Capítulo VI
«La responsabilidad por esta terrible catástrofe recae sobre los
hombros de una persona—había dicho Chamberlain en la cámara de los
comunes 1 de septiembre—, el canciller alemán, que no ha vacilado en
precipitar al mundo en la desdicha para satisfacer sus ambiciones
absurdas».[306] Era una simplificación excesiva pero comprensible. Una
visión tan personalizada pasaba por alto inevitablemente los pecados de
omisión de otros (incluido el gobierno inglés y sus aliados los franceses)
que habían ayudado a permitir a Hitler acumular una base de poder
exclusivo tan grande que sus actuaciones pudiesen determinar el destino
de Europa.
Internacionalmente, la combinación de intimidación y chantaje de
Hitler no podría haber funcionado de no ser por la fragilidad del acuerdo
europeo de postguerra. El Tratado de Versalles era «el hallazgo
afortunado del chantajista».[307] Había proporcionado a Hitler la base
para sus crecientes demandas, que se aceleraron drásticamente en 1938-
39. Había aportado la plataforma para la agitación étnica, que Hitler
podía explotar fácilmente en el caldero de Europa central y oriental. Y
había dejado además un incómodo complejo de culpabilidad en
Occidente, especialmente en Inglaterra. Hitler podría despotricar y
exagerar; sus métodos podrían ser repugnantes; pero ¿no había acaso
algo de verdad en lo que decía? Los gobiernos occidentales, aunque más
Inglaterra que Francia, respaldados por sus poblaciones cansadas de
guerra, deseosas ante todo de hacer cuanto fuese posible por evitar una
nueva conflagración, cuya diplomacia no tenía nada que hacer frente a
las técnicas sin precedentes de mentira y amenaza, pensaban eso y se
esforzaron por aplacar a Hitler. El chantajista se limitó entonces a
aumentar sus exigencias, como suelen hacer los chantajistas. Cuando las
potencias occidentales comprendieron claramente a lo que se
enfrentaban, no estaban ya en condiciones de meter en vereda al «perro
rabioso».
Dentro de Alemania, el poder personal de Hitler se había ido
ampliando a partir de 1933 a expensas de otros grupos de poder (sobre
todo del ejército) hasta hacerse absoluto e indiscutible. En el año 1938,
que se inició con casi un enfrentamiento con el ejército por el caso
Blomberg-Fritsch, continuó con el triunfo de la Anschluss y terminó con
la paz salvándose por muy poco en Munich (pero no gracias a que se
opusiesen a Hitler el ejército alemán ni los que ocupaban puestos
importantes dentro del régimen), se dieron pasos importantes en ese
proceso.
En 1939, cuando se avecinaba la guerra, una serie de individuos que
habían empezado a establecer contacto entre ellos el año anterior y
cuyos enfoques y objetivos dispares acabarían fusionándose en el
atentado de 1944 contra Hitler (nacionalistas con acceso a los
instrumentos del poder, horrorizados ante la posibilidad demencial de
que los riesgos que se estaban corriendo pudiesen desencadenar otro
enfrentamiento bélico) habían advertido a Occidente de los planes del
dictador. El coronel Oster del Abwehr había filtrado información vital. El
teniente coronel Gerhard Graf von Schwerin había intentado estimular
una muestra mayor de beligerancia inglesa para quitar peso a las
afirmaciones de Hitler de que Inglaterra no lucharía. Adam von Trott zu
Solz, que había sido becario Rhodes en Oxford y tenía un amplio circulo
de amistades en puestos elevados en Inglaterra, había intentado
(haciéndose eco de las ideas de Weizsäcker) proponer un acuerdo que
restaurase la independencia checa pero accediese a las reivindicaciones
alemanas sobre Danzig y el Pasillo. Las tentativas de los que se oponían
a Hitler cayeron en terreno pedregoso. En Inglaterra se había producido
un cambio drástico de actitud a raíz de la invasión de Checoslovaquia.
