Teleficciones 1 Los programas (1951-1970)

Teleficciones 4 - Su gente

Teleficciones 2 Los programas (1971-1990)

Teleficciones 5 - Su gente

Teleficciones 3 Los programas (1991-2012)

MANUEL JABOIS El País 2026

lunes, 6 de julio de 2026

Una ocasión ganada ,,,

Está por nacer el argentino que a mí me haga odiar Argentina, y no será porque no lo han intentado

3 min.
Vozinha de Cabo Verde ataja un balón este viernes, en el partido de los dieciseisavos de final del Mundial de la FIFA 2026 entre Argentina y Cabo Verde en el estadio Hard Rock en Miami Alberto Boal (EFE)

El Mundial es la oportunidad que nos da Dios a los madridistas de ir por una vez con el débil. No estrictamente, claro: vamos con el débil cada vez que se enfrenta a un archienemigo. Pero en el Mundial no hay Barças o Atléticos, no hay selecciones a las que un madridista, por ser madridista, odie por defecto. Se odia, sí, pero cada uno por razones personales, no institucionales. Por ejemplo, supongo que muchos madridistas seguirán considerando a Messi el peor de sus males y deseen su fracaso (no es mi caso, si bien creo que con ganar Qatar 2022 ya fue suficiente) o selecciones de cualquier otro ogro que hayamos sufrido, pero está por nacer el argentino que a mí me haga odiar Argentina, y no será porque no lo han intentado. Entre una selección europea y una latinoamericana, América siempre.

Así que cuando digo que el Mundial es la oportunidad que nos da Dios a los madridistas de ir, al menos una vez, con el aficionado del equipo débil, me refiero a intentar entenderlo, a intentar comprenderlo, a meternos en la piel —odiosa y absurda expresión— del equipo que queremos que gane y sin embargo pierde por la misma razón por la que pierden tantos rivales del Madrid: no porque juguemos mejor, sino porque los aplastamos. Por inercia, por piloto automático, porque el curso de los acontecimientos —deliciosa expresión— conduce casi siempre a la lógica, y al final suele dar igual quién merece qué, sino qué es lo más normal.

Por eso perdió Cabo Verde: porque lo más normal era que perdiese. Que gane la Argentina de Messi a Cabo Verde es tan lógico que ni siquiera marcando un golazo Cabo Verde, jugando tan limpio el balón, teniendo la cabeza tan alta y la bota tan suelta, pudo ganarle. Como cuando llega el modesto de turno al Bernabéu, le pega un baile al Madrid y el resultado es 3-0 con goles de Villarroya, Spasic y Perica Ognjenović que tú, como madridista en el estadio, ni te enteraste, ni viste ni los goles, no sabes ni siquiera si esos tres han jugado alguna vez juntos (ni de coña). Es decir: se gana porque se tiene que ganar, es lo que dicen las apuestas, es el peso de la lógica del universo: el planeta gira.

Por eso, cuando Cabo Verde marcó el segundo gol en la prórroga a Argentina y parecía que la cosa se iba a los penaltis, y el gol fue un golazo descomunal, me acordé de mi amigo el exmadridista Tinaia, hoy currando en el Telleiro de Sanxenxo de otro exfutbolista, Nel, y yo pensé: “ojalá David tumbando de una pedrada a Goliat”. Hombre, por fin, después de tantas veces deseando que Goliat ganase, que el gigante aplastase al pequeño a pesar de méritos y justicias. Tantas veces pidiendo que, al dispararle la piedra con la honda, Goliat cayese inconsciente sobre David y lo dejase hecho papilla. Ahí estaba la heroica Cabo Verde, ahí estaban los familiares de los atuneros caboverdianos de Burela, que han hecho de estos días una fiesta descomunal cada vez que su selección, y un poco ya la nuestra, jugaba.

Pero Argentina ganó como ganan los grandes: dejando al pequeño la consolación de haber sido mejor, más valiente, más hermoso, incluso inolvidable. Todo menos vencedor. Así que durante unos minutos Cabo Verde nos permitió a los madridistas descubrir una sensación bastante exótica: la injusticia. La del que sabe que ha hecho todo bien y aun así va a perder. Sensación incómoda que pasa muchas veces en la vida. Produce una mezcla de orgullo y ganas de romper cosas que los aficionados del Madrid solemos delegar históricamente en los demás. Y claro que no hace falta ir con Cabo Verde para saber lo que es perder: ya lo hacemos bien por nosotros mismos. Pero perder de forma inmerecida, partiendo tan de abajo y siendo tan inferiores, eso ya no lo hemos sufrido tanto. La Copa del Mundo es un diván.


Feijóo no tiene caja fuerte pero sí ‘El hormiguero’ ,,,,

El presidente del PP fue recibido con un conteo de escándalos socialistas pero, aclaró Motos, de eso hablarían después. Lo importante: “Hablemos de usted como presidente”

02:30
Feijóo se muestra dispuesto a gobernar con Vox en 'El Hormiguero'
Feijóo, en 'El hormiguero'.Vídeo: ATRESMEDIA

Empezó fuertísimo Alberto Núñez Feijóo en El hormiguero. Dijo que, antes de empezar, él tenía que lanzar un mensaje especial a alguien. Todos nos cogimos de las manos. Se lo preguntó Motos, además: quieres decir algo antes de empezar, ¿verdad? Sí, sí, dijo Feijóo, “qué remedio”. Y le mandó un abrazo enorme a Ilia Topuria, le dijo que la derrota también era parte de esto y que daba igual: seguía siendo el mejor del mundo y al carallo, ya se puede poner la UFC como quiera. Motos dijo: “Aún tengo el cuerpo revuelto”. Motos es muy amigo de Topuria, como Sergio Ramos. Ahora se les suma a la pandilla Feijóo, no te lo pierdas. Ojalá pronto Feijóo en un combate con outfit para la ocasión. De todas las increíbles pasiones que el político de Os Peares ha adquirido por la vida adelante, la de artes marciales mixtas hay que digerirla bien.

