Se
habla mucho del impacto técnico o psicológico de la pausa de
hidratación. Más interesante es analizar la forma en que las selecciones
cambian al quinto partido Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas.
Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros,
iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la
excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro
años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y
vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro
Mundial que acogen EEUU, México y Canadá. Martín querido: Tienes razón en lo que dices de Messi: por momentos no juega bien y solo es el mejor jugador del mundo. Ante Egipto perdió balones,
falló un penal y se extravió en el campo; luego inventó una asistencia y
un gol que cambiaron el rumbo del partido. Cuando camina en medio
campo, me recuerda una anécdota de Menotti. En sus tiempos de jugador,
un compañero le pidió que corriera más. El Flaco respondió, muy ofendido: “¿Además de jugar tengo que correr?”. Este
Mundial que es como los viejos vinilos, de larga duración, ha traído un
fenómeno inédito: el lado B de los equipos. Se habla mucho del impacto
técnico o psicológico de la pausa de hidratación. Más interesante es
analizar la forma en que las selecciones cambian al quinto partido. Estados Unidos se eclipsó y Bélgica mostró una calidad que ya nadie le atribuía. De nada sirvió que Trump interviniera para borrar la tarjeta roja de Balogun.
El delantero pudo jugar, pero en sentido estricto no lo hizo. Sus pies
llevaban el calambre de la impostura. Infantino quedó como un títere sin
que eso sirviera de nada y la UEFA demostró que Europa influye tanto en
el Mundial como en la OTAN: los asuntos de color rojo —el teléfono
nuclear o la tarjeta de deportación— se deciden en Washington. El
Lado B mundialista permitió que Egipto saliera de su sarcófago. Se
recicló ante Argentina y anotó en dos descolgadas que deberían colocarse
junto a los mejores jeroglíficos del Museo del Cairo. Una de ellas se
invalidó por una insulsa falta previa, pero merecerá ser recordada. Las
estatuas de los faraones tienen dos utensilios: un bastón para el mando y
otro para espantar las moscas. Lo que faltó contra Argentina fue lo
segundo, quitarse de encima a un enemigo que, para colmo, venía tatuado
en las más exigentes ligas. Argentina estuvo abajo 2-0.
De nuevo fue fiel a lo que sostienes desde hace rato: solo gana si
primero se complica la vida. Messi parecía a punto de seguir la ruta de jubilación de Cristiano cuando resurgió en plan grande. De
este lado del mar, quienes narran los partidos de la albiceleste lo
hacen con fe de evangelistas. Al recitar la alineación, agregan: “Y
Diego allá arriba”. En este contexto, cualquier nota discordante suena a
herejía. Pero ya que sobran motivos para no llegar al cielo, agreguemos
otro: Messi no debería cobrar los penaltis. En el Barcelona falló 15,
algunos de ellos decisivos. En esta copa lleva dos mal pateados. Pero
toma la pelota y con él no se discute. Es posible que
errar le sirva de extraña terapia. Cuando falló ante Austria, se
encrespó consigo mismo y actuó con la voracidad de un león herido. Paso a tu análisis del Fútbol Medusa. España y Portugal jugaron un vibrante primer tiempo;
en el segundo, el mayor mérito de La Roja consistió en buscar un
resquicio en la telaraña lusitana. Ganaron gracias a algo que rara vez
se asocia con el deporte: la paciencia. Obviamente, esa virtud es más
fácil de elogiar que de ver, pues el gol llega después de una eternidad
de pases laterales. Siempre estatuario, Cristiano logró
una pose digna de una boutique del fútbol; de espaldas a la portería,
encontró el modo de lanzar un globo peligroso que Unai Simón perfeccionó
con su atajada. Ya eliminado, CR7 dedicó menos palabras a lamentar el hecho que a dar una exclusiva individual: deja los Mundiales. Su
figura nos lleva a un tema que no había aparecido en la
correspondencia: la vanidad anotadora. Comparto tu sorpresa ante la
forma casi neutra en que celebra Haaland. En un ámbito de narcisistas,
no subraya lo que hace. A veces, con el Manchester City, festeja sentado
en flor de loto, como Buda en su nirvana. Dice que le gustaría
retirarse en el campo, rodeado de animales, porque el fútbol y las
ciudades lo estresan. Tal vez por eso anota con la naturalidad con que
una gallina pone un huevo. Gracias por tus afectuosas condolencias después de la caída mexicana. En
efecto, abusamos de los centros al área, como si confiáramos en que los
rematadores crecerían unos centímetros a lo largo del partido. En un
