Botellón...

Sin duda el gobierno socialista merece perder las próximas elecciones, pero está claro que la oposición no merece ganarlas. Esta es la cuestión. Ante un horizonte tan cerrado es lógico que la opinión pública no sepa por dónde tirar. Por otra parte, la gente común y tributable, que brega cada día por salir adelante, se siente humillada por la conducta de ciertos políticos, a los que ha votado para que solucionen los problemas y no para que los creen. Supongo que algún diputado o senador, que participa en las refriegas de arrieros en las Cortes, tendrá algún hijo adolescente con la cabeza erizada de púas mojadas, que pretende ir el sábado a la fiesta del botellón, de donde regresa siempre borracho. Ignoro qué razones puede esgrimir este político para que su hijo se quede en casa a preparar el examen de matemáticas en lugar de beber y hacer el gamberro en medio de la calle, si él mismo convierte en un botellón las sesiones del Congreso o del Senado. Durante el almuerzo este vástago descubre a su querido papá en el telediario insultando como un poseso a los políticos de otra bancada y no comprende que en ese momento, sentado a su lado a la mesa, le reprenda duramente porque hace un poco de ruido al sorber la sopa de fideos. Para exculparse de su propia bajeza puede que este diputado o senador le cuente a su hijo que en el Parlamento del Reino Unido las grescas entre adversarios son aún peores. Cualquiera que haya oído esta razón debe saber que es falsa. Los debates en cualquier Parlamento anglosajón pueden ser duros, incluso muy broncos, pero las invectivas personales van siempre cargadas de inteligencia, humor o ironía. En cambio, aquí el ínfimo nivel de la batalla dialéctica, la bilis negra con que se adoba la ideología, la brutalidad hepática y expeditiva con que se expelen argumentos, como las cornadas que salen por la boca, para destrozar al enemigo político, recuerdan la antigua estampa de las plazas de toros cuando varios pencos sin peto expiraban con las tripas derramadas sobre la arena y el público gritaba: ¡más caballos! Ahora, mientras el presidente del Gobierno duda, el jefe de la oposición se fuma un puro en la barrera esperando el derribo, por eso uno va a perder las elecciones y el otro no va a ganarlas. Este es el maldito teorema.
La grada---

Apolo gobierna la belleza; Dionisos es el propietario de la orgía. La distancia que existe entre los dioses Apolo y Dionisos es la que separa un gol de Messi o de Cristiano Ronaldo de la explosión de entusiasmo en la grada. Ambas emociones están prácticamente unidas en el fútbol; una conduce a la otra con una reacción instantánea, pero hay que preguntarse por qué la belleza lleva la gloria y la gloria al final conduce siempre a la locura. Messi o Cristiano Ronaldo han realizado tres jugadas geniales en el césped bajo la inspiración de Apolo y ellos a su vez también se han convertido sobre el pedestal en un mármol musculoso muy distante, solo asequible para sus fanáticos mediante la adoración. Durante el encuentro en la grada muchos espectadores con los sueños rotos por una vida vulgar han imaginado que son ellos mismos los que corren, regatean y rematan de forma espectacular el balón por la escuadra, pero al final del partido se dan cuenta de que esta gloria les está absolutamente vedada. El día en que el equipo conquista una copa, la multitud embriagada de fervor se friega contra sí misma para liberar en el aire una enorme carga energética compuesta de todas las frustraciones posibles de cada individuo; a continuación gana la calle cantando, saltando, mostrando las bufandas y se vacía alrededor de un monumento emblemático de la ciudad haciendo el ganso ante las cámaras. Es el momento en que Dionisos con el rabo de sátiro sustituye a Apolo, se apodera de la calle, se instala desnudo, coronado con hojas de vid en medio de la fiesta y convence a sus fieles de que el triunfo les pertenecerá si se alimentan con la electricidad que generan sus cuerpos al restregarse. Dionisos conduce a los más frustrados hacia el fondo de la noche para redimir su vacío con el rito de la destrucción de cuanto hallan a su alrededor, coches, papeleras, escaparates. A veces incluso les obliga a entrar en otros cuerpos con la navaja. Al día siguiente este dios todavía manda sobre la victoria. Los ídolos, con el capitán a la cabeza, ofrecen muy encorbatados la copa a otro ídolo, a una Virgen patrona, para que refleje en la plata sus ojos de vidrio. Es la forma más moderna de locura provocada simplemente por la belleza de un regate, de una parada, de un remate por la escuadra.
Van Meegeren, la vanidad del falsificador

