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viernes, 24 de julio de 2026

 

 

La testosterona, al mando en la Casa Blanca

Al presidente de EE UU se le da muy bien amedrentar con bombardeos, pero no es capaz de alcanzar su objetivo: la derrota de Irán

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el 19 de mayo en un picnic en los jardines de la Casa Blanca. CONTACTO vía Europa Press (CONTACTO vía Europa Press)

Donald Trump no sabe hacer ni la paz ni la guerra. Los gazatíes, los libaneses y los iraníes conocen el escaso valor de las treguas patrocinadas por la Casa Blanca. Más allá de cada momentáneo y frágil alto el fuego, todo se emborrona en cuanto se trata de acercarse a la paz, es decir, la estabilidad y el equilibrio de un nuevo orden regional o internacional duradero. A Trump se le da muy bien amedrentar con la guerra, pero luego queda muy lejos del capítulo decisivo: concluirla. Si lo consigue, como en Afganistán en 2020, al terminar su primera presidencia, es a costa de apaciguar al enemigo, traicionar a los aliados con la típica ‘paz aparte’ y dejar la vergonzosa retirada a la siguiente Administración, en su caso al desafortunado y torpe Joe Biden.

En un año ha participado en tres guerras contra Irán, animado siempre por Benjamín Netanyahu, sin que haya conseguido por el momento ninguno de los cambiantes objetivos que se había propuesto. La primera, durante doce días de junio en 2025, la inició Israel para destruir el programa nuclear de Irán. Fue la inauguración de Estados Unidos como directo beligerante, mediante bombardeos de alta penetración sobre las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio. Muchos habían sido los presidentes estadounidenses que se habían negado a participar en la obliteración aérea de tales instalaciones sugerida por Israel, pero solo Trump se ha atrevido a sumarse, a pesar de que ganó las elecciones con la promesa de terminar con las guerras sin fin.

Con la segunda guerra, iniciada el pasado 28 de febrero, Netanyahu añadió al menú de los objetivos el descabezamiento de la cúpula del Estado, inmediatamente aceptado por Trump. Terminó casi cuatro meses más tarde con otro frágil alto el fuego, prorrogado y convertido en un voluntarioso y ambiguo Memorándum de Entendimiento para organizar una tregua de 60 días, destinada a la improbable negociación de la paz definitiva. Descarrilado desde el primer día, Israel y Estados Unidos solo han conseguido una apabullante demostración de superioridad militar y la cabeza de Jameneí como trofeo, pero han dado al régimen la victoria de la supervivencia y le están regalando un arma estratégica como es el control sobre el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz.

Así ha empezado la tercera guerra de la serie o si se quiere la nueva fase de una guerra que promete eternizarse. Es una escalada con intercambio de misiles y bombardeos, sin resolución ni negociación a la vista a menos que uno de los dos contendientes acepte aparecer como derrotado. Teherán se siente con fuerzas para resistir nuevas campañas de bombardeos, porque sabe que Washington solo obtendrá su nuevo objetivo si sus soldados desembarcan en suelo iraní, con el riesgo que significa para el presidente una guerra terrestre con numerosas bajas como las de Irak y Afganistán.

El marcador es ahora bien claro: ganará quien se quede con Ormuz. El estrecho es más estratégico que el programa nuclear, la industria balística o las guerrillas proiraníes de los países vecinos, puntos contenciosos todos ellos negociables según el propio régimen. No es tan solo un pivote geopolítico de la región, sino del tráfico marítimo y de la economía mundiales, una temible arma disuasiva que asegura la supervivencia del régimen y un peligroso ejemplo que otros países pueden imitar para construir su particular sistema de disuasión.

Esta tercera guerra está impulsando de nuevo los precios del petróleo y gravita sobre las elecciones de mitad de mandato de noviembre, negativamente para los candidatos republicanos. Refuerza además la incertidumbre sobre el modelo de prosperidad de una región tan crucial para la economía global. Trump fía por entero su política exterior a la indiscutible superioridad militar de su ejército, pero ha desmantelado el Departamento de Estado y limitado la diplomacia a un burdo trato entre poderosos multimillonarios asimilable a los métodos de la mafia. Los resultados están a la vista.

Tantas guerras y paces inconclusas revelan la fragilidad de las toscas pretensiones trumpistas. La paz por la fuerza que exhibe como principio significa que quien no se pliega a sus exigencias será sometido a un violento castigo, sea militar o económico, hasta que tire la toalla. No es diplomacia ni es transaccional sino vulgar coerción para obtener la capitulación. Y está visto que sin los expertos diplomáticos de los que Trump ha prescindido de poco sirven las victorias militares.

