¿era realmente Shakira quien interpretó Dai, dai, el himno del Mundial?

Según muchos usuarios de X, no. Ni siquiera su doble Shakibecca.

Tampoco consta que fuese jaycolindres.

Bailaba como Shakira, hacía playback como Shakira, pero muchos ponían en duda que la persona que se parapetaba tras unas gafas de sol fuese la de Barranquilla.

Incluso algunos caían en la conspiranoia.

Quizás pensó que tres mundiales eran suficientes.

O se quedó en casa brindando por el descalabro de la Kings League de su ex, Piqué.

Era un día de los focos a su persona y TVE no puso en duda su autenticidad.

Ni ella se libró de las quejas por la falta de actuaciones en directo. Nadie entendió por qué un evento de esa categoría se recurriese al playback. Y ni siquiera de calidad.

También hubo quejas por lo breves que fueron las actuaciones. Tanto Shakira como J. Balvin, Belinda o Danny Ocean pasaron por el legendario estadio Azteca como un suspiro.

Hubo protestas por lo descafeinado de la gala y la pobreza de las actuaciones, pero aún así muchos lamentaron su brevedad.

Y una vez que el balón echó a rodar en el primer partido del Mundial que enfrentaba a la anfitriona México contra Sudáfrica, tampoco quedó fuera del análisis de las redes la manera en la que se rotularon sus nombres. Más de uno sacó el diccionario que lleva dentro.

La RAE y el fútbol unidos, el deporte rey obra milagros.

Hasta las redes sociales estuvieron de capa caída, quizás porque había poco que contar... o por miedo a acabar en una prisión.

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‘La maldición de Widow’s Bay’: series como todas y series como ninguna

“La mejor serie en ‘streaming’ del año”, según Guillermo del Toro es divertida, también aterradora y extrañamente cálida. A falta de un capítulo para que concluya aún soy incapaz de saber a dónde va, pero me da igual; lo único que quiero es que vuelva

Los protagonistas de la serie 'La maldición de Widow’s Bay'.Apple TV

Hay series de cuya promoción no puedes escapar. Sabes de ellas aunque no quieras saber y, si te pillan con el día ocioso, acabas sucumbiendo. Me pasó con Se tiene que morir mucha gente, de la que, tampoco sé por qué, esperaba más que lo de siempre: otra ficción protagonizada por treintañeras disfuncionales a las que sus amigas soportan porque creen que en el fondo tienen un corazón chachi. Aunque en la vida real esa gente tan insoportable muere sola, dejen de engañar a los espectadores.

Luego están las series que las plataformas parecen esconder. Apple TV es especialista. Quizás temen, como el escritor de Amanece que no es poco, que si las vemos mal, las estropeemos. Casi de tapadillo ha llegado Ciudad de las estrellas, spin-off de la estupenda Para toda la humanidad, y menos bombo del que merece ha recibido La maldición de Widow’s Bay, a la que Guillermo del Toro considera “la mejor serie de streaming en mucho tiempo”; y algo sabe el mexicano del tema.

Hay muchos momentos espeluznantes en la serie de Katie Dippold, también hilarantes, gracias especialmente a una Kate O’Flynn que ya brillaba en la divertidísima Que ardan todos (muy apropiada en estos días de saturación religiosa en un país más aconfesional que su televisión pública) y un gozoso grupo de secundarios en el que no se puede dejar de mencionar a Dale Dickey, el rostro de la América profunda. Y al frente, Matthew Rhys, como un alcalde sobrepasado por las circunstancias que solo ansía convertir su humilde villa marinera en un lugar de veraneo cuqui. O sea, despojarla de su identidad para hacerla instagrameable. Por eso una de sus prioridades, antes de que lo sobrenatural haga acto de presencia, es que los visitantes puedan comprarse un capuchino en el bar del pueblo.

Qué tiempos cuando los capuchinos evocaban lentitud, terrazas en las que dedicarse al dolce far niente y melancolía de la que da gustirrinín. Ahora te los compras para engullirlos a toda prisa entre una compra y una gestión administrativa. Tomar café por la calle es salvajismo, una de esas grietas por las que permea la decadencia de la humanidad; sépanlo. El atribulado regidor quiere que Widow’s Bay sea un destino vacacional como todos; lo bueno de La maldición de Widow’s Bay, tan divertida, aterradora y extrañamente cálida, es que se parece a pocas. A falta de un capítulo para que concluya su primera temporada, aún soy incapaz de saber a dónde va, pero me da igual; lo único que quiero es que vuelva.

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“Imbécil”, “polémico”, “psicópata” y genial: Vinnie Jones, el futbolista violento que se redimió con una tragedia

Un documental de Netflix repasa la historia de Vinnie Jones, una de las figuras más controvertidas del fútbol inglés por su carácter escandaloso en el campo y fuera de él

Vinnie Jones fotografiado en 2019.David Cannon (Getty Images)

Hay dos fotos que definen las vidas laborales de Vinnie Jones (Watford, 61 años). En una agarra los genitales de un jovencísimo Paul Gascoigne mientras este muestra en su rostro una mezcla de dolor y sorpresa. “Por un momento lo tuve en la palma de la mano”, reconoce Jones entre risas en el documental Secretos del deporte (Reino Unido): Vinnie Jones recién estrenado en Netflix. Su agresión al delantero del Newcastle es la versión salvaje de los tocamientos de Michel a Valderrama en un Real Madrid-Valladolid. En la otra foto, tomada diez años después, sujeta dos escopetas cruzadas tras su cabeza con el mismo gesto amenazante con el que dominaba el centro del campo durante sus años como futbolista. Dicha imagen forma parte del metraje de la película de Guy Ritchie Lock & Stock (1998).

En 2003, la policía le revocó la licencia de armas de fuego tras ser declarado culpable de agresión y comportamiento peligroso en un avión. Durante un vuelo en el que iba visiblemente borracho, amenazó con asesinar a la tripulación y abofeteó a un pasajero. Ambas existencias, la del jugador leñero y la del actor de rostro pétreo que llegó al universo cinematográfico de Marvel, se muestran en un documental que refleja un momento muy distinto del fútbol hiperprofesionalizado que conocemos hoy. Un fútbol sin césped artificial, estadios de techo retráctil, Lamborghinis ni fiestas en Ibiza.

También hay una tercera faceta de Jones que no aparece en el documental, la del marido enamorado que en 2019 perdió a la mujer con la que estuvo casado 25 años. Un hombre que afrontó su alcoholismo, pensó en el suicidio y se abrió sobre sus problemas mentales en un entorno en el que era sinónimo de debilidad. “Te daba miedo. Había algo malo en ello. Evitabas a quienes hablaban del tema. A finales de los ochenta, si decías que tenías algún problema, te echaban del equipo, te metían en una camisa de fuerza y ​​te sacaban del campo de entrenamiento en una furgoneta blanca. Al llegar al entrenamiento tenías que ponerte el traje protector”, declaró a la edición británica de Men’s Health.

A Jones le han llamado “el hombre al que la prensa sensacionalista adora odiar” y “todo lo que está mal en el fútbol inglés”, también “imbécil”, “polémico” y “psicópata”. A lo largo de su carrera cosechó 12 tarjetas rojas y tiene el récord de la amonestación más rápida; recibió una tarjeta amarilla a los tres segundos de entrar en el terreno de juego. Logros obtenidos en un tiempo en el que no existía el VAR y los árbitros eran mucho más permisivos que ahora. Cada entrada de Jones que no recibió una amonestación durante su etapa en la liga inglesa hoy supondría cuatro jornadas de expulsión. El jugador de los Spurs Gary Stevens tuvo que retirarse del fútbol debido a las secuelas que le provocó una brutal entrada de Jones.

“El carnicero”, como lo apodó su compañero de equipo John Fashanu, hermano del tristemente desaparecido Justin Fashanu, el primer jugador que reconoció su homosexualidad, ni siquiera soñaba con ser futbolista profesional cuando era un niño problemático de un barrio de clase trabajadora de Watford. Tras la separación de sus padres a los 12 años se dedicó a beber e ir de sofá en sofá en casas de amigos. A los 15 años trabajaba en la construcción y jugaba en equipos amateurs. Sentía que el fútbol era su vida, pero ya no esperaba una oportunidad cuando, a los 21 años, fue fichado por el entrenador del Wimbledon, Dave Basset. Allí formó parte de lo que los medios bautizaron como la Crazy Gang, un equipo que pasó fulgurantemente de la cuarta a la primera división, pero era acribillado por la prensa por su fútbol tosco, su violencia y su comportamiento escandaloso dentro y fuera del campo. Era “el reformatorio del fútbol”, en palabras del propio Basset. Los comentaristas deportivos tenían nombres menos halagüeños para ellos. “El Wimbledon está matando los sueños que hicieron del fútbol el mejor deporte del mundo”, dijo de ellos el mítico Terry Venables.

Jones reconoce que allí había que ser el más duro para que te valorasen y él estaba dispuesto a ser el más valorado de todos. Basset dijo que iba a convertir a un peón de obra en un jugador y él se fue a Londres a comprar un traje. Pasó de ser Vinnie a Vincent. La afición lo adoró inmediatamente. Era su héroe. Su intensidad mal entendida ayudó a aquel equipo anárquico a ganar la FA Cup frente al Liverpool. Algo absolutamente impensable para un equipo cuya única táctica era el patadón al área y la lucha encarnizada cuerpo a cuerpo en el centro del campo. Recibió una acusación por mala conducta, 20.000 libras de multa y una sanción que le apartó del juego varias semanas. La afición lo apoyó. “Vinnie es inocente”, clamaban en el estadio. Los que lo conocen afirman que solo lo hizo por dinero. Que haría cualquier cosa por dinero.

A pesar de ser el máximo exponente del juego duro, quiso redimirse. Se fue al Leeds, donde dio que hablar por sus goles y no por su violencia. “Ya no tenía que comportarme como un animal”. Apenas recibió tres tarjetas amarillas; la prensa bromeaba con que acabase todos los partidos en el terreno de juego. Pasó por el Sheffield United y el Chelsea y volvió a su adorado Wimbledon, pero el nacimiento de la Premier League había provocado que el fútbol que él conocía desapareciese. Tras pasar un año por el Queens Park Rangers, colgó las botas en 1999 con 34 años.

El polémico periodista británico Piers Morgan sabía que había una mina de oro en él. Le contrató para escribir en el periódico sensacionalista News of the World. Jones reconoce que le pagaban una millonada por 8 artículos al año. Uno de esos artículos era sobre un partido entre Inglaterra e Irlanda. Se montó una tangana y el partido se suspendió. Piers pensó que Jones le mandaría un artículo estupendo, pero Jones ni siquiera había asistido, se había quedado viéndolo en un bar y se había emborrachado. No solo eso, había tenido una pelea violentísima en la que había mordido a un periodista en la nariz. Morgan intentó protegerlo, pero la situación era insostenible. El periodista agredido publicó un artículo al respecto en el que se mostraba su rostro ensangrentado. Le llamaron “el rottweiler humano”. Tocó fondo. Reconoce que durante un paseo por el bosque pensó en el suicidio. Aquello marcó un punto de inflexión; no quería que sus escándalos afectasen a su esposa.

En su punto más bajo recibió una llamada: un joven realizador llamado Guy Ritchie le quería para interpretar un pequeño papel en su primera película. El aspecto “amenazante” del exfutbolista encajaba a la perfección con el ambiente que Ritchie quería reflejar. Jones siempre había visto el terreno de juego como un escenario en el que interpretar su papel de matón; ahora tendría un plató. La crítica alabó su interpretación y Ritchie volvió a contar con él en Cerdos y diamantes (2000), en la que hasta Brad Pitt se rindió a su talento natural para la interpretación. No fue una anécdota en su carrera. Participó en 60 segundos (2000) junto a Angelina Jolie y Nicolas Cage, también en Operación: Swordfish (2001) al lado de John Travolta, Hugh Jackman y Halle Berry. Su primer papel protagonista le llegó en Mean Machine: jugar duro (2001), donde interpretaba a un futbolista encarcelado que lidera una revuelta, un título que le reunió con otro duro oficial del cine británico, Jason Statham.

Ha participado en más de cien títulos. Pero su mejor papel es el mismo, como ha demostrado en los realities en los que ha participado. En 2010 formó parte del Celebrity Big Brother; eran los buenos tiempos del formato y compartía la casa con estrellas como Ivana Trump y Stephen Baldwin. Entró como el gran favorito, pero sus malos modos y su carácter controlador lo llevaron a salir en tercera posición y entre abucheos. Era el mismo Vinnie de los terrenos de juego, pero el mundo, como el fútbol, había cambiado.

También él ha cambiado. Lo hizo tras sufrir un golpe devastador: la muerte del gran amor de su vida. En 2019 y tras veinticinco años de matrimonio, fallecía su esposa Tanya tras sufrir un cáncer durante seis años. Siempre habían sabido que la muerte era una posibilidad. A los 21 años había recibido un trasplante de corazón tras colapsar durante el parto de su hija. Jones, al que en ese momento también le habían diagnosticado un cáncer de piel, no la dejó sola en el hospital ni una noche. Fue el mayor dolor de su vida, pero esta vez no se refugió en el alcohol. “Bebemos por alegría, bebemos por felicidad, bebemos por el éxito, pero también bebemos para enterrar algo”, sentenció en Men’s Health. “Es cuestión de darse cuenta. Cuando perdí a Tanya, fácilmente podría haber usado eso como excusa para volver a beber y ser un cuervo. Pero yo quería ser un águila”, declaró. “Lo que he aprendido es que el duelo no tiene por qué ser solo tristeza y desolación; el duelo puede traer recuerdos hermosos. ¿Por qué no podría ser así? El duelo solo son pensamientos”.

Ahora sus pensamientos están centrados en la conservación de la naturaleza. Una faceta que muestra en su reality Vinnie Jones in the Country, donde vemos su vida en su granja de West Sussex. Durante el programa, que ya va por su tercera temporada, se enamoró de su asistente, la también británica Emma Ford, una relación que se muestra en el programa, en el que ha hablado abiertamente de volver a enamorarse tras el inmenso dolor que sufrió.

Tras una mala racha, ha recuperado su popularidad, pero es consciente de que tanto los buenos momentos como el éxito son efímeros. Lo reconoció en 2024 cuando el éxito de The Gentlemen, la serie de su amigo Guy Ritchie, volvió a ponerlo en la palestra. “Si crees que las cosas van mal, ya pasará. Esto también pasará, joder”.

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“Hoy viene a callarse Miguel Ángel Revilla”

Hay famosos de los que sé tanto que lo que querría es ignorar algo. Sé que televisivamente somos reacios a la novedad, pero, programadores de España, plantéense un programa en que los invitados no cuenten nada

Sor Lucía Caram y Mercedes Milá, en 'Me meto en un jardín'.

Decía el poeta y crítico asturiano José Luis García Martín en una entrevista que Sergio C. Fanjul le hizo en este periódico que para él la rutina es “un sinónimo de felicidad”. Lo recuerdo porque comparto su parecer; encuentro la espontaneidad y la improvisación sobrevaloradísimas, pero no es lo habitual. Aunque la rutina despierta pocas pasiones, televisivamente a muchos españoles les gusta lo de siempre, y por eso en Antena 3 están devanándose los sesos para controlar los daños que le causará perder uno de sus círculos de confianza, ya que buena parte de su éxito está basado en dos circunferencias que llevan girando años sin sufrir desgaste: una ruleta y un rosco que ahora peligra por cosas de derechos audiovisuales. Pasapalabra y La ruleta de la suerte no son formatos muy sofisticados, especialmente el presentado por Jorge Fernández, pero enganchan. Más de una vez me he visto gritando impotente la resolución de un panel.

El arrastre generado por sus audiencias millonarias ha sido esencial para que Antena 3 sea líder y sus informativos arrasen. Habrá quien vea a Vicente Vallés y Sandra Golpe por sus dotes como comunicadores, pero la mayoría los sintoniza porque son lo que va después de su programa favorito. Ambos concursos son lanzaderas eficacísimas. Lo sabe bien Pedro Piqueras, que hace días recordó en La revuelta cuando su informativo en Telecinco era el más visto gracias a Pasapalabra.

Como los programadores saben que en televisión gusta lo conocido, además de concursos nos saturan con otro clásico: los formatos de famosos haciendo cosas. También con programas de entrevistas. Hay tantos que los invitados se solapan. Cosas de la promoción. Y luego están los entrevistados oficiales, que son como los concursantes famosos oficiales: de profesión, sus rondas televisivas. Entre los primeros entrevistados por Mercedes Milá en el recién estrenado Me meto en un jardín hay dos que pertenecen a esa categoría: Sor Lucía Caram y Miguel Ángel Revilla. Hay famosos de los que sé tanto que lo que querría es ignorar algo.

Sé que televisivamente somos reacios a la novedad, pero, ejecutivos de la televisión patria, plantéense un programa en que los invitados no cuenten nada. “Hoy viene a callarse Miguel Ángel Revilla”. “Alrededor de la medianoche Lolita mantendrá un absoluto mutismo acerca de su pasado”. “Lo crean o no, esta sobremesa les garantizamos que durante 60 minutos Esperanza Aguirre no manifestará su opinión acerca de nada”. “Mañana, Ana Obregón como nunca la han visto: callada”. Sé que no sucederá porque el silencio está tan infravalorado como la rutina. Lástima.

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Un gato nihilista que fumaba marihuana y buscaba sexo: ‘Fritz’, la primera película de dibujos clasificada X ,,, 2.6.26

Filmin recupera un clásico de la animación y el descaro setentero para su catálogo en un momento en el que los dibujos animados subidos de tono viven una nueva edad de oro gracias a series como ‘Temporada de celo’

Escena de 'El gato Fritz' (1972).United Archives (FilmPublicityArchive/United Arch)

¡No nos han clasificado X por nada, baby! Es la frase promocional con la que se lanzó en 1972 El gato Fritz, la revolucionaria película de Ralph Bakshi que Filmin incluirá el próximo mes en su catálogo. Una X por sí misma no sería demasiado sorprendente: la calificación que restringía la entrada a menores de edad llevaba en funcionamiento cuatro años por aquel entonces y ya la habían recibido Cowboy de medianoche y La naranja mecánica. Lo que lo hace peculiar es que en este caso se trataba de una cinta de animación, territorio por entonces muy alejado del cine para adultos y en el que reinaban Disney y sus producciones bienintencionadas. El film de Bakshi también estaba protagonizado por un animal parlante, pero no por uno emparentado con el adorable Dumbo o el cándido Bambi, sino por un minino antropomórfico —o sea, con características humanas—, sexual, deslenguado e irreverente.

Su llegada a Filmin coincide con el éxito de series como Temporada de celo en Netflix, que tal vez demuestran que la animación para adultos, en su sentido más literal (con animalitos picantes), está de moda. Y Fritz es el padre de todas ellas. El gato caliente, como la película se llamó en España, suponía el reverso de los animalitos Disney. “Fritz está muy lejos de ser Disney”, escribió Vincent Carnby en The New York Times, y a lo largo de los 80 minutos del film lo confirmamos. Tampoco se parece demasiado a otros felinos animados como Tom, Felix o Silvestre. Es un personaje hedonista, cuyos únicos intereses son fumar marihuana y tener la mayor cantidad posible de sexo. Al principio del film abandona la Universidad de Nueva York y emprende un viaje hacia San Francisco, durante el que se acaba viendo inmerso en diversas aventuras. Participa en una orgía en una bañera —que la web Vulture incluyó entre las cien escenas más relevantes del cine de animación—, provoca sin querer un disturbio racial y termina mezclándose con una banda de motoristas nazis que pretenden volar una central eléctrica.

En la película hay violencia, sexo y desnudez. Ninguna religión sale bien parada y se consume droga a mansalva, lo que ahuyentó a los grandes estudios que se habían interesado por el proyecto. Atenta contra todos los estamentos: la policía está representada por cerdos incompetentes y el ejército bombardea Harlem. Nadie se salva, ni los conservadores ni los liberales, ni los hippies ni los intelectuales, ni las clases altas ni las bajas; todos están retratados como oportunistas e hipócritas. Por eso su carácter animado fue un shock: “En Estados Unidos, la animación se consideraba exclusivamente para niños, y Fritz juega con la incongruencia de ver sexo explícito, desnudez, palabrotas y violencia en un medio conocido por su inocencia, sentimentalismo y su ausencia de posturas ideológicas deliberadas”, explicó Noel Brown, profesor titular de cine en la Universidad Liverpool Hope, a BBC Culture.

Rodada con un presupuesto de un millón de dólares, la cinta recaudó 90, un éxito extraordinario que la sitúa como una de las películas independientes más rentables de la historia. Recibió el aplauso de la mayoría de la crítica y allanó el camino a Duckman, South Park, Bojack Horseman o Los Simpson, que serían inconcebibles sin ella. El gato Fritz es hija de su tiempo; apareció justo cuando los ideales de los sesenta de paz y amor empezaban a sonar desfasados y surgía el desencanto de los setenta; el cine independiente estaba en auge y la censura en declive. La Legión Nacional de la Decencia, un grupo católico dedicado a identificar películas moralmente reprobables, y el Código Hays, que durante décadas había ejercido de censor con brazo de hierro, habían sido sustituidos en 1968 por un sistema de clasificación oficial y su inclusión en la categoría X funcionó como una espléndida campaña publicitaria gratuita para un público ávido de sensaciones nuevas.

“Recibirla era sinónimo de ser considerado un pornógrafo. Al principio me puse furioso, pero luego entendí que podía ser bueno”, confesó Bakshi a EL PAÍS en el cincuenta aniversario de la controvertida clasificación. “Yo quería demostrar que El gato Fritz no era como el resto de dibujos animados y recibir la X permitió que fuera vista como algo aparte. Fue casi una bendición”.

Tras El gato Fritz hay dos mentes prodigiosas: la de su creador, Robert Crumb, mito viviente del cómic underground y una de las principales figuras de la contracultura de los sesenta y setenta, y Ralph Bakshi, dibujante forjado en el estudio de animación Terrytoons, la casa madre de Super Ratón y Las urracas parlanchinas, que años después firmaría la primera versión de El señor de los anillos, una obra maestra que sentó las bases para la trilogía de Peter Jackson. Ambos genios tuvieron una asociación turbulenta que terminó en demandas e insultos. “¿Creo que es un hijo de puta? Sí”, declaró Bakshi sobre Crumb a Black Book Mag. La lucha de egos entre ambos artistas es tan fascinante como el propio film.