Miguel Ángel le vendió al papa Julio II como esculturas griegas algunas que él mismo había esculpido de propia mano. Era una estafa, pero no dejaban de ser esculturas auténticas de Miguel Ángel y sin duda con el tiempo fue el Vaticano, como siempre, el que salió ganando. Muchas veces le llevaban a Picasso uno de sus cuadros para que lo autentificara. Hubo casos en que el pintor se negó a reconocer su propia obra si esta ya no le gustaba. "¿Pero, maestro, no recuerda que le he comprado esta pintura a usted en persona en este mismo taller?", exclamó un coleccionista angustiado. "Es que yo también pinto a veces Picassos falsos", contestó el pintor.
A principios del siglo pasado el marchante Ambroise Vollard, el descubridor de Picasso, se pasaba el día dormitando en su tienda de la Rue La Boétie a la espera de que cayera por allí algún coleccionista a comprarle un cuadro. Un día sonó la campanilla y entró un americano de Oklahoma. Quería un Cézanne. El marchante le mostró seis óleos del pintor, los únicos que tenía, a quinientos francos cada uno. "Si me hace un precio, le compro los seis", dijo el comprador muy sobrado. "En ese caso le cobraré 3.000 francos por cuadro". El americano quiso saber el motivo de semejante veleidad. "Tiene su lógica", contestó el marchante. "Usted sólo me da dinero y a cambio yo me quedo sin un solo Cézanne". Otro día sonó la campanilla y entró en la tienda un clochard muy andrajoso con un pequeño lienzo en la mano. Estaba firmado por un tal Van Gogh y representaba a un tipo de mirada salvaje, la barba rojiza, el rostro anguloso bajo un sombrero de fieltro. Era un autorretrato. El clochard estaba dispuesto a cedérselo por cualquier cantidad que le permitiera comprarse una botella de calvados. El señor Vollard reconoció la figura del lienzo a primera vista y le dijo al clochard que el cuadro era falso. El autorretrato auténtico de Van Gogh se lo había vendido el propio marcharte al barón de Rothschild y estaba colgado en la chimenea del salón principal de su mansión en París. Puesto que era una copia mala que no valía siquiera una botella de calvados el clochard abandonó el lienzo en la tienda y se largó sin dejar rastro. El falso autorretrato de Van Gogh quedó arrumbado en el suelo entre otros cuadros y cachivaches, de forma que desde la mesa Vollard tenía siempre a la vista aquella figura de rostro de cuchillo, que no le apartaba su mirada salvaje como si le recriminara su pasividad disuelta siempre en una continua modorra. Después de algunos meses esa figura se había convertido en una obsesión. Aquellos ojos estaban vivos y expresaban una verdad. Para salir de dudas, con el lienzo bajo el brazo el marchante se dirigió a la mansión del banquero y pidió comparar los dos autorretratos. Le bastó un solo minuto para llegar a la conclusión de que el Van Gogh auténtico era el del clochard, pero cuando preguntó por él en Montmartre le dijeron que se había arrojado al Sena.
Viendo que había salvado el pellejo Van Meegeren se negó a descubrir su secreto. Cómo envejecía el lienzo, cómo disolvía las tintas
Todos los cuadros son falsos mientras no se demuestre lo contrario. Cuando André Malraux fue nombrado por De Gaulle ministro de Cultura inició la labor en el ministerio con dos actos simbólicos: primero obligó a limpiar todas las fachadas de París y después se paseó por todos los museos, tiendas de cuadros y galerías, requisó los lienzos falsos de Utrillo y de Corot que encontraba, hizo con ellos una pira en la plaza de Ravignan y así ardieron al menos trescientos lienzos atribuidos a estos dos pintores. Si un ángel exterminador realizara un vuelo rasante sobre todos los museos y pinacotecas del mundo y acercara su espada flamígera a todas las obras de arte falsas o mal atribuidas desde el tiempo de los faraones hasta hoy serían muy escasas las que resistirían la prueba del fuego hasta el punto de que gran parte de la historia quedaría vacía. Pero demostrar que un cuadro es falso es casi tan difícil como demostrar que es auténtico. Este detalle estuvo a punto de llevarle a la horca a Van Meegeren, al falsificador de Vermeer.
Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial en la Bélgica liberada comenzó la caza de colaboradores con los nazis la investigación llegó hasta las oficinas de un banquero en cuyos papeles constaba la venta al mariscal Goering de un cuadro de Vermeer, titulado Mujeres sorprendidas en adulterio. El banquero se sacudió las pulgas de encima delatando al verdadero vendedor, un tal Van Meegeren, pintor de tercera categoría, quien fue detenido el 29 de mayo de 1945 y después de un juicio rápido se le condenó a muerte por traición a la patria y colaboración con el enemigo. En el juicio Van Meegeren manifestó en su defensa que había falsificado ese cuadro. No sólo ese, perteneciente a la colección privada de Goering, sino también otros del mismo pintor. Durante años se había vengado de la indiferencia que despertaba su talento falsificando al más grande artista holandés del siglo XVII, del que sólo se conocían 37 obras. De hecho uno de sus cuadros falsos, Los discípulos de Emaús, había sido certificado por Brodius, el especialista de más prestigio, como una obra maestra de Vermeer y la Sociedad Rembrandt la había adquirido por 170.000 dólares. Los jueces no le creyeron, dada la perfección del trabajo. Pero en este caso su vanidad de artista entró en colisión con la muerte. Pudo haber repetido la hazaña del general Della Rovere, un impostor que se dejó fusilar como héroe, siendo un simple falsario con dotes de actor que había engañado a los nazis. Aunque a Van Meegeren le halagaba que su talento fuera reconocido públicamente ante un tribunal, no estaba dispuesto a arrastrar su vanidad hasta el pie de la horca.
Para demostrar su inocencia pidió que le llevaran a la celda un lienzo y todos los colores, aceites y pinceles necesarios. Comenzó a falsificar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores. Dada la habilidad de su mano, a mitad del trabajo, los jueces cambiaron de opinión. La pena de muerte por traición a la patria, malversación del patrimonio nacional y colaboración con el enemigo fue conmutada por una condena a dos años de cárcel por simple falsificación. Viendo que había salvado el pellejo Van Meegeren se negó a descubrir su secreto. Cómo envejecía el lienzo, cómo obtenía los mismos pigmentos que usaba Vermeer, cómo disolvía las tintas viejas, cómo sometía al horno la tela para conseguir el craquelado peculiar del siglo XVII, cómo pegaba al lienzo pelos de comadreja sacados de los pinceles de la época y otras manipulaciones todavía más elaboradas se las llevó Van Meegeren a la tumba.
Queda dicho que demostrar la falsedad de un cuadro es a veces una labor muy ardua. En este caso, más allá de la sentencia del tribunal, el juicio continuó entre historiadores y estetas por un lado, físicos y químicos por otro. Unos seguían defendiendo la autenticidad de los Vermeer, pese a la propia confesión del falsificador. Las palabras que adornan los sentimientos estéticos ante cualquier obra de arte pueden formar un laberinto del que es imposible salir. Así sucedía con el cuadro Los discípulos de Emaús, hasta que fue sometido a un examen químico en un laboratorio inglés donde se demostró que Van Meegeren había usado fenol formaldehído para disolver las tintas secas y el azul cobalto mezclado en el lapislázuli, dos sustancias que no fueron descubiertas hasta el siglo XIX. Finalmente Van Meegeren había sido científicamente desenmascarado, pero de esta afrenta ya no se enteró, puesto que murió antes de un ataque al corazón en la cárcel, en 1947. Algunas esculturas griegas del Vaticano son de Miguel Ángel y en el Rijksmuseum de Amsterdam los falsos Vermeer son tanto a más visitados que los auténticos.