Su secretario de Estado para la Guerra, Peter Hegseth, exhibe una bandera acorde para una política tan primitiva con su exigencia a los militares de un nivel mínimo de testosterona, la hormona de la agresividad, la misma que segregaban los luchadores en el espectáculo de artes marciales mixtas con el que Trump celebró su 80º cumpleaños y el 250º aniversario de la independencia. Es el triunfo de las gónadas sobre el cerebro.

Estados Unidos: Donald Trump alcanza un récord histórico de desaprobación y enciende las alarmas entre los republicanos ...

  • Según el promedio de sondeos elaborado por RealClearPolitics, el 58,3% de los estadounidenses desaprueba actualmente la gestión del presidente.
  • El desplome coincide con un contexto económico complejo marcado por el aumento de los precios de los combustibles, inflación persistente y creciente malestar social por el impacto interno de la guerra con Irán.

Estados Unidos: Donald Trump alcanza un récord histórico de desaprobación y enciende las alarmas entre los republicanos
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El presidente estadounidense Donald Trump alcanzó un nuevo récord negativo de desaprobación en las encuestas, superando incluso los niveles registrados tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, en una señal de creciente desgaste político para la Casa Blanca a pocos meses de las elecciones legislativas de medio mandato.

Según el promedio de sondeos elaborado por RealClearPolitics, el 58,3% de los estadounidenses desaprueba actualmente la gestión de Trump, superando el anterior récord negativo del 57,6% registrado tras el ataque al Congreso protagonizado por sus simpatizantes hace más de cinco años.

El deterioro se profundizó en los últimos días luego de la publicación de nuevos relevamientos de Fox News, Reuters/Ipsos y Quinnipiac University, que muestran índices de desaprobación iguales o superiores al 58%, e incluso superiores al 60% en algunos casos.

La situación genera creciente preocupación dentro del Partido Republicano, especialmente entre legisladores de estados competitivos que temen un efecto arrastre negativo de Trump sobre las elecciones legislativas de noviembre.

El desplome coincide con un contexto económico complejo marcado por el aumento de los precios de los combustibles, inflación persistente y creciente malestar social por el impacto interno de la guerra con Irán y la crisis energética derivada de la tensión en el estrecho de Ormuz.

Una encuesta de Quinnipiac mostró que la aprobación de Trump en materia económica cayó del 38% al 33% en apenas un mes. Foto AP

Uno de los datos que más inquieta a estrategas republicanos es el debilitamiento parcial del respaldo conservador: según Reuters/Ipsos, el apoyo republicano a Trump cayó del 91% registrado a comienzos de 2025 al 79% actual.

La erosión también alcanza temas tradicionalmente favorables para el magnate, como la economía y la inmigración.

Una encuesta de Quinnipiac mostró que la aprobación de Trump en materia económica cayó del 38% al 33% en apenas un mes, mientras que el 64% desaprueba actualmente su manejo económico.

El malestar golpea además a independientes y suburbanos moderados, sectores decisivos para el equilibrio electoral en estados clave.

De acuerdo con un relevamiento de ABC News/Washington Post/Ipsos, dos tercios de los estadounidenses creen que el país "va en la dirección equivocada" y las críticas alcanzan prácticamente todos los frentes de la administración.

En paralelo, crecen las críticas incluso dentro del propio universo conservador por algunas prioridades de Trump, entre ellas el proyecto para construir un gigantesco salón de baile en la Casa Blanca y la propuesta de crear un fondo multimillonario para combatir la supuesta "instrumentalización política" de la Justicia.

Analistas republicanos advierten que el principal problema para el GOP es que Trump mantiene una enorme influencia sobre las primarias partidarias y el electorado MAGA, pero su imagen nacional aparece cada vez más deteriorada para elecciones generales en distritos competitivos.

El cuadro revive recuerdos del período posterior al 6 de enero de 2021, cuando Trump abandonó la Casa Blanca envuelto en acusaciones por su rol en el ataque al Capitolio. Sin embargo, varios sondeos muestran ahora niveles de rechazo incluso superiores a aquel momento.

A pesar de ello, el presidente conserva un núcleo duro de apoyo entre votantes republicanos y continúa dominando la estructura política del partido rumbo a 2026.

 

¿Dónde están los republicanos que ponen a EE.UU. primero? ,,, 20.5.26

  • El ala «Trump First» del Partido Republicano está en auge.
  • El resto del partido debe enfrentarlos.

¿Dónde están los republicanos que ponen a EE.UU. primero?
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A medida que el presidente Donald Trump y su administración se acercan a las elecciones de mitad de mandato, queda claro que el Partido Republicano se ha dividido en tres facciones:

los republicanos "Nunca Trump", que se niegan a votar jamás por este hombre sin ética; los republicanos "Estados Unidos Primero", que apoyan las políticas de Trump pero no toleran que destruya las normas y leyes estadounidenses; y los republicanos "Trump Primero", aquellos que piensan que los dictados de Trump son lo primero y la Constitución y las normas tradicionales son secundarias.