Lo hará. Eso fue lo que quedó más claro en el insípido, grisáceamente mitinero programa estrella de Antena 3 de este miércoles. Que Feijóo está ya tan en modo presidente que no le importará digerir cosas peores que los trompazos a Topuria.

“¿Está en peligro la democracia?”, preguntó con la habitual mesura el presentador. “No”, dijo Feijóo. Peeeeero.

Lo cierto es que la actualidad política socialista merecía más humor. Hubo algunos puntos, como cuando Feijóo explicó que el departamento de Filatelia es, en Correos, el espacio reservado para los más sabios, y fue el lugar que dirigió Leire Díaz. “Es agotador. Cada día, algo nuevo”, se quejó Motos de las noticias sobre el PSOE.

“¿Qué tiene que pasar para que Sánchez adelante las elecciones?”, lanzó Motos a Feijóo, que perdió la oportunidad de contestar: “Pues hombre, podemos poner en peligro la democracia”.

Fue recibido el presidente del PP con un conteo de escándalos socialistas pero, aclaró Motos, de eso hablarían después. Lo importante: “Hablemos de usted como presidente”. “Decencia, decencia”, dijo Feijóo. Menos baches en la carretera, llegó a citar en una alocada enumeración. Y acabó: “Volvamos a darnos la mano. Construyamos puentes”. “Han pactado con Vox y aceptado la prioridad nacional”, le dijo Motos. Son papeles públicos, recordó Feijóo, y en los papeles se habla de arraigo, de que quien más tiempo lleve censado tenga prioridad. “Usted es de Valencia”, observó en algún momento Feijóo. Motos asintió. “No distinguimos entre español e inmigrante”, insistió Feijóo. “No se dice eso. Tenemos que ordenar los recursos. Hay que priorizar”.

Hubo mensaje intrépido de Feijóo, cómo estarán los tiempos: “Voy a aceptar el resultado de las urnas. Pido cuatro años de confianza”. También avisó de que no quería los votos de Bildu, que parece ser que está por la labor de dárselos.

“¿Usted tiene caja fuerte?”, preguntó Motos. “No, no la necesito”.

Hubo un momento muy tierno que hay que ser político, o estar cerca de ellos, para entenderlo. “Yo empecé a manejar dinero público a los 29 años, he manejado dinero público unos 27 años”, dijo. Él mueve.

“¿Es creíble que Sánchez no se haya enterado de esto que está pasando?”, preguntó Motos, al que ya le estaban agarrando entre varios, ¿hay derecho, hay derecho a esto, Alberto? Feijóo miraba para todas partes incómodo, pensando en dónde estarán las dichosas hormigas.

Archivado En






 
Ir al contenido

El ‘Operación’

No hay día en que no aparezca un escándalo que afecte al Gobierno y vea a alguien con las dichosas pincitas y las manos en tembleque

Juego 'Operación', presente en el Museo Andaluz del Juguete 'Vintage', en Osuna (Sevilla). PACO PUENTES

No sé si recuerdan el Operación. Era un juego en el que se mezclaba la precisión quirúrgica, pulso de ladrón de guante blanco y miedo infantil al sobresalto. Sobre la mesa estaba el paciente, un cuerpo creo que de plástico, con varias cavidades abiertas. En cada una había una pieza blanca, el hueso que había que extraer. El jugador cogía unas pinzas metálicas unidas al tablero por un cable y debía sacar una de esas piezas sin tocar los bordes. En eso consistía el juego: en contener la respiración y confiar en que el pulso no traicionase. Si las pinzas rozaban el metal del borde, sonaba un zumbido irritante, se encendía la nariz roja del paciente y la operación fracasaba.

No hay día en que no aparezca un escándalo que afecte al Gobierno y vea, en las televisiones o en las ruedas de prensa, a alguien con las dichosas pincitas y las manos en tembleque. No hay día en que no recuerde ese juego infantil viendo a cargos socialistas tratando de extraer la polémica del día, una noticia o una citación judicial, una tasación de joyas, lo que sea, sin que amenace con sonar el zumbido terrorífico. Se trata, yo lo entiendo, de desvincular al Gobierno de lo que hayan hecho sus excargos y de desvincular al PSOE de lo que hayan hecho sus exdirigentes. Para eso se necesita buen pulso y destreza, demasiada.

Y algo más: menos escándalos. Ni hay pinzas para tantas cavidades, ni los jugadores tienen la sangre fría y la paciencia de Pedro Sánchez, que es el más interpelado por las causas abiertas a sus números dos y al que, sin embargo, le suena menos el zumbido del Operación. Existen varias confianzas entre los socialistas y su extraño entorno, para el que hablar de actualidad no te convierte en periodista sino en adversario. El cómico Luis Álvaro cuenta que él jugaba al Operación incluso cuando se quedaba sin pilas, pero entonces ya no era el Operación sino el Autopsia. Que no se enfade tanto el PSOE porque el zumbido suene y los medios informemos y opinemos de sus escándalos, que peor será cuando no importen.

