Bacterias ,,, 9.12.25
Lo dijo el poeta Lucrecio un siglo antes de Cristo: si el espacio es ilimitado, y en él una cantidad inimaginable de átomos revolotea poseída de movimiento eterno, habrá que reconocer que el número de mundos es infinito y en otras partes deben existir incontables tierras con diversas razas humanas y especies salvajes. Dicho esto, Lucrecio tal vez se preparó una ensalada de higos con apio en su quinta de la Campania para celebrar la verdad. que se derivaba de esta hipótesis: si hay innumerables mundos con otros seres vivos, la naturaleza se te aparecerá libre, exenta de soberbios tiranos, y ella obrará también de forma espontánea sin necesidad de la acción de los dioses. Dos mil años después de Cristo esta intuición epicúrea de Lucrecio se ha confirmado científicamente. Un equipo de investigadores ha descubierto de modo incontrovertible algunas bacterias en un aerolito que llegó de Marte, y yo, que no soy poeta, he decidido celebrar esta fraternidad cósmica de los átomos tomándome un campari. Una bacteria no es cualquier cosa: no existe diferencia sustancial entre ella y un elefante. Esa diminuta criatura tiene también una unidad de destino en lo universal. Mirando las estrellas con el campari en la mano me he preguntado: si en las infinitas galaxias hay infinitas personas, fieras, aves, insectos y bacterias, ¿se necesita un domador divino para gobernar tan mal este zoo insondable o basta con la fuerza ciega que habita en el interior de la materia? Si el abismo de la naturaleza es el límite de nuestra libertad, ¿para qué necesitamos a los redentores, a los libertadores, a los tiranos, a los dioses? Tenemos, infinitos congéneres de orejas puntiagudas en el universo, y a ellos estamos unidos por la misma semilla celeste que es el átomo. Hacia ellos podemos viajar sólo con el vuelo del espíritu. Tampoco es necesario que bajen. Basta con que, se demuestre científicamente que están ahí para que en el fondo de nuestra conciencia se produzca una explosión de vida cuya proyección puede formar parte del infinito.
Tesoro ,,, 9.12.25
Éramos muy jóvenes cuando creíamos que la injusticia de este mundo la iban a remediar los tractores soviéticos, los éxitos del Spuknik y del astronauta Gagarin, la paloma de Picasso, los congreso de intelectuales, el zapato de Kruschef, las protestas de los cantautores, las conferencias de paz. No hay que avergonzarse por haber creído que un día todos los hombres seríamos iguales. Esta utopía coincidió con un tiempo feliz en que también teníamos a bellas muchachas en brazos. Perdimos la inocencia política con la sangre de Hungría, con los tanques de Praga o con el primer viaje a Moscú. Cuando descubrimos la desolación del comunismo decidimos rebajar nuestra fe en la bondad universal y pusimos el listón a una altura más humana. La Unión Soviética parecía a punto de desmoronarse, pero ahí estaban los socialistas con sus masters, sus barbitas y su ética. Muy bien, después de todo, sólo con la ética en este país también se podía hacer la revolución. Compartimos con los socialistas sus primitivos bocadillos de calamares y luego les dimos el voto que les llevó al poder. Esta vez no íbamos a fallar. Saltaron los primeros escándalos. Primero no lo creímos. Luego quedamos perplejos, heridos y finalmente desmoralizados. La evidencia de la corrupción cayó sobre nosotros como un segundo muro de Berlín. Dos muros son demasiados cascotes para una conciencia. Ahora muchos nos miramos en el espejo y no nos creemos personas más íntegras, sino unos tipos normales con buenos sentimientos a quienes sólo les queda una gran frustración, que es nuestra parte más noble. Algunos la guardamos como un tesoro. La cultivamos con toda clase de imprecaciones para que nunca e diluya, con la esperanza de no ser burlados por tercera vez viéndonos ahora con una pajarita en la nuez, convertidos en ultraliberales. No hay que avergonzarse por haber creído que, las cosas iban a cambiar. En una época tuvimos en nuestros brazos bellas muchachas que también se han esfumado.
