Siempre
quedará el hombre ordinario y la dignidad de lo cotidiano, el saber
sumergirse en las cosas comunes para darles un sentido Oigo Me gustas tú, de Manu Chao, mientras veo desfilar imágenes mudas del Mundial, las del hipnótico remo vikingo de Noruega. Y no sé, pero de pronto, inspirado por el estribillo del Me gustas tú pasa
a gustarme todo: las celebraciones del hermano menor de Lamine Yamal,
el implacable entramado paraguayo, la belleza de Infantino, una montaña y
Malasaña, y hasta una castaña. Y me pregunto si La Odisea, el esperado filme de Christopher Nolan, no será en realidad una gran pausa de hidratación. Como
está claro que durante un rato va a seguirme gustando todo, recuerdo
que siempre aspiré a vivir el primer “día logrado” de mi vida. No
desprecio la idea de probar a vivirlo hoy, y me lanzo a ello, sabiendo
que no debo confundirlo con un feliz y tontorrón día perfecto, que es
algo bien diferente, pues el día logrado —concepto creado y casi
patentado por Peter Handke—
tiene que ser siempre peligroso, lleno de obstáculos, de angosturas, de
emboscadas: un día en el que uno se expone, en el que se balancea sobre
el mar, algo comparable a los días de Ulises en su regreso a casa. Pasan las horas y la contagiosa letra de Manu Chao
sigue creándome la sensación de que, cuando llegue el fin del mundo y
no sean ya las once en punto en Managua, su canción estará todavía ahí:
“¿Qué voy a hacer? Je ne sais pas / je ne sais plus”. ¿Qué haré? Puede que volcarme en lo que mueve la curiosidad del joyceano Jordi Soler, caballero de la Orden del Finnegans, en su reciente ensayo de bolsillo Svalbard
(Siruela): “Cuando llegue el fin del mundo y se extingan las fuentes de
energía y la Red quede desactivada ¿de qué van a servirnos la
inteligencia artificial y sus subproductos?”. Sí, ¿de qué van a servirnos? Siempre quedará, nos dice el propio Soler, la inteligencia ordinaria,
ese patrimonio extraordinario de la especie del que se sirvió ya el
primer hombre que consiguió domesticar el fuego. Siempre quedará el
hombre ordinario y la dignidad de lo cotidiano, el saber sumergirse en
las cosas comunes para darles un sentido y descubrir la poesía de lo que
no se ve, describir lo que no está descrito, ocuparse de lo que pasa
cuando no pasa nada. Entonces, para vivir mi primer día
logrado, me dejo llevar por el libro de Jordi Soler hasta el
archipiélago de Svalbard, en Noruega, a más de mil kilómetros del polo
norte, allí donde hay un enorme depósito de semillas. Un búnker en el
que se conservan un millón de variedades de seis mil especies distintas,
que provienen de todos los rincones de la tierra. Hacia
Svalbard voy y, cuando cae la noche y apenas ya me queda tiempo para
seguir aspirando al día logrado, me entra una imagen nocturna: la de un
solitario encapuchado, remando en una canoa vikinga en dirección al
bunker noruego, viajando en busca de esas simientes que, como último y
aterrado superviviente, le permitan recomenzar la historia del mundo. Ulises
llega cuando quiere. Lo sé. Pero el encapuchado que hay en mí ya está
llegando y cerrará su primer “día logrado” del mejor modo posible:
recomenzando la historia del mundo. Después
de años de tibio e incomprensible olvido, ayer regresé a ‘El loro de
Flaubert’. ¿Cómo pude casi olvidar tan “memorable” libro? No te
inquietes, diría el propio Barnes, se trata de una ley de la naturaleza
que nos lleva a olvidar cosas En su último libro, Despedidas, Julian Barnes
mira con lástima al pobre Jimmy, su viejo perro titubeante, que no sólo
ignora qué raza de perro es, sino que ni siquiera sabe que es un perro.
“Nosotros al menos sabemos que somos seres humanos. ¿O no?”, comenta
Barnes también titubeante, sin perder su humor inglés. ¿Pero es inglés
su humor? En 1986, cuando publicó El loro de Flaubert, sus admiradores dimos por hecho que era “el más francés de los escritores ingleses de su generación”. ¿Ha cambiado o en realidad fue siempre muy inglés? Después de años de tibio e incomprensible olvido, ayer regresé a El loro de Flaubert, que fue para mí un libro decisivo.
Lo compré en febrero del 86, no sólo ignorando qué clase de novela era,
sino desconociendo que de novela tenía poco. ¿Y qué era entonces? Una
audaz conjunción de memorias, ficción y ensayo, con un insólito y nada
académico soporte libresco que me deslumbró por el desparpajo con el que
trataba a la literatura. ¿Cómo pude casi olvidar tan
“memorable” libro? No te inquietes, diría el propio Barnes, se trata de
una ley de la naturaleza que nos lleva a olvidar cosas, nombres; a
olvidar, por ejemplo, el apellido de aquel crítico, de aquel cabrón que
nos perdonó la vida en una reseña y que la semana pasada nos pareció ver
en una fiesta y no llegamos ni tan siquiera a saber si en efecto era
él, lo que para nuestra sorpresa nos dejó relajados, y hasta
indiferentes. ¿Pero cómo no íbamos a quedarnos relajados si ni tan
siquiera podíamos confirmar que aquel pájaro era el que un día tanto
detestamos? ¿Y no es cierto que la experiencia de los
olvidos a veces nos lleva a preguntarnos por qué nos hace esto el
cerebro y, además, por qué es tan indiscriminado que borra nombres,
tanto de amigos como de enemigos? “Es solo el universo haciendo lo suyo”, respondería aquí el Julian Barnes de Despedidas
(Anagrama). Y también su frase podría relajarnos. ¿O tiene sentido
seguir buscando un propósito humano, o un castigo divino a lo que, al
fin y al cabo, es solo el funcionamiento ciego e impersonal de la
naturaleza? ¡El Universo haciendo lo suyo! Y la memoria
también, claro, la memoria que va a su aire, cultivando ese método
caprichoso que impide que, a lo largo de los años, lleguemos a hacernos
con una identidad fija, fiable y terminemos preguntándonos si no habrá
más “verdad” en la visión que sobre nosotros van construyendo
impunemente los otros que en nuestros recuerdos personales. ¡Los
otros! Son el infierno, ya es sabido, y los que nos llevan a
preguntarnos por qué andamos teorizando tanto en las novelas sobre
narradores nada fiables, o fiables a medias, si no acabamos de saber
nosotros nunca quienes somos. ¿No era esto lo que insinuaba o, mejor
dicho, gritaba a voz en cuello aquel solitario al que, una noche, vi en
Barcelona en lo alto de la calle Verdi, gritando con una naturalidad que
aturdía: ¡No soy nadie, nadie! ¿A quién quería impresionar? ¿Al
universo que seguía haciendo lo suyo? Ya
