PREFACIO
La primera parte de este estudio, Hitler 1889-1936, intentó mostrar
cómo los habitantes de un estado moderno, de elevada cultura y con una
economía avanzada pudieron permitir que llegara al poder y pudieron
confiar su destino a un intruso en la política con pocas dotes especiales,
si es que tenía alguna, aparte de su indudable talento como demagogo y
propagandista.
En la época en que se preparó su acceso a la Cancillería, a través de
las intrigas de individuos influyentes próximos al presidente del Reich
Von Hindenburg, Hitler había sido capaz de conseguir en elecciones
libres los votos de sólo un tercio del electorado alemán. Otro tercio (de
la izquierda) se oponía a él implacablemente, aunque padecía una
desorganización interna. El resto se mantenía en general escéptico,
expectante, vacilante e indeciso. Al final del primer volumen habíamos
examinado la consolidación del poder de Hitler hasta el punto en que se
había convertido casi en poder absoluto. La oposición interna había sido
aplastada. Los que dudaban habían acabado mayoritariamente
convencidos de la bondad del régimen por las dimensiones de la
reconstrucción interna y de la reafirmación exterior de fuerza que, de un
modo casi increíble, había restaurado gran parte del orgullo nacional
perdido y había hecho olvidar el sentimiento de humillación dejado por
la Puniera Guerra Mundial. El autoritarismo era considerado por la
mayoría una bendición; la represión de los que estaban políticamente en
desacuerdo, las minorías étnicas detestadas o los inadaptados sociales se
aprobaba como un pequeño precio que había que pagar por lo que
parecía ser un renacimiento nacional. La adulación de las masas a Hitler
había ido haciéndose cada vez más fuerte y la oposición había sido
aplastada y reducida a la insignificancia, y fuerzas poderosas del
ejército, la aristocracia terrateniente, la industria y los altos puestos del
funcionariado habían prestado su apoyo al régimen. Fuesen cuales
fuesen sus aspectos negativos, se consideraba que les ofrecía mucho en
beneficio de sus propios intereses.
Cuando el primer volumen se acercaba a su fin con la
remilitarización de la Renania en 1936, Hitler gozaba del apoyo de la
abrumadora mayoría de los alemanes, de más incluso de los que le
habían votado antes de que se convirtiera en canciller. La mayoría de los
alemanes, después de haber salido de las profundidades de la
degradación nacional, estaban más que satisfechos de compartir el
orgullo nacional recuperado. Estaba ampliamente difundida la impresión
de que Alemania iba a convertirse en la potencia dominante en Europa.
El sentimiento profundo de degradación personal que el propio Hitler
había experimentado en los años de Viena, hacía mucho ya que había
dejado paso a un sentimiento creciente de misión política, de ser el
hombre que había de redimir a Alemania del caos y el adalid en la lucha
contra las fuerzas sombrías y amenazadoras que ponían en peligro hasta
la existencia misma de la nación. En 1936, su autoglorificación narcisista
se había hinchado inconmensurablemente como consecuencia de la
semideificación que sus seguidores proyectaban sobre él. Por entonces,
se consideraba infalible; su imagen de sí mismo había alcanzado la
dimensión de la soberbia sacrílega.
Los alemanes habían dado forma a esa soberbia sacrilega personal de
su caudillo. Estaban a punto de penetrar en su expresión plena: la
máxima apuesta de la historia de la nación, lograr el dominio completo
del continente europeo. Tendrían que aceptar las consecuencias. El
tamaño de la propia apuesta era indicio de una voluntad implícita de
cortejar la autodestrucción. Unos cuantos individuos clarividentes
consideraron probable que una soberbia sacrílega de una escala tal
conjurase su propia Némesis.
Némesis es en la mitología griega la diosa de la retribución, que
aplica el castigo de los dioses por la locura humana de la arrogancia
desmesurada, la soberbia sacrilega, la hubris. El adagio de que «el
orgullo precede a la caída» es reflejo de algo que suele suceder. La
historia nos proporciona ejemplos abundantes entre los encumbrados y
poderosos, aunque ese juicio de Némesis tienda a ser un juicio más
político que moral. A la ascensión meteórica de dirigentes, políticos o
favoritos que dominan la corte ha seguido con mucha frecuencia una
arrogancia del poder que precipita una caída en desgracia igual de
rápida. Aflige, normalmente, a un individuo que, lo mismo que una
estrella fugaz, destella en lo alto y se esfuma luego rápidamente en la
insignificancia, dejando el firmamento básicamente intacto.
La hubris del individuo refleja muy de cuando en cuando en la
historia fuerzas más profundas de la sociedad y propicia una retribución
de más largo alcance. Napoleón, que se eleva desde unos orígenes
humildes en medio de trastornos revolucionarios, que se hace con el
poder del estado francés, que pone él mismo sobre su cabeza la corona
imperial, que conquista la mayor parte de Europa y que acaba en la
derrota y el exilio con su imperio reemplazado, desmantelado y
desacreditado, proporciona un ejemplo elocuente. Sin embargo;
Napoleón no destruyó Francia. Y hay aspectos importantes de su legado
que se mantuvieron intactos. Una estructura administrativa nacional, un
sistema educativo y un código legal constituyen tres restos positivos y
significativos. Por otra parte, no hay ningún oprobio moral vinculado a
Napoleón. A los franceses modernos les puede inspirar, y les inspira a
menudo, orgullo y admiración».
El legado de Hitler fue completamente distinto. Ese legado, único en
los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden
paralelos en el pasado lejano), fue un legado de absoluta destrucción. Ni
en los restos arquitectónicos ni en la creación artística ni en las
estructuras políticas ni en los modelos económicos y menos aún en la
talla moral hubo nada del Reich de Hitler que recomendar a las futuras
generaciones. Se produjeron, sin duda, grandes mejoras en la
motorización, la aviación y la tecnología en general… impulsadas en
parte por la guerra. Pero eso se estaba produciendo en todos los países
capitalistas, y sobre todo en los Estados Unidos, y es seguro que se
habría producido también en Alemania sin Hitler. Y lo más significativo
es que Hitler, a diferencia de Napoleón, dejó tras él un inmenso trauma
moral, un trauma de tales dimensiones que es imposible, incluso décadas
después de su muerte (si prescindimos de un residuo de apoyo
marginal), volver la vista hacia el dictador alemán y su régimen con
aprobación o admiración… en realidad sin sentir otra cosa que aversión
y condena.