Triángulo

Tal vez el mayor problema del hombre se deriva de un hecho muy simple: que los bolsillos del pantalón muy pegados al sexo forman a veces un solo conjunto al alcance de la mano. Los varones insignes tienen en el cerebro una inteligencia clara; un corazón valeroso en el pecho y el equilibro zen en el diafragma. Un poco más abajo, en la geografía corporal, están las convulsas calderas del estómago y de los intestinos y sobre ellas se aprieta el cinturón que sostiene los pantalones y divide el cuerpo en dos mitades. En la parte superior de este paralelo estratégico se hallan instalados los valores de la razón, del coraje, de la belleza y de los sentimientos nobles. Un caballero de prestigio suele cubrir estos ideales con una camisa impoluta con tres iniciales bordadas, con una corbata de seda colgada de la nuez y con una chaqueta bien cortada cuyas solapas sirven para prender medallas, insignias y otros honores. Pero estos valores del espíritu comienzan a enturbiarse a medida que se desciende al hemisferio sur del mapa. Allí los genitales junto con los dos bolsillos del pantalón constituyen un triángulo de las Bermudas donde los varones más insignes pierden el contacto con la torre de control que está en la cabeza y los ideales desaparecen en medio de la tormenta. Puede que una de las derivas más turbias del hombre consista en meterse las manos en los bolsillos y rascarse los genitales como quien manipula en la imaginación la clave de una caja fuerte. Es probable que a cualquier conejita del Playboy le baste con un susurro en el oído del banquero más puritano, del juez más justiciero, del moralista más duro para forzarlos, uno detrás de otro, a vestirse de Lola Flores, si a ella se le antoja. Y también puede suceder que después de pasarse media vida dando ejemplo de honradez llegue el día aciago en que un político se adentre en su triángulo de las Bermudas y de pronto descubra que un ricachón le ha llenado los bolsillos de oro sin que él se dé cuenta. Pero la perdición absoluta se produce cuando la lujuria y la codicia entran en contacto a través de los bolsillos del pantalón, de forma que al rascarse los genitales se abra el cofre del pirata cuyo tesoro es una novia hawaiana. Ese es el momento en que el héroe se convierte en un trapo.
La cornada