sabemos que hasta el impecable estilo de un autor puede verse
oscurecido por los medios que últimamente lo elogian todo sin
importarles lo que elogian Regreso a veces a Opiniones contundentes, la recopilación de entrevistas a Vladímir Nabokov, y encuentro líneas que no recordaba, como esta pregunta de The Paris Review: “¿Tiene conciencia de repetirse, o, dicho de otro modo, de estar esforzándose por una unidad consciente en todos sus libros?”. Vaya
pregunta. Sabiendo que Nabokov contestará con ingenio, postergo la
lectura de su respuesta para así prolongar el excitante deseo de leerla.
Y vuelvo a la pregunta, para analizarla más de cerca y traducirla así:
¿Se da cuenta, señor Nabokov, de que sus libros tratan temas similares?
¿Lo hace a propósito para que toda su obra tenga un sentido global, como
si fuera una sola gran historia o proyecto? La
respuesta de Nabokov hasta la aprendo de memoria: “Bueno, los escritores
que provienen de otros parecen versátiles porque imitan a muchos,
antiguos y actuales. La originalidad artística no puede copiarse más que
a sí misma”. ¡La originalidad artística! ¡Vaya humos! Pero viniendo de Opiniones contundentes,
mi Biblia personal, voy a encajar el concepto sin rechistar. Además —no
lo es, pero parece una coincidencia buscada a propósito— la
originalidad artística se halla en el centro mismo de El sonido de una voz, el libro de Lewis Lapham que leí anoche. Se trata de un breve ensayo en el que su autor —décadas al frente de Harper’s Magazine y Lapham’s Quarterly,
hasta su muerte en 2024— responde a la pregunta de qué busca un editor
literario. Y también a esta otra, no menos comprometedora: ¿cómo se lo
monta ese editor literario para, entre tantos manuscritos habidos y por
haber, elegir los más afines al temperamento específico de su propia
mente? ¿Y qué le guía para sentirse próximo a un
manuscrito? En el caso que nos ocupa, hallar una voz única, verdadera.
Traducido y prologado por Jacobo Zanella, y publicado por Gris Tormenta
(Guanajuato, 2026), El sonido de una voz incluye las selectas
respuestas de Latham a esas cuestiones. Para él, si algo magnifica una
voz es tanto su sonido humano como su lucha por llegar a la verdad. Pero
ya sabemos —parece también querer advertirnos— que hasta el impecable
estilo de un autor puede verse oscurecido por los medios que últimamente
lo elogian todo sin importarles lo que elogian. Pero bueno, siempre
habrá un momento en el que notaremos que reaparece la voz humana
inconfundible, y quizás con ella la extrema singularidad de la
originalidad artística. También hay originalidad en el
propio Latham, pues parece no ignorar que vivimos en tiempos alejados de
los de Nabokov y en los que ya no hay una distinción clara —como antes
había— entre lo que está bien escrito y no lo está, lo que le hace a
Latham consciente de que, en realidad, no hay ya casi una visión
correcta o incorrecta de lo que define —definía— a la gran escritura,
ese oficio de tinieblas, hoy oficio de tinieblas, humos y drones en la
niebla. Me acuerdo de que su amiga Annie Dillard dijo,
una vez, que todavía le parecía estar viendo a Latham hablar con el
cigarro en la boca, de manera que “lo decía todo detrás de una nube de
humo y fuego”. La
noticia del triunfo en Cannes de ‘La bola negra’, filme inspirado en la
última e inacabada obra del poeta, me llegó justo cuando estaba
leyendo, emocionado, una de las cartas que enviara desde Nueva York a
sus padres En
el juego del escondite, ¿deseaste alguna vez no ser descubierto y así
poder seguir felizmente oculto, perdidamente perdido en la noche, en
silencio, sabiendo que existe la gloria nocturna de ser grande no siendo
nada? En esa gloria de ser y no ser pensé cuando la noticia del triunfo en Cannes de La bola negra —filme inspirado en la última e inacabada obra de Federico García Lorca— me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que el poeta enviara desde Nueva York a sus padres.
Carta fechada el lunes 21 de octubre y escrita justo tres días antes
del estallido del crack del 29. La encontraremos en el libro No te olvides de escribir
(Akal, 2026), donde el especialista lorquiano Víctor Fernández ha
reunido cronológicamente la arrebatadora correspondencia del poeta con
su familia. En esa carta, Federico contaba a los padres
que por primera vez se había quedado perdidamente perdido en la gran
ciudad de Nueva York y, a través de lo que narraba, podía intuirse la
sombra del cambio radical de registro poético que se estaba dando en él,
es decir, su paso de “poeta del pueblo” y de autor del Romancero gitano al de autor de Poeta en Nueva York. Un
documento que nunca imaginé que podría encontrar. Un documento donde en
realidad narraba cómo fue que, al perderse por primera vez en aquella
ciudad inmensa, acabó a la vez perdiéndose en lo más infinito del
universo. Pero lo contaba de un modo más suave, con asombrosa sencillez,
como si para explicar un cambio de estilo poético tan complejo fuera
suficiente una prosa sintética: “Queridísimos padres (…) el otro día
tuve al fin mi primera pérdida en la ciudad. Me equivoqué de ferrocarril
elevado y, en lugar de coger el de la Sexta Avenida, tomé el de la
Novena y fui a parar a un sitio opuesto a donde iba…”. Así
de sencillo. Hasta que no pasa algo así, decía Lorca, “no se entera uno
de dónde está, de la inmensidad de calles y la agrupación de millones
de gentes”. Y aquí creo que habría que añadir que tampoco se entera uno
—en el momento en que eso ocurre— de que se está acercando a un tipo de
literatura, que es una gran generadora de mundos, donde son muy
valoradas las experiencias de lo desmesurado: “Nueva York me ha dado
como un mazazo en la cabeza. El puerto y los rascacielos iluminados
confundiéndose con las estrellas…” Sólo tres días después
de aquella crucial carta a los padres, estallaba el trágico crack del
29. Y Federico, como si tuviera contacto directo con nuestro mundo de
hoy, hablaba con infinita lástima de “toda esa gente expuesta a las
terribles presiones y al refinamiento frío de los cálculos de dos o tres
banqueros dueños del mundo”. Federico y sus
presentimientos. Había presagiado su propia desaparición en el ancho
universo, como si en el fondo —“estoy abrumado de tanto jaleo y tanta
popularidad”— buscara el placer de no ser encontrado y la gloria
nocturna de ser grande no siendo nada: “Me buscaron en los cafés, en los