Antes de ser el animal salaz que conocimos, Fritz fue el gato real de la familia Crumb sobre el que el dibujante inventaba historias para su hermana pequeña. Era un gato normal, pero Crumb no tardó en ponerlo de pie, vestirlo y crearle una personalidad propia que, según quienes le conocían, era la que le gustaría tener a él. “Fritz era la realización de sus deseos”, sentenció Marty Pahls, amigo de la infancia y cuñado de Crumb. “A través de él, Robert podía realizar grandes hazañas, vivir aventuras salvajes y experimentar diversas vivencias sexuales de las que él se sentía incapaz. Fritz era audaz, sereno y tenía un don con las mujeres; todos atributos que Robert anhelaba, pero que sentía que no poseía”. Tal vez por eso le trastornaron tanto los cambios que sufrió su creación en su salto a la pantalla.

La versión cinematográfica era mucho más oscura y violenta que las historias originales de Crumb. Según Bakshi, estos cambios eran necesarios para aportar profundidad argumental a la película, más sustancia. Añadió, por ejemplo, a los cerdos policías y una reyerta en una sinagoga para incrementar la tensión religiosa, algo que puso furioso al dibujante. Crumb, muy progresista consideraba que la sátira de los movimientos radicales era desmedida, que se estaba denigrando a los que sólo pretendían mejorar la sociedad. Los hippies de Crumb eran ingenuos; los de Bakshi, siniestros.

La lucha con el autor fue tan encarnizada como las negociaciones con los estudios. Warner Bros, el primero interesado, pidió que se rebajase el contenido sexual y que se incorporasen estrellas al doblaje. Bakshi se negó y el dinero desapareció. “Cuando tienes un presupuesto alto, la gente te presta demasiada atención. Los presupuestos bajos pueden ser una bendición para los directores. Además, con la cantidad de gente que pasa hambre en este planeta, es simplemente un error gastar ese tipo de dinero en películas”, reconoció en su entrevista con Black Book Mag. “Cuando no tienes dinero, nadie te mira, a nadie le importa. Creo en la visión de un director”. Frente a las pretensiones de los estudios de que contase con estrellas reconocibles para el doblaje, él optó por el “sonido encontrado” (o sea, sonidos cotidianos o ambientales que se usan para usar de fondo en una película). Especialmente porque era más barato, pero también porque aportaba credibilidad. “Cuando escuché el sonido natural, el tráfico de fondo y lo que decían, me encantó”.

Tan solo hubo un par de actores profesionales, dos estrellas televisivas de los setenta, Skip Hinnant y Rosetta LeNoire. El resto de las voces son grabaciones casuales en la calle, amigos e incluso el propio Bakshi. Para realizar los dibujos contrató a sus antiguos compañeros en Terrytoons, pero no todos fueron capaces de integrarse en el proyecto. Según se recoge en Serious Business: The Art and Commerce of Animation in America, from Betty Boop to Toy Story, uno de los dibujantes se negó a dibujar un cuervo negro disparando a un policía cerdo y una animadora prefirió dejar el trabajo antes que dibujar pechos al aire.

El socio de Bakshi, el productor Steve Krantz, esposo de la novelista Judith Krantz y responsable de las adaptaciones televisivas de sus suntuosas novelas de lujo y pasiones, fue el encargado de conseguir que Crumb rubricase finalmente la cesión de sus derechos. Bakshi nunca dejó de considerarlo un codicioso. “¡Está en un castillo en Francia, bebiendo vino! ¡El señor Underground! ¿Creo que es un buen artista? Absolutamente. ¿Creo que tiene derecho a gritarme? Ni de broma”.

La película sedujo al público, que llenó los cines, y también a la crítica. “El gato Fritz no es la película tan obscena que pretende ser, sino una inteligente sátira social. A diferencia de Wyatt y Billy, de Easy Rider, que salieron en busca de América y descubrieron que no existía, Fritz sí que encuentra América, y sobrevive a ella ejerciendo sus dotes priápicas con un entusiasmo que, por desgracia, solo es posible en los personajes de dibujos animados”, publicó The New York Times. Crumb, sin embargo, la detestó. Quedó tan decepcionado con la película que tomó medidas drásticas para impedir que se repitiera. En el cómic Fritz the Cat. Superstar, Fritz se ha convertido en una estrella insoportable que hace negocios con Bakshi y Krantz, que no salen muy bien parados, y acaba siendo asesinado con un picahielos. “Mató a Fritz para vengarse de mí, y le contó a todo el mundo que soy un estafador, que soy un bocazas, que no sé dibujar y todas esas tonterías”, lamentó Bakshi. Pero con una taquilla tan suculenta era inevitable que se rodase una segunda parte, la poco exitosa Las nueve vidas de Fritz el gato, ya sin Bakshi al frente.

Bakshi siguió revolucionando el cine de animación con películas como Heavy Traffic (1973), Coonskin (1975) y Los hechiceros de la guerra (1977). Dio a Brad Pitt una de sus primeras oportunidades en la mezcla de cine real y de animación, Cool World (Una rubia entre dos mundos) (1992), y se convirtió en un referente para directores como Tarantino, Spike Lee, Peter Jackson y Matt Groening. Crumb, por su parte, fundó la revista Weirdo y se retiró al sur de Francia con su segunda mujer, la también autora de cómic Aline Kominsky-Crumb. En 1994, el tímido autor se abrió al mundo en Crumb, un documental en el que el dibujante, además de hablar de su trabajo, revelaba los problemas de salud mental de su familia y gracias a un acceso casi total a su entorno descubríamos desde su pasión por los discos de pizarra y las mujeres rotundas, algo que sabe cualquier lector de su obra, a pormenores íntimos como el tamaño de sus genitales. “Tiene el pene más grande del mundo”, revelaba una de sus ex. El resultado final, firmado por el también dibujante Terry Zwigoff y producido por David Lynch, es tan perturbador que hace que, esta vez sí, El gato Fritz parezca Garfield.


‘Ravalear’ y los buitres sin fondo ,,, 2.6.26

Los que son capaces de aniquilar la identidad de su propio barrio por un par de cientos de euros más al mes me dan más miedo que los que desde sus áticos de Dubái solo nos ven como Sims. ‘Ravalear’ pudo verse en el Festival de Berlín; es tan aterradora que debería haberse estrenado en el de Sitges

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Tráiler de la serie 'Ravalear'
Enric Auquer y María Rodríguez Soto, en la serie 'Ravalear'.Vídeo: HBO Max

La vida cotidiana es una sorpresa constante. El sábado entré en una tienda a comprarme una camiseta y me desconcertó encontrarla casi desierta. Sí que nos amuerma el calor, pensé. Lo comenté al pagar y la cajera me contestó que ese día estaban en huelga, pero ella formaba parte de los servicios mínimos. ¿Servicios mínimos en una tienda de ropa? ¿Cuán vital puede ser comprar un top de crochet o unos botines de media caña? ¿Vivimos en el mundo imaginario de Miranda Priestly? Valoré devolver la prenda para solidarizarme con su lucha. Yo, que no compro en festivo y huyo del comercio online y las cajas de autopago, siendo parte del problema; vergüenza de mí misma. Al final balbuceé una disculpa y me fui con mi camiseta con olor a fracaso del sistema. Vamos a peor de maneras inimaginablemente estúpidas.

Muchas de las tiendas que bajaron la persiana el sábado no existirán en unos años. Podemos resistirnos testimonialmente, pero los bajos de las ciudades están abocados a convertirse en una sucesión de puntos de recogida y franquicias de alimentación indistinguibles.

Ravalear, estrenada esta semana por HBO Max, lo cuenta bien. Un negocio familiar centenario ve peligrar su futuro por uno de esos fondos de inversión que ven las ciudades como una pantalla del SimCity. El único capítulo estrenado es tan intenso como desasosegante. La protagonizan Enric Auquer y María Rodríguez Soto, espléndidos en su agonía inmobiliaria. También Sergi López como el taimado Cristóbal, un gestor que traiciona a sus amigos. Tan mezquino como solo pueden ser los personajes inspirados en hechos reales. Pol Rodríguez, su creador, cuenta su propia historia y la de su familia que durante 90 años regentó Can Lluís en el Raval. Es una música que sonará a miles de propietarios de pequeños negocios, también a inquilinos particulares. Qué les voy a contar.

En mi ciudad, menos sometida a la voracidad del mercado, no conozco a ninguna víctima de un fondo buitre, sí de buitres sin fondo. Particulares que se sienten CEOs de multinacional por tener un cuarto sin ascensor en alquiler y te echan a la calle después de 20 años mientras apelan al precio de mercado. Esos, los que son capaces de aniquilar la identidad de sus propios barrios por un par de cientos de euros más al mes, me dan más miedo que los que desde sus áticos de Dubái solo nos ven como Sims. Ravalear pudo verse en el Festival de Berlín; es tan aterradora que debería haberse estrenado en el de Sitges.


Hay un poco de programa debajo de tu promoción

Yo no quiero saber qué van a emitir a continuación, quiero disfrutar plenamente lo que estoy viendo ahora

Ana Belén ante Jesús Vázquez en 'La casa de la música'.

Hay que ver cómo se han puesto algunos porque TVE no ha emitido Eurovisión. El sábado, los que antes preguntaban por qué se pagaba con dinero público un esperpento que solo interesaba a cuatro mariquitas, estaban más atribulados que si no se emitiese la Misa del Gallo. ¡Censura! berreaban, mientras lo veían sin ningún impedimento en YouTube. Para llenar el hueco del festival en el que la música marida con la geopolítica, TVE emitió una gala que pretendía ser grandiosa y se quedó en anodina, ideal para escuchar mientras planchas. Únicamente presté atención cuando sonó Solo le pido a Dios porque a Ana Belén en esta casa se la escucha muda y absorta y de rodillas. Reparé entonces en los cuatro elementos que la enmarcaban como los cuatro angelitos que tiene mi cama. Abajo, el logo de la pública; al otro lado, el del programa y arriba el inevitable hashtag, porque la audiencia ya no sirve, también hay que generar impacto en redes; y el más molesto por su tamaño: el anuncio de que al día siguiente se emitiría El retorno del Jedi. Menuda disonancia entre la pureza de la voz y la suciedad de la pantalla.

Esta falta de respeto al programa en emisión no es exclusiva de TVE, es inherente a la televisión lineal. A esa hora en Antena 3 y La Sexta anunciaban el especial del domingo sobre las elecciones andaluzas; en Telecinco, la carrera de MotoGP, y en Cuatro, la película del día siguiente, una nadería; antes estos rótulos eran exclusivos de grandes eventos, ahora vale todo; la cuestión es que parezca relevante aunque lo sea tan poco como la segunda parte de La búsqueda. Durante todo el día la pantalla rebosa mensajes en los que ni reparamos. No se respetan los clásicos. El lunes, La 2, ¡La 2! profanó Atrapa a un ladrón con un rótulo que avisaba de que a continuación se emitían los premios Talía. Qué me importa lo que pongan después si yo lo que quiero es ver a Cary Grant y Grace Kelly enamorarse en la Riviera francesa, a ser posible sin un montón de letras mancillando sus atractivas cabezas.

Lo que se está emitiendo solo tiene valor como soporte publicitario del siguiente contenido, que a su vez lo será del próximo. Ahora que estamos a un clic de saber qué emiten todos los canales, se empeñan en recordárnoslo machaconamente desde la pantalla, y yo no quiero saber qué van a emitir a continuación, ni esta noche, ni mañana, quiero disfrutar plenamente lo que estoy viendo, y viviendo, ahora.


Marc Giró y Alba Carrillo: si no puedo largar, no es mi televisión

Dice Alba Carrillo que le han dado un toque por criticar ‘MasterChef’. Ese programa oscuro, clasista e impropio de la pública. Eso lo digo yo, no ella. Ella se pregunta qué pintan morosos de Hacienda en su cocina

La presentadora y modelo Alba Carrillo, el 25 de marzo en Madrid. Francisco Guerra (Europa Press/Getty Images)

Hace días a El hormiguero se le rebeló una de las llamadas que hacen al azar para dar dinerito. Lógico, a esas horas sólo se llama si alguien está en el hospital. Que se te revire un extraño es normal, no tanto que lo haga una invitada. Pasó en Vamos a ver. Con la excusa del precio de la vivienda pretendían mofarse de una vegana que no quería compartir piso con carnívoros. Pero la muchacha, a la que se la veía paladear el momento como un guiso de seitán, tenía su propia agenda. Les acusó de ser altavoz de los discursos de odio y llamó especuladora a Ana Rosa para horror de su Eva Harrington Patricia Pardo. “Qué poco nos conoces”, replicó Pardo mientras en producción barruntaban ya la tortura medieval que le aplicarían a la redactora que había captado a la vegana díscola. Algo los conocía.

En Atresmedia conocen a Marc Giró, pero no esperaban que su entrevista en La Sexta Xplica fuese interrumpida por las delirantes palabras de Fernando Clavijo sobre roedores. El catalán fue el primero en ridiculizarlas, aunque el presidente responsabilice también de eso al gobierno. Lo cierto es que, como las vecinas de Valencia o la droja en el colacao, es difícil mejorar el original. Tan hilarante como el Papa agradeciendo la hospitalidad de las Islas Canarias. Escuchando a su máximo representante, como no lleves el certificado médico son igual de acogedoras que Sentinel del Norte. Giró es un agente del caos y esta semana le ha preguntado a Nuria Roca por qué es tan progre en La Roca y tan regre en El hormiguero. A este paso come las uvas en TVE.

No es el único que mordisquea la mano que le da de comer. Dice Alba Carrillo que le han dado un toque por criticar MasterChef. Ese programa oscuro, clasista e impropio de la pública. Eso lo digo yo, no ella. Ella se pregunta qué pintan morosos de Hacienda en su cocina. Y peor, ¿qué pinta ahí Ofelia, la influencer que lanzó un alegato contra los impuestos? Aunque ahora no parece tener escrúpulos en lucrarse gracias a ellos. “Quiero a TVE, pero soy ciudadana y creo en el derecho a la libertad de expresión”, ha dicho en El sótano club. Le ha faltado homenajear a Emma Goldman y marcarse un “si no puedo largar, no es mi televisión”. A Goldman el FBI la llamó “la mujer más peligrosa de América”. “La mujer más inteligente de España”, ha llamado Ángeles Caballero a Carrillo. Seguro que Arcadi España le da la razón.






Martin Short, el cómico que triunfó pese a todo: “Más del 90% de mi carrera ha sido un fracaso” --- 11-5-26

El documental ‘Martin: la vida es corta’ repasa en Netlix la vida y carrera, a veces hilarante y a veces tráfica, del cómico que ha logrado el éxito masivo en su madurez gracias a ‘Solo asesinatos en el edificio’

El actor Martin Short en una gala en Los Ángeles en septiembre de 2025.Daniel Knighton (Getty Images)

Cuando en 2023 la revista Slate se preguntó si la estrella de Solo asesinatos en el edificio era un genio de la comedia o el actor más irritante del planeta, la respuesta no se hizo esperar. “Martin Short es un genio de la comedia. Fin de la historia”, publicó Ben Stiller en X. “Es difícil creer que la gente esté debatiendo si Martin Short es gracioso o no. Noticia de última hora: ¡Es HILARANTE!”, sentenció Mark Hamill. No fueron las únicas celebridades que se unieron a los seguidores del actor para responder a un artículo titulado “¿Por qué seguimos aguantando a Martin Short?”, en el que el crítico Dan Kois lo definía como “agotador y poco gracioso”.

El texto evidenció dos realidades. Primero, el humor de Martin Short (1950, Ontario), excesivo, extravagante y energético, no es para todos los paladares. Segundo, es un tipo muy querido por sus compañeros. Ambas quedan reflejadas en el documental de Netflix Marty: Life Is Short (Marty: la vida es corta), dirigido por Lawrence Kasdan, responsable de Fuego en el cuerpo y El cazador de sueños, que ya dirigió a Short en Mumford.

“Mi carrera ha sido un fracaso al ochenta por ciento” es una de las primeras reflexiones que hace Short en el documental, que se estrena el 12 de mayo. Podría parecer un alarde de falsa modestia, una manera de minimizar el hecho de que es objeto de un documento centrado en su vida, pero un vistazo detallado a su carrera justifica esas palabras. Es ahora mismo, sobrepasados los setenta, cuando vive un momento de máxima popularidad. Especialmente gracias al éxito de la serie de Disney+ Solo asesinatos en el edificio, donde comparte protagonismo con Selena Gómez y su íntimo amigo Steve Martin. La historia de tres detectives amateurs obsesionados con los podcasts de true crime le ha dado fama internacional, nominaciones y un supuesto romance con su pareja en la serie, Meryl Streep. Algo que no ha confirmado, ya que es bastante hermético con su vida privada y no tiene redes sociales.

“No tengo por qué decirle a la gente: ‘¡Dios mío, acabo de comerme el mejor sándwich de atún!’. No quiero que la gente sepa más de mí”, afirma. “Ya saben bastante sobre mí”. Las pesquisas de los medios y el deseo de los seguidores de ambos de que sea real le han llevado a las portadas, junto con otro suceso reciente y trágico, el suicidio en febrero de su hija Katherine.

La muerte ha tenido una gran presencia en la vida de un hombre que confiesa haber tenido una infancia felicísima. Su humor no viene del tormento, como sucede con cómicos como Jim Carrey o Richard Pryor. No fue una forma de escapar de la realidad. Hijo de una violinista y un ejecutivo siderúrgico, es el menor de cinco hermanos. “Es la mejor posición del mundo; nunca tienes los pies en el suelo. Todo el mundo te dice que eres la persona más brillante, fascinante y adorable, así que, aunque quisieras tener problemas de autoestima, no es posible”. Era la estrella de una familia en la que todos eran ocurrentes, graciosos, divertidos. El primer nubarrón llegó a los doce años cuando, mientras pasaba unas vacaciones de verano en el campamento, recibió una llamada: su hermano mayor había muerto en un accidente. Antes de los 20 ya había perdido a su padre y a su madre. A lo largo de su vida formaría otra familia, enorme y en la que es el centro emocional. “Si organizas una fiesta, invitas a Marty y, si al final Marty no puede ir, cancelas la fiesta”, resume Steve Martin el ascendente que Short tiene sobre su grupo de amigos. Un grupo que incluye a Steven Spielberg, Eugene Levy, Harold Ramis, Tom Hanks y Rita Wilson. Junto a Hanks y Steve Martin celebran anualmente “la velada de la colonoscopia”.

“Nos encanta. Vamos a casa de Steve sobre las cinco de la tarde la noche de antes de la prueba”, contó Short en el programa de Jimmy Kimmel. “Tenemos de todo, hay gelatina y poco más, porque tienes que purgarte. Y brindamos. Nos juntamos, jugamos al póker, vemos alguna peli graciosa y nos bebemos esa cosa”, puntualizaba Steve Martin. Al día siguiente, todos van juntos en coche a hacerse la prueba y el que ha perdido al póker tiene que esperar y será el último en hacerse el test. Una vez superada la prueba, se van a comer juntos. La cercanía de sus amigos es una constante en el documental en el que tanto Hanks como Spielberg confiesan que cuando eran pequeños sus hijos siempre preferían estar en casa de Short.

“No esperaba ser una estrella. Nunca dije: ‘Mamá, por fin lo he logrado’. Más bien dije: ‘Tengo una hipoteca y tengo hijos, tengo que seguir adelante”. Es otra de las confesiones de Short. No tuvo claro desde siempre que iba a ser actor, aunque disfrutaba grabando un programa de televisión en el desván de la casa familiar. No quiso estudiar interpretación, empezó medicina y después pasó a trabajo social. Prefería ser cantante, un Frank Sinatra canadiense. Se apuntó a un grupo de teatro y fue allí donde conoció a Eugene Levy. El protagonista de Schitt’s Creek fue quien le hizo la llamada que cambió su vida. “Deberías ser actor, ven a Toronto”, le dijo.

Se dio un año. Si en ese tiempo no conseguía trabajo, retomaría sus estudios. Pero funcionó: utilizando su energía inagotable empezó a crear personajes extravagantes. “Consigue que un personaje raro parezca real”, afirma Steve Martin. Era un momento extraordinario para el humor canadiense. Por allí estaban John Candy, Rick Moranis, su gran amiga Catherine O’Hara, fallecida recientemente o Dan Aykroyd. Rebosaban talento. Fue una época burbujeante que tuvo como clímax el musical Godspell (1970). “Todos estaban liados con todos”, confiesa“. Gilda Radner, uno de los miembros originales del Saturday Night Live, se convirtió en su pareja intermitente, pero acabó casándose con su suplente en el musical, Nancy Dolman. Una cantante dulce, rubia y angelical de la que se enamoró inmediatamente. Eran la pareja que todos querían ser.

“Cuando mi marido y yo íbamos a terapia y nos preguntaron si teníamos una pareja modelo, dijimos Mary y Nancy”, cuenta en el documental Catherine O’Hara. “Muchas parejas dicen lo mismo”, respondió la terapeuta. Adoptaron tres niños, ella dejó el mundo del espectáculo y se convirtieron en una familia modelo. Pero el trabajo no funcionaba tan bien como Short deseaba y empezó a sentirse intimidado por el éxito de los demás.

Sus películas fracasaban, aunque tenían todos los papeles para triunfar. Rodó Tres amigos (1986) junto a Chevy Chase y Steve Martin, dos cómicos de moda. La historia de tres actores de cine mudo que accidentalmente se enfrentan a un grupo de forajidos no tuvo el desempeño esperado en taquilla. También parecía infalible El chip prodigioso (1987), donde interpretaba a un dependiente de supermercado al que por error le inyectan en el cuerpo a un teniente del ejército miniaturizado. Compartía pantalla con Dennis Quaid y Meg Ryan, que se enamoraron durante el rodaje, y estaba dirigida por Joe Dante. Era una comedia emocionante con acción y humor, pero también se hundió en taquilla, al igual que Tres fugitivos (1989), junto a Nick Nolte.

“Más del noventa por ciento de mi carrera ha sido un fracaso comercial, pero salí en tantos proyectos de éxito que pude continuar trabajando”, reconoce. Eso fue El padre de la novia (1991), el remake del clásico de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Junto a su íntimo amigo Steve Martin y Diane Keaton, interpretó a Franck Eggelhoffer, un organizador de bodas tan extravagante que a los ejecutivos les preocupaba que fuera excesivo para la película. Fue un éxito absoluto y volvió en la secuela. También estuvo en Mars Attacks!, la historia coral de Tim Burton sobre un ataque marciano en la que interpretaba al secretario de prensa de la Casa Blanca. “No detectaba los éxitos”. Esa podría ser la frase que define su carrera.

Nada se estrelló con más estruendo que Clifford (1994), donde interpretaba a un niño de diez años. Es la película en la que muestra todo su repertorio y da rienda suelta a su gestualidad inagotable. Cuando Harold Ramis, guionista de Cazafantasmas y Atrapado en el tiempo la vio, pensó que era “una película de cien millones de dólares”. El público no pensó lo mismo. Y tampoco la crítica. Roger Ebert la destrozó: dijo que era “la peor película” que había visto en su vida. No le alivió que Elizabeth Taylor le hiciera saber que era una de sus películas favoritas ni que el tiempo la haya convertido en una obra de culto.