Dijo Rafael el Gallo que para el prestigio de un torero hay algo mucho peor que una bronca con almohadillas en Las Ventas de Madrid: es que saquen a hombros de La Monumental de Barcelona. Tal vez para evitar este escarnio, más allá de la defensa de los animales, en el Parlamento de Cataluña se ha planteado formalmente la prohibición de la corrida de toros en su territorio. Cataluña y España llevan algunos siglos buscando la fórmula de insertarse políticamente en un proyecto común. Hoy está en el aire el recurso contra su Estatuto de Autonomía en el Tribunal Constitucional y probablemente la sentencia que zanje o acreciente este desencuentro histórico depende de un magistrado, que hace unos días aparecía en el callejón de La Maestranza de Sevilla fumándose un puro con dos colegas junto a uno de Los Morancos, una imagen que no desmerece en absoluto de lo más duro de la España castiza. A la plaza va uno a divertirse contemplando cómo se mata a un toro con más o menos florituras, en medio de un baño de sangre. En eso consiste el bien cultural. Pero habría que saber cuántos espectadores, en una tarde tediosa e insoportable, abandonarían la plaza si supieran que al final de la lidia el último toro iba a matar al torero. No creo que hubiera muchos aficionados que renunciaran al privilegio de poderlo contar después con todo pormenor en las tertulias. De hecho, la reciente cornada en la femoral de José Tomás ha superado en impacto al que produjo la lanza del centurión en el costado del Nazareno, porque el rito sustancial de la corrida es la muerte, bien sea la del toro o la del torero, aunque esta por fortuna se produzca raras veces. En general, la gente come carne y los que pueden también langostas, pero nadie paga la entrada en un cocedero de mariscos o en un matadero sólo para contemplar con placer cómo meten a las langostas en agua hirviendo o someten a un cerdo a cuchillo, aplaude y luego se larga uno sin comérselos. El rito de la corrida tendría sentido si al final de la lidia se hiciera un enorme asado en el ruedo y después de convertir al minotauro en chuletas, solomillos y mondongos, bajaran los espectadores y se lo zamparan. Ignoro si en Cataluña aceptarían participar en este místico banquete con los tres jueces de La Maestranza.
Locura

Es inenarrable la cantidad de cosas que se ha puesto la gente en la cabeza desde el inicio de la historia. El rito de la coronación comenzó hace un millón de años. Probablemente alguna hembra primate, apenas aprendió a caminar a dos patas en el valle del Ritt, en Kenia, se colocó una piña tropical en alto del cráneo como Carmen Miranda, empezó a mover las caderas y se sintió feliz, mientras su pareja, que era el macho más bragado de la tribu, se coronó a sí mismo con cuernos de búfalo o de venado para significar su poder, un vestigio que todavía está presente en la mitra de Benedicto XVI. Algo muy extraño debe de esconder el cerebro cuando existe el instinto de cubrirlo o de prolongarlo con toda clase de prendas y cachivaches, cada uno con un significado: el velo, la mantilla, la gorra de plato, el solideo, el kipá, la tiara, la toca, el sombrero borsalino de Al Capone, el casco, el gorro de cocinero, el bonete, el turbante, la corona imperial o la boina capona. Los artesonados de oro y las cúpulas llenas de ángeles que rematan el trono del rey son también una superestructura de su cerebro. Las mujeres de raza negra realizan una obra de arte con la tapa de los sesos. Trenzan sobre ella lazos con telas de colores, a los que añaden frutas, flores y pájaros que trasmiten una sensación de imaginación y libertad, pese a que viven sojuzgadas. Soy partidario de que cada uno lleve en la cabeza lo que le dé la gana, incluso un pollo frito si lo prefiere, siempre que no moleste a nadie. En la cultura anglosajona, donde la libertad es la única diosa, los sentimientos estéticos o religiosos se los guarda uno para casa. Por supuesto entre un burka y la piña tropical de Carmen Miranda prefiero la piña, pero aun a riesgo de parecer un frívolo, debo confesar que el burka, aparte del rechazo por la repugnante esclavitud que supone para la mujer, me produce mucho vértigo porque uno nunca sabe con la sorpresa que podría encontrarse dentro de ese catafalco humano, tal vez con una hurí o con un terrorista armado o con la señora de toda la vida o con un vecino bigotón que te esperaba tras la rejilla. Velo musulmán o pamela de gran dama en la carrera de caballos en Ascot, cualquier clase de gorro parte del primate con la misma locura.
Pesadilla

La sede del Tribunal Constitucional tiene por fuera la forma de un cono truncado y se puede imaginar el interior como un laberinto de pasillos circulares que va a dar en una sala de juntas, una especie de huevo insonorizado, donde se reúnen a dilucidar 12 magistrados. La tarde aciaga en que empezó todo, sólo 10 magistrados del alto tribunal se encontraban allí dentro, puesto que uno había sido recusado y otro ya había muerto, con lo que ambos se libraron de la pesadilla. Al final de la jornada todos los funcionarios judiciales, incluidos los bedeles y el personal de la limpieza, habían abandonado el establecimiento con absoluta normalidad. El edificio se hallaba vacío. Sólo quedaban los 10 magistrados reunidos alrededor de una mesa en el interior del huevo insonorizado examinando un único y eterno recurso. Llegó un momento en que uno de ellos, el más prostático, tuvo necesidad de ir al lavabo. Fue el primero en darse cuenta de que había sido cegada la puerta que daba al pasillo. Antes de comunicar este hecho insólito a sus colegas se restregó los ojos por si se trataba de una alucinación, pero después de examinar toda la pared circular llegó a la conclusión de que el recinto había quedado absolutamente hermético, sin salida posible. Al principio sus colegas no dieron crédito a este extraño suceso; luego uno detrás de otro abandonaron las poltronas y comenzaron a sacudir con el puño crispado todos los tabiques gritando. La sorpresa se convirtió en angustia cuando comprobaron que habían desaparecido no sólo las puertas y ventanas, sino también los huecos de la ventilación y del aire acondicionado. Se hallaban dentro de un huevo de hormigón, cuyo espesor era tan compacto que los móviles habían quedado sin cobertura. Estaban incomunicados. Si los magistrados no podían salir, lógicamente nadie podría entrar nunca en su ayuda. Funcionaba una sola bombilla, que en este caso sirvió para iluminar la cara de pánico que pusieron todos cuando el presidente del tribunal calculó el tiempo que tardaría en agotarse el oxígeno de la sala. Precisamente fue el propio anhídrido carbónico el que les hizo perder la memoria y la noción de las cosas. Sucedió hace más de tres años y los ciudadanos no saben todavía si los magistrados están vivos o ya han muerto.
Seis balas para Andy Warhol

