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LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Beevor 33 Ucrania y la conferencia de Teherán

miércoles, 1 de julio de 2026

33
UCRANIA Y LA CONFERENCIA DE
TEHERÁN
(SEPTIEMBRE-DICIEMBRE DE 1943)

 

Cuando el Ejército Rojo recuperó Kharkov el 23 de agosto de 1943, el ejército alemán tuvo que enfrentarse a una crisis en el sur. La línea defensiva a lo largo del río Mius había sido rota, y el 26 de agosto el Frente Central de Rokossovsky logró abrirse paso en la frontera entre el Grupo de Ejércitos Sur y el Grupo de Ejércitos Centro. El 3 de septiembre, Kluge y Manstein
pidieron a Hitler que nombrara un comandante en jefe del frente oriental. El Führer se negó a hacerlo y siguió insistiendo en que la zona industrial de la Cuenca del Don tenía que ser defendida, aunque para entonces era imprescindible efectuar una retirada de la línea del Mius. Hitler prometió una vez más enviar refuerzos, pero para entonces Manstein sabía que ya no
podía confiar en él. Ese mismo día las tropas británicas desembarcaban en el sur de la Italia continental.
Cinco días después, tras recibir un teletipo de Manstein en el que informaba de la magnitud del ataque de los soviéticos, Hitler voló al cuartel general del Grupo de Ejércitos Sur en Zaporozhye. El informe leído por Manstein fue tan duro que el propio Führer se vio obligado a autorizar una retirada al río Dniéper. Aquella fue su última visita el territorio ocupado de
la Unión Soviética. A su regreso a la Wolfsschanze al final de aquel fatídico día, se le informó del desembarco de los Aliados en Salerno y de la capitulación inminente del ejército italiano.
Tras recibir la autorización de Hitler, aunque fuera a regañadientes, las fuerzas alemanas tuvieron que replegarse rápidamente al Dniéper para no quedar incomunicadas. Aunque debilitado también por la batalla de Kursk, el Ejército Rojo avanzó a toda velocidad para ocupar una serie de puntas de
lanza al otro lado del río antes de que los alemanes tuvieran la oportunidad de establecer una defensa eficaz. Se suponía que aquel río inmenso iba a formar la base de una línea bien defendida que iría desde Smolensk hasta Kiev y desde allí bajaría hasta el mar Negro. Como la mayor parte de los
grandes ríos rusos que corren de norte a sur, tenía una margen izquierda extraordinariamente empinada que formaba una especie de muralla natural. 
En su retirada por el este de Ucrania los alemanes intentaron llevar a
cabo un despiadado programa de tierra quemada, pero no les dio tiempo a
causar una destrucción tan a fondo como hubieran querido. Tras llenarse los
bolsillos y los petates con todo lo que pudieron encontrar, los Landser casi se
echaron a llorar al ver cómo sus propios almacenes de avituallamientos eran
pasto de las llamas. Acosados por los cazabombarderos Shturmovik durante
el día, se replegaron al otro lado del Dniéper aprovechando la oscuridad de
la noche y las nieblas otoñales del amanecer.
Stalin prometió conceder la medalla de Héroe de la Unión Soviética al
primer soldado que lograra cruzar el río. Utilizando balsas improvisadas,
construidas con tablas y barriles de petróleo, pequeñas barcas e incluso a
nado, los soldados del Ejército Rojo aceptaron el reto. De hecho, cuatro
soldados armados de simples metralletas se convirtieron en Héroes de la
Unión Soviética tras tomar por asalto la orilla izquierda del río el 22 de
septiembre. «Hubo casos», escribió Vasily Grossman en su diario, «en los que
los soldados transportaron los cañones de campaña de su regimiento sobre
puertas de madera, y cruzaron el Dniéper en simples lonas rellenas de
heno»[1]. La tercera semana de septiembre las fuerzas de Vatutin se
apoderaron de algunas cabezas de puente al norte y al sur de Kiev. Poco
después algunos soldados ya habían cruzado el río en cuarenta puntos
distintos, pero la mayoría eran grupos demasiado pequeños para seguir
lanzando ataques tierra adentro. Uno de esos grupos, cuya barca se hundió,
logró llegar a la cabaña de unos campesinos. La anciana que vivía en ella los
saludó diciendo: «¡Hijos, niños, entrad en mi casa!». Tras ayudarlos a entrar
en calor y a secar sus uniformes andrajosos, les ofreció samogon, vodka de
destilación casera[2].
En muchos lugares, las bajas soviéticas fueron enormes. Un grupo de
seguimiento se encargaba luego de los cadáveres. «Recogíamos a los que
habían caído muertos o se habían ahogado», recordaba un miembro de una
de esas brigadas, «y los enterrábamos en zanjas, a razón de cincuenta en
cada una. Tantos eran los soldados que habían muerto allí. La ribera en

