1. Augusto
Introducción
En mi libro La República Romana1, relaté el surgimiento de Roma, que comenzó
como una pequeña aldea a orillas del río Tíber, en Italia.
Había sido fundada, según la leyenda, en 753 a. C.; esto es, 753 años «antes de
Cristo», o antes de la fecha tradicional del nacimiento de Jesús2.
Durante siglos, los romanos lucharon para crear un gobierno eficiente. Se libraron de
sus reyes y crearon una república. Elaboraron un sistema de leyes y reforzaron su dominación
sobre las regiones circundantes.
Sufrieron algunas derrotas y en un momento la ciudad fue casi destruida por invasores
bárbaros. Los romanos resistieron, sin embargo, y en la época en que su ciudad tenía cinco
siglos de antigüedad lograron la dominación de toda Italia, Roma empezó, entonces, a
emprender guerras contra las otras grandes naciones del mundo mediterráneo. Una vez más,
estuvo cerca de la derrota, pero, una vez más, resistió hasta la victoria final. Por la época en
que la ciudad tenía ya seis siglos, era la mayor potencia de todo el Mediterráneo.
La prosperidad y el poder acarrearon problemas, y Roma comenzó a sufrir por las
insurrecciones de esclavos, las revueltas de aliados y, sobre todo, por las guerras
desencadenadas por generales rivales.
Por un momento, pareció que llegaría la paz cuando el más grande de los generales
romanos, Julio César, reunió todo el poder en sus manos. Pero en 44 a. C. (709 A. U. C.),
César fue asesinado y comenzaron nuevamente las guerras civiles.
Esta vez, duraron poco tiempo. El sobrino nieto de Julio César, Octavio, se apoderó a
su vez del poder y derrotó a todos sus rivales. En 29 a. C. (724 A. U. C.), finalmente llegó la
paz. Terminaron las guerras de siete siglos, tanto las grandes guerras de conquista como las
terribles y desgarradoras guerras civiles.
La guerra continuó en regiones fronterizas y lugares distantes, pero las tierras
civilizadas que rodeaban el Mediterráneo se entregaron, gozosamente, a las alegrías de la paz.
Fue en este punto donde llegó a su fin mi libro La República Romana, y es en él donde, en
este libro, retomo el relato.
El principado
Conquistada la paz, Octavio se dispuso a reorganizar el gobierno. Hasta su época
Roma había sido gobernada por el Senado, un grupo de hombres que provenían de familias
ricas y nobles de la ciudad. Esta forma de gobierno funcionó bien cuando Roma era un país
pequeño, pero, pese a todos los esfuerzos para adaptarla al gobierno de un gran imperio que se
extendía a lo largo de miles de kilómetros, era ya anticuada. Los senadores, muy a menudo
corruptos, saqueaban las provincias que, se suponía, debían gobernar y se resistían a los
necesarios cambios sociales internos que hubiesen debilitado su poder.
Durante un siglo, hubo una constante oposición dentro de Roma al partido senatorial
por políticos que no eran senadores y querían parte del poder y del botín para ellos. (Sin duda,
había también idealistas en ambos lados que hubiesen deseado un gobierno honesto y
eficiente.) Tanto el Senado como la oposición hicieron uso de la fuerza, y fue esto lo que
originó medio siglo de guerras civiles.
Julio César planeaba poner fin a esto suprimiendo el Senado como institución
puramente romana formada sólo por hombres nacidos y educados en Italia. Comenzó a hacer
el intento de introducir en el Senado a hombres de las diversas provincias. De este modo, se
establecería un gobierno en el cual los intereses generales de todo el ámbito romano estarían
representados. Sin duda, pensó también que, en un gobierno en el cual figurarían muchos
hombres de fuera de Italia, podría hacerse proclamar rey. Los romanos de Italia tenían un gran
prejuicio contra los reyes, pero la gente de las provincias estaba muy acostumbrada a los reyes
y habría aceptado un «rey Julio». Entonces, establecida la dominación de un solo hombre,
podía imponerse mayor orden y eficiencia en Roma, siempre que ese hombre que gobernase
fuese una persona capaz y supiese cómo gobernar, cosa que Julio César ciertamente era.
A la larga, esto habría sido de inestimable valor para la civilización occidental, pero la
dificultad consistía en poner en práctica este ideal de igualdad racial y nacional. Eran
demasiados los romanos de Italia que se consideraban amos de los dominios sometidos a
Roma, y no estaban dispuestos a renunciar a sus prerrogativas. Indudablemente, este prejuicio
nacional tuvo importancia en las motivaciones de los hombres que asesinaron a César.
Una vez que Octavio subió al poder, comprendió que, para reformar el gobierno, era
necesaria la supremacía de un solo hombre. Pero el destino de su tío abuelo le enseñó a
proceder con cautela. Decidió no arriesgarse a implantar la monarquía ni a permitir que el
poder se alejase de Italia. Una y otra línea de acción le habría hecho demasiado impopular y
cernerían sobre él el puñal de un asesino. Por ello, declaró que su intención era restaurar la
república y gobernar con las viejas instituciones a las que los romanos estaban
acostumbrados.
Y lo hizo, en cierto modo. Destituyó a los senadores introducidos por Julio César,
dejando solamente a los de aceptable ascendencia italiana. Octavio se esmeró en tratar a los
senadores y al Senado con todo respeto y en reservar todo el poder senatorial en las manos de
los italianos. Hizo que el Senado discutiese asuntos de gobierno, para gran alborozo de los
senadores, cumpliese con todas las viejas formas, hiciese recomendaciones, tuviese voz en el
gobierno de ciertas provincias y en la designación de algunos funcionarios inferiores.
Pero era el mismo Octavio (que controlaba todos los cargos importantes del gobierno)
el que decidía quién iba a ser senador y quién no, y esto lo sabía cada miembro del Senado.
Por consiguiente, aunque hablaban libremente, siempre terminaban decidiendo hacer
exactamente lo que Octavio quería que hiciesen.
Octavio también atrajo a su bando a los «equites». Estos constituían la clase media del
mundo romano, los hombres de negocios. Su nombre de «equites» provenía de una palabra
latina que significa «caballo», porque, cuando eran llamados a prestar servicios en el ejército,
podían costearse un caballo y el equipo militar correspondiente. Podían servir como jinetes en
la caballería, mientras que los soldados de a pie provenían de las clases más pobres. Se les
puede llamar asimismo «caballeros», de otra voz latina que significa «caballo», nombre que
también se dio a los jinetes en los ejércitos medievales, aunque los «caballeros» medievales
eran muy diferentes de los equites romanos.
Los equites eran suficientemente ricos como para ser senadores, pero no pertenecían a
las viejas familias senatoriales. A algunos de ellos Octavio los hizo senadores, pero a otros los
colocó en cargos administrativos importantes. Se convirtieron en los «funcionarios públicos»
del imperio, por así decir. De este modo, las clases medias, bien tratadas, se hicieron
ardientemente leales a Octavio y sus sucesores.
