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LEILA GUERRIERO El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026

Sentía una exaltación infantil, boba, porque era una exaltación que venía de ninguna parte, venía sin motivo

2 min.
Elaboración de pan casero. Getty Images

Disculpen la modestia: el otro día amasé un pan extraordinario. Esperé con paciencia a que la levadura se alimentara, puse la cantidad exacta de materia grasa, usé más agua de la habitual. Amasé despacio, hundiendo los dedos en esa criatura que crecía como un ser vivo. Lo tapé con cuidado, lo puse en un sitio donde le gusta crecer con virtud. Después me fui a correr. Estábamos a cinco grados en Buenos Aires y yo venía de un Madrid a treinta y tres. Corrí con pies ligeros en torno al cementerio de mi barrio. Vi pocas personas, pocos autos. El único sonido era el de mis zapatillas en el pavimento, un ruido limpio, transparente, lleno de soledad. Sentía una exaltación infantil, boba, porque era una exaltación que venía de ninguna parte, venía sin motivo. No sucedía nada extraordinario, no iba a suceder. Al regresar, el pan había crecido. Lo dejé tranquilo un rato mientras leía fragmentos de La Ilíada (aunque prefiero La Odisea). La enumeración de las naves, la batalla entre Aquiles y Héctor, el glorioso festín funeral, la frase con que termina el libro, que no leo con el cerebro sino, como decía Nabokov, “con la espina dorsal”, y que dice: “Se honró de esta manera a Héctor, el domador de caballos”. Al terminar, volví a amasar el pan, encendí el horno a fuego fuerte, dispuse la masa en una bandeja, le hice cortes en la superficie, la espolvoreé con harina, la metí al horno y esperé. La casa se llenó del aroma de lo que no existía y de pronto existe. Veinticinco minutos más tarde, ahí estaba: el pan extraordinario. Yo ni siquiera como pan, amaso el pan para otro, para otros. Es mi ofrenda, mi celebración. Quizás nunca vuelva a amasar un pan así, con esa placidez que no necesita ninguna cosa, con la cabeza perdida en la levadura, el esfuerzo físico y la Aurora de dedos de rosa cantada por Homero. Pero, como dice ese poema terrible de Carlos Drummond de Andrade: “De todo queda un poco (…) A veces un botón. A veces una rata”.

 

La invasión

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest. ZOLTAN FISCHER HANDOUT (EFE)

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

 

 

1976-2026: la memoria ,,, 21.3.26                                                                             

¿Por qué es importante recordar la dictadura militar en la Argentina? Porque el silencio dice: “No nos arrepentimos”

Detalle de un cartel con fotografía de bebés robados durante la dictadura argentina y de jóvenes recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo. Natacha Pisarenko (AP)

El 24 de marzo se cumplen 50 años del comienzo de la dictadura militar en la Argentina. Quisiera decir algunas cosas. Breves. Obvias. Desde 1976 y hasta 1983, cuando retornó la democracia, en más de 600 centros de detención clandestinos se torturó, vejó y asesinó a miles de personas, en su mayoría militantes de organizaciones de lucha armada, pero no solo. Unos 300 bebés, hijos de las secuestradas que parieron en cautiverio, fueron apropiados por los represores y entregados a militares o civiles que los criaron como propios. Solo 140 de esos niños conocen hoy, ya adultos, su identidad, con consecuencias no siempre felices (saber es mejor que no saber, pero saber es difícil), y 160 continúan en la oscuridad. Desde el juicio a las juntas de 1985, con algunos retrocesos como las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, habíamos consensuado que aquello no fue una guerra sino terrorismo de Estado: de un Estado que decidió aniquilar a sus ciudadanos. Quisiera decir que habíamos estado de acuerdo en que las Fuerzas Armadas no cometieron errores ni excesos, sino que asesinaron, torturaron e incurrieron en delitos “comunes” ―violaciones o robo de bienes―, que difícilmente puedan justificarse aduciendo que se los cometía en nombre de la lucha contra el comunismo, etcétera. Quisiera decir que hay represores condenados, pero que ninguno ha dado información: no han revelado dónde están los restos de los desaparecidos, ni en manos de quiénes están aquellos bebés ―hoy hombres y mujeres― apropiados. Quisiera decir que nadie va a torturar a esos señores para que entreguen datos porque tuvieron y tendrán algo que les negaron a quienes desaparecieron, violaron y asesinaron: un juicio justo. ¿Por qué es importante recordar? Porque ese silencio dice: “No nos arrepentimos”. Porque ese silencio dice: “Hicimos lo correcto”. Porque ese silencio dice: “Aquí estamos y lo volveríamos a hacer”.

 

La sirena ,,, 21-3-26

Aquella criatura estaba en este mundo traída por mi voluntad y mi deseo

En un momento de mi niñez empecé a dibujar sirenas. Las dibujaba en todas partes: en las etiquetas de la antigua fábrica de cerveza de mi familia, en los cuadernos del colegio, en los blocs donde mi abuelo hacía las cuentas de su almacén y anotaba las deudas. Eran hermosas de manera tradicional: pómulos altos, ojos grandes, pelo abundante y una cola con escamas terminada en una aleta fabulosa. Las imaginaba nadando en el ojo azul de los océanos, solitarias, magníficas, abriéndose paso entre peces y corales. No necesitaban nada, y el único sentido de su existencia era irradiar belleza. Eran muchas, pero siempre la misma: un ser universal, fantástico, capaz de existir sin explicaciones, justificada por la pura delicia de su armonía descomunal. Una vez llegó a la pequeña ciudad en la que crecí una instalación extravagante, atracciones de circo dispersas en carromatos que se instalaron, según mi memoria, en el centro. No recuerdo cuáles eran las otras rarezas —¿mujeres barbudas, hombres forzudos?—, pero en uno de esos carromatos había una sirena. Si se apoyaba el ojo en una mirilla, al fondo de una pecera (seguramente turbia, con piedras de colores y algas de plástico), podía verse a una mujer pequeña, con un soutien celeste y cola de pez, encerrada en una burbuja. Me produjo asco, repulsión. No porque fuera fea, sino porque, puedo verlo ahora, aquella cosa estaba seca, muerta, era un eco torpe, una representación. Mi sirena, en cambio, existía, era un ser que estaba en este mundo traída por mi voluntad y mi deseo. Nadaba en una humedad fértil más acá y más allá de la muerte y era inmensamente libre. Aquella cosa encerrada en la pecera era el intento burdo de encarnar lo imposible: de encarnar un sueño. Ya no dibujo sirenas, pero llevo dentro de mí los cristales lisérgicos de la infancia que me recuerdan que las sirenas existen y navegan todos los días dentro de mi sangre y cerca de mi corazón.

 


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