poder de los alemanes era muy empinada y estaba bien fortificada, mientras
que nuestros muchachos avanzaban a campo abierto»[3].
En un intento de reforzar la cabeza de puente de Velikii Burin, al sudeste
de Kiev, tres brigadas aerotransportadas fueron lanzadas en paracaídas sobre
la margen izquierda del río. Pero los servicios de inteligencia soviéticos no
habían sabido identificar la concentración de alemanes que había en la zona,
en total dos divisiones panzer y otras tres de infantería. Muchos paracaidistas
cayeron en posiciones ocupadas por la 19.ª División Panzer y fueron
masacrados. La cabeza de puente que mejor suerte tuvo fue la de Litezh, al
norte de Kiev. Una división de fusileros del Ejército Rojo logró cruzar el
Dniéper por una zona pantanosa que los alemanes habían considerado
imposible de vadear. Aprovechando la ocasión, Vatutin asumió un riesgo
terrible, pero valió la pena. Reforzó esa cabeza de puente con el V Cuerpo de
Tanques de la Guardia. Se perdieron muchos T-34 en los pantanos, pero un
número suficiente de ellos logró cruzar conduciendo a toda velocidad.
Al norte, a finales de mes, los rusos consiguieron por fin tomar Smolensk
después de duros combates.
La Ofensiva de Rzhev, que había iniciado el
avance hacia el oeste en aquella parte del frente, dejó tras de sí una
devastación total. Al corresponsal australiano Godfrey Blunden lo llevaron a
dar una vuelta por los alrededores. «Habían vuelto algunas familias
campesinas formadas por ancianos, mujeres y niños, que estaban acampadas
en tiendas. En muchos lugares habían puesto a secar la ropa en cuerdas
tendidas entre los árboles, como si fuera normal tener un día dedicado a la
colada en aquella tierra de nadie profanada. Podemos sacar más de una
enseñanza acerca del aguante que pueden tener los seres humanos fijándonos
en el modo en que esta gente regresa a sus antiguos hogares, pero no puede
uno dejar de preguntarse cómo van a sobrevivir al próximo invierno». El
periodista se quedó de piedra al descubrir que la «pequeña anciana
encogida» que había conocido era en realidad «una chica de trece años»[4].
Por su parte, el Frente del Sur del general F. I. Tolbukhin dejó aislado en
Crimea al XVII Ejército, que para entonces había evacuado la cabeza de
puente de Kubán que tenía en el Cáucaso. El Frente Central de Rokossovsky
había logrado introducir una gran cuña directamente al oeste de Kursk, y en
el mes de octubre se aproximaba ya a Gomel, en la frontera de Bielorrusia.
Para Stalin, y evidentemente también para Vatutin, el verdadero premio era
la capital de Ucrania, Kiev.
A finales de octubre, Vatutin había logrado
infiltrar en la cabeza de puente de Litezh, noche tras noche, a todo el III
Ejército de Tanques de la Guardia del general P. S. Rybalko y al XXXVIII
Ejército. Un camuflaje excelente, diversas operaciones de engaño en otros
lugares y la falta de vuelos de reconocimiento de la Luftwaffe hicieron que a
los alemanes les pasara desapercibida esta amenaza. Cuando los dos ejércitos

