Capítulo II
Para la mayoría de los dictadores habría sido suficiente adquirir un
poder sin oposición sobre el estado. Para Hitler, esto no era ningún fin
en sí mismo. Según su forma de pensar, el poder servía a una finalidad
ideológica doble: destruir a los judíos (para él el enemigo mortal de
Alemania) y, a través de su destrucción, hacerse con el dominio de todo
el continente europeo, como plataforma para el posterior dominio del
mundo. Ambos objetivos engranados, que se apoyaban en una «visión
del mundo» que consideraba que la lucha racial y la supervivencia del
más apto eran los determinantes claves de la historia de la humanidad,
habían sido fundamentales en su pensamiento desde la década de 1920.
Aunque no estuviese cartografiada la ruta para alcanzar esos objetivos,
estas ideas básicas no le abandonaron nunca una vez formadas.
La intensidad obsesiva y la tenacidad con que mantuvo estas ideas
fijas constituyeron una parte esencial de ese papel único de Hitler en la
conducción de Alemania, de Europa y del mundo hacia el desastre. Sin
embargo, eran relativamente pocos entre los millones de seguidores a los
que atrajo el nazismo en su camino hacia el poder los que veían las cosas
exactamente como las veía Hitler, o que les atrajese la adhesión fanática
a los puntos fijados de la «visión del mundo» personal que constituía su
propia fuerza impulsora ideológica principal.[14] El atractivo creciente de
Hitler como una alternativa a la democracia de Weimar se apoyó en una
medida mucho mayor en la contundencia de su ataque frontal e
inflexible a un sistema político visiblemente fallido socavado en las altas
esferas y que iba perdiendo cada vez más el apoyo de las masas. Durante
su ascensión al poder, sus principios ideológicos básicos habían estado
embebidos dentro del arsenal genérico y global de las diatribas llenas de
odio contra el «sistema» de Weimar y dentro de la atractiva
contraimagen que conjuraba de renacimiento nacional, una vez que los
«criminales» que habían instigado la derrota y la revolución, con
consecuencias catastróficas, hubiesen sido destruidos. Su éxito como
demagogo se basaba en su capacidad para decir lo que las masas
desafectas deseaban oír, para hablar su lenguaje, para captar y explotar
una psicología de desesperación e investirla de una esperanza nueva
para un resurgir de la nación como un ave fénix de las cenizas. Nadie
tenía tanta capacidad como él para dar expresión a los odios, los
resentimientos, las esperanzas y las expectativas populares. Hablaba con
mayor estridencia, mayor vehemencia, más expresividad y más
capacidad de atracción que todos los demás que tenían un mensaje
ideológico similar. Él era el portavoz de las masas nacionalistas en un
periodo decisivo de crisis nacional generalizada.
Y al demostrar que era capaz de galvanizar a las masas nacionalistas
como no era capaz de hacerlo ningún otro, se fue convirtiendo
progresivamente en una propuesta atractiva para los que tenían poder e
influencia, que veían en él y en su Movimiento en rápida expansión un
arma indispensable en la lucha contra el «marxismo», palabra clave no
sólo para ataques a los comunistas sino también a los socialdemócratas,
los sindicatos y el propio sistema democrático, que las elites
conservadoras habían hecho todo lo posible por torpedear. Con su ayuda
se le dio a Hitler, en la etapa final del colapso de la república de
Weimar, aquello por lo que llevaba luchando mucho tiempo: el control
del estado alemán. El error fatal de estas elites había sido pensar que
podrían controlar a Hitler. Descubrieron demasiado tarde lo
desastrosamente que le habían subestimado.
Por la época en que Hitler fue elevado al poder, la política
«redentora» que había predicado (resarcirse de la derrota y de la
revolución de 1918) había conseguido el apoyo de unos trece millones
de alemanes, entre los que figuraba una base militante de bastante más
de un millón de miembros de las diversas ramas del Movimiento Nazi.
Hitler encarnaba sus expectativas de salvación nacional. Las tendencias
pseudorreligiosas del culto edificado en torno a él (en una época en que
aún era fuerte la piedad popular) habían sido capaces de presentarle
como un «redentor» secular. Una guerra perdida, humillación nacional,
miseria económica y social profunda, falta de fe en las instituciones
democráticas y en los políticos, y tendencia a buscar un «hombre fuerte»
capaz de salvar mediante la fuerza los abismos políticos agudos,
infranqueables en apariencia, que imperaban en una situación de crisis
global de estado, eran factores que habían contribuido todos ellos a
arrastrar a grandes sectores de las masas hacia consignas seductoras de
salvación nacional.
