La
joven estudiosa británica Honor Cargill-Martin consagra una nueva
biografía a rebatir los clichés sobre la malfamada esposa del emperador
Claudio “Era
una muchacha hermosísima, esbelta y de veloces movimientos, de ojos tan
negros como el azabache y masas de rizados cabellos negros. Apenas
pronunciaba una palabra, y tenía una sonrisa misteriosa que casi me
enloqueció de amor”. Así describe a Valeria Mesalina su futuro esposo y
luego emperador de Roma Claudio en la famosa novela Yo, Claudio (1934), de Robert Graves, que dio pie a la famosa serie televisiva
de la BBC de 1976. Sorprendentemente, la más reciente biógrafa de la
emperatriz y que la reivindica frente a su inveterada mala fama de femme fatale, Honor Cargill-Martin (Mesalina,
Edhasa, 2025, traducción de Julieta Leonetti), encaja bastante en la
descripción, si se exceptúan el cabello liso y unos raros ojos verdes
ribeteados de azul. Joven, atractiva y mundana (es habitual en las redes
y la revista digital Air Mail la retrató con un sucinto vestido
de Valentino en su lista de 25 talentos londinenses emergentes), no son
pocas las personas que se vuelven para mirarla al verla pasar este
caluroso mediodía en el inmenso vestíbulo del British Museum de Londres,
convertido en un horno. La
historiadora londinense educada en Oxford tiene la misma edad que se le
atribuye a Mesalina al morir, 28 años, recién cumplidos, y su
excelente, fresco y apasionante libro sobre la emperatriz, un tour de force
contra prejuicios muy arraigados, ampliamente reconocido y alabado, lo
escribió cuando contaba solo 24 y únicamente había publicado libros para
público juvenil. Así que no es extraño que se la salude como la chica
prodigio de la investigación de la antigüedad romana e incluso ya como
la heredera de Mary Beard, la célebre autora de SPQR, a
la que Cargill-Martin admira y considera una referente que ha
enfrentado la misoginia y abierto senda a las mujeres en los estudios
clásicos.
La idea de quedar en el museo es porque aquí se custodian testimonios
de Mesalina —no hay muchos: tras su ejecución en el año 48 se decretó
una damnatio memoria, un borrado de su recuerdo— como un busto de
mármol y una moneda, un didracma de plata, con su retrato. Pero la
escultura no se exhibe y la moneda se muestra en unas galerías romanas
que se encuentran cerradas a causa del calor excepcional que hace estos
días en Londres. Así que hay que contentarse con pasear por las salas de
la Britania romana recordando que el marido de Mesalina, Claudio,
conquistó la provincia y su joven esposa participó insólitamente en el
triunfo que se le dedicó al emperador en Roma. Nos detenemos ante una
espada de legionario como la que debió emplear el tribuno pretoriano que
ejecutó sumariamente a la emperatriz en los jardines de Lúculo donde se
había refugiado acusada de traición, escandaloso libertinaje y bigamia y
tras ser incapaz ella de suicidarse. Cargill-Martin señala también una
bandeja de plata —el Gran Plato de Mildenhall— con imágenes de una
fiesta salvaje con las bacantes,
las acólitas del dios de la embriaguez, que sugieren la que organizaron
Mesalina y su amante Cayo Silio y que las fuentes clásicas consideraron
que fue una boda aberrante y destinada a hacerse con el poder mientras
Claudio se encontraba de viaje. En su libro, la historiadora recrea
genialmente esa colorida fiesta. La atmósfera tórrida en el British sirve de metáfora del calentón perenne ninfomaníaco que se le atribuía a la emperatriz (lo menciona el propio Plinio el Viejo en su Historia Natural)
y asimismo evoca el sofocante burdel al que, según algunas de las
mismas fuentes, Mesalina, escapándose de palacio, acudía por las noches
para, caracterizada de meretriz con una peluca rubia, entregarse
lúbricamente a los clientes. Así, como una flava lupa, una puta rubia, la describió el poeta satírico Juvenal bautizándola como Licisca, Lobita,
y convirtiéndola en personificación de la sexualidad más desenfrenada y
bestial. Mesalina, insaciable, habría competido con una profesional y
la habría vencido: 25 parejas sexuales en una noche. Cargill-Martin
considera inverosímil la historia de la emperatriz prostituta (meretrix augusta)
y sus proezas sexuales, como muchas de las que la antigüedad (Tácito,
Suetonio o Dion Casio) nos ha dejado sobre la depravación y el
desenfreno de Mesalina y que toda una entusiasta tradición fue amasando y
aumentando hasta derivar en literatura y grabados eróticos del XVIII o
películas de verdadero porno-peplum. “Es
imposible que Mesalina saliera de palacio, el lugar más vigilado del
imperio romano, sin que nadie la viera”, explica en una cafetería
cercana, escapados del infierno del museo donde se ha quedado la
emperatriz. “Mesalina fue convertida en una encarnación de lo que los
romanos temían de la sexualidad femenina; desata todos los miedos
tradicionales de los hombres de Roma hacia las mujeres”. La mujer de Claudio sufrió el mismo destino que Cleopatra,
la “reina puta del Nilo disoluto”, como la apodó sin mucha finura
Propercio, hipersexualizada, temida y odiada por los tan patriarcales
hombres romanos. La egipcia, por cierto, no estaba lejos de Mesalina,
cuyo bisabuelo era Marco Antonio. Cargill-Martin recuerda a otras
mujeres de Roma vilipendiadas por una tradición y una historiografía que
no ha sido tan duras con sus mucho peores contemporáneos masculinos:
Fulvia, Livia, las Julias Mayor y Menor (hija y nieta de Augusto
respectivamente), Agripina (hermana de Calígula, cuarta y última esposa de Claudio, su sobrina, y madre de Nerón) o Popea. Pero Mesalina se lleva la palma, su nombre convertido en sinónimo de lascivia como el de ninguna otra. ¿Por
qué se ensañaron así con ella? “En buena parte por que vivió en un
momento en que se estaba definiendo el papel de las mujeres de los
emperadores en el nuevo régimen creado por Augusto y que era en todo
menos en el nombre una monarquía”, reflexiona la historiadora que
recuerda que Mesalina, hija de Mesala Barbado (y no del malo de Ben-Hur,
como alguien podría suponer), abrió camino a Agripina, emperatriz con
también mala reputación (incesto) y que fue asesinada como ella. “El
poder en Roma era masculino y la tensión que creó la situación nueva de
una joven emperatriz que se inmiscuía en las tareas de su marido hizo
que se diabolizara y difamara a Mesalina que representaba un peligro, y
eso se hizo a través de retratarla como una obsesa del sexo que incluía
en su menú incluso gladiadores y actores”. Honor Cargill-Martin es muy fan del Yo, Claudio y
de Graves y valora el mucho conocimiento histórico del escritor y que
plasmara en su novela la complejidad de Mesalina y su afán de participar
en las decisiones políticas de su esposo. Pero considera que el gran
autor siguió en última instancia el relato clásico al dar crédito a la
historia de los adulterios en cascada y la boda bígama con Silio y la
conspiración juntos para derrocar a Claudio. La historiadora, que
subraya que no ha escrito con una agenda revisionista feminista, admite
que hay cosas negativas sobre Mesalina que son verdad. “Hemos de evitar
la idea de que todo lo que se dijo sobre ella era propaganda negra.
Intervino en la política imperial, hizo matar gente —desde luego no
tanta como su cruel esposo—, y es lógico que enfoques tu sexualidad
hacia otra parte -como el guapo Cayo Silio, el aristócrata más guapo de
Roma, del que probablemente se enamoró- si tu marido es tu primo
Claudio, tres veces mayor que tú, lastrado físicamente, rijoso, babeante
y flatulento”. Pero, añade, “no debemos dejar que lo malo de Mesalina,
sus errores, tape el resto, ni que el mito de la maléfica devoradora de
hombres nos ciegue”. Y hay que entender, subraya, lo que era la vida de las mujeres nobles romanas
utilizadas como material intercambiable para pactos políticos y que
fueron entregadas desde que eran prácticamente niñas a hombres adultos
abusadores cuyos apetitos las debían dejar traumatizadas. Agripina, por
ejemplo, no había tenido aún la regla cuando la casaron con el brutal
Cneo Domicio Enobarbo (no en balde el padre de Nerón). Para
Honor Cargill-Martin, Mesalina no fue en realidad una peligrosa
conspiradora contra el régimen de su marido sino una víctima de una
conjura orquestada por los libertos del emperador, a la cabeza Narciso,
“el Rasputín
de Claudio”, preocupados por la creciente intervención de la emperatriz
en los asuntos imperiales. No hubo tal boda bígama con Silio, asegura,
ni plan para derrocar juntos a Claudio —“¿qué hubiera obtenido con ello
Mesalina?”— sino que se utilizó una fiesta, todo lo desmadrada que se
quiera, para hacérselo creer al emperador, y eso si no fue él mismo el
artífice de la trampa: tampoco pareció afectarle mucho la muerte de su
esposa, con la que tenía dos hijos pequeños. La mala fama de Mesalina ha
servido de excusa a muchos de los excesos de Claudio. “Es la oportuna
idea del hombre débil con la fuerza siniestra de una mujer detrás, como
los casos de Meghan Markle o Carrie Johnson”. ¿Pobre
Mesalina, pues? La historiadora mira fijamente hacia adelante como si
pudiera ver los jardines en los que la joven emperatriz aguarda
espantada en compañía solo de su madre, Domicia Lépida, perdida ya la
esperanza del perdón de su marido, la llegada de los soldados enviados a
ajusticiarla (una escena por cierto parecida a la de la ejecución de
Cicerón). “Ha tenido muy mala suerte en su reputación que ha teñido la
de otras mujeres como María Antonieta,
pero por otro lado tuvo una vida interesante. Hizo muchas cosas bien,
no era una villana. Siento una conexión especial con ella, estamos las
dos en la veintena, una edad en la que cometes errores y aprendes de
ellos; nos movemos ambas en un mundo de hombres que miran con suspicacia
el éxito de las mujeres”. ¿Qué
le preguntaría a Mesalina si pudiera hablar con ella? La historiadora
piensa y a la vez se toca en un hermoso gesto inconsciente de
resonancias clásicas los pendientes de ambas orejas a la vez. “Sería una
compañera interesante, sin duda. Le preguntaría qué planes tenía con
Silio, y cómo no se dio cuenta de en dónde se metía”. La
historiadora apunta cómo el cine se ha apuntado tradicionalmente a los
clichés sobre Mesalina y ha perpetuado su estigma. Entre las
plasmaciones, destaca la de María Félix (Mesalina, de Carmin Gallone, 1951), que aparece como una siniestra matrona en lugar de como la joven que era la emperatriz; la de Vittorio Cottafavi (1960),
con la muy atractiva e interesante (se ligó en Roma a un asistente al
solio pontificio) Belinda Lee, y la de Enrico Guazzoni con la también
veterana Rina de Ligouro, en la que el papel de Claudio lo hacía un tal
Augusto Mastripietri (sic). En Yo, Claudio,
Mesalina era Sheila White. Según las fuentes, Mesalina tenía una
belleza sensual y lo más llamativo eran sus ojos almendrados y su
mirada. Es obligado preguntarle a la estudiosa de los clásicos por la Odisea de Nolan
que está a punto de llegar. “Hay que recordar que es una mirada de
Hollywood, diferente”, dice y ríe al saber que en las redes hay gente
que ha confundido al clasicista Tom Holland (Rubicón, Dinastía, Pax),
al que ella admira, con el actor del mismo nombre (Spiderman) y han
comentado al conocer la opinión favorable del primero: “Claro, que va a
decir si sale en la película”. Cargill-Martin se levanta
tras explicar que sigue trabajando en el tema de los escándalos sexuales
de la Antigua Roma, como el del tipo (Publio Clodio Pulcro) que trató
de colarse travestido en los ritos de la Bona Dea, solo para mujeres. Es
difícil contenerse y no soltarle mientras se marcha un entusiasta,
animoso y gladiatorio “¡fuerza, Honor!”. La
publicación de la conmovedora novela ‘Cassada’, de James Salter, que
estaba inédita en castellano, y un intenso cómic sobre un piloto de los
reactores alemanes de la Segunda Guerra Mundial invitan a levantar el
vuelo Para
esos días en que el suelo, con sus miserias y su ruindad, te parece
insoportable, nada como ascender al firmamento para tener otra
perspectiva, amplia y limpia, panorámica. Yo me he ido a volar
(literariamente) con dos jóvenes e intrépidos pilotos de caza, el
teniente de la fuerza aérea estadounidense Robert Cassada y el feldwebel
—suboficial— de la Luftwaffe del final de la Segunda Guerra Mundial
Nikolaus Wedekind. Ambos son ficticios pero con mimbres de personajes
auténticos. El primero, inolvidable desde su sonoro nombre, es el
principal carácter de Cassada, novela primeriza y basada en sus recuerdos de aviador del gran James Salter,
y que es noticia porque estaba inédita en castellano y se acaba de
traducir por primera vez (por Eugenia Vázquez Nacarino, Salamandra,
2026). Y el segundo, el alemán, protagoniza Ciel en ruine, una
estupenda y documentadísima serie de cómic en francés (cinco volúmenes)
con guion de Philippe Pinard y dibujo de Olivier Dauger (Paquet). Pinard
es el autor de aquel álbum sobrecogedor sobre el bombardeo de Hamburgo,
Inferno, que publicó Norma en 2022. Cassada
vuela en los años cincuenta reactores F-86 Sabre y F-100 Super Sabre