Lo más alarmante que está ocurriendo hoy en Estados Unidos es que los republicanos que apoyan a Trump, siguiendo sus órdenes, están purgando a los pocos republicanos que defienden los intereses de Estados Unidos.

Así que, si el Partido Republicano mantiene el control de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de mitad de mandato, no habrá freno alguno para este partido ni para este presidente.

No descartaría en absoluto que presionaran para un tercer mandato de Trump.

Nos dirigimos hacia un futuro muy peligroso.

Evolución

Basta con observar la tendencia:

los republicanos anti-Trump, entre los que se encontraban conservadores tradicionales como Liz Cheney, John McCain y Mitt Romney, no creían en Trump como persona ni en muchas de sus ideas.

Consideraban que había deshonrado tanto la Constitución como los verdaderos principios conservadores.

Lamentablemente, McCain falleció, Cheney fue expulsado del partido y Romney abandonó la política definitivamente.

Los republicanos del movimiento "Estados Unidos Primero" estaban dispuestos a sumar muchas ideas de Trump —como bajar los impuestos, limitar la inmigración o frenar a la izquierda progresista—, pero cuando llegó el momento de elegir entre impulsar esas ideas y socavar la democracia, esta facción marcó un límite.

Para ellos, Estados Unidos era lo primero, no Trump.

Me refiero a personas como el ex vicepresidente Mike Pence, el senador Bill Cassidy (republicano por Luisiana) y los legisladores estatales de Indiana y Carolina del Sur, quienes se negaron a acatar la vergonzosa manipulación de distritos electorales de Trump, realizada fuera de ciclo electoral, solo para aumentar las probabilidades del Partido Republicano de mantener la Cámara de Representantes.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con los medios de comunicación al salir de la Base Conjunta Andrews con destino a la Academia de la Guardia Costera de Estados Unidos en Connecticut, en Maryland (EE. UU.), el 20 de mayo de 2026. REUTERS/Evelyn Hockstein

Pero ahora también ellos están siendo expulsados ​​del partido.

Cassidy, el republicano que cumplió dos mandatos y votó a favor de la condena de Trump en su juicio político de 2021, acaba de ser derrotado por un republicano afín a Trump en las primarias.

El intercambio de declaraciones entre Cassidy y Trump fue revelador.

Si bien no mencionó a Trump por su nombre en su discurso de concesión, no cabía duda de a quién se refería Cassidy.

“Permítanme aclarar las cosas”, dijo Cassidy.

“Nuestro país no se trata de un solo individuo. Se trata del bienestar de todos los estadounidenses y de nuestra Constitución. Y si alguien no entiende eso e intenta controlar a los demás mediante el uso del poder, solo busca su propio beneficio. No busca nuestro bienestar. Y esa persona no está capacitada para ser un líder”.

La respuesta de Trump fue más directa, e increíblemente reveladora.

Escribió en las redes sociales sobre Cassidy:

«Su deslealtad al hombre que lo llevó a la presidencia ya es leyenda, ¡y es bueno ver que su carrera política ha TERMINADO!».

Lean atentamente estas palabras:

“Su deslealtad al hombre” —no a la Constitución— fue lo que provocó su derrota. Trump primero.

El senador Lindsey Graham, RS.C., quien parece dispuesto a abandonar cualquier principio que haya defendido para mantenerse en buenos términos con Trump y seguir siendo su compañero de golf, expresó la esencia de los republicanos que priorizan a Trump después de la derrota de Cassidy:

“Puedes estar en desacuerdo con el presidente Trump”, dijo Graham, “pero si intentas destruirlo, vas a perder, porque este es el partido de Donald Trump”.

Lean atentamente esas palabras:

No es el partido de los republicanos, es «el partido de Donald Trump», lo que significa que es lo que Trump diga que es.

Pero lo más revelador de la cita de Graham fue : «Si intentan destruirlo, van a perder».

Traducción:

Si votas, como lo hizo Cassidy, para condenar a Trump después de que fuera sometido a juicio político por incitar a una insurrección en la capital de nuestra nación en un vergonzoso intento de anular las elecciones libres y justas de 2020, significa que estás tratando de "destruir" a Trump, no de proteger a Estados Unidos.

Para Graham, defender la Constitución aparentemente equivale a intentar "destruir" a un hombre, incluso cuando ese hombre intentaba destruir el principio más sagrado de nuestra Constitución:

la transferencia pacífica del poder mediante elecciones.