Pero no sólo se habían sentido atraídos los políticamente ingenuos. El
hondo pesimismo generalizado en los círculos neoconservadores e
intelectuales podía hallar también atractivo en la idea de «renacimiento
nacional», por mucho que se pudiese menospreciar la vulgaridad de
Hitler y de sus seguidores. El sentimiento de decadencia cultural
imparable (directamente emparejado a menudo con puntos de vista cada
vez más de moda sobre el crecimiento supuestamente inexorable de la
contaminación racial) había ido adquiriendo un ritmo creciente ya antes
de la Primera Guerra Mundial.[15] En el periodo que siguió a la guerra, el
talante de desesperación cultural se afianzó con una fuerza cada vez
mayor entre los intelectuales conservadores. Influyó mucho en esto La
decadencia de Occidente de Oswald Spengler, con su melancólica
prognosis de decadencia cultural imparable.[16] El arte abstracto y el
teatro moderno podían ser vilipendiados como «judíos» y no
auténticamente alemanes. El «hot» jazz sincopado (denominado «música
de negros») parecía epitomizar la inminente e inevitable americanización
no sólo de la música sino de todos los aspectos de la vida, en la tierra de
Bach y de Beethoven.[17]
Otto von Bismarck
La decadencia cultural de Alemania parecía reflejarse en la política.
Donde sólo unas décadas antes Bismarck había presidido el escenario
político corno un gigante, los representantes del país parecían ahora
reducidos a pigmeos que no paraban de pelearse entre ellos, el Reichstag
irremediablemente dividido era como el reflejo de una Alemania
irremediablemente dividida… es decir, irremediable a menos que
surgiese un nuevo héroe nacional capaz de crear (si era necesario por la
fuerza) una nueva unidad. Sólo se podían depositar esperanzas en la
visión de un héroe de ese género (militar, estadista y sumo sacerdote
todo en uno) que surgiera de las cenizas de la humillación nacional y de
la miseria de postguerra para restaurar la grandeza y el orgullo de la
nación.[18] Las semillas del subsiguiente respaldo intelectual a Hitler y a
su Movimiento se fertilizaron en ese suelo… por muy alejada que
resultase estar la realidad de ese ideal.
El antisemitismo estridente de los nazis no fue ningún obstáculo para
ese apoyo. Los judíos (menos del 1 por 100 de la población, la inmensa
mayoría deseosos de que les considerasen buenos ciudadanos alemanes y
patriotas) tenían pocos amigos. Hasta los que podrían criticar
abiertamente la violencia nazi y los frecuentes ultrajes que tuvo que
sufrir la comunidad judía durante la república de Weimar, estaban a
menudo infestados de alguna forma de resentimiento, envidia o recelo
respecto a los judíos. Aunque eran relativamente pocos los que se sentían
atraídos por la violencia directa contra ellos (que era sin embargo
frecuente en la Alemania de Weimar) estaba generalizado el
antisemitismo latente o pasivo.[19] Y el prejuicio se intensificó con la
incesante agitación nazi que reforzó capas de animosidad intensificada
ya por la búsqueda de chivos expiatorios de una guerra perdida, una
revolución, una crisis política creciente y una profunda miseria social.
Proliferaban las alegaciones de que los judíos eran
desproporcionadamente ricos, que su dominio de la economía era
perjudicial y su influencia en la esfera cultural insana. Dicho de otro
modo, el sentimiento de que los judíos eran diferentes (por mucho que
se esforzasen en demostrar lo contrario) y eran responsables de los males
de Alemania se estaba extendiendo a toda prisa ya antes de que Hitler
tomara el poder.
Una vez que lo tomó, las premisas antisemitas del nazismo pudieron
apoyarse ya en esos sentimientos negativos, impregnar todo el régimen
y, magnificadas por una propaganda incesante, afectar a todos los
niveles de la sociedad. La intención de «extirpar» a los judíos de
Alemania, como una base de renovación nacional apoyada en la
«purificación» racial, estaba por tanto garantizado que impulsaría
iniciativas de todos los rincones del régimen. Y entre los muchos que se
sentían incómodos e inquietos ante la ferocidad del antisemitismo en el
nuevo estado, la hostilidad latente generalizada hacia los judíos y la
indiferencia moral ante la discriminación les impedían levantar barreras
para detener la espiral de la persecución.