Inventó la frivolidad como una actitud estética ante la vida y dictaminó que la esencia de las cosas sólo está en los envases. Este creador fue Andy Warhol, nacido en Pittsburgh, Pennsylvania, en 1928, hijo de un minero del carbón, emigrante eslovaco. Después de bautizarse en el rito católico bizantino el niño a los 13 años obtuvo la enfermedad del baile de san Vito, que le forzaba a mover las cuatro extremidades de forma incontrolada. Proscrito por sus compañeros de colegio debido a su rara pigmentación de la piel, postrado en cama largo tiempo y protegido en exceso por su madre, el pequeño Andy sólo halló salida alimentándose de héroes del cómic y de prospectos con los rostros de Hollywood, una mitomanía de la que ya no se recuperó.
No importaba lo que había pintado, su verdadera creación eran aquellos extraños seres que se parecían sólo a sí mismos como tribu
Tampoco está claro que superara el síndrome del baile de san Vito, si se tiene en cuenta que, instalado en 1949 en Nueva York, no paró de moverse el resto de su vida en medio de un cotarro frenético de aristócratas excéntricos, artistas loquinarios, bohemios, drogadictos, modelos y otras aves del paraíso a los que, como gurú de la modernidad, comenzó a otorgar a cada uno los 15 minutos de fama que les correspondían y por los que algunas de estas criaturas estaban dispuestas a morir y a matar, como así sucedió.
Al principio Andy Warhol se dedicó a la publicidad, a ilustrar revistas y a dibujar anuncios de zapatos, pero hubo un momento en que ante una botella de cocacola, un bote de sopa, un billete de dólar y el rostro de Marilyn tuvo una primera revelación. Pensó que ciertas figuras y productos comerciales eran los verdaderos iconos de la vida americana y había que introducirlos en el territorio sagrado de la cultura y del arte. El pop-art que acababa de inventar necesitaba un fundamento filosófico y todo gran desparpajo lanzó al mundo este manifiesto: la cocacola iguala a todos los humanos. "En América los millonarios compran esencialmente las mismas cosas que los pobres. Ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una cocacola mejor que la que está bebiéndose el mendigo en la esquina. Todas las cocacolas son la misma y todas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el presidente los sabe, el mendigo lo sabe y tú lo sabes".
Su filosofía de la superficie de las cosas se presentó en sociedad en 1954, en una exposición de la galería Paul Bianchinni, en el Upper East Side, titulada El Supermercado Americano, montada como una tienda de comestibles con pinturas y pósters de sopas, carnes, pescados, frutas y refrescos, mezclados con esas mismas mercancías auténticas en los estantes. La diferencia estaba en el precio. Un bote de sopa valía dos dólares en la realidad y costaba dos mil en la representación. Hoy un dólar es un dólar, pero si el billete está pintado por Warhol vale en una subasta seis millones de dólares.
Andy siguió añadiendo al arte más iconos de la vida americana, la silla eléctrica, el revólver, las cargas de la policía contra los manifestantes de los derechos humanos, los coches, los botes de sopa Campbell, los rostros de las celebridades de Hollywood, mientras a su alrededor se iba condensado un grupo de seres extraños, que eran mitad cuerpo humano real y el resto ficción o decoración. Todos revoloteaban alrededor de su estudio, la famosa Factoría, en la Calle 47 y la Séptima Avenida, empapelado por entero con papel de aluminio.
El salto cualitativo lo dio este artista ante el caso extraordinario de una exposición de 1964 en Filadelfia cuando por un percance del transporte no llegaron a tiempo los cuadros a la galería para la inauguración. El público llenaba la sala con las paredes desnudas y Andy desde un altillo descubrió que aquel espacio se parecía a una pecera llena de crustáceos que se movían en un baile de san Vito, excitados unos por otros, como única fuente de energía. A nadie le importaban las pinturas. La expectación sólo la proporcionaba la presencia del artista rodeado de sus criaturas, a las que todo el mundo trataba de parecerse. En ese momento tuvo Warhol su segunda revelación. La única forma de existir consistía en reflejarse en el espejo del otro. Si una cocacola o un bote de sopa Campbell es un icono americano, ¿por qué no puedo serlo yo? No importaba lo que había pintado, su verdadera creación eran aquellos extraños seres que había conseguido reunir entre cuatro paredes blancas y que no se parecían en nada al resto de los habitantes de Nueva York, sino sólo a sí mismos como tribu. El rostro blanco con polvos de arroz, adornada la cresta roja con plumas de marabú y el cuerpo anoréxico alicatado con cristales de colores, de esa tribu formaban parte Valerie Solanas, feminista radical, violada por su padre, perdida desde los 15 años como una mendiga por las calles de Manhattan, que había escrito un guión titulado Up your ass (Mételo por el culo); Edie Sedgwick, hija de un millonario californiano, nacida en un rancho de 3.000 acres, que desembarcó en Nueva York como modelo con toda su belleza anfetamínica, acogida por su abuela en un apartamento de 14 habitaciones en Park Avenue; la cantautora Nico, la actriz Viva, Gerard Malanga, Ultra Violet, Freddie Herko, Frangeline, el escritor John Giorno, el cineasta Jack Smith, el grupo de música The Velvet Underground, Lou Reed, las chicas del Chelsea y un resto de jovenzuelos sin nombre pintarrajeados que entraban y salían de La Factoría, muchos de ellos dedicados sólo a mear sobre unas planchas de cobre para conseguir con la oxidación de la orina unos matices insospechados en los grabados, a los que a veces se añadía mermelada de frambuesa, chocolate fundido y semen humano. Era su parte en el cuarto de hora de fama.
Esta frenética cabalgada hacia el vacío impulsada con películas underground, experimentos con drogas, sexo en los ascensores, gritos en la noche, sobredosis en los retretes, que constituía la modernidad de los años sesenta en Nueva York, terminó abruptamente cuando el 3 de junio de 1968 Valerie Solanas, pasada de rosca, entró en La Factoría dispuesta a que Warhol le devolviera el guión que le había entregado. No estaba dispuesto a rodarlo, le parecía demasiado obsceno, pero lo cierto es que lo había perdido. Mételo en el culo. Fue suficiente para que Valerie sacara un revólver, el mismo que el artista había pintado como icono, y le sirviera todo el cargador, seis balazos, uno de los cuales le atravesó el cuerpo y casi lo llevó a la sepultura, de la que fue rescatado después de una operación quirúrgica de cinco horas, cuyas cicatrices se convirtieron en un póster. "Tenía demasiado control sobre mi vida" -dijo Valerie en el juicio-. Pero la fama siempre encuentra a otro más famoso. Este hecho fue oscurecido por el asesinato de Robert Kennedy unos días después. Se acabó el baile de san Vito. Desde entonces Warhol parecía un hombre de cartón piedra, decían las aves del paraíso que revoloteaban sobre su peluca plateada. Por otra parte Edie Sedgwich también se había destruido. Una mañana apareció muerta en la cama ahíta de barbitúricos. Sólo Basquiat, el negrito grafitero, rescatado por Warhol salió disparado hacia la gloria.
Ser ante todo visible y hacer del espíritu un buen envase exterior fue lo que aportó Andy Warhol al mundo del arte. Por eso este artista diseñó también su funeral, celebrado en la iglesia bizantina del Espíritu Santo de Pittsburgh el 22 de febrero de 1987. Su féretro era de bronce macizo con cuatro asas de plata. Warhol llevaba puesto un traje negro de cachemira, una corbata estampada, una peluca plateada, gafas de sol con montura rosa, un pequeño breviario y una flor roja en las manos. Según las crónicas, en la fosa su amiga Paige Powell dejó caer un ejemplar de la revista Interview y una botella de perfume Beautiful de Estée Lauder. Pudo haber añadido un bote de sopa Campbell, un billete de dólar, una cocacola y un revólver. Toda América.
La tumba