Un aspecto importante del poder de Octavio fue su absoluto dominio sobre todo el
ejército. Este solo obedecía a él, pues sólo él tenía el dinero para pagarle.
Octavio esparció cuidadosamente unos diez mil soldados a todo lo largo y lo ancho de
Italia. Estos constituyeron la «guardia pretoriana» (nombre derivado de los días en que un
general, o praetor, usaba un grupo de soldados como su guardia de corps personal). La
guardia pretoriana fue la fuerza privada de Octavio, y constituyó su puño de hierro bajo el
guante de terciopelo de su política deliberadamente moderada. Había también una fuerza
especial de unos 1.500 hombres que formaban la policía de la misma ciudad de Roma. Esta
impidió los motines y disturbios callejeros que fueron una característica tan acentuada del
período de intranquilidad social y guerra civil del siglo anterior a Octavio.
Pero la parte principal del ejército no permaneció en Italia, donde generales rebeldes
podían intrigar con el Senado y provocar revueltas repentinas. En cambio, las legiones
romanas (en número de veintiocho, de seis mil hombres cada una, más fuerzas auxiliares que
hacían ascender el total a unos 400.000 hombres) fueron apostadas en las fronteras exteriores
de los dominios romanos, justamente en los lugares donde podía haber problemas con las
tribus bárbaras del otro lado de las fronteras. De este modo, se mantenía a las tropas ocupadas
y atareadas en sus propios asuntos, permaneciendo, al mismo tiempo, bajo el control de
Octavio, quien podía enviarlas a una u otra parte, según le conviniera. Además, Octavio cuidó
de que los oficiales del ejército y las tropas de élite fuesen italianos. Esto también estableció
la supremacía de Italia sobre las provincias y aseguró que el ejército fuera dirigido por gente
que adhería a la tradición romana.
Más aún, aunque se concedió al Senado el tradicional derecho de gobernar provincias,
su gobierno quedó limitado a las provincias del interior, donde no había ejércitos
estacionados. Las provincias fronterizas, donde sí los había, estuvieron bajo el control
personal de Octavio. Y hasta las regiones senatoriales pasaban bajo el mando de Octavio
cuando éste quería ejercer su influencia en ellas.
En otras palabras, el Senado no controlaba parte alguna del ejército, y sabía que toda
agitación por su parte lo dejaría inerme y sin defensa frente a hombres armados que podían
matarlos, si se les ordenaba, sin ningún escrúpulo. Por ello, los senadores se comportaron
juiciosamente y no plantearon problemas.
Por cierto, en 27 a. C. Octavio anunció que los peligros habían pasado, que la paz
había sido restaurada, que todo estaba tranquilo y que, por lo tanto, renunciaba a todos sus
poderes especiales, inclusive su control del ejército. Pero no lo decía en serio, y el Senado lo
sabía. Lo que Octavio quería era que el Senado le devolviese todos los poderes. Entonces los
tendría legalmente y nadie podría elevar contra él la acusación de ser un «usurpador ilegal».
El Senado desempeñó su papel sumisamente. Solicitó humildemente a Octavio que
aceptase numerosos poderes, incluyendo el fundamental: el mando de las fuerzas armadas.
También le pidió que aceptase el título de Princeps, que significaba «el primer ciudadano».
(De esa palabra deriva la nuestra «príncipe».) Por esta razón, el período de tres siglos de la
historia romana que comenzó en el 27 a. C. (726 A. U. C.) es llamado a veces «el
Principado».
Octavio también recibió ese año el título de «Augusto», título que anteriormente sólo
se había dado a ciertos dioses. El título implicaba que la persona del dios así llamada era
responsable por el incremento (el «aumento») del bienestar del mundo. Octavio aceptó el
título, y en la historia es más conocido como «Augusto». Por ende, así lo llamaré de aquí en
adelante.
Mientras tanto, el ejército lo consideró el «Imperator», que significa «comandante» o
«líder». Fue un título que había llevado desde una temprana victoria obtenida en 43 a. C.,
durante los desórdenes que siguieron al asesinato de César. Esa palabra se ha convertido en
«Emperador» en el castellano moderno, por lo que Augusto es considerado el primero de los
emperadores romanos y el ámbito que gobernó es llamado el «Imperio Romano».
Sin embargo, aunque el sobrino nieto de Julio César se había convertido en príncipe y
emperador y, como Augusto, en alguien casi divino, no se convirtió en rey. Pensó que esto no
lo habrían tolerado los romanos. Aunque tenía todos los poderes de un rey, y más aún, nunca
usó el título; le bastaba con serlo de hecho. En vez de proclamarse rey, se hizo elegir cónsul
(el cargo tradicional del poder ejecutivo romano, al que se era elegido por un año) cada año.
Puesto que los romanos siempre elegían dos cónsules, Augusto hacía elegir a algún otro con
él. En teoría, el otro cónsul tenía tanto poder como Augusto, pero en la realidad no era así, y
sabía muy bien que no podía ni soñar con tenerlo.
Posteriormente, Augusto renunció al consulado, dejándolo como medio de
recompensar a diferentes senadores año tras año. En cambio, se hizo tribuno vitalicio, y
arregló las cosas para que este cargo tuviese más poderes legislativos que el de cónsul.
También se hizo nombrar pontifex maximus, o sumo sacerdote, y, uno tras otro, acumuló
también otros cargos adicionales.
Como resultado de esa acumulación de cargos, controló la dirección del gobierno
mediante las viejas costumbres republicanas. Pocos, romanos de la época percibían alguna
diferencia práctica en el modo como eran gobernados, excepto por el hecho de que ya no
había guerra civil, lo cual, por supuesto, era un gran cambio positivo.
Solamente los senadores, que soñaban con la época en que eran los verdaderos amos,
y unos pocos intelectuales idealistas sentían realmente la diferencia. A veces soñaban con la
vieja república, que, en sus recuerdos o en las lecturas históricas, llegó a parecer mucho mejor
de lo que realmente era. Y cuanto más se remontaban en el tiempo, tanto más noble les
parecía en sus sueños.
No fue sólo el mando militar de Augusto y su autoridad oficial lo que mantuvo la paz
en Roma bajo su gobierno. Estaba también el problema de las finanzas. La República Romana
siempre tuvo un método muy ineficaz de recaudar el dinero necesario para uso del gobierno.
Los impuestos recaudados a menudo iban a parar a los bolsillos de los recaudadores, y el
gobierno debía recurrir al saqueo directo de las tierras conquistadas. Los ciudadanos romanos
estaban libres de impuestos, como recompensa por haber conquistado el mundo antiguo; en
verdad, muchos de los ciudadanos romanos más pobres eran mantenidos por el Estado
directamente con dinero tomado de las provincias.
En el siglo anterior a Augusto, los provincianos estaban abrumados, primero por los
impuestos legales, luego por los sobornos y el robo mediante los cuales los gobernadores
provinciales se enriquecían personalmente y, por último, por las exacciones ilegales de
generales que libraban sus guerras civiles en una provincia determinada.