cementerios, en las iglesias / Ya no me encontraron, / ¿No me
encontraron? / No. No me encontraron". Unamuno fue un pensador que rechazaba frontalmente ser encasillado, definiéndose a sí mismo como un “ideoclasta” y “rompeideas” Elijo el unamuniano título
sin saber contra qué voy a escribir. Y pronto compruebo que no lanzarme
de inmediato a buscar contra qué despotricar me sume en un beatífico
estado flotante, de agradable y sencilla calma, como si hubiera vuelto a
la vida que vivía antes de que “el horror–el horror” del mundo me
empujara a la escritura. Solo
se quiebra mi calma cuando van empezando a aparecerme mil y un motivos
para estar en contra de todo. Hay tantos que no sé cuál elegir.
Inquieto, busco el amparo de Unamuno y dejo que, como un huracán, entre en escena una de las frases de su antidogmático Contra esto y aquello.
En ella dice: “Repensar los lugares comunes es el mejor modo de
librarse de su maleficio”. Me queda claro que la frase invita a repensar
los retrógrados y malignos clichés que tantos buscan eternizar en
nuestra vida cultural. Sin embargo, cuando Unamuno publicó esa frase, un
semanario madrileño, el Gedeón, comentó que aquella especie de sentencia era una paradoja enrevesada que no había modo de entender. ¿Enrevesada? No me dejo amilanar y, dado que Contra esto y aquello contiene tantos elogios a Gustave Flaubert, decido asociar la frase perfectamente entendible de Unamuno con el autor francés y su divertido Diccionario de Tópicos,
donde se da una implacable embestida contra todo tipo de “lugares
comunes” y otras “ideas recibidas”. De un buen número de entradas de ese
Diccionario me acuerdo. En la voz Literatura, por ejemplo, nos
enteramos de un curioso tópico arraigado en la Francia de aquel tiempo:
“Literatura: una ocupación de vagos”. Y en la voz Filosofía encontramos otro tópico de aquellos días: “Filosofía: nombrarla con risitas burlonas”. Trato
de tirar del hilo invisible de palabras —filosofía, literatura— para
ver si encuentro algo ahí que verdaderamente valga la pena estar en
contra. Nada encuentro, pero me río y cuanto más lo hago más vienen a mí
las voces que un día pensé que formarían parte de un hipotético Diccionario de clichés críticos. Hoy en día, una de esas voces sería Metaliteratura y diría así: “Metaliteratura:
dar por supuesto que existe, aunque todos sepan que no, que es
únicamente algo inherente a la escritura, tan sólo un monumental “tópico
crítico”, pues lo que se etiqueta ahí como tal es simplemente
literatura que reflexiona sobre sí misma, es decir, una actividad que,
de modo consciente o no, lleva a cabo cualquiera que escribe una
narración. ¿O en el fondo no escribe todo el mundo “para saber qué es la
literatura”? Tras preguntarme esto, recuerdo que
Unamuno fue un pensador que rechazaba frontalmente ser encasillado,
definiéndose a sí mismo como un “ideoclasta” y también como un
“rompeideas”. Su postura contra las etiquetas y otros clichés críticos
se fundamentó siempre en una independencia intelectual radical que lo
llevó a enfrentarse a cualquier bando que intentara reducir la
complejidad del individuo a un dogma político o social. Pues eso. Ya
está. Escribiré todo el día contra las etiquetas. El
novelista español hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas
antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus
viejas mañas” Dos
de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en
todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella. Uno de los dos es Sergio Pitol (1933–2018),
que leyó a Galdós en Veracruz, y quedó fascinado tanto por su forma de
combinar la realidad con el delirio como por la construcción de
personajes, especialmente los femeninos, de grandísima complejidad
interna. Para Pitol no fue Galdós un autor rancio del
XIX, sino un maestro de la modernidad, cuya estructura narrativa
conversaba con la literatura contemporánea. ¿Galdós, maestro de la
modernidad? Bueno, creo que quien verdaderamente conversó con lo contemporáneo fue el propio Pitol,
ya que, sin renunciar a las lecciones de su maestro, fue todo un
pionero en el revolucionario trasvase de géneros que tanto viene
caracterizando a cierta literatura de este siglo. De hecho, el paso
vanguardista hacia adelante es bien detectable en un relato clave en su
obra, El oscuro hermano gemelo (2001), donde narra una cena de
gala en un hotel de Funchal y se dedica a deslizar su narración hacia el
ensayo para acabar difuminando por completo las fronteras entre ambos
géneros. En cuanto a Ignacio Martínez de Pisón, gran admirador también de Galdós, le acabo de enviar un WhatsApp para decirle que su reciente libro de bolsillo Dos tardes con Benito Pérez Galdós (Alianza)
es muy “portátil” y al mismo tiempo paradójicamente inmenso. Y es que,
aun siendo de aspecto ligero por sus 96 páginas de pequeño tamaño,
contiene en realidad un mundo entero: el universo completo del autor de
los Episodios nacionales.
Es genial ver cómo Pisón se acerca a su admirado Galdós con técnicas
similares a las que éste utilizaba para acercarse a sus criaturas:
máximo desparpajo a la hora de adentrarse en el mundo cotidiano de sus
personajes y de sus amores y de sus sentires de personas corrientes
frente a la solemne gran “historia” oficial. No en vano,
Galdós hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las
grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de
amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales
que componen el tejido de la vida común”. Ese placer de
“referir lo pequeño antes que lo grande” viene desde sus comienzos
recorriendo la obra entera de Pisón, que tal vez no habría sido el gran
escritor que es hoy si en su juventud, al igual que le ocurrió a Pitol,
no hubiera sabido entender a la primera que la suma de las pequeñas
verdades privadas es la única forma de contar la verdad pública. Pisón
maneja verdades privadas y, en su admirable ensayo galdosiano se dedica a
permitir que su sombra de autor se vaya fundiendo discretamente con la
de Galdós, lo que le permite, entre tanto suceso antiguo puesto al día,
que vaya transparentándose una realidad de hoy que es de ayer: la de un país polarizado, sometido ininterrumpidamente, también en literatura, a la tensión entre las fuerzas del progreso y la reacción. Acaba
de aparecer ‘Anuncios’, extraño manuscrito hallado en los archivos
personales de la escritora y que, por lo visto, fue construido en