Mundial donde la mayoría de los goles se meten a más de diez metros de
distancia, no tenemos un solo tirador de calibre. Habrá tiempo para
revisar esas cuestiones. Pero nada borra la pasión desatada por un
equipo que convirtió al Estadio Azteca en el coliseo más ruidoso del mundo. Recordarás que en El tercer hombre
Orson Welles dice que la paz y la estabilidad de Suiza no han producido
otra cosa que el reloj cucú, mientras que las intrigas y las guerras de
Italia trajeron el Renacimiento. Eso no opera en el fútbol. Italia se
perdió la copa y Suiza pasó a cuartos de final,
en una tanda de penaltis que concluyó con Vargas contra Vargas: Camilo,
portero colombiano, y Rubén, mediocampista suizo, hijo de un
dominicano. En un encuentro nivelado de principio a fin,
los colombianos volvieron a ser un equipo de sólida defensa al que le
cuesta anotar. Crearon oportunidades pero las dejaron en vías de
desarrollo. Luis Díaz es un gran jugador que no hizo cosas grandes.
Hacia el final, Campaz se quedó solo ante el portero, pero no aceptó la
vulgaridad de concretar. Todo dependió del penalti definitivo, esa rara
aventura de la sangre: Vargas contra Vargas. El choque de apellidos
indicaba que el partido debía empatarse para siempre, pero la injusta
realidad quiso que hubiera un ganador. Colombia quedó fuera. El destino latinoamericano ya solo depende de los tuyos. Te abraza Juan Las
derrotas dolorosas como la de México ofrecen una rara compensación.
Sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba. Cayó sin que
dejáramos de admirarlo Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas.
Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros,
iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la
excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro
años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y
vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro
Mundial que acogen EEUU, México y Canadá. Martín querido: México nos llevó a un carrusel de emociones y dominó a Inglaterra sin que eso llevara a la victoria.
Después de cuatro victorias sin gol en contra, nuestra defensa mostró
su incapacidad de resolver los contragolpes verticales. Dieciséis
remates a gol no fueron suficientes para igualar el marcador. En gran
medida, esto se explica porque los ataques fueron previsibles: centros a
un área dominada por la defensa inglesa. En tu última carta
dices que Argentina está demasiado segura de su campeonato. La
selección mexicana tenía el complejo opuesto: le costaba creer en sí
misma. Javier Aguirre logró el milagro de armar un equipo competitivo,
algo que parecía imposible hace apenas cuatro meses, pero el sueño
terminó con un baño de pragmatismo. Inglaterra hizo muy
poco, a tal grado que Rangel, nuestro portero, tuvo escaso trabajo. La
paradoja es que recibió tres goles. Los ingleses, maestros de las
novelas de cozy crime, saben dosificar su veneno. El
público arropó a la selección con un estruendo formidable y supo
abuchear a Infantino cuando apareció en la pantalla del estadio.
Gritamos como si la táctica dependiera de la garganta. Esto no afectó en
modo alguno a la flemática Inglaterra. Con poca iniciativa, y a pesar
de tener a Kane perfectamente maniatado, encontró el modo de superar el
compromiso. Nuestra alegría futbolística hizo que los crímenes descendieran en 33%. Da miedo volver a la realidad. ¿Quedan
motivos para que un mexicano vea el Mundial? Por el momento pasamos por
horas bajas. Sin embargo, como bien dices, el balance sigue siendo
positivo. Pensábamos que el torneo sería un desastre. Los
traslados excesivos, los cambios de clima y altura, los precios de
delirio y las manipulaciones de la FIFA indicaban que el viento soplaría
de pésima manera. Pero está visto que el fútbol tiene anticuerpos
contra los virus que pretenden liquidarlo. La dramaturgia del Mundial es la opuesta a la del Fausto
de Goethe, que comienza en el cielo y luego llama al Diablo. Aquí es al
revés: pasamos del infierno de los preparativos al paraíso en la
hierba. Mefisto hizo de las suyas en reuniones con Trump y la venta de
boletos, esparció azufre en los palcos, repartió los partidos con
machete (gran tajada para Estados Unidos, migajas para Canadá y México);
luego, se convirtió en espectador de lo que había creado. Aunque el Mal
sigue ahí, como una marca de agua en la pantalla, lo importante son los
hechizos creados con los pies. Hemos visto partidos de enorme voltaje emocional: Inglaterra-Serbia, Países Bajos-Marruecos, Argentina-Cabo Verde.