salieron de la cabeza de puente no tuvieron dificultad en rodear Kiev, que
cayó el 6 de noviembre, el día antes de la celebración en Moscú del
aniversario de la Revolución. Stalin no cabía en sí de gozo. Vatutin no perdió
el tiempo y mandó otros ejércitos a tomar Zhitomir y Korosten. A pesar del
barro de la rasputitsa de otoño, sus ejércitos no tardaron en crear una cuña
de ciento cincuenta kilómetros de profundidad y trescientos de anchura.
A medida que avanzaban, lo único que fueron encontrando fue desolación
y campesinos mudos de dolor. «Cuando escuchaban el ruso», recordaba
Vasily Grossman, «los ancianos corrían al encuentro de las tropas y lloraban
en silencio, incapaces de articular palabra. Las viejas campesinas decían:
“Pensamos que nos pondríamos a cantar y a reír cuando viéramos a nuestro
ejército, pero es tanta la pena que embarga nuestros corazones, que se nos
saltan las lágrimas”». Contaban su repulsión por la forma en que los soldados
alemanes andaban desnudos de un lado a otro, incluso delante de las mujeres
y las niñas, y por su «glotonería, su capacidad de comerse veinte huevos o un
kilo de miel de una sentada». Grossman se encontró a un niño que iba
descalzo y cubierto de harapos. Le preguntó dónde estaba su padre. «Lo
mataron», respondió. «¿Y tu madre?». «Murió». «¿Tienes hermanos o
hermanas?». «Una hermana. Se la llevaron a Alemania». «¿Tienes
parientes?». «No, los quemaron a todos en una aldea de partisanos»[5].
Hubo ucranianos, sin embargo, que no acogieron de buen grado la vuelta
de la dominación soviética. Muchos habían colaborado con los alemanes,
integrándose en sus milicias o incluso sirviendo como soldados o como
guardias de los campos de concentración. Y los nacionalistas ucranianos de la
UPA (Ukrainska povstanska armiia), que se había levantado contra los
alemanes, estaba dispuesta ahora a emprender una campaña de guerrillas
contra el Ejército Rojo. Su víctima más famosa sería el propio general
Vatutin, al que mataron en una emboscada.

Vatutin
Las peores pesadillas de Grossman se vieron superadas por la realidad de
los descubrimientos que llegó a hacer. La toma de Kiev confirmó los informes
acerca de la matanza de Babi Yar. Los alemanes habían intentado ocultar el
crimen quemando y quitando de en medio los cuerpos, pero eran
demasiados. Tras la matanza inicial de septiembre de 1941, el lugar había
continuado siendo usado para las ejecuciones de más judíos, gitanos y
comunistas. En otoño de 1943 se calculaba que habían sido asesinadas allí
casi cien mil personas.

Grossman consideraba horripilantes las estadísticas de aquel gran vacío.
Al no tener los nombres de los individuos concretos, intentaba dar un rostro
humano a aquel crimen hasta entonces inimaginable. «Fue el asesinato de
una experiencia profesional importantísima y antigua», escribía, «transmitida
de generación en generación en miles de familias de artesanos y miembros