del 44 º Escuadrón de caza de EE UU desde varias bases en la Alemania
ocupada por los Aliados como la de Bitburg (Renania) en la que estuvo el
propio Salter o la de Giebelstadt, en Baviera, que curiosamente fue
diez años antes nido de los legendarios Me-262,
mi avión favorito, los pioneros reactores alemanes que tanto
sorprendieron al final de la segunda contienda mundial y que pilota
nuestro otro aviador, Wedekind. Este tiene su base en otro aeródromo
cercano, Lechfeld (a unos 250 kilómetros del primero) y sus vuelos,
dibujados con maestría y emoción, son desesperadas misiones de combate,
siempre a vida o muerte, en el umbral de que la Alemania nazi pierda la
guerra. Pinard
y Dauger, los autores, solventan el problema moral de poner a un piloto
del III Reich como protagonista de su historia haciendo de Nikolaus
Wedekind un personaje muy especial: es un opositor contra el régimen
nazi que incluso abuchea al Gauletier Giesler en su alocución a los
estudiantes de la Universidad de Múnich, redacta octavillas de la Rosa
Blanca y tiene una hermana a la que detiene y condena a muerte la
Gestapo y que se llama Sophie (como Sophie Scholl);
además su hermano mayor, as de caza en los reactores se suicida tras
fracasar el atentado contra Hitler del 20 de julio, del que era
cómplice. Ciertamente, con esos antecedentes, es un poco increíble que
pongan en las manos del joven Nikolaus un rutilante y secreto Me-262
—con el que inicialmente trata de desertar a Suiza—, pero es verdad que
al final de la guerra la Luftwaffe era un desbarajuste total, una casa
de locos con los pilotos de caza enfrentados a Goering (el famoso
“motín”) y Hitler que echaba pestes del orondo mariscal y su fuerza
aérea. A Wedekind lo adoptan los camaradas de su hermano, todos fogueados y bastante pasados de vueltas Experten con
la Cruz de Caballero al cuello, y lo reclutan para su unidad, la
Jagdgeschwader, ala de caza, JG 7, la más prolífica operadora del
Me-262, formada en la estela del abatido as Nowotny y que se embarca en
misiones de aúpa. El cómic es tan pormenorizado que casi crees que con
lo que te explican en las viñetas podrías pilotar tú mismo ese reactor,
verdadero tiburón del cielo. Hay dos cameos sensacionales: aparecen Johanes Steinhoff,
el célebre y ex guapo as de caza que se dejó literalmente la cara en un
terrible accidente con su Me-262 (destino que compartirá nuestro joven
aviador en el quinto álbum, Eden Hôtel), y el mismísimo diablo, en forma de un mastín omnisciente y cabronazo llamado elocuentemente Fisto que hereda Nikolaus de su hermano y que remite a Fausto (pero tranquilos: el elemento sobrenatural funciona muy bien en la trama). El encaje de un piloto en una unidad, y por extensión de cualquiera en un grupo, es el tema también de Cassada, de la que Salter no estaba muy contento —fue una reescritura de su segunda novela The arm of flesh,
de 1961, que le parecía un fracaso y que revisó porque su editor
consideró que podía complementar su gran novela de aviación, la primera,
Los cazadores—. Cassada está ambientada en la Guerra Fría y no hay combates reales, a diferencia de Los cazadores que transcurre durante la Guerra de Corea, en la que Salter participó
como piloto de caza. Sin embargo, es una maravilla, una verdadera
lección de orfebrería literaria con pasajes que te estrangulan de
emoción (“miró hacia el este, allí se alzaban los pilares de la noche,
los azules profundos, insondables, tras la estela del sol”). La fría,
contenida y sobria emoción de Salter, que te abre en canal como la
estela de condensación de un reactor en un cielo deslumbrante. Cuando
vuelves a Salter, como he hecho ahora releyendo Cassada en
castellano (tengo la edición original de Counterpoint del 2000 dedicada
por el mismo autor con la frase “Jacinto, here’s some bad wk!”) te
preguntas cómo has podido estar sin él, sin su irresistible prosa
lapidaria, cortante y depurada. Aquí
la aventura vital del piloto que no acaba de cuadrar en la escuadrilla y
de alcanzar sus ideales y sueños se revela más esencial y desgarradora
que en Los cazadores porque no hay guerra de telón de fondo sino
la cotidianeidad —nunca exenta de peligro, esto es la aviación militar—
construida alrededor de la aparente rutina operacional. Los personajes y
sus sentimientos destacan más en ese vacío existencial en el que el
enemigo no son los Migs
sino los elementos, la mecánica, la rivalidad o la indiferencia. El
drama, envuelto en la paradójica sensación de inmortalidad y plenitud
del vuelo que Salter describe tan bien (“sentía el cuerpo etéreo, la
mente purificada”), se encuentra especialmente en tierra, donde Cassada,
ese extraño portorriqueño rubio y de ojos azul marino, con algunos
rasgos de Lord Jim y de Billy Budd, no consigue integrarse entre los que
deberían ser sus pares, ni destacar y ganarse la aceptación y hasta una
reputación —un asunto que obsesionó siempre a Salter,
tanto al aviador como al escritor—. Lo más doloroso es que no hay
ninguna causa objetiva para ello. Cuántos hemos sentido ese no encajar,
en un equipo de fútbol, en una redacción, en una relación sentimental,
inexorablemente, inexplicablemente, sin poder hacer nada para
remediarlo, carentes de aura. Al estar los pilotos en las bases con sus familias, Salter puede mezclar además mejor sus dos temas favoritos, la aviación y las relaciones de pareja, que disecciona como nadie. En Cassada aparecen incluso la mujer de un mando que seduce a los pilotos jóvenes como una sosias de la señora Robinson de El graduado,
y una muchacha, Karen, de la que se prenda el protagonista y que
resulta —mira que hay chicas en Alemania— ser la amante de su capitán
(situación reflejo de una que vivió Salter, véanse sus imprescindibles
memorias Quemar los días, Salamandra, 2010). La temperatura de
algunas de esas escenas, como cuando Cassada trata de limpiar el champán
que ha vertido accidentalmente sobre la chorreante señora Dunning
(“sécalo tú”), supera a la de las turbinas de los reactores.
Curiosamente, Cassada parece una novela más adulta que Los cazadores,
constreñida a una trayectoria rectilínea que conduce al enfrentamiento
final de Cleve con el rayado as ruso Casey Jones, el Keyser Söze de los
Migs. En Cassada, pese a la mala consideración que
le tenía, Salter consigue describir magníficamente la polarización
entre las fuerzas que arrastran a los pilotos en tierra (la
competitividad, el sexo adúltero o con las “sirenas” de los bares de
Múnich, “diosas con la piel como la leche”, la frustración) y la
exultante experiencia del vuelo, que describe con tonos elegíacos
(“volaban serenos, puros como ángeles”). Volar, una metamorfosis, una
epifanía: “El avión de Cassada pasó de negro a gris acero, después a
plateado mientras se balanceaba de un lado a otro en la luz radiante”. En la novela, en la que salen dos cosas inesperadas, las cerillas de Marienbad y la ciudad romana de Tréveris
y su Porta Nigra, hay mucha aventura: el despliegue en el Norte de
África del escuadrón de las colas rojas para unos ejercicios de combate
aéreo, el episodio central de los dos reactores que tratan de llegar a
la base con mal tiempo, cortos de combustible y con fallos en las
comunicaciones (algo que vivió el propio Salter). Pero lo que permanece
es sobre todo la sensación de una belleza inasible, que se escapa,
inalcanzable como los confines del cielo de un azul profundo e
inmaculado; y la constatación de lo aleatorio, evanescente y en última
instancia inútil que es todo. La acróbata forma parte de un grupo de mujeres de circo con hijos pequeños que han compuesto un espectáculo juntas Cuatro años y cinco meses después
de entrevistarla por primera vez, la trapecista Lara Renard sigue
siendo una mujer de carácter fuerte y mirada aérea. Pero algo
fundamental ha cambiado en su vida: es Nausicaa, su hija de un año y
medio que corretea feliz por la terraza-jardín del Antic Teatre de Barcelona
donde Renard, valenciana de 30 años, ha presentado un espectáculo con
otras tres artistas que se han juntado por ser todas ellas “madres de
circo”. Al lado de Renard, que durante la entrevista se descubre el
pecho para amamantar a demanda a la niña, que trepa a su regazo con la
seguridad de una consumada volatinera, está Emilia Gutiérrez Lucha, maestra de ceremonias del cabaré circense maternal y espléndida payasa. Pregunta. Debe ser difícil decidir ser madre en el trapecio. Respuesta. En el circo nunca es buen momento para serlo. Sabes que te va a mantener apartada y que el retorno será complicado. P. ¿Qué tiene de específico ser madre trapecista? R. Es muy bonito traer una vida al mundo, pero no es nada fácil si eres artista y trabajas con tu cuerpo en una disciplina circense tan exigente. La recuperación física y emocional para volver al trapecio es compleja. P. El cuerpo ha cambiado. R.
Has perdido mucho tono muscular, y hay que recuperarlo, lo que es todo
un proceso. El primer día de vuelta al trapecio no podía ni subirme.
Algo tan básico como sentarme en la barra no podía hacerlo. Y piensa que
el suelo pélvico, que se compromete tanto en el embarazo y el parto, es
ultraimportante en el circo aéreo. Y la lactancia: ir a actuar y tener
los pechos llenos allá arriba, cabeza abajo, resulta muy incómodo. P. ¿La recuperación es más rápida en una trapecista? R. Más fluida probablemente, el cuerpo tiene memoria, va recordando. A alguien sedentario le costará más. Pero es un proceso duro. P. ¿Ha descubierto cosas nuevas del oficio? R. Entiendes la violencia que le has hecho a tu cuerpo tantos años. Las técnicas aéreas son muy agresivas para el cuerpo. Hay mucho dolor desde las articulaciones a los callos. P. ¿Le había preparado el dolor del trapecio para el parto? R.
Yo pensaba que sí, que sabía todo del dolor, y por eso hice parto
natural. Cuando llegó el momento grité: “¡Pero esto qué es!, ¡me
muero!”. Aunque luego me dije: “Lara, tú puedes, las mujeres lo hemos
hecho siempre”. Me enteré de que estar muy musculada, como lo estamos
las trapecistas o las gimnastas, es contraproducente para el parto. P. ¿Se ve diferente el mundo en el trapecio, allá arriba, después de ser madre? R.
Sí, hay unos riesgos que ya no quieres asumir, alturas excesivas, falta
de protección y seguridad; cosas que hacía antes ya no las hago. Por
responsabilidad. Me sigue encantando el trapecio y conserva el sentido
de aventura, pero ahora ya no me importa demostrar valor. Mi hija vale
más que la valentía. Por otro lado, en estos tiempos hay que ser muy
valiente para tener un hijo. P. ¿Es compatible con los niños el mundo del circo? R. Es lo que hay, es mi trabajo y todos tenemos que adaptarnos a la nueva situación. En todo caso no me parece inadecuado. P. ¿En el circo con animales sería más complicada la maternidad? R. No lo sé, con el trapecio ya es de por sí complejo para pensar lo que sería trabajar con leones. Debía ser un viajazo. Aunque por supuesto hay mujeres que debieron hacerlo. El mío no es el circo tradicional, sino el contemporáneo, sin animales. P. Piti Español, que fue trapecista, hablaba de la carga sexual del oficio. R.
Mis compañeras y yo huimos de la idea de la trapecista sexi y de la
atracción sexual gratuita que podamos provocar. Usamos los cuerpos para
lo que queremos explicar. La maternidad y los cambios físicos que causa
invitan a reflexionar más en esa dirección, te libras de presiones,
pierdes pudores. Te sientes muy en calma con tu cuerpo. En todo caso, el circo contemporáneo huye de la hipersexualidad del tradicional. P. ¿Hay algo que nunca recuperas en el trapecio tras ser madre? R. ¿La inocencia? (ríe). No, algo más mental. Cambias la visión: me apetece investigar otras maneras de estar en el trapecio. P. ¿Qué relación tiene su hija con el trapecio? R. Disfruta al verme. La he subido y le gusta. P.
De todas esas cosas hablan en su divertido y entrañable cabaré circense
de madres, un espectáculo que mezcla la magia, la poesía, el humor, el
asombro y lo reivindicativo. R. En La concha de tu madre, para la que hemos activado un crowdfunding, porque
el circo de madres, como se puede suponer, no es fácil, hacemos mucha
autoparodia, hay momentos muy de cabaré, de trazo grueso, y también
mucha ternura. Es en general una celebración de la maternidad, con todos
sus problemas y sus peros, y del circo. La gente empatiza mucho,
incluidos los hombres, y eso es muy bonito. La maternidad nos toca a
todos y el espectáculo resulta muy pedagógico para ellos aunque
esencialmente es reivindicativo. Hay incluso un quiz, un test, un cuestionario muy divertido para el público. P. ¿Es más difícil ser madre de circo que el triple mortal en el trapecio? R. Esto es lo más maravilloso que he hecho con mi cuerpo. El
creador, uno de los nombres más populares y reconocidos de la escena
catalana, se incorporará al TNC a partir del 1 de septiembre y tendrá un
mandato inicial de cuatro años El veterano director teatral Josep Maria Mestres
(Calaf, 67 años), uno de los profesionales de la escena catalana más
populares y reconocidos, con amplios contactos y presencia continuada en