Hasta en los casos de Lenin, Stalin, Mao, Mussolini y Franco el nivel
de condena no es tan unánime o moralmente tan abrumador. Hitler,
cuando comprendió que la guerra estaba irrevocablemente perdida,
buscó su lugar en la historia, en lo más alto del panteón de los héroes
germánicos. En vez de eso, se mantiene sólo como el personaje odioso
quintaesencial del siglo xx. Se ha asegurado sin duda un lugar en la
historia… pero de un modo que él no había previsto: como la
encarnación de la maldad política moderna. Pero maldad es un concepto
teleológico o filosófico, más que histórico. Identificar a Hitler con la
maldad y el mal puede muy bien ser veraz y moralmente satisfactorio al
mismo tiempo, pero no explica nada. Y la unanimidad en la condena
puede ser incluso una barrera directa que impida comprender y explicar.
Hitler me resulta personalmente un personaje detestable y desprecio
todo lo que su régimen significó, como espero que los capítulos
siguientes dejen sobradamente claro. Pero esa condena me ayuda muy
poco a entender por qué millones de ciudadanos alemanes, que eran
mayoritariamente seres humanos normales, que no tenían nada de
malvados innatos, interesados en general por el bienestar y los asuntos
cotidianos propios y de sus familias, semejantes a la gente normal de
otras partes, y a quienes no había lavado el cerebro ni hipnotizado por
completo en modo alguno una propaganda fascinadora ni había
sometido por el terror una represión implacable, hallasen atractivo tanto
de lo que Hitler significaba; o estuviesen dispuestos a luchar hasta el
amargo final en una guerra terrible contra la poderosa coalición de las
naciones más poderosas del mundo que se alineaban contra ellos. Mi
tarea en este volumen, como en la primera parte de este estudio, ha sido,
pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal
en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler
ejerció sobre una sociedad que acabó pagando un precio tan alto por el
apoyo que le prestó.
Porque, al final, el castigo de Némesis a Hitler por su soberbia sin
paralelo, por su hubris, acabaría siendo no sólo un castigo personal, sino
el castigo de la Alemania que le había creado. Su propio país quedaría
en ruinas (y gran parte de Europa con el) y dividido. Lo que era
anteriormente la Alemania central (Mitteldeutschland) experimentaría
durante cuarenta años los valores impuestos del vencedor soviético,
mientras las partes occidentales acabarían reviviendo y prosperando bajo
una «pax americana». Una Austria nueva, que había experimentado bajo
Hitler la Anschluss, demostraría en su independencia reconstituida haber
perdido de una vez por todas cualquier ambición de formar parte de
Alemania. Las provincias orientales del Reich desaparecerían para
siempre… y con ellas los sueños de conquistar el este. La expulsión de
las minorías étnicas alemanas de aquellas provincias eliminaría (aunque
a un precio predeciblemente duro) el irredentismo que había plagado los
años de entreguerras. Las grandes fincas de aquellas provincias, base de
la influencia de la aristocracia Junker, desaparecerían también. La
Wehrmacht, representación última del potencial militar alemán,
quedaría desacreditada y destruida. Desaparecería con ella el estado de
Prusia, bastión del poder económico y político del Reich desde los
tiempos de Bismarck. La gran industria sobreviviría lo suficientemente
intacta para reconstruirse con una fuerza y un vigor, es cierto… pero
estaría ya cada vez más integrada en una serie de estructuras
europeoccidentales y americanizadas.
Todo esto habría de ser el resultado de lo que la segunda parte de
este estudio se propone explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder
absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del
país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de
gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno,
hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un
hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que
llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno
se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter
desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un
asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista,
una destrucción continental y la devastación final de su propio país.
Es una historia sobrecogedora de autodestrucción tanto nacional
como individual, de cómo un pueblo y sus representantes fraguaron su
propia catástrofe como parte de una destrucción calamitosa de la
civilización europea. Aunque el desenlace es sabido, tal vez merezca la
pena considerar una vez más cómo llegó a producirse. Si este libro
contribuye un poco a un entendimiento más profundo, me consideraré
plenamente satisfecho.
IAN KERSHAW.
Manchester-Sheffield, abril de 2000.PREFACIO
La primera parte de este estudio, Hitler 1889-1936, intentó mostrar
cómo los habitantes de un estado moderno, de elevada cultura y con una
economía avanzada pudieron permitir que llegara al poder y pudieron
confiar su destino a un intruso en la política con pocas dotes especiales,
si es que tenía alguna, aparte de su indudable talento como demagogo y
propagandista.
En la época en que se preparó su acceso a la Cancillería, a través de
las intrigas de individuos influyentes próximos al presidente del Reich
Von Hindenburg, Hitler había sido capaz de conseguir en elecciones
libres los votos de sólo un tercio del electorado alemán. Otro tercio (de
la izquierda) se oponía a él implacablemente, aunque padecía una
desorganización interna. El resto se mantenía en general escéptico,
expectante, vacilante e indeciso. Al final del primer volumen habíamos
examinado la consolidación del poder de Hitler hasta el punto en que se
había convertido casi en poder absoluto. La oposición interna había sido
aplastada. Los que dudaban habían acabado mayoritariamente
convencidos de la bondad del régimen por las dimensiones de la
reconstrucción interna y de la reafirmación exterior de fuerza que, de un
modo casi increíble, había restaurado gran parte del orgullo nacional
perdido y había hecho olvidar el sentimiento de humillación dejado por
la Puniera Guerra Mundial. El autoritarismo era considerado por la
mayoría una bendición; la represión de los que estaban políticamente en
desacuerdo, las minorías étnicas detestadas o los inadaptados sociales se
aprobaba como un pequeño precio que había que pagar por lo que
parecía ser un renacimiento nacional. La adulación de las masas a Hitler
había ido haciéndose cada vez más fuerte y la oposición había sido
aplastada y reducida a la insignificancia, y fuerzas poderosas del
ejército, la aristocracia terrateniente, la industria y los altos puestos del
funcionariado habían prestado su apoyo al régimen. Fuesen cuales
fuesen sus aspectos negativos, se consideraba que les ofrecía mucho en
beneficio de sus propios intereses.
Cuando el primer volumen se acercaba a su fin con la
remilitarización de la Renania en 1936, Hitler gozaba del apoyo de la
abrumadora mayoría de los alemanes, de más incluso de los que le
habían votado antes de que se convirtiera en canciller. La mayoría de los
alemanes, después de haber salido de las profundidades de la
degradación nacional, estaban más que satisfechos de compartir el
orgullo nacional recuperado. Estaba ampliamente difundida la impresión
de que Alemania iba a convertirse en la potencia dominante en Europa.