En todos ellos hubo grandes goles. Además, Portugal y Colombia
recordaron que un juego vibrante puede terminar 0-0 (en este caso por
cortesía del VAR). Los malos partidos —pocos, por suerte—
sirven de saludable efecto de contraste. Y es que el fútbol puede ser
horrendo. Imagino el estupor de un niño que nunca ha mirado un juego y
debuta ante el Francia-Paraguay. Ese partido puede vacunar de por vida contra la fiebre del balón. Sabemos
que el talento no solo depende de mostrar virtudes, sino de evitar
errores. Me gusta que hables de la gambeta. No sabemos si Haaland podría
hacerla porque tiene el mérito de no intentarla. También Paraguay
conoce sus limitaciones y se abstiene de ir al frente. Sería invencible
si el fútbol se jugara sin pelota. Su especialidad consiste en mantener
la portería en cero hasta que pasa lo de ayer. De tanto refugiarse en su
propia área, los paraguayos concedieron un penalti. El que solo se
dedica a sobrevivir en realidad se suicida de la manera más lenta
posible. Francia llegó a ese partido como una maquinaria
de disparos de alto calibre. A treinta metros de la portería, Mbappé y
Dembélé están cerca del gol. Recuerdo lo que Batistuta le dijo a
Maradona cuando lo vio burlar a tantos ingleses: “Yo habría disparado de
treinta metros, de veinte y de diez”. Diego solo soltó la pelota frente
a las manos del portero. El dribling, el regate o
la gambeta escasean desde hace mucho. Quienes todavía lo practican han
dejado pendientes sus proezas. Pongo de ejemplo a dos poetas: Vinicius
Jr. y Lamine Yamal. El brasileño disfruta tanto la pelota que se
emborracha con ella, como Dylan Thomas con sus últimos quince whiskies.
Lamine deslumbra, pero no siempre concluye la jugada o la concluye de
manera rara, al estilo César Vallejo: vanguardista radical, es capaz de
terminar un verso con preposición. Sus botines albergan una magia
todavía futura. Ante la muralla de Paraguay, Francia
apenas pudo intentar disparos. Mbappé se consoló diciendo que también se
saben sumir en la mierda. Eres historiador y viviste en Francia; sabes
mejor que yo lo que esa palabra significa para Francia. El general
Cambronne perdió en Waterloo, pero supo mandar a la mierda a los
ingleses. En realidad, esa palabra podría haber sido dicha por el niño
que vio el juego y nunca más se asomará al fútbol. Paso a
otro “efecto de contraste”. Marruecos, que fue capaz de dominar a
Brasil en su primer partido, decidió volverse sorpresivo y se dejó
controlar por Canadá, país de jugadores de hockey sobre hielo. Pero como
al fútbol le gustan las paradojas, acabó goleando 3-0. El
Brasil-Noruega no fue un carnaval. Ancelotti recuerda los tiempos en
que Dunga obligaba a Brasil a jugar con el freno de mano puesto. Cedió la iniciativa a Noruega y acabó perdiendo. Los partidos de tedio son el impuesto moral del aficionado: le permiten sentir que merece otros mejores. Las
derrotas dolorosas, como la que acaba de sufrir México, ofrecen una
rara compensación. Sufrimos porque ese equipo en verdad nos importaba.