paralelo a ‘La última frase’, el admirado libro que creíamos póstumo y
único ¿Qué
fue de Typon, aquel amigo de juventud que huyó a La Martinica, donde
montó una papelería en un poblado en el que nadie escribía, salvo él,
que se arruinó consumiendo su propia mercancía? ¿A
dónde fue este amigo arruinado por sus propios libros? Fue visto por
última vez en Kioto a finales del siglo pasado, junto a una de las
puertas simbólicas del sintoísmo. Y como después ya no hubo una sola
pista más sobre su paradero, todavía hoy sublimo aquel extremo gesto
consumista con el que Typon llevó al capitalismo a su consecuencia
lógica final: si el sistema exige crecimiento y consumo infinito, el
destino último es el canibalismo comercial. El caso es que, hará unos minutos, leyendo Anuncios, de Camila Cañeque,
me ha parecido ver a Typon emboscado en las hojas del libro, como si su
recuerdo permaneciera vivo en ellas, como si le hubiera atrapado del
todo ese mundo hipnótico de Cañeque en el que el final de las cosas
transforma la ausencia y la inacción en una forma de arte. Ausencia,
taciturnidad, agotamiento de los discursos, puntúan el estilo que se
despliega en los dos libros de Camila Cañeque. Y si digo dos es porque, publicado por La Uña Rota, acaba de aparecer Anuncios, extraño manuscrito hallado en los archivos personales de la escritora y que, por lo visto, fue construido en paralelo a La última frase, el admirado libro de Cañeque que creíamos póstumo y único. Por Anuncios
avanzo con alegría —quizás porque nunca pensé que existía ese libro
paralelo— y sigo leyendo y sorprendiéndome con su espectáculo de una
vida retransmitida por un tal Don, un Don a secas, que monologa ante una
oyente siempre muda y que desde el principio se ha declarado autora del
libro. Mucho ojo con el tal Don. Haremos bien en no
confundirnos y creer que es Don Quijote, o Don Giovanni, o Don Trump,
sino un Don Nadie expulsado de todas partes y que a todas luces anda
perdido en un siglo que no es el suyo. De todos los bares parece que lo
hayan echado y su monólogo lo registra una cámara de vigilancia que hay
en su frente. Es un monólogo idóneo para ser
representado en un escenario teatral en el que Don no cesaría de hablar,
y ella de callar, y se iría imponiendo un método secreto: participar
sin intervenir. La radical exploración del lenguaje y la no menos
radical desobediencia artística que marca el estilo de Anuncios
–así titulado por el telón de fondo comercial en el que hoy en día todos
los algoritmos delimitan el horizonte– me llevan a pensar que la obra
encajaría a la perfección con el mundo y el talento descomunal de la
escritora y performance Angelica Liddell.
A ella, que tan próxima me parece al mundo de Camila Cañeque, no me
extrañaría verla algún día convertida en un desbocado Don, en monologo
teatral infinito sobre la ausencia, y ya no digamos sobre los finales y
el agotamiento de los discursos. “¡Pero
qué mal anda el mundo!” es la queja que oigo a todas horas,
comprensible si vemos que no hay un solo país de Occidente en el que los
ignorantes no hayan sustituido a los ilustrados En
la oscuridad, al despertar, enciendo el móvil y de él inesperadamente
brotan imágenes que los subtítulos califican de “emocionante momento en
el que un burro corre desde lejos para reencontrarse con su dueño”.
Estupefacto, veo al burro avanzar en dirección al ojo de la cámara que a
la vez es mi propio ojo, y por eso veo también cómo el burro está a
punto de frotarme la nariz. ¿Pero será posible? ¿Es admisible que, a
estas alturas y disponiendo de una sola vida, tenga que entrar en el
nuevo día visionando los pasos de un burro? ¿Quién nos programa estos despertares? ¿Dios en persona? ¿O es la ballena Moby Dick, con esa turbadora blancura total que, según Melville, intensifica los miedos más profundos de la condición humana? “¡Pero qué mal anda el mundo!”
es la queja matraca que oigo a todas horas, una queja comprensible si
vemos, por ejemplo, que no hay un solo país de Occidente en el que los
ignorantes no hayan sustituido a los ilustrados. Pero es una queja
antigua, que se volvió insistente hacia la segunda mitad del XIX, cuando
entraron en crisis los grandes logros del siglo de las Luces. ¿La civilización occidental,
con su fe en el progreso, había dado un giro evolutivo que la había
llevado ante la blancura total de un callejón sin salida? ¿O era que el
futuro ya no pertenecía al ser humano pensativo e hiperconsciente, sino
al ser bruto, nada reflexivo, burro de morirse? Justo en esa mitad del XIX, un lúcido Flaubert
dejaría escrito que el mundo se iba a volver “tremendamente imbécil y
muy aburrido” y que las futuras generaciones tendrían que “aprender a
moverse en una sociedad de pavorosa grosería”, donde proliferaría la
nueva figura del “hombre de negocios” (el businessman). Un
siglo después, hacia 1956, en pleno “tiempo de silencio” en mi tierra,
las aulas escolares eran controladas por un buen número de grandes
capullos, viscerales enemigos del pensamiento y del estudio. Apenas se
oía hablar del odio de clases, sino del odio al “primero de la clase”. Ha
pasado el tiempo y los descendientes de aquella chulería inculta son
los que ahora están apuntalando un mundo en el que, de no ser porque a
la escritura literaria la encontraron ya hecha, a nadie se le habría
ocurrido inventarla, y más tratándose de una práctica improductiva
socialmente y, encima, difícil de valorar desde el punto de vista
económico. Sospecho que siempre será difícil que nos despojen de la escritura literaria, porque ésta es como la dignidad de la que la albanesa Lea Ypi dice en su último libro que es algo interior que nadie nos puede arrancar. Lea Ypi —acaba de publicar Indignidad
(Anagrama, 2026)— parece una escritora permanentemente conectada al
“modo optimismo cultural”. Este mismo mes, en París, propuso que, en
este mundo regido por tensiones entre opresión y libertad, tratemos de
reconectar con las luchas de la Ilustración. ¿Y por qué
no? ¿O acaso reconectar con las luces de la Razón no sería en la
actualidad, tal como va todo, un acto sumamente subversivo? Para
el portugués Gonçalo M. Tavares escribir es un proceso de creación y
búsqueda de la verdad, lo que requiere construir un mundo paralelo de
resistencia a la barbarie En
plena era del Caos, tal vez no esté de más que les recuerde que el
