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MOCHICAS HNG 2026 ...

lunes, 3 de agosto de 2026

Descubren murales de la cultura mochica de 1.400 años de antigüedad en Perú

La momia de la Señora de Cao, la poderosa reina del pueblo mochica peruano

El Museo de Arte de Lima exhibe el soberbio arte mochica

El dramático final de la civilización mochica

 

 

La cultura moche, del Antiguo Perú, se desarrolló entre los siglos II y VII d.C. Se establecieron en el valle del río Moche, de ahí su nombre, hacia la parte norte del país. Fueron grandes ingenieros hidráulicos al construir diferentes infraestructuras para canalizar el agua. También se caracterizaron por el uso del adobe en sus construcciones. Trabajaron el cobre para fabricar diferentes utensilios y armas. Algunos ejemplos se encontraron en la tumba del Señor de Sipán. La cerámica fue otra de las disciplinas que dominaron hábilmente. Hasta nuestros días, han llegado diferentes piezas de arte mochica decoradas exquisitamente con representaciones de guerreros o retratos. Se dedicaron principalmente a la agricultura, el pastoreo, la pesca y el comercio. Era una sociedad muy jerarquizada y, políticamente, eran un estado militar. El final de la civilización mochica fue debido a una sucesión de desastres naturales que provocaron el enfrentamiento entre sus líderes para controlar unos recursos naturales ya muy escasos.

 

Descubren murales de la cultura mochica de 1.400 años de antigüedad en Perú

Un equipo internacional de investigadoras ha descubierto en el sitio arqueológico de Pañamarca dos murales, de 1.400 años de antigüedad, en un salón ceremonial mochica, en los que se plasmaron unas curiosas figuras con dos caras, entre otras representaciones. A falta de un estudio más a fondo, las arqueólogas sugieren que las escenas podrían representar algún tipo de ritual de sacrificio de esta antigua cultura andina.

Mural en el que aparece un hombre con dos caras soteniendo un abanico con plumas.

Mural en el que aparece un hombre con dos caras soteniendo un abanico con plumas.

Lisa Trever

La costa norte del Perú fue el escenario donde entre los siglos I y VIII de nuestra era floreció un pueblo belicoso y sofisticado al cual se debe la fundación de la primera estructura política de la región. Eran los mochicas, una cultura que se caracterizó por sus grandes obras de ingeniería entre las que destacan canales de regadío, palacios, templos y unas enormes pirámides construidas en adobe, conocidas como huacas (término que significa "lugar de culto" en quechua). 

Para conocer mejor la historia que cuentan estas imponentes construcciones, un equipo de especialistas del Proyecto de Investigación Arqueológica Paisajes Arqueológicos de Pañamarca (PIA), liderado por la arqueóloga peruana Jessica Ortiz Zevallos, en colaboración con Lisa Trever, de la Universidad de Columbia, y Michele Koons, del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver (DMNS), ha llevado a cabo una excavación en el sitio arqueológico de Pañamarca, un complejo arquitectónico construido entre los años 550 d.C. y 800 d.C. en el valle inferior de Nepeña, en la región peruana de Ancash.

unas Extrañas figuras con dos caras

Las excavaciones en Pañamarca han sacado a la luz dos murales de adobe de 1.400 años de antigüedad en los que los antiguos mochicas representaron en un mismo pilar unas figuras con dos caras (una mirando a la derecha y otra, a la izquierda). En uno de los murales, una de estas singulares figuras sostiene un abanico de plumas y una copa de la que beben cuatro colibríes, un detalle que, según las investigadoras, podría aludir a algún tipo de ritual de sacrificio y a los "reinos cósmicos" de la cosmovisión mochica. En el otro mural, pintado más abajo, una figura similar sostiene un abanico de plumas y un bastón.

Las excavaciones llevadas a cabo por un equipo internacional de arqueólogas han sacado a la luz dos murales de adobe de 1.400 años de antigüedad.

Mural en el que aparece una figura con dos caras sosteniendo un copa de la que beben cuatro colibríes.

Mural en el que aparece una figura con dos caras sosteniendo un copa de la que beben cuatro colibríes.