Tan abrumadoras eran las exigencias financieras y tan poco dinero iba al tesoro central
que, cuando terminó el período de conquistas y las nuevas fuentes de botín se secaron, el
gobierno romano se enfrentó con la bancarrota.
Augusto tampoco podía planear nuevas conquistas para evitar la ruina financiera.
Todas las regiones ricas del mundo civilizado al alcance de los ejércitos romanos ya habían
sido engullidas. Sólo quedaban culturas bárbaras que, después de conquistadas, brindaban
muy escasas rentas, por mucho que se las esquilmase.
De continuar la vieja extorsión, Roma se hundiría inevitablemente en la anarquía.
Entre otras cosas, no se podría pagar a los soldados, lo cual significaba que se rebelarían y
Roma caería desgarrada en facciones contendientes, como había ocurrido con el imperio de
Alejandro Magno tres siglos antes.
Por ello, Augusto hizo todo lo que pudo para imponer un sistema honesto. Se otorgó a
los gobernadores provinciales un generoso sueldo, en el claro entendimiento de que toda
tentativa de aumentar ese sueldo mediante el soborno sería castigada rápida y severamente.
Antes, los sobornados sabían que el Senado haría la vista gorda con ellos porque cada senador
había hecho lo mismo en su momento o pensaba hacerlo en la primera oportunidad. Mas el
emperador no tenía necesidad alguna de sobornos, pues ya era el hombre más rico del
Imperio. En verdad, cada moneda robada por un funcionario corrupto era dinero que se
birlaba al tesoro del Emperador, por lo que no cabía esperar que Augusto mostrase ninguna
clemencia.
Además, Augusto trató de introducir reformas en el sistema de impuestos para que un
porcentaje mayor del dinero recaudado fuese a parar al tesoro, y una parte menor al bolsillo
de los recaudadores.
Innovaciones como éstas mantuvieron tranquilas y razonablemente felices a las
provincias. Podían lamentar la pérdida de poder político que parecían a punto de alcanzar con
Julio César, pero tampoco la aristocracia romana tenía ningún poder político realmente. Y por
último las provincias podían abrigar la esperanza de gozar de un gobierno razonablemente
honesto y eficiente, lo cual era más de lo que nunca habían tenido antes, ni siquiera bajo sus
propios reyes.
Pero pese la reforma fiscal y al freno a la corrupción, los ingresos del Imperio aún no
satisfacían todas sus necesidades y gastos, en particular porque Augusto estaba empeñado en
un enorme programa de embellecimiento de la ciudad de Roma (se le atribuye la afirmación
de que la encontró de ladrillo y la dejó de mármol), de crear una brigada de bomberos, de
extender los caminos por todo el Imperio, etc.
Augusto utilizó las necesidades financieras del Imperio como otro modo de consolidar
su dominación. Cuando derrotó a Antonio y Cleopatra, se apoderó de Egipto, no meramente
como provincia romana, sino como su propiedad privada. A ningún senador se le permitía
siquiera entrar en Egipto sin un permiso especial.
Egipto era por entonces la región más rica del mundo Mediterráneo. Gracias a las
inundaciones anuales del Nilo, su agricultura nunca sufría daños y sus cosechas eran enormes,
de modo que sirvió de granero, o proveedor de alimentos, a Italia. Todos los impuestos
cobrados a los sufridos campesinos egipcios iban al tesoro personal de Augusto. Lo mismo
sucedía con gran cantidad de otros dineros obtenidos mediante diversos recursos legales.
(Muchos hombres ricos legaban a Augusto parte de sus patrimonios, sea en gratitud por la paz
que había impuesto, sea —quizá— como soborno para que sus herederos pudiesen disfrutar
del resto sin problemas.)
Augusto, por tanto, podía adelantar dinero de su propia bolsa para satisfacer muchas
de las necesidades del Imperio. El lector podría pensar que hubiera sido más sencillo que el
dinero fuese directamente al Estado, pero el razonamiento de Augusto era que, si el dinero
llegaba al Estado por el Emperador, éste podía no darlo como forma de castigo, o ganarse la
gratitud de todos si lo daba. También, sólo él podía asegurar el pago a los soldados, de modo
que sólo a él serían leales los soldados.
Augusto trató de fortalecer la posición de Italia tanto mediante una legislación social
como mediante una legislación política. Trató de restaurar las costumbres religiosas para que
fuesen lo que habían sido antes de que los más coloridos y espectaculares cultos del Este
invadieran Roma. Esos cultos fueron llevados por los esclavos del Oriente conquistado.
Puesto que la costumbre romana permitía que esos esclavos se liberasen en ciertas
condiciones, los «libertos» no romanos —con los derechos de los hombres libres, pero a
menudo sin las tradiciones romanas— estaban aumentando de número en Italia. Augusto no
quería que la antigua población italiana fuese anegada, y sus reformas menos admirables
fueron aquellas mediante las cuales trató de restringir la liberación de esclavos.
De esta manera, durante cuarenta y cinco años después de conquistar el poder,
Augusto gobernó a Roma en la prosperidad y, al menos internamente, en la paz.
No hay ninguna duda de que las reformas de Augusto señalaron un giro importante en
la historia. Si no hubiese sido tan sabio como fue o no hubiese vivido tanto tiempo, Roma
habría continuado con las guerras civiles y, tal vez, en unas pocas generaciones más se habría
desmembrado en fragmentos en decadencia. Tales como ocurrieron las cosas, el mundo
romano permaneció fuerte e intacto durante cuatro siglos. Fue tiempo suficiente para que la
cultura romana se asentara sobre gran parte de Europa tan firmemente que ni siquiera los
desastres que siguieron pudieron borrarla. Nosotros mismos somos herederos de esa cultura.
Debe recordarse también que el cristianismo, la principal religión del mundo
occidental, evolucionó bajo el Imperio, y no se habría expandido y desarrollado como lo hizo
si un vasto dominio unido no hubiese permitido a sus primeros misioneros viajar libremente
por muchas provincias populosas. Aún hoy, la Iglesia Católica conserva mucho de la
atmósfera y del lenguaje del Imperio Romano.
Las fronteras
Echemos ahora una rápida ojeada a la extensión del Imperio en la época en que
Augusto llegó a ser emperador, en 27 a. C.
Todas las costas del Mediterráneo pertenecían directamente a Roma o eran gobernadas
por reyes nominalmente independientes pero que eran conscientes de estar bajo el poder
absoluto de Roma. Esos reyes no podían subir a sus tronos sin permiso romano y podían ser
depuestos en cualquier momento. Por esta razón, eran completamente sumisos al Emperador y
a menudo mantenían sus reinos satélites más seguramente bajo la dominación romana de lo
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que Roma hubiera conseguido si los hubiese gobernado directamente.
Empecemos, pues, por Egipto (el patrimonio privado de Augusto), en el extremo
oriental de la costa sur del Mediterráneo, y desplacémonos luego hacia el Oeste.