cerebro humano consta de una pequeña parte, ética y racional (todavía
muy pequeña), y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal,
territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos
asesinos. De los laberintos de esa trastienda se ocupó el portugués Gonçalo M. Tavares en El Reino (Seix Barral, 2018), reunión de lo que denomina sus “libros negros”, los cuatro que van de Jerusalem a Aprender a rezar en la era de la técnica.
En todos ellos, escritos entre 2003 y 2007, ya se nos advertía que la
técnica y la racionalidad moderna podían servir para justificar la
barbarie. En las antípodas de El Reino, encontramos El Barrio,
reunión de sus “libros amables”, centrados en un chiflado y geométrico
Chiado literario en el que vemos comprar el pan, almacenar el vacío en
cajas, y chismorrear al señor Valéry, al señor Brecht, al señor Walser y
compañía. Uno de los puntos en común entre el lado alegre de El Barrio y el siniestro de El Reino
se hallaría en la pasión por las estructuras matemáticas y la
exploración de lo cotidiano. No por nada, Gonçalo M. Tavares —premio
Formentor de las Letras 2026, una vez más el jurado ha dado en la diana—
tiene a veces un aire a lo Perec por su capacidad para crear universos
fragmentados y metódicos. Una mañana en Lisboa —fui
testigo del momento— le preguntaron si era un escritor político. Y
Tavares fue fulminante: “Los partidos no me interesan, pero la política
sí”. Tampoco ha andado con chiquitas en su último libro publicado hace
dos meses, la epopeya satírica O Fim dos Estados Unidos da América.
Ahí examina, con su estilo fragmentario y filosófico, una guerra civil
en EE UU que se libraría en esa ocasión, no por regiones enfrentadas,
sino simplemente entre ricos y pobres. Con la extrema desigualdad
social, ¿por cuánto tiempo más se seguirá considerando a estas dos
clases de ciudadanos como pertenecientes a la “misma especie”? Y,
sinceramente, es un placer leer lo que ha ido diciendo tras ganar el
Formentor. Para Tavares, un libro no es otro canal de televisión, ni un
masaje, ni está para entretener bobamente. Es decir, la literatura,
entendida con seriedad, es un proceso de creación y búsqueda de la
verdad, lo que requiere construir un mundo paralelo, de resistencia a la barbarie, a la estupidez, a la violencia, algo así como un mundo que intente, a través de la lengua, anteponer la inteligencia. Sònia
Hernández (del jurado del Formentor) me comentaba ayer que le fascina
ver cómo en el mundo de Tavares “todo sucede en un tiempo inconcreto,
cuando el miedo acelera el surgimiento de la verdad y todo podría
suceder en cualquier momento o ya ha sucedido, en ciudades de una Europa
más cansada que vieja, una Europa que avanza como un soldado que marcha
por el camino que el peligro va abriendo”. Creo que es el mismo peligro por el que avanza el asombrado lector de este escritor europeo extraordinario. Quizás
la forma más justa de animar a la lectura no tenga que pasar por
compararla con otra actividad, sino por indagar en su propia naturaleza Hay bares y bares.
En unos te mueres de risa y en otros te mueres. Hoy estoy en el de la
esquina de casa y, en una mesa cercana, un tipo graba en su móvil un
mensaje de voz que concluye así: “Créeme, nada tan flipante como leer”. Por
momentos, la frase queda suspendida en el aire cargado del local. Y yo,
aunque sólo sea por divertirme —pues entreveo que en mi cabeza podría
estar formándose un breve ensayo—, me planteo si la flipante frase no
sería un buen eslogan para una campaña de promoción de la lectura. Y al
decirme esto, recuerdo el genial cuento Muebles El Canario, que Felisberto Hernández incluyó en 1947 en su libro Nadie encendía las lámparas.
En él, un narrador que viaja en tranvía por la ciudad de Montevideo es
abordado por un pasajero que, sin previo aviso, le aplica una inyección,
le infiltra en las venas “publicidad viva”, y el narrador pasa a
escuchar dentro de su cabeza una transmisión radiofónica de la empresa
Muebles El Canario. Reflexiono: tantas y tantas campañas oficiales de promoción de la lectura,
cada una con su eslogan, y seguimos sin noticia de alguien al que el
lema elegido le haya empujado de forma salvaje, fulminante, a leer
libros. Tiene que ser por algo, me digo. Y acabo preguntándome si no
será que ese eslogan convincente no existe y, por tanto, es
absolutamente ilusorio. Es algo que ya pensé esta mañana leyendo Por qué los libros, el editorial de Javier Serena, en el número 904 de Cuadernos Hispanoamericanos,
donde sugiere que tal vez la ausencia de eslóganes concluyentes en esas
campañas de promoción se deba a lo complejísimo que puede ser
sintetizar una experiencia tan profundamente singular como lo es toda
lectura. O toda escritura. Porque al igual que hay
narradores que dicen algo tan obvio como que nadie escribe como ellos,
está claro que nadie puede tener una experiencia de lectura idéntica a
la nuestra. De ahí a que, como apunta Serena, quizás la forma más justa
de animar a la lectura no tenga que pasar por compararla con otra
actividad, sino indagando en su propia naturaleza: “Si nos viéramos
obligados a reemplazar la lectura por otra actividad, tal vez cabría
atender la explicación que daba Javier Marías
sobre el trabajo de escribir: ‘Escribir es una manera de pensar’,
decía, señalando así que en el proceso de escritura el pensamiento
abstracto era sometido a una tensión —un examen o un cuestionamiento de
sí mismo— que lo obligaba a matices o revelaciones a las que no hubiera
llegado sin ese ejercicio”. Es
decir, que la escritura, como la lectura, podrían ser justamente eso:
un proceso que se vive sobre la marcha, algo que no sucede previamente,
sino que se vive de un modo intransferible al llevarlo a la
práctica, pues la singularidad de lo que experimentamos no puede ser
revivido plenamente por los otros. Pero quién sabe si ahí no está el
lado más atractivo de la construcción de ficciones: saber que lo
verdaderamente real siempre se mantiene en un estado fetichista, jamás
se puede cruzar el espejo a su encuentro. Y eso un eslogan, por agudo
que sea, nunca puede llegar a decirlo. José
Manuel Rodríguez Delgado fue un neurofisiólogo pionero en el control de
la mente mediante la estimulación eléctrica del cerebro. En la
predicción se quedó corto Medio siglo exacto se cumple de la entrevista de Joaquín Soler Serrano a José Manuel Rodríguez Delgado en el programa A fondo, de TVE. Para orientarnos en caso de precisarlo: Rodríguez Delgado (1915–2011)