Archivado En






 
Ir al contenido

Querer tímidamente que gane España y otros vicios

Los patriotas desvinculados emocionalmente de la selección no podrán impedir algo: celebrar un gol de España. El poder del fútbol es inimaginable

Los jugadores de España se entrenan en Chattanooga, Tennessee (EE UU), antes del estreno del lunes ante Cabo Verde.BRETT DAVIS (IMAGN IMAGES via Reuters)

Quedo para cenar con una de las personas que más quiero en el mundo: nos unen muchos años de amistad repletos de viajes y locuras (y detenciones), varias pasiones compartidas y, sobre todo, un amigo común muerto repentinamente. Solo por esto, nos dijimos algún día aunque él quizá no lo recuerde, nos vamos a querer siempre, aunque él no deje de expresar su deseo de fusilarme en cuanto la democracia caiga: porque estamos unidos por algo imperecedero, algo que vivirá siempre porque ya ha muerto.

Mi amigo es uno de los hombres con más cultura y capacidades que conozco. También es una de las personas que más repudio políticamente. Por supuesto, esto último es secundario y ni me va ni me viene: el amor no va de leer programas electorales, y si va, a veces ya es demasiado tarde. Tiene la primera virtud de todas: es divertidísimo. El caso es que, esa noche, mi españolísimo amigo me contó su apasionado deseo de que España perdiese cuanto antes y de la peor manera. Sospecho que mi amigo odia a la selección española por los mismos motivos que a mí me resulta simpática: no tiene a ningún jugador del Madrid, juegan un par de negros buenísimos sin pureza de sangre patria y va convocado Gavi, que es como un cochito teledirigido con el mando roto, cosa que me alegra porque nos recuerda lo cerca que hemos estado todos de jugar un Mundial.

¿Van los españoles con España? Muchos patriotas no, cosa lógica porque entre España y Estados Unidos y entre España e Israel, suelen elegir el extranjero. Ser patriota en España es una profesión complicada de cojones. Uno piensa que es ponerse una pulsera, pero qué va: hay que afiliarse al enemigo. La cena con mi amigo fue provechosa porque me vi defendiendo algo que ya perdí: el forofismo con la selección. Fui un niño y un adolescente para el que la selección era casi tan importante como el Real Madrid. Y sus eliminaciones eran especialmente traumáticas, terribles. 2010 lo celebré muchísimo, aunque ya no era el que hubiera empeñado su vida por ganar USA 94. Poco a poco, sin más explicación que la biológica (creo), España me ha empezado a dar bastante igual. Quiero que gane el Mundial, celebraré los goles sin romperme ningún hueso saltando, y si pierde, no habrá demasiada pena. No es política: es que me hago viejo, mi corazón se estrecha y ya solo cabe un equipo. Pero eso qué más da.

Todo esto me llevó a pensar en la relación que los españoles tenemos con la selección de fútbol, es decir: los 26 elegidos del deporte más popular del mundo para representar a tu país. Una relación, como la que tenemos entre nosotros, ciertamente esquizofrénica. Mi amigo no porque es superdotado, y sé que no lo hará, pero el resto de patriotas desvinculados emocionalmente de la selección no podrán impedir algo: celebrar un gol de España. Es una anomalía tal que nadie puede sustraerse a esto, y aquí está el quid del Mundial y hasta de la patria: podemos fingir que no está, pero si te pinchan, saltas. No pretendas nunca odiar a un equipo al que amaste antes. Y así con las personas también. Puedes hacerte el descreído, el adulto y hasta el analista geopolítico, pero en cuanto la pelota entra por la escuadra, descubres que sigues siendo el mismo imbécil feliz de siempre.

Archivado En






 
Ir al contenido
conversaciones a la contra

Vega, cantante: “Ya no sé cómo lidiar con discográficas. Si lo hiciese, sería insufrible”

“La cultura amenaza con convertirse en una zona en la que las ovejas pastan sin saber que tienen un alambre de espino rodeándolo todo”, dice en esta entrevista la artista cordobesa

Vega, ayer en Córdoba.Chencho Martínez

Vega (Córdoba, 47 años) escribe al periodista un largo mensaje de texto poco después de colgar: “Por primera vez en mi vida quiero calma y luz. Ya vitalmente”. Una de las artistas más inclasificables y genuinas de la música española, una de las cantantes y compositoras más respetadas, decidió hace muchos años inventarse un carril propio y no el que la industria le ofrecía; precisamente ella, que hizo fama en Operación Triunfo. El resultado es una relación más cómplice con su público, discos y canciones que salen sin la injerencia de directivos y un sello suyo, La Madriguera, con el que trabaja a destajo.

Pregunta. Sigue con su empresa, entiendo.

Respuesta. Es que si no, me tiro por un barranco. Yo ya no sé cómo lidiar con discográficas. Sería insufrible.

P. ¿Hubo un detonante para crearla?

R. Lo que le puede pasar a cualquiera que no esté dentro de los cánones de industria. Si no cumples con sus estándares, si quieres algo más personalizado desde el principio, si quieres tener control sobre tu carrera, si quieres tener control sobre la parte artística, si quieres hacer las cosas de una forma distinta, atender al público no como ganado… Me fui para hacer las cosas de otra forma, lo mejor que podía. Me podía haber ido mejor y me podría haber ido peor también. La cultura amenaza con convertirse en una zona en la que las ovejas pastan sin saber que tienen un alambre de espino rodeándolo todo.