La Cruz ,,, 10.12.25
El Dios que han elaborado los teólogos está cada día más lejos de la Tierra, más alejado de la humanidad. Es otro ingenio espacial que navega por el vacío. Lleva en el interior una complicada trama de disquisiciones metafísicas semejante a la microelectrónica con que la NASA maneja desde abajo una nave de aluminio por las esferas. Como es lógico, si los teólogos tuvieran la absoluta seguridad de que Dios no existe, no por eso dejarían de hacer teología. Este Ser Inmaterial ha sido lanzado por los teólogos al espacio, donde permanece ajeno a cualquier contagio mientras ciertas jerarquías de la Iglesia, que son sus representantes en España, están obsesionadas por plantar la Cruz del Redentor sólo en un determinado casillero de nuestra declaración de Hacienda. Los misioneros blancos bajan a las sentinas de la humanidad y allí entregan su vida por evangelizar a unos negros, a unos cobrizos o aceitunados, a los cuales prometen el cielo, pero estos neófitos recién bautizados les dan esquinazo y antes de ir al cielo llevados por los ángeles prefieren llegar a Europa nadando. España es la encargada de guardar la portería del fondo sur de este paraíso. Aquí la policía los droga, los empaqueta y los reexpide como ganado otra vez al infierno para que allí los misioneros les sigan dando más doctrina. Se supone que esta innoble maniobra la detecta desde las alturas ese Ingenio Espacial fabricado por los teólogos, pero aquí en la Tierra ningún obispo ha protestado por esta falta de caridad del Gobierno de derechas. Existe un increíble despilfarro de energía espiritual en la Iglesia católica: por un lado, sus misioneros entregan la vida en el corazón de la selva; por otro, las jerarquías desperdician la ocasión de compadecerse en público ante unos simples repatriados africanos que han sido tratados de forma inhumana contra las leyes del Evangelio y la simple decencia política. Se trata de elegir el lugar prioritario para plantar la Cruz: bien en el casillero de Hacienda, bien en los depósitos de inmigrantes de Ceuta y Melilla.
Medalla ,,, 10.12.25
Los Juegos Olímpicos son una feria de muestras de la maquinaria humana donde se exhibe lo último que se lleva en músculos, tendones, fibras y cartílagos con sus nuevas prestaciones. Pese a que esos cuerpos mecánicos se hallan inoculados con toda la gloria posible, el espectáculo debe ser contemplado con mucha humildad. El campeón investido con más medallas salta menos que una pulga, es menos veloz que un conejo, levanta menos peso que un pollino y estos animales antiheroicos nunca han subido a ningún podio y tampoco presiden escudos o blasones. La gloria de los atletas hay que reducirla a sus dimensiones reales, que son las propia de nuestra miseria física. El tiempo y el espacio constituyen la cárcel más estricta donde estamos encerrados. Ensancharla en un centímetro o en una décima de segundo supone la conquista de una nueva frontera corporal, y semejante hazaña es tan difícil como explorar la estratosfera. Más allá e esa última fracción de segundo !e encuentra la nada y en ella se precipita el corredor con la lengua fuera al final de los 100 metros libres. Más allá de ese centímetro de altura que marca la barra comienza el vacío o las estrellas y hasta allí vuela el corazón del atleta con el impulso de sus piernas miserables. Se trata de conceptos metafísicos. Por eso el ganador de una medalla de oro debería ser tomado por un explorador o por un filósofo revolucionario que concede a toda la humanidad la gracia de un centímetro o de un segundo de libertad. Poder elevarse hasta Júpiter con una máquina de aluminio y tener que entrenarse agónicamente durante un año para levantarse del suelo sólo media pulgada más, poder traspasar con los sueños de la mente todas las barreras del tiempo y no ser capaces de rebajar la cota de los nueve segundos de velocidad es el caso más triste de la condición humana. Pero hay que consolarse. Siempre he creído que la belleza de esos cuerpos olímpicos estaba destinada al placer y no a la victoria. Bebamos, pues, el refresco que anuncian.
Atletas,,, 11.12.25
Tal vez ningún peón de albañil silbaría hoy a la Venus de Milo si fuera una chica de carne y hueso vestida por Benetton y pasara junto a unas obras de Agromán. Tampoco la Afrodita de Cnido que fue esculpida por Praxiteles provocaría esos cinco segundos de silencio testicular que se producen entre los becerros cuando una chica de belleza actualizada y explosiva se acerca a una barra. Los obreros que estaban construyendo el Partenón, mientras erigían la estatua de Palas Atenea con las poleas en la Acrópolis, sin duda lanzaban gruñidos y piropos obscenos al paso de unas jovencitas que bajo las túnicas escondían un cuerpo como el de las diosas que ellos adoraban. Esas mismas chicas que luego fueron esculturas griegas hoy pasarían inadvertidas en la noche de viernes en medio de la convulsión de vísceras de una discoteca de bakalao. La Venus de Milo tiene los riñones demasiado bajos para el gusto espermático de ahora y su cántaro parece también un poco pesado, de modo que no es probable que consiguiera una sola medalla en los Juegos de Atlanta. Por su parte, aquellos dioses y atletas masculinos están totalmente atemperados al ideal aristotélico de las saunas para gays, pero ahora tendrían que llevar además la visera de la gorra en la nuca si quisieran seducir a alguien. Las medidas áureas del cuerpo humano han permanecido selladas durante muchos siglos bajo las plantas de Zeus en Olimpia. No tenían nada que ver con la pasión, sino con la armonía, que es el inconsciente de la geometría. Los cuerpos áureos de Atlanta son como aquellos griegos después de haber comido infinitas zanahorias y de haberse puesto la gorra del revés. A un negrito vacilón de Harlem un día le picaba demasiado el sol en el pescuezo. Se limitó a taparse la nuca con la visera. Ese gesto utilitario se ha convertido en otro canon universal. Tal vez si la Venus de Milo hiciera aeróbic con sudadera y llevara la gorra del revés aún le silbaría algún albañil de Agromán al cruzar unas obras, aunque no fueran las del Partenón.

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