Su mayor éxito fueron los personajes que creaba, especialmente Jiminy Glick, un entrevistador maleducado al que The New York Times en 2002 consideró “la creación cómica más impredecible y desinhibidamente divertida que ha llegado a la televisión desde que Bart Simpson usaba pañales”. Los papeles que popularizó en el clásico de humor canadiense Second City le llevaron a llamar la atención del Saturday Night Live. Entró en su décima temporada para subsanar el adiós de Eddie Murphy y coincidió con Julia Louis-Dreyfus, Christopher Guest y Billy Crystal. Solo estuvo un año y casi no llega a completarlo. “Estaba aterrorizado en cada programa. De hecho, durante el cuarto programa intenté renunciar”.

También hizo papeles dramáticos en Ley y orden Unidad de Víctimas Especiales, The Morning Show y Daños y perjuicios. Durante el rodaje de la serie judicial de Glenn Close recibió la peor noticia de su vida. Su mujer fue diagnosticada de cáncer de ovario y falleció poco después. El documental está dedicado a ella y a Catherine O’Hara. Habían pasado más de 30 años juntos. Spielberg pensaba que no volvería a ser divertido. Él y su mujer, Kate Capshaw, se convirtieron en sus grandes apoyos, también Tom Hanks y Rita Wilson Y, por supuesto, Steve Martin. Se refugió en el trabajo, no quería estar en casa solo. Afirma que no quiere ser rico ni relevante, solo seguir en la brecha para pasárselo bien. Alejado del cine, su carrera se ha centrado en la televisión, una gira de especiales con Steve Martin y celebradísimas apariciones en programas nocturnos que le llevaron a ser considerado por The New Yorker el mejor invitado a programas de televisión de todos los tiempos. Tal vez su carrera haya sido un fracaso al noventa por ciento, como él afirma, pero el diez por ciento restante le ha convertido en una auténtica estrella..

 


‘La casa de los espíritus’: Barrabás llegó a la familia por vía marítima ,,, 13.5.26

Hollywood realizó una adaptación nefasta. Salvo a Glenn Close y esa Férula desarmada ante la pureza de la clarividente Clara. La Férula televisiva, Fernanda Castillo, es también lo mejor de la serie de Prime Video

Una imagen de la serie 'La casa de los espíritus'.PRIME VIDEO

Isabel Allende es mi influencer. Ahora que el amor romántico parece estar bajo sospecha, ahí está ella enamorándose a los sesenta, a los setenta y a los ochenta. “Siempre que hablo contigo estás enamorada”, le dijo Óscar López la última vez que la entrevistó en Página dos. Menuda maravilla, digo yo. De la vejez me asustan innumerables contratiempos, entre ellos que desemboque en inapetencia sentimental, aunque sea voluntaria, como la de tantas famosas que cuentan lo felices que son desde que han renunciado al romance. Qué descanso, dicen. Qué aburrimiento, pienso. Me crie cerca de demasiadas señoras “de edad” a las que los prejuicios, los suyos, y especialmente los ajenos, les hicieron creer que el deseo y el amor tenían fecha de caducidad. Se evitarán disgustos —miren a Ábalos descubriendo el ghosting a los 66; en ese esperpéntico juicio le falta gritar que sólo es culpable de amor en primer grado como la Celeste Talbert de Escándalo en el plató—, pero yo prefiero ser polvo enamorado.

Allende, que cuenta su vida tan bien como sus historias, es más de plató que de torre de marfil y se promociona como una estrella pop. Lo es. Tiene hasta su propia Barbie. Los lectores que se rindieron al tremendismo, el humor y la ternura desacomplejada de sus novelas podrían llenar más veces el Metropolitano que los fans de Bad Bunny. Como al portorriqueño, a ella la menosprecian los puristas y le lanzan su comercialidad a la cara mientras se fustigan porque las redes hurten lectores a los libros; ¿quién los entiende? El éxito, al igual que el amor, resulta sospechoso. La pantalla tampoco la ha tratado bien. Hollywood, atraído por las cifras de La casa de los espíritus, realizó una adaptación nefasta. Salvo a Glenn Close y esa Férula desarmada ante la pureza de la clarividente Clara. La Férula televisiva, Fernanda Castillo, es también lo mejor de la serie de Prime Video.

El reto era complejísimo y su mayor enemigo, las expectativas de los millones de lectores que hicieron suya la exuberante historia de Allende y esperan un Pantone exacto para el cabello verde y los ojos amarillos de Rosa la Bella. Quizás también le imaginaron otro pelaje a Barrabás, que llegó a la familia por vía marítima. Si esa frase les hace cosquillas, si saben lo que significa el 8 de enero y entienden la importancia de un nomeolvides, no hagan caso a ninguna crítica, aparquen los prejuicios y denle al play.



‘The Boys’: la sátira que se transformó en neorrealismo yanqui

El mundo se desmorona y podemos elegir entre lanzarnos al suelo o seguir disfrutando una ensalada de burrata y contemplando un ‘show’ maravilloso al que despedimos este año, aunque la realidad le da material para muchas temporadas

02:25
Tráiler de la quinta y última temporada de 'The Boys'
Antony Starr, en la cuarta temporada de 'The Boys'.

Escribí la semana pasada que las andanzas de Trump eran dignas del mejor guionista de comedia y la actualidad lo confirma. Hasta los personajes episódicos están cuidados. Véase al invitado a la cena de corresponsales que, en medio del tiroteo, en lugar de tirarse al suelo, siguió comiendo su ensalada de burrata —¿por qué parece que ya no hay más quesos?—. Ha declarado que no quería perderse el show y menos ensuciar el esmoquin. A sus pies. También a los de la mujer que en medio del caos se dedicó a confiscar botellas de vino. Hay quien la llama ladrona; yo la llamo mi animal espiritual. Este incidente tragicómico ha servido para que pase a un segundo plano la trama Trump versus Vaticano, que a su vez tapaba la guerra de Irán, cuya misión era distraernos de la de los papeles de Epstein. Más que cortinas de humo son gases tóxicos y, en lugar de verificadores de noticias, necesitaríamos al canario del grisú.

La querencia trumpiana por la cristiandad, me corrijo, la querencia por los votos y las donaciones de los cristianos evangélicos, siempre ha estado ahí. Cuenta Maggie Haberman en El camaleón: La invención de Donald Trump, que cuando el presidente se presentó Biblia en mano en una iglesia tras los incidentes por el asesinato de George Floyd, la prioridad fue hacer un cásting de biblias. Llevaron varias al Despacho Oval y su hija Ivanka se encargó de elegir la más telegénica. Es la misma banalización que lleva al secretario de guerra —un título que suena más a la casa Targaryen que a una institución democrática— a citar Pulp Fiction creyendo que cita al profeta Ezequiel.

Ojiplático imagino al showrunner Eric Kripke cuando comprueba que escenas que escribió hace dos años para la última temporada de The Boys podrían aparecer en los informativos. Mientras Trump se disfraza de Jesús vía IA, Homelander se declara Mesías; escuchamos a Vance sugerir al Papa que no se meta en cosas de teología y a los asesores del súper afirmar que Jesucristo mataría por el márketing de Vought, el mismo que estampa el rostro de Homelander sobre cualquier producto, al igual que Trump multiplica su efigie con idéntica voracidad megalómana. Ahora le han tocado a los pasaportes. The Boys empezó como una sátira; ahora es neorrealismo yanqui. El mundo se desmorona y podemos elegir entre lanzarnos al suelo o seguir disfrutando una ensalada de burrata y contemplando un show maravilloso al que despedimos este año, aunque la realidad le da material para muchas temporadas.


Karla Sofía Gascón, del infierno al cielo de Henar Álvarez: “No soy rencorosa, pero sí me gusta que se jodan”

“No he pedido perdón porque yo no tengo que pedir perdón”, sentenció la actriz, para reconocer después, que la pierden las formas y a veces suena un poco agresiva

Karla Sofía Gascón con Martirio en 'Al cielo con ella'.RTVE

Vivimos la era dorada de los duelos televisivos. Hace nada cubríamos los de La revuelta y El hormiguero y ahora toca seguir los de Marc Giró y su sustituta en TVE, Henar Álvarez. Aunque el duelo más atractivo de la noche de ayer fue el del PSG y el Bayern de Múnich, de los que hacen recordar por qué a algunas nos gusta el fútbol. Lo relevante que son ambos formatos para sus cadenas se calcula por lo grande que aparece en pantalla su anuncio en las horas previas. Ya no se puede ver nada sin que un cuarto de la pantalla esté ocupado por el título de otro espacio. Una falta de respeto al programa en emisión incomprensible, como es incomprensible que se emitan a la vez dos espacios que compiten por el mismo público objetivo. Aspiran al mismo público y tienen un estilo similar. Son dos personas que hablan muy claro y sobre todo muy alto, especialmente Álvarez. Altísimo.

Con tantas similitudes, la diferencia la marcan los invitados: Giró tenía a Almodóvar y Álvarez a Karla Sofía Gascón, que subía al cielo con Henar Álvarez después de haber estado en el infierno, o al menos en el purgatorio. Entró a ritmo de Superestrella de Aitana y a los dos segundos ya estaba haciendo ella la entrevista. Por si alguien está despistado, les recordaré que el año pasado Gascón pasó de ser la favorita al Oscar por su papel en Emilia Pérez a entrar en la gala de tapadillo después de que saliesen a la luz tuits suyos despotricando sobre casi cada forma de vida del planeta. Ser bocachancla en redes sociales lo mismo te sirve para que te veten en Hollywood que para ser presidente de Estados Unidos, siempre que seas hombre, heterosexual y blanco.

No creerán que se ha relajado. Hay personas que dicen la primera cosa que les viene a la cabeza; Karla Sofía Gascón es de las que tienen que decir la quinta o la sexta y aun así todavía consiguen un silencio incómodo. Álvarez mencionó el asunto de los tuits de la discordia. “Has pedido perdón miles de veces”, le dijo, mirándola a ratos como miras a una olla express que empieza a hacer un ruido sospechoso. “Yo no he pedido perdón porque yo no tengo que pedir perdón”, sentenció la actriz, para reconocer después, como si hiciese falta, que la pierden las formas y a veces suena un poco agresiva. Le faltó decir que, si ya saben cómo se pone, ¿para qué la invitan?

En algo tuvo razón. Puso sobre la mesa el agravio comparativo entre los deportistas a los que no se les pide que opinen nunca de nada más que de lo suyo y los artistas de los que se espera que se signifiquen sobre todo. También es verdad. Ahí tenemos a Alaska, que se ha metido en un buen jardín después de que le preguntasen lo que opina de la ausencia de España en Eurovisión. Pero, ¿a cuántos participantes en los recién celebrados Juegos Olímpicos de Invierno les han preguntado qué opinaban de la presencia de Israel en el evento? ¿Alguien va a sondear la opinión de Pedri o de Unai Simón sobre la idoneidad de ir a jugar un Mundial a un país que está bombardeando a otro competidor?

Gascón no tuvo problema en reconocer que le gusta la venganza y que es fan del Conde de Montecristo. “No soy rencorosa, pero sí me gusta que se jodan”. Edmundo Dantés le habría dado un like. También soltó un par de veces un “me vais a comer el conejo entre todos” porque para ella todos los días son el día de la poesía. Un leitmotiv que está muy lejos de aquel espiritual Nam Myoho Renge Kyo, que pronunció en los Globos de Oro, un mantra budista que no tengo muy claro qué significa, pero dudo que tenga que ver con llevarse lepóridos a la boca. “Estoy tan agustito en la silla de mierda que me han puesto”, remató la invitada perfecta antes de hacerse con el trono de Álvarez y cerrar su paso por el programa mandando a alguien a la nevera. Un ritual que nunca pasa de moda y que más de una vez ha provocado que, junto con el hielo, saques de la nevera a un ex que te rompió el corazón en Tarifa en 2003. Ella introdujo en el chupito a los que se meten en la vida privada de los demás y reconoció que si se pone a congelar gente, le sale Groenlandia. Nada relajada.

Tras Gascón llegó el consultorio de Carmina Barrios, que nos dejó claro que es una persona “bien alimentadita y bien folladita”; a ver qué más se puede pedir. Con dos necesidades tan fundamentales satisfactoriamente cubiertas, solo puede dar buenos consejos. “Haz lo que te salga del chocho” fue el principal. ¿Para qué queremos los diez volúmenes de la Ética a Nicómaco de Aristóteles si Barrios nos resume la vida en siete palabras? Después apareció Martirio, que sigue siendo tan moderna como en los ochenta. La mujer que nos regaló el maravilloso “estar mala de acostarse” no chilló, no mentó su conejo ni su chocho y habló bajito, pero se le entendió todo. “A mí lo que me gusta es caminar donde no hay huella, cortar los juncos, abrir camino, y que después vaya pasando la gente”. Vellos de punta. Sale en la cabecera del programa y debería salir en las cabeceras de todos; es una icona, dice, y puede decir lo que quiera. A veces pienso que hay muchos programas de entrevistas, pero cuando las entrevistadas son como doña María Isabel Quiñones, me parecen insuficientes.


Televisión familiar para niños búho

‘El hormiguero’ se vende como entretenimiento familiar, pero no lo es, por mucho peluche que haya en plató. Tampoco ‘La revuelta’, donde hay un señor que manda a los niños a la cama cuando todavía falta una hora para que comiencen contenidos que sí podrían verse en familia

El Hombre Mágico de 'La revuelta' manda a dormir a los niños hacia las 10 de la noche.

Entre amenazar con destruir civilizaciones y poner el mundo al borde del colapso energético, Donald Trump tiene tiempo para darnos momentos que firmarían los mejores guionistas de comedia. Uno de los últimos lo sufrieron los niños que celebraron la Pascua en la Casa Blanca. Iban por los dulces, lo único que debería ser prioritario en el mundo y no el petróleo y las tierras raras, y se llevaron una perorata sobre Biden, aunque Biden ya sea historia y se signifique poco, no como otros ex. A Felipe González, por ejemplo, le falta aparecer en el confesionario de Rosalía. También les sugirió que vendiesen su firma por en eBay. Viéndolo recordaba al Chevy Chase de Community; su Pierce Hawthorne era igualito, un señor mayor racista y misógino encerrado en un infierno de rencor. No era una conversación para niños, obvio. Algo similar pienso cada vez que me topo con El hormiguero y veo a cinco personas mayores desbarrando entre marionetas, a veces rozando la parodia. Hace unos días escuché a Juan del Val —ya, ¿a quién se le ocurre?— hacer chanza de los que leen The New York Times. Explíquenmelo.

El hormiguero se vende como entretenimiento familiar, pero no lo es, por mucho peluche que haya en plató. Tampoco lo eran Spitting Image o Las noticias del guiñol. Y no lo es La revuelta, donde hay un señor que manda a los niños a la cama como antes hacían los Televicentes o los Lunnis. Paradójicamente, cuando a esos niños se les invita a dormir, todavía falta una hora para que comiencen contenidos que sí podrían verse en familia, como Dog House, Top Chef: Dulces y famosos o The Floor. No son estrictamente para niños, pero tampoco lo eran grandes formatos de TVE como A la caza del tesoro, Un, dos, tres o El tiempo es oro, y ahí estábamos viéndolos aunque Casimiro nos mandase a dormir a las ocho. ¡A las ocho!

También lo es Barrio Esperanza, de cuyo disparatado horario ya se ha hablado aquí. Una serie para todos los públicos, excepto para los intolerantes al almíbar. Su estreno fue lo más visto entre niños de cuatro a 12 años, niños búho, imagino. TVE se escudará en sus buenas cifras y en que quien quiera puede verla en RTVE Play. Cualquier cosa en lugar de emitir La revuelta a la hora que le correspondería, porque en la televisión actual sigue habiendo esos late night que tantas alegrías dieron a la televisión de los noventa, solo que ahora los emiten a la hora de la cena.


Meryl Streep en lugar de Madonna y Jacob Elordi en lugar de Andrew Garfield: grandes papeles que cambiaron de rostro a última hora ,,,

En Hollywood es habitual que un gran papel cambie a última hora, incluso con la película ya empezada. Repasamos ejemplos más o menos conocidos y con resultados desiguales

Andrew Garfield y Jacob Elordi.Getty Images / Blanca López (Collage)

Hay temporadas de series se distancian tanto temporalmente entre sí que desde el final de una y el comienzo de la siguiente, actores que eran prácticamente desconocidos pueden convertirse en estrellas. Es lo que ha sucedido con Euphoria, cuya tercera temporada acaba de llegar a HBO. Ni Sydney Sweeney ni Jacob Elordi tienen mucho que ver con los que se despidieron de sus personajes en 2022. Elordi es quizás el que más ha visto aumentar su fama, ya que, al contrario de lo que sucede con Sweeney, protagonista de un buen número de asuntos extracinematográficos, ha sido noticia por sus trabajos. El actor ha vuelto a su personaje de Nate Jacobs con una nominación al Oscar por Frankenstein, un trabajo que le llegó de carambola, ya que nunca estuvo en la mente de Guillermo del Toro para encarnar al monstruo creado por Mary Shelley. El director mexicano había apostado por Andrew Garfield. Buscaba desmarcarse de la representación habitual de la criatura y presentarla de una manera más humana y vulnerable. Una figura trágica en la que encajaba el actor de Spider-Man y Hasta el último hombre. El problema llegó cuando a Garfield se le solaparon proyectos a causa de la huelga de guionistas de 2023 y tuvo que abandonar el proyecto dos meses antes de comenzar a grabar.

Con todo preparado, había que sustituirlo por un actor de características similares y el reto era complejo. Finalmente, el elegido fue Jacob Elordi, en quien Del Toro vio ciertas similitudes. Elordi no dudó en embarcarse en el mayor reto de su incipiente carrera. Era un papel complejísimo en el que pasa de comportarse como un bebé a ser un dios iracundo que decide sobre la vida ajena y, además, requería un aprendizaje express. Para preparar el personaje, Elordi estudió butoh, una danza japonesa inspirada en el horror nuclear sufrido durante la Segunda Guerra Mundial, y también los movimientos de su perra Layla, una golden retriever, en los que buscó la manera de expresar inocencia. Además, debió someterse cada día a extenuantes sesiones de maquillaje de hasta diez horas —su cercanía con el departamento de maquillaje y peluquería quedó patente viendo su entusiasmo cuando recibieron el Oscar— y actuar con dentadura postiza y lentillas. Tuvo apenas dos meses para preparar el papel y el resultado deja claro que fueron suficientes.

El suyo no es el primer caso en el que un actor tiene que salir al rescate de una producción tras un despido, una deserción o “diferencias creativas”.

Jodie Foster por Nicole Kidman en La habitación del pánico (2002)

La primera opción: La habitación del pánico era un pequeño acontecimiento desde que se empezó a hablar de ella. Suponía la unión de David Fincher tras el éxito de Seven y El club de la lucha, y Nicole Kidman, una estrella en ascenso tras Eyes Wide Shut y Moulin Rouge. La australiana empezaba a brillar más allá de su matrimonio con Tom Cruise y tanto los proyectos como la atención mediática sobre ella se multiplicaban. El rodaje de la cinta de Fincher había sufrido un retraso después de que, durante la grabación de Moulin Rouge!, Kidman se lesionase una rodilla. Pero el director ni se planteó sustituirla: consideraba que era perfecta para interpretar a una mujer que se esconde en una habitación blindada con su hija cuando un grupo de ladrones entra en su casa. Pero finalmente tuvo que afrontarla sin ella después de que la actriz se diese cuenta de que estaba emocionalmente exhausta y no podía sacar adelante su trabajo.

¿Quién lo interpretó finalmente? El proyecto necesitaba una estrella y la encontró: Jodie Foster. Foster estaba libre en aquel momento porque su trabajo como directora en Flora Plum se había paralizado (nunca se reanudó) después de que su protagonista, Russell Crowe, se lesionase. Foster no se correspondía con la imagen de la rubia fría hitchcockiana que Kidman iba a encarnar en el thriller de Fincher, pero quizás eso hace más intrigante su presencia y engrandece el filme. La actriz apenas tuvo nueve semanas para preparar un papel muy físico en el que tuvo dificultades añadidas: todo estaba preparado para una actriz veinte centímetros más alta, incluso su hija, una casi debutante Kristin Stewart, que desde entonces guarda una gran amistad con la actriz y que había sido elegida por su parecido con Kidman. Para seguir sumando dificultades, estaba embarazada, algo que hubo que disimular con el vestuario. “Jodie entró y estuvo brillante”, declaró a Variety. Kidman no abandonó del todo la producción; interpreta a una voz que se escucha a través del teléfono.

Viggo Mortensen por Stuart Townsend en El señor de los anillos (2001)

La primera opción: Llevar a la gran pantalla la obra de J. R. Tolkien no fue una tarea sencilla por lo mastodóntico del proyecto y por la posibilidad de defraudar a la amplísima base de fans de la obra. Algo que afectaba especialmente al reparto, ya que cada lector de la obra original tenía un rostro en la cabeza. Incluso Peter Jackson, que soñaba con fichar a Sean Connery para interpretar a Gandalf, pero el escocés afirmó que no entendía el guión y se desentendió del proyecto. También pensó en un Aragorn muy distinto al que conocimos finalmente: el actor irlandés Stuart Townsend, por entonces una estrella emergente que ocupaba portadas por su romance con Charlize Theron. Sin embargo, justo antes de empezar el rodaje, Jackson le despidió sin que aún sepamos exactamente por qué. Se mencionó lo problemático que era para el actor que años después también fue despedido de Thor y también que Jackson había recapacitado sobre la edad adecuada que debía tener el rey de Gondor. “Estuve allí ensayando y entrenando durante dos meses, y me despidieron el día antes de que empezara el rodaje”, declaró Townsend a Entertainment Weekly. “No tengo ningún aprecio por los responsables, de verdad que no. El director me quería a mí, pero luego, al parecer, cambió de opinión porque en realidad quería a alguien veinte años mayor que yo y completamente diferente”.

¿Quién lo interpretó finalmente? Que la edad era relevante quedó claro cuando eligió como sustituto a Viggo Mortensen, de 42 años, 14 más que Townsend. Una ocurrencia felicísima a tenor de los resultados, aunque el actor tuvo sus dudas antes de afrontar un papel que implicaba un rodaje durísimo muy lejos de su hogar. Fue su hijo, fan de la novela de Tolkien, el que lo animó. “Cuando me dijeron que iba a reemplazar a alguien, me sentí incómodo”, contó Mortensen. Me preguntaba si le conocería, pero ya se había ido cuando llegué. Me metieron de lleno en el papel y tuve que hacer lo mejor que pude”. Llegó tarde al rodaje, pero se implicó más que nadie.