Lisa Trever

Los personajes representados en los dos murales lucen lo que parece un tocado o una especie de corona en la cabeza y visten ropa colorida con patrones elaborados y unos cinturones de gran tamaño. Aparte de estos, se han encontrado otros murales en diferentes grados de conservación que muestran asimismo figuras individuales o escenas en las que se representa a varios individuos de pie junto a una serpiente antropomorfa.

Deidades no humanas

Pero ¿por qué los mochicas representaron de este modo a estos dos personajes? "Pañamarca fue un lugar de notable innovación y creatividad artística, con pintores que desarrollaron su conocimiento de los cánones artísticos de manera creativa y significativa a medida que la gente de Nepeña establecía su posición en el extremo sur del mundo mochica", ha explicado la historiadora del arte Lisa Trever. 

"Pañamarca fue un lugar de notable innovación y creatividad artística de la cultura mochica", explica Lisa Trever.

Otro de los murales descubierto en Pañamarca, en el que aparecen tres figuras sin identificar.

Otro de los murales descubierto en Pañamarca, en el que aparecen tres figuras sin identificar.

Lisa Trever

Así, aunque el equipo de arqueólogas no lo puede aún afirmar con rotundidad, ambas figuras podrían representar divinidades. "Por lo general, las imágenes de deidades en el arte mochica presentan elementos no humanos como colmillos, rostros, colas o alas de varias criaturas. Estos, con la excepción de los dos rostros, parecen completamente humanos", ha señalado Trever. 

La cosmogonía de los mochicas

Las investigadoras todavía están estudiando cuál pudo haber sido el uso de la estancia donde se encontraron los murales, aunque lo que sí es seguro es que no todo el mundo tuvo acceso a ella. "Ciertamente, este espacio no era de acceso público, dado lo angostos que son los pasajes y el espacio interior. Debe de haber sido un lugar muy especial para entrar, tal vez solo abierto para los líderes o ancianos de la comunidad en Pañamarca", puntualiza Trever. 

Es poco probable que muchas persona hubieran tenido acceso a la estancia donde se encontraron los murales.

Mural en el que se representan dos mujeres sentadas mostrando hilos de colores y herramientas de hilar o tejer.

Mural en el que se representan dos mujeres sentadas mostrando hilos de colores y herramientas de hilar o tejer.

Lisa Trever

Estos magníficos murales fueron descubiertos en el mes de agosto de 2022, y han llamado poderosamente la atención de la comunidad científica. Por ejemplo, para Edward Svenson, director del Centro de Arqueología de la Universidad de Toronto, que no forma parte de este proyecto de investigación, la importancia de su descubrimiento radica principalmente en que su estudio puede ayudar a los investigadores a comprender mucho mejor la compleja cosmología y la narrativa religiosa mochica. De hecho, para Svenson, una de las posibles explicaciones de porqué los individuos representados en los murales tienen dos caras sería "que un mortal usa una máscara y, por lo tanto, se hace pasar por [lo] sobrenatural o se convierte en uno".

 

 

 

 

La momia de la Señora de Cao, la poderosa reina del pueblo mochica peruano

En 2005, un grupo de arqueólogos encontró en el norte de Perú el sepulcro intacto de una mujer del siglo V d.C. que concentró el poder político y religioso en el reino mochica y fue considerada como una semidivinidad.

Foto: Fundación Wiese

"Tenemos que hacer otro descubrimiento así". Eso fue lo que el millonario Guillermo Wiese le dijo al arqueólogo Régulo Franco mientras agitaba en su mano el artículo publicado por National Geographic sobre el descubrimiento en 1987 de la tumba del Señor de Sipán. Tras el fabuloso hallazgo de la tumba intacta del gobernante mochica realizado por Walter Alva en la huaca Rajada, los arqueólogos llevaban casi dos décadas soñando con hacer otro descubrimiento de características similares en la región de Lambayeque, en el norte de Perú. Y el gran hallazgo llegó en 2005, cuando el arqueólogo localizó un enterramiento que contenía un fardo funerario intacto que había preservado el cuerpo momificado de una mujer junto a su importante ajuar funerario, el equivalente femenino al Señor de Sipán y que fue llamada la Señora de Cao.