Se desconfiaba demasiado de las motivaciones, había muy pocas pruebas
de que existiese una «oposición» coherente (en realidad no existía),
estaba demasiado poco claro cómo se iba a reemplazar a Hitler, si es que
iba a hacerse. Aunque los esfuerzos fuesen bienintencionados, no hay
por qué extrañarse de que no resultase nada de ellos.[308]
Dentro de Alemania, en los últimos días de paz, los conservadores
que se oponían a Hitler no estaban coordinados, no tenían claro lo que
estaba pasando y no estaban seguros de cómo debían actuar. Un ejemplo
fue su conducta cuando Hitler rescindió su orden de atacar el 26 de
agosto, unas horas después de haberla dado. Hans-Bernd Gisevius, que
había sido oficial de la Gestapo pero que por entonces se oponía
radicalmente a Hitler, acudió directamente a Schacht y el general
Tilomas, jefe de la Oficina de Economía de Guerra (Wehrwirtschaft), les
confirmó la noticia a los dos. Entonces pensaron los tres que era el
momento ya de convencer a Halder y a Brauchitsch para que
intervinieran deponiendo a Hitler. Es sumamente dudoso que pudiese
tener alguna esperanza de éxito cualquier plan que incluyese a
Brauchitsch. Pero no llegó a mencionarse nunca el asunto siquiera.
Oster, que detestaba el régimen tanto como el que más, y su jefe Canaris
pensaron que no haría falta un golpe. Su ignorancia de las cuestiones
políticas resulta sobrecogedora. Un caudillo supremo que rescinde una
orden tan decisiva como la de guerra y paz en unas horas estaba
acabado, según su punto de vista, de un hiperoptimismo descabellado.
[309] Canaris añadía: «Nunca se recuperará de este golpe. Se ha salvado
la paz para veinte años».[310] Los adversarios de Hitler, armados con
tales «perspicacias», no hicieron nada.
Y, salvo que se hubiese podido conseguir que entrara en acción la
jefatura del ejército, tampoco podrían haber conseguido nada. Pero la
jefatura del ejército, como ya hemos visto, estaba debilitada y dividida.
Ya hemos hablado algo del sentimiento que predominaba entre los
generales después del discurso de Hitler en el Berghof el 22 de agosto. El
estado de ánimo era muy parecido en los tensos días que siguieron.
Algunos oficiales destacados pensaron que era probable que Hitler se
equivocase en su optimismo sobre la no intervención de Occidente. Otros
pensaban aún que el conflicto podría ser un fenómeno localizado. La
mayoría eran escépticos pero fatalistas y se sentían deprimidos. Lo que
prevalecía era la resignación, no el entusiasmo fanático por la guerra.
Pero no era una plataforma de oposición.[311] Lo único que hacía falta
era docilidad, aunque fuese a regañadientes, por parte de algunos
generales. Hitler seguía sin verse obstaculizado por ninguna acción como
la que había planteado Beck en el punto álgido de la crisis de los Sudetes
el año anterior, por ninguna amenaza de negarse a colaborar en la
destrucción de Polonia.
Cerca del epicentro del poder del Reich, pero siguiendo una línea que
difería de la de Hitler y de la de Ribbentrop, estaba Göring, que
intentaba ahora una especie de regreso después de estar meses eclipsado.
Durante el verano había intentado a través de tres intermediarios (el
millonario sueco Axel Wenner-Gren, su propio ayudante en la
organización del Plan Cuatrienal, Helmut Wohltat, y, como ya hemos
visto, Birger Dahlerus, también sueco) atraer a los ingleses a una
negociación.[312] Nada había resultado de ello, como era de prever. En el
gobierno inglés no había un talante propicio para iniciativas que se
apoyasen en concesiones importantes a Alemania basadas en una
autoridad poco clara y que dejaban intacto el poder de Hitler, sin que
disminuyese el futuro potencial de agresión. Es indudable que Göring
estaba ansioso por evitar la guerra con Inglaterra, al menos hasta que
Alemania estuviese preparada para el gran enfrentamiento. Todo su
pensamiento político se había basado durante los años anteriores en una
reaproximación a Inglaterra. Esta estrategia se enfrentaba a un desastre
inminente, situación que Göring achacaba exclusivamente a Ribbentrop.
Pero lo cierto es que Göring no tenía en el fondo ninguna alternativa real
que ofrecer a Hitler. Sus sondeos extraoficiales no unieron más éxito del
que Unieron las amenazas de Hitler para separar a los ingleses de los
polacos. Tampoco tenía, además, el propósito de alzarse contra Hitler.