El sentimiento profundo de degradación personal que el propio Hitler
había experimentado en los años de Viena, hacía mucho ya que había
dejado paso a un sentimiento creciente de misión política, de ser el
hombre que había de redimir a Alemania del caos y el adalid en la lucha
contra las fuerzas sombrías y amenazadoras que ponían en peligro hasta
la existencia misma de la nación. En 1936, su autoglorificación narcisista
se había hinchado inconmensurablemente como consecuencia de la
semideificación que sus seguidores proyectaban sobre él. Por entonces,
se consideraba infalible; su imagen de sí mismo había alcanzado la
dimensión de la soberbia sacrílega.
Los alemanes habían dado forma a esa soberbia sacrilega personal de
su caudillo. Estaban a punto de penetrar en su expresión plena: la
máxima apuesta de la historia de la nación, lograr el dominio completo
del continente europeo. Tendrían que aceptar las consecuencias. El
tamaño de la propia apuesta era indicio de una voluntad implícita de
cortejar la autodestrucción. Unos cuantos individuos clarividentes
consideraron probable que una soberbia sacrílega de una escala tal
conjurase su propia Némesis.
Némesis es en la mitología griega la diosa de la retribución, que
aplica el castigo de los dioses por la locura humana de la arrogancia
desmesurada, la soberbia sacrilega, la hubris. El adagio de que «el
orgullo precede a la caída» es reflejo de algo que suele suceder. La
historia nos proporciona ejemplos abundantes entre los encumbrados y
poderosos, aunque ese juicio de Némesis tienda a ser un juicio más
político que moral. A la ascensión meteórica de dirigentes, políticos o
favoritos que dominan la corte ha seguido con mucha frecuencia una
arrogancia del poder que precipita una caída en desgracia igual de
rápida. Aflige, normalmente, a un individuo que, lo mismo que una
estrella fugaz, destella en lo alto y se esfuma luego rápidamente en la
insignificancia, dejando el firmamento básicamente intacto.
La hubris del individuo refleja muy de cuando en cuando en la
historia fuerzas más profundas de la sociedad y propicia una retribución
de más largo alcance. Napoleón, que se eleva desde unos orígenes
humildes en medio de trastornos revolucionarios, que se hace con el
poder del estado francés, que pone él mismo sobre su cabeza la corona
imperial, que conquista la mayor parte de Europa y que acaba en la
derrota y el exilio con su imperio reemplazado, desmantelado y
desacreditado, proporciona un ejemplo elocuente. Sin embargo;
Napoleón no destruyó Francia. Y hay aspectos importantes de su legado
que se mantuvieron intactos. Una estructura administrativa nacional, un
sistema educativo y un código legal constituyen tres restos positivos y
significativos. Por otra parte, no hay ningún oprobio moral vinculado a
Napoleón. A los franceses modernos les puede inspirar, y les inspira a
menudo, orgullo y admiración».
El legado de Hitler fue completamente distinto. Ese legado, único en
los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden
paralelos en el pasado lejano), fue un legado de absoluta destrucción. Ni
en los restos arquitectónicos ni en la creación artística ni en las
estructuras políticas ni en los modelos económicos y menos aún en la
talla moral hubo nada del Reich de Hitler que recomendar a las futuras
generaciones. Se produjeron, sin duda, grandes mejoras en la
motorización, la aviación y la tecnología en general… impulsadas en
parte por la guerra. Pero eso se estaba produciendo en todos los países
capitalistas, y sobre todo en los Estados Unidos, y es seguro que se
habría producido también en Alemania sin Hitler. Y lo más significativo
es que Hitler, a diferencia de Napoleón, dejó tras él un inmenso trauma
moral, un trauma de tales dimensiones que es imposible, incluso décadas
después de su muerte (si prescindimos de un residuo de apoyo
marginal), volver la vista hacia el dictador alemán y su régimen con
aprobación o admiración… en realidad sin sentir otra cosa que aversión
y condena.
Hasta en los casos de Lenin, Stalin, Mao, Mussolini y Franco el nivel
de condena no es tan unánime o moralmente tan abrumador. Hitler,
cuando comprendió que la guerra estaba irrevocablemente perdida,
buscó su lugar en la historia, en lo más alto del panteón de los héroes
germánicos. En vez de eso, se mantiene sólo como el personaje odioso
quintaesencial del siglo xx. Se ha asegurado sin duda un lugar en la
historia… pero de un modo que él no había previsto: como la
encarnación de la maldad política moderna. Pero maldad es un concepto
teleológico o filosófico, más que histórico. Identificar a Hitler con la
maldad y el mal puede muy bien ser veraz y moralmente satisfactorio al
mismo tiempo, pero no explica nada. Y la unanimidad en la condena
puede ser incluso una barrera directa que impida comprender y explicar.
Hitler me resulta personalmente un personaje detestable y desprecio
todo lo que su régimen significó, como espero que los capítulos
siguientes dejen sobradamente claro. Pero esa condena me ayuda muy
poco a entender por qué millones de ciudadanos alemanes, que eran
mayoritariamente seres humanos normales, que no tenían nada de
malvados innatos, interesados en general por el bienestar y los asuntos
cotidianos propios y de sus familias, semejantes a la gente normal de
otras partes, y a quienes no había lavado el cerebro ni hipnotizado por
completo en modo alguno una propaganda fascinadora ni había
sometido por el terror una represión implacable, hallasen atractivo tanto
de lo que Hitler significaba; o estuviesen dispuestos a luchar hasta el
amargo final en una guerra terrible contra la poderosa coalición de las
naciones más poderosas del mundo que se alineaban contra ellos. Mi
tarea en este volumen, como en la primera parte de este estudio, ha sido,
pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal
en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler
ejerció sobre una sociedad que acabó pagando un precio tan alto por el
apoyo que le prestó.
Porque, al final, el castigo de Némesis a Hitler por su soberbia sin
paralelo, por su hubris, acabaría siendo no sólo un castigo personal, sino
el castigo de la Alemania que le había creado. Su propio país quedaría
en ruinas (y gran parte de Europa con el) y dividido. Lo que era
anteriormente la Alemania central (Mitteldeutschland) experimentaría
durante cuarenta años los valores impuestos del vencedor soviético,
mientras las partes occidentales acabarían reviviendo y prosperando bajo
una «pax americana». Una Austria nueva, que había experimentado bajo
Hitler la Anschluss, demostraría en su independencia reconstituida haber
perdido de una vez por todas cualquier ambición de formar parte de
Alemania. Las provincias orientales del Reich desaparecerían para
siempre… y con ellas los sueños de conquistar el este. La expulsión de
las minorías étnicas alemanas de aquellas provincias eliminaría (aunque
a un precio predeciblemente duro) el irredentismo que había plagado los
años de entreguerras. Las grandes fincas de aquellas provincias, base de
la influencia de la aristocracia Junker, desaparecerían también. La
Wehrmacht, representación última del potencial militar alemán,
quedaría desacreditada y destruida. Desaparecería con ella el estado de
Prusia, bastión del poder económico y político del Reich desde los
tiempos de Bismarck. La gran industria sobreviviría lo suficientemente
intacta para reconstruirse con una fuerza y un vigor, es cierto… pero
estaría ya cada vez más integrada en una serie de estructuras
europeoccidentales y americanizadas.