el resto del Estado español, será el nuevo director artístico del
Teatre Nacional de Catalunya (TNC), el buque insignia institucional del
teatro catalán. Mestres, que se incorporará al TNC el
próximo 1 de septiembre, asumirá la dirección por un mandato inicial de
cuatro años, de la temporada 2027-2028 a la 2033-2034, prorrogable hasta
tres temporadas más. Durante la próxima temporada, la 2026-2028
trabajará junto a la actual directora, Carme Portaceli, que acabará su mandato en julio de 2027. El
proceso de selección se ha llevado a cabo mediante un concurso público
abierto en enero pasado y que recibió inicialmente 40 candidaturas. Tras
las diferentes fases de evaluación, y una terna final con Josep Maria
Miró y Jordi Casanovas completando los finalistas, el Consejo de
Administración del TNC ha acordado el nombramiento de Mestres. Josep Maria Mestres
es un personaje incuestionable de la escena catalana, acreditado por
numerosos espectáculos que han dejado huella en la memoria de varias
generaciones de espectadores. Por citar solo algunos, Kràmpack (1994), Dakota (1996), La filla del mar (2002), Un matrimoni de Boston (2005), gran éxito en el Lliure con Anna Lizaran y Emma Vilarasau, Salvats (1998), con Ariadna Gil, La senyoreta Júlia (2012), L’herència (2018) o Els Watson
(2024). Ha trabajado tanto en teatros privados como públicos, entre
ellos el propio TNC, repetidamente, y con compañías de ambos ámbitos. De
natural afable y cordial, guarda excelente relación con todo el mundo
teatral, algo bastante excepcional. Es bien conocido e igualmente
valorado fuera de Cataluña. Es capaz de dirigir un Shakespeare un Bond o
un Bernhard y un espectáculo de payasos. Ha dirigido montajes en el
Grec o en el festival de Mérida y con la Compañía Nacional de Teatro
Clásico y el Centro Dramático Nacional. Licenciado en Ciencias de la
Educación por la Universidad de Barcelona, Mestres lo es también en
Interpretación por el Institut del Teatre. Fue miembro de la histórica
compañía Zitzània creada por Pere Planella y ha actuado también como
actor. El
filólogo y periodista publica en castellano su aplaudido ensayo de
historia cultural ‘Las batallas de Barcelona’, en el que recorre los
caminos que han llevado a la “ciudad clickbait” En Barcelona hay quien se dedica a pasear enamorado en medio de la explosión azul de las jacarandas, quien acude al Primavera Sound
o al Sónar, quien baja a las playas, quien se limita a sobrevivir,
angustiado por si encontrará piso o cómo llegará a fin de mes… Pero
también hay quien se dedica a pensar la ciudad, a mirar más allá de lo
cotidiano, del día a día, de las dádivas y los dramas inmediatos de la
urbe, para escudriñar su historia y descubrir en ella mecanismos,
procesos, desarrollos y evoluciones, y acaso hasta lecciones. Una de esas personas capaces de mirar bajo el velo de Maya (por citar a su estimado Marià Manent) de la pura facticidad, el presentismo y la apremiante actualidad es el escritor, filólogo y periodista, Jordi Amat, coordinador de Babelia y columnista de EL PAÍS. Tusquets publica ahora en castellano su ensayo Las batallas de Barcelona, imaginarios culturales de una ciudad en disputa (1975-2025), cuya edición original en catalán (Edicions 62, 2025) recibió excelentes críticas tras alzarse con el V Premi Bones Lletres de ensayo humanístico, otorgado por un jurado compuesto por Judit Carrera, Martí Domínguez, Marta Segarra, Margalida Tomàs y Borja de Riquer. Uno
de los atractivos del libro, además de su pormenorizada documentación,
su discurso de desmontaje de mitos y la irrupción a ratos de una
subjetividad que le da un raro plus emotivo a la argumentación (el cacaolat de
Petritxol como la magdalena proustiana), es que invita a ponerse a
pensar y a debatir sobre la ciudad con el autor, añadiendo las propias
vivencias y recuerdos a su relato: una derivada consustancial a uno de
los leit motiv de Las batallas de Barcelona, la idea de que "la ciudad es la gente". Amat
recuerda que Pasqual Maragall, con el que se asocia la frase, la tomó
del arquitecto Josep Lluís Sert y señala que ya el propio alcalde apuntó
que es en realidad de Shakespeare, de Coriolano. Sonríe a su pícara manera cuando se le dice que el personaje de la tragedia no es precisamente un ejemplo de civismo. La
edición en castellano del libro cuenta con una nota recordando que la
catalana provocó “una cierta discusión” y subrayando que pese a tratar
en particular sobre Barcelona, la capital catalana “es un caso
prototípico para explicar uno de los temas de nuestro tiempo: la cara y la cruz de las urbes globales, la pérdida del bienestar de las clases medias frente a las élites cosmopolitas”. Amat
ha incorporado para la ocasión algunos nuevos episodios culturales “con
el propósito de mostrar otras dimensiones del largo proceso de
construcción, crisis y demolición de buena parte del imaginario de la
ciudad democrática”. Porque de eso va el libro, de ciudad y democracia,
con la pregunta ferozmente actual de si es democrática “una ciudad en la
que no pueden vivir los que han nacido en ella”. Jordi Amat (Barcelona, 47 años), que fue el responsable del suplemento catalán Quadern de EL PAÍS antes de ponerse al frente del suplemento literario del periódico, declina quedar para hablar de Las batallas de Barcelona
en un bar —será porque no hay bastantes bares en la ciudad— y prefiere
hacerlo en la sala de reuniones de la redacción de Cataluña, rodeados
por páginas enmarcadas de la edición local del diario, en las que
aparecen las firmas de cronistas del momento como Joan de Sagarra, Guillem Martínez, Josep Ramoneda, Margarita Riviere o Mercedes Abad. Sagarra,
precisamente, no sale en el libro, ¿qué le parecería? “¿Qué le
parecería?”, repregunta retóricamente Amat para a continuación
declararse fan de las rumbas del cronista —sus famosas columnas—, o de su sección La horma de mi sombrero, una
de las razones de que la entonces novia de Amat y hoy su mujer, Lluïsa,
le regalara a este una suscripción a EL PAÍS. “Me encantaba la figura
del tipo culto que pasea por la ciudad. Sagarra era un gran cronista
barcelonés, aunque nos podemos preguntar si su Barcelona existió de
verdad. Lo que le molaba era el mito francés, la Barcelona de Jean Genet, del Barrio Chino y la Rambla, pese a que él al final acabó como patriota del Eixample”. Por las páginas de Las batallas de Barcelona desfilan episodios como la campaña “Barcelona, posa’t guapa”, la Olimpiada Cultural, la inauguración de los Juegos Olímpicos, el pregón de la Mercè de Pérez Andújar, el atentado terrorista de la Rambla, el desalojo del cine Princesa, el rechazo al Ermitage, el estreno de El 47… E infinidad de personajes retratados por Amat, desde Freddy Mercury o Woody Allen (“he hecho todo lo posible por odiar Vicky Cristina Barcelona pero no lo consigo”, se sincera Amat) a Félix de Azúa y su “tramposo” Titanic, Montserrat Roig, Ocaña, Vázquez Montalbán, Oriol Bohigas, Zafón y su “disneyficación gótica”
de la ciudad, Arcadi Espada o Cobi, pasando por el alcalde Joan Clos,
al que el autor describe en la sonrojante rúa carnabalona del Fòrum
Internacional de las Culturas, una de sus bestias negras (“apoteosis del
buenismo”, “paradigma de la impostura neoliberal sincronizado con la
demagogia del movimiento antiglobalización”). Puede
sorprender la inclusión del yo y el relato personal en un libro de
reflexión e ideas. “Me pareció que en una obra crítica sobre el
desarrollo de la ciudad no contar quién soy yo era muy tramposo”, señala
Amat. “Una forma de legitimar la crítica es mostrar quién la hace: yo
soy un pequeñoburgués y no quiero dejar de serlo. Cuando todo el mundo
reivindica la periferia, yo soy consciente de que estoy en el centro de
la ciudad, lo que probablemente tiene poco glamur”. En el relato de Amat
aparece también su relación personal con la música, especialmente el pop y el rock. En el origen de Las batallas de Barcelona,
explica su autor, está el plantearse cómo contar cincuenta años de
cultura democrática. “No tenemos tantos libros que expliquen qué ha sido
la cultura en ese medio siglo de proceso democratizador. Barcelona es
mi ciudad, una ciudad con problemas globales reales que me preocupa. No
hemos contado la mutación que la ha convertido en una ciudad tan
distinta. El cómo hemos llegado a lo de ahora, una ciudad clickbait.
Ponerla en el centro me permitía contar esos cincuenta años con un
relato atractivo en el que la cultura ilumina ese proceso histórico,
desde el Raval de los años setenta hasta el de hoy, desde la
protodemocracia y el inicio de la Transición y la Normalización hasta la
ciudad del problema del acceso a la vivienda y del malestar por el
turismo y los expats, pasando por la explosión de autoconfianza de ese otro momentum barcelonés, los Juegos Olímpicos, la paradoja del éxito, el Mito del 92”. Amat reflexiona que lo apasionante de ese proceso histórico es que es a la vez tu vida. “Esa tensión es mi ciudad”, dice. Suena una nota de fatalismo en el libro, ¿hay algo desolador en la gran encisera, la gran hechicera como la bautizó Robert Hughes?
“No imaginábamos que media Barcelona llegaría a sentirse víctima de la
globalización, no es fatalismo, simplemente aquí no podemos ser
distintos, creer que podríamos permanecer ajenos a las dinámicas del
resto del mundo. Es jodido aceptar que has de despertar de la utopía.
¿Hubieran sido distintas las cosas sin los JJ OO? En todo caso, ver como
una fatalidad este final de la transformación democrática de la ciudad
no debería ser la interpretación de mi libro”. ¿Optimista pues? “Mi
visión es que en una perspectiva global Barcelona vive un momento muy
significativo. Y de decisiones relevantes. Están pendientes los
nombramientos de directores de instituciones tan importantes como la
Fundación Miró, el TNC, etcétera, y se acaba de decidir el del Macba…”. Algunas notables batallas culturales recientes de Barcelona no aparecen, o lo hacen solo de refilón, en Las batallas de Barcelona,
como la del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). “El
problema del Macba es que no tiene a nadie, la gente de esta ciudad no
vamos al Macba. Barcelona es una capital cultural internacional y no lo
es hoy por el Macba, que no es una estructura canónica de la ciudad,
sino por Gaudí, un imán cultural enorme. La Sagrada Familia, nuestro
Sacre Coeur, es la octava maravilla del mundo, y no se la cuestiona como
al Macba, eso ha ocurrido y no nos hemos dado cuenta. Podría haberse
desplegado otra alternativa, el atractivo de las vanguardias históricas,
Picasso, Miró, Dalí, que era otra oportunidad, pero no ha habido
ambición ni proyecto para ello”. Amat señala lo importante que fue para
el destino de Barcelona la exposición El Quadrat d’Or, El cuadrado de oro,
que reivindicó, con la ayuda del libro sobre la ciudad de Hugues, el
patrimonio modernista y gaudiniano y “devolvió la dignidad a la ciudad”.
El autor destaca entre los intelectuales que han
pensado Barcelona “como capital mundial moderna y no excluyente” a Josep
Ramoneda, “que tiene una gran obra que es el Centro de Cultura
Contemporánea de Barcelona (CCCB)”, y sobre todo a Pep Subirós,
al que reivindica casi con vehemencia. De hecho es uno de los
personajes de la historia cultural barcelonesa que parece apreciar más
junto con el Sinatra ravalesco de Alfredo Landa en la película de 1998
de Betriu y el anónimo perdedor de Cadillac solitario, de Loquillo. “Subirós,
que quiso ser nuestro Jack Lang o nuestro Malraux, defendió un proyecto
cultural de ciudad muy sólido”. En cambio, Amat ningunea bastante a
Ferran Mascarell, el otro delfín de Maragall, enfrentado a Subirós. “No
digo que no fuera un buen gestor cultural, pero no es un intelectual de
la Barcelona democrática, como sí lo es Subirós”. Otra batalla ha sido la del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), de la que salió derrotado Manuel Borja-Villel
en su pulso con Pepe Serra. “No me entraba por cronología. El MNAC
tiene la singularidad de que el románico, aunque es fascinante, interesa
a poca gente. La reforma del MNAC es el proyecto más importante de la
cultura catalana posprocés, un desafío enorme —como lo es la
reforma de la Rambla, esa arteria que tanto nos define y de la que
fuimos desposeídos—. Pero no se concreta de manera exitosa: a día de hoy
no sabemos en que consiste ese proyecto. La propuesta de Borja fue
derrotada e ignoramos qué propuesta hay”. Una batalla
más de la que no se da cuenta en el libro es la del teatro, la del
empecinamiento de Pujol por crear un teatro nacional ex nihilo frente al modelo del Teatre Lliure
y las compañías independientes. “Vengo de donde vengo, y tengo la edad
que tengo, no puedo haberlo vivido todo, ni tampoco me cabía todo en el
libro”, argumenta Amat. Uno de los temas más interesantes de Las batallas de Barcelona
es el dedicado a la plasmación en la literatura y el cine de las
distintas fases de la evolución de la ciudad, de la posindustrial a la
ciudad de servicios de hoy reubicada en el mapa global con gran éxito