Al oeste de Egipto se hallaban las provincias de Cirenaica, África y Numidia, en este
orden. La provincia de África incluía lo que antaño había sido el dominio de Cartago, ciudad
que estuvo a punto de derrotar a Roma dos siglos antes. La antigua ciudad de Cartago había
sido completamente destruida por Roma en 146 a. C. (607 A. U. C.), pero poco antes de su
asesinato Julio César había creado una colonia romana en ese lugar. Surgió una nueva
Cartago, una Cartago romana, que iba a mantenerse grande y próspera durante seis siglos.
Al oeste de Numidia, en la región ocupada hoy por las naciones modernas de Argelia y
Marruecos, estaba el reino casi independiente de Mauritania. Era así llamado porque estaba
habitado por una tribu cuyos miembros se llamaban a sí mismos «mauri». (De este nombre,
los españoles posteriormente derivaron la palabra «moros» para llamar a los habitantes del
norte de África, y de esta palabra deriva la expresión inglesa equivalente de «Moors» y el
nombre del moderno reino de Marruecos.)
El rey de Mauritania estaba casado con Cleopatra Selene, hija de Marco Antonio y
Cleopatra. Tuvo de ella un hijo llamado Tolomeo (el nombre que llevaron catorce reyes de
Egipto que precedieron a Cleopatra). Tolomeo subió al trono en el año 18 3.
Al norte del mar Mediterráneo estaban, al oeste de Italia, las dos ricas regiones de
España y Galia. En España (que incluía tanto al Portugal moderno como a España
propiamente dicha), los romanos entraron por vez primera dos siglos antes de Augusto. Pero
durante todo ese tiempo los nativos de España resistieron valientemente a las armas romanas,
y sólo se retiraron paso a paso. Aun en tiempos de Augusto, la España septentrional todavía
no estaba pacificada. Los cántabros, tribu que habitaba la Bahía de Vizcaya, en el norte de
España, lucharon contra los ejércitos de Augusto durante varios años, y no fueron sometidos
hasta el 19 a. C. Sólo entonces España en su totalidad se convirtió en un lugar pacífico y
tranquilo del Imperio.
Augusto dirigió en España tanto operaciones pacíficas como ofensivas bélicas, y
fundó ciudades, dos de las cuales podemos mencionar particularmente. Ambas recibieron
nombres en homenaje a él: «Caesaraugusta» y «Augusta Emérita» («Augusto, el Soldado
Retirado»). Sobreviven hoy con nombres deformados derivados de éstos: Zaragoza y Mérida,
respectivamente.
En Galia (que incluía la Francia moderna, Bélgica y las partes de Alemania, Holanda y
Suiza situadas al oeste del río Rin) los romanos penetraron mucho después que en España,
pero su conquistador fue Julio César, quien dio término a la tarea. Pero la frontera alpina entre
Galia e Italia permanecía en poder de las tribus nativas por la época en que Augusto se
convirtió en emperador.
Al Este de Italia está el mar Adriático. La costa opuesta del mar Adriático formaba
parte de lo que los romanos llegaron a llamar «Illyricum», pero en castellano es más común
llamarlo Iliria. Corresponde aproximadamente a la moderna nación de Yugoslavia. Cuando
Augusto se convirtió en emperador, Roma sólo dominaba la línea costera, parte llamada a
veces Dalmacia.
Al sudeste de Iliria estaban Macedonia y Grecia, ambas firmemente en poder de los
romanos.
Al este de Grecia está el mar Egeo, y del otro lado de él se halla Asia Menor (incluida
en la moderna nación de Turquía). En el período en que la República Romana empezó a
expandirse hacia el Este, Asia Menor era un mosaico de reinos de habla griega. Cuando
Augusto llegó al poder, los reinos del norte y el oeste de Asia Menor eran provincias romanas.
El resto se hallaba firmemente bajo la dominación romana indirecta.
Al sur de Asia Menor estaba Siria, que era provincia romana, y Judea, con un rey
3 Las fechas posteriores al año tradicional del nacimiento de Jesús pueden indicarse con las iniciales d. C., que representan a
«después de Cristo». Pero en este libro omitiremos tales iniciales. Hablaremos del 18 a. C., pero en vez de 18 d. C., escribiremos
sencillamente 18.
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Librodot El Imperio Romano Isaac Asimov
nativo que gobernaba con permiso romano. Al sudoeste de Judea, volvemos nuevamente a
Egipto.
Augusto, al contemplar el Imperio, lo vio bien unido por caminos que se extendían
desde Italia hasta las provincias, en una red en constante extensión y expansión. Y la mayoría
de sus fronteras estaban protegidas. En el sur y el oeste, estaba completamente asegurado
contra las invasiones extranjeras, pues en ambas direcciones el Imperio había alcanzado un
límite absoluto. Al oeste estaba el ilimitado océano Atlántico, y al sur de la mayor parte del
África romana el igualmente ilimitado (por lo que respecta a los romanos) desierto del Sahara.
Al sur de Egipto, el río Nilo continuaba hasta una brumosa fuente que era desconocida
para los antiguos. Las tribus de Etiopía, que estaban a lo largo del río inmediatamente al sur
de Egipto, mil años antes de la época de Augusto habían librado grandes guerras con Egipto.
Pero esos días habían pasado hacía mucho tiempo, y ahora Etiopía estaba en calma, en su
mayor parte. Los tolomeos de Egipto habían apostado colonias en Etiopía, pero nunca habían
intentado seriamente conquistar esa tierra.
Después de la ocupación romana de Egipto, el gobernador, Cayo Petronio, respondió a
una incursión etíope lanzando una expedición de represalia en 25 a. C. Marchó hacia el Sur y
ocupó parte de Etiopía, pero a Augusto esto le pareció una acción inútil. Etiopía estaba
demasiado lejos para ser de alguna utilidad a Roma, y no compensaba los gastos de dinero y
hombres. Hizo volver al ejército y en lo sucesivo hubo una paz ininterrumpida en la frontera
meridional de Egipto. (Un intento poco entusiasta de cruzar el mar Rojo desde Egipto y
apoderarse del sudoeste de Arabia también fue suspendido por Augusto.)
Al sudeste de Siria y Judea estaba el desierto árabe, que, como el Sahara, representaba
un límite para las armas romanas y una protección contra un ataque enemigo en esa dirección.
En años posteriores, el ámbito romano se expandió un poco en el desierto, pero no muy lejos.
Al este la situación era más peligrosa. Allí estaba la única potencia organizada que
lindaba con los dominios romanos y era realmente independiente y hasta hostil a Roma. Era
Partia, que se extendía por la región ocupada principalmente por el Irán moderno.
Partia era realmente una restauración de la antigua monarquía persa, que había sido
resquebrajada y destruida tres siglos antes por Alejandro Magno. («Partia» es una forma de
«Persia».) La cultura griega había penetrado en el ámbito parto bajo los sucesores de
Alejandro, pero nunca echó allí raíces fuertes.
La mayor parte de la sección asiática del imperio de Alejandro cayó en manos de su
general Seleuco, después de la muerte de Alejandro, por lo cual se la llamó el Imperio
Seléucida. Cuando éste se debilitó, las tribus partas conquistaron su independencia, alrededor
del 250 a. C., y extendieron su poder hacia el Oeste a expensas de sus viejos amos.