Pese a todas las diferencias de enfoque, Göring siguió siendo siempre un
hombre de Hitler.[313]
No era sólo Göring quien echaba la culpa de la guerra no a Hitler
sino a Ribbentrop. Pensaban lo mismo, entre otros, Dahlerus, Hassell,
Hewel, Papen, Weizsäcker y el embajador inglés Henderson.[314] Es
indiscutible que la seguridad que tenía Ribbentrop en sí mismo, debida a
que «entendía» a los ingleses y a que estaba absolutamente convencido
de que al final no combatirían por Polonia, ayudó a influir en el error de
cálculo de Hitler.[315] Pese a la impresión que procuró dejar en sus
memorias, Ribbentrop había sido (como el año anterior) un rotundo
belicista, con su grosera agresividad alimentada por un resentimiento en
rescoldo debido al tratamiento que le habían dispensado en Inglaterra.
Siempre se podía esperar de él, como de Goebbels y Himmler, que
azuzase a Hitler. Aunque actuase siempre como un amplificador, es
difícil imaginarle como la fuerza motriz, dada la imperiosa seguridad en
sí mismo del Führer y su propia sumisión aduladora. Nikolaus von
Vormann, oficial de contacto de Hitler con el alto mando del ejército, no
tenía duda, en una visión retrospectiva, sobre el carácter de la relación:
«Hitler no creía en una guerra con las potencias occidentales porque no
quería creer en ella. Por la diferencia de carácter y teniendo en cuenta la
atmósfera del cuartel general del Führer» (es evidente que se refería,
dado que estaba escribiendo sobre los días que precedieron a la guerra, a
la Cancillería del Reich) llegaba a la conclusión de «que la iniciativa
dependía de Hitler y que el básicamente sumiso (weiche) Ribbentrop,
que no tenía en realidad ninguna opinión propia, consideró apropiado y
conveniente reforzarle en esa posición».[316]
Decidió Hitler. Eso está claro. La quiebra de cualquier semblanza de
gobierno colectivo en los seis años anteriores le dejó en disposición de
decidir las cosas solo. Nadie dudaba (el efecto asfixiante de años de
creciente culto al führer había conseguido eso) que el tenía derecho a
decidir y que había que obedecer sus decisiones. Escuchar consejos
dispares o contrarios, sopesar los pros y los contras y llegar a una
conclusión no era su estilo. Él pensaba las cosas de noche, daba con lo
que le parecía a él la solución y lo exponía para que se aprobara por
aclamación.[317] O exponía sus ideas en monólogos interminables hasta
convencerse de que eran acertadas.[318] En los días críticos, vio mucho a
Ribbentrop, Göring, Goebbels, Himmler y Bormann. Sin embargo, otros
personajes destacados del partido, como los ministros del gobierno e
incluso favoritos de la corte como Speer, tuvieron poco contacto con él.
[319] También estuvo en constante comunicación, como es natural, con el
alto mando de la Wehrmacht. Pero mientras Goebbels, por ejemplo, sólo
se enteró de forma indirecta de los planes militares, los jefes de las
fuerzas armadas no llegaron a tener toda la información sobre el
desarrollo de los acontecimientos diplomáticos o se les comunicó con
retraso. El gabinete no se reunió en ningún momento, claro está.
Schacht, que aún era nominalmente miembro de ese órgano que no
funcionaba, como ministro sin cartera del Reich, quiso insistir en que se
convocara una reunión del gabinete, dado que constitucionalmente
cualquier declaración de guerra tenía que ir precedida por una consulta
al gabinete.[320] Era una esperanza sin fundamento que no tardó en
descartar. En realidad, y resultaba notable tratándose de un complejo
estado moderno, no había ningún gobierno aparte de Hitler y aquellos
individuos con los que él decidiese consultar en un momento
determinado. El era el único vínculo de las piezas que componían el
régimen. Sólo en presencia suya se podían dar los pasos claves. Pero
aquellos a los que permitía acceder a él, dejando a un lado su entorno
habitual de secretarias, ayudantes y personal de este estilo, eran en su
mayor parte oficiales que necesitaban directrices operativas o los que,
como Ribbentrop o Goebbels, pensaban como él y dependían de él. El
gobierno interno del Reich se había convertido en una autocracia del
Führer.