aunque ese éxito “tenía un precio”. Otro asunto que inevitablemente
trata Amat es el de la relación de Barcelona con el procés. “A
los independentistas les ponen muy nerviosos mis libros porque
construyen un relato de modernidad catalana que les es ajeno. Les cuesta
asumir la centralidad de Barcelona. El procés,
que generó mucha más militancia que cultura, no tenía capital, no tenía
metrópoli”. Dicho esto, Amat sale pitando hacia un acto en el que le
esperan, una mesa redonda en torno a Barcelona, los retos de ser una capital cultural internacional. Algunos de la familia vinieron a casa,
concretamente un cuñado de Kennedy, Stanislaw Radziwill Un
lector que por lo visto es más de salacot que de pamela y más de botas
tácticas de combate Rocky que de bailarinas troqueladas Renata me afea
traicionar la esencia épica de esta columna por haber dedicado la pasada entrega a Carolyn Bessette Kennedy y a John John
y no, por ejemplo, a cómo vestían los defensores de El Álamo. He de
darle la razón (para influencer David Crockett con su gorro de castor),
aunque una lectora bajo el sugerente alias de Ondina Savage y que luce
en sus mensajes un icono que parece sacado del cuadro de Draper Ulises y las sirenas, se muestra por su parte encantada con aquel texto. Qué difícil es satisfacer a todo el mundo. El
caso es que el cuerpo me pide volver de nuevo hoy a los Kennedy para
explicar historias más sorprendentes de la familia, empezando por mi
relación personal con ellos. No, no es que haya intimado con sus
miembros en Cape Cod y Martha’s Vineyard conduciendo con una mano mi
propia lancha de caoba Hacker-Craft Classic Tender (that’s cool, honey!) mientras sostenía con la otra un Ghost Margarita Boston style.
De hecho, son algunos de la familia los que estuvieron hace años en mi
casa en Barcelona. Concretamente un cuñado de John Fitgerald Kennedy,
Stanislaw Radziwill, casado con la hermana de Jacqueline, Lee Radziwill (née
Bouvier), que a la sazón buscó chalet para JFK y su mujer en la Costa
Brava. El príncipe Radziwill nos visitaba porque andaba entonces en
negocios con mi padre, entre ellos un primer proyecto para taladrar los
túneles del Tibidabo, que desafortunadamente no prosperó (de haberlo
hecho quizá sí que estaría yo hoy en Cape Cod y Martha’s Vineyard
conduciendo con una mano mi propia lancha, etcétera). La
otra relación directa (más o menos) con los Kennedy, si dejamos de lado
haber tenido una crisis (de ansiedad) en Cuba, ser muy fan de Topaz y
entrevistar un día a Oliver Stone,
fue escribir en este mismo diario en 2014 el obituario del tipo que
llevó el coco que salvó a JFK durante la Segunda Guerra Mundial. La cosa
merece una explicación. El futuro presidente combatió en el Pacífico al
mando de una torpedera, la legendaria PT-109, y el 2 de agosto de 1943
un destructor japonés embistió la lancha, que no era de caoba, y la
hundió cerca de las islas Salomón. JFK, teniente de 26 años y excelente
nadador por Harvard, fue decisivo para conseguir que los supervivientes
llegaran hasta la isla de Plum Pudding (rebautizada luego isla Kennedy).
El joven oficial escribió entonces en la cáscara de un coco un mensaje
para que los rescataran y la singular misiva la llevó a la base de las
PT en Rendova Eroni Kumana, natural de la isla de Rannonga, que fue al
que yo enterré con 93 años (ya sé que no es lo mismo que haber tenido un
rollo con Marilyn,
pero es una conexión). Kennedy desarrolló un afecto por Kumana y por el
coco. Al primero lo invitó a su boda y a su toma de posesión
presidencial y el segundo estuvo siempre en su mesa del Despacho Oval y
ahora se exhibe en su museo en Boston. Probablemente Trump lo hubiera
pateado hasta las 70 yardas. En términos de moda hemos de destacar que Kumana lucía a menudo una camiseta con el lema autorreferencial I rescued JFK, y que entre la ropa más envidiable que vistió nunca Kennedy -véase el bonito álbum recortable John F. Kennedy and his family, paper dolls in full color,
de Tom Tierney (ojo, no confundir con el álbum dedicado a George W.
Bush)-, figura sin duda su uniforme blanco de la US Navy: aquí si
confluyen la gran aventura y los Kennedy. No puedo
acabar esta crónica de mi relación con la familia sin dejar de señalar
que a JFK le quitó de joven la novia el autor de Hiroshima, John Hersey,
un periodista. Ahí queda. El teatro elimina a su histórico director de la programación de la temporada, aunque afirma que se le homenajeará “como a todos” Lluís Pasqual, uno de los fundadores del Teatre Lliure
y su nombre más reconocido e internacional, no estará presente en la
programación del 50 aniversario del colectivo, presentada hoy junto con
el resto de la temporada. El Lliure ha descabalgado a Pasqual pese a que
estaba comprometida su presencia como director de un espectáculo, y lo
ha hecho aduciendo una grabación falsa de unas palabras de Montserrat
Caballé que se emitieron en la gala de homenaje a la soprano en 2019 en
el Liceo, según desveló recientemente la humorista Judit Martín, verdadera autora de la grabación. El Lliure trasladó
a Pasqual su preocupación por la mala impresión que pudiera causar el
episodio y le sugirió que se retirará, según el propio director. Pasqual
debía estrenar en el marco del aniversario, que se cumple en diciembre,
un espectáculo con Pablo Derqui a partir del monólogo del gran
inquisidor de Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski y la obrita de 15 minutos TQuila
—por las siglas de The Queer Insurrection and Liberation Army, una
unidad antiterrorista compuesta por miembros del colectivo LGTB—que
trata sobre el interrogatorio de un militar a un terrorista del ISIS
preso. “Han encontrado la excusa para sacárseme de encima”, ha dicho a
este diario Pasqual, que ha juzgado el asunto de la grabación una
anécdota y ha justificado haber suplantado la voz de la diva porque la
original, de 1988, no se oía bien. Se escogió a Judit Martin por consejo
del humorista e imitador Carlos Latre, amigo de Pasqual. En la grabación, Caballé decía que quería que la persona que le hiciera un homenaje cuando muriera fuera Pasqual.
El director ha asegurado sentirse “noqueado” por la decisión del
Lliure, “cuando fueron ellos los que me vinieron a buscar”, y considera
difícil de explicar que se haya decidido que no esté presente en las
celebraciones del aniversario, dado su papel en la historia del
colectivo y que es su persona más representativa viva. Ha añadido que no
cree que haya sido casualidad que surgiera el tema de la grabación
precisamente ahora. “Se han erigido en jueces morales
para impedirme trabajar, eso es muy grave”, ha reflexionado Pasqual, que
ha detallado que la primera idea Pasqual era para algunos una patata caliente en el aniversario dada su salida tormentosa del Lliure tras una acusación de acoso laboral por parte de una actriz en 2018. Por
su parte, el director del Lliure, Julio Manrique, preguntado por el
hecho de que Pasqual no esté en la programación, ha dicho en la
presentación de la temporada: “Con Pasqual se exploró la posibilidad de
que estuviera presente desde la dirección, finalmente esta posibilidad
no prosperó”. Y ha continuado: “Pero tanto Lluís como el resto de
fundadores y otras personas muy significativas de la historia del
Lliure, entre ellos los antiguos directores de la casa, todos y todas,
serán evocados y homenajeados”. Manrique ha explicado que
la temporada del aniversario está puesta bajo el concepto de la
transmisión: “la del legado que se nos ha entregado y la forma en que lo
pasamos al futuro”. Ha ofrecido cifras muy satisfactorias de la
temporada que acaba, con casi un 90 % de ocupación. La
próxima temporada 26-27, que consta de 32 producciones, 10 de ellas
propias, 13 coproducciones, y 9 de compañías invitadas de las que 7 son
internacionales, arrancará el 17 de septiembre en la sala Fabià
Puigserver de Montjuïc con L’òpera de tres rals, de Brecht-Weil
en un montaje de Marta Pazos que habrá inaugurado previamente el
festival Grec. En la Puigserver podrán verse entre otros espectáculos. Spiegelneuronen, de Stefan Kaegi con las compañías Sasha Waltz y Rimini Protokoll, el regreso de la exitosa L’herència de Matthew López, Israel & Mohamed con Israel Galván y Mohamed El Khatib, o un Enric IV de Shakespeare dirigido por David Selvas. En el Lliure de Gràcia espectáculos como Lexikon de El Conde de Torrefiel, Relíquia adaptación de Pablo Messiez de la novela de Pol Guasch, con Guillem Balart y Nausicaa Bonnín, o Rocco i els seus germans, a partir del film de Visconti. Y en el Espai Lliure, Bouvetoya (la necessitat d’una illa), con dirección de Julio Manrique y que se ha reescrito para la ocasión, Grans Bardisses, de LLàtzer Garcia o una adaptación muda de Macbeth procedente del Quebec. En
cuanto a la programación específicamente del aniversario, que
descartado el montaje de Pasqual puede parecer algo corta, figuran en
Gràcia Tot fent ‘La bella Helena’ de Miquel Mas Fiol, una comedia
a partir de un grupo de jóvenes teatreros que quieren remontar aquel
montaje icónico del primer Lliure (1978-79), o Júlia-15 anys més tard, de
Christiane Jatahy, un guiño al montaje de la obra de Stindberg que hizo
Puigserver en 1985 a través de la revisitación de la directora
brasileña reescrita ahora para adaptarla a la realidad de la Barcelona y
Cataluña actuales. La Sala Puigserver acogerá el ciclo Dimecres
d’aniversari, con cuatro espectáculos: Arxius, con Cesc Gelabert dirigido por Marcos Morau, Recordant l’OCTLL, concierto dirigido por Joian Pons y Lluís Vidal, en memoria de la orquesta del Lliure, La nit que vam aplaudir una esperança, que conmemorará exactamente el día del aniversario (2 de diciembre), bajo la dirección de Carme Portaceli, y Un home de teatre, el conocido espectáculo de Lluís Homar que repasa su carrera. En el Espai Lliure, Xirgu contará con Muntsa Alcañiz, otra gran histórica del Lliure. Como
celebración también del 50 aniversario y entre otras actividades, se
presentará una exposición en el Palau Robert con cinco instalaciones de
otros tantos escenógrafo, entre ellos Frederic Amat y Montse Amenós,
inspiradas en las cinco décadas del Lliure. Asimismo, la exposición Fabia Puigserver amb mirada de infant, recordará al director y alma del colectivo. Por
otra parte, está previsto que se instale una placa de homenaje a los
miembros fundadores y que se coloque una placa en el olivo plantado en
recuerdo de Fabià Puigserver en la calle Lleida. El
teatro municipal, que afronta un largo período de obras, podrá
finalmente contar con su sede hasta mayo, pero ya inicia su despliegue
en otros espacios El
Mercat de les Flors de Barcelona, que afronta un largo período de obras
de rehabilitación del edificio, podrá finalmente contar con su sede
hasta mayo la próxima temporada, que se ha presentado esta mañana. No
obstante, el teatro municipal, cuya directora, María José Cifuentes,
ve en el obligado cierre por reformas una oportunidad para expandir el
centro a otros ámbitos, iniciará ya su despliegue en espacios ajenos. De
hecho, la propia inauguración de la temporada, compuesta por una
cuarentena de espectáculos y con un presupuesto de 7 millones de euros,
será el 18 de septiembre en el Saló del Tinell, dependiente del Museu
d’Història de Barcelona (MUHBA), con la nueva creación de Marcos Morau y
su compañía La Veronal, Living & Leaving, primera parte de una “trilogía de la vida”. La
presentación de la temporada ha coincidido tristemente con la noticia
de la muerte de dos profesionales de la danza tan relevantes y
apreciados como Álvaro de la Peña (1955), creador de la compañía Iliacán y vinculado a numerosas iniciativas del sector en Cataluña, y Ramón Baeza (1963), fundador de Increpación Danza. Cifuentes, que relevó en la dirección del Mercat a Àngels Margarit
en septiembre de 2025, ha desgranado la programación de la temporada
26-27, la primera enteramente suya, y lo que ha presentado augura un
gran y gozoso baño de danza, desde los grandes nombres internacionales a
lo mejor y más interesante de la creación del país. Entre los primeros, según ha destacado la propia Cifuentes, el esperado regreso del explosivo y revoltoso colectivo francés (La) Horde -Ballet Nacional de Marsella, tras esa verdadera consagración de primavera que tuvo con Rosalía (Après moi, le déluge, sala Mac del Mercat, 9 al 11 de octubre); la Sidney Dance Company dirigida por el coreógrafo catalán Rafael Bonachela (Momenta,
Mac, 11 al 13 de febrero); Carte Blanche- Compañía Nacional de Danza
contemporánea de Noruega dirigida por la ateniense residente en Francia
Katerina Andreou (How romantic, una pieza que evoca los maratones de baile de los EE UU de la Depresión tipo Bailad, bailad malditos, Mac,
16 al 18 de octubre, en programación conjunta con el festival Flaix de
Tardor); la compañía Cullberg con el coreógrafo brasileño Renan Martins (Guerrilla,
Mac, 11 al 13 de diciembre) o la compañía alemana Tanzmainz en