Los activistas consideraron las restricciones a las agresiones directas a
los judíos del año de la olimpiada (1936), una mera estratagema
temporal, y se limitaron a mantener bullendo bajo la superficie la
presión en favor de más medidas discriminatorias. La codicia, la
malevolencia y el resentimiento, así como el odio directo y la ortodoxia
ideológica, garantizaban que el peso de la persecución no disminuiría. A
finales de 1937, la «arianizacion» de la economía estaba empezando ya a
avanzar muy deprisa. En 1938 eran de nuevo frecuentes los ataques
directos a la comunidad judía. La dinámica interna de unas fuerzas
policiales ideológicamente dirigidas y con un programa de actuación
propio, a la búsqueda de nuevos grupos raciales que pudiesen ser su
objetivo y de nuevas posibilidades de «resolver la cuestión judía»,
constituyó en los «años tranquilos» de 1936 y 1937 un acicate más para
que aumentara el radicalismo en la lucha contra el «enemigo racial», en
vez de significar un freno.
Así que, poco a poco, la «eliminación de los judíos», que Hitler había
planteado ya como el objetivo necesario de un gobierno nacional en
1919, empezó a parecer un objetivo realizable.[20]
Y también en la otra esfera más estrechamente relacionada con las
propias obsesiones ideológicas de Hitler, la expansión de las fronteras de
Alemania, estaban actuando las fuerzas radicalizadoras. Aunque él era el
exponente principal, el más obsesivo y con menos escrúpulos del
impulso expansionista alemán, el sueño de dominar Europa no era ni
mucho menos un sueño exclusivamente suyo. Arraigado en ciertas
tendencias de la ideología imperialista alemana,[21] llevaba incrustado
en el pensamiento de Hitler como un elemento clave desde mediados de
la década de 1920 como mínimo. Había ganado luego nuevo impulso al
mismo tiempo que lo ganaba el propio Movimiento nazi, aumentando
enormemente de tamaño a principios de la década de 1930. Había
formado parte de la gran «misión» de «redención nacional» encarnada en
la «visión» utópica de Hitler de un glorioso futuro alemán. Por muy
irreal que pudiese haber parecido la adquisición de «espacio vital» en
Europa oriental a expensas de la Unión Soviética «por la espada» (como
había afirmado repetidas veces Hitler a finales de la década de 1920), en
condiciones de debilidad y empobrecimiento sin precedentes del estado
alemán a principios de la década de 1930, la «visión» hitleriana de
dominio de Europa vagamente expresada tenía la gran ventaja de que
podía abarcar (sin ser del todo idéntica a ellas) concepciones diferentes,
y sostenidas desde hacía mucho, de la renovación del dominio alemán
caro a los corazones de grupos poderosos dentro de la jefatura del
ejército, en los altos niveles del Ministerio de Asuntos Exteriores, en
algunos círculos prominentes de Ja industria, el comercio y las finanzas
y entre muchos intelectuales. Al recuperarse la confianza durante los
primeros años de la dictadura de Hitler, al reactivarse la economía, al
empezar a cobrar impulso el rearme y al conseguir el régimen un triunfo
diplomático tras otro, las diversas ideas de dominio y expansión
alemanes empezaron poco a poco a cuajar y a parecer cada vez más realistas.
Además, la expansión empezó a parecer no sólo ideológicamente
deseable como la consumación del renacimiento de la nación, la
culminación de la «salvación nacional» que. había predicado Hitler; se
consideraba cada vez más deseable, y hasta necesaria, por razones
económicas y militares.
Para los dirigentes del capital y para la industria la idea hitleriana de
«espacio vital» se fundía fácilmente con sus nociones de una «esfera
económica más grande» (Grossraumwirtschaft), aunque prefirieran la
expansión que permitiese recuperar el dominio alemán tradicional de la
Europa sudoriental en vez de una colonización brutal de Rusia. Cuando
las ideas de recuperación económica se convertían en ideas de
dominación económica y cuando las presiones de una economía cada vez
más orientada hacia la fabricación de armamento dejaron al descubierto
la escasez creciente de mano de obra y de materias primas, el atractivo
de la expansión se hizo mucho más evidente. Los malabarismos
económicos necesarios para satisfacer al mismo tiempo las demandas del
consumidor y el gasto en armamento exigían urgentemente una solución.
El hecho de que la prioridad acabara inclinándose en favor de una
economía armamentista puso las bases prácticas de la expansión.
Efectivamente, para los sectores de la economía alineados con la
producción de armamento, el respaldo ferviente al programa
expansionista del gobierno era el camino seguro para la obtención de
grandes beneficios.
