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JUAN VILLORO El País 2026

domingo, 21 de junio de 2026

El Lado B del Mundial ,,, 8.7.26

Se habla mucho del impacto técnico o psicológico de la pausa de hidratación. Más interesante es analizar la forma en que las selecciones cambian al quinto partido

Lionel Messi celebra al finalizar el juego contra Egipto, en el estadio Atlanta, en Georgia, este martes.Koji Watanabe (Getty Images)

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.

Martín querido:

Tienes razón en lo que dices de Messi: por momentos no juega bien y solo es el mejor jugador del mundo. Ante Egipto perdió balones, falló un penal y se extravió en el campo; luego inventó una asistencia y un gol que cambiaron el rumbo del partido. Cuando camina en medio campo, me recuerda una anécdota de Menotti. En sus tiempos de jugador, un compañero le pidió que corriera más. El Flaco respondió, muy ofendido: “¿Además de jugar tengo que correr?”.

Este Mundial que es como los viejos vinilos, de larga duración, ha traído un fenómeno inédito: el lado B de los equipos. Se habla mucho del impacto técnico o psicológico de la pausa de hidratación. Más interesante es analizar la forma en que las selecciones cambian al quinto partido.

Estados Unidos se eclipsó y Bélgica mostró una calidad que ya nadie le atribuía. De nada sirvió que Trump interviniera para borrar la tarjeta roja de Balogun. El delantero pudo jugar, pero en sentido estricto no lo hizo. Sus pies llevaban el calambre de la impostura. Infantino quedó como un títere sin que eso sirviera de nada y la UEFA demostró que Europa influye tanto en el Mundial como en la OTAN: los asuntos de color rojo —el teléfono nuclear o la tarjeta de deportación— se deciden en Washington.

El Lado B mundialista permitió que Egipto saliera de su sarcófago. Se recicló ante Argentina y anotó en dos descolgadas que deberían colocarse junto a los mejores jeroglíficos del Museo del Cairo. Una de ellas se invalidó por una insulsa falta previa, pero merecerá ser recordada. Las estatuas de los faraones tienen dos utensilios: un bastón para el mando y otro para espantar las moscas. Lo que faltó contra Argentina fue lo segundo, quitarse de encima a un enemigo que, para colmo, venía tatuado en las más exigentes ligas.

Argentina estuvo abajo 2-0. De nuevo fue fiel a lo que sostienes desde hace rato: solo gana si primero se complica la vida. Messi parecía a punto de seguir la ruta de jubilación de Cristiano cuando resurgió en plan grande.

De este lado del mar, quienes narran los partidos de la albiceleste lo hacen con fe de evangelistas. Al recitar la alineación, agregan: “Y Diego allá arriba”. En este contexto, cualquier nota discordante suena a herejía. Pero ya que sobran motivos para no llegar al cielo, agreguemos otro: Messi no debería cobrar los penaltis. En el Barcelona falló 15, algunos de ellos decisivos. En esta copa lleva dos mal pateados. Pero toma la pelota y con él no se discute.

Es posible que errar le sirva de extraña terapia. Cuando falló ante Austria, se encrespó consigo mismo y actuó con la voracidad de un león herido.

Paso a tu análisis del Fútbol Medusa. España y Portugal jugaron un vibrante primer tiempo; en el segundo, el mayor mérito de La Roja consistió en buscar un resquicio en la telaraña lusitana. Ganaron gracias a algo que rara vez se asocia con el deporte: la paciencia. Obviamente, esa virtud es más fácil de elogiar que de ver, pues el gol llega después de una eternidad de pases laterales.

Siempre estatuario, Cristiano logró una pose digna de una boutique del fútbol; de espaldas a la portería, encontró el modo de lanzar un globo peligroso que Unai Simón perfeccionó con su atajada.

Ya eliminado, CR7 dedicó menos palabras a lamentar el hecho que a dar una exclusiva individual: deja los Mundiales.