P. Acaba de llenar La Riviera en Madrid hace unos días, el 29 de mayo.

R. Esa es la gran osadía. Hay un público muy trabajado y muy cuidado durante muchos años. No puedo ser la artista que más se queje de cómo van las cosas. Me mantengo con mis derechos de autor de lo que escribo para otros, me mantengo de lo que trabajo yo y de lo que hago, y de una oficina que no cierra, como cualquier autónomo. Y tengo un público que me responde. Si a mí hay veces que se me atraganta y digo “qué poquitas ganas” o “qué difícil es todo”, no quiero pensar en tantos artistas a los que conozco.

P. Usted con la música, desde siempre.

R. Yo soy andaluza. Aquí la música es como el agua corriente que sale del grifo. Se vive como algo cotidiano y natural. Estoy asociada a instrumentos, a música, canciones, a compartir, a cantar en reuniones desde que soy muy chiquita.

P. Y la guitarra.

R. Ahí hubo una evolución [ríe]. Después de la flamenca, yo quería la Les Paul de Slash.

P. ¿La música exige compromiso para hacerla?

R. La cultura ha sido un motor de cambio dentro de la sociedad: y ahora mismo la está cambiando, pero no para bien. Muchos de los movimientos musicales que han surgido culturalmente lo hicieron como una rebelión ante alguna injusticia social o ante algún poder político que estaba delimitando una sociedad. Ahora tenemos una sociedad dispersa. Al final, el “priorízate”, el “cuidarte” y el “yo” lo hemos mezclado con “priorízate tú en todo”. Y lo social se desdibuja.

P. ¿Tiene proyecto nuevo?

R. Si un creador te dice: “No tengo ningún proyecto en mente”, es mentira o no es creador. Tengo algo entre manos y lo sacaré cuando me apetezca, y cuando sienta que tengo que hacerlo. Al final evalúas costes, evalúas el momento, cuándo hacerlo, disponibilidad y, sobre todo, tu estado. En mi caso, el estado personal en el que estoy. Soy artista y compositora, lo que tú quieras, pero también soy madre de una niña. Quiero conciliar, quiero poder estar los días que tiene libres, que son los fines de semana, justo cuando yo no estoy.

P. Está en paz.

R. Necesito paz. Hablar sale carísimo, es asumir un coste tremendo. Entiendo perfectamente a quien no lo hace.

P.

R. El día que abra mi caja de Pandora... Pero necesito que se muera mucha gente, como la serie de Victoria Martín [ríe]. Lo que me faltaba ahora son demandas.

P. ¿Hay mucha impunidad?

R. Muchísima. Porque hay gente que mira para otro lado. Ahora hay gente que se cuida de no dejar por escrito ni señales de lo que hace, porque ya sabe, porque ya ha vivido antes cosas que lo ponen de manifiesto. O sea, que hay mucha impunidad y mucha gente interesada en que exista. Y señalar tiene costes altísimos.

P. ¿Hablamos de contratos leoninos, de abusos en cláusulas, de abusos laborales, de abusos sexuales?

R. De todo. Yo no conozco una carrera en la que no se haya dado esto.

P. Usted contó hace unos años en este periódico que su primer contrato lo leyeron su padre y su tío y le dijeron: “Sal de aquí”.

R. Fueron simpáticos: “Has firmado que mataste a Manolete”. Es verdad que fue mi primer contrato y yo ya estaba dentro de la televisión, pero ese contrato ya estaba roto antes de salir.

P. Ajá.

R. De hecho, salí precipitadamente gracias a eso [Vega participó en la segunda edición de Operación Triunfo, en 2002, donde quedó en noveno lugar].

P. ¿Salió del programa por eso?

R. Sí, bueno. Me pusieron una canción, me echaron y todas esas cosas que se suelen hacer en los programas. Pero fuera ya estaban los abogados sentados mirando mi contrato porque yo no estaba de acuerdo con él.

P. Ya estaba sentenciada, digamos.

R. Sí, claro. Es televisión, ¿eh? No es distinto de cualquier otro programa. Todo tiene un guion. Y muchas veces el guion no lo saben ni los que lo están interpretando. Igual el error es pensar que la televisión es una academia de verdad. La academia te la da la calle, te la dan los músicos, la gente que está preparada y lo que aprendes durante muchos años.

P. Es curiosa la imagen: usted concursando y los abogados fuera rescindiendo el contrato.

R. Mi primer disco es el único que no sale bajo el paraguas de Gestmusic. Si vendías 200.000 copias de tu canción, tenías un disco automático. Y yo vendí 200.000 copias de mi canción, la única canción que era de autoría propia. Me ofrecieron un disco. Cuando vi lo que me ofrecieron dije que no y me fui a mi casa. Y Carlos Sanmartín vino a ofrecerme un disco con mis canciones fuera de todo aquello.

P. Qué cosas.

R. De lo que recuerdo en mi carrera hay cosas más abruptas, sobre todo al principio. Era más joven, más verde. Pero siempre fui una alumna aventajada: estudié mucho, leí, hice y reconduje. Para mí el éxito es poder ser dueño de tu vida y tomar tus decisiones, y para bien y para mal ser consecuente con tus valores y tu forma de pensar. Eso es el éxito.