Todo esto habría de ser el resultado de lo que la segunda parte de
este estudio se propone explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder
absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del
país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de
gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno,
hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un
hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que
llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno
se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter
desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un
asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista,
una destrucción continental y la devastación final de su propio país.
Es una historia sobrecogedora de autodestrucción tanto nacional
como individual, de cómo un pueblo y sus representantes fraguaron su
propia catástrofe como parte de una destrucción calamitosa de la
civilización europea. Aunque el desenlace es sabido, tal vez merezca la
pena considerar una vez más cómo llegó a producirse. Si este libro
contribuye un poco a un entendimiento más profundo, me consideraré
plenamente satisfecho.
IAN KERSHAW.
Manchester-Sheffield, abril de 2000.PREFACIO
La primera parte de este estudio, Hitler 1889-1936, intentó mostrar
cómo los habitantes de un estado moderno, de elevada cultura y con una
economía avanzada pudieron permitir que llegara al poder y pudieron
confiar su destino a un intruso en la política con pocas dotes especiales,
si es que tenía alguna, aparte de su indudable talento como demagogo y
propagandista.
En la época en que se preparó su acceso a la Cancillería, a través de
las intrigas de individuos influyentes próximos al presidente del Reich
Von Hindenburg, Hitler había sido capaz de conseguir en elecciones
libres los votos de sólo un tercio del electorado alemán. Otro tercio (de
la izquierda) se oponía a él implacablemente, aunque padecía una
desorganización interna. El resto se mantenía en general escéptico,
expectante, vacilante e indeciso. Al final del primer volumen habíamos
examinado la consolidación del poder de Hitler hasta el punto en que se
había convertido casi en poder absoluto. La oposición interna había sido
aplastada. Los que dudaban habían acabado mayoritariamente
convencidos de la bondad del régimen por las dimensiones de la
reconstrucción interna y de la reafirmación exterior de fuerza que, de un
modo casi increíble, había restaurado gran parte del orgullo nacional
perdido y había hecho olvidar el sentimiento de humillación dejado por
la Puniera Guerra Mundial. El autoritarismo era considerado por la
mayoría una bendición; la represión de los que estaban políticamente en
desacuerdo, las minorías étnicas detestadas o los inadaptados sociales se
aprobaba como un pequeño precio que había que pagar por lo que
parecía ser un renacimiento nacional. La adulación de las masas a Hitler
había ido haciéndose cada vez más fuerte y la oposición había sido
aplastada y reducida a la insignificancia, y fuerzas poderosas del
ejército, la aristocracia terrateniente, la industria y los altos puestos del
funcionariado habían prestado su apoyo al régimen. Fuesen cuales
fuesen sus aspectos negativos, se consideraba que les ofrecía mucho en
beneficio de sus propios intereses.
Cuando el primer volumen se acercaba a su fin con la
remilitarización de la Renania en 1936, Hitler gozaba del apoyo de la
abrumadora mayoría de los alemanes, de más incluso de los que le
habían votado antes de que se convirtiera en canciller. La mayoría de los
alemanes, después de haber salido de las profundidades de la
degradación nacional, estaban más que satisfechos de compartir el
orgullo nacional recuperado. Estaba ampliamente difundida la impresión
de que Alemania iba a convertirse en la potencia dominante en Europa.
El sentimiento profundo de degradación personal que el propio Hitler
había experimentado en los años de Viena, hacía mucho ya que había
dejado paso a un sentimiento creciente de misión política, de ser el
hombre que había de redimir a Alemania del caos y el adalid en la lucha
contra las fuerzas sombrías y amenazadoras que ponían en peligro hasta
la existencia misma de la nación. En 1936, su autoglorificación narcisista
se había hinchado inconmensurablemente como consecuencia de la
semideificación que sus seguidores proyectaban sobre él. Por entonces,
se consideraba infalible; su imagen de sí mismo había alcanzado la
dimensión de la soberbia sacrílega.
Los alemanes habían dado forma a esa soberbia sacrilega personal de
su caudillo. Estaban a punto de penetrar en su expresión plena: la
máxima apuesta de la historia de la nación, lograr el dominio completo
del continente europeo. Tendrían que aceptar las consecuencias. El
tamaño de la propia apuesta era indicio de una voluntad implícita de
cortejar la autodestrucción. Unos cuantos individuos clarividentes
consideraron probable que una soberbia sacrílega de una escala tal
conjurase su propia Némesis.
Némesis es en la mitología griega la diosa de la retribución, que
aplica el castigo de los dioses por la locura humana de la arrogancia
desmesurada, la soberbia sacrilega, la hubris. El adagio de que «el
orgullo precede a la caída» es reflejo de algo que suele suceder. La
historia nos proporciona ejemplos abundantes entre los encumbrados y
poderosos, aunque ese juicio de Némesis tienda a ser un juicio más
político que moral. A la ascensión meteórica de dirigentes, políticos o
favoritos que dominan la corte ha seguido con mucha frecuencia una
arrogancia del poder que precipita una caída en desgracia igual de
rápida. Aflige, normalmente, a un individuo que, lo mismo que una
estrella fugaz, destella en lo alto y se esfuma luego rápidamente en la
insignificancia, dejando el firmamento básicamente intacto.
La hubris del individuo refleja muy de cuando en cuando en la
historia fuerzas más profundas de la sociedad y propicia una retribución
de más largo alcance. Napoleón, que se eleva desde unos orígenes
humildes en medio de trastornos revolucionarios, que se hace con el
poder del estado francés, que pone él mismo sobre su cabeza la corona
imperial, que conquista la mayor parte de Europa y que acaba en la
derrota y el exilio con su imperio reemplazado, desmantelado y
desacreditado, proporciona un ejemplo elocuente. Sin embargo;
Napoleón no destruyó Francia. Y hay aspectos importantes de su legado
que se mantuvieron intactos. Una estructura administrativa nacional, un
sistema educativo y un código legal constituyen tres restos positivos y
significativos. Por otra parte, no hay ningún oprobio moral vinculado a
Napoleón. A los franceses modernos les puede inspirar, y les inspira a
menudo, orgullo y admiración».
