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HITLER 1936-1945 Kershaw 7.1

miércoles, 22 de julio de 2026

 Capítulo I
A principios de 1940 empezó a verse claramente que, antes de que
pudiese lanzarse la ofensiva occidental, era imperativo asegurar el
control de Escandinavia y de los accesos al mar del Norte. Una
consideración clave era la salvaguardia de los suministros de mineral de
hierro sueco, vitales para la economía de guerra alemana, y que partían
principalmente del puerto de Narvik, en el norte de Noruega. Hitler
había reconocido hablando con Raedor, ya en 1934, lo esencial que sería
el que la marina garantizase las importaciones de mineral de hierro en
caso de guerra.[19] Pero no había mostrado ningún interés estratégico
concreto pon Escandinavia hasta los primeros meses de 1940. Junto a la
necesidad de asegurar los suministros de mineral estaba, en el
pensamiento de Hitler, el objetivo de mantener a Inglaterra fuera del
continente europeo.[20] La marina, por su parte, no había elaborado
ningún plan operativo para Escandinava antes de que se iniciase la
guerra. Pero cuando la perspectiva de una guerra con Inglaterra empezó
a tomar forma concreta a finales de la década de 1930, los planificadores
de la marina empezaron a considerar que podía ser necesario disponer
de bases en la costa noruega.[21]
Una vez iniciada la guerra, el alto mando de la marina, no Hitler,
tomó la iniciativa de presionar para que se ocupasen Dinamarca y
Noruega. En octubre, y luego a principios de diciembre de 1939, Raeder,
ascendido en el último abril al rango de Gran Almirante, destacó ante
Hitler la importancia que tenía la ocupación de Noruega para la
economía de guerra. Finalmente Raeder, después de presentarle al
dirigente nacionalista noruego Vidkun Quisling el 12 de diciembre,
convenció a Hitler para que accediera a encargar un estudio exploratorio
al alto mando de la Wehrmacht para la ocupación de Noruega. Cada vez
más preocupado por la posibilidad de que se les adelantase una
ocupación inglesa (con el pretexto de ayudar a los finlandeses en la
guerra contra la Unión Soviética), Raeder continuó presionando a Hitler
en favor de una actuación rápida. En enero, dio instrucciones al alto
mando de las fuerzas navales para que preparase un plan operativo.
Hitler se alarmó ya en serio por el peligro de una intervención de los
Aliados en Noruega después de que el Altmark, que llevaba a unos
trescientos marinos mercantes aliados capturados en el Atlántico sur,
hubiese sido atacado el 16 de febrero en aguas noruegas por una patrulla
de abordaje del destructor inglés Cossack y los prisioneros hubiesen sido
liberados.[22] La cuestión pasó así a convertirse en un problema urgente.
Cinco días después mandó llamar al general Von Falkenhorst, que tenía
experiencia de Finlandia, donde había combatido en la Primera Guerra
Mundial. Bastó esto para que Hitler le pusiese al cargo de los
preparativos del «Ejercicio Weser». Pero no se entregó en principio
ningún documento ni mapa que pudiese ayudarle a planear la operación,
para mantener el máximo secreto. Así que Falkenhorst se compró una
guía de Noruega, se encerró en la habitación del hotel y regresó por la
tarde con propuestas que Hitler aceptó.[23] Rumores transmitidos por la
embajada alemana en Estocolmo de una operación inglesa importante en
un futuro próximo, indicaron que no había tiempo que perder. El 1 de
marzo Hitler emitió la directriz para Weserübung («Ejercicio Weser»).[24]
Dos días después, destacaba lo urgente que era una intervención en
Noruega. Quena que se acelerasen los preparativos y ordenó que el
«Ejercicio Weser» se realizase unos días antes de la ofensiva occidental.
[25] Luego, a lo largo de marzo, fueron aumentando los temores a una
ocupación inglesa, hasta que, a final de mes, Raeder consiguió por fin
convencer a Hitler para que accediera a establecer una fecha precisa
para la operación. Guando habló con sus comandantes el 1 de abril, se
atuvo estrictamente a la línea de argumentación de Raeder. Al día
siguiente se fijó como fecha de inicio de la operación el 9 de abril.[26]
Cuarenta y ocho horas después se supo que la operación inglesa era
inminente. El 8 de abril barcos de guerra ingleses minaron las aguas en
torno a Narvik.[27] Se había iniciado la carrera por Noruega.[28]
La colocación de minas por parte de los Aliados dio a Alemania el
pretexto que había estado esperando. Hitler llamó a Goebbels y le
explicó lo que pasaba mientras paseaban los dos solos por el recinto de
la Cancillería del Reich bajo un encantador sol de primavera. Todo
estaba dispuesto. No se esperaba resistencia digna de consideración. No
le importaba la reacción de Estados Unidos. Aún tardaría en llegar ayuda
material de allí unos ocho meses y ayuda humana aproximadamente un
año y medio. «Y debemos conseguir la victoria, en este año. Si no la
superioridad material del bando enemigo sería demasiado grande.