En 64 a. C. Roma se anexó el resto del Imperio Seléucida (por entonces limitado a
Siria) e hizo de él una provincia. Entonces, se enfrentó directamente con Partia, en el Este. En
53 a. C. (700 A. U. C.), un ejército romano atacó a Partia sin que mediase provocación alguna
y sufrió una catastrófica derrota. Partia se apoderó de las banderas de las legiones derrotadas,
algo que para Roma era una gran deshonra.
Quince años más tarde, ejércitos romanos invadieron Partia nuevamente y lograron
algunas victorias. Esto constituyó de algún modo una venganza, pero Partia conservaba las
banderas capturadas. Después de esto, empezó un largo tira y afloja entre Roma y Partia, en el
que el reino de Armenia era la cuerda que se tiraba de una y otra parte.
Armenia está ubicada en el borde oriental de Asía Menor, inmediatamente al sur de los
montes del Cáucaso. Los ejércitos romanos penetraron primero en Armenia por el 70 a. C. e
impusieron su influencia sobre el reino. Pero tan pronto como los romanos ponían a uno de
sus satélites en el trono armenio, los partos se las arreglaban para reemplazarlo por otro de los
suyos.
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Augusto no se sintió en condiciones de resolver el problema mediante una gran
conquista. Era una pesada tarea reformar la política financiera del Imperio, y el dinero era
escaso. Los gastos de una guerra contra los partos seguramente harían fracasar sus reformas y
podía enfrentarse con una derrota que arruinase su prestigio. Por ello, decidió ejercer una
presión cuidadosa, mínima, sobre Partia.
Como de costumbre, dos candidatos —un títere romano y otro parto— reñían por el
trono armenio. Usando como excusa el pedido de ayuda por el títere romano, Augusto envió
un ejército romano a Armenia bajo el mando de su hijastro. El títere romano fue puesto en el
trono, y el títere parto fue derrotado y muerto.
Partia no estaba con ánimo de combatir, pues tenía sus propios problemas internos, y
cuando Augusto insinuó su disposición a firmar un tratado de paz, aprovechó de buena gana la
oportunidad. En 20 a. C. se restableció la paz y Partia convino en devolver los pendones de
batalla capturados treinta y tres años antes. El honor romano quedó satisfecho y la prudencia
de Augusto fue magníficamente recompensada.
(Sin embargo, Armenia no quedó firmemente en manos romanas. Durante mil años iba
a ser un Estado tapón que caía bajo la influencia romana o escapaba de ella según las mareas
cambiantes de la guerra.)
Los germanos
Al norte de la parte europea del imperio la situación era también diferente. Allí no
había desiertos casi vacíos de hombres, ni había un reino establecido y más o menos
civilizado con el cual pudiera firmarse la paz. En cambio, había montañas y bosques sin
caminos habitados por guerreros bárbaros. Los romanos los llamaban «Germani», de donde
proviene nuestra voz «germanos».
La primera experiencia romana con los germanos tuvo lugar en 113 a. C., cuando los
cimbrios y los teutones abandonaron sus tierras tribales de alguna parte de la costa norte
alemana y se desplazaron hacia el Sur. Finalmente fueron derrotados en el sur de la Galia y el
norte de Italia, pero Roma quedó herida. Comprendió que en el Norte apuntaba un serio
peligro.
El peligro fue eliminado en parte en el 51 a. C., cuando Julio César conquistó la Galia
y estableció el poder romano sobre el río Rin. Si las legiones romanas acampaban
estratégicamente a lo largo de la costa occidental del Rin, esos ejércitos y el mismo Rin serían
una formidable barrera contra los germanos, barrera que, de hecho, se mantuvo (aunque con
ocasionales filtraciones) durante más de cuatro siglos.
César fue aún más allá. En dos ocasiones, en 55 a. C. y 53 a. C., envió pequeñas
fuerzas a efectuar incursiones del otro lado del Rin, en Germania. No lo hizo con la intención
de conquistar la Germania, sino para que los germanos adquirieran conciencia del poderío
romano y mantenerlos en calma. Al este de la Galia, la frontera romana era menos
satisfactoria. Corría a lo largo de una desigual línea de territorio montañoso que no estaba
muy bien definido ni era fácil de defender. Pero a unos 250 kilómetros al norte de la frontera
corría el gran río Danubio, que atraviesa Europa de Oeste a Este. Parecía necesario llegar al
Danubio e interponer allí otra barrera claramente marcada y fácil de defender entre los
dominios romanos y los bárbaros del Norte.
Por ello, Augusto envió sus ejércitos hacia el Norte en la principal guerra agresiva de
su reinado. Pero ni siquiera este avance constituyó un verdadero imperialismo: fue un
anhelante intento de llegar a una línea que pudiese ser defendida; una tentativa de conquistar
para poner fin con seguridad a las conquistas.
Lenta y tenazmente, los ejércitos romanos avanzaron, primero, apoderándose de las
regiones montañosas alpinas que formaban un semicírculo alrededor del norte de Italia.
Luego, en 24 a. C., Augusto fundó la ciudad de «Augusta Pretoria» («Augusto el General»),
ciudad que sobrevive con el nombre de Aosta.
Los territorios situados al norte y el este de los Alpes también fueron ocupados. Iliria
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Librodot El Imperio Romano Isaac Asimov
se hizo romana, y al este de ella se creó la provincia de Mesia (que abarcaba lo que es hoy el
sur de Yugoslavia y el norte de Bulgaria). Al norte de Italia e Iliria, la tierra del Danubio luego
fue dividida en tres provincias, que eran, de Oeste a Este, Recia, Nórica y Panonia.
Aproximadamente, corresponden a las modernas Baviera, Austria y Hungría occidental,
respectivamente.
Para el 9 a. C. las legiones romanas estaban apostadas a lo largo del Danubio desde su
desembocadura hasta su fuente. Hubo algunas rebeliones que fue menester aplastar más tarde,
pero esto sólo es un detalle. El único territorio de toda la región que mantuvo su autogobierno
fue Tracia (en lo que es hoy el sur de Bulgaria). Puesto que Tracia no estaba realmente sobre
el Danubio, y puesto que los caciques locales estaban firmemente bajo influencia romana,
quedó sin ser anexada durante otro medio siglo.
Habría sido conveniente para Augusto dejar las cosas así, y con toda probabilidad ésta
fue su intención. Desgraciadamente, a menudo es más fácil hacer la guerra que establecer la
paz. Los germanos no deseaban el establecimiento del fuerte poderío romano sobre la Galia.
Teniendo en consideración la historia pasada de Roma, parecía casi seguro que luego Roma
trataría de conquistar la Germania.
Varias tribus germánicas intentaron formar una confederación, para presentar un frente
unido contra los romanos. Además, hicieron todo lo posible por fomentar la revuelta en la
Galia. En ambos aspectos, tuvieron algún éxito, pero no el suficiente. Era difícil unir a todas
las tercas tribus germánicas, y algunas rechazaban todo intento de llevar una acción unificada.