Archivado En






 
Ir al contenido

Ligeramente sobrios

Laurie pidió disculpas. Y lo hizo confesando que, cuando se puso a escribir su respuesta, estaba “ligeramente borracho”

El actor Hugh Laurie en una imagen de promoción de la serie 'House', en 2010. Justin Stephens

Una periodista, Janet Murray, escribió en X una irónica y poco original crítica contra la serie House. Y el protagonista, Hugh Laurie, contestó con pura flema británica que Murray, inglesa, asumió con resignación. Fue un intercambio cargado de veneno, pero educado, sin descalificaciones. Y algo más importante que eso: con público. Además, un público no sometido a las restricciones habituales de la convivencia. Se hizo ver algo sustancial, que es la diferencia de seguidores y de fama. Debería poder responderse a alguien a pesar de eso, pero en X es exponer a ese alguien, si se trata de una simple periodista, a los miles de fans de una estrella. El caso es que Laurie pidió disculpas. Y lo hizo confesando que, cuando se puso a escribir su respuesta, estaba “ligeramente borracho”. Tengo para mí, por mi vieja experiencia en X, que lo que provocó la borrachera de Laurie no fue escribir su tuit (quizá pasado de sarcasmo pero impecablemente escrito, una contestación correcta —si escribes cosas, bien lo sabemos los articulistas, te expones a que te contesten—) sino la decisión de publicarlo. Ese empujoncito al que ayuda el alcohol, que no es mal empujoncito si no provocase la tradicional tormenta de mierda alrededor. Hay que alabar de Hugh Laurie que, con su sinceridad, haya abierto públicamente una puertita interesante: la de quien, en los espacios públicos y a salvo de miradas (es decir, a salvo de que su rostro o su voz lo delate), escribe borracho o animado, y provoca crisis de todo tipo, no solo las relacionadas con su reputación. Es el que borra el día después, o decide no borrar porque el mismo coraje que te dio el alcohol, te dignifica tenerlo también sobrio. Tengo por lo demás una teoría: el que escribe bebido textos que comprometen a alguien más que a ti, lo hace como esos borrachos que conducen a 30 por hora; es decir, con una prudencia ridícula y fatua. Pero si se trata de tuits es más fácil que salga la agresividad, supongo que excitada por el anonimato (de haberlo). Lo que hizo Hugh Laurie “ligeramente” fue sobreexcitar, con seguridad, a los que no estaban ni “ligeramente” ni dispuestos a admitirlo. Y también a los peores: los que ni siquiera tienen la excusa de haber bebido.

Archivado En






 
Ir al contenido

La gran oportunidad para Florentino Pérez

El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez, lo hizo la segunda, y ahora ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera

Florentino Pérez posa con socios a su llegada para votar en las elecciones a la presidencia del Real Madrid, este domingo.JUAN BARBOSA

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que elegir entre quien ya te hizo feliz y quien te promete la felicidad, y para que ocurra este momento no es necesario ser de un club de fútbol: basta salir a la calle y que hayan abierto una frutería nueva. El primero ya sabe qué hacer para hacerte feliz o al menos ya lo ha conseguido, y del otro desconoces su método. El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez y lo hizo la segunda, y ahora ese madridismo ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera. Una suerte de último baile en el nombre de tantas alegrías pasadas.

Ha sido en unas elecciones bienvenidas (hay que votar, siempre, casi lo que sea) en las que el socio, después de muchos años, ha podido expresar su opinión. El Madrid es un club de atmósfera tan extraña que dos años sin título exigen catarsis violentas, y las elecciones es la menor de ellas: debería haber condiciones para que se votase cada cuatro años, y no de esta manera exótica en la que accede a ellas el actual jefe.

Y ahora, después de la década más feliz y alegre del madridismo, los años en los que saltamos encima de los charcos en media Europa en una espiral ganadora invencible, se le preguntó al socio qué pasa. Fue tras dos temporadas vacías, y con Florentino sospechando movimientos renqueantes detrás cuando el viento dejó de soplar a favor. El resultado lo habilita cuatro años más para seguir construyendo un club, el Madrid, en un entorno europeo endiablado en el que su supervivencia como entidad propiedad de los socios está cada vez más amenazada. Ha cometido Florentino Pérez errores los últimos años pero no ha hecho, al menos, el último de todos, como en 2006: irse por no saber lidiar con las estrellas. Se ha quedado esta vez y además con la promesa de Mourinho, ya puestos a hacer el último baile: el entrenador que hace 15 años revolucionó el Madrid de una forma que, nada más salir él, quedó una plantilla sobreexcitada que empezó sin él un ciclo impresionante, una hegemonía de la que Florentino Pérez, y buena parte del madridismo, achacó una parte a él (aquella semifinal a penaltis contra el Bayern en las que fallaron todos los mejores del Madrid).

El Madrid vuelve a aquellos años agitados y excitantes en circunstancias distintas. Ni Mourinho es el mismo ni Guardiola entrena al mejor Barcelona de su historia, ni el Madrid agoniza bajo la bota de su eterno rival, aunque ahora esté debajo. En el vestuario hay una plantilla en rebelión que ha dinamitado banquillos con varias estrellas jóvenes que han acumulado un poder que tendrán, si tienen ganas de hacerlo, de confrontarlo con uno de los entrenadores con más carácter del fútbol mundial. En él, su entrenador fetiche, el preparador al que siempre ha respetado a niveles elevados incluso a falta del título dorado del Madrid, ha depositado el poder Florentino Pérez. Que tendrá ahora, Mourinho, su gran oportunidad.

Archivado En






 
Ir al contenido

Una riada blanca y amarilla como una final de Eurovisión, campamento y romería

Madrid recibe al Papa sin especial sobresalto, con más paciencia de la prevista y menos épica de la anunciada

Fieles, durante la vigilia con jóvenes celebrada el sábado en Madrid.Pablo Monge

Ha elegido la Iglesia un lema estupendo para la visita del Papa León XIV: alzad la mirada. Conveniente en Madrid, donde uno puede levantar la mirada y tropezarla con extraordinarios monumentos y edificios antiguos de belleza extraña. También, es cierto, calibrar a ojo el asunto de la vivienda en Madrid, el disparate del precio del suelo y el piso: alzad la mirada, jóvenes, y contemplad el mundo prohibitivo que os echa de la ciudad.