Además, una guerra larga sería difícil de soportar psicológicamente»,
admitió Hitler. Y le dio a Goebbels un atisbo de sus objetivos en relación
con la conquista del norte. «Primero, una vez que tengamos los dos
países [Dinamarca y Noruega], nos estaremos quietos durante un breve
periodo y luego le daremos a Inglaterra una buena zurra (bepflastert).
Tenemos ya una base para atacar». Estaba dispuesto a no tocar siquiera a
los reyes de Dinamarca y Noruega, siempre que no crearan problemas.
«Pero nunca dejaremos ya esos dos países».[29]
A pesar de las advertencias de los suecos, de una acumulación de
tropas y barcos en el Báltico dispuestos para atacar Escandinavia, el
ataque alemán cogió desprevenidos a los ingleses.[30] Se produjeron
desembarcos y aterrizajes en Dinamarca a primera hora de la mañana
del 9 de abril. Un barco de guerra alemán penetró en el puerto de
Copenhague; la marina de guerra danesa ni siquiera se había puesto en
estado de alerta. El aeródromo de Aalborg, en el norte de Jutlandia, cayó
en poder de tropas alemanas que descendieron en paracaídas. El ejército
danés abrió fuego brevemente en Schleswig norte, pero los daneses
decidieron en seguida no ofrecer resistencia. La operación Noruega no se
desarrolló con tanta suavidad, Narvik y Trondheim fueron tomadas, pero
el hundimiento del Blücher, por un solo proyectil de una antigua hatería
costera que fue a dar en la bodega de las municiones del nuevo crucero
cuando pasaba por los estrechos cerca de Oscarborg, obligó a los buques
que lo acompañaban a dar la vuelta y retrasó la ocupación de Oslo
durante unas horas, lo que permitió a la familia real noruega y al
gobierno abandonar la capital. Pese a la tenaz resistencia de los
noruegos y a pérdidas navales relativamente altas a manos de la flota
inglesa, la superioridad aérea, después de la rápida toma de los
aeropuertos, permitió en seguida a las tropas alemanas obtener un
control suficiente para forzar la evacuación de las tropas inglesas,
francesas y polacas que habían desembarcado en Noruega central a
principios de mayo. Los Aliados acabarían tomando Narvik más tarde, a
finales de mes, tras una lucha prolongada, hasta que Churchill les hizo
salir de allí de nuevo a principios de junio debido al creciente peligro
que para Inglaterra significaba la ofensiva alemana en Occidente. El día
10 capitularon las últimas tropas noruegas.
El «Ejercicio Weser» había resultado un éxito, pero había tenido un
coste. Gran parte de la flota de superficie de la marina de guerra
alemana había quedado fuera de combate para el resto de 1940.