Las joyas que acompañaban a la momia, que incluían collares, diademas, coronas, narigueras y dos cetros, evidenciaban que la Señora de Cao fue una importante dirigente mochica del siglo IV d.C., una civilización que floreció en la costa del actual Perú siglos antes del auge del imperio Inca. Los investigadores llegaron a la conclusión que su rol era equivalente al el Señor de Sipán, que gobernó la región durante el siglo anterior. hasta entonces no había evidencias de que una mujer pudiera acceder a acumular todo el poder política y religioso mochica, lo que llevaba aparejado el ser considerado una semidivinidad.

Historia de un descubrimiento

Dede 1990, Régulo Franco estaba excavando con el apoyo de Wiese en la huaca Cao Viejo, uno de los cuatro "lugares sagrados" (tal es el significado de la palabra quechua huaca) que forman parte del complejo arqueológico El Brujo, situado 60 kilómetros al norte de Trujillo. Cao Viejo es un centro ceremonial perteneciente a la cultura mochica, una sociedad guerrera que entre los años 100 y 800 d.C. desarrolló una civilización rica y compleja a lo largo de la árida franja costera peruana del Pacífico.

Un arqueólogo restaura un mural en el patio ceremonial de la huaca Cao Viejo donde se localizó la tumba intacta de la Señora de Cao.

IRA BLOCK / NGS

En esos años, Franco tenía que trabajar acompañado por guardaespaldas para hacer frente a las amenazas de muerte y a los continuos sabotajes de los huáqueros o ladrones de tumbas. Pero eso no lo detuvo, y por fin obtuvo su recompensa. En los primeros días de 2005, el equipo de Franco estaba excavando en el patio noroeste del recinto ceremonial. Este recinto destaca por sus paredes pintadas con diseños geométricos y con la representación de un ser con rasgos de felino y tentáculos de pulpo, rodeado de cóndores y serpientes: Ai Apaec, el dios principal del panteón mochica, también llamado "el Decapitador".

Una tumba real

Lo que más llamó la atención de los investigadores fueron ciertos elementos que detectaron en el patio y que habían sido quemados: madera, cerámica, agujas de cobre, pescado, figuritas de madera y cinabrio, así como vasijas, textiles, y ornamentos de plata y cobre dorado. Parecían indicios de que allí se ocultaba la tumba de un personaje importante de la élite mochica. Y, en efecto, la métódica exploración de los arqueólogos sacó a la luz las tumbas de cuatro individuos que flanqueaban la que parecía ser una tumba principal.

Los arqueólogos concentraron sus esfuerzos en este sepulcro, que tenía una estructura compleja. Cuando lo abrieron, el 15 de mayo de 2006, encima de todo apareció una gran vasija en forma de búho enterrada hasta el cuello. A continuación se encontraba una cubierta de caña sustentada por un relleno de adobe y tierra. Debajo, unas maderas de algarrobo desbastadas, a modo de vigas, servían para proteger el entierro. Alrededor de éste se habían dispuesto diversas vasijas. Finalmente, el 15 de mayo de 2006, ante la emoción de Régulo Franco y su equipo, se extrajo un fardo funerario intacto, que pesaba unos cien kilos y tenía una longitud de 1,80 metros. El fardo había sido colocado con la cabeza mirando hacia el sur, algo habitual en los enterramientos mochica. A la derecha del fardo descansaba el cuerpo de una joven de unos 15 años.

Los arqueólogos ante el gran fardo que contenía la momia de la Señora de Cao después de su descubrimiento.

IRA BLOCK / NGS

La primera sorpresa

Durante seis meses, el equipo científico dirigido por Régulo Franco, la especialista textil Arabel Fernández y John Verano, experto en bioantropología, se dedicó a desvendar cuidadosamente el fardo funerario. Éste estaba formado por 26 capas de tela, entre las cuales se hallaron mantos cubiertos con láminas de cobre dorado y restos de algodón. Cuando los arqueólogos lograron retirar las últimas capas encontraron collares, diademas, coronas y 44 narigueras de oro y plata, algunas de ellas guardadas en estuches de tela. Junto al cuerpo había también dos cetros o bastones ceremoniales de madera forrados de cobre dorado, de 1,75 m de alto. Dentro del fardo se habían dispuesto también 23 estólicas o propulsores para lanzar dardos. Cuando los investigadores llegaron a las últimas capas de tela que cubrían el cuerpo se encontraron con la mayor sorpresa de todas: el cuerpo, que medía 1,45 metros, estaba perfectamente conservado… y era una mujer.