Para los que estaban próximos a Hitler, la toma de decisiones
personalizada significaba cualquier cosa menos coherencia, claridad y
racionalidad. Generaba, por el contrario, desconcierto, improvisación,
cambios rápidos de dirección, inseguridad. Hitler estaba desquiciado.
Eso se transmitía a los que le rodeaban. «No era un hombre de lógica o
razón (Raison)», reflexionaba Ernst von Weizsäcker casi una década
después. Esto se manifestaba, continuaba, en el «extraño zigzag» de sus
intenciones y acciones en aquellos últimos días de paz: «El 22 de agosto
Hitler indicó en una alocución a sus generales que estaba firmemente
decidido a iniciar la guerra en unos cuantos días se mantuviese
localizada o no; al día siguiente contaba con que fuese localizada, pero
podría también afrontar una guerra europea». Con el Pacto de Moscú,
según Weizsäcker, Hitler «cruzó el Rubicón». «El 25 a mediodía aceptó a
Occidente; el 25 por la noche rescindió la orden de ataque que ya se
había dado por miedo a que interviniera Inglaterra pero no Italia. El 31
de agosto ya no hay nada que le importe; ordena el ataque a Polonia
aunque sabe que no ha cambiado nada, es decir, que Italia sigue fuera e
Inglaterra ha prometido en firme ayuda a los polacos. El 3 de
septiembre, por último, Hitler se sorprende ante la declaración de guerra
anglofrancesa y se queda al principio sin saber qué hacer».[321] Hitler,
seguía comentando Weizsäcker, con bastante perspicacia, era prisionero
de sus propios actos. El carro había empezado ya en primavera a rodar
hacia el abismo. En los últimos días de agosto, Hitler «difícilmente
podría haber hecho dar la vuelta al carro sin que le lanzase fuera de él».
[322]
Presiones externas del curso en el que se había embarcado se unieron
en este punto a la psicología personal de Hitler. A los cincuenta años de
edad, los hombres suelen cavilar sobre las ambiciones que tenían y sobre
el hecho de que se agota el tiempo que queda para conseguir
satisfacerlas. Para Hitler, una persona con un ego extraordinario y
ambiciones de pasar a la historia como el alemán más grande de todos
los tiempos, y un hipocondríaco obsesionado ya con la proximidad de la
muerte, la sensación de envejecer, de que el vigor juvenil desaparece, de
que no hay tiempo que perder se magnificaba inmensamente. El había
más que insinuado todo esto el 23 de agosto, como indicamos ya, al
embajador inglés, Nevile Henderson.[323] A los que formaban su séquito
les había dicho en la cena unos días antes: «Tengo ya cincuenta años,
poseo aún el pleno dominio de mi fuerza. El problema he de resolverlo
yo y no puedo esperar más. Dentro de unos cuantos años no estaré ya
física ni quizás tampoco mentalmente en condiciones de hacerlo».[324]
Los grandiosos desfiles del 20 de abril se habían celebrado para
demostrar al mundo la potencia militar de Alemania. Para Hitler la
celebración de su quincuagésimo aniversario sólo le había recordado lo
viejo que estaba haciéndose.[325]
Entre la reunión de Hossbach de noviembre de 1937 y el estallido de
la guerra a principios de septiembre de 1939, Hitler había tenido
constantemente la sensación de que se le acaba el tiempo, se sentía
presionado a actuar antes de que las condiciones se hiciesen más
desventajosas. El había previsto la guerra contra Occidente hacia 1943-
1945, contra la Unión Soviética (aunque no se estableciese un
calendario) en algún momento posterior a eso. Nunca había pensado en
evitar la guerra. Todo lo contrario: revivir la primera gran guerra
perdida le hacía basarlo todo en la victoria en la segunda gran guerra
que había de llegar. El futuro de Alemania, nunca lo había dudado y lo
había dicho así en innumerables ocasiones, sólo se podía decidir por
medio de la guerra. En la forma de pensar dualista característica de él. la
victoria garantizaría la supervivencia, la derrota significaría la
erradicación total, el fin del pueblo alemán. La guerra (la esencia del
sistema nazi que se había desarrollado bajo su jefatura) era para Hitler
inevitable. Lo único problemático era el momento y la dirección. Y no
había tiempo que perder. Partiendo de sus propias extrañas premisas,
dada la escasez de recursos de Alemania y los pasos rápidos hacia el
rearme que estaban dando Inglaterra y Francia, había una cierta lógica
tortuosa en lo que él decía.[326] Se estaba acabando el tiempo en las
opciones de la guerra de Hitler.