Pudimos creer en él. Cayó sin que dejáramos de admirarlo. Te abraza Juan++ Hemos perdido contacto con el fútbol vivo; dependemos de un juicio forense en una pantalla Martín querido: Sé
que recorriste el desierto en camello, que comiste sopa de perro en
Corea y que remontaste el Amazonas en una barca sin camarote, pero no sé
si esos asombros te prepararon para el partido Argentina 3-Cabo Verde 2. A veces la derrota es una extraña forma del triunfo. Cabo Verde salió del Mundial como un equipo grande. En cuatro partidos, Vozinha, electricista de cuarenta años,
se convirtió en un portero legendario. Sus proezas fueron
complementadas por el defensa central Lopes (¡encontrado por la
selección en LinkedIn!) y por Lopes Cabral, que anotó el mejor gol del
torneo. Como siempre, Argentina dependió en exceso de
Messi, que despacha prodigios caminando. Su calidad pone en evidencia a
los demás; lanzó un pase perfecto de cuarenta metros que Nahuel Molina
no pudo controlar en el área. Messi inicia jugadas que solo él podría
concluir. Anotó un gol con impecable control de la pelota y dio una
asistencia. Solo con este recital, y con la enjundia de los defensas que
subieron a anotar, Cabo Verde pudo ser vencido. Imagino
tu nerviosismo en la madrugada de Madrid y espero con ansias tu
respuesta. Escribimos en horarios desfasados sobre un Mundial disperso,
que se concibió al modo de un videojuego, con cambiantes escenarios. Esa
realidad alterna es articulada por el jet de Infantino y su rastreable
huella de carbono. Tienes razón: el fútbol ha perdido
“tolerancia con los físicos”. Pedri, cuya fuerza depende del buen toque,
es una figura en peligro de extinción. Lo extraño, lo notable, es que
aún tiene imitadores. El que más me importa se llama Gilberto Mora y juega para México. Debutó en el Mundial como Pelé, repartiendo magia a los 17 años. Pero
el proceso de unificación industrial del fútbol no solo atañe a los
jugadores. También se perdió diversidad en las tribunas. Tú extrañas al
“portero gordito” y al “petiso rápido”. Lo mismo podemos decir del
público: ya no vemos al oficinista que sacrificó su quincena por un
boleto ni al repartidor de leche que vendió su bicicleta para ir al
estadio. El gran desafío del aficionado consiste en
ingresar a un mundo apartado de la norma. El fútbol ha desatado una
singular “economía del acceso”. Se necesitan muchos contactos, mucho
dinero o muchos likes para ocupar un asiento. Bilardo acertó en muchas cosas; una de ellas, que África era el futuro del fútbol. El problema es que sigue siendo el futuro. Costa de Marfil, Congo y Senegal se pusieron en ventaja, pero
no supieron administrar el resultado. Su ADN se resiste a ese trabajo
de contaduría. Fueron eliminados por Noruega, Inglaterra y Bélgica.
Europa combate la creatividad con pragmatismo, imitando en la cancha a
la política, donde los ministros de Economía le quitan presupuestos a
los de Cultura. El año pasado vi con mi hija Inés la película Chinatown.
Ella tenía entonces 25 años e hizo un comentario que no olvidé: “Me
gusta ver películas de cuando la gente tenía caras naturales”. Como te
imaginarás, ha crecido viendo estrellas modificadas por el bótox, el
colágeno y los liftings. Algo semejante se puede decir del fútbol contemporáneo. ¿Te acuerdas de cuando era natural? Vuelvo al tema del VAR. El partido entre Portugal y Croacia no
se juzgó en el césped sino en la pantalla. Dos goles se anularon por
fuera de juego, uno por bando, lo cual canceló un imponente gesto
técnico de Cristiano Ronaldo. En ambos casos, los infractores no
obtenían ventaja real por los centímetros que habían ganado. Además, un
penalti rigorista favoreció a Portugal. En la televisión mexicana, un
experto consideró que la jugada era legítima y otro exigió la pena
máxima. Esas tres decisiones crisparon los nervios, pero
aún faltaba la peor. En el minuto 103 se anuló una anotación de
Gvardiol por un supuesto fuera de lugar previo. La jugada ocurrió así:
el croata Mario Pašalić recibió un balón rebotado por el portugués
Renato Veiga, pero que, según el VAR, venía de la cabeza de Matanović.