Su figura nos lleva a un tema que no había aparecido en la correspondencia: la vanidad anotadora. Comparto tu sorpresa ante la forma casi neutra en que celebra Haaland. En un ámbito de narcisistas, no subraya lo que hace. A veces, con el Manchester City, festeja sentado en flor de loto, como Buda en su nirvana. Dice que le gustaría retirarse en el campo, rodeado de animales, porque el fútbol y las ciudades lo estresan. Tal vez por eso anota con la naturalidad con que una gallina pone un huevo.

Gracias por tus afectuosas condolencias después de la caída mexicana. En efecto, abusamos de los centros al área, como si confiáramos en que los rematadores crecerían unos centímetros a lo largo del partido. En un Mundial donde la mayoría de los goles se meten a más de diez metros de distancia, no tenemos un solo tirador de calibre. Habrá tiempo para revisar esas cuestiones. Pero nada borra la pasión desatada por un equipo que convirtió al Estadio Azteca en el coliseo más ruidoso del mundo.

Recordarás que en El tercer hombre Orson Welles dice que la paz y la estabilidad de Suiza no han producido otra cosa que el reloj cucú, mientras que las intrigas y las guerras de Italia trajeron el Renacimiento. Eso no opera en el fútbol. Italia se perdió la copa y Suiza pasó a cuartos de final, en una tanda de penaltis que concluyó con Vargas contra Vargas: Camilo, portero colombiano, y Rubén, mediocampista suizo, hijo de un dominicano.

En un encuentro nivelado de principio a fin, los colombianos volvieron a ser un equipo de sólida defensa al que le cuesta anotar. Crearon oportunidades pero las dejaron en vías de desarrollo. Luis Díaz es un gran jugador que no hizo cosas grandes. Hacia el final, Campaz se quedó solo ante el portero, pero no aceptó la vulgaridad de concretar. Todo dependió del penalti definitivo, esa rara aventura de la sangre: Vargas contra Vargas. El choque de apellidos indicaba que el partido debía empatarse para siempre, pero la injusta realidad quiso que hubiera un ganador. Colombia quedó fuera.

El destino latinoamericano ya solo depende de los tuyos.

Te abraza

Juan


 

Efectos de contraste ,,, 6.7.26

Las derrotas dolorosas como la de México ofrecen una rara compensación. Sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba. Cayó sin que dejáramos de admirarlo

Aficionados mexicanos lloran en las gradas del Estadio Azteca, después de que el equipo quedara eliminado de la Copa Mundial. Eloisa Sanchez (REUTERS)

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.

Martín querido:

México nos llevó a un carrusel de emociones y dominó a Inglaterra sin que eso llevara a la victoria. Después de cuatro victorias sin gol en contra, nuestra defensa mostró su incapacidad de resolver los contragolpes verticales. Dieciséis remates a gol no fueron suficientes para igualar el marcador. En gran medida, esto se explica porque los ataques fueron previsibles: centros a un área dominada por la defensa inglesa.

En tu última carta dices que Argentina está demasiado segura de su campeonato. La selección mexicana tenía el complejo opuesto: le costaba creer en sí misma. Javier Aguirre logró el milagro de armar un equipo competitivo, algo que parecía imposible hace apenas cuatro meses, pero el sueño terminó con un baño de pragmatismo.

Inglaterra hizo muy poco, a tal grado que Rangel, nuestro portero, tuvo escaso trabajo. La paradoja es que recibió tres goles. Los ingleses, maestros de las novelas de cozy crime, saben dosificar su veneno.

El público arropó a la selección con un estruendo formidable y supo abuchear a Infantino cuando apareció en la pantalla del estadio. Gritamos como si la táctica dependiera de la garganta. Esto no afectó en modo alguno a la flemática Inglaterra. Con poca iniciativa, y a pesar de tener a Kane perfectamente maniatado, encontró el modo de superar el compromiso.

Nuestra alegría futbolística hizo que los crímenes descendieran en 33%. Da miedo volver a la realidad.

¿Quedan motivos para que un mexicano vea el Mundial? Por el momento pasamos por horas bajas. Sin embargo, como bien dices, el balance sigue siendo positivo.

Pensábamos que el torneo sería un desastre. Los traslados excesivos, los cambios de clima y altura, los precios de delirio y las manipulaciones de la FIFA indicaban que el viento soplaría de pésima manera. Pero está visto que el fútbol tiene anticuerpos contra los virus que pretenden liquidarlo.