Por añadidura, las rebeliones galas fueron aplastadas tan pronto estallaron.
A los generales romanos de la región les parecía que el paso sensato siguiente era
invadir Germania. Era el único modo de asegurar la pacificación de la Galia y podía servir
para impedir la formación de una peligrosa unión germánica en caso de que las pendencieras
tribus hallasen alguna vez un jefe dinámico que pudiera imponerles la unidad contra su
voluntad.
Los generales a los que aludimos eran dos hijastros de Augusto.
Augusto nunca tuvo hijos propios, pero en 38 a. C., antes de llegar al poder, se
enamoró y se casó con Livia Drusila, joven —sólo tenía diecinueve años— astuta y capaz,
apropiada en todo aspecto para ser la esposa de Augusto. Cuando éste (todavía llamado
Octavio a la sazón) se enamoró de ella, ya estaba casada, pero eso no constituía ningún
obstáculo en la Roma de aquellos tiempos. Augusto obligó a su marido a divorciarse de ella.
(Había tenido antes dos esposas, de las cuales se había divorciado. El divorcio era muy fácil
en la Roma de entonces, y muy común entre las clases superiores.)
Por la época del matrimonio con Livia, ésta ya tenía un hijo de cuatro años y estaba
embarazada de otro. Ambos llegaron a ser capaces generales.
El mayor era Tiberio (Tiberio Claudio Nerón César), quien, cuando sólo tenía veinte
años, ya luchaba en las campañas contra los cántabros en el norte de España. Dos años
después, en 20 a. C., fue él quien condujo los ejércitos romanos a Armenia e hizo posible
recuperar las banderas romanas de los partos. Luego fue enviado en ayuda de su hermano
menor, Druso (Claudio Nerón Druso), en las batallas del norte de Italia que condujeron al
establecimiento de la frontera en el Danubio.
En 13 a. C., Tiberio y Druso fueron enviados a la Galia para custodiar el Rin, pero
hubo revueltas a lo largo del Danubio y Tiberio tuvo que acudir al escenario de la guerra.
Druso quedó solo en el Rin, y actuó bien. Cuando una tribu germánica hizo una incauta
correría por la Galia, en 12 a. C., Druso la rechazó y luego la persiguió al otro lado del Rin.
En los tres años siguientes hizo marchas y contramarchas, siempre victorioso (aunque una vez
cayó en una emboscada y habría sido derrotado si los germanos —demasiado seguros de la
victoria— no se hubiesen descuidado y caído en el desorden en su anhelo de comenzar el
saqueo).
En 9 a.C. (744 A. U. C.), Druso llegó al río Elba, a 400 kilómetros al este del Rin,
línea que es hoy la frontera entre Alemania Occidental y Alemania Oriental.
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Es concebible que, bajo la dirección de Druso, Roma habría conquistado Germania, y
la historia del mundo hubiera sido diferente. Hasta es posible que Roma hubiese podido
avanzar hasta la línea de los ríos Vístula y Dniester, que corren del mar Báltico al mar Negro.
Esta habría sido una frontera mucho más corta que el Rin y el Danubio, y mucho más fácil de
defender. Los germanos del interior del Imperio hubiesen sido civilizados y romanizados y...
bueno, la imaginación se sobresalta, y de todos modos no ocurrió, de modo que, ¿para qué
seguir hablando de ello?
En el camino de vuelta del Elba al Rin, el caballo de Druso tropezó y lo arrojó al
suelo. Las heridas que sufrió fueron fatales. Sólo tenía treinta y un años cuando murió, y su
muerte fue una gran pérdida para Roma.
Augusto inmediatamente reemplazó a Druso por Tiberio, y las cosas podían haber
seguido bien. Tiberio procedió a asegurarse de que los germanos no se volviesen demasiado
confiados por la muerte de Druso. Repitió la hazaña de su hermano de llevar su ejército ida y
vuelta entre el Rin y el Danubio.
Desgraciadamente, Tiberio estaba pasando por una tragedia personal.
Al parecer, Augusto tenía una hija, Julia, de su primer matrimonio, y puesto que ella
era su único descendiente, los hijos que ella tuviese podían suceder a Augusto como
emperador. Ella tenía cinco vástagos, tres de ellos varones, pero en 12 a. C. su marido murió y
quedó viuda a la edad de veintisiete años. Livia, su madrastra, vio aquí una oportunidad. Si
podía arreglar un matrimonio entre la joven viuda y su hijo Tiberio, esto aumentaría la
probabilidad de que Tiberio fuese el siguiente emperador, si los hijos de Julia eran demasiado
pequeños para gobernar cuando Augusto muriese. Pues entonces Tiberio no sólo sería hijastro
de Augusto, sino también su yerno.
Augusto fue convencido por Livia (quien ejercía gran influencia sobre él). Sólo había
un obstáculo para el plan de Livia. Tiberio, según parece, estaba ya casado con una mujer a la
que amaba tiernamente. Pero Augusto lo obligó a divorciarse y a casarse con Julia, que era
una mujer frívola e inmoral a quien el sombrío y moral Tiberio no soportaba. Este matrimonio
forzado desgarró el corazón de Tiberio y le dejó una marca de la que nunca se recuperaría.
Después de su campaña en Germania, Tiberio sintió que no podía soportar más la
situación y obtuvo permiso para retirarse a la isla griega de Rodas, donde podía estar lejos de
su odiada segunda mujer y ahogar sus penas en el exilio.
Augusto, en verdad, estaba colérico ante esta conducta de su reciente yerno, pues
pensaba que era abandonar sus deberes militares y comportarse de modo insultante con Julia.
Por ello, más tarde, cuando Tiberio pidió permiso para retornar a Roma de su exilio
autoimpuesto, primero se le rehusó y luego se le concedió sólo a regañadientes. En realidad,
no volvió a intervenir en asuntos de Estado hasta el año 5, cuando fue necesario apelar a sus
servicios militares para aplastar una rebelión en Panonia. Tiberio hizo su labor hábilmente, y
en el 9 la región estaba pacificada.
Durante el período de quince años en el cual Tiberio estuvo alejado de Germania, la
región había quedado en manos inferiores con espantosos resultados para Roma y el mundo.
En verdad, el matrimonio forzado de Tiberio fue costoso para todo el mundo, entonces y
ahora.
En el año 7, Augusto había decidido que veinte años de ocupación romana habían
convertido a la región situada entre el Rin y el Elba en una sólida propiedad romana. Decidió
organizaría como provincia romana y, para tal fin, envió a Publio Quintilio Varo a Germania.
Varo había sido cónsul en 13 a. C. y luego había gobernado Siria, con más corrupción de la
que cabría esperar de un empleado de Augusto.
Varo emprendió la tarea de romanizar a los germanos con gran arrogancia y sin ningún
tacto. Inmediatamente despertó pensamientos de revuelta en los germanos. Hallaron un líder
en el joven de veinticinco años Arminio (forma latina del nombre germánico Hermann).