El legado de Hitler fue completamente distinto. Ese legado, único en
los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden
paralelos en el pasado lejano), fue un legado de absoluta destrucción. Ni
en los restos arquitectónicos ni en la creación artística ni en las
estructuras políticas ni en los modelos económicos y menos aún en la
talla moral hubo nada del Reich de Hitler que recomendar a las futuras
generaciones. Se produjeron, sin duda, grandes mejoras en la
motorización, la aviación y la tecnología en general… impulsadas en
parte por la guerra. Pero eso se estaba produciendo en todos los países
capitalistas, y sobre todo en los Estados Unidos, y es seguro que se
habría producido también en Alemania sin Hitler. Y lo más significativo
es que Hitler, a diferencia de Napoleón, dejó tras él un inmenso trauma
moral, un trauma de tales dimensiones que es imposible, incluso décadas
después de su muerte (si prescindimos de un residuo de apoyo
marginal), volver la vista hacia el dictador alemán y su régimen con
aprobación o admiración… en realidad sin sentir otra cosa que aversión
y condena.
Hasta en los casos de Lenin, Stalin, Mao, Mussolini y Franco el nivel
de condena no es tan unánime o moralmente tan abrumador. Hitler,
cuando comprendió que la guerra estaba irrevocablemente perdida,
buscó su lugar en la historia, en lo más alto del panteón de los héroes
germánicos. En vez de eso, se mantiene sólo como el personaje odioso
quintaesencial del siglo xx. Se ha asegurado sin duda un lugar en la
historia… pero de un modo que él no había previsto: como la
encarnación de la maldad política moderna. Pero maldad es un concepto
teleológico o filosófico, más que histórico. Identificar a Hitler con la
maldad y el mal puede muy bien ser veraz y moralmente satisfactorio al
mismo tiempo, pero no explica nada. Y la unanimidad en la condena
puede ser incluso una barrera directa que impida comprender y explicar.
Hitler me resulta personalmente un personaje detestable y desprecio
todo lo que su régimen significó, como espero que los capítulos
siguientes dejen sobradamente claro. Pero esa condena me ayuda muy
poco a entender por qué millones de ciudadanos alemanes, que eran
mayoritariamente seres humanos normales, que no tenían nada de
malvados innatos, interesados en general por el bienestar y los asuntos
cotidianos propios y de sus familias, semejantes a la gente normal de
otras partes, y a quienes no había lavado el cerebro ni hipnotizado por
completo en modo alguno una propaganda fascinadora ni había
sometido por el terror una represión implacable, hallasen atractivo tanto
de lo que Hitler significaba; o estuviesen dispuestos a luchar hasta el
amargo final en una guerra terrible contra la poderosa coalición de las
naciones más poderosas del mundo que se alineaban contra ellos. Mi
tarea en este volumen, como en la primera parte de este estudio, ha sido,
pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal
en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler
ejerció sobre una sociedad que acabó pagando un precio tan alto por el
apoyo que le prestó.
Porque, al final, el castigo de Némesis a Hitler por su soberbia sin
paralelo, por su hubris, acabaría siendo no sólo un castigo personal, sino
el castigo de la Alemania que le había creado. Su propio país quedaría
en ruinas (y gran parte de Europa con el) y dividido. Lo que era
anteriormente la Alemania central (Mitteldeutschland) experimentaría
durante cuarenta años los valores impuestos del vencedor soviético,
mientras las partes occidentales acabarían reviviendo y prosperando bajo
una «pax americana». Una Austria nueva, que había experimentado bajo
Hitler la Anschluss, demostraría en su independencia reconstituida haber
perdido de una vez por todas cualquier ambición de formar parte de
Alemania. Las provincias orientales del Reich desaparecerían para
siempre… y con ellas los sueños de conquistar el este. La expulsión de
las minorías étnicas alemanas de aquellas provincias eliminaría (aunque
a un precio predeciblemente duro) el irredentismo que había plagado los
años de entreguerras. Las grandes fincas de aquellas provincias, base de
la influencia de la aristocracia Junker, desaparecerían también. La
Wehrmacht, representación última del potencial militar alemán,
quedaría desacreditada y destruida. Desaparecería con ella el estado de
Prusia, bastión del poder económico y político del Reich desde los
tiempos de Bismarck. La gran industria sobreviviría lo suficientemente
intacta para reconstruirse con una fuerza y un vigor, es cierto… pero
estaría ya cada vez más integrada en una serie de estructuras
europeoccidentales y americanizadas.
Todo esto habría de ser el resultado de lo que la segunda parte de
este estudio se propone explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder
absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del
país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de
gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno,
hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un
hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que
llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno
se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter
desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un
asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista,
una destrucción continental y la devastación final de su propio país.
Es una historia sobrecogedora de autodestrucción tanto nacional
como individual, de cómo un pueblo y sus representantes fraguaron su
propia catástrofe como parte de una destrucción calamitosa de la
civilización europea. Aunque el desenlace es sabido, tal vez merezca la
pena considerar una vez más cómo llegó a producirse. Si este libro
contribuye un poco a un entendimiento más profundo, me consideraré
plenamente satisfecho.
IAN KERSHAW.
Manchester-Sheffield, abril de 2000.PREFACIO
La primera parte de este estudio, Hitler 1889-1936, intentó mostrar
cómo los habitantes de un estado moderno, de elevada cultura y con una
economía avanzada pudieron permitir que llegara al poder y pudieron
confiar su destino a un intruso en la política con pocas dotes especiales,
si es que tenía alguna, aparte de su indudable talento como demagogo y
propagandista.
En la época en que se preparó su acceso a la Cancillería, a través de
las intrigas de individuos influyentes próximos al presidente del Reich
Von Hindenburg, Hitler había sido capaz de conseguir en elecciones
libres los votos de sólo un tercio del electorado alemán. Otro tercio (de
la izquierda) se oponía a él implacablemente, aunque padecía una
desorganización interna. El resto se mantenía en general escéptico,
expectante, vacilante e indeciso. Al final del primer volumen habíamos
examinado la consolidación del poder de Hitler hasta el punto en que se
había convertido casi en poder absoluto. La oposición interna había sido
aplastada. Los que dudaban habían acabado mayoritariamente
convencidos de la bondad del régimen por las dimensiones de la
reconstrucción interna y de la reafirmación exterior de fuerza que, de un
modo casi increíble, había restaurado gran parte del orgullo nacional
perdido y había hecho olvidar el sentimiento de humillación dejado por
la Puniera Guerra Mundial. El autoritarismo era considerado por la
mayoría una bendición; la represión de los que estaban políticamente en
desacuerdo, las minorías étnicas detestadas o los inadaptados sociales se
aprobaba como un pequeño precio que había que pagar por lo que
parecía ser un renacimiento nacional. La adulación de las masas a Hitler
había ido haciéndose cada vez más fuerte y la oposición había sido
aplastada y reducida a la insignificancia, y fuerzas poderosas del
ejército, la aristocracia terrateniente, la industria y los altos puestos del
funcionariado habían prestado su apoyo al régimen. Fuesen cuales
fuesen sus aspectos negativos, se consideraba que les ofrecía mucho en
beneficio de sus propios intereses.