La dramaturgia del Mundial es la opuesta a la del Fausto de Goethe, que comienza en el cielo y luego llama al Diablo. Aquí es al revés: pasamos del infierno de los preparativos al paraíso en la hierba. Mefisto hizo de las suyas en reuniones con Trump y la venta de boletos, esparció azufre en los palcos, repartió los partidos con machete (gran tajada para Estados Unidos, migajas para Canadá y México); luego, se convirtió en espectador de lo que había creado. Aunque el Mal sigue ahí, como una marca de agua en la pantalla, lo importante son los hechizos creados con los pies.

Hemos visto partidos de enorme voltaje emocional: Inglaterra-Serbia, Países Bajos-Marruecos, Argentina-Cabo Verde. En todos ellos hubo grandes goles. Además, Portugal y Colombia recordaron que un juego vibrante puede terminar 0-0 (en este caso por cortesía del VAR).

Los malos partidos —pocos, por suerte— sirven de saludable efecto de contraste. Y es que el fútbol puede ser horrendo. Imagino el estupor de un niño que nunca ha mirado un juego y debuta ante el Francia-Paraguay. Ese partido puede vacunar de por vida contra la fiebre del balón.

Sabemos que el talento no solo depende de mostrar virtudes, sino de evitar errores. Me gusta que hables de la gambeta. No sabemos si Haaland podría hacerla porque tiene el mérito de no intentarla. También Paraguay conoce sus limitaciones y se abstiene de ir al frente. Sería invencible si el fútbol se jugara sin pelota. Su especialidad consiste en mantener la portería en cero hasta que pasa lo de ayer. De tanto refugiarse en su propia área, los paraguayos concedieron un penalti. El que solo se dedica a sobrevivir en realidad se suicida de la manera más lenta posible.

Francia llegó a ese partido como una maquinaria de disparos de alto calibre. A treinta metros de la portería, Mbappé y Dembélé están cerca del gol. Recuerdo lo que Batistuta le dijo a Maradona cuando lo vio burlar a tantos ingleses: “Yo habría disparado de treinta metros, de veinte y de diez”. Diego solo soltó la pelota frente a las manos del portero.

El dribling, el regate o la gambeta escasean desde hace mucho. Quienes todavía lo practican han dejado pendientes sus proezas. Pongo de ejemplo a dos poetas: Vinicius Jr. y Lamine Yamal. El brasileño disfruta tanto la pelota que se emborracha con ella, como Dylan Thomas con sus últimos quince whiskies. Lamine deslumbra, pero no siempre concluye la jugada o la concluye de manera rara, al estilo César Vallejo: vanguardista radical, es capaz de terminar un verso con preposición. Sus botines albergan una magia todavía futura.

Ante la muralla de Paraguay, Francia apenas pudo intentar disparos. Mbappé se consoló diciendo que también se saben sumir en la mierda. Eres historiador y viviste en Francia; sabes mejor que yo lo que esa palabra significa para Francia. El general Cambronne perdió en Waterloo, pero supo mandar a la mierda a los ingleses. En realidad, esa palabra podría haber sido dicha por el niño que vio el juego y nunca más se asomará al fútbol.

Paso a otro “efecto de contraste”. Marruecos, que fue capaz de dominar a Brasil en su primer partido, decidió volverse sorpresivo y se dejó controlar por Canadá, país de jugadores de hockey sobre hielo. Pero como al fútbol le gustan las paradojas, acabó goleando 3-0.

El Brasil-Noruega no fue un carnaval. Ancelotti recuerda los tiempos en que Dunga obligaba a Brasil a jugar con el freno de mano puesto. Cedió la iniciativa a Noruega y acabó perdiendo.

Los partidos de tedio son el impuesto moral del aficionado: le permiten sentir que merece otros mejores.

Las derrotas dolorosas, como la que acaba de sufrir México, ofrecen una rara compensación. Sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba. Pudimos creer en él. Cayó sin que dejáramos de admirarlo.