fue un brillantísimo neurofisiólogo español, nacido en Ronda, pionero
en el control de la mente mediante la estimulación eléctrica del
cerebro. Fue mundialmente reconocido por el desarrollo en la Universidad
de Yale del microchip inalámbrico implantado en el cerebro para estimular neuronas, y también reconocido por su influyente ensayo de 1969 Physical Control of the Mind, donde propuso el uso de la neurotecnología “para mejorar la civilización humana”. Fue
mundialmente reconocido a la vez que sabio ignorado por sus paisanos,
en chocante contraste con su relevancia internacional. Y eso que su
ensayo de 1969 sobre el control físico de la mente generó
controversia ética sobre los límites de la tecnología y la autonomía
humana, lo que a su autor le llevó a vivir —como él mismo apuntó con
ironía y humildad— su “particular momento Oppenheimer”. Obviamente,
el olvido al que le sometieron sus paisanos le fue convirtiendo en un
casi desconocido en su tierra. Y, de hecho, era para mí un completo
desconocido el pasado viernes cuando Gonzalo Herralde, que acababa de
restaurar para su sello Editrama la entrevista de A fondo de
febrero del 76, sugirió que me asomara a YouTube y descubriera a una
persona que podía sorprenderme: Rodríguez Delgado. Y añadió en voz baja:
“Por su aspecto, recuerda a Peter Cushing” ¿Al actor Cushing tantas veces Drácula? Tenía que aclararlo, y fui directo a la entrevista,
quedando absorto, primero, por la asombrosa dicción de aquel científico
obsesionado con rebajar la agresividad humana. Y, después, por las
sombras malignas que cruzaron su rostro al predecir un alarmante futuro
en el que seríamos manipulados sin piedad por la televisión y por todo
tipo de medios afines a ella… En la predicción se quedó
corto. Y es lógico porque estaba a medio siglo de donde estamos ahora,
justo en estos días en los que ya sabemos que la más peligrosa versión de la IA se halla entre nosotros. Pero no porque se quedara corto carece de interés la entrevista de A fondo.
Al contrario, ya que nos permite presenciar en vivo cómo un ser humano,
inteligentísimo, audaz, se transfigura ante las cámaras al tratar de
comunicar su entusiasmo ante las inmensas posibilidades de desarrollo
futuro del cerebro humano. Y el suyo no es un entusiasmo ingenuo, pues
recuerda que para Francisco de Asís la levadura del hombre es mala, pero
no desdeña que ésta pueda también mejorarse. La
entrevista es extraordinariamente anticuada y optimista. Y lo mismo da
cómo queramos verla, pues de ella permanecerá siempre la pasión del
entrevistado por mejorar la civilización humana. Además, pensémosla en
clave literaria: de la entrevista se desprende que, al igual que en los
avances y retrocesos de la escritura de este país, no se trata de
escribir cosas nuevas, sino unas cuantas líneas que nos recuerden que
podríamos escribir algo nuevo. Es
difícil conseguir que los autores escriban con franqueza sobre su
propia obra y más en un mercado literario como el actual. ¿En qué
tropezaron y a qué renunciaron? Fleur
Jaeggy corrige mucho en su mente: “Empiezo a escribir suprimiendo en mi
cabeza el texto desde el primer minuto. Comienzo ya quitando cosas.
Quedan muchas eliminadas, muchas que ni siquiera he escrito”. A Fleur Jaeggy (Los hermosos años del castigo) siempre hay que prestarle atención, no en vano es uno de los faros esenciales de la Constelación Lispector,
esa azarosa y casi secreta conjunción de autoras de estilos únicos,
ninguna de ellas parecida a la otra, pero todas cultivando “nuevas
formas de escribir sobre la vida real”. Jaeggy,
en su patio particular, domina su personal técnica de la supresión y
tiene casi la costumbre de dar giros imprevistos y radicales en sus
textos y de pronto llevarnos, por ejemplo, a que reparemos en un pobre
animal cautivo. Y domina también el arte de las réplicas ágiles.
Escribía el año pasado Laura Fernández en estas mismas páginas: “Las respuestas de Jaeggy tienen las palabras contadas y cristalinamente esquivas”. En su reciente Oda y Encuentro en el Bronx
(Ediciones UDP, Chile, 2024), Jaeggy rememora una conversación con
Oliver Sacks en Nueva York y, lejos de entrar en muchos detalles sobre
lo hablado, desvía enseguida su discurso, de forma cristalinamente
esquiva, hacia un pez atrapado para siempre en la pecera del
restaurante. En giros imprevistos y radicales como este, Jaeggy no tiene parangón,
como tampoco lo tiene su fraseo trasparente, sobrio, tan preciso que
difícilmente desearemos recuperar lo que su mente pudo tachar antes de
ponerse a escribir. Jaeggy es sintética, y punto. No hay que tocar nada
de lo que escribe. En cambio, no tengo la misma impresión en lo que
publican amigas y amigos que se encuentran entre mis autores vivos
favoritos. En el último libro de cada uno de ellos, he llegado a
preguntarme qué palabras, qué frases, qué ideas pudieron quedar
tachadas, traspapeladas, o equivocadamente socavadas, mientras se iba
tejiendo la obra que finalmente publicaron. ¿En qué
tropezaron y a qué renunciaron? Es cuestión bien susceptible de debate.
Aun sabiendo lo difícil que es conseguir que los escritores escriban con
franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario como el actual,
llevo un rato planteándome el envío de correos a aquellos colegas con
los que alguna vez hablé distendidamente sobre los fallos que se daban
en nuestros respectivos estilos. Quizás porque añoro
aquel distendido clima de confesiones, no he podido contenerme y hace un
momento, garantizándoles el anonimato, acabo de escribir y enviar los
correos a colegas admirados pidiéndoles que se atrevan a juzgar a fondo
su último libro y no me escamoteen detalles a la hora de explicar los
muy personales problemas que frenaron parte de la ambición que
depositaron en él. Al llegar las respuestas y comprobar
que beneficiaría a todos el profundo conocimiento de las hasta ahora
ocultas dificultades de escritura de los demás, no tardaré en hacerlas
públicas. Garantizando el prometido anonimato, se discutirán en un tenso
Gran Debate, en unas jornadas que lo trastornarán todo. Una catarsis
poética que nos urge. El
lugar de la literatura sin añadiduras podía tener su origen en
cualquier punto, pero, como dijo Roberto Calasso, constituía siempre un
reino separadoUlises llega cuando quiere ,,, 7.7.26