de la intelligentsia. Fue el asesinato de tradiciones cotidianas que los abuelos
transmitían a sus nietos. Fue el asesinato de los recuerdos, de una canción
triste, de la poesía popular, de la vida, feliz o desgraciada. Fue la destrucción
de hogares y cementerios. Fue la muerte de una nación que había vivido
codo con codo con los ucranianos durante cientos de años». Grossman
contaba también cuál había sido el destino de un médico judío muy querido
llamado Feldman, que se había salvado de la ejecución en 1941 cuando una
multitud de campesinas ucranianas suplicó al oficial alemán al mando que le
perdonara la vida. «Feldman siguió viviendo en Brovary y tratando a los
campesinos del lugar. Fue ejecutado este mismo año en primavera. Khristya
Chunyak sollozó y finalmente se puso a llorar cuando me contó cómo el
anciano fue obligado a cavar su propia tumba. Tuvo que morir solo. En la
primavera de 1943 no quedaban más judíos vivos
»[6].
Stalin, comprensiblemente orgulloso de los excelentes logros militares
obtenidos aquel año por la Unión Soviética, accedió finalmente a celebrar
una conferencia de los Tres Grandes con Roosevelt y Churchill. A finales de
noviembre de 1943 se reunirían en Teherán, que, como la mayor parte de
Irán, seguía ocupada por tropas soviéticas y británicas, encargadas de
proteger los pozos de petróleo y la ruta de abastecimiento del Cáucaso por
vía terrestre. Stalin había elegido la capital iraní para poder estar en contacto
directo con la Stavka.
En el mes de octubre debía celebrarse primero en Moscú una reunión de
los ministros de asuntos exteriores, encargados de preparar la conferencia de
Teherán. El trabajo que aguardaba en el Palacio Spiridonovka era enorme. A
los británicos les preocupaban muchas cosas, desde la cuestión polaca hasta
las relaciones internacionales de posguerra, el trato que debía dispensarse a
los estados enemigos, la creación de una Comisión Asesora Europea sobre
Alemania, los juicios de los criminales de guerra, y los acuerdos sobre
Francia, Yugoslavia e Irán. Cordell Hull, el secretario de estado
norteamericano, subrayó el deseo de Roosevelt de crear un organismo
sucesor de la desacreditada Sociedad de Naciones. Era esta una cuestión muy
sensible para Molotov y Litvinov, el subcomisario de asuntos exteriores, pues
la Unión Soviética había sido expulsada de su seno a raíz de su invasión de
Finlandia en 1939. El proyecto que tenía Roosevelt de una Organización de
las Naciones Unidas, que nacería al término de la guerra, tendría en su
núcleo central a los países vencedores para darle así mayor fuerza
.

Los representantes soviéticos insistían en que los ingleses y los
americanos pusieran encima de la mesa unas propuestas detalladas, que
luego pudieran ser tratadas en Teherán. Pero ellos no dejaban traslucir cuál

era su postura, y hacían hincapié en un solo punto: «Medidas para acortar la
guerra contra Alemania y sus aliados en Europa»[7]. Es decir, pretendían
obtener una fecha concreta para la invasión de Francia. Suscitaron también
la cuestión de meter a Turquía en la guerra y atraerla hacia el bando aliado,
y sugerían que había que presionar a Suecia, que se había declarado neutral,
para que permitiera el establecimiento de bases aéreas aliadas en su
territorio. Cuando concluyó la reunión, los dos bandos consideraron que en
general esta había ido muy bien.
El mayor éxito de la Conferencia de Moscú, según el australiano Godfrey
Blunden, llegó en forma de «una cajita de madera con dos oculares». Era «en
todos sentidos similar a los estereoscopios que solían verse en las ferias, solo
que en vez de chicas bailando lo que se veía era una serie de escalofriantes
imágenes estereoscópicas de la Alemania bombardeada». Esta ocurrencia del
mariscal en jefe del Aire Harris fascinó e impresionó a los generales del
Ejército Rojo con sus imágenes tridimensionales de destrucción urbana.
Blunden se enteró de todo esto de labios del propio Harris cuando fue a
visitarlo al cuartel general del Mando de Bombarderos. Harris le enseñó el
enorme álbum de fotografías que había mandado encuadernar especialmente
en cuero de la misma tonalidad de azul que los uniformes de la RAF para
impresionar a sus visitantes. Cada serie de fotografías aéreas, todas a la
misma escala, estaba cubierta con una hoja de papel de calco que mostraba
los contornos de las zonas industriales y residenciales. La primera página del
libro contenía la destrucción de Coventry. Harris iba luego pasando las
páginas una a una y mostrando las ciudades alemanas bombardeadas. En un
momento dado, Blunden exclamó ante la magnitud de los daños: «¡Pero ahí
cabe por lo menos seis veces Coventry!».
«No, se equivoca», respondió Harris con satisfacción. «Caben diez».
Cuando llegó a otra ciudad en la que la extensión de los daños no era tanta,
Harris comentó: «Hará falta otro buen bombardeo y se habrá acabado».
«En efecto, estas fotografías», escribe Blunden, «muestran de manera muy
gráfica cómo los bombardeos de área practicados al principio por los
alemanes se han convertido en un arma de un poder inmenso. Los daños
infligidos a Coventry hace diez años —acción que llevó a los alemanes a
acuñar el término coventrieren, con el sentido de borrar del mapa una
ciudad— son ahora casi insignificantes comparados con los destrozos, mucho
mayores, causados en las ciudades alemanas
»
[8].
En aquellos momentos los americanos intentaban también promover la
entrada de la China Nacionalista en lo que debía convertirse en la alianza de
los «Cuatro Grandes». Roosevelt, sabiendo las ambiciones de Chiang Kai-shek