Te abraza

Juan++

 

Naturalezas muertas ,,, 7.7.26

Hemos perdido contacto con el fútbol vivo; dependemos de un juicio forense en una pantalla

Gonçalo Ramos anota contra Croacia, en el Estadio Toronto, en Canadá, este jueves.Mike Segar (REUTERS)


Martín querido:

Sé que recorriste el desierto en camello, que comiste sopa de perro en Corea y que remontaste el Amazonas en una barca sin camarote, pero no sé si esos asombros te prepararon para el partido Argentina 3-Cabo Verde 2.

A veces la derrota es una extraña forma del triunfo. Cabo Verde salió del Mundial como un equipo grande. En cuatro partidos, Vozinha, electricista de cuarenta años, se convirtió en un portero legendario. Sus proezas fueron complementadas por el defensa central Lopes (¡encontrado por la selección en LinkedIn!) y por Lopes Cabral, que anotó el mejor gol del torneo.

Como siempre, Argentina dependió en exceso de Messi, que despacha prodigios caminando. Su calidad pone en evidencia a los demás; lanzó un pase perfecto de cuarenta metros que Nahuel Molina no pudo controlar en el área. Messi inicia jugadas que solo él podría concluir. Anotó un gol con impecable control de la pelota y dio una asistencia. Solo con este recital, y con la enjundia de los defensas que subieron a anotar, Cabo Verde pudo ser vencido.

Imagino tu nerviosismo en la madrugada de Madrid y espero con ansias tu respuesta. Escribimos en horarios desfasados sobre un Mundial disperso, que se concibió al modo de un videojuego, con cambiantes escenarios. Esa realidad alterna es articulada por el jet de Infantino y su rastreable huella de carbono.

Tienes razón: el fútbol ha perdido “tolerancia con los físicos”. Pedri, cuya fuerza depende del buen toque, es una figura en peligro de extinción. Lo extraño, lo notable, es que aún tiene imitadores. El que más me importa se llama Gilberto Mora y juega para México. Debutó en el Mundial como Pelé, repartiendo magia a los 17 años.

Pero el proceso de unificación industrial del fútbol no solo atañe a los jugadores. También se perdió diversidad en las tribunas. Tú extrañas al “portero gordito” y al “petiso rápido”. Lo mismo podemos decir del público: ya no vemos al oficinista que sacrificó su quincena por un boleto ni al repartidor de leche que vendió su bicicleta para ir al estadio.

El gran desafío del aficionado consiste en ingresar a un mundo apartado de la norma. El fútbol ha desatado una singular “economía del acceso”. Se necesitan muchos contactos, mucho dinero o muchos likes para ocupar un asiento.

Bilardo acertó en muchas cosas; una de ellas, que África era el futuro del fútbol. El problema es que sigue siendo el futuro. Costa de Marfil, Congo y Senegal se pusieron en ventaja, pero no supieron administrar el resultado. Su ADN se resiste a ese trabajo de contaduría. Fueron eliminados por Noruega, Inglaterra y Bélgica. Europa combate la creatividad con pragmatismo, imitando en la cancha a la política, donde los ministros de Economía le quitan presupuestos a los de Cultura.

El año pasado vi con mi hija Inés la película Chinatown. Ella tenía entonces 25 años e hizo un comentario que no olvidé: “Me gusta ver películas de cuando la gente tenía caras naturales”. Como te imaginarás, ha crecido viendo estrellas modificadas por el bótox, el colágeno y los liftings.

Algo semejante se puede decir del fútbol contemporáneo. ¿Te acuerdas de cuando era natural? Vuelvo al tema del VAR. El partido entre Portugal y Croacia no se juzgó en el césped sino en la pantalla. Dos goles se anularon por fuera de juego, uno por bando, lo cual canceló un imponente gesto técnico de Cristiano Ronaldo. En ambos casos, los infractores no obtenían ventaja real por los centímetros que habían ganado. Además, un penalti rigorista favoreció a Portugal. En la televisión mexicana, un experto consideró que la jugada era legítima y otro exigió la pena máxima.