Los investigadores escanean sesudamente la momia de la Dama de Cao, de más de 1.600 años de antigüedad, para conocer más a fondo quién era y cómo vivía. 

Foto: Fundación Wiese

Los mochicas no momificaban a sus muertos, pero en este caso el cuerpo fue untado con cinabrio, un mineral rojo que ayudó a su desecación y permitió que se conservara perfectamente. La piel de los antebrazos, los tobillos y los dedos estaba cubierta de tatuajes en forma de arañas y serpientes. La Señora de Cao, que fue el nombre que dio Régulo Franco a esta mujer, conservaba intacto su cabello, dividido en dos pesadas trenzas, y sobre su rostro se había colocado el cuenco de metal que contuvo el cinabrio con que se cubrió su cuerpo. La autopsia efectuada reveló que la Señora murió aproximadamente a los 25 años, al parecer debido a las complicaciones de un parto.

¿Quién fue la Señora de Cao?

Esta mujer, que vivió hacia el año 400 d.C., unos 150 años después que el Señor de Sipán, fue enterrada con diversos símbolos de poder, entre ellos una corona de oro decorada con una cara salvaje sobrenatural y dos grandes mazas o bastones ceremoniales, así como varias armas. Además, algunos de los individuos enterrados junto a ella, como la joven que se encontraba a su lado, fueron sacrificados para acompañar a su señora al más allá.

Bajo las telas que cubrían el cuerpo de la Señora de Cao apareció una armadura de 1.100 piezas de cobre dorado de 200 kilos, dos bastones ceremoniales y armas. Todo ello, emblemas de poder sólo encontrados antes en tumbas de personajes masculinos de alto rango como el Señor de Sipán. Pero, además, los tatuajes de arañas y serpientes que adornan el cuerpo de la Señora indicarían, según Régulo Franco, que se le atribuían poderes sobrenaturales, ya que estos animales son símbolos de la fertilidad de la tierra.

Reconstrucción del aspecto de la Señora de Cao con las joyas halladas junto a su momia.

Foto: Fundación Wiese

Todo esto hace del descubrimiento de la Señora de Cao algo único en la arqueología peruana, ya que es la primera gobernante femenina de la que se tiene constancia. Su hallazgo echa por tierra muchas de las teorías que se habían formulado hasta entonces, según las cuales la mochica era una sociedad guerrera y teocrática, y gobernada por hombres. Walter Alva, el descubridor de Sipán, manifestó su sorpresa al ver que "muchos de los atuendos y símbolos de poder se encuentran en el ajuar de una mujer, ya que hemos considerado a los mochicas una sociedad patriarcal gobernada por varones". Según afirmó Régulo Franco, la Señora posiblemente "fue una mujer líder en su época" y desempeñó un papel político y religioso importante en su sociedad; entre otras cosas habría dirigido los sacrificios humanos que demandaban los rituales mochicas.

Como en el caso del Señor de Sipán, la revista National Geographic también se hizo eco del descubrimiento y en julio de 2006 publicó un artículo titulado El misterio de la momia tatuada. Y en 2009 se inauguró el moderno Museo de Cao, junto a la huaca Cao Viejo, que entre otros hallazgos realizados en el yacimiento alberga el ajuar funerario y los restos de la Señora de Cao. En el museo se ha dispuesto una sala especial para que los visitantes puedan maravillarse con la visita a la Señora y su rico ajuar, magníficos testimonios de la cultura mochica, una de las más complejas y sofisticadas de América.

 

El Museo de Arte de Lima exhibe el soberbio arte mochica

El MALI explora un tema poco difundido: las relaciones de convivencia, conflicto y negociación entre los mochicas y sus comunidades vecinas altoandinas

Foto: Museo de Arte de Lima, Donación Memoria Prado

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Guerrero arrodillado y desarmado

Botella de asa estribo con representación de guerrero foráneo arrodillado y desarmado, del estilo mochica (400-850 d.C.).