Controlar las partes ocupadas de Escandinavia a partir de entonces
absorbería, de forma más o menos permanente, unos 300.000 hombres,
muchos de ellos dedicados a mantener a raya una población noruega
amargamente resentida con la administración alemana, a la que ayudaba
el movimiento de Quisling.[31] Y había una consecuencia más que
acabaría siendo una desventaja para los alemanes y resultaría
significativa e importante para el esfuerzo bélico inglés. La opinión
pública inglesa atribuyó la culpa del fracaso aliado en Noruega no a
Churchill sino al primer ministro Chamberlain. Así que ese fallo condujo
indirectamente a la caída del gobierno Chamberlain y llevó al poder a la
persona que resultaría ser el adversario más firme y tenaz de Hitler:
Winston Churchill.[32]
El éxito final del «Ejercicio Weser» ocultó a todos, salvo al alto
mando de las fuerzas armadas, las graves deficiencias de Hitler como
comandante militar. La falta de coordinación entre las secciones de las
fuerzas armadas; los fallos de comunicación entre la OKW y los altos
mandos de la marina y, sobre todo, del ejército y la Luftwaffe (que
obligaron a modificar directrices ya formuladas y emitidas); la propia
resistencia de Hitler a oponerse a Raeder o a Göring en las reuniones
informativas más importantes aunque abogase por una línea dura en
privado; y su constante intromisión en las minucias del control de las
operaciones: todo esto dio origen a graves complicaciones en la
ejecución del «Ejercicio Weser»[33] Y pese a lo mucho que hablaba de

 que había que controlar firmemente los nervios, Hitler dio muestras de
pánico y de un juicio militar de aficionado cuando las cosas empezaron a
ir mal en Narvik a mediados de abril. El general Walter Warlimont, que
pudo observarle de cerca durante esos días, recordaba más tarde «la
impresión de una debilidad de carácter verdaderamente aterradora en el
hombre que estaba a la cabeza del Reich». Y apuntaba, citando entradas
del diario de Jodl, «un cuadro estremecedor de agitación y falta de
equilibrio». Recordaba una vez que había visto en la cancillería del Reich
a Jodl, al que consideraba el principal artífice del éxito de la operación,
y que «allí estaba Hitler hundido en un sillón, en un rincón, con la
mirada perdida: nadie se fijaba en él, era la viva imagen del pesimismo
caviloso. Parecía que estuviese esperando que una nueva noticia
resolviese la situación…».[34] Esta vez, la crisis pasó pronto. Hitler pudo
saborear la gloria de otro triunfó. Pero cuando se acabasen las victorias,
los fallos de un tipo de jefatura militar como la suya se convertirían en
una debilidad persistente.
De todos modos, podía desviar ya todas sus energías hacia aquella
ofensiva occidental tan esperada.
Los repetidos aplazamientos del «Caso Amarillo» (como había pasado
a llamarse la ofensiva occidental), en los que debía de influir la
inseguridad del propio Hitler además de las malas condiciones
meteorológicas, y las preocupaciones por los problemas del transporte,
no sólo brindaron la posibilidad de reorganizar el ejército después de la
campaña polaca sino que proporcionaron también tiempo para
reconsiderar los planes operativos.[35] En Polonia, Hitler no había
intervenido en las operaciones militares. Ahora, en la preparación de la
ofensiva occidental, intervino por primera vez directamente.[36] Esa
intervención estableció el modelo para el futuro. Había empezado a
ponerse nervioso ya en el otoño con las directrices del alto mando del
ejército. A algunos altos mandos tampoco les convencían.[37] Los planes
parecían demasiado convencionales. Eran lo que podía esperar el
enemigo. Hubo que modificarlos para que llegaran a parecer
satisfactorios.[38] Preveían que la ofensiva más importante llegaría del
norte, a uno u otro lado de Lieja. Hitler quería algo más audaz, algo que
contuviese el elemento crucial de la sorpresa. Sus propias ideas eran aún
embrionarias. Se inclinaban por una línea principal de ataque más al
sur… aunque el alto mando del ejército consideraba esto arriesgado
también, ya que entrañaba atacar a través del difícil terreno boscoso de
las Ardenas, con problemas evidentes para las operaciones con tanques.
Hitler estuvo varias semanas sin saber que el teniente general Von
Manstein, jefe de Estado Mayor del Grupo A del ejército de tierra, estaba
estudiando más detenidamente ideas similares. Manstein era uno de los
generales que estaban preocupados por la estrategia poco imaginativa
del alto mando. Después de hablar con Guderian, el general con más
experiencia en la guerra de tanques, llegó a la conclusión de que las
Ardenas no constituían ninguna barrera insuperable para un ataque con
divisiones acorazadas. El general Von Rundstedt, superior inmediato de
Manstein, apoyó también el plan más audaz. Sin embargo, Manstein no
consiguió convencer al alto mando del ejército para que adoptase su
plan. Brauchitsch se opuso rotundamente a cualquier modificación de la
estrategia establecida y ni siquiera accedió a analizar el plan de
Manstein. Halder por lo menos se avino a tener en cuenta todas las
propuestas operativas en una serie de maniobras. Estas acabarían
haciéndole en febrero más favorable al plan de Manstein. Pero
Brauchitsch siguió negándose en enero a mostrar a Hitler el borrador del
plan operativo de Manstein e hizo trasladar al insistente general a un
nuevo puesto de mando en Stettin. De todos modos, Hitler había sabido
en la segunda mitad de diciembre de las lineas básicas del plan de
Manstein. El aplazamiento hasta la primavera de «Amarillo» que se
decidió luego, en enero, le dio la oportunidad de declarar que quería dar
nuevas bases a la operación, y sobre todo mantener el secreto absoluto y
el elemento sorpresa. Su «Orden Básica» del 11 de enero, que debía
colgarse en todas las oficinas militares, se enmarcaba en ese contexto.[39]
La orden, en la que se ponía de manifiesto uno de los instintos
predominantes de Hitler. declaraba: «Nadie, ninguna oficina, ningún
oficial debe enterarse de algo que debe ser secreto si no tiene que tener
conocimiento de ello imprescindiblemente por razones oficiales».