en este sentido, esperaba que así conseguiría mantener a los nacionalistas en
la guerra, a pesar de su decepción por la escasez de los pertrechos
suministrados a sus ejércitos. Chiang jugó con los Estados Unidos el mismo
juego que había jugado antes con la Unión Soviética: usó sutiles amenazas de
una eventual firma de la paz por separado con Japón para conseguir más
apoyos. Aunque se trataba de una carta deliberadamente poco poderosa, la
jugada de Chiang tuvo bastante efecto, pues las tropas chinas mantenían
ocupados, al menos en teoría, a más de un millón de soldados japoneses en el
continente. Pero Roosevelt iba más allá y veía un mundo de posguerra en el
que la inclusión de China era trascendental para el liderazgo de las Naciones
Unidas.
Se trataba de una idea que desde luego no aplaudían ni Churchill ni
su entorno. Los soviéticos se mostraron incluso más reacios a respaldar la
propuesta después de las presiones de Chiang para expulsarlos de la
provincia de Sinkiang, pero en la conferencia de Moscú se llegó en principio
a un acuerdo.
Chiang había cambiado de postura en un sentido muy importante. Ahora
quería el apoyo de los americanos para asegurarse de que la Unión Soviética
no se quedara con zonas del norte de China si entraba en la guerra contra
Japón.
Chiang, que había hecho todo lo posible para convencer a Roosevelt
de que empujara a Stalin a declarar la guerra a los nipones, ahora quería ver
la derrota de Japón sin la ayuda de los soviéticos. Temía, y sus temores
estaban más que justificados, que la intervención soviética acrecentara el
poder y el armamento de los comunistas chinos.
La cuarta semana de noviembre de 1943, Roosevelt y Churchill se
encontraron en El Cairo de camino a Teherán. En aquella miniconferencia
más o menos improvisada, Roosevelt había acordado en privado con Chiang
Kai-shek que este asistiría a las reuniones desde el principio y no al final,
como pensaban los ingleses, que se enfadaron bastante. «El generalísimo me
recordaba a un cruce de marta y hurón», escribió Brooke. «Una expresión
sagaz, de zorro astuto. Evidentemente no tenía ni idea de la guerra en sus
aspectos más generales, pero estaba decidido a sacar tajada de las
negociaciones». Para mayor consternación de los generales británicos,
Madame Chiang Kai-shek, vestida con un vistoso cheongsam de seda negra
abierto hasta la cadera, intervenía a menudo para corregir la versión que
hacía el traductor de lo que había dicho su marido, y luego procedía a dar su
interpretación de lo que debería haber dicho[9]. Stalin, todavía resentido por
el revés sufrido con lo de Sinkiang, se había negado a enviar un
representante a la conferencia alegando que todavía tenía un pacto de no
agresión con Japón.
Churchill era perfectamente consciente de que su «relación especial» con
Roosevelt había bajado de categoría. Ello se debía en parte a su propia

renuencia a comprometerse con la Operación Overlord, y a su deseo de
penetrar en la Europa central para impedir su ocupación por la Unión
Soviética. Manifestando su pleno acuerdo con Chiang Kai-shek en que el
imperialismo occidental en Asia debía llegar a su fin con la victoria sobre
Japón, Roosevelt prometió que Indochina no sería devuelta a Francia,
propuesta que, de haberla conocido, habría sacado de quicio a De Gaulle.