Dibujo: Christopher B. Donnan and Donna McClelland Moche Archive, Trustees for Harvard University, Washington D.C. / MALI

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Guerreros mochicas y foráneos

Dibujo que representa un enfrentamiento entre guerreros mochi­cas y guerreros foráneos. Se pueden diferenciar los atuen­dos, las armas e incluso la forma de pelear.

Foto: Yutaka Yoshii, Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna, Ministerio de Cultura del Perú / MALI

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Atuendo ceremonial

Atuendo ceremonial de estilo mochica (200-850 d.C.) de diversos materiales (oro, cobre, algodón, concha, pluma y resina) que lleva puesto el Ai-Apaec en la ceremonia del chacchado de coca.

Foto: Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna, Ministerio de Cultura del Perú / MALI

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Mascando coca

Cuenco de estilo mochica (200-850 d.C.) con representación del rostro de un personaje chacchando coca.

Foto: Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Ministerio de Cultura del Perú / MALI

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Ai-Apaec con atuendo ritual

Botella de asa estribo de estilo mochica (200-850 d.C.) que representa a Ai-Apaec con atuendo ritual, rodeado por una serpiente bicéfala. Destaca la concha Strombus y el calero a sus pies.

Foto: Museo de Arte de Lima, Donación Memoria Prado

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Personaje con tocado

Escultura de estilo recuay que representa a un personaje con tocado y un atuendo colgante posterior.

Foto: Museo de Arte de Lima, Donación Memoria Prado

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Personaje con tocado

Escultura de estilo recuay que representa a un personaje con tocado y un atuendo colgante posterior.

Dibujo: Christopher B. Donnan and Donna McClelland Moche Archive, Trustees for Harvard University, Washington D.C. / MALI

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Ai-Apaec y la serpiente bicéfala

Ai-Apaec participa en un ritual chacchando coca junto con sus anfitriones, los cuales portan armas propias de los vecinos altoandinos. Por encima de la escena aparece una serpiente bicéfala al tiempo que parecen iniciarse las lluvias. Ai-Apaec captura la serpiente y se la enrosca en la cintura.

Foto: Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Ministerio de Cultura del Perú / MALI

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Personaje con semillas

Botella de asa estribo de estilo mochica (200-850 d.C.) con representación de personaje que sostiene un grupo de semillas de nectandra.

La exposición Moche y sus vecinos. Reconstruyendo identidades se puede visitar hasta el 14 de agosto de 2016 en el Museo de Arte de Lima (Perú), más conocido como MALI. Hace algo más de 1.500 años, la cultura mochica alumbró una de las primeras sociedades estatales del hemisferio sur, elaboró una cerámica soberbia y construyó grandes templos y unos canales de irrigación que aún siguen en funcionamiento. Pero más allá de las grandes obras públicas surgió una identidad colectiva mochica que propició un sentimiento de pertenencia e integración entre las diferentes comunidades. "La arqueología mochica ha experimentado un boom en las últimas décadas debido a grandes hallazgos y proyectos como el de Sipán, Huaca de la Luna, El Brujo o San José de Moro. Sin embargo hay un tema poco difundido como es la relación que entablaron los mochicas con las comunidades vecinas altoandinas. Hubo convivencia, pero también disputas en torno al territorio y a los recursos", explica Cecilia Pardo, conservadora del MALI, a Historia National Geographic. "Se desarrolló un sistema de enfrentamientos ritualizados que permitió resolver las disputas intergrupales mediante el uso de violencia controlada. Antes que generar una guerra abierta, con una pérdida incalculable de vidas humanas, se optó por organizar duelos entre la élite guerrera de cada comunidad. Los ganadores no sólo podían sacrificar a los perdedores, sino también asegurarse los bienes en disputa", añade la conservadora, quien ha organizado la exposición junto con Julio Rucabado.

"Para resolver las disputas, los mochicas organizaron duelos entre la élite guerrera de cada comunidad"

La muestra del MALI presenta una selección de piezas que reflejan las relaciones de convivencia, conflicto y negociación entre los mochicas y sus comunidades vecinas altoandinas. Es el caso de los grupos que migraron desde las regiones de Recuay, Cajamarca o Huamachuco hasta las zonas de clima templado de los valles altos de Moche, Santa y Nepeña a comienzos del período Intermedio Temprano (100-300 d.C.) o aquellos que participaron en ceremonias en el valle de Jequetepeque en épocas posteriores (700-1000 d.C.). En total se exhiben unas ochenta piezas que incluyen vasijas de cerámica, monolitos y objetos de metal que pertenecen al arte mochica, recuay y cajamarquino. "Destacaría aquellas piezas que nos permiten reconstruir ciertos rituales vinculados a posibles alianzas entre los mochicas y sus vecinos altoandinos. Por ejemplo, un atuendo ritual con forma de felino, un conjunto de platos trípode cajamarquinos y un calero, un contenedor de cobre dorado para almacenar cal, que sirve para activar los alcaloides de la hoja de coca", detalla Pardo. "En el denominado Ritual de la Coca, el dios Ai-Apaec recibe diversos atuendos y parafernalia por parte de un grupo de oficiantes foráneos, permitiéndole integrarse al chacchado o masticación de la hoja de coca y recibir las primeras lluvias y la aparición de una gran serpiente bicéfala en el cielo", agrega.

 

El dramático final de la civilización mochica

Los mochicas habían convertido la desértica costa peruana del Pacífico en su hogar, pero las fluctuaciones climáticas arruinaron el delicado equilibrio ecológico que sustentaba su modo de vida

SCALA

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La sangre de las víctimas

Sacerdotes mochicas portan copas con la sangre de los prisioneros sacrificados. Fresco. Museo Nacional de Arqueología e Historia del Perú, Lima.

GTRES

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Bellas piezas cerámicas

Cereámica mochica que representa a un sacerdote mochica realizando una libación. Museo Británico, Londres.

Bill Ballenger / NGS

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La tumba de un gran señor

El arqueólogo Walter Alva excava en 1987 el sepulcro intacto del Señor de Sipán, jerarca mochica de la región de Lambayeque.

Ilustración: Santi Pérez

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Sacrificios a los dioses

El sacrificio ritual mochica de prisioneros aparece representado en infinidad de cerámicas y relieves pintados en las huacas. En la escena que aquí se reproduce, cuatro personajes de elevada posición social presiden la ceremonia. Debajo, guerreros de alto rango sacrifican a quienes han perdido el combate ritual.

Al norte del Perú, donde las olas del Pacífico baten una árida región costera, floreció un pueblo tenaz y belicoso que entre los siglos I y VIII creó la primera organización política compleja de la zona andina. Eran los mochicas, grandes ingenieros que excavaron canales en medio del desierto para regar sus cultivos, y levantaron palacios, templos y enormes pirámides de adobe. Estas últimas construcciones, conocidas como huacas –palabra que en lengua quechua designa un lugar de culto–, fueron el centro religioso y político de cada comunidad.

Los mochicas también eran excelentes artesanos, y elaboraron una cerámica de extraordinaria belleza y perfección, así como delicados ornamentos de oro, plata y cobre para sus dirigentes. Establecieron, además, amplias y prósperas redes comerciales que se adentraban en los actuales territorios de Chile y Ecuador. Pero hacia finales del siglo VIII, esta sofisticada y rica cultura conoció un final repentino. Una serie de cataclismos naturales, provocados por un drástico cambio climático, afectaron a la zona costera donde la sociedad mochica se había desarrollado y contribuyeron a su desaparición.

El control del territorio

En el norte, los mochicas se habían extendido por el valle del río Jetepeque, cuyos asentamientos principales fueron San José de Moro y la Huaca Dos Cabezas, y por el valle del río Lambayeque, donde se encuentran Sipán y Pampa Grande. Esta cultura norteña destacó en el desarrollo de la metalurgia del cobre, de la que se han encontrado magníficos ejemplos en algunas tumbas de gobernantes, como la famosa sepultura del Señor de Sipán, descubierta en 1987 por el arqueólogo peruano Walter Alva, y que proporcionó un espectacular tesoro de piezas de orfebrería de gran belleza. Los mochicas conocieron las técnicas del laminado, dorado, repujado y vaciado, y dominaron la aleación de metales. Usaron oro, plata, cobre, plomo, estaño e incluso mercurio.

Los mochicas sureños destacaron por su dominio de las técnicas de alfarería

En el sur, los mochicas ocuparon el valle del río Moche, donde se localizan la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, y el valle del río Chicama, donde se halla el complejo ceremonial de El Brujo. Los mochicas sureños destacaron por su dominio de las técnicas de alfarería, ya que mientras en el norte las formas cerámicas son más sencillas, en colores crema y rojo, en esta zona se han encontrado la mayoría de las cerámicas de formas animales elaboradas por este pueblo.

Tanto el sur como el norte son zonas de gran aridez, y los mochicas tuvieron que vencer al desierto mediante la irrigación artificial. Desviaron el agua de los ríos que bajan de los Andes y, con ladrillos de barro, crearon un extenso sistema de acueductos, muchos de los cuales siguen en uso. De esta forma desarrollaron una agricultura, con más de treinta variedades de cultivo, que les permitió contar con una amplia gama de excedentes agrícolas. También explotaron ampliamente los recursos marinos, de los que el océano Pacífico les proveía en abundancia, así como la caza.

Una sociedad muy jerarquizada

Los mochicas se establecieron en núcleos urbanos que constituían el centro de pequeños Estados con una estructura social muy jerarquizada. El núcleo principal de estos Estados eran las huacas. El soberano, que recibía el título de cie-quich, pertenecía a la nobleza militar y desempeñaba un importante papel en los rituales que tenían lugar en las huacas. Su vida estaba dedicada por completo a la guerra, a los ritos religiosos en honor a la principal divinidad mochica, Ai Apaec, y a engrandecer su prestigio frente a los líderes rivales.

Por debajo de los grandes señores se encontraban los sacerdotes, guardianes de los conocimientos astronómicos, arquitectónicos y metalúrgicos, y que también podían curar enfermedades. En un nivel más bajo se encontraban los artesanos, los mercaderes y el pueblo llano, compuesto por campesinos, pescadores y soldados. Los esclavos, normalmente prisioneros de guerra, formaban el peldaño inferior de la sociedad mochica.

En el siglo VI, esta sociedad íntimamente enraizada en su medio físico empezó a sentir los estragos de un fenómeno meteorológico conocido como El Niño: una corriente oceánica cálida impide el afloramiento de las aguas más frías de la corriente de Humboldt, lo que favorece la evaporación del agua marina, que luego cae en forma de precipitaciones torrenciales. El Niño afecta a esta zona con regularidad, pero por entonces fue inusualmente fuerte y prolongado: intensas e interminables lluvias asolaron la región durante treinta años.

El devastador El Niño

Estas terribles inundaciones contaminaron los cursos de agua y los manantiales, y erosionaron miles de hectáreas de terreno cultivable

Los aguaceros destruyeron palacios y pirámides, edificados con barro y por ello muy vulnerables a la acción disolvente del agua. Los ríos se salieron de sus cauces y el lodo arrasó tanto grandes extensiones de tierra cultivable como pequeños poblados construidos con adobe y caña, ahogando a sus habitantes. Estas terribles inundaciones contaminaron los cursos de agua y los manantiales, y erosionaron miles de hectáreas de terreno cultivable. Las fiebres tifoideas y otras epidemias camparon a sus anchas, sembrando la muerte y la destrucción.

A tan intensas y devastadoras precipitaciones siguió un ciclo de sequía de tres décadas, que entre los años 563 y 594 redujo de manera drástica la cantidad de manantiales de montaña cuyas aguas llegaban hasta la costa. Ello resultó catastrófico para la agricultura, con la consiguiente hambruna, y provocó una creciente desertización que causó que las dunas de arena se tragasen numerosos asentamientos.

En el año 602 volvieron las lluvias torrenciales, y entre 636 y 645 la sequía asoló de nuevo con fuerza la región. Kilómetros de canales permanecieron secos y se llenaron de arena, las cosechas murieron y las reservas de alimentos se agotaron. El Niño también provocó un cambio en las corrientes marinas que redujo las capturas de peces, sobre todo de anchoas, que eran parte esencial de la dieta costera y un importante elemento de comercio. De este modo, a la quiebra de la agricultura siguió la ruina de la pesca, con lo que desapareció el último recurso alimenticio de los mochicas. A consecuencia de todo ello, miles de personas murieron de hambre.

El derrumbe de la sociedad

Esta situación causó un trastorno considerable en la vida económica y social mochica, hasta el punto de que en muchas ocasiones sus líderes tuvieron que abandonar sus centros políticos, religiosos y administrativos a causa de la destrucción que comportaron estos drásticos cambios climáticos. Los arqueólogos, por ejemplo, han descubierto que las precipitaciones que cayeron en la zona de Sipán obligaron a sus jerarcas a trasladarse al vecino asentamiento de Pampa Grande para seguir controlando desde allí el valle de Lambayeque.

También los señores de Cerro Blanco tuvieron que dejar el lugar para trasladarse al asentamiento de Galindo, situado en la estratégica garganta del río Moche. Desde Galindo, que se convirtió en el mayor centro de la zona, los caudillos mochicas podían controlar los sistemas de irrigación y el acceso a las fértiles tierras del valle del río Moche. El pueblo se instaló junto a sus señores para tener lo más cerca posible las fuentes de agua y evitar las dunas que amenazaban cultivos y poblados río abajo.

A finales del siglo VII, las lluvias provocadas por un Niño extremadamente intenso arrasaron muchos sistemas de regadío cercanos a Pampa Grande y Galindo

Esta catastrófica serie de factores climáticos debilitó gravemente las instituciones mochicas. La nobleza, alejada del día a día de sus súbditos, vivía ocupada en sus disputas dinásticas y ceremonias rituales. Pero el pueblo culpó a sus gobernantes de la caótica situación y de haber perdido el favor de los dioses. En consecuencia, los jerarcas incrementaron los sacrificios humanos para ganarse el favor divino, sin conseguirlo.

Con todo, el rico ajuar funerario hallado en la tumba de una sacerdotisa, en San José de Moro, datada hacia el año 720, muestra que la élite mochica se resistía a renunciar a sus privilegios ancestrales, aunque este tipo de enterramientos significase un enorme gasto para una sociedad castigada por el clima y debilitada por la escasez de alimentos y recursos. En la Huaca de la Luna, los arqueólogos desenterraron los restos de unos setenta varones que habían sido sacrificados y desmembrados en el transcurso de, por lo menos, cinco ceremonias rituales. Fueron víctimas de un rito destinado a aplacar a las poderosas fuerzas de la naturaleza.

Colapso final

A finales del siglo VII, las lluvias provocadas por un Niño extremadamente intenso arrasaron muchos sistemas de regadío cercanos a Pampa Grande y Galindo. En consecuencia, ambos centros fueron abandonados hacia el año 750 y la población se agrupó de forma independiente, lo que supuso el derrumbamiento del sistema político mochica. Puede que incluso estallara una guerra civil: la arqueología demuestra que los mochicas, tras abandonar sus antiguos asentamientos, crearon otros nuevos, donde las enormes huacas de antaño fueron reemplazadas por fortalezas.

Al haber perdido la autoridad y el control sobre su pueblo, los jefes mochicas se enfrentaron entre sí en una feroz lucha por el control de los escasos recursos que quedaban en la zona. Los últimos asentamientos mochicas, gobernados por una desgastada clase dirigente, no pudieron evitar caer en manos del emergente Estado huari (o wari), una arrolladora maquinaria militar que conquistó la mayoría de señoríos costeños y de la sierra de la zona central del Pacífico peruano. En los siguientes tres siglos, los huari concentraron un poder inmenso, construyeron enormes centros urbanos y edificaron un auténtico imperio, hecho sin precedentes hasta entonces en la historia de las culturas andinas.

Para saber más

La corriente de El Niño y el destino de las civilizaciones. Brian Fagan. Gedisa, Barcelona, 2010.

Sipán, descubrimiento e investigación. Walter Alva. Edición del autor, Lambayeque, 2004.

Cultura mochica

 

 

 

 

 

 

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