Meryl Streep por Madonna en Música del corazón (1999)

La primera opción: La diva pop quiso triunfar en el cine desde su primer disco. Ahí están Buscando a Susan desesperadamente, Shanghái Surprise o Quién es esa chica, intentos con más o menos fortuna. Pero su gran oportunidad le llegó en 1996 con Evita, donde pudo demostrar su capacidad interpretativa y trabajar a las órdenes de un gran director, Alan Parker. Wes Craven iba a ser el siguiente. El maestro del terror iba a dirigir una propuesta muy alejada de lo que se esperaba del autor de Pesadilla en Elm Street y Scream, la historia de Roberta Guaspari, una profesora de violín que compaginó un divorcio difícil con enseñar a tocar el violín a niños de barrios marginales. Una especie de Mentes peligrosas con instrumentos de cuerda. Pero tras tres meses aprendiendo a tocar el violín, Madonna abandonó el proyecto. Según los rumores, a la cantante, que había pasado mucho tiempo conociendo a Guaspari, no le gustaba cómo se reflejaba su historia en el guion y sus exigencias habían provocado que Craven optase por prescindir de ella. Pero la productora Miramax prefirió evitar una polémica que afectase a la película y afirmó que había sido una decisión mutua.

¿Quién lo interpretó finalmente? Para sustituir a Madonna sonaron los nombres de Sandra Bullock y Meg Ryan, pero finalmente la elegida fue Meryl Streep, que había sido el deseo primigenio de Craven. Streep tuvo muchas dudas antes de aceptar el papel porque el tiempo para prepararlo era muy reducido, pero después de todo Madonna le había robado su ansiado papel de Evita y este era un buen momento para resarcirse. Además, su hijo, gran fan de Craven, la animó. Tocó el violín durante seis semanas y pasó lo de siempre: aunque la película tuvo una acogida tibia, ella consiguió su nominación al Oscar.

Mark Wahlberg por Ryan Gosling en The Lovely Bones (2009)

La primera opción: Peter Jackson ya sabía lo que era cargarse un actor antes del inicio del rodaje, o sea que lo de Ryan Gosling no le pilló de nuevas. Gosling, que se había convertido en una estrella tras su papel en El diario de Noa, fue el elegido para interpretar a Jack Salmon, el padre de una niña asesinada incapaz de aceptar lo que había pasado. El papel ya era suyo, pero entonces tomó una extraña decisión: decidió que ese hombre tenía que ser corpulento y se dedicó a alimentarse con Häagen-Dazs para ganar peso. “Teníamos una idea diferente de cómo debía verse el personaje”, declaró a The Hollywood Reporter. “Realmente creía que debía pesar cien kilos”. Cuando llegó al set con una larga barba y un aumento de peso considerable, ni Jackson ni los productores se lo tomaron demasiado bien. Gosling cuenta que el problema radica en que no había habido demasiada comunicación durante la preproducción. Jackson le despidió y Gosling se encontró “gordo y desempleado”. Años después, Fran Walsh, esposa de Jackson y guionista de film, contó que Gosling nunca se había sentido demasiado cómodo con el papel porque pensaba que era demasiado joven. Jackson y ella estaban tan convencidos de que era el adecuado que le aseguraron que todo se podría solucionar en la sala de maquillaje, pero Gosling decidió actuar por su cuenta.

¿Quién lo interpretó finalmente? Mark Wahlberg se incorporó apenas un día antes de que se iniciase el rodaje. Había sido uno de los actores valorados por Jackson, al igual que Hugh Jackman, el primero al que se le había ofrecido el papel. Wahlberg acababa de finiquitar el rodaje de El incidente y aceptó sin dudar un papel que le resultó muy traumático. Según confesó, cuando la vio, no podía parar de llorar pensando en su propia hija. La crítica también lloró, pero por otros motivos: la película no gustó demasiado a nadie y mucho menos a los seguidores del libro de Alice Sebold en el que estaba basada.

Margot Robbie por Emma Stone en Babylon (2022)

La primera opción: La épica Babylon, una carta de amor de Damien Chazelle al cine que narraba los excesos y el glamour de los primeros tiempos de Hollywood, suponía la reunión del director con Emma Stone tras el éxito La La Land, que le valió a la actriz un Oscar. El realizador le había reservado el papel porque no concebía a ninguna otra interpretándolo, pero poco antes del inicio del rodaje se anunció la salida de Stone del proyecto. Esta vez no fue una disputa por visiones distintas del personaje, sino algo más prosaico: la pandemia trastornó muchas agendas por el parón de las producciones y la de Stone fue una de ellas. Ante la imposibilidad de compaginar proyectos, tuvo que abandonar Babylon.

¿Quién lo interpretó finalmente? De nuevo se sustituyó una estrella por otra. La australiana Margot Robbie fue la encargada de interpretar a Nellie LaRoy. Chazelle quedó gratamente sorprendido por Robbie y parece que incluso agradecido por la ausencia de Stone. “Ahora que veo a Margot en el papel, me cuesta imaginar a otra persona interpretándolo”, declaró. “Así que creo que las cosas pasan por algo”. No sabemos si Stone hubiese podido elevar una cinta con grandes pretensiones que acabó pinchando ante el público, ante la crítica y ante la Academia, que esta vez no compró el producto de Chazelle.

Michael J. Fox por Eric Stoltz en Regreso al futuro (1985)

La primera opción: En esta ocasión, el despido se produjo cuando ya había una buena cantidad de metraje rodado. Se hecho, es fácil encontrar vídeos de Stolz interpretando a Marty McFly, ya que se seguía grabando, aunque todos en la producción tenían claro que no era el adecuado. Todos excepto Stolz. No se lo comunicaron por miedo a que, si abandonaba la película, se transmitiese la sensación de que era un proyecto fallido y había mucho interés en que funcionase, por eso Universal guardó en secreto el plan alternativo que estaban tramando para sustituirlo. Stolz era un actor excelente, pero entendía la película de una manera totalmente distinta a Robert Zemeckis y Bob Gale, director y guionista de Regreso al futuro. Él no veía una comedia adolescente de verano, sino un film casi existencialista sobre un chico cuyos recuerdos jamás se van a corresponder con su verdadero pasado. El actor lo dio todo por el proyecto, se vestía como su personaje y quería que le llamasen Marty incluso cuando no rodaban, pero su espíritu no estaba en consonancia con la película. Cuando le comunicaron la noticia, quedó devastado. Era un actor joven y prometedor a punto de interpretar un papel en una superproducción y vio cómo la gloria se esfumó ante él antes de poder saborearla. Ese sí es un drama existencial.

¿Quién lo interpretó finalmente? La verdad es que Michael J. Fox siempre había sido la primera opción para interpretar al protagonista de Regreso al futuro, pero su compromiso con la serie Enredos de familia hacía imposible su participación. Finalmente, la NBC se avino a negociar y Fox compaginó ambos rodajes: grababa la serie de diez de la mañana a seis de la tarde, y luego conducía hasta Universal para rodar con Zemeckis de siete de la tarde a tres de la madrugada. Con él en el proyecto todo funcionó. Su química con Christopher Lloyd fue instantánea, era el Marty soñado por Zemeckis e incluso una ocurrencia de última hora, el chaleco rojo acolchado que se puso una madrugada porque hacía mucho frío en el plató, se acabó convirtiendo en una prenda icónica.

Eddie Murphy por Sylvester Stallone en Superdetective en Hollywood (1984)

La primera opción: En su origen, Superdetective en Hollywood era una película muy diferente a la que conocemos. La historia sobre un duro policía de Detroit en Beverly Hills tenía a Mickey Rourke como protagonista y los nombres que se barajaban para dirigirla eran Martin Scorsese y David Cronenberg. Cuando Rourke se apeó del proyecto, los productores pensaban en Al Pacino, pero también le mandaron el proyecto a una de las estrellas más taquilleras de la década: Sylvester Stallone. No era el tipo de película en la que se solía implicar, pero su agente le animó. En el guion había humor, algo que solía asociarse más a su gran rival Arnold Schwarzenegger, lo que supuso un aliciente para que Stallone quisiese participar en ella. De hecho, se entusiasmó tanto que acabó reescribiéndola. No podían negárselo: después de todo había conseguido una nominación al Oscar como guionista por Rocky. El resultado fue una película ultraviolenta que tenía poco que ver con el original. El guion, repleto de acción y explosiones de Stallone, encarecía la película tanto que los productores consideraron que era más práctico cambiar al protagonista.

¿Quién lo interpretó finalmente? Una vez que Stallone estuvo fuera, los productores apostaron por Eddie Murphy, una estrella gracias a su paso por Saturday Night Live que se había testado en el cine de acción en Límite: 48 horas. En cuanto llegó al rodaje, se dieron cuenta de que era el Alex Foley perfecto. Según reconoció su director, Martin Brest, la mayoría de los momentos cómicos fueron obra del actor, que no solo los aportó desde el guion, sino también con sus improvisaciones. La película fue un éxito instantáneo que dio lugar a tres secuelas. A Stallone tampoco le fue mal; cogió el guion que había escrito y lo transformó en Cobra, el brazo fuerte de la ley.

Scarlett Johansson por Samantha Morton en Her (2013)

La primera opción: Al igual que en el caso de V de Vendetta, en Her no vemos nunca a la protagonista, pero sí tenemos algo tan importante como su rostro: su voz. Samantha Morton, protagonista de Acordes y desacuerdos y Minority Report, interpreta exactamente eso, una voz, la de un asistente virtual. Es la her (ella) del título y, para que su interpretación fuese más creíble, a petición del director nunca coincidió con Joaquin Phoenix. Sin embargo, una vez completado el rodaje, Jonze se dio cuenta de que no era lo que quería en su película y decidió regrabarla por completo. Fue un golpe durísimo para Morton y, para compensarla, Jonze la hizo productora asociada del film y, como homenaje a su trabajo, llamó Samantha a la voz.

¿Quién lo interpretó finalmente? La solución llegó con Scarlett Johansson, la estrella de Lost in Translation, película dirigida por la exmujer de Jonze, Sophia Coppola, que estaba inspirada en su divorcio y en la que la actriz interpretaba a la pareja de un trasunto del director. Chisme aparte, la voz aguardentosa de Johansson aportó la calidez y la sensualidad desenfadada que Jonze buscaba y convirtió la película en un pequeño clásico.

Hugo Weaving por James Purefoy en V de Vendetta (2005)

La primera opción: Un caso singular, ya que, a pesar de la popularidad de la adaptación de James McTeigue del cómic de Alan Moore y de que el irreverente V es su principal protagonista, pocos espectadores ponen rostro a la persona que está bajo la máscara de Guy Fawkes. James Purefoy, actor británico que pudimos ver en Diamantes de sangre y Roma, donde interpretaba a Marco Antonio, era el previsto inicialmente por McTeigue, pero el problema llegó en cuanto tuvo que ponerse la famosa máscara que Anonymous convirtió en su símbolo. “A Purefoy le incomodaba”, declaró el director a Collider en el 20º aniversario de la película. “Es un gran actor, pero le estás quitando a alguien su herramienta, su rostro, que ha usado durante 40 años, y eso es difícil”. Interpretar al anarquista enmascarado era especialmente complejo: al no poder mostrar expresiones faciales, tenía que expresar sus emociones únicamente con su cuerpo y a eso se le añadía la dificultad de hacerlo con una máscara durante todo el rodaje.

¿Quién lo interpretó finalmente? El director no tuvo que ir muy lejos para encontrar al sustituto adecuado. En cuanto Purefoy abandonó la producción, llamó a Hugo Weaving. McTeigue había sido asistente de dirección de las hermanas Wachowski (que en V de Vendetta ejercían de productoras) en la que Weaving interpretaba al hierático agente Smith. Tampoco era un desconocido para el gran público; al australiano lo habíamos visto ya como una de las drag-queens de Priscila, reina del desierto, y como el Elrond de El señor de los anillos. Weaving aceptó el reto de la máscara porque era algo que ya había trabajado en la escuela de arte dramático y no se sentía incómodo, lo que lo convirtió en la elección perfecta. “En cuanto lo vi grabar la primera escena, sentí que me había salvado”, afirmó McTeigue.



Una serie para toda la humanidad

En la ucronía de Apple TV hay huelgas, tensiones políticas y rencillas familiares, crimen y espionaje. Nació con una premisa poderosa: ¿qué habría pasado si los rusos hubiesen llegado a la Luna primero? Y se ha convertido en una serie majestuosa

Mireille Enos en 'Para toda la humanidad'.Apple TV

Me interesan los márgenes de la historia. También la historia, claro. Colón llegando a Guanahani, pero más aún lo que pensarían el 3 de agosto de 1492 los parroquianos del Puerto de Palos que lo vieron partir sin imaginar el alcance de lo que iba a suceder. O la vida ordinaria en la Alemania alejada de los centros de poder a principios de los años treinta. Lo que cuenta Un pueblo en el Tercer Reich de Julia Boyd. Cómo prever la magnitud de la barbarie que les iba a marcar durante décadas. Tampoco podían sospechar que noventa años después cenaríamos viendo Los secretos sexuales de Hitler —¿qué le pasa a La 2 con el nazismo?—. También la suspicacia de los habitantes del Creciente Fértil cuando algún mesopotámico avispado colocó en vertical un torno de alfarero a ver si así le costaba menos mover el carro y ¡zas!: la rueda. Menuda ocurrencia, barruntarían los lugareños mientras abrevaban cerveza, porque sí, la cerveza es anterior a la rueda. Prioridades.

Fabricar alcohol clandestinamente es una de las preocupaciones de los trabajadores de Happy Valley, la colonia establecida en Marte por estadounidenses, rusos y norcoreanos en Para toda la humanidad porque en el planeta rojo también hay estraperlo. La cotidianidad durante eventos que definen eras es una de las columnas vertebrales de la serie de Ronald D. Moore, responsable de la imprescindible Battlestar Galactica (si no aparece entre las primeras de cualquier ranking de mejores series, no sigo leyendo. Y estoy segura de que alguien ha susurrado “So say we all” al leer esto). Para toda la humanidad es una exquisitez a la que le cuesta colarse entre las más vistas de Apple TV. Incomprensible. Más comprensible es que la vida en Marte no diste mucho de la terrena. Hay huelgas y deslocalización, tensiones políticas y rencillas familiares. Nació con una premisa poderosa: ¿qué habría pasado si los rusos hubiesen llegado a la Luna primero?, y se ha convertido en una obra majestuosa con personajes perfectos. Todavía lloro a Molly Cobb, pero sigo disfrutando a Margo, una soberbia Wrenn Schmidt a la que los premios ignoran. A toda la serie. En su quinta temporada juntan de nuevo a Mireille Enos y Joel Kinnaman, los Holden y Linden de The Killing. Enos es nuevamente una investigadora tenaz porque en esta tanda hay un crimen. ¿Podemos pedirle más? Está manido, pero les digo que es la mejor serie que no están viendo. Créanme y no se queden al margen de esta historia.


elve ‘La isla de las tentaciones’ con guarreo, kleenex y un cimbrel alegre

Entre las parejas hay una que lleva 11 años y quiere saber si su relación va en serio o están perdiendo el tiempo. Hay gente que en esa tesitura decide tener un hijo, así que a favor de monetizar las ruinas del amor y coger un poco de colorcito en Samaná

Un momento del primer programa de 'La isla de las tentaciones 10'.Telecinco

Nunca pensé que echaría de menos no consumir productos estupefacientes, pero ese día ha llegado. No sé si alguna sustancia podría provocar que los 162 minutos de La isla de las tentaciones sean más llevaderos, pero seguro que sí, mucho más divertidos. Como no soy consumidora del formato, más allá de los mejores momentos de la primera edición, la de Estefaníiiiiiiia, y de la penúltima, la de Montoya y su Carros de fuego en versión cañí, lo que más me ha sorprendido al ver un programa entero es que es lento. No lo esperaba de un formato que consumen especialmente adolescentes. Esperaba más dinamismo y también más oropel en un espacio que lleva 10 ediciones en seis años y que es la gran esperanza de Telecinco junto a Supervivientes y De viernes, porque cuando Mediaset dijo que iba a hacer programación familiar, se refería a la familia Manson.

Como a estas alturas todo el mundo sabe de qué va, no me extiendo con la mecánica. Son parejas que, creyendo que su relación está en peligro, van a magrearse a una isla tropical con desconocidos más o menos turgentes. Tiene todo el sentido, sí. Su simpleza sorprende tanto como la rapidez con la que todos y todas olvidan que a esas personas les pagan por seducirles. Algo que ya era risible hace más de veinte años cuando Carolina soltó el hilarante “Jo, tía, Nube!”. “¡Saendy está por mí!” en Confianza ciega, el programa con el que empezó todo. Pero esta gente es demasiado joven para recordarlo. Aquí hay concursantes que no habían nacido todavía en 2002. Y sin embargo, ya conocen los sinsabores del amor. “Yo era muy golfo de joven”, dice Alex con 23 años, el Espartaco Santoni del jardín de infancia.

No les sorprenderá si les digo que más de dos parecen el mismo, algo habitual entre los tentadores; lo inaudito es que en esta edición son una pareja, José y Nerea, los que tienen la misma cara. Me pregunto si en la clínica estética les habrán hecho rebaja o regalado una tercera como en las promociones de Alain Afflelou y ahora mismo hay un rostro en un cajón de su cómoda esperando el momento para brillar en su propio reality. Como siempre, la mayoría viene “del mundo de las misses o de los realities”; también los hay que dicen que son modelos. De manos o de virtudes, malicio.

Al frente de todo sigue Sandra Barneda, a la que sorprendentemente no le da la risa todo el tiempo. Es capaz de permanecer impávida mientras anuncia grandilocuente que va a empezar “la mayor batalla por el amor” y a ritmo de Lacrimosa de Mozart “una poderosa sombra roja” entra en escena. No se imaginen un plano majestuoso digno de Marvel; son una docena de personas ataviadas con capas rojas de poliéster portando antorchas, la versión Temu de Eyes Wide Shut, una Santa Compaña organizada por el sex-shop del barrio. Mientras avanzan con escasa gracilidad, puedo imaginar las gotas de sudor que surcan el rostro del responsable de riesgos laborales de este asunto. Pero el peligro de incendio es mínimo; será por agua.

Todo es falso, reiterativo, histérico, predecible. Ya, lo sé, estoy describiendo cualquier de los mayores éxitos televisivos de Mediaset de los últimos treinta años.

Doce minutos tardaron las primeras lágrimas en brotar por el rostro de una concursante. No hubo un motivo claro, fue más bien por calentar, por probar la pista y la telemetría para cuando lleguen las curvas. Aquí testan su amor parejas que llevan un año, pero un año es mucho cuando te has tatuado las iniciales de tu novio en el interior del labio (el de la boca, no dejen volar su imaginación) o llevas sus ojos grabados en una pulsera. Me recordó a Lucas Curotto, el concursante de OT que tenía los ojos de su novia estampados en el pecho. Los seguidores del reality musical saben cómo acabó aquello; los que no lo son, se lo imaginarán.

También hay una pareja que lleva 11 años junta. Once años y quieren saber si su relación va en serio o están perdiendo el tiempo. Hay gente que en esa tesitura decide tener un hijo, así que a favor de monetizar las ruinas del amor y coger un poco de colorcito en Samaná. Todos mencionan rencillas, especialmente por celos motivados por hablar con “personas del pasado”. Imagino que se refieren a algún ex y no a Carlos V o María Antonieta porque aquí lo único sobrenatural es que este programa haga un 16% por ciento de media. Todo es falso, reiterativo, histérico, predecible. Ya, lo sé, estoy describiendo cualquiera de los mayores éxitos televisivos de Mediaset de los últimos treinta años.

Entre este batiburrillo de personajes es difícil hacerse una idea de cómo evolucionará cada uno, pero ya hay quien empieza a despuntar. A los amantes de los documentales de naturaleza, les gustará saber que la pasada noche Nerea demostró que es probablemente el mamífero más ruidoso del que haya constancia. Olvídense de los 230 decibelios del cachalote o de los 103 de la Corixa punctata, que viene más a cuento aquí porque produce el sonido a base de frotar su pene contra su barriga. Nerea berrea tanto que acabará espantándoles la pesca a los de Supervivientes. Si se queda hasta el final vamos a tener que estar pidiéndole perdón al continente americano otros 500 años.

Como contraste, tenemos a Julia, que es una de esas personas que no cambia el tono de voz por airada que esté, lo que da mucho más miedo. Habla con la calma de Harry el sucio o de las madres que tras una trastada en público te lanzaban una mirada asesina y un “ya llegaremos a casa” que te cerraban los esfínteres. Esa voz.

En la isla vivirán en Villa Deseo y Villa Montaña, espacios donde al llanto le sustituyó la risa porque al llegar les obsequiaron con una bolsa de productos capilares. Saldrán con el corazón destrozado, pero con el cabello hidratado.

El plato fuerte fue el encuentro con los tentadores que llegó tras el inquietante momento en el que se quitaron la capa y kilos de silicona, colágeno y gloss tomaron protagonismo por el lado de las chicas y los ciclados, tatuajes y cejas espantosamente depiladas se impusieron en el de los chicos. No quiero ser malévola, pero quedó claro que ya han pasado nueve ediciones y lo que entra es lo que se ha quedado fuera en las anteriores. Como todos se fijaron en los mismos la mayoría se fueron sin piropo, pero dejando sentencias para el recuerdo. Una se presentó como “la barbie de Almería”, tal vez porque ha sacado la pajita más corta en el reparto de frases. Otra anunció que se llama Jokebed “y aunque mi nombre sea bíblico sólo tengo un mandamiento: disfrutaréis sobre todas las cosas”. La Tabla de la Ley que me gusta. Aprovecho para contarles que la Jokebed bíblica era la madre de Moisés, la que lo salvó de la ira del faraón lanzándolo al río en una cestita. De algo me tiene que servir tragarme toda la programación de Semana Santa de Trece TV. El punto álgido tuvo lugar cuando las tentadoras se cruzaron con las novias de los futuros tentados. Hubo tensiones, incluso un conato de tangana. “Tú lo que necesitas no son kleenex son psicólogos”, lanzó una encapuchada para que lo guardemos en nuestro libro de frases.

Antes de que les soltasen a ver si hay suerte y se aparean por el bien del share, se marcaron los límites. “Nada de guarreo”, dijo alguien que tiene poco clara la mecánica de un programa que podría llamarse La isla del guarreo. “Nada de chupar a nadie”, se escuchó también. Nerea fue precisa como un árbitro de boxeo: “Prohibido tocar de rodilla a ombligo”. “Y prohibido también que se le alegre el cimbrel”. Tiene nombres mil el miembro viril.