Durante toda la conferencia, el ambiente distó mucho de ser amistoso y a
veces fue abiertamente hostil. Los americanos estaban decididos a no dejarse
embaucar por los británicos y especialmente que estos no los arrastraran por
sendas que se alejaran de Normandía y fueran a los Balcanes. Los ingleses
encontraron a los americanos totalmente sordos a sus argumentos, y
empezaron a temer cómo iría a actuar Roosevelt en Teherán, cuando tuviera
a Stalin para apoyarle en los asuntos clave.
Roosevelt y Churchill volaron juntos desde El Cairo hasta Teherán para
celebrar su entrevista con Stalin, que dio comienzo el 28 de noviembre. Por
expreso deseo del dictador soviético, Roosevelt se alojó en un ala de la
embajada soviética, situada justo enfrente de la legación británica. Stalin fue
a visitarlo vestido con su uniforme de mariscal, con los pantalones remetidos
en unas botas caucasianas provistas de alzas para hacerlo parecer más alto.
Los dos estadistas se habían propuesto seducirse uno a otro con un
espectáculo de familiaridad campechana, que solo causó efecto en Roosevelt.
El presidente norteamericano intentó congraciarse con el dictador
soviético a expensas de Churchill. Planteó la cuestión del colonialismo.
«Estoy tratando de esto en ausencia de nuestro camarada Churchill, pues no
le gusta hablar del tema. Los Estados Unidos y la Unión Soviética no son
potencias coloniales, y por eso nos resulta más fácil hablar de estas
cuestiones»[10]. Según el intérprete de Stalin en este tête-à-tête, el
mandatario soviético no tenía ganas de hablar de «un tema tan delicado»,
pero reconocía que «la India es un punto muy doloroso para Stalin»[11]. No
obstante, pese a los esfuerzos del presidente norteamericano por crear un
clima de confianza mutua, Stalin no podía olvidar su falsa promesa de abrir
un Segundo Frente en 1942, simplemente para mantener a la Unión Soviética
en la guerra.
Stalin se manifestó con contundencia en lo tocante a Francia a raíz de los
disturbios del Líbano, donde las tropas de la Francia Libre habían intentado
reafirmar el poder colonial. El dictador soviético consideraba que la mayoría
de los franceses eran colaboracionistas e incluso dijo que Francia «debe ser
castigada por la ayuda prestada a los alemanes»
[12]. Indudablemente seguía
recordando que la rendición del ejército francés en 1940 había puesto en
manos de la Wehrmacht la mayoría de sus vehículos, que fueron utilizados
para la posterior invasión de la Unión Soviética un año más tarde.

Cuando dio comienzo la sesión plenaria a última hora de la tarde, el
principal tema de debate fue la Operación Overlord.
Con el apoyo tácito de
Roosevelt, Stalin sacó a colación el deseo de Churchill de llevar a cabo una
operación al norte del Adriático dirigida a la Europa central. Insistió en la
primacía de la Operación Overlord, y se mostró de acuerdo con el plan de
una invasión simultánea del sur de Francia.
Rechazó firmemente cualquier otra operación considerándola una simple
dispersión de fuerzas. El dictador soviético acogió con buen humor el intento
de Churchill de justificar su plan alegando que habría supuesto una ayuda
para el Ejército Rojo. Según el intérprete soviético, Roosevelt hizo un guiño
al mandatario soviético cuando lo vio deshacer unos cuantos cigarrillos
Herzegovina Flor para llenar su pipa. Stalin se sentía en condiciones de
atormentar tranquilamente a Churchill con este asunto, pues sabía que los
americanos estaban en contra de la idea, y en cualquier caso se guardaba
todas sus cartas cuando se trataba de decidir la estrategia de los Aliados. Su
insistencia en que estos cumplieran su promesa de una gran invasión de
Francia en la primavera de 1944 significaba que su avance por el norte de
Europa dejaría los Balcanes y la Europa central bajo el control del Ejército
Rojo, tal como temía Churchill.
Observando interactuar a los tres líderes, el general Brooke quedó
profundamente impresionado por la forma en que Stalin manejó la discusión.
El dictador seguía rechazando la campaña de Italia, probablemente porque
estaba irritado por el hecho de que sus aliados no hubieran dejado participar
a la Unión Soviética en la rendición de Italia. Resultó un grave error por su
parte, pues Stalin utilizó después este argumento cuando se pasó a discutir el
futuro de los países ocupados por el Ejército Rojo. Stalin, consciente de que
las victorias de Stalingrado y Kursk habían convertido a la Unión Soviética
en una superpotencia, ya se había jactado ante su entorno de que «ahora el
destino de Europa central está sellado, haremos lo que nos dé la gana con el
consentimiento de los Aliados
»
[13].
Estaba bien informado además sobre la manera de pensar y las reacciones
de ingleses y americanos. Antes de la reunión, Stalin había mandado llamar a
Sergo, el hijo de Beria, y le había confiado «una misión que es delicada y
moralmente censurable». Quería saberlo todo acerca de los americanos y los
ingleses, dijo en privado. Todas y cada una de sus palabras serían grabadas
mediante micrófonos ocultos en sus habitaciones, y cada mañana Sergo Beria
tenía que informarle de todas las conversaciones. El dictador soviético quedó
asombrado por la ingenuidad de los Aliados al hablar con tanta franqueza,
cuando sin duda alguna debían de haberse dado cuenta de que eran espiados.
Quería conocer el tono de voz usado por cada uno, y no solo sus palabras.