Y camino de la plaza de Lima, se llenó toda la zona de decenas de miles de chavales que invadieron pacíficamente la ciudad desde primera hora de la mañana. La alegre muchedumbre, gente llegada de diócesis de toda España, cantó recibiendo al Papa, que fue guiado por el arzobispo de Madrid, José Cobo. “Esta es la juventud de Cristo, esta es la juventud del Papa”, dijo Cobo, mirando de reojo la enorme marea de gente. “Aquí, Santo Padre está el rostro de una iglesia”, remató. León XIV, sentado, escuchaba con una suave sonrisa y las cejas arqueadas. Papa singular, este. No parece estadounidense sino canadiense, pero no sabría explicarlo (seguramente no haya explicación: son intangibles físicos). Sí tiene algo de dibujo de Los Simpson, un trazo lejano de Matt Groening. Desprende paz, cosa que tampoco tiene mérito tratándose del Papa: imagina ver uno y que se extienda el mal rollo. No es, eso sí, carismático. Los que crecimos con Wojtyla tenemos el listón bastante apurado.

“En Madrid nos gusta presumir de los colores del cielo, especialmente al atardecer, de Madrid al cielo. Y eso es lo que queremos hacer hoy todos aquí”, dijo de repente Cobo, sembrando algo el desconcierto, pues no hay prisa por llegar al cielo ni a ninguna parte. Hay que alzar la mirada, dijo el arzobispo, para escuchar la voz del Señor que sigue preguntando en cada joven “para quién es tu vida”. Sed de esperanza, añadió.

Hizo calor este sábado en Madrid, pero no asfixiante, nada dramático, todo muy llevadero. Tampoco los cortes de tráfico, que prometían caos y destrucción, fueron para tanto. “Santidad. De su mano queremos aprender a responder como Iglesia, caminando juntos y ofreciendo caminos de acompañamiento y vida”, dijo el arzobispo.

Mientras hablaba Cobo y sonreía suavemente el Papa, cuatro jóvenes estaban sentados en un sofá como de tertulia de las mañanas. Su misión era delicada: entrevistar al Papa, o al menos formularle unas cuantas preguntas pactadas que León XIV respondió, en forma de discurso, a la gigantesca multitud. “En primer lugar, un saludo a todos vosotros. Gracias por estar aquí y gracias por compartir la fe en Madrid y en toda España”, se arrancó en un gran castellano, un castellano óptimo. Habló de sus santos favoritos, glosándolos, y confió una misión: ser humanos. “Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra”.

La Delegación del Gobierno cifró en medio millón los asistentes a la vigilia, acto religioso al que se fue encaminando la gente después de las palabras del Papa. “¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?“, preguntó un joven. La cuestión, en verdad, es enjundiosa. El Papa León la esquivó a lo grande, quizá viniéndose un poco arriba: para reconocer la voz de Dios, es necesario el silencio. “Favorece la atención y el recogimiento. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece”. Hubo gente que suspiró al escuchar el consejo, otra que tomó nota, alguna que no entendió nada. Esa moda de querer entenderlo todo. Hay que sentir, decía por la mañana un muchacho de Toledo, que seguirá, dijo, al Papa hasta Barcelona.

Entre las vallas, los voluntarios repartían agua, indicaciones y sonrisas de esas que aguantan muchas horas de pie. Había mochilas en el suelo, banderas autonómicas, camisetas de parroquias, guitarras, alguna sotana joven, muchas gorras y ese aire de excursión escolar gigantesca que tienen siempre los grandes actos católicos: una mezcla de campamento, romería y final de Eurovisión. Los chavales se hacían fotos, buscaban sombra y consultaban el móvil con la naturalidad de quien espera al Papa y, al mismo tiempo, no quiere perder cobertura. Algunos vecinos miraban desde los balcones con curiosidad resignada, asistiendo a una mudanza de fe en mitad de su calle. Madrid, que todo lo absorbe y todo lo comenta, recibió la riada blanca y amarilla sin especial sobresalto, con más paciencia de la prevista y menos épica policial de la anunciada.

Archivado En




 



 



 Ir al contenido

Tu vida y la Copa del mundo

Abran las ventanas durante el Mundial: da gusto escuchar a muchos vecinos celebrando los goles de sus países

Banderas de todos los países que clasificaron para el Mundial 82. Peter Robinson (PA Images / Getty Images)

Del Mundial 82 lo único que recuerdo es un cómic grande de tapas verdes rápidamente descascarilladas, que andaba por casa y que aprendí de memoria. Lo protagonizaba Naranjito y por allí pululaban el resto de las frutas, todas amigas de él (especialmente un plátano) mientras unos malos terribles acechaban, clavándole a Naranjito una jeringuilla que lo hacía enfermar. Ni un balón recuerdo, y nunca lo entendí. Pero el primer recuerdo futbolero fue en el bar Medusa de Sanxenxo un año después, con el 12-1 a Malta, cuando mi padre me levantó y rulé por las alturas entre los brazos de todos sus amigos. Eran todos, hago cuentas, veinteañeros.