Ellos también trazaron sus líneas rojas. Uno no quiere que los tentadores jueguen con el peluche de su novia (no dejen volar de nuevo su imaginación porque es un peluche real. Tanta líbido y tanto infantilismo) y que no se pongan la camiseta que él le ha dado porque la ha rociado con su perfume. Peluches, ropa perfumada… si hubiese sacado de la mochila una cinta casette con los títulos de las canciones escritos a cuatro colores estaría describiendo mi primer noviazgo adolescente.

A los cinco minutos, una alarma que suena como si hubiese que desalojar Pearl Harbor, y, aún así, no tapa los alaridos de Nerea, dejó claro que alguien se había saltado los límites. Las muchachas examinaron las imágenes en una tableta y a punto estuvieron de pedir el VAR. No consta que el cimbrel se alegrase, pero seguro que los directivos de Telecinco sí, vuelven al terreno de juego.

 

 

Estapé, Giró y el método Chayanne ,,, 

La presencia de la psquiatra en La Sexta, una cadena tan volcada en la información, el rigor y la verificación de hechos, resulta algo anómala. Todo en Atresmedia lo es. La relación entre La Sexta y Antena 3 me interesa mucho más que la de Aitana y Maxi Iglesias

Marian Rojas Estapé, médico psiquiatra y escritora española, en 2019.Manuel Castells (Universidad de Navarra)

Reconozco que Marian Rojas Estapé me caía muy bien cuando pensaba que era nutricionista y Encuentra tu persona vitamina, un libro de cocina para antropófagos. Olvídese de los superalimentos, deje de intentar hacer tragables el kale o la quinoa. ¿Le falta vitamina D? Cómase un caribeño al horno. ¿Carencia de vitamina C? Una valenciana a las finas hierbas. Menuda audacia. La decepción llegó al descubrir que es psiquiatra y lo de las “personas vitamina”, palabrería hueca como eso de las “personas tóxicas”. Hueca y omnipresente. Es imposible pasar el día sin oír hablar de cortisol, apegos o “procesos de sanación”. Una cháchara insufrible.

Estapé tiene formación médica, pero está en la línea de los gurús de la autoayuda que dicen que todo nos pasa porque no miramos hacia arriba y disfrutamos las cosas buenas que tiene la vida. El método Chayanne lo llamaría. No sabemos parar, dicen; aunque más bien es que no podemos. No escuchamos a nuestro cuerpo, sermonean. A mí lo que me pasa es que cuando mi cuerpo me llama para quejarse, siempre tengo que colgarle porque por la otra línea está el banco reclamando lo suyo.

Un discurso que vende millones de libros y copa las redes. Más de cuatro millones siguen a Estapé en Instagram, pero, sorpresa, eso no garantiza espectadores. La audiencia de Vulnerables, su programa sobre la salud mental de los adolescentes en La Sexta, apenas superó los 300.000 espectadores. No me apena que sus simplezas bienquedas —y su perfil ultraconservador— no tengan excesiva repercusión porque, si esto salía bien, miedo me da lo que podía llegar después. Sí me intrigó que se estrenase casi de tapadillo: tres capítulos seguidos en plena Semana Santa y sin apenas publicidad. A pesar de la popularidad de su protagonista, no le han dado tanto bombo como al desembarco de Aimar Bretos o Marc Giró. De alguna manera, su presencia en La Sexta, tan volcada en la información y la verificación de hechos resulta algo anómala. Todo en Atresmedia lo es. La relación entre La Sexta y Antena 3 me interesa mucho más que la de Aitana y Maxi Iglesias.

Hablando de Giró, recuerdo su tronchante monólogo sobre Estapé tras una visita a El hormiguero muy criticada por falta de rigor científico. El catalán reaccionando en tiempo real a las opiniones de Estapé es el programa que quisiera ver, humor del bueno. No soy psiquiatra ni nutricionista, pero dudo que haya mejor vitamina que la risa. Y trae menos problemas legales que zamparse un caribeño.

 

 

Vida de parque de perros,,, 4.3.26

Dicen que hay más perros porque la gente no quiere tener hijos, pero yo les digo que también hay más perros porque hay más padres incapaces de decir no a sus hijos

Una imagen del elenco de 'Vida perra'.Maria Matute

Menuda decepción el supuesto Camera Café canino. Vida perra es el equivalente televisivo del último paseo que hay que dar en invierno con viento y lluvia, ese en el que el can decide que antes de hacer lo suyo debe olisquear hasta la última brizna de hierba del parque. En ese momento te preguntas por qué tienes perro. Vida perra me hizo preguntarme por qué tengo Prime Video. Luego recordé que está al caer The Boys y que acaban de incorporar Lou Grant y la redacción de Los Angeles Tribune es donde quiero pasar estas vacaciones.

Entre los usuarios del parque canino ficticio hay talentos de la comedia patria: Fernando Tejero, Jordi Sánchez, Carlos Areces, Ana Morgade… Gente que con aparecer en plano provoca risa, lucha por sacar adelante situaciones y diálogos sonrojantes. Y es peor cuando “hablan” los perros. ¿Cómo han podido llegar al montaje final esos canes parlantes? ¿Qué sabe el creador de esta serie sobre Jeff Bezos? ¿Con qué lo ha amenazado?

Anda que no hay material para hacer una buena ficción sobre un pipicán con el fascinante microcosmos que congregan. La cosa suele empezar bien. Los asiduos se ponen nombres supuestamente graciosos como “la patrulla canina” o “los mosqueperros”, hacen un grupo de WhatsApp —ese infierno que la humanidad ha tolerado con sorprendente docilidad— y todo fluye hasta que empiezan a darse lecciones de etología y nutrición y el tema acaba como en una coalición de izquierdas.

No pasé del segundo capítulo porque sentí que mi vía crucis estaba completo, así que no sé si aparece una figura habitual: el perro capricho que le endilgan a los abuelos cuando el nieto se cansa del juguete. Y aquí hago un inciso para contarles que dicen que hay más perros porque la gente no quiere tener hijos, pero yo les digo que también hay más perros porque hay más padres incapaces de decir no a sus hijos. Ahora que llegan las comuniones habrá muchos en las listas de regalos, porque antes te daban tu primer reloj o un diario con llave, pero ahora, si se ponen plastas, por no aguantarlos, les obsequian un perro salchicha de 1.000 euros. Historia real. A esos padres les digo que sean fuertes. No metan un maravilloso ser vivo en su casa sin reflexionar más de lo que reflexionarían sobre un reloj o un diario con llave.

Colar este mensaje aquí me reconcilia con Vida perra. De hecho, ya no me parece tan mala; igual hasta me pongo el tercer capítulo; después de todo, es tiempo de penitencia.

 

 

Más allá de Torrente y Almodóvar: otras nueve batallas culturales que se libraron en la taquilla ,,, 3.4.26

El duelo de taquillas entre ‘Torrente presidente’ y ‘Amarga navidad’, azuzado por las redes sociales, es el último ejemplo de la batalla ideológica llevada a las butacas del cine. Pero lleva ocurriendo desde los años sesenta

Unos adolescentes, el objetivo preferido de las grandes superproducciones, hacen cola para ver una película en una imagen de archivo.Steven Gottlieb (Corbis via Getty Images)

Como vivimos un momento en el que cualquier anécdota puede provocar una guerra cultural, el estreno de dos propuestas cinematográficas esperadísimas no iba a ser ajeno a la polémica. Y más cuando las películas son taquilleras y supuestamente opuestas, aunque las dos tienen muchos puntos en común: al frente están dos nombres capaces de llevar masas a los cines, Santiago Segura y Pedro Almodóvar, que a su vez son dos personas a las que se escucha cuando hablan porque no suelen dar puntada sin hilo.

Sus estilos son antagónicos, aunque no tanto. Almodóvar está muy lejos de los tiempos en los que en sus películas se cantaba “Te quiero porque eres sucia, guarra, puta y lisonjera, la más obscena de Murcia y a mi disposición entera” o se hablaba de erecciones generales y monjas yonkis, pero también el Segura actual y su cine familiar tienen poco que ver con el director que rodó los cortos Evilio o Perturbado. Lo que sí ha sido radicalmente opuesto es su manera de abordar la campaña promocional. Segura, consciente de que Torrente es una marca imbatible, no ha hecho promoción de una película de la que tan solo se sabía el título, aunque él mismo es una promoción ambulante. Sin embargo, tanto Almodóvar como las estrellas de su película se han prodigado bastante. Es pronto para hacer un balance de sus resultados en taquilla, pero con sus dos millones de espectadores en apenas tres semanas, parece claro que Segura se ha impuesto claramente. Esto siempre pensando en el mercado patrio; fuera es otro cantar. No es la primera vez que dos películas con vocación de taquilleras coinciden, ni la primera vez que le pasa a Almodóvar. Estos son algunos ejemplos anteriores.

Mentiras y gordas VS Los abrazos rotos: el duelo patrio

Pedro Almodóvar ya vivió en 2009 otro duelo con una cinta taquillera que funcionó asimismo como excusa para que sus odiadores (en 2009 todavía no se llamaban haters) se diesen un festín. El manchego estrenó ese año Los abrazos rotos, la historia de un escritor ciego enfrentado con los demonios de su pasado, con Lluis Homar y Penélope Cruz como protagonistas. Una narración sombría sobre el destino y la culpa que se enfrentó en taquilla con una historia juvenil y hormonada en la que no había grandes nombres, pero sí algo igual de importante: una pléyade de rostros televisivos popularísimos por entonces y hoy estrellas, como Mario Casas, Ana de Armas, Yon González, Hugo Silva o Asier Etxandia. Mentiras y gordas ofrecía lo mismo que las series que los adolescentes veían en televisión en ese momento: sexo y juergas. Dirigían Alfonso Albacete y David Menkes y el guion lo firmaba la que luego sería ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde.

El resultado: En el primer fin de semana, Mentiras y gordas se encaramó en el primer puesto de la taquilla, arrebatándole esa posición a Los abrazos rotos, que se había estrenado justo una semana antes. Según la web del Ministerio de Cultura, durante su paso por los cines españoles recaudó 4.282.941,41 millones, superando por muy poco los 4.115.027,34 de Los abrazos rotos. Ambas muy lejos de los 20 millones que recaudó Ágora de Alejandro Amenábar, el gran éxito del cine español de 2009. Pero a estos datos hay que sumarles la recaudación en el extranjero y ahí es donde la marca Almodóvar se hace valer, ya que con casi los ocho millones que recaudó fuera de España llegó casi a 13. Un dato impulsado por su paso por Cannes y sus nominaciones al BAFTA y al Globo de Oro.

Barbie VS Oppenheimer: el Barbenheimer

No consta a quién se le ocurrió, pero el afortunadísimo término Barbenheimer se ha impuesto para definir el duelo en taquilla de dos titanes. Se originó en 2023 para definir la pugna entre la llegada a la gran pantalla de la vida de la muñeca más célebre de la historia, la rubísima y esbeltísima Barbie, y la biografía de Robert Oppenheimer, la mente tras la bomba atómica, adaptada por Christopher Nolan. El 21 de julio fue la fecha elegida para una batalla con contendientes tan dispares. No fue una lucha encarnizada, sino que se aprovecharon mutuamente para llevar espectadores al cine. Pura simbiosis. En lugar de rivalidad, entre ambos filmes había camaradería fomentada especialmente por sus futuros espectadores, que convirtieron la pugna en una sucesión de memes que intercambiaban los elementos más reconocibles de ambos filmes. La discusión en redes no era cuál iba a ser mejor, sino en qué orden habría que verlas y recomendaciones para poder asistir a las dos sesiones el mismo día.

El resultado: La imagen del verano de 2023 fueron las colas en los cines con miles de personas vestidas de rosa. La campaña publicitaria de Barbie saturó el mercado con una promoción a la altura de la expectación generada. No había ninguna alfombra roja en la que no nos encontrásemos con el Pantone 219C de Margot Robbie y la perpetua incomodidad de Cillian Murphy. Tras un estreno que superó todas las expectativas, la crítica trató bien a ambas, quizás un poco mejor a la cinta de Nolan, por la que también se decantaron los premios: 13 nominaciones y siete Oscars para Oppenheimer, frente al único premio de Barbie, el Oscar a la mejor canción. Un ninguneo que muchos ya habían barruntado ante la ausencia de Greta Gerwig y Margot Robbie entre las nominadas a dirección y actriz principal. Pero Barbie se resarció en la taquilla. Mientras Oppenheimer se quedaba a las puertas de recaudar 1000 millones de dólares en todo el mundo, Barbie llegaba a los 1500. Cifras desmesuradas que confirmaban el fin del efecto devastador del covid en las salas de cine y permitieron que la industria volviese a coger aire. Ese duelo lo ganaron los espectadores.

Wicked VS Gladiator 2: Brujas contra gladiadores

Si el Barbenheimer​ había funcionado, ¿por qué no sacarse de la manga el Glicked? Eso pensaron los que un par de años después del bombazo de las películas de Gerwig y Nolan intentaron revivir el fenómeno con Wicked y Gladiator 2. Dos propuestas que, al igual que las anteriores, no podían ser más opuestas. Wicked llevaba a la gran pantalla el megaéxito de Broadway que adaptaba, y dulcificaba, la novela de Gregory Maguire sobre la historia (nunca contada) de las brujas de Oz, y Gladiator 2 retomaba la historia que en 2000 había dirigido Ridley Scott con Russell Crowe como protagonista. La secuela de Gladiator tenía como aval los cinco Oscars de 12 candidaturas que había cosechado su predecesora y Wicked un libreto repleto de éxitos y a sus protagonistas. Cynthia Erivo y Ariana Grande eran Elphaba y Glinda y a su lado cantaban y bailaban Jonathan Bailey, el hombre más sexy del mundo según People, la oscarizada Michelle Yeoh, Jeff Goldblum y la estrella de Saturday Night Live Bowen Yang. En la nueva entrega de Gladiator, dos décadas después de escuchar aquello de “Me llamo Máximo Décimo Meridio”, descubríamos a un nuevo y heróico gladiador con ansias de venganza, una música conocida que incorporaba otro gran atractivo, la presencia de Denzel Washington. En principio iba destinada a un público opuesto al del musical, aunque Paul Mescal y Pedro Pascal en falda romana igual comparten más fandom con Wicked del que pueda parecer a priori.

El resultado: Al contrario de lo que sucedió con el Barbenheimer, Glicked no se estrenó exactamente el mismo día; el musical llegó una semana después y arrasó en las taquillas de medio mundo. Para quienes conocían su implantación en la cultura popular del mundo anglosajón, esos datos no resultaron sorprendentes. Desde que se anunció su rodaje, las redes se llenaron de memes en rosa y verde, propuestas de casting y fans berreando Defying Gravity. La taquilla estuvo acorde con el entusiasmo despertado: recaudó 750 millones frente a los 460 de Gladiator. Sí sorprendió que la crítica prefiriese el film de Jon M. Chu antes que el de Scott. También los Oscars que le otorgaron diez nominaciones a la primera por tan solo uno del retorno de Gladiator, que únicamente despertó interés en el área de vestuario. Un botín muy escaso para una secuela tan esperada.

Superman VS Los 4 fantásticos: Marvel y DC, frente a frente

Con escaso margen de diferencia, en el verano de 2025 se enfrentaron los reinicios de dos franquicias rompetaquillas. Por una parte, Disney daba el pistoletazo de salida a la Fase 6 del Universo Cinematográfico Marvel con Pedro Pascal, el hombre que en 2025 estaba en todas partes, como principal reclamo. Los cuatro fantásticos llegaba como una superproducción destinada a hacer olvidar los fracasos de las adaptaciones previas de los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby. En la otra esquina del cuadrilátero, DC, el otro gigante del cómic, sentaba al héroe por antonomasia: Superman. El vecino de Krypton volvía remozado con los rasgos de David Corenswet, cuya misión más complicada no era vencer a Lex Luthor, sino al recuerdo de Henry Cavill. Pero quizás la mayor estrella estaba tras las cámaras: DC había arrebatado a Marvel a James Gunn, el artífice del éxito de Guardianes de la galaxia. Y por si el hombre de acero no fuese lo suficientemente atractivo, incorporaron al perro Krypto, uno de los grandes atractivos del film, y, en una breve aparición, a Supergirl, un nuevo personaje destinado a tener su propia saga.

El resultado: Decepcionante para ambas. La nueva entrega del universo Marvel superó en su primer fin de semana en salas a Superman, pero la taquilla a nivel internacional dio la victoria final al de Krypton, que cosechó 618 frente a los 520 millones de dólares de Los cuatro fantásticos, según datos de Box Office Mojo. Buenas cifras si no se tienen en cuenta sus descomunales presupuestos y que las películas de Marvel suelen superar holgadamente los mil millones y la más exitosa de DC fue la Aquaman de Jason Momoa con 1.149 millones.

El planeta de los simios VS 2001: una odisea del espacio: perspectivas de futuro

Si el mayo de 1968 iba a ser recordado como el de la revolución de los estudiantes parisinos, el abril de 1968 es recordado por enseñarnos cuán pesimista podía ser ese futuro que los jóvenes franceses idealizaban. En su primera semana, 20th Century Fox y Metro Goldwyn Mayer estrenaron dos hitos de la ciencia ficción: El planeta de los simios y 2001: Una odisea del espacio. La primera tenía un atractivo obvio, Charlton Heston, el mismísimo Moisés de Los diez mandamientos, una gran estrella capaz de atraer masas a los cines. Ese atractivo fue el que hizo posible que llegase a la pantalla un proyecto en el que pocos creían, la historia de un astronauta estadounidense que aterriza en un planeta donde los simios tienen esclavizados a los humanos. El guion tenía muchos puntos a favor, especialmente un final impactante que está entre los más icónicos de la historia del cine, pero el temor a que el maquillaje de los simios provocase risas era uno de los mayores miedos de la productora. Si el resultado de la cinta de Franklin J. Schaffner era un misterio, más aún el del extraño proyecto que preparaba el británico Stanley Kubrick. Una película en la que también había simios, pero ninguna estrella destacable, con un presupuesto que no hacía más que aumentar y cuyo guion llevaba escribiéndose años y siguió haciéndolo incluso después de su estreno.

El resultado: Empate. Ambos hitos de la ciencia ficción, sorprendentemente, gustaron tanto a la crítica como al público y se convirtieron en clásicos instantáneos. A las dos les ayudó el boca a boca y 2001: una odisea del espacio acabó llegando al número uno de la taquilla americana dos meses después de su estreno. Las dos se colaron entre las más taquilleras del año y han seguido acumulando espectadores en cada uno de sus reestrenos. A día de hoy, la película de Kubrick ronda los setenta millones de dólares recaudados, mientras que El planeta de los simios solo supera escasamente los treinta, pero sus secuelas y reinicios la convierten en la saga cinematográfica de ciencia ficción estadounidense más longeva.

Cazafantasmas VS Gremlins: risas y terror al asalto de la taquilla

Si los preadolescentes cinéfilos de los ochenta tuvieran que elegir su día favorito de la historia, tal vez sería el ocho de junio de 1984. Fue el glorioso momento en el que llegaron a los cines Cazafantasmas y Gremlins, dos de las películas más relevantes de la década. Y pudo haber una tercera: Top Secret estaba programada para ese mismo día, pero finalmente Paramount entró en razón y la pospuso un par de semanas (con lo que acabó topándose con Karate Kid). La competición entre el film de Ivan Reitman con Dan Ackroyd y Bill Murray a la cabeza y las criaturitas de Joe Dante iba a ser encarnizada. Ambas tenían muchas similitudes: combinaban ciencia ficción y terror, en una se salvaba Nueva York y en otra el idílico y ficticio pueblo de Kingston Falls, y en las dos triunfaba el bien. Una tenía a Moqueador y la otra a Gizmo y las dos contaban con merchandising a raudales. Pero sobre todo las dos tenían como objetivo idéntico público: los jóvenes, el segmento más codiciado, pero sin descuidar al resto de la familia. Era cine para adolescentes que no aburría a los adultos. De hecho, hubo muchas quejas de padres horrorizados por las escenas excesivamente descarnadas de Gremlins.

El resultado: Victoria para Cazafantasmas. Con rostros tan populares como Ackroyd y Murray, más Sigourney Weaver y la pegadiza canción de Ray Parker Jr. Cazafantasmas partía con ventaja y fue la que se encaramó en lo más alto de la taquilla. Gremlins, por su parte, nunca pudo pasar de un honroso segundo puesto. La primera acabó recaudando casi trescientos millones y dando lugar a una secuela y dos reboots, mientras que Gremlins recaudó algo más de la mitad, suficiente como para que su segunda parte fuese inevitable. Para alegría de muchos, acaba de anunciarse una tercera que volverá a contar con el tándem Spielberg-Columbus al frente.

Armageddon y Deep Impact: el fin del mundo por duplicado

Que el temor al efecto 2000 y al fin del milenio estaba en el aire lo evidencian dos superproducciones que en 1998 hablaban sobre salvar a la humanidad de la catástrofe. Deep Impact y Armageddon contaban lo mismo y su estreno casi simultáneo pertenece al fenómeno llamado “películas gemelas”: producciones con una temática similar que coinciden en la pantalla, véanse Hormigaz y Bichos o Dante’s Peek y Vulcano. En este caso, la similitud estaba en la Tierra siendo amenazada por un cuerpo celeste que se acercaba inexorablemente y amenazaba con no dejar ni rastro de humanidad en el planeta. Deep Impact, que llegó primero, estaba dirigida por Mimi Leder —una anomalía en los noventa que tristemente todavía resulta llamativo: dejar presupuestos tan elevados en manos de mujeres— y contaba con Robert Duvall y Morgan Freeman como principales reclamos. Armageddon, por su parte, tenía al frente al dúo experto en explosiones Michael Bay-Jerry Bruckheimer y a Bruce Willis y Ben Affleck en el reparto. Amenaza planetaria aparte, son radicalmente distintas; mientras la de Mimi Leder pone el foco en los conflictos morales de los protagonistas, Bay lo sitúa en los músculos resplandecientes de Ben Affleck y en la bravuconería de Willis. Tampoco el nivel de espectáculo es el mismo; en Armageddon hay acción constante, marca de la casa, y un tema imbatible, el I Don’t Want to Miss a Thing de Aerosmith. Mientras que el punto fuerte de la de Leder es una ola majestuosa que aparece casi al final —y, vista hoy, una dignidad en la Casa Blanca más impactante que cualquier asteroide furioso—.

El resultado: A pesar de que la memoria colectiva prácticamente ha borrado Deep Impact, su resultado en taquilla fue bastante digno. Recaudó trescientos cincuenta millones frente a los quinientos cincuenta que acumuló Armageddon.