Esas tres decisiones crisparon los nervios, pero aún faltaba la peor. En el minuto 103 se anuló una anotación de Gvardiol por un supuesto fuera de lugar previo. La jugada ocurrió así: el croata Mario Pašalić recibió un balón rebotado por el portugués Renato Veiga, pero que, según el VAR, venía de la cabeza de Matanović. El balón Adidas Trionda está equipado con el sensor Connected Ball que permite detectar contactos. En apariencia, un mechón de Matanovic activó esa alarma. Sin embargo, el dato no fue definitivo porque el juez de campo tuvo que revisar la jugada. El árbitro noruego invalidó el gol por una falta imposible de percibir con ojos humanos.

Cuando el fútbol era natural, estas cuatro jugadas —y especialmente la última— se habrían resuelto de otro modo. Hemos perdido contacto con el fútbol vivo; dependemos de un juicio forense, que analiza en la pantalla naturalezas muertas.

Para colmo, se insinúa un patrón preocupante. Irán y Haití, que no le importan a la FIFA, fueron perjudicados por el VAR. En cambio, la máquina ama al poderoso Portugal, que se salvó de la derrota ante Colombia por un milagro telegénico. Davinson Sánchez anotó el gol que significaba la victoria, pero, luego de largos minutos, la tecnología encontró un centímetro de zapato fuera de lugar. La misma imagen, juzgada una fracción de segundo antes, ponía el zapato en posición correcta. Está visto que la tecnología no se usa de manera neutra.

Gracias por los buenos deseos para el partido de México. Inglaterra puede ser superada, pero hasta el momento Harry Kane no lo ha sido. Esperemos que, ante el sonido y la furia del Estadio Azteca, el ariete caiga, como el atribulado Hamlet, sin más palabras que “lo demás es silencio”.

 

 

 

La patria imaginaria

Ha surgido en México un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si sí?”. El país entero lanza una interrogación

Festejos durante el partido Mexico - Ecuador en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, este martes.Quetzalli Nicte-Ha (REUTERS)

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.

Martín querido:

Te escribo en estado de irrealidad. México cuajó un primer tiempo de locura y eso bastó para borrar a Ecuador del mapa. Se dice fácil, pero ellos tienen jugadores que militan en el Arsenal, el Chelsea y el PSG. Por cortesía de la FIFA, los paraguas están prohibidos en el Estadio Azteca, de modo que fuimos empapados por una tormenta que retrasó el partido. Pero nada contuvo el júbilo de un país donde la única ley que se cumple es el desmadre.

Después de la victoria, 800.000 entusiastas fueron al Ángel de la Independencia para explorar todas las variantes coreográficas del frenesí, que dejaron un terrible saldo de cuatro muertos. Cada victoria se celebra como si no pudiera haber otra.

Ha surgido un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si sí?”. El país entero lanza una interrogación. “He ahí el dilema”, dice nuestro próximo rival, Inglaterra, liderado por un formidable Harry Kane.

Como sabes, en el mundo alterno que propongo para el fútbol, debe ganar el que más disfrute. En 2025 pasé un semestre en Berna; vivía cerca del estadio y un día, Sofía y yo nos topamos con los hinchas de la escuadra local, los Young Boys, que salían de un partido. Le pregunté a mi esposa: “¿Te parece que ganaron o perdieron?”. Imposible saberlo: esos rostros hieráticos no habían sido afectados por el marcador. Luego supimos que venían de un triunfo importante, pues se habían puesto en segundo lugar de la tabla; pero hay sitios donde los goles no incluyen un suplemento de felicidad extrema.

Siempre he agradecido que estudiaras Historia porque sabes todo lo que jamás estudiaré. ¡Buenos Aires fundada por paraguayos! La exclusiva me llega con quinientos años retraso (¡qué impuntual es el destino!). Esto lleva al tema de tu primera carta: la extrañeza de que exista el orgullo nacional en un tiempo de globalización y franquicias.

Lo cierto es que algunas naciones no pierden su temperamento. Alemania garantiza regularidad: decepcionó ante Ecuador y volvió a decepcionar ante Paraguay.