El balón Adidas Trionda está equipado con el sensor Connected Ball que
permite detectar contactos. En apariencia, un mechón de Matanovic activó
esa alarma. Sin embargo, el dato no fue definitivo porque el juez de
campo tuvo que revisar la jugada. El árbitro noruego invalidó el gol por
una falta imposible de percibir con ojos humanos. Cuando
el fútbol era natural, estas cuatro jugadas —y especialmente la última—
se habrían resuelto de otro modo. Hemos perdido contacto con el fútbol
vivo; dependemos de un juicio forense, que analiza en la pantalla
naturalezas muertas. Para colmo, se insinúa un patrón
preocupante. Irán y Haití, que no le importan a la FIFA, fueron
perjudicados por el VAR. En cambio, la máquina ama al poderoso Portugal,
que se salvó de la derrota ante Colombia por un milagro telegénico.
Davinson Sánchez anotó el gol que significaba la victoria, pero, luego
de largos minutos, la tecnología encontró un centímetro de zapato fuera
de lugar. La misma imagen, juzgada una fracción de segundo antes, ponía
el zapato en posición correcta. Está visto que la tecnología no se usa
de manera neutra. Gracias por los buenos deseos para el partido de México. Inglaterra puede ser superada, pero
hasta el momento Harry Kane no lo ha sido. Esperemos que, ante el
sonido y la furia del Estadio Azteca, el ariete caiga, como el
atribulado Hamlet, sin más palabras que “lo demás es silencio”. Ha
surgido en México un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol
contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si
sí?”. El país entero lanza una interrogación Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas.
Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros,
iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la
excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro
años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y
vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro
Mundial que acogen EEUU, México y Canadá. Martín querido: Te escribo en estado de irrealidad. México cuajó un primer tiempo de locura y eso bastó para borrar a Ecuador del mapa.
Se dice fácil, pero ellos tienen jugadores que militan en el Arsenal,
el Chelsea y el PSG. Por cortesía de la FIFA, los paraguas están
prohibidos en el Estadio Azteca, de modo que fuimos empapados por una
tormenta que retrasó el partido. Pero nada contuvo el júbilo de un país donde la única ley que se cumple es el desmadre. Después
de la victoria, 800.000 entusiastas fueron al Ángel de la Independencia
para explorar todas las variantes coreográficas del frenesí, que dejaron un terrible saldo de cuatro muertos. Cada victoria se celebra como si no pudiera haber otra. Ha
surgido un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol
contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si
sí?”. El país entero lanza una interrogación. “He ahí el dilema”, dice
nuestro próximo rival, Inglaterra, liderado por un formidable Harry Kane. Como
sabes, en el mundo alterno que propongo para el fútbol, debe ganar el
que más disfrute. En 2025 pasé un semestre en Berna; vivía cerca del
estadio y un día, Sofía y yo nos topamos con los hinchas de la escuadra
local, los Young Boys, que salían de un partido. Le pregunté a mi
esposa: “¿Te parece que ganaron o perdieron?”. Imposible saberlo: esos
rostros hieráticos no habían sido afectados por el marcador. Luego
supimos que venían de un triunfo importante, pues se habían puesto en
segundo lugar de la tabla; pero hay sitios donde los goles no incluyen
un suplemento de felicidad extrema. Siempre he agradecido
que estudiaras Historia porque sabes todo lo que jamás estudiaré.
¡Buenos Aires fundada por paraguayos! La exclusiva me llega con
quinientos años retraso (¡qué impuntual es el destino!). Esto lleva al
tema de tu primera carta: la extrañeza de que exista el orgullo nacional
en un tiempo de globalización y franquicias. Lo cierto es que algunas naciones no pierden su temperamento. Alemania garantiza regularidad: decepcionó ante Ecuador y volvió a decepcionar ante Paraguay. Desde
hace mucho, el equipo guaraní tiene una identidad inconfundible. Su
obsesión absoluta es defender, a tal grado que durante años su principal
atacante fue un guardameta: Chilavert, que cobraba de maravilla penaltis y tiros libres.