colaboración con la coreógrafa Paloma Muñoz, tan vinculada al Mercat (Im Mohnfeld, Mac, 5 al 7 de febrero). También, la caboverdiana Marlene Monteiro Freitas, la portuguesa-angoleña Piny, o Jefta van Dinther. Mohamed El Khatib e Israel Galván ofrecerán en el marco de la programación conjunta del Mercat y el Lliure Israel & Mohamed,
éxito en el festival de Aviñón de 2025 y en el que ambos artistas
dialogan con sus padres mediante una pantalla (Lliure, 17 al 21 de
marzo). Asimismo en el Lliure, aparte de una sorpresa que une a Morau y
Cesc Gelabert y que se explicará el viernes en la presentación de la
programación del propio Lliure, la compañía del senegalés Amala Dianor
con Dub (11 y 12 de junio). Mientras que en la programación del
Mercat con el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) podrá verse la
coreografía de la sensacional Sharon Eyal Delay the sadmess (TNC, 19 al 21 de marzo). En cuanto a la extensa creación local, figuran nombres como los de Inka Romaní (con El demonio en el cuerpo, un espectáculo cuyo punto de partida es la Sección Femenina de Falange y la violencia sobre las mujeres y los cuerpos queer durante el franquismo), Candela Capitán (con Solas, que explora la sobrexposición del cuerpo femenino en la era digital), Taiat Danza (Las hijas de Bernarda Alba: la obra de Lorca interpretada desde el movimiento de esas cinco hijas), Núria Guiu Sagarra, Vanesa Aibar, LaCerda, laSADCUM o Roger Bernat con una versión radical sin bailarines profesionales de La consagración de la primavera. A señalar otros dos espectáculos de la programación del Mercat exportados a lugares tan insólitos como las Piscinas municipales de Montjuïc (Dragón, descansa en el lecho marítimo,
de Pablo Lilinfeld y Federico Vladimir, que fusiona la natación
sincronizada con la danza y —atentos al concepto— el hidrofeminismo) y
el Castillo de Montjuïc (Parades & désobéissances, una “danza
monumental” y multitudinaria organizada por la codirectora del centro
coreográfico nacional de Grenoble, Aina Alegre ). El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona Xavier Marcé
ha destacado en la presentación cómo se abre una nueva etapa con la
nueva temporada y la visión diferente de Cifuentes. Ha aprovechado para
reflexionar sobre la complicada situación del sector de la danza y su
lucha para que se programen más espectáculos de ese género en los
teatros públicos y privados. Ha expresado la voluntad institucional de
que el “ingente” trabajo de las compañías llegue a exhibición y se
normalice la presencia de estas fuera del país. Marcé ha considerado que
la apuesta de Barcelona por la danza “es evidente” y ha recordado que
el único espacio escénico municipal es el Mercat, consagrado a este
género (“fue una decisión acertada”, ha reflexionado). Para el concejal,
las obras del centro, que lo obligan a salir de su sede, ofrecen la
oportunidad de convertirlo “en el Mercat de les Flors de Cataluña”,
insuflando nuevo interés por la danza en la ciudad y en todo el
territorio. “Los conflictos ofrecen posibilidades”, ha apuntado. Por
su parte, Xavier Fina, director de Promoción Cultural de la
Generalitat, ha recordado que el Mercat es “la casa de la danza de
Cataluña” y que le han pedido a la nueva directora que el centro ejerza
ese papel “en toda su dimensión”. Ha añadido que la voluntad de la
Generalitat (presente en el consorcio del Mercat) es ayudar para que la
etapa de cierre se aproveche a fin de potenciar la vocación expansiva
del centro. Cifuentes ha señalado que la temporada se coloca bajo el epígrafe Ballant cauen murs,
con la idea de derribar muros físicos, sociales, simbólicos y mentales,
y de enfrentarse “a las fronteras y la cultura del miedo”. La directora
conceptualiza el movimiento como una práctica de resistencia y una
forma de traspasar límites impuestos. El Mercat no
cerrará a causa de las obras en febrero de 2027 como estaba previsto
inicialmente, sino que, por un retraso en los trabajos, dispone de una
prórroga hasta mayo en la que podrá contar con su sede. “Aprovecharemos
nuestras salas hasta el último momento”, ha dicho Cifuentes. A partir de
otoño de 2027 el Mercat ya estará completamente fuera del edificio y
durante dos años habrá de desarrollar su proyecto y programación en
otros espacios. La directora no descarta, aparte de los lugares de
acogida acordados, que el Mercat pueda disponer de algún espacio propio
habilitando alguno que esté disponible y reúna las condiciones,
posibilidad que está en estudio. Representantes institucionales, familia, amigos y colegas recuerdan a la desaparecida científica Los
pingüinos no podrían estar más de acuerdo: mejor una científica que los
quería que un rey cazador. La celebración esta tarde en el Cosmocaixa
de Barcelona de un homenaje a la desaparecida oceanógrafa y pionera de
la Antártida Josefina Castellví
(1935-2026) se ha convertido en una reivindicación de que se cambie el
nombre de la base polar Juan Carlos I por el de la científica catalana.
El acto, que ha congregado a representantes institucionales, colegas,
amigos y familiares de Pepita Castellví, fallecida el pasado febrero a
los 90 años, ha mostrado las múltiples facetas de una persona
irrepetible y ha acabado con una gran ovación a la investigadora, una
copa en su recuerdo (aunque al parecer ella prefería el cubata) y el
pase del documental Los recuerdos de hielo, en el que el
realizador y guionista Albert Solé plasmó el regreso a la Antártida, 25
años después, de la que fue la primera mujer directora de una base en el
continente blanco. El homenaje, bajo el epígrafe La dama de l’Antártida,
tomado del programa que le dedicó Joan Barril, ha descubierto algunas
cosas desconocidas o poco conocidas de Pepita Castellví como que en su
vertiente de maestra puntaire de la Escola de Puntaires de Barcelona, experta encajera de bolillos, fue impulsora de las tovalles
del altar mayor de la Sagrada Familia —realizadas con la técnica de la
Punta de Barcelona—, es decir los manteles sobre los que el Papa
impartirá la misa durante su visita. El acto de
Cosmocaixa, celebrado en feliz coincidencia con el Día Internacional de
los Océanos en un auditorio Àgora lleno y presidido por una imagen de la
homenajeada en la Antártida, lo ha conducido la periodista Ariadna
Oltra, que le hizo en 2014 una entrevista a Castellví en TV3 que elevó
su popularidad. Ha arrancado el homenaje con unos
minutos del documental de Solé (emitido entero al final) en los que se
situaba la principal aventura de Pepita, la instalación en 1988 de la
Base Antártica Española Juan Carlos I en la isla Livingston (Shetlands
del Sur), que luego dirigió de 1989 a 1993, al sufrir un ictus su colega
Antoni Ballester que era el director previsto. Han sido conmovedoras
las imágenes de Castellví acompañando
cariñosamente a Ballester, en silla de ruedas, a contemplar el pequeño
laboratorio científico de la base original, que, tras construirse la
nueva base española en la isla Decepción en 2012, fue trasladado de la
Antártida a Barcelona para quedar expuesto en Cosmocaixa, donde se sigue
exhibiendo. Castellví recordaba los de la Antártida
como los mejores años de su vida y subrayaba que el continente es un
gran laboratorio natural con condiciones que no se pueden experimentar
en ningún otro lugar del mundo. Regresó a la Antártida en 2013 para
despedirse, de lo que da cuenta el documental de Solé.
En el homenaje se han leído algunos testimonios de la propia Pepita
Castellví como los de su pregón de las fiestas de la Mercé en el que
recordaba la ocasión en que durante la Guerra Civil su madre en vez de
correr al refugio la sacó de niña al balcón en el piso familiar de Gran
Vía para observar los aviones en vuelo rasante para bombardear
Barcelona. “Fíjate y podrás recordarlo”, contaba la científica que le
dijo su madre. Otro testimonio de la investigadora evocado fue el que
expresaba la importancia de mantener el equilibrio en la naturaleza,
“que es un todo”, y su pasión por los océanos y los lugares ignotos. Han
tomado la palabra el director de Cosmocaixa, Valentí Farrás; la
consejera de Territorio, Vivienda y Transición Ecológica, Sílvia
Paneque; el cuarto teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona,
Jordi Valls; el delegado del CSIC en Cataluña, Luis Calvo; el director
del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), Valentí Sallarès; la
colega de promoción de Castellví, Marta Estrada, profesora de
Investigación en el ICM; la catedrática de Zoología de la UB, Conxita
Ávila; el profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y
expresidente del Comité Científico para la Antártida (SCAR), Jerónimo
López Martínez; el director del Consejo Asesor para el Desarrollo
Sostenible de Cataluña (CADS), Arnau Queralt, y el propio Solé. En
un acto que ha querido expresar la” gratitud colectiva” hacia
Castellví, todos la han destacado como una científica excepcional, una
pionera y una mujer que ha dejado huella. Se ha señalado su
perseverancia, su entusiasmo y hasta su vehemencia y su búsqueda
continuada de nuevos retos. También su iluminadora combinación de
excelencia científica con valores humanístico y su compromiso ciudadano y
de país (“no separó nunca el microscopio del país”, ha dicho Paneque en
una frase a meditar). Y cómo se abrió paso —y lo abrió a otras— en un
mundo científico dominado por los hombres. Y cómo supo hacer de puente
para tantos proyectos y tejer complicidades, y ayudar a los colegas,
todo ello manteniendo esa elegante ironía tan característica. Ha habido
momentos para el humor en el homenaje, como cuando se ha rememorado la
manera en que Pepita vació un supermercado para pertrechar una de las
campañas antárticas. La petición del cambio de nombre de
la base la ha avanzado en el acto Solé (“en algún momento habría que
cambiarlo”), levantando un gran aplauso de la audiencia. López Martínez
ha abundado en la idea (“debía ser Castellví y no el que lleva ahora”),
cosechando una ovación unánime y el apoyo de todos. “Ya tienen su nombre
una biblioteca y un instituto, una base antártica estaría bien”, se
sintetizó. En el completísimo retrato de Josefina Castellví —tenaz y valiente Pepita— se ha echado solo a faltar su declarado amor por los pingüinos (aunque se han mostrado algunas imágenes de estos). No se ha revelado el destino de su famosa colección de figuritas de estas aves
aunque es de temerse lo peor tras las noticias de que algunas de sus
cosas aparecieron en los Encantes tras el vaciado de su piso a su
muerte. En todo caso, alguien ha parecido sumar su propio homenaje
particular a la científica depositando un pequeño pingüino de plástico
sobre el cuadro de luces de la vieja base instalada en Cosmocaixa.
Descansa en paz, Pepita. Ponerse bajo la advocación del gran aventurero del desierto en la multitudinaria cita del Retiro ayuda a conjurar el calor “Misterioso,
desconcertante, genial, sabio, estratega, romántico, escritor,
inconformista, visionario, arrojado, profundamente contradictorio…”.
Leía y releía como una letanía febril las palabras del prólogo de la
biografía de Lawrence de Arabia
de Richard Perceval Graves, el sobrino de Robert Graves, haciéndome la
vana ilusión de que se referían a mí, mientras atravesaba el parque del
Retiro por su parte más soleada y con 35 grados a la sombra. “El sol del
Hidjaz no abrasa, pero ennegrece y consume despacio todo lo que se
somete a él, desde los hombres hasta las piedras”, me dije puesto en la
piel de T. E. Lawrence. Era como cruzar el desierto del Nefuz y no tuve
el más mínimo pudor en sacar de la bolsa el salacot
que me había llevado de casa para firmar en la Feria del Libro de
Madrid (la iniciativa tuvo mucho éxito en Sant Jordi) y encasquetármelo a
fin de protegerme de lo que estaba cayendo. “No descansaré hasta que
sepan que tengo Áqaba”, susurré para animarme. La gente me miraba al
pasar, como pidiendo explicaciones o quizá que les dejara el casco, pero
yo me limitaba a esbozar una sonrisa y a soltarles unas frases sentidas
de la película de David Lean o de Los siete pilares de la sabiduría,
que también cargaba por si a alguien le sabía a poco que le firmara mi
libro, rematadas por el inexcusable —si portas salacot— “doctor
Livingstone, supongo”. Mi
participación, la primera de mi vida, en la feria del Retiro había
comenzado bajo los mejores auspicios. El Ave desde Barcelona había
tardado una barbaridad, desde luego, pero ello me había permitido
observar con detenimiento los nidos de cigüeñas en los postes de
catenaria cerca de Zaragoza, numerosas rapaces, un par de corzos y
varios conejos y después, en la habitación del hotel que me había
dispuesto la editorial, se desplegaron ante mis ojos lo que me
parecieron unos simpáticos obsequios de bienvenida dignos de la llegada
de Aurens al campamento de Feisal en el Wadi Rum: una bandejita de
pastelillos y el pequeño volumen de la citada obrita de Richard Percival
Graves (no confundir con el mago de Harry Potter) en una baqueteada
edición de Renfe y ABC de la colección Protagonistas del siglo
XX. Miré por los rincones a ver si estaban el correoso Auda o los