El universo haciendo lo suyo ,,, 6.7.26

Qué busca un editor literario ,,, 6.7.26

García Lorca en la inmensidad ,,, 8.7.26

Contra esto y aquello

De Galdós a Galdós

La doblemente ausente Camila Cañeque ,,, 14.4.26

Por un optimismo cultural subversivo,,, 14.4.26

Un europeo extraordinario

Un eslogan imposible


El profesor de Ronda

Gran debate a la vista ,,, 12.2.26

Se accede por un umbral

Un amigo y buen librero quiso, la semana pasada en Madrid, que le explicara mejor qué había detrás de la última línea que acababa de leer ante el público: “La literatura, sí. Nada que tenga demasiada importancia, y por eso precisamente tan interesante”.
¿Por qué “precisamente tan interesante”? Me llegó la impresión de que aquella última línea tenía todos los números para infiltrarse y prolongarse en la fiesta que empezaba acto seguido. Le expliqué al amigo y buen librero que se trataba de un guiño a Agatha Christie, que afirmaba resolver los casos policiales más difíciles gracias a prestar atención a lo que, por su aparente insignificancia, no despertaba interés alguno.
Aclarada la línea, le hice al amigo una pregunta que llevaba madurando hacía tiempo: si sabía por qué del mismo modo que hay en toda librería las tradicionales secciones de narrativa, ensayo y poesía, no había en ellas una sección cuyo nombre evocara la célebre observación de Goethe en 1827, según la cual el mundo estaba entrando en la Weltliteratur, en la “literatura universal”, donde lo importante no sería ya el lugar de origen de los escritores, sino su destino: la literatura, sin más añadiduras.
Enseguida, el buen librero me advirtió de que la palabra weltliteratur podía provocar desconcierto por ser un término compuesto del alemán, de modo que mejor sería decir, simplemente, “literatura”. No pude estar más de acuerdo. Después de todo, el lugar de la literatura sin añadiduras podía tener su origen en cualquier punto, pero, como dijo Roberto Calasso, constituía siempre un reino separado, “al que se accede por un umbral que solo es perceptible cuando ya se ha franqueado”.
¿Acaso ese umbral no lo había yo atravesado momentos antes cuando, al hablarle al buen librero tan directamente de la Weltliteratur, había tenido la impresión de haber franqueado una línea roja y ahora sentía que me encontraba al otro lado? ¿En un reino separado? Tal vez, porque una escena del pasado siempre tiene algo de reino separado. Y más si la misma sucede en un restaurante de la Plaza Mayor de Sarrià en una noche barcelonesa de hará tantísimos años. En ella reconozco al poeta y editor Carlos Barral, agotado tras su violenta discusión con otro gran poeta acerca de escudos de armas —el suyo lo compondrían, dijo, los dos delfines entrecruzados que formaban el logotipo de su editorial—, y girándose de pronto inesperadamente hacia mí —que no pasaba de ser un joven invitado de piedra— para preguntarme dos veces qué lema tenía yo pensado para mi futuro escudo.
Al revivir el completo estupor de aquel momento vi claro —y así se lo dije al buen librero— que tras haber franqueado el umbral y constatado cómo se había ido convirtiendo mi noche en un viaje hacia las estrellas por el camino áspero (“Ad astra per aspera”, lema antiguo donde los haya) me tocaba regresar. Y así lo hice. Pensando —por pensar en algo— en los novelones escritos solo para venderse y que no se venden, volví a las luces y esplendor de la fiesta.
LEIDO HACIA ABAJO
En el curso del tiempo ,,, 17.1.26
Los grandes y pequeños acontecimientos artísticos aparecen distribuidos ingeniosamente a lo largo de ‘Calendario de poetas’

Recuerdo las noches en las que buscaba qué había pronosticado mi horóscopo para el día ya transcurrido y, valiéndome de mi método de lectura e interpretación libre, siempre lograba que el vaticinio cuadrara con lo que me había sucedido durante la jornada. Aquel método funcionó siempre de forma tan óptima que en las primeras horas de este año decidí aplicarlo a la lectura de Calendario de poetas, el libro en el que la argelina Michelle Grangaud (1941-2022) propone una hiperactiva recopilación de efemérides del ámbito artístico de los últimos cuatro siglos.
Los anecdóticos grandes y pequeños acontecimientos aparecen distribuidos ingeniosamente a lo largo del diario del año completo del que se ocupa. Por ejemplo, el 22 de noviembre se nos dice que Nerval sale todas las noches en busca de aventuras por Viena y se siente enamorado no de una mujer, sino de todas las mujeres.
La efeméride del primero de enero del Calendario de Grangaud la leí en las primeras horas de este año: “Valery Larbaud, que escribe, se pregunta por qué escribe y se responde que únicamente para empezar el año escribiendo”.
Intuí enseguida que sería ésta la única frase de todo el libro que no requeriría interpretación libre, pues significaba lo mismo en el Calendario de Grangaud que en el calendario personal que me disponía a construir para mi consumo propio. Por si fuera poco, a la sensación de plenitud de las primeras horas del año contribuyó de pronto la insuperable banda sonora que me llegaba del televisor: las felices palmas del público de la Ópera de Viena que, puesto en pie, acompañaba a aquella hora la Marcha Radetzky.
Fue como si aquella platea en pie estuviera apoyando mi iniciativa de ir, día a día, interpretando las efemérides del Calendario de poetas para ir descubriendo lo que le esperaba a mi vida en el curso del tiempo, concretamente en el curso de este año.

No hay muchos Calendarios como el que nos ocupa y que hasta le facilitan a uno, si así lo desea, la posibilidad de perder la cordura, tal como insinúa la oulipista Grangaud que la pudo perder Apollinaire cuando un 24 de junio en la calle Orient estrenó su primera obra teatral, Las tetas de Tiresias, haciendo que la palabra “surrealismo” entrara en la lengua francesa.
Calendario de poetas (París, 2001) ha sido estos días editado entre nosotros por La Navaja Suiza y traducido por Mateo Pierre Avit Ferrero y Pablo Martín Sánchez (el único español miembro del taller de Oulipo) y se ha convertido en un libro esencial para mí, puesto que me permite, por ejemplo, saber que mañana día 7 podré revivir un instante tan mínimo como deslumbrante de la historia de las casi olvidadas vanguardias del pasado siglo. Hablo de un momento sin el que no habría existido el surrealismo, el movimiento que relevó al dadaísmo. Hablo de aquel 7 de enero en el que, a las seis y media de la tarde, en la terraza de La Terrasse, de Zúrich, Tristán Tzara encontró por fin la palabra que buscaba: “Dadá”. Lo diré más alto: exista o no el eterno retorno, espero también mañana encontrar allí esa palabra.
Constelación Lispector ,,, 17.1.26
Aquello que estamos escribiendo, tal vez dará un día pruebas de que, justo cuando lo escribíamos, existíamos