Arminio había servido en los ejércitos romanos. Había aprendido latín, se había romanizado y
hasta conquistado la ciudadanía romana. Pero todo esto no significaba que estuviese dispuesto
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a someterse a la arrogancia romana del tipo que Varo representaba.
Arminio inició una campaña de astuto engaño. Se ganó la confianza de Varo y lo
persuadió, en el 9, a que abandonase la seguridad de la fortificación del Rin y estableciese su
campamento en lo profundo de Germania. Arminio luego organizó una pequeña revuelta para
atraer a Varo aún más lejos en los bosques germánicos, mientras Arminio y su contingente
germano seguían el mismo camino como retaguardia. Una vez que Varo estuvo
suficientemente despistado en la parte de los bosques llamada el Teutoburger Wald, a unos
130 kilómetros al este del Rin, Arminio se alejó. A una señal convenida, levantó al país y
lanzó un repentino y arrollador ataque desde todas partes que cayó como un rayo sobre Varo,
quien no sospechaba nada pero estaba totalmente rodeado.
Varo y sus hombres lucharon valientemente, pero era una causa sin esperanza. En tres
días, tres legiones romanas fueron totalmente destruidas.
La noticia cayó en Roma como el tañido de la muerte. Durante más de dos siglos,
ninguna derrota similar había abatido a un ejército romano. Augusto quedó postrado de dolor.
No podía en modo alguno reemplazar las tres legiones sin imponer una inaceptable carga
fiscal al Imperio, por lo que el ejército romano quedó reducido de veintiocho a veinticinco
legiones por largo tiempo. Se cuenta que Augusto golpeaba su cabeza contra las paredes de su
palacio gritando: « ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones! ».
Pero Varo no se las devolvió. Había muerto junto con sus hombres.
Tiberio se abalanzó al frente y rápidamente condujo expediciones al otro lado del Rin
para demostrar a los germanos que Roma aún era poderosa y desanimar a los germanos de
todo intento de coronar su victoria invadiendo la Galia.
Pero las marchas de Tiberio contra los germanos no tuvieron mayor importancia. No
hubo ningún intento de conquistar la Germania, ni entonces ni nunca más. La frontera
romana, que había estado tan corto tiempo ubicada en el Elba, fue retirada al Rin (aunque
fuerzas romanas continuaron ocupando la línea costera de lo que es hoy Holanda y Frisia, al
este del Rin) y allí quedó.
La batalla del Teutoburger Wald fue verdaderamente una de las batallas decisivas de la
historia del mundo. Los germanos conservaron su independencia y nunca sintieron el cálido
roce de la romanización, excepto desde lejos. Y cuatro siglos más tarde, las tribus germánicas,
aun libres y aún bárbaras, iban a volverse contra Roma y a hacerla pedazos.
La época de Augusto
En el reinado de Augusto, pacífico en Italia y en las provincias asentadas, hubo un
florecimiento de la cultura. La «época de Augusto» de la literatura latina, junto con el período
anterior en el que se destacó el orador Cicerón, fue la Edad de Oro cultural de Roma.
El mismo Augusto se interesaba mucho por la literatura y estimulaba y apoyaba a los
escritores. Aún más notable en este aspecto era un íntimo amigo y ministro de Augusto, Cayo
Cilnio Mecenas. Este había estado siempre junto a Augusto, desde su edad escolar. Durante
los últimos años de las guerras civiles había permanecido en Roma, al cuidado de los asuntos
internos, mientras Augusto libraba las batallas finales. Con el advenimiento de la paz, fue
Mecenas quien urgió a Augusto a no restablecer la república, arguyendo que todos los viejos
desórdenes surgirían nuevamente.
Por el 16 a. C., Mecenas, que para entonces era inmensamente rico, se retiró de la vida
pública y usó sus riquezas para continuar y ampliar su afición favorita, que era la de apoyar y
estimular a los artistas, escritores y sabios de Roma. Tan famoso se hizo a este respecto que la
expresión «Mecenas» ha sido aplicada a todo hombre rico dedicado al patrocinio de las artes.
El autor más prominente que se benefició del patronazgo de Mecenas fue Publius
Vergilius Maro, comúnmente conocido en castellano como Virgilio.
Virgilio nació en el 70 a. C. en una granja cercana a Mantua. Después de la batalla de
Filipos, en la que Augusto obtuvo el triunfo final contra los asesinos de César, los soldados
victoriosos fueron recompensados con lotes de tierra en Italia. (Esta era una práctica común
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durante las guerras civiles.) El padre de Virgilio fue expropiado de su granja en 42 a. C. para
darla a uno de esos soldados.
Pero Virgilio ya había ganado alguna reputación como poeta y era conocido de uno de
los generales de Augusto, Cayo Asinio Polión (que era él mismo poeta y orador), quien tenía
bajo su mando esa región de Italia. Asinio Polión hizo que se devolvieran sus tierras a Virgilio
y lo presentó a Mecenas.
Las obras de Virgilio consisten, primero, en una serie de poesías cortas llamadas las
Églogas. De ellas, la Cuarta Égloga, escrita en 40 a. C., habla del inminente nacimiento de un
niño que crearía un nuevo reino de paz en el mundo. Nadie sabe exactamente a quién se
refería. Quizá pretendía sencillamente halagar a uno de sus protectores cuya esposa estuviese
en cinta. Pero los cristianos posteriores juzgaron posible que fuese una predicción (tal vez
inconsciente) del nacimiento de Jesús, y por esta razón adquirió gran importancia en la
leyenda cristiana. En la Divina Comedia de Dante, escrita trece siglos más tarde, es Virgilio
quien guía a Dante por el Infierno.
A sugerencia de Mecenas, Virgilio compuso las Geórgicas, en elogio de la agricultura
y la vida campesina. (El nombre proviene de una palabra griega que significa «granjero».) El
propósito puede haber sido estimular un resurgimiento de la agricultura en Italia, pues éste era
uno de los fines de Augusto.
(Augusto, en verdad, trató de restaurar entre los romanos todas las supuestas virtudes
de días más sencillos, en los que se pintaba a sus venerados antecesores como labradores
veraces, honestos, responsables, valientes y muy trabajadores, y eran también leales maridos,
nobles padres y patriotas devotos. Desgraciadamente, Augusto no lo consiguió, pues en
muchos aspectos la Italia de su tiempo era un complejo ejemplo de «sociedad opulenta»,
como la nuestra de hoy. Los artículos de lujo afluían en cantidad de todas las partes del
Imperio, y las clases superiores no tenían nada que hacer como no fuese divertirse. Se casaban
muchas veces, se divorciaban fácilmente, comían, bebían y gozaban del ocio. En cuanto a las
clases más pobres, tenían alimento gratuito y cantidad de espectáculos y juegos para
divertirlas. Los moralistas desaprobaban esto y comparaban a Roma desfavorablemente con
otras naciones y con sus propios antepasados, pero pese a todas sus palabras duras la situación
no cambió. Y aunque las Geórgicas de Virgilio son consideradas como el latín perfecto, eran
leídas principalmente por las clases ociosas y no provocaron una masiva vuelta de los
aristócratas al campo.)