La izquierda política considera un escándalo que Falange Española, salida, de repente, del baúl de la historia, tenga fuerza suficiente todavía para sentar al juez Garzón en el banquillo. No es tan raro. El cadáver de José Antonio, fundador de ese movimiento fascista, está enterrado con todo honor al pie del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos, y durante 30 años de democracia nadie ha osado tocarlo. Al iniciar su instrucción sobre los crímenes del franquismo el juez Garzón pidió el certificado de defunción de Francisco Franco y esta diligencia, que sólo era un requisito formal, causó asombro en la mayoría de españoles. Los más ingenuos pensaron que ese papel era innecesario porque se sabe a ciencia cierta que los huesos del dictador permanecen bajo una losa de mil kilos en la basílica del Valle de los Caídos construido por presos políticos, y en la vertical de sus despojos se levanta una poderosa cruz de granito. En cambio, otros más suspicaces dudan que Franco haya muerto, porque precisamente esa enorme cruz proyecta todavía desde las breñas de Cuelgamuros la sombra del dictador sobre todas las instituciones de la democracia. A estas alturas lo realmente escandaloso debería ser el miedo reverencial que sienten los demócratas españoles hacia ese panteón faraónico, como si esa olla de hormigón guardara una barra de uranio que puede liberar una incontrolada carga radioactiva muy peligrosa. De ese miedo nacen todas las ruedas de molino con las que hay que comulgar. Es evidente que la actitud de este juez ha liberado unas fuerzas reaccionarias muy oscuras que nuestra democracia creía cegadas para siempre. Metidos en estos enredos jurídicos de rábulas se puede discutir si el juez Garzón ha prevaricado a la hora de tocar esa barra de uranio radioactivo. Juristas insignes lo niegan. El acto con que un juez inicia unas diligencias de investigación no puede ser nunca constitutivo de prevaricación porque en ese momento no se actúa aun contra nadie en concreto, en consecuencia no hay resolución injusta, puesto que no hay perjudicados todavía. Pero en el fondo, con este pleito político solo se trata de saber si Franco realmente ha muerto, por eso hizo muy bien el juez Garzón en pedir antes que nada su certificado de defunción.
Trasplante