Deberían así mismo saber sólo lo necesario para realizar sus tareas, y eso
no antes de que fuese preciso para realizarla».[40]
A mediados de febrero aún no estaba definitivamente acordado el
plan operativo de «Amarillo». Se decía que Hitler había descrito la
planificación elaborada por el alto mando del ejército como las «ideas de
un cadete» (Gedanken eines Kriegsschülers)[41] Pero aún no había nada
encajado en su sitio. En ese punto, tomó la iniciativa Schmundt, el asesor
de la Wehrmacht de Hitler, y concertó una reunión con Manstein el 17
de febrero. Jodl había sido informado ya por entonces de que Hitler era
partidario de una ofensiva de las unidades motorizadas por el flanco sur,
hacia Sedán, que sería donde menos lo esperase el enemigo. La jefatura
del ejército, adoptando esos deseos de Hitler y teniendo en cuenta
también los resultados de las maniobras, había adaptado ya sus
esquemas estratégicos cuando Hitler habló, el 18 de febrero, de la
impresión favorable que le había causado el plan de Manstein el día
anterior.[42] La suerte estaba echada. Las ideas básicas del aficionado
habían coincidido, por casualidad, con el brillante plan heterodoxo del
estratega profesional. El plan Manstein, perfeccionado posteriormente
por el OKH, dio a Hitler lo que quería: un ataque por sorpresa en el
sector más inesperado que, aunque no carente riesgos, poseía la audacia
del genio. La famosa «hozada» (aunque no se trataba de una designación
contemporánea) se incorporó a la nueva directriz del 24 de febrero.[43]
Mientras las fuerzas aliadas respondían al esperado ataque alemán a
través de Bélgica, unidades blindadas del Grupo A del ejército cruzarían
rápidamente a través de fas Ardenas y penetrarían en las tierras bajas del
norte de Francia camino de la costa, abriendo trocha a través de las
fuerzas aliadas y empujándolas hacia la trayectoria del Grupo B del
ejército, que avanzaba desde el norte.[44]
A Mussolini no se le transmitió, claro está, ninguna información
estratégica cuando se encontraron los dos dictadores el 18 de marzo de
1940, por primera vez desde la conferencia de Munich, en el Paso del
Brenner. Pero Hitler tuvo buen cuidado de aclarar las relaciones con su
aliado italiano antes de que se iniciase la gran ofensiva occidental.
Nevaba copiosamente cuando el tren de Hitler entró en la pequeña
estación, a unos 1. 200 metros por encima de la frontera germano-
italiana. Mussolini y Ciano recibieron a Hitler y a Ribbentrop en el
andén. Luego los dictadores y sus ministros de asuntos exteriores
pasaron al tren especial de Mussolini, que estaba en la vía contigua. La
circulación ferroviaria permaneció interrumpida mientras los dictadores
hablaban. No se permitió pasar ni a los trenes de pasajeros ni a los de
mercancías, que llevaban las cargas imprescindibles de carbón, que tan
desesperadamente se necesitaban para el duro invierno.[45]
Las conversaciones duraron dos horas y media. No cabía ya ninguna
duda de quién era el socio dominante. Era notorio lo poco que hablaba
Mussolini. Escuchaba, casi respetuosamente, mientras Hitler hablaba
prácticamente todo el tiempo. Explicó que había ido allí a darle al Duce
una idea general de la situación desde el punto de vista alemán antes del
gran enfrentamiento. Intentó justificar el momento elegido para el
ataque a Polonia, destacando lo desventajoso que habría sido esperar.