Esta vigorosa fuerza impulsora de la mentalidad de Hitler estaba
alimentada por otras vetas de su insólita estructura psicológica. Los años
de éxitos espectaculares (atribuidos todos por él al «triunfo de la
voluntad») y la adulación descarada y los halagos que se le prodigaban
por todas partes, el culto al Führer sobre el que el «sistema» estaba
edificado, habían borrado por entonces completamente en él el poco
sentido de sus propias limitaciones que pudiese haber tenido. Esto le
llevó a una calamitosa sobrevaloración de sus propias capacidades, unida
a una denigración extremada de aquellos (sobre todo de los militares)
que abogaban más racionalmente en favor de una mayor prudencia. Esto
venía acompañado de una negativa igual de desastrosa a considerar el
pacto y el compromiso, no digamos ya la retirada, más que como signos
de debilidad. La experiencia de la guerra y su traumático desenlace
habían cimentado sin duda esta característica. Estaba presente en
realidad ya al principio de su carrera política, por ejemplo en la época
del golpe frustrado de Munich de 1923. Pero debía de tener raíces más
profundas. Es posible que los psicólogos pudiesen tener respuestas para
esto. Lo cierto es que el rasgo conductista, cada vez más peligroso a
medida que se ampliaba su poder, hasta llegar a constituir una amenaza
para la paz de Europa, recordaba al niño mimado convertido en
aspirante a «hombre macho». Su incapacidad para entender que el
gobierno inglés no estuviese dispuesto a ceder a sus amenazas produjo
rabietas de cólerá frustrada.[327] El convencimiento de que se saldría con
la suya a través de la intimidación se convertía en furia ciega siempre
que se ponía al descubierto su «farol». La importancia que asignaba a su
propia imagen y a su prestigio era un rasgo extremadamente narcisista.
El número de veces que recordó la movilización checa de mayo de 1938,
luego la movilización polaca de marzo de 1939, como una afrenta a su
prestigio era revelador. La consecuencia perdurable fue una sed de
venganza agudizada. Luego la rescisión de la orden de atacar Polonia el
26 de agosto, muy criticado como prueba de incompetencia por los
militares, la consideró una derrota frente a sus generales y sintió
amenazado su prestigio.[328] El resultado fue una impaciencia creciente
por remediar esto lo antes posible mediante una nueva orden, tras la
cual no habría va marcha atrás, sin alguna modificación de la situación
diplomática. A una escala más amplia, se puede decir lo mismo de su
reacción al Acuerdo de Munich del año anterior.
Toda su actuación durante la crisis polaca puede interpretarse como
una reacción a la derrota que creía haber sufrido personalmente al
acceder a dar marcha atrás a finales de septiembre de 1938. Su
comentario a sus generales de que quería impedir a toda costa que
«algún cerdo» intercediese esta vez; su decisión de impedir la mediación
de Mussolini; y su incremento de los riesgos para evitar la negociación al
final eran todos ellos reflejo de su «síndrome de Munich».
No eran sólo circunstancias externas, sino también su psicología
personal, lo que le empujaba hacia delante, lo que le impulsaba hacia el
peligro. Su respuesta el 29 de agosto, cuando Göring sugirió que no era
necesario «jugarse el todo por el todo» era, por tanto, absolutamente
característica: «Yo, en mi vida, siempre me he jugado el todo por el
todo».[329] Para él no había otra elección.
El jugador tiene que pensar que ganará. La decepción de Hitler el 3
de septiembre al escuchar el ultimátum inglés dejó paso en seguida al
optimismo necesario. Goebbels estaba con él esa noche. Hitler pasó
inmediatamente después a la situación militar. El Führer «cree en una
guerra patata (Kartoffelkrieg) en Occidente», escribió. Al enterarse de
que Churchill, al que hacía tiempo que se consideraba en Berlín el
principal belicista occidental, había sido incorporado al gabinete inglés
como primer lord del almirantazgo, Goebbels no se sintió ya tan seguro.
[330]
p 327
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