La buena gente que espera en el hospital que le sea trasplantado un corazón, un riñón o un hígado piensa instintivamente que las vacaciones de semana santa o cualquier puente largo de un fin de semana constituyen un tiempo propicio para que los accidentes de coche dejen en las cunetas una buena cosecha de vísceras. En esta vida todo es dialéctico. "A ver si tenemos suerte en esta operación retorno", me dijo muy compungida la madre de un amigo que necesitaba el hígado de otro para seguir viviendo. Lo dijo con toda la inocencia, como un reflejo condicionado de amor a su hijo, sin pensar que su esperanza estaba supeditada a las lágrimas de otra familia. En el fondo si todos los cuerpos humanos son intercambiables se debe a que sus entrañas carecen de ideologías. Si un tipo del Partido Popular espera un trasplante, lo lógico es que lo acepte sin rechistar aunque el órgano venga de un socialista. Se supone que el posible rechazo será sólo inmunológico, no político. Un corazón de comunista puede trasplantarse a un fascista o al revés y seguir latiendo sin que la sangre que bombea al cerebro le fuerce a cambiar de pensamiento. El ego que uno considera personal e intransferible no reside en ningún lugar concreto del organismo. Sólo es un hálito de la propia memoria formado de sensaciones, ideas y creencias con un rostro que se reconoce en el espejo y si bien en algunos casos ese hálito constituye un ideal por el que los fanáticos están dispuestos a morir, a la hora de la verdad, en la UVI, un corazón, un riñón o un hígado se cotiza mucho más que cualquier ideología. La familia de mi amigo es muy devota, muy compasiva. El viernes santo ingresó a su hijo en el hospital a la espera de que Dios reprodujera en él tres días después el milagro de la resurrección. Todo apuntaba hacia un resultado feliz. Impulsados por una primavera rabiosa habían salido de vacaciones más millones de coches que nunca. Para esta familia la operación retorno tenía esta vez un significado especial. En efecto, en una curva de carretera se había producido el accidente mortal deseado, y aunque el hígado pertenecía a un crápula que se había dado contra un chopo a la salida de un prostíbulo de madrugada, gracias a esa muerte mi amigo había resucitado.
Sexo turbio

Para la Iglesia católica un clérigo pederasta, que corrompe a 20 monaguillos, sólo es un pecador, no un delincuente propiamente dicho. Si se descubre su vicio nefando, el jerarca superior preocupado por el escándalo que pueda causar entre los fieles su conducta desordenada, tratará en primer lugar de encubrirlo, luego lo llamará en secreto a consulta para rogarle con más o menos ahínco que pida confesión y si el caso ha sido muy sonado, le obligará a cambiar de parroquia. Por muy execrable que haya sido su pecado, si se arrepiente, quedará absuelto mediante una penitencia simbólica, como pueda ser un padrenuestro y tres avemarías. El clérigo pederasta será perdonado tantas veces como vuelva a echarse otro monaguillo al plato, siempre que repita el acto de contrición después de cada caída, puesto que la Iglesia tiene una ilimitada comprensión hacia la debilidad de la carne, sobre todo si la carne es la eclesiástica. En derecho canónico la pederastia no es un delito que haya de denunciar a la justicia ordinaria para que el clérigo responsable dé con sus huesos en la cárcel. Sólo habla de pecados que pueden llevarle al infierno y una vez en el infierno, échele un galgo. Por otra parte, ningún escándalo de sexo o de sangre ha podido con la Iglesia católica. A lo largo de su historia hubo papas incestuosos como Alejandro VI, quien en los casos en que no podía asesinar directamente a puñal, impartía con suma pericia el sacramento mortal del veneno; hubo inquisidores que convirtieron en teas humanas a grandes científicos y humanistas; hubo cardenales que castraron a los niños de la escolanía y los convirtieron en eunucos para mantener sus voces blancas. Todo lo que no mata, engorda. En el fondo este es el argumento que esgrimen los apologistas para demostrar el origen divino de la Iglesia, puesto que este cúmulo de crímenes, cismas y guerras de religión no ha podido con ella. Pero la jerarquía eclesiástica debe saber que hoy, antes de hablar de la fe, hay una cosa muy elemental que cumplir: en lugar de encubrir, absolver y mandar al clérigo corruptor de menores a un convento para que haga penitencia, su deber es entregarlo a la justicia ordinaria con el mismo celo con que lo hace con el ladrón que descerraja un sagrario y roba un copón.
Para Serrat