Mamma Mia! y El caballero oscuro: aquel primer Barbenheimmer

De haber existido las redes sociales en 2008, tal vez el enfrentamiento entre Mamma Mia! y El Caballero Oscuro (otra vez Nolan por medio) podría haber sido el primer Barbenheimer. Es difícil saber cuál habría sido su acrónimo, pero es innegable que ambos fenómenos tienen mucho en común, al margen de uno de sus directores. Una versa sobre un hombre oscuro y atormentado, la otra está protagonizada por una rubia dicharachera y ambas eran acontecimientos muy esperados. Batman volvía por la puerta grande de la mano de un director de prestigio y con Christian Bale dispuesto a hacer olvidar al fandom el paso por la saga del murciélago de los olvidables Val Kilmer y George Clooney. Y si la intensidad de Bale no era suficiente, ahí estaban un grupo de secundarios de campanillas encabezado por un Heath Ledger que ganó el Oscar póstumamente por su interpretación del Joker, Gary Oldman, Michael Caine y Morgan Freeman. Mamma Mia! por su parte tenía una baza insuperable, los hits de ABBA, y si eso no era bastante, allí estaba también Meryl Streep y sus más de veinte nominaciones al Oscar como aval, además Colin Firth, Pierce Brosnan, Stellan Skarsgård y Amanda Senfried flanqueándola. Un duelo en la cumbre.

El resultado: El Caballero Oscuro superó ampliamente a Mamma Mia! desde el primer fin de semana y así se mantuvo. Algo en lo que también influyó la diferencia de sus presupuestos. Nolan contó con 185 millones de dólares para El Caballero Oscuro y Phyllida Lloyd con poco más de 50 millones para Mamma Mia! Lo que repercutió en la promoción, los anuncios del nuevo Batman eran omnipresentes mientras que Mamma Mia! se basaba en el boca a boca. Durante toda su exhibición en cines, El Caballero Oscuro se impuso claramente recaudando más de mil millones de dólares en taquilla, mientras que Mamma Mia! tuvo que conformarse con cerca de seiscientos. Cifras mareantes que, como en el caso del duelo entre Nolan y Gerwig, se lograron gracias a la retroalimentación entre ambas. Los Oscars también se decantaron por Nolan, El Caballero Oscuro recibió ocho nominaciones y Mamma Mia! una… pero al Razzie a peor actor secundario para Pierce Brosnan.

Star Wars: El ascenso de Skywalker VS Cats: todos pierden

Pocas veces dos películas más esperadas defraudaron tanto a sus fans y cosecharon un resultado tan desigual. En las navidades de 2019 llegaron a la pantalla la última entrega de Star Wars y la adaptación del musical Cats. La saga galáctica se despedía, por el momento, con JJ Abrams a los mandos y Adam Driver y Daisy Ridley como protagonistas y antagonistas. Rey contra Ren, la lucha entre la luz y el lado oscuro de la fuerza. Lo de siempre, pero remozado para atraer a más público. Y luego estaba Cats. Si ni siquiera era consciente de que ha habido una adaptación cinematográfica del musical inspirado en un poema de Eliot, no es el único, y los que son conscientes han intentado olvidarlo. Sobre el papel, adaptar uno de los musicales más premiados de la historia, con temas tan reconocibles como Memory en su libreto y estrellas como Judi Dench, Idris Elba y Taylor Swift era un acierto seguro, pero una vez que las primeras imágenes salieron a la luz se convirtió en papel mojado. Lo peor es que no se alejaba mucho del montaje teatral de Andrew Lloyd Webber; lo malo es que las personas disfrazadas de animales en un teatro resultan más digeribles que en pantalla y, si para rematar los efectos especiales son mediocres, el rechazo es aún mayor. Y los de Cats no es solo que fuesen malos, es que ni siquiera estaban terminados cuando se estrenó la película.

El resultado: Ni la crítica ni los espectadores se entusiasmaron demasiado con la última entrega de Star Wars, pero no fueron tan vehemente como con Cats. La taquilla también dictó sentencia a su manera, la megaproducción Star Wars recaudó mil millones de dólares, una cifra astronómica, pero notablemente inferior a la del episodio anterior que superó los mil trescientos, mientras que Cats recaudó unos tristes 75 millones, lo que la convirtieron en una de las producciones más ruinosas del cine moderno.

 

 

Crímenes, secretos y una secuencia que creó escuela: la producción incomprendida de Spielberg que asustó a los niños e inspiró ‘Harry Potter’ ,,, 26.3.26

‘El secreto de la pirámide’, adaptación hollywoodiense de las aventuras de Sherlock Holmes, fascina cuarenta años después a varias generaciones que ven en ella el germen de muchas sagas que llegaron después

Alan Cox y Nicolas Rowe como Watson y Sherlock Holmes en una escena de 'El secreto de la pirámide' (1985).Sunset Boulevard (Corbis via Getty Images)

Mientras sonaba la elegante música de Bruce Broughton y los créditos finales de El secreto de la pirámide se deslizaban por la pantalla, veíamos un carruaje avanzar sobre la nieve, el mismo carruaje desde el que su protagonista, un joven Sherlock Holmes, se había despedido del fiel Watson. O eso creían los espectadores despistados. La sorpresa llegó cuando, tras adentrarse en un hotel, contemplábamos por fin el rostro del viajero y leíamos su firma en el registro de huéspedes: Moriarty. Un caramelo para cualquier seguidor de la obra de Conan Doyle, que acababa de descubrir el origen de un personaje esencial. ¡El enemigo de Holmes no había muerto y además se iba a convertir en su futura pesadilla! ¿El problema? Que en ese momento la mitad del público había abandonado la sala.

“Mucha gente no se quedó a ver los créditos”, reconoció su protagonista Nicholas Rowe en The Telegraph. “Y es una escena muy divertida”. No es raro que sucediese en su estreno, del que en España se cumplen estos días 40 años, pero ocurre todavía. Si uno no está atento, se lo lleva por delante la impaciente cuenta atrás de Netflix, la plataforma que la ha incorporado en su catálogo hace unas semanas. Hoy casi todas las películas de superhéroes o animación cuentan con no una, sino dos o hasta tres escenas postcréditos, pero a mediados de los ochenta apenas se habían visto un par de ejemplos que habían funcionado casi como un premio para los espectadores que se quedan en la sala. Además, en aquellas ocasiones su fin era humorístico y no afectaba a la trama principal, pero aquí era relevante. Mucho.

No fue la única aportación singular de la película de Barry Levinson; en ella aparece por primera vez un personaje generado íntegramente por ordenador. Fruto de la alucinación de un personaje, vemos que un caballero medieval armado con una espada abandona la vidriera a la que pertenece y le ataca. Tardaron seis meses en grabarla, aunque apenas dura medio minuto. Un hito que le sirvió para conseguir una nominación a Mejores Efectos Visuales, aunque perdió ante Cocoon. En el equipo estaba John Lasseter, que años después revolucionaría el cine de animación desde Pixar. Además de los últimos avances digitales, El secreto de la pirámide utilizaba también stop motion e incluso marionetas, como en la aterradora secuencia de los pastelitos de apariencia encantadora que atacan a Watson.

Watson es, al igual que sucede en las novelas de Arthur Conan Doyle, el encargado de contar la historia. El secreto de la pirámide comienza con su llegada a la ficticia Escuela Brompton, un prestigioso colegio masculino en el que conoce a Sherlock Holmes, un alumno inteligentísimo junto al que se ve envuelto en una investigación que implica varios asesinatos y una secta de adoradores de Osiris que busca vengarse de un grupo de británicos que años antes habían profanado las tumbas de cinco princesas egipcias. ¿Colonialismo? No, gracias.

Michael Eisner, jefe de Paramount, le había dado la premisa a Chris Columbus y este había desarrollado la historia. Un par de años antes, Columbus había enviado a Steven Spielberg un guion suyo sobre unas criaturas maléficas que había escrito mientras todavía estaba en la universidad. El director de E.T. se sintió fascinado por la historia de aquel chaval y Gremlins se convirtió en uno de los grandes éxitos de 1984. La unión no se acabó ahí; en aquel momento, Columbus estaba preparando una nueva película para Spielberg, así que escribía Los Goonies de día y El secreto de la pirámide de noche.

Como productor ejecutivo, Spielberg no pasó demasiado por el rodaje (estaba inmerso en El color púrpura), pero hizo aportaciones al guion y, tras desechar dirigirla, eligió a la persona que lo haría: Barry Levinson. “Sentí que Barry era una especie de director de acción-aventura frustrado que siempre había querido una oportunidad para hacer una película de aventuras; estaba convencido de que podía hacerlo”, afirmó Spielberg en The New York Times.

El primer escollo a superar fueron los herederos del autor original. Columbus confesó que estaba “muy preocupado por ofender a algunos de los puristas de Holmes”. Y nadie más purista que Dame Jean Conan Doyle, la hija de Sir Arthur. La heredera se horrorizó al ver las imágenes violentas de la película, tan alejadas de la pluma de su padre, y pidió cambios en el comportamiento de los personajes. Para ahorrarse problemas y representar con exactitud algo que les resultaba tan ajeno como la Inglaterra victoriana, Eisner contrató al experto en Sherlock John Bennett Shaw y al novelista inglés Jeffrey Archer para que actuara como consultor de guion y lo adaptase al inglés británico. Paramount también incluyó al inicio y al final un cartel que advertía que no está basada en los relatos de Doyle, sino que era una “especulación afectuosa” sobre cómo pudo haber sido la juventud del detective.

Columbus no tenía interés en los aspectos de la personalidad del detective que todos conocíamos ya. “Lo que más me importaba era por qué Holmes se volvió tan frío y calculador, y por qué estuvo solo el resto de su vida”, reveló. “De joven, se dejaba llevar por las emociones, conoció al amor de su vida y, como resultado de lo que sucede en esta película, se convierte en la persona que fue más tarde”. Ese era el cambio fundamental. Por lo demás, era una adaptación que respetaba la imagen que todo el mundo tenía del detective y su fiel compañero, que realmente era la de las adaptaciones cinematográficas de Basil Rathbone y Nigel Bruce a las que se homenajea durante el metraje. Para ello seleccionaron a dos actores que podrían evolucionar hacia esos personajes.

El desconocido Nicholas Rowe fue elegido entre once mil aspirantes, entre los que se encontraba Hugh Grant. Algo más de experiencia tenía Alan Cox (hijo del protagonista de Succession, Brian Cox), seleccionado para interpretar a Watson. Como era mucho más delgado de lo que exigía el personaje, se vio obligado a asistir al gimnasio para aumentar su volumen y usar prótesis para simular una gordura que no tenía, y como durante el rodaje creció demasiado, cosas de la adolescencia, en las últimas secuencias grabadas aparece sentado o en la lejanía. Junto a ellos estaba la también adolescente Sophie Ward, interpretando al interés romántico de Holmes —y poco más, es un personaje desaprovechado— y un nutrido grupo de prestigiosos actores británicos de carácter, la mayor parte vinculados de alguna manera al universo Holmes.

El Holmes de El secreto de la pirámide es canónico: alto, espigado, agudo y arrogante, y el guion de Columbus introduce con gracia sus elementos característicos (la gorra de cazador, la pipa, el violín, la capa Inverness y hasta el “Elemental, querido Watson”, tan familiar aunque nunca fuese escrita por Conan Doyle). También su capacidad de deducción a través de detalles aparentemente insignificantes y el Lestrade de Scotland Yard, que entonces era simplemente sargento. Todo suena familiar, excepto el carácter frío y distante del detective, que solo cambia cuando mira a su amada Elizabeth.

Sin embargo, a pesar de esas innovaciones refrescantes y de retratar a uno de los personajes más célebres de la literatura y que han generado una producción audiovisual más copiosa —la última, El joven Sherlock, estrenada en Prime Video y también centrada en su época de juventud—, esta es una película relativamente poco conocida. O sea: no es Los Goonies o Gremlins, a pesar de que también es obra de Spielberg y Columbus. Por eso sorprendió su escaso rendimiento en taquilla. Con un presupuesto de 18 millones de dólares, apenas recaudó 70 en todo el mundo, lo que frustró cualquier plan para una secuela esperable tras su secuencia postcréditos.

“Teníamos un posible contrato para tres películas”, reconoció Rowe. “Estaban esperando a ver cómo le iba a la primera”. El público le dio la espalda y la crítica no se enamoró, pero tampoco se cebó con ella, excepto Pauline Kael, que dijo que era “entretenida de forma insípida”. Spielberg no culpó al guionista. “Aunque su concepto de Holmes y Watson adolescentes no atrajo al público general, creo que sus personajes quedaron mejor plasmados en esa película que en Los Goonies o Gremlins”. Además, ha reconocido que es una película por la que siente un gran cariño.

¿Qué pudo suceder? Era demasiado infantil para los adultos, pero aterradora para los niños. Era una producción de Spielberg, pero faltaban elementos esenciales y enternecedores: aquí no había familias unidas y cálidas, sino niños desamparados que sufren peligros inimaginables. No hay figuritas adorables, no hay perritos dulces, hay personajes que se suicidan, se planean crímenes espantosos. Demasiado para los niños que acudían a las salas atraídos por el nombre del director de E.T.

Además, muchos encontraron demasiadas similitudes con el exotismo, las maldiciones y los sacrificios humanos de Indiana Jones y El templo maldito, película que fue escrita después que El secreto de la pirámide pero se estrenó antes. Hubo quien, directamente, la consideró un plagio.

Los espectadores modernos, sin embargo, perciben similitudes con otra saga literaria: Harry Potter. A lo largo de estos años, cada vez que un fan de los personajes de J.K. Rowling descubre el clásico de los ochenta, surgen las comparativas. No es difícil llegar a esa conclusión. Tres jóvenes, dos chicos y una chica, uno espigado y otro con gafitas redondas que, como nuevo en la institución, sirve para descubrirnos sus secretos. Todos viven en un internado inglés entre cuyos centenarios muros hay un rival petulante y adinerado cuyo pelo acaba siendo rubio oxigenado —¿alguien ha dicho Draco Malfoy?— y están amparados por un profesor jubilado, miembro de un claustro formado por personajes bastante peculiares. No hay competición de Quidditch, pero sí de esgrima, impartida por un hombre alto y oscuro al que no costaría ver interpretando a Severus Snape. Hasta hay un personaje con una herida en el rostro que no cicatriza.

Tal vez una joven J.K. Rowling fue al cine en 1985 y algo de lo visto en pantalla se quedó en su subconsciente. La escritora, que tiene opinión sobre tantas cosas ajenas a su desempeño, nunca ha mencionado nada al respecto. Sí ha hablado Columbus sobre las similitudes entre la ambientación de ambas producciones. Algo comprensible; después de todo, él fue el guionista de El secreto de la pirámide y el primer director que en Harry Potter y la piedra filosofal plasmó en pantalla el universo imaginado por Rowling. “El secreto de la pirámide fue, en cierto modo, un precedente de esta película”, confesó a la BBC. El secreto de la pirámide no tuvo un éxito instantáneo, pero su recuerdo prevalece en la memoria de muchos jóvenes a los que la oscuridad de la propuesta les hizo sentirse tratados como adultos.

 

 

Muere Chuck Norris, actor, icono pop y campeón de artes marciales, a los 86 años ,,, 21.3.26

Intérprete y figura popular, se hizo famoso en todo el mundo por sus papeles de acción

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Muere Chuck Norris, leyenda del cine de acción y artes marciales
El actor Chuck Norris posa durante la promoción de la película 'Hombres de acero', en 1985.Foto: Frederic Meylan (Sygma/Getty Images) | Vídeo: EPV

Uno de los Chuck Norris facts, las hipérboles sobre lo amenazante que resultaba su presencia, decía que Chuck Norris podía matar a la muerte, pero hoy ha quedado oficialmente desmentido. Norris, especialista en artes marciales, actor, productor, guionista y, en sus últimos años, figura esencial de la cultura pop, falleció ayer por la mañana, según informó su familia en su cuenta de Instagram. Tenemos que creérnoslo, claro, a pesar de que otro de esos facts que él mismo, orgulloso de ser un ejemplo de rudeza, virilidad y carácter, reunió en el The Official Chuck Norris Fact Book, decía que llevaba años muerto, pero la muerte no se había atrevido a decírselo.

Imaginamos que la parca, traicionera, lo habrá pillado desprevenido. A sus 86 años recién cumplidos, celebró su onomástica el día diez de este mes, lucía un aspecto físico envidiable. “¡Hoy cumplo 86 años!”, escribió en sus redes sociales. Nada como un poco de diversión en un día soleado para sentirse joven. Agradezco otro año, buena salud y la oportunidad de seguir haciendo lo que me apasiona. Gracias a todos por ser los mejores fans del mundo. Su apoyo a lo largo de los años ha significado muchísimo para mí”. Unas palabras que acompañaban una sesión de boxeo en la que seguía demostrando que el hombre que se había enfrentado a Bruce Lee en su película más legendaria, seguía en plena forma.

Chuck, nacido Carlos Ray Norris en Oklahoma en 1940, no imaginó en su juventud que sería una estrella de cine. Era un hijo abnegado que ayudaba a su madre y hermanas hasta que Corea se cruzó en su vida y la cambió para siempre. Se desplazó al país como miembro de la policía militar estadounidense y descubrió la versión coreana del taekwondo, el tang su do. Todos los soldados dicen que no vuelven del ejército siendo la misma persona; él, hiperbólico en todo, ni siquiera volvió con el mismo nombre. Tras su regreso fue “Chuk”. Adiós, Carlos; hola, gloria. No conforme con importar un arte marcial casi desconocida en occidente, decidió especiarlo un poco con sus propios talentos, añadió algo de muay thai, wrestling, brazilian jiu-jitsu, kárate y shotokan y lo llamó Chun Kuk Do, que significa algo así como camino universal, pero que todo el mundo llama “el sistema Chuck Norris”. Un arte marcial tan poderoso que era capaz de llevar a la muerte hasta el más recio de los pantalones, así que Norris se vio obligado a crear su propia marca: los Chuck Norris Action Pants, que parece algo salido de la mente de un guionista de Los Simpson, pero son totalmente reales.

No fueron sus diseños, sino su fama como profesor de artes marciales lo que lo acercó a Hollywood. En su cadena de gimnasios entrenó a alguna de las estrellas más relevantes de Hollywood, como el por entonces popularísimo Michael Landon o Steve McQueen. El protagonista de Bullitt fue quien le sugirió que tenía un don para la interpretación, aunque tantos críticos lo hayan puesto en duda, y un ilustre miembro de la pandilla de McQueen, el legendario Bruce Lee, quien le dio su primer gran papel, sería su archienemigo en El furor del dragón. Solo había un problema: tenía que dejarse ganar, cosas del guion. Lee ya era una estrella y Norris sabía que perder ante él era un pequeño pago por la gloria que sabía que le aguardaba. Y acertaba, los diez minutos de la pelea que protagonizaron son historia del cine. Además, era su amigo. Meses después, él y McQueen portaron el féretro de Bruce Lee tras su trágico fallecimiento.

No volvió a perder en pantalla, ni fuera de ella. Se convirtió en un icono de los ochenta. Con su barba pelirroja y su ropa vaquera, tenía cierto aire de americano medio, más que otros ídolos del cine de mamporros como Stallone o Schwarzenegger. Sabía pelear, tenía carisma y el patriotismo desmelenado de la era Reagan era un escenario perfecto para él. Se consagró gracias a McQuade, el lobo solitario, la trilogía Desaparecido en combate e Invasión U.S.A. Aunque ningún personaje le proporcionó más fama que el ranger de Texas Cordell Walker. Walker, Ranger de Texas, se emitió durante ocho temporadas. A sus ochenta y seis años seguía en activo y con un título en capilla, una película de zombis junto a Vanilla Ice. Su cine nunca fue el que hace desfilar por las alfombras rojas, pero sí el que conquista a millones de fans. De hecho, la web de calificaciones, Rotten Tomatoes 2011 le nombró “el peor actor de los últimos 25 años”; seguro que no tuvieron el valor de decírselo a la cara.

No fue solo un aguerrido patriota en la pantalla, también en la vida real. Se enfrentó (verbalmente) a Obama y también a Hillary Clinton, y su fervor por el Partido Republicano era tan manifiesto que su agente tuvo que desmentir que fuese uno de los exaltados que tomaron el Capitolio en 2021; solo era un tipo que se parecía a él. No hacía falta que lo aclarase; si Norris hubiese estado por medio, ahora el Capitolio sería su salón de té.


Todo está en ‘Orange is the New Black’ ,,, 21.3.26

Qué mal ha envejecido el heroísmo americano de Hollywood y qué bien la siempre reivindicable ‘Orange Is the New Black’. Y eso es malo para todos

Taylor Schilling y Laura Prepon, en 'Orange Is the New Black'.EFE

Que Ted Sarandos fuese objeto de las bromas de Conan O’Brien durante los Oscar refleja el impacto cultural de su plataforma. Fue hilarante el gag que versionaba Casablanca para los que ven películas mirando el móvil, aunque asusta más que la tía Gladys. Auguran que Netflix acabará con el cine; lo curioso es que cuando nació se decía que llegaba para salvar la televisión. En sus inicios, antes de que se dedicase a producir telefilmes de sobremesa de ocho capítulos (a favor de los telefilmes, pero si duran noventa minutos), nos ofreció series deslumbrantes como House of Cards y Orange Is the New Black. La primera era pura sofisticación y algunos se creyeron que la política era así: un ballet de asesores intrigantes y gobernantes taimados que siempre van dos pasos por delante, ¡ja! También se creían que era como Borgen, ¡ja ja! La segunda reflejaba las consecuencias de la política.

Las protagonistas eran una pareja de guapas, aunque las reales no lo eran tanto, pero al audiovisual le encanta embellecer; hasta Frankenstein es guapo ahora. Y eso cambia el cuento. Si la protagonista de El intercambio se hubiese parecido a Angelina Jolie, la policía de Los Ángeles habría levantado las aceras para encontrar a su hijo, pero como la verdadera Christine Collins era poco agraciada, le dieron al primer niño extraviado con el que se toparon. Las vidas guapas importan más. Su creadora, Jenji Kohan, ha confesado que las utilizó como caballo de Troya para contar lo que le interesaba de verdad: una historia de mujeres de orígenes, edades, físicos y sexualidades diversas, personajes poco vistos en pantalla. Su serie explicaba las miserias del sistema desde la perspectiva de los que se quedan atrás. En ella vi por primera vez los desmanes del ICE y el mercadeo de las cárceles privadas preocupadas por reducir costes y aumentar beneficios, y si no hay reinserción, mejor para los accionistas.