¿Hablaban con convicción o sin entusiasmo? ¿Y cómo reaccionaba
Roosevelt[14]?
Stalin quedó encantado cuando Sergo Beria le informó de la auténtica
admiración que Roosevelt sentía por él y por su negativa a seguir el consejo
del almirante Leahy de adoptar una línea más firme. Pero siempre que
Churchill pretendió adularlo durante la conferencia, el dictador soviético
reaccionó recordándole algún comentario hostil que había hecho en el
pasado. Las grabaciones secretas también le ayudaron a explotar las
diferencias entre Churchill y Roosevelt. Al parecer, cuando Churchill
reprochó en privado a Roosevelt que estaba ayudando a Stalin a establecer
un gobierno comunista en Polonia, el presidente norteamericano le contestó
que él también estaba apoyando un gobierno anticomunista, así que ¿qué
diferencia había[15]?
Polonia constituía, en efecto, una cuestión fundamental tanto para
Churchill como para Stalin, mientras que a Roosevelt parecía preocuparle
solo asegurarse el voto de los estadounidenses de origen polaco en las
elecciones presidenciales previstas para el año siguiente.
Eso suponía parecer
que se mostraba duro con Stalin hasta que se tuvieran los resultados de las
votaciones. Considerando que Roosevelt había rechazado anteriormente
cualquier idea de modificar las fronteras de Polonia basándose en la Carta
del Atlántico, tanto Churchill como él se sentían ahora obligados a tener en
cuenta las pretensiones de Stalin sobre la parte oriental del país, que se había
anexionado en 1939 llamándolas «Bielorrusia occidental» y «Ucrania
occidental». La inminente ocupación de la región por el Ejército Rojo
convertiría esa anexión en un hecho consumado. Según los planes de Stalin,
Polonia sería compensada con parte del territorio alemán hasta la orilla del
río Oder. El presidente estadounidense y el primer ministro británico sabían
que nunca serían capaces de obligar a la Unión Soviética a devolver esa
presa, pero la forma en que Roosevelt mostró su aquiescencia indujo a Stalin
a creer que no tendría ningún problema en imponer un gobierno comunista a
los polacos.

Una vez concluida la
conferencia, Stalin pensó que había «ganado la partida»[16]. En privado,
Churchill se mostraría de acuerdo con esa valoración. Se sintió a todas luces