Desde hace mucho, el equipo guaraní tiene una identidad inconfundible. Su obsesión absoluta es defender, a tal grado que durante años su principal atacante fue un guardameta: Chilavert, que cobraba de maravilla penaltis y tiros libres. En forma sorpresiva, ese equipo granítico fue goleado por Estados Unidos en su primer juego. Pero encontraron un revulsivo en un vestidor donde el castellano se mezcla con el guaraní, lo cual nos remite a otro tema identitario: ese grupo idiosincrático es guiado por un argentino.

Entre otras cosas, el Mundial será recordado por los estrategas de tu tierra. En mi pasada carta encomié los logros de Pochetino, Scaloni, Beccacece y Lorenzo. No mencioné al entrenador de Paraguay porque venía de perder con Estados Unidos, pero la victoria ante Alemania redimió a Gustavo “Lechuga” Alfaro, que confió el principal puesto de Paraguay (la portería) a Orlando Gill, cuya vida amerita una telenovela de cien episodios. Sin contrato de trabajo, tuvo que vender su uniforme y sus zapatos para darle de comer a su familia. El legendario Chilavert criticó que fuera llamado a la selección, pero Alfaro lo sostuvo.

Alemania nunca había perdido una eliminación en penaltis. Para colmo, se encarga de diseñar los balones. Pero Gill estaba en su hora grande. Al término del partido, tu paisano Alfaro confirmó que a los argentinos no sólo se les dan los goles sino también las frases: “A la cancha entraron 26 guerreros y salieron 26 leyendas”, dijo al modo del prócer San Martín. Cuando le preguntaron hasta dónde llegaría, supo contestar: “Resistir está en nuestro documento de identidad”. Se podría argumentar que la frase es impostada porque él tiene pasaporte argentino, pero está visto que en este mundo promiscuo la gente es de donde quiere. Chavela Vargas lo dijo hace tiempo: “los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”.

El tema nos conduce a un país del deseo: Marruecos. De sus 26 jugadores, 19 nacieron fuera de su tierra y sólo tres juegan ahí. Su sentido de pertenencia depende de la camiseta roja y su territorio es del tamaño de la cancha.

Contra Países Bajos dieron un partido que debemos festejar: con excepcional enjundia, brillaron de “ida y vuelta”. Marruecos fue superior, pero una atajada del portero Verbruggen (que recordó la del “Dibu” Martínez en la final de 2022) llevó el combate a penaltis.

En esos tiros de la muerte no hay táctica que valga. La diferencia esencial fue que los holandeses se motivaron con abrazos y los marroquís se arrodillaron a rezar. No es éste el sitio para iniciar una polémica sobre la religiosidad. Me limito a decir que chutar era un asunto de fe. Quienes eligieron un país imaginario buscaban el apoyo de un Dios invisible. La contienda había dejado de ser deportiva. En clave racional, podemos decir que era psicológica. Para Marruecos, era un asunto de creencia. Cuando Bono detuvo un penalti de pie, como una estatua de sí mismo, supimos quién ganaría la tanda.

Termino con una frase de Galeano, que nos conviene a ambos: “Si los pelos fueran importantes estarían dentro de la cabeza”. Para selección de Marruecos, el país, como Dios, está en la cabeza.

Te abraza,

Juan

Otro Mundial de ida y vuelta, con Caparrós y Villoro

Dos de las grandes plumas de las letras hispánicas, amigos, coetáneos y fanáticos futboleros, retoman una conversación iniciada con el Mundial de Qatar, en 2022

17 JUN 2026 - 14:19

Aquí puede consultar el intercambio epistolar que los escritores Martín Caparrós (Buenos Aires, 69 años) y Juan Villoro (Ciudad de México, 69 años) mantienen con motivo del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá.

La infantinización del fútbol

MARTÍN CAPARRÓS

11 de junio

¡Dímelo a mí!

JUAN VILLORO

12 de junio

Mundial de futbol

Te ví por tevé, te tuve ahí

MARTÍN CAPARRÓS

13 de junio

Aficionados durante los festejos en el Ángel de la Independencia, en Ciudad de México, este jueves.

Identidades licuadas

JUAN VILLORO

14 de junio

Ser Messi

¿Cómo será ser Messi?

MARTÍN CAPARRÓS

17 de junio

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