No te preocupes, Lindsey, tu lugar en la rotación de golf de Trump está asegurado.

Al menos Cassidy no está solo en el ala republicana de "Estados Unidos Primero".

Mi colega David French escribió elocuentemente sobre el líder de la mayoría republicana del Senado de Carolina del Sur, Shane Massey, quien la semana pasada pronunció un discurso explicando por qué no accedería a la petición personal de Trump de que apoyara una manipulación electoral para las elecciones de mitad de mandato con el fin de eliminar el único distrito congresional del estado que está en manos de los demócratas.

Recordatorio:

La Constitución exige un censo cada 10 años y la redistribución de los escaños de la Cámara de Representantes entre los estados según los cambios demográficos.

Sin embargo, no especifica cuándo los estados pueden redistribuir sus distritos electorales.

Algunos estados limitan explícitamente la redistribución a una vez por década, en consonancia con el censo, y otros cuentan con comisiones independientes que restringen cuándo y cómo se pueden rediseñar los distritos.

No obstante, en la mayoría de los Estados, la norma ha sido realizarla una vez cada década, dado que los nuevos datos del censo constituían el detonante natural.

Que Trump ordene a los estados de mayoría republicana que rediseñen sus distritos electorales a su antojo —simplemente para manipular el resultado de las elecciones y evitar que el Partido Republicano pierda la Cámara de Representantes en noviembre con un presidente cuya popularidad está en mínimos históricos— puede ser técnicamente legal según la Constitución, pero para mí es un engaño descarado.

Es puro Trump:

la vida se trata solo de lo que puedes hacer , nunca de lo que deberías hacer.

Massey no se lo creyó.

Se negó a ser cómplice de esa farsa en su Estado y, específicamente, se negó a eliminar el distrito del representante demócrata James Clyburn.

Clyburn es el único miembro negro de la Cámara de Representantes por Carolina del Sur, un estado donde aproximadamente el 30% de la población es negra.

Los otros seis son republicanos.

Como un auténtico republicano defensor de la política estadounidense, Massey se describió a sí mismo como un "partidista acérrimo" y a los demócratas de Washington como "locos", pero no llegó a tolerar el engaño.

Massey lamentó el día en que "quizás nos convenzamos de que la única manera de preservar la República es implementar políticas contrarias a los ideales fundacionales de la República".

Un sentimiento similar expresaron los legisladores estatales republicanos de Indiana, del partido America First, que se negaron a obedecer la exigencia de Trump de eliminar los distritos de tendencia demócrata.

En las recientes primarias republicanas de ese estado, cinco de esos legisladores perdieron ante candidatos que abiertamente basaron sus campañas en su disposición a priorizar a Trump.

El representante estatal Spencer Deery, uno de los dos republicanos contrarios a la redistribución de distritos que sobrevivieron al tsunami de dinero a favor de Trump para destituirlos, declaró a NBC News:

"Nunca me arrepentiré de haber escuchado a mis electores y de haber hecho lo correcto".

Esto no es algo que ambos bandos hagan.

Todo lo que California hizo y Virginia intentó hacer en cuanto a la redistribución de distritos fuera del ciclo electoral se basó en votaciones estatales, no en maniobras legislativas.

Fueron medidas temporales que se iniciaron en defensa propia contra el intento de Trump de eliminar los escaños demócratas en el Congreso en todos los estados posibles, comenzando por Texas.

Permítanme concluir donde empecé:

la redistribución de distritos electorales de Trump a mitad de ciclo no es política convencional, sino trampa.

Y el fondo discrecional de 1776 millones de dólares que Trump creó para pagar a las supuestas "víctimas" de la supuesta guerra legal de la administración Biden —que, como señaló el consejo editorial de The Washington Post, "pagará durante dos años antes de desaparecer convenientemente justo después de las elecciones de 2028, asegurando que los demócratas nunca controlen el dinero"— no es política convencional.

Es robar nuestros impuestos.

Es posible que los demócratas aún consigan suficientes votos en las elecciones de mitad de mandato para superar este descarado fraude y robo.

Pero si eso no sucede —si es precisamente este juego sucio lo que impide que los demócratas tomen la Cámara de Representantes, incluso si ganan abrumadoramente el voto popular a nivel nacional— la gente no se quedará de brazos cruzados.

Y no deberían.

Me preocupa el futuro de la República si eso sucede.

Uno presiona, presiona, presiona, y nunca se sabe cuándo se ha cruzado la última línea roja, se ha destruido la última norma y todo nuestro sistema de gobierno empieza a desmoronarse.

Ahí es precisamente adonde nos están llevando Trump y los republicanos que le siguen la línea de Trump.

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