Con una presunción apenas oculta describió el triunfo militar de Polonia
y cómo el mal tiempo le había impedido atacar inmediatamente en
Occidente. Bombardeó a Mussolini y a su acompañante Ciano con datos
y cifras sobre la fuerza militar alemana. Dijo que confiaba en poder dar
cuenta de sus enemigos en el otoño. Luego llegó al objeto de la reunión:
convencer a Italia para que entrase en la guerra. Si Italia se daba por
satisfecha con ser una potencia mediterránea de segunda fila, comentó,
no tenía por qué hacer nada. Pero Inglaterra y Francia bloquearían
siempre sus ambiciones de convertirse en una potencia de primera fila.
Si Alemania ganase la guerra, necesitaría llegar a un acuerdo «con un
gran socio» para mantener lo que hubiese ganado.[46] Refiriéndose a la
carta de Mussolini de enero, y a su propia respuesta de unos cuantos días
antes de la reunión, Hitler insistió en que la intransigencia inglesa le
había obligado a establecer una alianza con Rusia. Pero, aunque Stalin
había privado al bolchevismo de su carácter judío e internacional y lo
había convertido en un «moscovitismo eslavo», Rusia seguía siendo para
Alemania un «mundo absolutamente ajeno». «Para Alemania sólo podía
existir un socio: Italia. Rusia no era más que una cobertura de
seguridad».[47] Terminó su monólogo proclamando su deseo de que
Mussolini llevase a Italia a la guerra en apoyo de Alemania en el
momento en que le fuese bien. Mussolini, en los pocos minutos en que le
dejaron hablar (intimidado y entusiasmado al mismo tiempo con Hitler)
expresó su deseo de sumarse a la guerra. Lo único que planteaba algunos
problemas era el momento de hacerlo. Las fuerzas armadas italianas

tardarían unos cuatro meses en estar listas. E Italia no estaba en
condiciones de mantener una guerra larga. Mussolini tendría que
determinar cuál era el momento adecuado. Tras un ligero refrigerio,
Mussolini y Ciano dijeron adiós a Hitler desde el andén y el tren especial
de este regresó a Alemania atravesando el Tirol.[48] Mussolini estaba
irritado por lo poco que había podido hablar. Curiosamente, sacó la
conclusión del encuentro de que Hitler no estaba preparándose para
lanzar una gran ofensiva por tierra.[49] Hitler quedó muy satisfecho de
las conversaciones. Estaba una vez más impresionado con el dictador
italiano, es de suponer que por lo bien que había escuchado. «Mussolini
irá con nosotros hasta el final», fue su valoración.»[50] «El Führer no
piensa para nada en una paz podrida», escribía Goebbels, tras escuchar
la versión entusiasta que había dado Hitler de la reunión con su amigo
italiano.[51]
Sin embargo, Hitler parecía pensar en algún tipo de «paz podrida»
cuando habló un mes después sobre sus planes para tratar con Inglaterra.
«El Fúhrer se propone asestar [a Inglaterra] un golpe que la deje fuera de
combate—escribía Goebbels—. Aun así, haría la paz hoy. Condición:
Inglaterra fuera de Europa y devolución de nuestras colonias, con un
redondeo (ahgerundet). Veremos. No quiere en modo alguno aniquilar
Inglaterra, ni destruir su imperio. Pero debemos tener calma (Ruhe)».