Me fascina Derivas, diario de Kate Zambreno (Illinois, 48 años) tan estrechamente ligado a la energía del día como al tiempo que se nos escapa. Y tanto me fascina que acabo atrapado por este fragmento: “Como máximo tengo quince minutos para escribir este pasaje. No será alta literatura. Anunciará, tal vez, que hoy he existido”.
Es bello: aquello que estamos escribiendo tal vez dará un día pruebas de que, justo cuando lo escribíamos, existíamos. Diría que el fragmento forma parte de una “no ficción” de hechuras nuevas. ¿O no ha dicho Annie Ernaux que Zambreno en Derivas ha inventado “una nueva forma de escribir sobre la vida real”?
La creo. He investigado. Es una nueva forma de escribir sobre la vida real que comunica a Zambreno con autoras de parecida onda: Anne Carson, Jenny Offill, María Negroni, Valeria Luiselli, Heike Geissle… Es una constelación que practica la fuga de la “no ficción” oficial y de la que la malograda Clarice Lispector sería el mito y la estrella.
Me dirijo a la inteligencia artificial para ver si tiene noticia de esta inesperada (por renovadora) tendencia cismática dentro del cada día más grávido mundo de la “no ficción”. Y en su respuesta me habla de periodismo líquido y de plataformas como TikTok. Me limito a pedirle que vuelva a pensar su respuesta. Y entonces surge de ella una sorprendente enmienda: “La Constelación Lispector, que agrupa a unas valiosas autoras cuya vida se parece al arte y el arte a su vida, ha ganado un reconocimiento definitivo en 2025 al consolidarse como una alternativa al averiado prestigio de tantas narraciones basadas en hechos reales. Se trata de una tendencia que no solo utiliza la vida personal como material, sino que la fragmenta y la eleva mediante el pensamiento”.
Confirmada por la IA esa fuga de autoras y también la existencia de un mayor celo en las expediciones literarias hacia la verdad, me atrevo a preguntarle qué le sugiere el concepto “sobreescritura completa del yo”, manejado por las autoras de la Constelación. Pero toco hueso. Y en su compungida respuesta, la IA se sirve de un educadísimo pero pringoso discurso para disculparse de no tener datos suficientes para ampliar su información.
Solo quería averiguar, me excuso, si no cree que del libro Derivas, de Kate Zambreno emerge la “energía de lo cotidiano” a través de una serie de minucias diarias. Confío en que la palabra “minucias” le active la memoria y le lleve a citarme a Lichtenberg (“La tendencia humana de interesarse en minucias ha conducido a grandes cosas”), pero lo que sigue es un silencio profundo que delata un defecto de fábrica: no tiene la IA la menor capacidad para asociar ideas, imágenes, recuerdos de vida.
Le deseo buenas fiestas y le agradezco inmensamente que haya dado carta de crédito a la existencia en la vida real de la Constelación Lispector. Dos segundos de espera, y llega su cortés respuesta: “No hay de qué. Piense que usted siempre da en el clavo, con independencia de donde golpee el martillo”.
Últimas tardes del Imperio ,,, 21.12.25
Llamaron a la puerta y una mensajera fugaz me entregó ‘Une forêt’, la nueva novela de Jean-Yves Jouannais

Llamaron a la puerta y, sin mediar palabra, una mensajera fugaz, veloz ―reparé en el símbolo cristiano en forma de pez que llevaba colgado de su cuello― me entregó Une forêt, la nueva novela de Jean-Yves Jouannais. La enviaba el propio autor y me sorprendió que su trama conectara con ¿Por qué hacen eso?, mi columna del martes 25 del mes pasado en estas mismas páginas, la que hablaba de Los pájaros, de Hitchcock, y de los ataques de esas aves a los humanos, así como de “la amenaza aterradora que nos acecha” y que, en el momento de escribir esto, identifico con el espectáculo sincronizado de una bandada de estorninos que vi volar la semana pasada en el cielo de Tarragona.
Fue concluir la lectura de Une forêt y confirmar que la novela reunía todas las condiciones para dar continuidad a lo que, con humor, podríamos llamar mi “estado pajarero” de los últimos días. En alcanzar ese estado ha influido la noticia de que, en doble edición catalana y castellana, se ha publicado el clásico de 1922 Els ocells amics (Mis amigos los pájaros), de Josep María de Sagarra. “El libro aparece en un momento muy emplumado: llevo días viendo halcones cernirse en el cielo de la ciudad”, escribió Jacinto Antón.
Une forêt transcurre en 1947, tras la Segunda Guerra Mundial, en la devastada ciudad alemana de Bremen. Y narra cómo a Lenz, abogado y capitán del Ejército estadounidense al que le han encargado “desnazificar” los espacios públicos alemanes, se le asigna un caso bien peculiar: ¿qué hacer con un grupo de pájaros parlantes, estorninos que anidan en un bosque local y han aprendido a cantar himnos nazis que transmiten a sus crías?
Lenz se enfrenta a un dilema legal y moral: ¿tiene que defender a estas aves y demostrar que no son nazis fervientes, o bien erradicarlas para limpiar la vida pública de todo rastro del régimen caído? No se arredra ante el dilema (tan actual) y explora a fondo temas complejos, relacionados con la culpa colectiva y la resiliencia de las ideologías. Es como si Lenz hubiera comprendido que dedicarse a semejante dilema podía ser una ocupación divertida y siempre preferible al tedio.
Hablando de tedio, la semana pasada, en la Imperial Tarraco, lo arrinconé al dedicarme a recordar que en 1890 el británico Eugene Schieffelin trasladó 100 estorninos de Londres al Central Park de Nueva York, lo que acabaría provocando que estas aves se convirtieran en una especie invasora que aún hoy causa daños ambientales en Norteamérica, y también aquí, donde algunos creemos haber visto bandadas de estorninos que, en su viaje de vuelta a Europa, parecen cómplices de la “amenaza aterradora” que tanto nos acecha. Y quien sabe si no influyen en que nos sintamos súbditos de ese Imperio Romano en decadencia en el que, según Philip. K. Dick, seguimos viviendo todos. Algo que, de ser cierto, explicaría nuestra condición de cautivos del Mal, con toda esa sucesión delirante de emperadores romanos y otros pajarracos imperiales, con tantos chiflados, a un lado y otro del Atlántico, capaces todos de una majadería distinta cada día.

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