Cuando el primer volumen se acercaba a su fin con la
remilitarización de la Renania en 1936, Hitler gozaba del apoyo de la
abrumadora mayoría de los alemanes, de más incluso de los que le
habían votado antes de que se convirtiera en canciller. La mayoría de los
alemanes, después de haber salido de las profundidades de la
degradación nacional, estaban más que satisfechos de compartir el
orgullo nacional recuperado. Estaba ampliamente difundida la impresión
de que Alemania iba a convertirse en la potencia dominante en Europa.
El sentimiento profundo de degradación personal que el propio Hitler
había experimentado en los años de Viena, hacía mucho ya que había
dejado paso a un sentimiento creciente de misión política, de ser el
hombre que había de redimir a Alemania del caos y el adalid en la lucha
contra las fuerzas sombrías y amenazadoras que ponían en peligro hasta
la existencia misma de la nación. En 1936, su autoglorificación narcisista
se había hinchado inconmensurablemente como consecuencia de la
semideificación que sus seguidores proyectaban sobre él. Por entonces,
se consideraba infalible; su imagen de sí mismo había alcanzado la
dimensión de la soberbia sacrílega.
Los alemanes habían dado forma a esa soberbia sacrilega personal de
su caudillo. Estaban a punto de penetrar en su expresión plena: la
máxima apuesta de la historia de la nación, lograr el dominio completo
del continente europeo. Tendrían que aceptar las consecuencias. El
tamaño de la propia apuesta era indicio de una voluntad implícita de
cortejar la autodestrucción. Unos cuantos individuos clarividentes
consideraron probable que una soberbia sacrílega de una escala tal
conjurase su propia Némesis.
Némesis es en la mitología griega la diosa de la retribución, que
aplica el castigo de los dioses por la locura humana de la arrogancia
desmesurada, la soberbia sacrilega, la hubris. El adagio de que «el
orgullo precede a la caída» es reflejo de algo que suele suceder. La
historia nos proporciona ejemplos abundantes entre los encumbrados y
poderosos, aunque ese juicio de Némesis tienda a ser un juicio más
político que moral. A la ascensión meteórica de dirigentes, políticos o
favoritos que dominan la corte ha seguido con mucha frecuencia una
arrogancia del poder que precipita una caída en desgracia igual de
rápida. Aflige, normalmente, a un individuo que, lo mismo que una
estrella fugaz, destella en lo alto y se esfuma luego rápidamente en la
insignificancia, dejando el firmamento básicamente intacto.
La hubris del individuo refleja muy de cuando en cuando en la
historia fuerzas más profundas de la sociedad y propicia una retribución
de más largo alcance. Napoleón, que se eleva desde unos orígenes
humildes en medio de trastornos revolucionarios, que se hace con el
poder del estado francés, que pone él mismo sobre su cabeza la corona
imperial, que conquista la mayor parte de Europa y que acaba en la
derrota y el exilio con su imperio reemplazado, desmantelado y
desacreditado, proporciona un ejemplo elocuente. Sin embargo;
Napoleón no destruyó Francia. Y hay aspectos importantes de su legado
que se mantuvieron intactos. Una estructura administrativa nacional, un
sistema educativo y un código legal constituyen tres restos positivos y
significativos. Por otra parte, no hay ningún oprobio moral vinculado a
Napoleón. A los franceses modernos les puede inspirar, y les inspira a
menudo, orgullo y admiración».
El legado de Hitler fue completamente distinto. Ese legado, único en
los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden
paralelos en el pasado lejano), fue un legado de absoluta destrucción. Ni
en los restos arquitectónicos ni en la creación artística ni en las
estructuras políticas ni en los modelos económicos y menos aún en la
talla moral hubo nada del Reich de Hitler que recomendar a las futuras
generaciones. Se produjeron, sin duda, grandes mejoras en la
motorización, la aviación y la tecnología en general… impulsadas en
parte por la guerra. Pero eso se estaba produciendo en todos los países
capitalistas, y sobre todo en los Estados Unidos, y es seguro que se
habría producido también en Alemania sin Hitler. Y lo más significativo
es que Hitler, a diferencia de Napoleón, dejó tras él un inmenso trauma
moral, un trauma de tales dimensiones que es imposible, incluso décadas
después de su muerte (si prescindimos de un residuo de apoyo
marginal), volver la vista hacia el dictador alemán y su régimen con
aprobación o admiración… en realidad sin sentir otra cosa que aversión
y condena.
Hasta en los casos de Lenin, Stalin, Mao, Mussolini y Franco el nivel
de condena no es tan unánime o moralmente tan abrumador. Hitler,
cuando comprendió que la guerra estaba irrevocablemente perdida,
buscó su lugar en la historia, en lo más alto del panteón de los héroes
germánicos. En vez de eso, se mantiene sólo como el personaje odioso
quintaesencial del siglo xx. Se ha asegurado sin duda un lugar en la
historia… pero de un modo que él no había previsto: como la
encarnación de la maldad política moderna. Pero maldad es un concepto
teleológico o filosófico, más que histórico. Identificar a Hitler con la
maldad y el mal puede muy bien ser veraz y moralmente satisfactorio al
mismo tiempo, pero no explica nada. Y la unanimidad en la condena
puede ser incluso una barrera directa que impida comprender y explicar.
Hitler me resulta personalmente un personaje detestable y desprecio
todo lo que su régimen significó, como espero que los capítulos
siguientes dejen sobradamente claro. Pero esa condena me ayuda muy
poco a entender por qué millones de ciudadanos alemanes, que eran
mayoritariamente seres humanos normales, que no tenían nada de
malvados innatos, interesados en general por el bienestar y los asuntos
cotidianos propios y de sus familias, semejantes a la gente normal de
otras partes, y a quienes no había lavado el cerebro ni hipnotizado por
completo en modo alguno una propaganda fascinadora ni había
sometido por el terror una represión implacable, hallasen atractivo tanto
de lo que Hitler significaba; o estuviesen dispuestos a luchar hasta el
amargo final en una guerra terrible contra la poderosa coalición de las
naciones más poderosas del mundo que se alineaban contra ellos. Mi
tarea en este volumen, como en la primera parte de este estudio, ha sido,
pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal
en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler
ejerció sobre una sociedad que acabó pagando un precio tan alto por el
apoyo que le prestó.