Virgilio dedicó sus años posteriores a un gran poema épico en doce libros llamados La
Eneida, comenzado, se supone, a pedido del mismo Augusto. En cuanto a la trama, La Eneida
en realidad es una pálida imitación de Homero. El héroe (bastante anémico) es el guerrero
troyano Eneas, y el poema relata su huida de Troya incendiada y su largo viaje lleno de
aventuras que lo llevan finalmente a Italia, donde pone los cimientos para la futura fundación
de Roma por sus descendientes. También se le atribuye un hijo llamado Julio, del cual habría
descendido la familia Julia (Julio César y Augusto, inclusive).
El poeta trabajó en el poema épico muchos años y aún lo estaba puliendo cuando
murió, en 19 a. C. Insatisfecho con todo lo que no fuese perfecto, dejó orden de que se
quemase el manuscrito. Pero Augusto lo impidió y, después de algunos toques finales dados
por otros, La Eneida fue publicada. Virgilio es considerado generalmente como el más grande
de los poetas romanos.
El segundo era Horacio (Quintus Horatius Flaccus), hijo de un liberto, nacido en 65 a.
C. en el sur de Italia y educado en Roma y Atenas. Estaba claramente destinado para la vida
literaria, pues su intento de ser un soldado fue desastroso. Mientras estaba en Atenas, Julio
César fue asesinado y Horacio se unió al ejército levado en Grecia por los asesinos. En la
batalla de Filipos, donde Horacio prestó servicio como oficial, se dio a la fuga para alcanzar
una poco gloriosa seguridad.
Horacio no perdió la vida por el crimen de haber estado en el bando perdedor, pero sí
perdió la propiedad de su familia en Italia. Se marchó a Roma para tratar de ganarse la vida, y
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allí atrajo la atención de Virgilio, quien lo presentó a Mecenas, el cual, a su vez, hizo que se le
proporcionase una granja para permitirle lograr la necesaria independencia financiera. Su obra
pronto le ganó la atención de Augusto, y sus breves poemas, odas y sátiras conservan su
popularidad hasta hoy. Murió en 8 a. C., poco después de la muerte de Mecenas.
El último de los grandes poetas de la época de Augusto fue Ovidio (Publius Ovidius
Naso), quien nació en 43 antes de Cristo a unos ciento diez kilómetros al este de Roma. Tenía
medios independientes de vida y gozó de la vida, sobre todo porque sus poemas fueron
suficientemente populares durante su vida como para conseguir ricos protectores y, de este
modo, mantener su independencia de medios.
Pero sus poemas trataban del amor tan descaradamente que escandalizaron al mojigato
Augusto y a los hombres del gobierno que ansiaban reformar las costumbres romanas. El libro
más famoso de Ovidio es Las Metamorfosis, que es una nueva narración de mitos griegos en
versos latinos. Los mitos por lo general eran bastante obscenos también, y es obvio que
Ovidio gozaba con ello.
Posteriormente, se vio envuelto en un escándalo que concernía a la frívola hija de
Augusto, Julia. El emperador, con el corazón destrozado, exilió a su hija y nunca la perdonó,
y ciertamente no estaba dispuesto a perdonar a ninguno de sus cómplices. Ovidio, a quien
Augusto desaprobaba de todos modos, fue enviado al exilio en el año 8. Pasó los últimos ocho
años de su vida en una villa bárbara de la desembocadura del Danubio, y aunque escribió gran
cantidad de poemas melancólicos para que Augusto lo perdonase y le permitiese volver a
Roma, fracasó en todos sus intentos. Murió en el exilio el año 17.
El más grande prosista de la época de Augusto fue Livio (Titus Livius), nacido en
Padua en 59 a. C. Aunque durante toda su vida expresó abiertamente simpatías republicanas,
Augusto lo toleró con buen humor, ya que Livio no intervenía en política y estaba totalmente
dedicado a la vida literaria.
A pedido de Augusto, escribió una enorme historia de Roma desde el tiempo de su
fundación hasta la muerte de Druso. Eran en total 142 libros, y habría agregado varios más
para continuar la historia hasta la muerte de Augusto, pero su propia muerte en 17 le impidió
hacerlo.
Livio fue el más popular de todos los historiadores romanos, tanto en su propia época
como posteriormente, aunque, lamentablemente, sólo sobreviven 35 de los 142 libros.
Conocemos los otros por resúmenes, pero claro que no es lo mismo. Livio escribió con la
intención de hacerse popular, y éste es su punto débil. En su ansiedad de contar historias
interesantes y seducir la imaginación del lector, reprodujo todo género de mitos y leyendas,
sin preocuparse en lo más mínimo por su verosimilitud.
La mayor parte de nuestro conocimiento de la historia romana proviene de los escritos
que han llegado hasta nosotros de los mismos historiadores romanos. En la mayoría de los
casos, como en el de Livio, sólo parte de esos escritos han sobrevivido. Fueron los accidentes
de la supervivencia los que nos permiten conocer algunas partes de la historia romana con
gran detalle, mientras que de otras sólo tenemos un somero conocimiento.
Los judíos
Sin embargo, el suceso más destacado del reinado de Augusto y, muy probablemente,
el más importante de la historia civilizada, no fue una conquista o una derrota, una
reorganización o una reforma, una obra de arte o de la literatura. Fue sencillamente el
nacimiento de un oscuro individuo en un oscuro rincón del Imperio, hecho que pasó
inadvertido en la época.
Al sur de Siria estaba Judea. Sus habitantes (los judíos) tenían una religión
férreamente monoteísta que hacían remontar a casi dos mil años atrás, al patriarca Abraham.
Durante cuatro siglos, del 1000 a. C. al 600 a. C., se enorgullecieron de tener un reino
independiente, que había tenido cierto poder al principio, bajo el conquistador rey David, pero
luego decayó gradualmente
s, tenía que hacerlo por un crimen romano, pues su
jurisdicción sólo se extendía a esa clase de crímenes. Por ello, Jesús fue condenado por
traición contra Roma, y un castigo común para la traición era la crucifixión, tipo de tortura
común en el Este y en Roma, pero nunca usado por los judíos ni los griegos. Un ejemplo del
uso romano de la crucifixión en gran cantidad fue el de la revuelta de los gladiadores en Italia,
que fue extinguida en el 71 a. C. A la sazón, no menos de seis mil de los rebeldes capturados
fueron crucificados en cruces que se extendieron por kilómetros a todo lo largo de la Vía
Apia, la principal ruta de Italia.
Así, Jesús fue crucificado sencillamente como un rebelde más que recibía el castigo
habitual, y esto parecía ser todo. Ningún romano de la época podía haber imaginado en ese
momento que esta crucifixión particular sólo sería un comienzo.
1 Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, núm. 822.
2 Los romanos contaban los años desde esa fecha, a la que aludían como al 1 A. U. C., o «Ab Urbe Condita» («desde la fundación
de
la ciudad»). A lo largo de todo este libro, daré las fechas importantes
tanto en el sistema nuestro como en el sistema romano.
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