En forma sorpresiva, ese equipo granítico fue goleado por Estados
Unidos en su primer juego. Pero encontraron un revulsivo en un vestidor
donde el castellano se mezcla con el guaraní, lo cual nos remite a otro
tema identitario: ese grupo idiosincrático es guiado por un argentino. Entre
otras cosas, el Mundial será recordado por los estrategas de tu tierra.
En mi pasada carta encomié los logros de Pochetino, Scaloni, Beccacece y
Lorenzo. No mencioné al entrenador de Paraguay porque venía de perder
con Estados Unidos, pero la victoria ante Alemania redimió a Gustavo
“Lechuga” Alfaro, que confió el principal puesto de Paraguay (la
portería) a Orlando Gill, cuya vida amerita una telenovela de cien
episodios. Sin contrato de trabajo, tuvo que vender su uniforme y sus
zapatos para darle de comer a su familia. El legendario Chilavert
criticó que fuera llamado a la selección, pero Alfaro lo sostuvo. Alemania
nunca había perdido una eliminación en penaltis. Para colmo, se encarga
de diseñar los balones. Pero Gill estaba en su hora grande. Al término
del partido, tu paisano Alfaro confirmó que a los argentinos no sólo se
les dan los goles sino también las frases: “A la cancha entraron 26
guerreros y salieron 26 leyendas”, dijo al modo del prócer San Martín.
Cuando le preguntaron hasta dónde llegaría, supo contestar: “Resistir
está en nuestro documento de identidad”. Se podría argumentar que la
frase es impostada porque él tiene pasaporte argentino, pero está visto
que en este mundo promiscuo la gente es de donde quiere. Chavela Vargas
lo dijo hace tiempo: “los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada
gana”. El tema nos conduce a un país del deseo:
Marruecos. De sus 26 jugadores, 19 nacieron fuera de su tierra y sólo
tres juegan ahí. Su sentido de pertenencia depende de la camiseta roja y
su territorio es del tamaño de la cancha. Contra Países Bajos dieron un partido que debemos festejar: con excepcional enjundia, brillaron de “ida y vuelta”. Marruecos fue superior, pero una atajada del portero Verbruggen (que recordó la del “Dibu” Martínez en la final de 2022) llevó el combate a penaltis. En
esos tiros de la muerte no hay táctica que valga. La diferencia
esencial fue que los holandeses se motivaron con abrazos y los marroquís
se arrodillaron a rezar. No es éste el sitio para iniciar una polémica
sobre la religiosidad. Me limito a decir que chutar era un asunto de fe.
Quienes eligieron un país imaginario buscaban el apoyo de un Dios
invisible. La contienda había dejado de ser deportiva. En clave
racional, podemos decir que era psicológica. Para Marruecos, era un
asunto de creencia. Cuando Bono detuvo un penalti de pie, como una
estatua de sí mismo, supimos quién ganaría la tanda. Termino
con una frase de Galeano, que nos conviene a ambos: “Si los pelos
fueran importantes estarían dentro de la cabeza”. Para selección de
Marruecos, el país, como Dios, está en la cabeza. Te abraza, Juan Dos
de las grandes plumas de las letras hispánicas, amigos, coetáneos y
fanáticos futboleros, retoman una conversación iniciada con el Mundial
de Qatar, en 2022 Aquí
puede consultar el intercambio epistolar que los escritores Martín
Caparrós (Buenos Aires, 69 años) y Juan Villoro (Ciudad de México, 69
años) mantienen con motivo del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. MARTÍN CAPARRÓS 11 de junio JUAN VILLORO 12 de junio MARTÍN CAPARRÓS 13 de junio JUAN VILLORO 14 de junio MARTÍN CAPARRÓS 17 de junio JUAN VILLORO 18 de junioEl Lado B del Mundial ,,, 8.7.26

Efectos de contraste ,,, 6.7.26
Naturalezas muertas ,,, 7.7.26

La patria imaginaria

Otro Mundial de ida y vuelta, con Caparrós y Villoro


La infantinización del fútbol

¡Dímelo a mí!

Te ví por tevé, te tuve ahí
Identidades licuadas

¿Cómo será ser Messi?

Las vacas marrones dan leche con chocolate
JUAN VILLORO El País 2026
domingo, 21 de junio de 2026
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DEL JILGUERO EDICIONES
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