Del Mundial 86 recuerdo que a aquellos niños nos despertaron nuestros padres a primera hora para contarnos que Butragueño, en la tremenda tarde de Querétaro, había reventado la defensa de Dinamarca con cuatro goles. Nos recordamos sacándonos las legañas con una ilusión violenta y yendo a correr a las televisiones a ver aquel sueño en diferido. Querétaro ya era nuestro Macondo, nuestra Arcadia interminable. Y sin embargo la dimensión histórica de México fue del pelotero que llevaba el diez de Argentina. El primer recuerdo que tiene de la infancia Pablo Aimar es el de su padre rompiendo a chillar de forma histérica en el salón, dando saltos por el pasillo aporreando las paredes y tumbarse en la cama boca abajo para romper a llorar en medio de una crisis nerviosa: Maradona había cogido la pelota con un quiebro fenomenal en el centro del campo zafándose de dos rivales y empezó a derribar jugadores ingleses en la mejor jugada de todos los tiempos. La carrera fue de una plasticidad paralizante, y Peter Shilton cayó sin remedio en la portería porque la historia había sido escrita 10 segundos antes. Lo que siguió después fue inenarrable: se elevó Maradona a la altura de un Rembrandt, de un Mahler, y hoy es Iglesia en Argentina; estalló el país presa de un estado de nervios cuatro años después del orgullo perdido en las Malvinas y salieron millones a la calle mientras aún resonaba en los derribados muros de la patria mía el glorioso eco de Víctor Hugo Morales empapado en llanto: “¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?”.

Fue la primera Copa del Mundo de nuestras vidas. El penalti que le sujetó Jean-Marie Pfaff a Eloy Olalla en México 86 lo viví tirado en una cama de la casa de mis abuelos de Sanxenxo. Salté lo que no saltó Míchel en la falta de Dragan Stojkovic de Italia 90 en el bar Rías Baixas que mi abuelo tuvo durante años en la calle del Progreso. Cuando Tassotti soltó el codo en Estados Unidos 94 estaba yo solo en esa casa con la televisión sin volumen y en la radio los ayes de García que me hacían temblar de rabia; el penalti a los cielos de Roberto Baggio en casa de Nel. La cantada de Zubizarreta en Francia 98 en la pantalla gigante del viejo Dulcinea de Sanxenxo, con todos los amigos en shock. La fiesta de Al Ghandour en Corea 2002 en un piso de Pontevedra encima del río Lérez, casa de Iván y Nico, con Pedro Hermida después de una jarana veraniega y un bajón terrible a las diez de la mañana porque de pronto nos dimos cuenta de que se nos había acabado el vino frío y el Mundial. La paliza de Zidane en Alemania 2006 en aquel piso de San Antoniño con Estrela, con la misma gente, Titigori y Mágico Vidal, con la que cuatro años antes en el ático de Sagasta había llorado abrazado de rodillas tras una volea del propio Zidane en Glasgow. El milagro de Sudáfrica 2010 en la finca de Lourido de Dani echados en sofás y pareos, como romanos gordos a los que les faltan las uvas, los efebos y la decadencia; el descontrol después del gol de Iniesta, todos ya sin voz. 2014 en Brasil, como enviado especial del diario El Mundo: vi en directo la paliza de Holanda, el tremendo golazo de Van Persie, y llegando a Galicia desde Madrid en el Polito gris de Ana Biempica escuché por la radio, cruzando el Telón de Grelos, uno a uno los goles de Alemania a Brasil, la soberana golpiza. 2018 viendo la final en el restaurante Zulema de Adina, donde había visto antes la carrera estratosférica de Mbappé contra Argentina. 2022 estrenando piso en Madrid, la final de todos los tiempos, dudando en empezar a escribir para EL PAÍS después de la primera parte (2-0 para Argentina) y dejándolo, por pereza, para la segunda. Bendita pereza. Resulta que luego pasó lo que pasó y me regalaron, los muchachos franceses y argentinos, uno de los mejor artículos que escribí nunca, y juraré no haber dicho semejante pavada a mi edad; de los pocos que puedo releer sin querer tirarme por la ventana. No se tiren nunca por la ventana, pero ábranlas durante el Mundial: da gusto escuchar a muchos vecinos celebrando los goles de sus países, la felicidad compartida con la nuestra.

Información Mundial 2026

Especial Mundial 2026

Este reportaje forma parte del número monográfico de 'El País Semanal' del 7 de junio dedicado al Mundial de fútbol.

Archivado En






 
Ir al contenido

¿Qué queréis que haga Bad Bunny ahora?

Cuando uno monta un escaparate no es para enseñar lo mejor que tiene, sino lo que cree más fácil vender

Invitados a la Casita, en el primero de los conciertos de Bad Bunny en Madrid, el pasado sábado.Claudio Álvarez

Mucho que decir sobre la casita que Bad Bunny coloca en sus conciertos y llena de celebridades y chicas aparentemente fascinantes que un ojeador selecciona entre el público con criterios pajeros. Hay algo tan loco en fabricar un lugar superexclusivo y llenarlo de gente con sobrepeso y síndrome de Down que lo hecho por Bad Bunny podría caber como crítica al sistema, en plan: “Y ya hecha, ¿qué queréis que haga?”. No haberla hecho, Benito, si no podías llenarla con otra gente. Sólo te falta anunciar diversidad en la Casita, a ver quién es el guapo que quiere ir ahora. La Casita viene a ser una suerte de reproducción del hogar tradicional de Puerto Rico. Y aunque la polémica se ha montado con sus pobladores vip, el problema real ha sido hacerla. Construirla, colocarla en medio, decirle a la gente que ahí está lo top de lo top, que hoy en día es la gente famosa por ser famosa, o sea Miranda Makaroff.