Porque, al final, el castigo de Némesis a Hitler por su soberbia sin
paralelo, por su hubris, acabaría siendo no sólo un castigo personal, sino
el castigo de la Alemania que le había creado. Su propio país quedaría
en ruinas (y gran parte de Europa con el) y dividido. Lo que era
anteriormente la Alemania central (Mitteldeutschland) experimentaría
durante cuarenta años los valores impuestos del vencedor soviético,
mientras las partes occidentales acabarían reviviendo y prosperando bajo
una «pax americana». Una Austria nueva, que había experimentado bajo
Hitler la Anschluss, demostraría en su independencia reconstituida haber
perdido de una vez por todas cualquier ambición de formar parte de
Alemania. Las provincias orientales del Reich desaparecerían para
siempre… y con ellas los sueños de conquistar el este. La expulsión de
las minorías étnicas alemanas de aquellas provincias eliminaría (aunque
a un precio predeciblemente duro) el irredentismo que había plagado los
años de entreguerras. Las grandes fincas de aquellas provincias, base de
la influencia de la aristocracia Junker, desaparecerían también. La
Wehrmacht, representación última del potencial militar alemán,
quedaría desacreditada y destruida. Desaparecería con ella el estado de
Prusia, bastión del poder económico y político del Reich desde los
tiempos de Bismarck. La gran industria sobreviviría lo suficientemente
intacta para reconstruirse con una fuerza y un vigor, es cierto… pero
estaría ya cada vez más integrada en una serie de estructuras
europeoccidentales y americanizadas.
Todo esto habría de ser el resultado de lo que la segunda parte de
este estudio se propone explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder
absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del
país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de
gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno,
hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un
hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que
llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno
se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter
desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un
asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista,
una destrucción continental y la devastación final de su propio país.
Es una historia sobrecogedora de autodestrucción tanto nacional
como individual, de cómo un pueblo y sus representantes fraguaron su
propia catástrofe como parte de una destrucción calamitosa de la
civilización europea. Aunque el desenlace es sabido, tal vez merezca la
pena considerar una vez más cómo llegó a producirse. Si este libro
contribuye un poco a un entendimiento más profundo, me consideraré
plenamente satisfecho.
IAN KERSHAW.
Manchester-Sheffield, abril de 2000.PREFACIO
La primera parte de este estudio, Hitler 1889-1936, intentó mostrar
cómo los habitantes de un estado moderno, de elevada cultura y con una
economía avanzada pudieron permitir que llegara al poder y pudieron
confiar su destino a un intruso en la política con pocas dotes especiales,
si es que tenía alguna, aparte de su indudable talento como demagogo y
propagandista.
En la época en que se preparó su acceso a la Cancillería, a través de
las intrigas de individuos influyentes próximos al presidente del Reich
Von Hindenburg, Hitler había sido capaz de conseguir en elecciones
libres los votos de sólo un tercio del electorado alemán. Otro tercio (de
la izquierda) se oponía a él implacablemente, aunque padecía una
desorganización interna. El resto se mantenía en general escéptico,
expectante, vacilante e indeciso. Al final del primer volumen habíamos
examinado la consolidación del poder de Hitler hasta el punto en que se
había convertido casi en poder absoluto. La oposición interna había sido
aplastada. Los que dudaban habían acabado mayoritariamente
convencidos de la bondad del régimen por las dimensiones de la
reconstrucción interna y de la reafirmación exterior de fuerza que, de un
modo casi increíble, había restaurado gran parte del orgullo nacional
perdido y había hecho olvidar el sentimiento de humillación dejado por
la Puniera Guerra Mundial. El autoritarismo era considerado por la
mayoría una bendición; la represión de los que estaban políticamente en
desacuerdo, las minorías étnicas detestadas o los inadaptados sociales se
aprobaba como un pequeño precio que había que pagar por lo que
parecía ser un renacimiento nacional. La adulación de las masas a Hitler
había ido haciéndose cada vez más fuerte y la oposición había sido
aplastada y reducida a la insignificancia, y fuerzas poderosas del
ejército, la aristocracia terrateniente, la industria y los altos puestos del
funcionariado habían prestado su apoyo al régimen. Fuesen cuales
fuesen sus aspectos negativos, se consideraba que les ofrecía mucho en
beneficio de sus propios intereses.
Cuando el primer volumen se acercaba a su fin con la
remilitarización de la Renania en 1936, Hitler gozaba del apoyo de la
abrumadora mayoría de los alemanes, de más incluso de los que le
habían votado antes de que se convirtiera en canciller. La mayoría de los
alemanes, después de haber salido de las profundidades de la
degradación nacional, estaban más que satisfechos de compartir el
orgullo nacional recuperado. Estaba ampliamente difundida la impresión
de que Alemania iba a convertirse en la potencia dominante en Europa.
El sentimiento profundo de degradación personal que el propio Hitler
había experimentado en los años de Viena, hacía mucho ya que había
dejado paso a un sentimiento creciente de misión política, de ser el
hombre que había de redimir a Alemania del caos y el adalid en la lucha
contra las fuerzas sombrías y amenazadoras que ponían en peligro hasta
la existencia misma de la nación. En 1936, su autoglorificación narcisista
se había hinchado inconmensurablemente como consecuencia de la
semideificación que sus seguidores proyectaban sobre él. Por entonces,
se consideraba infalible; su imagen de sí mismo había alcanzado la
dimensión de la soberbia sacrílega.
Los alemanes habían dado forma a esa soberbia sacrilega personal de
su caudillo. Estaban a punto de penetrar en su expresión plena: la
máxima apuesta de la historia de la nación, lograr el dominio completo
del continente europeo. Tendrían que aceptar las consecuencias. El
tamaño de la propia apuesta era indicio de una voluntad implícita de
cortejar la autodestrucción. Unos cuantos individuos clarividentes
consideraron probable que una soberbia sacrílega de una escala tal
conjurase su propia Némesis.
Némesis es en la mitología griega la diosa de la retribución, que
aplica el castigo de los dioses por la locura humana de la arrogancia
desmesurada, la soberbia sacrilega, la hubris. El adagio de que «el
orgullo precede a la caída» es reflejo de algo que suele suceder. La
historia nos proporciona ejemplos abundantes entre los encumbrados y
poderosos, aunque ese juicio de Némesis tienda a ser un juicio más
político que moral. A la ascensión meteórica de dirigentes, políticos o
favoritos que dominan la corte ha seguido con mucha frecuencia una
arrogancia del poder que precipita una caída en desgracia igual de
rápida. Aflige, normalmente, a un individuo que, lo mismo que una
estrella fugaz, destella en lo alto y se esfuma luego rápidamente en la
insignificancia, dejando el firmamento básicamente intacto.