jovencitos Farraj y Daud, los malhadados criados beduinos ageyl de T. E.
(ambos murieron; a Farraj, agonizante, lo despachó el propio Lawrence
de un disparo para que no lo cogieran vivo y lo torturaran los turcos;
yo prefiero recordarlos cuando los describe traviesos pintando de
colores una camella del gobernador Sheij Yusuf). Pero no había nadie, y
los innumerables silencios de las estrellas nos avergonzaban hasta la
insignificancia. En
el mismo hotel me encontré con amigos que también iban a la Feria,
entre ellos Sergio del Molino y Santiago Posteguillo, que me explicó que
pasa muchas horas con Cleopatra, preparando la nueva entrega de su
serie de novelas sobre Julio César. Le envidié, pero en fin, me dije, yo
viajo con Lawrence de Arabia. Llegado como pude al recinto ferial bajo el sol de plomo, no sin antes detenerme a ver un bonito pito real (Picus viridis)
que quizá era un espejismo, la primera firma fue de 12 a 2, una franja
horaria ideal para beduinos, en la caseta de Visor. Me trataron muy
bien, me abanicaron y me devolvieron a la vida con largos tragos de agua
y el regalo de una preciosa antología de la poesía rumana (Lucian
Blaga: “Mi cuerpo cae a tus pies / pesado como un pájaro muerto”).
Observaron con cierta sorpresa cómo desplegaba en el mostrador que me
habían reservado el salacot, algunos talismanes y unas fotos de mis
héroes, exploradores y aventureros favoritos, entre ellos el conde
Almásy, que no es que me acompañe, sino que me posee, Custer, el húsar
Lasalle, el coronel Proby de los lanceros de Bengala y, claro, T. E. Lawrence,
en el bonito retrato pintado por James McBey. Me dispuse a pasar un
rato de lectura con mi biografía de T. E. y los rumanos, cuando para mi
sorpresa empezó a aparecer gente para que les firmara. No faltaba más
que el bey de Deraa. Todos eran muy amables y algunos hasta me traían
regalos como si fuera el niño Jesús en el pesebre. Yo hubiera agradecido
un granizado de limón o un helado pero un joven que se plantó ante mí
me entregó un pequeño trozo de hierro oxidado. Lo examiné para no
parecer desagradecido. Mmmm, vaya, sí, qué interesante. “Es un trozo de
clip de sujeción de los raíles de las vías del ferrocarril turco de
Medina a Damasco, la antigua línea del Hejaz
que atacaba Lawrence, del tramo de Abu Na’am”, me dijo el joven, Álvaro
García Ruano, mientras yo ponía ojos como platos. “Lo he encontrado yo
mismo”, continuó, explicándome que trabaja en el proyecto Haramain, la moderna línea de alta velocidad La Meca-Medina, y que a veces se va a las dunas sobre la vieja y olvidada línea férrea turca para leer fragmentos de Los siete pilares de la sabiduría. No
me había repuesto aún de la sorpresa cuando una visitante me pidió que
le dedicara un ejemplar a su marido, Enrique, que no había podido venir
él mismo pero me enviaba saludos y unas fotos que había tomado en la
Antártida, entre ellas una de febrero de una maqueta de un patín a vela
(!) en la base española en las Shetland del Sur y otras de la Bahía de
Balleneros y su cementerio en la Isla Decepción, amén de recomendarme
que, si no lo había hecho ya, me leyera la biografía de Michael Smith de
Tom Crean, “el héroe olvidado”, que sobrevivió a Scott, a Shackleton y a
la Primera Guerra Mundial para abrir un pub en el condado de Kerry y
morir en 1938 de apendicitis. Firmé con una sentida referencia a otro
Lawrence, este de los hielos, Oates, e introduje entre las páginas del volumen una foto de Scott y su partida de ataque al Polo Sur tirando de los trineos. Sintiéndome
refrescado, y tras una pausa para comer y saludar a los amigos de
Desperta Ferro y Edhasa, que me regalaron respectivamente el estupendo
número monográfico de su revista dedicado a la Odisea, los
primeros, y el interesantísimo libro de Ignacio del Valle sobre Goering,
los segundos, pasé a la caseta de la librería La lectora infiel, donde
un visitante me dio noticias de Formentera y me dijo que había sido
salvavidas durante una temporada y había rescatado a dos personas en la
playa de Llevant, aparte de vivir intensas veladas con Nacho Vidal en el
Flipper. Apareció luego Ángel Carlos Pérez Aguayo,
que me traía dos camisetas, una del SAS (Special Air Service), con la
daga y las alas, y otra del SOE (Special Operations Executive), con el
cuchillo y el paracaídas; difícilmente alguien se atreverá a ganarme al
tenis con ellas. El autor y guía de viajes arqueológicos de Pausanias me
entregó además un sobre con arena de la tumba de Akenatón en Amarna y
un trocito de piedra que no era el busto de Nefertiti aunque me emocionó
casi igual. Pero lo que me llegó especialmente al corazón fue un
fragmento de pizarra proveniente del tejado de la casa natal de Lawrence
de Arabia en Tremadoc, Gales. No es que se subiera para cogerlo, me
aclaró, sino que estaban cambiando la cubierta y aprovechó para tomar un
trozo. Hay que recordar que Lawrence también era fetichista (entre otras cosas). Cuando Robert Graves,
el tío de Richard y buen amigo de T. E., lo visitó en sus habitaciones
de un colegio mayor en Oxford donde se había refugiado en los años
veinte, observó que tenía algunos buenos libros, tres alfombrillas de
oración árabes, la campana de la estación de Tell el Shalim y un
soldadito de barro que había cogido en la tumba de un niño en Karkemish.
Pero con todo y tantas visitas y sorpresas (el domingo en Sin Tarima una chica me pidió que le firmara El extranjero
de Camus, confundiéndome con el autor), lo más emotivo fue el recuerdo
de su padre que me dejó Teresa Jiménez Tostado. Llegó con su marido y,
mientras le firmaba a él, me preguntó si por casualidad no habría
conocido al teniente Eduardo Jiménez Tostado. ¡Por supuesto! Era uno de
los dos con los que fuimos la Compañía número 1 de Policía Militar la noche del 23-F
al Congreso. Tostado y su colega Miguel Martínez García, conocidos como
los Pitufos por su escasa altura, también fueron arrastrados a aquella
parda aventura sin saber a dónde iban. Recordé al teniente, con gafas y
con la gorra de tanquista, un hombre en el que la severidad
consustancial al mando se veía atenuada por cierta bonhomía y hasta
benevolencia. Una vez, compadecido, me levantó un arresto que incluía
perder una semana de permiso. La noche del golpe lo pasó mal: no era
para nada un individuo proclive a saltarse las normas, así que no
digamos para sublevarse en una asonada de lance como aquella. Además, se
pegó un porrazo al chocar su Land Rover con otro vehículo de la unidad
camino de las Cortes y entre el golpe y el Golpe andaba como
estupefacto, el pobre. Me encontré hablándole bien a su hija, y hasta
con cariño, del viejo soldado, en líneas generales una buena persona,
aunque siempre lo vi vestido de caqui y con pistola. Ella me explicó que
hacía unos años que había muerto, que había alcanzado el rango de
comandante y que siempre se llevaba las manos a la cabeza cuando
recordaba el 23-F y lo que vivimos. Que era un militar, claro, con sus
cosas, pero un buen padre. Se le humedecieron los ojos y compartimos un
extraño momento de intimidad, entregados ambos a la nostalgia de
nuestros recuerdos. Partí de vuelta a Barcelona cargado
de experiencias y objetos variados, como un viejo mercader del clan de
los hariz. Acomodado en el tren y mientras con un ojo vigilaba nuestro
progreso y que no hubiera algún árabe con gelignita agazapado junto a
las vías, abrí al azar Los siete pilares y leí adormilándome, con el deber cumplido: “El Rum
era vasto, resonante y casi divino, y el insondable silencio de Azrak
estaba embebido del saber de poetas errantes, de adalides, de reinos
perdidos, y de todo el crimen, la caballerosidad y la perdida
magnificencia de Hira y de Ghassan”. El
promotor e investigador de la actividad señala el juego de pelota
azteca como uno de sus precedentes y atribuye parte de su éxito a poder
practicarla en familia Ignacio
Soto Borja, notario mexicano de 81 años que se desplaza en silla de
ruedas por problemas de columna asociados con pasar mucho tiempo
sentado, no es la persona que uno identificaría de entrada con el pádel.
Pero este hombre de aspecto patricio, culto y reposado es historia viva
del hoy tan popular deporte de pala corta. Reputado cocreador del juego
y personaje fundamental en su formulación y reglamentación modernas,
así como en su promoción y en la investigación de su historia, Soto
Borja ha estado en Barcelona con motivo del Pádel World Summit,
celebrado en la Fira. Amable y apasionado con lo suyo, se le nota que
está acostumbrado a mandar, incluso sin la raqueta en la mano. Pregunta. Cuenta usted en su revelador opúsculo La historia oficial del pádel (Tirant Humanidades, 2024), que uno de los precedentes de ese deporte fue el juego de pelota mesoamericano. Respuesta. Así es. P. ¿Pero no decapitaban ahí a los jugadores? R. Había muchas variedades, pero es cierto que en el denominado tlachtli por los aztecas y pok ta pok por los mayas, y que era un ritual más que un juego, se sacrificaba a los ganadores, lo que se tenía por un gran honor. P. Vaya, no sé si hoy se iba a entender eso en el Real Club de Polo de Barcelona o en el Club de Pádel de la Moraleja. R.
Desde luego, sería muy impopular decapitar a los ganadores del pádel.
Pero yo explico lo del juego de pelota mexica para que se entienda que
el pádel es un deporte de sincretismo, con influencias de otros juegos
anteriores de las culturas inglesa, francesa y prehispánica. De los
juegos precolombinos tiene elementos como la cancha o el dinamismo de la
pelota, que era de hule. P. Menciona usted también el real tennis inglés y el jeau de paume, el juego de palma francés, de raíces medievales. R. Efectivamente, se jugaba con la palma de la mano y un cordón que hacía de red. P.
Es curioso que fuera en la cancha de ese juego en Versalles donde se
reunieran el 20 de junio de 1789 los diputados del Tercer Estado, el
pueblo, para conjurarse a fin de conseguir una Constitución y que el así
llamado Juramento del Juego de Pelota fuera una fecha clave
revolucionaria. No se asocia normalmente el pádel con la revolución. R. Al principio se lo asoció con la derecha y las élites, porque lo jugaban Aznar o Alfonso de Hohenlohe, que lo llevó a Marbella. El juego agarró un cariz aspiracional y se lo consideró de pijos.
Aún tiene que librarse un poco de ese sambenito de que es un deporte de
clase bien, pero ya no es de ricos, y hay muchas canchas públicas. P. Usted reivindica la mexicanidad del pádel. R.
Es un deporte orgullosamente mexicano, nacido en 1969. Su creador fue
el empresario Enrique Corcuera, fan del frontón y la pelota vasca, que
adaptó una cancha de frontenis en su casa en Acapulco para jugar con la
familia. Fue experimentando con la idea e introduciendo los elementos
que asociamos al pádel. Para él era importante el efecto de rebote y no
tener que ir muy lejos a buscar la pelota. P. El papel de usted fue decisivo. R.
Me fascinó desde el principio, he ayudado a convertirlo en lo que ahora
es, desde la pugna por el nombre, pádel frente a rebotenis, paddle tenis y paddle,
a la creación de la cancha oficial con cristal, la pala específica y el
reglamento actual. Había un desorden tremendo. En 1992 lo regulamos y
lo transformamos en un verdadero deporte, y vino el búm. P. Algunos piensan que el pádel es un tenis disminuido, menor, poco exigente. R. Quien dice eso no lo conoce. En parte es la rabia de los tenistas a que les arrebaten su lugar, envidia. Basta con ver jugar a los profesionales. Ningún deporte ha de menospreciar a otro. Y déjeme añadir que el tenis es precioso. P. ¿Cuál es el secreto del éxito del pádel? R. Uno de ellos es que une a la familia y a los amigos, es un juego muy social. Y es muy atractivo para las mujeres. Más del 30 % de los 36 millones de practicantes en todo el mundo lo son. P. ¿Algún consejo para jugar? R.
Recomiendo tomar clases, no creer que solo por entrar en la cancha ya
vas a saber jugar con nivel. Mucha gente no se capacita y entonces
vienen las lesiones, aunque el tapete ha reducido mucho las de rodilla.
Hay que buscar esa capacitación. P. Va, díganos algún secreto para ganar. ¿Mejor jugar a volea o a paredes? R. La volea, pero el dominio de las paredes es importante. P. El pádel no es, ay, olímpico. R. Lo será pronto, estamos en ello. P. Los amantes de los pájaros se quejan de que hay muchos choques con las paredes de cristal. R. Hay formas de prevenirlos, son peores los grandes edificios altos con mucho vidrio. P. Ya que es usted mexicano, ¿cree que España tiene que pedir perdón por la Conquista? R.
No veo por qué. Cortés fue con muy pocos hombres y venció gracias a
alianzas locales. Y además aquella España no era para nada la de ahora. El
especialista británico, que anuncia una obra sobre la Batalla de
Inglaterra y pronostica una guerra en el Báltico, dedica su nuevo libro
al papel del santón siberiano en el hundimiento del imperio ruso de los
Románov Mesalina
reivindicada: una revisión de la historia de la “emperatriz prostituta”
cuestiona el retrato de una mujer con la que se ensañaron los clásicos