desmoralizado por el modo en que Roosevelt se había puesto constantemente
del lado de Stalin en la creencia de que iba a poder manejarlo. «Ahora ve que
no puede fiarse del apoyo del Presidente», escribiría en su diario lord Moran,
el médico personal del primer ministro, cuando Churchill manifestó sus
temores sobre el futuro. «Y lo que es más importante, se da cuenta de que los
rusos también lo han visto»[17].
Tras el momento de humillación que supuso la conferencia de Teherán,
Roosevelt tomó la determinación de nombrar al comandante en jefe de la
Operación Overlord cuando los delegados aliados y él regresaron a El Cairo.
Pidió a Marshall que convocara al general Eisenhower. En cuanto Roosevelt
y Eisenhower se instalaron en el coche presidencial, el político se volvió
hacia el militar y dijo: «Bueno, Ike, vas a estar al mando de la Operación
Overlord»[18]. Roosevelt había decidido que no podía prescindir de Marshall
como jefe de estado mayor debido a su conocimiento de todos los teatros de
operaciones, a su extraordinario talento para la organización y sobre todo
por su habilidad para tratar con el Congreso. Marshall era considerado
además la única persona que podía mantener a raya al general MacArthur en
el Pacífico.
Marshall se sintió decepcionado (aunque no tanto como se había
sentido Brooke), pero aceptó la decisión con lealtad. La buena suerte de
Eisenhower parecía confirmar el mote que le daba Patton en privado,
«Destino Divino», basado en las iniciales de sus dos nombres de pila.
En El Cairo reinaba una euforia irracional entre los jefes de estado mayor
aliados. Todos parecían seguros de que la guerra habría acabado en el mes
de marzo, o a lo sumo en noviembre de 1944, y no tenían inconveniente en
hacer apuestas al respecto. Considerando que aún faltaban seis meses para el
lanzamiento de la Operación Overlord, y que el Ejército Rojo estaba todavía
a varios centenares de kilómetros de Berlín, semejante actitud denotaba
cuando menos un exceso de optimismo[19]. Churchill, por otra parte, se
encontraba totalmente agotado tras las durísimas batallas libradas en El
Cairo y Teherán. Se vino abajo en Túnez como consecuencia de una
neumonía que lo tuvo al borde de la muerte. A su restablecimiento
contribuyeron unas cuantas copitas de coñac con motivo de la Navidad y la
noticia de que la Marina Real había hundido el crucero de batalla
Scharnhorst frente a las costas del norte de Noruega. Casi dos mil marineros
de la Kriegsmarine perecieron en las gélidas aguas del Atlántico.
Como había subrayado Stalin en Teherán, las fuerzas de Vatutin se
enfrentaban a constantes contraataques del Grupo de Ejércitos Sur de
Manstein. Esperando repetir el golpe de fuerza que había dado en Kharkov a
primeros de año, Manstein envió dos cuerpos panzer contra los flancos del
ejército de Vatutin, rebautizado Primer Frente de Ucrania. Pretendía obligar

a los soviéticos a replegarse al Dniéper, reconquistar Kiev y cercar a una gran
formación del Ejército Rojo cerca de Korosten.
Hitler, que había envejecido de forma espectacular en los últimos meses y
padecía estrés, entró en un estado de negatividad todavía más profundo.
Rechazaba cualquier propuesta de retirada. Incluso su favorito, el general Model, describía su situación en el frente oriental como una «lucha marcha atrás»[20]. El ejército alemán se estaba contagiando de la sensación de fatalidad. Un oficial de infantería capturado en el frente de Leningrado lo reconoció en su interrogatorio: «Vivimos en medio de la mierda. No hay
esperanza»[21]. Pero mientras que Hitler echaba la culpa de cualquier revés a sus generales y a su falta de determinación, le inquietaba profundamente la propaganda distribuida en el frente por la organización soviética de prisioneros de guerra alemanes «antifascistas», Freies Deutschland. Ello lo
indujo a crear el 22 de diciembre el cargo de jefe nacionalsocialista en todas las unidades, homólogo del comisario u oficial político soviético.
Tres días después, Manstein, que pensaba que había estabilizado el frente, recibió una sorpresa de lo más desagradable. El Ejército Rojo había hecho avanzar al I Ejército de Tanques y al III Ejército de Tanques de la Guardia
cerca de Brusilov sin que nadie supiera de dónde habían salido, y el día de Navidad ambas formaciones se lanzaron hacia Zhitomir y Berdichev. Poco después, el Segundo Frente de Ucrania de Konev logró abrirse paso también por el sur y enseguida los dos cuerpos alemanes que continuaban
defendiendo la línea del Dniéper al sudeste de Kiev quedaron rodeados en la bolsa de Korsun. Hitler se negó a permitirles emprender la retirada, y de ese modo su destino sería uno de los más crueles que sufriera la Wehrmacht en el frente oriental. 

 

 

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