En la última temporada, ya en pleno trumpismo, abandonaban a una inmigrante herida en medio del desierto. Hace unas semanas apareció en EE UU el cadáver de un refugiado rohinyá —uno de esos conflictos brutales que no encuentran demasiado eco en los medios—. Estaba ciego y enfermo, era analfabeto y no hablaba inglés. Al personaje de Orange is the New Black la dejaban tirada los traficantes de personas; al refugiado lo abandonó a su suerte la patrulla fronteriza de ese país que su cine ha vendido como un referente moral. Qué mal ha envejecido el heroísmo americano de Hollywood y qué bien Orange is the New Black. Y eso es malo para todos.


 

 

Ballet, gatos, viejos tuits y delitos del pasado: cuando la polémica te pilla en plena campaña al Oscar ,,,

Timothée Chalamet y Jessie Buckley son solo dos casos más de una larga lista de actores y actrices nominados al Oscar que, cuando creían acariciar la estatuilla, ven como una controversia, ya sea absurda o muy grave, se interpone en su camino

Andrea Riseborough, Casey Affleck, Timothée Chalamet, Russell Crowe y Karla Sofía Gascón.Getty Images / Pepa Ortiz (Collage)

Cada año por estas fechas escuchamos que los Oscars han perdido relevancia, que no importan a nadie, que son un espectáculo fatuo de una industria decadente mirándose al ombligo. Frases hechas que se ven desmontadas cuando cualquier comentario de un nominado se convierte en titular que da la vuelta al mundo. ¿Por qué estamos debatiendo ahora mismo la relevancia del ballet y la ópera? Durante una charla para universitarios organizada por la CNN y Variety el pasado 21 de febrero, en la que compartía micro con el actor Matthew McConaughey, Thimotée Chalamet —en plena promoción de Marty Supreme, por la que está nominado a mejor actor— afirmó que no le gustaría trabajar en el ballet y la ópera porque son artes que hay que mantener con vida “aunque ya no le importen a nadie”.

Una boutade que no tardó en tener respuesta. La Met de Nueva York, la Ópera de París, la Scala de Milán, el Teatro Real de Madrid o el Liceu de Barcelona fueron algunos de los que afearon el comentario al actor, también estrellas de ambas artes y hasta el Saturday Night Live, que esta semana recordó que su película va sobre ping-pong y no es precisamente un deporte mayoritario.

El actor ha pasado de ser adorado como el mejor de su generación a generar cierto hartazgo por su aparente ansiedad por los premios y sus campañas agotadoras para conseguirlos, que incluyen toda clase de performances, y ya hay quien señala que, a pesar de presentarse como una especie de aristocracia neoyorquina, tan elevado no será si sale con una Kardashian.

La frase había pasado desapercibida, pero después de que la entrevista se subiese a redes, ese comentario se viralizó, quizás intencionadamente, ya que no es la única polémica que rodea a la película. Hace unas semanas salió a la luz que durante uno de los primeros rodajes de los hermanos Safdie (Marty Supreme es la primera película que graba Josh Safdie en solitario), un actor, bajo los efectos de la droga, había mostrado el pene a su compañera durante una escena sexual, una secuencia que no aparece en el montaje final y que no había tenido repercusión hasta que hace tres años se descubrió que la chica tenía 17 años, lo cual sí tenía consecuencias. Pero este era un detalle que entonces ignoraba Bennie Safdie (director de The Smashing Machine) y parece haber sido el desencadenante de la separación del exitoso dúo de cineastas. Obviamente, que este asunto se airee ahora cuando Marty Supreme ha conseguido nueve nominaciones al Oscar tampoco parece casual y sí una artimaña de otro contendiente.

Jugar sucio para ganar

El juego sucio en las campañas para hacerse con la estatuilla no es una novedad. Harvey Weinstein lo convirtió en un arte cuando consiguió que Shakespeare in Love le ganara a Salvar al soldado Ryan, pero llevan literalmente desde el primer día, o desde el segundo. Durante la segunda entrega de los Oscar, Mary Pickford, la primera gran estrella femenina de Hollywood, vio cómo la crítica destrozaba su primer papel con diálogo en Coquette, algo que era inaceptable para la diva que había creado la Academia (de la que su marido era presidente) que entregaba las estatuillas. Por eso llegado el momento de la votación, invitó a los encargados de elegir a los ganadores a tomar el té en su suntuosa mansión, tras lo cual ganó la estatuilla. Por entonces solo votaban cinco personas, pero a partir de aquel año se abrió la votación a todos los miembros de la Academia, tal como lo siguen haciendo hoy. Y eso ya es demasiado té.

Repasamos, a continuación, algunas polémicas que han perseguido a intérpretes nominados justo cuando estaban a punto de tocar la estatuilla.

Jessie Buckley: no te metas con los gatos

La polémica: podemos dudar de la popularidad del ballet y de la ópera, pero no de la de los gatos. La controversia más absurda de la carrera de los Oscars de este año, y quizás de la de cualquier otro, los tiene como protagonistas absolutos. Durante una entrevista conjunta de los protagonistas de Hamnet, Paul Mescal y Jessie Buckley, en la que se realizaban preguntas informales, ambos eligieron a los perros frente a los gatos, algo que no tendría mayor recorrido, pero la inmediatez de la respuesta de Buckley llevó a que le preguntasen si había una historia detrás. “Los gatos son malos”, aseveró. Y después contó que cuando empezó a salir con su esposo, él tenía dos gatos y uno de ellos no sentía especial simpatía por ella, lo que la llevó a plantear a su futuro esposo que eligiese entre los gatos y ella. “¡Gané!”, respondió exultante, después de comentar entre risas que sabía que esto podía hacer que la cancelasen. A pesar de haber sucedido el año pasado, por lo que sea, se ha hecho viral esta semana y son muchos los que se preguntan qué pasó finalmente con esos dos gatos.

El desenlace: las votaciones ya estaban cerradas cuando el comentario empezó a aparecer por todas partes, pero además es difícil que, por muchos amantes de los gatos que haya entre los votantes, una conversación trivial pueda impedir que la actriz que parte como favorita no se haga con el premio en la madrugada del lunes. De todas formas, para no perder el favor de la audiencia, se ha apresurado a disculparse alegando —esto es casi tan surrealista como la polémica— que realmente le gustan tanto los gatos que intentó ser uno de ellos en Cats, pero su prueba de casting fue desastrosa.

Karla Sofía Gascón: todas las polémicas a la vez en todas partes

La polémica: es imposible hablar de polémicas previas a los premios de la Academia sin mencionar a Karla Sofía Gascón. Española, casi debutante y mujer trans, era la ganadora más improbable de una estatuilla y a la vez la favorita por su papel en Emilia Pérez, un cuento de hadas que la llevaba en volandas a la gloria cuando el trabajo de Sarah Hagi, una periodista independiente de ascendencia musulmana, sacó a la luz decenas de tuits de la actriz criticando a media humanidad y trufados de comentarios racistas e islamófobos. Inexplicablemente, y a pesar de ser una apuesta millonaria de Netflix, nadie había revisado antes la cuenta de la actriz. El revuelo fue tan considerable que la plataforma la apartó de la promoción; de ser el principal reclamo, pasó a desaparecer de los carteles de la película. Sus compañeras, las también nominadas Selena Gómez y Zoe Saldana, temerosas de que pudiese afectarles, dejaron de mencionarla y el director Jacques Audiard afirmó “sentirse traicionado” por ella. Aunque unas declaraciones suyas asociando el idioma español con la pobreza ya habían creado una polémica paralela.

La ferocidad de la campaña contra la verborréica Gascon opacó otras dos polémicas en la misma categoría. Por ejemplo, unas imágenes de la brasileña Fernanda Torres en las que aparecía con la cara pintada de negro y un vídeo de Demi Moore besando a un niño de 15 años durante una fiesta cuando ella tenía 19. Unas imágenes que no habían visto la luz en cuarenta años y que misteriosamente aparecían justo cuando era una de las favoritas para alzarse con el Oscar.

El desenlace: a pesar de que se especuló con que la entrada a la ceremonia le había sido vetada, Gascón sí estuvo presente en la gala, aunque de manera discreta. Como era de esperar, no tuvo que caminar hacia el escenario porque el premio recayó en Mikey Madison por Anora. La onda expansiva de la polémica afectó a la película al completo; con sus 13 nominaciones, era la favorita absoluta, pero acabó llevándose tan solo dos. Perdió hasta la categoría de mejor película extranjera, que parecía reposar ya en las repisas de Francia, pero acabó en las de Brasil por Aún estoy aquí. Y como la de Alcobendas no olvida, este año ha subido una historia a sus redes sociales en la que le dice a Chalamet que esté tranquilo: “¿Eres una mujer trans? Entonces no te preocupes, Tim”, escribió.

Andrea Riseborough: queremos tanto a Andrea

La polémica: ¿Andrea qué?, se preguntará el lector. Y esa es la cuestión. La nominación de la inglesa Andrea Riseborough por To Leslie fue una sorpresa absoluta. Eran pocos los que conocían el nombre de la actriz y menos aún el de su película, la historia de una madre soltera que acaba cayendo en una espiral de autodestrucción tras ganar la lotería. Cuando se leyó su nombre junto al de Michelle Williams, Cate Blanchett, Ana de Armas y Michelle Yeoh en 2023, comenzaron las especulaciones, ya que había cierto consenso en que la quinta debía ser Viola Davis por La mujer rey. Que se hubiese colado en el podio final una interpretación que apenas había tenido repercusión en festivales ni premios previos resultaba un enigma que resultó tener una explicación sencilla. Era producto de una campaña orquestada por grandes luminarias de Hollywood como Judd Apatow o Gwyneth Paltrow, que habían utilizado sus redes sociales para impulsar la película y la actuación de la actriz. Otras intérpretes como Amy Adams habían ejercicio de moderadora en exhibiciones de la película, algo que también hiiceron Charlize Theron o Minnie Driver. Incluso se realizaron envíos de mails masivos y se pidió que se tuitease diariamente acerca de su trabajo, algo que hicieron estrellas como Susan Sarandon, Jennifer Aniston o Helen Hunt. Actividades que desafiaban las leyes de la Academia sobre los prohibidísimos grupos de presión.

El resultado: la descalificación de Riseborough planeó durante semanas por la cabeza de la Academia, pero tras el escándalo del año anterior por la bofetada de Will Smith pensaron que sería mejor amonestarla verbalmente asegurando que habían sido utilizadas “tácticas de campaña que han generado preocupación”, pero la nominación se mantuvo. Aunque se quedó en eso, una nominación, ya que la ganadora fue Michelle Yeoh por Todo a la vez en todas partes.

Cassey Affleck: el #MeToo que no es igual para todos

La polémica: en 2016 la polémica llegó a la Academia por partida doble. Durante gran parte del año se consideró que El nacimiento de una nación, la película de Nate Parker que narra la historia real de un esclavo negro que se rebeló antes de la Guerra de Secesión, iba a ser candidata a ganarlo todo, especialmente después de que su paso por Sundance se saldase con tantos aplausos como lágrimas. Pero justo antes de las nominaciones salió a la luz una denuncia por violación que el actor y director había recibido en 1999. “Fui acusado en falso. Acudí al tribunal y fui absuelto”, declaró Parker, que había sido juzgado y exculpado de los cargos; sin embargo, el escándalo fue suficiente para que tanto la película como Parker desapareciesen del mapa. Sin embargo, ese mismo año también salió a la luz, impulsado por el escándalo de Parker, que dos mujeres habían denunciado en 2008 a Casey Affleck, nominado al Oscar por Manchester frente al mar, por acoso sexual durante la grabación del falso documental sobre Joaquin Phoenix I’m Still Here. Los hechos tenían muchos puntos en común con el caso de Parker, ya que ambos casos estaban cerrados y legalmente ambos eran inocentes, pero diferían en otros. Parker es negro y un recién llegado cuya carrera previa era insignificante, pero Casey Affleck es un actor que ya contaba con una nominación previa y lleva un apellido con muchas conexiones en Hollywood. A pesar del ruido generado, Affleck arrasó durante la temporada de premios y llegó a la ceremonia como el gran favorito.

El resultado: Affleck se hizo con la estatuilla al Mejor Actor por su papel de padre doliente y la única condena fue la actitud de Brie Larson, encargada de entregarle el premio por haber sido la ganadora el año anterior, precisamente por una película en la que interpretaba a una mujer que había sufrido abusos. Se mantuvo impertérrita; no hubo ni sonrisas ni besos ni aplausos. Como no los había habido en los Globos de Oro cuando se había repetido la misma escena. Al año siguiente, y en contra de lo que suele ser el protocolo, Affleck no entregó el premio a la actriz ganadora.

Russell Crowe: una mente no tan maravillosa

La polémica: la película, gran favorita de su edición, estuvo marcada desde el principio por la controversia. Le echaban en cara haber blanqueado la figura del matemático John Forbes Nash eliminando todo rastro de su homosexualidad y su antisemitismo. Pero el gran clavo en el ataúd para su protagonista, Russell Crowe, lo apuntaló él mismo. Tras ganar el Bafta, un premio que generalmente asegura que ganes el Oscar, recitó un poema del irlandés Patrick Kavanagh, pero eso no llegó a verse en televisión porque, con una ceremonia que se había alargado más de lo previsto, la cadena decidió cortarlo. Algo que sulfuró al intérprete, que tras enterarse afirmó que estaba buscando al productor de gala y que se atuviese a las consecuencias. Y cualquiera que conociese el historial previo de mal carácter del protagonista de Gladiator podía imaginar que esas consecuencias tendrían que ver con sus nudillos. Según cuentan, finalmente dio con él y, aunque la sangre no llegó al río, sí que lo arrinconó amenazante. “No está magullado ni malherido, pero estoy seguro de que todavía le zumban los oídos”, declaró el actor al Sydney Morning Herald.

El resultado: a diferencia de lo que ha sucedido con Chalamet, el escándalo de Crowe se produjo en plena votación de los Oscars y el hecho de que se filtrase pudo haber afectado al resultado final. La película de Ron Howard se llevó todos los premios principales: película, dirección, guion adaptado y actriz secundaria, pero el Oscar a mejor actor principal acabó en manos de Denzel Washington por Training Day.

Mickey Rourke: el luchador noqueado

La polémica: como nada le gusta a Hollywood más que una resurrección, Mickey Rourke era el favorito emocional por su papel de un viejo luchador con problemas paterno-filiales en la película de Darren Aronofsky, El luchador (2008). El protagonista de clásicos como Nueve semanas y media y El corazón del ángel volvía a las grandes ligas tras alejarse del cine por el boxeo y convertirse en un meme por sus desmanes estéticos. Tanto ansió conseguir el premio que acabó generando una extraña polémica con otro nominado, Sean Penn, que ese año interpretaba al malogrado activista homosexual Harvey Milk. Según afirmó el Daily Beast, Rourke iba contando a quien quisiera escucharle que Sean Penn era homófobo, lo que convertía su papel en Milk en un gran acto de hipocresía. Un alto ejecutivo de Hollywood incluso compartió un mensaje que supuestamente le había enviado el actor: “Sean es un viejo amigo mío y no me convenció para nada su actuación”, le escribió, “además de que es una de las personas más homófobas que conozco”. A pesar de que su publicista se afanó por desmentirlo, aquellas argucias no eran algo inimaginable en Rourke.

El resultado: Sean Penn ganó su segundo Oscar y trató de minimizar la polémica echando la culpa a los medios. “Hay que admitir que me habían buscado una buena pelea. Pero son idiotas, porque no saben que todos los nominados estamos orgullosos y nos desafiamos los unos a los otros. Él es muy bueno quemando puentes, pero es alguien a quien yo he admirado y aconsejado”, afirmó un elegante Penn. “Yo mismo quise trabajar con él en El luchador y me pasé casi toda la película llorando”. Clase.

Chill Wills: exceso de entusiasmo

La polémica: actor, cantante y protagonista de clásicos como Río Grande, Gigante o Que el cielo la juzgue, Willis vio su oportunidad de escribir su nombre con letras de oro en la historia de Hollywood cuando recibió una nominación por El Álamo (1960), de John Wayne. Para tener más opciones, contrató a un agente de publicidad para que impulsara su candidatura. Y no solo lo hizo omnipresente hasta el hartazgo, sino que lo metió en algún aprieto. Publicó un anuncio en el que aparecía el nombre de todos los miembros de la Academia por orden alfabético junto a una foto de Willis y la leyenda: “Ganes, pierdas o empates, todos son mis primos y los quiero a todos”. Y quizás Willis debería haberle despedido en ese momento, ya que el siguiente anuncio fue peor. Mostraba fotos de todos los miembros del elenco de El Álamo rodeando al actor y acompañando la frase: “Nosotros, los del elenco de El Álamo, rezamos con más fuerza de lo que los verdaderos tejanos rezaron por sus vidas en El Álamo para que Chill Wills gane el Oscar a mejor actor de reparto. La actuación del primo Chill fue genial. Tus primos del Álamo". Lo que, además de provocar una gran vergüenza ajena, fue considerado una falta de respeto a un acontecimiento histórico en el que hubo cientos de muertos estadounidenses.

El desenlace: ni los rezos ni el dinero sirvieron de mucho, ya que fue Peter Ustinov quien se llevó el Oscar por su papel en Espartaco.

Gérard Depardieu: un Cyrano deshonrado

La polémica: pocas veces un actor extranjero había llegado a los Oscars con tantas posibilidades de hacerse con la estatuilla a mejor actor como Gerard Depardieu gracias a su majestuosa interpretación de Cyrano de Bergerac (1990) en la película de Jean-Paul Rappeneau. Entró en la recta final de los premios arropado por el público y la crítica y por toda Francia, que lo consideraba (y lo considera, a pesar de todo) un tesoro nacional. Todo iba sobre ruedas, hasta que se recuperaron unas declaraciones suyas de los años setenta en las que contaba haber participado en violaciones durante su juventud. Para aclararlo, concedió una entrevista en Time en la que respondía que “eso era normal en mis circunstancias, formaba parte de mi juventud”. Tras el revuelo, el francés puntualizó: “Quizás sería acertado decir que tuve experiencias sexuales a temprana edad”, rectificó. “Pero violación, jamás. Respeto demasiado a las mujeres”. Echó la culpa a la traducción, pero el medio afirmó haber realizado la entrevista en francés y tenerla grabada y se negó a retractarse.

El resultado: a pesar de la enconada defensa de los medios franceses, la presión sobre Depardieu fue tan fuerte que ni siquiera acudió a la ceremonia y siguió alegando que todo había sido una “monumental confusión”. El premio al mejor actor recayó en Jeremy Irons por El misterio Von Bülow y de las cinco nominaciones de Cyrano de Bergerac tan solo se materializó la de mejor vestuario.


El futuro que me inquieta, me atormenta y me perturba ,,, 3.4.26

Sé que no hay que apoyar la superchería, pero siento que echaré de menos a Esperanza Gracia, aunque a veces para predecir el futuro, solo hay que echarle un vistazo al pasado

Esperanza Gracia ha pasado 30 años dando el horóscopo en Telecinco.

Atendiendo al ruido, la noticia televisiva del trimestre es el paso de Marc Giró de TVE a La Sexta. No diré que se olía, pero sorprendió que, tras la baja de Buenafuente y Abril, no fuese el elegido para presentar las campanadas junto a Chenoa. Con su permanente actitud de cóctel queda fetén explicando protocolos de cuartos y carillones. Parecía más acertado que mezclar a Estopa y Chenoa, la pareja (trieja) con menos química de TVE hasta Tosar y Bandini. Vuelve a un grupo mediático que ya conoce, como Bertín, que retorna a Antena 3 tras más de 20 años, aunque yo habría jurado que nunca se había ido; igual es que lo mezclo con Joaquín, son la misma persona en distinto formato. Menos se ha hablado del acertadísimo fichaje de María Lamela por parte de Telecinco. Atresmedia ficha, pero también deja escapar e infrautiliza talentos. Si esto fuese fútbol, TVE estaría contraatacando con el fichaje de Iñaki López. Déjenme soñar a ser gerifalte.

Giró afirma que seguirá blandiendo el antifascismo que coló en El hormiguero. En el Ente lo ascendieron de la dos a la uno; aquí lo relegan a la hermana pequeña y solo había que ver las risas nerviosas de los tertulianos de Motos que esperaban su turno, para vaticinar que en Atresmedia difícilmente va a promocionar. No se veían rictus tan tensos desde los sufridores del Un, dos, tres. Aunque para contundencia antifascista, la de la argentina Dolores Fonzi en los Goya. “Vengo del futuro”, alegó para prevenirnos de la ultraderecha. Esas son las viajeras del tiempo útiles y no la que nos vendía lejía. También los de Outlander, que viajan al pasado para recordarnos que las pelucas empolvadas han pasado de moda, pero la violencia contra las mujeres y el odio a los diferentes son atemporales.

Del futuro habla la protagonista de la noticia televisiva más impactante para mí: el adiós de Esperanza Gracia y su horóscopo en Telecinco. Sé que no hay que apoyar la superchería, que empiezas dando credibilidad a las psicofonías del Palacio de Linares y acabas quitándosela a una corresponsal a pie de guerra, como ha sucedido en Horizonte. Pero qué quieren, será que estamos en pleno Mercurio retrógrado y me pongo rara, o que admiraba que en tres décadas no se hubiese metido en ningún charco, pero siento que la echaré de menos, especialmente ahora que hay tanto en el mundo que me inquieta, me atormenta y me perturba. Aunque a veces, para predecir el futuro, solo hay que echarle un vistazo al pasado.


“¿Cómo puedes haberte desnudado?”: cuando las estrellas de Hollywood lo arriesgan todo para cambiar de registro ,,, 6.3.26

Esta temporada está marcada por el intento de dos estrellas juveniles para salir de sus papeles habituales: Jacob Elordi y Sidney Sweeney, con diferentes resultados. Repasamos a algunos valientes que lo intentaron antes

Andrés Pajares, Meg Ryan, Robert Pattinson, James Van der Beek y Liam Neeson.Getty Images / Collage: Pepa Ortiz

“¡Garbo ríe!”. Así se anunció en 1939 Ninotchka. La promoción del clásico de Ernst Lubitsch se basó en el cambio de registro de Greta Garbo; la sueca pasaba de interpretar a prostitutas amargadas, reinas dolientes y cortesanas tuberculosas a reír a mandíbula batiente. La película fue un éxito y demostró que la divina era más que un busto muy fotogénico. A lo largo de la historia del cine, pocas estrellas se han resistido a mostrar su rango diversificando sus interpretaciones. Meryl Streep fue una heroína de acción en Río salvaje; la reina de la comedia adolescente Molly Ringwald pasó de dramas románticos edulcorados a ser la Cordelia del Rey Lear de Jean-Luc Godard y Sandra Bullock fue premiada con un Oscar por pasarse al cine serio en Un sueño posible. Este año, compiten en la cartelera los cambios de tercio de dos jóvenes estrellas que coincidieron en la televisiva Euphoria: Sidney Sweeney y Jacob Elordi.