Dos aviadores y un destino ,,,






Lara Renard, trapecista y madre: “Esto es lo más maravilloso que he hecho con mi cuerpo” ,,, 19.6.26




Josep Maria Mestres será el nuevo director del Teatre Nacional de Catalunya ...


Jordi
Amat: “A los independentistas les ponen muy nerviosos mis libros porque
construyen un relato de modernidad catalana que les es ajeno” ,,,








El coco que salvó a JFK y otras historias de los Kennedy ---

El Lliure descabalga a Lluís Pasqual de la celebración del 50 aniversario del colectivo ...



fue hacer un Macbeth que
el Lliure consideró una obra demasiado oscura para el aniversario;
luego propuso un montaje sobre éxitos del Lliure con Emma Vilarasau y
Jordi Bosch como conductores. Al no estar disponible la Vilarasau por
compromisos cinematográficos, Pasqual planteó hacer él mismo de
narrador, “a lo que se me contestó que eso era tener demasiado
protagonismo”.

El Mercat de les Flors orquesta un gran baño de danza para la nueva temporada que abrirá La Veronal en el Tinell .---



El
homenaje a Josefina Castellví en Cosmocaixa reivindica que se cambie el
nombre de la base española Juan Carlos I en la Antártida por el de
ella ...



Lawrence de Arabia en la Feria del Libro ,,, 6.6.26




“Sería
muy impopular decapitar a los jugadores de pádel”, afirma Ignacio Soto
Borja, cocreador e historiador del exitoso deporte de pala ,,, 6.6.26



Antony Beevor, historiador: “Rasputín combinaba la espiritualidad con la lujuria y la lascivia extremas” ,,, 3.6.26