¿Machismo y clasismo en la Casita?
¿Machismo y clasismo en la Casita?
0:00
00:00 22:41

La Casita es el búnker en el que caben 65 personas durante el fin del mundo, y Bad Bunny lo ha llenado de pibones (hasta Ibai ha ido, ahora que ha adelgazado). Lo que ha hecho Benito es decirle al mundo que inclusión sí, pero a vaquiña polo que vale: el show es el show, él mismo está como un tren y es joven y rico y sale con chicas jóvenes, millonarias y ricas, y le canta a las tías buenas, no le canta a los jubilados ni quiere perrear con ellos, así que la Casita significa exactamente lo que significa: el mercado, amigo.

La propia Makaroff ha subido en Instagram unas stories en las que cuenta los esfuerzos titánicos (telefónicos, no es que haya cogido una pala) para conseguir estar. Eso no quiere decir que una influencer, al llegar a Puerto Rico, mueva Roma con Santiago quemando la agenda de repres para conseguir entrar en un hogar tradicional de allí, no sé si me entiendes. Va de vender. Cuando uno monta en su tienda un escaparate no es para enseñar lo mejor que tiene, sino lo que cree más fácil vender. Y mientras uno está vivo, debe vender lo más que pueda.

Archivado En






 
Ir al contenido

El artista que secuestró a Di Stéfano

Un libro de detalla las horas vertiginosas en que el mejor jugador del mundo estuvo en manos de una guerrilla revolucionaria

Paco Gento le coloca un brazalete negro a Alfredo Di Stéfano, en el vestuario del Real Madrid.

Cuenta el periodista Miguel Ángel Lara que en 2004, cuando empezaba en la profesión, se acercó con un grupo de periodistas a Alfredo Di Stéfano, que estaba apartado de un grupo de veteranos garrota en mano, “dándole toquecitos en el suelo como un patriarca gitano”. El día anterior se había disputado un Madrid-Atleti, así que allá fueron unos cuantos intrépidos, aun sabiendo del carácter del genio, con toda la ilusión del mundo.

–¿Cómo vio el partido, don Alfredo?

–¡Sentado! ¿Cómo lo iba a ver?

A este hombre, del que hay infinidad de historias que hablan de su tremendo genio (“Yo no soy un cascarrabias. Lo que pasa es que si la pelota es redonda no digo que es cuadrada”), lo secuestró en agosto de 1963 en Venezuela un comando guerrillero que se hizo llamar Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y que comandaba todo un personaje, Paúl del Río, que acudió disfrazado de policía con un compañero y se llevaron los dos al crack mansamente “para hacerle unas preguntas”.

Jimeno Hernández Droulers les ha hecho a ellos y a un país, la Venezuela de la época, el país de Rómulo Betancourt, un retrato periodístico puntilloso sobre un acontecimiento, el secuestro del mejor jugador del mundo, que duró casi tres horas y movilizó a democracias y dictaduras, en un libro que publica Pepitas de Calabaza titulado El secuestro de Di Stéfano.

Sobre la Saeta Rubia hay mucho y bien escrito (los periodistas Alfredo Relaño y Enrique Ortega publicaron su biografía y también detallaron el secuestro). Sobre Paúl del Río, menos. Era conocido en la clandestinidad como Máximo Canales y fue un guerrillero cubano-venezolano. Nació en Cuba en 1943, hijo de republicanos españoles exiliados, llegó de niño a Venezuela y, aún adolescente, se integró en los movimientos armados vinculados al Partido Comunista Venezolano y al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en plena efervescencia latinoamericana tras la Revolución cubana. Su acción más célebre, aquella por la que titularon sus obituarios cuando falleció, hacerse pasar por policía en el hotel donde se alojaba el Real Madrid durante la Pequeña Copa del Mundo.

Di Stéfano bajó creyendo que debía declarar y acabó retenido por las FALN. No hubo petición de rescate; el objetivo era propagandístico, llamar la atención mundial sobre la guerrilla venezolana. La estrella fue liberada y el episodio convirtió a Ríos en una figura menor pero legendaria de la violencia política de los sesenta. Con los años dejó la guerrilla y se dedicó al dibujo y la escultura con cierto éxito, y tuvo relaciones con el chavismo, si bien no como actor del régimen y a veces en contra. De su faceta artística pudo dar cuenta Di Stéfano cuando le sacaron la venda en el secuestro: vio cuadros y más cuadros, todos propiedad de Ríos.

Como se relata en el libro y escribió Ewald Scharfenberg en EL PAÍS a su muerte, Del Río en 2008 ocupó con exguerrilleros el Cuartel San Carlos de Caracas, un viejo fortín colonial que durante el siglo XX sirvió de cárcel para prisioneros políticos y militares. También la fue para él. Y para Chávez.

“La ocupación buscaba denunciar irregularidades administrativas y exabruptos históricos en la remodelación del Cuartel San Carlos”, contó Scharfenberg. “El gesto tuvo éxito mediano. Pero Del Río pudo hacer campamento permanente en el cuartel, donde vivió y despachó a nombre de su fundación de exprisioneros políticos y como gerente de facto del sitio, hasta este domingo. Allí, en el lugar donde estuvo encarcelado por secuestrar a Di Stéfano, decidió terminar su vida de película con un disparo al corazón”.

“Ahí hallaron su cadáver ese domingo, con su pistola al lado, tendido sobre un charco de sangre, con los ojos abiertos y el rostro apacible, casi sonreído, feliz de haber encadenado para siempre su alma a esos calabozos del Cuartel San Carlos, frente a la tumba del Libertador”, escribe Hernández Droulers.

Archivado En


 



 






 



 




 




0 comentarios: