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martes, 7 de julio de 2026

 

Los 80 de Sylvester Stallone: de dormir en una estación de tren a rechazar una fortuna para ser Rocky ...

Sylvester Stallone en una de las imágenes más icónicas de su carrera, durante la saga de Rocky. (Foto: Reuters)
Sylvester Stallone en una de las imágenes más icónicas de su carrera, durante la saga de Rocky. (Foto: Reuters)

Sylvester Stallone cumple 80. Él es Rocky pero también el autor y protagonista de otras dos sagas exitosas como Rambo y The Expendables. Fue uno de los grandes héroes de acción de los ochenta, pasó por un periodo de desprecio crítico y siempre renació, hasta su última incursión en el mundo de las series por streaming. Su vida tuvo el Oscar, la fama, el estrellato, los millones. Pero también los dolores, las caídas, la soledad, la lucha por mantenerse en la cima, las pérdidas irreparables.

De joven no veía de qué manera podía fracasar, ni siquiera pensaba en esa posibilidad. El único horizonte que concebía era el éxito.

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Las probabilidades estaban en su contra. No era dúctil, se movía pesadamente, no coincidía con los patrones de belleza de su tiempo, tenía parte de la cara paralizada por un accidente con los fórceps durante el parto, la boca asimétrica, los ojos caídos, su voz parecía salir de un sótano húmedo y cada vez que tenía que decir sus líneas de su garganta un farfullo difícil de comprender, masticaba trabajosamente cada una de sus palabras.

Nada de eso le importaba. ¿Por qué sería un obstáculo para triunfar en Hollywood, en el mundo de la actuación?

En algún momento descubrió que no le brindarían con facilidad la oportunidad que estaba esperando, que necesitaba. Tampoco importó. Él se conseguiría esa ocasión. Con una certeza y una obstinación casi irracionales, consiguió su chance. Y por supuesto no la dejó pasar. Se convirtió de la noche a la mañana en una súper estrella de la mano de un personaje entrañable, vivo, como Rocky Balboa. 50 años después mantiene ese status estelar reservado para unos pocos.

Sylvester Stallone se convirtió en uno de los grandes íconos del cine de acción de Hollywood. (Foto: Reuters)
Sylvester Stallone se convirtió en uno de los grandes íconos del cine de acción de Hollywood. (Foto: Reuters)

Sylvester Stallone nació en el 6 de julio de 1946 en Nueva York, en el barrio de Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno: “Eran tiempos en que se justificaba absolutamente que a esa zona de la ciudad se la llamara así”, dice el actor.

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La familia luego se tuvo que mudar a distintas ciudades tras la búsqueda de una estabilidad laboral que nunca llegaba. La denominación de familia en esa casa podría tratarse de un eufemismo o de una fórmula para simplificar. El matrimonio de sus padres fue tempestuoso. Las peleas eran virulentas y permanentes. Eso empujaba a los hijos a la calle, a tratar de alejarse del ambiente feroz del hogar. El refugio de Sly fue el cine.

Pasaba tardes enteras viendo tres o cuatro películas en continuado. Y descubrió que él quería ser eso: un héroe, alguien que salvara a los demás o que al menos fuera aplaudido por los otros. Eligió su modelo: George Reeves, un actor de peplums y películas de acción clase B, que siempre aparecía con el torso desnudo para mostrar que estaba repleto de músculos.

A Sly en el colegio no le iba bien. Según confesó fue a 13 instituciones diferentes en sus 12 años escolares.

La madre fue un personaje en sí mismo; algún distraído puede pensar que fue escrito por un guionista de trazo grueso. Jackie Stallone (conservó el apellido de casada no por devoción al ex esposo sino por cálculo promocional, para asociarse al apellido famoso del hijo) murió hace unos años cuando se aproximaba al siglo de vida.

A partir del suceso de Sylvester, ella fue en busca de lo que siempre quiso: fama. Su profesión: celebridad. Aunque sostenía que siempre había sido astróloga y se adjudicaba éxitos rotundos. Convertida en mediática full time participó en una edición VIP de Gran Hermano en Inglaterra -en la que coincidió con su ex nuera, Brigitte Nielsen- siendo una de las participantes de más edad en la historia del ciclo en cualquier parte del mundo.

En los últimos años de su vida se declaró rumpóloga, es decir se dedicaba a la predicción del futuro de las personas estudiando sus nalgas y su ano. La lectura de las líneas de las manos, se estima, le parecía poco rigurosa.

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Jack, su padre, era un hombre violento, insatisfecho, profundamente egoísta que siempre ejerció una autoridad despótica sobre sus hijos. Stallone, con dolor, dice que él tiene un costado furibundo y salvaje y que no duda que eso proviene de su padre. “Era un padre demasiado físico –dice-. Tenía una ferocidad descontrolada. Mi padre era Rambo. La pasé mal pero tenía algo muy claro: no me iba a quebrar”.

Hasta los 30 años todo fue búsqueda, dolor y frustración. Apenas le ofrecían papeles muy menores de matón. El physique du rôle lo condenaba. Trabajaba de lo que podía y buscaba papeles que le dejaran mostrar lo suyo. Aunque lo de mostrar lo suyo en algún momento se volvió demasiado literal.

Cuando recibió la propuesta para protagonizar The Party at Kitty and Stud’s, hacía cuatro noches que dormía en un banco de una estación de ómnibus. Le ofrecieron 200 dólares por dos días de rodaje. Una pequeña fortuna en ese momento para él. La película, filmada a las apuradas, con un guion pobrísimo, pasó desapercibida en el momento de su estreno en unas pocas salas y como complemento de programas continuados para adultos. Pero en 1976, luego del súbito éxito de Rocky, los productores le cambiaron el nombre y la reestrenaron. Italian Stallion se presentaba como la película triple X de Stallone.

“La estrella de Rocky y su película prohibida”, anunciaba el afiche. El actor de moda en una porno. Pero el film distaba de ser pornográfico. Era, sin duda, erótico. Con una excusa argumental pobre, Stallone pasaba gran parte del metraje sin ropa, con muchos planos que incluían desnudos frontales. Pero las escenas de sexo eran simuladas y no había nada explícito.

Cuando se convirtió en el actor del momento con su interpretación de Rocky Balboa, los dueños de los derechos de The Party at Kitty and Stud’s, contactaron a Stallone para venderle la película por 100 mil dólares y así evitar que todos lo vieran desnudo. Sly no cedió a la extorsión. “Por esa película no pago ni dos dólares” fue su respuesta.

Sylvester Stallone durante el rodaje de Rocky II (1979), la secuela que consolidó el éxito del personaje que cambió su carrera. (Foto: Reuters).
Sylvester Stallone durante el rodaje de Rocky II (1979), la secuela que consolidó el éxito del personaje que cambió su carrera. (Foto: Reuters).

El comienzo de su transformación

Luego de ese debut poco prestigioso siguió buscando posibilidades. Un pequeño papel en Bananas de Woody Allen y una participación en una alocada distopía futurista producida por Roger Corman, Carrera Mortal 2000 fueron las más relevantes.

Hasta que después de ver una pelea de Muhammad Ali frente Chuck Wepner, se encerró en su habitación de mala muerte que quedaba en el Boulevard Balboa, tapó las ventanas y escribió con frenesí la historia de un boxeador fracasado al que le dan una chance. Cuando los productores quisieron comprarle el guion y fueron subiendo la oferta hasta los 350.000 dólares, él se mantuvo intransigente: la condición para ceder la historia era convertirse en el protagonista.

Él era Rocky, el underdog, el que no tenía posibilidades, el subestimado, el que no estaba en los cálculos de nadie y sin embargo lo había conseguido. En su vida colegial pasó por más de una decena de colegios. En uno de ellos realizaron una encuesta entre todos los miembros de la promoción: ¿cuál de ellos tenía más posibilidades de terminar en la silla eléctrica? Sly ganó ampliamente. Pero ocho años después estaba en las tapas de los diarios con un Oscar en la mano y en miles de afiches callejeros. Se propició una oportunidad. Y la tomó. Después llegó todo lo demás.

Con amargura, Stallone contó que nada fue cómo él suponía, cómo soñaba, después de alcanzar la consagración. El éxito no se parecía a lo que había imaginado, soñado. “Allí arriba estás solo. Es difícil mantenerse. Tenés que luchar demasiado y también dejar muchas cosas de lado. A veces no es tan bueno como parece”, declaró.

Sly, ya grande, reconoce que el éxito trae tormentas y que altera el orden de prioridades. A veces el poder achica las opciones y nubla el raciocinio y es un auto de última generación que marcha a velocidad ultrasónica y el pasajero no se puede bajar; la mayoría de las veces el viaje a la fama termina cuando ese auto desbocado choca de frente contra un paredón o, con mejor suerte, cuando se queda sin nafta y ya detenido es pasado por los otros que ni siquiera giran sus cabezas para verlo en la banquina.

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Después de la primera entrega de Rocky conoció los primeros fracasos. F.I.S.T. y Paradise Alley (que merece una nueva revisión: soportó bastante bien el paso del tiempo). En ese momento volvió a recurrir a Balboa y se entusiasmó con las secuelas como modo de mantenerse en lo más alto. No es tan fácil hacer secuelas como parece (mucho menos a fines de los setenta y los ochenta cuando él las hacía). Hay que mantener el espíritu de los personajes y renovar el interés del público, hacer evolucionar las historias para que la gente siga pagando la entrada y para que siga queriendo a esas creaciones.

Sylvester Stallone en Rocky IV (1985), la película que consolidó el éxito internacional de la saga. (Foto: Reuters)
Sylvester Stallone en Rocky IV (1985), la película que consolidó el éxito internacional de la saga. (Foto: Reuters)

Rocky se renovó con la cuarta entrega y consiguió otra vez un enorme suceso. Comulgó con su tiempo, con los años de Reagan, con la Guerra Fría y mantuvo la épica del personaje. Pero la quinta fue un fracaso. Algo se rompió. Stallone actuó junto a Sage, su hijo que también hacía de hijo en la ficción. En una escena el chico le reclama al padre que nunca está para él o para su madre. Cuando el día del estreno le preguntaron, Sage dijo que en esa escena no tuvo que actuar demasiado, que le estaba hablando más al padre que a Rocky.

Sage Stallone era su hijo mayor. Fue encontrado muerto en su casa en 2012. Tenía 36 años. La autopsia determinó que se trató de una muerte súbita. Stallone vivió el duelo recluido y evitó dar declaraciones. Casi no habló de esta pérdida en sus apariciones públicas. Cuando hace referencia a Sage sus ojos se enturbian y la cara se agrieta, envejece súbitamente y apenas logra decir que anteponer la carrera a la familia tiene consecuencias radicalmente devastadoras.

En los 80 se convirtió en el gran actor de acción de Hollywood. Su rivalidad con Schwarzenegger se convirtió en legendaria. Si actuar es una actividad corporal, Stallone fue (es) un cuerpo. Él fue la súper estrella de ese tiempo. Ese cine de excesos, intenso, pomposo, bombástico, marcó esa década. A veces mejor, a veces demasiado fácil, sus películas casi nunca dejaron de ser cine: todo movimiento, todo acción, todo imagen.

Cada vez que se habla de Stallone sobrevuela otra cuestión, la del prestigio. Su carrera empezó con la consagración inesperada del Oscar a la mejor película. Rocky le ganó a Taxi Driver, Todos los Hombres del Presidente, Esta Tierra es Mi Tierra y a Network. Pero después llegaron las críticas, la subestimación y hasta las burlas. Stallone es el actor con más nominaciones y premios Razzies (el anti Oscar, los galardones a lo peor del año) en la historia. 30 nominaciones y 9 victorias/derrotas.

Actor y director siempre subestimado, Stallone no ayudó con sus elecciones durante gran parte de los 80 y mediados de los 90. Convertido en héroe de acción intervino en muchos proyectos endebles, de escasa calidad. Productos poco elaborados, nacidos bajo el signo de la ambición. Sus incursiones en la comedia se convirtieron en (merecido) motivo de burla. Oscar o ¡Para! o Mamá Dispara fueron dislates en toda regla, son los mejores ejemplos del momento en que su carrera perdió el rumbo por un tiempo.

“No culpo a nadie. Pero en los 80 firmabas contratos con películas con tres o cuatro años de antelación. Era lo que me recomendaban los agentes. De pronto me encontré con que había enlazado ocho años de películas desastrosas. El negocio antes se movía así: la estrella era la taquilla. Ahora es la película, cambió todo. De aquellos títulos no me arrepiento, aunque no puedo ni verlos en la tele. Mi hija me dice a veces: ‘¿Cómo hiciste esta mierda?’. Y le respondo: ‘Callate, que esa te pagó el colegio’. Mi carrera está hecha 96 % de fracasos y 4% de éxitos”, explicó hace unos años Stallone.

Sin embargo ha construido una carrera excepcional, siendo uno de los actores que más ha recaudado en las últimas décadas. Según sus propios cálculos la cifra de lo acumulado por sus películas se acerca a los dos mil millones de dólares.

Sylvester Stallone, en un momento familiar junto a su esposa y una de sus hijas. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).
Sylvester Stallone, en un momento familiar junto a su esposa y una de sus hijas. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).

Hollywood estaba cambiando y a Sly le costó adaptarse. Desorientado fue a pedir una mano a un viejo conocido. Una vez más Rocky acudió en su ayuda. Cuando presentaba a los productores sus ideas para la sexta entrega de Rocky casi nadie quería escucharlo. Había fracasado la anterior y habían pasado 19 años. Él estaba viejo para hacer de boxeador. Stallone, una vez más, insistió. Rocky Balboa fue un regreso extraordinario e inesperado, para muchos la mejor de todas. Rocky y Sly siempre tenían algo más para dar. Después vinieron las tres de Creed.

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Stallone se casó tres veces. La primera fue antes de la explosión de Rocky con Sasha Czack. Tuvieron dos hijos: Sage y Seargeoh. Se divorciaron una década después de la boda, en 1985 tras la irrupción de Brigitte Nielsen, la danesa inmensa que impactó al mundo y a Stallone en Rocky IV. Este matrimonio fue breve y turbulento. Stallone se convirtió en carne de tabloide. Las tapas de las revistas de la farándula se multiplicaron. La ruptura, como no podía ser de otro modo, también fue resonante.

Contratada para participar en la segunda entrega de otra franquicia súper rendidora de los 80, Un detective suelto en Hollywood (uno más de los buenos papeles que Stallone no aceptó), los rumores le adjudicaron romances con el director Tony Scott, con una asistente de éste, con Eddie Murphy y hasta hubo quién dijo que se relacionó íntimamente con los tres.

El tercer matrimonio de Sly fue con la exmodelo Jennifer Flavin. Esta pareja ya lleva treinta años de persistencia. Tuvieron tres hijas: Sistine, Scarlett Rose y Sophia.

Sylvester Stallone y Jennifer Flavin. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).
Sylvester Stallone y Jennifer Flavin. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).

En 2022, un nuevo terreno conquistado: el streaming. Protagoniza Tulsa King en la que encarna a un viejo mafioso que sale de la cárcel después de décadas y reclama lo que le corresponde pero el mundo cambió demasiado durante su encierro.

A Rocky cuando le proponen enfrentarse a Apollo Creed le preocupa hacer un papelón, él quiere dar la talla (Going the distance dice Rocky). A esta altura, después de cincuenta años en la cima sabemos que Stallone dio la talla. Y que todavía no va a tirar la toalla. El envejecimiento lo preocupa pero por ahora no lo derrota. “Estoy en el negocio de la esperanza y odio los finales tristes”, dice.

Censura, exilio y regreso al país: Luis Brandoni, el actor que desafió a la dictadura desde el escenario ...

Luis Brandoni, un ícono de la cultrua argentina que murió hoy a los 86 años. (Foto: Télam)
Luis Brandoni, un ícono de la cultrua argentina que murió hoy a los 86 años. (Foto: Télam)

Fue un actor, un gran actor. Aunque muchas veces su participación pública, sus posicionamientos políticos y sus opiniones contundentes y ácidas provocaron amores y odios, su labor de más de sesenta años lo convirtió en uno de los intérpretes más relevantes de la escena nacional. Son muy pocos los que lograron atravesar épocas y dejar su marca, en simultáneo, en el cine, el teatro y la televisión. En cada una de esas expresiones fue protagonista de obras que trascendieron su tiempo, que forjaron su legado y, además, que se convirtieron en grandes éxitos de público.

A los 86, después de diez días de internación tras un accidente doméstico, Luis Brandoni murió en la madrugada de hoy en el Sanatorio Güemes.

Su vocación se impuso hasta el final. Hasta el accidente seguía en cartel la obra Quién es Quién en la que actuaba junto a Soledad Silveyra y pocas semanas atrás se estrenó Parque Lezama, su última película dirigida por Juan José Campanella.

Luis Brandoni nació el 18 de abril de 1940 en Dock Sud. Padre bancario y madre ama de casa. Desde muy chico organizaba funciones familiares de títeres y de teatro casero para su familia. A los pocos años, los Brandoni se mudaron a Nuñez. Allí nació otra de sus pasiones: River. En su adolescencia soñaba con alguno de los tres berretines de los que hablaba una de las películas pioneras de nuestro cine: ser cantor de tango, futbolista o actor. Su sueño terminó convirtiéndose en realidad.

Estudió en el conservatorio con grandes maestros y, apenas pudo, comenzó a trabajar como actor. Pequeños papeles en radio, bolos en televisión, personajes secundarios en cine. En 1963, Luisa Vehil lo incorporó al elenco de la Comedia Nacional. Ya a fines de los años sesenta era una joven figura, conocida por el público y respetada por la crítica. En cine trabajó en Tute Cabrero, La Tregua y La Patagonia Rebelde entre otras. En teatro encabezaba obras de los jóvenes dramaturgos argentinos que surgían y que traían un nuevo lenguaje y temáticas. En televisión se destacaba en los especiales de Las Grandes Novelas y Los Grandes Relatos, adaptaciones de clásicos literarios. Su ascenso actoral convivía con la inclinación por la actividad sindical.

A principios de los setenta fue elegido secretario gremial de la Asociación Argentina de Actores (AAA). De esa labor surge un mito. Se lo acusó de haber tomado a punta de pistola Canal 9 para que fuera estatizado en tiempos del tercer gobierno peronista. En 1973 vencían las licencias de los canales privados, otorgadas diez años antes. El gobierno peronista decidió no renovarlas y estatizar los tres canales privados. Para eso contó con el apoyo de los gremios del rubro. Brandoni siempre afirmó que la Asociación Argentina de Actores participó en las deliberaciones previas. Pero la Asociación no terminó apoyando la quita de las licencias, ni mucho menos con la toma violenta por parte del SAT (Sindicato Argentino de Televisión) de Canal 9. Los actores creían que se trataba de un error, que iría en desmedro de su actividad: menos trabajo y peores ingresos ante la falta de competencia. Alejandro Romay muchos años después acusó directamente a Brandoni de la toma del canal y de apuntarlo con un arma. “Bajá ese arma, Luisito”, contaba Romay que dijo. Brandoni siempre negó los hechos. Logró demostrar que esa jornada ni él ni Romay estaban en el canal, así que era imposible que esa escena hubiera tenido lugar. Ya con el regreso de la democracia, Brandoni le inició juicio a Romay por esas acusaciones (también a Editorial Atlántida y a Bernardo Neustadt por repetirlas). Una nota a doble página en revista Gente lo acusaba, unos meses después, de haber cambiado de opinión por sus críticas furibundas a cómo el gobierno de Isabel Perón manejaba los canales y por la baja significativa en los puestos de trabajo para los actores. Brandoni inició otro juicio y Gente, ya en la Dictadura, debió publicar el fallo judicial y la desmentida firmada por Aníbal Vigil en una edición de junio del 76.

En su ascendente camino actoral se interpuso la (otra) Triple A. Amenazas, persecución, algún atentado. El modus operandi era bastante similar en el caso de los artistas. Un llamado anónimo a un diario o a una agencia de noticias. Una voz cavernosa avisaba que había un mensaje escondido en un baño de un local gastronómico; en el caso de Brandoni se trató de un bar en Santa Fe y Azcuénaga. Allí detrás de un inodoro, una lista y la advertencia para una serie de figuras públicas. En esa lista, además de Brandoni, estaban Nacha Guevara, Horacio Guarani y Héctor Alterio. La amenaza no admitía dobles lecturas: tenían 48 horas para dejar el país. En plena democracia, Brandoni debió exiliarse.

Estuvo unas semanas en España y casi un año en México. En el medio, sus colegas lo volvieron a elegir como representante gremial, en ausencia. Le aseguraron que las condiciones estaban dadas para su regreso. Además, él extrañaba demasiado, no podía imaginarse una vida fuera de la Argentina. Lo esperaban varios trabajos en cine y televisión. El clima político se volvía cada vez más espeso; el aire, irrespirable. Durante marzo del 76 se encontraba filmando Juan que reía de Carlos Galettini y en televisión tenía un papel en La Aventura de Vivir con Marta González. El 24 de marzo se interrumpió el rodaje de la película por unos días. Brandoni supo que la música sacra y los comunicados radiales eran un mal augurio, que nada bueno podía venir. Dos días después cuando llegó a Canal 9 para grabar la novela, un asistente se acercó y le comunicó que había sido eliminado del programa: en un súbito golpe de libreto, su personaje fue enviado a vivir a Japón; un lugar tan alejado, tan poco accesible en el imaginario colectivo de esos años, que la sola mención del destino indicaba a los espectadores que el personaje ya no regresaría.

La noche del 9 de julio de 1976 (poco después del juicio ganado a Vigil) fue secuestrado junto a su esposa Marta Bianchi. Salieron del teatro Lasalle donde hacían Segundo Tiempo, una obra de Ricardo Halac. Iban a cenar con Gila y su esposa. Hasta que dos autos se cruzaron en su camino. Los metieron en un Peugeot 504 y en un Torino, les vendaron los ojos, los maniataron y los tiraron al suelo de los autos. Aparecieron -en lo que luego sabrían- era Automotores Orletti. El cómico español no fue detenido. Aníbal Gordon fue el encargado del operativo, de los golpes y del interrogatorio: “Te dijimos que te fueras a la mierda hace más de un año. ¡Para qué carajo volviste!”, le gritaba a Brandoni. La noticia de su secuestro se filtró muy rápido -era una figura célebre y la rápida denuncia de Gila fue determinante- y hubo presiones y cabildeos durante toda la noche, hasta que alguien a la mañana siguiente ordenó su liberación.

Durante los siete años de la Dictadura estuvo prohibido en cine y televisión. Sólo actuaba en teatro (por lo general junto a Marta Bianchi) y siguió al frente de la Asociación de Actores. Fue también una de las caras visibles de Teatro Abierto.

Con el regreso de la Democracia se afilió al radicalismo y siguió con devoción a Raúl Alfonsín. Fue un defensor de su candidatura y luego de su gobierno. Aunque no tuvo una secretaria ni un ministerio fue nombrado como asesor presidencial ad honorem en el área de cultura. En esos años de la Primavera Alfonsinista, con el cine argentino triunfando en los festivales del mundo y con los canales todavía en manos del gobierno, fue acusado de integrar (y hasta de liderar) la Patota Cultural, término que acuñó Sergio Velazco Ferrero cuando fue sacado de pantalla. Brandoni le respondió llamando canalla al conductor.

Si en la década anterior su gran éxito teatral había sido Convivencia (luego llevada al cine), la obra que marcó su década del ochenta fue Made in Lanús (su último trabajo como director fue en una reposición de la obra de Nelly Fernández Tiscornia protagonizada en esta ocasión por Malena Solda y Alberto Ajaka). Luego de una pausa de más de ocho años regresó al cine de la mano de Alejandro Doria con Darse Cuenta, en la que encarnaba a un médico que batallaba contra sus propios fantasmas mientras intentaba salvar a un joven luego de un accidente automovilístico. Con Doria completaría una trilogía muy exitosa, aunque cambiando de tono. Esperando la Carroza en la que tuvo, acaso, la frase más famoso del cine nacional: “Tres empanadas” ( y no olvidar: “Ahí lo tenés al pelotudo”); y también Cien Veces No Debo con Andrea del Boca (otra frase gritada por la ventana para todo el barrio: “Le llenaron la cocina de humo”).

Otras de sus películas fueron: Hay Unos Tipos Abajo de Rafael Filipelli, la versión cinematográfica de Made in Lanús, Una Sombra Ya Pronto Serás de Olivera, Mi Obra Maestra, La Odisea de los Giles, 4x4, entre muchas otras.

En televisión actuó en La Nena y su primer gran éxito indiscutido fue Buscavidas, en el 84. Después vino la remake de Mi Cuñado con Ricardo Darín, sus dos incursiones con Francella en Durmiendo con Mi Jefe y El Hombre de Tu Vida y dos papeles descollantes de los últimos años en Un Gallo Para Esculapio y Nada en la que compartió proyecto con Robert de Niro.

En teatro, a lo largo de sesenta años de presencia escénica, sus grandes mojones fueron: Rosenkratz y Guilderstern Han Muerto de Tom Stoppard, El Viejo Criado, Gris de ausencia, Convivencia, Justo en lo mejor de mi vida y , por supuesto, Made in Lanús.

Su medio era el teatro. No sólo había sido lo que le permitió subsistir durante la dictadura, sino que era donde él se sentía más a gusto, su verdadera vocación, el lugar en el que todo sucedía en vivo, sin red, sin artificios, con conexión directa con el público.

Compartía escena y pantalla con todos los grandes intérpretes. De Alterio a Pepe Soriano, De Soledad Silveyra a China Zorrilla, de Darín a Francella.

Su incursión política no terminó con el gobierno de Alfonsín. Siguió ligado al radicalismo y fue electo diputado nacional en 1997. También fue candidato a senador por la Provincia de Buenos Aires y acompañó a Ricardo Alfonsín como vicegobernador en la Provincia aunque el resultado electoral fue magro. Se convirtió en un habitué de los programas políticos con sus tonos de voz potentes, sus gestos de desdén y la indignación a flor de piel ante lo que no le gustaba o le parecía antidemocrático.

Sus opiniones políticas siempre fueron decididas y terminantes. Un polemista aguerrido pero que nunca rehuyó al diálogo ni a las discusiones. Ya en la última década se volcó a Cambiemos en su férrea oposición al kirchnerismo.

Si en los años de la Dictadura había denunciado las Listas Negras, en el tiempo del kirchnerismo habló de Listas Blancas. Se refería a los actores y artistas beneficiados por su adscripción política mientras que los que no tenían su misma postura política, los que estaban del otro lado de la grieta eran dejados de lado.

En 2017 después de medio siglo de afiliación y de activa vida gremial renunció a la Asociación Argentina de Actores que había liderado en los peores momentos enfrentado con muchos de sus colegas embanderados con Cristina Kirchner. La discusión fue pública y el comunicado de la cúpula de la AAA en ese momento poco elegante y mezquino con la trayectoria de Brandoni, tanto artística como gremial. Lo acusaba de despreciar lo democrático y sostenía que “su renuncia nos libera de la carga ominosa de tenerlo como afiliado (...) Actúa siendo funcional a los postulados y los intereses económicos que fueron el origen de la Dictadura”. El comunicado orwelliano de dirigentes afines durante más de una década al poder de turno (y beneficiados por él) y que no habían tenido actuación pública en los setenta -la mayoría no tenía edad para hacerlo siquiera- que acusaban a alguien de apoyar a aquellos que lo habían amenazado, obligado al exilio, secuestrado y prohibido.

Durante la Pandemia se opuso a la larga cuarentena impuesta por el gobierno nacional, lo que ocasionó nuevos cruces con los militantes del oficialismo de ese entonces.

No murió sobre un escenario pero sí lo hizo actuando hasta los últimos momentos.

Solía repetir un aforismo de Antonio Porchia: Se vive con la esperanza de ser un recuerdo. Nadie puede dudar que, si ese fue su objetivo, lo consiguió. Luis Brandoni fue un actor inolvidable

 

 

Se hacía pasar por productor de cine, ganó millones con estafas y hoy no se sabe si está vivo o muerto ...

Pat Andrew se presentaba como productor cinematográfico. (Foto: Diario Sur)
Pat Andrew se presentaba como productor cinematográfico. (Foto: Diario Sur)

A pesar de autoproclamarse productor audiovisual, nunca filmó ni una serie ni una película. Pero seguramente alguna vez se filmará la historia de su vida y sus fraudes se convertirán en una superproducción.

Pat Andrew fue un maestro de la estafa. Tal vez la frase anterior tenga un error, esté mal formulada y debe escribirse en presente. Pat Andrew es un maestro de la estafa.

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Es muy posible que esta frase tenga un nuevo error. Y que Pat Andrew no se llame así.

En 2019 Pat Andrew, productor cinematográfico, desembarcó en Mallorca con grandes planes. Varias películas y siete series. Aseguraba tener proyectos cerrados con cada gran estudio y con cada plataforma. Disney, Amazon, Netflix, Warner, Paramount. Un magnate que todo lo podía convertir en realidad.

Sus cartas de presentación eran una foto abrazado a Spielberg, la presencia de Antonio Banderas encabezando su siguiente película, el estreno asegurado en un gran festival.

Pero con el tiempo se demostró que todo se trataba de una gran farsa, de una estafa monumental orquestada por un hombre sin escrúpulos pero con un gran poder de convicción.

Cuando todo se complicó, alguien de su entorno comunicó su muerte. Eso hacía finalizar la persecución en la justicia, extinguía la acción penal. Pero sus mentiras fueron tantas que la justicia española no creyó que el hombre estuviera muerto. Y, tal vez por primera vez en la historia, la justicia ibérica se puso a perseguir un fantasma.

La historia la dieron a conocer hace poco más de dos años sendas investigaciones de los diarios Sur de Málaga y El País, que llegó a reunir los testimonios de alrededor de veinte damnificados.

La foto donde Pat se presentaba con Spielberg. (Foto: Diario Sur)
La foto donde Pat se presentaba con Spielberg. (Foto: Diario Sur)

Pat Andrew vestía trajes caros, usaba pañuelo colorido en el bolsillo superior del saco, camisas ostentosas, gemelos de oro y tenía la sonrisa tatuada en la cara. En un análisis lombrosiano hasta se puede afirmar que en su imagen, en sus modos, están los rastros, los rasgos, del embaucador, de alguien poco fiable.

Todos los testigos, todas las víctimas coinciden en que Andrew era un tipo encantador, con un poder de convicción, de seducción, único.

Aunque había comenzado su actividad en España en 2017 con cierta timidez, como tanteando el terreno, en 2019 se lanzó con todo. Anunció que desde su productora Wanda Halcyon lanzarían siete series para diferentes plataformas.

Pero esos anuncios no eran un comunicado a las redacciones, un posteo en las redes sociales. Nada de eso. Tenían la pompa y el glamour que exige un gran proyecto en un mundo como el del cine. Conferencias de prensa en grandes hoteles, cócteles, grandes sets de filmación para hacer los trailers, afiches, piezas para redes, todo regado con buen vino y espumante y un catering de lujo. También había mandado hacer merchandising de cada uno de sus supuestos proyectos que repartía a inversores y posibles participantes en sus productos.

A algunos de los estafados les sacaba menos de mil dólares. Les exigía un pago para asociarse al sindicato norteamericano, condición indispensable para que las plataformas aceptaran que fuera parte del proyecto. A otros les prometía grandes ganancias y los convencía de invertir varios cientos de miles de dólares. Pero no sólo engañaba a un trabajador que pretendía una buena oportunidad para su carrera. También en sus trampas, urdidas con descaro e ingenio innegable, caían grandes corporaciones.

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Para obtener servicios tenía otra táctica. Prometía y hasta se comprometía a grandes pagos, a inversiones monstruosas para obtener los servicios y luego postergaba indefinidamente los pagos. A una empresa de marketing y lanzamientos digitales les prometió una inversión de un millón de euros a lo largo de un año: debieron agrandar su plantilla, hacer los trabajos para Andrew en tiempo récord y luego quedar con un deuda impagable, que los empujó al abismo de la quiebra. Lo mismo hizo con unos estudios de grabación a los que sedujo con importantes inversiones que nunca realizó. Y hasta con comprarlos y darles luego a los antiguos dueños puestos ejecutivos excelentemente pagos.

Los hoteles con sus suites presidenciales y sus grandes salones reservados para recibir a la prensa también fueron otras de sus víctimas predilectas.

Era (o es: fue tan bueno en lo suyo, en el arte del engaño, que hasta pone difícil el tema de los tiempos verbales) un talento en el arte de la persuasión. Un hombre encantador, que sabía halagar a su interlocutor y que encontraba -casi un don- qué era lo que el otro necesitaba: dinero, buen cartel, adulación, compartir proyecto con alguien de renombre. Utilizaba el método cascada: mentía en el primer gran hombre ya comprometido en el proyecto (por lo general, alguien muy famoso e irreprochable) y después los otros iban cayendo. Cada uno se volvía un eslabón que terminaba de convencer al anterior.

Pat Andrew con George Christie, una de las víctimas de sus estafas. (Foto: Diario Sur)
Pat Andrew con George Christie, una de las víctimas de sus estafas. (Foto: Diario Sur)

Fue tan extraordinaria la construcción de su mundo de mentiras (era eso un mundo: con una lógica propia, con continentes conectados, complejo, inabarcable) que nadie sabe bien qué fue mentira y qué realidad en sus proyectos. Si todo se trató de una enorme farsa o si en algún momento al menos alguno de los proyectos tuvo algún viso de realidad.

La mayoría de sus estafados firmaron contratos de verdad. Revisados por abogados, certificados por escribanos, en oficinas de alguna productora seria, para proyectos que salían anunciados en los grandes medios españoles. Una arquitectura elaborada, casi perfecta, del engaño.

La llegada de la pandemia le dio la excusa ideal para justificar incumplimientos, para desaparecer.

El camino de la intervención de la justicia española empezó con una nimiedad. El reclamo de un hotel por una deuda de 7.500 euros. A partir de ese momento, un aluvión de demandas y de denuncias. Los damnificados se amontonaban en los juzgados, se peleaban por contar sus penurias, la manera en que fueron timados.

No pasó demasiado tiempo para que se supiera que Pat Andrew no era su nombre real. O al menos no el que había utilizado siempre a lo largo de su vida.

Austin, Augustus, Pat. Quién sabe cuál era su verdadero nombre. Sus supuestos oficios, sus disfraces laborales, también fueron múltiples: productor, editor, diplomático, ex combatiente.

Cuando la demanda de los hoteles NH de Málaga avanzó, Pat Andrew fue detenido. Pasó unos días en un calabozo y fue liberado a la espera del juicio. Fue la última vez que se supo de él. Acorralado por los reclamos, desapareció. Para siempre.

A los pocos días, a través de un mail que se envió a las redacciones de diferentes medios españoles que habían publicado investigaciones sobre su caso, su (supuesta) secretaria anunció su muerte en Londres acaecida unos días antes, el 28 de abril de 2023.

No hace falta subrayar que nadie le creyó. Ni siquiera la justicia española que ordenó continuar con las causas contra Andrew sin extinguir la acción penal y emitió una orden de captura del productor. Si de verdad está muerto, los investigadores estarían detrás de un fantasma.

Desde Inglaterra, llegó el certificado de defunción y toda da a entender que no es apócrifo, que en el registro correspondiente quedó consignada su muerte. El médico participante dijo que él no podía decir más de lo que estaba en el certificado, que no podía violar el secreto profesional.

La que no está muerta es Trudi Rothwell, su mano derecha, la que envió el mail anunciando su deceso. Muchos dicen que ella era su secretaria, su socia, su testaferro, su amante. Lo de Trudi, a esta altura sabemos, es relativo. Su nombre podría ser ese como también Anne Grey, Susan Handler o Lucy Carver. Los que fue utilizando a lo largo de los años junto a Andrew para perpetrar las estafas.

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Una vez respondiendo un mail a sus víctimas españolas cometió un desliz. Lo firmó con uno de sus otros seudónimos delictivos y no con el de Rothwell como era conocida por ellos. Eso hizo que googlearan y descubrieran a partir de ese nombre (Anne Grey) otras estafas de Andrew en otras jurisdicciones. Su camino de engaños se pudo reconstruir con paciencia y gracias a las huellas que fue dejando.

En Estados Unidos fue juzgado y condenado por una deuda de casi siete millones de dólares, de allí pasó a Irlanda en los que cometió-con distinta identidad- otros fraudes millonarios. Antes de ser atrapado en territorio británico escapó a París donde también dejó un tendal. Esa fue su última parada antes de Málaga.

En 2019 anunció que lanzaría siete series. (Foto: Diario Sur)
En 2019 anunció que lanzaría siete series. (Foto: Diario Sur)

Para el final quedan muchos interrogantes y una certeza menor. Las preguntas sin respuesta: ¿Cómo se llamaba de verdad este artista de la estafa? ¿Cuál era la clave para conseguir engañar a tanta gente a la vez? ¿En qué otros países desplegó sus dotes de timador? ¿Sigue con vida o de verdad está muerto?

La única pregunta con una respuesta contundente e indubitable en el caso de Andrew es la de cómo hizo para tener una foto con Steven Spielberg, una imagen que era una de sus principales cartas de presentación.

Andrew en esa foto no abrazaba a Steven Spielberg sino a la estatua de cera que lo representa en el Museo de Madame Tussuads.

 

 

Peleó por el título mundial en Mónaco, volvió a la Argentina y murió en un tiroteo tras un robo millonario ---

El día que asesinaron a César Abel Romero. (Foto: Clarín)
El día que asesinaron a César Abel Romero. (Foto: Clarín)

8 disparos. 8 balazos que penetraron el físico trabajado, fibroso. El cuerpo tirado boca arriba, la sangre que tiñe el sweater y la campera. El robo salió mal y la policía los mató a los cuatro. A un secuaz, a su hermano, a su mejor amigo y a él, César Abel Romero, la Bestia.

Es el 23 de julio de 1984 y la policía lo acaba de matar después de que robara con su banda dos empresas de transportes en el Gran Buenos Aires. Hubo un largo tiroteo, no se entregó fácil. No quería volver a la cárcel.

Pero Romero no era un delincuente más; al día siguiente, su nombre estaba en la tapa de todos los diarios. 9 días antes había peleado en Montecarlo por la chance de disputar el título del mundo ante una leyenda como Michael Spinks. Estaba, hasta esa pelea, sexto en el ranking de la categoría Medio Pesado.

Los músculos, la pegada pesada, la actitud desafiante, los tatuajes, el pasado delictivo, los años de cárcel y la historia de superación, abriéndose paso en el boxeo, casándose y criando a dos pequeños mellizos. La historia de la Bestia Romero tenía todo para llamar la atención. Pero ese final nadie lo había imaginado.

Era el cuarto de siete hermanos. Los dos mayores habían muerto en enfrentamientos con la policía. El tercero purgaba una larga condena. César había trabajado de todo lo que se le había cruzado. De caddie, como chapista, sodero, albañil, repartidor de damajuanas de vino. Entre un trabajo y otro, robaba. Desarmaba autos y locomotoras, asaltaba hombres, mujeres, parejas. Ingresaba a mano armada en distintos negocios. Lo detuvieron muchas veces.

César conociendo a Carlos Bilardo. (Foto: Clarín)
César conociendo a Carlos Bilardo. (Foto: Clarín)

Participó en una decena de tiroteos. Andaba armado desde su adolescencia. Contaba que la última vez se había salvado porque justo en medio de la huida salieron chicos de un colegio y la policía dejó de disparar. En esa época ya se había ganado el apodo de La Bestia. No era por la poderosa pegada que demostraría después, sino por su falta de límites cada vez que salía a robar.

Pasó más de cinco años en prisión. La primera vez que lo detuvieron tenía 11 años. Parecía que ese pasado turbulento había quedado atrás cuando comenzó a destacarse en el boxeo. Eso es lo que hacía el boxeo: sacar de las calles a los que se abrían paso a los golpes, de la pobreza, de la delincuencia; canalizaba la violencia y daba una esperanza.

Romero había salido de la cárcel por última vez a fines de 1978. Estuvo preso en Mercedes, en Olmos y en Devoto. Siempre condenado por robos. En el primero de esos penales aprendió a boxear. “Había que aprender a pelear para que no me violaran ni me lastimaran. Había que saber defenderse. Esa era la ley en los penales”, dijo. De la cárcel se llevó el nuevo oficio y muchos tatuajes ostentosos que en la época -donde casi eran exclusiva propiedad de marineros y de presidiarios- llamaban mucho la atención. El más visible era un águila que ocupaba todo su pecho. Eran 25 en total. Cada nota periodística que le hacían hablaba de ellos. Más allá del águila, tenía otros dos que intrigaban. Uno que conocían pocos: se había tatuado en el pene. Otro que era una promesa: “Madre, nunca más”. Al salir la última vez de prisión le había prometido a la madre que no volvería a delinquir, que intentaría con el boxeo. Cumplió durante casi seis años.

Su ascenso como púgil había sido un accidente, nadie lo había previsto. El uruguayo Flores Burlón tenía firmada ya una pelea contra Michael Spinks. Romero, sin mayores antecedentes, debía ser un peldaño para que llegara mejor preparado a la gran cita, un trámite. Pero la Bestia dio la sorpresa y lo puso knock out en el segundo round. El Luna Park enmudeció. Muchos de los que se fueron esa noche caminando por Corrientes creyeron que habían visto nacer una estrella.

Después de la victoria frente a Flores Burlón peleó contra cinco rivales menores y los derrotó a todos con claridad. El último gran obstáculo era el paraguayo Juan Carlos Giménez en el Luna Park. Otro triunfo que lo hizo ascender más en el ranking mundial y lo puso frente al venezolano Fulgencio Obelmejías, un veterano y complicado rival. De superar ese escollo, Romero se enfrentaría a Michael Spinks, campeón olímpico y monarca monopólica de la categoría en el profesionalismo (poco después también se consagraría en los pesados). La bolsa que recibiría sería significativa, de esas que hacen la diferencia.

La pelea con Obelmejías fue en Mónaco. Abría una velada que tenía como plato principal el enfrentamiento entre Davey Moore y Wilfredo Benítez. Romero era parte de la programación porque en la de semifondo se presentaba Martillo Roldán. Tito Lectoure estaba restaurando el camino internacional de Martillo tras la derrota frente a Marvin Hagler; era el regreso de Roldán a los grandes escenarios (terminaría enfrentándose a Tommy Hearns en una pelea electrizante). Y, cómo solía hacer, Lectoure coló otro argentino en la gran gala.

Romero se entrenó a conciencia. Sabía que si vencía al venezolano su carrera tomaría un impulso diferente y que con Spinks la bolsa sería de seis cifras en dólares. Tenía 29 años y era consciente de que estaba frente a su última gran oportunidad.

La tapa del diario Clarín el día que murió (Foto: Clarín)
La tapa del diario Clarín el día que murió (Foto: Clarín)

La bolsa de Romero por la pelea frente a Obelmejías fue de 5.000 dólares (16.000 dólares a valor actual).

César Abel Romero invitó al viaje a su hermano Mario Saúl -dos años menor que él- y a Pichi Rodríguez, un amigo de toda la vida. Ellos se alojaban en un hotel de menor calidad pero acompañaban a la Bestia cada vez que podían. La Bestia había pagado sus pasajes y alojamientos. Ernesto Cherquis Bialo en una nota que escribió en El Gráfico describe los días monegascos de los otros dos como vacíos, de ocio quieto y miradas perdidas.

Además de su amigo y su hermano, para alentar a Romero viajaron otras cuatro personas. Hugo Basillota, dueño de alfajores Guaymallén, Raúl Gámez -los dos de Vélez-, Omar Buchacra -otro hombre relacionado con el fútbol: integrante de la 12 del Abuelo y concesionario de los kioscos de varias canchas- que oficiaba de representante ad honorem de Romero y el gerente de la compañía de seguros Vigencia. Guaymallén y Vigencia eran sponsors de la Bestia y le pagaban entre los dos unos 70.000 pesos mensuales que lo ayudaban a alimentar su familia. Ese grupo se mantuvo cerca del boxeador durante su estadía. Pero él prefería pasar el tiempo libre con Pichi y su hermano.

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Todos coinciden que no hubo mayores problemas de convivencia ni en los días previos en San Remo ni en Montecarlo en la delegación encabezada por Lectoure. Romero vio a sus amigos sólo en los momentos de esparcimiento y siempre pidiendo autorización a Lectoure.

Roldán y Romero no hablaban demasiado entre sí. Roldán parecía no quererlo. En una sesión de guantes le pegó con fuerza y lastimó dos de las costillas de la Bestia. Tito Lectoure le tuvo que pedir que no se ensañara con su compañero de entrenamiento. Pero para Martillo, por lo general afable, algo se había roto entre ellos. No lo respetaba.

La Bestia Romero estaba confiado antes de subir al ring. Bien entrenado, sin problemas para el peso, consciente de que era su chance para dar el gran salto, lo que venía esperando desde hacía mucho tiempo. Sólo extrañaba a su esposa y a sus dos hijos; decía que quería que le fuera bien para poder llevarlos con él la próxima vez. Alguien le preguntó por qué no los había llevado a ellos y sí a su hermano y a Pichi. “Son cosas diferentes”, respondió antes de cambiar de tema.

Apenas sonó la campana Obelmejías le tiró su experiencia encima. Romero estaba atado, no mostraba potencia, y parecía perdido en el ring, como si alguien hubiera absorbido su alma. El rincón del argentino se desesperaba. Nada de lo planeado estaba sucediendo; y la Bestia estaba desconocido, entregado. El venezolano ganó cada round con suficiencia; al finalizar el quinto hasta se dio el lujo de tocarle socarronamente un glúteo. Ni siquiera así reaccionó el púgil argentino. Fue una derrota clara. En las horas siguientes, pese a la buena victoria de Roldán, el clima en la delegación era lúgubre. La gran chance se había evaporado. Y nadie estaba convencido de que volviera a tener otra.

Después de descontada la parte que le correspondía a su entrenador, los gastos de pasajes, anticipos percibidos y alojamientos de su hermano Mario y de su amigo Pichi, y los consumos extras en el hotel luego de la pelea, Romero quedó debiendo 500 dólares. De Europa volvía sin la chance del título y con una deuda.

César peleando contra el venezolano Fulgencio Obelmejías. (Foto: Clarín)
César peleando contra el venezolano Fulgencio Obelmejías. (Foto: Clarín)

En los días posteriores a la muerte del boxeador, Lectoure dejó claro que la liquidación había sido de 2.721 dólares, luego de las deducciones de los anticipos, gastos menores y el porcentaje acordado con el entrenador. El hombre fuerte del boxeo argentino quería despejar dudas y que nadie creyera que había salido a robar de nuevo porque en Mónaco había sido estafado por él o su entrenador. Lo cierto es que esa fue la liquidación de la bolsa de la pelea, pero luego Romero debió pagar lo del hermano y el amigo. Para hacerlo, además de usar el dinero de la bolsa, pidió prestado.

Romero regresó al país el lunes posterior al combate. Todavía no lo sabía pero le quedaba una semana de vida. Su hermano y su amigo lo hicieron recién el jueves: su pasaje era más barato y debieron afrontar escalas y desvíos insólitos. Romero los fue a recibir a Ezeiza. Luego de los abrazos y saludos, mientras volvían a su barrio en auto, programaron su siguiente paso profesional: darían un gran golpe. Romero les dijo que ya tenía visto un posible objetivo.

Tres días después, el lunes 23 de julio de 1984, bien temprano por la mañana, los hermanos Romero pasaron a buscar a Rodríguez por su casa. Pichi Rodríguez preguntó si podía llevar a su hijo. César, cortante, le dijo que no. Rodríguez no necesitó explicaciones, entendió que ese era el día.

Al salir de allí, los tres se reunieron con otros cómplices. Se subieron apretados a un Dodge 1500 marrón y arrancaron. Hasta que la Bestia ordenó frenar. Bajó del Dodge con su hermano y con Pichi. Le apuntaron en una calle angosta a un hombre que manejaba hacia su trabajo; aterrado tuvo que dejarles el Volkswagen Gacel.

En los dos autos se dirigieron hacia las oficinas de una empresa de transportes en Camino de Cintura. Los dos Romero, Mario y César, se pusieron pelucas con rulos y anteojos negros. Llegaron diez minutos antes de que el camión de caudales pasara a retirar la recaudación de todo el fin de semana. Alguien les había dado un buen dato. Había alrededor de 2.500.000 de pesos, algo más de 30.000 dólares. Hubo gritos, armas blandidas y un accionar veloz. El que comandaba la operación era la Bestia. Pusieron el dinero dentro de una bolsa y reemprendieron el camino.

De ahí siguieron hasta otra terminal de micros en Isidro Casanovas. 17 minutos después del primer robo se repetía la escena: “Todos al piso”, amenazas, el camino rápido hacia la caja fuerte -en ambos sitios sabían dónde estaba. En el momento de la apertura, la decepción: sólo había 34.000 pesos. Falló el cálculo y el camión de caudales, esta vez, se les había anticipado. Otro inconveniente: se habían olvidado la bolsa para meter dentro el dinero. Con un gesto de su arma, César Romero consiguió que uno de los empleados-rehenes le diera su campera para que pusieran dentro los fajos de billetes.

Acá la historia se vuelve imprecisa. Algunos dicen que la policía estaba avisada -por el robo del auto y el del primer botín-, los venía siguiendo y los rodeó con facilidad. Otros, que algún vecino los vio reducir con violencia a dos directivos de la empresa de transportes y dio aviso a la comisaría más cercana. Lo cierto es que 9 policías llegaron al lugar. Cuando se apostaban, Romero y sus secuaces los divisaron. Hubo gritos, pedidos de rendición, alguna corrida. El boxeador dio la orden de disparar. Los delincuentes abrieron fuego. Días antes, en Montecarlo, le había asegurado al periodista Ernesto Cherquis Bialo que no iba a reincidir en el delito, “pero si hago una macana, prefiero la boleta antes que volver a la cárcel”, concluyó. El tatuaje se resignificaba: el nunca más afirmaba no que no iba volver al delito, sino que Romero tenía claro que no iba a volver a la cárcel.

Esa mañana en Isidro Casanovas lo demostró. Se desató una balacera feroz, infernal. Cuarenta minutos de disparos. De un lado y del otro. Los refuerzos policiales no tardaron en llegar. Los integrantes de la banda que esperaban afuera, como campanas, lograron escapar. Los autos en los que habían llegado quedaron estacionados en la puerta. Romero trató de fugarse por el fondo de la propiedad, a través de una casa vecina. Los policías los siguieron hasta allí. Más disparos. Primero cayó Pichi, de inmediato el cuarto integrante de la banda. Quedaban los dos Romero. A Mario, le dieron en la espalda, mientras corría para alejarse. A César la Bestia Romero le pegaron 8 balazos. Quedó tirado boca arriba con la campera tiñéndose lentamente de rojo oscuro. En el baúl del auto encontraron la plata del primer robo y un arsenal: decenas de armas largas y revólveres, varias cajas de municiones.

César, en el medio, junto con sus hermanos. (Foto: Clarín)
César, en el medio, junto con sus hermanos. (Foto: Clarín)

Esa misma tarde, la sexta del diario Crónica publicó en tapa la noticia de los cuatro delincuentes muertos y de los dos policías internados con graves heridas. Al título con letras catástrofe lo acompañaba la foto de Romero muerto en el piso. Pero no se lo identificaba. El periodista que había conseguido la primicia o el policía que la había pasado no se había dado cuenta de que el boxeador que habían visto por televisión dos fines de semanas atrás y el delincuente abatido eran la misma persona. La foto en blanco y negro con poca definición y el papel granulado hicieron que nadie lo reconociera. También debe haber ayudado lo inverosímil de la situación: ¿cómo el hombre que vimos por televisión unos pocos días atrás sobre un ring en Montecarlo va a liderar una banda de asaltantes?

Recién a la mañana siguiente, Clarín develó en tapa la identidad de los muertos.

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Todos los medios se ocuparon del caso. Las crónicas del caso eran detalladas y abundaban en términos como gavilla, banda de malvivientes, esferas policiales y terminología similar que se utilizaba en la época.

El lunes siguiente Cherquis Bialo escribió un artículo extraordinario en El Gráfico contando los días de la delegación argentina en San Remo y Montecarlo en la previa de la pelea con Obelmejías. Hablaba del pasado de Romero, de las presencias inquietantes del hermano y el Pichi, de lo poco que le agradaba a Martillo Roldán su colega y del quiebre definitivo en la relación entre los dos boxeadores la noche que en la cena Romero contó: “Mi suegra me jodía mucho hasta que un día le di un piñazo y no jodió más”.

César la Bestia Romero aspiraba a convertirse en una gloria del deporte. No lo consiguió. Su nombre quedó sellado a las crónicas policiales.

 

Hugh Hefner, entre los excesos y el escándalo: la vida del dueño de Playboy que construyó un imperio del sexo

A 100 años de su nacimiento, luces y sombras del creador de Playboy. (Foto: AP)
A 100 años de su nacimiento, luces y sombras del creador de Playboy. (Foto: AP)

Fue el símbolo del sexo. El hombre del pijama de seda que desnudó a las mujeres más bellas en su revista. El que dijo haberse acostado con más de 1000 mujeres. El que con Playboy construyó un imperio del sexo. Clubes nocturnos, programas de televisión, películas, discos, merchandising.

Las conejitas se convirtieron en el símbolo de lo sexy. Y su mansión —y el ingreso a ella— era el sueño de muchos varones de varias generaciones. Fue el hombre que revolucionó el sexo en la segunda mitad del siglo XX. Fue el editor de revistas más famoso del mundo. Fue también el que recibió denuncias de abusos y maltratos en su mansión. El que fue señalado por sexismo y machismo. Y fue también, en esa casa, el protagonista de un efecto extraño: el único que envejeció mientras a su alrededor todo permanecía igual, todas las concurrentes eran siempre de la misma edad.

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Cien años atrás, el 9 de abril de 1926, nacía en Chicago Hugh Hefner, el creador de Playboy. Hijo de una auxiliar docente y de un contador; una pareja metodista ortodoxa que aspiraba a que su hijo se convirtiera en misionero. En la casa no se hablaba de sexo, ni se tomaba alcohol; Glenn, el padre, terminaría siendo el contador y tesorero de las empresas de Playboy: “Nunca miré las fotos de las chicas desnudas”, dijo poco antes de morir. Hugh estudió periodismo, se casó con su novia de la adolescencia (recién allí dejó el hogar paterno) y comenzó a trabajar en puestos menores de diversas publicaciones.

Mediados de 1953. Hugh Hefner tiene 26 años. Acaba de salir de la reunión de exalumnos de su colegio secundario. Él y un amigo fueron los animadores. Todos rieron con sus ocurrencias. Recibió varias ovaciones. Sale reconfortado, hace mucho que no se siente tan bien. De regreso a su casa, a mitad de camino, frena el auto en un puente, y piensa -se convence- de que eso fue una ilusión, que ya no es más el triunfador que fue en la adolescencia, toma conciencia de que no está llevando la vida que quiere, que es infeliz. No tiene dinero, no se lleva bien con su esposa, en el trabajo no tiene mayor proyección.

Ocupa un puesto de redactor publicitario en la revista Esquire. Está casado desde hace cuatro años con la única mujer con la que ha mantenido relaciones sexuales (dejó de ser virgen tras la boda, a los 22); tienen dos hijos. También consiguió, para sumar algunos dólares al presupuesto familiar, un trabajo en la distribución de una revista infantil. De todas maneras sus ingresos son magros, gana poco. Y sus tareas son grises, lo aplastan.

De la liberación sexual a las acusaciones que mancharon su legado. (Foto: AP / Kevork Djansezian)
De la liberación sexual a las acusaciones que mancharon su legado. (Foto: AP / Kevork Djansezian)

Decide, en un impulso, que tiene que lanzar esa revista que hace semanas ronda por su cabeza. Tiene algunas ideas pero pocos dólares. Recurre al banco: sólo obtiene un préstamo de 600 dólares. Su hermano y su madre le prestan unos miles más. Vende hasta lo último que tiene para completar los 8000 dólares que necesita para imprimir el primer número de la revista.

La llama Stag Party (algo así como Fiesta de Solteros). Pero ya existen unas revistas llamadas Stag y su editor amenaza con hacerle juicio. Hefner busca nuevos nombres: Top Hat, Gentleman, Sir, Pan o Bachelor. Ninguno lo termina de convencer. Al final se queda con Playboy.

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En pocas semanas, trabajando todo el día y tras renunciar a sus trabajos ante la mirada azorada de su esposa, reúne material para el número debut. Quiere que esté en los kioscos a principios de diciembre de 1953. Reúne un cuento de Sherlock Holmes, un extracto del Decamerón, un informe sobre cuánto le salía a un hombre divorciarse, una crónica sobre el ambiente del jazz, viñetas humorísticas, reseñas de libros y películas. Más o menos lo que se podía encontrar en cualquier otra revista, tal vez con un enfoque más libre, más audaz. Escribe el editorial del número uno con dedicación, Hefner muestra sus intenciones, una especie de declaración de principios. Enumera cuatro tópicos que tendría que abarcar la conversación de un hombre moderno, los cuatro intereses que la revista cubriría: Nietzsche, Picasso, el jazz y el sexo. Pensamiento, arte y literatura, música cool (después se sumó el rock con números especiales en cada marzo) y sexo, mucho sexo. Promete algo que él no ejerce.

Todavía le falta algo que haga la diferencia, algo que impacte, que empuje al público a comprar una revista desconocida. De los 8000 dólares iniciales le quedan sólo 500, a pesar de que hizo la revista casi solo; la mayoría del presupuesto lo destina a pagar el papel y la imprenta. Los últimos 500 son su gran apuesta. Compra unas fotos de Marilyn Monroe desnuda. Las imágenes ya tienen más de cuatro años pero no han salido a la luz. En el medio, Marilyn se convirtió en una actriz muy exitosa y, lo que a los fines de esta historia es más importante, en un sex symbol ineludible. El fotógrafo Tom Kelly le había pagado a su entonces desconocida modelo 50 dólares para que posara para un almanaque. Creyó que multiplicando por diez su inversión inicial estaba más que bien. Hefner pone a Marilyn en la tapa. El resto es historia.

El público- en realidad, los hombres- agota la edición en pocos días. Las revistas desaparecían del kiosco, aunque después sus compradores la escondieran dentro de sus ropas, otras revistas o al fondo de sus maletines. 54.000 ejemplares vendidos.

De esa manera nacía mucho más que un suceso editorial. Nacía un imperio. En la temporada siguiente, la revista que había aparecido gracias a préstamos familiares ya dejaba ganancias anuales de más de 4 millones de dólares.

Las marcas características de la revista, aquellas que convirtieron a Playboy en un éxito descomunal y, al mismo tiempo, en una de las revistas más influyentes de la historia, fueron apareciendo con el tiempo. Cada una le daba más identidad a la marca. Si el número uno traía el centerfold (aunque todavía no era la Playmate del Mes sino Sweetheart of The Month), el póster central desplegable, en el segundo número apareció la conejita, el logo que se convertiría para siempre en la imagen inconfundible de Playboy.

Pese a su público restringido, sólo varones, y que sus compradores no podían leerla en el transporte público, en los bares y ni siquiera en sus casas frente a otros miembros de su familia, tal vez no haya habido ninguna otra revista que haya tenido tanta influencia en la vida cotidiana de las personas. El imaginario sexual de la segunda mitad del siglo XX estuvo moldeado por Playboy y su ideal de belleza, expresado en las fotos de las mujeres jóvenes y voluptuosas que aparecían desnudas en sus páginas. Pocos dudaban del juicio de Playboy. La Playmate del año era considerada la mujer más atractiva del planeta.

Entre avances culturales, excesos y denuncias en la Mansión. (Foto: REUTERS)
Entre avances culturales, excesos y denuncias en la Mansión. (Foto: REUTERS)

La idea inicial de Hefner había sido desnudar a la “vecina”: mujeres atractivas pero corrientes, de esas que cualquiera podía cruzarse en su edificio, en su barrio, en el subte o trabajando como secretaria (todavía no se pensaba que una de ellas pudiera ser jefa o gerente). Tanto influyó ese modelo que, durante décadas, la forma en que las mujeres llevaban el vello púbico siguió la estética que imponían los centerfolds de Playboy. No está claro si la revista captaba una tendencia en curso o si la marcaba y luego era replicada, impulsada por los deseos masculinos y el propio consumo de la publicación.

Con el tiempo se agregaron celebridades. Hubo actrices, modelos, cantantes, deportistas que se desnudaron en Playboy. Gay Talese alguna vez escribió que muchos hombres vieron por primera vez una mujer desnuda en colores en las páginas de una Playboy.

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También es cierto que la sociedad norteamericana de los años cincuenta era absolutamente conservadora y que la revista ayudó a liberar varias de esas trabas, a derribar algunas barreras. Alguien describió la sociedad en la que la revista surgió como una en “la que las mujeres sólo tenían dos opciones: ser una casta virgen o ser madre de familia y esposa devota”. A veces es difícil explicar cómo logró saltear durante años a la censura.

La osadía, el brindar un producto que nadie más hacía, que estiraba notablemente los límites podía haber sido también su certificado de muerte. Pero Hefner y Playboy aparecieron en el momento justo. Una de sus virtudes innegables fue el timing exacto, perfecto.

Otra contradicción evidente es que mientras lo que la revista declamaba a través de lo más evidente como sus tapas, sus posters, sus páginas de desnudos a todo color, la marca, la figura de Hefner en bata rodeado por mujeres 30 años más jóvenes que él y las historias de la mansión, se contradecía la gran mayoría de las veces con el contenido de sus artículos, de los consejos del consultorio sexual y de las campañas para que la mujer gozara en el sexo y se pensara también en ella. Pero, tal vez, no eran tantos los que compraban la revista por los artículos.

Playboy logró instalar el sexo en la conversación pública. Con todas las limitaciones y excesos descriptos. En cuestiones políticas y sociales, Hefner y la revista fueron muy progresistas y adelantados a su tiempo. En 1955 publicó un cuento que produjo una gran conmoción sobre una sociedad en la norma era la homosexualidad y la heterosexualidad era lo condenable. Hefner, cuando lo criticaron por dar a conocer ese cuento, dijo que era una buena oportunidad para mirar de qué manera la sociedad hacía sentir a los homosexuales. Apoyó, tiempo después, el fallo Roe Vs Wade que aprobó el aborto. Estuvo a la cabeza también de las disputas por los derechos civiles y atacó con denuedo la segregación racial. En su programa de televisión invitaba constantemente artistas de color cuando no era lo usual.

La revista vendió durante décadas alrededor de 5 millones de ejemplares mensuales. El número más vendido de la historia fue el de noviembre de 1972: más de 7.200.000 ejemplares. Después, mucho después, llegó la tecnología y el cambio de costumbres a los que Playboy, siempre tan parecida a sí misma, no se pudo amoldar. La primera baja en las ventas se dio con la aparición de otras revistas que tenían contenido más hardcore como Penthouse o Hustler.

Después con los VHS hubo otra merma. Internet y la posibilidad de tener todo el sexo a un click de distancia, de que las vecinas, las mujeres de la puerta de al lado, ya no aparecían en sus páginas, sino que le enviaban nudes al WhatsApp a su vecino movió definitivamente los cimientos del imperio ya ajado. En 2016 anunció que no habría más desnudos, aunque un año después revirtió la medida. Pocos meses después la edición en papel cerró y sólo quedó la digital.

A un siglo de Hefner, la historia detrás del símbolo sexual del siglo XX. (Foto: AFP / Cesar Rangel)
A un siglo de Hefner, la historia detrás del símbolo sexual del siglo XX. (Foto: AFP / Cesar Rangel)

Ya a fines de los cincuenta, fuera del papel, la marca Playboy se imponía y se diversificaba. Hefner abrió un club nocturno en Chicago. Había ingreso exclusivo, jazz, buenos tragos, meseras que atendían disfrazadas de conejitas. Fue un gran éxito y el emprendimiento se replicó en una veintena de ciudades de Estados Unidos. Comenzaron a proliferar los clubes Playboy en las que las noches eran interminables. Iban parejas y hombres solos. Se escuchaban a las mejores agrupaciones de jazz, se fumaba y cada hombre anhelaba poder terminar la noche con alguna de las conejitas.

En 1963, una joven de unos veintipico de años provocó un cimbronazo fenomenal a la imagen cool de estos clubes. Gloria Steinem escribía para la revista Show. Era alta, bella, algo arrogante y de una inteligencia feroz (sigue teniendo las cuatro características). Se infiltró en el club que estaba en la calle 59 de Nueva York para contar cómo eran (mal)tratadas las mujeres que trabajaban ahí. Vestida como conejita (orejas, moño blanco y negro, body apretado, pompón en la cola) hizo de mesera para poder contar la experiencia ser una Bunny desde adentro. Desde ese momento, Hefner sindicó a las feministas como sus mayores enemigas.

Otra de las extensiones fueron los programas de televisión que Hefner encabezó. Simulaban veladas en su penthouse o en el salón principal de su mansión con grandes invitados, los mejores músicos de jazz y, por supuesto, conejitas. Allí se popularizó su figura. Nunca, ni antes ni después, un editor de revistas fue tan famoso.

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Hugh Hefner primero creó la imagen, después la vivió. En esos años, era el epítome de lo cool. Había que vestirse como él, fumar como él, salir con las mujeres con las que salía él. Era el ideal del hombre soltero (o divorciado). Su revista llegó en el momento exacto. Y él entendió como pocos el espíritu de época, el cambio, las revoluciones que se producían en la vida cotidiana y en el sistema de creencias. El hombre de los pijamas. La imagen del creador de Playboy quedará perpetuada un su pijama, la bata de seda roja, las pantuflas, la gorra de capitán de barco y la pipa delgada apenas apretada con la comisura de los labios, haciendo equilibrio cada vez que hablaba.

Cuando llegó a la televisión a fines de la década del cincuenta, se separó de su primera mujer. Su imagen pública se resignificó. Una especie de James Bond con pijamas de seda y pipa colgando de los labios con acceso a las mujeres más deseadas del mundo. Recién se volvió a casar en 1989, con Kimberley Conrad, Playmate del Año y 38 años más joven que él. Tuvieron dos hijos y un matrimonio breve. Tras la separación, Hugh volvió a las fiestas. Para esa altura, ya veterano, contó con un ayudante indispensable. Ya había sido descubierto el viagra y Hefner se convirtió en uno de sus principales voceros: “Es lo más cercano que he visto a la Fuente de la Juventud”, dijo.

En 2012, se casó por tercera vez. Ya no fue la Playmate del Año sino una de las participantes de su reality. Crystal Harris tenía 25 años, 60 menos que él.

Hugh Hefner, entre la revolución cultural, el poder y las denuncias. (Foto: AFP / Tiziana Fabi)
Hugh Hefner, entre la revolución cultural, el poder y las denuncias. (Foto: AFP / Tiziana Fabi)

La derivación más evidente de Playboy, sobre la que mayores leyendas se tejieron y la que más influencia tuvo en la construcción de la imagen de la revista y de Hefner, fue la Mansión Playboy, pintada, muchas veces, como el paraíso. El lugar en el que todos querían estar. Alguien dijo que era como el Disney para adultos. Le faltó aclarar que era el Disney para hombres adultos. La revista Time en los ochenta afirmaba: “Al fin y al cabo tanto Disney como Playboy venden fantasías. Playboy hace que las mujeres parezcan irreales. Disney hace que las aventuras irreales parezcan reales”. Ambas fueron los dos grandes triunfos de la industria del entretenimiento americano de posguerra, de la segunda mitad del siglo XX. Y ambas tienen algo más en común, que tal vez haya sido el secreto del éxito y nadie se ha dado debida cuenta: el rasgo que comparten Mickey Mouse y las conejitas de Playboy son las orejas grandes.

Lo que siempre se supo pero se prefería no ver, ni mencionar, ahora es evidente. En la Mansión había abusos y violaciones de todo tipo. Mujeres maltratadas, drogadas, tomadas casi como rehenes, para ser utilizadas por hombres poderosos, célebres, millonarios.

La Mansión funcionaba como una especie de enorme y sofisticado burdel con el anfitrión sirviéndose de las jóvenes dispersas por la casa, ofreciéndolas a sus amistades y socios comerciales, utilizándolas como moneda de cambio mientras él se paseaba en bata y tomaba a la gente que deseaba sin importar el consentimiento ajeno. “La gente se imagina que las fiestas eran salvajes. Pero se equivocan. Eran mucho más salvajes de lo que se imaginan”, dijo una de las ex playmates en un reciente documental.

Alguna vez Hefner dijo que la compra de la Mansión había sido la mejor inversión en la larga historia de la empresa. Y no se estaba refiriendo al negocio inmobiliario, a la revalorización de la propiedad. La Mansión era la principal, era la comprobación fáctica de que el mundo que ellos pregonaban y vendían desde sus páginas podía existir en realidad.

El legado que ha quedado en pie de la revista es negativo. Ya muchos olvidan que Hefner y Playboy fueron importantes en la liberación sexual. Se recuerda el sexismo, el machismo rampante, el uso de la mujer como objeto, los abusos que se vivían en la Mansión Playboy. Y, queda también, la imagen algo patética de ese hombre negando el paso del tiempo, empecinado en las batas y pijamas de seda, en su postura de Don Juan pagador, rodeado de chicas veinteañeras casi sin ropas, desnudando no sólo su piel, sino, tal vez como nunca antes, el aspecto de explotación que rodeaba a Hefner y a Playboy. Ni él ni su empresa conectaban más con su tiempo desde hacía décadas. Se volvieron anacrónicos, vetustos.

Hugh Hefner murió el 27 de septiembre de 2017. Tenía 91 años

 

 

 

Unabomber: ascenso y caída del brillante matemático que sembró terror enviando bombas por correo ,,,

El arresto de Ted Kaczynski puso fin a 18 años de terror y persecución. (Foto: AP)
El arresto de Ted Kaczynski puso fin a 18 años de terror y persecución. (Foto: AP)

Fueron 18 años de una búsqueda constante y desesperante. En algún momento, los investigadores creyeron que nunca lo iban a encontrar, que ese hombre iba a seguir haciendo daño por correo, a larga distancia. Sus perseguidores eran un batallón y se invirtieron cientos de millones de dólares. Pero las pistas eran muy escasas. Sólo sabían que los medios lo llamaban Unabomber y que persistiría haciendo daño.

Hasta que David Kaczynski, empujado por su esposa, leyó el manifiesto del Unabomber que publicaron -obligados- el New York Times y el Washington Post. Ahí estaban las huellas que sólo David podía ver, el único que podía reconocer que tras esas parrafadas farragosas y alucinadas estaba su hermano Ted. Seis semanas después, el FBI detuvo al criminal que lo había desvelado durante casi dos décadas: Ted Kaczynski, el Unabomber.

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Después, hasta el día de su muerte, su hermano David trató de reiniciar la relación y que su hermano lograra perdonar que él lo hubiera delatado. No lo consiguió.

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El Unabomber fue el criminal más buscado del mundo. Su historia es mucho más que el recuento de la vida de un terrorista. Es la historia de una persecución interminable, de resentimiento, de muertes y mutilaciones, de un alienado que logró instalar el pánico en una sociedad. Y, también, es la historia de un amor fraternal perpetuo.

El arresto que conmocionó al mundo

La cacería incierta terminó 30 años atrás, el 3 de abril de 1996. El FBI rodeó la pequeña cabaña de Lincoln, Montana en la que vivía Ted Kaczynski. Un lugar inhóspito, desolado. El hombre de 54 años no tenía electricidad ni agua corriente. Los habitantes del pueblo testificaron que podía pasar meses sin salir de su vivienda. Nadie tenía nada malo para decir de él. Era raro, torvo, pero no solía causar problemas.

Durante años, fue la persona más buscada. (Foto: AP / Elaine Thompson)
Durante años, fue la persona más buscada. (Foto: AP / Elaine Thompson)

Un pequeño ardid para hacerlo salir de su cueva permitió su arresto inmediato. Dentro de la cabaña encontraron profusos diarios de su reclusión, notas codificadas explicando sus ataques, el original de su manifiesto, la máquina de escribir, elementos para armar los explosivos caseros y debajo del catre en el que dormía, una bomba dispuesta para ser despachada por correo.

La noticia provocó una conmoción mundial. Por fin habían logrado dar con el criminal que asolaba desde algún lugar remoto. Nadie ganó las apuestas. Ninguno de los perfiles que se habían hecho del terrorista había acertado. Fueron dieciocho años de investigación, de pesquisas estériles, de equipos puestos a perseguir un fantasma.

Tres agencias federales de Estados Unidos hacían más de una década se habían fijado como prioridad su captura: el FBI, la Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms and Explosives (el “Explosives” lo agregaron por él al nombre de la agencia) y los investigadores del correo buscaban a alguien, pero no sabían a quién.

Se gastaron cientos de millones de dólares y se destinaron 500 hombres a dilucidar la cuestión. Se había convertido ya en una obsesión pública. Las autoridades querían desbaratar la amenaza que significaban esas cartas bombas siempre sorpresivas, que nunca podían prevenirse; pero también saciar su obsesión, su frustración por ser burlados, por ser incapaces de, con todos los recursos imaginables, acercarse al menos a delinear la identidad del asesino.

Ted Kaczynski en su cabaña en Lincoln, Mont. (Foto: David Kaczynski via The New York Times)
Ted Kaczynski en su cabaña en Lincoln, Mont. (Foto: David Kaczynski via The New York Times)

El Enemigo Público Número Uno

A lo largo de esas casi dos décadas, 16 atentados, tres muertos y 23 heridos (algunos de gravedad, con mutilaciones y discapacidades permanentes), el Unabomber se convirtió en el Enemigo Público Número Uno.

Pero con las víctimas puestas en fila, en uno de esos pizarrones que utilizan los investigadores en las series policiales, se hacía casi imposible descubrir cuál era el hilván que los sostenía, que comunicaba a cada caso entre sí. Sólo se podía saber, tras unos cuantos atentados, que el autor era el mismo por el tipo de paquetes y por cómo los mecanismos de los explosivos mantenían familiaridad entre sí a pesar de que entrega tras entrega se sofisticaban.

Los hermanos Ted y David Kaczynski en 1952. (Foto: David Kaczynski via The New York Times)
Los hermanos Ted y David Kaczynski en 1952. (Foto: David Kaczynski via The New York Times)

Theodore John Kaczinski tuvo esa precocidad de la que alguna vez habló George Steiner. El pensador escribió que hay tres actividades en que los jóvenes prodigios son más frecuentes: la música, el ajedrez (Steiner se refería a Bobby Fischer) y las matemáticas. Ted se salteó algunos grados en el colegio primario y llegó a la universidad en medio de una adolescencia apocopada. Si los números se le daban bien, no sucedía así con las relaciones humanas.

Su capacidad sorprendía a sus maestros. Algunos le han atribuido un coeficiente intelectual comparable (o tal vez superior) al de Stephen Hawking o Albert Einstein. La carrera universitaria pareció impecable. Uno de los más jóvenes en ingresar a Harvard, un doctorado precoz en la Universidad de Michigan, el asistente con menos edad en la historia de Berkeley.

El futuro parecía para él repleto de posibilidades. Pero su incomodidad y sus problemas de relación lo fueron alejando. Algo se rompió dentro suyo. Otros conseguían cosas que le correspondían a él. Los demás mantenían relaciones afectivas, avanzaban en su trabajos y eso Ted lo vivía como una injusticia.

No era igual a los otros. Y toda la vida eso le había pesado. Había recibido agresiones, indiferencia, bullying. La incomodidad era una sensación permanente. Dentro suyo crecía un odio oscuro, una sed de revancha contra no sabía quién, generalizada. Dejó la vida académica en 1969. Consiguió algunos trabajos pero ni siquiera duró con su hermano como empleador que debió despedirlo por su conducta extraña y agresiva.

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La decisión de apartarse de la sociedad

En una carta que le mandó a su hermano hablaba de sed de venganza, de una pulsión interna: “Hago lo que hago por una simple cuestión de venganza personal. No hay un motivo altruista ni pienso en el bienestar de la raza humana. Deseo de venganza. Nada más. Una venganza general contra la comunidad científica y los estamentos burocráticos, por no hablar de los comunistas y de los otros que amenazan las libertades. Pero eso es imposible. Me tendré que conformar con una venganza menor, personal”. El texto es de abril de 1971, año en el que decidió apartarse de la sociedad.

Construyó la cabaña en Montana y llevó una vida de ermitaño. Viviría como en otro siglo -uno muy lejano- de lo que pudiera recolectar, en comunión con la naturaleza. Los contactos con su hermano también se espaciaron.

Su hermano, David Kaczynski, reconoció en el manifiesto la voz del Unabomber y facilitó su detención. (Foto: AP)
Su hermano, David Kaczynski, reconoció en el manifiesto la voz del Unabomber y facilitó su detención. (Foto: AP)

La primera carta bomba la mandó siete años después, el 25 de mayo de 1978, a un profesor de ingeniería de los materiales de Illinois. La encomienda la abrió un guardia que sólo sufrió quemaduras leves. Luego los envíos se sucedieron con frecuencia irregular y sin demasiada efectividad letal.

Los primeros destinatarios y los investigadores se desgañitaron para entender quién habría sido el remitente. Todas las pistas llevaban a callejones sin salida. No había móvil posible. Tuvieron que llegar varias cartas y pasar algunos años para que alguien conectara los ataques y entendiera que se trataba de la misma persona.

En 1979 en la bodega de un avión de American Airlines un paquete empezó a lanzar un humo extraño. Un aterrizaje de emergencia y un mecanismo defectuoso evitaron una tragedia. Los investigadores, mientras tanto, no encontraban nada. No había pruebas, ni indicios. Cada ataque parecía surgir de la nada. Por el momento sólo les quedaba agradecer que la pericia del atacante para fabricar era, todavía, muy limitada. Pero cada artefacto superaba al anterior. Entre los papeles personales del Unabomber, encontrados luego de su detención, había anotaciones en las que se lamentaba ante la ineficacia de sus bombas iniciales. Quería que fueran mejores, que provocaran más daño, más destrucción. Que mataran a quienes las recibían.

El desconcierto del FBI

El FBI ya iba tras él pero sin saber qué rumbo tomar. Como los primeros ataques estaban dirigidos a universidades y aerolíneas, se lo llamó Unabomber. La unidad que investigaba sus crímenes fue, con el tiempo y la frustración de la cacería inocua, creciendo exponencialmente. Los posibles sospechosos cambiaban todo el tiempo.

El mayor momento de zozobra fue cuando, ya en los noventa, tras una amenaza, logró detener los vuelos durante una jornada en todo el país y paralizar uno de los mayores orgullos de los norteamericanos, su servicio postal.

¿Quién podría ser? ¿Qué habilidades debía poseer? ¿Dónde vivía? ¿A qué se dedicaba? ¿Cómo elegía sus víctimas? ¿Cuál era su móvil? Esas eran algunas de las preguntas que los investigadores fracasaban en responder. Algunas respuestas ni siquiera las tuvieron tras solucionar el caso. Otras posiblemente ni siquiera las tuviera Kaczinski.

Durante un tiempo dominó la desesperanza. Parecía que iba a ser imposible descubrir a este asesino que atacaba y se escondía por meses o años y que, cada vez que aparecía, modificaba el objetivo y aumentaba su poder de daño. Elusivo, frío y arbitrario, no se veía cómo se lo podía atrapar.

La publicación del manifiesto

El 10 de septiembre de 1995, el New York Times y el Washington Post, los dos diarios más importantes de Estados Unidos, aparecieron con un suplemento especial. 35.000 abigarradas palabras en el que el criminal exponía sus ideas antiindustriales, anarquistas, sus alegatos contra la tecnificación y la deshumanización de la vida moderna. Se lo conoció como el Manifiesto Unabomber.

David Kaczynski entregó a su hermano Ted al FBI (Foto: Jordan Vonderhaar/The New York Times)
David Kaczynski entregó a su hermano Ted al FBI (Foto: Jordan Vonderhaar/The New York Times)

Causó impacto, el público se mostró ávido por leer el texto. Sin embargo, tras un estilo enérgico, altisonante y afectado (como el del que conoce la importancia de lo que está diciendo), sólo había ideas vagas, poco originales, parciales e infantiles. Las denuncias que contenía habían sido expresadas, con más elaboración e ingenio, en otras ocasiones. Un anarquismo de fin de siglo, romántico y en apariencia bien intencionado en las palabras, pero que cargaba con varias vidas destrozadas por los 16 ataques precedentes.

El Unabomber había enviado el farragoso texto a las redacciones de esos diarios con una advertencia, con una propuesta negociadora. Él interrumpía para siempre sus ataques si los dos medios más importantes de Estados Unidos publicaban sin cercenar su escrito.

La primera reacción tanto del FBI como de los diarios fue rechazar la propuesta. No se negocia con terroristas, fue el principio general esgrimido. Pero desde el FBI se insistió en que el manifiesto se diera a conocer. Era una chance de que alguien viera en ese mamotreto algo que ellos no estaban viendo. Que algún amigo o familiar reconociera algún rasgo particular, alguna marca propia en la escritura que les permitiera acercarse a su presa. Aunque era un lance, un albur, la estrategia funcionó.

Su historia fue objeto de artículos periodísticos, documentales, películas, series y libros. (Foto: AP)
Su historia fue objeto de artículos periodísticos, documentales, películas, series y libros. (Foto: AP)

La cuñada y el hermano lo reconocen

Quien terminó identificando al Unabomber, la que logró darle un nombre propio al terrorista fue la esposa de su hermano. A pesar de que ella nunca lo había visto en persona, había leído cartas que Ted le había enviado a su marido David. Reconoció su estilo, sus obsesiones en el manifiesto Unabomber publicado en el New York Times y el Washington Post. Le contó a su marido. Después de algunas dudas, idearon una estrategia que les permitiera dos protecciones simultáneas. Por un lado, conservar el anonimato del matrimonio; y por el otro, proteger la vida de Ted, en caso de que efectivamente fuera el asesino postal.

La tarea de la esposa de convencer a David Kaczinsky no fue sencilla. Sacaron de una caja en el desván las cartas furiosas de su hermano que hacía años que habían dejado de llegar. Las similitudes de estilo y de discurso eran evidentes. Las invectivas contra el sistema, la furia, el resentimiento similares. Encontraron un ensayo que había escrito en 1971 contra la sociedad industrial muy similar temática y estilísticamente.

La disyuntiva era denunciar al hermano y condenarlo a la silla eléctrica o permitir que hubieran más atentados y sentirse cómplices de las muertes seguras. Primero contrataron un detective privado para que ubicara a Ted y les contara cuál era su estilo de vida actual. Luego, llevaron todo lo colectado a una abogado para que sirviera de intermediario con el FBI.

La tarea de convencer a un juez

El FBI determinó que no quedaban dudas: se trataba de la misma persona. Por fin, después de años a oscuras, tenían un nombre firme. Pero todavía debían convencer a las autoridades judiciales para que aprobaran el operativo y la requisa. No tenían pruebas convencionales. Ni declaraciones testimoniales, ni rastros de los explosivos, ni circunstancias fácticas que asociaran a Kaczynski con los explosivos. Es más, se abrían interrogantes.

¿Cómo este hombre alejado de casi todo contacto social y de la economía de consumo había logrado conseguir los materiales para fabricar las bombas? ¿Cómo había conseguido enviarlas desde distintos lugares? ¿Por qué había elegido esas víctimas tan poco conectadas entre sí y que vivían en seis estados diferentes?

Uno de los investigadores del FBI, James Fitzgerald trabajó durante años con uno de los escasos elementos que el Unabomber les había proporcionado. Sus escritos. Su tarea era durante diez o doce horas diarias encontrar señales o pistas que lo llevaran hasta su presa. Una palabra, una coma, una expresión, un refrán mal usado.

Cuando tuvo el manifiesto y lo pudo comparar con las cartas personales sus dudas se disiparon. Tenían, por fin, a quien buscaban. Pero debía convencer a un juez de ello, debía lograr que por primera vez alguien autorizara una medida de tamaño impacto basándose sólo en el análisis y coincidencias de unos párrafos. En los escritos había otras pistas que lo contactaban con su autor. Estructura sacada de sus años universitarios, vocabulario técnico o expresiones coloquiales ya en desuso. A esa rama novedosa de la criminalística se la llamó lingüística forense.

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Finalmente un juez libró la orden de captura y se realizó el operativo que lo encontró en la precaria cabaña en Montana. La noticia recorrió el mundo.

El juicio y los años en prisión

Durante el juicio, Ted Kaczinski tuvo una conducta errática. Sobre él pendía la pena de muerte. Pero también la posibilidad cierta de ser declarado insano, con las facultades mentales alteradas. Esa declaración efectiva hubiera, según su perspectiva, alterado su legado. En medio del proceso decidió asumir la culpabilidad y la autoría de cada uno de los atentados para evitar que lo declaren efectivamente como alguien inimputable debido al deterioro psiquiátrico. Hasta luchó con sus propios abogados que sólo buscaban salvar su vida. Fue condenado a prisión perpetua sin posibilidad de obtener la libertad condicional.

Permaneció aislado en una cárcel de alta seguridad en Colorado. Fue objeto de artículos periodísticos, documentales, películas, series y libros. La imagen de su identikit dibujado a lápiz con la capucha se convirtió en póster y en signo de época.

Fue incorporado a esa lista que logra generar una atracción en el público, la de los asesinos seriales. Y como tal se convirtió, él mismo, su figura, su historia, sus representaciones, sus escritos, sus crímenes, sus ideas, todo ello, toda su existencia se convirtió en aquello que siempre dijo combatir. Fue un ícono popular, un eslabón más (y uno redituable) de la sociedad de consumo, de la era de la industrialización.

Tras años de muerte y dolor, fue condenado a prisión perpetua sin posibilidad de obtener la libertad condicional. (Foto: AP / John Youngbea)
Tras años de muerte y dolor, fue condenado a prisión perpetua sin posibilidad de obtener la libertad condicional. (Foto: AP / John Youngbea)

Las cartas de su hermano

Su hermano David le escribió decenas de cartas. Casi ninguna fue respondida, pese a que Ted escribió más de 400 desde su celda. David depositaba dinero para que pudiera comprar cosas en la despensa de la prisión. Pidió visitarlo, pero su hermano mayor se negó.

Le envió alguna misiva expresándole su desprecio: le dijo que lo había denunciado en venganza, porque siempre había sido inferior a él, por un complejo de inferioridad. David nunca perdió las esperanzas. Le contaba anécdotas de la infancia compartida, le repetía que lo amaba.

Cuando su madre se enfermó gravemente, le pidió a Ted que le escribiera. El Unabomber jamás respondió y la mujer murió sin volver a hablar con su hijo. Hasta que un día una de las cartas volvió rechazada. Tras varios llamados y correos electrónicos, David se enteró de que su hermano había sido trasladado del penal a una unidad de cuidados hospitalarios. Padecía un cáncer rectal avanzado.

Otra vez pidió visitarlo, pero Ted negó la autorización. Mientras tanto, David se contactó con varias de las víctimas de su hermano para pedirles disculpas. Con algunas de ellas dio conferencias sobre la paz y el perdón.

El final

Ted Kaczynski, el Unabomber, fue encontrado muerto en su celda la mañana del 10 de junio de 2023. Luego se supo que se había ahorcado, sumido en la depresión que lo había azotado tras el diagnóstico de cáncer.

Su hermano David pidió disponer de los restos, pero el servicio penitenciario se lo impidió. Ted había dejado un testamento en el que la única disposición determinaba que David, su hermano, no pudiera decidir qué hacer con sus restos ni con sus pertenencias.

 

 

La experta en divorcios que cobra US$1200 por hora, la buscan las estrellas de EE.UU. y creó un imperio

Laura Wasser creó un imperio armando arquitecturas legales durante las separaciones de los famosos. (Foto: Instagram: Laura Wasser).
Laura Wasser creó un imperio armando arquitecturas legales durante las separaciones de los famosos. (Foto: Instagram: Laura Wasser).

Los divorcios la han hecho famosa y multimillonaria. La aclaración necesaria: los divorcios ajenos.

Muchos dicen que es lo único que ha arruinado a más personas en Hollywood que la droga. Laura Wasser es la abogada especialista en divorcios más reconocida y más temida de Estados Unidos. Tiene 57 años y hace más de dos décadas que cada pareja rota de celebridades la cuenta a ella como representante legal de una de las partes.

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Los divorcios no siempre son malos ni arruinan económicamente a las personas. Eso parece sostener, demostrar, la vida y la fortuna de Laura Wasser, la abogada más buscada por las estrellas cuando una pareja se rompe.

Fue la abogada de Angelina Jolie en el divorcio con Billy Bob Thornton. Tiempo después también la representó cuando se separó de Brad Pitt (aunque en esa ocasión, Jolie terminó cambiando de abogado para destrabar un litigio que llevó casi ocho años). Otra que la contrató dos veces fue Kim Kardashian: con su primer marido y con Kanye West.

Una enumeración no exhaustiva de sus clientes: Ashton Kutcher (en la separación con Demi Moore), Ryan Reynolds (con Scarlett Johansson), Nicole Kidman (con Tom Cruise), Jennifer Garner (con Ben Affleck), Melanie Griffith (con Antonio Banderas). También representó a Miley Cyrus, Christina Aguilera, Mariah Carey, Britney Spears, Ariana Grande y a Johnny Depp en su larguísimo y complejo conflicto con Amber Heard.

Laura Wasser es el terror de los millonarios en Hollywood. (Foto: Instagram @laurawasserofficial)
Laura Wasser es el terror de los millonarios en Hollywood. (Foto: Instagram @laurawasserofficial)

Esta semana volvió a ser parte de la conversación pública porque representa a Luka Doncic, la estrella eslovena de Los Angeles Lakers en su divorcio y en una cruenta disputa por la tenencia de los hijos. La experiencia de Wasser le indica que su cliente está complicado para obtener su deseo (que los chicos se queden en Los Ángeles y que la ex pareja no se lleve decenas y decenas de misiones de dólares) por lo que intenta cambiar de jurisdicción y mudar la discusión legal a Eslovenia, para que sea decidido bajo las reglas de ese país y con el paragua protector de la fama inconmensurable de Luka en su tierra.

Laura Wasser entiende las reglas del juego y los secretos de la celebridad, por eso congenia de inmediato con sus clientes. También conoce las reglas del ambiente y sus secretos. Y suele utilizarlos a favor más allá de su capacidad de negociación y de sus saberes jurídicos. Se dice que tiene línea directa con el sitio TMZ, la mayor web de chimentos de Hollywood, al que le asegura jugosos rumores y anticipos. TMZ consigue exclusivas, mientras Laura instala una imagen negativa de la contraparte o modifica la opinión sobre su cliente. Es amiga de paparazzis y periodistas. Muchas veces ha negociado la exclusiva sobre otro caso que involucra a celebridades para tapar el que viene ocupando a la prensa y de esa manera poder trabajar tranquila sin la presión mediática.

Laura Wasser declarando en el nuevo juicio que enfrenta a Johnny Depp y Amber Heard. (Foto: JONATHAN ERNST / POOL / AFP)
Laura Wasser declarando en el nuevo juicio que enfrenta a Johnny Depp y Amber Heard. (Foto: JONATHAN ERNST / POOL / AFP)

Laura suele decir que su trabajo consiste en hacer todo lo necesario para arribar a un acuerdo. Pero a esa frase le falta un agregado: ella hace todo lo necesario para llegar a un acuerdo muy beneficioso para su representado. En una conversación con el New Yorker contó que al principio sus representados eran hombres. Asegura que ahora es 50 y 50. Aclara que habitualmente, ella y su estudio, representan al proveedor de la pareja, al que genera el dinero.

Sus tarifas están entre las más caras de California. Un pago fijo de 30.000 dólares para empezar y 1.200 dólares por hora, más un generoso porcentaje de lo obtenido. Así y todo, son muchos los que afirman que contratarla es un gran negocio.

“Tengo fama de ser un pitbull, pero en realidad solo me enfoco en conseguir resultados. No me siento a gusto cuando el objetivo es arruinar a la otra persona”, declaró. Jura que rechaza los casos en los que un cónyuge la contrata con la intención (o el deseo) de destrozar a su ex pareja.

Los tabloides la bautizaron la Disso Queen (La Reina de la Disolución) jugando con el término Disco Queen.

El físico trabajado, prendas exclusivas, zapatos Louboutin, los accesorios más deseados, la sonrisa perpetua, un caminar elegante y seductor. Su imagen es impactante, derrocha seguridad y una fingida docilidad, una amabilidad que puede desaparecer en cualquier momento y que, no por casualidad, se esfuma cuando comienzan las negociaciones por bienes o por el dinero.

Laura Wasser hizo una fortuna representando a estrellas de Hollywood. (Foto: Instagram).
Laura Wasser hizo una fortuna representando a estrellas de Hollywood. (Foto: Instagram).

Si ella está siempre cuando finaliza un matrimonio de ricos y famosos, no se debe olvidar que también está presente antes de la boda. No hay casamiento de millonarios que antes no tenga un prenup (un acuerdo prenupcial) diseñado por Laura. Como si fuera un requisito básico, un elemento del kit básico de boda: vestido de novia, iglesia, gran salón para la fiesta y prenup de Laura Wasser. Tanto es así que el modelo madre de su prenup ya es una especie de leyenda en Hollywood y hasta fue parodiado en El Amor Cuesta Caro, una película de los Hermanos Coen sobre abogados divorcistas.

Kim Kardashian, cliente de Laura en dos divorcios, se inspiró en ella para su papel de la serie All´s Fair. El personaje de la abogada de Historia de un Matrimonio que le dio a Laura Dern un Oscar a la mejor actriz también se basó en Laura Wasser.

Creó un sitio web para divorcios veloces y no problemáticos (también escribió un libro con consejos maritales y de cómo conducirse ante un divorcio que se convirtió en best seller). Sostiene que uno de los problemas en la disolución legal de los vínculos es que muchos -los divorciados, sus abogados y los jueces- no tienen en cuenta el cambio de los tiempos y las nuevas maneras de vincularse.

Wasser está convencida de que los divorcios pueden ser menos dolorosos de lo que son, que sin ser lo ideal hay que normalizar la posibilidad de la disolución del vínculo porque es algo que ocurre frecuentemente en la sociedad. “Es algo que sucede, por lo tanto intentemos hacerlo mejor”, dice. La extensión de la expectativa de vida es un factor a tener en cuenta: “Antes la gente se moría antes de los cincuenta. Ahora se vive hasta los noventa. Entonces el ‘Para toda la vida’ de las bodas es bastante más difícil de cumplir”, afirma.

Cuando le preguntan si es difícil trabajar con estrellas, ella lo niega. Dice que son personas que como cualquier otra, en medio de un divorcio se enojan, se entristecen, se les rompe el corazón.

Ella misma es divorciada. Se casó a los 25 años y se separó en menos de un año. Tiene dos hijos de diferentes padres -con los que jura llevarse muy bien- pero no se ha vuelto a casar.

En los inicios el estudio era de su padre y de dos socios. El padre representó a Clint Eastwood y también a Jennifer Lopez en sus divorcios. Pero Laura con su impronta y sus casos espectaculares tomó el mando muy rápidamente. Y comenzó la lluvia de estrellas.

El primer caso mediático de Laura fue defendiendo a Stevie Wonder de una exnovia que lo acusaba de haberle contagiado un herpes y, por ende, de haberla engañado. Stevie salió indemne.

Laura Wasser el día de su graduación, hace 30 años. (Foto: Instagram @laurawasserofficial).
Laura Wasser el día de su graduación, hace 30 años. (Foto: Instagram @laurawasserofficial).

Su destino profesional no estuvo signado solo por el ejemplo paterno. Parecía que ya estaba marcado desde el día del nacimiento. En esa familia hubiera sido muy complicada que siguiera otra carrera. Los padres la bautizaron Laura Allison Wasser. No casualmente, las iniciales conforman la palabra LAW, es decir Ley en inglés.

Estas semanas Laura Wasser no fue solo noticia por su defensa de Doncic y su artilugio jurídico. Lanzó una nueva línea de ropa. Hay vestidos, joyas, zapatos, camisas. Todo muy caro y exclusivo. Pero la estrella de la colección es un buzo gris -más económico que el resto pero igualmente caro: 186 dólares- que en su frente con letras bien grandes dice: Dump Him. Dejalo.

La colección, previsiblemente, se llama The Divorce Collection.

 

Una explosión, silencio y caos: así se vivió desde adentro el hundimiento del Ara General Belgrano

Una de las pocas imágenes del hundimiento del Belgrano, tomada desde una balsa en medio del Atlántico Sur. (Foto: AP)
Una de las pocas imágenes del hundimiento del Belgrano, tomada desde una balsa en medio del Atlántico Sur. (Foto: AP)

Fue justo un mes después del desembarco argentino en las Islas Malvinas, un mes después de la recuperación. Fue, quizás, el primer momento en que se tomó conciencia real de que se estaba en una guerra más allá de arengas, bravuconadas y movimientos de tropas.

Es uno de los hechos centrales de la Guerra de Malvinas. Fue el primer momento en que quedó expuesto el poder de fuego británico y la endeblez militar argentina. Pero, fundamentalmente, está en el corazón del conflicto, más allá de las cuestiones de la legalidad y de la oportunidad política, por la pérdida de vidas, por haber sido un desastre humanitario.

En el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano murieron 323 de sus tripulantes. Casi la mitad de los 649 argentinos caídos en combate durante la Guerra de Malvinas.

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La hora del terror

Habían pasado las cuatro de la tarde. Se acababan de realizar los cambios de guardia. Algunos tomaron su puesto, otros se dirigían a descansar. Una explosión atronadora pero breve. Un estremecimiento. El crucero cimbreó. Cada una de sus piezas vibró. El sacudón se pareció a un terremoto.

Después, el silencio. Cerrado. Pasaron unos segundos hasta que hubo otro temblor y el ruido seco y grave como el del fémur de un gigante quebrándose. Y otra vez el silencio. Como si un gran cono hubiera cubierto el barco. Como si todo se hubiera detenido. Hasta que el horror se impuso y sacó del aturdimiento a los que habían sobrevivido al primer impacto.

Era el 2 de mayo de 1982. El Crucero General Belgrano había sido alcanzado por dos de los tres torpedos lanzados por el submarino nuclear Conqueror.

El primer torpedo dio en el corazón de la nave. Casi en su centro geográfico. Impactó en la sala de máquinas y el fuego subió hasta la cantina. Los que estaban en esa zona murieron en el acto. Se cree que la gran mayoría de las víctimas sucumbió en ese momento. Zonas inundadas, explosiones, humo tóxico, fuego. Hubo un apagón total. La oscuridad empeoraba la situación. Se desprendían mamparas, el piso de las cubiertas se abría como si fuera papel. El calor, dentro de la nave, era infernal.

El segundo impactó, en la proa. Una especie de gran remolino, una columna de agua que se disparó al cielo. Volaban maderas, metales, trozos de la cubierta. Cuando el escándalo de agua amainó, la imagen para los que estaban en el puente de mando pareció irreal. Ese segundo torpedo cortó, casi con limpieza, la punta del barco. Se desprendieron al menos doce metros. A partir de ese instante, el Crucero General Belgrano comenzó a escorarse de manera inevitable.

El naufragio del crucero dejó 323 muertos, casi la mitad de los caídos argentinos en combate en Malvinas. (Foto: Ministerio de Defensa)
El naufragio del crucero dejó 323 muertos, casi la mitad de los caídos argentinos en combate en Malvinas. (Foto: Ministerio de Defensa)

A bordo iban 1093 tripulantes. El comandante era Héctor Bonzo. Era un barco antiguo. Un crucero de la Segunda Guerra Mundial que había sobrevivido al bombardeo de Pearl Harbor. Después de esa contienda bélica, durante la década del cincuenta, Estados Unidos entregó dos de esas naves a varios países sudamericanos. En la Argentina se lo bautizó con el nombre del creador de la bandera.

A principios de 1982, el General Belgrano estaba en reparaciones. Modernizaban algunas de sus instalaciones y equipos, arreglaban varias de las averías fruto del paso del tiempo. En marzo se suspendieron las tareas y se puso a la tripulación en estado de alerta. Usualmente llevaba a bordo poco más de 700 hombres.

Tras el desembarco argentino en Malvinas del 2 de abril, se conformó una tripulación más amplia con hombres de la Armada y centenares de jóvenes que hacían el servicio militar. Muchos de estos chicos de 18 y 19 años vieron por primera vez el mar al abordar el barco. Zarpó pero a las pocas horas debió volver a puerto por una avería. Luego de que lo arreglaran, salía al mar en la tercera semana de abril.

La organización interna era rigurosa. Tres turnos rotativos de ocho horas que cubrían todo el personal y todas las tareas necesarias. La oportunidad del ataque implicó que muchos murieran o se salvaran por apenas unos minutos. Fue justo en medio de un cambio de guardia. El que se demoró en llegar a su puesto fue alcanzado en el camino. O aquel que interrumpió una conversación en la cantina y se dirigió a su camarote se salvó de ser alcanzado por las llamas.

A fines de abril con el conflicto presentado como inevitable, con la flota inglesa acercándose a Malvinas, la idea de la comandancia argentina era realizar un movimiento de pinzas con el Crucero General Belgrano por un lado y los aviones lanzados desde el Portaaviones 25 de Mayo desde el otro.

El Belgrano iba escoltado por dos destructores: el ARA Piedrabuena y el ARA Bouchard. Pero el clima impidió que los aviones despegaran y la orden fue que el Belgrano se retirara de la zona. En el momento en que fue alcanzado estaba 36 millas fuera de la zona de exclusión impuesta por Gran Bretaña, apuntando hacia el continente.

El comandante Héctor Bonzo declaró en apenas tres minutos el estado de emergencia. Dos minutos después ordenó que se lanzaran las balsas. Quiso esperar unos minutos más, confirmar su presunción, pero necesitaba tener todo listo para perder la menor cantidad de hombres posibles. En el interior del barco se cruzaban los que bajaban a auxiliar a los heridos, a sus compañeros, con los que subían envueltos en llamas o con heridas severas. Como podían, los que estaban en malas condiciones eran subidos a la cubierta principal. Los médicos, luego de evacuar a los que estaban en la enfermería, atendieron a todos los que pudieron. Les inyectaban morfina para paliar el dolor de las quemaduras, las heridas profundas o las mutilaciones.

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El silencio que había rodeado el barco después de ser alcanzado se convirtió en un aquelarre sonoro. El crepitar del fuego, el alarido de algún herido, las explosiones de las municiones o de maquinarias. Pero nadie parecía escuchar. Estaban concentrados en salvar la vida de sus compañeros y la propia.

Había 72 botes salvavidas. Sobraban 10 como eventualidad por desperfectos o accidentes.

Tras el impacto de dos torpedos, la tripulación evacuó el buque en medio del fuego, el frío y la tormenta. (Foto: Ministerio de Defensa)
Tras el impacto de dos torpedos, la tripulación evacuó el buque en medio del fuego, el frío y la tormenta. (Foto: Ministerio de Defensa)

A los 25 minutos y ante la evidencia de que el barco cada vez se recostaba más dentro del mar, de que las aguas heladas del Atlántico Sur lo iban a tragar, el comandante ordenó la evacuación. Según todos los testimonios hubo solidaridad y profesionalismo. Un dato apoya esos testimonios. La sobrevida fue muy alta dadas las circunstancias: las bajas tras el primer torpedo, las pésimas condiciones climáticas, el poco tiempo de evacuación que tuvieron y la hostilidad del océano gélido. De todas maneras, ante sacudones del Belgrano, rachas de viento y resbalones, muchos debieron tirarse al agua.

Había una dificultad extra. El sistema de parlantes también había quedado inutilizado. Las órdenes se daban a través de megáfonos.

Algunos hicieron una cadena humana para que los heridos no cayeran al agua por la inclinación del barco. Otros trataron de sacar de las fauces del Belgrano a los heridos que todavía están con vida y a los que quedaron encerrados. Hubo hombres a medio vestir que, sorprendidos mientras descansaban, dejaron su camarote para ayudar.

La tormenta agravó todo. El viento terrible, las olas enormes y hambrientas, el frío.

Colocaron a los heridos en las balsas junto a algún oficial. Esos fueron los primeros en bajar. Luego fueron ordenadamente pero con prisa ocupando lugares. El barco mientras se hundía sufría movimientos bruscos que hacían caer al agua a algunos o que obligaban a bajar más rápido algunas balsas. No todas tenían el mismo número de personas.

En un momento el cabestrante se desprendió e impactó en algunas de las balsas, hundiéndolas, arrastrándolas hacia el fondo. Otras fueron dañadas: los techos se desprendieron o se pincharon con los elementos que volaban sin control.

Hubo quienes debieron tirarse al agua. O se cayeron por la inclinación. El contacto, con el agua a temperaturas tan bajas, dolía. Como si sufrieran cientos de pinchazos simultáneos. No había tiempo que perder. La hipotermia amenazaba. En pocos minutos, el frío ganaría la partida. Ningún miembro, ningún órgano volvería a funcionar. El cirujano Albert Deluchi Levene contó que debió lanzarse al agua. Quiso subirse a una de las balsas pero los bordes estaban empetrolados y sus manos resbalaban. Creyó que no podría acceder. Se iba quedando sin fuerzas hasta que dos marineros lo vieron y lograron izarlo hasta ponerlo a resguardo.

Las imágenes que llegaron a la actualidad son de apenas una hora después de ese momento. Están sacadas desde una de las balsas. Se ve al buque escorado, metiéndose dentro del agua. Está acostado sobre el mar. En uno de los bordes del Belgrano, recortadas contra el horizonte, las siluetas de dos hombres. Son los últimos dos en abandonar la nave. El Comandante Héctor Bonzo y el suboficial Ramón Barrionuevo. Bonzo parado, haciendo equilibrio, miraba como su barco se tendía sobre el agua. Quería asegurarse que no quedaba nadie con vida a bordo. Algunas de las balsas ya estaban lejos. De pronto vio acercarse una sombra. Era Barrionuevo. Le ordenó que se lanzara al agua. Barrionuevo le dijo que lo hicieran juntos. Bonzo se negó. El suboficial le informó que él no se iba a mover si no lo acompañaba, que no lo iba a dejar solo. Bonzo echó mano a su autoridad. Y gritó la orden de que abandonara el barco. El otro no le hizo caso. Bonzo le pidió que lo ayudara a asegurarse que no había nadie más en el barco. Cuando lo hicieron, Barrionuevo saltó al mar.

Las fotos del Belgrano se convirtieron en el testimonio visual más potente de una de las mayores tragedias de la guerra. (Foto: Ministerio de Defensa)
Las fotos del Belgrano se convirtieron en el testimonio visual más potente de una de las mayores tragedias de la guerra. (Foto: Ministerio de Defensa)

Detrás de él, Bonzo, cumpliendo la ley del mar, fue el último en dejar el Belgrano. Se tiró de palomita al agua y nadó hasta una de las balsas dos minutos antes de que se fuera a pique su barco. Nadó más de cincuenta metros hasta alcanzar la balsa más cercana. Lo ayudaron a subir. Estaba casi congelado. Quedó al borde del desvanecimiento y exhausto en el piso de la balsa. Unos minutos después, a las cinco de la tarde, uno de los hombres le dijo que el barco estaba hundiéndose definitivamente. Bonzo se incorporó y vio cómo se perdía en el océano.

Las fotos que conocemos las sacó el Teniente Martín Sgut, desde su balsa. Después de disparar, guardó la cámara portátil en el bolsillo de su anorak. Recordó la cámara una vez que estuvo a salvo en uno de los barcos de rescate. Entregó el rollo a sus superiores. Revelaron las imágenes y le devolvieron el negativo varios días después. Ya era tarde. Alguien había filtrado las fotos, el único testimonio gráfico del hundimiento, y llegaron a la tapa del New York Times.

Las balsas con techo naranja quedaron en medio del mar furioso. La tormenta no cesó en toda la noche. Algunas de las embarcaciones habían sufrido roturas en el momento de ser descendidas o por la fuerza de tracción del hundimiento final del Belgrano. Cuando se sumergió totalmente, arrastró en un remolino enloquecido a las que estaban más cerca, las succionó. Algunos techos se volaron por el viento y las olas de diez metros de altura. Otras se pincharon. En cada una de las balsas, el oficial más experimentado tomó el control.

Contaban con una caja con provisiones, botiquín, bengalas y hasta una biblia y un mazo de cartas. Los dos últimos elementos no fueron utilizados por nadie.

Muchos creyeron que no soportarían la noche. No parecía posible que esas embarcaciones endebles –algunas estaban unidas entre sí por una soga- soportaran a la naturaleza desatada. Pero amaneció y el mar se tranquilizó. Nadie quería comer nada. El protocolo obligaba a esperar las primeras 24 horas para racionar los víveres. Sólo tomaban un poco de agua.

Fueron muchos los que no pudieron soportar el frío, el agua helada que entraba o las heridas previas. Algunos se murieron sin que los compañeros se dieran cuenta. Creyeron que, agotados, estaban durmiendo. Siguieron la travesía con el cadáver de sus compañeros a bordo. Cuando llegaron los barcos de rescate, 28 horas después del naufragio, subieron los cuerpos sin vida, para que fueran enterrados en el continente por sus familiares.

Heridos que aullaban de dolor, moribundos, cadáveres, aturdidos, chicos de 18 años ateridos, oficiales que debían tomar decisiones en las peores condiciones, compañeros que no permitían que se durmieran sus amigos por temor a que no despertaran, otros que con los analgésicos que había en el botiquín hacían una especie de cóctel rústico para paliar el dolor de los heridos. Estaban también los que se pasaron horas sacando agua de la balsa o los que dejaron de sentir los brazos por sostener el techo para tapar a sus camaradas.

Todo esto mientras el mar los azotaba sin clemencia.

A las 28 horas, los aviones argentinos dieron con las primeras balsas. Hubo que esperar todavía unas cuantas horas más para la llegada de los barcos de rescate. La balsa que llevaba al Capitán Bonzo fue la última en ser encontrada, casi dos días después del hundimiento. Bonzo fue el último en subir a bordo del Gurruchaga.

Unas horas después, alguien le informó que en la misma nave se encontraba el oficial Barrionuevo. Se habían perdido de vista al saltar al mar. Se dieron un abrazo.

El comandante Héctor Bonzo fue el último en abandonar la nave, segundos antes de que desapareciera bajo el mar. (Foto: Ministerio de Defensa)
El comandante Héctor Bonzo fue el último en abandonar la nave, segundos antes de que desapareciera bajo el mar. (Foto: Ministerio de Defensa)

Del rescate participaron los destructores ARA Piedrabuena y ARA Bouchard, el aviso ARA Gurruchaga y el buque-hospital ARA Bahía Paraíso. La Escuadrilla Aeronaval de Exploración desplegó sus aeronaves Neptune desde Río Grande. Fueron esos aviones los que dieron con las balsas.

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Las listas de muertos, sobrevivientes y regresados al continente, como a lo largo de todo el conflicto bélico, demoraron mucho en hacerse oficiales. Los familiares no tuvieron información fidedigna durante varios días, sumiéndolos en la desesperación y el desconcierto.

Después fue el tiempo de denuncias por la ilegalidad del ataque debido a que el barco se encontraba fuera de la zona de exclusión, regresando al continente. Se supo que se estaba por llegar a un acuerdo tras la propuesta de paz de Belaunde Terry. El ataque ordenado por Margaret Thatcher desbarató todo intento de tregua y se aseguró que los hombres que había enviado por mar desde más de 10.000 kilómetros entraran en acción.

En noviembre de 1982, los que no habían aparecido, de los que no se habían recuperado los cuerpos, se determinó que la presunción se convirtiera en certeza. Un juez de Tierra del Fuego los declaró muertos. Teniendo en cuenta el ataque, el lugar en que impactó el primer torpedo, la velocidad en que el crucero se hundió y las terribles condiciones del clima, la sobrevida fue alta debido al temple, la organización y la solidaridad de los hombres en medio del naufragio. Pese a que muchos no tenían la menor experiencia naval. 

 

 

Estaba obsesionado con Jodie Foster y creyó que un atentado podía conquistarla: así intentaron matar a Reagan

Momento en el que le disparan al expresidente Ronald Reagan. (Foto: Archivo/Ron Edmonds)
Momento en el que le disparan al expresidente Ronald Reagan. (Foto: Archivo/Ron Edmonds)

Bang Bang Bang. No estás liquidado.

Es el 30 de marzo de 1981. 14.30 horas. En la puerta del Hotel Hilton de Washington, John Hinckley Jr. espera la salida del presidente Ronald Reagan, quien está en el cargo hace dos meses. Reagan sale sonriente y levanta su brazo para saludar. Está rodeado de policías, guardaespaldas, agentes del FBI y funcionarios. De pronto seis disparos.

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Bang bang bang bang bang bang.

Uno detrás de otro sin pausas. En apenas dos segundos.

El primero en caer es James Brady, el secretario de Prensa de la Casa Blanca; le dieron en la cabeza. El siguiente es Thomas Delanhanty, un oficial de la policía de Washington. Al tercero que impacta una de las balas es al miembro del Servicio Secreto que protege a Reagan, Timothy McCarthy, que siguió el protocolo: giró a toda velocidad, amplió el volumen de su cuerpo y se puso en el camino de las balas. Mientras tanto, uno de sus compañeros, James Parr, empujó a Reagan dentro del auto.

Casi una decena de hombres se abalanzó sobre el tirador con doble intención. Inmovilizarlo y protegerlo: no querían que alguien lo matara como a Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy.

En auto al hospital

Ronald Reagan ingresó al auto volando. Gracias al empellón que recibió, cayó de cabeza sobre el asiento trasero. James Parr lo volvió a empujar, para que entraran las piernas y así poder cerrar la puerta, y le gritó al chofer que acelerara hacia la Casa Blanca.

“¿Qué mierda pasó?” preguntó Reagan. Mientras intentaba acomodarse en el asiento le dijo a Parr: “Me parece que me rompiste una costilla”. Al terminar la frase, la respiración se puso más pesada, abrió la boca y una cascada de sangre cayó por su barbilla y pecho. El agente volvió a gritarle al chófer: “¡Al hospital! ¡Urgente!”.

Secuencia en la que intentan dispararle a Reagan. (Foto: Archivo/Ron Edmonds)
Secuencia en la que intentan dispararle a Reagan. (Foto: Archivo/Ron Edmonds)

En el hospital de Washington esperaban a los otros heridos y se sorprendieron al ver llegar a la caravana presidencial. Lo llevaron de urgencia al shock room. Se quejaba de un dolor en el pecho, le costaba respirar. Todos creyeron que estaba sufriendo un infarto hasta que lograron sacarle la camisa. Una bala había ingresado por su axila y se había alojado en el pulmón izquierdo. La operación debía ser urgente y era delicada.

Mientras lo sedaban y lo ingresaban a las corridas en el quirófano, un hombre de traje con un maletín del que no se separaba —era imposible: estaba atado a él por unas esposas— era llevado a una sala apartada para esperar. Era el encargado de transportar las claves nucleares, que debían acompañar cada movimiento del presidente de Estados Unidos.

Jodie Foster: la musa involuntaria

La noticia corrió a toda velocidad. Estados Unidos se enfrentaba a otro posible magnicidio. La televisión y la radio actualizaban la información sin pausa. Nadie hablaba de otra cosa. Se conocía la identidad del tirador y que Reagan estaba siendo operado de urgencia. Poco más.

Las noticias llegaron a cada rincón del país —y del mundo—. También, por supuesto, a la Universidad de Yale. Esa tarde, en el campus, muchos seguían los hechos por radio. Jodie Foster tenía 18 años y había puesto en pausa su carrera como actriz para estudiar. Necesitaba alejarse un tiempo de la fama, intentar ser una chica normal.

La seguridad logró detener al tirador instantáneamente. (Foto: Ron Edmonds)
La seguridad logró detener al tirador instantáneamente. (Foto: Ron Edmonds)

Se enteró del atentado, pero siguió con sus cosas. Estaban ensayando una obra de teatro que estrenaría el fin de semana siguiente. Hasta que una de sus compañeras le preguntó: “¿Te enteraste?”. Ella respondió que sí, que había escuchado sobre los disparos contra Reagan y su intervención en el hospital. La amiga volvió a preguntar: “¿No sabés quién disparó? Fue John”.

Jodie Foster sintió un temblor en el pecho, un vacío en la boca del estómago. John era John Hinckley, el hombre que desde hacía meses la perseguía, le enviaba cartas de amor y la llamaba por teléfono, y a quien ella rechazaba de manera persistente. Aun así, se convenció de que no podía hacer demasiado al respecto y trató de seguir con su rutina.

Menos de una hora después, recibió un llamado en su dormitorio. Era el director de la universidad: le pidió que fuera de inmediato a su oficina. Unos agentes del FBI necesitaban hablar con ella.

Las primeras certezas

John Hinckley fue subido a un patrullero y trasladado, bajo una fuerte custodia, a un lugar especial para ser interrogado. Los investigadores buscaban certezas, intentaban entender qué había sucedido y cuáles habían sido los motivos. Apenas confirmaron su identidad, se realizaron pedidos a distintas dependencias del gobierno para recabar datos sobre este hombre de 26 años.

A él, mientras tanto, se lo veía sereno. En el patrullero miró a los policías y les preguntó: “¿Esta noche van a suspender la entrega de los Oscar?”. En su voz no había rastros de sarcasmo ni de desafío. Era una pregunta genuina (esa noche, finalmente, se suspendió la entrega de premios).

Los primeros datos fueron inquietantes. Era hijo de un importante y acaudalado ejecutivo petrolero que había contribuido a la campaña de George Bush, vicepresidente de Estados Unidos en ese momento y antes rival en las internas republicanas de Ronald Reagan. Sin embargo, los investigadores no tuvieron que forzar el interrogatorio ni esperar demasiado para conocer el móvil de los disparos.

En la segunda pregunta, mientras todavía estaban tratando de corroborar su datos personales, John Hinckley Jr. confesó: “Lo hice para llamar la atención de Jodie Foster”. Luego hubo un silencio hasta que volvió a hablar: “¿Ustedes creen que ya se habrá enterado?”.

El tirador fue atrapado rápidamente y pasó 46 años preso. (Foto: Archivo/ Ron Edmonds)
El tirador fue atrapado rápidamente y pasó 46 años preso. (Foto: Archivo/ Ron Edmonds)

Los agentes del FBI se miraron entre sí, evaluando si el hombre los estaba cargando. Hasta que llegó el llamado telefónico de los que estaban revisando la habitación de hotel en la que Hinckley había pasado la noche. Allí encontraron una carta que el tirador había escrito horas antes de ir a matar a Reagan: “La razón por la que sigo adelante con este intento ahora es porque simplemente no puedo esperar más para impresionarte. Al sacrificar mi libertad y posiblemente mi vida, espero que cambie tu opinión sobre mí. Jodie, te pido que mires dentro de tu corazón y al menos me des la oportunidad con este hecho histórico de ganar tu respeto y amor”.

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Sobre un escritorio había borradores de esa carta, la dirección de Jodie Foster en el campus de Yale y una decena de fotos de ella recortadas de revistas. De a poco se fueron sumando más datos, testimonios, pruebas y hasta la confesión detallada de Hinckley de cómo había tratado de acercarse a Foster. Por un lado parecía inverosímil que la razón fuera esa. Por el otro, no encontraban otros elementos que lo vincularon a una gran conspiración.

Hasta que alguien recordó, en el fragor de las corridas, los documentos y la necesidad de conectar los distintos puntos, que en Taxi Driver, la película de Martin Scorsese de 1976, Travis Brickle, el taxista interpretado por Robert De Niro, perpetra un atentado contra un candidato presidencial para impresionar a una prostituta de 12 años que es encarnada por Jodie Foster. Hinckley había decidido subir la apuesta e ir tras el presidente.

Los cruces con Hinckley

Jodie Foster intentaba ser una persona normal en Yale. Pasar desapercibida, hacer las mismas cosas que sus compañeros, lo que haría cualquier chica de 18 años. Se anotó en la universidad para volver a tener una vida cotidiana, para recuperar su vida de adolescente que había entregado a Hollywood y a la fama. Se vestía como los demás, comía en los mismos comedores, asistía a fiestas de las diferentes hermandades, rechazó cualquier prebenda que podía otorgar la fama.

Durante los primeros meses, un hombre le envió cartas, la llamó varias veces y le dejó pequeños regalos. En una de ellas le escribió: “Un día vos y yo ocuparemos la Casa Blanca y estos campesinos se van a babear de envidia”.

Jodie rechazó cada acercamiento con amabilidad. Era un estudiante de 26 años que decía ser músico y que se había anotado en un curso de literatura inglesa solo para estar cerca de ella. Su nombre: John Hinckley.

Cuando se supo que ella había sido la musa del atentado, todo cambió. Jodie sintió que todo lo que había intentado construir, el anonimato universitario, se había derrumbado. Cada paso que daba era observado por todos. Ya muchos no la trataban igual y siempre era seguida por un par de agentes federales que la protegían. Cuando ella se quedaba en su habitación, ellos se quedaban parados custodiando el ingreso.

Tres días después era el estreno de la obra teatral que estaba preparando con sus compañeros. Había aceptado participar porque todos le pidieron que fuera la actriz principal y, a pesar de que no tenía ganas, le pareció una mala idea negarse a la primera propuesta colectiva ofrecida. Si lo hacía, creía que, todos pensarían que tenía veleidades de estrella. Le ofrecieron posponer el estreno pero ella enarboló la máxima de “El show debe continuar”.

Las entradas se agotaron de inmediato. La única condición para el público era que estaba prohibido sacar fotos. En medio de la función Jodie escuchó, inequívocos, los disparos de una máquina. Click, click, click. Desde el escenario trató de encontrar al camuflado paparazzi. Descubrió en la segunda fila un hombre gordo, maduro, de barba, que la miraba fijamente, que cuando la acción se desviaba hacia otros personajes, seguía siempre con ella. Al final una ovación saludó a Jodie Foster. Ella en un estremecedor texto que escribió un año después para la revista Esquire llamado Why Me? (¿Por qué yo?) escribió que el público la aplaudía no por su actuación sino por las razones equivocadas.

Tras escuchar los disparos, la seguridad actúo inmediatamente. (Foto: Archivo/ Ron Edmonds)
Tras escuchar los disparos, la seguridad actúo inmediatamente. (Foto: Archivo/ Ron Edmonds)

En la segunda función volvieron los ruidos de una cámara de fotos. Jodie, otra vez, trató de distinguir al intruso. Pero lo que encontró en la platea fue otra vez al imperturbable hombre de barba que no podía ser quien sacara las fotos porque tenía sus manos visibles sobre las rodillas. Esa misma escena sucedió en las dos funciones siguientes.

Mientras tanto en la boletería del teatro y por debajo de la puerta fueron dejados varios anónimos, escritos con grafías diferentes, que contenían amenazas a Jodie Foster: “Al final de la función, Jodie Foster estará muerta”, decía una de ellas.

Al día siguiente una nueva noticia. Un hombre fue detenido en la estación de micros de Nueva York en el momento que subía a un ómnibus con destino a Washington. Lleva dos revólveres y municiones encima. Terminó confesando que iba a la capital para matar al presidente o al vicepresidente. Que su objetivo inicial era el de disparar contra Jodie Foster pero que al verla en varias funciones en el teatro universitario se dio cuenta de que no podía hacerlo: “Era demasiado hermosa para dispararle”, dijo. Ese hombre era el circunspecto hombre de barba que Jodie había visto desde el escenario.

De pronto, la actriz retirada de 18 años se había convertido en la obsesión de cientos de potenciales asesinos y perturbados en Estados Unidos.

El Juicio y las consecuencias

En la investigación posterior se comprobó que Hinckley había seguido a James Carter, el anterior presidente, para matarlo. Que había sido arrestado seis meses antes en un aeropuerto por llevar tres armas en su mochila, pero que había sido desechado como amenaza cierta.

El juicio concitó mucha atención. Hinckley fue declarado inocente por no estar en sus cabales. Un equivalente a considerarlo inimputable en la legislación argentina. La decisión, correcta desde lo jurídico, provocó indignación y generó un cambio en la legislación penal. Después del caso Hinckley se modificó la ley y ahora se puede declarar a alguien culpable aunque se aclare que no se encuentra en sus cabales y que no se lo envíe a la cárcel sino a una institución psiquiátrica.

Hinckley fue internado en una institución psiquiátrica. Allí siguió tocando música y llegó a intercambiar correspondencia con Charles Manson, líder del clan Manson.

Jodie Foster continuó con su carrera, ganó dos Oscar, pero nunca volvió a hacer teatro. (REUTERS/Mario Anzuoni)
Jodie Foster continuó con su carrera, ganó dos Oscar, pero nunca volvió a hacer teatro. (REUTERS/Mario Anzuoni)

James Brady, el secretario de prensa, quedó con severísimas secuelas, cuadripléjico. Murió varias décadas después como consecuencia de las heridas del disparo.

El policía y el agente del Servicio Secreto se recuperaron. Los agentes que se interpusieron a las balas, que cumplieron con el trabajo para el que los preparan toda la vida, aunque nunca se sabe si llegará (y tampoco se sabe cómo se podrá reaccionar ante una situación tan límite) fueron condecorados y considerados héroes nacionales.

Ronald Reagan tuvo una veloz rehabilitación y gobernó Estados Unidos durante dos mandatos.

Jodie Foster retomó su carrera al año siguiente y, en menos de una década, ganó dos premios Oscar. Sin embargo, nunca volvió al teatro: los hechos de 1981 le dejaron una marca profunda. Durante años siguió recibiendo amenazas, cartas y mensajes intimidantes.

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John Hinckley Jr. fue liberado, por no ser más considerado una amenaza para sí mismo y para los demás, en 2016. Al salir publicó en sus redes sociales: “Después de 46 años, 2 meses y 15 días. AL FIN LIBRE”.

A los pocos días anunció nueve shows en los que presentaría sus canciones. Cómo suele suceder, gracias a la atracción del morbo, las entradas se agotaron de inmediato. Sin embargo, no pudo cantar frente al público. A los recintos en los que se presentaría no pararon de llegar insultos, amenazas, intentos de boicot y hasta agresiones contra sus fachadas. Cada show fue suspendido.

 

 

 

 

 

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