Para los militares, obligados a esperar el momento oportuno mientras
Alemania había estado encadenada por las cláusulas del Tratado de
Versalles y la carga de las indemnizaciones impuestas al país después de
la Primera Guerra Mundial (y suprimidas de hecho en 1932), era un
viejo objetivo volver a dotar al ejército de unas dimensiones similares a
las que antes poseía para recuperar los territorios perdidos y conseguir la
dominación de Europa central.[22] La velocidad de la reconstrucción de
las fuerzas armadas después de 1933 y la renuencia y la incapacidad
evidentes de las democracias occidentales para contrarrestarla crearon
también un impulso propio. No sólo a Hitler sino también a algunos
dirigentes militares les pareció oportuno aprovecharse de las
circunstancias que podrían hacerse rápidamente menos favorables en
cuanto Inglaterra y Francia iniciasen una carrera armamentista para
contrarrestar el rearme de Alemania. La inestabilidad internacional que
siguió a la quiebra del orden de Versalles, la debilidad de las
democracias occidentales y la incipiente carrera armamentista indicaban
que el momento era más propicio de lo que podría volver a ser nunca en
el futuro para asentar el papel dominante de Alemania en el continente
europeo. Era un argumento que Hitler podría desplegar a menudo con
eficacia cuando se dirigía a sus generales. La proximidad de vecinos
potencialmente hostiles en Polonia y Checoslovaquia, las perspectivas de
conflicto en algún momento futuro con Francia e Inglaterra y, sobre
todo, por el este, los temores (fuese cual fuese la percepción de su
debilidad en el momento) del bolchevismo, todo aumentaba el atractivo
del expansionismo y ayudaba con ello a vincular a los militares a Hitler
y a sus propios sueños de dominio de Europa.
Así fue como los puntos fijos de la ideología de Hitler («eliminación
de los judíos» y preparativos para una lucha titánica futura por «espacio
vital») actuaron como objetivos a largo plazo tan amplios y convincentes
que pudieron fácilmente integrar los intereses divergentes de los
estamentos que formaban las columnas básicas del régimen nazi. Como
consecuencia, los instrumentos de un estado sumamente moderno
situado en el corazón de Europa (burocracia, economía y, no menos,
ejército) se vincularon cada vez más a la autoridad «carismática» de
Hitler, a la política de salvación nacional y al sueño del dominio europeo
encarnado en el poder y la «visión» personalizados de un hombre. Los
objetivos lejanos, invariables y esenciales de Hitler se habían convertido
inexorablemente en la fuerza impulsora de todo el régimen nazi,
aportando una estructura a la energía y el dinamismo extraordinarios
que impregnaron todo el sistema de gobierno. Era un dinamismo sin un
punto final a la dominación, en el que no podía llegar a saciarse nunca el
ansia de poder, en que la agresión sin trabas no podría reducirse a mero
autoritarismo opresor.
Los «buenos tiempos» que los tres primeros años de dictadura de
Hitler parecían haber proporcionado a Alemania (revitalización
económica, orden, perspectivas de prosperidad, restauración del orgullo
nacional) podrían no durar indefinidamente. Estaban edificados sobre
arena. Se apoyaban en la ilusión de que la estabilidad y la «normalidad»
estaban al alcance de la mano. En realidad, el Tercer Reich era incapaz
de asentarse en la «normalidad». No se trataba simplemente de la
personalidad y el impulso ideológico de Hitler, aunque ninguna de estas
dos cosas debería subestimarse. Su temperamento, su energía incansable,
su disposición instintiva de jugador a correr riesgos para conservar la
iniciativa, se fortalecieron todos con la mayor confianza en sí mismo que
le habían proporcionado sus triunfos de 1935 y 1936. Su mesianismo
creciente se iba alimentando con la droga de la adulación masiva y el
servilismo de casi todos los que le rodeaban. Su sensación de correr
contra el tiempo, la impaciencia por actuar, eran estimuladas por la
creencia creciente de que podrían no quedarle muchos años de vida.
Pero más allá de estas facetas de la personalidad de Hitler, estaban
actuando otras fuerzas más impersonales, presiones desencadenadas e
impulsadas por los objetivos milenaristas que él representaba. Una
combinación de fuerzas impulsoras personales e impersonales
garantizaron que en los dos años «tranquilos» entre la ocupación de la
Renania y la ocupación de Austria el dinamismo ideológico del régimen
no sólo no disminuyese sino que se intensificase, que la espiral de la
radicalización siguiese creciendo.
El triunfo de 1936, que tanto había fortalecido la seguridad en sí
mismo de Hitler, resultó en este sentido no un final sino un principio. La
mayoría de los dictadores se habrían contentado con poder gozar de un
triunfo de tanta trascendencia y habrían parado ahí. Para Hitler la
remilitarización de la Renania no era más que un peldaño importante en
la búsqueda del dominio de Europa. Los meses que siguieron prepararon
el camino para la intensa radicalización de todos los aspectos del
régimen que se hicieron notorios de finales de 1937 en adelante, y que
llevarían a Alemania y a Europa dos años más tarde a una segunda
conflagración catastrófica.
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