Acostumbrados a escuchar a Antony Beevor detallar los movimientos de tropas en Stalingrado, el cerco de Berlín, el desembarco de Normandía, el esfuerzo de los paracaidistas en Arnhem o la ofensiva de los pánzers en la última baza de Hitler en las Ardenas, sorprende oírle hablar del pene de Rasputín. La verdad es que pone la misma cara de reconcentrado interés que con sus habituales temas bélicos. “El pene de Rasputín… es un objeto atractivo desde luego”, dice al mencionarle su interlocutor que ha visto, en una tarde de estupefacción y vodka, el que se exhibe como tal apéndice en un museo en San Petersburgo en un frasco de cristal. “Ya, se supone que mide 13 pulgadas, unos 33 centímetros, pero no sé si es algo que debamos tomarnos en serio. Mi suegro, el historiador John Julius Norwich, explicaba que su padre, Duff Cooper, primer embajador británico en Francia tras la Liberación y también historiador [y padre de la notable escritora Artemis Cooper, esposa de Beevor], estaba convencido de que parte del éxito sexual y del magnetismo de Rasputín residía en su miembro y en su control muscular, pero no hay constancia histórica de que se lo hubieran cortado tras su asesinato. Hoy es imposible afirmar que lo que se exhibe sea suyo, no creo que se haya hecho ningún test de ADN”. De hecho hay quien dice que se trata del pene de un caballo, eso si no es un pepino de mar desecado, como también se ha sugerido. Beevor recuerda, en todo caso, que en su momento en la Rusia zarista se le atribuía una potencia sexual extraordinaria a Rasputín y corrían caricaturas que mostraban su órgano, en referencia a la influencia del monje sobre la zarina y, a través de esta, sobre el zar, con la leyenda: “La caña que dirige Rusia”.
Toda esta singular conversación con Sir Antony Beevor (Londres, 79 años), reconocido como uno de los mejores historiadores militares de nuestro tiempo, y que incluirá luego tararear la célebre canción de los Boney M dedicada a Rasputín, viene al caso porque el autor acaba de publicar un libro en cuyo centro está el controvertido personaje, Rasputín y la caída de los Románov (Crítica, 2026), una obra apasionante y reveladora que entra dentro de otra de las áreas de interés del estudioso, Rusia (con títulos como Rusia, revolución y guerra civil 1917-1921, Un escritor en guerra, en colaboración con Luba Vinográdova, sobre Vasili Grossman en el Ejército Rojo; El misterio de Olga Chekhova o el propio Stalingrado). En su nuevo libro, Beevor investiga la verdad tras el extravagante personaje de Grigori Yefimovich Rasputín (1869-1916), el gran seductor, el místico salvaje, el libidinoso, borrachín y algo guarro mujik (campesino típico de la literatura rusa, rudo y pobre), que encandiló al zar Nicolás y su esposa la zarina Alejandra, y del que dice que le fascinaba desde hace tiempo.
El historiador subraya que pese a no tener ningún cargo oficial y ser un campesino siberiano casi analfabeto, Rasputín, personaje de novela con una vida (y una muerte) de leyenda o de sainete, según se vea, “contribuyó, sin pretenderlo y sin ser para nada un revolucionario sino un monárquico devoto, más que ninguna otra persona al hundimiento de la mayor autocracia del mundo”, el imperio de los Románov. En ese sentido Beevor cree que no es desacertado y que hay “algo de verdad” en el juicio de Kerensky, que, abundando en la idea de que el influjo del monje sobre la zarina desestabilizó el imperio, afirmó que “sin Rasputín no hubiera habido un Lenin”. Y recuerda el historiador que Rasputín, influyendo en los gobiernos de Nicolás, tuvo responsabilidad en que, por ejemplo, hubiera escasez de pan en San Petersburgo, lo que llevó a revueltas, y es, por tanto, “un enlace directo con la revolución”.

En su libro, Beevor resigue la vida de Rasputín pero no como una biografía al uso sino insertándola en la historia general y en la marcha de la Rusia del zar hacia el desastre, y observando la conexión del personaje con los acontecimientos que precipitaron el final de la casa de los Románov. “La caída de un imperio es un momento sumamente dramático, digno del Ozymandias de Shelley, y me ha fascinado como lo hizo el hundimiento del imperio nazi que relaté en Berlín”. Al historiador, que considera que el ruso de los Románov era “un imperio narcisista cuya caída es un acto de justicia poética”, le interesa especialmente la red de mitos y mentiras, muchos de ellos sexuales, que se arremolinaron en torno a la figura del favorito de la zarina y que compara con las fake news de la actualidad. Y cómo los rumores paranoicos sobre conspiraciones pudieron (y pueden) crear efectos tan poderosos o más que la realidad.
De hecho, el asesinato de Rasputín, en 1916, fue producto de la obsesión de una parte de los seguidores del zar y la monarquía —entre ellos la emperatriz viuda madre de Nicolás y varios de los grandes duques— que veían con alarma la influencia del monje sobre la familia imperial y quisieron librarla de él. La conspiración para matar al rijoso padrecito y el acto de su eliminación, que incluye el torpe uso de veneno caducado en pastelillos y vino, y disparos con una pistola en mal estado, tienen los mismos tintes surrealistas de toda la historia del personaje y la época final del régimen. Al respecto, Beevor recuerda que hay un elemento irreductible a la lógica en el gran país del Este. Y trae a colación la frase de Churchill (tras el inesperado pacto de la URSS con los nazis en 1939) de que “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”, y la máxima del poeta Fiódor Tjútchev de que “no se puede entender a Rusia tan solo con la razón”. Y añade: “Tampoco a Rasputín”.

“Era en parte charlatán, pero creo que también había un lado de auténtico en su personalidad, una espiritualidad sincera y hasta inocente”, reflexiona Beevor. “Lo más sorprendente es que pasaba de un personaje a otro, había un elemento casi esquizofrénico en él”. ¿Y qué hay de la lujuria que se le atribuía? “Sin duda había un componente de eso en Rasputín, de pura lujuria y lascivia extremas, los testimonios hablan de una compulsión a tocar a las mujeres —decía que así establecía una comunicación especial—. Muchas estaban seducidas por su carisma y su comportamiento desvergonzado e indecente, su combinación de erotismo y misticismo, tenían relaciones íntimas con él, e incluso había grandes damas que se ofrecían voluntarias para cortarle las uñas y guardaban los recortes como talismanes, y también los restos de su comida. El caso es que se veía atraído por la carne femenina. Obsesionado con la tentación, el pecado y el arrepentimiento, sentía una atracción irresistible por las prostitutas, a las que contrataba incluso por parejas, y a veces se probaba a sí mismo si era capaz de contenerse, acostándose con ellas y permaneciendo desnudos sin más —mortificación con ecos de la secta flagelante de los jlysty—. Hay pruebas de que trató de manera perversa a numerosas mujeres de todas clases, muchas solitarias, infelices o vulnerables, y de que las acosaba, abusaba de ellas y las violaba. Un comportamiento que hoy sería juzgado como absolutamente criminal”.
“Para extravagantes asimismo, desde luego, el zar y la zarina”, continúa, “que no eran tampoco personas normales”. Apunta Beevor las contradicciones de la alemana de origen Alejandra, criada como princesa pobre luterana (Alicia de Hesse y del Rin) y ascendida luego a la grandeza imperial, con cambio de nombre incluido, hasta tal punto que la reina Victoria, su abuela, se sorprendió de verla revestida de las impresionantes joyas de la corona de los Románov y dijo: “quién lo hubiera pensado”. En cuanto a Nicolás, “no estaba bien preparado para su papel como autócrata, y era, además de fatalista y carente de imaginación, terco e indeciso”, muy mala combinación para sacar adelante un imperio en horas difíciles. Eran los dos muy guapos eso sí (él más bajo que ella, lo que le producía complejo) y estaban marcados por la enfermedad de su único hijo varón y heredero, el hemofílico zarévich.

“Hay que ver a Rasputín como síntoma”, prosigue Beevor. “Existía en Rusia en la época una predisposición al misticismo, el espiritismo y los santones que facilitó su ascensión en la sociedad imperial; en parte era entretenimiento, pero el zar y la zarina se lo tomaban muy en serio y para ellos, sobre todo para Alejandra, Rasputín fue un verdadero hombre santo y un gurú, un maestro espiritual y un sanador”. ¿Había algo de cierto en los poderes mentales que se atribuían? “Bueno, era muy intuitivo pero fue incapaz de ver que le iban a asesinar. En cuanto a su capacidad de supervivencia y su ‘diabólico rechazo a morir’, todo el relato popular del asesinato es basura. Simplemente fue una gran chapuza, el cianuro estaba caducado o lo hizo inefectivo el azúcar de los pasteles, y la pistola con la que le dispararon primero era un arma muy ligera. Fue el asesinato más incompetente de la historia de Rusia”. Hablando de gurús, ¿ve relación con Gurdjieff? “No lo conozco bastante como para emitir un juicio, pero es interesante cómo esos personajes llenan las fantasías masculinas de algunas mujeres”. El historiador recalca que el monje siberiano llegó en un momento muy malo para la monarquía pero muy bueno para él, tras el desastre de la guerra ruso-japonesa y las revueltas populares. “La llamada de Rasputín a contemplar la belleza de Dios y la espiritualidad de la naturaleza reconfortó a Nicolás, pero a la vez el monje erosionó la reputación del zar, al que se veía como cornudo y como incapaz de frenar la interferencia del personaje en la política rusa”.
Es curioso que a Rasputín le elimina el sector más reaccionario y ultraderechista ruso. “Sí, los monárquicos absolutistas más rancios, desesperados por su influencia y arrogancia —se estaba metiendo hasta en decisiones militares de la I Guerra Mundial que se libraba entonces— y que creían que tenía hechizada a la familia real. Le matan porque creen que así salvarán a la dinastía Románov; el asesinato causó sensación en toda Europa, donde Rasputín era muy conocido. Personajes como Yusúpov, el asesino principal, que se travestía, son casi tan extravagantes como el propio Rasputín”.
Algunos de esos personajes antirrasputinianos, por no hablar del propio Rasputín, parecen salidos de la pluma de Dostoyevski o de Chéjov. “Es cierto, el arte imita a la vida, pero Rasputín no había leído a ninguno de los dos, de hecho no le veo interesado por ninguna figura de la literatura rusa”. Por Rasputín en cambio se interesaron los Boney M, ¿recuerda la canción de 1978?, tenía alguna estrofa interesante, aquello de “he was big and strong/ in his eyes a flaming glow” o lo de “full of ecstasy and fire”. Beevor esboza una sonrisa y, sorprendentemente, cita otras estrofas de la popular melodía, “lo de russia’s great love machine era una tontería, seamos francos, y también lo de love of the russian queen, todo muy superficial y falso, claro. Perdona que no la tararee, que canto fatal”. Curiosamente, los Boney M cantaban una frase que concuerda mucho con lo que piensa el historiador: “ah, those russians”, ah esos rusos.
En internet, por cierto, puede encontrarse una parodia de Boney M con Vladímir Putin cantando y bailando Rasputín. Ras-Putin, ¿hay alguna relación entre ambos rusos? “No la veo, más allá de que Putin cuenta que su abuelo Sprididón Ivánovich había sido chef del Astoria y que Rasputín siempre le daba de propina una moneda de oro de diez rublos, lo que puede ser otra de las fantasías e invenciones de Putin”.

¿Va a regresar Beevor a la II Guerra Mundial como esperamos todos sus lectores? “La verdad no me veo como mi suegro, que escribió su último libro, sobre Francia, a los 88 años, pero sí que haré otro, el último, y será sobre la Batalla de Inglaterra, que es un gran punto de inflexión, en el que el fracaso de Hitler hizo vislumbrar que no podía ganar la guerra. Y me apetece escribir sobre la guerra aérea, algo que nunca he hecho”.
En cuanto a la actualidad internacional, Beevor no ve con especial inquietud que el aliado tradicional, EE UU, se desmarque de la defensa europea. “Hasta cierto punto es nuestra culpa, tendríamos que habernos esforzado más antes de Trump. Confío que el nuevo ejército europeo va a saber defender Europa, porque tengo claro que va a haber guerra en el Báltico en tres o cuatro años, y hay que estar preparados. España estáis lejos, y nosotros tenemos el canal, pero si vives cerca de la frontera con Rusia eres muy consciente del peligro”. En cuanto a la guerra de Irán “me temo que es imposible predecir como van a evolucionar los acontecimientos pero no me parece que vaya a haber un salto muy grande de escala, será una cuestión de grado. Vivimos tiempos oscuros, sí”.
Beevor observa diferencias entre los historiadores de su generación que han abordado la historia de la guerra y los nuevos. “No quiero parecer pedante, pero autores como Max Hastings, el gran Michael Howard o yo tenemos una perspectiva distinta y más global. No nos denominamos historiadores militares como los jóvenes sino historiadores de la guerra, en el sentido de que nos interesan especialmente los efectos en la población y no solo los movimientos en el campo de batalla. La generación más joven tiene un foco más individual y se meten ellos mismos en la historia que relatan. Nosotros cambiamos la forma de contar, ofreciendo una visión más realista de lo aterradora que resulta la guerra. Hay que ser muy conscientes de los horrores que acarrea y de que contiendas como la II Guerra Mundial no fueron ningún chiste. Explicar muy bien el horror de la guerra es nuestro deber”.
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