La hubris del individuo refleja muy de cuando en cuando en la
historia fuerzas más profundas de la sociedad y propicia una retribución
de más largo alcance. Napoleón, que se eleva desde unos orígenes
humildes en medio de trastornos revolucionarios, que se hace con el
poder del estado francés, que pone él mismo sobre su cabeza la corona
imperial, que conquista la mayor parte de Europa y que acaba en la
derrota y el exilio con su imperio reemplazado, desmantelado y
desacreditado, proporciona un ejemplo elocuente. Sin embargo;
Napoleón no destruyó Francia. Y hay aspectos importantes de su legado
que se mantuvieron intactos. Una estructura administrativa nacional, un
sistema educativo y un código legal constituyen tres restos positivos y
significativos. Por otra parte, no hay ningún oprobio moral vinculado a
Napoleón. A los franceses modernos les puede inspirar, y les inspira a
menudo, orgullo y admiración».
El legado de Hitler fue completamente distinto. Ese legado, único en
los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden
paralelos en el pasado lejano), fue un legado de absoluta destrucción. Ni
en los restos arquitectónicos ni en la creación artística ni en las
estructuras políticas ni en los modelos económicos y menos aún en la
talla moral hubo nada del Reich de Hitler que recomendar a las futuras
generaciones. Se produjeron, sin duda, grandes mejoras en la
motorización, la aviación y la tecnología en general… impulsadas en
parte por la guerra. Pero eso se estaba produciendo en todos los países
capitalistas, y sobre todo en los Estados Unidos, y es seguro que se
habría producido también en Alemania sin Hitler. Y lo más significativo
es que Hitler, a diferencia de Napoleón, dejó tras él un inmenso trauma
moral, un trauma de tales dimensiones que es imposible, incluso décadas
después de su muerte (si prescindimos de un residuo de apoyo
marginal), volver la vista hacia el dictador alemán y su régimen con
aprobación o admiración… en realidad sin sentir otra cosa que aversión
y condena.
Hasta en los casos de Lenin, Stalin, Mao, Mussolini y Franco el nivel
de condena no es tan unánime o moralmente tan abrumador. Hitler,
cuando comprendió que la guerra estaba irrevocablemente perdida,
buscó su lugar en la historia, en lo más alto del panteón de los héroes
germánicos. En vez de eso, se mantiene sólo como el personaje odioso
quintaesencial del siglo xx. Se ha asegurado sin duda un lugar en la
historia… pero de un modo que él no había previsto: como la
encarnación de la maldad política moderna. Pero maldad es un concepto
teleológico o filosófico, más que histórico. Identificar a Hitler con la
maldad y el mal puede muy bien ser veraz y moralmente satisfactorio al
mismo tiempo, pero no explica nada. Y la unanimidad en la condena
puede ser incluso una barrera directa que impida comprender y explicar.
Hitler me resulta personalmente un personaje detestable y desprecio
todo lo que su régimen significó, como espero que los capítulos
siguientes dejen sobradamente claro. Pero esa condena me ayuda muy
poco a entender por qué millones de ciudadanos alemanes, que eran
mayoritariamente seres humanos normales, que no tenían nada de
malvados innatos, interesados en general por el bienestar y los asuntos
cotidianos propios y de sus familias, semejantes a la gente normal de
otras partes, y a quienes no había lavado el cerebro ni hipnotizado por
completo en modo alguno una propaganda fascinadora ni había
sometido por el terror una represión implacable, hallasen atractivo tanto
de lo que Hitler significaba; o estuviesen dispuestos a luchar hasta el
amargo final en una guerra terrible contra la poderosa coalición de las
naciones más poderosas del mundo que se alineaban contra ellos. Mi
tarea en este volumen, como en la primera parte de este estudio, ha sido,
pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal
en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler
ejerció sobre una sociedad que acabó pagando un precio tan alto por el
apoyo que le prestó.
Porque, al final, el castigo de Némesis a Hitler por su soberbia sin
paralelo, por su hubris, acabaría siendo no sólo un castigo personal, sino
el castigo de la Alemania que le había creado. Su propio país quedaría
en ruinas (y gran parte de Europa con el) y dividido. Lo que era
anteriormente la Alemania central (Mitteldeutschland) experimentaría
durante cuarenta años los valores impuestos del vencedor soviético,
mientras las partes occidentales acabarían reviviendo y prosperando bajo
una «pax americana». Una Austria nueva, que había experimentado bajo
Hitler la Anschluss, demostraría en su independencia reconstituida haber
perdido de una vez por todas cualquier ambición de formar parte de
Alemania. Las provincias orientales del Reich desaparecerían para
siempre… y con ellas los sueños de conquistar el este. La expulsión de
las minorías étnicas alemanas de aquellas provincias eliminaría (aunque
a un precio predeciblemente duro) el irredentismo que había plagado los
años de entreguerras. Las grandes fincas de aquellas provincias, base de
la influencia de la aristocracia Junker, desaparecerían también. La
Wehrmacht, representación última del potencial militar alemán,
quedaría desacreditada y destruida. Desaparecería con ella el estado de
Prusia, bastión del poder económico y político del Reich desde los
tiempos de Bismarck. La gran industria sobreviviría lo suficientemente
intacta para reconstruirse con una fuerza y un vigor, es cierto… pero
estaría ya cada vez más integrada en una serie de estructuras
europeoccidentales y americanizadas.
Todo esto habría de ser el resultado de lo que la segunda parte de
este estudio se propone explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder
absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del
país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de
gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno,
hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un
hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que
llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno
se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter
desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un
asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista,
una destrucción continental y la devastación final de su propio país.
Es una historia sobrecogedora de autodestrucción tanto nacional
como individual, de cómo un pueblo y sus representantes fraguaron su
propia catástrofe como parte de una destrucción calamitosa de la
civilización europea. Aunque el desenlace es sabido, tal vez merezca la
pena considerar una vez más cómo llegó a producirse. Si este libro
contribuye un poco a un entendimiento más profundo, me consideraré
plenamente satisfecho.
IAN KERSHAW.
Manchester-Sheffield, abril de 2000.
HITLER 1889-1936 Kershaw Prefacio
sábado, 11 de julio de 2026
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DEL JILGUERO EDICIONES
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13:37
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