A través de un paisaje recio del profundo Aragón, por la carretera que va de Teruel a Zaragoza, por Utrillas y Hoz de la Vieja, llegué al antiguo pueblo de Belchite, que conserva intactas todavía las ruinas de la Guerra Civil. Los espectros de las iglesias bombardeadas y las calles cegadas por los escombros han quedado como testimonio de aquel encarnizado horror. En este viaje tuve que hablar de literatura a alumnos de secundaria entre la algarabía de unas aulas de instituto llenas de adolescentes cuyas hormonas se hallaban disueltas en el aire de una primavera explosiva. Probablemente todos ignoraban la tragedia que sufrieron sus antepasados sobre aquella tierra adusta. Yo mismo, en lugar de hablarles de héroes de ficción, pude haberles contado una historia real. Belchite fue tomado por los dos bandos de la Guerra Civil, ganado y perdido tabique a tabique con la bayoneta desnuda. Poco antes de iniciarse la última batalla, unos padres mandaron a su hija, una niña llamada Ángeles, que fuera a decirles a sus tíos que estaban entrando en el pueblo los nacionales, pero cuando llegó a casa de sus tíos, los nacionales ya los habían fusilado, a ellos y a otros parientes. La niña volvió a su casa y se encontró con que sus padres también habían sido asesinados. Viéndose sola con toda su familia exterminada comenzó a correr bajo el fuego, dejó el pueblo atrás, atravesó la llanura, se perdió por los montes y no cesó de caminar junto a los bruñidos raíles del tren hasta llegar a Barcelona. Años después esta adolescente se casó con un anarquista catalán represaliado, que se llamaba Josep Serrat; la pareja vivió en el Poble Sec entre gente vencida y allí les nació un niño, que con el tiempo sería un insigne artista muy famoso. Joan Manuel Serrat acaba de crear unas canciones sobre versos de Miguel Hernández, otro ser inocente, muerto en una cárcel franquista, aplastado por el fanatismo de un tiempo atroz. Pude haberles contado a aquellos alumnos de literatura que sobre las ruinas descarnadas del viejo Belchite la primavera estaba depositando algunas flores sencillas, del mismo modo que han germinado en la voz de Serrat muchas palabras de amor desde el terror de aquella niña que huyó de la sangre y llegó al mar a través de una tierra muy dura.
Para vivir

Si uno deja de fumar no es para vivir más años, sino para vivir mejor ahora mismo y no tener que resollar como una foca al subir veinte peldaños. Si uno come en pequeña cantidad comida sana y no ingiere grasa animal, hamburguesas con carne de perro y gallinejas fritas con aceite de motor, no es para adelgazar o bajar la tripa, sino para respetar el propio cuerpo y no someterlo a la humillación de tener que digerir semejante basura. Si en lugar de apoltronarse ante el televisor para recibir indefenso su descarga diaria de estiércol, uno se mueve, camina una hora al día o se machaca en el gimnasio, no es para exhibir en la cama un pecho de lagarto o presumir de bolas ante las amigas en el bar, sino para sentirse flexible y no verse obligado a gemir una blasfemia al salir de taxi o al levantarse del sofá. Si se renuncia a habitar espacios cerrados que huelen a aliento fétido, y se inspira aire fresco y limpio hasta el fondo de los pulmones, esta actitud sólo tendrá sentido si además de purificar las células con oxígeno verde, uno busca que la naturaleza entre a formar parte del espíritu. No fumar, comer sano y hacer ejercicio, sirve para ofrecerse al placer de ahora mismo, puesto que la eternidad cabe entera en el día de hoy, sin esperar a mañana. Mientras uno vive de forma saludable sigue siendo inmortal. Los últimos años que te resten de tu paso por esta tierra, si te has convertido ya en un desecho humano, puedes regalárselos al sepulturero. Estas reglas sólo atañen al cuerpo, pero hay que acompañarlas de una sencilla disciplina espiritual si se pretende llegar más allá. El ambiente degradado por los insultos que se infieren mutuamente los políticos es mucho más venenoso que el óxido de carbono. Prohíbete respirar ese aire. Aléjate del pesimista que sólo busca amargarte el día, y usa tu nuca como basurero psíquico para depositar en ella su frustración. Nunca discutas con el creyente que lleva el fuego del infierno incluso en el mechero. Su fanatismo es peor que la carne de perro. Guárdate del que pretende darte lecciones con una verdad absoluta o con un bate béisbol. Son dos formas de partirte la cabeza. Y si un moralista con halitosis te señala con el dedo, huye y no te detengas hasta que veas que en el horizonte arden las palmeras.
Tener clase

No depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda. Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado.
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