Mientras la transformación física de la primera para meterse en la piel de una boxeadora lesbiana se ha saldado con un rotundo fracaso, Elordi ha visto como cubrir su hermoso rostro con los costurones del monstruo de Frankenstein le ha servido para aspirar al Oscar a mejor actor secundario. Esta suerte dispar es el elemento común de muchos cambios de registro. Repasamos, a continuación, algunos de los más sonados y que tuvieron muy diferentes resultados para los críticos (o para la carrera de quienes lo intentaron).

James Van der Beek en Las reglas del juego (2002)

El cambio: El llorado James van der Beek fue durante las seis temporadas de Dawson Crece el perfecto ejemplo de adolescente blanco, heterosexual e intenso pero sanote. Un dechado de virtudes con el corazón dividido entre su amor por Steven Spielberg y su mejor amiga Joey Potter. Harto de un arquetipo cuyo principal legado fue un meme llorón, decidió romper con su imagen con un personaje que Rolling Stone consideró el “anti-dawson”. En Las reglas del juego, dirigida por Roger Avary, socio de Tarantino en Pulp fiction, y basada en la novela de Breat Easton Ellis, interpretaba a Sean, un psicópata de apellido Bateman. ¿Les suena? Efectivamente, ese Sean es es el hermano menor del american psycho Patrick Bateman. Van der Beek era un camello nihilista y amoral a cuyo alrededor giraban un puñado de estrellas jóvenes que también querían darle un nuevo aire a su carrera, como Ian Shomerhalder, el futuro Boone de Perdidos, interpretando a un homosexual enamorado, y Jessica Biel, que pasó de la muy mojigata Siete en el paraíso a cimbrearse por el vestuario del equipo de fútbol americano con un short y una botella de whisky y meterse cocaína hasta que la sangraba la nariz.

El resultado: El actor tenía claro por qué se implicaba en el proyecto. “No podía pedirle a la gente que pagara 10 dólares para verme hacer en una película lo que podían verme hacer en televisión gratis”, declaró. La cuestión es que pocos pagaron esos 10 dólares. Las reglas del juego no pudo cambiar la opinión de los espectadores sobre Van der Beek porque no la vio nadie. La película de Avary fue un fracaso en taquilla que recibió críticas terribles. Y él no estuvo muy en desacuerdo con ellas: reconoció que el guion estaba inconcluso cuando firmó y que la campaña para venderla había sido desacertada. “¡Los anuncios y los tráilers eran de una película totalmente distinta! No la habría visto. Y desde luego no habría salido en ella”. Van der Beek, que no tuvo ningún otro éxito relevante en el cine, volvió a la televisión y consiguió su mayor reconocimiento interpretándose a sí mismo en Apartamento 23.

Meg Ryan En carne viva (2003)

El cambio: La carrera de Meg Ryan daría para una película tan entretenida como la mejor de sus películas. A principios de los ochenta, Ryan era considerada por Hollywood la representante oficial de “la chica de al lado”. Un encanto cotidiano que la llevó a la cumbre gracias a las comedias románticas de Nora Ephron y a alguna incursión en un cine más “serio” como Cuando un hombre ama a una mujer o En honor a la verdad, discretos tropezones que se sustentaban gracias a su carisma. Su carrera iba sobre ruedas hasta que en el año 2000 se implicó en Prueba de vida y mantuvo un aireadísimo romance con su compañero de rodaje Russell Crowe. A partir de ese momento se convirtió en la mujer más odiada de Estados Unidos. El público la detestó por engañar a su marido, el también actor Dennis Quaid. Y que Quaid tuviese un historial de infidelidades y abusos de sustancias y que el matrimonio solo se hubiese mantenido gracias a Ryan no importó a nadie. El filme hundió tanto su carrera que decidió reinventarse con un thriller erótico dirigido por Jane Campion, una apuesta casi segura, ya que años antes la neozelandesa había llevado al Oscar a Holly Hunter.

El resultado: Si nadie quiso verla haciendo sus sempiternos mohines en Kate and Leopold, su primer estreno tras el escándalo de su infidelidad tampoco despertó mucha atención su papel de profesora inmersa en una trama policíaca, a pesar de que junto a ella se encontraban un Mark Ruffalo que empezaba a brillar y la siempre solvente Jennifer Jason Leigh, pero el público no compró y la crítica se dividió, cuando no fue cruel. “¿Cómo puedes haber salido desnuda? Deberías haber preparado a tu público antes de hacer algo diferente”, le espetó en la BBC Michael Parkinson durante la promoción. Años después, la actriz confesó que había sido su peor momento en una entrevista. “Era como si me riñera por haberme desnudado. Se comportó como un padre que desaprobaba lo que hacía. No somos familia, aléjate de mí”. El presentador se disculpó… 18 años después, pero ya era tarde.”Fue un antes y un después en mi carrera. La reacción fue cruel”, afirmó en 2019 en una entrevista con The New York Times. “Desde entonces todos los publicistas me han dicho que debería haber preparado a mis seguidores, porque el sexo echa a la gente. Nunca me había presentado tan sexual, era muy diferente al arquetipo que me habían asignado”. Nunca hubo redención para ella, en parte por las veleidades del público y también por su falta de tino para escoger sus siguientes papeles.

Steve Carell en Foxcatcher (2014)

El cambio: Le conocimos al lado de Jon Stewart en The Daily Show, pero fue su papel de Michael Scott, el desastroso jefe de la serie The Office, el que le convirtió en una estrella y le hizo ganar el Globo de Oro. Se especializó en papeles de adulto cándido sobrepasado por las circunstancias en películas como Virgen a los cuarenta, Sigo como Dios o Superagente 86. Pero en medio de comedias tronchantes ya se vislumbraron sus esfuerzos por mostrar otro registro en películas como Pequeña Miss Sunshine, donde interpretaba a un hombre homosexual que se recuperaba de un intento de suicidio en una familia disfuncional. El giro definitivo llegó con Foxcatcher, el drama sobre lucha libre que le unió a Channing Tatum y Mark Ruffalo. En ella Carrell se metía en la piel de John du Pont, un turbio millonario, mecenas de deportistas y asesino. Un personaje real para cuya encarnación nadie habría pensado en Carrell. El papel requirió una nariz protésica y más de tres horas diarias de caracterización.

El resultado: Óptimo. La película se estrenó en Cannes con éxito y Carrell recibió una nominación al Oscar y otra al Globo de Oro. La crítica fue unánime: “excepcional”, escribieron sobre su primer papel protagonista en un drama, pero no el último. Poco después acompañó a Julianne Moore y Elliot Page en la historia sobre los derechos de los homosexuales Freeheld y volvió a recibir una nominación al Globo de Oro por interpretar a otro personaje real en El precio del poder, el secretario de defensa de George W. Bush Donald Rumsfeld. También fue el padre de un hijo adicto, Timothée Chalamet, en la melodramática Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo. Pero no descuidó la comedia (le hemos visto en Amigos imaginarios) ni la televisión (hace un par de años se sumó al reparto de la serie de Apple TV The Morning Show interpretando a un presentador acusado de acoso).

Liam Neeson en Venganza (2008)

El cambio: No uno, sino dos cambios radicales han tenido lugar en la carrera de Liam Neeson. En sus primeros años puso su porte desgarbado y su mirada melancólica al servicio de papeles de época como Michael Collins o Los Miserables y se consolidó como el héroe moral por antonomasia gracias al Oskar Schindler de La lista de Schindler. Además de con Spielberg, ha trabajado con Woody Allen y Scorsese, y entre sus papeles más recordados está el del padre viudo de Love Actually, una cinta premonitoria; su mujer, la actriz Natasha Richardson, moría poco después a causa de un trágico accidente. En 2008 dio un giro radical en su carrera gracias a la saga Venganza y su papel de Bryan Mills, un exagente del gobierno con un divorcio traumático a sus espaldas que decide tomarse la justicia por su mano cuando secuestran a su hija adolescente en París. Una cinta de acción anómala en su carrera y más aún habiendo sobrepasado la cincuentena, pero fue él de hecho quien reclamó protagonizarla tras cruzarse casualmente con el guion. “Mira, estoy seguro de no estar ni cerca de tu lista de actores para esto, pero fui boxeador, me encanta hacer las escenas de pelea y he hecho algunas películas de brujería con espadas y esas mierdas. Por favor, piensa en mí para esto”, le espetó al productor Luc Besson.

El resultado: Neeson ha contado que durante el rodaje se sintió como un niño en una tienda de juguetes, pero tenía la certeza de que aquella pequeña producción europea iría directamente a las estanterías de los videoclubs. No fue así. Con un presupuesto exiguo, acabó recaudando más de doscientos millones de dólares, dio lugar a dos secuelas y convirtió a Neeson en el rey del “cine para padres”. Un trono en el que se ha consolidado gracias a títulos como Venganza bajo cero, En tierra de santos y pecadores o Una noche para sobrevivir. El año pasado dio un giro aún más inaudito en su filmografía, pasando a la comedia más alocada en la nueva versión de Agárralo como puedas, donde interpreta a Frank Drebin, Jr., el hijo del personaje que había interpretado Leslie Nielsen, pero esta vez el cambio de registro no funcionó tan bien.

Robert Pattinson en El faro (2019)

El cambio: Pattinson nació para reinar en las carpetas adolescentes y así lo certificó la ciencia, o más bien un experto en cirugía plástica que le adjudicó un 92,15 % de media en “la proporción áurea griega de la belleza Phi, que mide la perfección física”. Ahí es nada. El británico lució esos rasgos tallados por los mismos dioses en la saga Harry Potter, donde fue Cedric Diggory, y sobre todo en Crepúsculo, la saga que convirtió a él y a su compañera (dentro y fuera de la pantalla) Kristen Stewart en estrellas planetarias. Parecía destinado a producciones de cine adolescente y cintas románticas al estilo de Recuérdame y Agua para elefantes, un camino sencillo, pero al igual que Stewart, dio señales tempranas de un claro interés por apostar por un tipo de cine más arriesgado. Los muchos ceros de su cuenta bancaria le permitieron acercarse a proyectos pequeños como Cosmopolis, la adaptación de una novela de Don DeLillo realizada por David Cronenberg, con quien repitió en Maps to the Stars, y trabajar con directores tan radicales e independientes como Werner Herzog y Claire Denis. Pero, sin duda, ninguna película le alejó más de la idea que muchos tenían de él que El faro de Robert Eggers. En blanco y negro y junto a Willem Dafoe casi como única compañía, dio vida a un farero aislado en un remoto islote de Nueva Inglaterra. Un thriller alucinado y con tintes sobrenaturales inspirado en un relato de Edgar Allan Poe. Un proyecto que él mismo buscó después de quedar fascinado por el trabajo previo del director.

El resultado: Reconoció que el trabajo en la película de Eggers había sido extenuante, debido especialmente al clima extremo que tuvieron que soportar, y que antes de verla en pantalla no entendía demasiado bien la película, pero el balance fue positivo. Recibió una nominación a los Independent Spirit Awards, todo un logro teniendo en cuenta que su paso por Crepúsculo le hizo merecedor de cuatro nominaciones al Razzie, y el respeto de la crítica. Un reto superado al que siguió otra cinta también de difícil comprensión, Tenet de Christopher Nolan. Y después llegó The Batman, una versión más juvenil del hombre murciélago que lo llevó de nuevo a los blockbusters.

Leslie Nielsen en Aterriza como puedas (1980)

El cambio: Su físico (alto, corpulento y de facciones marcadas) le había convertido en uno de los rostros favoritos de la televisión de los sesenta y setenta, donde lo mismo interpretaba a un galán algo soso con maneras aristocráticas que a un villano inexpresivo. Tuvo papeles en todas las series relevantes de la época: Alfred Hitchcock presenta, Colombo, Los hombres de Harrelson, Vacaciones en el mar o Kojak y apareció en un par de títulos cinematográficos relevantes, el clásico de ciencia ficción Planeta prohibido y La aventura del Poseidón. Leslie Nielsen estaba en todo y esa omnipresencia y su hieratismo le llevaron a que un trío de jóvenes guionistas que serían conocidos como los ZAZ se fijara en él. Todos conocían su cara, pero apenas nadie recordaba su nombre. Era perfecto para protagonizar un guion paródico sobre catástrofes aéreas que estaban preparando. Los productores intentaron convencerles de que optasen por un rostro asociado a la comedia, pero ellos tenían claro que Nielsen era su hombre e insistieron, y él aceptó dar un giro radical a su carrera cuando ya sobrepasaba los cincuenta.

El resultado: Cuando leyó el guion, supo que aquel médico inmutable era el personaje de su vida y rogó a su representante que le consiguiera el papel. Fue un acierto total. La película se convirtió en un éxito inesperado y él era el personaje que provocaba más carcajadas. Su carrera no volvió a ser la misma; de hecho, no pudo retomar los papeles serios porque el público se reía solo con verle aparecer en pantalla. Repitió papel en la secuela de Aterriza como puedas y logró el mayor éxito de su carrera de nuevo junto a los ZAZ en la trilogía Agárralo como puedas. Tras ella llegó una retahíla de títulos similares, siempre con el mismo tipo de humor que le llevaron a trabajar con genios del humor como Mel Brooks y Chiquito de la Calzada.

Melissa McCarthy en ¿Puedes perdonarme? (2018)

El cambio: Se hizo popular luciendo encanto y hoyuelos en la cálida Las chicas Gilmore, donde interpretaba a la pizpireta cocinera Sookie St. James, y fue protagonista de Mike & Molly, lo que la llevó a ganar el premio Emmy a mejor actriz de comedia, al que ha sido nominada en ocho ocasiones, cinco de ellas por sus descacharrantes intervenciones en Saturday Night Live. También ha triunfado en cine gracias a comedias alocadas en las que ha desplegado su humor físico de trazo grueso, como Cuerpos especiales, junto a Sandra Bullock, Espías o La boda de mi mejor amiga, por la que obtuvo una nominación al Oscar a mejor actriz secundaria, todo un hito para una comedianta. Su nombre ya era sinónimo de humor cuando se embarcó en la biografía de la escritora Lee Israel, una especialista en biografías con un carácter endiablado que acabó siendo denunciada por falsificar cartas de escritores famosos.

El resultado: McCarthy se incorporó a la película dirigida por Marielle Heller después de que Julianne Moore fuera despedida y su atinada composición de la compleja Israel le valió su segunda nominación al Oscar, esta vez en la categoría principal. McCarthy dejó claro que tiene talento tanto para el drama como para la comedia, pero no la hemos vuelto a ver en un papel serio. Tal vez lo hagamos si alguna vez ve la luz El asesinato de JonBenét Ramsey, en la que está previsto que interprete a la madre de la malograda modelo infantil.

Andrés Pajares en ¡Ay, Carmela! (1990)

El cambio: Formó junto al recientemente fallecido Fernando Esteso una exitosa dupla que protagonizó títulos clave del cine español como Los bingueros, Yo hice a Roque III o Los energéticos. Películas con un humor poco sofisticado que llenaban los cines y definieron la comedia de los setenta y ochenta. Con ese bagaje nadie esperaba que fuese el elegido por Carlos Saura para protagonizar ¡Ay, Carmela!, la adaptación de Rafael Azcona de la novela de Sanchís Sinisterra sobre un trío de titiriteros que intentan sobrevivir tras quedar atrapados en el bando franquista durante la Guerra Civil. Una obra en la que no hay mucho humor chusco sino más bien tragicomedia, y requería una finura interpretativa que pocos le presumían al cómico.

El resultado: Tan sorprendente fue la elección de un actor encasillado que entonces ya no se encontraba en el pico de su popularidad como su extraordinario trabajo. La crítica se rindió ante él, salió premiado del Festival de Montreal y consiguió el Goya al mejor actor protagonista, al que ese año también aspiraba Antonio Banderas por Átame. Un éxito que le abrió puertas que parecían cerradas para él. Le ofrecieron interpretar clásicos en el Teatro Español y Pedro Almodóvar contactó con él para protagonizar Tacones lejanos, papel que finalmente acabó en manos de Miguel Bosé. Pero él se sentía cómodo en la comedia y prefirió seguir interpretando la clase de papeles que le habían convertido en uno de los rostros más famosos de la ficción patria.

Sylvester Stallone en Alto o mi madre dispara (1992)

El cambio: Su nombre es sinónimo de cine de mamporros, aunque al inicio de su carrera dejó claro que estaba dotado para mucho más, consiguiendo que un guion escrito por él se convirtiese en la película más nominada de los Oscars de 1977. Rocky aspiró a diez estatuillas, de las que dos le correspondían a él: una como actor principal y otra como guionista, nada mal para un cachas. A pesar de haberse convertido en un icono del cine de acción, Stallone siempre ha querido algo más. Reinó en la taquilla y en los videoclubs gracias a la saga Rambo y títulos como Yo, el halcón o Cobra, el brazo fuerte de la ley, pero tanto como actor, productor, guionista o director, siempre aspiró a dejar huella en más géneros que la acción, lo que le llevó a embarcarse en algún producto muy alejado de su imagen como Oscar ¡quita las manos!, una comedia de John Landis ambientada en los años veinte que le proporcionó los peores datos de recaudación de su carrera y especialmente ¡Alto! O mi madre dispara. Un desastre en el que, según confesó en Fox & Friends, se metió por Arnold Schwarzenegger. Al parecer, sabiendo que Stallone intentaría hacerse con el papel, el protagonista de Terminator insinuó que estaba muy interesado en un guion que sabía desastroso. Aunque ahora ambos son amigos, durante mucho tiempo rivalizaron fieramente por los mismos papeles. En la película de Roger Spottiswoode, Stallone interpretaba a un policía que recibía la visita de su madre, interpretada por Estelle Getty, la Sophia Petrillo de Las chicas de oro. Parecía una combinación ganadora. Parecía.

El resultado: La crítica de EL PAÍS salvó a Getty, pero de Stallone dijo que era “como Mazinger Z imitando a Chiquito”. No fue la más malévola. Su fracaso en taquilla, sumado al batacazo que había recibido su anterior comedia, le hizo volver a terreno seguro y a éxitos como Máximo riesgo o Demolition Man.


Marc Giró en ‘El hormiguero’: el “seductor” Pablo Motos une a las dos Españas ,,, 

Si Atresmedia decidió lanzarlo contra ‘Supervivientes’ es porque consideran a su fichaje un plato fuerte. Y el invitado actuó en consecuencia

Marc Giró, durante la entrevista de esta noche en 'El hormiguero'.Foto: Cortesía de El hormiguero | Vídeo: Atresplayer

Era consciente Marc Giró de que si lo lanzaban frente al estreno de Supervivientes en Telecinco es porque Atresmedia lo considera un plato fuerte, le otorgan un honor que generalmente reservan a estrellas de Hollywood o a Miguel Ángel Revilla. Y actuó en consecuencia, entró en el plató hipervitaminado y mineralizado y con la clase de energía que sólo se ve en los anuncios de complementos para la tercera edad. Motos trataba de reconducir un bólido que parecía más indomable que la castaña que le ha diseñado este año Aston Martin a Fernando Alonso, pero su invitado, tozudo, empezó afeando el programa del día anterior y censurando a Los Morancos sus comentarios poco halagüeños sobre el físico de Jorge Javier Vázquez. Algunos con un extraño tufo a homofobia, lo que sirvió para que Giró poseído en ese instante por el espíritu de la doctora Ochoa explicase los beneficios del sexo anal a un Pablo Motos que, imagino, agradeció no tener ninguna cirugía reciente, porque la risa falsa le habría desgarrado las costuras. A Motos le interesaban menos los placeres que otorga la fricción de la próstata que exhibir el trofeo que le había arrebatado a TVE y no tardó en sacar a colación el asunto, pero a Giró no le interesaba tanto y se fue por los cerros del fascismo.

Quizás, fabulemos, prefirió adelantarse a las motosierras que ahora se encontrarán con un Dani Rovira desnortadísimo, si es que la propia TVE no lo manda antes de vacaciones permanentes. Late show ha muerto, viva Cara al show.

Estaba claro que la sangre no iba a llegar al río y tras una pausa de publicidad, que por una vez no duró lo suficiente como para sacarse un grado medio, aunque muchos espectadores lo hubiesen agradecido para coger aire, Giró aligeró: “Las dos Españas juntas, lo que no ha conseguido Arturo Perez-Reverte con David Uclés lo has conseguido tú”, ahí es nada. “Eres un seductor, remató”, hablándole como Mark Rutte a Donald Trump, no sea que papi se enfade.

Marc Giró en ‘El hormiguero’

Giró siguió exhibiendo personaje, que es lo suyo, y también reivindicando a Pedro Sánchez, algo que solía ser una broma recurrente en su programa en la pública. “Pedro Sánchez me parece un gran político y me parece que lo está haciendo bien”. No he visto los más de 3.000 programas de El hormiguero, pero estoy segura de que esa combinación de palabras no ha sido pronunciada jamás previamente.

“Hilais muy fino con Pedro Sánchez y muy poco con la ultraderecha”, insistió el catalán. “No estamos de acuerdo en todo, pero eso no implica que no nos podamos llevar bien”, le respondió Motos en un momento Pimpinela al que le faltó un coro cantando kumbayá. “La ultraderecha no tiene nada de bueno y lo pueden ustedes comprobar”, siguió, porque Giró había ido a hablar de su libro, pero esa frase que en TVE conseguiría un aplauso estruendoso, tuvo como resultado un silencio sepulcral, igual el regidor estaba despistado en ese momento, tuvo que ser una hormiga, no me pregunte cual, la que puntualizó que “en El hormiguero están en contra del fascismo”. Aquí faltó un rótulo que advirtiese que el programa no se hace responsable de las opiniones de sus insectos.

La puntería en el inodoro

Como poco pudo sacar un desbordadísimo Motos del locuaz Giró, fueron Trancas y Barrancas las que se encargaron de las preguntas “cosa que Pablo no ha podido hacer”, reconoció el entrevistado. Gracias a ellas supimos que es un mariquita de sota caballo al que le gustaban las Barbies y cómo va de puntería en el inodoro. ¿Este es el programa más visto? Me lo expliquen.

Después llegó el experimento, girar, que para algo se apellida Giró, en una suerte de rueda tricolor en la que tuvieron que sentarse frente a frente con las piernas entrecruzadas. “Nunca había hecho esto con un hombre” confesó Giró, “te da más morbo porque soy hetero”, respondió Motos.

Y yo ahora necesito que vuelva a ser legal la lobotomía porque no puedo vivir con este recuerdo.

El vídeo original del programa y otros contenidos de ‘El Hormiguero’ pueden verse aquí.


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