Continuaba hablando luego de convertir Noruega en una fortaleza
comparable a Singapur, considerada aún inexpugnable, que disuadiese a
Inglaterra de pensar siquiera en una nueva guerra. Era bueno, aseguraba,
que Italia no se hubiese incorporado a la guerra en el septiembre
anterior. Inglaterra habría dado marcha atrás y no habría intervenido en
el conflicto, pero sólo para que todo volviese a empezar de tres a cinco
años después, en circunstancias más favorables. Extrajo esta conclusión:
«Si ha de ser alguna vez, que sea ahora». Aleccionado por la campaña
escandinava, destacó la importancia crucial de la potencia aérea. La
Luftwaffe había revolucionado la actividad bélica. «Y ahí nosotros vamos
por delante», proclamó. Alemania podría haber abordado la guerra con
un programa naval completamente erróneo. Pero los grandes barcos no
eran ya enemigos para la potencia aérea. Eso era lo que había quedado
demostrado. Pese a que Hitler pudiese decir que prefería una paz en que
Inglaterra quedase corno un socio menor de Alemania, tranquilo e
inactivo, su capacidad de dominio destruida aunque se dejase intacto,
muy nominalmente, su imperio (y tampoco convendría exagerar la
admiración que decía sentir por él)[52] él estaba seguro de que sólo se
podría forzar a los ingleses a sentarse en la mesa de conversaciones
aislándoles después de una derrota militar devastadora como la que se
proponía infligir a Francia. Y cuanto antes se produjese, mejor. «El
Führer presiona para que se actúe lo antes posible—comentaba Goebbels
—. No podemos y no queremos esperar más».[53]
Cuatro días después, Hitler habló de nuevo de sus planes. Había que
aplastar a Francia como «un acto de justicia histórica». Pero Inglaterra
necesitaba sus posesiones ultramarinas y no debía perderlas. «Inglaterra
puede tener paz si no se inmiscuye en los asuntos de Europa y nos
devuelve nuestras colonias y un poco más para redondear. Pero eso sólo
es posible después de que haya recibido un golpe de esos que dejan fuera
de combate». El destino tendría que seguir su curso. La ofensiva
occidental era ya sólo cuestión de una meteorología adecuada y de elegir
el momento más oportuno.[54]
A principios de mayo, ingleses y franceses preveían que podía
empezar en cualquier momento la ofensiva occidental alemana.[55] La
intención de atacar en la primera semana de mayo había sido
reconsiderada, en realidad, teniendo en cuenta los acontecimientos de
Escandinavia. Pero se fijó por fin la fecha del 10 de mayo.[56] Hitler se
sentía seguro y confiado. A los que le veían de cerca, les parecía
tranquilo y optimista, como si se hubiesen disipado las dudas de meses
anteriores y estuviese ya dejando que los acontecimientos siguiesen su
curso. Pensaba que Francia tardaría unas seis semanas en capitular y que
Inglaterra abandonaría entonces una guerra que, si continuaba,
significaría la pérdida de su imperio… algo completamente inconcebible.
[57] Las fuerzas militares estaban prácticamente equilibradas.[58] De lo
que Hitler aún no había informado era del estado crítico de las reservas
de materias primas de Alemania: había caucho para seis meses,
combustible suficiente sólo para cuatro meses. El botín que se obtuviese
en la campaña occidental resultaría decisivo para garantizar la base
material necesaria para seguir la guerra.[59]
El nivel de confidencialidad mantenido incluso en el entorno íntimo
de Hitler en los días anteriores a la ofensiva lúe bastante firme. Cuando
el tren blindado especial de este, cuyo nombre en clave era Amerika.
salió de una estación pequeña y retirada de los arrabales de Berl al final
del día 9 de mayo, su jefe de prensa, Otto Dietrich, pensaba que iba a
visitar los astilleros de Hamburgo, y hasta sus propias secretarias creían
que se dirigía a Dinamarca y Noruega a visitar las tropas. Después de
medianoche, el tren abandonó silenciosamente en las cercanías de
Hanover las vías que se dirigía hacia el norte, desviándose hacia el oeste.
Ni siquiera entonces se reveló el destino. Pero a esas alturas no había ya
duda alguna de la finalidad del viaje. Hitler estuvo de excelente humor
todo el tiempo. Amanecía cuando se bajaron del tren en una pequeña
estación de la región de Eifel. Estaba cerca de Euskirchen, aunque no
había ningún letrero en la estación que lo indicase porque habían sido
retirados todos los letreros con los nombres de las poblaciones del sector
y sustituidos por indicadores militares amarillos. Había vehículos
esperando para llevar al grupo a través de aquella zona accidentada y
boscosa hasta su nueva residencia temporal: el cuartel general del Führer
situado cerca de Münstereifel al que se había dado el nombre de
Felsennest (Peñón del nido del águila). El alojamiento era pequeño y
sencillo. Aparte de Hitler, sólo Keitel, Schaub y un sirviente tenían
habitaciones en el primer búnker. Jodl, el doctor Brandt, Schmundt,
Below, Puttkamer y el ayudante de Keitel estaban en el segundo. A los
demás hubo que alojarlos en la aldea próxima. Los bosques del entorno
vibraban con los gorjeos primaverales de los pájaros. Pero, cuando los
miembros del equipo de Hitler se reunieron delante del búnker de este,
los pacíficos sonidos del campo en primavera quedaron interrumpidos
por el estruendo lejano de la artillería. Hitler señaló hacia el oeste.
«Caballeros—proclamó—acaba de empezar en este momento la ofensiva
contra las potencias occidentales».[60] 

 

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